domingo, 14 de mayo de 2017

204. Las cenizas de mamá

[Al empezar la década de los setenta yo trabajaba con don Gonzalo Toro Escobar y Compañía Ltda., y él era el representante en la ciudad de Medellín de la empresa Hornos y Equipos TKF de propiedad del inmigrante Tony Katalenic, un futbolista yugoeslavo que como jugador del equipo América de Cali había llegado a Colombia en los años sesenta, contratado junto con otros compatriotas suyos, y se quedaron a vivir acá. 

TKF tuvo la idea de fabricar hornos crematorios, y el primero que instalaron en el país fue en la ciudad de Bucaramanga, pero fracasaron porque culturalmente los santandereanos no le marcharon a la idea. El segundo, y luego el tercero, fueron instalados en el Cementerio Universal de la ciudad de Medellín; siendo el tercero consecuencia de la exitosa acogida obtenida con el segundo. A los paisas les encantó la idea. De todo esto fui testigo, y de la historia del suicida que no logró ser el primer incinerado de Medellín, y la de la señora que sí fue la primera en ser cremada pero sus cenizas desaparecieron, y de lo de las hieleras que cambiaron de oficio. Como trabajador de don Gonzalo, y él como representante del fabricante, tuvimos que vivir muy de cerca el proceso de los primeros días de esos hornos en nuestra ciudad. 

Esto que acabo de contar es una crónica, escrita de la manera como la escribe un cronista; y es también un testimonio, relatado de la manera como lo relata un testigo.

En el año 2005 yo asistía a talleres de escritura literaria, para aprender la manera de escribir literariamente; y escribí esta historia según las pautas y parámetros impartidos en esos talleres, cambiando algunas cosas y recreándolas de manera diferente a como sucedieron. La Literatura tiene licencias que no se le conceden a la Historia. El resultado viene a continuación]

LAS CENIZAS DE MAMÁ

Cada uno cuide de su entierro, que imposibles no hay”. 
       (Quincas Berrido Dagua –Jorge Amado).

EL FABRICANTE DE HORNOS

Era un niño de cinco años en 1940, cuando su padre lo envió a donde un lejano primo residente en España, para que lo criase. Presentía que a todos esperaba un futuro infeliz, y quería que escapase al cruel destino familiar que compartían las familias judías de la localidad centroeuropea. 

Creció amando a su familia de España como propia, pero no le fue ocultado que su padre y su madre murieron en la cámara de gas. España tampoco era un paraíso, y los estragos de la guerra civil española se respiraban en el ambiente cuando era un adolescente deseoso de buscar tierras más tranquilas. Se embarcó para América y llegó a Colombia en busca de un vecino que había hecho el tránsito antes que él. Se hizo ingeniero. Leyó con dolor todo lo que pudo acerca de la Segunda Guerra Mundial, y tuvo conciencia de la importancia de esta contienda para todo el mundo, y para él en particular. En eso pensaba cuando asistió a los oficios de celebración del día de difuntos con su mujer y sus dos hijos y vio que el cementerio, que estaba atestado de nichos, apenas podía contener algunos miles de cadáveres cuando los habitantes empezaban a contarse por millones. No podía apartar de la mente las cámaras de gas y el aparato consiguiente: la disposición de los cadáveres en lo que los nazis eufemísticamente llamaron “la solución final”. 

Los alemanes no sabían qué hacer con esos seis millones de muertos; y con tan pocos cementerios, tan pocas lápidas, tan pocos ataúdes. Idearon los hornos crematorios. Fue un invento práctico. Los cadáveres en putrefacción son contaminantes de la tierra, pero las cenizas se convierten en abono. 

Cuando al ingeniero le fallaron los negocios y buscaba qué hacer, se le ocurrió montar una fábrica de esos aparatos en Colombia, previendo que algún día los cementerios tendrían que ser insuficientes en todos lados. El primer pedido se lo hicieron de la ciudad de Bucaramanga porque en Cali no les sonó la idea, pero la funeraria adquiriente quebró por falta de clientes. (“Todo el mundo no piensa igual” –se le ocurrió–. “Me aterra la idea de que me entierren vivo como a tantos que he conocido, y me molestan las incomodidades de una `sacada de restos´ a los cuatro años de fallecida cualquier persona. Lo que a otros, tan apegados a tradiciones, no asusta. Es algo cultural”). 

Creyó que se tendría que limitar a la fabricación de incineratorios de material hospitalario, cuando recibió un nuevo pedido. El siguiente fue para la ciudad de Medellín. Ambiciosa, la empresa de funerales paisa no paró mientes en el fracaso del primero. 

EL FRUSTRADO PRIMER USUARIO

El vecino del Cementerio Municipal, de paso para su casa, tomaba seis o siete aguardientes en la cantina del frente por las tardes, la que ostenta el lúgubre aviso de “La última lágrima”. De allí veía esa obra extraña que progresaba a su vista y dio en averiguar con los albañiles de qué se trataba. “Eso qué es. El sistema en qué consiste. Cómo funciona. Cuándo estará listo”, los interrogaba.

Ya instalamos resistencias eléctricas, ya están los revestimientos. Mañana viernes ensayaremos con el cadáver de un perro y los ingenieros entregarán la obra al contratista. A partir del domingo se podrán recibir cadáveres de personas.

La noticia los dejó aturdidos:

¿Huy, hermano, sí sabe que el señor ese que preguntaba, se disparó en la sien y dejó una carta pidiendo que él fuera el primer incinerado de la ciudad?

¿Y lo será?

No es posible porque se necesita un permiso de la Curia Arzobispal, y no lo han dado. Y porque sólo se pueden cremar fallecidos de muerte natural.

Ese hombre lleva la mala suerte pegada al cuerpo.

EL FABRICANTE DE HIELERAS Y SU PRIMO

Quico gana unos pesos cuando puede. Algunas veces obtiene algo a cambio de cartones, frascos y materiales de reciclaje. Otras veces, le permiten lijar, por pocos pesos, unas tablillas de madera que se pulen, pintan con pintura color caoba, rocían con laca, unen alrededor de un tarro de aluminio cubierto por una lámina de material aislante y cubren con tapa de lujo.

¿Qué es esto, para qué sirve?

Son hieleras. Se pone una botella de licor en su interior y se recubre con hielo. La hielera no deja escapar el frío y lo conserva por un tiempo. Cada hielera se acompaña con una de esas pinzas metálicas que están allá y sirven para poner cubos de hielo en los vasos.

Esos usos los entenderán los que toman champaña enfriada en la mesa o whiskey en las rocas, pero uno que a duras penas pasa el aguardiente con un sorbo de agua del grifo queda como en las mismas ante ese aparato. Apuesto a que más de la mitad de este pueblo no sabe para que sirve el tarro ese.

Vas a decirme que nunca has visto una hielera.

En películas, sí. Pero en mi casa no sabría qué hacer con una. Alguna que hubo terminó sus días como guardadero de botones, agujas y alfileres en el costurero de mamá.

Parece un contrasentido, pero Quico es el hombre más ilustrado de la familia. Lo fue desde los primeros tiempos cuando llegaba de la escuela con medallas y citaciones para izar bandera. Fue el encargado del discurso en el acto de graduación de bachilleres e inició, becado, la carrera de Licenciatura en Idiomas y Literatura.

Te vas a tirar en la carrera –le dijeron sus compañeros de estudio cuando descubrieron que los episodios de fumada de marihuana rebasaban las fiestas de fin de semana y se extendían al campus universitario entre clases.

No crean. Este vicio yo lo manejo. Soy capaz de dejarlo cuando quiera.

No le creyeron. Solamente había uno en el grupo que era capaz de creerle y le creyó: él mismo. Pero se equivocó. No fue capaz de dejarlo y se tiró en la carrera. Escribía de un modo agradable para ayudar a los amigos con las tareas a cambio de un pucho de marihuana, un asiento de licor en la botella, un bocado de comida, preferidos en ese orden. Los periódicos y revistas le publicaron tal cual contribución graciosa llegada a la sección de cartas a la redacción. Mantenía varios cuadernos con apuntes de frases ingeniosas y versos iluminados, para emplear en alguna ocasión. No era más. Leía. De un modo incansable mantenía en su pieza, junto con una botella de aguardiente a medio consumir y un pucho de marihuana para cuando le acometiera la necesidad, varias revistas y uno o dos libros a medio leer. Leía más que los demás miembros de la familia juntos y sabía de literatura más que todos ellos. Era un buen conversador, que no podía ser disfrutado por ninguno de sus parientes porque habían tomado la costumbre de mirarlo con desprecio y de hacer caso omiso de su existencia. Pero sí podía lucirse en reuniones de amigos que apreciaban la finura de sus apuntes, la profundidad de sus conocimientos y la gracia que tenía para exponerlos. Sólo uno en su familia lo disfrutaba a plenitud y no se cansaba de oírlo: su primo Pacho.

Nada de raro tiene. Pacho es tan vicioso como él. Francisco es un nombre que trae mala suerte.

Tanto así, no. Pacho fumó marihuana una sola vez en su vida, y no le gustó. Se cerró a la posibilidad de cualquier vicio, llámese pastillas, crack, perico, bazuco, o cualquier otro. Se cerró a todas esas posibilidades menos a dos: el cigarrillo y el aguardiente.

Es que esos vicios están permitidos por el Estado y, es más, contribuyen con sus impuestos a la paga de los maestros y la educación de la niñez.

Como enfrascados en un duelo de pulso en una mesa, solían reunirse frente a la botella de aguardiente y sentir el placer de destaparla señalando con una tiza de sastre el nivel después de cada ronda; con un paquete de cigarrillos como padrino, el uno; con un pucho de marihuana, el otro. Conversaban a los gritos tratando de acallar el bullicio del traganíquel que sonaba a todo volumen. Si el dinero alcanzaba, conseguían comprar otra botella y llevarla hasta la mitad, o un poco menos, la voz enronquecida de tratar de dilucidar si es mejor equipo de fútbol el Nacional del alma o el poderoso DIM.

¿Hasta qué horas estuvimos juntos anoche?  Yo no recuerdo.

No sé, Primo. Hasta la mitad de la segunda botella llegan las marcas. Yo apuré el resto.

MAMÁ SE HA IDO

Quico llegó a su casa a medianoche y no encontró a nadie. Se encerró en su cuarto y quedó en sueño profundo. Hacia las once del día siguiente despertó y dio un par de chupadas al puchito que tenía para prevenir los malestares del guayabo. Tomó un libro para avanzar en la lectura y sintió que golpeaban la puerta con temor de despertarlo, por si durmiese (“No lo despierte que de pronto se aparece borracho y es el horror. Cerciórese de que esté sobrio, para decirle...”). Entonces se enteró por la mujer del aseo de que la familia estaba en el hospital acompañando a la madre que había sufrido un infarto y se encontraba en estado de coma. No acababa de asimilar esa noticia cuando sonó el teléfono y le informaron de “la muerte de mamá”, pidiéndole que se vistiera “con algo decente”. Sabiendo que no tendría nada que hacer, aparte de continuar la lectura, puesto que sus otros hermanos se harían cargo de la situación, y previéndose deambular como un zombie estorbando el paso de los otros, resolvió sacar el juego portátil de ajedrez del estuche y empacar en él, como si fuera un misal forrado en cuero y cremallera, el libro de cuentos brasileños que lo tenía entretenido y la extraña historia de Jorge Amado sobre un muerto que es sacado del ataúd para seguir bebiendo con sus amigos callejeros. Poco consciente Quico de que mamá era el último reducto que lo mantenía unido a esa familia que no esperaba otra señal para lanzarlo a la calle, y más bien resentido por la continua cantaleta, por haberle reducido cada vez más las mesadas y ser capaces, inclusive, de hacerlo detener por la pérdida de una grabadora hasta sacarle información sobre la prendería en donde la tenía “guardada” en garantía, se encontró con que no sentía dolor ni nada, sino una especie de estupefacción.

Llegó a la sala de transición del Hospital y recibió dos o tres fríos abrazos de condolencia de parte de hermanos que, un segundo después, se abrazaban entre sí y prorrumpían a llorar en lágrima viva la pérdida de la madre. Encontró, sentado en una esquina, a su primo del alma quien, conforme a la costumbre establecida entre ellos, se limitó a saludarlo arqueando una ceja y haciéndole espacio para compartir, apretujados, la misma silla. Su primo, tratando de hablar entre susurros, pero con tono audible por la costumbre de alzar la voz, le informó que “mi tía dejó instrucciones de que no la enterraran, sino que quería ser incinerada. Están averiguando por la disponibilidad del horno de cremación”. Este método, desconocido hasta ahora, acaba de ser inaugurado en la ciudad. 

HIELERA FRÍA PARA SUS CENIZAS CALIENTES

Cuando inauguraron el horno crematorio, descubrieron que no tenían cenizarios, entonces compraron a la fábrica de artesanías, la misma en donde Quico hace sus trabajos ocasionales, algunos de esos estuches de madera mientras diseñan y fabrican las urnas apropiadas que, por el momento, son aún más extrañas a los ojos de la gente que las mismas hieleras. El cortejo fúnebre se dirigió a los hornos cargando el ataúd y expresaron al encargado su pedido:

Queremos que incineren a mamá y aquí está el permiso. Esperaremos sus cenizas.

Con todo gusto, pero es un procedimiento que tarda entre cuatro y seis horas, según el caso. Sugerimos que las reclamen esta tarde después de las seis.

¿Y esperar todo ese tiempo?

O dejar un encargado de reclamarlas.

Yo me quedo –propuso Quico.

Yo lo acompaño –dijo su primo Pacho.

Los demás aceptaron, aliviados, el endoso de la carga. Los primos se instalaron en una mesa de “La última lágrima”.

Dos aguardientes, por favor.

Otros dos, o mejor, tráiganos una botella.

La botella llegaba a su fin cuando, desde la acera del frente, les hicieron señal de que podían pasar. Reclamaron la urna (¿o la hielera? ¿o el alfiletero?) y regresaron para acabar de consumir la botella. Abordaron un taxi. 

Pare aquí, por favor. La noche es joven. ¿Compramos otra?  ¿Tomamos dos tragos, para no sentirnos pasmados?

Listo, primo. ¿Tomamos otros dos?

Estuvieron en varios sitios. La noche avanzó. Al abordar otro taxi, horas después, trató de farfullar algo que su primo no entendió, ni él mismo reconocía en las pastosas palabras que escurrían salivosas de su lengua pesada, tratando de articular un pensamiento lento que salía desde las profundidades del cerebro:

–  ¡Huuuuuy, hermaaaanooo, creoooooo que perdiiiiií el librooooo!

Ni uno ni otro eran conscientes de haber olvidado su memoria “sabe Dios dónde”, cuando al llegar a casa de madrugada encontraron a la familia reunida y escucharon, como un eco entre chillidos, esa extraña pregunta:

Los hemos buscado por todas partes, ¿Dónde estaban? ¿¡Dónde dejaron las cenizas de mamá!?

¿Las cenizas? ¡Mierda! ¡LAS CENIZAS!

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

domingo, 7 de mayo de 2017

203. Cinelenguaje al destape

Lejos están los tiempos en que la pintura mostraba una hoja de parra cubriendo el sexo de Eva, o un velo de tul cubriendo a Venus. El cine y la fotografía ya no dejan nada a la imaginación.

La literatura ha evolucionado desde que la letra p…, seguida de puntos suspensivos, representaba a la palabra puta en español; y la letra f…, seguida de puntos suspensivos, representaba a la palabra fuck en inglés. Ambas palabras eran, y creo que siguen siéndolo, palabras procaces o malsonantes, de mal recibo en recepciones de dedo parado adictas a los eufemismos, así se sepa de senadores y de damas de alta alcurnia que en mesas de amigos se desfogan como verduleras echando sapos y culebras por la boca. 

Las cosas cambiaron, y tal vez Gabriel García Márquez fue un visionario al titular una novela como “Memoria de mis putas tristes”. Debió ser un acto de rebeldía social que pretendía llevar dicha palabra a los titulares de los libros y sacarla del clóset de la clandestinidad. Lo logró. Ya nadie se sorprende de oír a un hombre lanzando hijueputazos; y, lo que es más sorprendente aún, ya nadie se sorprende de oír a una mujer lanzándolos. En eso, como en todo, las mujeres se han nivelado con los hombres en aras del feminismo. Tengo la impresión de que algunas los superan.

Las palabras procaces dependen del dónde, el cuándo, y el cómo. “La chingada madre”, que en México hace ruborizar a un seminarista, en Colombia no significa nada. El “Hostias, me cago en la leche de tu coño de madre” que al seminarista lo enviaría en volandas para el confesionario, en España es sólo una expresión más. La expresión “Ché, la puta” de los argentinos, no pasa de ser un “Hombre, no jodás” en el hablar de los paisas para quienes, por otra parte, el verbo joder no pasa de ser una equivalencia de molestar, mientras que para los españoles joder es… ¡Joder! Los paisas solemos decir “voy a coger un taxi o voy a coger un bus”, como si nada, con el simple significado de abordarlo; mientras que en otras partes coger es… ¡Joder! y el que consigue “pitchear” (o pichar) anota un “home run” en términos beisbolísticos para lo que la Nena Jiménez, comediante colombiana, metafóricamente describía como “tupirle al miriñaque”; comparando el ensañamiento de la aguja de tejer en el bastidor con la frenética búsqueda de un orgasmo en el lapso de lo que un ascensor va del piso uno al piso ciento dieciseis.

En fin, no terminaríamos haciendo comparaciones entre palabras que en unas partes malsuenan y en otras no; en expresiones que en una parte tienen un sentido y en otra un doble sentido, ni en expresiones que a unas personas molestan, y a otras no.

Acabo de ver una película titulada “Todo sobre Adam”, que atrajo mi atención porque en ella trabaja Kate Hudson, una actriz que ¡Ay!, pone mi corazón a palpitar a mil, y digo mi corazón para no meterme con procacidades. 

Lucy (Kate Hudson) se casa con Adam (Stuart Townsend), que es su prometido, pero resulta que Adam también se acuesta con Alice (Charlotte Bredley) que es la soltera y mojigata hermana menor de Lucy, y se acuesta con Laura (Frances O´Connor) que es la casada hermana mayor. En algún momento hasta el varón de la familia sintió “un poquito de atracción” por el cuñado, y eso casi lo pone de siquiatra. A Adam no se le escapa nadie. 

Y, ¿No sientes reato en hacer eso?”, le pregunta la casi madura hermana mayor. “Noooo, para nada. Yo siento que todos quieren tener algo conmigo, y si yo puedo hacer algo para satisfacer su necesidad y darles un poco de alegría, simplemente lo hago… ¿Tú tienes algún inconveniente con eso?”. Ella sonríe, beatíficamente, y dice “Noooo, ¡Para nada!”. 

Cuando la prometida se estaba arrepintiendo de casarse por sospechar que su novio había tenido otras mujeres, y llevada por los remordimientos quiso confesar que ella también había tenido su desliz, el hombre muy sensatamente le dijo “No, guárdate tus secretos que yo guardaré los míos. Todos necesitamos tener secretos para no complicarnos la vida”. 

El cine tal vez sea una comedia mezclada con un poco de drama y de tragedia, pero es reflejo de la realidad. Casos se ven, y familias así también. La madre de las tres chicas dijo algo así como: “Sólo quiero que no se casen con hombres aburridos. A un hombre se le perdona todo, menos que sea aburrido”. Sabias palabras de una mujer que seguramente supo por qué lo decía.

Escribir sobre sexo es bien difícil. Hay textos en revistas triple XXX que son descripciones crudas y descarnadas y, francamente, sin nada de literatura en ellas. Procaces a morir. Esos relatos, comparados con la literatura, equivalen a la diferencia que hay entre sensualidad y pornografía, entre un desnudo artístico y un almanaque de quincallería.

No soy experto en ese tipo de literatura, pero sé que hay una trilogía de Henry Miller, el autor de Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, Sexo loco, y de otras obras de la literatura procaz, y es la trilogía titulada Sexus, Nexus, Plexus. Empecé a leer algo de él en algún momento, pero no fue de mi gusto y lo dejé así. Por años he oído hablar de Anaïs Nin y de Fanny Hill, pero tampoco las he leído. Como tampoco he leído al Marqués de Sade, que es más lo que se habla de él que lo que se lee; o el Kamasutra, que es más lo que se menciona que lo que se practica desde el punto de vista de la diversidad.

Hace poco leí un cuento del escritor estadinense Charles Bukowski titulado “Deje de mirarme las tetas, señor” que es, y de eso no tengan dudas, una buena obra literaria. Es procaz, y eso no se lo quita nadie, pero es literaria. El hombre hace despliegue de la técnica del suspenso, que solo deja ver en el último momento el inesperado desenlace. Inesperado sí, pero posible en un mundo en que hay habilidades más apreciadas que las de cazar búfalos en las praderas. Debo agregar que Bukowski tiene una virtud de la que yo carezco, y es la economía de palabras. Sabe contar muchas cosas sin tanta palabrería.


Y como de cine hablamos, pasemos ahora a una película que atrajo mi atención. 

Debo confesar que cuando vi el beso que se dan la actriz Meg Ryan y el actor Kevin Kline en la película “El beso francés” me decepcionó porque en mis expectativas estaba un beso de ventosa con lenguas cruzadas y cosas así, pero no ocurrió. Digamos que el título, que es el empaque, es extraordinario; pero al beso, que es el contenido, le falta sabor.

Recientemente vi la película “Cuando Harry conoció a Sally”, en la que Meg Ryan y Billy Cristal son solamente buenos amigos pero, poco a poco y sin querer queriendo, resultan ser el uno para el otro; aunque al principio chocaron sus temperamentos y parecían ser como el agua y el aceite. Dos besos se dan entre ellos con todas las de la ley y, en este caso, pienso que no defraudan a nadie. Sueño con ser ese Billy Cristal. Sueño con serlo. Y sueño con que mi adorada Meg Ryan sea la fresca belleza de esa película, pero a estas alturas de la vida ni ella ni yo somos los mismos del año 1989 cuando se estrenó el filme. Que yo sepa, en la vida real no hubo ninguna relación sentimental entre Meg y Billy, ni tampoco antipatía; pero los actores de cine están hechos para eso: para fingir que el suyo en la pantalla es un amor de película en la vida real.

En algún momento de la película los dos amigos están en una cafetería y hablan de si una mujer puede fingir un orgasmo. El hombre, como se sabe, naturalmente no. ¿Cómo puede uno aparentar que entró en éxtasis, si el pigmeo desobediente tuvo eyaculación precoz y hace segundos que lagrimea flácidamente sin que haya poder humano que lo pueda sostener? En los hombres esas cosas no se dan. Meg Ryan opina que en las mujeres sí, y resuelve hacer una demostración a su incrédulo amigo ahí mismo en el restaurante. Comienza a jadear, a gemir, a emitir sonidos, a respirar fuerte, a entrecerrar los ojos vidriosos medio acomodados en la trastienda, a sacudir la melena hacia atrás diciendo: “¡Ay-Dios-ya-más.-Oh-Dios-ya-no-más.-Ay!” con el pulso subido y la saliva gruesa. Los clientes y meseros de la cafetería se percatan de esta mujer que está sintiendo un orgasmo sin que el hombre que tiene al frente la toque ni haga nada para que ella lo sienta. Es un orgasmo que surge por generación espontánea y llega al clímax en el momento en que los atónitos comensales tienen los ojos puestos en ella. Demostración más clara no podía haber, ni fingimiento más convincente que ese. El mesero se acerca a la madura señora que cena sola en la mesa vecina, con la libreta dispuesta para anotar su orden, y entonces ella le dice señalando a Meg Ryan con la mirada y un gesto: “A mí, deme de lo mismo que le dio a ella”. Esta es una escena de antología que jamás voy a olvidar. Meg Ryan, ¡Qué buena actriz! ¡Qué buena!


El pudor en el cine es cosa del pasado y la explicitez de imágenes y palabras se han convertido en el pan de cada día. No estoy seguro, pero es posible que “El último tango en París”, con Marlon Brandon y María Schneider marcara el inicio de este destape.

Tal vez la palabra tango en el título fuera uno de sus atractivos, pero lo cierto es que a principios de los 70 fue un éxito de taquilla y nadie quería perderse de ver “El último tango en París”. El tango fue lo de menos, porque lo cierto es que esa película disparó las ventas de margarina en los supermercados.

Banda sonora de la película, música compuesta por el jazzman argentino Gato Barbieri:

http://www.youtube.com/watch?v=edEycFUWnnM

Argumento de la película (tomado de Wikipedia):
Una mañana de invierno Paul (Marlon Brando), un hombre de 45 años recién enviudado, y Jeanne (Maria Schneider), una actriz amateur de 20, se encuentran casualmente mientras visitan un departamento de alquiler en París. La atracción entre ellos es muy fuerte y, tras mediar apenas unas cuantas palabras, hacen el amor apasionadamente en el piso vacío. Cuando abandonan el edificio establecen el pacto de volver a encontrarse allí, en soledad, sin preguntarse los nombres. Paul consigue alquilar el departamento, donde comienzan a tener furtivos encuentros. La relación se caracterizará por una fuerte violencia verbal y sexual ejercida por él hacia Jeanne, en un afán de dominar también su mente. Ella, prometida para casarse con otro, un joven director de cine que la convoca a la filmación de una película por las calles de París, parece no darse cuenta de la violencia de que es objeto. La película se caracterizó por su fuerte erotismo, pasando a la historia del cine una escena particular en la que el personaje masculino sodomiza a la mujer, valiéndose de un poco de mantequilla a modo de lubricante. Estas escenas, y en general el tratamiento de la temática erótica desde una óptica inusual (numerosas escenas de desnudos frontales de la mujer), causarían un gran impacto en la sociedad de la época. Años después, la actriz declararía que la escena de sodomía se realizó fuera de lo establecido en el guion original, por sugerencia del propio Brando. Y que sus lágrimas en la escena (que por cierto no se ensayó más que una vez) fueron reales. Años después, decidió abandonar la filmación de Calígula (sería reemplazada por Teresa Ann Savoy) para ingresar voluntariamente, junto a una mujer (de quien ella misma declaró ser pareja), en un hospital psiquiátrico. También abandonaría el mundo del cine (se dice que se volvió adicta a la heroína) al que regresaría años después, para actuar únicamente en películas (más de 30, y sobre todo europeas) de otro género, sin contenido sexual. Sin embargo, a pesar de ser ampliamente recordada por estos detalles, suele destacarse la interpretación de un Brando ya maduro, y la calidad del trabajo fotográfico del filme (Vittorio Storaro), que contribuye en buena medida a otorgar un contrapunto de lirismo a una cruda trama argumental.

http://es.cine.yahoo.com/video/bertolucci-confiesa-el-secreto-m-110007452.html

Lo de que la María Schneider de esta película fuera virgen a los 19 años es cosa de no creer, y habrá que hacer un acto de fe en ese sentido. El caso es que yo creo que toda mi generación soñó con compartir alcoba con María Schneider, y ahora vengo a enterarme de que era lesbiana y drogadicta, y terminó sus días en un hospital siquiátrico. Claro que cuando Marlon Brando murió a los 80 años, de su apostura en los 45 no quedaba ni el recuerdo. Nadie es perfecto en el mundo.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 30 de abril de 2017

202. Fiesta fox trot en las empanadas bailables de los sábados

(Fiesta, rumba fox trot interpretada por Edmundo Arias y su orquesta para el LP “Ritmos del Caribe” de Discos Zeida, con los clarinetes de Ricaurte Arias y Álvaro Rojas, y el piano de Juancho Vargas).

Hay un reguetón titulado “El encantador de serpientes”, por Gero Arrieta y su grupo Caribefunker, pero nada tiene qué ver con el tema que voy a tratar. Eso es otra cosa.

Acabo de ser admitido en dos clubes que me han inscrito en su lista de afiliados. De una parte, he sido admitido en la lista del club de hipertensos de mi prestadora de servicios de salud; y, de la otra, también he sido aceptado en la lista del club de prediabéticos. Un poco más, y me declaran asociado vitalicio en la categoría de insulinicodependiente.

Mi tema tiene que ver algo con los clubes sociales de Medellín en la década de los años cincuenta. Estaban el Club Unión y el Club Campestre, a los que no entraban sino los ricos de la rosca. Hombre que no fuera de la rosca, aunque fuera rico, no tenía entrada. En el año de 1940 vino a la ciudad el Cuarteto Victoria representado por Victoria, su hermana,  y dirigido por el maestro Rafael Hernández-Marín. El cantante Bobby Capó hacía parte de la plantilla, y a poco se produciría en Pereira el distanciamiento que convirtió a Capó en cantante solista. El boricua Rafael Hernández, que era ostensiblemente de raza negra, quiso entrar por la puerta principal del club para hacer su presentación artística, pero don Félix de Bedout que era el representante de la casa grabadora Víctor de Nueva York, y otros socios, se opusieron a que un negro entrara por allí. El Conserje le pidió a los músicos que entraran por la puerta del servicio en la parte de atrás, y estos se negaron dando por cancelado ese contrato. Hernández nunca le perdonó a Medellín este desaire. 

Claro que en el club se podía hacer tal cual excepción, siempre y cuando la persona eximida de requisitos fuera blanca y tuviera apariencia de ser gente de bien, según se desprende de lo escrito por Lucero Duque, acompañante en uso de buen retiro, en la página 31 de su libro “La Bayadera, crónicas de una prostituta”, Editorial Dunken de Buenos Aires, 2014, quien afirma que:

… Aquella misma tarde regresamos a las residencias, nos vestimos con decoro, y fuimos al Club Unión; un lugar selecto de la ciudad. Allí entrábamos siempre en compañía de don Pedro y de don Félix. ¡Cuánto los extrañábamos! (pero ese día)… No nos dejaron entrar…”. 

No la dejaron entrar al club a pesar de que otras veces había ido con don Pedro y con don Félix, y con ellos había pasado la entrada sin problema. Es que, supongo yo, depende de con cuál Pedro y con cuál Félix se presente una dama de esas en la portería:


Por ese entonces estaban los clubes Medellín, El Rodeo, y de Profesionales, con un menor nivel de exigencia, pero no había que hacerse ilusiones porque tampoco eran para todo el mundo. Después vino el Country Club de El Poblado, y después el Club la Macarena de Rionegro. La expresión “acompáñame el viernes a pagar las cuotas de los clubes” no hacía referencia a los clubes sociales sino al sistema de crédito para pagar por cuotas semanales, denominado “club”, que se había impuesto en los almacenes de mercancía de Medellín. Mentiría si dijera que estuve en el Club Unión cuando funcionaba a dos cuadras del Parque de Bolívar por la carrera Junín. Eso no sucedió. Sí he estado varias veces allí, pero después de que los socios se fueron para otro lado y el lugar fue convertido en el Centro Comercial Patio del Unión. Mejor remitirnos a la periodista Mónica Gil Restrepo, cronista del periódico Universo Centro, que en el número 40 del mes de noviembre de 2012 nos cuenta cómo fue la cosa que a ella le tocó vivir:


Tenían los clubes sociales, creo que todos, sus orquestas de planta para animar las fiestas. La orquesta de Pacho Galán, la de Lucho Bermúdez, la de Edmundo Arias, la Italian Jazz, la de los Hermanos Martelo, y otras que se concentraban en Medellín por estar en esta ciudad las casas grabadoras de discos, eran las encargadas de animar esas fiestas que eran toda una fiesta. Varios clubes como el Unión, el de Profesionales, o el Medellín, institucionalizaron las denominadas “empanadas bailables de los sábados”. Galán que se respetara invitaba a su dama a ocupar mesa en una de esas tardes, la dama iba acompañada de la chaperona asignada por los mandamases de su casa, y la mesa lucía una canasta de empanaditas de iglesia vaticanas, así denominadas porque no tenían carne sino sólo papa, y porque con la venta de ese tipo de empanaditas se recogieron los fondos para construir la mayoría de las iglesias de la ciudad. En la mesa había, claro, una botella de aguardiente con pasatragos de todos los fierros para el galán anfitrión y su amigo de turno, y una botella de ron con Coca Cola y bandeja de cascos de limón, con hielera a la mano, para arreglar los cocteles Cuba Libre de las damas. No iban ellas a tomar aguardiente en público porque tal cosa era mal vista y se consideraba pordebajeada socialmente.

Ustedes saben que, por misterios del lenguaje, la zamba argentina es femenina, pero el samba brasileño es masculino. Claro que son dos ritmos distintos.

El baión es una derivación del samba brasileño. Cuántos recuerdos de esas inolvidables tardes bailables sabatinas de finales de los cincuenta y principios de los sesenta me trae “El baión de Madrid”, con letra y música del chileno Germán Aqueveque Barros, cuyo nombre artístico era Germán del Campo, que interpretara entre otros Nelson Henríquez con su Combo:


Inolvidable también el baión “Estambul” con letra de Jimmy Kennedy y música de Nat Simon, que nos hizo azotar el piso en las empanadas bailables de los sábados, animadas por las orquestas de planta de los clubes sociales. Es una versión solamente instrumental, pero no se perdió nada con la supresión de la letra de Kennedy (Istambul not Constantinopla…) porque su contenido es muy anodino:


Y, sobre todo, la rumba fox trot “Fiesta” es la que más me recuerda esas inolvidables tardes. Averigüé que los autores de esa popular rumba fox trot grabada en 1931 en Alemania, que fue incluida en la banda sonora de la película “8.1/2” de Federico Fellini, fueron los norteamericanos Walter G. Samuels y Leonard Whitcup mancomunadamente tanto en la composición de la música como en la letra en inglés que se tituló “Bianca”, con una versión titulada en alemán como “Buenas noches, noviecita”. Fue grabada en el sello Gloria (de Gloria y Carl Lindström) por la orquesta de danza de Eric Harden, en el sello Kristall por la orquesta de danza del Hotel Eden de Berlín que dirigía Oscar Joost, en el sello Columbia de Alemania por la orquesta de danza de la BBC que dirigía Jack Paine, y en el sello Kristall por el Abel Quartet. 

Whitcup es el autor de la letra en inglés de “Frenesí” (“Quiero que vivas solo para mí”. Música de Alberto Domínguez Borrás), por lo que erradamente algunos norteamericanos lo consideran su autor, y es también el autor de la recordada canción “Besos por teléfono” (Kissing on the phone) que en inglés popularizara Paul Anka y en español conociéramos en versión de César Costa a quien los odiosos desinformantes del Sr. Google atribuyen, cuando solamente era su intérprete y traductor. 

La versión de “Fiesta” más disfrutada por nosotros en los años de la adolescencia fue la del cabecenido Edmundo Arias (Edmundo Dante Arias Valencia) con su orquesta:

Rumba fox trot interpretada por Edmundo Arias y su orquesta para el LP “Ritmos del Caribe” de Discos Zeida:


Parodiando a Hemingway habría que decir que en las empanadas bailables de los sábados en el club por esos días, Medellín era una deliciosa “Fiesta”.

Hay una grabación argentina que no es un tango, sino un fox trot cuya música, por cierto, tiene tonalidades orientales y cuya letra en español habla de sultanes y odaliscas. Quiero que lo oigamos primero en versión instrumental en un solo de piano que me parece de muy buena factura, tocado con mucha vitalidad, por parte de un paisa de nombre Juan Carlos Cortés Aguirre:


El fox trot al que hago referencia es una obra titulada originalmente “El encantador de serpientes del Viejo Baghdad” (The snake charmer from Old Baghdad), con letra original en inglés de Leonard Whitcup y música de Teodoro “Teddy Powell” Palella, aunque sería más apropiado decir que es composición mancomunada con la colaboración de ambos. Es posible que la primera versión de esta obra en el año de 1937 sea la que interpretó Dinah Miller con acompañamiento de la orquesta de Jack Harris en ritmo de quick step, similar al fox trot.

The snake charmer from Old Baghdad”, por la orquesta de Jack Harris con Dinah Miller como estribillista:


La letra en español la hizo R. Alonso y tiene un error geográfico porque si la canción habla de la ciudad de Baghdad en Irak debió hablar, a mi parecer, del río Tigris que atraviesa dicha ciudad. Debería decir: “Suspiros salen desde el harén, y hasta las aguas del Tigris van…”. 

Aunque en Irak hay shas, seguramente haya también sultanes con odaliscas en sus harenes, por ser tierra islámica. No fue eso lo que escribió Alonso, y en su versión trasladó la escena al país de la India, donde tal vez la comunidad islámica tenga sus sultanes, como decir el Sultán de Bengala. Hay que pensar que los encantadores de serpientes deben estar regados por todos lados en el continente asiático. Esta fue la letra que escribió, refiriéndose al río Ganges que pasa por la ciudad de Nueva Delhi:

“Suspiros salen, desde el harén, 
y hasta las aguas del Ganges van… 
por la ausencia del Sultán. 

Pero llega el encantador 
de serpientes, que su canción 
deja oír tristemente en el harén, 
y penetra por el jardín 
el tañido de su flautín 
hasta donde la odalisca llora 
la tristeza del harén, 
que hasta las aguas del Ganges va, 
desde que la dejó el Sultán”. 

Como ven, he tenido que modificar un poco la letra, de lo que se le oye cantar al intérprete, para dar una cierta lógica sintáctica a lo que dice.

El encantador de serpientes”, fox trot interpretado por Roberto “El Chato” Flores en 1939, con acompañamiento de la orquesta de Enrique Rodríguez, cuya letra en español es de R. Alonso:


Tengo mis sospechas, no comprobadas, de que el arreglista A. Moreno que aparece en los registros legales puede corresponder a Armando Moreno; no porque necesariamente él lo hubiera hecho, sino porque Enrique Rodríguez se hubiera camuflado en él para no aparecer directamente. De igual manera el letrista R. Alonso puede ser el mismo director de orquesta Enrique Alonso Rodríguez camuflado como Rodríguez Alonso (R. Alonso). Se me ocurre esto, que no pasa de ser simples sospechas, porque no he encontrado ninguna información sobre las personas con estas iniciales ni ninguna otra obra en la que el uno o el otro, o los dos, aparezcan registrados.

En resumidas cuentas, cuando uno habla de la ciudad de Bagdad tiene que hacer referencia al río Tigris y no al río Ganges; y cuando habla de las empanadas bailables del club se está refiriendo a una época de la vida social de Medellín que ya prácticamente desapareció. Supongo que los clubes sociales ya no son lo que eran. Lo supongo, porque en realidad no me consta. En los dos únicos clubes en los que he sido admitido no programan empanadas bailables porque la dietista nos tiene prohibidos los fritos en aceite, y porque el ortopedista me tiene prohibido el baile por el asunto del desgaste de rótulas en las rodillas.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 23 de abril de 2017

201. Gabo -GGM-, melómano empedernido

DÍA DEL IDIOMA

(Nota introductoria:
El 23 de abril de cada año se celebra el Día del Idioma Español. Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Marco Fidel Suárez, Manuel Mejía Vallejo, el Inca Garcilaso de la Vega, Teresa de la Parra, Josep Pla, Mircea Eliade, y Alejo Carpentier, entre otros, están vinculados con esta fecha en sus hitos biográficos de nacimiento o muerte. Es este un momento propicio para hablar de Gabriel García Márquez, nuestro Premio Nobel de Literatura, y su relación con la música; porque, como se sabe, él era un melómano que gustaba de ella, y la disfrutaba, y sabía del tema; lo que encaja para hablar de ello en la Tertulia Musical de Amigos del Salón Málaga, que el 7 de marzo de 2017 celebraron 10 años de estar reuniéndose en este tradicional lugar de Medellín para hablar sobre su afición).

1. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y LA MÚSICA

Gabriel García Márquez, GGM, era don Gabriel para sus colaboradores, el maestro Gabriel para sus discípulos, García Márquez Gabriel para los registradores del estado civil, García Márquez para los admiradores, y simplemente Gabo para sus íntimos y para los que nunca lo tratamos pero somos un poquito confianzudos. No es el único escritor colombiano de su generación, pero sí es uno de los grandes; a despecho de quienes no lo admiran, que también los hay. Por cierto que si el cubano Alejo Carpentier no se hubiera muerto el 23 de abril de 1980, el Premio Nobel de Literatura hubiera sido para él y no para García Márquez.

Debo hacer una advertencia. Algunos son partidarios de la norma de respetar las palabras de las personas tal como salen de su boca o como las escriben (sic); mientras unos pocos opinamos que no siempre hay que tomar las cosas textual o literalmente. Yo defiendo mi tesis, y la aplico, en el sentido de que lo importante no es la forma como se dice, sino el fondo de lo que se quiso decir “según el contexto”. Para interpretar lo que dice el otro, es muy importante tener en cuenta el contexto. Pongo un ejemplo: si alguien, al responder una entrevista escrita, escribe la expresión “me llega al corason”, con ese y sin tilde; para mí es evidente que lo que quería escribir era la palabra “corazón”, con zeta y con tilde, y así la escribo en la transcripción que yo hago. Tal vez no tenga importancia, o tal vez sí, pero cuando Jesucristo dijo que “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que un rico entrar en el reino de los cielos” (Mateo 19:24), no se estaba refiriendo al ojo de la aguja de una máquina de coser Singer, sino a la ventana ovalada en los torretes por donde los camelleros les hacían meter la cabeza a los camellos para que comieran el pasto, y cuando se reducía el montículo los camellos hacían esfuerzos por meter el resto del cuerpo para alcanzar las últimas briznas. No me voy a poner en la tarea de corregir los Santos Evangelios, pero sé lo que Jesús quiso decir aunque, como dijo García Márquez, refiriéndose a otra cosa, “… eso es inexacto; pero para mí las cosas de los historiadores no me interesan verdaderamente… no hay nada de malo en forzar un poco la Historia”. Y en sus memorias tituladas “Vivir para contarla” dijo también que “La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”, lo que equivale a decir que “Las cosas no son como sucedieron, sino como uno las recuerda”.

García Márquez y la música es un tema que ya ha sido estudiado, y sobre él di una charla hace un tiempo en la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia; y, en abril de 2014, publiqué un artículo en mi blog Postigo de Orcasas con el título: “46. Gabriel García Márquez y la música, –homenaje a Gabo–”, artículo que es la esencia de estas charlas.

Gabriel García Márquez en su artículo “Bueno, hablemos de música”, publicado el 1º de diciembre de 1982, escribió que “Lo único mejor que la música, es hablar de música”. Este comentario es recogido por muchos y citado tal cual, entre ellos el periodista Jaime Andrés Monsalve Buriticá para la revista Cromos en artículo publicado el 19 de abril de 2014 con el título de “Gabo y la música”. Pienso que esta es una ligereza del Nobel porque no le veo sentido lógico a que sea mejor hablar de música que oírla, y que lo que él realmente quería decir era que “Lo único mejor, después de oírla, es hablar de música”. Para mí, oír música tiene que ser mejor que hablar de ella. Primero, lo primero.

[Ver el video # 1 con el tango “Volver”, de la película “El día que me quieras” de 1935, filmada por Carlos Gardel en los Estudios Paramount de los Estados Unidos]:


2. DR. LUCIANO LONDOÑO LÓPEZ: 
EL TANGO Y GARDEL EN LA OBRA DE GARCÍA MÁRQUEZ

Me interesé en el tema, en primer lugar, a raíz de una conversación que sostuve con el Dr. Luciano Londoño López, quien publicó el artículo titulado “El tango y Gardel en la obra de García Márquez”, en el que recoge apuntes de lectura relacionados con este género musical, artículo que puede leerse en el siguiente enlace:


De ese trabajo he recogido información que comparto con ustedes en este subtítulo, y en él refiere el Dr. Lucio que el mismo día en que salió la novela “El amor en los tiempos del cólera” él la adquirió y la leyó en dos días, escribiendo a varios medios periodísticos para advertir que no es cierto que Carlos Gardel hubiera estado en Colombia en el año de 1914, como dice la novela. Eso le valió un regaño anónimo de García Márquez en un reconocimiento público que hizo al periódico El Tiempo:

…El libro apenas había aparecido cuando alguien me reprochó que por ahí aparece Gardel en Colombia alrededor de 1914, y que eso es inexacto; pero para mí esas cosas de los historiadores no me interesan verdaderamente. Gardel es un ídolo enorme en Colombia, muy querido y venerado (…) y su fama empezó muy temprano. Quizás diez años después, pero eso no importa; no hay nada de malo en forzar un poco la Historia y poner allí a Gardel”.

En realidad Gardel estuvo en Colombia veinte años después de 1914, por una sola vez, en el año de 1935.

En su biografía “Vivir para Contarla” habla García Márquez, según reseña Luciano, de la muerte de Gardel. Dice allí que días antes él había cantado, acompañado de unas señoritas Echeverri, pianistas bogotanas, el tango “Cuesta abajo”. Eso nos muestra a García Márquez en la faceta de cantante de ¡tangos! Toda una novedad. De hecho es una novedad saber que Gabo cantara en público; pero se sabe también que en algún momento lo hizo para ganarse la vida en París. Yo hubiera creído que, como cantante, era malo y desafinado, pero no. Gabo le dijo al periodista cubano Rafael Lam, que él se había ganado la vida por unos días cantando rancheras en el Cabaret L´Scala de París, y de la experiencia de los malos tiempos queda un disco grabado a dúo con el novelista mexicano Carlos Fuentes y con intervención de Julio Cortázar cantando un tango para ese disco. Vender CDs con la voz de uno ya es meritorio, y oí decir que en ese entonces lo hicieron cantando ¡rancheras! Tal CD debe ser una joya de colección que no muchos deben tener en su poder, y no hay señales de él en You Tube.

Florentino Ariza, el personaje del “Amor en los Tiempos del Cólera”, le reconoció al Dr. Juvenal Urbino que él era admirador de Carlos Gardel “Que está de moda”. Dijo Gabo en “Vivir para Contarla” que: 

“Mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel, que contagiaron a medio mundo. Me hacía vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda, y no necesitaba demasiadas súplicas para que soltara un tango a todo pecho”. 

En esta autobiografía habla Gabo de haber visto “las películas argentinas de Gardel y Libertad Lamarque”, pero no contó con el ojo avizor del Dr. Lucio que con toda razón afirmó que “La única película argentina de Carlos Gardel es "Flor de durazno" (Buenos Aires, 1917), la cual es muda. Es casi seguro que en Colombia nunca se vio”. Obviamente no se trataba de las tan conocidas diez películas de Gardel cantando, que se filmaron por Estudios Paramount en Francia y Estados Unidos; ni de los diez cortometrajes (especies de videoclips de tangos dramatizados) que se filmaron en Argentina en el año de 1930, porque ese ya es otro cuento. 

Habla García Márquez de Guillermo Granados, su condiscípulo de bachillerato en Zipaquirá, que “daba rienda suelta desde el amanecer a sus virtudes de tenor, con su inagotable repertorio de tangos”. 

En “Textos Costeños”, dice García Márquez que: 

“Medellín es una ciudad aficionada al tango. Creo que en ningún otro lugar fuera de la Argentina tiene más acogida esa música trágica en la que siempre muere alguien, y no precisamente de muerte natural”. 

En “Julio Cortázar, el argentino que se hizo querer de todos” dice Gabo que: 

“…Lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vedada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo”. 

Aquí hace un reconocimiento de ser un dedicado escuchador de tangos, lo que le permitió aprender a entender el lenguaje lunfardo.

En “Memoria de mis putas tristes” dice el personaje de García Márquez que:

“Cantábamos... boleros de Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar (…)". 

En esta misma novela el personaje habla de: 

“Una noche de carnaval en que bailaba un tango apache con una mujer fenomenal, a la que nunca le vi la cara”.

[Escuchar a “Juancito Trucupey” (corte #1), de Luis Kalaff, interpretado por Celia Cruz con la Sonora Matancera, uno de los temas que le gustaba a Gabo]:


3. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y LA MÚSICA, ARTÍCULO NRO. 46 DEL BLOG POSTIGO DE ORCASAS

Dijo alguien y los demás repetimos, porque es verdad:  

“La grandeza de Gabo es su universalidad”.

Cuando leo, escribo, o duermo; es decir, casi todo el día; me gusta oír música clásica de la emisora cultural Radio Bolivariana FM Estéreo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, por una razón: no me distrae de mis actividades, no me interrumpe… Me explico: si estoy en sueño profundo a medianoche y suena Celia Cruz con la Sonora Matancera golpeando mi cerebro con su “No sé qué tiene tu voz que fascina, no sé qué tiene tu voz, tan divina”… se me espanta el sueño y los ojos se abren como dos pepas de asombro. Si estoy escribiendo o leyendo, se me escapan las ideas porque la voz de esa mujer lo llena todo–. Me llamó la atención una entrevista que le hicieron (Tintas y tintos de UN Radio, la emisora cultual de la Universidad Nacional de Bogotá) al polémico y provocador escritor colombiano, residente en México desde hace cuarenta años, Fernando Vallejo. Es fanático de la música clásica de Christoph Willibald Glück que lo acompaña, junto con los perros callejeros que recoge en su soledad ahora que se enclaustra en su apartamento. Pero la música que le llega al alma, la de oír cuando no lee ni escribe, es la de la Sonora Matancera acompañando los boleros de Daniel Santos y Bienvenido Granda. ¡Quién iba a pensarlo!

Me sorprendió escuchar que a Gabo le pasaba lo mismo. De oír música clásica cuando escribía. Y reconoció haber sido acompañado por la música de Los Beatles cuando escribía “Cien años de soledad”. 

En “El amor en los tiempos del cólera” hace referencia a “La Chasse”, de Mozart, a “Don Giovanni”, a “Tannhaüser”, a “La muerte y la doncella”, de Schubert. En otro lugar se refiere al canto desgarrador de “In questa tomba oscura” y al vals de “La diosa coronada”, vallenato de Leandro Díaz al que está dedicada la obra; al aria “Adiós a la vida”, de “Tosca”, a Enrico Caruso y su capacidad de romper cristales con la voz y a “When wake up in glory”, canto funerario de Louisiana. En alguna ocasión escribió un artículo o crónica periodística sobre el vallenato y en otra escribió sobre el bolero, según me dicen. También escribió el artículo “Bueno, hablemos de música” que fue publicado en la revista “La Canción Popular #19 de 2005”, en Puerto Rico.

“Pienso que la música popular también es culta, aunque de una cultura distinta, pero si sólo pudiera llevarme un disco a una isla desierta, no dudaría un solo instante: La Suite #1 para chelo, de Juan Sebastián Bach”.(1)

[(1). Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico].

[Escuchar “La piragua” (corte # 2), cumbia de José Barros, interpretada por Barros con Los Gavilanes de El Banco].


Muchos quisiéramos ganar el Nobel para tener dinero y ser famosos. El sueño de Gabo –reconoció en Caracas a Manuel Mejía Vallejo cuando éste ganó el Premio Rómulo Gallegos– era otro:

“Aspiro a ser un hombre común y corriente”.

No podía serlo. Lo perseguía una nube de periodistas y mariposas amarillas como la doña Maribucha que se inventó Guillermo Díaz Salamanca:

“¡Ay, Gabito!, ya que estás por aquí, ¿por qué no nos regalas tu autógrafo en esta servilleta?”.

Esto de la servilleta no me lo estoy inventando. Le pasó con un pasaporte, según lo cuenta Ignacio Martínez Medina en su libro, citado por Oscar Domínguez Giraldo en su artículo “El otro Nobel colombiano” de El Espectador.com:

http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-otro-nobel-colombiano-articulo-392156

En su libro, la lengua triperina de Nacho pone en boca del nieto del coronel esta airada reacción ante el acoso de un colombiano que lo instaba a que estampara la rúbrica en su pasaporte: 

– “Yo acabo de firmar 250 libros de Cien años de soledad para entregar aquí, ya les escribí el Nobel, y ahora ¿Tú quieres que te firme el pasaporte también?”. 


Y Gabo… ¡Se negó!”.

Un hombre que tenía pensado ir a recibir el Premio Nobel y a hacerle venias al Rey de Suecia vestido con camisa guayabera caribeña, pero se decidió por hacerlo con el traje llanero liqui liqui; y que se hizo acompañar de Rafael Escalona y los Hermanos Zuleta, no sólo se habrá pegado quién sabe cuántas escapadas a contratar merenderos vallenatos, sino que fue acunado por la música de acordeones y guacharacas. No hay que dudarlo. Antes del premio podía hacerlo, pero después no. De El Universal de Cartagena tomo este párrafo: 

“Ser Gabriel García Márquez debe ser muy difícil. Quizá le es igual de incómoda la sapería o lagartería de nacionales y extranjeros, que la inquina de sus detractores. Durante el almuerzo de la Sociedad Interamericana de Prensa en Cartagena, fue asediado de manera inmisericorde, grotesca, por una fanaticada que no lo dejó en paz ni un minuto. No dudamos de que en privado ha recibido propuestas y peticiones abusivas de quienes se esperaría delicadeza. Es suficiente para mosquear hasta al más ecuánime”.(2)

[(2). Editorial de El Universal, de Cartagena, miércoles 28 de marzo de 2007].

De ahí su explicación de por qué no volvió a visitar su natal Aracataca, dada a Heriberto Fiorillo en México en entrevista publicada por Cromos y El Espectador con el título de “Gabo, un día después del Nobel”:


“Fíjate, sin embargo, que yo podría llegar a Aracataca de la manera más natural, y visitar gente y amigos. Pero, ¿tú sabes lo que es estar en una casa y todo el pueblo en la puerta viéndolo a uno ahí sentado? Yo soy muy tímido para esa vaina”.

Cómo sería la cosa para un hombre de ochenta años que empezaba a arrastrar los pies, que a raíz de la celebración de esa semana en Cartagena, con Congreso de la Lengua y reyes de España a bordo, hicieron una fiesta con todo lo que vale y pesa de Cartagena; lo más granado de la sociedad, como se dice. Asistieron 400 invitados y el único que no llegó fue él.

Me cuentan que estando una vez en el Aeropuerto de Barajas en Madrid, una admiradora lo reconoció en la sala de espera y le dijo:

“Maestro, es usted el más grande poeta de la lengua”.

Se lo topó de buen humor. 

“No, señora, los grandes poetas de la lengua son los juglares del pueblo. Óigame esto”: 

“Me contaron mis abuelos que hace tiempo / navegaba en el Cesar una piragua / que partía del Banco, viejo puerto / a las playas de amor en Chimichagua. / Doce bogas con la piel color majagua, / y con ellos el temible Pedro Albundia, / le ponían a sus remos en el agua / un melódico crujir de hermosa cumbia”.

Chispas quedaría viendo la señora extranjera mientras averiguaba dónde diablos queda Chimichagua, quién diablos era el temible Pedro Albundia, y cómo diablos es la piel color majagua. 

“Perdí la amistad de algunos escritores sin sentido del humor porque declaré en una entrevista –pensándolo de veras– que uno de los grandes poetas actuales era mi amigo Armando Manzanero”.3

A Gabo le hubiera gustado escribir “Pedro Navajas”, de Rubén Blades, según dijo; y con seguridad también “Juanito Alimaña”, de Tite Curet Alonso:

“Me alegra comprobar, por otra parte, que mi pasión por la música del Caribe está bien correspondida”.(4)

[(3-4). Artículo Bueno, hablemos de música. (op. cit.)].

Encontré en “El coronel no tiene quien le escriba” una expresión de músicos. A nosotros nos puede parecer que entre la orquesta falta el flautista de la semana pasada, o el trombón del otro domingo, pero Gabo dice con términos de conocedor:

De “El Coronel no tiene quién le escriba”:
(…)

Mirando la banda de músicos Aureliano (El Coronel…), “Volteó la cabeza y se encontró con el muerto… envuelto en trapos blancos y con el cornetín en las manos. Pero no lo reconoció porque era duro y dinámico y parecía (dentro del ataúd con el instrumento de cobre, debiendo estar entre la banda)... tan desconcertado como él… La banda inició la marcha fúnebre. El coronel advirtió la falta de un cobre y por primera vez tuvo la certidumbre de que el muerto estaba muerto”.  (páginas 6 -7)

Para decirle “cobre” a una corneta, y para distinguir que se trata de un cornetín, se necesita ser músico así sea de oídas. 

[Escuchar “Jaime Molina” (corte # 3), vallenato de Rafael Escalona interpretado por Carlos Vives]:


Alguna vez Gabo reconoció a Marco Aurelio Álvarez de Radio Cadena Nacional RCN su admiración por la Sonora Matancera y en especial por Bienvenido Granda a quien no sólo admiraba enfundado en sus guayaberas caribes, sino que hasta lo imitaba con su bigote que escribe. La admiración de Gabo por la música de la gente caribe fue grande y viceversa, él mismo lo reconoce. Tenía que serlo. Uno no puede vivir temporadas en México y en Cuba sin oír música todo el día y en todas partes, sin impregnarse de melodías de pueblo. A cualquier niño que nazca, crezca, y envejezca en la Costa Caribe colombiana, llámese Aracataca, Barranquilla, o Macondo, le es imposible hacerlo a punta de canciones de cuna gregorianas con esa mano de vecinos compitiendo a cual pone sus vallenatos a mayor volumen. La primera música que Gabo mamó fue el vallenato, de eso no nos quepan dudas. Y eso cuando aún no había sido llevado por su abuelo el coronel Nicolás Márquez a conocer el hielo y la música no se oía en discos sino de viva voz con acordeones regados por todos lados y guacharacas. 

Escalona habla de su amigo Gabo. Hay una foto en la que aparecen los dos con Álvaro Cepeda Samudio y el pintor Jaime Molina al que Escalona dedicó su vallenato (“Recuerdo que Jaime Molina me dijo que si yo moría primero él me haría un retrato, pero que si él moría primero le cantara un son”):

“Gabo y yo nos conocimos cuando estábamos en edad de mirar muchachas… Es uno de los mejores cantantes de vallenato que yo haya conocido. No lo digo por complacerlo, sino porque en nuestras parrandas en Valledupar y en La Guajira, aunque él era flojo para asuntos de trago, se emocionaba mucho y de pronto se ponía a cantar… Un día nos encontramos en Barranquilla y me invitó a La Cueva, donde se escuchaba mucho vallenato. Su entusiasmo por los vallenatos está expresado en sus libros”.(5)

[(5). Artículo El Vallenato. Rafael Escalona en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007].

Allá se reunían a hablar de música y a contratarla con merenderos. Heriberto Fiorillo ha tratado de rescatar el lugar con objetos, decoraciones, etc. y ha podido hacerlo con todo menos la gente que lo habitaba, porque ya no asoma por allá, ni son los mismos. 

“Era un sitio en el que se podía beber ron, alternar con cazadores y toda suerte de parroquianos sin pretensiones… mantener un clima de festiva bohemia los blindaba del peligro de convertirse en aquello que detestaban”. 

Ha cambiado: 

“El otro día el Pato Abello y yo intentamos almorzar allí. Al recibirnos, alguien nos preguntó si teníamos reserva. Cruzamos miradas con el Pato, y huimos instintivamente”.(6)

[(6). Artículo En La Cueva. Armando Benedetti Jimeno en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007].

“Aquel fanatismo enciclopédico fue el principio de una gran amistad. Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes con los cuatro discutidores, que se llamaban Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los primeros y los últimos amigos que tuvo en la vida”.

En la vida real se reunían en la librería del catalán don Ramón Vinyes: Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas Cantillo, Alfonso Fuenmayor y Gabriel García Márquez, lo que se denominaría “Grupo de Barranquilla” o de “La Cueva” (página 301 de “Cien años de soledad”). También José Félix Fuenmayor, Alejandro Obregón, Orlando "Figurita" Rivera, Fanny Buitrago, Plinio Apuleyo Mendoza.

Heriberto Fiorillo reunió en La Cueva de Barranquilla a un grupo de familiares y amigos para celebrarle a Gabo los 80 años:

“Durante su visita a La Cueva, semanas atrás, Gabriel García Márquez va a las vitrinas donde reposa un centenar de libros que alguna vez engrosaron la biblioteca familiar de José Félix y Alfonso Fuenmayor. Su hermana Ligia aprovecha el paso del escritor junto al piano para pedirle que cante O sole mío. Gabito está más interesado en los títulos de los libros que en el canto y se niega. Tras los vidrios de la estantería, hay obras de Faulkner, de Mutis, de Steinbeck, de Lawrence Stern, y Graham Green, que roban su atención; pero ya la pieza operática ha empezado en las voces de varios amigos cuando, envuelto en el sentimiento colectivo, el colombiano ilustre se pone la mano en el pecho y, mirando a Salvo Basile, que parece liderar a los cantantes, demuestra cuánto sabe de la música y la letra de ese disco inmortalizado por el gran Caruso. Gabo canta firme, con la mano en el pecho, la misma mano que levanta al infinito en el envión final. “Esta la cobro cara”, exclamará luego, entre aplausos”. (7)

[(7). Artículo Una visita a La Cueva. Heriberto Fiorillo en El Heraldo de Barranquilla, junio 8 y 15 de 2007].

[Escuchar “O sole mío” (corte # 4), versión de Enrico Caruso]:


Hay que reconocer que quien se le mide a cantar O sole mío, ¡Tiene valor!

Uno tiene en casa boleros, tangos, música vieja, joyitas de la Sonora Matancera y, como dije, no los oye para que no interrumpan el trabajo. Pero cuando llega algún amigo, entonces sí: “déjame ponerte éste, qué opinas de este otro, y éste qué te parece”. Saca sus descrestes del baúl y ya hay tema para conversar. Pues bien, quién sabe cuántas veces se habrán sentado Gabo y Escalona a hablar de música vallenata y de los fríos días en el internado de Zipaquirá en que Gabo se reunía con paisanos a soplarle acordeón a la nostalgia. Y no sólo acordeón: 

De esos tiempos me viene el gusto por la música cachaca–dice, refiriéndose a los boleros de Bienvenido Granda. 

La colección de música del Caribe es, de todas, sin excepción, la que más me interesa. Desde las canciones ya históricas de Rafael Hernández y el trío Matamoros… y, por supuesto, la que más ha tenido que ver con mi vida y con mis libros: los cantos vallenatos de la costa del Caribe colombiano… fue Daniel Santos quien divulgó algunas canciones que estuvieron de moda hace muchos años sin que nadie supiera que eran de Curazao con letra de papiamento" (Panamá me tombé, Panamá me tombé, Panamá me tombé…).(8) 

[(8). Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico].

[Escuchar “Panamá me tombé” (corte # 5), canción del folclor haitiano en lengua creole, versión de Daniel Santos con la Sonora Matancera]:


Cuando se me atraviesa en el camino algún pontífice dogmático, de esos que creen sabérselas todas sin dar lugar a discusión, suelo pensar en el Papa Urbano VIII y su corte de cardenales que en el año de 1633 estuvieron a punto de llevar a Galileo Galilei a la hoguera inquisitorial del Santo Oficio porque afirmaba que la Tierra era redonda, y eso para ellos no sólo era un error sino una herejía, una blasfemia. Pues bien, eso me da lugar a decir que “zapatero, a tus zapatos” y que, a la hora de la verdad, no hay nadie infalible. Ni el Papa. Aquí Gabo afirmó que Daniel Santos grabó canciones de Curazao en papiamento, pero no. Panamá me tombé y Caolina Cao (Carolina Caro) son canciones haitianas y su letra está en creole. De la letra de Carolina Caro no he podido obtener traducción, pero sé que la otra habla del presidente Florvil Hippolite que en 1896 llegó a la región de Jacmel ataviado con un sombrero de Panamá hecho en el Ecuador, y al apearse del caballo una ráfaga de viento le tumbó su “panamá”; hecho que en el vudú haitiano es considerado de mal agüero, y poco después un infarto lo mató. A propósito de agüeros en el vudú haitiano, recordemos que Daniel Santos nació el 6 de junio de 1916, según figura en los registros civiles de nacimiento, pero el houngan o sacerdote consultado recomendó a sus padres cambiar la fecha por el 6 de febrero de 1916; y así figuró extraoficialmente, lo que ha dado lugar a muchas confusiones biográficas.

Volviendo al vallenato, no olvidemos que para los vallenatos todo lo que no sea del Valle de Upar es cachaco, incluyendo a los curramberos, y por eso cuando queda como rey vallenato Adolfo Pacheco, o cualquier otro afuereño reclaman a Rafael Escalona, fundador del festival, como en la canción “Festival Vallenato” de Luis Francisco Mendoza:

“Quisiera preguntarte, Rafael, por ese festival que has elegido tú para el pueblo vallenato… pues tu comportamiento contrasta con él… y no tendrán palabras pa´ exigirte que el nuevo rey sea un barranquillero”. 

Uno no puede ser amigo de un compositor como Escalona y hablar de otra cosa.

Tal como le ocurrió a Astor Piazzolla con sus tangos de vanguardia y le está ocurriendo a los que graban tangos electrónicos con acompañamiento de computador (Claro que exageran. Hace poco oí un montaje de Carlos Gardel con “Ere dos dedos –R2D2– Artudito”, el robot moderno, haciéndole la segunda voz). Los vallenatos se disgustaron con Carlos Vives por considerar que el vallenato que Vives canta es distinto del vallenato que ellos llaman clásico y al que tienen acostumbrados sus oídos. En tiempos de un Gabo anónimo, Escalona empezaba a ser conocido. Ya Guillermo Buitrago había grabado El Bachiller y algún otro tema. Pero por una de esas manías de regionalismo que todavía existen pero eran agudas en esos tiempos, se opusieron a Buitrago y calificaron su música de romántica, cachaca y cursi. Les pareció corroncha porque Buitrago no podía negar su ancestro paisa y es que en asuntos de música, como en tantas cosas, juega un papel importante la idiosincrasia.

“Un oficial en uniforme de campaña, sonrosado, con lentes de cristales muy gruesos y ademanes ceremoniosos, hizo a los centinelas una señal para que se retiraran… Úrsula reconoció en su modo de hablar rebuscado la cadencia lánguida de la gente del páramo, los cachacos” (página 147, Cien años de soledad). 

Diría uno que los costeños son sueltos y desabrochados y los cachacos están enfundados en chalecos con leontina y sacos de paño. Que los unos escuchan vallenatos mientras los otros escuchan a Beethoven. Eso no es cierto porque hay especímenes raros en todas partes y recuerdo a un oftalmólogo casado con una dama española, el doctor Afranio Restrepo Córdoba, que conservaba de sus estudios en Barcelona la costumbre de vestir estrictamente de saco y corbata ¡en ese calor de Valledupar! Bebía con su mujer una botella de vino tinto en el almuerzo como si todavía estuviera en Europa. El doctor Habib Molina, abogado, que era vallenato de nación de martes a jueves y cachaco por adopción en Bogotá los fines de semana, al lado de su familia capitalina; no renunciaba a la corbata y se limitaba a ponerse o quitarse el saco en las escalerillas del avión. Otro, el doctor Carlos Romero, cuñado de don Efraím Quintero, que era como solemos decir por aquí “una dama” no por sus amaneramientos, que no los tenía, sino por su cultura exquisita que lo hacía oír música clásica todo el día, a un volumen vergonzante, cuando sus vecinos del restaurante “Rico-Pollo” al frente molían vallenatos a lo que les daba el pick up. Don Ramón de Zubiría, un lord tan cachaco como el Dr. Abelardo Forero Benavides. Don Ibero “Íber”, y su hermano Jaime Jr. Mercado Pacheco, que exudan cultura por los poros y se ven frecuentemente encachacados. Entonces de Gabo, un hombre que se negó a vestir de frac para recibir el Premio Nobel y se mandó a hacer una guayabera liqui-liqui, ¡Cómo no imaginar sus noches de bohemia currambera con pura música Caribe!  

“Si Agustín tuviera su año (de muerto) me pondría a cantar”, dijo la mujer, mientras revolvía la olla donde hervían cortadas en trozos todas las cosas de comer que la tierra es capaz de producir. “Si tienes ganas de cantar, canta”, dijo el coronel, “es bueno para la bilis”. (página 12, El Coronel no tiene quien le escriba).

Para Gabo cantar daba una medida del descomplique alegre, y el no hacerlo era muestra de una triste severidad de ánimo:

“La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar...” (página 58, Cien años de Soledad).

José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo, le cantaba a la pequeña Amaranta canciones de cuna; Remedios Moscote cantaba todo el día y fue esa alegría suya lo que más extrañaron cuando murió; Pilar Ternera cantaba en el patio con la tropa, etc.

[Escuchar “Los cien años de Macondo” (corte # 6), versión de Rodolfo Aicardi, con Los Hispanos]:


La música a García Márquez le venía por herencia, pues según Patricia Lara Salive su padre no sólo fue telegrafista:(9)

[(9). Artículo De cerca y de lejos. Patricia Lara Salive en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007].

Gabriel Eligio García, quien además de telegrafista, homeópata y conservador fue lector obsesivo, poeta y virtuoso del violín… (Esta descripción es la misma del Florentino Ariza de El amor en los tiempos del cólera).

Su hermano Luis Enrique García Márquez, el contador, fotógrafo, guitarrista, cantante y guardaespaldas del trío Los Panchos.

Ligia, la mormona, pianista, eterna enamorada…

Gustavo, el topógrafo, seductor y cantante de tangos…

Gabo, ese optimista irremediable, supersticioso… ese ser bueno que no sabe odiar, ese gran conversador, bohemio, guitarrista, cantante de vallenatos, sones y boleros, chofer que en el carro, a toda y a todo volumen, acompaña las canciones de Vicky Carr, Agustín Lara o Juancito Trucupey; Gabo, ese conocedor de la música, amante de Bartok y bailarín de los buenos.

Pensamos que en Gabo, por tener sangre caribe, con seguridad la música caribeña alegraba sus días aunque ya no pudiera sentarse bajo una palmera de la playa con una botella de cerveza en la mano y un conjunto vallenato cantando sus complacencias, las mismas con las que al otro día se regodeaba recordando mientras recibía las caricias reparadoras de la ducha y lo esperaba un sancocho levantamuertos. No es imaginación mía. Le oí al poeta José Luis Díaz Granados en entrevista para Alberto Duque López, de Nocturna de RCN (Lunes 19 de marzo de 2007, 11.30 pm), que la vez en que fue su vecino de habitación en el Hotel Tequendama, después de algún encuentro de literatos, le oyó cantar “La custodia de Badillo”, con fondo de chorros de agua en vez de acordeones.

[Escuchar “La custodia de Badillo” (corte # 7), versión de Alejo Durán]:


En la celebración de los ochenta años del escritor se oyeron dos o tres, tres o cuatro, vallenatos que compusieron en su honor y fueron interpretados por niños de Valledupar, por sabaneros de la sabana, por curramberos de Barranquilla y, de pronto, hasta por merenderos de Cartagena. Se los aguantó todo el mundo menos él, que ya no estaba para esos trotes. 

A raíz del Nobel, quiso grabar Daniel Santos, “El Jefe” del Perro Negro, con sus doce matrimonios (incluida una colombiana); sus catorce hijos (dos colombianos); y sus cuatrocientas composiciones (entre ellas Despedida); además de las de Pedro Flores, el que le dio el estilo; y muchos acetatos que lo convirtieron en el cantante que más grabó, según le oí al Dr. Ramírez y parece una estadística de Gabriel García Márquez; quiso grabar, digo, un “Homenaje del Jefe a Gabo” (Bogotá, 1983, Antonio del Vilar en Estudios Ícaro) y cantó “El hijo del telegrafista”, incluido en el último larga duración de su vida. 

[Escuchar “Me voy para Macondo” (corte # 8), versión de Rodolfo Aicardi con Los Hispanos]:


Recuerdo también el tema de doña Graciela Arango de Tobón “Me voy para Macondo (Macondo, Macondo, yo me voy para Macondo)”; un disco bailable en homenaje a la mítica tierra inventada por Gabriel García Márquez; y ¡claro está!, “Los cien años de Macondo”, de Daniel Camino Díez-Canseco, aquel de las “mariposas amarillas, Mauricio Babilonia” que cantó Rodolfo Aicardi con Los Hispanos. Astor Piazzolla, “ese señor con alma de muchacho irremediable”, al decir de Luis Alirio Calle, le confesó en una entrevista que en 1975, después de haber leído “Cien años de soledad”, compuso y grabó un tema con el título “Años de soledad”. El tema está incluido en el larga duración de bandoneón acompañado de saxofonistas titulado “Reunión cumbre”. Decía Piazzolla que:

“Ese tema es una especie de gran himno a la tristeza porque “Años de soledad” es eso, casi una letra de tango, tú terminas de leerla y te deja destruido… me gustaría mucho conocer a García Márquez”. 

A García Márquez le gustaban los tangos, tan del alma adolorida del paisa y tan distantes del alegre espíritu caribe, y estoy seguro de que a Gabo también le hubiera gustado conocer a Piazzolla. No sé si lo consiguió.

[Escuchar “Años de soledad” (corte # 9), de Astor Piazzolla. Versión de Mimí Koslowski en francés, según letra y arreglos de Maxime Le Forestier]:


4. RAFAEL LAM, PERIODISTA CUBANO, COLABORADOR DE PRENSA LATINA DE LA HABANA

En entrevista titulada “García Márquez y la música” Rafael Lam dice que:

“El novelista y Premio Nobel de Literatura (1982) es un amante de la música, especialmente la cubana. A través de muchos años he seguido lo más cerca posible esta afición suya”… “El escritor colombiano vino a Cuba por primera vez el 18 de enero de 1959, con los albores de la Revolución… Desde aquella primera vez se incrementó el interés del escritor y periodista por adentrarse en un mundo musical que va más allá del disco, se inserta en los rincones donde la música se crea frente al público: salones de baile, clubs, cabarets, teatros, fiestas. En aquel entonces las fiestas en Cuba eran interminables, herencia que provenía desde la colonia… La vocación de Gabo por la música le viene de su padre que tocaba muy bien el violín en las fiestas y serenatas. Muchas novelas del colombiano se parecen a un vallenato, otras a un bolero, y dice que “Descubrí el milagro de que todo lo que suena es música: autos de las calles, claxons, vocerío... todo”… “Muchos no saben que el escritor se ganó la vida en los años 50 cantando en cafés parisinos, cuando se respiraban en el aire las canciones de Georges Brassens (1921-1981)… Dice que: “Canté profesionalmente para sobrevivir, en el night club L´Scala, para ganar algo con la interpretación de canciones mexicanas, me pagaban un dólar. Por cierto, existe una grabación a dos voces con el novelista Carlos Fuentes”… “Gabo es amigo íntimo de músicos y cantantes, muchos de quienes, cuando visitan México, se hospedan en su casa: “Cuando estoy con mis amigos íntimos no hay nada que me guste más que hablar de música. Soy un melómano empedernido, siempre digo mi lema. Lo único mejor después de escuchar música, es hablar de música. Sigo creyendo que es la pura verdad. He escuchado tanta música como he logrado conseguir. En las discotecas de New York he comprado discos caribeños que no se encuentran en ningún lugar… En México, cuando escribía Cien años de soledad, gastaba los discos de los Beatles, que escuchaba para estimularme. La apoteosis de la nostalgia de la década prodigiosa… Finalmente Cien años de soledad no es más que un vallenato de 450 páginas, realmente es eso. Los músicos andariegos llevaban los vallenatos que eran testimonios de acontecimientos, lo que me dio la idea de este libro”… García Márquez se sonríe cada vez que le digo que sabe más de música cubana que muchos musicólogos cubanos… “Llevo hablando y defendiendo la música cubana muchos años. Cuando nací, en 1927, ya en Cuba había un boom de la música con la explosión de los septetos de son que grababan en New Jersey la RCA y la Columbia, discos que difundían por toda América. Llegaron el Septeto Habanero, el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, los Matamoros; y, después, el bolero que llevaron allá, desde 1932, Pedro Vargas, René Cabel y Los Matamoros.  En 1951 saludé el mambo de Pérez Prado con dos crónicas en El Heraldo de Barranquilla, 12 de enero y 17 de abril de 1951. Pérez Prado, mi gran ídolo de los tiempos. Adoro a Miguel Matamoros, Bienvenido Granda, el puertorriqueño-cubano Daniel Santos (cubano porque se hizo en Cuba) y a toda La Sonora Matancera, ídolos en mi país y en toda América”… “El bolero y la balada son algo muy querido para Gabo, quien en 1985 reveló a la revista Opina de La Habana”: “El bolero expresa sentimientos y situaciones que a mí me conmueven y que sé que a muchísima gente de mi generación la conmovió.  Un bolero puede hacer que los enamorados se quieran más y a mí eso me basta para querer hacer un bolero. Lograr que los enamorados se quieran más, aunque sea un momentico, es culturalmente importante, es revolucionario. La balada española, de la década prodigiosa, es hecha a la medida, son extraordinarias piezas poéticas que se oyen en todas partes, se las sueltas a cualquier intelectual y no tiene la menor idea de quién son las letras. De la calidad de esas letras no hay ninguna duda y sobre todo, creo que yo tengo suficiente autoridad para decirlo, las melodías resisten el paso del tiempo ante toda clase de transformaciones y tratamientos”… “En torno a la salsa, el escritor opina que”: “Cuba, antes de la Revolución, era productor de música que se comercializaba a través del baile, el canto, la radio, el espectáculo. Pero Cuba no recibía los beneficios, porque su música la distribuían las empresas discográficas estadounidenses. El beneficio iba a parar a Estados Unidos.  Hoy, esa música cubana sigue en el mercado, y en primera línea, con el nombre de salsa; que no es más que sones, guarachas cubanas, utilizados por el imperialismo, por los cubanos que residen en el exterior y por puertorriqueños y demás músicos caribeños”… “La última vez que conversé con Gabriel García Márquez, durante el Festival de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana, le pregunté si estaba al tanto de la música bailable actual de Cuba”. “Últimamente no he podido estar muy al tanto, a consecuencia de mi exceso de trabajo –dijo entonces–. La última vez que unos funcionarios del gobierno me llevaron por una gira a Varadero y me preguntaron qué era lo más importante que había observado, les dije que la música cubana. Mira, a mí me gusta echar los carnavales en la calle y, muchacho, ¡qué cantidad de música la que se escucha en Cuba! ¡Con qué autenticidad! ¡Con qué raigambre dentro de la tradición! Si Cuba tuviera una verdadera industria de difusión, estaría barriendo con todo, y lo demostró en el boom de la salsa de la década de 1990 en que dejó a la sombra todo lo tropical bailable”… “Para concluir, pregunté en ese último encuentro con Gabo: ¿Ahora trabaja o escribe?”… “Ya no trabajo con el objetivo pecuniario, sino por el placer y el deber de escribir. El escritor no debe parar nunca, porque quizás no vuelva a escribir otra vez”… “Con relación a la música que se debe difundir de Cuba en el mundo me dijo”: “La que el pueblo quiere, ellos son los que hacen la historia y las revoluciones. No se conquista al mundo por casualidad”.
(Rafael Lam, Agencia Prensa
Latina, La Habana Cuba)

[Escuchar “En la orilla del mar” (corte # 10), bolero con letra y música de José Berroa Rivera, versión de Bienvenido Granda con la Sonora Matancera]:


En otra entrevista, titulada “Hablé con Gabriel García Márquez”, Rafael Lam dice que:
“Gabriel García Márquez estuvo una vez más en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano… A su llegada, en el Mercedes Benz, saludé al famoso escritor, le pregunté como siempre cómo le va con su colección de música cubana… “Como buen colombiano tengo una colección de música cubana que ya es inencontrable en ningún lugar del Caribe, que, sin embargo las he conseguido donde menos pudiera imaginarse, en los mercados de discos en la 10ª. Y la 14ª de Manhattan y, con amigos de la música”. Le pregunté por los discos de salsa y le prometí mi próximo libro que saldrá a la palestra sobre Los Reyes de la Salsa, de toda América. “Acepto la salsa, con la conciencia de que no es una nueva música, sino la continuación exiliada y sofisticada para bien de la música tradicional de Cuba. Cuba fuera una gran potencia, aún mayor, si contara con una industria musical y estuviera en los circuitos de la comercialización, pero el bloqueo no se lo permite. Yo tengo muchos discos de salsa. Rubén Blades me ha hecho el honor de poner música a algunos de mis cuentos. Fue una endiablada aventura. Nada me hubiera gustado más en este mundo que haber escrito la historia tremenda de Pedro Navajas”. Le recordé a Gabriel que su país colombiano era uno de los fieles máximos del bolero y la música cubana. “Tengo conocimientos de que en Medellín, el Dr. García Bedoya atiende el Club de La Sonora Matancera”… 

(Este es un lapsus de la memoria de García Márquez, pues se estaba refiriendo al Dr. Héctor Ramírez Bedoya, quien le había hecho llegar uno de los libros que el médico escribió sobre las Estrellas de la Sonora y bien se ve que a García Márquez le gustó). 

“Yo también soy fanático de La Sonora Matancera, mi bigote se inspiró en el bigote de Bienvenido Granda, cantante de plantilla del conjunto cubano. Colombia tiene un gran mérito que pocos países le disputan, en muchas ciudades existen verdaderos coleccionistas de música cubana”. Hablamos de la estatua de Lennon en La Habana que cumple diez años de estar ubicada en un parque de 17 y 6 en El Vedado, y me dijo que “es un símbolo, un surrealista, el visionario de un mundo mejor –siempre lo digo–. Ellos contaminaron al mundo con una música sencilla, amable. Cuando los escuché por primera vez yo residía en San Ángel, donde no teníamos nada de comodidades, pero había discos negros, de pasta, de los clásicos europeos y el primer disco de Los Beatles, que lo escuchaban hasta escritores como Carlos Fuentes. Todos caímos en la trampa de la nostalgia que colorea nuestras vidas. A partir de entonces nada fue igual, todo fue más natural de lo que era antes. Yo estaba en esa etapa en que se está lleno de ilusiones y esperanzas”. Le recordé al colombiano que siempre ha ido en la vanguardia musical de lo que ha estado pasando en el mundo. Cuando Pérez Prado dominaba el mundo en 1951, el periodista publicaba en El Heraldo de Barranquilla sendas crónicas dedicadas al Rey del mambo. “Dámaso es inmortal, uno de mis ídolos más antiguos y tenaces como consta en esos archivos. El mambo hizo temblar los rascacielos de Nueva York, eso hay que publicarlo para que la gente sepa hasta dónde llegó ese loco sublime. Me alegra saber que se encargan de afirmar mi pasión por la música cubana y del Caribe, muy bien correspondida”. Sigo pensando que, tanto García Márquez como Alejo Carpentier, de no haber sido novelistas, serían los mejores cronistas de la música cubana. Aunque en parte, son de verdad dos especialistas verdaderos de la música cubana y latinoamericana”.
(Rafael Lam, Agencia Prensa
Latina, La Habana Cuba)

[Escuchar “El hijo del telegrafista” (corte # 11), versión de Daniel Santos]:


5. GABO Y EL JEFE

En artículo que escribió sobre Daniel Santos, menciona el periodista Oscar Domínguez Giraldo el hecho de que Daniel Santos y el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez se profesaban mutua admiración pública, que desembocó en que Santos fuera mencionado en la novela “Relato de un náufrago”, y a su vez el Inquieto Anacobero grabara un CD con canciones en “Homenaje del Jefe a Gabo”. Esto es verdad sólo en parte, porque la mención de Daniel en la crónica que García Márquez publicó en una edición del periódico El Espectador del año 1955, que se recogió luego en un libro publicado en 1970, no son palabras de Gabo sino del náufrago Luis Alejandro Velasco recogidas en el capítulo “La noche” de dicho libro. Contando su aventura, rememora Velasco a un fallecido compañero que “…En Cartagena, cuando teníamos franquicia, nos sentábamos en el puente de Manga a la madrugada, mientras Ramón Herrera cantaba imitando a Daniel Santos y alguien lo acompañaba con una guitarra”. Esa mención de Velasco, recogida por García Márquez, fue suficiente para que en Daniel surgiera un interés especial por el escritor, así la admiración que el escritor sentía por el cantante fuera real y fuera anterior a la publicación de dicha crónica.

Cuenta Roberto Llanos Rodado en Al Día.co del periódico El Heraldo de la capital del departamento del Atlántico, en su artículo “Daniel Santos y las huellas que dejó en Barranquilla”, publicado el 14 de febrero de 2016, que Daniel Santos le propuso a Gabo que le escribiera la historia de su vida:


Llanos Rodado cita a Walter Denis, director artístico del casino Pierino Gallo, quien como amigo de García Márquez y a instancias del periodista Edgar “Flash” García Ochoa, sirvió de puente en Cartagena para que en 1985 Gabo y Daniel se conocieran personalmente: 

“Según Denis, Gabo se emocionó mucho con la propuesta del encuentro, y acordaron reunirse a las 8 de la noche en el restaurante Costa Brava… Ambos llegaron vestidos elegantemente de blanco, y hasta se parecían físicamente tal vez por las canas”, dice Flash. “Yo hice la presentación y seguido pregunté: ‘¿Cuál de los dos es el Jefe?’ García Márquez dijo: ‘El Jefe es él, pero yo soy su maestro’. La velada fue a tragos de whisky y picada de mariscos”, recuerda también Flash. Gabo le cantó varios temas a Daniel que este no recordaba, tal vez por los inicios del Alzheimer que lo aniquiló finalmente… Uno de los aspectos destacados de la charla fue cuando Daniel Santos le pidió a García Márquez que le escribiera su biografía. "Gabito le contestó. ‘¿Tú quieres que te haga la biografía? Anota estos teléfonos, me llamas y hablamos’. Gabo le dio como quince teléfonos de todas las ciudades del mundo donde tenía casas. Yo creo que el Nobel le mamó gallo, pero Daniel los apuntó todos”, manifiesta Edgar García Ochoa. La reunión de Gabo y Daniel, se prolongó hasta el amanecer”. 

6. CONCLUSIÓN

El tema es amplio, y el periodista Ubaldo José Elles Quintana escribió una serie de tres artículos para el periódico El Universal de Cartagena. Uno de ellos, el segundo, se titula “Mis encuentros de música del Caribe con Gabriel García Márquez”:


Otro, el tercero, se titula: “Los vallenatos del Nobel Gabriel García Márquez –Un homenaje a su memoria”:


El periodista Agustín Pérez Aldave escribió el artículo publicado por RPP del Perú el 17 de abril de 2014 con el título “Gabriel García Márquez y la música –Genial Gabo en los tiempos del sabor–“, donde dice que el escritor inspiró hasta una ópera.

http://rpp.pe/lima/actualidad/gabriel-garcia-marquez-y-la-musica-genial-gabo-en-los-tiempos-del-sabor-noticia-685392

No hay duda, pues, de que el escritor Gabriel García Márquez fue, como él mismo se definió, un “melómano empedernido”.

[Ver el video # 2, de una parranda privada en Cartagena el 20 de mayo de 2013, que se realizó con la presencia de Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha, y Leandro Díaz. La música estuvo a cargo de Ivo Díaz (hijo de Leandro), Iván Villazón, y Pablo López. El video fue subido a You Tube por Oystein Schjetne de la ONG Fundación Golden Colombia. Un año después fallecería el Premio Nobel].


Encontré una recopilación de las 31 canciones que a él más le gustaban, y aparte de leer el listado en el enlace es posible también escucharlas:

http://www.centrogabo.org/gabo/hablemos-de-gabo/la-lista-del-nobel-31-canciones-favoritas-de-gabriel-garcia-marquez


1. COMENTARIOS 1

De la Sra. Esperanza Camacho Quiñónez: 

“A Gabo le embelesaba la música… entre mis apuntes de la exposición que hice en ASODISCOL de Bogotá el sábado siguiente al fallecimiento del escritor… El martes 30 de septiembre de 2014, durante la entrega del Premio Iberoamericano de Periodismo Gabriel García Márquez, se llevó a cabo un concierto en Medellín de la cantante peruana Tania Libertad, acompañada del acordeonista Julio Rojas, y se informó que era con las canciones preferidas de Gabo. Obviamente que se debió haber dicho que esas eran sólo algunas”:

La lista aparece en el artículo "Canciones que más le gustaban a Gabo", publicado por el equipo de Redacción Cultura del periódico El Espectador el día 2 de octubre de 2014, que puede verse en el siguiente enlace:

http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/musica/canciones-mas-le-gustaban-gabo-articulo-520208

1. Cucurrucucú, Paloma.
2. La diosa coronada, dedicada a Mercedes Barcha, viuda del novelista.
3. Qué sabes tú, el bolero de Myrta Silva.
4. Un popurrí del mexicano José Alfredo Jiménez.
5. La casa en el aire.
6. Cielo rojo, de David Záizar.
7. Nube viajera, bolero de Jorge Massías.
8. Llamarada, de Jorge Villamil.
9. Échame a mí la culpa, de José Ángel Espinoza.
10. La barca, de Lygia Bojunga.
11. El mochuelo, vallenato de Adolfo Pacheco.
12. Por debajo de la mesa, de Armando Manzanero.
13. El pastor, de Miguel Aceves Mejía.
14. La gota fría, de Emiliano Zuleta.
15. Macondo, del peruano Daniel Camino inspirada en ‘Cien años de soledad’.
16. Popurrí de Álvaro Carrillo.
17. La custodia de Badillo.


Interesantes los apuntes de doña Esperanza, que complementan los datos que había recabado para esta charla; e interesante el artículo del Sr. Carlos Marín Calderón para la revista Semana.com titulado “El día que Gabo cantó Elegía a Jaime Molina”, que puede verse en el siguiente enlace:


http://www.semana.com/cultura/articulo/festival-de-la-leyenda-vallenata-el-dia-que-gabo-canto-elegia-a-jaime-molina/523145

8. COMENTARIOS 2

El Sr. David Britton escribió el 26 de abril de 2015 en artículo titulado “La canción inédita de José Barros para Gabo”, publicado en el periódico El Heraldo.com de Barranquilla.

http://adminrevistas.elheraldo.co/latitud/la-cancion-inedita-de-jose-barros-para-gabo-133798

Según contó la Sra. Marta Consuelo Numa, esposa del Sr. Avelino Morales Acasio de El Banco (Magdalena), el maestro José Barros Palomino regaló a su esposo la partitura de una canción inédita titulada “Así fue la vaina”, que compuso en homenaje a Gabriel García Márquez. El artículo trae copia facsimilar de un fragmento de dicha partitura, y la transcripción de la letra. Hasta hace poco, según el articulista, la familia del maestro Barros por boca de su hija Verushka manifestó que no tenía conocimiento de la existencia de esa partitura, puesto que la composición no fue grabada ni se conoció comercialmente. 

Hice unas, diría yo, pequeñas modificaciones a la letra que trae el artículo, que no dice en qué ritmo fue compuesta la pieza. Las hice, buscándole la cadencia musical, sin haber oído la melodía; tratando de intuir la puntuación y separación de renglones o versos de las estrofas. En principio, la letra no me parece pegajosa al oído, de aquellas que hacen saltar de alegría a los promotores disqueros de las casas grabadoras. No me parece muy trabajada, como se diría en el argot poético; y se menciona a Juan Díaz, a Gustavo, a Sofía, sin aclarar quienes eran estos personajes. Hay que tener en cuenta que Don Juan Carlos y Doña Sofía eran los Reyes de España, y el Premio Nobel se entregó en Estocolmo. 

Habría que oír la música para juzgar si el tema hubiera tenido fortuna en el favor popular, pues hay temas cuyo éxito depende del arreglista, del cantante escogido, de la agrupación acompañante, y hasta de los gustos del público que de una década a la otra cambia el vallenato por el reguetón o el hip hop. 

Y ya no será posible saber por qué el maestro Barros nunca le habló a su familia de haber compuesto este tema, y por qué no movió los hilos para que fuera grabado, dejándolo en la oscuridad en vez de sacarlo a la luz. Muerto el maestro Barros, eso ya no lo sabremos.

Más afortunado fue Rafael Escalona, invitado a hacer compañía a Gabo en Estocolmo, quien le regaló un merengue inédito, compuesto para la ocasión, titulado “El vallenato Nóbel”; merengue que interpretaron en Estocolmo los Hermanos Zuleta, Poncho y Emilianito. Es el que comienza diciendo que “Gabo te manda de Estocolmo / un poco de cosas muy lindas: / Una mariposa amarilla / y muchos pescaditos de oro…”.

https://www.youtube.com/watch?v=O2Xspu-aY8s


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS) 
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'ASÍ FUE LA VAINA'
Autor: José Benito Barros Palomino

(Letra con transcripción adaptada por Orlando Ramírez-Casas, según el texto que apareció en el periódico El Heraldo de Barranquilla)

Por allá en la extranjería 
sucedió, ¡Quién lo creyera!,
que ese nieto de Juan Díaz 
que Gustavo conocía
recibió su premio grande 
con liqui liqui 
¡Qué verraquera!

Y llevó con mucho tino 
amarilla flor de aroma;
elegante, guapo, y fino; 
y rodeado de pingüinos.

Gabito, el aracateño, 
parecía una paloma
cuando esto sucedía; 
y es ahora que me percato: 
Escalona discutía 
con el Rey, y con Sofía, 
los problemas delicados 
que está sufriendo su vallenato.

Pero todo fue bonito, 
por lo grande y por lo grato.
Escalona, muy galante, 
y un poquito echao pa’ lante,
enseñaba a la realeza 
a bailar su vallenato;
y dicen que a Aracataca 
no le cabe ni un palito,
pues al menos se destaca 
si lo tiene apretadito;
y canta, como matraca, 
por el triunfo de Gabito. 
Compae José, así fue la vaina; 
la vaina con verraquera.

La vaina, con verraquera; 
y dicen que a Aracataca 
no le cabe ni un palito,
pues al menos se destaca 
si lo tiene apretadito;
y canta, como matraca, 
por el triunfo de Gabito. 
Compae José, así fue la vaina; 
la vaina con verraquera.

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'EL VALLENATO NÓBEL'
Autor: Rafael Escalona

Gabo te manda de Estocolmo
un pocón de cosas muy lindas:
Una mariposa amarilla,
y muchos pescaditos de oro.

Por eso sabe lo que te agrada,
por eso él te manda conmigo
el perfume desconocido
que tiene un olor a guayaba.

También te manda
las mariposas amarillas
de Mauricio Babilonia,
las mariposas amarillas
de Mauricio Babilonia.

Le mostré las frases tan lindas 
que escribiste en un papelito,
pa´ que se dé cuenta Gabito
que yo sí tengo quien me escriba.

En el nuevo libro de Gabo
dijo que él iba a publicar
que yo me parezco a un gitano
y mi corazón a un imán.

También te manda
las mariposas amarillas
de Mauricio Babilonia,
las mariposas amarillas
de Mauricio Babilonia.

Tú sabes que Estocolmo está lejos,
queda muy cerquita del Polo,
allá se camina en el hielo
que un gitano trajo a Macondo.

Gabo me ha invitado a su fiesta,
y esto para mí es un gran honor.
Fui con los Hermanos Zuleta,
pa’ que el Rey oyera acordeón.