domingo, 24 de abril de 2016

149. Serenatas en el Valle de Aburrá

(Este texto es el fundamento del conversatorio tenido entre Orlando Ramírez Casas y Darío Calderón Moreno en la Casa Cultural Café Rojo, de la calle Maracaibo entre carreras de El Palo y Girardot en la ciudad de Medellín, el día miércoles 13 de abril de 2016)

Preámbulo serenatero

Aunque la música, como tal, se remonta a milenios de antigüedad, quizás la canción más antigua de que se tenga noticia sea “La consolación de la filosofía”, escrita por el filósofo romano Boethius en el siglo VI de nuestra Era, y cuya primitiva notación musical denominada “escritura neumática” proviene del siglo XI. Tal partitura ha sido encontrada por el Dr. Sam Barrett de la Universidad de Cambridge en una biblioteca de Alemania, y con ayuda de su equipo han podido reconstruirla para ser interpretada por el Trío de Música Medieval Sequentia, fundado por Benjamin Bagby y Barbara Thornton.

https://es.noticias.yahoo.com/escucha-una-canci%C3%B3n-que-llevaba-1000-a%C3%B1os-sin-ser-163027450.html

Produce emoción poder escucharla después de mil años de haber sido compuesta.

William Shakespeare en su obra “The most excellent and lamentable tragedie of Romeo and Juliet” pone a Romeo Montesco a darle serenata a Julieta Capuleto, a pesar de la oposición de las respectivas familias frente a los amores de esta pareja. Esta obra sobre los amantes de Verona parte de un cuento del italiano Mateo Bandello que fue traducido al francés por Pierre Boaistuau, y de allí lo tomó el inglés Arthur Brooke para su poema “La trágica historia de Romeo y Julieta”, de donde lo tomó William Shakespeare para la tan conocida tragicomedia de su autoría. Incontables obras se han inspirado en esta historia que tiene serenata incluida (matinatta, en el original italiano), como decir la ópera de Charles Gounod que lleva el título de “Romeo y Julieta”. ¿Cuál era esa música que cantaba Romeo, o que podría haber cantado si hubiera existido en la época en que se le sitúa? No lo sabemos, pero hay una melodía juglaresca de los mismos días que sí nos ha llegado, de autor desconocido, rescatada según dicen por Olivier Messiaen, a la que dicen también que quizás Manuel Alejandro, o Rafael de León, le han puesto letra para ser cantada por Raphael Martos en 1968. El guitarrista español Narciso García Yepes (Narciso Yepes) tiene de ella una versión instrumental con el título de “Romance anónimo”, y eso tal vez signifique que él no logró encontrar el nombre de su autor:

Romance anónimo”, interpretado por el guitarrista Narciso Yepes:



"Romance" (guitar piece), also known as "Romance Anónimo", a Spanish instrumental guitar piece of anonymous origin.

Aquí está la versión de Raphael:

Tema de amor” (Dicen que somos dos locos de amor, que vivimos de espaldas al mundo real, pretendiendo lograr de la gente un favor: que nos dejen querernos en paz…):


No hay mayor información sobre la letra y la música de este tema de amor que muchos atribuyen al cantante de turno, pero resulta ser que hay otra versión del mismo, con letra y título diferente. Se trata de “En recuerdo de ti”, interpretado por Nana Mouskouri. No encontré información sobre el autor de esa letra (“¿Quién no ha llorado diciendo un adiós, / quién no lleva esa herida en el corazón?”):


Y hay una más, cantada por Julio Iglesias, que se titula “Quiero” (Quiero que tú me acompañes, mujer; que compartas tu vida conmigo, y después…); tampoco encontré datos sobre el autor de esta letra. Claro que en el ritmo acelerado que le impone Iglesias a esa melodía medieval, ya deja de ser una canción de serenata y pasa a ser otra cosa quizás rumbera.

Quiero” (Quiero enseñarte un camino en el mar, un lugar donde nadie ha podido llegar…), interpretada por Julio Iglesias:



Serenatas en el Valle de Aburrá

El tema de la música popular, y de la música en general, referido al Valle de Aburrá, amerita la ocupación por parte de historiadores de Facultad y de Academia, y por parte de musicólogos de Facultad y de Conservatorio, que seguramente ya se habrán ocupado de él con ensayos, libros, tesis de grado, y otros trabajos por el estilo. Aquí lo miraremos someramente desde el punto de vista de mis vivencias y observaciones al respecto.

Es dable suponer que en los barcos de los descubridores y conquistadores españoles venían instrumentos musicales, y que en las tediosas correrías marítimas tal cual marino se entretuviera recordando las canciones de su tierra y suspirando por la mujer amada, pero que yo sepa ninguna partitura de esas músicas quedó registrada en los archivos de los Cronistas de Indias.

Tampoco podemos saber qué música cantaban y tocaban los indígenas prehispánicos, porque ellos con su lengua y su cultura desaparecieron del mapa, inmolados en el altar de la Conquista. Algo alcanza uno a imaginar, de pronto, cuando oye “Vírgenes del Sol”, o cuando oye “El cóndor pasa”, o cuando oye “Vasija de barro”, o cuando oye “La guaneña”; pero difícil saber cuánto mestizaje musical tienen amasado estas piezas antes de llegar a nuestros oídos. 

1.
Vírgenes del sol”, canto ancestral, interpretado por la soprano incadescendiente Ana Condori Sulca, “Siwar Q´ente” ante los restos arqueológicos de Pachamac en Perú:


2.
El cóndor pasa”, pieza de la zarzuela peruana del mismo nombre, compuesta por Daniel Alomía Robles en 1933:


3.
Vasija de barro”, música de Gonzalo Benítez Gómez, ecuatoriano; y letra de sus paisanos (una estrofa cada uno) Jorge Carrera Andrade, Hugo Alemán, Jaime Valencia y Jorge Enrique Adoum; interpretado por el dueto de Gonzalo Benítez y Luis Alberto Valencia en 1950:


4.
Historia de la canción ecuatoriana “Vasija de barro”:


5.
La guaneña”, música tradicional del sur de Colombia:


Es muy posible, y hasta diríase que muy seguro, que los indígenas tenían danzas al sol para pedirle un buen tiempo para sus cosechas, y tenían danzas al cielo para pedir la lluvia, y tenían danzas guerreras para acompañar sus luchas. Eso es posible, como posible es también que tuvieran tal cual canción nostálgica para evocar el recuerdo de la indígena de misteriosa mirada de la tribu contraria que vislumbraron en aquel encuentro en que los caciques hicieron la paz. Y alguna otra para enamorar a la vecina del bohío del frente que es sobrina del cacique y que tal vez a punta de canciones se olvide de que el aspirante no tiene tierras, ni ganado, ni bienes de fortuna. Eso es posible.

A unos indígenas Emberá Katíos he visto por Junín cerca del parque de Bolívar interpretando y bailando… ¡música guasca o cumbia! No tienen ellos la culpa de tanto colonizaje cultural que les deparó el destino. 


De pronto se encuentra uno por Internet una muestra de música Emberá Katío o Emberá Chamí, pero resulta ser una música pobre, monótona, y poco atractiva para nuestros occidentalizados oídos. Una semana antes de la Semana Santa que acaba de pasar en marzo de 2016 se realizaron en Frontino los Juegos Nacionales Indígenas, que incluyeron presentaciones de danzas con su música. Me hubiera gustado presenciar ese espectáculo para tener un trasunto de su bagaje cultural y musical. Hay que aclarar que las delegaciones que se vieron por las calles de la población, con sus vistosos trajes y participantes bien alimentados (y hasta muchachas bonitas de raza indígena), no tienen comparación con los revejidos exponentes que los mercaderes de la mendicidad importan desde los resguardos para ponerlos a pedir limosna en los semáforos de Medellín.

Danza “Wounaan”, de los Emberá: 


Hubo mestizaje, y dice Rafael Pombo en su poema “El bambuco” que las ñapangas eran unas mestizas que: “De indianos y de españolas /las perfecciones lucían, /lindas, ¡Ay!, que parecían /enamorarse ellas solas. / Blanca tez, mórbido pecho, nada de afeite o falsía, que el arte no enmendaría lo que hizo Dios tan bien hecho”. (Los desarregladores cambian la estrofa por “De indianas y de españoles” para dar a entender que las que se acostaban con el bando contrario eran las indianas. Seguramente así era, pero también las españolas se acostarían con indianos porque es la única forma de que “españolas” rime con “enamorarse ellas solas”; a menos que quieran poner a los “españoles” a enamorarse ellos “soles”). 

Aunque “El bambuco” de Rafael Pombo es un poema, el músico antioqueño Gustavo Yepes ha compuesto una música utilizando un fragmento de éste, que aquí escuchamos por el coro de la Fundación Auros en su presentación del Festival Mono Núñez de Ginebra (Valle del Cauca):

Hay registros de fiestas patronales en la Antioquia de los siglos XVII y XVIII, en las que con toda seguridad hubo algún tipo de música juglárica traída por los españoles en sus mochilas, pero no ha llegado hasta nosotros ninguna pieza así sea como muestra. Ninguna. Sabemos, eso sí, que los generales Bolívar y Santander eran buenos bailarines de una música denominada “contradanza” (country dance) como contraposición a las danzas de los salones imperiales vieneses. Lo de country dance o danza del campo se debe a que los europeos consideraban que esta manifestación de la música era muy campesina o montañera. Ejemplo de ello son las piezas instrumentales de autor anónimo “La vencedora”, “La libertadora”, y “La trinitaria”, compuestas en 1819.

La vencedora y La libertadora” por el grupo santandereano Nocturnal:


El poeta Gregorio Gutiérrez González (1826-1872) también era músico y hay registro de una serenata en que participó y fue dada por los lados de Belén o Guayabal. Tengo escrito en mi artículo “Gregorio Gutiérrez González, ¿Por qué no cantas?”, del blog Postigo de Orcasas, ese registro:

“G.G.G. fue músico que llevó serenatas en compañía del cantor y guitarrista Félix Mejía, entre ellas una contratada por Eleázar Marulanda Otero, un joven que después se hizo sacerdote y fue cura de Andes, para una joven que estaba de paseo en una finca apartada adonde se llegaba por el camino carretero de El Guayabal en la Otrabanda, y correspondía a lo que hoy en día es el barrio de Belén; serenata que se dio, al decir de don Benigno A. Gutiérrez, en una infame “noche de lluvia por entre fangales” que recorrieron por ese camino pantanoso pero valió la pena porque al llegar “al pie de la ventana de la novia se oyó una bellísima canción cuyos versos improvisaba Gutiérrez mientras Mejía cantaba. No recuerdo sino esta estrofa y eso que, para ayudar a mi memoria, hace rato que estoy tarareando pasito: “Un porvenir de dicha y de ventura /ha reservado bondadoso Dios; /para ti, para mí, donde a tus plantas /seré feliz con tu mirada yo”.

En las “Memorias sobre el cultivo del maíz” dice el poeta G. G. G. que los campesinos: “Cantando a todo pecho la guabina, / canción sabrosa, dejativa, y ruda; / ruda cual las montañas antioqueñas / donde tiene su imperio y fue su cuna”. Deja así constancia el poeta de que los cultivadores paisas del maíz cantaban mientras le sacaban sus frutos a la tierra.

Por su parte el Dr. Antonio José “Ñito" Restrepo Trujillo (1855-1933), que había salido de Concordia y Titiribí muy joven a estudiar el bachillerato en Medellín y la carrera de Derecho en Bogotá, volvió a Concordia de visita en el año de 1887 y dice en su libro “Cancionero de Antioquia” que cito en la serie de artículos del blog Postigo de Orcasas titulados “Ñito Restrepo y Salvo Ruiz nunca se encontraron”:

… Ya para 1887, que estuve de visita en mi pueblo, me obsequiaron unos muchachos de mis antiguos conocidos con una cantata, pero sin la vihuela de los tiempos viejos y sin las coplas y tonadas que resonaban en los caneyes de la Botija y la Fotuta, y en el Rodeo del Zancudo. Me salieron con canciones de las que cantan los blancos con guitarras españolas, acompañándose mis felibres de aquel día con tiples guadueros encordados con alambres extranjeros. Se amoscaron cuando les hablé de las tonadas antiguas, cuyos nombres dijeron que ignoraban. Eran dos zambitos afuereños del puro plan de Envigado y se creían traídos a menos si cantaban tonadas vulgares. Por fortuna a poco aparecieron unos trovadores de la escuela de Indalecio Ortiz y Vicentón armados de unas vihuelas barrigonas que retumbaban como atambores… Sampayo, Martín López, Trinidad Rodelo, cantores de la tierra abajo, vertientes al Magdalena; Indalecio Ortiz, Vicente González alias Vicentón, Pastor Correa muerto en agraz de un mal hecho, Milagros Cachón que llevó vihuela a Quibdó y produjo sensación; Juan Yepes y tantos otros que la tierra callada se ha tragado, merecen este recuerdo baladí que les consagro agradecido, no pudiendo erigirles un monumento cenotáfico al cantor desconocido…”.


Una cantata es, pues, una serenata; y ya que hablamos de Ñito Restrepo mencionemos que él y Salvo Ruiz (hijo biológico de Vicentón) son considerados los padres de la trova antioqueña por cuanto fueron ellos los que le dieron mayor difusión sin ser sus inventores, pero ¡Es falso que ellos hubieran trovado juntos! y eso me confirma que uno no puede creer ni siquiera en lo que le dicen los propios testigos o protagonistas del hecho. Salvo Ruiz juraba a pie juntillas que lo habían hecho, pero no. Esa leyenda es falsa; como falso es que las trovas de la Virgen las hayan compuesto ellos dos. Ya existían desde antes al decir de Ciro Mendía en su libro “En torno a la poesía popular”.

-Óigame usté, compañero
yo le vengo a preguntar:
¿Cómo, pariendo, la Virgen
doncella pudo quedar?

A lo que el compañero, desafiando todos los escollos y lleno de ingenuidad e inspiración, contesta siguiendo la hilación o el modo original de nuestras trovas:

-Óigame usté, compañero
yo le vengo a contestar:
Tire una piedra en el agua,
viene a abrir, vuelve a cerrar…
Así pariendo la Virgen
doncella pudo quedar.

En su cancionero cita Ñito coplas o trovas que hacen referencia al canto, como aquellas de que “Cuando me pongo a cantar, / hago lo que me da la gana: / de mi pecho hago una torre, / de mi voz una campana”, o “No está la monta en cantar, / ni en el cantar está tanto; / sino en tener buen oído, / y darle consonancia al canto”; o “Yo no canto porque sé, / ni porque mi voz es buena; / sino porque siempre vive / el cantar sobre la pena”. Y cita coplas de amor y de enamoramiento: “Dejen bailar a esa dama, / que en el momento salió; / que a ella le gusta bailar / cuando estoy cantando yo”; o “Cinco cuerdas tiene un tiple, / cinco dedos tengo yo; / cinco sentidos tenía / la zamba que me olvidó”; o “En la soledad me vi, / al pie del gran Farallón; / y desde allá te mandaba, / suspiros del corazón”. Muchísimas, muchísimas, coplas tendrán que haberse compuesto para cantar al amor y al desamor, al engaño y al desengaño. Muchísimas.

He leído por ahí que en sus venidas a Medellín a Ñito le gustaba ir por los lados del Camellón de Guanteros, en lo que hoy es la calle Niquitao, donde se reunían los músicos de la bohemia de finales del siglo XIX. Él tocaba el tiple con la mano izquierda, porque era zurdo.

Pedro León Franco Rave (1867-1952), conocido como Pelón Santamarta porque su padre homónimo, paisa andariego, había estado por esas tierras de la Costa Atlántica, también frecuentó las reuniones de músicos del Camellón de Guanteros, antes de hacer dúo con Adolfo Marín y viajar llevando el bambuco a Cuba, lo que explica que haya algunos bambucos cubanos; y a la península de Yucatán en México donde dejaron como escuela el reconocido bambuco yucateco del que Ricardo Palmerín se hizo compositor connotado. Anoto que yo conocí o vi en su ancianidad tanto a Pelón como a Salvo Ruiz.

1.
Semejanzas”, bambuco yucateco de Ricardo Palmerín interpretado por el Trío Tamaulipeco de los hermanos Samperio (Guillermo, Rafael, y Ernesto):


2.
Antioqueñita”, bambuco antioqueño con letra de Miguel Agudelo Zuluaga y música de Pelón Santamarta interpretado por el dueto de Obdulio y Julián (Sánchez y Restrepo):


¿Que si Antioqueñita se oyó en las serenatas paisas de la primera mitad del siglo XX? ¡Póngale la firma!, que se oyó, se oyó.

La historia de la música popular en Antioquia es muy extensa, y don Hernán Restrepo Duque ya se ocupó de ella en sus libros, como también Jorge Áñez lo hace al hablar de la música popular en Colombia; movámonos, por lo tanto, a los días de mi niñez en que yo escuchaba serenatas desde nueve meses antes de nacer. Dio la casualidad de que, al casarse Elena, mi madre, se quedó viviendo en casa de mi abuela Valentina y mi tía soltera. Mi tía Gabriela era novia de Jesús Amador “El Mono” Rivillas Muñoz, un músico intérprete de lira (bandola o vihuela) que tocaba en la Estudiantina de Coltejer. Frecuentemente le llevaba serenatas a mi tía, y yo dormía en la cama contigua a la suya, dentro del vientre de mi madre. Oía todas las serenatas que le llevaban y que indefectiblemente empezaban con la canción que más le gustaba a mi tía en ese entonces: “Brisas del Pamplonita”, con música de Elías Mauricio Soto (1852-1944) y letra de Roberto Irwin (Ay, ay, ay, si las ondas del río te llevaran las quejas del corazón; te contaría, luz de mi vida, los amargos pesares de mi pasión). Esta pieza se estrenó el 2 de abril de 1892 para conmemorar el centenario del nacimiento del General Francisco de Paula Santander. 

Bambuco “Brisas del Pamplonita”, con música de Elías Mauricio Soto y letra de Roberto Irwin, por el ensamble Vocal sin Tiempo:


Recuerdo a mi abuela lavando la ropa a mano, como era usual en ese entonces, y cantando con voz desafinada: “¿Por qué, niña del alma, ya no me quieres? ¿Por qué tan pronto me abandonaste, con tus desdenes? Bien lo sabía, blanca paloma; que, como no me quieres, hoy me abandonas” (“Amor inútil”, de Germán Benítez Barón en 1894, serenatero en compañía de Pedro León Franco el padre de Pelón y de Clímaco Vergara). Decía ella que ese bambuco le gustaba porque mi abuelo Efraím Casas se lo llevaba a ella de serenata. Murió él en el año de 1931. De niño, mi tía me llevaba a las presentaciones de su esposo en el auditorio del Sindicato de Trabajadores de Coltejer y el Comisariato de la Cooperativa de Trabajadores, cerca de la Plazuela de Camilo Torres en Buenos Aires, donde después funcionó un almacén de Comfama. Allí se presentaban, por esos días, unas llamadas “veladas” con presentaciones de la estudiantina, del grupo de danzas, de declamadores, y de alegorías o piezas cortas de teatro. Muchas veces estuve en esas presentaciones antes de hacer la primera comunión. No encontré “Amor inútil” de Germán Benítez Barón que grabaron Obdulio y Julián, pero encontré una obra del mismo autor, con letra de Tartarín Moreira, que grabaron Margarita Cueto y Evaristo Flórez. Benítez fue propietario de la fonda “El bambuco”, contiguo al antiguo Teatro Bolívar, que quedaba en la calle Ayacucho con la carrera Sucre.

Triste ofrenda”, con música de Germán Benítez y letra de Tartarín Moreira, interpretada por Margarita Cueto y Evaristo Flórez:


Es dable suponer que la música, y los músicos, iban de una ciudad a otra en nuestro país; y que las canciones y sus intérpretes migraban por todos lados por lo que las serenatas en Bogotá tendrían canciones antioqueñas en su repertorio, y las serenatas en Medellín tendrían canciones bogotanas en el suyo, como decir aquello de “Los cucaracheros” (Oye, chinita querida, de la alborada lucero; si tú me dejas por otro, del guayabo yo me muero):

Los cucaracheros”, pasillo de Jorge Áñez compuesto en 1930 e interpretado por el dueto de Briceño y Áñez: 


O como aquella canción que Fulgencio García le compusiera a la licenciosa casa vecina de una afamada repostería francesa con el aviso “Gâteau-Golusine” (Pasteles y golosinas), que los clientes de las mujeres alegres de la vecindad castellanizaron como “La gata golosa”.

La gata golosa” (Gâteau-golosine), pasillo de Fulgencio García compuesto en 1912:


Nací en el año de 1945 y los años de mi niñez coincidieron con el establecimiento en Medellín de las principales casas grabadoras de discos del país. Fuentes, que se trasladó desde Cartagena porque doña Margarita Estrada, la señora de don Antonio “Toño” Fuentes López, era paisa; y le dijo que ya estaba aburrida de vivir en el calor de la Costa Atlántica y quería regresar a vivir a Medellín, la ciudad de la eterna primavera. Don Toño lio con todos sus bártulos, estudios de grabación incluidos. Más el resto de casas grabadoras que aquí existían o que aquí llegaron y aquí se fusionaron dando inicio a lo que fueron Fuentes, Sonolux, Codiscos, etc. La confluencia de artistas en la ciudad, por razones de grabación, dio oportunidad a que se establecieran los radioteatros de la Voz de Medellín y de la Voz de Antioquia, emisoras que dieron inicio también a las grandes cadenas radiodifusoras de Caracol y RCN. Situación de bonanza para los artistas que en Medellín encontraban el patrocinio y mecenazgo de la publicidad de las industrias y sus propietarios que los contrataban para serenatas particulares en sus fincas.

Había en mi niñez un programa a la una de la tarde que se llamaba “Serenata del mediodía” con el patrocinio de la fábrica de medias de seda Pepalfa. Me parece oír la cortina de presentación: “Serenata… del… mediodía… paso… al… caballero… Pepalfa… toc… toc… toc…”. Por un tiempo fueron sus artistas de planta Julio Bovea y sus Vallenatos de guitarra, antes de que el acordeón se vallenatizara. Bovea había iniciado su vida artística en 1949, a los 15 años de edad, y después de su paso por Medellín se radicó por 30 años en Argentina, donde todavía vive su descendencia. 

El tigre guapo”, de Miguel Ángel Ceballos, por Julio Bovea y sus Vallenatos:


Después vinieron los hermanos Humberto y Alfonso Cortés a ese programa, aunque no encontré grabaciones suyas. A mediados de la década del cincuenta había dos tipos de guitarras: la eléctrica, plana, que hacía su aparición de la mano de los rockeros Paul Anka, Chubby Checker, Neil Sedaka, Elvis Presley; y la tradicional acústica con caja de resonancia. 

Rock around the clock”, por Bill Halley y sus cometas:


Lo que a poco dio ocasión para que surgieran canciones de rock en español que alimentaron el repertorio serenatero de los muchachos de la época que se preciaban de romper con la música de los ancestros. Debo confesar que yo no entré en la novedad, y me quedé apegado a la música de antes (En esta noche clara de inquietos luceros, lo que yo te quiero te vengo a decir…).

Rondalla”, de Alfonso Esparza Oteo, interpretada por Garzón y Collazos (Darío y Eduardo):


O el bambuco “Serenata del campo”, con letra de Federico Buitrago y música de Régulo Giraldo, que cantaran Obdulio y Julián (… Por fin llegué a tus puertas para obsequiarte mi serenata. / Oye las tristes quejas que dan las notas de mi guitarra):


Los Hermanos Cortés introdujeron una novedad y fue la de instalarle a sus guitarras acústicas micrófonos amplificadores del sonido. Para tal efecto cargaban equipos en el carro cuando eran contratados para serenata, en una época en que los tres alambres primarios de la energía eléctrica corrían por debajo de los aleros de las aceras de una esquina a la otra. Ellos, corriendo un gran riesgo de electrocutación, tomaban la energía de contrabando mediante dos cables provistos de pinzas boca de caimán en la punta. A veces hacían esto en medio de un aguacero, y podían verse las gotas de lluvia rodando por la catenaria del cable bicaimaneado. ¡Qué bárbaros! No sé cómo no se convirtieron en chicharrones en una lluviosa noche de serenata.

Por ese tiempo los músicos frecuentaban el bar Primero de Mayo, el bar El Crillón,  y el restaurante El Escorial frente al teatro Metro Avenida en la avenida La Playa, y allá llegaban los clientes a contratarlos; como también al Bar Serenata de la calle Bolivia con la carrera Palacé. A poco, formaron una cooperativa denominada Centro Artístico y Musical Cooperativo, CAMC, y a su sede en el segundo piso de la carrera Palacé entre calles de Ayacucho y Colombia llegaban los clientes en busca del Dueto de Antaño, Espinosa y Bedoya, Obdulio y Julián, Garzón y Collazos (cuando venían a grabar a la ciudad y se redondeaban con serenatas), Ramírez y Arias, Gómez y Villegas, Ríos y Macías, Silva y Villalba, Los Romanceros, el Trío América, Los Tres Galantes, Bowen Villafuerte, Los Embajadores, y demás artistas en sus distintas épocas. Era un lujo poder dar serenata y poder escoger entre esa pléyade de fulgurantes figuras. Después trasladaron su sede al barrio San Joaquín. La sede de la carrera Palacé, frente al costado oriental del actual edificio del Banco de la República, quedaba a pocos metros del edificio Telecom. Este edificio fue construido en donde antes estuvo el Hotel Bristol de don Carlos Coroliano Amador, que había sido conocido como el Palacio Amador por la lujosa dotación que su dueño trajo de Europa.

A finales del año de 1948 el cantante Alfonso Ortiz Tirado se encontraba en Medellín y se presentó en el Club Unión acompañado por un trío del que hacían parte el Cholo Gómez y el Pibe Campos. Entre sus oyentes se encontraba el escritor Manuel Mejía Vallejo, cuya novia jericoana estaba en vísperas de casarse con un médico de esa población, y el desengaño amoroso del escritor era de los de escurrir pañuelo. Sabiendo que la mujer amada se encontraba en Medellín, contrató a Ortiz Tirado para llevarle una serenata de despedida de soltera a la casa de su tío en el barrio Laureles, donde ella estaba hospedada. “Me partió el alma, pero yo ya le había dado mi promesa de matrimonio al otro… Yo sé que fue cobardía, que tuve miedo de amar, que son muy hondas las penas que los amores me dan”, dijo ella.

Donde está el Almacén Éxito de la calle Colombia había un almacén de la cadena Sears Roebuck, y el barrio se denominaba entonces el Barrio Sears. Una madrugada estábamos de farra en el balcón de la casa de un amigo cuando pasó un joven con una guitarra a la espalda y se plantó en la acera de la casa del frente. Desenfundando la guitarra, procedió a cantarle a su amada una única canción: “Romance del cacique y la cautiva”, de Oscar Golden. Tuvo un final feliz, porque ella abrió la puerta de su casa y le permitió pasar.

Romance del cacique y la cautiva”, de Oscar Golden:


Otra noche, en el barrio Buenos Aires, un cantor a capella cantó una única canción a su amada con un final frustrado por esa noche, aunque después la hizo su esposa:

Esa muchacha”, fox trot interpretado por Omar Quiroz con la orquesta de Enrique Rodríguez:


Cuando un amigo se separó de su esposa estuvo ausente por un tiempo, pero al enterarse de la enfermedad terminal que ella sufría regresó para cuidarla. Ella tenía una enfermera en el día, y otra en la noche, pero era él quien la bañaba, la vestía, la bajaba en brazos al primer piso, la ponía sobre la silla de ruedas, y la llevaba a dar una vuelta por el parque para distraerla. En las noches regresaba al apartamento vecino donde él vivía por ese entonces. La noche en que ella se agravó, él permaneció en la sala de recibo, dormitando en un sillón. De madrugada la enfermera de turno le tocó el hombro para despertarlo: “Ella se acaba de ir”, le dijo. “Déjeme solo con ella”, fue la respuesta, y entró al cuarto para cerrarle los ojos, ponerle las manos sobre el pecho, y entonar a capella una única canción que se escuchó desgarradora en las casas vecinas: “Después que te perdí, vine a saber cuánto te amaba; que sólo era feliz cuando a tu lado me encontraba; que toda mi alegría se esfumó con tu partida. Ya se acabó mi vida, pues mi vida fuiste tú” ¡Qué serenata tan triste!

El ermitaño”, vals de Serafina y Joaquina Quinteras interpretado por el trío Los Embajadores:


Acostumbrado a los novios que “le daban serenatas” a sus enamoradas, sufrí un choque cultural cuando viví en Valledupar donde los novios “le ponen serenatas” a las suyas. Vivía en una habitación alquilada en el barrio Guatapurí la noche aquella en que andaba desvelado pensando en la novia que había dejado en Medellín. De pronto sentí un automóvil que parqueó frente a mi casa. Vi músicos que se bajaban y abrían el baúl. Los vi sacar sus guitar… acordeones, y cajas, y guacharacas. Se escuchó un pregón estruendoso de: “¡Ejto ej para ti, Gloria Maríaaaaaaa”, y a un Diomedes Díaz que apenas comenzaba su vida artística decirle a su acordeonero Edelberto “El Debe” López: “Hágame el favor, compadre Debe, y cante tres canciones bien bonitas frente a esta ventana marroncita, que a mí no me importa si se ofenden. Que yo las canto con el alma, para esa linda muñequita de la ventana marroncita en donde duerme mi adorada”.

Tres canciones”, vallenato de Diomedes Díaz, interpretado por él mismo con acompañamiento del acordeonero Edelberto “El Debe” López:


Sé de alguien que enamoró a su mujer con serenatas ajenas. “El anterior novio se las llevaba, y yo la llamaba a felicitarla”. Ahí sí, como dicen, “Nadie sabe para quién trabaja”.

Las serenatas de antes ya se acabaron. Ahora ve uno serenatas de mariachis por todos lados con sus bulliciosos equipos de micrófonos para perifoneo a todo el barrio. Con las nuevas construcciones de edificios en conjunto cerrado, los ve uno hacer maromas para entrar en el ascensor con sus sombrerones de ala extralarga y sus guitarrones tamaño de contrabajo. No he visto todavía, pero tal vez no se tarde mucho en escucharse una serenata de rap y hip hop, una de reguetón o, quién quita, tal vez hasta una serenata con champeta. El mundo cambia.

Serenata rap”, de Dharius:


(No soy carabonita /ni rompecorazones, / pero hoy vengo a cantarte / hasta quedarme sin pulmones… / La cosa más bella / es esta doncella / que destella como estrella / y con su hermosura a las otras atropella. / Desde que te conocí, / en mí dejaste huella. / La mujer de mi vida / eres tú, tú eres ella… / Perdona si te insisto / pero me tienes enganchado…).

No es que esta música sea mala. De hecho tiene una legión de admiradores. Sólo que es distinta de aquella a la que se acostumbraron mis oídos que son de otra generación. Cómo extraño aquello de “Se oye un rumor lejano / de serenata, / de murmullo que llega / junto a la clara luna de plata. / Románticas canciones / de mis abuelos, / con perfume de ceibas, / de naranjales, y de ciruelos”:

Rumores de serenata”, con letra y música de Víctor Julio Romero, interpretado por el dueto de Silva y Villalba (Rodrigo y Álvaro):


Son músicas de otros tiempos que nuestros corazones añoran y nuestros oídos siempre extrañarán.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

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