miércoles, 18 de septiembre de 2019

270- Rodrigo Arenas Betancourt, Ave Fénix que resurgió de su secuestro

OCTUBRE 23 DE 2019 –CENTENARIO DEL ESCULTOR–

Aclaro que las letras que en este texto siguen a la palabra “página” identifican el libro de donde tomo la cita respectiva, que es uno de los referenciados en la bibliografía al final. 

¿De dónde viene el nombre de Fredonia?

Al parecer “… proviene de una sugerencia del ingeniero inglés Tyrrel Moore, quien propuso la anglopalabra Freedom (Libertad) para el poblado”.

De él si vino, pero no fue un invento suyo sino una palabra traída del sur de los Estados Unidos, según dato que copio de Wikipedia:

[La Rebelión de Fredonia (21 de diciembre de 1826 al 31 de enero de 1827), fue el primer intento de colonos anglosajones de Texas para separarse de México. Los colonos, encabezados por el empresario Haden Edwards, declararon su independencia de la Texas mexicana, y crearon la República de Fredonia cerca de Nacogdoches. La efímera república abarcó la tierra que el gobierno mexicano había concedido a Edwards en 1825, y las áreas que habían sido previamente colonizadas. Las acciones de Edwards y las hostilidades de los colonos que había reclutado, llevaron al gobierno mexicano a revocarle el contrato al empresario]

Aunque de origen campesino, el fredonita Rodrigo Arenas Betancourt no era un hombre campechano. Su viaje por el mapa de los libros, y por el mapa del mundo, y por el mapa de la amistad con intelectuales, y por el mapa de las aulas universitarias como maestro, lo impregnó de una cultura que lo hacía sobresalir del común. Al ver algunas de sus obras, la primera palabra que tuve en mente fue surrealismo; años atrás, cuando escuché un discurso pronunciado por él al pie del monumento a Córdova en Rionegro para ayudar a la campaña presidencial de su amigo el Dr. Belisario Betancur, en el que habló de Ícaros y Prometeos, se me vino a la mente la expresión grecolatino; pero al leer el libro autobiográfico “Los pasos del condenado” (PDC), que publicó con la historia de su secuestro, él mismo escribió la palabra que andaba buscando para describirlo (página-pdc 13): “Este discurso barroco, esta apología o elogio de la muerte que se irá convirtiendo en carga alucinada, es un autorretrato…”. Arenas Betancourt fue un hombre barroco, con vivencias y anécdotas recargadas, y con una obra que no es simplista sino que se sale del común. 

Hijo de José Dolores Arenas y de Virginia Betancourt Restrepo, fue un humilde campesino nacido el 23 de octubre de 1919 en la vereda rural de El Uvital de la población cafetera de Fredonia, en el suroeste antioqueño. Fue José Dolores quien le contagió la fiebre de la talla, según cuenta el maestro Rodrigo (página-ceam 60) en el libro “Crónicas de la errancia, del amor, y de la muerte” (CEAM): 

Mi primer orientador fue mi padre. Aprendí mucho de él cuando lo veía tallar en trozos de madera cabezas de perros, caballos, y otros animales… Trabajaba en madera de balso muñecos articulados, con los cuales nos entretenía. Los policromaba en forma muy ingeniosa. Tenía un fino sentido artístico que he comprobado en estos últimos días al ver sus bellos dibujos de caballos. En mi padre esta inclinación artística era gratuita y espontánea. Dibujaba y esculpía para dar rienda suelta a su imaginación”.

Como muchos, o como todos por los lados en su vereda, él pudo haber sido campesino sembrador de café y recolector de cosechas, pero aparte de su padre tuvo también la fortuna de conocer a su paisano escultor, pariente por línea materna, Ramón Elías Betancourt; con quien trabajó y quien lo reafirmó en el virus de la escultura. Lo conoció cuando tenía diecisiete años y, aunque era un primo segundo de su madre, lo llamaba tío. De la descendencia de Arenas Betancourt, sólo su hijo Rodrigo José heredó la vena artística, pero le pudo más su carrera de ingeniero y administrador “Que, a la hora de la verdad, da más con que comer que el arte”. Como se sabe el arte, con pocas excepciones, paga mal a los artistas; y sólo viene a ser económicamente rentable, aunque no en todos los casos, de manera póstuma.

El maestro Rodrigo hizo la primaria en las escuelas rural y urbana de Fredonia; y viajó a Medellín para estudiar un bachillerato que lo hizo un año aquí y otro allá, pasando por los liceos Efe Gómez de Fredonia, Seminario de Misiones de Yarumal, y Liceo de la Universidad de Antioquia; antes de llegar al Instituto Pascual Bravo donde se graduó en el bachillerato técnico. Estos constantes cambios dan a entender que no encontraba acomodo en el rígido pensum tradicional de esas instituciones, y que su espíritu libre lo empujaba a otros vuelos. Por ese tiempo estudió también en el Instituto de Bellas Artes de Medellín, pero de su talento habla el hecho de que en las instituciones por donde pasó, siendo estudiante, ejerció también como maestro. Estudió, sin graduarse, en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Bogotá; donde también fue profesor. Antes de vender la primera escultura, y mientras vendía tallas en las aceras, se ganó también la vida como fotógrafo con cámaras prestadas. Había llegado en marzo del año de 1944 a estudiar en el Instituto San Carlos de Bellas Artes de ciudad de México, en la Escuela Libre de Artes de La Esmeralda en México, y en la Universidad Autónoma de México, donde también fue profesor; pero se sostenía haciendo esculturas artesanales en piedra y tallas en madera, que vendía en las aceras y pasillos universitarios. Allí lo conoció el muralista David Alfaro Siqueiros, que se convirtió en su mentor y lo relacionó con Diego Rivera, José Clemente Orozco, y Rufino Tamayo, facilitándole su amistad con ellos que se movían en los círculos intelectuales del Distrito Federal, D.F., como llama México a su capital. Veinticinco años vivió en ese país en donde muchos lo consideran mexicano. Durante su estadía, y en el transcurrir de los años, hizo viajes a Europa, Asia, América, relacionados con sus estudios de la carrera de escultor y con la aprehensión de un bagaje de cultura general, junto con varios semestres de arquitectura y diseño que aportaron también al cúmulo de conocimientos que le permitieron el ejercicio de la docencia. En algún momento colaboró también con el escultor colombiano nacionalizado en México Rómulo Rozo, y en todo el tiempo colaboró con artículos en periódicos y revistas haciendo gala de sus dotes de escritor. Llegó a ser, inclusive, diplomático para el gobierno como Ministro Consejero de la Embajada de Colombia en Roma, Italia, en los años de 1966 y 1967.

Se le conoce, ante todo, como escultor; pero fue también pintor y fue escritor; en resumidas cuentas, fue un connotado artista. En México aprendió que (páginas-pdc 51-52) “el arte es el único lenguaje universal, eterno, que forma parte absoluta y total del hombre”, pero eso tal vez era algo de lo que él ya tenía conciencia desde la cuna.

El Dr. Jorge Enrique Molina Mariño, rector de la Universidad Central, en el prólogo del libro “Rodrigo Arenas Betancourt; el sueño de la libertad; pasos de una vida en la muerte” (PVM), que fue escrito por la Dra. María Cristina Laverde Toscano, dice que fue (página-pvm 20):

… Un hombre excepcional por su cultura y la claridad para señalar el rumbo y los caminos de la inteligencia colombiana e indoamericana. Leyéndole sus juicios, nos da certeza acerca del arte; nos pone en otra pista, no siempre lúcida para el hombre común: No se pueden tener grandes concepciones artísticas, y lograr realizar éstas, si no se cuenta con una preparación en diferentes ramas del saber”.

En sus primeros tiempos de estudio en Medellín se hizo amigo, y se volvieron entrañables, de los intelectuales doctores Belisario Betancur Cuartas, Jaime Sanín Echeverri, Otto Morales Benítez, y Miguel Arbeláez Sarmiento, quienes le patrocinaron el viaje a México y le subsidiaron en un comienzo su estadía con el producido de los artículos que publicaban en el periódico El Colombiano, de Medellín, bajo la firma colectiva PRAB (Para Rodrigo Arenas Betancourt), cuyos pagos iban a una cuenta de fiducia bancaria que le hacía los giros a ese país. Pasado un tiempo les escribió: “No me ayuden más, que ya soy capaz de autosostenerme”. No cualquiera hace lo que ellos hicieron por su amigo, y muchas cercanías había entre ellos porque la amistad, a fin de cuentas, es cuestión de afinidades. También estaban el caricaturista Hernán Merino y el escritor Alberto Durán Laserna. “Éramos seis los caballeros”, dijo una vez, “a veces cinco o a veces siete, pero juntos estábamos en las buenas y en las malas”.

No menciona en sus libros Arenas que haya conocido o sido amigo del pintor Ramón Vásquez o del poeta Jorge Robledo Ortiz. No menciona entre sus amigos a Débora Arango o a Eladio Vélez. Su círculo de amistades eran otros, como reconoció a María Cristina Laverde (páginas-pvm 30-31):

"¿Quiénes conformaban en Antioquia el grupo de intelectuales al que pertenecía?".

"Intentemos enumerarlos, con el riesgo de que muchos se me queden por fuera. Era un conjunto muy heterogéneo desde el punto de vista ideológico. Había conservadores clásicos, como Belisario Betancur; de extrema derecha, como Jorge Montoya Toro, Alberto Acosta, Juan Roca Lemos “Rubayata”; liberales clásicos como Otto Morales Benítez, Hernán Merino, Saúl Aguirre, y Carlos Castro Saavedra, quién después viró a la izquierda; en la izquierda estaban incluidos Eddy Torres, Octavio Gamboa, Benjamín Jaramillo Zuleta, Monseñor Gerardo Valencia Cano… y yo… Discutíamos y peleábamos duro, pero algo superior nos unía y yo lo sabía desde ese tiempo… La lucha por la justicia nos hermanó, y colateral a ella la duda por la democracia. La vida me ha llevado a cambiar o a variar mis posiciones. Por supuesto que el origen de todo radica en la injusticia social. Como dije anteriormente, un indígena o un minero del Chocó no pueden ejercer el voto con la misma lucidez y, sobre todo, con la misma libertad de Jaime Sanín Echeverri. Ello alude a la imposibilidad de la democracia en su más estricta acepción. Pero aun así, y con todas las imperfecciones que son fruto de la situación del país, es mejor eso que otra cosa; y pensemos en la experiencia de los países socialistas".

Como suele suceder, una persona no se hace amigo de todos los que conoce, ni se vuelve amigo de todos sus colegas. Dice que (página-ceam 87): 

Caí en manos de Pedro Nel Gómez, y no podía ser de otra manera… Debo confesar que fui su discípulo, pero tampoco puedo decir que en ese tiempo fuera mi amigo. Con el paso de los años sí llegamos a serlo”. Luego agrega que: “Pedro Nel, con Fernando González, eran el tronco mayor de la cultura en Antioquia… Con Fernando González, para mí el escritor de mágicos y jesuíticos símiles eróticos, no pude llegar a la amistad”.

Él no fue amigo de varios personajes, pero sí fue amigo de muchos; y, entre estos, están el escritor Manuel Mejía Vallejo y el médico Jorge Franco Vélez que es el “Hildebrando” a quien menciona en la primera carta escrita durante su secuestro, pidiendo que lo contacten para que sea mediador en esas negociaciones, tarea que cumplió en contravía de su natural modo de ser (página-pvm 116): 

Dos personas se jugaron todo por mí, ante el secuestro. María Elena y Jorge Franco Vélez. Jorge, como mi amigo de muchos años, como mi médico del cuerpo; pero, por sobretodo, como mi médico del alma. Los dos adquirieron la dimensión entrañable de amigos y compañeros. Franco se dio íntegro, a pesar de ser la antítesis del negociador por ser, contrariando la apariencia, introvertido, poco táctico, sin rodeos. Se sacrificó incondicionalmente, dispuesto a todo por el amigo…”.

El maestro cae por primera vez

Arenas contrajo primeras nupcias en México con la pintora Celia Calderón de la Barca Olvera, que era quince años mayor que él. El matrimonio civil fue una ceremonia sencilla, íntima, a la que asistieron varios amigos como testigos o padrinos, entre ellos el pintor David Alfaro Siqueiros. La mujer, trajinada de otras batallas, no era de pretensiones de ceremonias religiosas con vestido blanco de velo y cola, y con ramo de flores, que camina hacia el altar. Arenas, por su parte, había intentado entrar al seminario por conveniencias de estudiar becado, pero nunca había sido religioso. Años después hizo claridad respecto al matrimonio (página-pvm 127): 

Es un concordato… Cada ser humano tiene el amor que se merece, que adquiere, o que conquista. Hay que reconocer que esa noción del amor consagrado por las leyes, por la religión, y por la sociedad, corresponde a una condición de clase. A este amor sólo acceden quienes cuentan con los recursos económicos para sostenerlo. En el caso mío, proveniente de unos estratos muy populares, sólo me era posible el amor que se encuentra en el camino, el amor del emigrante…”. 

Según dice (página-ceam 93), “Ella era tan emigrante como yo... la encontré tan desolada, solitaria, y retraída, que me conmovió… pintaba con una meticulosidad enfermiza… una mujer amarga y capaz de amargar los momentos en que uno estaba con ella. Pero un no sé qué de ternura o de indefensión se le escapaba por los resquicios de su dolor… No sé si por masoquismo, por debilidad, por fijación maternal, o por pura y escueta aberración, yo encontraba en ella algo que me atraía…”. Dice (página-ceam 94) que lo suyo fue un amor platónico. “No la tuve una sola vez sexualmente, y no me arrepiento… Al otro día del matrimonio Celia se fue a Inglaterra, y yo me quedé en México solo, absolutamente solo”. Al mencionar el nombre de Celia, el maestro Rodrigo siempre anteponía el calificativo de “ex de Arenas Betancourt” porque se separaron de cuerpos pero él no se pudo separar de corazón, y al cabo de los años seguía mencionándola y recordándola como si se la hubiera tatuado con tinta indeleble en la tetilla izquierda donde se hacía coser sus tatuajes. La propuesta de matrimonio había venido de ella (página-ceam 93): “Casémonos, para que al menos exista algo entre nosotros y yo sepa que tengo a alguien en la tierra”. Dos o tres oportunidades tuvo él de intimar con ella, pero las desechó. No que les faltaran besos y caricias, no, pero fue un matrimonio que entre sábanas no se consumó. Algo en su fuero interno le impedía llegar a esa comunión de cuerpos. Era una “mujer india, cruel, déspota, extraña, áspera, dura, inflexible, que no perdonaba ni transigía… y sólo algunas veces, muy pocas, tenía inflexiones de ternura”. Como es natural, no tuvieron descendencia. Ella había sido “amante de su difunto maestro de pintura Julio Castellanos… aquel que le dejó una herida profunda y un trauma emocional tan inmenso que no se entendía a sí misma, ni entendía al mundo… llevaba el recuerdo de su cadáver dentro de los pechos y entre muslo y muslo”, según cuenta Arenas (páginas-ceam 10 a 12) en el libro mencionado. Escribe él (página-ceam 34) que “esa tarde, prematuramente invernal de mil novecientos cincuenta, saliste para Inglaterra y me dejaste en el aeropuerto de México en compañía de Fanny Rabinovich, prendido a esa maldita reja negra del aeropuerto y viéndote avanzar hacia el avión…”. Le partió el corazón. Sabía que la estaba perdiendo para siempre, pero tal vez nunca había sido realmente suya, según lo que le dijo su amiga. En Inglaterra ella se encontró con el escultor Henry Moore; y Arenas se enteró de que no sólo el espíritu de Julio Castellanos se interponía entre ellos, sino también la sombra de Henry Moore que pendió como una espada de Damocles sobre su frágil y tormentosa relación.

Fanny me dijo que no sabía porqué Celia se había casado conmigo siendo que yo era enano pero no era cabezón… Dicen que los chaparros son buenos para el amor…”. Al parecer, según la viuda de Arenas, en ese viaje la mujer se hizo amante del escultor Henry Moore que era el tercer escultor en el currículo de la pintora, y quizás la relación con Moore ya le viniera de antes porque durante su matrimonio con Arenas tenía una exigencia que a él lo incomodaba y era que la llamara “My Darling”. Fue una mujer cuyo recuerdo se volvió presente e imborrable “Desde aquella mañana en que te encerraste en tu nauseabundo salón de clases de pintura en la Academia de San Carlos, te pusiste la pistola en la sien, jalaste del gatillo, y te volaste los sesos…”. 

¿Cuál pudo ser el encanto de esta mujer, para que Rodrigo Arenas se prendara incondicionalmente de ella? Él así lo describe: 

Era bella, con esa cierta belleza ambigua de algunas indígenas mayas, y con un ligero dejo de masculinidad. Se le notaba ese acento masculino en su actitud desafiante ante la vida, y en esa cierta prevención a no dejarse dominar y aún en la energía física que desplegaba por momentos. Ahora pienso que no era mujer para ser compañera, y menos para ser esposa. A pesar de todo, yo la amé como un loco furioso, como un enajenado… Puedo decir, aún a costa de que mancille su recuerdo, que era una mujer sensible a los juegos eróticos. Su piel sedosa y morena se estremecía al tacto. Besaba con una voracidad e intensidad que enajenaba…”. 

No se diga más. De una mujer así es difícil escapar, y nunca pudo hacerlo. Luego de que ella se marchara a Londres, dice (páginas-ceam 81-82) que “Me costó trabajo volver a mis quehaceres cotidianos y, sobre todo, a mi taller del convento de San Diego”. Eran muchos recuerdos por ahí regados, difíciles de soportar. “Te veía en todas las mujeres que encontraba por la calle… Me escribiste desde Londres con asiduidad y en un principio ese era un consuelo inmenso. Tú te manifestabas triste, infiel hasta el fondo de la existencia. Algún día presentí que estabas angustiada… porque así habías nacido, y procuré resolverte los problemas económicos… comprendí que no me quedaba más camino que alejarme también de ti, de tu pensamiento, de tu presencia obsesiva, para poder vivir sobre la misma tierra mancillada de Zapata… A tu regreso de Londres fuiste a mi estudio…”. Ella volvió, pero en un ataque de furia él había quemado todo lo que se la pudiera recordar. “¿Qué fue de mi retrato que tenías en la pared?”. Junto con todo lo demás, lo había quemado. “Yo no pude decirte nada. Te había visto en la cartera una bella foto de Henry Moore…”. La alejó de sí, y pudo hacerlo porque “había encontrado en La Soldadera a la camarada, la compañera que con sus asperezas y abnegaciones había creado un nuevo día, puesto oficio a las manos, retirado todo el pus que tenía acumulado en el corazón”. Logró rehacer su vida apartado de Celia, pero ella no. Como le había dicho su amiga Fanny Rabinovich cuando lloraba el abandono: “Así somos las mujeres, no te preocupes”. La noticia se la dio el fotógrafo colombiano Guillermo Angulo el sábado 19 de octubre de 1969: “Celia se suicidó”.

Dijo el maestro a la Dra. María Cristina Laverde que (página-pvm 59):

Analizar el amor es cruel… absolutamente irracional, fatalidad e irremediabilidad que no acepta raciocinio… Es como un toro que se suelta a chocarse contra todo… El amor se consustancia con mi existir. Desde los primeros recuerdos, siempre he sido tímido. Con frecuencia el amor platónico me ronda. A los catorce años me enamoré frenéticamente de la hija del juez en Fredonia. Jamás le dije una palabra porque le tenía un miedo de horror. En el amor he sido imbécil e irracional, y así moriré”.

El maestro cae por segunda vez

Luego se casó por segunda vez, con la mexicana Lydia Rosas Rodríguez, La Soldadera, nieta del pintor Ignacio Rosas, y procrearon tres hijos: José Patricio, que al morir su padre se vino a vivir al municipio de Caldas en el departamento de Antioquia; Rita Virginia, una profesora universitaria en la capital mexicana; y Margarita, residente en ese país. 

Dice que (página-pdc 58) “A mí la cruz del matrimonio me ha creado una fosfórica malquerencia entre los amigos, que se traduce en nominaciones injuriosas… y soñé, quizás soñé, desvarié, que solo he podido percibir la vida en mis oscuros sentimientos sexuales o sea dentro de una simple y llana neurosis erótica”. Reconoce que (páginas-pdc 51-52) “En México aprendí a amar, con ese amor que se teje de espinas, cactos, y herrumbres…”. 

Como el hombre no vive solo por amor al arte, ni vive solo del arte, ni vive solo del amor; en sus viajes por el mundo Arenas no solo se dedicó a visitar museos y lugares históricos, en aquellos días en que no había asentado cabeza, sino aquellos lugares del sexo que no es amor sino sólo amor al sexo. Así lo dice (página-pdc 59): “Sólo he podido escanciar la vida en los inciertos rostros y cuerpos de las muchachas que, como sombras, esperan a los fantasmas bajo los dinteles destartalados de México, Washington, París, Roma, Atenas, Sevilla, El Cairo, El Pireo –¡Ah, El Pireo!–, Barcelona, Mérida, Manzanillo, Fredonia, Cochabamba…”. Cuando se trata de recorrer el mundo, hay que conocer el mundo para volverse un hombre de mundo. En sus recorridos se recuerda (página-pdc 81) de que “Fui feliz persiguiendo una negra maorí por las calles de Saint Denis de París mientras las gentes gritaban la negrés, la negrés, la negrés…”; y también recuerda sus escarceos en Fredonia (página-pdc 85) “… con María Eunice Agudelo Puerta, que estará en alguna parte del mundo exhalando su lácteo aroma y por ese camino, por las anfructuosidades deliciosas de su cuerpo, el Desgraciado se va hasta su amarga-hermosa-ardorosa-emputecida-juvenhombretud”, pensando que “Antes de que me maten, sueño con el coñito de María Eunice, sueño con la juventud, mi juventud maldita, en Fredonia, entre malparidos… el tormento de recordar aquellos días floridos y sombríos, asumidos en el pueblo, que estaban cargados de esperanzas, remordimientos y frustraciones”. Con María Eunice Agudelo Puerta da inicio a su libro (página-ceam 9) “Crónicas de la errancia, del amor, y de la muerte” (CEAM), citándola como una “mujer mancillada y luminosa, que encontré sollozando en la casa pública y nocturna…”. El secreto de María Eunice, según cuenta (página-ceam 51), era “… la tierra, la montaña abierta, las manos que imploran en la noche, los ojos que son como mares de lágrimas… y un sexo insaciable e hirsuto”. Ahí está el secreto de Eunice. 

Y recordó a Ofelia, cuyo nombre se hizo tatuar en la tetilla izquierda, el frustrado amor que le hizo un nudo de lágrimas en la garganta con sus desdenes (página-pdc 116). Y recuerda (página-pdc 90) a “La Gitana” de sus días de putañero cuando era un montañero que buscaba la zona de la putería, junto con “La Jericoana” a la que fue empujado por el zapatero que le dijo (página-pdc 118) “Tú le gustas a la jericoana”. Esa frase tiene más magia que cualquier afrodisiaco.

Menciona (página-ceam 12) a Ana Magdalena Armel de Carvalho y se reconoce como “el desdichado peregrino que sembró en tu alma, en tus pechos, en tu sexo, el signo del amor; y así me lo dijiste una noche cargada de blasfemias. Intento escribirte para recordarte y para amarte, mujer de Sopetrán, mujer estéril, amarga, agridulce, mía y ajena, casta y puta, de amor rencoroso, abierta como una herida y sellada como un misterio…”.

De Esperanza Olivares Santana, india de Zacoaltipán, dice (página-ceam 13) que “Su figura escuálida se me viene a la memoria con los bancos de la escuela, el patio de recreo, la estampa rechoncha del maestro…”. De ella vuelve a decir (página-ceam 28) que:

…Era una criada del vecindario que me cayó con necesidad de marido y nos liamos luego, luego; y al fin, como yo no tenía nada que ganar pero tampoco que perder, me fui a vivir con ella a las calles de El Nogal, cerca de San Cosme… Era una vieja puta, inocente, enamorada, y cachonda, que venía de Zacoaltipan en el estado de Hidalgo. India de a tiro, con su personalidad madura y agradable, vivía en aquella vecindad con el hermano y sus cuñados, y tenía un muchacho de algunos años que de ninguna manera impedía nuestros desfogues. Era una mujer valiente que había salido de su tierra con dificultades, acosada por el hambre y por los pretendientes. Hacía bien de comer, y yo me divertía consumiendo pescado frito con fríjoles y plátano maduro cocido. Dentro de aquella miseria de espanto pasé unos días felices y tranquilos porque todo me daba igual y todo estaba todavía por delante. Es muy claro y confuso a la vez el cómo perdí a Esperanza Olivares. Muy claro, porque sabía de sus infamias y fui testigo de sus infidelidades y de sus desmanes de prostituta; y muy confuso porque a su lado fui feliz. En los peores momentos de mi destierro, ella me enseñó los misterios de la vida, los mimos, las súplicas, las caricias, los celos, y el lecho tibio. A su lado sufrí mucho, y fui infinitamente feliz”.

Y recuerda a una (página-ceam 13) “que ni siquiera he conocido tu nombre pero ceñí a tu vida mi ansiedad de bestia alucinada; y, de rodillas, besé tu sexo, oscuro paraíso, bosque encantado, origen de mi cosmogonía; mujer de ojos garzos sobre la piel morena: Amo en ti a la tierra profanada…”.

Muchas otras menciona en las páginas de sus libros, con sus nombres, con sus iniciales, con simples referencias de su paso fugaz pero imborrable, y juntas todas se convierten en los fantasmas que lo atosigaron en los días del secuestro que sufrió cuando ya había doblado muchas páginas en su vida y para contarlas, para escribirlas, para publicarlas, pidió a su amigo Dr. Otto Morales Benítez que (página-ceam 24) “No sé si puedas encontrar editor y tampoco sé si estos apuntes lleguen a mortificar oídos inocentes, pero te ruego que te defiendas con ellos así como están, sin hacerles recortes o mutaciones mojigatas”.

El maestro cae por tercera vez

Se separó de su mujer mexicana y se vino para Colombia, donde se casó por tercera vez; en esta vez con la poetisa María Elena Quintero González, su viuda, que fue su compañera para el resto de la vida, y fueron padres de la sicóloga Elena María y del ingeniero Rodrigo José.

María Elena viuda de Arenas Betancourt 
en el jardín museo de la casa campestre 
Villa Ney de la vereda La Tablaza en el 
municipio de Caldas (Antioquia); detrás 
el postiguero Orcasas
(Fotografía tomada por Oscar Domínguez)

Siendo gobernador de Antioquia el Dr. Jaime R. Echavarría Villegas, en el año de 1974, María Elena era una agraciada joven de veintitrés años que acababa de obtener el segundo puesto en un concurso de mujeres poetas y por tal motivo fue invitada por la Gobernación para hacer parte de la comitiva encargada de llevar los restos del poeta Porfirio Barba Jacob a su tierra natal de Santa Rosa de Osos. Barba Jacob había fallecido en México, donde vivió por largos años, y sus restos habían sido repatriados desde ese país y extrañamente depositados en las bóvedas del Banco de la República mientras se definía su paradero definitivo. Dice el maestro Rodrigo Arenas Betancourt (página-pvm 67) que:

Por legítimo, por digno, y como elemental homenaje, promoví el traslado de los restos a Santa Rosa de Osos, donde luego se colocaría mi escultura de este gran maestro de la poesía americana”. 

La historia tiene detalles inconsistentes de esos que aterran a los puristas de la rigurosidad y que, a la hora de la verdad, son minucias sin importancia que no desvirtúan la esencia del relato. Como decir que esta misma historia contada por María Elena es una, y contada por el maestro Arenas Betancourt es otra. La versión del maestro (páginas-pvm 67-68) dice que “no nos volvimos a ver hasta después de dos años”, mientras en la versión que ella nos contó a sus visitantes el reencuentro fue después de año y medio. No importa. Para no matarnos la cabeza, en este escrito nos apegaremos a la versión femenina, porque las mujeres suelen ser más atentas a los detalles que los hombres. 

Allí se conocieron la joven y el barbado escultor, de cincuenta y cinco años de edad, que se encontraba entre las personalidades que ocupaban los primeros puestos de la iglesia catedral durante la misa fúnebre celebrada por el obispo Monseñor Joaquín García Ordóñez, junto a las altas autoridades civiles, religiosas, y militares. La joven poetisa ocupaba uno de los asientos que venían detrás de esa primera fila, bancas de iglesia que suelen ser incómodas para los que no aguantan una misa con pólvora. Ella, poco religiosa y poco afecta a cumplimientos sociales, sintió hambre y frío, y se salió para el parque con intenciones de buscar un lugar dónde comer empanadas o alguna cosa para mitigar el hambre. Sabía que a continuación vendría un banquete oficial programado para atender a los visitantes. Iba alcanzando ya las gradas del atrio, cuando advirtió que el señor barbado de la primera fila venía detrás. “Yo también estaba cansado de esa ceremonia, y tampoco soy afecto a las prácticas religiosas, la invito a que comamos algo en la cafetería del frente”. Entonces, en ese sentido, se juntaron el hambre con la necesidad. A las empanadas siguió la propuesta de “busquemos una fondita de las afueras, lejos de los reflectores, y sentémonos a oír música y a tomarnos un par de aguardientes”, propuso el hombre avezado. No se diga más, pensó la joven ingenua pero extrovertida para la que cualquier cosa que la alejara del ceremonial religioso era bienvenida.

Llevábamos tres o cuatro aguardientes cada uno, cuando los que lo buscaban vinieron a llevárselo para el banquete donde habían iniciado los discursos. Él fue ubicado en la primera fila, y a mí me asignaron un asiento entre los invitados de la parte de atrás. En algún momento el gobernador anunció que iban a poner una escultura de Porfirio Barba Jacob en el parque, y que el encargado de hacerla era el prestigioso escultor maestro Rodrigo Arenas Betancourt a quien invitaban al micrófono para decir algunas palabras. Se paró entonces el viejo barbado que acababa de ser mi acompañante de aguardientes, y ahí supe quién era el personaje que me había tocado en suerte. A él se lo llevaron en el lujoso carro negro donde iba el gobernador, y no volvimos a vernos… Año y medio después yo iba por la calle Calibío, cuando alcancé a verlo saliendo de la Gobernación. “¡Arenas!, le grité, y él me miró sin aparentemente reconocerme. Le recordé quién era, y me invitó a que lo acompañara a su finca de El Uvital en Fredonia porque tenía que pagar su salario al trabajador. Ni siquiera pedí permiso en casa, porque no me lo hubieran dado, y salimos a cumplir esa cita con el destino porque yo me sentí honrada de acompañarlo”.

Él la puso a trabajar como mecanógrafa para sacar en limpio una conferencia que tenía que pronunciar sobre su viaje por Europa y Grecia y, dice ella: 

Yo cumplí la tarea chuzografiando en hojas que tenía que repetir una y otra vez porque a él se le ocurría agregar un párrafo, adicionar alguna frase, corregir otra; y vuelta a empezar. En eso se nos fueron varios meses y yo había tenido que mandar a buscar ropa a Medellín para reemplazar la única muda que había llevado puesta y que para esos momentos ya no aguantaba más lavadas y vueltas a poner, cubriendo con cobijas una desnudez que ya no era un secreto porque él la había develado en El Uvital. Los veintidós años de diferencia con un hombre que pudiera ser mi padre, no fueron inconveniente cuando resolví entregarle mi corazón”.

Él se había enamorado de la belleza, la alegría, y la frescura de la juventud; y ella se había enamorado de la cultura, la conversación, el aire de hombre de mundo, y el prestigio de un artista al que para esos momentos ella miraba como un dios. Toda una vida habría de transcurrir para ella, antes de que la muerte los separara; y varios años antes de que se resolvieran los asuntos jurídicos que impedían realizar su matrimonio oficial. Cuando volvieron de El Uvital, ya venía embarazada de su primer hijo; que venía a ser el cuarto para él; y se habían vuelto imprescindibles el uno para el otro. 

Cuando un hombre se enamora de una mujer, se enamora de todo, se enamora con todo; y el enamoramiento de Arenas por esta sensible poetisa que lo cautivó con su belleza, y lo cautivó con su palabra, y lo cautivó con sus atenciones, y lo cautivó con su alegría, está expresado en su libro (página-pdc 124): “Pero después de todo, y de todos los adioses, sólo quedaba ahí la hermosa novia del Condenado. La novia con las cenizas del poeta Barba Jacob y el aguardiente en Santa Rosa de Osos…”, y sigue él diciendo, sin ambages ni tapujos, cuáles fueron las cosas que lo enamoraron de esta mujer a la que él conquistó dándole todo lo que le podía dar pero, también, viéndola lavar y poner a secar su única muda de ropa al sol; y ocuparse en la cocina de cocinarle platos con los que quería impresionarlo mientras él, de memoria, le recitaba poemas de Walt Whitman: 

A TI

Lo abandonaré todo y vendré, 
y cantaré himnos en tu honor.
Nadie te ha comprendido, 
pero yo te comprendo;
nadie te ha justificado, 
y tú no te has justificado tampoco.
No hay nadie que no te haya encontrado imperfecta, 
sólo yo no hallo en ti imperfecciones.
No hay nadie que no haya querido esclavizarte, 
y soy el único que no aceptará tu servidumbre.
Yo soy el único que no te impone 
señor, ni dueño, ni superior, ni Dios, 
fuera de los que hay intrínsicamente en ti misma”.

He llorado leyendo a Walt Whitman”, escribe él en su libro (página-pdc 135) y a partir de ahí comienza un relato sobre las obras artísticas, arquitectónicas, pinturas, esculturas, que vio en su viaje a Roma y otras ciudades europeas, y de su recorrido por Grecia. En estas páginas pueden reconocerse algunas de las que le dictó a la joven mecanógrafa que había resuelto darle su corazón para el resto de la vida.

Se dice que el mejor camino para llegar al corazón de un hombre es el estómago, pero también el mejor para conquistar el de una poetisa es la poesía.

"No sé, María Elena, pero yo no diría que él fuera un hombre apuesto, ¿No crees?". 

Apuesto no era, y eso lo sé; pero me dio mucha guerra porque él era bohemio y mujeriego. Mujeres no le faltaron que me disputaran su atención”.

No le faltaron. Menciona (página-pdc 213) a Mariana Yampolsky “Que fue un amor blanco de juventud en México”, y eso tal vez signifique que fue solamente un amor platónico. Menciona (página-pdc 217) a “Esperanza, que iba de pueblo en pueblo vendiendo suspiros de azúcar para traer al Condenado con su oscura carga de afecto”, menciona a la ya mencionada Ofelia, y a Lucía, y a Germana… Dice (página-pdc 151) que el “Prometeo” en México lo hizo amparado bajo el arrullo de Constanza Herrera, la andrógina chica que también menciona en otro lugar (página-ceam 11); y en la misma página habla de que el “Monumento a los Lanceros” del Pantano de Vargas en Paipa, Boyacá, lo hizo a martillazos endulzados por las caricias de Margarita… la Margarita que reafirma (página-pdc 160 y siguientes) diciendo que “…Fue su amor casto y era una mujer hermosa, de extracción campesina, que se desenvolvía con una cierta rigidez en el contexto social, lo que le daba una especial personalidad, un aire hermoso que atraía. La encontró trabajando en Coltejer, cuando fundía en bronce en los talleres de Furesa el Córdova de Rionegro, y después el de los Lanceros que se fundió en Medellín y fue trasladado a Boyacá”. Dice él (páginas-pdc 165-166) que “una mañana brumosa partió… hubiera querido ir al aeropuerto y detenerla… en la distancia sonó el avión y estaba petrificado… en él iba Margarita… Le dolía el corazón y quería morirse”. En entrevista al periódico El Tiempo puso la pieza que faltaba en el rompecabezas: Su nombre era Margarita Muriel. Algo se rompió entre ellos en el momento en que por alguna razón no pudo darle un hijo, pero fueron cosas del destino que en la vida del maestro se apareciera María Elena, a quien preguntamos:

A ti tampoco te faltaron admiradores, con seguridad…”.

Demás que no, pero desde que lo conocí no hubo para mí otro; y no lo ha habido después de enviudar. Un hombre así la marca a una para toda la vida”.

No otra cosa podía esperarse de un hombre que, viniendo de México y desde el primer día en que la conoció, le cantó al oído porque no quería deslucirse en voz alta con el bolero del mexicano Lorenzo Barcelata titulado “María Elena”:

Tuyo es mi corazón, oh sol de mi querer. Mujer de mi ilusión, mi amor te consagré. Mi vida la embellece una esperanza azul, mi vida tiene un cielo que le diste tú. Tuyo es mi corazón…”.

Ese bolero fue una premonición de lo que sería el resto de sus vidas, aunque fue allí donde ella descubrió que él era desafinado para cantar –“… y le incomodaba que yo se lo dijera”, dice ella–. Meses después ella descubriría que también era destemplado para bailar.

Bueno, pero siendo bohemio supongo que fue serenatero”, le dijimos. 

No lo fue. Le gustaba oír la música, pero serenatero no fue”.

Amaba tanto la música que en su libro (página-pdc 117) escribió sobre sí mismo: 

…La música lo anestesiaba, sobre todo esa agobiante tonada de los tangos, cargada de la añoranza de los emigrantes, navegantes, y hombres que perdieron la concatenación histórica. El tango es la música de los hombres que se jugaron el alma, la echaron al mar, y se metieron a la tierra sin guía y sin ángel, conducidos solo por la nostalgia, pero ¿Nostalgia de qué? ¿Nostalgia del infinito? ¿Nostalgia de la nostalgia? ¿Quizás miedo? Cada hombre lleva un miedo adentro…”.

Le gustaba la música, como decir:

…las canciones de Lydia Mendoza, que le gustaban mucho desde los tiempos de vivir en Fredonia y luego en México”, según dice su viuda. 

De este repertorio hicieron parte “Tango negro” (…Miro pasar la vida y sus encantos y ya no siento ninguna ilusión…), que menciona (página-pdc 118) por cuenta de La Jericoana que desfloró su inocencia; “Mal hombre” (…Tan ruin es tu alma que no tiene nombre…), que cita (páginas-pdc 114-115); “Celosa” (…No puedo negarlo que estuve celosa al ver que con otro te burlas de mí…), y el bolero de Sergio de Karlo “Flores negras” (…Me hacen daño tus ojos, me hacen daño tus manos, me hacen daño tus labios que saben fingir…).

Y de sus gustos tangueros da fe (página-pdc 87) en su libro recordando aquella “Melodía de Arrabal” cantada por Carlos Gardel: “…Barrio plateado por la luna, rumores de milonga, que es toda mi fortuna. Hay un fuelle que rezonga en la portada mistonga, mientras que una pebeta, linda como una flor, espera coqueta, bajo la luz de un farol…”. También “Arrabal amargo” (…metido en mi vida como la condena de una maldición…). Sigue recordando (página-pdc 88) su música con el tango “Amargura”, del repertorio gardeliano, con su “…Viento de locura atravesó mi mente y deshecho de amargura yo me quise vengar. Mis manos se crispaban, mi pecho las contuvo, su boca que reía yo no pude matar…”. El tango que más se le oía cantar era el gardeliano “Volver” (Volver con la frente marchita, las nubes del tiempo blanquearon mi sien…) que cita (página-pdc 88) junto con “Volvió una noche” que cantó Gardel: “…Volvió una noche, nunca lo olvido, con la mirada triste y sin luz. Tuve miedo de aquel espectro que fue locura en mi juventud…”. Está (página-pdc 89) “Niebla de El Riachuelo” (amarrado al recuerdo yo sigo esperando…). Cita (página-pdc 115) a “Percal” (…la juventud se fue, tu casa ya no está, y en el ayer tirados se han quedado acobardados tu percal y mi pasado…); y también “Desdén” (No necesito amar, absurdo fuera repetir el sermón de la montaña…). 

Acerca de la vocación tanguera de los paisas dijo que (página-pvm 46) “El antioqueño ama el tango porque tiene mucho del desarraigo del argentino”.

Dijo él en la entrevista a la Dra. Laverde que (página-pvm 68) que María Elena: 

… Ha sido mi compañera en todo momento. Es mi amiga de siempre, y ha sabido soportar mis infidelidades y debilidades porque así me asumió. Exige y se le sube el veneno, como a cualquier mujer… Ha sido una relación diferente, porque el manejo de la sensibilidad le ha permitido comprender la vida borrascosa y diabólica de este peregrino”.

Sentados a la mesa de comedor, en la casa de Villa Ney en donde muchas veces estuvo sentado el maestro, preguntamos a su viuda:

"María Elena: Podría suponer que, superadas las barreras de la edad, desde ese entonces tú le empezaste a decir a él, o él a ti, “Mi amor”.

No fue así, porque él a mí siempre me dijo “Gorda”; y yo a él a veces le decía Arenas, a secas, y a veces le decía “Maestranza”. Ese era el trato que nos dábamos. Su primera mujer quiso que él la tratara de “My Darling”, y cuando él supo los porqués fue algo que le dolió en el alma”.

La obra del maestro

En algún momento quisimos saber en dónde se encuentra la obra privada del maestro y preguntamos a la viuda.

No sé en el estudio de Axotla en México, porque no conozco ese país, pero en Colombia teníamos la finca de la vereda El Uvital de Fredonia; y en el municipio de Caldas, cercano a Medellín, la casa de campo Villa Ney en donde instaló los hornos y el taller, y también su biblioteca y su estudio de lectura y escritura. El nombre es un homenaje al mariscal de los días de la Revolución Francesa. También tenía obras en una casa que compró para traer a sus hermanas en el barrio Granada, de Belén”.

La casa del barrio Belén Granada, situada en la esquina noroccidental de la calle 29 con la carrera 72, que está en mal estado, fue adquirida por él para traer de Fredonia a su tía materna Rosa Betancourt y a sus fallecidas hermanas Elvia y Mariela. Les sobrevive su hermana Margarita Arenas Betancourt, al cuidado de un joven que las ha atendido en esta casa convertida por el maestro Rodrigo en casa taller. Allí se encuentra una buena cantidad de sus obras.

Casa taller del barrio Belén Granada

Él iba dejando a su paso obras de su incansable e inagotable producción, que en México quedaron en manos de su familia mexicana y en Villa Ney son preservados por la Fundación Arenas de su viuda María Elena con sus hijos colombianos. Eso de la Fundación Arenas es un eufemismo sentimental, porque no cuentan con el apoyo de entidades estatales o privadas, ni con ingresos propios sino gastos, por lo que sostienen el aviso royéndole migajas al presupuesto familiar “Que si no fuera por el apoyo de mis hijos equivaldría a cero”, dice su viuda. 

La casona donde vive, de extensa área, situada a pocos metros de la antigua vía que conduce de Medellín al municipio de Caldas en la vereda de La Tablaza, está rodeada de jardines y demanda para su sostenimiento de un celador mayordomo jardinero todero, a quien hay que pagar y sostener, “porque si no estaríamos enmontados por la maleza”. Los antejardines están sembrados de veinte o treinta, o tal vez más, esculturas del maestro; y deben ser cuidados por siete perros de raza pastor alemán “ariscos, desconfiados, ladradores, buenos cuidadores, cuyas bocas demandan cuantiosos gastos de alimentación y veterinaria”. Estos perros no son un lujo, ni un capricho, sino una necesidad por requisitos de seguridad. De no tenerlos, los ladrones ya habrían entrado a la casa y robado varias o todas las esculturas disponibles que los depredadores del arte no dudarían en adquirir para enriquecer sus colecciones particulares. “Algo me ayudo con la venta de réplicas de esculturas, pero ese no es un mercado regular que le permita a una vivir con solvencia”, nos dijo la viuda. “Te ayudarás con lo de la pensión, supongo”, le dijimos. “No, yo no tengo pensión. Él no fue un hombre previsivo, y no aportó a la seguridad social”. Muchos de sus trabajos debieron ser por honorarios, o por tareas, o por pagos a destajo, sin una continuidad; y seguramente hay aportes dispersos descontados de un pago aquí y otro allá por las distintas instituciones, que no alcanzan el monto legal requerido, y cuya información no está recogida en una carpeta. Eso es algo de muy difícil reclamación, por no decir imposible. El amigo que nos acompañaba comentó que “Tal vez todas las administraciones municipales, departamentales, y nacionales, le han ofrecido ayuda, pero han incumplido”. 

Hay una Ley que le asigna una, en su momento, generosa partida para la instalación de un monumento suyo en la natal Fredonia, del que él alcanzó a hacer una maqueta representando a una chapolera recolectora de café, pero “La Chapolera” se quedó en veremos, la Ley se quedó en buenas intenciones, y la partida nunca apareció; como tampoco los ofrecimientos de financiar la Casa Museo en donde se recogiera su obra y se preservara para la posteridad. Dice su viuda que:

Nosotros hemos tratado de recoger aquí su obra dispersa, pero sin ayuda esa es una tarea muy difícil y dispendiosa, a veces abrumadora”.

No toda la obra puede recogerse en la familiarmente proyectada Casa Museo, porque sus monumentales obras están regadas en varios países.

La entrevista recogida en el libro “Rodrigo Arenas Betancourt, el sueño de la libertad, pasos de una vida en la muerte” (PVM), de la Dra. María Cristina Laverde Toscano, se ocupa del análisis de su obra escultórica con selección de las piezas monumentales más representativas, acompañada de fotografías, y en ella sale a relucir el Arenas filósofo con su concepción sobre lo que es la vida, el amor, la muerte, la política, la religión… –“…Tampoco tuve la preparación requerida para ser filósofo…”, dice el maestro–. Sale a relucir su visión u opinión sobre esas respectivas obras que rompieron con esquemas y tuvieron que abrirse paso –les tuvo él que abrir paso– sorteando grandes dificultades y oposiciones, bien por sentido crítico hacia su obra como tal, o hacia él y su estilo como artista. Salen a relucir, sin que él lo mencione abiertamente; las rencillas, envidias, zancadillas, que suelen ser comunes a todos los gremios, pero notoriamente en el caso de obras escultóricas monumentales con contratos que mueven mucho dinero. No han de faltar políticos a los que el monumento a “La Raza” en el Centro Administrativo de la Alpujarra en Medellín les parezca un adefesio, y hubieran preferido ver instalada allí una obra de Édgar Negret, o de Eduardo Ramírez Villamizar, o de Omar Rayo, más al alcance de los presupuestos y los bolsillos. Es posible que por cuestión de estética, pero también por motivaciones económicas.

Entre sus anécdotas, cuenta Rodrigo Arenas Betancourt (página-pvm 70) sobre su primera venida a Colombia desde el año 1944 en que partió para México: 

… Fue en los comienzos del año 1956 y me hospedé en el Hotel San Francisco de Bogotá. Una mañana salía muy temprano y me encontré con un joven que tenía un diente de oro –no sé cómo se lo cambió–. Me solicitó un reportaje para el periódico El Espectador, argumentando que durante toda la noche había estado custodiándome… Estaba bien informado, y se mostró muy interesado. Logró una muy buena entrevista, que luego salió en otras publicaciones. Se llamaba Gabriel García Márquez”.

Aquí hay un lapsus de memoria por parte del maestro, porque el reportaje fue un año antes; puesto que salió publicado en febrero de 1955.

Dice la Dra. Laverde (página-pvm 102-103): 

Maestro, hablando de García Márquez, hasta él reconocía la calidad de escritor de Rodrigo Arenas Betancourt… Crónicas de la Errancia, del Amor, y de la Muerte; y Los Pasos del Condenado, del cual creo que está trabajando sus últimos capítulos, con creces manifiestan su extraordinaria capacidad de escritor. ¿Cuáles son las razones que lo han llevado también al mundo de las letras?”. 

El maestro respondió: 

… Esto hace parte de una situación conflictiva… lo que yo quería expresar quizás lo hubiera hecho mejor en la literatura, pero jamás me preocupé por la preparación que esta actividad requiere. Circunstancialmente escribo, y lo hago de una forma muy torpe. Me cuesta inmensa dificultad. Los orígenes de mi educación conducirían a pensar que el camino era la literatura… Es una especie de frustración el pensar que lo que quería expresar del mundo y de la realidad no lo logré. Con frecuencia tengo la sensación de que el mundo se me quedó en el tintero… Mi preparación para esta actividad literaria puede radicar en que he vivido la vida en toda su intensidad, en que he conocido el mundo por todos sus rincones, y en que he leído con desaforo. Pero escribir es un oficio. Un oficio difícil que reclama el contacto permanente con la lengua, con las palabras, con las ideas. Ocasionalmente me meto en él, pero sé que ya no lo puedo convertir en mi mundo… Todo este bagaje que me proporciona el convulsionado siglo al cual pertenezco… Sé también que ya no podré expresarlo en la literatura… Me produce mucha tristeza no haber podido registrar muchas de mis inquietudes”.

Algunas obras de Rodrigo Arenas Betancourt

Aunque parcial, un detallado inventario de sus libros, escritos, pinturas, tallas, y esculturas, se encuentra en el portal de Benjamín Villegas Editores junto con una somera biografía del artista de la que hemos entresacado algunos datos para este texto.


Escultura “El hombre creador de energía”, en la
plazoleta central de la ciudad universitaria de la
Universidad de Antioquia en Medellín
(Foto tomada de Internet)

De ese inventario hemos seleccionado también algunas obras, sólo algunas, a manera de muestra de su importante legado aquí en Colombia. En México dejó también una importante cantidad de esculturas emplazadas en lugares públicos, y hay otras en colecciones particulares como las de los doctores Belisario Betancur, Otto Morales Benítez, Ernesto Gutiérrez Arango, y otros coleccionistas.

Bolívar desnudo. Plaza de Bolívar en Pereira, Risaralda.
Bolívar, fuego, bandera y alas. Hall del edificio de Seguros Bolívar en Bogotá. La obra sirve de emblema a la compañía. 
Bolívar-cóndor. Plaza de Bolívar de Manizales, Caldas.
Creación (La). Edificio Vicente Uribe Rendón, del antiguo Banco Comercial Antioqueño en Medellín.
Cristo de la liberación latinoamericana. Basílica Primada de Barranquilla. 
Cristo-Prometeo. Ciudad universitaria de la Universidad de Antioquia en Medellín. 
Desafío (El). Edificio del Banco Popular en el Parque de Berrío en Medellín.
Flautista (El). Patio del edificio central de la ciudad universitaria de la Universidad de Antioquia en Medellín. 
Gaitana (La). A orillas del río Magdalena en Neiva, Huila. 
John Lennon. Hotel La Posada Alemana en Armenia, Quindío (esta obra fue retirada del lugar por órdenes, al parecer, de la familia de su propietario Carlos Ledher).
Hombre (El) creador de energía. Fuente en la plaza central de la ciudad universitaria de la Universidad de Antioquia en Medellín.
José María Córdova (General). Monumento en la Plaza principal de Rionegro, Antioquia. 
Lanceros (Los). Monumento conmemorativo de la Batalla del Pantano de Vargas, en el Pantano de Vargas de Paipa en Boyacá. 
Largo viaje desde el vientre al corazón del fuego. Fachada del edificio de la Beneficencia de Antioquia en Medellín. 
Dr. Otto Morales Benítez –cabeza–. Biblioteca Pública Piloto de Medellín.
Porfirio Barba-Jacob. Parque central de Santa Rosa de Osos en Antioquia. 
Prometeo. Edificio del antiguo Banco Industrial Colombiano (hoy Bancolombia) en Bogotá. 
Prometeo. Fachada de la Biblioteca Pública Piloto en Medellín. 
Raza (La). Monumento en el Centro Administrativo de La Alpujarra en Medellín. 
Vida (La) –Tentación del hombre infinito–. Plazoleta del Edificio Suramericana de Seguros en Otrabanda de Medellín.

En las páginas finales del libro “Rodrigo Arenas Betancourt; el sueño de la libertad; pasos de una vida en la muerte” (PVM), de la Dra. Laverde, aparece la trayectoria cronológica del maestro Arenas, un detallado inventario de sus obras y escritos, una bibliografía de lo que otros han publicado sobre él. En resumidas cuentas, una información muy completa.

El episodio de su secuestro

Los intelectuales suelen ser hombres de paz. Si de casualidad tuvieran un arma debajo del colchón o la almohada, no la sabrían usar. Distinto talante es el de los hombres que se meten en la guerrilla. Para vivir en el monte y cargar arma en bandolera se necesita tener la sangre pendenciera que vuelve a los hombres agresivos en los gestos, en las palabras, en las miradas amenazantes, amedrantadoras, abusadoras, hacia los hombres débiles e inermes que se les cruzan en actitud de paz. En eso reside su fuerza, que es una fuerza bruta y para nada espiritual. Ya en las primeras páginas de su libro (páginas-pdc 13 a 15) Arenas cuenta, con menos dramatismo del que puse en este preámbulo, la escena en que el domingo 18 de octubre de 1987 los guerrilleros, en la tarde noche, le arrinconan el carro en la carretera de Caldas (Antioquia), cuando se dirigía hacia su finca de Fredonia, y lo orillan para abordarlos violentamente a él y a su familia. Me horrorizo solo de pensar qué pudo haber pasado por la cabeza de María Elena en esos angustiosos y terribles momentos cuando grita a los secuestradores que “¡No lo maten, tienen que darle medicinas, no lo maten!”. De lo que él pensó, dejó constancia: “Hijos de puta, secuestradores hijos de puta, nos van a matar”; y cuenta cómo el corpulento jefe, pistola en mano, se acomodó con otros secuaces en el carro, estrechando a la familia, y cómo uno de los sicarios puso su pistola en la nuca de María Elena mientras a él lo maniataban e imposibilitaban. “¡No la mates!”, gritó El Condenado, que es el nombre que se da a sí mismo como protagonista del descarnado libro y, dice él, que “El sicario no contestó nada. Guardó la pistola y siguió como tan tranquilo”. Un momento de estos es, para los sicarios, un simple operativo, “una acción de guerra con un objetivo civil involucrado”; pero, para quien la sufre, es una tortura, un atropello, una acción de vida o muerte, una tragedia. Escribe (página-pdc 31) que “Cabizbajo, reducido a cero, cual una miserable pavesa en la tormenta, El Condenado se dijo que hasta aquí llegué, es hora del balance, de las cuentas y la retrospección, ¡Qué carajo!, antes de la vida y del amor existieron la ceniza y el olvido, la ceniza parda y amarga de Dios, la ceniza de los tiempos, la ceniza de la nada, las cenizas antes y más allá del amor, de las mujeres, y de la muerte”. En un principio, en medio de su secuestro, El Condenado fue obligado a escribir una nota a su esposa dictada por el corpulento jefe que lo secuestró (página-pdc 20): “Elena, estoy con el Frente 22 de las FARC… Enséñales la declaración de renta y los extractos bancarios, todo lo que sea necesario para demostrarles nuestra situación… habla con Palau, habla con Hildebrando, habla con El Flautista, habla con Virginia en México…”. Las FARC lo secuestraron porque pensaron que él tenía plata para pagar su rescate, y él ignoraba que las relaciones entre sus dos familias no serían buenas porque en México pensaban que la familia de Colombia tenía plata, y la familia colombiana estaba atrincherada con sus obras… pero sin plata. La plata, como se sabe, es junto con el sexo un poderoso motivador, y al sexo dedica El Condenado buena parte de sus elucubraciones durante el secuestro, las que plasma en dibujos que hacen parte de las surrealistas ilustraciones del libro. Dice (página-pdc 39) que “Los sicarios llevaban pistolas en la mano y miraban hacia atrás, temerosos de que pudieran seguirlos… Empujaban violentamente al preso que en aquel momento ya estaba descalzo porque había perdido un zapato en la primera refriega y temblaba de miedo y de frío. Con dificultad se sostenía de pie y era un guiñapo animal y brutal. Sabía que atrás habían quedado su mujer y sus dos hijos y que quizás ellos irían a escuchar la descarga mortal”. Se escribe fácil, pero para saber lo que eso significa hay que vivirlo, hay que meterse en la piel del secuestrado y en la de María Elena para saber lo que se siente. Menciona (páginas-pdc 57-58) la Cruz de Boyacá que le fue concedida con asistencia de muchas personalidades, entre ellos varios expresidentes y el que después lo sería, su amigo el Dr. Belisario Betancur. “…Y el Dr. Gilberto Echeverri Mejía, quien fue el promotor de todo este embrollo…”, según dijo en su discurso de aceptación. Arenas, que murió de una afección hepática el 14 de mayo de 1995, no alcanzó a saber de la noticia del secuestro y asesinato ocho años después de su amigo Echeverri, por parte de la guerrilla de las FARC, el 5 de mayo del año 2003. Dos amigos unidos por la misma tragedia del secuestro, así estuvieran ya separados por la muerte. 

Maestro Rodrigo Arenas Betancourt

Es curioso este vejamen izquierdista contra un hombre que (página-pdc 68) “…en lo intelectual fue fiel a la libertad de pensamiento y en lo moral estuvo siempre con las izquierdas renovadoras…”, pero luego dice que “…aprendí en los últimos años a huir del sectarismo, de lo que se conocía como Stalinismo…”. Este hombre que en otros tiempos (página-pdc 85) “braceaba la vida… en un estéril batirse con la miseria que lo marcó para toda la vida y hasta cierto punto le impuso una visión sombría de la existencia y lo condujo a la militancia activa en la izquierda y en la insurrección”, muy tarde vino a darse cuenta de que a los hombres no los mueve el afán de las ideologías sino el amor al dinero; el amor al poder y al dinero, por sobre cualquier ideología. A la final, el maestro Arenas Betancourt se había decepcionado de la izquierda (página-pvm 105): 

…Antes pensaba y militaba vigorosamente en la izquierda para construir un bello mundo ideal. Después, comprendí que esa postura sólo nos permitía pensar en eso, en el ideal. Anhelaba cambios profundos y hoy me pregunto: ¿Cuáles podrían ser esos cambios? Como hablábamos antes, la democratización real no se ha podido practicar en ninguna parte del planeta. Sólo existe en la teoría… Es preciso el desarrollo, la industrialización, la creación de la riqueza para poderla distribuir equitativamente sobre la base de la justicia social… Muchas revoluciones en el mundo no han sido más que la repartición de la pobreza… Pero algo tengo muy claro y es la necesidad de preservar la democracia. Sin ella, Colombia caería en la peor desgracia”.

El Dr. Jorge Enrique Molina Mariño cita al maestro (página-pvm 21) diciendo que “La tragedia nacional, la más grave, es que nos hemos hundido en un proceso de desamor en el que todos destruimos lo poco que tenemos”.

Dijo Arenas Betancourt (página-pvm 120) que:

Un secuestro te reduce a la impotencia absoluta… Empezaron esos ochenta y un días sin consuelo, todos igualmente tensos, en medio de unos criminales con quienes no hay nada que hacer, herméticos, incapaces, crueles, bloqueados sicológicamente, inscritos en una tipología absolutamente específica en la cual no cabe ningún tipo de comunicación. No porque no hablen, sino porque han sufrido un proceso de lavado de cerebro que les impide entender el lenguaje humano. Son inconmovibles –Fíjate que hablarles de mis hijos les provocaba risa–. Los jefes de estos criminales jamás los escogen como guardianes por lúcidos, sino por su calidad de bestias”. 

En la entrevista a la Dra. Laverde dijo que (página-pvm 55): “A pesar de todas las reflexiones posibles, no es fácil darle cara a la muerte”. Y luego dice que (página-pvm 124): “Cuando uno siente más precaria la existencia, con más fuerza se despierta el deseo de vivir”.

En fin, no voy a hacer la reseña completa de “Los pasos del condenado” sino a dejar constancia del cruel episodio que hace parte de la vida que a él y a su familia les tocó vivir, y que alimenta el inventario de las obras contenidas en esta casa museo en que nos encontramos por gentil deferencia de la anfitriona.

En los distintos libros y artículos de prensa aparecen los nombres de María Elena y María Helena escritos indistintamente, aparecen Lydia y Lidia confundidos, aparecen Betancourt y Betancur. Aparecen Villaney y Villa Ney. En uno aparece erradamente como fecha de nacimiento del maestro el año de 1921, cuando él nació en 1919. Para los efectos de este texto, esos detalles no importan, porque no cambian lo que se quiere decir, no cambian la esencia.

Fíjate”, dice su viuda, “que el año de 1921 como fecha de nacimiento de él es un error; pero hay partes en que aparece el día 23 de octubre y en otras aparece el día 24. Le pregunté, y me dijo que era su culpa al momento de dar declaraciones a los periodistas. La explicación es de novela, pero muy real, porque me dijo que a su madre le empezaron los trabajos de parto el día 23 poco antes de la medianoche, y cuando él nació ya eran los primeros minutos del día 24. Nació con un pie en el 23 y otro pie en el 24”.

Y nació con un pie en Colombia y otro en México, y nació con un pie en la riqueza y otro en la pobreza, y nació siendo estudiante y docente universitario, sin un título o diploma que lo acreditara. Fue un hombre de contrastes y contradicciones.

Centenario del natalicio

Se adelantan los preparativos para celebrar el centenario del natalicio del maestro el próximo 23 de octubre, y al parecer los actos de celebración se centrarán en un proyectado parque de las esculturas en el municipio de Fredonia en donde ya hay una instalada con el nombre de “La Libertad” que es obra del escultor fredonita Gustavo Vélez Mejía y parece ser que instalarán otra del escultor itagüiseño Salvador Arango Sánchez. En tratándose de un parque de las esculturas en homenaje al maestro Rodrigo Arenas Betancourt, sería deseable que algún día ese parque tuviera alguna escultura representativa de este hijo de la población que le da el nombre al parque. Eso sólo el tiempo lo dirá.

La periodista Mónica Quintero Restrepo, del periódico El Colombiano, escribió un artículo al respecto titulado “El olvido de Rodrigo Arenas”, que fue publicado el 23 de marzo de 2013:


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
Medellín, septiembre 12 de 2019
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Bibliografía
1 Arenas Betancourt, un realista más allá del tiempo”, (MAT) Benjamín Villegas Editores, 1986. Cuatro textos de Rodrigo Arenas Betancourt con fotografías de sus obras y prólogo del Dr. Otto Morales Benítez.


2 Los pasos del Condenado”, (PDC), Rodrigo Arenas Betancourt, Arango Editores, 1988.

3 Crónicas de la errancia, del amor, y de la muerte”, (CEAM), Rodrigo Arenas Betancourt, OP Gráficas Ltda., 1990, con prólogo de Harold Alvarado Tenorio.

4 Rodrigo Arenas Betancourt, el sueño de la libertad, pasos de una vida en la muerte”, (PVM), María Cristina Laverde Toscano, Fundación Universidad Central de Bogotá, 2ª edición 1989, prólogo del Dr. Jorge Enrique Molina Mariño.

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El martes 17 sept. 2019 a las 8:01, Fundación Arenas Betancourt (<fundarenas@hotmail.com>) escribió:

Hola Orlando. Excelente texto sobre Arenas. Increíble tu dedicación para autoabastecerte de información en tan poco tiempo. Muy bueno, resumido y entretenido artículo. Gracias por este homenaje a Arenas y por ayudar en la tarea de hacer bulla por el Centenario. Abrazo fuerte!!!      Marie 

Enviado desde mi iPhone
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María Elena:

Gracias a ti, por tu generosa acogida, totalmente desprovista de egoísmos. Me alegra que el texto haya sido de tu agrado, y me propongo ponerlo en el blog para que esté al alcance de muchos lectores... Un abrazo para ti, y de nuevo mis agradecimientos por todo. Por todo.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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domingo, 4 de agosto de 2019

269. Tango cancioneros de antes y de ahora

–Reseña de lectura–

Entre las cosas que han cambiado en el mundo, a la vista de nuestros ojos, están los cancioneros. Varios libros de estos tuvieron su origen en los cuadernos y libretas de personas curiosas y detallistas, como el periodista Carlos E. Serna S., del periódico El Colombiano de Medellín, que poco a poco y con las uñas fue reuniendo un acopio de datos importantísimo, aunado a una colección de música apreciable. Como el banquero barranquillero Alfonso de la Espriella Ossío, que dictó sus notas dispersas a mecanógrafas auxiliares para la publicación del libro “Historia de la música en Colombia a través de nuestro bolero”, del que el reseñador Adolfo González Henríquez dice que es “más testimonio que historia”. O como la cartagenera Carmencita Delgado de Rizo, que publicó su “Cancionero” con la letra de más de dos mil boleros, una obra de dispendiosa recolección de datos, quizás obtenidos a través de toda una vida de apuntes en cuadernos.

En la actualidad en Internet, con los servicios de buscadores eficientes como Google, se encuentra información que hace innecesario llenar las estanterías con volúmenes incompletos de letras de tango. Algunos portales o blogs se ocupan del asunto con eficiencia, gracias a la labor de destacados y esmerados editores que ponen allí una cuantiosa información. Varios hay que ameritan reconocimiento, pero citaré como ejemplos el portal “Todo Tango”, o el portal “Hermano Tango”, de Argentina; en los que “pregunte por lo que no vea”, tienen de todo. Agréguese a esto la facilidad de escuchar temas por el canal de You Tube, y se dispone de herramientas que la generación anterior a la nuestra ni soñaba.

De ahí que, haciendo limpieza de las estanterías de mi biblioteca, encontré unos ejemplares que tengo en gran aprecio pero que debido al Internet ya no se justifica su conservación. Los metí en la mochila y se los llevé de regalo a un pariente que vive solo en el campo, acompañado de 40 o 50 CDs de tangos que “pongo todo el día y los canto y los silbo; y cuando me canso del uno paso al otro hasta que les doy la vuelta”. A mi pariente le falta poco para ser un tanguero de ley, y recibió estos cancioneros como lo más preciado, cuyas páginas “no me canso de repasar y estoy aprendiendo todas las letras que puedo”. Con frecuencia me encarga de averiguar el significado de algún término lunfardo para poder entender una letra, o me llama para decir que “estoy tomando unos aguardientes con mis CDs y con los cancioneros a la mano”. 

En mejores manos no podían quedar, y paso a reseñar estos cancioneros.

1.
LA CANCIÓN DE BUENOS AIRES
Editado en junio de 1980
Portada: fotografía del Obelisco de Buenos Aires

Encuentro pertinente, antes de hacer la reseña de este cancionero, registrar el inicio histórico de la Asociación Gardeliana de Colombia, según dato tomado de Internet:

“El día 24 de junio de 1970 se reunieron los señores Leonardo Nieto Jardón, Hernán Restrepo Duque, Gustavo Montoya Toro, Eduardo Correa Bernal, Jesús Vallejo Mejía, Hernán Caro, Luis Arango, Jorge Montoya Toro, Manuel Mejía Vallejo, Rodrigo Isaza Toro, Darío Ruiz Gómez, Orlando Mora Patiño, Jaime González Posada, John Vallejo Ríos, Luciano Villa, Jairo Restrepo, Gilberto Heredia, Saúl Montoya, Gustavo Fortich, Sergio González, y Javier Suárez P., todos mayores de edad y vecinos de Medellín, con el fin de constituir la "Asociación Gardeliana de Colombia", aprobar los estatutos respectivos, y hacer las designaciones provisionales de miembros de la Junta directiva, Presidente, y Secretario de la Asociación”.

Estos son sus orígenes, y el cancionero editado diez años después, bajo la orientación de otro cuadro directivo, trae la siguiente “Presentación”, a manera de prólogo:

“La Asociación Gardeliana de Colombia es una entidad cultural, sin ánimo de lucro, cuyos objetivos son buscar el entendimiento de los pueblos de América Latina a través de su música popular, particularmente entre los pueblos de Colombia y Argentina y sus expresiones más connotadas en este aspecto, como son la música ciudadana y el gran campo de la música andina. Sin embargo, puesto que la figura inspiradora de la entidad es el más destacado cantor de tangos, Carlos Gardel, cuya muerte acaeció en Medellín el 24 de junio de 1935, ha determinado difundir el presente cancionero en la fecha que marca los 45 años de la desaparición del Zorzal Criollo, cuando en el mismo año se cumplen 100 años de la existencia del tango, y 400 años de la fundación de Buenos Aires… El sencillo propósito de recopilar las más importantes letras y poemas que han servido para configurar las canciones que aquí presentamos, hace parte de la tarea que arriba esbozamos. Sus directivos en la presente etapa hacen que la Asociación Gardeliana releve el papel de los autores y cantores del folclor ciudadano”.

El libro trae un índice a continuación de esta presentación, y es un librito de 236 páginas, en tamaño de 1/4 de página, que trae la letra de 118 temas, con los nombres de compositor y autor al pie de cada tema, sin más anotaciones. No trae biografías ni anexos al final. Aunque el cancionero no lo dice, un buen observador se percatará de que está ordenado por secuencia de letristas, once en total; y observará que la secuencia de letristas está en orden alfabético, según el apellido:

Cadícamo, Enrique; pág. 1 a 33
Castillo, Cátulo; pág. 35 a 47 
Contursi, Pascual; pág. 49 a 63
Contursi, José María; pág. 65 a 81 
Discépolo, Enrique Santos; pág. 83 a 107 
Expósito, Homero; pág. 109 a 123 
Flores, Esteban Celedonio; pág. 125 a 139
García Jiménez, Francisco; pág. 141 a 153 
Lepera, Alfredo; pág. 155 a 195
Manzi, Homero; pág. 197 a 223 
Romero, Manuel; pág. 225 a 235 

Es una muestra muy limitada, teniendo en cuenta que alguna vez leí que para principios del siglo XXI en la Sociedad Argentina de Autores, Intérpretes, y Compositores (SADAIC) había más de 60.000 temas registrados. Puede entenderse, entonces, que los once letristas escogidos son los más relevantes de una amplia lista, y que los ciento dieciocho títulos escogidos son una selección entre centenares de obras firmadas por esos artistas. De Pascual Contursi, solamente, hay en SADAIC alrededor de cincuenta obras registradas; y de su hijo José María hay poco menos de ciento veinte. Es este cancionero, pues, una antología; y como todas las antologías está sometido a la subjetividad y el gusto de los seleccionadores, quedándose por fuera muchos títulos que otros hubieran querido escoger. Como se dice de muchas antologías, “No están todos los que son, pero sí son todos las que están”.

Tengo la sensación de que a pesar de las fechas conmemorativas que dice en el enunciado, sobre los cuarenta y cinco años de la muerte de Gardel, o sobre los cien años de existencia del tango, o sobre los cuatrocientos años de la ciudad de Buenos Aires; la decisión de imprimirlo fue tomada de forma apresurada, improvisada, de última hora. Digo esto porque el enunciado es una nota muy superficial que no está firmada por autor alguno, quien desperdició la oportunidad de escribir un texto de más envergadura. Habla de los propósitos de la Asociación Gardeliana de Colombia en ese momento, lo que no aporta nada a la historia del tango, y dice que “…Sus directivos en la presente etapa hacen que la Asociación Gardeliana releve el papel de los autores y cantores del folclor ciudadano”, sin relevar ese papel con comentarios biográficos pertinentes o análisis de la importancia de ese aporte. No sé si con la palabra “cantores” quisieron referirse a los compositores, ya que un lector desprevenido podría pensar que se refiere a los intérpretes vocales, de los que no se hace mención en el cancionero. Los nombres de “los directivos de la presente etapa” tampoco aparecen, y no los culpo. A mí no me hubiera gustado vincular mi nombre a un trabajo tan poco profundo. Hay que abonar en su beneficio que en los inicios de la década de los ochenta las facilidades del computador y el Internet no habían aparecido o no estaban difundidas, y que la recopilación de información se hacía en ficheros de cartulina con anotaciones muchas veces a mano o, en el mejor de los casos, mecanografiadas en máquinas de escribir portátiles.

2.
ALMANAQUE DEL TANGO
–ANTOLOGÍA DE LOS MEJORES TANGOS–
Editado por L. A., c.a. 1953

A mediados de la década de los cincuenta había revistas de cancioneros como “El Tangón”, que venía publicándose desde el año de 1942 y salía periódicamente con una selección de letras de tango para cada edición. Es posible que de allí hubiera surgido la idea para que un autor no identificado publicara su libro “Almanaque del Tango”, en el que la palabra almanaque no está justificada, a menos que su intención fuera seguir publicando otros volúmenes complementarios, en cuyo caso no se entiende el hecho de que este libro de tamaño aproximado de 1/2 página no trae el nombre de su editor responsable, no trae fecha de publicación, ni trae número secuencial. Es una edición absolutamente informal de unas 165 páginas que traen prólogo al comienzo e índice al final, con unos 150 temas seleccionados. De pobre impresión y diseño, aparece en la carátula el facsímil de una fotografía de Carlos Gardel al lado de una guitarra, y en su interior trae varias letras repetidas que aparecen en una página y luego vuelven a aparecer páginas más adelante. Hay que tener en cuenta que en esos tiempos la información se recogía manualmente y no había las ayudas tecnológicas, que sí se tenían al arribar el siglo XXI. Es de disculpar, entonces, que aparezca el tango “Mi noche triste” sin alusión a Pascual Contursi como autor de la letra, y atribuido a A. Catiostro en vez de Samuel Castriota. Los nombres de los compositores y autores aparecen sin más datos o anotaciones biográficas, y tampoco aparecen menciones de los intérpretes, ya que no todos los temas fueron interpretados por Carlos Gardel, y no puede decirse que se trate de un repertorio gardeliano. Sobre el tango dice en el prólogo el autor L. A. que:

“Nosotros, deseosos de brindar al público su historia, hemos recurrido a las bibliotecas musicales más importantes, y hemos logrado reunir un buen número de datos desconocidos, a cuál más interesante por insospechado”.

El libro no trae bibliografía ni notas a pie de página, por lo que no sabemos a cuáles bibliotecas se refiera su autor.

El prólogo titulado “El tango y su origen”, fue escrito por L. A., sin más datos, ignorándose a quién correspondan estas iniciales. Puede presumirse que es el editor del cancionero. El texto del prólogo es un trabajo bien escrito y al parecer serio, que enuncia una tesis sobre el origen del tango que no ha tenido suficiente relevancia por parte de estudiosos o historiadores del tema. Cita L. A. un libro de autor español y dice que: 

"En su Historia del Baile Español, el maestro Otero, instructor de bailarines internacionales, asevera que “el tango es un baile muy antiguo, que donde se bailaba más era en Cádiz, pues se puede decir que era el baile popular de allí”". 

El libro está mal citado por L. A., porque se refiere a un capítulo de la obra del bailarín de flamenco José Otero Aranda, el Maestro Otero, publicada en 1912 con el inrotulable título de “Tratado de bailes de sociedad, regionales españoles, especialmente andaluces, con su historia y modo de ejecutarlos”. 

Tenemos, entonces, un cancionero cuyo interés no reside en las canciones seleccionadas para su antología, sino en el prólogo de autor no identificado que se inclina por la tesis de que el tango no es de origen rioplatense sino español.

Una pista de la fecha de publicación la da el prólogo cuando dice que:

“El tango, igual que otras formas musicales modernas, no es puro ni absoluto en su origen; ni es, como creen algunos, una expresión folklórica; sino el resultado de una serie de modificaciones, incorporaciones, y variaciones impuestas por la moda. No se baila ni canta hoy como cuando, hace veinticinco años, Carlos Gardel lo lanzó al mundo en París; ni mucho menos como cuando lo plantó en el tablado de un café cantante el popularísimo Faico, bailarín de flamenco del barrio Triana de Sevilla”.

Si sabemos que la primera llegada artística de Carlos Gardel a Francia fue a finales del año 1928, podemos deducir que el prólogo fue escrito para este cancionero en el año de 1953.

3.
LATE UN CORAZÓN
–TANGOS MEMORABLES–
Compilador Rodrigo Pareja Montoya
Hombre Nuevo Editores, 1ª. Edición mayo de 2001
Carátula, fotografía de una pareja de baile en el óleo “Tango Rojo”, de  Jorge Botero Luján.
Tamaño media página con 400 páginas de contenido.
Aproximadamente 300 temas seleccionados (tangos, valses, milongas)

Tiene uno la impresión de que “Late un corazón” es el título de un tango, pero es la frase inicial del tango “Al compás del corazón” que, al titular así su obra, reconoce el compilador como uno de sus tangos preferidos. A Rodrigo Pareja se le puede aplicar la definición que él acuñó de lo que es ser un Tanguero de Ley: “Uno que al escuchar un tema sabe qué ritmo es, cómo se titula, quién lo canta, quién lo acompaña, y cuál de las versiones grabadas está sonando”. Para ser Tanguero de Ley lo primero que uno tiene que tener es muy buen oído. Muchos de los que nos reconocemos como tangueros no lo tenemos.

El libro publicado por el compilador Pareja tiene al comienzo un epígrafe, de Julio de Caro; una Introducción a la historia del tango, de Jaime Jaramillo Panesso; al final trae biografías de algunos compositores, un glosario de vocabulario lunfardo, y un índice. También en el comienzo trae una advertencia del editor Jesús María Gómez Duque, de Hombre Nuevo Editores; en la que, entre otras cosas, dice que “Agradezco al doctor Luciano Londoño López, Académico Correspondiente de la Academia Porteña del Lunfardo de Buenos Aires, Argentina, la revisión del glosario lunfardo”. El Dr. Luciano (QEPD) es, hasta ahora, el único colombiano que ha pertenecido a esa Academia bonaerense, gracias a la profundidad y seriedad de sus ensayos e investigaciones. Meticuloso y perfeccionista como era, fue quien me hizo caer en la cuenta del orden secuencial, por autoría, de los temas recogidos en el cancionero “La canción de Buenos Aires”, que él me regaló. “Observa Orlando”, me dijo, “que los autores están ordenados alfabéticamente por su apellido”. Cualquier lector no se percata de buenas a primeras de tal detalle.

En “Late un corazón” cada tema, tras el título y la letra, trae una corta reseña con datos del autor de la letra y el compositor de la música y, en algunos casos, las distintas versiones de intérpretes conocidas por el compilador. Son ayudas de interés para los poseedores del libro. Bien dicen los editores en la contracarátula que: “Nunca antes se había publicado en Colombia una colección de tangos clásicos como la que hoy, con orgullo, presenta Hombre Nuevo Editores”. La calidad de la diagramación, del papel utilizado, de la carátula y contracarátula a color, así lo confirman. Es este el libro que yo hubiera querido ver publicado en el año de 1980 para la celebración de los cien años del tango y los cuarenta y cinco de la muerte de Gardel; un libro que adorna a los ojos de cualquier observador del mundo tanguero, por alto que sea su nivel de exigencia. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ANEXO:

Prólogo del cancionero “Almanaque del tango”, 1953, editado por L. A.:

[Bien pudiéramos decir del tango que el mundo entero ha danzado a su ritmo cadencioso; y que con su melodía pegajosa y cálida han sollozado muchas voces cantoras; pero, si bien se ha bailado y cantado en exceso, y hasta algo se ha hablado de él, poco se ha escrito. ¿Por qué? Porque su genealogía es casi desconocida y sólo unos cuantos musicógrafos, y otros tantos folkloristas, se han ocupado de desentrañarla.

Nosotros, deseosos de brindar al público su historia, hemos recurrido a las bibliotecas musicales más importantes, y hemos logrado reunir un buen número de datos desconocidos, a cuál más interesante por insospechado.

El tango, igual que otras formas musicales modernas, no es puro ni absoluto en su origen; ni es, como creen algunos, una expresión folklórica; sino que es el resultado de una serie de modificaciones, incorporaciones, y variaciones impuestas por la moda. No se baila ni se canta hoy como cuando hace veinticinco años Carlos Gardel lo lanzó al mundo en París, ni mucho menos como cuando lo plantó en el tablado de un café cantante el popularísimo Faico, bailarín flamenco del barrio Triana de Sevilla.

José Otero Aranda, el Maestro Otero, instructor de bailarines internacionales, asevera en su Historia del Baile Español que:

“El tango es un baile muy antiguo, que donde se bailaba más era en Cádiz, pues se puede decir que era el baile popular de allí… Por aquel entonces el tango se dividía en dos clases: el llamado tango artesano, muy flamenco, pero que no se podía bailar en todas partes porque las posturas no siempre estaban de acuerdo con las estrictas reglas de la decencia de la época; y el llamado tango de corraleras o vecindonas, cuyos desplantes, cortes, y quebradas, no se podían hacer bailar sino a las chicas despreocupadas. Recuérdese que para entonces, tercer cuarto del siglo XIX, se bailaba cogidos con la punta de los dedos, y las señoras llevaban vestidos hasta el suelo, escotes hasta la nuez, y volantes en la falda… Faico, que como bailarín  flamenco había echado mano de todos los recursos coreográficos para mantener su nombre, fue quien acertó por primera vez a amoldar los movimientos y la música del tango a una cadencia lenta, lanzándolo al público en los tablados de café concert donde actuaba y donde las variedades –modalidad teatral del momento– eran acogidas jubilosamente. Su tango, estilizado para aparecer en público y no, como hasta ahí, en tertulias y encerrás, donde quiera que se reunieran gitanos y gente alegre, o simplemente despreocupada, sin remilgos sociales, resultó tan del agrado del público que, gracias a él, Faico fue contratado para actuar en lo que entonces era considerado en España como el sitio de mayor postín en materia de cabaret: El Edén Concert, de Barcelona. Este contrato lo llevó a París, y más tarde a Londres, donde su versión del tango original causó gran revuelo”.

Hasta ahí el tango había sido sólo una danza individual, un poco como el garrotín, libre de interpretación dentro de ciertos cánones, y a veces coreado o jaleado con palmas. De esta época cuenta Otero una anécdota: 

“Iban por primera vez Sus Majestades a visitar Sevilla, y el Duque de San Mauro se hizo cargo de los agasajos reales, entre los que se contó una recepción a la antigua usanza con todos a caballo y con trajes andaluces; y, más tarde, en la conocidísima Casa de Pilatos en Sevilla, una exhibición de todos los bailes y cantes andaluces. Cuando peteneras y fandanguillos, cañas, y sevillanas, polos y verdiales, y todo lo que hay que bailar y cantar en el flamenco se agotaron, y la Reina parecía esperar más, el marqués de Viana acertó a preguntar al vacilante Faico: “Qué, maestro, ¿No se atreve con el tango?”. El hombre, alentado por una mirada, se lanzó a bailarlo, y obtuvo cálidos aplausos reales. Ese día, el tango adquirió pareja”.

Pero el tango era sólo baile. En 1877 Miguel Ramos Carrión, y Manuel Fernández Caballero, estrenan en Madrid “Los sobrinos del capitán Grant”, y lanzan su Tango del Pitillo, cantado poco después en la revista cómico lírica “Las Provincias”, en que aparece como baile. –El libreto indica que “Cuba. Una mujer, y cuatro lacayos, bailan el aire del tango”–. Y aquello, naturalmente, fue una fantasía comparado con lo que hoy bailamos, pero adquirió coreografía de pareja enlazada, y saltó del escenario del teatro.

Es oportuno señalar que por aquella misma época toda la América, pero especialmente Cuba y Buenos Aires, recibían inyecciones de sangre española en los emigrantes que dejaban la patria en busca de mayor fortuna; y Cuba y Buenos Aires reciben el influjo musical de la Península, lo adaptan, lo transforman, lo acriollan; y, en un reflujo natural, lo devuelven a España, pero ya con un sello de Made in América. Veamos como ejemplo las guajiras, género muy cubano, que no son sino una adaptación de la música andaluza que llega a la bella isla, toma carta de ciudadanía cubana, y regresa a Andalucía por Cádiz, puerto de contratación y concentración de marineros; y, paradójicamente, vuelven a incorporarse al folklore andaluz con su nombre americano. 

Con el tango pasa lo mismo. El fenómeno afecta a toda la creación teatral y musical del Continente Americano: la zarzuela y el género chico se trasplantan con todos sus recursos y defectos. Cada localidad los mimetiza e incorpora a su ambiente. Cambian de personajes, ambiente, y actores, pero teniendo por maestro el patrón español.

Al finalizar el siglo, como réplica al Tango del Pitillo y del Café, Buenos Aires lanza el del Mate; y en feliz adaptación del tango todavía un poco estremecido y violento de Faico, Cuba lanza su Habanera, de parecido ritmo musical, pero en la que ha sido inyectada la lánguida molicie del trópico… 

Hubo un momento en que no se pudo distinguir la cadencia en España, Cuba, y Buenos Aires. Se la llama indistintamente milonga, tango americano, habanera, tango a secas… Las características melódicas son diferentes; el ritmo, igual. Y mientras en Madrid recorre las calles el Tango del Pitillo (1877), en Buenos Aires Abdón Aróstegui en su “Julián Jiménez” (1892) hace cantar a tío Juan: “Una negla y un neglito, / se pusieron a bailá / e tanguito má bonito / que se puele imaginá”. 

Y la proclamación pública del tango se lleva a cabo en la zarzuela “Justicia Criolla”, en que chulos y golfos madrileños han sido sustituidos por compadritos de arrabal. Benito dice que “Como buenos criollos, propongo que se abra la sesión con un tango”, y gritan todos aclamando.

El tango ha evolucionado por completo. En Madrid, los organillos llevan su voz hasta los “cuarto, derecha”, del castizo barrio de La Latina… En la Perla de las Antillas, parada obligatoria de viajeros entre España y América, se recogen todas las modalidades del mundo, se absorben, se transfiguran. El tango andaluz se ha vuelto danza, a la bata sevillana se ha agregado un pañuelo. De la cópula de la danza y el tango surge la habanera que se impone porque es culta, porque es cosmopolita. Pero Buenos Aires, de palpitar moderno, también está gestando su danza; sólo que, al revés de Cuba, ésta no nace en los salones elegantes para bajar al solar, sino que se genera en el cálido ambiente coreográfico porteño de bailes y casas públicas, donde “pugnan por el lucimiento individual el varón del pueblo bajo y el aristócrata libertino”, según asevera un distinguido musicólogo argentino. Allí dice el mismo autor en “El Alcázar de triste memoria”, que en “El Hotel Oriental”, al que la malicia del vulgo le ha quitado las dos primeras sílabas dejándole la última (el hotel tal), se lleva a cabo un verdadero concurso de milongas de corte y mazurcas con quebrada. Se hace derroche de recursos, el baile tiene corridas, quebradas, y sentadas (igual que hoy, pero estilizadas en el crisol del buen gusto). La exageración sicalíptica del gaucho compadrito ha desaparecido.

El tango pierde su coreografía original, adopta el juego porteño, y empieza a adquirir una nacionalidad, definida como la tercera generación del migrante. Y recoge, naturalmente, las características terrígenas. Su música posee una marcada cadenza napolitana, y en sus letras tiembla el drama a que son tan dados los italianos. Las palabras dejan de ser el español del Teatro Eslava o La Zarzuela, para ser el caló de los muelles porteños, mezcla de italiano, gallego, y español, metales que forman el mayor porcentaje en que está fundido el pueblo argentino. Y a ello aúnan las pocas influencias negras o indígenas. El emigrante cosmopolita es quien le impone carácter.

Y es precisamente Carlos Gardel, un emigrante que no nació en la Argentina, quien lo saca de los patios del conventillo en que las pebetas de arrabal lo esbozan timoratas, lo lleva a Europa, y lo lanza al mundo desde Barcelona y París. El tango con él se ennoblece y adquiere ciudadanía universal.

Se baila, canta, y compone en todas partes. Ahora también cada país le imprime su sello local, pero respeta sus principios: pasión y drama.

Nada extraordinario ha sucedido al tango andaluz, ya que por el mismo fenómeno pasaron la mazurka, la marchicha, el schottisch… Este último experimentando tal cambio desde sus orígenes austrohúngaros que hoy sólo se le conoce como un baile chipen, castizo, madrileño. Y, como la música y danza de su época, influenciado por los cortes, quebradas, etc.

Por último, digamos del tango que en Buenos Aires se cuenta que por el año de 1737 el gobernador don Mendo de la Cueva fue excomulgado por bailarlo, y que en 1788 un Síndico Real se quejaba de “la ruina de las almas y otras ofensas a Dios, causadas por los bailes concupiscentes de las clases bajas”. Nosotros nos inclinamos a creer que el tango por aquella época no estaba ni en embrión siquiera. Recuérdese que la danza, aún para el tercer cuarto del último siglo, era individual; y las parejas no se tomaban sino de las manos. Si por alguna razón el tango armó una revolución, fue precisamente porque se bailaba agarrao, cosa que obedecía a una necesidad mecánica y no, como se cree, a propósitos obscenos; pero para aquella época era cosa atrevida, escandalosa, e inenarrable. Quizás por eso triunfó tan ruidosamente…].
L. A.

(Nota de Orcasas. Aróstegui y su aporte al tango aparece citado por Eduardo Giorlandini en Cronología del tango:  



sábado, 3 de agosto de 2019

268. Good hair; Pelo bueno, pelo malo; Pelo maluco

(Nota de Orcasas: Este no es un mensaje comercial, sino la exposición de un tema de actualidad)

Según el Génesis, Dios hizo el mundo en seis días. En el sexto hizo al hombre, entendida la palabra hombre como el conjunto de hombres y mujeres de la humanidad. No debió hacer primero a Adán, y luego a Eva de una costilla suya; sino primero a Eva, sacando a Adán de su vagina. Eso tiene más lógica, pero Dios es Dios, y Él hace las cosas como le parece y no atendiendo la lógica de los demás. “No le botes corriente a eso, que la Biblia es una metáfora de la evolución y, en este caso, cada día abarca un período de millones de años”, me dicen.

Dicen también que Dios hizo la raza blanca europea, la raza negra africana, la raza amarilla asiática, y una infinidad de mestizajes indígenas de imprecisa procedencia. Aquí se me confunde lo de la metáfora, porque no sé si Él creó primero a Adán, y las demás razas vienen a ser adaptaciones darwinianas en el proceso de la evolución; o si creó un Adán para cada raza, y de ahí se derivan sus descendientes. No sé, pero el caso es que las razas tienen diferencias marcadas de comportamiento o modo de ser, debidas a asuntos culturales o cultivados por las respectivas sociedades humanas, y también a asuntos heredados en los genes transmitidos de generación en generación por los ancestros. Se habla de gentes que “son de mala sangre”, de otras que “son de buena sangre”, y de unos de élite que como los caballos de carreras “son pura sangre”.

Personalmente, me gusta pensar en la humanidad como una sola, proveniente de un solo origen que ha evolucionado con el tiempo; y no con el concepto racista de varias humanidades cuyas características obran, para su fortuna o para su desgracia, transmitidas a todos los descendientes.

Entra aquí el concepto de identidad, y pienso que la cultura es una cosa que recibimos desde muy antiguo impresa en nuestros genes, pero que para cultivarse depende también del ambiente en que somos criados. 

De hecho, de la palabra cultura han sido clasificadas más de 250 acepciones o connotaciones distintas. Dice Wikipedia que:

“Cultura es el conjunto de saberes, creencias, y pautas de conducta de un grupo social… cuando el término surgió en Europa, entre los siglos XVIII y XIX, se refería a un proceso de cultivación o mejora, como en la agricultura u horticultura. En el siglo XIX, pasó primero a referirse al mejoramiento o refinamiento de lo individual, especialmente a través de la educación, y luego al logro de las aspiraciones o ideales nacionales”.

De eso dependen la sobriedad y circunspección en el vestir y actuar de un lord inglés, contrapuestas con el exotismo y extravagancia exagerados que a nuestros ojos tiene un rapero africano que venga de Kenia, de Nigeria, o de Namibia. Por cierto que el exótico look artístico de los cantantes Freddy Mercury y Miley Cyrus me parecen más del corte africano que del corte londinense, mientras Nat King Cole y Harry Belafonte me parecen lo contrario. 

Recurriré a algunos párrafos que hacen parte del inserto “Herencia musical colombiana” del blog Postigo de Orcasas, puesto que son conceptos que se aplican también al tema que nos ocupa. Particularmente, me refiero a la reseña de lectura del libro “Con vose de caramela –Aproximaciones a la música del Pacífico Colombiano”, por Germán Patiño Ossa, 1ª Edición septiembre de 2013. Editado por la Secretaría de Cultura y Turismo de la Alcaldía de Santiago de Cali; en la que se hace mención de diferencias culturales entre la raza negra y la raza blanca afincadas en Colombia; y esto no solo es cultural de lo que se aprende en el seno del hogar y del entorno social, sino cultural heredado en los genes; pero decir esto es algo muy simplista, porque hay cosas que uno no puede cambiar, aunque quiera. Mucho dinero puede gastar una persona como Michael Jackson para arreglarse quirúrgicamente la nariz y blanquearse artificialmente la piel, y nunca conseguirá cambiar sus genes. No se puede tapar el sol con las manos. Tendrá ese hombre que casarse con mujer blanca y esperar a que en sus hijos predominen los genes de ella sobre los de él. Tampoco puede una rubia escandinava tostarse al sol en alguna playa caribeña o meterse dentro de una cámara hiperbárica para convertirse en una agraciada morena de piel canela, porque así no funcionan las cosas.

No se puede hacer eso, pero hay casos como el del actor y cantante blanco Al Johnson que se pintó la cara con betún para parecer negro en la película “El cantor de jazz” filmada en 1927; y Cristóbal Díaz Ayala en su obra “Cuando salí de La Habana” cuenta de las rubias parisienses que en 1928, para parecerse a la mulata cubana Rita Montaner, se pintaban la cara ¡Con yodo!

En el trabajo “Los problemas de la memoria musical en la conexión África-Colombia: el caso de las marimbas de la costa pacífica colombo-ecuatoriana”, del antropólogo e investigador Carlos Miñana Blasco, anexo al mencionado libro de Patiño, habla Miñana de que (Patiño, pág. 98): 

“Algunos han sido críticos sobre las ideas de las raíces africanas, las supervivencias, las huellas; y, en concreto, sobre las conexiones construidas sobre marcos interpretativos de tipo general basados en el reduccionismo biológico (que asume un vínculo causal entre raza y cultura), el determinismo socio-sicológico (la forma de ser de los afro), el reduccionismo seudo-histórico (no basado en un trabajo histórico concienzudo), el particularismo histórico (con los conceptos de selección, retención, supervivencia, reinterpretación, sincretismo, aculturación…), el materialismo cultural (con su determinismo socio-económico y ambiental), o el difusionismo cultural (aplicando métodos históricos a materiales de campo contemporáneos de la tradición oral o de archivo y basándose en la cultura material”. 

Es un análisis socio-sicológico en el que llama particularmente mi atención la mención a la “forma de ser” de los afrodescendientes promedio, y digo promedio porque hay excepciones como la del presidente norteamericano Barak Obama y su familia que visten correcta y sobriamente “a lo europeo”, en contraste con el mundo estético africano que, tal como ya he dicho, se inclina por lo que para los europeos es vistoso, llamativo, exótico, extravagante, estrambótico, para recoger palabras que he oído usar en algún momento con referencia a algún comportamiento. Un ejemplo de esto podría ser el lugareño afrodescendiente que recorre la playa con pelo ensortijado teñido de color verde, vestido de chanclas plateadas, camisa coloreada con verdiamarillos estampados de palmeras, gigantes gafas de sol oscuras con marco dorado, y grabadora inmensa al hombro sonando a volúmenes estridentes. Esta descripción parece una caricatura, pero casos se han visto en las temporadas vacacionales. “Les Sapeurs du Congo” africanos entran en esta categoría del buen gusto… mirado desde la otra orilla. Es una expresión derivada del acrónimo “Sape” (The society of ambianceurs and elegant people, o Sociedad de maestros ceremoniosos y gente elegante).


https://www.youtube.com/watch?v=W27PnUuXR_A

A muchos costarresidentes les molesta el modo de ser apagado, circunspecto, pausado, de la gente del interior a la que denominan cachaca; y a muchos cachacos les molesta el comportamiento costeño alegre y aspaventoso de los denominados corronchos. Son dos estilos culturales diametralmente opuestos en cuanto a gustos, y una muestra de esto tal vez la den los peinados y motilados de la clientela que sale de las barberías afro, que las hay especializadas en nuestras ciudades; comparados con los que se ven a la salida de la barbería del Hotel Waldorf Astoria de Nueva York, por poner algún ejemplo. 

Trasladado el símil a la música, pueden contraponerse las composiciones de Joe Arroyo en un extremo, y las composiciones de Blas Emilio Atehortúa en el otro. Hay marcadas diferencias, y de ahí que a los antiguos amos blancos la bulliciosa música de sus esclavos africanos les pareciera “un bullerengue”.

El afrodescendiente chocoano Rogerio Velásquez Murillo en su trabajo “Instrumentos musicales del alto y bajo Chocó”, anexo en el libro de Patiño, dice que (Patiño, pág. 130): 

“El negro gusta de colores fuertes y relampagueantes, de la voz alta y recia, del estruendo. Consuno con esto, emplea instrumentos como la guacharaca, el chucho, las marimbas angolenses, y las simbas cafres. Hijo del calor, busca aire libre, tablado al sol, representaciones teatrales anchurosas, algo que le fatigue mental y corporalmente, algo en donde pueda encajar su imaginación rica, fogosa, y explayada”.

Hace un tiempo vi una película norteamericana titulada “La barbería”, hecha por afroamericanos, con el bullicio, las exageraciones, los excesos propios de su raza; de la que se deriva otra que acabo de ver titulada “Salón de belleza”, también producida por afroamericanos, con Queen Latifah como protagonista, en la que trabajan la actriz negra Octavia Spencer y los actores de raza blanca Kevin Bacon, Andie Macdowell, y Alicia Silverstone. Bacon actúa como peluquero estilista marcadamente amanerado; Andie Macdowell como cliente que en ese salón se ve, por así decirlo, “como mosca en la leche”; y Silverstone es la única trabajadora blanca de ese salón que, para serlo, se tiene que comportar de manera alborotada. Si así no fuera, no encajaría en ese ambiente que es lo que los circunspectos Magistrados de una Corte denominarían “relajado”. Hay diferencia entre los salones de belleza atendidos por peluqueros blancos para clientes de raza blanca, y los destinados prioritariamente a la afrodescendencia.

La industria de los salones de belleza, barberías, productos químicos, aparatos mecánicos y eléctricos, y todo tipo de accesorios para embellecer, cambiar, o modificar las características físicas de las personas, es una industria que mueve millones de dólares porque, como dice el testimonio en el documental “Good Hair” (Cabello bueno) producido y narrado por Chris Rock en el año de 2009, “Se trata de aumentar la autoestima, ya que una mujer con baja autoestima vive en un infierno y convierte su vida en un infierno para los que la rodean”. Según este testimonio, la cantidad de dinero que un hombre invierte en embellecer a su mujer es bien empleado y “Equivale a adquirir una propiedad en un condominio. La propiedad es de uno, pero hay que pagar mensualidad por el mantenimiento y la administración”. Los gastos de embellecimiento es el precio que el hombre paga por tener a su lado a una mujer bonita. “Y si es negra, muchacho, ni se te ocurra tocarle el pelo porque eso las enfurece después de haber pagado 150 dólares por el arreglo. Tú puedes poner la mano en los pechos o donde quieras de ahí para abajo, pero el cabello con sus alises y sus extensiones, ¡Es intocable!”. De hecho en Brasil lo titularon “No me toques el cabello”.

En el año 2008, un año antes del documental referido, el guionista Miguel Expósito le propuso al director español Miguel Parra Jiménez la idea de realizar un documental de 22 minutos de duración detallando el asunto, documental titulado “Pelo bueno, pelo malo”, que fue realizado con testimonios recogidos en República Dominicana, país con alto porcentaje afrodescendiente; un país que colinda con Haití, mayoritariamente de raza negra.

Diario Libre.com de República Dominicana:


Artículo El Tiempo.com:


Documental dominicano de Miguel Parra Jiménez, 22 minutos de duración:



Ocurre que muchas personas de raza negra, cansadas de ser discriminadas, quisieran no serlo; y el principal rasgo que ansían cambiar es el ensortijado cabello que en la Costa Caribe colombiana denominan “pelo maluco” y constituye un problema estético y de difícil mantenimiento. Cuánto dieran estas damitas por tener una larga y lacia cabellera de mujer blanca, fácil de lavar, fácil de peinar, agradable a la vista, una melena rubia que pueda ser agitada al viento a la manera de Farrah Fawcett en el comercial del champú Wella de los años 70. 


O en el comercial del Shampoo Wellapon de los años 80:

https://www.youtube.com/watch?v=_fP6Ww5rP-s

Dice un testimonio del documental norteamericano que cuando un aspirante acude a una entrevista de trabajo con una cabellera afro sobre sus hombros, es casi seguro que no obtiene el puesto; mientras que si su cabellera tiene apariencia de raza blanca tiene más posibilidades, y eso se aplica igual para un abogado, un médico, un arquitecto, o alguien de cualquier otra profesión.

Es posible que de allí hubiera sacado Jeff Stilson en el 2009, al año siguiente del dominicano, la idea de filmar “Good Hair”, el mencionado documental de hora y media de duración dirigido por él y conducido por Chris Rock, un comediante norteamericano que en este filme no actúa como comediante sino como narrador que muestra la escueta realidad de quienes exponen su cuero cabelludo, y el de sus bebés de tres o cuatro años de edad, a graves riesgos de quemaduras por los productos químicos que se utilizan para alisarlo de manera artificial. Escueta realidad de quienes en vez de comprar una casa o un automóvil de último modelo gastan fortunas en extensiones de pelo para no tener la apariencia del “pelo maluco”. Hasta el reverendo Al Sharpton, un reconocido pastor o predicador evangélico afroamericano, destina una parte importante de su tiempo y sus recursos al aplanchado de su cabello ensortijado, desde que hace varias décadas fue invitado a la Casa Blanca y le dijeron que si no cambiaba el look de su cabello “no sería tomado en serio por el presidente”.


Este documental va más allá de su antecesor dominicano, y se refiere a la cantidad de dinero que las afroamericanas destinan al asunto de su cabello, adquiriendo costosas extensiones de pelo lacio negro y castaño procedente de la ciudad de Bangalore en la India, donde los fieles de unas concurridas sectas religiosas acuden a los templos para ser purificados en la ceremonia de Tonsura, y la purificación consiste en que la cabellera negra y lacia que durante muchísimos años fue acumulándose en sus espaldas, porque la religión les prohíbe motilarse, es rapada de raíz por el oficiante que las bendice y estimula para “entregar el cabello a su dueño, que es Dios”. Se refiere al dios Venkateswara, una reencarnación del dios Vishnu, que recibe así esas ofrendas de cuya venta se lucran sus pastores. Así como en nombre de sus divinidades en África se somete a las niñas a la extirpación del clítoris en la ceremonia de la Ablación o Infibulación; y los judíos someten a sus niños a la práctica ceremonial de la Circuncisión; en la India ese cabello es cortado en nombre de Dios y es recogido, limpiado de piojos y liendres, clasificado, enmadejado, y vendido por kilos a los traficantes que lo llevan al mercado de los Estados Unidos, un jugoso negocio que es manejado por unos pocos y que, a diferencia de la cocaína, tiene la ventaja de ser un tráfico legal. Se habla allí de que hay mujeres que son despojadas del cabello mientras duermen en su habitación, o se los rapan en el cine mientras ven una película. Otras son asaltadas por atracadores callejeros que les roban el cabello para venderlo, porque reporta una buena suma de dinero. 

Beverly Hills, en el condado de Los Ángeles en California, es la capital mundial de las extensiones de cabello; y hay concursos especializados para estilistas de raza negra. Concursos que son hechos con todas las exuberancias y exageraciones de los estilistas unisex o bisex; sumadas a las vistosas características de la raza afroprocedente; que hacen palidecer el reinado universal de la belleza o la entrega de los Premios Oscar, haciéndolos parecer comparativamente como actos de graduación de escuela evangélica.

En fin. La industria de la belleza capilar, en general, mueve muchísimo dinero para tratar de dar a los clientes lo que no tienen; pero la del alisado y las extensiones de cabello, en particular, es una industria que genera ingentes utilidades. Los afrodescendientes norteamericanos están empeñados en una campaña por ser ellos mismos sus controladores porque, a la hora de la verdad, “las que se están lucrando son las grandes multinacionales de los blancos, y eso es simple y llanamente colonialismo económico”. 

Se trata, pues, de cambiar el colonialismo blanco por el colonialismo afrodescendiente, en favor de los respectivos dueños del negocio y en perjuicio de los pobres hindúes que a cambio de la salvación del alma y los favores espirituales recibidos ofrendan sus cabelleras al dios que adoran en el cielo, y a sus ministros recolectores de cabello acá en la tierra.

AFROAPARIENCIA EN MEDELLÍN

Desde hace unos años han surgido en Medellín muchos negocios denominados tiendas del peluquero para surtir de productos ese inmenso mercado económico que alimenta la vanidad de hombres y mujeres. Y de unos años a esta parte han surgido cantidad de peluquerías unisex especializadas en atender a la población de raza negra afrodescendiente, atendida por afropeluqueros y afroestilistas. No es que un blanco, o un mestizo con apariencia de blanco, no pueda entrar a un negocio para pedir que lo motilen, sino que es mal visto en ese lugar, es visto como un intruso invasor que está en el lugar equivocado. También ellos son racistas discriminadores, y no me extrañaría que algún día aparezcan avisos en la puerta de “No se admiten blancos. Negros solamente”. Esos avisos a la hora de la verdad no hacen falta. Se lo dicen a uno con la mirada. Son negocios donde ha prosperado un concepto de belleza que se denomina el “Alize” o “Alise” o “Aliss” o “Aliz”, que de todas formas lo he visto escrito y consiste en que emplean modernos aparatos eléctricos y productos químicos para la técnica de alisar el cabello que desde África viene ensortijado por naturaleza. 


Este fenómeno costumbrista y sicosocial ha llevado a un par de mujeres emprendedoras a dejar la práctica de su carrera de ingenieras para dedicarse al estilismo. “No me avergüenza peinar una cabellera afro debajo de mi diploma de ingeniería, porque estoy buscando cambiar la manera de pensar de mucha gente”, dice una de ellas a la presentadora Patricia López Ruiz que ganó el reinado de belleza Señorita Colombia 1986 y conduce el programa “Ellas dicen” en el TV Canal Capital de Bogotá, e hizo un programa entrevistando a las ingenieras agrónomas Ana María Araque Román y Luz Adriana Almanza, creadoras de la empresa “Puro Crespo” que se ocupa no sólo de productos y procesos para atender las cabelleras de los afrodescendientes sino que va más allá para tratar de cambiar el concepto que esta clientela tiene de sí misma y de su cabello. “Se trata de cambiar la mentalidad y aceptar nuestro cabello tal como es, de que entendamos que no hay pelo bueno o pelo malo, porque todos los cabellos son buenos… aunque diferentes”. Algunas clientes encantadas con el look de estas afropeluqueras llegan con el pedido de que “queremos que nos hagas un peinado así como el tuyo, o como el de ella”. La respuesta no está en lo que piden, sino en lo que necesitan: “Eso no es posible, porque tu cabello y el mío son diferentes, pero te haré un peinado que esté de acuerdo con la textura y características del tuyo y tal vez te va a gustar”. Están haciendo campaña de reivindicación del pelo crespo en los centros comerciales, haciendo que sus congéneres se sientan crespopoderosas, y se disponen a realizar en Bogotá la Segunda Convención Nacional de Crespas, aglutinando a su alrededor a las personas que viven sus mismas circunstancias. “Hay tres tipos de cabello ensortijado: el ondulado, el crespo, y el afro; y no se trata de cambiar estas características sino de darles un tratamiento de embellecimiento como a cualquiera otro, que parta de la propia aceptación. No es disfrazándolo con alisamientos y extensiones como se obtiene la belleza, sino realzándolo y elevándolo ante nuestros ojos y nuestra autoestima”. La expresión que emplean para describir lo que hacen es “la desestigmatización del pelo afro”, y a fe que el entusiasmo con que describen su tarea es contagioso, e invita a muchas personas a adherirse a su campaña. Son mujeres destinadas al éxito, cuyo empoderamiento consiste no en lo que dicen, sino en lo que hacen.

http://www.purocrespo.com/creadoras/

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



viernes, 2 de agosto de 2019

267. Nueva Historia de Gardel -La Teoría de los Indicios, y La Escuela de Annales

–Conversaciones con don Ricardo Ostuni y con el Dr. Luciano Londoño–

Dicen algunos que de los artistas lo verdaderamente importante es su obra, y que las anécdotas y biografía que los rodean no tienen importancia. No sé si tengan razón, pero si así fuera no existirían las revistas de farándula ni los libros sobre los artistas, y solamente se grabarían y oirían una y otra vez sus discos. A nadie importaría si tal versión fue grabada antes o después de tal otra, si en tal versión lo acompañó Fulano o lo acompañó Zutano. Nada de eso. Limitarse a oír las voces tal como salen del gramófono. Pero resulta que sí importa saber, por simple y humana curiosidad, si era cierto que Daniel Santos cargaba en el bolsillo un permiso de policía para fumar marihuana. A la gente le gusta saber eso, y le gusta saber si la bala que le encontraron en la autopsia a Carlos Gardel provino de un atentado en el Palais de Glace (Palacio del Hielo) de Buenos Aires, o de un enfrentamiento con el piloto del avión en que murió en Medellín. A la gente le gusta saber esas cosas.

Alguna vez me habló don Ricardo Ostuni sobre el Dr. Luciano Londoño López: 

“…Luciano no es fácil, usted lo sabe mejor que yo, es un hombre difícil; con muchos principios que hace muy bien en cumplirlos, pero que a veces le impiden, por su propia decisión, participar de algunos eventos que yo creo jerarquizarían (le darían jerarquía) enormemente a cualquier acontecimiento donde él se presentase… Es el único colombiano que conozco como miembro correspondiente de la Academia Porteña del Lunfardo pero que, además, ha contribuido con muchísimos artículos profundos, eruditos, informativos; a enriquecer todo el acervo que nosotros tenemos en la Academia… Luciano es un hombre tan singular que yo podría decir que me sobran dedos de la mano para contar las personas que son de su estirpe cultural. Voy a nombrar por ejemplo a Hipólito “El tuco” Paz, de Buenos Aires; es decir, la gente que realmente tiene cultura, pero cultura con C mayúscula. Uno con Luciano puede hablar de tango, puede hablar de jazz, puede hablar de bolero, puede hablar de Historia, puede hablar de Filosofía, puede hablar de cine. Con Luciano tenemos por email conversaciones en que hablamos de cine, pero no solamente hablamos comentando la película sino que nos metemos en las profundidades del estilo del director, etc. Es un ser único. Yo creo, dificulto (encuentro difícil), que no sólo aquí en Medellín sea poco habitual encontrar una personalidad tan rica, tan completa, y tan versada, y además con la facilidad que tiene él para escribir y para hablar… Desde hace unos 20 años tenemos una amistad en que a veces hablamos de tango, otras veces hablamos de política… En días pasados tuvimos una larga intercomunicación estudiando el problema que pasan muchos países europeos con el asunto de la crisis en países como Grecia o como España, y su imposibilidad de devaluar porque el euro es moneda internacional. Luciano es un analista económico-político de primera categoría. En otros momentos hablamos del cineasta Ingmar Bergman. En otros recordamos la muerte de Peter Falk, el actor inglés que hizo el papel de Columbo. Y así con Luciano… Bueno, nosotros dos podemos hablar de tango, pero no para comentar qué bien canta Fulano sino para meternos en la profundidad de la letra, o de la interpretación, o del arreglo… Es él de las pocas personas con las que puedo tocar un repertorio o abanico amplio de temas, que es lo que justamente para mí es la esencia de la cultura, que no es acumular conocimiento sino saberlo comunicar, y eso es en lo que Luciano viene a ser: un interlocutor sin par”.

En igual sentido se manifestó don Cristóbal Díaz Ayala cuando hablamos de Luciano, y yo coincidí con ambos en que a mí me causaba la misma impresión.

Luciano era un formador, un educador, un maestro. Él fue quien le enseñó el tango al Dr. Jorge Arango Lopera, cuando este no oía sino música clásica, y lo convirtió en tanguero. A su esposa Ligia le enseñó a ver cine más allá de la primera impresión de una película, fijándose en detalles de la música, la fotografía, la actuación, la dirección, los diálogos, el argumento. Le enseñó a ver cine. El Dr. Javier Tamayo Jaramillo y Reinaldo Spitaletta reconocieron en homenaje que le hicieron a Luciano en la Biblioteca Pública Piloto, BPP, que él les ponía tareas de lectura para poder tener después con ellos un tema sólido de conversación.

Igual pasó conmigo. Nos conocimos a raíz de que a través del Dr. Héctor Ramírez Bedoya llegó a sus manos el borrador de mi libro “Buenos Aires, portón de Medellín”; y Luciano, que era paisano de ambos por haber nacido también en ese barrio, se entusiasmó con él y se convirtió en mi interlocutor de todas las horas para aportar anécdotas y precisiones y opiniones y comentarios sobre el mismo. Se convirtió también en mi prologuista, y nos hicimos amigos de todos los días. No pasaba un día sin que Luciano me llamara para hablarme de tal o cual cosa, o para que yo le diera mi opinión al respecto.

Alguna vez me puso como tarea estudiar un tema específico. Debo reconocer que no soy bueno para la Filosofía o el estudio de materias complicadas que exijan de mi cerebro un esfuerzo que vaya más allá de lo habitual. La Física y la Química no están hechas para mí, ni la Astronómica ni la Mecánica Cuántica. Me dijo Luciano que quería que leyera sobre la Nueva Historia.

Mensaje recibido de Luciano Londoño:

[ESTOS SON ALGUNOS LIBROS DE HISTORIA, DENTRO DE LA CONCEPCIÓN DE LA NUEVA HISTORIA Y LA ESCUELA DE ANNALES, QUE PODRÍAN SER DE TU INTERÉS: 

LA NUEVA HISTORIA

La llamada "Nueva Historia", representada especialmente por la Escuela de Annales, la cual es una escuela historiográfica, llamada así por la revista francesa en la cual se publicaron por primera vez sus planteamientos y que hoy en día así se denomina: "Annales –Histoire et Sciences Socialés". 

Esta escuela se caracteriza por haber desarrollado una Historia en la que se han incorporado otras ciencias sociales como la Geografía, la Sociología, la Economía, la Psicología Social y la Antropología. Los principales representantes de la "Nueva Historia" son Erich Hobsbawm, Carlo Ginzbourg, Johan Huizinga, Edward H. Carr, John H. Elliott, la mexicana Beatriz Rojas, el argentino José Luis Romero, el mexicano Luis González, y hasta los periodistas norteamericanos Gregorio Selser y John Gerassi; con los representantes de la Escuela de Annales a la cabeza, como son Marc Bloch, Lucien Febvre, Fernand Braudel, Jules Michelet, Jacques Le Goff, Pierre Nora, y Roger Chartier. 

Cuando los historiadores franceses Philippe Aries y Georges Duby dieron forma a la Historia de la Vida Privada, invirtieron el punto de vista desde el que se podía leer la Historia. De los hechos puntuales, las batallas y las fechas, pasaron a investigar mentalidades. Qué comía un campesino medieval, cuál era el destino de las mujeres solteras en el Renacimiento, qué distribución tenían las primeras casas burguesas, en fin: cómo se vive, con quién, en qué términos, supuso un giro teórico: el interés pasó de lo público a lo privado, porque lo privado es una fuente inagotable de información acerca de las mentalidades de cada época. 

La Historia de la Vida Privada permitió, en su momento, descubrir un universo que había sido evitado por otras historiografías. El mérito de Duby y sus discípulos fue comprender y hacer comprender que los actos privados se desarrollan en un marco social que acepta o repele determinadas conductas. Lo que nos hace felices o infelices, lo que nos distrae o lo que nos aburre. Lo que nos ilusiona o lo que nos desilusiona, es como una papa frita marcada: los individuos no hacemos más que volver a ponerla en aceite hirviendo. Tanto lo público como lo privado están marcados por un imaginario simbólico del que participamos sencillamente, sin hacer nada. El solo hecho de vivir hoy, y no hace cincuenta años o dentro de diez años, nos hace ser lo que somos. Y hoy somos sujetos ávidos de la vida privada de los otros. Es una hojeada casi lasciva sobre los aspectos más intrincados de las vidas privadas ajenas. Lo que hacen o lo que no hacen los otros nos habla de nuestras propias vidas.

OBRAS DE AUTORES EXTRANJEROS:

LUIS GONZÁLEZ (mexicano) 
El oficio de historiar

EDWARD A. CARR 
Qué es la Historia

JACQUES LE GOFF
Pensar la Historia

JOHAN HUIZINGA
El concepto de la Historia

MARC BLOCH
Introducción a la Historia

PETER BURKE
Formas de Historia cultural

GEORGES DUBY
La Historia continúa

LUCIEN FEBVRE
Combates por la Historia

ERIC HOBSBAWM 
Historia del Siglo XX (obra extraordinaria) 
Gente poco corriente 
Entrevista sobre el siglo XXI 

FERNAND BRAUDEL 
El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II 
La Historia y las ciencias sociales

E. R. CHAMBERLIN 
Los malos Papas

PAUL JOHNSON 
Al diablo con Picasso 
Intelectuales 
Creadores 

CARSON I. A. RITCHIE 
Comida y civilización

GAY TALESE 
Honrarás a tu padre 
(de esta obra está plagiado, muy malamente, "El Padrino") 
El reino y el poder
Fama y oscuridad 

CARLO GINZBURG 
El queso y los gusanos 
El juez y el historiador 
Pesquisa sobre Piero

EDUARDO GALEANO
Memoria del fuego 
(son tres tomos y el mejor es el tres, dedicado al siglo XX)
Espejos –Una historia casi universal  
Las venas abiertas de América Latina

INDRO MONTANELLI
Tiene dos obras narradas de manera humorística, sumamente buenas y fáciles de entender, que son: 
Historia de Roma  
Historia de los griegos 

OBRAS SOBRE TEMAS COLOMBIANOS:

ANTONIO GARCÍA 
Gaitán y el camino de la revolución colombiana 

INDALECIO LIÉVANO AGUIRRE
Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia

JAIME JARAMILLO URIBE
El pensamiento colombiano en el siglo XIX

ALBERTO DONADÍO
La guerra con el Perú
El Uñilargo

GERMÁN COLMENARES
Las convenciones contra la cultura

LUIS FERNANDO MOLINA LONDOÑO
Empresarios colombianos del siglo XIX

HÉCTOR MEJÍA RESTREPO
Don Gonzalo Mejía –50 años de Antioquia

WILLIAM LOFSTROM
La vida íntima de Tomás Cipriano de Mosquera

ORLANDO FALS BORDA
Historia doble de la costa]

Muy pocas de estas sugerencias acaté, pero sí lo hice con la Historia del Siglo XX, de Eric Hosbawm; y con Las venas abiertas de América Latina y Memoria del fuego, de Eduardo Galeano; y algo leí sobre la Escuela de Annales, sobre la Nueva Historia, y sobre la Teoría de los indicios. Lo suficiente, apenas, como para poder conversar con él sin parecer grosero o desplantador. 

Según me dijo, en jurisprudencia existen unos conceptos como decir el de la duda razonable, el de la plena prueba, y el de la teoría de los indicios. Explicarlos es tema de una materia que se ve no sé si en uno o en varios semestres de la carrera del Derecho. 

El tema de la Nueva Historia y el de la Teoría de los Indicios ocupa también uno o varios semestres de estudio en la carrera de Historia que, por cierto, nació universitariamente en Colombia en la década de los años sesenta, como contraposición a las empíricas Academias de Historia a la antigua, y se considera como padre de la nueva modalidad en nuestro país al abejorraleño Jaime Jaramillo Uribe, fundador de la Facultad de Historia de la Universidad Nacional. 

TEORÍA DE LOS INDICIOS

¿En qué consiste la Teoría de los Indicios del ámbito de la Criminalística y la Historia? Digamos que “Un indicio es aquello que nos permite inferir o conocer la existencia de algo que no se percibe de primer momento”, según definición que encontré en Google. Como decir que la claridad que aparece al alba en el horizonte anuncia que poco después va a hacer su aparición el sol.

Por su parte el argentino Antonio Dellepiane, abogado, escritor, historiador, y profesor universitario de la materia Filosofía del Derecho; afirmó que:

“Indicio es todo rastro, vestigio, huella, circunstancia y, en general, todo hecho conocido –o, mejor dicho, debidamente comprobado– susceptible de llevarnos por vía de inferencia al conocimiento de otro hecho desconocido”.

En la Sagrada Biblia aparece el episodio del sabio Rey Salomón que convertido en juez de la causa de dos madres que se disputaban un mismo pequeño, tomó la decisión de pedir a un guardia que desenfundara su espada y lo partiera en dos, dando una mitad a cada una de las demandantes. Una de las dos mujeres prorrumpió en alaridos y dijo que quería que se lo dieran entero a la otra porque prefería renunciar a su pretensión, con el fin de salvarle la vida. El sabio juez Salomón, basado intuitivamente en la Teoría de los Indicios, dedujo que esta era la verdadera madre.

Sin ir más lejos, supongamos que la blanca joven que es nuestra compañera de oficina ha sido vista salir acompañada unas veces por el rubio y ojiclaro compañero de la oficina de la derecha, y otras por el moreno y ojinegro compañero de la izquierda. La joven aparece de buenas a primeras en embarazo, y todos los indicios apuntan a que el padre es uno de los dos sospechosos. Cuando nace la criatura, resulta tener la piel morena y los ojos negros. Según la Teoría de los Indicios, el padre es el compañero ojinegro, y no faltará quien afirme que el color de la piel y de los ojos del chiquillo constituyen una plena prueba que va más allá de toda duda razonable; pero, a la luz de las nuevas tecnologías, se requiere de una prueba genética de ácido desoxirribonucleico (ADN), porque vaya uno a saber con quién más haya estado encontrándose la joven en el parque antes de irse para su casa. La prueba de ADN en este caso viene a ser, pues, la prueba reina. 

De la existencia de Jesucristo dan fe los cuatro Evangelistas, pero el tema se agota en el momento en que a cualquier crítico le dé por afirmar que él no existió, y que estos cuatro testigos tampoco existieron. Atengámonos, ahí sí, a las creencias y la fe de cada cual, y evitemos discusiones infructuosas. Cuando sobre cualquier asunto alguien dice que el documento fue falsificado, editado, alterado, fotoshopeado; en fin, que es un montaje; no hay nada qué hacer porque tal afirmación descalifica todo lo que pueda verse simplemente con los ojos.

Cuando se inició mi amistad con el Dr. Luciano Londoño López, yo sólo sabía que me gustaba el tango, y que el máximo cantor de tangos de todos los tiempos era el Zorzal Criollo Carlos Gardel. Por entonces me enteré de que había dos corrientes que se disputaban la verdad sobre el nacimiento de Gardel: la de los que creían que él había nacido en Tolousse (Francia), y la de los que creían que él había nacido en Tacuarembó (Uruguay). El problema eran los fanáticos de una u otra teoría porque, para sí, ellos no “creían” saber, sino que asumían la actitud de que “sabían” con absoluta certeza; y la verdad absoluta no es fácil de dilucidar, como bien lo entendió el Santo Papa hace unos años, cuando reivindicó la teoría de la Tierra redonda expuesta por Galileo Galilei, que había sido anatematizada en la Edad Media por los inquisidores del momento, defensores a ultranza de la sentencia de que, cuando “Roma Locuta”, “Dura lex, sed lex”. Roma es la Ley, y cuando Roma habla; dura es la Ley, pero es la Ley. Traigo este ejemplo a cuento, porque por más poderosos e infalibles que se crean los defensores de tal o cual teoría, bien que pudieran estar equivocados. 

Estaba, pues, esa discusión gardeliana dada en toda su virulencia de sacar machete y comer del muerto; y don Ricardo Ostuni, junto con el Dr. Luciano Londoño y varios más como doña Martina Iñíguez, como el Dr. Nelson Sica Dell´Isola, como el Sr. Eduardo Paysee González, como el Sr. Nelson Bayardo, entre otros, defendían la tesis tacuarembista; mientras que don Juan Carlos Esteban y don Enrique Espina Rawson hacían las veces de consuetas o ventrílocuos de un señor cuyo nombre no recuerdo ni tengo deseos de averiguar, que oficiaba como vocero oficial de la tesis toloussista. Para ese momento, yo era francesista; pero mis conversaciones con el Dr. Luciano Londoño me volvieron tacuarembista por la claridad y contundencia de sus argumentos. 

Mirá, Orlando”, me dijo el Dr. Lucio, “metete en el blog El Uruguayo Carlos Gardel, que te aporta datos sobre la tesis tacuarembista del nacimiento del Zorzal Criollo”.


En el blog del brasileño Carlos Peruzzo también encontrás escritos de doña Martina Iñiguez sobre el tema”.


En el blog Libros Gardel.blogspot.com encontrás una lista de libros que apoyan esa tesis, entre ellos uno de mi amigo Eduardo Paysee González”.


Y en el blog Museo del Libro Gardel y su Tiempo, de doña Ana María Turón, también encontrás material en apoyo de la tesis”.


Luciano me llamó un día para recomendarme que leyera la entrevista que le hicieron a doña Martina Iñiguez:


No hice la exhaustiva investigación que él me proponía –y evidentemente él sí la hizo– pero sus tesis poco a poco fueron calando en mi ánimo hasta cambiarme de ser francesista a ser tacuarembista. Debo aclarar que él era un hombre que hablaba con mucha seguridad, sin asomo de dudas, y cuyas afirmaciones tenían la contundencia de quien sí había hurgado a conciencia y con seriedad en el asunto que trataba.

Don Ricardo Ostuni Consentino había sido vicepresidente de la Academia Porteña del Lunfardo, acompañando la presidencia de don José Gobello, y estando en esas se anunció su venida a Medellín patrocinado su viaje por el Dr. Luciano y un grupo de amigos. Fui al hotel en El Poblado donde se hospedaba con doña Ana Bocha de Ostuni, su esposa, para hacerle una entrevista; la que puse en mi blog porque estuve recordando a esos amigos en un momento en que ellos, Don Ricardo y el Dr. Luciano, habían fallecido; y también lo habían hecho don José Gobello y don Juan Carlos Esteban. Para honrar, pues, la memoria de mis amigos Ostuni y Londoño, llevé al blog esa entrevista; debiendo entenderse en el contexto de junio de 2011, cuando se realizó.

No pretendo convencer a nadie de que se sume a la causa de mis creencias, porque no tengo el suficiente peso, ni poseo la suficiente documentación, para defender con éxito esta causa. Me limitaré, entonces, a dar testimonio y compartir con ustedes una de esas conversaciones que en su momento me llevaron a cambiar de bando. No diré que lo mío son argumentos, sino simplemente la transcripción de unos testimonios.

Me dijo don Ricardo Ostuni en la entrevista que le hice en Medellín:

“Yo no conocía los planteamientos de Luciano sobre el lugar de nacimiento del cantor, cuando publiqué la primera edición de mi libro “Repatriación de Gardel”, y él escribió el comentario que le mandó a Oscar Himschoot sobre el accidente de Gardel, sobre las canciones colombianas que Gardel cantó, en fin. Yo le quiero decir, Orlando, que no soy caprichosamente un defensor de la teoría uruguaya, ni soy cerril para abrir la mente. Si alguien viene con argumentos, me puede convencer de que estoy equivocado porque toda investigación tiene que partir de un forzoso principio inamovible: El investigador tiene el derecho de interpretar los hechos como quiera, como él crea que los debe interpretar. Lo único que le está vedado es tergiversar esos hechos; y esto es lo que me ocurre a veces con una gente que desarrolla la teoría francesa y parten del desarrollo de un sofisma; porque, si es falsa la premisa, es falsa la conclusión. Esto lo hemos hablado con Luciano. Es cierto que Gardel dejó un testamento donde dijo que era francés, supuestamente, y hubo un reconocimiento de la justicia argentina diciendo que ese testamento era válido; pero, veinte años antes, Gardel había sacado la ciudadanía argentina diciendo con otro documento que era uruguayo, y la justicia argentina también dijo que era válido; entonces aquí lo que hubo fue un error garrafal de contradicción de la justicia argentina. La justicia argentina, cuando se presenta la testamentaria de Gardel, debió tener en cuenta que en 1923 había dicho que Gardel era uruguayo, al aceptarlo para lo de la ciudadanía. Entonces se quiere desconocer la validez del documento de la ciudadanía; los contratos que Gardel firmó diciendo que era uruguayo; las declaraciones que hizo a la prensa diciendo que era criollo, uruguayo, rioplatense; hay una cantidad de elementos que deben ser conectados unos con otros, no ser cerrados y abrirse a otras posibilidades; y esto es lo que yo no he conseguido de mis amigos contradictores, a quienes considero mis amigos y no los trato con el encono con que a veces ellos suelen tratarnos. Yo les pido que nos colaboremos mutuamente. A lo mejor alguno me suministra un antecedente que yo no hubiera tenido en cuenta, o viceversa. Pero no, no se puede con ellos trabajar conjuntamente porque se han aferrado a una verdad que es para ellos como verdad de la Biblia; y ya sabemos que la Biblia, lo dijo el Papa, está escrita con metáforas y no se puede tomar al pie de la letra. Uno, cuando investiga, tiene que tener la mente abierta y dejar el corazón de lado. En un párrafo de mi libro digo que yo muchas veces he llegado a conclusiones a las que hubiera deseado no llegar, y hubiera querido que las circunstancias me dijeran otra cosa, pero si yo quiero ser historiador tengo que ser respetuoso de la verdad que encuentro o elaboro con los elementos que tengo, y no puedo forzar a la verdad a que coincida con lo que yo quisiera… Yo también era francesista hasta que me adentré en las investigaciones para mi libro. Entonces me encontré con la circunstancia de que Gardel, que no era cantor de tangos sino cantor criollo, de canciones criollas, dio el paso de cantor nativo a cantar tangos. Cuando empecé a buscar documentación encontré que había cosas incompatibles; incongruencias en que sobre algunas cosas Gardel, en algún momento, decía blanco; y luego, sobre las mismas cosas, decía negro. Por ejemplo, en algún momento Gardel aparece integrando la claque (personas aleccionadas y pagadas para vivar y aplaudir a un artista) de Luis “Patasanta” Ghiglione, el que inventó tal cosa en Buenos Aires. Yo me encuentro con que Ghiglione dejó de tener claque en 1895; entonces, ¿a qué edad integraba Gardel la claque de ese artista? Para esa fecha Gardel era un niño. ¿Qué sentido tiene que los armadores del mito francesista lo anoten como estudiante de un colegio donde en la matrícula dice “nacionalidad no se sabe”. O un acta escolar donde Gardel tiene 10 absoluto en todas las materias y simultáneamente aparece en otra acta como detenido en la Comisaría Prudencio Varela? No tiene sentido: o usted es un gran alumno, o anda por ahí de vago atorranteando. De esas cosas encontré cantidades. A raíz de esas inconsistencias dejé de lado el trabajo que había iniciado y me entregué durante cinco años y pico a profundizar en estas dudas. Ana, mi mujer, aquí a mi lado, es testigo de cuántos interrogantes me asaltaban y cuántas dudas tenía que resolver en mi investigación porque ¿Con quién más iba yo a comentar esas cosas sino con ella, la que me ha acompañado? Traté de unir datos del modo más lógico y coherente posible, para poder armar una historia cronológica que fuera más o menos digerible; y cuando uno arma esa historia, la única manera que tiene de que tenga sentido es con la premisa de que Gardel hubiera nacido en Uruguay o en el Río de la Plata… y además está lo de sus declaraciones. En algún momento confiesa a un periodista, refiriéndose a que todo lo que había ganado hasta ese momento lo había gastado porque “a uno que lleva sangre criolla en las venas no lo asusta el porvenir”. Eso lo dice alguien que se considera criollo hasta la médula. Él tenía genes criollos por algún lado. No sé si por la madre, no sé si por el padre, por algún lado; y en algún momento, en que se especulaba sobre su lugar de nacimiento, él concluye tajantemente “Terminemos. Nací en Tacuarembó”. En mi investigación, y en mi intento por despejar las dudas, yo he llegado a la conclusión de que toda investigación histórica es provisoria, es provisional. ¿Cómo alguien puede decir rotundamente que esta es la verdad inamovible? Lo es, mientras no aparezcan nuevos datos, nuevos indicios, que conduzcan hacia otros caminos…”.

Bueno, don Ricardo, pero retomando a Gardel yo tengo claridad en que los derechos de autor y las regalías de las canciones que compuso, y de las que interpretó, para este momento ya han caducado y no hay, además, grandes bienes de fortuna que estén en discusión, bienes que motiven a los herederos a disputar su posesión; entonces, ¿Por qué no ha sido posible que autoricen la prueba de ADN a los restos de Carlos Gardel, a los de doña Berta Gardés, y a los del coronel Carlos Escayola; para afirmar o desvirtuar la posibilidad de que alguno de estos no hubiera tenido paternidad biológica sobre el cantor?

“Los derechos de las canciones ya han caducado y no sé si los de las películas que filmó ya lo hayan hecho o estén a punto de hacerlo. El caso es que en este momento, para empezar, no hay herederos que tengan derecho de posesión sobre los restos físicos de Carlos Gardel, y así lo han aceptado contradictores como mi amigo el Sr. Juan Carlos Esteban; entonces se requiere que el Estado, a través de una entidad como la Secretaría de Cultura, o el Museo de Historia Nacional, intervenga. Porque alguien tiene que disponer la autorización para que abran la tumba de Gardel y exhumen el cadáver, tiene que haber alguien que autorice a hacer ese estudio tanto en Argentina como en Uruguay. Incluso en Francia, que nunca mostró ningún interés oficial por Gardel. Lo que se ha hecho allá ha sido obra de argentinos. A usted no se le escapa lo que cuesta ese estudio. Miles de dólares. ¿Quién los va a pagar? Entonces, si el Estado no asume ese estudio, el problema es de financiación”.

Hay quién dice que la familia de Escayola se opone a que se practiquen esas pruebas.

“Yo no he escuchado nunca tal cosa, ni sabía eso. He conversado mucho con uruguayos sobre ese tema; incluido el Dr. Nelson Sica Dell´Isola, que es el presidente de la Academia de Tango en Uruguay, otro hombre exquisito, de una gran cultura y sabiduría; y ellos me dicen que están dispuestos a hacerlo pero la dificultad sigue siendo la misma: falta de dinero para financiar las costosas pruebas. Puede ser que los descendientes de Escayola den su autorización y que las autoridades argentinas den los permisos de exhumación pero ¿Quién paga eso, cuántos miles de dólares vale? ¿Quién pagará los honorarios de los forenses, patólogos, investigadores de todo tipo que se requieren? Ahí está el embrollo. Coincido con el alcance de su pregunta. El ADN es la única forma de terminar con esta discusión. Tendría que haber la voluntad política de hacerlo, tal como se ha hecho recientemente con unas momias, o se ha hecho con los restos de Colón. Eso lo pagó el Estado. Si los estados argentino y uruguayo quisieran intervenir en este asunto, la discusión se termina en un año”.

En gracia de discusión, digamos que los indicios dependen de quién los mire, y de quién los analice.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)