De Marta Pintuco a Marta Puntico
Antes de
que hicieran el intercambio vial de Bulerías en Belén al cruce de las avenidas
33, Bolivariana, y Nutibara, cerca de la Universidad Pontificia Bolivariana, lo
que había allí era una glorieta o redoma, un round point, en el que por ser una
excelente vitrina instalaron varios negocios como la Heladería Bulerías, o como
el asadero de perros y hamburguesas “Marta Pintuco, comidas rápidas”.
Tiempo
después, este nombre fue cambiado por el de Marta Puntico, y ese cambio llamó mi
atención. La explicación que me dieron es de no te lo puedo creer. Los dueños
del negocio de comidas rápidas recibieron notificación de que no podían seguir
usando ese nombre porque era una marca registrada que tenía dueños y estaba protegida
en la Cámara de Comercio. ¿A quién se le ocurre poner en el registro de
comerciantes el nombre de un prostíbulo? Pues, ¡A la yarumaleña Marta Teresa
Pineda!
No podría
decir por qué hizo ella tal cosa, pero tal vez naciera del hecho de que a otra
persona se le había ocurrido suplantarla, y a nadie le gusta ser suplantado.
En la
Medellín de mediados del siglo XX, Marta Pintuco fue una afamada proxeneta
(matrona o madame, que les decían a las dueñas de burdeles, casas de citas, o
prostíbulos).
Las dos Marta Pintuco
Hay una
confusión entre muchos habituales de la bohemia medellinense de mediados de
siglo sobre la afamada matrona o madame Marta Pintuco, que ejercía el
proxenetismo en un reconocido sector de la ciudad, buscado para tales
menesteres.
Muchos afirman
haber conocido y visitado dicha casa “frente a la fábrica de Pintuco en el
barrio Colombia”, sin saber que se están refiriendo a “la otra”
Marta Pintuco.
Porque
hubo una que fue la original, la primera, la verdadera, que desde mediados de
la década del treinta ejercía el oficio de proxeneta en el barrio Lovaina, y
era una mujer de nombre Marta Teresa Pineda, nacida en Yarumal en el año de
1921.
Esta mujer
tuvo una colega y homónima, de nombre Marta Rojas (o, tal vez, Marta Elisa
Rojas), que desde mediados de la década del cuarenta ejercía tal actividad en
el barrio Colombia, y también la apodaban Pintuco.
Fueron
dos con el mismo apodo: Marta Pineda y Marta Rojas, y entraré a diferenciarlas;
pero para tal propósito advierto que, para orientación de los lectores, entre
el nombre y el apellido intercalaré el apodo que las identifica.
Para
escribir este artículo, he consultado y confrontado distintas fuentes escritas,
y algunos testimonios orales, con la particularidad de que en tal o cual
información hay datos que difieren y a veces se contradicen, pero no alteran el
propósito de establecer que hay diferencia entre las dos mujeres contemporáneas
que así fueron conocidas.
Uno de
esos testimonios, principalísimo por su calidad de historiador minucioso y de
notable memoria, es del historiador Hugo Bustillo Naranjo, cuyas informaciones
espero haber captado con suficiente aproximación, y espero que mis
inconsistencias no sean tantas, ni de tanta envergadura, que ameriten
aclaraciones.
Baste con
dejar en claro que fueron dos proxenetas: la de Lovaina, y la del barrio
Colombia; y que la de Lovaina tuvo dos casas: la de Lovaina con Palacé, y la de
Palacé entre Lima y Barranquilla.
Agradezco
a los informantes, orales y por escrito, por el aporte de información, incluida
la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto donde recibí colaboración
para mis averiguaciones sobre el tema.
La profesión más antigua del mundo
campeó
por las calles de Lovaina
En 1889,
en su cuento “En la muralla de la ciudad”, Rudyard Kipling acuñó la
frase “la prostitución es el oficio más antiguo del mundo”, y tal
afirmación se convirtió en un axioma de aceptación universal.
Jaime
Sanín Echeverri en su novela “Una mujer de cuatro en conducta” (1948)
construye su personaje con el argumento de una campesina de nombre Helena, que
llega del alto de la montaña siguiendo el curso de la quebrada Santa Helena, la
que surtía a la ciudad de aguas para el consumo, buscando colocarse como obrera
en la fábrica textil que hay más abajo. Mientras más bajaba siguiendo el curso
de la quebrada, y a la manera de ésta, más se ensuciaba y más se degradaba
hasta, después de muchas peripecias, caer en la prostitución. El escritor pone
en boca del personaje la siguiente afirmación:
“La
sociedad dice que nos rechaza porque somos indignas de ella. En el fondo lo que
hace es señalarnos un sitio dentro de la sociedad misma, porque considera que
las prostitutas somos un servicio público, una necesidad pública, como las
alcantarillas, o como la quebrada misma”.
Eso
referido al oficio de ganar el pan con el sudor del cuerpo ejerciendo la
prostitución pero, por extensión, así es denominada la práctica promiscua de
actividades sexuales, así no conlleve compensación en dinero sino el solo gusto
de dar alegría al cuerpo. Como dice la canción de Antonio Romero Monge y Rafael
Ruiz Perdigones:
“Macarena
tiene un novio, / un recluta de apellido Vitorino, / y en la jura de bandera
del muchacho, ay, / se la lio con dos de sus amigos. / Dale alegría a tu
cuerpo, Macarena; / que tu cuerpo es para darle alegría, eh, cosa buena…”.
Hay
personas cuya naturaleza les pide insaciablemente esos desfogues hormonales, y
los estudiosos las definen como sátiros y ninfómanas.
No falta
quien diga que el matrimonio sin amor, por conveniencia, entre una persona
necesitada y otra persona adinerada, es en la práctica una prostitución y,
dicen los que saben, que “Eso equivale a prostituir el cuerpo, o a vender el
alma al diablo”.
Algo
habrá, porque a estas personas se les convierte la vida conyugal en un
infierno.
Según
Wikipedia, una ninfómana reconocida fue Escila, la prostituta romana que
ejerció mediando el siglo después de Cristo. Fue contemporánea de su cofrade o
colega de regocijos Valeria Mesalina, esposa del emperador Claudio, cuya
ninfomanía “por amor al arte del amor” era legendaria. La mujer del
emperador retó a Escila a un concurso de aguante, y esta tiró la toalla cuando
ya se había acostado con setenta amantes en una noche. Mesalina siguió librando
sola la contienda, y dice la historia, o la leyenda, que elevó la marca a la
suma de doscientos hombres atendidos uno tras otro. Mesalina desafió a Escila a
que siguiera el juego y no fuera floja, pero ella no quiso regresar a la
palestra y dijo de Mesalina que: “Esa infeliz, tiene las entrañas de acero”.
La
historiadora británica Mary Beard conjetura que la loba que amamantó a Rómulo y
Remo, fundadores de Roma, no era un animal salvaje sino una prostituta recién
parida que tenía leche de sobra para dar y convidar. Del hecho de llamar lobas
a las prostitutas en aquellos, y en nuestros tiempos, viene la palabra lupanar;
y no basta con loba sino que también se les dice zorras, y perras, y se las
compara con cualquier animal que sea promiscuo cuando está encelado.
En la
Biblia se habla de Gomer la hija de Diblaim, que ejercía sus artes de putería
hasta que Dios se apareció a Oseas y le dio orden de casarse con ella y “sacarla
a vivir juiciosa”. Tuvieron varios hijos, pero como la que ha sido no deja
de ser, y vaca ladrona no olvida el portillo; el marido se divorció de Gomer,
acusándola de infidelidad (Oseas, 1:2-3). Razones tendría.
En casi
todas las poblaciones y ciudades del mundo hay sectores destinados a la
prostitución. En Bogotá hubo una señora de nombre Blanca Barón, que solo abría
sus puertas y presentaba sus chicas a la clientela más selecta. No cualquiera
transponía las puertas de esa casa misericordiosa donde daban de comer al
hambriento y de beber al sediento, e incluso aceptaban enseñar al que no sabe.
Del presidente Guillermo León Valencia hay registros periodísticos de sus
andanzas por las alcobas en penumbras de dicha señora; y el escritor y
periodista Mario Jursich, de “El Malpensante”, afirma en Instagram que:
[El
expresidente Guillermo León Valencia era putañero y le gustaba citar reuniones
de gabinete en El Rosedal, el prostíbulo más famoso de Bogotá...]
Las
mujeres dispensadoras de placer eran, en su mayoría, de procedencia campesina o
montañera, y de allí que las gentes acuñaran la expresión de putañeras para
referirse a ellas, y putañeros para referirse a los clientes que las
contrataban.
Del
escultor Rodrigo Arenas Betancourt se sabe, por su libro “Los pasos del
condenado”, que aparte sus recorridos por los mapas de la putería en
ciudades de Europa y el mundo, hasta llegar a El Pireo, en Grecia, estuvo
también por las calles lovaineras en donde enamoró a la bella campesina Eunice
que despechada, porque Arenas se casó con otra, se fue a morir a Tailandia
donde nadie supiera de sus desengaños.
Hugo
Bustillo Naranjo, en la página 100 de su libro “Aranjuez 80 años –Nombre
español para un territorio lunfardo”, trae una copla del poeta Ciro Mendía,
del municipio de Caldas en Antioquia, que también fue putañero y en una de esas
noches se topó con una paisana campesina venida de su terruño. Agradecido con
ella “por los favores recibidos”, le envió recado con algún conocido:
“Dígale a
Emma Arboleda,
de la
calle de Lovaina,
que esta
vida es una vaina…
y su
carne fue una seda”.
Por esta estrofa
le aplicaron a su paisana en Lovaina el apodo de “Piel de seda”.
El tema
de los prostíbulos en Medellín es abordado en el trabajo de tesis de grado “Lovaina
–inicio, esplendor, y ocaso–”, de la Universidad de Antioquia, escrito por
el historiador Carlos Andrés Orozco Guarín y fue elaborado con base, entre
otros, de testimonios proporcionados por el salgareño Humberto “El gitano”
Escobar Cálad, un prendero que vivió en carne propia los ajetreos de ese lugar.
Escobar fue amigo confidente de la matrona Marta Pintuco, y su prendería
quedaba contigua a la casa de ejercicios sociales perteneciente a dicha señora
en la calle Lovaina al cruce con la carrera Palacé.
[…La idea
para esta investigación surgió durante el seminario de “Historia, tradición y
fuente oral”, dictado por el profesor Fernando Correa en el 2001. En dicho
seminario tuve la suerte de conocer a Humberto Escobar Cálad, quien con sus
poemas e historias inspiró la recolección de testimonios para esta monografía.
Con él caminé la calle Lovaina en busca de sus viejas amantes, sus antiguas
amistades, y de la Prendería Lovaina donde trabajó durante trece años de 1949 a
1962 –Carlos Andrés Orozco Guarín–]
https://www.redalyc.org/pdf/3803/380370283008.pdf
Orozco
emplea con frecuencia y sin rodeos la palabra “puta”, con la que muchas
de las entrevistadas se autodefinieron:
“En
los procesos judiciales hay denuncias sobre maridos que vendían a sus esposas
en los burdeles, mujeres adultas que prometían ropas y atavíos para inducir a
las jóvenes a la prostitución, e incluso madres que exhibían a sus hijas
vírgenes en las ferias”.
De varias
de las mujeres reportadas por Orozco puede decirse que nacieron con vocación de
puta, genéticamente heredada de sus madres, tías, y abuelas, de las que dijo Ñito
Restrepo en su “Cancionero antioqueño”:
“Puta
vos, puta tu mama,
putas tu
abuela y tu tía,
cómo no
vas a ser puta,
si sos de
la misma cría”.
Pero
otras mujeres de las descritas por Orozco no nacieron así, sino que llegaron al
oficio forzadas por las circunstancias.
Casas de citas en Medellín
En el
Medellín de los años cuarenta hubo varios sectores reconocidos, entre los que
estaban El Fundungo, Las Camelias, Lovaina, Guayaquil, y otros.
Carlos
Andrés Orozco Guarín menciona a meretrices que ejercían en la Puerta Inglesa del
barrio Buenos Aires, y en Enciso al pie de La Ladera; Jairo Osorio Gómez (“Niquitao,
una geografía de cruces”) menciona a Cándida Rivillas, que ejercía en los
años sesenta en la carrera Niquitao con calle San Juan; y en los setenta yo oí
hablar de casas de citas camufladas en el barrio Laureles, y por las
transversales de La Visitación en El Poblado.
La lista
de mujeres del oficio mencionadas por Orozco Guarín en su trabajo es muy
extensa, con muchos datos tomados de los reportes de control sanitario profiláctico
de la autoridad municipal, y su trabajo incluye en la página 276 un detallado
planograma, prolijo y minucioso, elaborado por él mismo, señalando la ubicación
de innumerables casas de prostitución en ese sector. Al parecer no están todas
(no encontré señalada en el mapa, por ejemplo, la casa de Aura “La Pipí”
Cardozo), pero sí un número suficientemente representativo de ejercientes de
dicha profesión.
De la
casa de Aura “La Pipí” Cardozo dice Hugo Bustillo que:
[…estaba
situada en Palacé con Lovaina, contigua a la de Tista “Terciopelo” Moreno]
En 1951
el Dr. Luis Peláez Restrepo, alcalde de la ciudad, expidió el Decreto 517,
mediante el cual declaró al Barrio Antioquia (hoy conocido en los registros
oficiales como Barrio Trinidad) como la única zona de tolerancia designada por
la administración de la ciudad; buscando con ello que se acabaran las otras
zonas prostibularias no autorizadas. Los habitantes del barrio señalado trataron
de cambiar el nombre barrial poniéndole el de la parroquia de la Santísima
Trinidad; pero no pudieron tapar el sol con las manos y las mujeres de allí
siguieron ejerciendo el oficio, sin que sus colegas de otros lados dejaran de
ejercerlo clandestinamente en otras partes de la ciudad, y hoy se consideran los
alrededores del parque Lleras en El Poblado como lugares de encuentro para
turistas, con remate en las habitaciones de los hoteles. Cambió la modalidad,
pero no la actividad, y hay también la opción prepaga de contactar por
Internet, hacer transferencia de pago, y esperar el reporte de la portería del
edificio anunciando que llegó “el domicilio solicitado por el señor, ¿la
hago pasar?”.
Sobre los
burdeles de Medellín a mediados del siglo XX, y años antes, y años después, no
hay un cronista historiador más prolijo y conocedor que Hugo Bustillo Naranjo,
quien describió con pelos y señales, pelambres y cicatrices, la bohemia
prostibularia de nuestra ciudad en su artículo “Ninfas y nichos del valle
encantado”, publicado por el periódico Universo Centro en su edición nro.
75 de mayo de 2016, y a él remito para profundizar en esta historia.
https://www.universocentro.com/NUMERO75/Ninfasynichosdelvalleencantado.aspx
El barrio Lovaina
El barrio
Santiago Pérez Triana de la comuna de Aranjuez es llamado, por algunos, barrio
San Pedro; y colinda con el barrio Prado del centro de Medellín, con el
hospital infantil y la policlínica San Vicente de Paúl, con los barrios Sevilla
y Miranda, con la Curva del Bosque de la Independencia (Jardín Botánico), con
Aranjuez, Manrique, Campo Valdés, y otros sectores. A él pertenece la parte
trasera del Cementerio de San Pedro, pero hace muchos años las gentes trocaron
el nombre Pérez Triana por otro de mayor reconocimiento, debido a la calle 71
(calle Lovaina). Actualmente es un sector poblado de talleres de mecánica, pero
anteriormente, como dije, fue una frecuentada zona de tolerancia con multitud
de casas de citas acreditadas para clientela de todos los niveles, gustos, y
perversiones.
En los
nombres de las calles y las carreras del sector a veces aparecen dos y hasta
tres nombres, lo que puede deberse a que en alguna vía se sustituyó un nombre
por otro; o a que una vía lleva un nombre en un tramo, y cambia de nombre para el
siguiente.
En un
texto encontré, por ejemplo, el nombre de Turín para una calle, pero en el
listado que consulté tal nombre no aparece. Cree el historiador Bustillo que ese
pudo ser un apodo que le pusieran a algún lugar muy puntual, por alguna
conocida casa de prostitución que hubiera en esa esquina.
Bustillo
me ayudó a hacer ajustes y precisiones en este listado elaborado, como dicen, “a
mano alzada”.
Dicen los
que saben que:
“Lovaina,
propiamente, es el nombre de la calle 71, que derivó su nombre a todo un sector
de veinte manzanas”.
Para
establecer las calles y carreras que enmarcaban las veinte manzanas del sector,
me he apoyado principalmente en el cuadro que traía el último directorio
telefónico de Publicar en Medellín, más las valiosas precisiones que me aportó
Hugo Bustillo que fueron de gran utilidad para corregir tal o cual dato errado
o distorsionado que encontré en algún texto. La información depurada es la
siguiente:
Carreras
48 A
(Quibdó);
49
(Venezuela);
50
(Palacé);
50 A
(Pasto o
Balboa);
50 B
(Santa
Marta);
50 C
(Popayán);
50 D
(Neiva);
51
(Bolívar)
Incluido el
tramo del Bosque por la parte norte del cementerio que por afinidades de oficio
hace parte también de este sector.
Calles
67
(Liborio
Mejía Gutiérrez de Lara, Barranquilla (antes Calle del Ahorcado, donde estaba
el puente de ese nombre);
67A
(Guadalquivir);
68
(Lima,
Alcázar, o Alcalá);
69
(Giralda,
Italia);
69A
(La
Favorita, Macarena);
70
(Venecia);
70A
(La 5ª.)
71
(Lovaina,
Gutiérrez de Lara), que es la que da nombre a todo el lugar);
–Al
parecer hay una confusión o transposición en los distintos textos que
relacionan el nombre del prócer Liborio Mejía Gutiérrez de Lara tanto con la
calle 67 como con la calle 71. Para los efectos de nuestro trabajo, dicha
precisión no altera el hecho de su ubicación en el barrio de prostitución
llamado Lovaina–
71 A
(Marengo);
71 B
(Lorena);
72
(Guillermo
Restrepo Isaza o Revienta, como abreviatura de revientaquijadas);
–El apodo
de “revientaquijadas”, abreviado en “revienta”, se aplicó a un par de calles en
Medellín que tenían la característica de ser muy empinadas, lo que a mediados
del siglo XIX suponía estar empedradas o en tierra pisada resbalosa, causando
la caída de varios jinetes que transitaban por allí–;
73
(Daniel
Botero Echeverri);
74
(Calle
del tango);
75
(no
existe en Lovaina, sino en el occidente de la ciudad por la Pilarica; aunque
hay un pequeño callejón en Lovaina que fue conocido como La Caimanera);
76
(la 6ª);
77
(Risaloca
o la 7ª);
78
(Rambla
del Bosque);
79
(Esquina
del movimiento o la 9ª, al cruce con la carrera Bolívar).
Ricardo Aricapa dice que en ese sector fueron célebres las casas o ejercientes de prostitución:
[Marta
"La Pintuco" Pineda, Ligia Sierra, Ana Molina, María Duque, La Negra
Marcia Uribe, Aura Uribe, Eva Arango, la casa de Lola "La Polla”, la loca
Ester, la Matalote, la Manchada, la Cocuya, Aura “la Pipí” Cardozo. Sus mujeres
ostentaban pudorosos escotes y recatadas minifaldas, cuando no estaban forradas
con largas batas de raso de colores]
Según
Simón Posada Tamayo en su artículo “Lovaina y los merengues con
preservativos”, publicado por el periódico Universo Centro en su edición
#66 de junio de 2015, el negocio de la prostitución por esos lados empezó:
https://www.universocentro.com/NUMERO66/Lovainamerenguesypreservativos.aspx
“El
inicio se calcula más o menos a partir de 1925, y existe registro de que para
1927 había cuatro burdeles en Lovaina”.
Dice
Posada, citando a Spitaletta, que:
[El
periodista Reinaldo Spitaletta, en su crónica La nostalgia de Lovaina, relata
que el expresidente Belisario Betancur visitaba la casa de Esperanza Restrepo y
participó en algunas peleas a puño limpio; que el escritor Manuel Mejía Vallejo
quedó en calzoncillos apostando su ropa en el juego de la botella; que el
periodista Enrique Santos Montejo, conocido como ‘Calibán’, visitó la casa de
Ligia Sierra y le dedicó una de sus columnas de prensa, y que Marta Pintuco,
quizá la puta más famosa de Medellín, prestó su casa para que en una reunión
política se crearan las bases del Frente Nacional]
Posada
tiene aquí, al parecer, un lapsus de memoria, pues la cita corresponde a “Nostalgia
de Lovaina”, del periodista Ricardo Aricapa.
Muchos
alardean de haber conocido a la legendaria yarumaleña, pero no son muchos los
que en la actualidad realmente la conocieron, aparte de que muchos que sí la
conocieron lo hicieron de manera superficial y no en la calidad de amigos cercanos
que se autoatribuyen.
Aparte
los mencionados por el artículo de Spitaletta, y de Humberto Escobar Cálad el
prendero de la esquina contigua a la primera casa de la Pintuco en Lovaina, sé
del periodista Bernardo Hoyos Pérez y del poeta Mario Rivero, que fueron amigos
suyos de confianza; el pintor Fernando Botero también anduvo por esos lados;
están el arquitecto Hugo Álvarez Restrepo, el cantante Jaime Hernández Sáenz, el
poeta Luis Carlos González Mejía, que también fueron amigos suyos, y el médico
Jorge Franco Vélez. Fuera de toda duda, don Herbert Geithner que no solo fue su
amigo sino su amante, y Rodrigo Sierra el conductor que los dejaba en un motel
de la vieja vía a Caldas y volvía al otro día a recogerlos.
No tengo
informes de más que la hubieran visitado por asuntos de “negocios”
aunque, claro, somos muchos los que nos hemos interesado por saber sobre ella y
por averiguar y escribir puesto que, a la hora de la verdad, es un tema
atractivo como registro de una historia de ciudad que cada vez con mayor
celeridad desaparece del recuerdo de las gentes. En mi caso debo reconocer, con
toda franqueza, que nunca la vi y nunca visité su casa, a pesar de que anduve
por esos andurriales lovainabajeros con remate de carne asada en El Venteadero
a la madrugada en la esquina diagonal a su casa. No hay que olvidar que la suya
era una de esas “casas a puerta cerrada”, en donde no recibían a cualquiera
que se atreviera a tocar el timbre.
Volviendo a la época vivida por la Pintuco en Lovaina, digamos que aunque las proxenetas podían también ejercer como prostitutas, algunas eran selectivas en la escogencia de sus admiradores, así las pupilas que administraban estuvieran dispuestas y hasta obligadas a atender a todo tipo de clientela.
Al decir
del historiador Orozco Guarín:
[…Durante
la crisis económica de 1930, cuando la ciudad acogió oleadas de inmigrantes,
especialmente jovencitas campesinas… Todos ellos recuerdan con nostalgia el
esplendor anterior a la década de 1950, cuando la ciudad recibió otra gran
oleada de inmigrantes campesinos pobres que llegaron huyendo de la violencia
bipartidista que asoló el campo… En esa época las casas de citas fueron
escenarios de confluencia y mezcla social. En sectores de población humilde
como el que nos ocupa, lograron acoger varones de estratos más altos que
gozaban intimidad con jovencitas de extracción popular y campesina… La mayoría
de estas muchachas provenían de los pueblos de Antioquia]
María
Duque Villegas y otras mujeres de ese ambiente fueron retratadas al óleo por el
agradecido cliente que fue el pintor Fernando Botero Angulo, con cuadros que se
exhiben en el Museo de Antioquia o Museo de Botero.
Según el
periodista Fabio León Naranjo, antes de los altos vuelos del pintor, que lo
llevaron a casarse con la escultora griega Sofía Vari y fijar su residencia en
el Principado de Mónaco, en sus tiempos de estudiante de bachillerato fue
putañero o frecuentador de prostitutas montañeras que trabajaban en las casas
de citas. Era un estudiante pobre por los días en que lo expulsaron del
bachillerato de la Universidad Pontificia Bolivariana por escribir un artículo
elogiando a Picasso, y se fue a estudiar al Colegio San José de Marinilla, aunque
luego se graduó de bachiller en el Ateneo de la Universidad de Antioquia. En
esos tiempos tomaba apuntes a lápiz de las mujeres del vecindario, para luego
trasladarlos a sus lienzos.
Sobre el
pintor escribo en el libro “Buenos Aires, portón de Medellín”:
[…
Contiguo al Teatro Ayacucho vivió Rosita, La gorda de Botero, que se parqueaba
para buscar clientes por los lados del Restaurante Cirus, detrás del Hotel
Nutibara (Juan del Corral con Paseo de La República o Av. de Greiff), frente al
Museo de Fernando Botero en donde un cuadro del pintor le recuerda a Rosita que
polvo eres y en polvo te has de convertir, puesto que ella fue la iniciadora en
cosas de la vida de muchos de la generación del pintor, en los años cuarenta, y
otras que le siguieron. La escultura de la Gorda de Botero en el costado
suroccidental del Parque de Berrío también la homenajea… Dice Naranjo que la
mujer se sentía orgullosa de haber salido con el pintor Botero, y decía que a
él no le cobraba porque era amable con ella. Fabio la reconoció en las pinturas
del maestro con lunar en la mejilla, facciones, curvas voluminosas y todo]
Hugo
Bustillo, conocedor del tema como el que más, recopila los nombres de las pinturas
de Botero con las mujeres que conoció en las noches bohemias, según artículo de
la página Neonadaísmo 2011 de Víctor Bustamante Cañas (“La Curva del Bosque
y 100 años de Antioqueñita / 74 Patrimonio Medellín”), y allí aparece –cómo
no– la aludida Rosita:
[La casa
de María Duque (1972), La casa de Ana Molina (1972), La casa de las mellizas
Arias (1973), La casa de Raquel Vega (1975), Amanda (1982), La casa de Amanda
Ramírez (1988), Amparo (1979), Teresita (1970), Maruja (1979), Adela (1971),
Delfina (1972), Aurora (1972), Rosita (1970), Pequeña prostituta (1982),
Rosaura (1986)]
El médico Jorge Franco Vélez en su novela “Hildebrando”, y el cantante Jaime Hernández Sáenz en su libro “Lovaina, el barrio del deseo”, se refieren al aludido lugar, y a su ocupante más famosa, conocida como Marta Pintuco.
Un
artículo con el título “Marta Pintuco está viva”, publicado por Félix
Antonio Padilla Bran, director periodístico de la revista Bombazos, en el nro.
2, Dic. 2009/Ene. 2010, revista dirigida por José Neftalí Salazar Agudelo, está
dedicado a Marta Teresa Pineda, apodada La Pintuco. Trae un retrato suyo
dibujado por Amparo Zapata, de la plantilla de colaboradores de la revista,
seguramente basado en alguna fotografía de la madame. Manifiesta el articulista
su propósito de publicar un libro con información poco conocida sobre esta
afamada mujer, si encuentra un patrocinio para la publicación.
Hay otros
libros y textos, como algunos publicados en su blog por el periodista Reinaldo
Spitaletta, que hablan también de lo mismo.
Mi
interés por la lectura de la tesis del historiador Orozco Guarín surgió de la
búsqueda de información sobre esta legendaria mujer. El suyo es un estudio
sociológico o monografía sobre el surgimiento, establecimiento, y permanencia
por un largo período del sector prostibulario cuya calle 71 (Lovaina), al cruce
con la carrera 50 (Palacé), cambió el nombre a un barrio que muchos llamaron
oficialmente por un tiempo San Pedro, que por otro tiempo fue llamado también
oficialmente Santiago Pérez Triana, pero que finalmente fue reconocido de
manera amplia por el apodo o nombre extraoficial de Barrio Lovaina, sinónimo de
casas de lenocinio y vida nocturna con clientela proveniente de toda la ciudad.
De la
lectura de Orozco Guarín se deduce el hecho natural de que las dueñas de las
casas de citas y las pupilas contratadas del sector, en muchos casos, eran
mujeres campesinas que habían llegado allí muy jovencitas y agraciadas, o
francamente bonitas, por ser las más demandadas y mejor pagadas por esos
clientes. Allí no lo dice, o por lo menos no lo dice abiertamente, que hubo
también casas surtidas de homosexuales y especializadas en atender a este
segmento de consumidor socialmente vergonzante y nocturnamente desvergonzado.
Maricas hubo reconocidos y demandados, y los hubo también que trabajaron en esas
casas como meseros, como porteros, como mensajeros, como guardaespaldas, y
otras labores necesarias para el desempeño de las mujeres que allí laboraban.
Caso
especial es el hecho de que hubo, según Orozco Guarín, una casa que se
especializó en tener a su servicio mujeres feas, atendiendo la evidencia de que
hay hombres a quienes les gustan las feas, o que se resignan porque no tienen dinero
suficiente para atraer la atención de mujeres jóvenes y bonitas.
[La
variedad de mujeres era tal, que incluso existieron casas de feas a las cuales
algunos hombres se dirigieron con frases como “Voy p´al circo a comerme una
osa”… Por otro lado, se comprueba que al sector acudían ladrones para
camuflarse entre la muchedumbre, en medio de policías abusadores, corruptos y
bebedores”]
Ahí sí
cabe, con propiedad, el término de “Zona de Tolerancia”.
Casa de citas de La Pintuco (I),
Marta
Teresa Pineda
–En Lovaina–
Este
subtítulo es ambiguo, porque no hubo una sino dos casas de citas de Marta
Pintuco con sus dos propietarias reconocidas por ese “nombre artístico”.
Y no
fueron dos sino tres las casas de citas martapintuqueras, porque después de la
primera casa en Lovaina con Palacé, Marta Pineda se trasladó para la segunda en
Palacé entre Lima y Barranquilla.
La
primera Marta Pintuco, la original, fue la yarumaleña Marta Teresa Pineda, que
recibió el apodo por maquillarse excesivamente con los afeites usuales en la
época que consistían en pintalabios, colorete para las mejillas, pestañina, y lápices
delineadores de cejas. El exceso de pintura facial le dio el apodo.
Sobre
esta Marta Pintuco (Pineda) se ha escrito mucho. Ella fue amante del alemán don
Herbert Geithner, que en 1939 montó en Medellín el salón de billares y ajedrez
Metropol en la esquina nororiental del cruce de la calle Maracaibo con la
carrera Junín, donde competía con los billares Maracaibo situados por la misma
calle diagonal al Teatro Ópera, y con los billares La Macarena situados en la
misma calle detrás del Hotel Nutibara. Fue don Herbert, además, propietario en
algún momento del Café Zoratama (o Soratama) en la Avenida La Playa con Junín,
donde está el edificio La Bastilla.
Según Rodrigo Sierra, mi vecino de banca en los emboladeros de la avenida La Playa con Junín:
“Yo fui
su conductor de confianza, encargado de recados y de llevar y hacerme cargo del
vehículo después de dejarlos en alguno de los reposos guerreros del camino,
tarea que don Herbert me pagaba con generosas propinas”.
Dice
Sierra que Geithner le puso a doña Marta casa de descanso, retirada de la “oficina
en que ejercía las labores del oficio”, y la sacaba a pasear, elegante y
bonita como era ella, considerada por Mario Rivero como “la trigueña con las
piernas más bellas de la ciudad”. Don Herbert la llevaba en un automóvil
Packard descapotable modelo de principios de los años cincuenta, por los
parajes de la vieja carretera a Caldas hasta el balneario y bailadero de La Primavera.
Sierra
oyó decir, en esos dicen que dicen que alimentan el mito y la leyenda de Marta
Pintuco, que Herr Geithner era el padre biológico in péctore de la hija de
Marta, a quien enviaron a estudiar a Europa. Según le contó a Mario Rivero el
periodista cultural Bernardo Hoyos Pérez, que durante un tiempo fue locutor de
la BBC, quien se encontró con ella en el aeropuerto Heathrow de Londres, cuando
iba para el matrimonio de su hija “con un lord inglés”.
Geithner
tuvo un hijo con su esposa alemana, que no era conocida por permanecer en la
sombra con bajo perfil, alejada de focos y reflectores. El hijo fue Harry
Geithner Sr., y se hizo reconocido como hombre de teatro en Medellín y Cali,
yendo a parar a México donde vivió muchísimos años y allá murió. Harry Geithner
tuvo cuatro hijos, nietos de don Herbert: Catherine y John, los menores; y la
pareja de mellizos compuesta por Harry Jr. y Aura Cristina, actores de oficio
en el mundo del teatro y la televisión, con actividades alternadas entre
Colombia, su lugar de nacimiento, y México.
El abuelo
Herbert fue, pues, amante oficial de Marta Pintuco Pineda, la original del
barrio Lovaina, cuya casa desapareció y en el terreno hay ahora un taller
mecánico de latonería y pintura denominado “Los Mellos”, situado en la
carrera 50 (Palacé) entre calles 67 (Barranquilla) y 68 (Lima), con placa nro.
67-44. Esta casa quedaba contigua a la de Aurora “La Rumbo”, y diagonal
a la esquina del asadero de carnes El Venteadero en Lima con Palacé, que era
atendido por la picante negra María Olga, mujer analfabeta que finalizando los
años sesenta guardaba sus ahorros envueltos en un pañuelo que metía entre los
senos, antes de llevarlos a consignar en la cuenta de ahorros del Banco
Popular, dentro de la Plaza de Mercado de Amador en Guayaquil donde yo era su
cajero de confianza que le elaboraba los formularios de consignación y de
retiro, advirtiéndole que tuviera cuidados con ese envoltorio acunado entre
palomas de tanto vuelo:
“No se
preocupe, mijo, que el que quiera meter la mano ahí sin mi permiso tiene que
revolear machete en media calle”.
La
información sobre la segunda casa de Marta Pintuco me la dio, después de idas y
venidas, de vueltas y revueltas, un hombre que me señalaron como “Colorina”,
quien se abstuvo de darme su nombre de pila pero me dijo que a mediados de los
años sesenta fue desplazado por la violencia desde su vereda minera en Amagá,
donde perdió a padres y hermanos y parentela conocida. Siendo adolescente llegó
a la casa de Marta Pintuco, que lo acogió y le dio techo y comida, y lo puso a
trabajar de mensajero, portero, vigilante, perseguidor de conejos y cobrador de
vales. “Estuve en esa casa, hasta que se acabó”, me dijo. Él me señaló
el lugar preciso, y a falta de informantes más veraces considero que su
testimonio es el más fiable de los alrededores.
Esta casa
que ahora es el taller Los Mellos fue construida sobre un terreno de 22,5 x 10
mtrs y, al decir de la revista Bombazos:
“Estaba
conformada por seis alcobas, dos patios techados, cocina, comedor, un largo
corredor, y un garaje. Fue administrada diligentemente por una anciana rubia y
delgada, a quien los clientes le decían cariñosamente “Emita”. Ayudaba también
en dicho establecimiento un marica famoso de nombre Darío de la Paz, apodado
“Merchán”. En la misma un portero recibía a los clientes, pues era a puerta
cerrada. Golpeaban, y eran atendidos por el solícito empleado que no le abría a
cualquiera”.
Bombazos
confirma que ella vivía en otros lugares diferentes de “la oficina”, y
que años después de vivir con el alemán en casa particular, ella vivió en la
carrera Junín, también en El Poblado, y terminó sus días viviendo en Bogotá:
“Diferente
a lo que dicen algunos, esta matrona se instaló en Lovaina y no se movió más de
allí, y esto desvirtúa la afirmación de que tuvo negocio cerca de la fábrica de
Pintuco, aunque sí se supo de otra señora de nombre Marta que también fue
proxeneta y tuvo su centro de operaciones en ese lugar… Nada que ver la de
Lovaina con la de la fábrica Pintuco… Marta Pintuco Pineda fue una de las
propietarias de lenocinios que se negaron a abandonar a Lovaina cuando el
decreto 517 del alcalde Luis Peláez Restrepo obligando el traslado al barrio
Antioquia… Aunque Marta Pintuco Pineda no fue millonaria, sí tuvo un buen
estatus económico que le permitió vivir en los sitios in de la época… En un
edificio que fue demolido hace años, ubicado en Junín entre Ayacucho y Pichincha,
llegó a tener un suntuoso apartamento, contiguo a una famosa sastrería… Llegó a
poseer en El Poblado propiedades, y además una limusina con conductor
uniformado a bordo…”.
Dice Bombazos que:
“El
nombre de Marta Teresa Pineda aparece registrado en la página 301 del
directorio telefónico de 1955, referido a su propiedad o negocio de la Cra 50
(Palacé) nro 67-44 (Barranquilla), con el teléfono 445041… Ella fue en su
plenitud una mujer trigueña clara muy atractiva, con ligeros rasgos de mulata,
gran sexappeal… los que la conocieron definían su perfil como espigada, troza,
de cabello castaño claro, tirando a rubio, y cuerpo bien torneado…”.
Y agrega
el articulista que el poeta pereirano Luis Carlos González tuvo un romance
prolongado con ella y le compuso, junto con el músico Enrique Figueroa, un
bambuco titulado “Muchachita parrandera”, que fue grabado por el dueto
de Espinosa y Bedoya:
"Quieres
parecer festiva,
muchachita
parrandera,
y llamas
a la quimera
pomposamente,
tu vida.
Es queja
que nunca olvida
tu
amargado corazón..."
En el
artículo sobre las Ninfas, con el subtítulo “Era Marta la reina”,
Bustillo dedica un párrafo especial para referirse a la famosa Marta Pintuco
(Pineda), diciendo que:
“Caso
aparte merece Marta Pineda, La Pintuco, en sus posadas de Lovaina y Lima, al
cruce con Palacé. Innovó con los álbumes fotográficos, con sus esmeradas
atenciones, y con los cantos operáticos para sus clientes”.
El
artículo de Bustillo dice que Marta Pintuco Pineda tuvo su casa ubicada primero
en la calle Lovaina al cruce con la carrera Palacé, y luego la trasladó a la
carrera Palacé entre carreras de Barranquilla (o Liborio Mejía) y Lima, que
corresponde al lugar donde ahora está el taller mecánico de Los Mellos.
Mirando
el planograma de Orozco Guarín en la página 276, aparece la casa de Marta
Pintuco (Pineda) contigua a la Prendería Lovaina, lugar de trabajo de Humberto
Escobar Cálad. La prendería de Escobar estaba en la esquina de la calle 71
(Lovaina) al cruce con la carrera 50 (Palacé), con nomenclatura #50-01, y la
casa de Marta ostentaba el #50-09 en la entrada (en la actualidad hay allí un supermercado
y legumbrería barrial llamado “Superofertón”.
Después de
la casa de Marta en la calle Lovaina, por la misma acera, estaban las de sus
vecinas contiguas Ligia Sierra y Tulia Arias. Al frente, arriba, abajo, y a los
lados, había muchas otras casas de citas, según el planograma citado.
Dice la
revista Bombazos que:
“No
obstante que la preparación académica de nuestra protagonista sólo le alcanzó
hasta la escuela primaria, se caracterizó por ser una persona muy inteligente y
amable… cuando la trataban por las buenas”.
La
aclaración es pertinente porque, lejos de ser apocada o sumisa, tenía una
personalidad recia y de temple, necesaria para la administración de mujeres
rebeldes y pendencieras como las que a veces tuvo que sortear.
Era
afamada la cultura de esta mujer, que le permitía sostener conversaciones con
intelectuales de alto coturno, pero no sabía que sus gustos musicales la
llevaran a poner cantos operáticos en la rockola para sus clientes, aunque sí
se supo que a veces propiciaba presentaciones musicales en vivo, como fue el
caso del cantante de boleros Jaime Hernández Sáenz, su amigo, que escribió un
libro sobre Lovaina, o tríos y duetos reconocidos de serenata que fueron
contratados para tocar allí.
También
me sorprende leer que fue ella la innovadora del truco de hacer álbumes con las
fotos de sus pupilas que no podían estar presentes por ser estudiantes o amas
de casa, “Pero bien pueda, mijo, escoja la que quiera que yo se la hago
llamar. Eso sí, tiene que pagar su tarifa y los gastos de la traída”. Los
clientes adinerados no patinaban por minucias.
En el
artículo de Bombazos se afirma que:
“Las
mejores agrupaciones musicales de la época, como Espinosa y Bedoya, el Dueto de
Antaño, y el Trío América, entre otros; incluyendo grandes íconos del
pentagrama internacional de la talla de Leo Marini y Daniel Santos, deleitaron en
ese lugar a los presentes con los éxitos del momento… y ella también, dado su
amor por la música y dotes artísticas, llegó a grabar varias canciones con su
voz en el acetato”.
Creo que
el articulista la confunde con su vecina y colega Aura “la Pipí”
Cardozo, que sí fue cantante, autora de música, y grabó por lo menos un par de
temas suyos en el sello disquero Lyra de los hermanos Luis y Rafael Acosta, que
tenían su empresa precisamente en el vecindario de Palacé con Lovaina. La Pipí
Cardozo fue buena amiga de don Hernán Restrepo Duque, quien la promocionó en
medios artísticos.
Cardozo
es reseñada por el Dr. Alberto Burgos Herrera en el libro “Aquí también se
canta el tango”, indicando que los dos discos de su autoría que grabó con
acompañamiento de Los Tumaqueños fueron el vals “Triste desilusión” y el
tango “Cruel desengaño”; aparte otras grabaciones con temas de distintos
autores como “El adiós del negro”, con letra de Candelario Obeso y
música de Jorge Áñez.
Orozco Guarín en su libro trae una anécdota recogida de las noticias de prensa donde registra que:
“La mujer
de veinte años de edad, Nubia Rodríguez, que vive en una casa de lenocinio
situada frente al Bosque de la Independencia, fue gravemente herida con una
varilla de hierro por su compañera de juerga, la mujer Carmen Palacio. Dice el
Inspector Primero Municipal que esta riña se suscitó en momentos en que ambas
mujeres se encontraban embriagadas, y fue el motivo insignificante de que la
Rodríguez se mostró reacia a escuchar unas canciones que deseaba interpretar
una tercera mujer… que apodan La Pipí (Aura Cardozo)”.
Bombazos
dice que:
“Por su
condición de proxeneta, Marta Pintuco Pineda llegó a tener diferencias
irreconciliables con unas tías conservadoras y recatadas, que no la aceptaron
como tal… pero fue ella extremadamente generosa, y tuvo buenas relaciones con
su madre y otros parientes cercanos… amén de estar al tanto de las necesidades
de su progenitora y de su enfermedad, hasta que falleció”.
En el
artículo de Bombazos, publicado en enero de 2010, el autor Félix Antonio
Padilla Bran termina diciendo que:
[Marta,
en la cima de su senectud, reside actualmente en la capital colombiana, en el
sector del viejo Bogotá, y a pesar de no haber logrado hacerse a una
jubilación, pero gracias a que con sus ahorros adquirió el apartamento que le
podrá garantizar el techo por el resto de sus días, allí sigue recibiendo ayuda
de sus familiares, nietos, y algunos viejos clientes que hoy son camanduleros y
prostáticos, pero que conservan con ella una gran amistad y gratitud. De esa
manera, sostiene su afiliación a una EPS y puede llevar una vida digna, lejos
del bullicio que otrora fuera la razón de ser de su “colegio de señoritas
regulares en conducta”… Quebrantos de salud, propios de los años, la obligan
hoy a depender de un tanque de oxígeno, circunstancia que no le ha bajado la
autoestima en ningún momento sino que, todo lo contrario, es una mujer
agradecida con la existencia y, quién lo creyera, todavía vive para contarlo]
No hay
registro periodístico de que la matrona haya fallecido y presumimos que sigue
viva, en cuyo caso en este año de 2026 debe ser una mujer que bordea los 105
años de edad.
De los
muchos escritos sobre esta matrona de la vida bohemia de la ciudad, destaco el
artículo de Oscar Domínguez publicado en la revista “El Malpensante” con
el título “Una madame a lo paisa”:
https://elmalpensante.com/articulo/3548/una-madame-la-paisa
En su
trabajo de Tesis Orozco Guarín cita el libro “Ayer y hoy, Guayaquil por
dentro”, de Octavio Vásquez Uribe, reportando la llegada de Marta Pineda al
sector de Lovaina a mediados de la década de los años treinta (por el año 1936
aparece el apodo de Pintuco en informe de control profiláctico de la Secretaría
de Salud), cuando se establecieron en el sector unas casas de diversión de
diferente característica.
“Las
dueñas de casas de diversión no eran incultas o escandalosas. Por el contrario,
se caracterizaban por su amabilidad y prudencia en el tratamiento a la
clientela”.
En este
sentido, dice Orozco Guarín:
“El periodista
Vásquez Uribe destaca la popularidad alcanzada
por “La Mona Plato”, Pola Vanegas, “La Polla”, Matilde, “La Rumbo”, “La Billú”
(Bijou), “La Pipiola”, Ana Molina, y “La Pintuco”, entre otras cortesanas de
esa primera época del esplendor de Lovaina”.
La cultura y buen trato a la clientela caracterizaron el sector, en contraste con lugares menos selectos.
Dice
Orozco que algunos clientes llegaron al barrio Lovaina bien trajeados, con
billeteras abultadas, y montados en lujosos vehículos, para convertirse tiempo
después en viciosos callejeros de acera, mal vestidos, sin un peso, y sin
patrimonio. En el testimonio que le dio Nora Jaramillo, residente del sector,
aparecen apellidos prestigiosos de la ciudad como los Posada de Postobón, los
dueños de Mora Hermanos, los Bedouts, los Echavarría textileros, congresistas,
concejales, gobernantes. La crema y nata también pasó por esas calles probando
las delicias de los pecados ocultos, y el artículo de Reinaldo Spitaletta
detalla que donde Marta Pineda se reunieron los políticos que sentaron las
bases de lo que sería el Frente Nacional para poner fin a la violencia política
del país.
Entre los
personajes legendarios del sector Orozco relaciona con detalles a Raúl Mora de
la Hoz, hijo calavera de don Jesús Mora Carrasquilla, que solo iba a su casa “y
al Club Unión” a buscar dinero para seguir gastando en las calles de
Lovaina.
Dice
Bombazos:
“Diferente
a lo que dicen algunos, después de que la matrona Marta Pintuco Pineda se
instaló en el sector de Lovaina, no se movió más de allí, y esto desvirtúa la
afirmación de que tuvo negocios cerca de la fábrica de Pintuco; aunque sí se
supo de otra señora de nombre Marta Rojas que también fue proxeneta y tuvo su
centro de operaciones en ese lugar… Nada qué ver con la Marta Pintuco de
Lovaina… Marta Pintuco Pineda fue una de las propietarias de lenocinios que se
negaron a abandonar a Lovaina cuando el decreto 517 del alcalde Peláez obligó a
muchas a emigrar al barrio Antioquia…”.
A
propósito de Marta Pineda, La Pintuco, salió a relucir en este artículo el
nombre de Aura “La Pipí” Cardozo y surge la pregunta: ¿Qué sería de
ella?
Simón
Posada Tamayo en su artículo publicado en Universo Centro dice:
[En una
ocasión, peleé con mi papá porque no me quería dar cuatro mil pesos para
comprar un libro de Indiana Jones, y fue Aura Cardozo minutos después, sin que
nadie se diera cuenta, quien me puso en la mano un billete enrollado de cinco
mil pesos… Según me cuenta mi abuela, era desprendida y le pagó la universidad
en España a un muchacho del que se enamoró; pero dice que no sabe qué pasó con Aura.
La última vez que la vio, habitaba una casa enfrente de Policlínica; y vivía de
arrendar habitaciones a inquilinos que le robaban cosas de su cuarto]
Casa de citas de La Pintuco (II),
Marta
Rojas
–En el barrio Colombia–
(Clle 29 con Cra 44, frente al Centro
Comercial
Premium Plaza, antigua
fábrica
de pinturas Pintuco)
Muchos
medellinenses de nueva generación afirman haber conocido a Marta Pintuco y
haber visitado su casa del barrio Colombia, pero ignoran ellos que esa era otra
Marta Pintuco, la segunda, y no la original. Esta Marta Pintuco era de apellido
Rojas, y el apodo le vino por la fábrica frente a su casa cuya puerta de
entrada, curiosamente, se conserva todavía del mismo color azul de metileno. No
tiene placa en la entrada, pero se reconoce por estar situada en la esquina de
la carrera 44 #28-36, que ocupa la empresa Plastextil en la Avenida 29 (Pintuco).
Doña
Marta Rojas tenía su negocio en el barrio Colombia desde antes de que le
acomodaran el apodo de Pintuco, pero su residencia en el barrio Estadio por los
lados de la canalización, en el sector ubicado entre los edificios Obelisco y
Fratelli, hasta que por los años se cansó de seguir batallando con muchachas
díscolas y optó por cerrar, coincidiendo con la necesidad de don Levi y don
Natanael Srebrenica Chaikiu, dueños de Plastextil, de adquirir el pedazo que
faltaba para completar la propiedad de toda la manzana. Firmaron promesa de
compraventa, y dicen las lenguas maledicentes que vieron al par de señores salir
orondos de la casa de Marta Pintuco. Adquirida su propiedad, tumbaron paredes
por dentro y solo dejaron la puertecita azul, que continúa como en los tiempos
de esplendor, aunque ya no se ve el timbre en la puerta para los visitantes.
Hemos visto, por testimonio del periodista Octavio Vásquez Uribe, que el apodo de La Pintuco para Marta Pineda en el sector de Lovaina proviene desde mediados de la década de los años treinta. Entonces, ¿De dónde proviene el mismo apodo para doña Marta Rojas en el barrio Colombia?
Según
contó don Gustavo Rodas Isaza a su nieto Julio César la casa de lenocinio del
barrio Colombia existe desde principios de la década de los cuarenta, aunque no
sabemos si ya desde entonces era propiedad de doña Marta, o de otra persona.
En la
historia de la fábrica Pintuco se reseña que:
[Para los
años 40, don Germán Saldarriaga del Valle ya era un hombre de negocios
consolidado, y fue entonces cuando, junto a su hijo Alberto y con el respaldo
de la multinacional Grace & Cía., fundó en 1945 la Compañía de Pinturas
Colombianas S.A., conocida como Pintuco. El objetivo era claro: dejar de
importar pinturas desde Estados Unidos y Europa, y producirlas en Colombia,
generando empleo e innovación. Nace Pintuco de la mano del paisa para pintar la
industria nacional en una época en la que el país dependía casi por completo de
productos importados para el sector de acabados y construcción, y Pintuco
representó un cambio de mentalidad. En 1952, la compañía lanzó la primera
pintura mate base caucho, una revolución para el consumidor local. En 1954, construyó
la primera planta de lacas nitrocelulósicas del país, lo que la posicionó como
líder en tecnología de pinturas]
Esto nos
lleva a deducir que la fábrica construida en el barrio Colombia en 1952 le
cambió el nombre a la matrona Marta Rojas, pero su negocio ya existía desde
años antes.
Sin embargo, en el cruce de testimonios sobre esta matrona salió a relucir la aclaración de Hugo Bustillo diciendo que:
“Yo
conocí a esa otra señora, muy bonita por cierto, que se apropió del apodo de
Marta Pintuco en el barrio Colombia, pero ella tenía realmente el nombre de
Elisa y se lo cambió para adoptar el nombre de Marta Pintuco, por razones de
mercadeo”.
En
resumidas cuentas
Cuando le
hablen de Marta Pintuco, haga la precisión de si se refieren a la de apellido Pineda
en el barrio de Lovaina; o a la de apellido Rojas en el barrio Colombia.
Son dos,
y no hay que confundirlas.
ORLANDO
RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)