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domingo, 7 de octubre de 2018

254. Mono Rivillas, máquinas de escribir de la decadactilografía a la pulgotactilografía

Landó es el nombre de un ritmo afroperuano, y es también el nombre de un carruaje cubierto tirado por caballos; pero Landero es el apellido de un novelista español:


Y también el apellido de Andrés Landeros, cantautor vallenato del Departamento de Bolívar, considerado El Rey de la Cumbia:


Sin embargo, hay una guaracha compuesta por la puertorriqueña doña Margarita “Margot” Rivera García, esposa de don Luis Rivera Esquilín y madre de Ismael “Maelo” Rivera Rivera (El Sonero Mayor), que se titula “Máquina Landera” y no se refiere a ninguno de los dos.

Máquina Landera”, en versión de Víctor Piñero con la Sonora Matancera:


Chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
ay, maquinita landera (maquinolandera) 
ayer se fue con Chavela (maquinolandera) 
se fue pa’ la rumbandela (maquinolandera) 

Máquina, máquina (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 
a gozar y a bailar (maquinolandera) 
con su maquinolandera (maquinolandera) 

(Chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
no me hables tanta bobera (maquinolandera) 
no seas tan pamplinera (maquinolandera) 
estoy plantando bandera (maquinolandera) 

Con la maquinolandera (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 
pero maquinolandera (maquinolandera) 
pero maquinolandera (maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
ay, maquinita landera (maquinolandera) 
esa negrita rumbera (maquinolandera) 
se fue corriendo pa’ fuera (maquinolandera) 

Para que nadie la viera (maquinolandera) 
con tremenda borrachera (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 

Maquinolandera (maquinolandera) 
maquinolandera (maquinolandera) 
(maquinolandera, maquinolandera) 
(maquinolandera, maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
ay, maquinita landera (maquinolandera) 
me voy pa’ la rumbedera (maquinolandera) 
esa negrita Manuela (maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
maquinolandera (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera)...

La canción es un tema bailable muy pegajoso y alegre, cuya letra sirve para ilustrar la tesis de que no todos los poemas son musicalizados, ni todas las letras de canciones son poemas. Este no es un poema. Es una sucesión de frases cuya misión es llenar el espacio con palabras en vez del tarareo. Digamos que no es una letra que tenga argumento, pero las frases algo tendrán que significar. No sé si sea producto de mi mente pervertida, o en el Puerto Rico de aquellos años, y en el contexto de la canción de algunas personas que se encuentran en un baile, estar “plantando bandera” signifique que el hombre está excitado. No sabría decirlo. La palabra máquina y su derivación máquino, puede referirse a un maquinista de tren, a un conductor de automóvil o camión, a un mecanógrafo, o como apodo a alguien que maneje o repare cualquier tipo de máquina en algún taller. El título lo encuentro como Máquina Landera, como Máquina Landero, como Maquinalandera, como Maquinalandero, como Chupa la Candela, como Chumba la Candela, y como Chumalacatela. Cada quien le pone lo que le parece oír.

Chupar la candela, puede referirse a un fumador de tabaco, claro; o metafóricamente a cualquier cosa que se relacione con chupar, así como meter candela no sólo se refiere a hacer fuego sino a ponerle entusiasmo a cualquier cosa. En fin, ¿En qué estaría pensando doña Margot Rivera cuando escribió esa letra, en qué estaría pensando?

Su hijo Maelo no sólo fue contemporáneo de Daniel Santos, sino que con el tiempo terminó enamorado de Gladis Serrano, una exmujer del Inquieto Anacobero que tenía un hijo pequeño de Daniel. Maelo le planteó la situación a Daniel, pero éste no tuvo inconveniente en que su amigo se casara con su exmujer y criara al chico. Fue así como su amistad se convirtió en una especie de compadrazgo o amigable componenda.

Doña Vicenta Gómez Diago era hija de don Vicente Gómez Restrepo, y por lo tanto descendiente de don Alonso López de Restrepo Méndez, que en el siglo XVII llegó desde España con su primo Marcos López de Restrepo Águila al Valle de Aburrá, y cuya descendencia se regó por todo el país. Me refiero a la de don Alonso, puesto que la de su primo no, porque él no tuvo bisnietos hombres sino que todas fueron mujeres. 

Doña Vicenta era la madre de José Asunción Silva Gómez, el célebre poeta suicida que pidió a su amigo, el médico Juan Evangelista Manrique, en cuyo honor se nombra el barrio Manrique de Medellín, que le dibujara con mercurio una cruz en el sitio exacto del pecho donde queda el corazón. Fue sobre esa cruz donde descerrajó la bala que le quitó la vida. ¿Por qué lo hizo? Se dice que no pudo soportar la muerte de su hermana Elvira, de quien estaba incestuosamente enamorado. Son dos motivos suficientes: un amor imposible y la pérdida del ser querido. Estaba, además, el fracaso económico de sus negocios, con pérdida total de su fortuna, y demandas de los acreedores que incluían el pleito por mala administración que le puso la familia Diago, de su abuela materna. Duro eso de verse uno demandado judicialmente por su propia abuela. Y estaba algo que le ha pasado a muchos, aparte de él, pero no es consuelo para un poeta y escritor al que le sobrevenga esa desgracia, de ver perdido el trabajo de años, sepultado por el destino en las profundidades del mar, según cuenta doña Wikipedia de Google: 

“El 28 de enero de 1895, el barco a vapor Amérique, que lo trae desde Venezuela, naufraga frente a Barranquilla. Se hunden con él los manuscritos de su obra. El Libro de Versos y los Cuentos Negros, que pensaba publicar”.

Una cosa así, es como para deschavetar a cualquiera. Para finales del siglo XIX la máquina de escribir estaba inventada pero, supongo, su uso no estaba tan extendido y muchos escribían sus obras a mano, con anotaciones en fichas, en libretas y cuadernos, que luego los tipógrafos tenían que articular y componer al imprimir los libros. Eran tiempos en que no se entregaban los manuscritos en disquette, en CD o en USB, ni se sacaba backout o copias de seguridad por si las moscas se enloquece el disco duro. 

Supuesto el caso de que Silva tuviera una máquina de escribir, lo imagino con su meticulosidad y parsimonia introduciendo sus cuartillas en la máquina y escribiendo trabajosamente línea por línea con el golpeteo de esas trogloditas teclas que requieren fuerza de herrero en los dedos pero eran accionadas por las delicadas manos de Silva. Equivocándose. Corrigiendo. Acatando a agregar un párrafo imposible de insertar y, entonces, copiándolo en otra hoja con flechas y señales equivalentes a nuestro “cortar aquí y pegar allá”. 

Yo soy testigo del final de la máquina de escribir, cuando las mecanógrafas de las notarías desarrollaban habilidad para escribir con rapidez en los folios numerados de papel sellado en que se escribían las escrituras públicas, y ponían al final de la hoja notas, aclaraciones, explicaciones, otrosíes, erratas, y cosas de esas para dilucidar errores cometidos en la mitad de una página. Horrible tener que repetir hojas enteras porque el error cometido era insalvable e imperdonable. Horrible. Recuerdo eso. Pero también soy testigo de la llegada del computador personal y de los textos que se escriben hoy en día con el sin fin de posibilidades de cortar, pegar, trasladar frases y párrafos completos, cambiar el contenido, sustituirlo por otro, precisar, dar formato con diferentes tipos de letra, aplicar la bastardilla, quitarla, poner letra en negrilla, ponerla en subrayado, llevar todo a mayúsculas, regresarlo a minúsculas, cambiar la fuente, cambiar el color, dar sangría a los comienzos de párrafo, aumentar o disminuir tamaños, introducir viñetas, justificar, en fin. Creo que no soy capaz de regresar a escribir como lo hacían en los antiguos tiempos, que para mí equivalen a la escritura sobre piedra de las tablas de la ley, martillo y cincel en mano. Las viejas máquinas de escribir han pasado a ser, pues, unas piezas de museo; y algunos las compran para ponerlas en su colección particular, sobre todo aquellas que pertenecieron a escritores reconocidos y en las que se escribieron obras de la literatura universal. Son verdaderas joyas las de Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, William Faulkner, Marguerite Yourcenar, etc. Un coleccionista, por ejemplo, es el actor norteamericano Tom Hanks que ve un modelo de esos y se le tira en voladora para adquirirlo. Tiene un técnico italiano que es especialista en restaurar, pero ese técnico dice que no son sólo los coleccionistas los que las están reviviendo esas máquinas sino que hay personas que las adquieren para dedicarse a escribir en ellas. Se declaran enemigos del facilismo y la agitación de los tiempos modernos y quieren regresar a los tiempos en que se escribía a la luz de una vela hasta que a uno lo vencía el sueño. No soy de esos.

Coleccionistas de máquinas de escribir y el técnico italiano que las recupera:


El británico James Cook es un artista cuyos cuadros no se hacen con pinturas y pinceles sino con impresiones en ¡Máquinas de escribir! La suya es una obra llamativa:
Hay un curioso concierto para máquina de escribir y orquesta, compuesto por Leroy Anderson, y una curiosa versión de ese concierto por el humorista o comediante norteamericano Jerry Lewis.


EL MONO RIVILLAS Y SU MÁQUINA DE ESCRIBIR

En el año en que cumplí los cinco mi adorada tía Gabriela Casas Restrepo, obrera de la fábrica de Coltejer, la mujer con quien yo de niño dormía en el rincón de su cama, se casó con Jesús Amador “El Mono” Rivillas Muñoz, mecánico de textiles y músico intérprete de la lira, bandola, o vihuela, el instrumento de cuerdas que acompaña al tiple y a la guitarra en las estudiantinas y en los tríos de serenata. Nacidos ambos en el año de 1918, tenían 32 años entonces, y ahora ella está próxima a celebrar su centenario, lúcida y entusiasmada por el soplo de las 100 velitas que su recientemente fallecido esposo no pudo celebrar. A él le faltaron unos meses para cumplir esa efemérides porque la muerte no quiso esperar. 

Treinta y dos años era una edad que según los parámetros de la época los calificaba de solterones y de “vestir santos”, como alusión a las beatas colaboradoras que había en las parroquias para ayudar al cura en los preparativos de la Semana Santa vistiendo las imágenes de procesión. Para un niño de cuatro años, el hombre que se está llevando a la mujer que le arrulla los sueños “es un ladrón que le ha robado todo”, como canta José Luis Parales; y mi infantil reacción fue ir a la cocina a tomar un cuchillo porque yo quería matar a ese infame. Cuatro años se demoraron en tener sus propios hijos, y yo fui durante ese tiempo como un hijo adoptivo de la pareja, un sobrino consentido.

El Mono Rivillas es un personaje al que hago referencia en el artículo “Maestro Rivillas entre vihuelas, liras, bandurrias, y bandolas”, insertado en este mismo blog. 

A los doce años, y convertido en lector incansable, yo pasaba vacaciones escolares enteras metido en la biblioteca del Mono Rivillas con sus colecciones de libros, con su enciclopedia por tomos, con sus bibliotecas básicas de Editorial Salvat y del Instituto Colombiano de Cultura, con su colección empastada por semestres de la revista Selecciones del Readers Digest en español a partir del primer número en este idioma que salió en diciembre de 1940. Allí me nutrí de conocimientos en una gran variedad de temas que para mí fueron el embrión de lo que llaman “cultura general”.

Máquina de escribir portátil Smith Corona Super, mod. 54

En un rincón de la biblioteca del Mono Rivillas, sobre un tablón que hacía las veces de mesa, había una máquina de escribir portátil Smith Corona Super mod. 54 de cinta bicolor en rojo y negro, y en ella hice mis primeros pinos mecanográficos, chuzografiando teclas con los dedos índice y buscando trabajosamente las letras en un desordenado teclado qwerty que vaya uno a saber por qué razón venían ordenadas así. Tenía, entonces 12 años de edad.

Seis años después mi madre me matriculó en un curso de mecanografía en el Instituto Comercial Antioqueño con la señorita Emilia Duque Yepes, septuagenaria mujer a la que acompañaba su hermano “Don Leo” en la enseñanza decadactilar. Las máquinas de práctica eran unos armatostes Remington 12 Standard, y Underwood Standard Typewritter de duras teclas, cuyos ejercicios del manual tenían por fin agilizar el conocimiento de la ubicación de las letras y fortalecer los músculos de los dedos para que golpearan con fuerza. Nuestra meta, porque juntos estudiábamos mi primo Chepe y yo, era lograr la mayor velocidad en cantidad de palabras por minuto que obtenían las escribientes de notaría. Ese era un punto muy alto de alcanzar.

Poco después entré al mercado laboral, y tuve acceso a una máquina de escribir Underwood Five, cuyo dominio tuve que demostrar antes de que me permitieran acceder a la máquina de escribir eléctrica de la marca Brother, que era del uso privativo de la secretaria de gerencia. Una auxiliar de contabilidad hacía uso de una máquina Burroughs que no tuvo el privilegio de recibir mis caricias porque, como dicen, las cosas se parecen a su dueña, pero que debía ser muy molesta porque la mujer a cada nada lanzaba maldiciones, tiraba una hoja arrugada al cesto, y ponía una hoja nueva en el carro. Tal cosa era un fastidio. Para ese momento el Mono Rivillas había cambiado su vieja portátil por una Olivetti Lettera 22 de última generación, que relucía como una joya en el mismo rincón de su antecesora. Y para ese momento, también, yo era ya un mecanógrafo decadactilar acreditado y avalado por mis experiencias de trabajo. 

Finalizaba la década de los años 60 y en la oficina teníamos una sumadora manual de escritorio Divisumma 24, de tirilla, que llamábamos la caminadora porque a medida que uno accionaba la palanca para calcular e imprimir la máquina se corría unos centímetros y al final ya iba llegando al borde de la mesa. Sus patas eran unas chupas de caucho que se suponía tenían que anclarla a la lustrosa fórmica del escritorio, pero el polvo y la grasa las inutilizaban. Le hacía compañía una calculadora Facit NTK de escritorio, para multiplicar y dividir subiendo y bajando unas clavijas por el respectivo riel de cada cifra decimal. Se volvía uno un experto en accionar la palanca a velocidad muchas veces hacia adelante y muchas otras hacia atrás para obtener el resultado.

No supe cuándo pasó el tiempo desde que yo tenía cinco años hasta llegar al septuagenario que soy ahora. Fue en un suspiro. El siglo XXI me encuentra pegado a un teclado de computador de escritorio, decadactilar y todavía qwerty, olvidado de mis viejas máquinas obsoletas y negado a entrar en el mundo de las Tablet y los Ipod táctiles de toque fino. No he podido acomodarme al uso de la mecanografía pulgotactilar.

Pulgotactilógrafo de teléfono celular

Ha pasado el tiempo, y cumplí 74 años en el mes de octubre de 2019. Mi tía Gabriela Casas Restrepo, viuda de Rivillas, cumplió 101 años en el mes de agosto, y con las limitaciones propias de su edad conserva la lucidez, el caminar sin apoyo, y se acicala sin ayuda en las mañanas. Su esposo, Jesús Amador “El Mono” Rivillas Muñoz falleció cinco meses antes de cumplir los 100 en estado de lucidez mental, así el corazón no bombeara ya con suficiente fuerza. Ambos nacieron en el año 1918. Queda como recuerdo del Mono Rivillas la entrevista que le hicimos en compañía de Víctor Bustamante y de Luisa Vergara en su casa del municipio de La Ceja, entrevista que puede verse en el siguiente enlace.

https://neonadaismo2011.blogspot.com/2019/12/teatros-de-medellin-en-los-anos.html?fbclid=IwAR0nV9Vis1LISX9npCmtlaMzp5Id_iNfdagYX-F_ETGVJue8CcpY5_FzGgo

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)




domingo, 29 de enero de 2017

189. Método Trueta, Profesor Campuzano Ibáñez, y Dr. Hernando Echeverri Mejía

–TRES VELAS ENCENDIDAS EN EL ALTAR 
DE MIS TAUMATURGOS Y MIS TRAUMATÓLOGOS–

1. Curadores de almas

Hay de curas a curas, y de médicos a médicos. Curas hay cuyo método inquisitorial de confesión consiste en fórmulas aprendidas y mecánicas de introducción: “Rece el Señor Mío Jesucristo… Cuánto hace… Diga sus pecados…”. Lo que se sigue luego puede oírse en varios confesionarios a la redonda: “Grave, muy grave… pecado mortal… grave, muy grave… ¿Que queeé?”, y sacan la cabeza de su sitial para ver bien al confesado que se oculta tras de la ventanilla y la cortina. Su tono de voz tronante ya infunde miedo, y la penitencia que imponen es un castigo ejemplar que requiere de valor, tiempo, y voluntad para cumplir.

Otros hay, por el contrario, bondadosos que acogen al penitente con alma caritativa y muestras de comprensión. No ocultan la gravedad del pecado, pero procuran hacérselo saber en medio de consejos pronunciados con voz tenue y haciendo lo posible para que los vecinos no se enteren del contenido de la conversación. Estos animan al arrepentimiento y al propósito de la enmienda, y estimulan a volver porque con ellos se siente alivio y no sobrecarga de culpa.

Cuando en aquella noche de sábado, madrugada de domingo ya, salimos del pequeño apartaestudio que albergaba a la amiga de mi amigo y a su prima (de ella, hay que aclarar), donde habíamos estado jugando a la pérdida de prendas con el giro de una botella; mi amigo y su amiga ya eran más que novios, y yo me había hecho novio de la prima. Salí embriagado de copas y de besos, y abordé mi Lambretta con los reflejos y el sentido de orientación bastante embotados. En donde hoy está el intercambio vial de la Avenida 80 con la calle San Juan había una glorieta en ese tiempo, con sembrado de pasto y matas en el centro, rodeada por un cordón perimetral de cemento de unos veinte centímetros de altura. Ustedes tal vez recuerden esa glorieta pero ese día… ¡A mí se me olvidó! Pasé derecho con la Lambretta hecha una guanábana, y con mi tibia y peroné izquierdos fláccidos como si fueran un pañuelo agitado por despedidas en medio de lastimeros ayes de dolor. No podría decir que ese día fue mi día de mala suerte, no, puesto que mi novia de esos días estuvo adorable y se hizo inseparable de mí en las semanas que siguieron. No puedo ser desagradecido porque su compañía fue un soporte emocional incomparable para mi recuperación, mientras médicos ortopedistas traumatólogos de la clínica como el Dr. Gabriel Álvarez Vásquez, el Dr. Heriberto Gil Lasso, el Dr. Marcos Roiter Sztum, y el Dr. Hernando Echeverri Mejía (nombres que se leían en el directorio con las placas de los consultorios a la entrada), se reunían a debatir qué se debía hacer en este caso, que mostraba un cuadro clínico complicado. 

2. El Dr. Hernando Echeverri Mejía, curador de cuerpo y espíritu 

Puedo afirmar, también, que ese fue mi día de buena suerte porque en la sala de urgencias de la clínica a donde fui llevado estaba de turno el médico ortopedista Hernando Echeverri Mejía que era, al decir de las señoras, “una eminencia”. Por feliz coincidencia, para mí, el Dr. Echeverri era un reputado especialista en ortopedia, con amplios conocimientos en el área de traumatología; pero, además, aunaba a esos conocimientos un carisma, una empatía con los pacientes, una queridura, que lo convertían en un tumbalocas por fuera de los quirófanos y una especie de santo milagroso por dentro. A diario pasaba a visitarme, y su esperado saludo era como un bálsamo que me hacía sentir como si hubiera recibido la bendición del Santo Padre. Ese sentimiento pueril e ingenuo es, para la recuperación, un importante soporte sicológico, como saben los estudiosos de los fármacos y los placebos. De hecho, “en la confianza que el médico genere en el paciente está la mitad del tratamiento”, dicen algunos. 

Años después, cuando mi episodio ya era historia, me encontré con el Dr. Echeverri que se había retirado de la política. Me saludó con deferencia e incluso, diría yo, con alegría de verme, igual a la que yo sentí de verlo a él. Soltó un efusivo: 

¡Orlando, qué alegría me da verte caminando por tus propios pies! Yo llegué a creer que vos no volvías a caminar cuando la junta de médicos dictaminó que teníamos que amputar la pierna; pero, sabiendo que no había nada que perder, y viéndote tan joven e ilusionado con la vida, pedí me dieran la oportunidad de tratar de salvártela aunque tenías los huesos desastillados y la herida sucia comenzando a infectarse. Acomodamos los huesos y te pusimos una platina que infortunadamente tu organismo rechazó como cuerpo extraño. A veces pasa. El tratamiento para la infección se complicó por ser alérgico a la Penicilina, pero afortunadamente en la Rifampicina encontramos un sustituto. Te enyesamos para tapar la herida según un método descubierto durante la guerra civil española. En ese entonces no había médicos suficientes para atender a los heridos, que eran vendados mientras podían trasladarlos a hospitales de campaña y encontrar el tiempo de que los revisara un ortopedista. Al destaparlos, una gusanera se había apoderado de la herida pero, curiosamente, esos gusanos se alimentaban con los tejidos necróticos y, al retirarlos, ¡la herida estaba limpia y sin infección!, por lo que los anticuerpos no tenían que desgastarse en esos tejidos y podían ocuparse de las bacterias. Te aplicamos el tratamiento, y funcionó”. 

Vea, pues, quince años después de mi accidente, vine a enterarme de que mi pierna está donde está de puro milagro, y que el santo que me bendijo con su intercesión fue el Dr. Hernando a cuya memoria prendo velas en el altar de mi gratitud.

3. El Profesor Campuzano, un curador de cuerpos

Pero el asunto tuvo más episodios. Cuando el Dr. Echeverri se dedicó a la política, y dejó la profesión. Mi tratamiento pasó a manos de otro especialista, reputado en su profesión, cuyo estilo era sobrio y circunspecto, frío, distante, escueto; que no me generó ninguna empatía. Su intervención fue fatal para mi osteomielitis y los huesos empezaron a supurar con lágrimas purulentas incontrolables que tenía que recoger en una venda desechable y cambiar tres veces al día para que el nauseabundo olor no espantara a mis amistades y no me llenara de horror de mí mismo. Por la abertura de la piel, al fondo, se veía el hueso. Acostumbrado como estaba al trato caluroso del Dr. Echeverri, este otro especialista resultó ser nocivo para mi mal, que se recrudeció, y puso en peligro el avance logrado hasta el momento. Pensé que mi problema no tenía solución, y dos alternativas me fueron ofrecidas en los mentideros callejeros, cuando ya llevaba dos años y medio andando con ayuda de muletas y bastón. De una parte, a mi padre le dijeron que un policía de La Estrella curaba con oraciones. No soy bueno para creer en las oraciones de los policías de La Estrella. De la otra, el Dr. Gabriel Álvarez, un médico general que atendía en un cubículo con divisiones de triplex al fondo de una farmacia de la carrera Carabobo con calle Amador en Guayaquil, con clientela compuesta principalmente de mujeres callejeras que acudían a él por culpa de sus enfermedades venéreas, me dio el mejor consejo que podía darme en ese momento:

Vea, Orlando, no vaya a contarle a mis colegas que yo le di esta información porque ¡me matan!, pero vaya al Hospital San Vicente de Paúl, por el pabellón de la derecha al fondo, cruzando a mano izquierda, y pregunte por el profesor Tomás Campuzano. Su puerta no está marcada, pero es fácil de identificar por la fila de pacientes que encontrará a la entrada. Cuéntele su problema, y dígale que va de parte mía”. 

Este Dr. Gabriel Álvarez era homónimo del reconocido ortopedista deportólogo Dr. Gabriel Álvarez Vásquez. Por no dejar de hacer esfuerzos, y sin ninguna fe, allá fui; y por parecerme mejor alternativa que la del policía de La Estrella. Muchos pacientes estaban en turno, unos enfermos de asma, otros de artritis reumatóidea, otros con ronchas, otros de osteomielitis. Llegó mi turno. De una estantería tomó una ampolleta de las que él mismo envasaba, y aserrándole la cabeza de vidrio la desprendió para poner la mitad de su contenido acuoso y salobre en una jeringa con la que me inyectó. La otra mitad me la dio a beber en una cucharilla y me dijo: 

Vuelva a la misma hora cada semana, durante seis meses. En un comienzo la infección se pondrá virulenta y sentirá fiebre, como sucede con cualquier vacuna. No se asuste, que es normal. Pero luego empezará a mejorar y mejorar, hasta que la herida termine por cerrar. Yo no cobro, pero según sus capacidades económicas acérquese a la recepción y done lo que pueda para la atención de los pacientes pobres que llegan al hospital”. 

Seis meses después, yo estaba curado. Asumo que esa inyección universal era una panacea aplicada a pacientes con dolencias muy diversas, y estimulaba en el organismo la creación de anticuerpos que atacaban cualquier enfermedad de origen infeccioso o alérgico. Eso es lo que yo supongo, porque saber-saber, no sé. Lo que sí puede deducirse es que sus conocimientos no le venían de ningún encuentro con indígenas del Chocó, como muchos especularon, sino de su experiencia con la microbiología patógena en la Escuela de Veterinaria de Madrid de donde emigró por culpa de la posguerra civil española.

El profesor Campuzano era hijo del pintor, acuarelista, y grabador español don Tomás Campuzano Aguirre, y tenía cuatro hermanos. Fue profesor de la cátedra de Enfermedades Parasitarias e Infecto Contagiosas de la Escuela de Veterinaria de Madrid desde 1921 hasta 1940 en que a petición propia pasó a excedente (retiro). La titularidad de la cátedra que había obtenido por oposición o concurso estuvo vacante hasta que años después le fue asignada también por oposición al profesor Carlos Sánchez Botija. Venía Campuzano de ser Auxiliar de Sección en el Instituto de Farmacobiología de España. Dijo el Dr. José Manuel Pérez García que el profesor Campuzano “De gran cultura y bien preparado para la cátedra, desde ella ejerció una eficaz labor de presencia y tratamiento de ciertas enfermedades infecciosas, no bien esclarecidas hasta entonces”. 

A la par con el ejercicio de la cátedra, en 1936 fue nombrado consejero del Ministerio de Trabajo, Sanidad, y Previsión de España, entre otros profesionales de la rama de la medicina. De su paso por el Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII, precursor de la Escuela de Veterinaria, da cuenta el Dr. Guillermo Suárez Fernández ante la Real Academia de Doctores al afirmar que: 

Debemos destacar el nombre de Tomás Campuzano Ibáñez, discípulo predilecto del Dr. Dalmacio García Izcarra…”.

En su libro autobiográfico “Una vida, y un entorno –1903-1978–. Memorias de un médico con vocación de biólogo”, publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, el autor Dr. Juan Manuel Ortiz Picón da cuenta en la página 278 de su venida a la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia como invitado para dictar unas conferencias, habiéndose hospedado en el Hotel Nutibara: 

Entre los profesores de aquella Facultad, encontré a dos españoles: Uno era el Dr. Miguel Gracián, procedente del Instituto Nacional de Sanidad de Madrid; y el otro español era el Dr. Tomás Campuzano Ibáñez, que fue profesor de la madrileña Escuela de Veterinaria, y que se exilió después de la guerra civil. Me causó pena encontrar a ambos un tanto decaídos; más Campuzano que Gracián”.  

El Profesor Campuzano vivía en un cuartucho de tercer piso en uno de esos edificios que hay en Juan del Corral entre la Avenida de Greiff y Caracas, residencias de solterones, en las que nadie se da cuenta de quién entra o quién sale. Un día los vecinos se quejaron de olores nauseabundos, y el portero derribó la puerta de la habitación. En medicina legal calcularon que llevaba de tres a cuatro días fulminado por un infarto, y se fue para la otra vida llevándose el secreto de su fórmula. 

Otra de las velas en el altar de mis afectos está encendida a la memoria del profesor Tomás Campuzano Ibáñez.

4. El Dr. Josep Trueta i Raspall, y su método cuasimilagroso

Hace un tiempo conté a un amigo esta ristra de historias que él, naturalmente, me creyó y, es más, me dijo que había conocido a varios de estos personajes porque fueron sus compañeros de trabajo. 

En ese altar te hace falta una vela, Orlando”, me dijo, “Debes encenderla en homenaje al profesor Josep Trueta i Raspall”. 

No sabía que el mencionado personaje existiera o hubiera existido, ¿Quién fue él? 

Fue el hombre que descubrió el tratamiento anaeróbico que te salvó la pierna”, me dijo mi amigo ortopedista. 

Efectivamente, encontré un enlace donde lo describen:


Allí me entero de que su tratamiento tuvo una contribución inspiradora en las experiencias del Dr. Winnet Orr, y que la confluencia de muchas personas del mundo de la medicina fue la que produjo los salvadores resultados que medio siglo después me tienen caminando. Una vela le estoy debiendo en el altar de mi gratitud por tenerme caminando sin ayuda de muletas.

5. San Pascual Bailón, santo patrono de los bailarines

Se cuenta en la hagiografía de San Pascual Bailón que él era un humilde pastor del campo que fue aceptado como hermano lego de la Orden de San Francisco, como encargado de hacer los oficios más sencillos. Un día un religioso se asomó por la ventana y vio a Pascual danzando ante un cuadro de la Santísima Virgen y diciéndole: 

"Señora: no puedo ofrecerte grandes cualidades, porque no las tengo, pero te ofrezco mi danza campesina en tu honor".

Mi madre se sentía feliz rodeada de sus hijos, sus nietos, y sus bisnietos, en la celebración de su nonagésimo cumpleaños, por saberse una sobreviviente que salió de hospitalización en cuidados intensivos después de una complicada cirugía, invasión infecciosa de dos bacterias, y aplicación in extremis de los santos óleos. Pidió que para su cumpleaños le lleváramos serenata con música vallenata, y su sonrisa y alegría eran exuberantes como si se tratara de una quinceañera. Le parecía mentira estar en esa celebración. En algún momento, llevada del impulso, me sacó a bailar en un pedido que yo no pude rechazar. “¿Sabe qué, mijo?”, me dijo: 

Cuando yo le vi su pierna tan destrozada la vez del accidente de la motoneta, creí que usted iba a perderla y me puse a llorar. Le recé, entonces, la novena a San Pascual Bailón para que por su intercesión Dios le hiciera el milagro de salvársela, y vea cómo se lo hizo. Me parece mentira estar bailando con usted. Dele gracias a ese santo bendito”. 

Velas quedo debiendo, pues, en el altar de mis gratitudes.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 17 de abril de 2016

148. Jugando a ser Dios

Ref.: Programa “Superstorm” de Discovery Channel


Al hombre le gusta jugar a ser Dios y Él lo deja que juegue un poco, pero sin que se salga de su control. A muchos les gusta llamarlo “Madre Naturaleza”. Es cuestión de apreciaciones. Dos que consiguieron transformaciones sustanciales se arrepintieron de sus logros: Alfred Nobel, el inventor de la dinamita, es uno. Albert Einstein, que condujo a la bomba atómica, es el otro. El hombre siempre encontrará la manera de usar el martillo no para clavar puntillas sino para darle en la cabeza al vecino. Es nuestra naturaleza. 

He visto en Discovery Channel dos programas de la BBC, íntimamente relacionados. Un documental, naturalmente basado en hechos reales, que muestra cómo las autoridades rusas después del estallido de la planta atómica de Chernobyl usaron la aviación para bombardear nubes con yoduro de plata y producir vientos que se llevaran la nube radiactiva hacia otro lugar, salvando a Moscú y a Petrogrado de una tragedia. Muy loable. Sólo que ese otro lugar resultó ser Bielorrusia. En este país la cantidad de niños, adultos, y ancianos deformes, con cáncer, con secuelas desastrosas, es infame. Los científicos denunciantes del hecho (únicos que tenían por qué conocerlo), están escondidos y amenazados de muerte. Es que a los políticos no les importa hacer lo que sea, siempre y cuando no los descubran.

Basado en esos hechos, utilizando la misma información científica, se hizo una película estilo Hollywood que es ficción, claro, pero perfectamente posible. Posible, puesto que ya sucedió. Posible, puesto que puede volver a suceder:

En esta película, con posterioridad al huracán Katrina en la siguiente temporada de huracanes, los científicos predicen que uno que se ha formado va rumbo a Miami y va a causar una catástrofe. Un Senador hace uso del poder político para conformar un equipo de científicos que busque soluciones para palear el peligro, y el equipo descubre la posibilidad de meter un bombardero en el ojo del huracán y rociarlo con partículas de carbono que conviertan cargas de agua de baja densidad en cristales de lluvia y se genere un “contrahuracán” que desvíe el fenómeno inicial y lo regrese al mar, salvando a Miami del desastre. Muy loable. Aunque en la trayectoria de desvío están Cuba, Puerto Rico, Haití, y República Dominicana, su destrucción sería un mal menor (esta conclusión es mía, leyendo entre líneas). El huracán logra ser desviado con el método propuesto, sólo que para poner en peligro a Nueva York, por lo que es desviado nuevamente y causa destrucción en Long Island y periféricos. Un mal menor (para los que no son habitantes de Long Island). El político se echa flores ante cámaras por ser el salvador, cuando lo que hizo a conciencia fue atentar contra la vida de miles de personas. 

Es posible que el hombre logre dominar algunas fuerzas de la naturaleza de manera parcial. Pero, como dijo alguien, no vuela una mariposa en el Perú que con su aleteo no genere una ventisca en el África. El universo está conectado. Siglos han pasado y siglos pasarán en que los hombres debatan la existencia de Dios. Yo no soy zoólogo, pero supongo que, para las hormigas, los elefantes no existen. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

domingo, 7 de febrero de 2016

138. Jesucristo, su verdadero rostro

Dice la canción “Apariencias”, con letra de Heriberto Molina y música de Amílcar Boscán, interpretada por este último, que “¡Basta de apariencias! Yo estoy en paz con mi conciencia. De noche, en cama, es la humildad la que me reclama; y, sí, de apariencias me siento cansado. Quiero vivir la realidad… realidad del alma, que me permita dormir en calma”. 

https://www.youtube.com/watch?v=9u7FvG7Ys1s

¿Han oído ustedes decir que “El león no es como lo pintan”? Quieren ellos decir que los pintores pintan lo que tienen imaginado en su cabeza, y que de la pintura a la realidad hay mucho trecho. También se da el caso de que pintores haya habido que tengan que salir en volandas de la corte porque a su reina no le gustó que la pintura fuera tan realista y la pintaran tal como ella era. Desde entonces ya se estaba inventando el Photoshop aunque en esos tiempos no se hubiera inventado la fotografía y los ojos vieran la realidad tal como la querían ver.

Empecemos por ver una fotografía del cantante de salsa puertorriqueño Willie González, de las varias que aparecen en Internet:

Willie González, cantante puertorriqueño

Dice en su autobiografía Gabriel García Márquez que “La vida no es la que uno vivió sino la que recuerda, y cómo la recuerda para contarla”, y esa frase la he citado frecuentemente cambiada, parodiándola sin perder la esencia de lo que él quiso decir: “Las cosas no son como sucedieron, sino como uno las recuerda para contarlas”. Volviendo a parodiarla, me atrevería a decir que “Las cosas no son como son, sino como uno se las imagina”.

Simón Bolívar, por ejemplo, siempre me lo imaginé como lo esculpió el italiano Pietro Tenerani, con un perfil muy griego. 

Simón Bolívar de Tenerani

Simón Bolívar en los libros 
de Historia

Pero tengo una mala noticia para los que se creen vaciados del molde de Bolívar: él no era así ni tenía un perfil griego. Su perfil tiraba más bien a zambo… o a mestizo, para ser benevolentes. Hugo Chávez mandó a exhumar los restos de Bolívar y a fabricar una imagen real contando con las nuevas técnicas forenses, y la figura resultante de Bolívar (con perdón de su alma bendita, que en paz descanse) se parece más a Chávez, o al cantante Willie González, que a Tony Curtis o a Richard Burton. No sé si los escultores forenses hayan querido congraciarse con el contratante, o hayan recibido instrucciones para que así fuera, pero así fue.

Simón Bolívar, según los 
técnicos forenses

La ciencia forense ha evolucionado, y según la forma de los pómulos, las medidas de los huesos, el ADN genético, las simulaciones por computador, y otros indicios, es posible reconstruir de una manera aproximada la apariencia que pudiera tener determinado personaje. Hasta la figura de Lucy Australophitecus Afarensis, nuestra millonariañísima antepasada, ha podido reconfigurarse con su fisonomía real y no con una imaginada.

Lucy Australophitecus Afarensis

Como si fuera poco, tengo otra mala noticia para los rubios ojiazules que se creen bajados del ombligo del Espíritu Santo: Jesucristo tampoco se parecía a ellos. O a la inversa, ellos tampoco se parecen a Jesucristo. Los paisas, que somos tan confianzudos y, como dice un poema de Jorge Robledo Ortiz, “Soy antioqueño, visto de alpargatas, y tuteo hasta al mesmo presidente”, para referirnos a Jesucristo solemos hablar de “el de arriba”, “el mono”, “el rubio”, “el zarco”, “el ojiazul”, porque así nos lo imaginamos y así se lo han imaginado los pintores y los escultores de imágenes religiosas desde la antigüedad. No había pintores en su tiempo, ni escultores fotográficos, ni fotografía, y todo lo que se vino posteriormente fue producto de la imaginación.

Jesucristo en la iconografía religiosa

Pero como de la actualización de la ciencia forense no se escapa nadie, los científicos han logrado determinar, basados en indicios, cual es la fisonomía aproximada que pudo haber tenido Jesús.

Jesucristo, según la técnica forense


A mi modo de ver, su apariencia física, real y humana, era más aproximada a la de Willie González que a la de los monos ojiazules que se ven entrar a rezar padrenuestros a la iglesia de Marinilla.

Mala noticia para los que juzgan la crema por el empaque y no por el contenido.

Llegados a este punto, no quiero ni imaginar cuál sería la verdadera apariencia de nuestro padre Adán, tan distinta de como nos la imaginamos. Eso es algo que me deja pensativo.


El guatemalteco Edgar Ricardo Arjona Morales (Ricardo Arjona) es un cantautor, sobra decirlo. Sus músicas me suenan un poco repetidas, como si fueran una sola estructura musical para montar las letras; pero sus letras, ¡Ay, Jesús mío!, son unas películas, verdaderas películas. No voy a hablarles de la “Historia de taxi” con la pasajera que se encuentra a un taxista seduciendo a la vida, porque ustedes bien la conocen y saben cómo empieza y cómo acaba. O la del millonario que en Nueva York tiene mucho más de lo que necesita pero tiene una “Asignatura pendiente” porque no puede olvidar a la chica que lo enamoró en Puerto Rico y se quedó en San Juan viviendo en el pasado. Como quien dice, “pensar que todo tengo, y nada quiero yo tener; porque lo tengo todo, pero me faltas tú”, como dice el bolero “Eternamente” de Alberto Domínguez. Lo de la asignatura pendiente de Arjona, es una película. O en “Desnuda”, que dice que “no es ninguna aberración sexual, pero me gusta verte andar en cueros al compás de tus pechos aventureros”. Al que diga que no ama eso, que tire la primera piedra. Al llegar a este punto en lo del verdadero rostro de Jesús, recordé una de las primeras canciones de Arjona que escuché, tal vez la primera, y es aquella en que habla de que “Jesús es verbo, y no sustantivo”. Aunque no comparto al 100% lo que Arjona dice en esa letra, mi discrepancia es mínima. Podría decir que la comparto en un 99%, y que respeto la opinión de Arjona en el porcentaje restante; pero hay que ponerle atención a esa letra para saber que ¡Arjona tiene toda la razón! Lo que él dice, en esencia, es que Jesús es más que apariencias, que la fe no está en las manifestaciones exteriores, y que para ser seguidor de Jesús no es suficiente con rezar el Padrenuestro sino que hay que seguir lo que en él se dice: “Hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo… Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden… No nos dejes caer en la tentación, y líbranos de todo mal… Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”. 

Jesús, dice Ricardo Arjona, no es un sujeto sino una manera de actuar. Tiene toda la razón.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Letra de “Jesús es verbo, no sustantivo”, de Ricardo Arjona:

https://www.youtube.com/watch?v=2VCEBaytqJY

(hablado):

Ayer,
Jesús afinó mi guitarra, agudizó mis sentidos,
y me inspiró.
Papel y lápiz en mano, apunto la canción
y… me negué a escribir más.
Porque hablar y escribir sobre Jesús, es redundar.
Sería mejor actuar.
Luego, algo me dijo que la única forma de no redundar
es decir la verdad.
Decir que Jesús es acción y movimiento,
no cinco letras formando un nombre.
Decir que a Jesús le gusta que actuemos,
no que hablemos.
Decir que Jesús es verbo, no sustantivo.

(cantado)

Jesús es más que una simple y llana teoría.
¿Qué haces, hermano, leyendo la Biblia todo el día?
Lo que ahí está escrito, se resume en amor:
Vamos, ve y ¡Prácticalo!
Jesús, hermanos míos, es verbo y no sustantivo.

Jesús es más que un templo de lujo, con tendencia barroca.
Él sabe que, total y a la larga, eso no es más que roca.
La Iglesia se lleva en el alma y en los actos,
no se te olvide.
Jesús, hermanos míos, es verbo y no sustantivo.

Jesús es más que persignarse, hincarse, y hacer de esto alarde.
Él sabe que quizás por dentro la conciencia les arde.
Jesús es más que una flor en el altar, salvadora de pecados.
Jesús, hermanos míos, es verbo y no sustantivo.

Jesús es más que un grupo de señoras de muy negra conciencia,
que pretenden ganar el cielo con clubes de beneficencia.
Si quieres tú ser socia activa, tendrás que presentar a la directiva
tu cuenta de ahorros en Suiza y vínculos oficiales.

Jesús convertía en hechos todos sus sermones.
Que si tomas café es pecado, dicen los Mormones.
Tienen tan poco qué hacer, que andan inventando cada cosa.
Jesús, hermanos míos, es verbo y no sustantivo.

Jesús no entiende por qué en el culto le aplauden.
Hablan de honestidad, sabiendo que el diezmo es un fraude.
A Jesús le da asco el Pastor que se hace rico con la fe.
Jesús, hermanos míos, es verbo y no sustantivo.

Me bautizaron cuando tenía dos meses, y a mí no me avisaron.
Hubo fiesta, piñata, y a mí no me lo preguntaron.
Bautízame tú, Jesús, por favor; así, entre amigos.
Sé que odias el protocolo, hermano mío.

De mi barrio, la más religiosa era doña Carlota.
Hablaba de amor al prójimo, y me pinchó cien pelotas.
Desde niño fui aprendiendo que la religión no es más que un método
con el título de "Prohibido pensar, porque ya todo está escrito”.
Señores, no dividan la fe. Las fronteras son para los países.
En este mundo, hay más religiones que niños felices.

Jesús pensó "Me haré invisible, para que todos mis hermanos
dejen de estar hablando tanto de mí y se tiendan la mano".
Jesús, eres el mejor testigo del amor que te profeso.
Tengo la conciencia tranquila, y por eso no me confieso.
Rezando dos Padrenuestros, el asesino no revive a su muerto.
Jesús, hermanos míos, es verbo y no sustantivo.

Jesús, no bajes a la Tierra, quédate ahí arriba.
Todos lo que han pensado como tú, hoy están boca arriba
olvidados en algún cementerio y, de equipaje, sus ideales.
Murieron con la sonrisa en los labios,
porque fueron verbo y no sustantivo.


domingo, 9 de agosto de 2015

111. Vals del segundo, justo a tiempo

De niño observé que hay días en que el sol sale más temprano, y hay días en que sale más tarde. Era un misterio para mí, hasta que en clases de geografía me enseñaron aquello de los solsticios de invierno y de verano. Durante mi viaje a Cuba el año pasado pude ver como a las nueve de la noche en la Habana el día estaba tan claro como a las cinco de la tarde en Medellín ¡Sorprendente!

Atardecer en La Habana, Cuba

Cuando la crisis energética sufrida en Colombia por la merma de agua en las reservas de los embalses durante el gobierno del Dr. César Gaviria Trujillo en los años de 1992 y 1993, debido al fenómeno climatológico del Niño, a algún genio se le ocurrió copiar el asunto de la llamada “hora de verano” que se usa en los países donde hay estaciones, adelantando una hora los relojes respecto de la hora estándar. Para muchos de nosotros, tan peregrina idea resultó ser un despelote y al recordar tal cosa solemos burlarnos de esa idea como de quien piensa que la calentura está en las sábanas o de quien resuelve buscar el ahogado río arriba.

En Venezuela al presidente Chávez se le ocurrió adelantar la hora oficial en media hora para que sus ciudadanos no tuvieran que levantarse antes de que saliera el sol. Por tal medida, el sol de los venezolanos ya no sale una hora antes que el de Colombia sino apenas media hora. Tal cosa también sucede en Birmania y en la India, y empezará a suceder en Corea del Norte cuyo dictador acaba de tomar esa decisión para los ciudadanos en vista de que no puede darle órdenes al sol de que salga más temprano. Sí pudiera, pero el sol no le haría caso; como no le hicieron caso los ciudadanos a la revolución francesa que ordenó cambiar el nombre de los meses (vendimiano, brumario, frimario, etc.). Tuvieron que recular, y adaptarse a la nomenclatura internacional (septiembre, octubre, noviembre, etc.).

Hay cosas que no son fáciles de explicar o definir con palabras. Recuerdo los días de adolescencia en que hacíamos la prueba de abordar a algún condiscípulo y preguntarle a boca de jarro: “Defíname la palabra desmenuzar”. El hombrecito empezaba a hurgar en su cerebro, e incapaz de encontrar las palabras adecuadas hacía una maniobra gestual con la mano derecha frotando la yema del pulgar contra las de los dedos índice y anular. Tal pareciera que estaba palpando una pizca de talco.

Con mucha razón se ha dicho toda la vida que “el tiempo es relativo”, y el artículo de hoy es relativo al tiempo. 

“Reloj”, bolero con letra y música de Roberto Cantoral, interpretado por Lucho Gatica:

Para describir la pieza musical que sigue, es necesario haber cursado largos estudios musicales y haber alcanzado altos grados en las materias de solfeo y pentagrama. No de otro modo se domina tal sencillez en la explicación, con el uso adecuado del lenguaje propio de la profesión. Cometería una infidencia si anticipara a ustedes el nombre del autor (o de los autores, puesto que se trata de una creación colectiva) de esta muestra de simplicidad académica y didáctica en un campo que es, per se, especializado. Me abstengo de transcribir tanto el texto en inglés, que viene anexo a la letra en español; como la dicha letra que es, por naturaleza, inexistente; ya que se trata de una obra de corte esencialmente instrumental. 

(Tomado del blog letrasdecanciones.com):

Los antiguos valses ya habían inspirado a Ravel sus deliciosos “Valses nobles y sentimentales” y su hermoso poema sinfónico “La Vals”, para “el” orquesta, cuando los alumnos del último curso del Centro de Altos Estudios Musicales Manuela encararon la composición colectiva de "El Vals del Segundo". "El Vals del Segundo" añade a su riqueza temática y formal, que se manifiesta ya desde el primer compás, un indudable valor musicológico. En el trabajo de investigación previa, los compositores consultaron viejas partituras de la Belle Epoque y descubrieron con sorpresa que la tonalidad era la misma en todas: blanco amarillenta. En "El Vals del Segundo"está presente el espíritu de Johann Strauss, Lehar y Waldteufel; Offenbach, Beckenbauer y von Suppé; Kollmann, Oskar Strauss, Joseph Strauss, Karl Maria y von Weber. Para su ejecución se emplea habitualmente una orquesta limitada, pudiendo modificarse sensiblemente con una orquesta buena. "El Vals del Segundo" comienza con un portato assai. El segundo tiempo es un deciso e a terra col battere, en el cual se plantea el desarrollo ulterior de la obra plácidamente, en forma muy tensa, con total serenidad, agitadamente, en una paz plena, turbulenta, creando un clima calmo, caótico, definiendo indubitablemente la intención de los autores, de alguna manera. Sigue el intermezzo, compuesto sobre un esquema en el cual las figuras predominantes son negras, como en el jazz. El intermezzo desemboca en el tiempo siguiente, que por otra parte era la única posibilidad. Se trata del levare languente, que establece una atmósfera de bacanal. Las cuerdas cantan, ebrias de gozo, mientras los oboes se superponen a las flautas. El desenlace es abrupto: un pizzicato tanto de ritmo alocado, paradójicamente a cargo de las cuerdas. La agrupación bien antigua de Les... la agrupación Viena Antigua de Les Luthiers ejecuta "El Vals del Segundo".
Les Luthiers


Les Luthier no sólo son unos músicos destacados, sino que se han posicionado en los primeros lugares del mamagallismo, como también podría denominarse al género de la filobromistosofía.

He recordado esta pieza del humor lesluthierano, por cuenta del reloj Mido Ocean Star que mi padre me regaló cuando cumplí 15 años para recordarme “que ya era hora” de algo que sólo él sabía de qué. Yo tardé por lo menos tres años más en descubrirlo.

Reloj de pulsera, a la hora de 
darle cuerda

Muy orgulloso vivía yo de mi reloj, y todas las mañanas lo desprendía de mi muñeca y con él en mano me disponía a esperar el momento en que en el Radionoticiero Caracol sincronizaban la hora con la señal horaria desde Fort Collins, Colorado; momento en el que yo sacaba un poco la tuerca del minutero para ajustarlo al segundo con dicha hora y darle cuerda con el tornillo como si estuviera definiendo la palabra desmenuzar. 

Hora Caracol, sincronizada con la señal horaria de Fort Collins, Colorado (USA):

Justo es decirlo, era ese un reloj mecánico análogo, de los de volante, pelo y rubíes incrustados; antes de que hicieran su aparición los relojes electrónicos digitales de batería de cuarzo, que no requerían de dar cuerda cada mañana. De ese elemento fui despojado a navaja pelada una vez en que salía con él de la prendería barrioguayaquilera donde acababa de rescatarlo dando gracias a Dios “por la resaca que ya pasó, y la de la noche que llega”.

Por ese entonces el lugar que marcaba la señal horaria en el mundo, y señalaba el meridiano cero, era el observatorio de la ciudad inglesa de Greenwich, cuya sigla GMT indicaba cuál era la “Greenwich mean time”, según me dice el Sr. Google aunque mi ignorancia siempre pensó erradamente que era “Greenwich meridiam time” (¡Qué bruto!). De ahí para adelante, o para atrás, había que agregar o quitar horas según el meridiano en que estuviera ubicada la ciudad donde uno vive. La cosa sigue siendo igual, pero ahora el tiempo se mide según la UTC que es el Tiempo Universal Coordinado y se controla con un reloj de cesio cuya precisión es del orden de un segundo de atraso cada 1.400.000 años (un millón cuatrocientos mil). Podría decirse que un reloj de esos nunca se atrasa, pero resulta que hay un fenómeno que podría denominarse la “cámara-lentización” de la Tierra, pero no se llama así sino “ralentización”, y consiste en que se frena un poquito en su rotación alrededor del sol. Estoy seguro de que ninguno de nosotros acató a atrasar un segundo sus respectivos relojes el pasado mes de junio. Los científicos sí lo hicieron por requerirlo en razón de su trabajo, y leo que algunos computadores alcanzaron a afectarse por lo que diría un albañil que “un segundo sí es desplome”.


De todos modos, estas mediciones están sujetas a los conceptos técnicos de los científicos que son humanos, y errare humanum est, como se sabe. Total que se inventaron los controles satelitales y el sistema de locación GPS del cual se aprovechan hasta los taxistas. Fue así como se descubrió, por medio de un aparato GPS, que el meridiano 0º 0´00” ¡No queda en el observatorio de Greenwich sino 102 metros más allá! La explicación la da doña Wikipedia de Google:

¿Por qué un dispositivo GPS
situado sobre el Meridiano de Greenwich 
no indica la longitud 0º00'00"?

Existe una diferencia angular de 5.3 segundos entre el meridiano de Greenwich y el meridiano de referencia utilizado por el sistema GPS WGS84 (denominado IRM). Es consecuencia del procedimiento utilizado para la puesta en marcha en 1958 del primer Sistema de Posicionamiento Global por Satélite, cuando se usaron como base de partida del nuevo sistema geodésico las coordenadas en el sistema NAD27 de la estación de observación de satélites situada en las inmediaciones de Baltimore. La mayor precisión del nuevo método por satélite, se tradujo en un desplazamiento del Meridiano 0º del Sistema GPS (utilizando la longitud de Baltimore como referencia de partida), quedando situado unos 102 metros al este del meridiano de Greenwich materializado en el Observatorio. Esto es debido a la corrección de diversos errores de concordancia entre los sistemas cartográficos europeo y norteamericano, difícilmente apreciables por los métodos de geodesia clásicos. Cuando se constató esta diferencia en 1969, se descartó la posibilidad de reajustar todo el sistema GPS para eliminar este desfase.

Así es que el verdadero regulador del tiempo de los humanos no es el sol, como siempre se creyó, sino el reloj de cesio de la UTC que señala el Tiempo Universal Coordinado.

Ahora, volvamos a la música, en general; y al vals, en particular.

El Dr. Luciano Londoño López y yo fuimos amigos, pero también fuimos contradictores. Tal vez era ese el encanto de nuestras conversaciones, ya que ninguno de los dos tragaba entero. Con frecuencia teníamos posiciones distintas, claro, pero después de forcejeos terminábamos por ponernos de acuerdo. Y frecuentemente, también, uno de los dos partía desde una posición, y terminaba compartiendo los argumentos del contrario, como en el asunto de la cuna gardeliana en que yo empecé siendo francesista y terminé siendo uruguayista; pero no por imposición, sino por convicción.

Él era apegado a la tesis de que los textos originales había que respetarlos (sic), y yo defendía mi punto de vista de que cuando un letrista o un cantante se equivocan hay que corregirlo. El ejemplo que yo más solía poner era uno inexistente, pero posible: si a alguien le da por escribir “tristezas del corason” en la partitura original; por más original que sea, uno tiene que enmendarle la plana y escribir corazón como es debido. No parecíamos ponernos de acuerdo en eso pero, puntilloso como él era, terminó por aceptar que yo tal vez no andaba tan desenfocado con mi capricho. Yo lo definía a él como “un purista”, y él me definía a mí como “un transgresor”. Un transgresor en la escuela de la Nueva Historia –la de la teoría de los indicios– a la que él se adhirió, no tenía cabida. Presiento que en mi ayuda vino don Ricardo Ostuni una vez en que escribí una charla o medio ensayo acerca de los gazapos en las canciones, y expuse la frecuencia con que los argentinos caen en el dequeísmo, como en aquel tango que dice “nunca digas de que no me quieres” que yo proponía reformar con un “nunca digas que tú no me quieres” y el Dr. Luciano puso el grito en el cielo pero don Ricardo me dio la razón. Así es que cuando yo escribí acerca de “Bajo un cielo de estrellas” diciendo que ese era un vals argentino, el Dr. Lucio me corrigió: “Don Orly, no existe tal cosa de vals argentino. Un vals es un vals, y punto”. Yo argumenté que la diferencia regional de un vals a otro estaba dada por el sabor, y que el sabor del vals argentino se lo daban el piano, el violín, el contrabajo, y el bandoneón; que el vals venezolano estaba marcado por el arpa; el vals mexicano por el sonido de mariachis; y el vals ecuatoriano, y el vals peruano, y el vals colombiano, y mil valses más con sus propios sonidos; que los diferenciaban del vals vienés evocador de los salones de la corte austrohúngara enmarcado en el formato de la orquesta filarmónica. Ahora me entero de que en esos salones el vals fue mal recibido en un principio, y que su origen no es vienés sino ¡checo! Vea, pues.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Wikipedia:
Al oír la palabra "vals", enseguida se relaciona con música clásica, pero lo cierto es que el vals sólo es una forma musical y puede estar en cualquier estilo, por ejemplo en forma de rancheras mexicanas, Su característica más significativa es que sus compases son de ¾.

EL VALS
(Por José Portaccio Fontalvo)

Uno de los géneros musicales centenarios, que se extendió por todo el mundo, ha sido el vals. Contrario a lo que se ha creído, el vals nació en la antigua Checoeslovaquia, pero un edicto del emperador del estado austro-húngaro lo hizo expulsar de Bohemia por señalarlo “dañoso para la salud del cuerpo y del alma”. Como era canción y baile que se apartaba de la contradanza y del minué, se consideraba vulgar que por primera vez una pareja –hombre y mujer– se abrazaran bailándolo. Erradicado, fue acogido por los músicos vieneses Josef Franz Karl Lanner y Johannes Strauss, quienes no solo lo impusieron ante el pueblo sino que más tarde fue acogido por las más encumbradas familias de la capital austriaca. Lo meritorio del vals es que tempranamente fue también aceptado por la gran mayoría de las naciones del orbe. Cada uno de estos pueblos lo vistió con sus instrumentos típicos y lo hizo hacer parte de los respectivos folclores musicales, especialmente en los países de Latinoamérica. Son famosos los valses Danubio azul, de Johannes Strauss II, austriaco; El caballero de la rosa, de Richard Strauss, alemán; El vals de las flores, de Peter Tchaikowsky, ruso; Sobre las olas, de Juventino Rosas, mexicano; Estrellita del sur, de Felipe Coronel Hueda, peruano; Noche azul, de Ernesto Lecuona, cubano; Juliana, de Leonel Belasco, venezolano, y nuestro crédito colombiano Tristezas del alma, de Luis Alberto Rodríguez Moreno. El corto espacio no me permitió mencionar otros ejemplos.

José Portaccio Fontalvo
joseportaccio@hotmail.com

(Comentario tomado del periódico EL HERALDO, de la ciudad de Barranquilla. Edición del día miércoles, 9 de octubre de 2013)




domingo, 26 de julio de 2015

109. Mundo salvaje de indígenas, monos, y crédulos

Un sancocho es una sopa aguada o plato cocido en la que oportunamente se mezclan ingredientes de disímil cocción, para que ablanden y no queden duros, y para que tampoco se deshagan. El secreto está en mezclarlos en la justa proporción, y en saber cuál es el momento preciso de integrarlos al cocido.

Hago esta precisión porque lo que se sigue es, en la práctica, un sancocho de datos.

Reina Isabel II de España
(de Borbón Parma y Dos Sicilias)

Tal vez llegue el momento en que los genetistas se pongan a averiguar si por las venas de la cantidad de rubios de ojos azules que camina por nuestras calles corre sangre de la Reina Isabel II de España, de Borbón Parma y Dos Sicilias (el primer Borbón se remonta a siete siglos de antigüedad, proveniente de la dinastía francesa de los descendientes de Hugo Capeto); pero, por lo pronto, están empeñados en averiguar cosas acerca de las tribus indígenas que habitan nuestras selvas.

En los nueve años que viví en Cúcuta me solían lustrar los zapatos en el Parque Santander por el costado oriental, frente a la Catedral, cuya frondosa arborización daba sombra a los transeúntes y refugio a una manada de monos denominados araguatos, aulladores rojos, o cotudos (Alouatta seniculus). Entre sus ramas había palomas, recuerdo; y había osos perezosos, según dicen. Los lustrabotas debían ubicarse en un lugar seguro donde a sus clientes no les cayeran los viscosos desechos de los moradores de las ramas de arriba.


Los primates eran doce o quince bullosos micos de un tamaño más próximo al del orangután que al del tití. Creo que desaparecieron por sobra del con qué y falta del con quién. Uno de ellos, recuerdo, se peleó con la manada y fue a resguardarse en la terraza del entonces Banco Industrial Colombiano (hoy Bancolombia) en el costado occidental del parque, donde la poderosa máquina del aire acondicionado central combatía el sofocante calor de la ciudad. Al terminar la jornada del día se apagaron los equipos, y al mono se le hizo fácil dormir al pie de las aspas que durante el día agitaban el aire. Al día siguiente, cuando los motores se encendieron, el mono quedó tasajeado por la gigantesca licuadora, y los del mantenimiento del aire acondicionado se fueron de reparación de motor.

Manada de monos

A sus 62 años Mrs. Marina Chapman habla muy poco español y lleva el apellido del científico inglés con quien se casó, pero es colombiana de origen. Sólo que, como colombiana, no sabe cuál es su familia biológica ni cuáles son su nombre y apellidos de nacimiento, sino sólo los de su segunda familia de adopción en Colombia. Su segunda familia, porque la primera familia, que la adoptó cuando era una bebé, fue una manada de monos en algún lugar de la selva colombiana, cerca de la frontera con Venezuela. Fue esta una familia de crianza que durante varios años se hizo cargo de la que podríamos denominar, como a Tarzán, “Marina de los monos”. 

Marina Chapman

Esta es “La increíble historia de Marina Chapman”:

Menos mal que la señora Marina cayó en manos de los monos y no de los salvajes indígenas de los alrededores, porque otro sería su cuento.

Los integrantes de la tribu Motilón Barí, de las selvas del Catatumbo en el oriente colombiano, eran caníbales y se comían a todo cristiano que se pusiera a su alcance. Era ese su mecanismo de defensa, hasta que conocieron al misionero norteamericano Bruce Olson, a quien trataron de la enfermedad que padecía y estaban engordando para comérselo; pero él se ganó su aprecio… y los civilizó, cambiándoles la dieta y convirtiéndolos a la fe de Jesucristo.

Bruce Olson con los Motilones


Hay una pequeña isla asiática que tiene un área de apenas 72 kilómetros cuadrados y no se sabe cuántos habitantes, por la sencilla razón de que sus pobladores, cuya antigüedad se remonta a más de 60.000 años (para entender esto, baste saber que Jesucristo vino al mundo hace apenas dos mil), matan a todo el que se acerque a su territorio. Sentinel del Norte se llama esta isla del archipiélago de Andamán, y es un paraíso terrenal con paisajes bellísimos y naturaleza virgen espectacular protegida por escollos y acantilados, que nominalmente está bajo control o administración del gobierno de la India, pero eso es solo de nombre, puesto que ningún policía, ningún inspector, ningún funcionario; ninguno, absolutamente ninguno, puede acercarse a ellos porque lo matan. Simplemente, lo matan a flechazos. Así es que el gobierno indio ha establecido un perímetro de resguardo de tres millas alrededor del archipiélago, que es una zona prohibida para los visitantes. No se sabe de nadie que haya ido allá y haya vuelto para contarlo.

Sentinel del Norte, la isla sin contacto con el mundo en la que todos los visitantes son asesinados:


Jean-Pierre Dutilleaux y los Tulambis

Recibí un video en el que el antropólogo belga Jean-Pierre Dutilleaux establece contacto con la tribu de los Tulambis de Papúa en Nueva Guinea. Es un video conmovedor por constituirse, según se dijo, en un documento audiovisual del primer encuentro de esa tribu indígena con blancos procedentes de Europa.

Dijo alguien que los indígenas estaban haciendo una simulación, a lo que Dutilleaux comentó, en defensa de su cuento, que: “Si estos tulambis son actores, deberíamos concederles el Premio César por su actuación”.


Publicado el 1 jul. 2012:

Luego de muchos obstáculos, el equipo de Jean-Pierre Dutilleaux, explorador y etnógrafo belga, tuvo el privilegio de contactar a finales del siglo XX con los Toulambis, una tribu que jamás había visto a un hombre blanco, ni se había relacionado con el mundo exterior. Ellos no creían en la existencia del hombre blanco, y cuando vieron a Jean-Pierre creyeron que se trataba de un zombie o muerto viviente.

En su estado más puro, y viviendo de manera tan primitiva como en la prehistoria, ellos no conocen la rueda ni nada que no sea el medio que los rodea. Viven de la caza en las selvas de Papúa, Nueva Guinea. Por primera vez en sus vidas probaron el arroz, que sólo les gustó con sal. Los golpes en su cabeza significan que les agrada la comida.

Es increíble ver sus rostros de miedo, desconfianza, y mucho asombro, ante las cosas absolutamente nuevas y extrañas que descubrían, como el metal, los espejos, el plástico, los equipos de filmación, la música grabada y el oír sus propias voces en el grabador. Permanecieron tres días cerca del campamento, y el último día aceptaron recibir medicinas.

Antes de partir, ofrecieron una danza y cantos de su tribu, luego se fueron marchando hasta perderse en la espesura de la selva... su hogar.

Se dice que una imagen vale más que mil palabras, y yo agregaría que un video vale más que mil imágenes pero… parece ser que no es verdad tanta belleza porque, con cuestionamientos puntuales, un equipo de 10 antropólogos ha refutado las afirmaciones de Dutilleaux en la publicación Libération Media. Según ellos, lo de Dutilleaux no pasa de ser un puro cuento.

Varillazo sobre los papúes. Diez antropólogos critican el reportaje difundido por el canal TF1” (Por Silvestre Huet para Libération de Francia, en enero 13 de 1996):


En la página de Wikipedia dedicada a Dutilleaux dice que la veracidad del video ha sido seriamente cuestionada y que, de acuerdo a un artículo en el Diario de la Historia del Pacífico, “…los archivos indican que el territorio de los Tulambis ha sido visitado anteriormente por seis expediciones, que fueron documentadas entre los años de 1929 y 1972”. Así que tal vez no haya que creer tanto en la virginidad de los tulambis, ni en la de la verde selva que los rodea, ni en la buena suerte de etnólogos a los que se aparece la Virgen mostrándoles el eslabón perdido.

En resumidas cuentas, “uno no puede creer ni siquiera en lo que ve”; y, mientras no se demuestre lo contrario, a doña Wikipedia de Google y al Sr. Google solamente se les puede creer la mitad.

Pero en El Heraldo.co de Barranquilla ha salido una noticia que tiene que ver con el archipiélago de Andamán, y ésta sí parece estar documentada en estudios de antropólogos y genetistas: Cristóbal Colón no fue el primero en llegar a América, porque antes ya lo habían hecho los euroasiáticos por el estrecho de Bering, cosa que ya se sospechaba. 

En artículo titulado “Estudios genéticos confirman que los primeros colonizadores de América llegaron del sureste asiático”, originado en la redacción de la DPA (Deutsche Press Agentur, o Agencia Alemana de Prensa), publicado por el periódico El Heraldo.co de Barranquilla en julio 21 de 2015, se dice que “…Los indígenas Suruí y Karitiana, que viven en la amazonia brasileña, se parecen sorprendentemente a los habitantes de la Nueva Guinea australiana, o a los de las islas de Andamán…”:


Según esto, ahora se descubre que otros indígenas del sureste asiático también vinieron a América, cruzando el océano Pacífico (¿En canoas, traídas por las corrientes marinas y los vientos?). Ya averiguarán los científicos cómo lo hicieron, pero por lo pronto el análisis genético a indígenas de la amazonia brasileña no deja duda: Tienen sangre asiática; y es posible que un análisis genético de la población que camina por nuestras calles tampoco deje lugar a dudas de que tenemos sangre indígena, por una parte; o también sangre africana, llegado el caso; pero sangre de la Reina de España, pocón-pocón.

Claro que desde los tiempos de don Carlos Darwin se dice que el hombre desciende del mono, y ahora la Iglesia ha venido a aceptar que Darwin “tal vez tuviera un poquito de razón”, en cuyo caso es posible que por nuestras venas también circule algo de sangre de los monos araguatos o cotudos que habitan por estos lados.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)