domingo, 15 de junio de 2014

62. Rayuela Gardeliana -I Cortázar tanguero


I parte (de 2)


CORTÁZAR TANGUERO
(Ensayo de Orlando Ramírez Casas en abril  
23 de 2010.Versión actualizada en junio 6 de
2014 para el blog Postigo de Orcasas)


INTRODUCCIÓN


Con ojos literarios, claro, leí la novela Rayuela, de Julio Cortázar; pero poco a poco mis ojos de tanguero fueron detectando frases y tomando anotaciones que me llevaron a un descubrimiento: ¡Esta novela es un tango! Y, es más, es un homenaje de Cortázar a Gardel. En abril 23 de 2010 mostré mi tesis o ensayo al Dr. Luciano Londoño López, quien estuvo de acuerdo con lo planteado, y lo compartió con don Ricardo Ostuni quien, al leerlo, se mostró sorprendido y también de acuerdo. Don Ricardo me confesó haber escuchado a Marikena Monti cantando un tema de Jorge Schusseim que contiene la frase Rayuela es un tango que vive en París. En principio me decepcionó, por la humana pero vanidosa pretensión que yo tenía de haber sido el primero que descubriera tal cosa, pero luego me alegré de que el Sr. Schusseim y yo coincidiéramos en la apreciación porque eso es una refrendación de que mi idea no es peregrina y tiene un sustento comprobable.

Igual sentí cuando leí la afirmación de que Rayuela es un tango” (Cortázar, Baudelaire, el tango y yo), hecha por doña Leda Schiavo –donaleda@uic.edu– profesora argentina de literatura hispana de la Universidad de Illinois en Chicago, publicado en el “Blog de Estrella”:


También lo sentí cuando leí lo afirmado por el Sr. Joaquín Roy en el sentido de que Rayuela es un tango de 635 páginas (1).

(1) [Música y poesía del tango. Antonio Pau. Cita al profesor
Joaquín Roy (de Barcelona, España), catedrático de literatura
hispana en la Universidad de Miami y autor del libro Julio Cor-
tázar ante la sociedad (Edit. Península, 1974), en su conferen- 
cia: Emory University, XXVII annual Kentucky foreing lan-
guage conference, Lexington KY, 25-27 april, 1974]

El hecho de que yo viniera a conocer estas opiniones cuando ya había presentado en público mi tesis, reafirma que el planteamiento está bien encaminado. Di al respecto una charla el sábado 14 de abril de 2011 a los miembros de la Asociación Gardeliana de Colombia en el Centro Cultural Homero Manzi de Medellín, la que previamente había presentado en la Corporación Sonora Matancera de Antioquia, por invitación del Dr. Héctor Ramírez Bedoya; en el Restaurante Bermellón de Envigado, por invitación del Sr. Jenaro Briñón; y en el Parque Biblioteca de Belén, por invitación del Sr. William Álvarez:

Rayuela, de Cortázar, un homenaje a Carlos Gardel -Parte 1/2: https://www.youtube.com/watch?v=RaZUvT9oc0I

Rayuela, de Cortázar, un homenaje a Carlos Gardel -Parte 2/2:
https://www.youtube.com/watch?v=zVHTLHNlYvQ

Me escribió don Ricardo Ostuni diciendo que…Le reitero que su charla fue excelente. No es fácil llegar a comprender la esencia de una obra como Rayuela y mucho menos descifrar sus recónditas claves tangueras... Muchas gracias estimado don Orlando por el material que me ha enviado y que imprimiré para guardarlo en mi archivo. Es uno de los pocos estudios serios que se han escrito sobre Cortázar y el tango, ya que casi siempre sólo se hace una mención al pasar, pero sin profundizar en la obra del escritor…”.

De mi lectura concluí, pues, que esa historia del hombre enamorado (Horacio Oliveira) que es abandonado por la mujer que dice amarlo (La Maga) y se dedica incansable a buscarla pero nunca la vuelve a ver… es el argumento de un tango de despecho, como decir Mi noche triste” (percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida y esplín en el corazón); o como decir La cumparsita” (si supieras que aún dentro de mi alma conservo aquel cariño que tuve para ti. Quién sabe. Si supieras que nunca te he olvidado, volviendo a tu pasado te acordarías de mí). Eso fue algo que para mí se volvió claro; y más claro al encontrar que prácticamente todas las referencias tangueras encontradas en Rayuela son del repertorio gardeliano, lo que me llevó a afirmar que no sólo Rayuela es un tango, sino que es un tango en homenaje a Carlos Gardel.

Rayuela”, de Julio Cortázar (publicación virtual):

El texto completo de mi planteamiento puede bajarse a través del siguiente enlace que, por misterios del Sr. Google, aparece con el título de un texto que escribí y no he publicado: “Una iglesia en media manga”:

También en Festitango Medellín puede verse:
http://festitangomedellin.blogspot.com/2010/06/rayuela-ritmo-de-tango.html

Por recomendación de don Ricardo Ostuni ese texto fue además publicado por don Carlos Groppa en su revista Tango Reporter de California, Estados Unidos, en el nro. 183 de sept-oct de 2011, año XVI; y por recomendación de la Sra. María Inés Fernández, secretaria de la Asociación Gardeliana de Colombia, en el nro. 55 de sept. de 2014 de la revista Tanguedia de Montevideo, Uruguay. También lo publicó la revista Melómanos Documentos de Cali en su edición nro. 49 de abril a junio de 2010.

Trataré de hacer una versión resumida de ese trabajo para el blog Postigo de Orcasas.

RAYUELA, UN TANGO EN HOMENAJE A GARDEL

El pasado 12 de febrero de 2014 se cumplieron 30 años de la muerte del escritor argentino Julio Cortázar Descotte, nacido en Bélgica por trashumancia diplomática de sus padres; y muerto en París, por causa de una leucemia. El próximo 26 de agosto se celebrará el centenario de su nacimiento. Con tres mujeres estuvo casado: la argentina Aurora, hermana del poeta Francisco Luis Bernárdez, fue la primera y a la vez terminó siendo su viuda y albacea; la lituana Ugnes Karvielis, que desapareció de su vida y no encontré más datos; y la canadiense Carol Dunlop que falleció de leucemia y lo dejó viudo antes de que él muriera de la misma enfermedad.

El nicaragüense Sergio Ramírez Mercado en su artículo Encuentro con la magaatribuye a Aurora Bernárdez la inspiración del personaje:


Lo que tiene asidero en el hecho de que un autor crea sus personajes tomando particularidades de una y otra de las personas que hubiera conocido, pero es más posible que fuera la alemana Edith Aron, a quien Cortázar conoció en un crucero y buscó incansablemente cuando la perdió de vista, la mayor inspiración de ese personaje. Esta mujer, Edith Aron, estuvo reunida en casa con Cortázar y la Sra. Bernárdez, según cuenta en entrevista concedida en marzo 7 de 2004 a Juana Libedinski del periódico La Nación de Buenos Aires:


Cortázar amó el tango y tiene un poema con el tanguero título de “Rechiflao en mi tristeza”, incluido en su libro de poemas “Salvo el crepúsculo” (Edit. Nueva Imagen de México, 1984); pero parece que no fue tanguero de ley, tal como nosotros decimos del que oye un tango y puede identificar su título, quién lo canta y con cuál orquesta, y quiénes son el autor de la letra y el compositor de la música. Lo que no obsta para que Tomás Barna, Edgardo Cantón, Susana Rinaldi, Benjamín Kruk, Antonio Seguí y otros 20 socios fundaran en noviembre de 1981, inspirados por él, el establecimiento Tanguería Trottoirs de Buenos Aires, en París. Barna afirmó que “El padrino espiritual de La Tanguería fue Julio Cortázar quien, en las postrimerías de los años 70 había presentado un disco con letras de tango suyas y música de Edgardo Cantón, grabado en la voz de Juan “Tata” Cedrón”. Ese disco (Trottoirs de Buenos Aires) salió en 1980 y su afrancesado título fue puesto por Cortázar.

El tango, se ha dicho, es música de borrachos; y por culpa de un amor perdido Horacio Oliveira, personaje de la novela de Cortázar, se pegó “una borrachera como pocas veces” hasta llegar a la conclusión, después de “litros y litros de vómitos verdes”, de que no se deben “mezclar el vodka y el vino tinto” (Rayuela, cap. 29, pag. 170. Edición de la Editorial Oveja Negra de Bogotá, Colombia, 1984. Todas las referencias a Rayuela en este texto, son tomadas de esta edición).

Luis Tomasello dice que Cortázar “Sabía mucho de pintura, y la fama de experto en jazz era justificada, pero nunca sonaba como el tipo que se jacta de saberlo todo”. Y Cortázar pone en boca de Horacio Oliveira que la Maga admiraba enormemente “mis conocimientos diversos y mi dominio de la literatura y hasta del jazz cool” (Rayuela, cap. 2, pag. 22).

Los latinos monolingües o uníglotas nos perdemos de las palabras y el argumento en ese ritmo universal que es el jazz. Qué de quejas y lamentos habrá en sus letras, supongo, y más que suponer afirmo, puesto que solamente de oír uno sonar esas trompetas, esos clarinetes, esos oboes, esos saxofones, esos violines, ese piano; ya sabe que están llorando y se están lamentando de amores perdidos. Julio Cortázar, además de su bilingüismo francoespañol, también debió saber mucho de inglés. A él le encantaba el jazz, y lo entendía. Dice Xavier Quirarte en Julio Cortázar, ese jazzman que:

Las referencias a la música son continuas en la obra de Cortázar, con un especial cariño por el jazz… Como ejemplo, un fragmento de Rayuela, donde habla del sensual efecto de la trompeta de Louis Armstrong `el falo amarillo rompiendo el aire /y gozando con avances y retrocesos, /y hacia el final, tres notas ascendentes, /hipnóticamente de oro puro, /una perfecta pausa /donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, /y /entonces /la eyaculación de un sobreagudo /resbalando y cayendo como un cohete /en la noche sensual´.” (Rayuela, cap. 13, pag. 55).

El Johnny Carter del cuento El perseguidor es un alter ego del saxofonista Charlie Parker. Cortázar dice por boca de Bruno, su narrador, que: “Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá de la que tocan sus compañeros... Nadie sabe ya cuántos instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que los dioses hayan renunciado a las liras y a las flautas.


Tiene Cortázar un cuento sobre tango cuya historia, contada por Jesús Marchamalo en Los libros de Cortázar-El tango de la vuelta, para el Centro Virtual Cervantes.es, puede leerse en el siguiente enlace:


Cortázar aceptó hacer un prólogo para un libro del pintor holandés Pat Andrea, pero le anunció que su texto no sería un prólogo, ni una presentación, sino un cuento; que le entregó cinco meses más tarde y se tituló “El tango de la vuelta”.

Bueno, pero no es del jazz ni de ninguna otra clase de música, sino del tango del que queremos ocuparnos, específicamente de los temas mencionados en la novela Rayuela.

Sobre su obra dice José Blanco Amor:Es imposible entender a Cortázar si a uno no le gustan el tango y su metafísica, o si no se evoca a Buenos Aires. El tango, con su efusión sentimental y distanciamiento crítico, es la síntesis sutil entre el profundo sentido del porteño y su universalidad. Sin embargo, como remata Blanco, por contradicciones que sólo les ocurren a los genios, más tarde Cortázar expresa: "Creo que el tango, en general y especialmente si se lo compara con el jazz, es una música muy pobre... pobre, ¡pero bella!".

En entrevista para The Paris Review dijo el inefable Julio Cortázar que: "...yo crecí en una atmósfera de tangos. Los escuchábamos por radio, porque la radio empezó cuando yo era chico, y después fue un tango tras otro. Había gente (amante del tango) en mi familia, como mi madre; o una tía, que tocaba tangos al piano y los cantaba... El tango se convirtió en parte de mi conciencia y es la música que siempre me devuelve a mi juventud y a Buenos Aires".

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



martes, 10 de junio de 2014

61. Salvo y Ñito nunca se encontraron (crónica 5)

SALVO Y ÑITO 
NUNCA SE ENCONTRARON

V crónica (de 5):

CONCLUSIÓN, NUNCA SE ENCONTRARON 
NI SON SUYAS LAS TROVAS DE LA VIRGEN

Sobre el tema que nos ha venido ocupando, y a manera de resumen, aporto las siguientes conclusiones:

1.    “En torno a la poesía popular”, por Ciro Mendía

En las tres últimas páginas de este libro, publicado en el primer semestre de 1927, antes de que Antonio José “Ñito” Restrepo Trujillo publicara “El cancionero de Antioquia”; Carlos Edmundo “Ciro Mendía” Mejía Ángel (1892-1979) hace un análisis de las coplas de la Virgen, que en ese momento todavía no se atribuían a Ñito Restrepo ni a Salvo Ruiz, en el que se remonta a los orígenes de la novedosa figura maternovirginal que resultan no ser del jesuita español Gaspar Astete (1537-1601), el de “…como un rayo de sol pasa por un cristal, sin romperlo ni mancharlo”, sino de un poeta italiano que lo antecedió: Jacopo Sannazaro (1456-1530). Las coplas tal como las conocemos de “…tire una piedra en el agua, se abre y se vuelve a cerrar”, escribió Mendía en 1927, se las oyó él cantar a unos bogas en el río Cauca desde años atrás, lo que significa que eran conocidas por esos bogas a comienzos del siglo XX, posiblemente venidas de España, según concluye Mendía.

2.    “El cancionero de Antioquia”, por Ñito Restrepo.

Al final de este libro, publicado por Ñito en Barcelona en el segundo semestre de 1927, o sea el mismo año de publicación del libro de Ciro Mendía, el autor insertó un “Apéndice necesario” para referirse a dicho libro y a algunos de sus comentarios que acababa de leer cuando el cancionero ya se encontraba en imprenta. ¡No hace ninguna alusión a las páginas de Mendía sobre las coplas de la Virgen!, ni las incluyó en su cancionero, ni reclama su paternidad. Semejante omisión insultaría la inteligencia de Ñito, cuya principal característica fue, precisamente, la de ser una lumbrera de la inteligencia. Es pues Ñito el que, implícitamente, desmiente su autoría de esas coplas.

3.    “Coplas y trovas”, por Salvo Ruiz.

En este libro Salvo Ruiz publica algunas coplas donde se reconoce como autor de las coplas de la Virgen, y como “uña y mugre” con Ñito Restrepo. Ese es un mito inventado y publicado por los poetas Pablo “León Zafir” Restrepo López y Ernesto “El Vate” González Vélez, cuando Ñito ya había muerto en Barcelona en 1933 y no podía defenderse. Salvo Ruiz se creyó el cuento y construyó a su alrededor coplas y autotestimonios que el resto de la gente repite como loros. Jorge Montoya Toro lo repitió, y de ahí en adelante se ha venido llevando de boca en boca. Una mentira que se autoalimenta.

4.    Ñito Restrepo y Salvo Ruiz nunca se encontraron (Por E. Livardo Ospina Arias)

En este artículo, publicado en el Magazine Dominical de El Espectador del domingo 30 de enero de 1983, Ospina analiza algunos hechos evidentes y demostrados:

4.1  Tal como lo consigna en los datos autobiográficos que aparecen en el cancionero, Ñito Restrepo nació en Concordia en 1855 y se trasladó a vivir a Titiribí siendo aún niño, donde permaneció mientras hizo la escuela primaria. En los primeros años de la adolescencia abandonó los estudios y se fue a trabajar en fincas y en las minas de El Zancudo. Un par de años después, su padre le propuso que se trasladara a estudiar el bachillerato en Medellín, y él aceptó. Después de eso la única vez que volvió a Concordia y Titiribí fue en el año de 1887, cuando tenía 32 años y era ya un abogado reconocido, mientras Salvo sólo tenía 9 y posiblemente era analfabeta. Allí, dice Ñito, fue agasajado por unos muchachos con una cantata o serenata; y da detalles de esa reunión. ¡No hay registro de más visitas!, con ser que Ñito publicó varios periódicos y colaboró en varias revistas. No hay registros. De ahí se fue a Europa y a otros países, y salvo algunas ocasiones en que visitó a Medellín sus estadías en Colombia se centraron en Bogotá y en haciendas del Tolima y Caldas que montó con su hermano Benicio, al que apodaban “El tigre” porque era caratejo. Este último dato no está en el artículo de Ospina sino que lo leí en una de las biografías de Ñito (hay una de Álvaro Gómez Picón y otra de Arturo Escobar Uribe).

4.2  No hay ningún registro, con ser que era un personaje conocido, de que Salvo Ruiz (1878-1961) haya estado en Medellín antes de 1948 cuando vino desplazado por la violencia partidista y en busca de cura para sus enfermedades, y donde fue atendido por el Dr. Jorge Franco Vélez, el autor de la novela Hildebrando, del que se hizo amigo. Ni hay registros (aparte de su amañado autotestimonio coplado) de que Salvo se hubiera entrevistado con Jorge Eliécer Gaitán en el Club Unión, en Medellín, o en ninguna otra parte. Salvo no vino a Medellín antes de 1948 y Ñito no volvió a Concordia después de 1887 cuando Salvo Ruiz tenía 9 años de edad, ¿Cuándo, entonces, trovaron juntos y se inventaron las trovas de la Virgen y se pelearon trovísticamente por mujeres, cuándo? Para no entrar en disquisiciones sobre lo improbable de que un trovero sin instrucción y un parlamentario de altos vuelos saquen tiempo para compadrear. Pero hacer estas especulaciones ya es otra cosa y es suficiente con limitarnos a los hechos documentados.

5.  Salvo Ruiz se tuvo que venir a Medellín desplazado por la violencia partidista entre liberales y conservadores que se dio después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (antes no), tal como lo registra el blog trovantioquia.com:

http://trovantioquia.blogspot.com/2013/03/salvo-ruiz-el-gran-poeta-campesino.html

A pesar del amor de Salvo por el partido Liberal, y de que algunos conservadores lo odiaban, su gran talento y su capacidad para compartir con la gente lo salvaron de un destierro más trágico. En Medellín conoció muchos amigos y en muchos lugares demostró sus capacidades como poeta e improvisador.

Contaba Salvo en aquel tiempo con unos setenta años, era de mediana estatura, moreno y de cuerpo macizo. Sus ojos, a pesar de su edad avanzada, mostraban vivacidad y en sus gruesos labios jugaba una sonrisa ingenua, de niño. La frente amplia y abombada, la nariz prominente con la punta un poco caída y un moderado prognatismo, constituían los rasgos más salientes de aquella cautivante estampa humana”.

El periodo de La Violencia que vivió Colombia a mediados del siglo XX fue una de las principales causas de los procesos migratorios que se dieron a lo largo del país en este periodo histórico. La lucha armada irregular entre liberales y conservadores por intereses socio-económicos asesinó y desplazó a campesinos a lo largo y ancho del país. Muchos de los que sobrevivieron, al ser despojados de sus tierras, buscaron refugio en las grandes ciudades, como Manuel Salvador Ruiz, quien tuvo que dejar el Suroeste y desplazarse a Medellín. El desplazamiento de Salvo a la ciudad fue muy particular y su nieto Baudilio conoció la historia de primera mano:

Él se tuvo que ir de Salgar porque era liberal, muy liberal, y sectario a la vez. En esa época el jefe conservador de Salgar era un señor Libardo Vélez y cualquier día sacaron a toda la gente de La Clara y quemaron las casas. A Salvo lo dejaron pa’ que les hiciera de comer a unos tenientes y policías conservadores. Cuando uno de los conservadores se dio cuenta que Salvo era liberal lo sacó de una y le dijo: ‘Empaque y se me va de aquí, pero pa’ mañana es tarde’. Cuando el jefe conservador de Salgar, que conocía y estimaba a Salvo, se dio cuenta que lo echaban de allá, entonces le mandó dos arrieros con doce mulas, para que sacaran el equipaje y la familia de Salvo. Con los arrieros recorrieron diez kilómetros, que es lo que hay de La Clara a Salgar. Cuando salieron a la carretera por Salgar ya don Libardo Vélez le tenía un carro ahí disponible para que los llevara a Bolombolo. Y en Bolombolo el tren los estaba esperando porque, como los conservadores mandaban en esa época, detuvieron el tren hasta que Salvo bajara con su equipaje y su familia. De ahí lo llevaron a Medellín hasta la estación del ferrocarril, todo por cuenta del jefe conservador de Salgar, siendo Salvo muy liberal".

6.   Corroboración en trabajo de tesis

El Sr. John Fredy Zapata Morales en su trabajo de tesis titulado “Desarrollo histórico de la trova antioqueña” para la Universidad de Antioquia de Medellín, Facultad de Comunicaciones, en el año de 2005; publicado en la revista Estudios de Literatura Colombiana Nº 16 de enero-junio de 2005:

En la pag. 168 como nota a pie de página cita a José Manuel Villada Torres en su trabajo de tesis 1997 para la Universidad de Antioquia de Medellín, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas titulado “Peregrinación intelectual hacia Medellín” diciendo que: “Entre el grupo de migrantes analizados por José Manuel Villada Torres… figura Manuel Salvador Ruiz, más conocido como Salvo Ruiz, quien comparte con Antonio José Ñito Restrepo la distinción de “padres de la trova antioqueña”. Salvo Ruiz llegó a la ciudad no sólo huyendo de la persecución y la violencia políticas que azotaban las zonas rurales a mediados del siglo XX en Colombia, sino también en busca de atención médica”.

En la pag. 174 de la tesis de Zapata cita también a pie de página a Arturo Escobar Uribe en su libro “Salvo Ruiz, el último juglar” de la Edit. Presencia, 1964, diciendo que “… no se le puede oponer ni siquiera la pareja de Ñito Restrepo y Salvo Ruiz, ya que estos dos últimos nunca formaron pareja como tal; y, más aún, a pesar de los testimonios del mismo Salvo citados por Escobar Uribe en las pags. 4-6, 76-80 de su libro, existen fundadas dudas no sólo acerca de sus posibles y fugaces encuentros en el suroeste antioqueño sino también de que al menos se hubieran conocido personalmente”.

En estos anexos hay suficiente información de soporte para descartar la afirmación de Salvo Ruiz de que las trovas de la Virgen se las inventaron él y Ñito Restrepo, puesto que el propio Ñito no reclamó la paternidad en las glosas que hizo al libro de Ciro Mendía.

Y hay bastante información para corroborar la afirmación de Ospina de que por sus itinerarios y recorridos, geográficos y cronológicos, los dos trovadores nunca se encontraron para trovar frente a frente.

De estas anotaciones de lectura, incluido el fragmento del libro de Enrique Santos Molano sobre José Asunción Silva en que cita un escrito de Ñito sobre el poeta, puede deducirse que Ñito no era parco para elogiar a las personas de mérito que se cruzaban en su camino, ni pecaba de falsa modestia cuando se trataba de reclamar lo suyo. Estas lecturas me dan la certeza de que si un niño mocoso de 9 hubiera trovado en 1887 con un reconocido hombre de 32 años, con la maestría y magistralidad que Salvo se atribuye, Ñito no habría tenido inconveniente en mencionar el hecho en El Cancionero de Antioquia, como tampoco habría tenido inconveniente, de ser suyas, en reclamar a Ciro la paternidad de las trovas de la Virgen.

7.   Polémica que no se dio

Hay cosas que me intrigan, como decir que si las argumentaciones de E. Livardo Ospina son tan claras, y merecieron el aval de un editor o un comité editor en el Magazine Dominical del periódico El Espectador ¿Por qué no surgieron voces apoyando públicamente su tesis? No he encontrado nada al respecto. 

Es posible que los lectores del Magazine estuvieran en desacuerdo con lo planteado por E. Livardo Ospina. ¿Por qué, entonces, no surgió la polémica, la confrontación; por qué no aparecieron argumentaciones rebatiendo esa tesis y no aparecieron pruebas en contrario? ¿Dónde están las fotografías de época, los artículos de prensa de época, que registraran y reseñaran esos encuentros predicados por Salvo? Dicen que “Vox populi, vox Dei”, pero yo creo que la vox de un populi equivocado se refleja en la vox de un Dei errado, y pienso que los posibles contradictores de Ospina prefirieron el facilismo de seguir propagando el infundio y siguen haciéndolo hasta nuestros días. La falsedad se sigue repitiendo sin que nadie haga nada por desmentirla. No atribuyo tal cosa a mala fe, sino al facilismo y a la pereza de embarcarse en una investigación seria que permita el desmentido de una vez por todas.

¡Lástima!, que tal mentira no sea verdad, pues la ficción afincada en el imaginario popular es más atractiva que la realidad de los hechos demostrados. Pero me reitero en lo dicho y la verdad hay que defenderla, así se diga aquello de que “Cuando a la gente se le mete una cosa en la cabeza, es más fácil sacarle la cabeza que la cosa”.

Finalmente, es bueno saber que aunque Ñito Restrepo y Salvo Ruiz son considerados los padres de la trova antioqueña, no son sus inventores sino padres putativos, los que le dieron relevancia y son, naturalmente, referentes por excelencia. Tal vez en toda América haya alguna modalidad de contrapunteo, piquería, y encuentro de dos cantores a base de repentismo, lo que nos viene de España. Infortunadamente hizo carrera una modalidad de trova consistente en insultos y ataques personales que no por ser en verso dejan de ser ordinarios y de mal gusto. Casi no encuentro un video demostrativo de la trova paisa dobleteada con acompañamiento de tiple (Ñito era tiplero zurdo, y tenía un instrumento adaptado para la mano izquierda). 

Dijo Salvo de Ñito que:

Él me trataba con mucho cariño y consideración, aunque en algunas de las trovas, como por torearme, me decía: “pollo peletas”, con las “espuelas en botón”, “despicado”, “buche y pluma nada más”, y no sé qué otras cosas. Pero llegó un momento en que me quiso agallinar para toda la vida, y me soltó la copla esa tan conocida sobre la Virgen Santísima, y como yo le contesté como mi Dios me ayudó, rápidamente el gran gallo se levantó del taburete y me dijo abrazándome: “Siquiera te conocí, muchacho”.


Según eso, de ser cierto aquello de que Salvo y Ñito trovaran juntos, pudieron ser ellos los que inventaran lo de zaherirse el uno al otro con sus trovas… pero no es cierto. 

En el video siguiente, llama mi atención la elegancia de la confrontación, sin insultos ni ofensas sino con admiración y respeto por el contrario. Es ese el modelo que uno quisiera ver replicado en la juventud que va llegando de relevo a la tradicional competencia trovística.

Miguel Ángel "El descachado" Zuluaga y Aldo Julián Ocampo:
http://www.youtube.com/watch?v=NotQ6ZRZjYU

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

lunes, 9 de junio de 2014

60. Salvo y Ñito nunca se encontraron (crónica 4)

SALVO Y ÑITO 
NUNCA SE ENCONTRARON

IV crónica (de 5):

E. LIVARDO OSPINA ARIAS 
PARA EL MAGAZINE DOMINICAL 
DE EL ESPECTADOR

Ñito Restrepo y Salvo Ruiz nunca se encontraron
E. Livardo Ospina
Magazine dominical El Espectador
Enero 30 de 1983

ÑITO RESTREPO Y SALVO RUIZ
NUNCA SE ENCONTRARON

Una polémica folclórica

(Por E. Livardo Ospina Arias para el Magazine Dominical de El Espectador, domingo 30 de enero de 1983, página 5)

En varias ocasiones ha sostenido este cronista, creyendo haberlo probado, que el trovador Salvo Ruiz, de Concordia, no tuvo trato de ninguna clase con el doctor Antonio José Restrepo, hijo ilustre de esa misma población, y seguramente no se conocieron siquiera. En torno a Ruiz se ha tejido una leyenda ingenua, que el sentimiento regionalista cultiva y alimenta. Un poco más de treinta años atrás la originaron escritos de los poetas Pablo Restrepo López (León Zafir) y Ernesto González (El Vate); al trasladar Ruiz a Medellín, y aquí fijarla, su de ordinario vagabunda residencia en el suroeste antioqueño; escritos que, deliberada y un tanto piadosamente falsos, presentaron en los periódicos El Diario y La Defensa, de que eran redactores, al que llamaron “El último juglar”; título que, cómplice a su turno aunque más respetuoso de la verdad y con mayor vergüenza literaria, le puso Arturo Escobar Uribe a un librito con la biografía y algunos versos de Ruiz. Escobar Uribe, bueno e ilustrado folclorista además, comparte hasta cierto punto la atrás dicha opinión de este cronista, con que coincide también otro autorizado estudioso de estos asuntos, Juan Roca Lemus. Personas devotas de las tradiciones regionales, cuando no apasionadas, han mirado mal esto y en cuanto se les presenta ocasión echan a volar su protesta, como estos días el señor Carlos White Arango, quien merece estima y respeto, no así sus errores históricos ni sus afirmaciones arbitrarias, cual la de que hacia 1930 el doctor Restrepo, a la sazón establecido en Suiza, “hizo una venida a Antioquia y visitó su solar nativo de Concordia y también a Titiribí, donde visitó a Salvo Ruiz”.

El doctor Restrepo, que vivió muchas veces y por largos períodos en Europa en el pasado y el presente siglos, ya en el desempeño de cargos oficiales, ya en ejercicio de su profesión o por otros negocios; después de su último viaje allá como delegado a la Sociedad de las Naciones, nombrado por el presidente Abadía Méndez en 1927, no volvió a Colombia sino muerto, a fines del primer trimestre de 1933. Venido al mundo en Concordia en 1855, se trasladó al lado de su familia a Titiribí siendo adolescente, y de aquí vino a adelantar estudios secundarios a Medellín, de donde volvió a la segunda de aquellas poblaciones como maestro de escuela por corto tiempo, antes de seguir a Bogotá para cursar la carrera de abogado, y nunca más tornó al pueblo de las íes, aunque sí a Concordia en 1887 y sólo esta vez durante el resto de su vida. Para este año, Salvo Ruiz contaba apenas nueve años de edad, nacido allí el 15  de julio de 1878. El propio doctor Restrepo refiere así esta visita a su lugar natal: “…Ya para 1887, que estuve de visita en mi pueblo, me obsequiaron unos muchachos de mis antiguos conocidos con una cantata, pero sin la vihuela de los tiempos viejos y sin las coplas y tonadas que resonaban en los caneyes de la Botija y la Fotuta, y en el Rodeo del Zancudo. Me salieron con canciones de las que cantan los blancos con guitarras españolas, acompañándose mis felibres de aquel día con tiples guadueros encordados con alambres extranjeros. Se amoscaron cuando les hablé de las tonadas antiguas, cuyos nombres dijeron que ignoraban. Eran dos zambitos afuereños del puro plan de Envigado y se creían traídos a menos si cantaban tonadas vulgares. Por fortuna a poco aparecieron unos trovadores de la escuela de Indalecio Ortiz y Vicentón armados de unas vihuelas barrigonas que retumbaban como atambores…”.

En Medellín el doctor Restrepo vivió, tanto en sus días de estudiante de bachillerato como después de concluido éste, y también cuando terminó su carrera en Bogotá de donde vino para desempeñar puestos públicos y redactar periódicos; y por vía de distintos negocios o por motivos políticos y familiares, otros aparte, volvió repetidamente en varias épocas, pero Ruiz no podía conocerlo entonces pues según propias declaraciones suyas a los periodistas Zafir y González, que las publicaron, no alcanzó a conocer esta ciudad sino al promediar el presente siglo; fuera de no ser verosímil que se relacionara con el doctor Restrepo, que pertenecía a un mundo muy diferente. Llama acentuadamente la atención, además, que éste no lo mencione nunca en “El Cancionero de Antioquia” en que cita a todos los trovadores que trató o de cuya existencia supo en estas partes. Él comenzó a poner en limpio su colección de coplas en Europa en 1884, para publicarla bajo su propia dirección en Barcelona en 1927 (no en 1929), después de agregar otras muchas durante los descansos de sus faenas agrícolas en el Tolima y Caldas, donde empezó a abrir haciendas al apartarse desengañado de Núñez y conspirar contra el regenerador en 1885. Allí vivía siempre en los intermedios de su actividad profesional, política, diplomática, parlamentaria, y hasta de agente revolucionario en la guerra civil de los Mil Días.

Véngase ahora a la célebre y mal llamada copla de la Concepción, pues a lo que alude es al parto virginal de María; copla que se atribuye a Ruiz en un duelo de trovas con el doctor Restrepo cuya intervención, tratándose de un poeta formal que dominaba los secretos del metro y de la rima, es literariamente pobre en este caso. Menos mal que la supuesta parte del doctor Restrepo es una cuarteta octosílaba, forma clásica de la copla popular, al paso que la también supuesta de Ruiz es una sextilla extraña al género. Genial dicen en Antioquia del símil de Astete, uno de los más hermosos de nuestra lengua, y de cualquiera, que tiene ingenio y gracia sin disputa. Este cronista, E. Livardo Ospina, oyó cantar la copla por primera vez en un chispero de Zaragoza, la ciudad fundada por Rodas a orillas del Nechí. Era el año de 1933 y el cantor decía así:

“Como agua herida de piedra, 
que abre y se vuelve a cerrar, 
doncella la Virgen madre, 
pariendo pudo quedar”.

León Zafir, nacido y criado en Anorí, por allí cerca, sin duda había oído también la copla, que no es de la entraña popular; y mutando el texto original, para infundirle este acento, se la atribuyó después a Ruiz para ilustrar la leyenda. Ciro Mendía, autor de un estudio sobre la poesía popular contemporánea del cancionero del doctor Restrepo la reputaba como española, andaluza tal vez, aquí traída por los conquistadores y colonizadores como tantas otras que andan en bocas anónimas pues, como apunta el mismo doctor Restrepo, “brota la poesía popular de todas partes y no sale de ninguna, la oímos dondequiera y aprendemos sus versos y tonadas… pero ignoramos el desconocido autor de esos cantares, no recordamos con precisión quién nos los transmitiera ni dónde por primera vez los escuchamos. Nadie lo sabe. Sería preciso, para descifrarlo, remover todo el suelo de España y América donde estas coplas se han cantado quién sabe cuantos años ha”. Y refiere cómo unos versos, que de niño oyó cantar cien veces en Antioquia, volvió a oírlos entonar a un chiquillo en Madrid, tiempo andando.

Este cronista trató por primera vez a Ruiz en la plaza de Salgar en 1945, en el curso de una campaña política, y volvió a encontrarlo varias veces adelante en El Diario del que era redactor en jefe el cronista, que por ello da fe a las críticas de Zafir y de González que revisó, por razón de su oficio, antes de darlas a la estampa. En la ocasión señalada en Salgar acompañaba al cronista el doctor Eduardo Fernández Botero quien dijo para Ruiz, para que el trovador la notara en su tiple, una copla aprendida de labios de algún minero en su nativa Amalfi, y algunas horas después el trovador la cantaba con voz aguardientosa en la “Fonda de Remedios”, en las partidas de Andes y Bolívar. Ruiz no se la apropió por su cuenta, pero Zafir y González se la endosaron graciosamente. Es aquella de corte filosófico que desde entonces anda como de él, e igualmente en boca de los que repiten sus jácaras.

“Vale más no recordar
los tiempos que ya se han ido.
Ser, para dejar de ser, 
era mejor no haber sido”.

Ciertamente, “Ser, para dejar de ser, era mejor no haber sido”. Con todo Salvo Ruiz, como trovador menor, tiene un lugar en el folclor antioqueño que no gana, como tampoco aquél, con estas tergiversaciones.

Enero 30 de 1983, MAGAZINE DOMINICAL, página 5
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Resumiendo lo dicho por E. Livardo Ospina Arias, Ñito Restrepo y Salvo Ruiz nunca se encontraron, y las trovas de la Virgen tampoco son suyas… así Salvo en su autobiografía indique lo contrario, lo que me reafirma en el hecho de que a veces uno no puede creer ni siquiera en el testimonio del que se presenta como protagonista.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

domingo, 8 de junio de 2014

59. Salvo y Ñito nunca se encontraron (crónica 3)

SALVO Y ÑITO 
NUNCA SE ENCONTRARON

III crónica (de 5):

EL CANCIONERO DE ANTIOQUIA (ÑITO RESTREPO)

EL CANCIONERO DE ANTIOQUIA
Antonio José “Ñito” Restrepo Trujillo (1855-1933)
Edit. Bedout, 1971, 415 pgs. 5ª edición colección Bolsilibros, volumen 100. (Terminado de escribir en 1926, 1ª edición publicada por él en España en 1927, más apéndice adicionado para la primera edición con glosas al libro “En torno a la poesía popular” publicado en el mismo año por Ciro Mendía –1892-1979).

En esta serie de crónicas iré aportando información para sustentar la afirmación del periodista E. Livardo Ospina Arias en el sentido de que Ñito Restrepo y Salvo Ruiz nunca se encontraron, y que las trovas de la Virgen a ellos atribuidas no son de ellos.

1 Del texto, escrito en 1898, “A modo de semblanza del autor”, primer prólogo de Juan de Dios “El indio” Uribe Restrepo (1859-1900):

Conocí a Antonio José Restrepo en 1877, cuando la entrada del general Julián Trujillo a Medellín con el ejército vencedor en Manizales y sus inmediaciones, el 5 de abril de aquel año… de ese tiempo viene mi amistad con Antonio José, que nada ha turbado en tantos años y que es hoy uno de los escasos atractivos de mi vida desencantada y triste… bien presente tengo la ocasión: `Era una noche de aquellas /noches de la patria mía, /que bien pudieran ser día /donde no hay noches como ellas´, cual dice Rafael Pombo… en enero de 1897 se encontró Antonio José en Londres… cargó su memoria con tal avío de versos populares en sus primeros años, que en 1884 quiso trasladarlos al papel en Europa, por matar el tiempo, y me envió dos tomos de doscientas páginas cada uno, por lo menos, de Versos populares de Suroeste y Cauca… la familia de Antonio José se trasladó a Titiribí, en cuyo circuito está la famosa mina del Zancudo, a la que fue el joven Restrepo a trabajar como jornalero o poco más, cuando los malos negocios dieron al traste con la fortuna paterna que don Indalecio trataba de rehacer ahora en el foro, vencido en otras lides… el novel minero quien pudo ayudarse, así mismo, para concurrir al colegio dirigido en Titiribí por don Mario Escobar; de manera que bregaba en la mina cinco o seis meses para acorrerse igual tiempo en los estudios… a este período de su vida corresponde el diseño de su gusto literario y de su criterio filosófico, en obras de castellano jugoso como La Celestina, El romancero, Calderón, Cervantes, Quevedo…Voltaire, Rousseau… y otros… Era cosa de hechicería ver aquel mozo leyendo sus infolios a la luz de un candil, sentado sobre montones de cuarzo, en una galería fantástica de piedras resplandecientes, con el golpe de las piquetas, el galope de las ruedas, el canto de los mineros… .

2 Del discurso académico, escrito en Bogotá en 1911, “De la poesía popular en Colombia”, segundo prólogo del Dr. Antonio José Restrepo:

… de verso americano, nacionalizado por acá, que yo escuché la primera vez de boca de un negro zahorí en los socavones de la mina del Zancudo, y que luego he oído en todos los rincones de esta tierra adonde he llevado mi inquieta fantasía de ver y de admirar. Puedo poner como ejemplo esta cuarteta que dijérase robada al numen de Pedro Calderón de la Barca o Pedro A. de Alarcón: `Precipitado me siento /a aborrecer la que adoro, /pero al mismo instante lloro /mi propio aborrecimiento´ ¿Dónde nació esta estrofa, quién la trajo a nuestro suelo y la llevó a los minerales de Titiribí, lo mismo que a Zaragoza, a Pasto, y a Casanare? –El pueblo, el gran poeta anónimo– es la única respuesta que me atrevo a presentar. Sé que esa redondilla no es colombiana porque años después, en 1881, siendo yo periodista en Medellín y estando en la dirección de la imprenta oficial hojeando los canjes recién llegados del exterior… cuántos recuerdos no evocaría yo al conjuro de aquella glosa enamorada que ñor Pedro Díaz me recitaba entre golpe y golpe del martillo, al fulgor más que dudoso de una lámpara Davy que nos libraba del grisou y nos consolaba en aquellas profundidades… yo vi bailar el joropo y escuché sus trovas en San Martín, primero, y luego en Valencia y otros lugares de Venezuela….

3 Del texto “Conviene saber” que contiene datos autobiográficos del Dr. Antonio José Restrepo y es el tercer prólogo; escrito en la finca “Andorra” de La Victoria, Caldas, en diciembre de 1926. Esta finca era de su propiedad en sociedad con su hermano Benicio "Tigre" Retrepo Trujillo. El apodo de Tigre, por ser caratejo:

Cuando los ojos abrí a la luz de la razón, como reza la copla que se verá más adelante, era yo en Concordia uno de los muchachitos menos aficionados a ir a la escuela, a frecuentar la iglesita del pueblo, ni arrodillarme a oír misa… prefiriendo hacer novillos, o capar, como allá decíamos, que si no es tan pulcro parece que expresa la misma operación… uno de esos sucesos de mi vida fue mi mudanza a Titiribí, río Cauca por medio, cinco leguas de viaje mitad bajando al río y mitad subiendo al otro picacho en que se agarra este pueblo… Concordia es netamente agricultora; Titiribí, minero… como al pasar yo a estudiar a un famoso colegio en el pueblo de las íes no mejoré de conducta sino que empeoré lastimosamente, pues me remonté a los socavones de una mina donde trabajé como simple jornalero… mi padre, que me había dado rienda suelta por ver si volvía de mi propio querer al buen camino… me dijo… `Antonio, ¿quieres irte a estudiar a la universidad en Medellín?´ … Ya para 1887, que estuve de visita en mi pueblo, me obsequiaron unos muchachos de mis antiguos conocidos con una cantata, pero sin la vihuela de los tiempos viejos y sin las coplas y tonadas que resonaban en los caneyes de la Botija y la Fotuta, y en el Rodeo del Zancudo. Me salieron con canciones de las que cantan los blancos con guitarras españolas, acompañándose mis felibres de aquel día con tiples guadueros encordados con alambres extranjeros. Se amoscaron cuando les hablé de las tonadas antiguas, cuyos nombres dijeron que ignoraban. Eran dos zambitos afuereños del puro plan de Envigado y se creían traídos a menos si cantaban tonadas vulgares. Por fortuna a poco aparecieron unos trovadores de la escuela de Indalecio Ortiz y Vicentón armados de unas vihuelas barrigonas que retumbaban como atambores… Sampayo, Martín López, Trinidad Rodelo, cantores de la tierra abajo, vertientes al Magdalena; Indalecio Ortiz, Vicente González alias Vicentón, Pastor Correa muerto en agraz de un mal hecho, Milagros Cachón que llevó vihuela a Quibdo y produjo sensación; Juan Yepes y tantos otros que la tierra callada se ha tragado, merecen este recuerdo baladí que les consagro agradecido, no pudiendo erigirles un monumento cenotáfico al cantor desconocido….

4 Del texto central “El cancionero de Antioquia”:

…Y como a este (al) hijo de sus padres le ha gustado siempre hallarse junto a gente de valer. Se arrima aquí con la coplita suya que corre por ahí como sola y desvalida, y que él le improvisó a una linda con quien paseaba, en sus mocedades, por los alcores que rodean a Medellín, al presentarle ella una abierta rosa entre cuyos pétalos brillaba como un diamante una gota de rocío: `Hay una imagen querida / que guarda mi corazón, / como la gota escondida / en el cáliz de una flor´…

5 Del “Apéndice necesario”, por Ñito Restrepo:

Ya en prensa este libro, nos llega, remitido de Medellín, un librito muy interesante intitulado `En torno a la poesía popular´ de que es autor el reputado poeta antioqueño don Ciro Mendía. Es una rápida ojeada a la poesía popular aquí en España, allá en Antioquia, en Colombia toda, en Méjico, en Venezuela, en Cuba, y en la Argentina. Con satisfacción hemos visto, por las muestras que trae el libro del señor Mendía, que la compilación que ahora ofrecemos al público resiste vencedora la confrontación con todas esas otras literaturas populares. Hemos encontrado allí, como era casi seguro que sucediera, varias de las estrofas que tenemos impresas, lo que nos da ocasión de fijar nuestra versión como la original, en unos casos, y de rectificar algún concepto del señor Mendía, que no puede sostenerse, dándole antes muy rendidas gracias por las siguientes frases que nos dedica amablemente, y que se refieren al discurso aquí reproducido… En cierta página que se nos extravió, y que ahora encontramos a pelo, marcamos esta diferencia si ella no aparece ya perfectamente establecida en estas notas y comentos. Hela aquí:

“Cuando yo tuve uso de razón, como dice Astete, y comencé a darme cuenta de las cosas, a gustar del canto y de la música, por allá en medio de la guerra civil de 1860-1864, en mi glorioso pueblo de Concordia…”.

Antes de terminar este Apéndice, queremos dar las gracias a nuestro hermano político don Carlos Enrique López, por el envío del libro del señor Mendía; y a este distinguido joven por su excelente trabajo en pro de las letras antioqueñas, que sin duda seguirá ampliando hasta que logremos, entre todos, agotar este filón y presentar completa toda esta floresta popular. A los jóvenes como él y tantos otros espíritus curiosos y amantes de las glorias regionales queda encomendada esta simpática labor. Nosotros no hemos hecho sino desflorarla y quizá afearla con nuestras notas y comentos. Otros mejor preparados deben enmendarnos la plana y proseguir la acumulación de materiales. Nosotros ya no somos accesibles a los estímulos de la vanidad literaria, ni jamás lo fuimos, ni queremos tampoco, ni lo necesitamos, captarnos la alabanza de ningún círculo o pandilla…”. (Barcelona, octubre 15 de 1927). 
(HASTA AQUÍ LAS NOTAS TOMADAS DE “EL CANCIONERO DE ANTIOQUIA”)
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En lo anterior podemos ver que Ñito conoció a Vicentón González el padre biológico de Salvo, y que trovó con él; que hace mención de Vicentón y de otros que trovaron con él, pero no de Salvo, lo que no tendría sentido si lo hubiera hecho y si además ambos fueran autores como Salvo dice de las afamadas Trovas de la Virgen; que no eran frecuentes las idas de Ñito a Titiribí y Concordia, y sólo menciona esa de 1887 en la que fue obsequiado “con una cantata”, momento para el cual Salvo solamente tenía 9 años y hubiera sido un verdadero fenómeno digno de la mención de Ñito que, por otra parte no escatimaba elogios para las personas que se cruzaban en su camino y lo merecían, como se puede ver en el siguiente artículo.

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Tomado de El corazón del poeta, por Enrique Santos Molano.  IV parte, cap. 1, La Torre de Marfil:

José Asunción Silva y Antonio José Restrepo —Ñito— vivían en Chapinero y solían hacer juntos los viajes de ida y de vuelta en el tranvía de mulas que recorría la ruta penosa de la Plaza de Bolívar a la Iglesia de Lourdes, en construcción.

Guardo los más gratos recuerdos de José Asunción Silva —cuenta Ñito— Lo conocí y lo traté íntimamente siendo él casi un niño. Ya rimaba sus magníficas estrofas, pero todavía no se animaba a publicarlas. Vivíamos ambos en Chapinero y casi todas las tardes tomábamos juntos el tranvía que nos llevaba al barrio encantador, y allí, apagada su voz —de suavidad y melodía inimitables— por el ruido y confusión de los otros pasajeros, me confiaba sus versos de adolescente, que se abría a la vida lleno de ilusiones y esperanzas, sabiendo que mi juicio era para él, si no ilustrado y competente, sincero y al menos leal. Eran los días tristes de la guerra civil que acababa de pasar. Yo le recitaba también sonetos de una colección, que él había calificado de “acres”, contra gentes y cosas de las que pasaban por el escenario político, que José me hacía el favor de admirar, pero cuya pasión fogosa él no compartía porque su alma de verdadero poeta se movía muy lejos del ámbito de la deidad macabra que todo lo emponzoña en estas latitudes. (“José Asunción Silva”, por Antonio José “Ñito” Restrepo en Gil Blas, nov. 2 de 1916, pag. 1).

Como podemos ver no está sustentado que Ñito se hubiera encontrado con Salvo en el siglo XIX, y para el siglo XX fue más el tiempo que permaneció en Europa hasta su muerte en el año de 1933.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

sábado, 7 de junio de 2014

58. Salvo y Ñito nunca se encontraron (crónica 2)

SALVO Y ÑITO 
NUNCA SE ENCONTRARON

II crónica (de 5):
LAS TROVAS DE LA VIRGEN

EN TORNO A LA POESÍA POPULAR
Ciro Mendía (Carlos Mejía Ángel,1892-1979)
Edit. Antonio J. Cano, 1927, 121 pgs.

En esta serie de crónicas se aporta información para sustentar la afirmación del periodista E. Livardo Ospina Arias en el sentido de que Ñito Restrepo y Salvo Ruiz nunca se encontraron y, por lo tanto, las trovas de la Virgen a ellos atribuidas ¡No son de ellos! Esto desvirtúa la generalizada creencia y la afirmación de Salvo de que son suyas. No lo son.

Veamos mi reseña de lectura del libro de Ciro Mendía titulado “En torno a la poesía popular”, que fue publicado seis meses antes de que Ñito Restrepo publicara en Barcelona su “Cancionero Antioqueño” y fue conocido por Ñito con tiempo para insertar alguna alusión a él.

A la manera en que el rayo de sol pasa por un cristal, sin romperlo ni mancharlo” (Padre Gaspar Astete 1537-1601).

Nota pie de pág. 119:

…Hemos hallado una poesía intitulada `El parto de la Virgen´, del poeta italiano Jacopo Sannazaro (1456-1530), traducida en 1554 al español por Gregorio Hernández de Velasco y publicada en “El romancero y cancionero sagrados” de la biblioteca de Rivadeneira:

Quedaron las entrañas virginales
como se estaban antes, sosegadas;
no osaron los dolores naturales
tocar las almas carnes deificadas.
Intactas se quedaron, y selladas;
la puerta es ésta, que Ezequiel decía
que cerrada in eternum quedaría.
No de otra suerte el sol puro, admitido,
de la hermosa y diáfana vidriera,
de claro pasa y muestra lo escondido
detrás de ella con luz que reverbera.
El rayo ilustra el aire oscurecido,
quedándose ella sin lesión y entera,
segura de agua y viento impetuoso
y vía solamente al sol lumbroso.

Fragmento de pags. 119 a 121:

…El popular padre Gaspar Astete, ese primer autor que a fuerza de ferulazos nos hacen leer en la escuela, interpretó muy profundamente, muy patéticamente, como el más grande poeta; el misterio gozoso, fecundo, y divinamente humano, de la Encarnación; pero no con la sencillez y perfección con que estos dos bogas nuestros lo interpretaron mientras descansaban del combate diario sobre la movible canoa y al arrullo del Cauca rumoroso. Es verdaderamente raro que estos trovadores libres del río, en vez de cantar en aquella plácida hora sus amores, dejaran escapar su ingenio en alas de la duda, de la duda que nos muerde a todos, porque todos, como el “Pedrín” de Anatole France, de pequeños no le ponemos signos de interrogación a aquello de “Quién es Dios” porque sabemos quién es, pero cuando viejos pecamos de exceso de interrogaciones… Mas ellos, en medio de su ignorancia, cuando sintieron quizá la primera duda religiosa, la cristalizaron y resolvieron en diez versos dignos de San Juan de la Cruz. Ya el uno rasgó el tiple y provocó la justa. Ahora, oíd las dos estrofas y descubríos todos vosotros los poetas, chicos y grandes; nuevos, novísimos, y viejos; porque esta poesía no tiene igual en la lírica popular:

-Óigame usté, compañero
Yo le vengo a preguntar:
¿Cómo, pariendo, la Virgen
Doncella pudo quedar?

A lo que el compañero, desafiando todos los escollos y lleno de ingenuidad e inspiración, contesta siguiendo la hilación o el modo original de nuestras trovas:

-Óigame usté, compañero
Yo le vengo a contestar:
Tire una piedra en el agua,
viene a abrir, vuelve a cerrar…
Así pariendo la Virgen
doncella pudo quedar.

Si estas dos estrofas son en verdad nuestras, lo cual parece un poco difícil dadas la sabiduría y profundidad de ellas, contentos estaríamos con nuestra labor pues, como dijo José María Vergara y Vergara: El que se tome el trabajo de recoger cantos de negros, entraría con ellos en la literatura española como entra el Meta en el Orinoco: llevaría una grandeza a otra grandeza”.
(FIN DE LA RESEÑA DEL LIBRO)
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Ñito Restrepo conoció el trabajo de Ciro Mendía antes de la publicación de su “Cancionero de Antioquia” (1926-1927), puesto que insertó un apéndice haciendo referencia a él pero… ¡no hace alusión a las trovas de la Virgen! en cuyo caso, conociéndolo, habría defendido como un león la autoría que Ciro no le reconoce. Sobre ellas dice Ciro que se las escuchó a unos bogas en el Cauca, pero nada de Ñito ni nada de Salvo en el libro “En torno a la poesía popular” (1926-1927).

O sea que el segundo trovador (Ñito) no reconoce la paternidad de esas trovas y un estudioso (Mendía) tampoco se las atribuye a Salvo por la sencilla razón de que no son de él.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

viernes, 6 de junio de 2014

57. Salvo y Ñito nunca se encontraron (crónica 1)

SALVO Y ÑITO 
NUNCA SE ENCONTRARON

I crónica (de 5):
SALVO RUIZ, ENCUENTROS CON ÑITO

COPLAS Y TROVAS
Manuel Salvador “Salvo” Ruiz (1878-1961)
Edit. Bedout, 1980, 178 pgs.

En esta serie de crónicas aportaré información para sustentar la tesis del periodista E. Livardo Ospina Arias en el sentido de que “Ñito Restrepo y Salvo Ruiz nunca se encontraron”. En este capítulo transcribiré las afirmaciones de Salvo Ruiz, y de los amigos que le dieron crédito a su versión, de que ellos dos trovaron juntos, de que fueron muy amigos, y de que fueron los creadores de las denominadas coplas de la Virgen (cómo la Virgen pariendo doncella pudo quedar). En otros capítulos se desmontará la veracidad de estas afirmaciones.

Salvo Ruiz era mitómano. Le gustaba adornarse e inventar historias que él mismo se creía. Aparte de su autotestimonio sobre su encuentro con el Dr. Jorge Eliécer Gaitán, ¿qué otra constancia hay de que hubiera estado en el Club Unión de Medellín y de que se hubiera encontrado con el inmolado político? Está su autotestimonio, claro, y el de los periodistas que le dan crédito y lo repiten copiándose los unos a los otros hasta dar cumplimiento a la máxima goebbelsiana de que una mentira mil veces repetida se convierte en verdad.

De las coplas y trovas de Salvo, pag. 27.

“Estuve en el Club Unión 
con varios republicanos 
y esos grandes personajes 
me trataban como hermano. 

Me tocó darle la mano 
a Jorge Eliécer Gaitán 
que para no desvirtuarme 
no me he querido lavar”.

En extenso artículo para el periódico El Espectador titulado “Ñito Restrepo y Salvo Ruiz nunca se encontraron”, escribió el periodista E. Livardo Ospina Arias acerca de que parece ser que Salvo nunca salió de Concordia y sus alrededores, y solamente vino a Medellín a tratamiento médico y huyéndole a la violencia después de 1948 cuando Gaitán ya había sido asesinado. No hay registros de ninguna otra visita de Salvo a Medellín. Aquí se quedó Salvo y aquí murió. En esta autobiografía Salvo le dedica a Ñito un capítulo “Cantares con Ñito” y seis páginas dando por hecho, como suele ocurrir con algunos difuntos, que ellos eran uña y mugre. No es, pues, el de Ñito el único mito del que da autotestimonio Salvo Ruiz.

De la pag. 96:

“En Titiribí Indalecio, 
Manuel Rodas y Alejandro, 
y Antonio José Restrepo, 
fiel compañero de Salvo”.

Empecemos por compartir mis anotaciones de lectura de un libro publicado por Manuel Salvador “Salvo” Ruiz con el título de “Coplas y trovas”, en el que destaco los testimonios del médico Jorge Franco Vélez situando la llegada de Salvo a Medellín por los días del 9 de abril de 1948 cuando fue asesinado en Bogotá el Dr. Jorge Eliécer Gaitán; del Dr. Jorge Montoya Toro afirmando que en la fonda de Emiliano Taborda en Otramina de Titiribí fue el encuentro de Ñito Restrepo con Salvo Ruiz; del testimonio de Pablo “León Zafir” Restrepo López replicando la narración que Salvo le hizo de ese encuentro; y de los testimonios en prosa o en copla del mismo Salvo sobre sus encuentros con Ñito, que sólo tienen un inconveniente esos encuentros narrados por Salvo y replicados por sus amigos: nunca ocurrieron. De que Salvo era bueno para adornarse, no nos quepan dudas; y de que inventaba mentiras y se las creía él mismo, tampoco quepan dudas.

Del prólogo del Dr. Jorge Franco Vélez a "Coplas y Trovas":

Cuando cursaba el bachillerato, a finales de la década del 30 y principios del 40, oí hablar de Salvo Ruiz como figura legendaria de la trova popular y máximo juglar de Antioquia la Grande. Los estudiantes de la época recitábamos de memoria la controvertida copla relativa a la virginidad de María, en la creencia de que el autor era un personaje del pasado; mientras él, campechano y alegre, se paseaba con el tiple al hombro, de tienda en tienda, por los campos de su Concordia nativa… Ejercía yo mi profesión médica desde 1948 en el barrio Belén de Medellín, y a partir de 1949 empezaron a llegar a este lugar de paz los exiliados a causa de la violencia política, provenientes la mayoría del suroeste del Departamento. La tarde de un sábado, lo recuerdo con claridad, un nueveabrileño muy simpático, de apellido Moyano, llevó a mi consultorio al famoso trovador Salvo Ruiz, también exiliado político, para que lo examinara y nos hiciéramos amigos, según era su deseo… De tiempo en tiempo visité a Salvo en los diversos lugares donde iba fijando su residencia, pues nunca tuvo casa propia: Bolívar con Lima, Barrio Colón, Barrio Caribe; bien en calidad de médico de sus dolencias, o bien para disfrutar, en unión de mi grupo de amigos artistas, de los prodigios de su ingenio…”.

Del prólogo del Dr. Jorge Montoya Toro (1921-1989):

En duelos de agilidad intelectiva y de perspicacia adivinadora batiéronse en un sin fin de escenarios los troveros famosos: Manuel Rodas e Indalecio Ortiz; Florentino Londoño y Vicentón González; Ñito Restrepo y Salvo Ruiz…”.

Nacido en Concordia, en un ámbito campesino que añoraría siempre, Salvo Ruiz devino, por circunstancias de la vida, a laborar en las minas titiribiseñas. Allí había de triunfar con su inteligencia prodigiosa de poeta sin academia, y también sería el instante crucial de su vida, al cruzarse en su camino ese otro portento del buen decir y de la malicia lírica que se llamó Antonio José Restrepo. En la fonda de Emiliano Taborda, en Otramina, fue el feliz acontecimiento que Salvo narra con sencillez en el plástico lenguaje del escritor folclórico”. 

De la entrevista que Pablo “León Zafir” Restrepo López, le hizo a Salvo Ruiz; citada por Montoya Toro:

…Una tarde supe que Ñito estaba bebiendo trago en Otramina, en la fonda de Emiliano Taborda, y allá me fui. Al poco rato de haber llegado oí cuando Ñito le dijo a Emiliano: "Bueno, hombre ¿Qué diablos se hicieron los trovadores buenos de aquí, que no los veo?" Taborda le contestó: “Esos gallos se han ido casi todos de por aquí, pero ahí tenemos un pollo que apenas está apuntando de espuela y ya ha ganado buenas riñas; véalo allí, es hijo de Elena Ruiz y el padre dicen que es Vicente González. ¿Por qué no lo capotea?” Ñito –continúa Salvo– me llamó entonces diciéndome: “¿Conque eres hijo nada menos que de Vicentón? Ven acá a ver qué fue lo que te enseñó tu padre”. Yo me acerqué nervioso, cogí el tiple que me ofrecieron, me zampé un aguardiente, y comenzamos a templar. Al momento Ñito me saludó con una copla que se me olvidó, yo le contesté, y comenzamos a trovar lo más sabroso de mi vida. Él me trataba con mucho cariño y consideración, aunque en algunas de las trovas, como por torearme, me decía: “pollo peletas”, con las “espuelas en botón”, “despicado”, “buche y pluma nada más”, y no sé qué otras cosas. Pero llegó un momento en que me quiso agallinar para toda la vida, y me soltó la copla esa tan conocida sobre la Virgen Santísima, y como yo le contesté como mi Dios me ayudó, rápidamente el gran gallo se levantó del taburete y me dijo abrazándome: “Siquiera te conocí, muchacho”.

Y sigue Montoya Toro:

...Y, a partir de ese momento, una entrañable camaradería unió a los dos troveros. Los caminos los vieron pasar; las fondas presenciaron sus duelos; las gentes de la comarca se hacían lenguas de tan singular pareja. En veces se zaherían mutuamente; en ocasiones se peleaban por una mujer del lugar, pero en la mayoría de los enfrentamientos una nota amistosa ponía punto final a ese “agarrón de dos tiples”, que dijera el mismo Salvo. Ya en el florido lenguaje de su verso trovístico, subrayará él mismo la perdurabilidad de esa unión entre dos inteligencias de disímil procedencia: la una cultivada en universidades y bibliotecas; la otra espontánea, como nacida que era en un medio sencillo de sensibilidad apenas campesina:

Si sin ir a los colegios 
los copleros me respetan; 
¡Qué tal que hubiera estudiado 
donde fueron los poetas!

Fui compañero de Ñito 
en Titiribí trovando 
y por repetidas veces 
me dijo: “Querido Salvo”.

Negro, si te vas conmigo 
pasamos la vida andando, 
te hago grande como yo, 
me decía casi llorando.

Y digo que no me fui 
por no dejar a mi madre, 
no me la podía llevar 
ni tenía qué dejarle.

...Con Ñito tuvo ocasionales enfrentamientos por culpa de las volubles hijas de Eva. Cuenta Salvo cómo hallándose en Bolombolo ocurrió lo siguiente: Frecuentaba el lugar con alguna asiduidad el doctor Antonio José Restrepo. Era acogido, como es natural, con respeto, cariño, y admiración; tanto por parte de los varones como de las mujeres. Entre éstas había una que particularmente interesaba al jurista cantor. Se llamaba María Jesús Castaño….

Y sigue el poeta Montoya Toro recreando la tan conocida escena de Ñito con la trova de “El cura manda en su iglesia, /el pastor en su rebaño, /y Antonio José Restrepo /en María Jesús Castaño”, pero en la que, dice Montoya Toro, “si hemos de atenernos a lo que nos dice Salvo” aparece también Salvo interviniendo para despertar los celos de Ñito.

Suena bonito. Lástima que no sea verdad. En las siguientes crónicas aportaré otras informaciones que sustentan la afirmación de E. Livardo Ospina Arias y desmienten a Salvo.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


jueves, 5 de junio de 2014

56. Fumar no es un placer

Después de las primeras veces, nunca más volví a fumar, y ahora el humo me molesta porque mi garganta se irrita en una reacción alérgica hacia los nocivos componentes del tabaco. En la pubertad tuve en el bolsillo de la camisa un paquete de cigarrillos Pielroja, y en mis dedos un pitillo encendido. No fui capaz de aprender a aspirarlo, no fui capaz de evitar ahogarme con el humo, y no fui capaz de hacer esas elegantes coronas que como nubes salen de la boca y ascienden al cielo: las volutas. Es una palabra que los jóvenes desconocen y hasta se diría que ya no aplican, no porque hayan dejado de fumar, sino que el cigarrillo es para ellos algo mecánico que no conlleva el charm, el cachet, el glamour, el sexi, que alguna vez tuvo el fumar. Pero, además, porque fumar se convierte cada vez más en una actividad vergonzante proscrita en autobuses, taxis, ascensores, oficinas, restaurantes, teatros, recintos cerrados. 

Volutas de humo

Cuando de muchachos íbamos a cine en cualquiera de las funciones de matinal, matiné, vespertina, o noche; surgió un rumor de que en las películas aparecía una cosa que se llamó publicidad subliminal y consistía en que segundos antes del intermedio para el cambio de rollo en el proyector aparecía en pantalla por una fracción de segundo la imagen de una Coca Cola rezumando frescura por la botella, lo que en el inconsciente despertaba la idea de sed con la consecuencia de que al encenderse las luces los muchachos nos precipitábamos a la cafetería para pedir apurados ¡Una Coca Cola! Algo hay de cierto en eso, y en el rumor que escuché sobre las compañías tabacaleras que se hicieron al dominio de los estudios productores de películas de Hollywood y a partir de eso en todas las películas aparece alguien fumando. Es algo que llama mi atención desde la década del sesenta, cuando se escuchaba la sensual voz de Sarita Montiel cantando aquello de que “fumar es un placer, genial, sensual… /y mientras fumo mi vida no consumo /porque aspirando el humo /me siento adormecer”, y medio siglo después sigue ocurriendo. Acabo de confirmarlo con la película “Inocencia interrumpida” que protagonizan Angelina Jolie, Winona Ryder, y Woopi Goldberg. De principio a fin en ese reclusorio siquiátrico, no apagan el cigarrillo. 


Hay excepciones, claro. Robert Redford, el creador del Festival Sundance de cine independiente, no está obligado por contrato con las tabacaleras. En “El señor de los caballos”, la película dirigida y protagonizada por él en compañía de Kristin Scott Thomas y una muy niña Scarlett Johansson, ¡no se ve un solo cigarrillo! Creo que tal cosa no sucede sino con esa película y con Los Simpson, pero de estos no estoy seguro.

En mi niñez había unos agentes gubernamentales policivos, cuya misión era resguardar los intereses alcabaleros de la administración municipal. Los agentes del Resguardo de Rentas estaban atentos a descubrir donde había un estanco de licor clandestino, o un acopio de cigarrillos de contrabando, para caer encima y decomisar la mercancía, aparte de detener a los infractores. Era un delito que se castigaba con la cárcel. Las oficinas del Resguardo quedaban en las amplísimas bodegas del Ferrocarril de Antioquia en el Sector de Cisneros, frente a la Plaza de Mercado de Guayaquil. Estaba prohibido sembrar o tener hojas de tabaco que no estuvieran autorizadas y no hubieran pagado los respectivos derechos de estampillado.


A mi anciana abuela le gustaba fumar tabaco, y le gustaba fumar de sus propios puros o habanos que fabricaba con suma “curia”, como decía ella de hacer las cosas con esmero. Aprendió a fumarlos al revés, con la brasa dentro de la boca, según hacía en su niñez para evitar que la llama de la punta encendida la delatara y sus padres la descubrieran fumando en la oscuridad de la noche. Otras veces simplemente sostenía el tabaco en la boca mientras masticaba la punta incansablemente, sin darse cuenta de que la llama se había apagado, y de tanto en tanto escupía una saliva viscosa de color café que desprendía del cabo o soco, como llamaba a la colilla que entraba en contacto con la lengua.

El asunto de los tabacos era todo un proceso, y yo la acompañé muchas veces desde el primer paso que consistía en asomarse a la caja y darse cuenta de que solamente le quedaban unos pocos. Íbamos entonces a la oficina del Resguardo de Rentas a comprar una planilla de autorización de venta, y con ella nos dirigíamos a un puesto de la Plaza de Mercado donde nos vendían las hojas por kilos. Con ellas nos dirigíamos a casa, y la abuela las rociaba con agua para darles docilidad en la doblada o enrollada. Eran las destinadas al forro o parte externa. Otras era molidas en gránulos o picadura destinada al relleno, y las venas retiradas de éstas servirían luego como alma para armar el tabaco. Una vez enrollada la hoja exterior con el relleno alrededor del soporte, la punta que sobresalía del forro se pegaba con engrudo o pegadera que ella había hecho diluyendo harina de almidón en agua hervida y poniendo la mezcla al fuego hasta que adquiriera una consistencia gelatinosa. Al terminar de secar, era un pegante muy efectivo. Una vez pegada la punta, el alma le era retirada y el hueco que había ocupado esa venita servía de respiradero para que la llama prendiera y se convirtiera en brasa. Nunca pudo mi abuela, o no quiso, aprender a fumar cigarrillo; ni siquiera en los tiempos en que esa no era una actividad vergonzante sino que se consideraba elegante hacerlo. No era mi abuela mujer que se desviviera por asuntos de elegancia. Era ella de origen campesino, de los tiempos en que los arrieros medían los recorridos por tabacos de camino, o sea la distancia caminada mientras se fumaban un tabaco. Un lugar que estuviera a tabaco y medio dejaba a un muchacho de ciudad, como uno, completamente agotado y de cama.


Vienen estos recuerdos a mi mente porque nos regalaron un tabaco habano de la marca Cohiba, que se supone es el non plus ultra para los fumadores; sólo que en casa nadie fuma, ¡Y no conocemos a nadie que fume de esas cosas! Por el momento ocupa en la mesa de centro de la sala de recibo un lugar de exhibición, como las porcelanas; y no sirve sino de adorno, porque ni ceniceros tenemos en casa. Hemos descubierto que no le arriman las moscas, ni lo persiguen las hormigas. Si alguna de mis amigas fuma tabaco, ruego que me informe a tiempo para no volverle a dar un beso ni en la mejilla. Por experiencia con mi abuela sé que esos olores son pegachentos y contagiosos y no los quita ni un baño con soda cáustica.

Volviendo al asunto de mi difunta abuela, muy anciana estaba cuando insistía en bajar al centro a proveerse de materia prima para sus tabacos. A la familia le preocupaba que a su edad pudiera sufrir alguna caída, y le asignó a mi hermano menor como acompañante. Era un chiquillo de unos 9 años que cumplía con esa tarea a desgano. Mi nonagenaria abuela llegó ofuscada a casa: “¡A mí no me vuelvan a mandar con muchachos! No tengo vida tranquila por estar pendiente de que no los vaya a atropellar algún vehículo. Déjenme, que ¡yo me defiendo sola!”. Resolvimos que era mejor correr el riesgo de que la atropellara un camión o un bus de pasajeros, que declararle la minusvalía mental encerrándola en el último cuarto de la casa.

Muchos años lleva de fallecida la abuela, y hace poco celebramos el 88 cumpleaños de mi madre, su hija. Estaba reunida toda la familia compuesta de hijos, cónyuges, nietos, novias, bisnietos. Pasábamos del medio centenar en una animada reunión, al son de vallenatos, en la que yo resulté ser el díscolo de la familia porque fui el único a quien se le ocurrió pedir un aguardiente y tuve que salir a la licorera a comprarlo. Pero no fue tal hecho lo más sorprendente. Lo más sorprendente fue que no se vio en la reunión ¡ni un solo cigarrillo! A juzgar por ese suceso, mi familia no es buena para mirar películas de Hollywood.

Cuando el Sr. Google resolvió homenajear con un doodle al Dr. Albert Szent-Györgyi, me encontré con que yo no lo conocía.  Fue un médico fisiólogo que nació en Hungría hace 118 años (en 1893) y murió a los 93 años en Estados Unidos, en 1986.  Había ganado el Premio Nobel de Medicina en 1937 porque descubrió un remedio eficaz para el tratamiento y prevención del escorbuto, una enfermedad que gracias a él nosotros no conocemos.  El remedio que él descubrió lo conocemos genéricamente como “vitamina C”, y se nos ha dicho que se encuentra principalmente en el jugo de la naranja.  Cuántos productos hay que se anuncian como panacea porque contienen esa “vitamina C” cuyos beneficios él descubrió.

Pero no fue sólo por eso que ganó el Nobel sino por sus estudios sobre la química de la respiración, lo que me lleva a acordarme de un paisano suyo, su contemporáneo, que murió de 86 en Bucaramanga en 1988 o 1989.  Era mi vecino, el barón Laszlo von Majtenyi; hijo, como el Dr. Szent-Györgyi, de un terrateniente húngaro.  Huyó de Europa, como él, por causa de la guerra.  Murió, como él, lejos de la tierra que lo vio nacer.  No le sirvieron al barón Laszlo los descubrimientos de su paisano sobre química de la respiración, porque don Laszlo fue un fumador empedernido que cuando un enfisema pulmonar lo envió a la clínica, se quitaba la mascarilla de oxígeno de la boca para darle un par de chupadas a un cigarrillo. Adicto obsesionado.  “Don Orlandou”, me decía con su marcado acento extranjero, “soy incapaz de dejar el cigarrillo porque el gusto por este vicio me viene en la sangre.  Mi madre se fuma tres paquetes de cigarrillos en el día, y yo estoy convencido de que ese vicio la va a llevar a la tumba”.  Y, ¿qué edad tiene su madre, don Laszlo? “¡93!”.  El cigarrillo no fue capaz de matarla, pero sí la noticia de la muerte de su hijo.  Un infarto se la llevó dos días después de saber que él había muerto lejos de sus caricias maternales.  De estar vivo, al Dr. Szent-Györgyi le hubiera gustado examinar con su microscopio los pulmones de don Laszlo y de su madre, la baronesa.  Sus alvéolos eran, con seguridad, un depósito de alquitrán de esos cavernosos que tan gráficamente reproducen en los museos de cera de Madame Tussaud.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


martes, 3 de junio de 2014

55. Jefe Seattle no decir eso

Por sus tocados, para los productores de películas todos los indios norteamericanos parecen ser Pielrojas; y todos parecen hablar sintácticamente como si estuvieran redactando telegramas: “Jefe ojo de águila decir carapálidas no beber pozo tribu”. Son imágenes estereotipadas para consumo comercial.

A raíz de la abdicación del Rey Juan Carlos de España escribí un correo en el que cité una frase del jefe indio Seattle. Me refiero a que “uno no puede regalar lo que no es de uno”, que en alguna parte leí fue pronunciada cuando al jefe se le dijo que el Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón le había sido regalado por el Papa Alejandro VI a los Reyes Católicos de España. El nombre del jefe indio, Noah Seattle (“si arol”, pronuncian los nativos de la ciudad norteamericana bautizada en su honor), no es su verdadero nombre sino uno que adoptó cuando se convirtió al catolicismo. Pues, bien, la frase citada ¡No es de él, nunca la pronunció!

Gran Jefe Seattle

El jefe Seattle, al igual que el actual Príncipe Felipe de España, era un hombre alto que sobresalía entre las personas que lo rodeaban. Pero, además, era un orador de voz recia cuyo discurso podía llegar claramente al último anillo de guerreros sentados en semicírculo en la campiña alrededor de él, y lo oían con respeto. No pertenecía a la tribu de los Cherokees ni a la de los Pielesrojas ni a la de los Navajos ni a la de los Apaches ni a ninguna de las más mencionadas en las películas de Hollywood. Seathl o Sealth (1786-1866) nació en el seno de la tribu Suquamish y su padre fue el jefe Schweabe, cuya lengua era el lushotseed. Por el sistema hereditario de línea materna que los regía, Seathl era considerado de la tribu Duwamish a la que pertenecía Sholitza, su madre. Seattle medía 6 pies de altura, que equivalen a 1,83. Sentado, y a su edad, no se ve tan alto en la única fotografía que le fue tomada; pero el tamaño de los zamarros sí lo da a entender. Las pinturas que lo muestran con tocado de Pielroja no corresponden con la realidad.

Su tan mentado (no me atrevo a decir que conocido) discurso ha llegado hasta nosotros en tres versiones que se han distorsionado a medida que pasan de boca en boca; y seguramente la primera contiene alguna distorsión de las palabras realmente pronunciadas de viva voz. Las cosas cambian al pasar de uno a otro.

La tercera versión, fue escrita por Ted Perry para la película ecológica Home en 1972, y se inspiró en otra versión que había sido escrita en 1960. En esta versión cinematográfica, se supone que el Jefe Seattle le envió ese texto en una carta al presidente Franklin Pearce, lo que no es cierto.

Versión de Ted Perry para la película Home de 1972:

La segunda versión la escribió William Arrowsmith en 1960, y tiene el mérito de que hizo el esfuerzo de entrevistarse con ancianos indígenas para tratar de aplicar la sintaxis y la forma de hablar de las tribus en el siglo XIX.

Versión de William Arrowsmith en 1960:

La primera versión viene de la traducción que un intérprete hizo en forma oral para el Dr. Henry Smith, de la lengua lushotseed al chinook, que fue luego traducida por éste al inglés. El Dr. Smith se encontraba presente en el momento en que el discurso fue pronunciado el 10 de enero de 1854 y tomó abundantes notas, pero su versión sólo vino a publicarse el 29 de octubre de 1887. Siendo ésta la primera, podemos llamarla, versión original del discurso pronunciado ante Isaac I. Stevens, gobernador comisionado de asuntos indígenas para los territorios de Washington, quien iba en representación del gobierno central.

Versión original, en traducción del Dr. Henry Smith publicada en 1887:

Ante la propuesta del comisionado de que vendieran a los blancos el territorio ocupado por los indígenas desde siempre, el Jefe Seattle respondió: "¿Cómo puede usted comprar o vender el cielo, o el calor de la tierra?... Si no poseemos la frescura del aire, ni los destellos del agua, ¿Cómo puede usted comprarlos?... Cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el recado de que desea comprar nuestra tierra, nos está pidiendo demasiado".
http://www.youtube.com/watch?v=SOCCjpjq_XE

La investigación de estos datos la hizo el ingeniero agrónomo José Marcano de República Dominicana para su página web Jmarcano, y el resultado de su investigación aparece publicado en este enlace perteneciente a la página Taringa, de donde tomé la información:


Tiene toda la razón, venerable espíritu del Gran Jefe Seattle, al decirme que “no ponga en mi boca cosas que yo nunca he dicho”. Mea culpa.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)