jueves, 9 de enero de 2014

6 Hasta que la muerte nos separe (de la escueta realidad a la ficción literaria)

Hablemos de literatura. Algunas veces me han preguntado qué es la escritura literaria. Yo lo descubrí cuando escribí mi primer texto de largo aliento relatando peripecias de mi tatarabuela, mi bisabuela, mi abuela, y mi madre, y dándole una redacción que yo creía apropiada. Lo era. Como simple redacción, lo era, pero como escritura literaria… “Le falta”, dijo mi primo Javier, “para ser literatura le falta. Debes matricularte en uno de esos talleres de escritura literaria donde enseñan a escribir”. Fui entonces al taller de don Mario Escobar Velásquez en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid donde él me bajó de la nube y removió las bases de lo que yo creía que estaba bien redactado desde el punto de vista literario. “En literatura no se dice que un hombre es valiente”, me dijo don Mario, “sino que se le muestra ejecutando actos de valentía”. “Pero”, agregó, “en literatura un acto no se relata fielmente como ocurrió, sino que debe embellecerse con metáforas y figuras literarias. Los únicos que escriben las cosas tal como ocurren son los notarios”. Años después lo leí, si mal no recuerdo, en “Vivir para contarla”, la autobiografía del nobel Gabriel García Márquez: “Las cosas no son como sucedieron sino como uno las recuerda”. Claro que si uno se va al libro no encuentra esa frase sino otra que dice que “la vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda”, pero no se trata de ser textuales sino de recordar el sentido. Eso aprendí.

La literatura toma un hecho de la vida común, y con su creatividad lo embellece. Pongamos un ejemplo. El hecho cierto es que un duque, o conde, o barón terrateniente, sale de cacería y entra en una fonda cuya dueña tiene tres agraciadas hijas y una muchacha de servicio que, piensa él, bien bañadita y arreglada queda hasta de buen ver pero, sobre todo, sabe una cosa que las otras no saben: cocinar. Contra toda suposición, él le echa los perros a la del servicio y se casa con ella, convirtiéndola en dueña y señora de toda la heredad. Fin de los hechos. Cualquier día una pareja de hermanos literatos pasa por la fonda y se entera de lo sucedido. Escriben entonces la historia, la embellecen, la recrean, la adornan, y la convierten en un cuento clásico de la literatura universal: “La cenicienta”, de los hermanos Wilhelm y Jacob Grimm. Como ven, la literatura tiene apenas una lejana aproximación con la verdad puesto que, a la hora de la verdad, la literatura no se embellece con la verdad sino con la ficción; y la ficción, ya se sabe, ¡es pura mentira!


Pero, supongamos, un crítico de los alrededores que tiene un primo que es compadre de la suegra de un amigo del vecino del médico del poblado donde está situada la fonda, conoce detalles que lo hacen sabedor de la verdad. “No hay tal príncipe”, dice, “puesto que el cazador era apenas un conde”. “Y la tal cenicienta era bajita y regordeta, y estaba hasta picada de viruelas”. “Y el conde no era apuesto sino un hombre del común que ya iba para viejo y solterón, con una grave afección de hemorroides que hizo que su esposa tuviera que hacerle lavados con hierbas por el resto de la vida”. En resumidas cuentas, vino el crítico conocedor de la verdad y adiós perdices, ¡se tiró en el cuento! Así suele pasar con algunas de mis historias. “Pero, hombre Orlando”, me preguntan, “¿Eso que cuentas es verdad?”. Puedo asegurar que lo es. Lo único que hago es adornar el cuento para que se oiga mejor; o, como decían los periodistas en la época en que las noticias internacionales llegaban a la sala de redacción de los periódicos por telégrafo de clave morse a través de cables trasatlántios, lo único que hago es “inflar los cables”.

HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

Me dicen que hace poco lo vieron caminar por el parque, y que se le ve bastante repuesto y remozado, aunque no volverá a tener el cuerpo atlético que tenía por los días de su fatal encuentro.

Como todos los días, había salido en su bicicleta de carreras para el entrenamiento de subida y de bajada hasta el alto de la montaña.  Eran dos horas habituales de ejercicio vigoroso.  En la fonda lo esperaban sus compañeros de equipo, llegados desde otros lugares para seguir el ritual de todos los días, lloviera, tronara o relampagueara: un corto saludo, un pocillo de café, y una señal de “Vámonos, antes de que se enfríen los músculos”.  Habían hecho ejercicios de calentamiento, claro, y su musculatura general denotaba el resultado de muchas horas de preparación en el gimnasio, aparte de que las duras fibras de sus muslos y pantorrillas mostraban las, en ese momento, incontables mañanas dedicadas a subir y bajar esa carretera cuyas curvas ya se sabían de memoria.  No sabía, ni tenía por qué saberlo, pero ese encuentro no había tenido nada de casual.  La primera vez que ella lo vio él y sus amigos venían montados en sus bicicletas.  El sudor les corría por la piel, debajo de los cascos protectores que llevaban ajustados a las barbillas.  La piel de sus piernas se veía brillante, por el esfuerzo, y las camisetas se veían entrapadas por el sudor y por la lluvia, como si hubieran caído en un riachuelo.  No habían alcanzado a secarse por el camino.  Inadvertidamente sus ojos se fijaron en la protuberancia que resaltaba de la pantaloneta, por entre el sillín, al ritmo del pedaleo acompasado.  Esperó a que sus amigas dieran su veredicto.  Cuando las otras hubieron lanzado sus suspiros de admiración, emitió el suyo.  “Ese hombre tiene que ser mío”, les dijo, y ellas sabían que la hermosa mujer obtenía lo que se propusiera.  Esa vez él no se fijó en ella, ni la vio en los días siguientes en que sus ojos asechaban por entre las cortinas.  No estaba él, en medio de sus trotes, para fijarse en muchachas paradas en las esquinas aparentando indiferencia.  La noche anterior del día del encuentro las calles adormilaban cuando subió la media docena de kilómetros que se había propuesto y volvió a bajar, él solo, con el ánimo de cansar el cuerpo para dormir plácidamente; y de olvidar las tensiones de su trabajo durante el día como supervisor en la fábrica de confecciones.  La vía estaba despejada y en buen estado, y como tal quedó registrada en la memoria de sus reflejos.  Las obreras a su cargo se desvivían por él, pero sus gestos autoritarios y su semblante adusto no estimulaban escarceos.  “Ese hombre parece que fuera marica.  Si no fuera porque no lo hemos visto en romanticismos con ningún hombre, cualquiera pensaría que es marica”, comentaban sus obreras.  “Marica no soy”, pensó él cuando lo supo, y guardó silencio ante sus amigos, acostumbrados a la parquedad de sus palabras (“pero no me voy a poner a hacer demostraciones que pongan en peligro mi trabajo.  Lo peor que uno puede hacer es meter su corazón en asuntos de nómina”). 

Estaba oscuro en la madrugada cuando salió de casa rumbo al encuentro con los compañeros de trepada, y no había nada qué hacer cuando se vio atrapado en el reguero de arena de la curva, antes de llegar donde ellos estaban.  La bicicleta patinó, descontrolada, y él sintió cómo en cámara lenta iba descendiendo en vuelo, incapaz de controlar con sus reflejos la caída.  El raspón le cubrió, literalmente, todo el cuerpo; y la sangre empezó a brotar, podría decirse, por los poros.  Entonces la vio.  La hermosa joven abrió la puerta y salió en piyama “baby doll”, con apenas una pantaletica mínima trasluciéndose, y sus senos erectos, como limones.  Claro que no estaba él para miradas eróticas, y ese detalle vino a ser recordado apenas tiempos después.  La joven lo ayudó a sentarse, y acudió a la cocina en busca de agua para darle de beber.  Al salir, se había puesto una camiseta y unos bluyines y le había dicho, mientras se subía en su propia bicicleta de estilo femenino, sin barra intermedia: “Espéreme aquí, voy a avisar del accidente a sus compañeros”.  Él le agradeció, y sólo con los días se hizo la pregunta: “¿Cómo sabría ella que me estaban esperando los compañeros?”.  Ella sabía.  Desde el día en que sus labios pronunciaron “Ese hombre tiene que ser mío”, sus ojos espiaban por la ventana el paso de ida y de venida, y sus hábitos de sueño se habían acoplado a los horarios del ciclista.  Ella sabía que el hombre tenía que resbalar en esa curva, desde la noche anterior cuando tomó en sus manos el balde con arena y la regó cuidadosamente sobre el pavimento untado de aceite que ella misma había esparcido.  Ella sabía.  Ella sabía que ese encuentro no iba a tener nada de casual.  Entonces obtuvo de sus amigos el teléfono y las señales de la casa del muchacho “para averiguar sobre la recuperación del pobrecito”.  ¡Pobrecito!  Ya era una mosca atrapada en la red, y la araña había logrado su cometido.

Sorprendió la prontitud con que sonaron campanas de boda, y nadie imaginó la rapidez con que la mujer habría de decepcionarse.  Descubrió que él, a la hora de la verdad, no era un buen amante  “Es muy claro”, le había explicado el terapista de pareja, “sus intereses y  energías están enfocadas en asuntos distintos del sexo.  ¿Ha oído decir que afortunado en el juego es desafortunado en el amor?  Se trata de la aplicación del mismo principio”.  ¡La hora de saberlo!  No pasó mucho tiempo sin que ella buscara desfogue a sus pasiones con las posibilidades que tenía más a la mano: los amigos del marido.  La fórmula a aplicar fue muy sencilla.  Aunque al conocerse él le advirtió que “no fumo ni bebo”; lo primero que empacaba en el mercado eran dos o tres frascos de aguardiente “porque tenemos que mantener con qué atender a las visitas”.  El hecho era que ella sí fumaba y sí bebía. Él empezó con una copa aquí, y otra allá, por insistencia de ella, y luego fue cuestión de servirle a él más aguardiente que a las visitas.  “Déjate de pendejadas deportivas, que uno tiene que vivir y no se va a pasar toda la vida cuidando un cuerpo”, fue la frase que terminó por hacer mella en la voluntad del marido.  “Mi marido tiene voluntad de puta”, dijo ella como en broma, demeritándolo ante los amigos.  Llegó el momento en que bebían hasta un frasco entre los dos, hubiera o no hubiera visitas.  Para cuando fueron a ver los demás, y ellos lo ignoraban o fingían ignorarlo, la pareja se había alcoholizado.  “No seas atrevida”, le dijo su amigo en la cocina cuando ella lo había mediodesnudado y lo tenía recostado contra la nevera, “que aquél está dormido y puede despertar.  Si no lo respetas a él, respeta a los niños”, protestó el hombre, más sorprendido que asustado.  Los pequeños, sentados en la escalera, veían a su madre escarcear en la cocina.  A eso había que ponerle solución.  Entonces optó por poner gotas tranquilizantes para acompañar el aguardiente de “aquél que sabemos” y en la leche de los niños, para que no se despertaran.  “Esos niños ya están muy grandes para estar tomando tetero a estas alturas de la vida”, le dijeron sus amigas.  “Sí, lo sé, pero es que son adictos”, contestó con todo desparpajo.  La frase tenía veneno.  “Ese hombre está enyerbado y la mujer lo que tiene de bonita lo tiene de puta”, susurraban las amigas de la pareja, viendo cómo las cosas en esa casa andaban de capa caída.  No había noche en que no se presentaran invitados a la hora de cenar, y no había madrugada en que no salieran sombras furtivas por la solitaria calle llena de ojos asomados a los postigos.  “El hombre está enyerbado.  El sobre de pago lo entrega a la mujer tal como lo recibe, y ella malgasta vaya uno a saber en qué o con quien”.  Sí se sabía.  Los amigos de la pareja eran cada vez más jóvenes.  Lo primero que vendió la mujer fue la bicicleta de carreras.  Después vendió el equipo de sonido.  Más tarde salieron uno a uno los objetos de la casa, rumbo a la prendería.  Hasta la cama matrimonial fue cambiada por dos colchonetas tiradas sobre el piso, la una en la alcoba y la otra en el cuarto de ropas junto a la cocina.  La miseria se instaló a sus anchas, y el hombre perdió el empleo y andaba como un zombie por todos lados.  “¿Y por qué no nos compramos otra cama?”, le preguntó.  Ella respondió con razones que sólo ella sabía: “porque las colchonetas no traquean”.  El último año fue terrible en escaseses, mientras el hombre cumplía requisitos para recibir pensión de jubilado, la misma que en caso de fallecer pasaría a su cónyuge sobreviviente.  El día en que empezó a recibir el sobre de la jubilación, su aspecto se notó más demacrado que de costumbre, y ya es mucho decir.  Entonces se hizo vox populi.  “Esa mujer ya no lo está enyerbando, lo está envenenando”.  Se sospechaba que tal vez le estuviera dando estricnina o alguna sustancia para minarle la salud y provocar su muerte. Era imparable.  Lo había hecho pelear con la familia, lo había hecho retirar amistad con los amigos que no fueran de su gusto, el resto se fue alejando porque nadie quiere ser amigo de un par de beodos desordenados.  Le aconsejaron que la dejara.  “Prefiero morir, o matarla, que ver que otro la lleva a pasear del brazo.  Prefiero verla muerta” se le oía decir, más resignado a su suerte que decidido a cambiarla.  La mal alimentada mujer, que antes fue bonita, ahora era una bruja decrépita, pero el hombre seguía aferrado a su voluntad y a sus caprichos.  La mujer, de tiempo atrás, había optado por tomar un riesgo fríamente calculado: le hizo tomar al marido una póliza de seguro de vida, con ella como beneficiaria.  Los hijos adolescentes, que habían sido echados de la casa con cualquier pretexto, se refugiaron en casa de los tíos que no querían saber nada de la arpía que les había tocado en suerte como cuñada.  El camino estaba despejado.  Entonces, una mañana, los vecinos sintieron un golpe sordo como de cuerpo que cae pesadamente.  Acudieron presurosos a prestar ayuda, y vieron el cadáver en el piso.  “Le dio un infarto y rodó por la escalera”, fue lo que alcanzaron a oír, a manera de explicación, antes de escuchar el llanto histérico y desgarrador que se abrazaba al cuerpo exánime.  Ni el más perspicaz hubiera podido vaticinar que un infarto fulminante se llevaría de este mundo, en un acto absolutamente impredecible, no al marido sino… ¡a la mujer!

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

No hay comentarios:

Publicar un comentario