domingo, 13 de agosto de 2017

217. Laureles, Dios te salve de las furias de la quebrada Ana Díaz

(Hablando con un amigo hace poco me dijo que cuando empecé a mandar mis correos por vía Email, antes de que se me ocurriera abrir el blog, había llamado su atención un correo que escribí acerca de un fuerte aguacero en el barrio Laureles de Medellín. No supe recordar, entonces, de qué correo se trataba; pero acabo de encontrar ese pequeño texto y lo rescato para compartirlo con ustedes. A propósito, no he podido averiguar por qué esta quebrada lleva ese nombre, ni quién era esa señora. Supongo que debía ser de apariencia calmada, pero que cuando se enfurecía había que tenerle miedo. El caso es que el barrio Laureles vuelve a estar en el tapete por cuenta de que acabo de descubrir que el artículo sobre la Casa del Millón del barrio Laureles de Medellín es el artículo más leído de todos los publicados hasta este momento en el blog. No imaginé que fuera a tener tal acogida).

Tengo al barrio Laureles a mis pies tendido. Mis amigos, los que padecen de acrofobia, no pueden entender por qué me gusta asomarme a la ventana de mi palomera de octavo piso (pent house será el día en que pueda colgar algunos cuadros de los caros en sus paredes, y mullidos tapetes en sus baldosas) y ver los aguaceros con sus tormentas eléctricas que rasgan el firmamento y aturden con sus truenos retumbantes que se prolongan en el eco, y se prolongan, hasta que un nuevo trueno les da alcance. No entienden que, de pronto, perciba un movimiento que da alerta de que la tierra está temblando, y me ponga atento a disfrutar del vértigo de oscilar junto con mi edificio de estructura antisísmica. “Yo me reviento –dicen–, capaz soy de tirarme al vacío en una de esas, si me toca, al sentir el coletazo de un terremoto”. “Olvídate –les digo– que los terremotos no dan coletazos, golpean como un látigo”. No me pueden aceptar así, como impasible, frente a los fenómenos de la naturaleza. 

Pero impasible no soy: me conmueven y me abruman. La quebrada Ana Díaz ha vivido días tortuosos que no llegué a conocer. Dicen que se salió de madre hace unos años y rodó despiadada por la Avenida 33 abajo, inundando con lodo los garajes subterráneos y las calles laterales. “El agua subió hasta mediar el primer piso”, me dicen. “Dañó vehículos, muebles, instalaciones… causó estragos”. Su historia es negra, sus aguas amarillas. Resolvieron canalizarla. La tienen controlada. Ya no se sale de cauce.

El Domingo de Ramos quise salir hacia el mediodía, pero empezó a llover venteado. Las gotas se veían caer horizontales, casi, empujadas por el viento. Me pareció que era algo que debía ver desde la seguridad de mi ventanal y, entonces, el viento empezó a aullar y a zarandear los árboles que bordean la quebrada de uno a otro lado, acostándolos como si una gallina sacudiera una cucaracha con su pico. Era algo que no había visto antes. Esperé noticias de daños en algún sitio, y sólo oí hablar del techo de la Alcaldía de Itagüí que tumbó el vendaval a varios kilómetros de distancia, y del techo de una iglesia que se cayó en cercanías de Bogotá. 

Hoy Martes Santo, al caer la tarde,  he sido sacado de la lectura por unos sonidos distintos a los que estoy acostumbrado: un retumbar de truenos sin que medie el estallido inicial ni el tronar del primer momento, sólo el eco que se prolonga y se prolonga, y el rugir de la quebrada. La lluvia golpea la ventana. Me asomo y veo las aguas agitadas del enfurecido riachuelo casi al borde de las losas que las contienen. Arrastra escombros de toda clase: basuras, utensilios, bolsas plásticas, retazos de tela, leños, arbustos. Allá arriba debió causar sabe Dios qué daños. Arrastra piedras gigantescas que no se ven pero retumban contra el piso formando ese tronar que asusta y que previene que es posible que en algún punto, más abajo, alguien caiga a las aguas y sea triturado por sus movimientos de molino. Que es posible que esas moles, convertidas en arietes, golpeen una y otra vez contra alguna columna, contra algún puente, contra algún muro de contención y entonces su embestida sea incontenible. Un rayo destella y ruge. Sólo un segundo separa al relámpago del tueno. Las furias de la naturaleza –que se sacuden a muchos kilómetros de distancia, que pasan por otros continentes, que se ven en los programas de televisión sin que se altere mayor cosa mi estado de ánimo–, me asustan y traen a mi mente una voz perdida en los vericuetos del pasado: La voz y las manos temblorosas de mi abuela prendiendo un trozo del ramito de palma de cera que sacudimos durante la procesión en otro Domingo de Ramos e hicimos bendecir, y su voz suplicante exclamando: “¡Aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor!”... Pero ya no me atrevo a decir, como en ese entonces, con el aire de autosuficiencia que solía tener y la sonrisita sardónica: “Deje de decir bobadas, abuelita, que las cosas pasan cuando tienen que pasar”. Si la azuzo, es posible que ella encuentre la manera de reír de última, y es algo que no me gustaría ver. “…Por tu corona de espinas, ¡misericordia, Señor! ¡Santa Bárbara, bendita, líbranos de rayos y centellas!”. Con un aguacero de estos, hasta el más ateo rescata del fondo de su memoria las oraciones de la niñez.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 6 de agosto de 2017

216. Trío los Panchos, historia y crónica (Pablo Marcial -Tito- Ortiz Ramos)

Conocer personalmente a Tito Ortiz el sábado 29 de julio de 2017 ha sido, sin lugar a dudas, una grata experiencia que me hace rememorar los días de mediados de la década de los años cincuenta mencionados en este fragmento del libro “Buenos Aires, portón de Medellín”: 

12. SON DE GUITARRAS

De Santa Elena baja el grupo de amigos que ha convenido en reunirse para recordar los viejos tiempos que vivieron en el barrio. Pasan por un lado del Barrio Alejandro Echavarría, rumbo a la casa de don Daniel Posada y rememoran sus intentos frustrados de ser músicos o coristas.

¿A vos te dio Educación Física en el Liceo Anexo de la U. de A., el de La Manga; don Ricardo Lagoueyte García?

¿El de las cinco vocales? No. Me tocaron don Filemón Aristizábal y don Darío Estrada. Con el profesor Lagoueyte me tocó en la Escuela Preparatoria Julio César García ¿vivió él en Buenos Aires?

Vivió un tiempo con su tío, Don Germán García Penagos, en Alemania con Bomboná. Don Germán tenía taller en Bolivia con la calle del Chumbimbo, en Prado Centro. Allí fabricaba instrumentos musicales, como decir guitarras, tiples, bandolas, que eran de los mejores de esta región. Era un luthier, que llaman. A él le compró el Niño Jesús una guitarra, Primo, que le regaló a mi abuelo y yo heredé, hasta que en un baile me la pusieron de corbata.

Periódicamente los del Trío Los Panchos le encargaban a don Germán la fabricación de instrumentos que enviaban a buscar cada dos o tres años y le pagaban bien. Le fabricó a un vecino una guitarra hawaiana como la que tocaba don Toño Fuentes para hacer sonar sus “Cuerdas que lloran”, hombre Darío.

Que le oímos en el radioteatro de la Voz de Antioquia (o en el de la Voz de Medellín, ya no recuerdo), donde también oímos a Jimmy Borel con su serrucho que él llamaba “La soprano de acero” y oímos en otra oportunidad a Ernesto Hill Olvera, un organista ciego mexicano que hacía hablar a su órgano con mucha habilidad, logrando que pronunciara frases completas e inteligibles.

Como la que le escuché al ciego paisa Hernán Betancur en el Jardín Clarita cuando estaba mamado de un borrachito que le pedía una y otra vez un título para su complacencia. Al final lo atendió pero en la mitad de la canción se oían unos tu-tu-tu-tus fuera de lugar que no sabíamos qué eran hasta que nos explicó que le estaba mentando la madre al fulano que lo tenía atosigado. Nos engomamos por esos días con los instrumentos exóticos. Ustedes me hicieron desistir del embeleco de contratar a un músico callejero que tocaba melodías con una hoja de naranjo o de guayabo. Quería que acompañara nuestras voces de borrachos y seguramente hubiéramos hecho el oso con esa serenata, ¿No crees, Darío?

Los almacenes Sears Roebuck tuvieron una vida efímera en Medellín, ciudad que no fue propicia para su esquema de negocios, y estaban ubicados en la calle 50 (Colombia) del sector de Laureles, donde está actualmente el Almacén Éxito, cumpliéndose la predicción y dando lugar al chiste fácil de queen Medellín el Almacén Sears será un éxito”. Allí compraron mis primas, con el primer salario que obtuvieron al ingresar a la vida laboral, un lujoso juego de muebles de sala que fue motivo de peregrinación de las vecinas para conocerlo. Sus sillones, de brazos mullidos y amplios, ocultaban en el interior unos cajones que servían el uno como bar y licorera, al convertir la mullida tapa descansabrazos en bandeja de fondo nacarado; y el otro servía para guardar una buena cantidad de discos long play de larga duración al alcance del equipo de sonido, una vistosa radiola de marca Motorola con tocadiscos o tornamesa, que fue adquirida con una dotación de unos diez discos. María Luisa Landín y sus Orquídeas Vocales, la selección de boleros de Cuando Muere la Noche, Cuerdas que Lloran, Los Diplomáticos, Daniel Santos, Rufino Duque Naranjo, Alfonso Morquecho, Alfonso Ortiz Tirado, Pedro Vargas, Juan Arvizu; y “Época de Oro” del Trío los Panchos, que estaban en su apogeo y escuchábamos incansablemente, cuya portada era una fotografía del apoteósico recibimiento en el aeropuerto de la ciudad de Cali: “Nuestro amor, Sin ti, Contigo, No me quieras tanto, Los dos, Caminemos, Rayito de luna, No trates de mentir, Amorcito corazón, Un siglo de ausencia, Una copa más, y Sin un amor”; fueron los doce discos que se grabaron indeleblemente en nuestro corazón… y en el de la infortunada chica que tuvo como misión enseñar a bailar bolero al rígido y envarado esqueleto mío, que por esa época se enfundaba en unos tortuosos zapatos maltratapiés.

El escritor, investigador, e historiador musical, Pablo Marcial “Tito” Ortiz Ramos nació en Barranquitas (Puerto Rico) el 12 de octubre del año 1949, y este es el quinto libro que publica sobre temas de la música popular caribeña (Primera edición, San Juan –Puerto Rico–, 2004).

Este libro tiene un antecedente en el libro “A tres voces y guitarras, los tríos en Puerto Rico”, publicado por el mismo autor en el año de 1991, y es una ampliación de los capítulos correspondientes al Trío los Panchos, un trío iniciado por los mexicanos Alfredo “Güero” Gil y Chucho Navarro, con el puertorriqueño Hernando Avilés. Navarro y Gil continuaron por largo tiempo y Avilés se retiró, pero los dos mexicanos buscaron incorporar en su reemplazo voces y guitarras puertorriqueñas, que le dieron un color y calor característicos. “Durante su época de esplendor, el Trío los Panchos tuvo siempre a un puertorriqueño cantando la primera voz”, dice el autor en la contraportada del libro.

Un trío musical es cualquier conformación de tres instrumentos o voces para cualquier clase de música, pero se denomina “tríos románticos” a la modalidad hispanoamericana especializada en interpretar música para serenatas. Dentro de esta modalidad, dice el autor del libro que “La Historia se divide en un antes y un después del Trío los Panchos… que fue un trío de primera magnitud y fue el más importante de la historia de la canción romántica… Cuando surgieron, se remodelaron los tríos y se remodeló el bolero”, porque ellos innovaron en el estilo de interpretación y acompañamiento, y porque influyeron en ellos y fueron imitados prácticamente por todos los tríos que surgieron después de ellos. Ortiz Ramos cuenta en el libro que Alfredo “El Güero” Bojalil Gil (Alfredo Gil), fundador del Trío los Panchos, que era un virtuoso intérprete de guitarra, fue el inventor del requinto y su primer gran intérprete con este instrumento que revolucionó las introducciones de punteo de cuerdas características como preámbulo de las letras en los boleros románticos de serenata. Dice Tito que “Alfredo Gil fue un auténtico adelantado y un genuino vanguardista… Su genio creador concibió y propagó una técnica y un estilo musicales que dieron comienzo a toda una nueva era en el quehacer guitarrístico en la América Hispana… Su más grande aporte a la trova popular fue el haber creado un instrumento de la familia de la guitarra… que conocemos popularmente con el nombre de requinto, y es reconocido como el requinto Gil por ser de su invención”. A ese instrumento el propio Gil lo llamaba “La Tata” por haber sido fabricado en Estados Unidos por el famoso luthier español Vicente Tatay. Es un instrumento que “se afina una cuarta justa, o sea dos tonos y medio, por encima de la guitarra normal”. Dijo el Güero Gil que “Llevaba la idea y se la pasé al maestro Tatay… Me acompañaba Santiago “Chago” Alvarado… Quiero que me haga una guitarra, pero más pequeña…”; y dice Tito Ortiz que “Lo que el Güero había llevado a Tatay para que modificara no fue un diseño en un papel sino un instrumento colombiano: un tiple que había comprado junto con Chucho Navarro y Hernando Avilés, aportando cada uno veinte dólares para adquirirlo, en el almacén “Spanish Music Center”, de Gabriel Oller en San Juan”. 

Así, pues, que el requinto Gil es un tiple colombiano adquirido en Puerto Rico por el mexicano Alfredo Gil y modificado en el renombrado taller del español Vicente Tatay en Nueva York.

Aplicando la fórmula de que “Los amigos de mis amigos son mis amigos”, debo decir que soy amigo de Tito Ortiz desde mucho antes de conocernos personalmente y de que pudiéramos compartir con él y con su esposa doña Irma Nydia un desayuno de bienvenida en el tradicional Salón Versalles de la ciudad de Medellín, apenas acabando de llegar ellos de Puerto Rico para asistir al Primer Encuentro Internacional de Melómanos y Coleccionistas de Música Popular en el Salón Málaga del centro de Medellín, y al Vigesimoprimer Encuentro Internacional Matancero de Medellín en la sede del Centro Artístico Musical Cooperativo (CAMC) del barrio San Joaquín en la misma ciudad. Lo llamo amigo de vieja data basándome en el hecho de que en la sección de agradecimientos de su libro menciona a colaboradores que son queridos amigos comunes a ambos: Jaime Rico Salazar, Aicardo González, Jaime Jaramillo Suárez, Cristóbal Díaz Ayala, Arturo Álvarez, Ofelia Peláez, Agustiné Vélez Jiménez (QEPD). No son pocos en el momento de sustentar la tesis de que los amigos de mis amigos son mis amigos. 

No son pocos, pero son sólo algunos en una larga lista que incluye a varios integrantes del Trío los Panchos, a sus descendientes y herederos, a sus sucesores, entre una importante lista de músicos, intérpretes, y compositores a los que él da su agradecimiento. Es de notar que muchos nombres de colaboradores e informantes suyos ostentan las letras QEPD (Que en paz descanse) para indicar su fallecimiento previo a la publicación del libro. Y es de anotar que allí se menciona a un hombre considerado “el mejor requintista de Puerto Rico”, que es como decir uno del podio de los tres mejores requintistas de América. Se trata de Rafael Scharrón, su amigo entrañable. En el momento en que nos encontrábamos en el evento del Salón Málaga, Tito Ortiz recibió la noticia del fallecimiento de este amigo, noticia que lo sacudió íntimamente y puso en su alma una sombra de tristeza. Lamentó haberse encontrado lejos de su patria en el momento de acompañar al amigo a su lugar de descanso final.

La venida de Tito a Medellín fue gestionada por los amigos Jaime Jaramillo Suárez y su esposa Luz Marina Gaviria (considerados los más importantes coleccionistas de videos musicales en Latinoamérica), por Aicardo González Osorio (considerado el más importante coleccionista de música y conocedor del Trío los Panchos en nuestro medio, así el norteamericano Carl Anderson sea el que posee la más completa e impresionante colección del mundo especializada en este trío), y por Arturo Álvarez (considerado el más importante coleccionista de música del Trío Vegabajeño de Puerto Rico). Estos coleccionistas que uno encasilla en sus respectivas especialidades, resultan ser expertos en la música de tríos en general, que han compartido por muchísimos años los encuentros de la Asociación de Coleccionistas de Música Popular en las ciudades de San Juan y Ponce de la isla puertorriqueña, conformando una hermandad o cofradía de permanente intercambio de información y de rarezas. “Porque no tiene sentido ser uno poseedor de alguna cosa, si no la comparte con los demás que tienen y disfrutan del mismo gusto, y saben apreciar”. 



Algo así como una treintena de entrevistas personales grabadas, ingente cantidad de discos, libros, artículos de periódicos y revistas, fotografías, y documentos varios, soportan el bagaje de información que Tito ha venido acopiando por décadas sobre este tema que lo apasiona. Gracias a él, esa información puede ser conocida también por nosotros; y gracias a su paciencia y tenacidad de investigador, y a su sentido del orden y la sistematización del trabajo, que le permitieron disponer las anotaciones y darle un desarrollo cronológico a la reconstrucción de las siete conformaciones que tuvo el trío, o que ha tenido a través de su historia; hasta llegar al enmarañado desenlace, fallecidos los fundadores, de los distintos tríos que dicen ser y se consideran herederos de Los Panchos. 

Resulta ser que Alfredo Gil, Chucho Navarro, y Hernando Avilés se reservaron para sí mismos la propiedad intelectual del nombre comercial “Trío los Panchos”, pero lo hicieron de labios y no lo registraron notarialmente. Al faltar ellos, todo el que en algún momento hubiera estado en su nómina o la hubiera integrado ocasionalmente se considera heredero de Los Panchos, algunos con mayor o menor fortuna y calidad que otros (Hasta tres agrupaciones distintas se han presentado pública y simultáneamente cantando con el nombre de Trío los Panchos); y todo el que haya sido esposa, hijo, o relacionado reclama para sí participación en el ponqué. En esa maraña de reclamaciones, las autoridades judiciales tendrán la palabra pero… Una cosa es el derecho jurídico, y otra cosa es el derecho moral. Hay casos en que la falta de legalización pone las cosas en el umbral de la ilegalidad. Tito se adentró en esos asuntos, y tuvo acceso a documentos y testimonios de innumerables personas relacionadas con el asunto, “menos con la argentina Francisca Feregotto, tercera esposa de Chucho Navarro, con la que a pesar de ingentes gestiones me ha rehuido y ha sido imposible comunicarme con ella”. Largo es el registro de encuentros y desencuentros en un trío que tuvo una larga trayectoria de grabaciones y presentaciones personales, pero lo importante es el legado que perdura cuya completa discografía está reseñada entre las páginas 374 y 404, seccionada en:

Grabaciones del Trío los Panchos con:

Hernando Avilés, 153; 
Raúl Shaw Moreno, 31; 
Julito Rodríguez Reyes, 122; 
Johnny Albino, 350; 
Eydie Gorme, 34; 
Ovidio Hernández, 86; 
Ovidio Hernández y Estela Raval, 12; 
Rafael Basurto Lara, 67; 
Rafael Basurto y María Marta Serra Lima, 10; 
Enrique Cáceres, 171; 
Enrique Cáceres y Javier Solís, 11; 
Enrique Cáceres y Estela Raval, 12; 
Enrique Cáceres y Gigliola Cinquetti, 12.

Luego viene la relación de las 33 películas en las que intervino el Trío los Panchos, incluyendo “Pueblo, canto, y esperanza”, de 1954, que es una secuencia de tres cuentos consecutivos (uno cubano, otro colombiano, y otro mexicano). El cuento colombiano es “El machete”, del cuentista antioqueño Julio Posada, y en él Los Panchos con la voz de Julito Rodríguez cantan el famoso bambuco colombiano “Antioqueñita”, con letra de la autoría de Miguel Agudelo Zuluaga y música de Pelón Santamarta.

En la bibliografía registra 33 entrevistas personales con los integrantes del trío y otros conocedores, documentación obtenida de 9 fuentes, 53 libros usados como fuente de información, 7 periódicos, 9 revistas puertorriqueñas, 6 revistas extranjeras, y 2 ensayos o trabajos de tesis inéditos. 

Trae un índice de nombres y temas que va desde la página 455 hasta la página 472.

Es este un detallado y meticuloso trabajo que constituye un texto de referencia obligada para quien se interese no sólo sobre la historia de Los Panchos y otros tríos relacionados con ellos, sino sobre el mundo musical en el que a ellos les tocó desenvolverse. Su autor tiene que darse por satisfecho de haber entregado al mundo, y a las generaciones actuales y venideras, un completo inventario sobre la obra de este trío que fue culpable de que se iniciaran muchos noviazgos, se contrajeran muchos matrimonios, y nacieran muchos descendientes que ahora y en un futuro se interesarán por saber sobre ellos.

Creería uno que a una persona tan enjundiosa en la preparación de esta obra no tiene nada que aportarle, pero en mi lectura encontré que sí, que tenía algo para decirle. Resulta ser que en una nota al pie de la página 345 se hace mención de “Romance de mi destino, bambuco”. En nuestra conversación le aclaré que este tema no es un bambuco, sino un pasillo ecuatoriano. Aclaración que él me agradeció. Luego le mencioné la canción de Edith Piaf que habían grabado Los Panchos, y me manifestó su sorpresa porque él no sabía tal cosa. Tuve el agrado, entonces, de hablarle acerca de “Si me quieres” (Himno al amor); y de remitirlo al enlace de mi blog “Postigo de Orcasas”, en el que hago mención de tal hecho:


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)




domingo, 30 de julio de 2017

215. Bolívar en su último viaje, según quien lo mire

(Entre mis reseñas de lectura tengo algunos apuntes sobre libros que tienen que ver con Simón Bolívar, El Libertador, y a ellos me referiré. No a todos, sino a los que se relacionan con el último viaje de Bolívar por el río Magdalena, cuando navegó a encontrarse con la muerte; menospreciado en Bogotá, e ignorado por muchos. Con la muerte se encontró, pero también con la gloria que, a pesar de sus contradictores, ha reconocido la grandeza de su genio).

EL ÚLTIMO VIAJE DEL LIBERTADOR


Mi primera imagen de Simón Bolívar, El Libertador, fue también uno de mis primeros contactos con la poesía, es decir, con el descubrimiento de que había una música en las palabras y que existían la rima y la consonancia, como también la asonancia, como saber que hay afinidades y divergencias, y que ellas se manifiestan a través de la palabra. Era un verso muy malo como verso, pero muy popular por su música, el que nos aprendimos por esos días:

Simón Bolívar 
nació en Caracas 
en un potrero 
de siete vacas. 
Las unas gordas, 
las otras flacas, 
las otras llenas
de garrapatas…

Después, terminando la adolescencia, fueron los años sesenta que dejaron huellas en la música del mundo como la de Los Beatles y en América Latina unas muy firmes como las llamadas “Nueva Ola” y “De los años sesenta”. Las composiciones de Los Beatles han sido adaptadas como himnos religiosos, y se cantan en la misa con letras castellanas de Kirie Eleyson (Padre Nuestro, tú que estás, en el pan de la unidad… con música de Paul, el de Simon & Garfunkel, para Los gritos del silencio). Ana y Jaime Valencia se dejaron venir con: 


Café y Petróleo: 
cumbia del mar, 
joropo del Llano, 
aguardiente y ron, 
¡Hola, chico!, 
¡Ala, cocacolo!
¡cónchale, vale!
¡Cómo son las vainas!... 

Simón Bolívar, 
Libertador, 
murió en Santa Marta 
en Caracas nació.

Pero el Bolívar de los versos infantiles es distinto del Bolívar que él fue: de ese “hervido de carne gorda”, que llaman en Venezuela, o “sancocho” que llamamos en Colombia a la amalgama de virtudes y defectos que lideró nuestra independencia y quiso dejarnos de herencia la unión; pero alcanzó a vivir lo suficiente para ver cómo malbaratábamos la herencia y nos quedábamos con la desunión. Es muy claro: libertó a tres repúblicas americanas, pero antes de morir ya nos habíamos convertido en cinco, con la desmembración de Ecuador y Bolivia; y después en seis, con la separación de Panamá. Éramos unos los patriotas partidarios de la independencia, y acabamos divididos en Santanderistas y Bolivarianos. Después Chávez soñó con que volviéramos a ser una sola república… con él sentado en la silla de Bolívar. ¡Muy querido y muy generoso, él!, y muy queridos y generosos sus sucesores que han pretendido lo mismo.

Oí decir a la historiadora Diana Uribe Forero que las novelas “El general en su laberinto”, de Gabriel García Márquez, publicada en 1989; y “La ceniza del Libertador”, de Fernando Cruz Kronfly, publicada en 1987; se habían basado en los 32 tomos de memorias escritos por el general Daniel Florencio O´Leary. No sé si ellos se hayan puesto en la tarea de leer todo ese material, pero es posible que sí haya alguien que lo haya hecho: el periodista, abogado, e historiador, Héctor Muñoz Bustamante. De allí sacó la información para las 32 crónicas que publicó en el periódico El Espectador de Bogotá con motivo del bicentenario del nacimiento del Libertador, celebrado el 24 de julio de 1983. Obsérvese que esta publicación salió antes de la publicación de las dos novelas mencionadas, y tuvo amplia divulgación, por lo que es presumible que su bibliografía haya orientado la búsqueda de información de los dos novelistas afamados.

Recreó en su novela Gabriel García Márquez un encuentro de Bolívar con una de sus admiradoras, Miranda Lyndsay, en el que “sentados el uno frente al otro, cogidos de las manos, mientras él recitaba un poema suyo que por aquellos días estaba componiendo en la memoria en octavas reales bien medidas y bien rimadas que mezclaban requiebros de amor y fantasías de guerra. Ella se conmovió y citó tres nombres tratando de adivinar el del autor”. Esta bella escena es… pura novela. No porque Bolívar no fuera enamorado, o no supiera enamorar a una mujer con la fantasía desbordada de su verbo, sino porque su boca no era tan pulida, y porque los versos suyos que conocemos son más bien sin las octavas reales bien medidas y bien rimadas que García Márquez menciona.

Bolívar, “ese gran poeta” que dice Alfonso Rumazo González, subió al pico del Chimborazo y pronunció un discurso para la posteridad:

MI DELIRIO SOBRE EL CHIMBORAZO (Fragmento)

“Yo venía envuelto con el manto de Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas… y quise subir al Atalaya del Universo… ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la eternidad sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes… Dilato mi vista desde las faldas del Orinoco hasta las cimas del Potosí… Mi derecha estará en las bocas del Orinoco y mi izquierda llegará hasta las márgenes del Río de la Plata. Mil leguas ocuparán mis brazos…”.

Leamos lo que escribió Héctor Muñoz Bustamante en su libro “Bolívar en anécdotas”, que recoge las 32 crónicas publicadas en El Espectador:

Héctor Muñoz, pag. 30: capítulo "Jinete con posaderas de pedernal":  

“Bolívar fue un autodidacta… En la lectura de los clásicos antiguos y modernos, en la amistad con científicos y literatos y en la diaria experiencia de la vida, adquirió los conocimientos que pudiera haber aprendido en la Universidad. Los dos profesores que tuvo en la niñez y parte de la adolescencia no le sirvieron de mucho. Su más útil consejero y orientador fue el viejo Simón Rodríguez, su verdadero y primer maestro. De joven ignorante, Bolívar se convirtió después de los dieciocho años en hombre estudioso, preocupado por las ciencias y las artes, pegado a los libros… Llegó a ser un poeta clandestino y pronto comprendió que “un hombre sin estudios es un hombre incompleto”, según su propia definición. Dominaba el francés y bastante avanzó en el aprendizaje del inglés y el italiano. Afirman los entendidos que la crítica que hizo el Libertador al Canto de Junín, de Olmedo, es sagaz en cuanto a análisis, perfecta en cuanto a buen gusto, y cabal en cuanto a erudición. Pero también hay que convenir en que Bolívar fue mal poeta y algunos de sus pocos versos son auténticos ripios”.

Héctor Muñoz, pag. 30: capítulo "Jinete con posaderas de pedernal":  

Estas son estrofas escritas por el Libertador:  

“Tantas razones son nulas / para el que no tiene madre, / y no ha sido nunca padre, / pero venda cinco mulas”.

“Y tú, padre, que exhalas suspiros / al perder el objeto más tierno, / interrumpe tu llanto y recuerda / que el amor a la patria es primero”.

“El peligro mayor es vuestra gloria. / Aún más terrible sois en la desgracia / que en busca del suplicio o la victoria / compañero que liga santa audacia”.

Hay tendencia de atribuirle a Bolívar el título de gran poeta, pero de sus muchos títulos éste parece ser el único que no se mereció. Alguien me dijo, una noche de tragos, que cuando Bolívar subió con Simón Rodríguez al Monte Sacro, puso su mano napoleónica en el pecho, pero no pronunció las palabras que le atribuyen, algo así como:

“Juro por mi madre que regresaré a mi patria y la libertaré”.

Pero que en realidad él tenía una mano apretada entre el bolsillo y dijo:

“Me arranco las pelotas si no soy capaz de sacar esos hijueputas españoles de allá”. 

El chiste no es original de mi amigo, ni yo soy el único que se rio con él. También lo oyó, quién sabe dónde, Gabriel García Márquez; y lo recoge en su libro con palabras eufemísticas pag. 136: “Lo que hay que hacer con esos chapetones de porra es sacarlos a patadas de Venezuela, y le juro que lo voy a hacer”.

Yo creo que los héroes se acercan más a la mamadera de gallo de mi amigo que a la erudición de los historiadores.



Simón Bolívar, según lo pintan los libros de Historia

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios, cuarto hijo del coronel Juan Vicente Bolívar y Ponte, y de doña María de la Concepción Palacios, mujer que siendo casi quinceañera se había casado con el coronel, un hombre acaudalado y cuarentón. Simón moriría viudo, sin dejar descendencia oficial, así las consejas populares le atribuyan hijos naturales cuya legitimidad biológica nunca se reconoció por la sencilla razón de que en ese entonces no se conocían las pruebas de ADN. De esos hijos, o supuestos hijos, y de las 35 mujeres conocidas de Simón Bolívar, amén de las ocasionales y desconocidas, se habla en los libros “Bolívar, mujeriego empedernido”, de Eduardo Lozano Torres; y “Los amores de Simón Bolívar y sus hijos secretos”, de Ramón Urdaneta. 

Sobre la vida de Simón Bolívar se ha escrito cualquier cantidad de biografías no autorizadas. La única autorizada fueron los treinta y dos tomos de memorias del coronel Daniel Florencio O´Leary, que iba por todos lados tomando notas destinadas a escribirla; pero es la menos confiable en los aspectos anecdóticos. Supongo que Bolívar no le dejaba escribir sino la versión oficial de los hechos, tal como el general preferiría que se publicaran. “Fray Sebastián Sigüenza se dejaba ganar al ajedrez en las tardes áridas… el general había aprendido a mover las piezas en su segundo viaje a Europa…`El ajedrez no es un juego sino una pasión, y yo prefiero otras más intrépidas´, decía. En mitad de la partida Fray Sebastián le preguntó si no pensaba escribir sus memorias. `Jamás –dijo él–. Esas son vainas de los muertos” (Gabriel García Márquez pag. 202-203).

Manolita Madroño, Jeannette Hart, Fanny du Villar, y Manuelita Sáenz lo llamaban “mi Simón”. La Historia lo llamó “Padre de la Patria”, sus soldados le decían “mi general”, los diplomáticos lo nombraban “Libertador”, sus edecanes lo trataban de “Su Excelencia”, y los bogotanos de los últimos días le decían “Longanizo” casi en la cara. Pero los regresivos aristócratas criollos descendientes de peninsulares que quedaron en Lima al terminarse el Virreinato (Gabriel García Márquez pag. 25), a sus espaldas naturalmente, como les ha sucedido a todos los presidentes hasta nuestros días, se referían a él como “El Zambo”, por su sangre mestiza.

Simón Bolívar, según reconstrucción con técnicas forenses
 ordenada por el presidente venezolano Hugo Chárez


Bolívar era Blanco de apellido por un lado, y también era Ladrón de apellido por el otro. Eso lo descubre uno leyendo el libro “Raíces ancestrales del Libertador Simón Bolívar”, ensayo del genealogista Francisco Alonso Palacios Botero. Bolívar, que viene de las palabras Eúskaras “Bol” que significa molino e “Ibar” que significa de la Vega, era de apellidos Blanco y Ladrón de Guevara por parte de madre. Como también por parte de ella descendía de los Austria, o sea de los Habsburgo reinantes en el reino de Castilla; de doña Josefa Marín de Narváez, hija de una negra, esclava liberta de sangre africana cuyo nombre no quedó registrado para la posteridad; y de una princesa indígena, hermana del cacique Naiguatá e hija del cacique Choraima de los indios Caracas en el oriente de Venezuela. Con semejante mezcla, no le quedaba grande el apelativo de zambo, como tampoco el de general, el de Libertador, el de Padre de la Patria, ni el de Su Excelencia; y aunque su dignidad no lo permitía, su cuerpo de los últimos días tampoco desmintió el de “longanizo”.

Encontré unas anotaciones de autor anónimo que hacen precisiones en este sentido:

Entre los antepasados de Bolívar está el cacique Choraima cuya hija, Isabel Choraima, casó con Francisco Fajardo. Su hijo, Francisco Fajardo "el Mestizo", pertenece a la generación once de ancestros de Bolívar por la rama paterna”.

“En Bolívar había sangre negra. De hecho su bisabuela, Josefa Marín de Narváez, era hija de una esclava negra y de Francisco Marín de Narváez, español blanco que dejo su inmensa fortuna a su hija natural, Josefa. La enorme fortuna de Bolívar proviene, pues, de la bisabuela negra. Josefa casó con Pedro Ponte, padre de María Petronila de Ponte y Marín de Narváez. De hecho es este asunto, conocido como el "Nudo de los Narváez", el que impidió que le otorgaran a los Bolívar el Marquesado de San Luis, que los Bolívar habían comprado a los Monjes Benedictinos por una enorme suma de dinero; dinero que, a pesar de todo, no se les devolvió. ¡Alabado sea el Señor!”.

“Se recomienda  leer  los libros "Raíces ancestrales del Libertador Simón Bolívar", de Alonso Palacio; y la excelente novela histórica de Álvaro Pineda "El Insondable", sobre la juventud de Bolívar”.

En cuanto a la genealogía o ancestros bolivarianos, habría que agregar que “En literatura no hay temas buenos ni malos, hay tan solo temas bien o mal tratados” (Julio Cortázar). 

Que dos autores, o más, trabajen un mismo tema, no es cosa nueva. El poeta Virgilio fue acusado de plagiar a su colega Ennio, por haber utilizado un tema suyo para hacer, digamos, una variación:  

“No he plagiado a Ennio. Que yo haga poesía de la mierda de Ennio, sólo demuestra mi propio talento” (Virgilio).

Gabriel García Márquez, el reportero, entrevistó a un náufrago y publicó crónicas basadas en la entrevista. Gabriel García Márquez, el escritor, vio en ellas la posibilidad de una novela y escribió “Relato de un náufrago”. Para el momento de la publicación del libro, el exnáufrago estaba pobre y pidió ayuda a Gabriel García Márquez que empezó a suministrársela, hasta que un abogado le dañó el corazón al otro y le aconsejó que podía demandar por “derechos de autor” o “propiedad intelectual” de esa historia, y Gabriel García Márquez le retiró la ayuda. Murió sin ver un centavo del tesoro fabuloso que le había prometido su abogado, y el abogado ahora está demandando a Gabriel García Márquez por la forma “lesiva a la dignidad profesional” como el escritor se refiere al caso en su autobiografía “Vivir para contarla”. Con ese antecedente, y hay más, los escritores se asesoran de las casas editoriales y tienen sus equipos de abogados que los defienden de las demandas que siempre habrán de encontrar en el camino. Es parte del precio del éxito y del legado de Santander. 

En el caso del último viaje de Bolívar, muy curioso que a dos escritores se les hubiera ocurrido trabajar el mismo tema; que uno de los dos no hubiera desistido cuando supo que el otro también lo estaba trabajando (ellos son celosos y les gusta salir con cosas que ningún otro escribe); y que el que salió segundo no se hubiera desanimado al ver que el otro salió primero. Pero tampoco es raro: Raymond A. Moody Jr. y Elizabeth Kobler-Ross concluyeron al mismo tiempo sus estudios sobre la “Vida después de la muerte”, y se pusieron de acuerdo para seguir adelante con sus libros porque entendieron que los estudios del uno apoyaban la tesis del otro, y viceversa. En todo caso Bolívar ya no puede demandar por tergiversación de los hechos, porque está muerto.

El último viaje de Simón Bolívar se inició en mayo 8 de 1830 con el siguiente itinerario: Bogotá-Facatativá-Guaduas-Honda-Mompox-Turbaco-Cartagena-Barranquilla-Soledad-Ciénaga-Sabanilla-Santa Marta; y terminó en la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta, donde fallece en diciembre 17 de 1830. Había nacido en Caracas el 24 de julio de 1783.

Bolívar dejó a Bogotá por la vía de Facatativá hacia Honda, y ya no volvería a La Sabana ni a ningún otro destino distinto a la muerte física y la gloria inmarcesible que lo esperaban al final de su viaje.

Sobre el gran Bolívar, hombre de estatura baja, tísico, reumático, prematuramente envejecido, cascorvo, con callos en las nalgas como pedernales y voz delgada, que no tenía apariencia de actor de cine, se ha escrito mucho. No he dicho que no fuera apuesto o buen bailarín, o que su personalidad no iluminara los salones y las mujeres se enamoraran de él, lo que digo es que era más bien feo. ¿Recuerdan al actor de cine francés Jean Paul Belmondo? Su apariencia se acerca más a la de Fernando González Pacheco que a la de Alain Delon, pero con ella hizo milagros. Podría decirse lo mismo de Bolívar, pues ya sabemos quién era el hombre… No era un dios, era un hombre, con todas sus virtudes, pero también con todos sus defectos y miserias.

El libro “Bolívar en anécdotas”, de Héctor Muñoz Bustamante recoge una serie periodística de 32 crónicas publicadas en El Espectador y programada para culminar el 24 de julio de 1983, bicentenario del nacimiento del héroe. Este libro finaliza con las crónicas tituladas “No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé–Retírese que huele a cachimba–Póngame bueno y me voy para Francia–Peso como una pluma, ¿No?” Y con la crónica “He sido uno de los tres grandes majaderos: Jesucristo, Don Quijote y Yo”. Ya para finalizar sus crónicas, Muñoz (Autor de “Diario de la Independencia”, “Bolívar al desnudo”, y “Los últimos días de Bolívar”) recoge esta frase del Libertador, que una semana más tarde habría de salir hacia la gloria, culminando su viaje el 17 de diciembre de 1830:   

“¡Cómo saldré yo de este laberinto!”

Aunque no lo reconocen en sus respectivos libros, de la lectura de esta crónica de 1983 pudieron sacar ideas para escribir su siguiente novela dos escritores reconocidos: Gabriel García Márquez, que publicó en 1989 “El General en su laberinto”; y Fernando Cruz Kronfly, que publicó en 1987 “La ceniza del Libertador” con el tema del último viaje de Bolívar por el río Magdalena, cuesta abajo en su rodada. La historia que cuenta fue vox populi y se contaba de boca en boca en términos coloquiales, aparte de estar documentada en muchas fuentes. Los novelistas pudieron leerla y a los dos se les ocurrió novelar la parte no conocida. Los dos escribieron a su manera. La historia es la misma, el tratamiento es diferente, y cada uno le imprimió su estilo a la forma de contarla; pero no dan crédito a Héctor Muñoz, como si desconocieran la existencia de sus crónicas. Novelar puede ser tomar la realidad y transformarla con la fantasía. ¿Qué los hace inmunes a la acusación de plagio que pudiera presentarse, y cuál fue el aporte de Muñoz, útil para facilitarles el camino?: Que la vida de Bolívar es de dominio público, muy ampliamente documentada… Y que al final de su librillo de crónicas Muñoz trae una extensa bibliografía (de la que carecen los otros dos) apoyando las anécdotas reseñadas en las crónicas trabajadas con rigor periodístico. Esa bibliografía es un mapa o plan de ruta para que cualquiera pueda adentrarse por ese recorrido y escribir una novela a su manera. Creo que eso hicieron, pero pudieron no hacerlo sino simplemente coincidir en el mismo camino y haber coincidido en las mismas anécdotas, puesto que la bibliografía sobre el personaje se encuentra en muchas bibliotecas con profusión.

La carátula del libro de Cruz Kronfly en Planeta, que codiseñó Santiago Mutis, poeta, hijo del escritor Álvaro Mutis, e ilustró Oscar Jaramillo; es un retrato novelado de Bolívar. Su rostro es el que imaginamos, pero el resto está anacrónico, fuera de época. Parece ser la fotografía de un hombre contemporáneo, de saco y corbata, aparentemente vestido a la usanza de la primera mitad del siglo XX y no con las casacas militares o con los sencillos jubones que el Libertador usó en sus correrías militares (Héctor Muñoz: pag. 80). Sostiene unos espejuelos modernos en la mano y en la muñeca se aprecia… un reloj de pulsera de los que no había en ese entonces. Creí que era un error, pero es adrede y la explicación se encuentra en el texto de la novela. 

La carátula de García Márquez muestra una hamaca vacía, con un par de botas de las de espuela al pie. El cuerpo que las ocupaba parece haberse ido al más allá, y su alma a la eternidad.

La dedicatoria de Gabriel García Márquez dice: “Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro”. El libro de Cruz Kronfly no tiene dedicatoria.

El libro de Cruz Kronfly tiene un epígrafe del filósofo Fernando González Ochoa, sacado del libro “Mi Simón Bolívar”:  

“Y después de que lo hicieron morir con una camisa francesa prestada, sin que hubiera ninguna figura femenina a su lado, han puesto su efigie en las plazas para que siguiera contemplando nuestras malas pasiones; y en las monedas lo han puesto para que su cara decidiera si nos quedábamos en la casa de la derecha o en la de la izquierda”. 

El epígrafe de Gabriel García Márquez es una frase sacada de la carta que escribió Bolívar a Santander el 4 de agosto de 1823: 

“Parece que el demonio dirige las cosas de mi vida”.

Cruz Kronfly separa su novela en 51 capítulos pero sus títulos, que van del “Uno” al “Cincuenta y uno”, no dicen nada sobre el contenido. García Márquez separa la suya en siete, pero no están numerados, no tienen títulos, ni el libro trae índice. 

Cruz Kronfly no tiene bibliografía, ni manifiesta agradecimientos hacia nadie. García Márquez trae un anexo agradeciendo a todos los que le colaboraron, pero tampoco tiene bibliografía ni menciona a Héctor Muñoz. Las crónicas de éste tienen abundancia de detalles que aparecen en los otros dos, y traen además una completa bibliografía que pudo ser un mapa para que ellos se movieran, y es una orientación eficaz para cualquiera que quiera adentrarse en el tema. 

El de Gabriel García Márquez trae una sucinta cronología de Simón Bolívar aportada por el historiador venezolano Vinicio Romero Martínez, y un mapa de cuando Colombia no era Colombia sino Nueva Granada, con las cinco repúblicas bolivarianas (seis, incluida Panamá), que no tenían fronteras entre sí porque eran realmente hermanas. El corazón no había hecho de las suyas en Colombia, Venezuela, Perú, Bolivia y Ecuador; y ya el Libertador tal vez pensaba que:

“La casualidad nos hace hermanos,
pero es el corazón el que nos hace amigos”

Así rezaba la frase supuestamente bolivariana grabada en el duro granito que recubría una pared al pie del puente que une a La Parada de Cúcuta en Colombia, con San Antonio del Táchira en Venezuela. La Parada no es de Cúcuta, sino de Villa del Rosario, tierra de Santander, el otro gran hombre de la Independencia, junto con Bolívar. Diez años después, cuando regresé al lugar, el recubrimiento de granito y la frase habían desaparecido, y mis averiguaciones me condujeron a la conclusión de que tal frase no había sido pronunciada por Simón Bolívar sino por algún pensador desconocido.

En su apéndice “Gratitudes”, reconoce Gabriel García Márquez que Romero Martínez lo ayudó “con hallazgos que parecían imposibles sobre las costumbres privadas de Bolívar –en especial sobre su habla gruesa–” (Gabriel García Márquez: pag. 271), refiriéndose no al timbre sino al vocabulario pesado de marinero que acostumbraba con sus hombres. Afirma Héctor Muñoz que: 

“Recordaban los que asistieron al baile ofrecido por el Cabildo de Ibagué en enero de 1829, que la voz de Bolívar era muy delgada… Su voz no sólo era delgada, sino tan aguda, que en otro hombre habría parecido ridícula… El oficial español Rafael Sevilla, hablando de las tropas patriotas en las orillas del Orinoco, dice: `Me dieron cinco minutos de un silencio interrumpido sólo por ligeras descargas, entonces una voz chillona, pero de temible imperativo y como acostumbrada al mando, se oyó cerca de nosotros, gritando desde la parte exterior de las trincheras: ¡Avancen! ¡Avancen!´. Aquella voz chillona era la voz de Bolívar” (Héctor Muñoz: pag. 84). 

A Romero Martínez, dice Gabriel García Márquez, “debo la advertencia providencial de que Bolívar no pudo comer mangos con el deleite infantil que yo le había atribuido, por la buena razón de que aún faltaban varios años para que el mango llegara a las Américas” (Gabriel García Márquez: pag. 271). Parece ser, según estudios del botánico Víctor Manuel Patiño Rodríguez, que el mango sí había llegado ya por estos lados, pero tal vez su cultivo no se había popularizado aún. 

Lo que sí permanece en el recuerdo es la dureza de estas palabras pronunciadas por un hombre que dejó a Venezuela sus cenizas y a Colombia su corazón: “Ya no tengo patria por la cual sacrificarme” Gabriel García Márquez pag. 43).

Muchas cosas en Bolívar parecen fantasiosas. Ya en sus días se hablaba del caballo “Palomo” de Bolívar, “blanco como un copo de nieve”, que no era así, pues por sus manchas Bolívar lo llamó “Pecoso” (Héctor Muñoz: pag. 29). Se creía que él no se bajaba del caballo, pero en realidad sólo le servía para el desfile de entrada a los pueblos en las paradas militares. “Un día de enero de 1827 Caracas amaneció engalanada: Arcos triunfales, entretejidos de laureles y palmas, guirnaldas y cortinajes, letreros gigantes con vivas a Bolívar y a Páez se veían en la ciudad” (Héctor Muñoz: pag. 78). “El historiador José Manuel Restrepo escribe: “Para hacer con más comodidad sus viajes tenía Bolívar excelentes mulas y caballos de silla…” (Héctor Muñoz: pag. 28). Las mulas eran las únicas capaces de aguantar las correrías por malos caminos, trochas, y montañas empinadas; eran las únicas capaces de remontarse hacia el Páramo de Pisba, que le merecieron a Bolívar el apodo de “Posaderas de Pedernal”, por sus callos (Héctor Muñoz: pag. 27). “Decía que el paso del caballo era propicio para pensar, y viajaba durante días y noches cambiando varias veces de montura para no reventarla. Tenía las piernas cascorvas de los jinetes viejos y el modo de andar de los que duermen con las espuelas puestas, y se le había formado alrededor del sieso un callo escabroso como una penca de barbero, que le mereció el apodo honorable de Culo de Fierro. Desde que empezaron las guerras de independencia había cabalgado dieciocho mil leguas: más de dos veces la vuelta al mundo. Nadie desmintió nunca la leyenda de que dormía cabalgando” (Gabriel García Márquez). Santiago Vila, que participó en la conspiración del 25 de septiembre y fue perdonado por Bolívar, dijo en entrevista a Fabio Lozano Torrijos: “El Libertador traía magníficas mulas. Se le ofreció un caballo para la recepción y ese mismo animal se le dio para su partida. No le gustó al Libertador, y al salir de la población, en el sitio de Los Mangos, se desmontó rápidamente e hizo que ensillaran una de sus mulas en la cual siguió, a la cabeza de la cabalgata que le acompañaba” (Héctor Muñoz. Pag. 84). “En vez de Palomo Blanco, su caballo histórico, Bolívar venía montado en una mula pelona con gualdrapas de estera, con los cabellos encanecidos y la frente surcada de nubes errantes, y tenía la casaca sucia y con una manga descosida. La gloria se le había salido del cuerpo” (Gabriel García Márquez pag. 23). 

El sitio de Los Mangos tal vez tuviera ese nombre en los días de la entrevista, pero otro en los de Bolívar, por aquello de que los mangos llegaron después. Se cree que Bolívar solamente tuvo a Palomo, pero tuvo otros, “es más o menos conocida la predilección de Bolívar por los bellos caballos y por los placeres de la equitación. Numerosos fueron los corceles que le regalaron al Libertador en las ciudades y villas a donde entraba vencedor. Pero Bolívar no se enamoraba de sus caballos. Con la facilidad con que los recibía los regalaba a sus amigos” (Héctor Muñoz: pag. 28). Palomo lo regaló al mariscal Andrés de Santa Cruz, presidente de Bolivia. Le había sido regalado a Bolívar por la señora Casilda de Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. “El noble bruto lo reconocía desde lejos. Al ruido de sus pasos, el timbre de su voz, relinchaba, tendía plumífera la cola, piafaba, en fin, y al ser montado temblaba de respeto” (Héctor Muñoz pag. 29). Terminó sus días Palomo en los prados que rodean el palacio del rey Jorge IV de Inglaterra, obsequiado al rey por Alejandro Cockburn, embajador inglés, y al embajador por el mariscal Santa Cruz (Héctor Muñoz pag. 29), gracias al mérito de haber contribuido a formar callos en el trasero del Libertador.

Veamos como abordan las crónicas de Muñoz los últimos días del Libertador:

“A mediados de enero de 1830 Simón Bolívar se encontraba en Bogotá. Estaba disminuido física y anímicamente. Había envejecido prematuramente. No sólo lo tenían acosado la tuberculosis pulmonar y los trastornos hepáticos sino la melancolía y la desilusión. A la temprana muerte de sus padres y su esposa se habían unido las traiciones de sus compañeros de armas, la ingratitud de muchos de sus conciudadanos, los ultrajes a su persona y a su obra, la deslealtad de los políticos y la desmembración de la patria. Bolívar había servido veinte años en calidad de soldado y de magistrado. En este período reconquistó tres veces la patria, libertó tres repúblicas (que se convirtieron en cinco por la desmembración de Ecuador y Bolivia; en seis, si sumamos a Panamá), conjuró muchas tempestades políticas y cuatro veces devolvió al pueblo su omnipotencia, reuniendo espontáneamente cuatro congresos constituyentes. Víctima de las sospechas y de la maledicencia, enfermo y pobre, el Libertador se propuso viajar a Europa a reponerse y descansar, pero antes quería demorarse unas semanas en Jamaica. Estaba pálido, el brillo de sus ojos se había apagado, la voz apenas perceptible, encanecido y huesudo. En varios lugares se asestaban duros golpes a Bolívar. En Caracas se le atacaba; en Valencia se reunía un Congreso convocado por Páez para estudiar la separación de Venezuela; en Quito sonaban voces separatistas, y en Bogotá jóvenes estudiantes despedazaban un retrato del Libertador que había en una de las salas del Edificio de Justicia, y le gritaban irrespetuosamente, al verlo pasar tan flaco: ¡Longaniza! ¡Longaniza! (para compararlo con un personaje popular que usaba uniformes militares de utilería y asumía poses de mariscal). Sucre y el obispo Estévez fracasaban en su misión de evitar la separación de Venezuela. El Libertador tenía, en 1830, El Cristo de espaldas”.

Así comienza la crónica con la que Muñoz relata el último viaje de Bolívar, correctamente redactada como buen periodista e historiador, lo que le mereció ganar el Premio Simón Bolívar de la aseguradora del mismo nombre. Ese recuerdo, esos datos, esos nombres, producto de las muchas lecturas que deja entrever la bibliografía, aparecen en las otras dos obras, embellecidas por el poder creador de la literatura.

El Bolívar que muestran es el agobiado de los últimos días, apagados los fogosos impulsos que lo llevaron a pleitear con el Dr. Antonio Nicolás Briceño por límites de fincas (Héctor Muñoz: pag. 18) o a disputarle la dama a muchos, entre ellos al médico inglés James Thorne, esposo legítimo de Manuelita Sáenz. La división de Colombia entre liberales y conservadores pudo iniciarse en el momento en que una de las Ibáñez resolvió entregar su amor a Santander y no a Bolívar– Éste es un argumento a mi acomodo, como lo puede ser decir que fue en el momento en que a Santander le dio por hacerse abogado del Colegio de San Bartolomé; pero, también a mi acomodo, podría decirse que sus antipatías vienen desde que Bolívar ganó la apuesta en un juego de tresillo a las cartas y soltó una hiriente puya que caía como baldado de agua fría a Santander. Dice Luis Horacio López Domínguez en la página de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, en artículo titulado “Francisco de Paula Santander, una personalidad compleja” que: “En un juego de tresillo en la hacienda Boitá, en el que Bolívar resultara ganador de la apuesta, exclamó que `Al fin me tocó algo del empréstito”, haciendo alusión a los chismes que corrían de que Santander se había aprovechado del empréstito obtenido en Londres para sacar beneficio a su favor.

“¡Pobre Simón Bolívar, que libertó cinco repúblicas, y que apenas se fueron los españoles vio que no había quedado sino un hombre: él, solitario, en un desierto de alimañas!”
(Fernando González Ochoa, Viaje a pie, pag. 76).

Él, “un hombre que no lograba superar el reconcomio de la inquina muchos años después del agravio” (Gabriel García Márquez, pag. 51).

¿Por qué era belicoso y enamorado? La respuesta está en la siquiatría: Uno de sus biógrafos afirma: “Su dureza, llevada algunas veces hasta la crueldad contra todo lo que se atravesara en su carrera, quizá venga de esa infancia sin afectos y del desarrollo solitario de su espíritu”. (Héctor Muñoz: pag. 11).

Después de releer “El General en su laberinto” con intención de compararlo con “La ceniza del Libertador” recordé la lectura en la adolescencia de alguna biografía de Bolívar en la que se hablaba, si mal no estoy, de que alguno de sus amores de París (no sé si el de su prima Fanny Aristiguieta de Villars) pudo ser inventado para encubrir alguna relación, verídica pero necesaria de ocultar, con madame Laysney; y se insinuaba, recuerdo, que Bolívar podía ser abuelo biológico del pintor Paul Gaugin (El coronel francés Laysney y su esposa Teresa, padres de Teresa Laysney. Teresa Laysney, casada con el peruano Mariano de Tristán y Moscoso, padres de Flora Tristán. La feminista Flora Tristán Laysney, abuela del pintor Paul Gauguin) (Breviario del Libertador, por Ramón de Zubiría). 

Me quedó la idea de que los biógrafos oficiales habían dibujado un Bolívar de enciclopedia que posiblemente se acercaba al hombre cargado de virtudes, pero también distaba del hombre cargado de defectos que debió ser. Defectos cuyo conocimiento no podría hacer mengua de su grandeza, sino solamente mostrarlo como un hombre en vez de un ángel. Me quedó esa idea. A los lectores del común eso es lo que nos queda: algún vago recuerdo de las lecturas del pasado. 

El doctor Mauro Torres (Mauro Dirceo Torres Agredo, Médico Psiquiatra e historiador) ha escrito tres o cuatro libros con el tema de Bolívar, que lo apasiona, desde el punto de vista médico. Uno de ellos el libro “Simón Bolívar (Moderna biografía)”. No he leído sus primeros dos libros biográficos sobre el personaje. ¡Qué afortunada coincidencia que se reúnan en él el buen escritor, el historiador, y el médico, permitiéndole abordar el tema desde otra perspectiva. Y que sea un hombre capaz de apartarse de sus tesis inicialmente expuestas (lo dice la contraportada) y corregirse a sí mismo para mostrar una visión acorde con los nuevos conocimientos. Lo leí en un momento en que, precisamente, ocupaba mi mente en tratar de entender el porqué de la violencia de los colombianos. Si los espíritus de los fallecidos ocupan otros cuerpos, como creen algunos –pensaba– ¿Qué cantidad de guerreros muertos en lucha y con violencia han buscado reencarnar en los cuerpos de nuestros hijos para seguir ejerciendo la violencia? Si lo que mueve a obrar es el medio ambiente, ¿Qué fuerzas poderosas han convertido el nuestro en un río de sangre? Si lo que uno es depende de la neurosis familiar de algún tatarabuelo, del color de los ojos del abuelo o del modo de caminar del bisabuelo ¿Qué puede hacer uno para cambiar? Preguntas estas que me rondan, pero cuyas respuestas desconozco. En mi ayuda han acudido los conocimientos de medicina y de genética del doctor Torres y sus investigaciones históricas que confirman esa vaga intuición de que lo que somos también depende de lo que hacían nuestros lejanos antepasados en el neandertal, dicho en otras palabras, “del pecado original”. Que la humanidad es una sola y uno es apenas una de sus células. Y que no estaba equivocado al pensar que los hombres mujeriegos, las personas alcohólicas, y los violentos, son apenas expresiones que nos llegan gritadas por la sangre de los que vivieron en el pasado. Lo que me reconcilia con mi abuela cuando insistía en preguntar: ¿Y esa muchacha de qué familia es? No por mí, que ya soy lo que soy, sino por mis nietos. Mientras tanto disfruté la deliciosa lectura del libro del doctor Torres que me mostró al Libertador de carne y hueso, y me parece de mucho mérito que Bolívar hubiera podido hacer algo por libertar estos países a pesar de su dinero y de ser hijo de quien era: Un padre libertino y una madre vanidosa, resentida y déspota. Cosa que sabemos gracias a la tarea de moderno detective de la historia que es el doctor Torres.

Otro de los libros leídos sobre el tema de Bolívar fue el de don Ramón de Zubiría, contertulio del Dr. Abelardo Forero Benavides en el programa de televisión “El pasado en presente”: “Breviario del Libertador”. A diferencia del libro de Héctor Muñoz que se centra en las anécdotas, o del de Torres que se centra en la sicología, el de Zubiría se centra en el pensamiento de Bolívar, un pensamiento que resiste el paso del tiempo y se graba en placas, mármoles y granitos teniendo tanta vigencia en los tiempos en que él lo emitió como en los tiempos que corren.

Libros comparados


BOLÍVAR EN ANÉCDOTAS
Héctor Muñoz Bustamante
Crónicas de El Espectador, 1983.


LA CENIZA DEL LIBERTADOR
Fernando Cruz Kronfly
Editorial Planeta, Biblioteca de Autores Colombianos, 1987.


EL GENERAL EN SU LABERINTO
Gabriel García Márquez
Editorial La Oveja Negra, 1989.

Héctor Muñoz se remite a los hechos y los cuenta tal como los encontró en la bibliografía que cita al final de su libro. Fernando Cruz Kronfly recrea el viaje por el Río Magdalena basado en esos mismos hechos y trayectoria. Y en la lectura de las crónicas de Muñoz, probablemente, haciendo acompañar al general, aparte de la comitiva oficial, de fantasmas y elucubraciones que lo asaltan viniendo del pasado y del futuro y paseándose por los corredores con una presencia física. Gabriel García Márquez acude a esas mismas remembranzas y los trae a la mente de Bolívar como recuerdos, mas no como espectros fantasmales. Muy probablemente leyó también las crónicas de Muñoz. Es que, de no haberlo hecho él y Cruz Kronfly, sus coincidencias son tantas que entonces habría que pensar en que hubo otro historiador antes de Muñoz que fue consultado por los tres. Hay demasiadas tonalidades de la misma canción reconocibles como para pensar que son tres canciones con la misma letra. La música también encaja.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Apéndice con algunas frases tomadas de los tres libros leídos

1 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 99:  He sido uno de los tres grandes majaderos:  
El Libertador se tomó la cabeza y exclamó: “¡Cómo saldré yo de este laberinto!”.

2 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 266:  
El general no le prestó atención a la maestría de la respuesta del médico Révérend, porque lo estremeció la revelación deslumbrante de que la loca carrera de sus males y sus sueños llegaba en aquel instante a la meta final. El resto eran las tinieblas:
–  ¡Carajos! –suspiró–. ¡Cómo voy a salir de este laberinto!

3 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 91:  
Entonces se metió en el cobertizo del champán, se sentó en la hamaca y estiró las piernas, para que José Palacios lo ayudara a quitarse las botas. 
A ver si ahora sí creen que nos fuimos –dijo.

(Esta es la escena que pinta la carátula del libro, sólo que unos instantes después cuando podría decirse que el general se había ido de veras).

4 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 9:
Su Excelencia ha decidido partir para siempre. Tendida, la tierra predica su viejo sermón de perro echado, muerde ella misma el polvo húmedo en medio de vientos que lo cubren todo de un cierto color de daguerrotipo. 

(Una buena frase inicial para el primer capítulo. Está repetida en la pag. 10).

5 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 57:  
Corre, loca, la ceniza de los volcanes. Helada como las manos de una mujer, palpa el rostro, huye, desaparece en el recuerdo:
Es pérfida esta ceniza, ¿eh, doctor? ¡Pss, pss!  
¿Cómo dice, Excelencia?
Digo que es pérfida esta ceniza.
Para pérfidas las mujeres, señor, esas sí.
¡Pss, pss!

6 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 84:  
Murmura en el vacío:
No es comiendo sino vomitando como se arreglan ciertas cosas.
¿Qué cosas?
Estos entuertos que me empujan al destierro, que me tiran ceniza a la cara. 

7 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 127 y 128:  
Quiere palparla pero Teresa lo detiene:
Espera un momento, amor, espera, no me toques, me volvería polvo en un instante, deja quieta esa mano.
En el nombre de Dios, ¿a qué has venido?
Sufro… Haz un esfuerzo, niño, recuérdalo, qué ingrato eres: ¿Por qué te han echado ceniza encima?

8 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 217:  
El escándalo lo perseguía como otra sombra y sus amantes quedaban señaladas para siempre con una cruz de ceniza, pero él cumplía con el deber inútil de mantener los secretos de amor protegidos por un fuero sagrado. Nadie tuvo de él una infidencia sobre una mujer que hubiera sido suya, salvo José Palacios, que era su cómplice en todo… ni siquiera referida a Manuela Sáenz que ya tenía muy poco que cuidar.

9 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 198:    
Sus ideas han amanecido azules, limpias, lavadas con algún preparado de cenizas.

10 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 205:  
Caminan juntos, tan despacio que parecen dibujados sobre un lienzo de lavadas cenizas.

11 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 140:    
Su Excelencia escupe en el suelo, mira de reojo el color, la consistencia de su saliva, siente miedo. En sus oídos aún resuena el oprobio, aquel ultraje. A sus espaldas Palacios monta guardia. También lo hacen el rubio y el bayo de ceniza de paja...
Debe usted tranquilizarse,  no haga caso de esas cosas.
Lo sé. Resistiré hasta Bocas de Ceniza, te lo prometo.

12 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 175:    
Una adolescente lánguida con una túnica de muselina casi invisible tocaba para ellos en el arpa siete romanzas de amor. Eran tan bellas, y estaban ejecutadas con tanta ternura, que los dos militares no tuvieron corazón para hablar mientras la brisa del mar no barrió del aire las últimas cenizas de la música.

13 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 187:    
Itúrbide era un hombre de grandes silencios, que podía amanecer contemplando las cenizas heladas sin parpadear, con la misma inspiración con que podía cantar sin pausas una noche entera.

14 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 81:  
Bailó casi tres horas, haciendo repetir la pieza cada vez que cambiaba de pareja, tratando quizás de reconstituir el esplendor de antaño con las cenizas de sus nostalgias.

15 FERNANDO CRUZ KRONFLY, Carátula: (Codiseño: Santiago Mutis, hijo de Álvaro Mutis. Ilustración: Oscar Jaramillo. Fotografía de un hombre de saco, corbata, lentes y reloj de pulsera, vestido a la usanza del siglo XX y no con las casacas militares o con los sencillos jubones que usó en sus correrías militares).

16 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 61:    
Como salido de la nada hace su aparición en la mesa de estribor un hombre de triste apariencia, descuidada. Agachado mueve sus labios como conversando a solas, piensa, se acompaña con gestos prominentes. Tiene aproximadamente cuarenta años, usa lentes para ver, viste de saco y pantalón oscuros. Nadie lo vio entrar al comedor. Sentado a manteles lee de un libro partido por la mitad, toma apuntes, notas en su portafolios. Luego permanece lelo en las sombras de los árboles, pozos móviles que resbalan como dibujos en los cristales del ventanal. Calco de las orillas boscosas, imágenes en el iris del vidrio. A un lado suyo, en uno de los asientos de su mesa, el hombre ha colocado una valija de cuero de donde saca a su antojo los objetos de escritura que va necesitando. Al otro costado, sobre el mantel, acaba de orillar un pequeño tarro de aluminio que extrajo de su valija. Con el índice de su mano derecha empuja sus lentes hasta su sitio exacto en su nariz, emite un suspiro. Enseguida agarra el tarro, retira una diminuta lámina redonda, sonríe fascinado delante de la espuma de marfil que brota por el roto. Chupa de aquella espuma, saborea con fruición, chasquea su lengua, pega el borde de sus párpados de goma. 

(Este personaje es el fantasma que se ha visto deambular por el comedor y, como se ve, viene a través del tiempo ataviado con elementos del futuro e introduciendo una lata de cerveza en aquel viaje del pasado cuyos ocupantes no tienen por qué identificar de qué se trata ese objeto extraño que calma la sed del hombre en medio del calor agobiante. Cruz Kronfly sí lo sabe y sabe que este personaje que ha hecho aterrizar allí es el narrador omnisciente encargado de observar y saber las cosas que sólo un extraterrestre podría saber).

17 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 142 y 143:    
Testigo del tiempo… Cronista de lo invisible aquel hombre ahí… El recipiente suda, la espuma brota por su orificio, chorrea por los bordes:
¿Qué diablos bebe ése?
Cerveza, señor, un invento nuevo que vendrá en el futuro, no se sabe cuándo.

18 FERNANDO CRUZ KRONFLY Pag. 69:
Su Excelencia gira en sus botas, queda delante del aparecido:
¿Quién es usted?
El abogado de a bordo, Excelencia, hago las veces de secretario y estoy a su mandar.

19 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 13:  
Después le dio unas antiparras de cristales cuadrados con una armazón de plata fina, que llevaba siempre para él en el bolsillo del chaleco.

20 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 62:    
Santana dobla sus labios en la oreja de Fernando:
Es extraño, ¿no es verdad?
Mire usted esa ropa, ¡de qué país será!
¿De qué país? De qué tiempo, dirá usted, de qué tiempo.

21 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 13:  
Su excelencia viste su mejor uniforme aunque hubiera preferido embarcarse vestido de paisano. Pero el momento es solemne, irrepetible. Han venido a despedirlo los generales y coroneles amigos… Su excelencia debe corresponder, mostrarse ante ellos como cuando pasaba bajo los arcos triunfales allá en Lima, en Quito y en esa especie de sueño enneblinado que recorría las calles de Santa Fe.

22 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 91:  
Porque los más lo veían pasar en silencio, sorprendidos por su mal estado. Iba en mangas de camisa, con sus únicas botas Wellington y un sombrero de paja blanca.

23 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 88:  Ha sido terrible la agitación de mi vida:  
El 26 de mayo el Libertador y sus acompañantes llegaron a Turbaco, población indígena no muy distante de Cartagena. El mismo día de su llegada a Turbaco envió al prefecto, Juan de Dios Amador, la siguiente comunicación:  
Mi estimado amigo: Permítame usted que me tome la libertad de participarle que he llegado hoy aquí con el ánimo de irme fuera del país… Mi sobrino Fernando Bolívar va encargado de manifestar a usted los sentimientos de estimación y respeto… El gobierno me entregó en Bogotá una libranza de ocho mil pesos contra la tesorería de este departamento y como estoy pobre y necesitado de este dinero para mi partida, suplico a usted muy encarecidamente la mande pagar; y si no hubiere fondos disponibles, me atrevería a esperar que usted diese providencia para que algunos deudores del tesoro me la pagasen, aunque fuese con algún descuento…

Tal era la situación económica del Libertador.

24 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 49:
Los atendió la superiora en persona, y un grupo de novicias indígenas les repartió mazapanes recién sacados del horno y un masato de maíz granuloso y a punto de fermentar. Al ver la avanzada de soldados sudorosos y vestidos sin ningún orden, la superiora debió pensar que el coronel Wilson era el oficial de mayor graduación, tal vez porque era apuesto y rubio y tenía el uniforme mejor guarnecido, y se ocupó sólo de él con una deferencia muy femenina que provocó comentarios malignos… El mismo Wilson manifestó más tarde su sorpresa de que nadie en la misión ni en el resto del camino hubiera reconocido al hombre más conocido de las repúblicas nuevas. 

25 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 80:  Por mal vestido no le ofrecen asiento:  
La viejita dueña de casa ofreció de inmediato los únicos rústicos asientos que tenía: uno al general Soublette y el otro a un oficial de menor grado, no haciendo caso de Bolívar a quien no conocía. Los acompañantes del Libertador estaban vestidos de uniforme, y él de paisano, con una corta chaqueta blanca, por lo cual no mereció ninguna atención de parte de la mujer.

26 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 37:  
En el equipaje que José Palacios arregló… sólo tenía dos mudas de ropa interior muy usadas, dos camisas de quitar y poner, la casaca de guerra con una doble fila de botones que se suponían forjados con el oro de Atahualpa, el gorro de seda para dormir y una caperuza… el resto era tan escaso, que todo cupo embutido en un morral de soldado.

27 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 50:  Quedó sin pantalones y sin camisa:  
Bolívar llegó a tener sólo dos camisas: la que llevaba puesta y otra. En 1817, a orillas del Orinoco, tuvo que ponerse una bata mientras se secaban sus únicos pantalones que habían sido lavados… Después de meses de lucha y de privaciones, el ejército patriota llegó a una situación casi de miseria… cuando observó que uno de los jefes de la Legión Británica se preocupaba de subirse y cerrarse el cuello del uniforme.
Coronel Rook –le dijo Bolívar amistosamente– usted no tiene camisa.
En efecto, excelencia, no me queda ya ninguna.
Bolívar ordenó entonces al intendente que de sus propias camisas le fuera entregada una al coronel Rook.
Excelencia –dijo el intendente–, lo siento mucho, pero eso es imposible.
¿Por qué imposible? –preguntó Bolívar.
Porque vuestra Excelencia no tiene ya sino una camisa.
Pues esa que me queda –dijo Bolívar– tráigasela al coronel Rook.
No se puede, Excelencia, repitió el intendente.
¿Por qué razón?
Porque esa la lleva vuestra Excelencia puesta.

28 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 41:  Ordena fusilar sin balas:  
El 15 de enero de 1824 llegó a Pativilca (Perú) don Joaquín Mosquera, colaborador y confidente político de Bolívar en las campañas del sur. Decía Mosquera:
Estaba sentado en una pobre silla de baqueta, recostado sobre la pared de un pequeño huerto, atada la cabeza con un pañuelo blanco, y sus pantalones de jin que me dejaban ver sus rodillas puntiagudas, sus piernas descarnadas, su voz hueca y débil y su semblante cadavérico. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no largar mis lágrimas y no dejarle conocer mi pena y mi cuidado por su vida. 

29 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 76:    
Ha vendido de urgencia sus medallas de oro, su vajilla, sus caballos, logró acumular sólo 17.000 pesos para atender los gastos del viaje.

30 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 37:  
Hechas las cuentas finales, llevaba en efectivo diecisiete mil seiscientos pesos con sesenta centavos, una libranza de ocho mil pesos contra el tesoro público de Cartagena, una pensión vitalicia que le había acordado el congreso, y poco más de seiscientas onzas de oro repartidas en distintos baúles. Éste era el saldo de lástima de una fortuna personal que el día de su nacimiento se tenía entre las más prósperas de las Américas.

31 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 21:  
La ciudad era demasiado pequeña y su gente demasiado cominera para no conocer las dos grandes grietas de su viaje incierto: que no tenía dinero suficiente para llegar a ninguna parte con un séquito tan numeroso, y que habiendo sido presidente de la república no podía salir del país antes de un año sin un permiso del gobierno, y ni siquiera había tenido la malicia de solicitarlo.

32 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 23:  
Tenía la casaca sucia y con una manga descosida.

33 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 86:  No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé:  
En esta casa vendió lo poco que aún le quedaba: su vajilla de playa y algunas alhajas. Alcanzó a reunir en total diecisiete mil pesos, suma con la cual pensaba viajar al exterior.

34 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 19:    
Venía de subastar sus últimos bienes y con lo poco que pudo recaudar pensaba enfrentar con dignidad el futuro.

35 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 142:    
Al final suspiró:
Estamos para enterrar de limosna.

36 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 142:    
Aún faltaba por ver si el gobierno provincial tenía fondos disponibles en sus arcas maltrechas para cubrir la libranza, o al menos la posibilidad de negociarla con un agiotista. Le dictó tres cartas a Fernando…  La segunda carta fue para don Juan de Dios Amador, prefecto de Cartagena, encareciéndole el pago de los ocho mil pesos de la libranza contra el tesoro provincial:
Estoy pobre y necesitado de ese dinero para mi partida –le decía.
La súplica fue eficaz, pues antes de cuatro días recibió respuesta favorable, y Fernando fue a Cartagena por el dinero.

37 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 290 y 291:    
Su Excelencia siente que llora por dentro, que algo se derrama como la leche:
¡Dios mío, ayúdame! ¡Qué te cuesta hacerlo?
¡Excelencia, mire, mire usted aquello!
¿Qué?
Eso de ahí, eso que venía en aquella canasta que reventó contra el cubo de brea.
Un envoltorio… amarrado con una cinta tricolor. Al abrirlo aparece una nota escrita:
Adjunto encontrará el dinero de la libranza así como su pasaporte que con tanta razón reclama. Soy de Vuestra Excelencia, muy obediente servidor: J. de D. Amador.

38 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 171:    
El miércoles 16 de junio recibió la noticia de que el gobierno había confirmado la pensión vitalicia que le acordó el congreso… al terminar le dijo a Fernando imitando el plural mayestático y el énfasis ritual de José Palacios:
Somos ricos.
El martes 22 recibió el pasaporte para salir del país, y lo agitó en el aire, diciendo:
Somos libres.
Dos días después, al despertar de una hora mal dormida, abrió los ojos en la hamaca, y dijo:
Somos tristes.

39 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 42 y 43:    
Simón Bolívar derrochó su fortuna. Principalmente en París despilfarró el dinero. Pero fue en la Campaña Libertadora en la que gastó todo su capital. Para 1814 sus bienes ya se habían reducido a las minas de Aroa, improductivas y en litigio. En Jamaica, en 1815, tuvo que pedir dinero prestado a Hyslop, comerciante inglés. El libertador costeó de su peculio la venida del pedagogo Lancaster a América.

40 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 194:    
El general le dio al capitán de la Shannon una carta para su apoderado venezolano en el negocio de las minas de Aroa, con la esperanza de que al regreso le mandara algún dinero.

41 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 143:    
La tercera fue para el ministro de Colombia en Londres, el poeta José Fernández Madrid, pidiéndole que pagara una letra que el general había girado a favor de sir Robert Wilson, padre de su edecán, y otra del profesor inglés Joseph Lancaster, a quien se le debían veinte mil pesos por implantar en Caracas su novedoso sistema de educación mutua. “Mi honor está comprometido en ello”, le decía.

42 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 66 y 67:    
Dos criados llevaron al dormitorio una gran olla de agua hirviendo con hojas aromáticas, y José Palacios preparó el baño nocturno confiando en que él iba a acostarse pronto por el cansancio de la jornada. Pero el baño se enfrío mientras dictaba una carta para Gabriel Camacho, esposo de su sobrina Valentina Palacios y apoderado suyo en Caracas para la venta de las minas de Aroa, un yacimiento de cobre que había heredado de sus mayores… para muchos, y más para sus secretarios y amanuenses, las minas de Aroa eran un desvarío de sus calenturas. Le habían merecido siempre tan escaso interés, que durante años estuvieron en poder de explotadores casuales. Se acordó de ellas al final de sus días, cuando su dinero empezó a escasear, pero no pudo venderlas a una compañía inglesa por falta de claridad en sus títulos. Aquél fue el principio de un embrollo judicial legendario, que había de prolongarse hasta dos años después de su muerte. En medio de las guerras, de las reyertas políticas, de los odios personales, nadie se equivocaba cuando el general decía “mi pleito”. Pues para él no había otro que el de las minas de Aroa.
Mi padre ha llegado a preguntarse si ese cobre existe en la vida real –dijo el coronel Wilson.
El que nadie las haya visto no quiere decir que las minas no existan –replicó el capitán Andrés Ibarra.
Existen –dijo el general José María Carreño–. En el departamento de Venezuela.
A estas alturas me pregunto inclusive si Venezuela existe –replicó Wilson disgustado.

43 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 11:  
Son varias las embarcaciones que esperan pero sólo una de ellas partirá de verdad: la más elevada, la plácida en la mañana, mezcla entre vapor y champán. Una embarcación de color indefinido, hecha de hierro y madera que ha ido acumulando años, sales que el viento obsequia. Pues también la madera y los metales, como los días, conocen de su descenso al crepúsculo: Un gris café azulado ocre ligeramente amarillo en los bordes y negro en la brea de la cubierta, cerca del puente. En un palo elevado la bandera tricolor, de reciente costura. Y en el castillo de proa un ángel de lata, del mismo color del navío. 

44 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 11 y 12:  
En un principio, a quienes se encargó adelantar los preparativos del viaje, sólo les fue entregado un champán aventajado de tamaño aunque visiblemente inapropiado para la categoría del huésped. Sin embargo, a ese champán le fueron abiertas tantas ventanas y puertas como se estimó necesario. Se forraron en zaraza sus interiores para transformarlo en algo parecido a un ropero. También se alfombraron algunos reservados improvisados, se instalaron mesas y asientos tanto en el comedor como en pequeñas salas y recintos íntimos y, finalmente, se adecuaron tanto una caldera de regular potencia como dos chimeneas elevadas, hasta producir el milagro de convertir un simple champán en una embarcación a vapor. En una esquina del comedor se instaló un filtro y una piedra especial para destilar el agua turbia. En la proa se puso la rueda giratoria y atrás, colgando en la popa, el ancla de hierro. Todo un mes largo se debió emplear en aquella metamorfosis. 

45 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 91:  
A diferencia de los champanes corrientes, que tenían en el centro un cobertizo de palma amarga para el cargamento, a éste le habían puesto un toldo de lienzo para que pudiera colgarse una hamaca en la sombra, lo habían forrado por dentro con zaraza y tapizado con esteras, y le habían abierto cuatro ventanas para aumentar la ventilación y la luz. Le pusieron una mesita para escribir o jugar barajas, un estante para los libros, y una tinaja con un filtro de piedra.

46 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 88: Ha sido terrible la agitación de mi vida: Habían quedado listas las pequeñas embarcaciones en las que irían por el río Magdalena Bolívar y sus acompañantes. Al gran champán para el Libertador le fueron abiertas ventanas en cada costado de la tolda, fue forrado interiormente de zaraza y entapizado lo mejor posible. Le pusieron mesa, asientos, piedra de destilar para clarificar la turbia agua del Magdalena. En otro champán, el general Joaquín Posada Gutiérrez embarcó abundante provisión de víveres para todos, incluyendo la tropa.

47 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 17 y pag. 45:  
A cada instante siente que el navío donde ahora se encuentra, sólo un champán aventajado aunque cubierto por dentro con zarazas y algunas alfombras extendidas por el piso en los pequeños recintos de estar, progresivamente se transforma en un verdadero vapor. Un vapor que va comiendo su sopa de aguas turbias a causa de las lluvias de mayo como aquellos que Juan Bernardo Elbers (y su socio don Joaquín de Mier) pusieron a navegar en las aguas del Magdalena apenas unos cuantos años atrás pero que fueron desapareciendo rápidamente, los unos envueltos en llamas y los otros atrapados como cadáveres sobre esponjosas sillas de arena y pantano que el cauce escondía. Allí estaban los restos del Fidelidad… el esplendor mortecino del Susana…vapores de un día, es cierto, antecesores del Unión, dotados de ruedas laterales que eran como las patas de un animal desconocido y armado con calderas de baja presión. 

48 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 89:  
Hacía siete años que él le había concedido un privilegio especial al comodoro alemán Juan Bernardo Elbers, para que iniciara la navegación a vapor. Él mismo había ido en uno de sus buques desde Barranca Nueva hasta Puerto Real, camino de Ocaña, y había reconocido que era un modo de viajar cómodo y seguro. Sin embargo, el comodoro Elbers consideraba que el negocio no valía la pena si no estaba respaldado por un privilegio exclusivo, y el general Santander se lo concedió sin condiciones cuando estaba encargado de la presidencia. Dos años después, investido con poderes absolutos por el Congreso Nacional, el general Bolívar desbarató el acuerdo con una de sus frases proféticas: “Si les dejamos el monopolio a los alemanes, terminarán traspasándolo a los Estados Unidos”. Más tarde declaró la total libertad de la navegación fluvial en todo el país. De modo que cuando quiso conseguir un buque de vapor para el caso de que decidiera viajar, se encontró con dilaciones y circunloquios que se parecían demasiado a la venganza, y a la hora de irse tuvo que conformarse con los champanes de siempre. 

(Años después, una descendiente del general Santander habría de casarse con un descendiente del comodoro Elbers, en una de esas vueltas que da la vida).

49 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 240:  
Joaquín de Mier, un español republicano que era socio del comodoro Elbers.

50 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 54-56:  
De repente, a una distancia de riesgo con relación a la proa que empuja, aparece un objeto pesado, corpulento, encallado, pasmosamente quieto en la esponjada sombra de la noche. Un objeto como una cosa clavada en el fango, donde la niebla que todo lo envuelve agiganta las formas:
¿Han visto aquello en el centro del río? –grita Santana.
Todos se cargan a barlovento, miran lo hondo del riesgo que se arrastra. Ahora la distancia es menor:
Es el “General Santander”… Los restos del “General Santander”…

51 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 131 y 132:  
La navegación era más rápida y serena, y el único percance lo ocasionó un buque de vapor del comodoro Elbers que pasó resollando en sentido contrario, y su estela… volteó el champán de las provisiones… en la cornisa se leía el nombre con letras grandes: “El Libertador”. El general lo miró pensativo hasta que pasó el peligro… “¡Pensar que ese soy yo”, dijo… 

52 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 216:  
Nadie habla. El vapor acelera, las máquinas vuelven a hacer trepidar el fuselaje… poco a poco los restos de “El Libertador” quedan atrás, envueltos en su propia aureola de polvo de plomo… la visión del fantasma desaparece.
Hace sólo dos años subí por aquí, rumbo a Santafé, y no recuerdo haber visto nada semejante.
¿Por qué, tío?
Hace dos años ese vapor no había encallado aún. 

53 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 16:  
Fueron montando en sus caballos para partir al galope hacia el viejo lugar de no se sabe… Era el comienzo del fin. 

54 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 43:  
Era el fin. El general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios se iba para siempre.

55 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 44:  
El único que tuvo bastante lucidez para saber que en realidad se iba, y para dónde se iba, fue el diplomático inglés que escribió en un informe oficial a su gobierno:
El tiempo que le queda le alcanzará a duras penas para llegar a la tumba.

56 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 43:  
Delegados del gobierno, de la diplomacia y de las fuerzas militares, con el barro hasta los tobillos y las capas ensopadas por la lluvia, lo esperaban para acompañarlo en su primera jornada. Nadie sabía a ciencia cierta, sin embargo, quiénes lo acompañaban por amistad, quiénes para protegerlo, y quiénes para estar seguros de que en verdad se iba.

57 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 19:  
No se mostraba muy seguro de que su viaje fuera para el exterior… los soldados del presidente interino trataban de borrar en la pared del palacio arzobispal un letrero escrito con carbón: “Ni se va, ni se muere”. El general exhaló un suspiro.

58 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 47:  
En la población de Facatativá, donde durmieron la primera noche, el general se despidió de los acompañantes espontáneos y prosiguió el viaje con su séquito. Eran cinco, además de José Palacios: el general José María Carreño… su edecán irlandés, el coronel Belford Hinton Wilson, hijo de Sir Robert Wilson… Fernando Bolívar, su sobrino, edecán y escribano con el grado de teniente, huérfano de su hermano mayor… su pariente y edecán, el capitán Andrés Ibarra… y el coronel José de la Cruz Paredes.

59 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 177:  
Llevaba más de diez perros cuando atravesó los Andes…  en la guerra los llevó siempre… Nevado, el más célebre, que había estado con él desde sus primeras campañas y había derrotado solo a una brigada de veinte perros carniceros de los ejércitos españoles, fue muerto de un lanzazo en la primera batalla de Carabobo.

60 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 33:  
Se iba sin escolta y sin los dos perros fieles que a veces lo acompañaron hasta en los campos de batalla, sin ninguno de sus caballos épicos que ya habían sido vendidos al batallón de los húsares para aumentar los dineros del viaje.

61 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 177:  
Ahora, en el último viaje, llevaba los dos perros que le quedaban, además del tigrero de mala muerte que recogieron en el río.

62 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 105:  
Nadie volvió a acordarse del perro que habían recogido en la vereda, y que andaba por ahí, restableciéndose de sus mataduras, hasta que el ordenanza encargado de la comida cayó en la cuenta de que no tenía nombre. Lo habían bañado con ácido fénico, lo perfumaron con polvos de recién nacido, pero ni aun así consiguieron aliviarle la catadura perdularia y la peste de sarna. El general estaba tomando el fresco en la proa cuando José Palacios se lo llevó a rastras.
¿Qué nombre le ponemos? –preguntó.
El general no lo pensó siquiera:
–  Bolívar –dijo.

63 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 58:  
De pronto irrumpen dos perros de fuego en el comedor. Vivos lanzallamas de tristes ojos. Son los mastines que han acompañado a Su Excelencia desde varios años atrás. Ellos vienen de los campos de batalla, tienen el encargo de custodiar a su amo en sus expediciones y combates. El uno rubio barcino, el otro bayo color de ceniza de paja… el bayo y el rubio suben en las rodillas de Su Excelencia, jadean, salpican de saliva las ropas, los pisos de madera. Muestran una mirada profunda, sumisa bajo las manos que acarician.

64 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 57:    
Aquella noche por poco muere de tos, abrazado al rubio y al bayo... 

65 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 85:  No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé:  
A mediados de enero de 1830 Simón Bolívar se encontraba en Bogotá. Estaba disminuido física y anímicamente. Había envejecido prematuramente. No sólo lo tenían acosado la tuberculosis pulmonar y los trastornos hepáticos sino la melancolía y la desilusión…  Estaba pálido, el brillo de sus ojos se había apagado, la voz apenas perceptible, encanecido y huesudo.  

66 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 23:  
La primera noticia la había llevado un oficial de la marina británica que lo vio por casualidad en el desierto de Pativilca, al norte de Lima, en plena guerra por la liberación del sur. Lo encontró tirado en el suelo de una choza miserable improvisada como cuartel general, envuelto en un capote de barragán y con un trapo amarrado en la cabeza, porque no soportaba el frío de los huesos en el infierno del mediodía, y sin fuerzas siquiera para espantar las gallinas que picoteaban en torno suyo. Después de una conversación difícil, atravesada por ráfagas de demencia, despidió al visitante con un dramatismo desgarrador:
Vaya y cuéntele al mundo cómo me vio morir, cagado de gallinas en esta playa inhóspita –dijo.
Se dijo que su mal era un tabardillo causado por los soles mercuriales del desierto. Se dijo después que estaba agonizando en Guayaquil, y más tarde en Quito, con una fiebre gástrica cuyo signo más alarmante era un desinterés por el mundo y una calma absoluta del espíritu. Nadie supo qué fundamentos científicos tenían estas noticias, pues él fue siempre contrario a la ciencia de los médicos, y se diagnosticaba y recetaba a sí mismo basado en La médecine à votre manière, de Donostierra, un manual francés de remedios caseros que José Palacios le llevaba a todas partes, como un oráculo para entender y curar cualquier trastorno del cuerpo o del alma.

67 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 23:  
Sin fuerzas siquiera para espantar las gallinas que picoteaban en torno suyo.

68 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 57:    
Pintó con sangre su pañuelo de lino. Pensó en mamá. La vio navegar por los corredores de su casa de San Mateo envuelta en trapos, la vio romper todas las sombras. Hipólita marchaba detrás, transportando una bandeja con varias vasijas humeantes. Mamá también iba empujada por la tos.

69 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 53:    
Y nadie percibe que el héroe que atraviesa la ciudad bajo la apoteosis de los arcos triunfales no es más que un pobre moribundo cuyos músculos tiemblan.

70 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 41:  Ordena fusilar sin balas:  
El 15 de enero de 1824 llegó a Pativilca (Perú) don Joaquín Mosquera, colaborador y confidente político de Bolívar en las campañas del sur. Decía Mosquera:
Seguí por tierra a Pativilca y encontré al Libertador ya sin riesgo de muerte del tabardillo que había hecho crisis; pero tan flaco y extenuado que me causó su aspecto una muy acerba pena... Estaba sentado en una pobre silla de baqueta, recostado sobre la pared de un pequeño huerto, atada la cabeza con un pañuelo blanco, y sus pantalones de jin que me dejaban ver sus rodillas puntiagudas, sus piernas descarnadas, su voz hueca y débil y su semblante cadavérico. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no largar mis lágrimas y no dejarle conocer mi pena y mi cuidado por su vida. Con el corazón oprimido, temiendo la ruina del ejército, le pregunté: “¿Y qué piensa hacer usted ahora?”. Bolívar se reincorpora, mira al amigo con sus ojos abrillantados por la fiebre, y sin vacilar, con voz firme, contesta:
¡Triunfar!

71 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 20:    
Estaba delante de lo efímero y se pensó a sí mismo. Alerta sus ojos, avisado de algo, y los sorprende a todos observándolo a él, mirando cómo retira con su pañuelo la espuma amarilla que la tos acaba de derramar en el laurel de sus labios tostados. Y putea. Putea dentro de su corazón. Luego grita:
¡Cuál es mi aposento, carajo!

(El cronista dice “Bolívar tosió con dificultad”, y el novelista recrea la que pudo ser esa penosa escena).

72 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 42:  Ordena fusilar sin balas:  
Pues resulta de una larga y prolongada marcha que he hecho en la Sierra del Perú, he llegado hasta aquí y he caído gravemente enfermo. Lo peor es que el mal se ha entablado y los síntomas no indican su fin. Es una complicación de mal de orina, de vómitos y dolor crónico… Todo esto hace un conjunto que me ha tenido desesperado y me aflige todavía mucho. Ya no puedo hacer un esfuerzo sin padecer infinito.

73 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 91:  Retírese que huele a cachimba:  
Yo he venido aquí un poco malo, atacado de los nervios, de la bilis y del reumatismo. No es creíble el estado en que se encuentra mi naturaleza. Está casi agotada y no me queda esperanza de restablecerme enteramente en ninguna parte. Sólo un clima como el de Ocaña puede servirme de alivio, pues la tierra caliente me mata y en la tierra fría no me va bien. La experiencia me ha enseñado.

74 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 98:  He sido uno de los tres grandes majaderos:  
Bolívar tenía muy mal el sistema nervioso.

75 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 92:  Ha sido terrible la agitación de mi vida:  
Mis nervios –decía Bolívar– sufren extraordinariamente de ese inmenso calor de suerte que con mucho dolor suelo menearme y dar un paseo en la casa, sin poder subir una escalera por lo mucho que sufro.

76 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 20:    
Tose entonces, arqueando su cuerpo. Tose sin poder contenerse, descontrolado de todo control sobre los flujos del aire, hasta que su rostro queda del color de la púrpura abierta. Luego todo regresa a la calma, utilizando la sucesión de los espasmos. Lleva una de sus manos a su frente y siente la fiebre. El ciclo de la calentura vuelve a iniciarse. Al terminar de toser, su rostro retrocede y queda tan pálido como lo pudo haber visto Manuela bajo las lámparas… en la última noche de Santafé...

77 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 16:  
De pronto, sin causa aparente, lo acometió un acceso de tos que pareció estremecer los estribos de la casa. Los oficiales que jugaban en la sala contigua se quedaron en suspenso. Uno de ellos, el irlandés Belford Hinton Wilson, se asomó al dormitorio por si lo requerían, y vio al general atravesado bocabajo en la cama, tratando de vomitar las entrañas. Manuela le sostenía la cabeza sobre la bacinilla. José Palacios, el único autorizado para entrar en el dormitorio sin tocar, permaneció junto a la cama en estado de alerta hasta que la crisis pasó. Entonces el general respiró a fondo con los ojos llenos de lágrimas, y señaló hacia el tocador.
Es por esas flores de panteón –dijo.
Como siempre, pues siempre encontraba algún culpable imprevisto de sus desgracias. Manuela, que lo conocía mejor que nadie, le hizo señas a José Palacios para que se llevara el florero con los nardos marchitos de la mañana.

78 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 28:  
De golpe se detiene. Sufre una convulsión y tose. Se trata de una tos ronca, floja, como de escobas que barren paredes donde la pintura se ha brotado en cáscaras. Una tos que se borda ella misma en redondo de un eje mortecino en ascenso capaz de inyectar los ojos y bombear toda la sangre al rostro; que no mata pero que, al desaparecer, escupe por su cola en los músculos un cansancio de gelatina y nos deja bajo la presión del hastío víctimas de un torpor general delante de la terca ilusión de vivir, de gozar la púrpura del instante que queda…
Tócame la frente, tócame aquí, mete tu mano al fuego.

79 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 117:  
Manuelita le dio un beso en la frente abrazada por la fiebre…

80 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 18:  
El cuerpo ardía en la hoguera de la calentura, y soltaba unas ventosidades pedregosas y fétidas.

81 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 196:    
Su Excelencia aprieta la toalla de franela, destripa sus ojos húmedos, suspira:
Son gases, vaya, ¡tamaños gases!
Ayer pudo por fin coronar algo en el sanitario. Algo importante, diferente de orinar amarillo. Cuando lo consiguió, después de seis días de puro viento, sintió verdadera felicidad:
¡Lo logré, carajo, lo logré!
¿Logró qué, tío?
Pues cagar, mijo, ya parecía este general un cuerpo glorioso.

82 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 274:  
El día es claro, fresco, la niebla comienza a despejarse…
¿Sabes una cosa, José? ¡Acabo de cagar!
¿Qué, general? ¿Cómo, cómo?
Así como lo oyes. En estos días mi estómago ha sido un desastre.

83 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 53:    
No es más que un pobre moribundo cuyos músculos tiemblan, crepitan a causa de la fiebre y el frío. Torpor ceniciento sólo sostenido por la dulce música de las alabanzas.

84 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 235:    
Lo que más molestó al general en esos días fue la supuración del lagrimal, que lo mantuvo de un humor sombrío, hasta que cedió a los colirios de agua de manzanilla.

85 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 21:  
La ciudad era demasiado pequeña y su gente demasiado cominera para no conocer las dos grandes grietas de su viaje incierto: que no tenía dinero suficiente para llegar a ninguna parte con un séquito tan numeroso, y que habiendo sido presidente de la república no podía salir del país antes de un año sin un permiso del gobierno, y ni siquiera había tenido la malicia de solicitarlo.

86 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 73:  
Desde allí mira el paisaje:
–  Señor Caicedo, señor Caicedo, mándeme usted el pasaporte que me prometió. ¿Qué le pasa? Mándemelo usted, ¡hey, hey!

87 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 70:  
Su Excelencia sonríe:
–  ¿Y qué quiere? Puesto que me marcho de estas tierras debo tener en regla mis papeles, ¿No es así? Necesito mi pasaporte, eso es todo.

88 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 40:  
El presidente no estaba allí… En su lugar estaba el general Domingo Caicedo, vicepresidente electo…El general (Bolívar) lo saludó con una gran deferencia y le dijo en tono de burla:
¿Usted sabe que no tengo permiso para salir del país?
El general Caicedo le prometió enviarlo a Honda…

(El libro no es claro. Puede entenderse que el general que saluda es Caicedo a Bolívar y no a la inversa, como realmente es. Insertar el apellido Bolívar da claridad. El permiso al que se refiere es del Congreso a los presidentes por estar a menos de un año de haber dejado el cargo, disponible para rendir cuentas).

89 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 290 y 291:    
Un envoltorio… amarrado con una cinta tricolor. Al abrirlo aparece una nota escrita:
Adjunto encontrará el dinero de la libranza así como su pasaporte que con tanta razón reclama. Soy de Vuestra Excelencia, muy obediente servidor: J. de D. Amador

90 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 132:  
También el coronel Juan Vicente Bolívar, su padre, había tenido que padecer varias actas y sumarias ante el obispo del pueblo de San Mateo, por supuestas violaciones de mayores y menores de edad, y por su mala amistad con otras muchas mujeres, en ejercicio ávido del derecho de pernada.

91 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 158:    
Manuela le anunciaba que se iba para Londres con el esposo. La noticia lo sorprendió en la cama ajena de Francisca Zubiaga de Gamarra, una brava mujer de armas, esposa de un mariscal que más tarde sería presidente de la república. El general no se esperó al segundo amor de la noche para escribirle a Manuela una respuesta inmediata que más bien parecía una orden de guerra:
Diga usted la verdad y no se vaya a ninguna parte –y subrayó con su mano la frase final–: Yo la quiero resueltamente.

92 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 157:  
Manuela había decidido abandonar al esposo, a quien describía como un inglés insípido que amaba sin placer, conversaba sin gracia, caminaba despacio, saludaba con reverencias, se sentaba y se levantaba con cautela, y no se reía ni de sus propios chistes.

93 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 156:    
Era tal el desorden de la casa presidencial, que un coronel de lanceros se había mudado a medianoche porque no lo dejaban dormir las agonías de amor en las alcobas. Pero Manuela estaba entonces en un terreno que conocía de sobra. Había nacido en Quito, hija clandestina de una rica hacendada criolla con un hombre casado, y a los dieciocho años había saltado por la ventana de un convento donde estudiaba y se fugó con un oficial del ejército del rey. Sin embargo, dos años después se casó en Lima y con los azahares de virgen con el doctor James Thorne, un médico complaciente que la doblaba en edad. Así que cuando volvió al Perú persiguiendo a Bolívar, el amor de su vida, no tuvo que aprender nada de nadie para sentar sus reales en medio del escándalo.

94 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 31:  
Se habían conocido en Quito ocho años antes, en el baile de gala con que se celebró la liberación, cuando era esposa del doctor James Thorne, médico inglés implantado en la aristocracia de Lima a finales del virreinato. Además de ser la última mujer con quien mantuvo un amor continuado desde la muerte de su esposa, veintisiete años antes, era también su confidente, guardiana de sus archivos y su lectora más emotiva, y estaba asimilada a su estado mayor con el grado de coronela.

95 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 155:  
Una de ellas vendría a él, altanera, del brazo de don Juan de Larrea. Una muchacha con trote de potranca, altiva, de ojos atropellados. El viejo Larrea hace una reverencia:
–  Le presento a usted a la señora Manuela de Thorne, general.

96 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 14:  
Manuela le leyó durante dos horas. Había sido joven hasta hacía poco tiempo, cuando sus carnes empezaron a ganarle a su edad. Fumaba una cachimba de marinero, se perfumaba con agua de verbena que era una loción de militares, se vestía de hombre y andaba entre soldados, pero su voz afónica seguía siendo buena para las penumbras del amor…

97 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 58:  Escándalo de alcoba por un arete:  
“¿Cree usted que el hallar este arete entre sus sábanas puede disponerme a bromas?”… El rostro del Libertador sangra levemente por los arañazos de la enfurecida Manuela. Se guardó silencio de lo ocurrido, y aparte de los edecanes, nadie más lo supo. Después, Manuela se arrepintió, y como tierna enfermera, endulzándole el oído, hizo durante varios días curaciones a Bolívar, que no salió de su alcoba alegando que tenía “Fuerte resfriado”. ¡Y todo por un arete”.

98 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 29:  
Lejos quedaban los tiempos en que ella había estado a punto de mutilarle una oreja de un mordisco en un pleito de celos, pero sus diálogos solían culminar todavía con los estallidos de odio y las capitulaciones tiernas de los grandes amores.

99 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 32:  
A la hora de la siesta se metían en la cama sin cerrar la puerta, sin desvestirse y sin dormir, y más de una vez incurrieron en el error de intentar un último amor, pues él no tenía ya suficiente cuerpo para complacer a su alma, y se negaba a admitirlo.

100 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 92:  Retírese que hiede a cachimba:  
También estaba enfermo de tristeza. El cariñoso recuerdo de Manuelita lo atormentaba… le escribió esta breve carta a la “amable loca” quiteña: “El yelo de mis años reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti, no puedo voluntariamente privarme de mi Manuela. No tengo fuerzas como tú para no verte, apenas basta una inmensa distancia. Te veo, aunque lejos de ti. Ven, ven luego. Tuyo del alma, Bolívar.

101 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 13:  
El día anterior…le había dicho a Manuelita:
Te amaré si ahora tienes más juicio que nunca.

102 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 74:  
Palacios lleva en sus manos una carta para Manuela: “Ven, ven junto a mí, ven ahora.

103 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 26:  
Comienza a recordar de repente, una a una, las palabras que debió utilizar en su última carta a Manuela, escrita en Guaduas cuatro días antes:
Voy muy bien y lleno de pena por tu aflicción y la mía por 
nuestra separación. Amor mío, mucho te amo, pero más te amaré si tienes ahora mucho juicio. Cuidado con lo que haces, pues, si no, nos pierdes a ambos perdiéndote tú.

104 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 62-65:
Más extraño aún debía parecer si la carta no era de una premura evidente, y sólo agregaba a su consejo de la despedida una frase más bien críptica:
Cuidado con lo que haces, pues si no, nos pierdes a ambos perdiéndote tú.
La escribió con su modo desbocado, como si no lo pensara, y al final siguió meciéndose en la hamaca, absorto, con la carta en la mano. 
El gran poder existe en la fuerza irresistible del amor  –
suspiró de pronto–. ¿Quién dijo eso?
Nadie –dijo José Palacios.
Entonces lo dije yo, pero digamos que es del mariscal Sucre. 
José no sabía leer ni escribir, y se había resistido a aprender con el argumento simple de que no había sabiduría mayor que la de los burros. Pero en cambio era capaz de recordar cualquier frase que hubiera oído por casualidad, y aquella no la recordaba.

105 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 65:
Lo raro es que desde anoche no volvimos a tener fiebre…
¿Qué tal si el curandero fuera mágico de verdad?
Las supersticiones son más empedernidas que el amor.

106 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 147:    
“El gran poder está en la fuerza del amor”, dijo y completó su picardía: “El mismo Sucre lo dijo”.

107 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 17 y 47:  
Manuelita le susurró a José Palacios que desde las seis de la mañana estaría para una última despedida en el sitio de Cuatro Esquinas, donde empezaba el camino a Honda… En el sitio de Cuatro Esquinas, donde empezaba el camino empedrado.

108 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 155:  
Le escribió a Manuelita, en efecto, y a veces de su puño y letra, pero no mandó las cartas. Mientras tanto, se consolaba en un idilio múltiple con las cinco mujeres indivisibles del matriarcado de Garaycoa, sin que él mismo supiera jamás a ciencia cierta cuál hubiera escogido entre la abuela de cincuenta y seis años, la hija de treinta y ocho, o las tres nietas en la flor de la edad. Terminada la misión en Guayaquil escapó de todas ellas con promesas de amor eterno y pronto regreso y volvió a Quito a sumergirse en las arenas movedizas de Manuela Sáenz.

109 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 55 y 56:  
El general pastoreaba el insomnio caminando desnudo por los cuartos desiertos del viejo caserón de hacienda transfigurado por el esplendor lunar… De pronto, al final de una galería abierta a los vastos llanos azules, vio a Reina María Luisa sentada en el sardinel. Una bella mulata en la flor de la edad, con perfil de ídolo, envuelta hasta los pies en un pañolón de flores bordadas y fumando un cigarro de una cuarta. Se asustó al verlo, y extendió hacia él la cruz del índice y el pulgar.
De parte de Dios o del diablo –dijo– ¡qué quieres!
A ti –dijo él.
Sonrió, y ella había de recordar el fulgor de sus dientes a la luz de la luna. La abrazó con toda su fuerza, manteniéndola impedida para moverse mientras la picoteaba con besos tiernos en la frente, en los ojos, en las mejillas, en el cuello, hasta que logró amansarla. Entonces le quitó el pañolón y se le cortó el aliento. También ella estaba desnuda, pues la abuela que dormía en el mismo cuarto le quitaba la ropa para que no se levantara a fumar, sin saber que por la madrugada se escapaba envuelta en el pañolón. El general se la llevó en vilo a la hamaca, sin darle tregua con sus besos balsámicos, y ella no se le entregó por deseo ni por amor, sino por miedo. Era virgen. Sólo cuando recobró el dominio del corazón, dijo:
Soy esclava, señor.
Ya no –dijo él–. El amor te ha hecho libre.
Por la mañana se la compró al dueño de la hacienda con cien pesos de sus arcas empobrecidas, y la liberó sin condiciones. Antes de partir no resistió la tentación de plantearle un dilema público… Estaba acabada de bañar, bella y radiante bajo el cielo del Llano, toda de blanco almidonado con las enaguas de encajes y la blusa exigua de las esclavas. Él le preguntó de buen talante:
¿Te quedas o te vas con nosotros?
Me quedo, señor.
El general José Antonio Páez, cuya expresión de fauno iba de acuerdo con su camisa de parches de colores, soltó una carcajada expansiva.
–  Ya ve, general – Eso nos pasa por meternos a libertadores.

110 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 184-186:  
Una noche de lluvias, al despertar de un sueño intranquilo en la casa del Pie de la Popa, el general vio una criatura evangélica sentada en un rincón del dormitorio, con la túnica de cañamazo crudo de una congregación laica y el cabello adornado con una corona de cocuyos luminosos… moda republicana de las mujeres que los usaban como guirnaldas encendidas en el cabello, como diademas de luz en la frente, como broches fosforescentes en el pecho. La muchacha que entró aquella noche en el dormitorio los tenía cosidos en una vincha que le iluminaba el rostro con un resplandor fantasmal. Era lánguida y misteriosa, tenía el cabello entrecano a los veinte años, y él descubrió de inmediato los destellos de la virtud que más apreciaba en una mujer: la inteligencia sin desbravar… el general la invitó a que se acostara a su lado, pues no se sintió con fuerzas para llevarla en brazos a la hamaca. Ella se quitó la vincha, guardó los cocuyos en el interior de un trozo de caña de azúcar que llevaba consigo, y se acostó a su lado. Al cabo de una conversación desperdigada, el general se atrevió a preguntarle qué pensaban de él en Cartagena.
Dicen que Su Excelencia está bien, pero que se hace el enfermo para que le tengan lástima –dijo ella.
Él se quitó la camisa de dormir y le pidió a la muchacha que lo examinara a la luz del candil. Entonces ella conoció palmo a palmo el cuerpo más estragado que se podía concebir: el vientre escuálido, las costillas a flor de piel, las piernas y los brazos en la osamenta pura, y todo él envuelto en un pellejo lampiño de una palidez de muerto, con una cabeza que parecía de otro por la curtimbre de la intemperie… él no la tocó siquiera en toda la noche, pero le bastaba con sentir la resolana de su adolescencia… el silencio era tan puro después de la música, que los perros se alborotaron cuando ella se levantó en puntillas para no despertar al general. Él la oyó buscando a tientas el cerrojo.
Te vas virgen –le dijo.
Ella le contestó con una risa festiva:
Nadie es virgen después de una noche con Su Excelencia.
Se fue, como todas. Pues de las tantas mujeres que pasaron por su vida, muchas de ellas por breves horas, no hubo una con la cual hubiera insinuado siquiera la idea de permanecer. En sus urgencias de amor era capaz de cambiar el mundo para ir a encontrarlas. Una vez saciado le bastaba con la ilusión de seguir sintiéndose de ellas en el recuerdo, entregándose a ellas desde lejos en cartas arrebatadas, mandándoles regalos abrumadores para defenderse del olvido, pero sin comprometer ni un ápice de su vida en un sentimiento que más se parecía a la vanidad que al amor.

111 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 83:    
Días después él recibió un mensaje insólito de Miranda Lyndsay, la hija de sir London Lyndsay, con instrucciones minuciosas para que fuera a encontrarse con ella el sábado siguiente a las nueve de la noche, solo y de a pie, en un lugar deshabitado. 
En los preámbulos del amor ningún error es corregible.
Se equivocó. 

112 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 86:    
La mujer que más odiaba en este mundo a Miranda Lyndsay se llamaba Julia Cobier, una dominicana hermosa y rica, también desterrada en Jamaica, en cuya casa, según decían, él se había quedado a dormir más de una vez.

(En Héctor Muñoz aparece como Luisa Crobert, pero debe ser esta misma Julia Cobier).

113 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 284:  
Bernardina. Todo en ti amor, tú siendo todo. Palabras que los labios de Su Excelencia pronunciaron un día y que sus manos escribieron tantas, tantas veces. Todo en ti amor, tú siendo todo, tú la única… Palabras locas puestas a disposición del amor por cuya alabanza toda mujer resulta bienvenida, única en la dispersión, imposible, fugaz en el pecho… Bernardina, tú, tú, todo en ti amor, tú siendo todo, tú la única.

114 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 44:  Mi médico es un mueble de aparato  
No todas las mujeres a las que cortejó Bolívar le pararon bolas… Bernardina Ibáñez siempre lo esquivaba…En esta breve carta, dada a conocer por el historiador Hugo Nogales, se puede apreciar la desesperación sentimental de Bolívar: “Mi adorada Bernardina, lo que puede el amor. No pienso sino en ti y en cuanto tiene relación con tus encantos. Tú eres sola en el mundo para mí. Tú, ángel celeste, animas mis sentimientos y deseos más vivos”. Bernardina casó después con un enemigo de Bolívar.

115 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 34:  Extravagancias al pasarse de tragos  
Según varios historiadores, aquella noche después de haber cenado en la casa de campo del negociante inglés Hyslop que lo había convidado, Bolívar no se fue directamente a la nueva posada sino que acudió a la vivienda de una linda joven dominicana, Luisa Crobert, con quien tenía relaciones. Y la circunstancia de quedarse dormido entre sus brazos salvó a Bolívar de que fuera asesinado por su propio esclavo Piíto y que muriera en su lugar el señor Amestoy que lo esperaba.

(En Gabriel García Márquez aparece como Julia Cobier, pero debe ser esta misma Luisa Crobert).

116 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 219:  
En la plenitud de la gloria, Delfina Guardiola, la bella de Angostura, le había cerrado en las narices las puertas de su casa, enfurecida por sus veleidades:
Usted es un hombre eminente, general, más que ninguno. Pero el amor le queda grande.
Él se metió por la ventana de la cocina y permaneció con ella durante tres días, y no sólo estuvo a punto de perder una batalla, sino también el pellejo, hasta lograr que Delfina confiara en su corazón.

117 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 284:  
Diminuta, diminuta muñeca que brota de su hamaca y pisa la alfombra descalza. Viene él de su lado, proviene de resucitar en sus besos bajo las estrellas del papel de colgadura de su aposento. Todo en la batalla fue perfecto, hasta la humareda final. Es ella, sí, Anita Lenoit.

118 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 80:  
Asomada en la ventana… se observa la imagen de una joven:
Perdón, Excelencia, me llamo Jeannette Hart, de Connecticut.

119 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 73: Puedo ser cualquier cosa, menos bobo. 
Apasionada, aunque pasajera relación amorosa, tuvo Bolívar con la dama estadounidense Jeannette Hart, “Carita”, hermosa y decidida, cuñada del comodoro Isaac Hull… Allí mismo, un celoso coronel, Jack Percival, amenazó con reclamarle a Bolívar su dedicación a la muchacha. El comodoro hizo retirar a Percival antes de que el asunto trascendiera… Pero Jeannette y Bolívar volvieron a encontrarse, esta vez en la calle. Percival los sorprendió… mencionó duro el nombre de Manuelita Sáenz… El Libertador le dio dos cachetadas a Percival y éste desenvainó la espada… con la advertencia de que le enviara el padrino para acordar el sitio y la hora del duelo… Percival fue conminado por el comodoro Hull, quien le anunció traslado, y el duelo no se realizó.

120 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 120:
También en su paso anterior por Mompox se jugó la gloria por una mujer. Se llamaba Josefa Sagrario y era una momposina de alcurnia que se abrió paso a través de los siete puestos de guardia, embozada con un hábito de franciscano y con el santo y seña que José Palacios le había dado:  “Tierra de Dios”. Era tan blanca que el resplandor de su cuerpo la hacía visible en la oscuridad… Al amanecer, después de una noche desmandada, ella sintió el espanto de la fugacidad, y le suplicó que se quedara una noche más… Se quedó diez, y fueron tan felices que ambos llegaron a creer que de veras se amaban más que nadie jamás en este mundo.

121 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 131 y 132:  
La navegación era más rápida y serena, y el único percance lo ocasionó un buque de vapor del comodoro Elbers que pasó resollando en sentido contrario, y su estela… volteó el champán de las provisiones… en la cornisa se leía el nombre con letras grandes: “El Libertador”. El general lo miró pensativo hasta que pasó el peligro… “¡Pensar que ese soy yo”, dijo… Al día siguiente arrimaron en el pueblo de Tenerife para reponer las perdidas en el naufragio… El general permaneció de incógnito en el champán, pero envió al general Wilson a averiguar por un comerciante francés de apellido Lenoit, o Leonoir, cuya hija Anita debía andar entonces por los veinte años… su interés era comprensible, porque durante años lo había perseguido de Caracas a Lima el murmullo insidioso de que entre Anita Lenoit y él había surgido una pasión desatinada e ilícita a su paso por Tenerife durante la campaña del río… no había estado en Tenerife sino dos días, insuficientes para un amor tan encarnizado. Sin embargo la leyenda prosperó hasta el punto de que en el cementerio de Tenerife hubo una tumba con la lápida de la señorita Anita Lenoit, que fue un lugar de peregrinación para enamorados hasta fin del siglo. 

122 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 210 y 211:  
Su excelencia es otra persona, ríe, da pequeños saltos junto a la barandilla…
Pónme la mano en el corazón, José. Óyelo.
Se trata de la señora Manuela, ¿no es así?
No es por ella, José. Pienso en Anita… ¡Anita! ¡Anita!

123 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 82:    
Miranda Lyndsay. La voz grave y cálida, como de violonchelo, perturbada apenas por un leve rastro de su inglés materno, debió avivar en él recuerdos irrepetibles… se sentó frente a ella, tan cerca que casi se tocaban las rodillas, y le tomó las manos. Se habían conocido quince años antes en Kingston, donde él sobrellevaba su segundo exilio, durante un almuerzo casual en casa del comerciante inglés Maxwell Hyslop. Ella era la hija única de sir London Lyndsay, un diplomático inglés jubilado en un ingenio azucarero de Jamaica.

124 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 157:    
Manuelita sólo consiguió estar con el general dos noches en cuatro meses, y una de ellas porque logró asustarlo con una amenaza de suicidio. Transcurrió algún tiempo antes de descubrir que mientras ella no podía alcanzarlo, él se solazaba con otros amores de ocasión que encontraba a su paso. Entre ellos el de Manuelita Madroño, una mestiza cerrera de dieciocho años que santificó sus insomnios,

125 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 18 y 19:  No le tenía miedo a los terremotos:  
De regreso a Caracas procedente de Europa, por segunda vez… Estaba Bolívar empeñado en la empresa de un cultivo de añiles en su finca Santa Gertrudis…  En el segundo semestre de 1807, Bolívar y Antonio Nicolás Briceño, abogado, secretario del Congreso en 1811, firmante del Acta de Independencia venezolana, se trenzaron en ruidoso pleito de límites de fincas. Como Briceño tenía fama de diabólico, lo apodaban “El Diablo”. Simón Bolívar y Briceño poseían haciendas limítrofes cerca del pueblo de Yare, en los valles que fecunda el río Tuy. Bolívar y Briceño se cruzaron palabras fuertes. Briceño, furioso, sacó la pistola y apuntó a su adversario. Pero Bolívar, rápido, se le echó encima y, tomándolo por las muñecas, le impidió hacer uso de la pistola y de la daga que blandía en la mano izquierda… Briceño era hombre violento. Bolívar impulsivo. Aquella contestación de límites pudo haberlos conducido no a los tribunales, sino a la tumba… Un proceso largo siguió a la contienda personal.

126 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 136:  
Le contaba a todo el que se lo creyera que había perdido tres mil pesos en una mala noche de ruleta.

127 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 17:  No le tenía miedo a los terremotos  
En París, en casa de Fanny du Villars, amante de Bolívar…

(Su prima Fanny Aristiguieta du Villars ha sido reconocida como amante suya).

128 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 21:  Entre el juego y la misa  
Su prima Fanny du Villars, de quien estaba enamorado, lo alejó de las mesas de juego, y una vez que Bolívar en unión de su primo político Fernando del Toro perdió fuerte suma, sin tener con qué pagarla... consiguió que su marido erogase el dinero…

129 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 15:  Una manía: destrozar jardines y cortinas  
Flora Tristán, hija de Teresa Laysney y del coronel bilbaíno Mariano de Tristán, fue destinataria de las cartas en las que Simón Bolívar revelaba su estado de ánimo después de la temprana muerte de su esposa, Ma. Teresa Rodríguez del Toro. 

(El Coronel francés Laysney y su esposa Teresa fueron padres de Teresa Laysney. Teresa Laysney, casada con el peruano Mariano de Tristán y Moscoso, fueron padres de la feminista Flora Tristán Laysney, madre del pintor Paul Gauguin. Flora venía a tener sangre latina por lo Tristán y estuvo viviendo un tiempo en Lima en casa de su tío Pío Laysney que estaba radicado en el Perú. –Breviario del Libertador, por Ramón de Zubiría–. Algunos insinúan que Teresa Laysney de Tristán era en realidad hija de Bolívar y de Teresa de Laysney, la esposa del coronel, por lo que vendría a ser abuelo de Flora Tristán y bisabuelo del pintor Paul Gaugin, como también afirman que las cartas dirigidas a su prima Fanny Aristiguieta de Villars eran para la esposa del coronel, a quien no podía enviarlas ni con su nombre ni directamente. De la veracidad de estas afirmaciones, “averígüelo Vargas”).

130 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 159:    
Daniel O. Leary observó en sus memorias que el general no había sido nunca tan espontáneo para evocar sus amores furtivos como aquella tarde de domingo en Turbaco. Montilla pensó, y lo escribió años después en una carta privada, que era un síntoma inequívoco de la vejez:
Confiésese, general: ¿cuántas han sido sus amantes?
Muchas menos de las que usted piensa –dijo.
Según mis cuentas son treinta y cinco –aclaró dudas José Palacios–, sin contar las pájaras de una noche, por supuesto.

131 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 52:  Probó que no era estéril ni impotente:  
El Libertador sostuvo relaciones íntimas con diecisiete mujeres… Dijo a Louis Perú de Lacroix: “No se crea que soy estéril e infecundo, pues tengo pruebas de lo contrario”… En 1825 vivía en Potosí una hermosa mujer de veinte años, María Joaquina Costas, cuyo pariente el oficial español León Gandarias pretendía atacar a mano armada al Libertador. Ella lo salvó y tuvieron amores… meses después dio a luz un niño a quien bautizaron José, que con el correr de los años vino a ser alumno aventajado del Colegio Pichincha… María Joaquina dirigió en 1855 un colegio de niñas internas denominado Santa Rosa… Se había casado con el general boliviano Hilarión de la Quintana, héroe de la reconquista de Buenos Aires, soldado distinguido de San Martín. El marido la abandonó al enterarse de que Bolívar había ido a conocer a su hijo. A la muerte de la madre, José se dedicó a los trabajos del campo en el pueblo de Caiza, en donde contrajo matrimonio con Pastora Argandoña. Murió allí en 1895. Dice el escritor boliviano Julio Lucas Jaimes que hallándose María Joaquina próxima a la muerte hizo llamar al presbítero Ulloa, a quien expuso: “Deseo que no sea separado de mi cuerpo en la tumba este precioso relicario que lleva el busto del Libertador”.

132 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 17:  Una manía: destrozar jardines y cortinas  
Bolívar se enamoró en Milán de una amiguita del poeta Manzoni…“lo estimaba mucho, pero no pudo quererlo con amor”. Siguió su recorrido por Italia y buscó otros amores.

133 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 53:  Probó que no era estéril ni impotente  
Otros relatos dicen que de las relaciones de Bolívar con Juana Eduarda de la Cruz Jácome, en una cabaña ribereña del Magdalena, nació un hijo que se hizo sacerdote. Esto dizque lo demostró documentalmente Ciro Quintero Osorio. Este hijo del Libertador se llamaba Secundino Jácome.

134 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 53:  Probó que no era estéril ni impotente  
Algunos historiadores citan otros dos hijos de Bolívar, uno de los cuales lo tuvo con una nativa de Piedecuesta. El muchacho se llamó Miguel Camacho, muy inteligente y con gran parecido físico al héroe. Se casó en Quito.

135 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 63:  
El general no tuvo hijos en sus incontables noches de amor (aunque decía tener pruebas de no ser estéril) y a la muerte de su hermano mayor, Juan Vicente, se hizo cargo de Fernando...

136 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 34:  Extravagancias al pasarse de tragos 
Según varios historiadores, aquella noche de Jamaica, después de haber cenado en la casa de campo del negociante que lo había convidado (Mr. Maxwell Hyslop), Bolívar no se fue directamente a la nueva posada sino que acudió a la vivienda de una linda joven dominicana, Luisa Crobert, con quien tenía relaciones. Y la circunstancia de quedarse dormido entre sus brazos salvó a Bolívar de que fuera asesinado por su propio esclavo Pío “Piíto”. El que murió en su lugar fue el señor Amestoy, antiguo proveedor del ejército.

137 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 59:  Escándalo de alcoba por un arete:  
Cuando estaba de buen humor, Bolívar tomaba del pelo a sus secretarios y pasaba por alto los errores de éstos. Pero otras veces cualquier equivocación por parte del escribiente le causaba impaciencia. Entonces el Libertador terminaba sus cartas dictándole al mismo escribiente frases como ésta: “Querría decir mucho más, pero Martel está hoy más estúpido que nunca, si es posible”.

138 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 226:    
Desde la carta de Veracruz hasta la última que dictó seis días antes de su muerte, el general escribió por lo menos diez mil, unas de su puño y letra, otras dictadas a sus amanuenses, otras redactadas por éstos de acuerdo con instrucciones suyas. Se conservaron poco más de tres mil cartas y unos ocho mil documentos firmados por él. A veces sacaba de quicio a sus amanuenses. O al contrario. En cierta ocasión le pareció mal escrita la carta que acababa de dictar, y en vez de hacer otra agregó él mismo una línea sobre el amanuense: “Como usted se dará cuenta, Martell está hoy más imbécil que nunca. La víspera de dejar Angostura para terminar la liberación del continente, en 1817, puso al día sus asuntos de gobierno con catorce documentos que dictó en una sola jornada. Tal vez de allí surgió la leyenda nunca desmentida de que dictaba a varios amanuenses varias cartas distintas al mismo tiempo.

139 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 63:  
A la muerte de su hermano mayor, Juan Vicente, se hizo cargo de Fernando... El general descubrió sus virtudes de amanuense, no sólo por su caligrafía preciosa y su dominio del inglés hablado y escrito, sino porque era único para inventar recursos de folletín que mantenían en vilo el interés del lector, y cuando leía en voz alta improvisaba al vuelo episodios audaces para condimentar los párrafos adormecedores. Como todo el que estuvo al servicio del general, Fernando tuvo su hora de desgracia cuando le atribuyó a Cicerón una frase de Demóstenes que su tío citó después en un discurso. Éste fue mucho más severo con él que con los otros, por ser quien era, pero lo perdonó desde antes de terminar la penitencia.

140 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 59:  Sus diarias rabietas con los escribientes:  
En esa época Bolívar expresaba sus pensamientos con gran rapidez y concisión. Cualquier equivocación o duda de parte del escribiente le causaba impaciencia. Casi diariamente tenía sus rabietas con el amanuense. Algunas de sus cartas contienen quejas contra el individuo que las escribía. En una dice: “No tengo quien escriba por mí, y yo mismo no puedo hacerlo. Cada tercer día tengo que buscar un nuevo amanuense y sufrir una cólera con cada cambio. En ocasiones me veo tentado a publicar mis padecimientos en la gaceta, para que se sepa la causa de mi silencio”. El Libertador también fue buen periodista.

141 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 99:  
Su correspondencia había quedado al día con la respuesta inmediata al presidente Caicedo, pero sobrellevaba el tiempo dictando cartas de distracción. En los primeros días, Fernando terminó de leerle las crónicas comadreras de Lima (Lección de noticias y rumores que corrieron por Lima en el año de gracia de 1826, del peruano Noé Calzadilla), y no logró que se concentrara en nada más.

142 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 29 y 30:  
Le pidió a José Palacios, soñando despierto, que le dispusiera los medios para empezar a escribir sus memorias. José Palacios le llevó tinta y papel de sobra para cuarenta años de recuerdos y él previno a Fernando Bolívar, su sobrino y amanuense, para que le prestara sus buenos oficios desde el lunes siguiente a las cuatro de la madrugada, que era su hora más propicia para pensar con los rencores en carne viva. Según le dijo muchas veces al sobrino, quería empezar por su recuerdo más antiguo, que era un sueño que tuvo en la hacienda de San Mateo, en Venezuela, poco después de cumplir los tres años. Soñó que una mula negra con la dentadura de oro se había metido en la casa y la había recorrido desde el salón principal hasta las despensas, comiéndose sin prisa todo lo que encontró a su paso mientras la familia y los esclavos hacían la siesta, hasta que acabó de comerse las cortinas, las alfombras, las lámparas, los floreros, las vajillas y cubiertos del comedor, los santos de los altares, los roperos y los arcones con todo lo que tenían dentro, las ollas de las cocinas, las puertas y ventanas con sus goznes y aldabas y todos los muebles desde el pórtico hasta los dormitorios, y lo único que dejó intacto, flotando en su espacio, fue el óvalo del espejo del tocador de su madre. 
(Aquí está la imaginación elucubrante del gurú del realismo mágico macondiano).

143 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 63:
Nadie más oportuno que Fernando para esas épocas de crisis. Fue el más servicial y paciente de los muchos escribanos que tuvo el general, aunque no el más brillante, y el que soportó con estoicismo la arbitrariedad de los horarios o la exasperación de los insomnios. Lo despertaba a cualquier hora para hacerle leer un libro sin interés, o para tomar notas de improvisaciones urgentes que al día siguiente amanecían en la basura.

144 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 142:    
Le dictó tres cartas a Fernando. La primera fue una respuesta del corazón a la despedida del mariscal Sucre, en la cual no hizo ningún comentario sobre su enfermedad, a pesar de que solía hacerlo en situaciones como la de aquella tarde, en la que estaba tan urgido de compasión… La tercera fue para el ministro de Colombia en Londres, el poeta José Fernández Madrid… Diligencia inútil: cuando la carta llegó a Londres, el ministro Fernández Madrid había muerto.

145 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 156:    
Manuela esperó cuatro meses, pero se embarcó para Lima tan pronto como las cartas empezaron a llegarle no sólo escritas, como ocurría a menudo, sino también pensadas y sentidas por Juan José Santana, el secretario privado del general.

146 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 229:    
Santana da la vuelta, parte… No ha sido éste su oficio pero las circunstancias lo exigen. El coronel Santana se ha desempeñado como secretario. Por sus manos pasó toda la correspondencia en los mejores días de la guerra. Escribe en nombre de Su Excelencia cartas que él firma casi sin leer, abre las cartas que llegan, clasifica el material, lo archiva. Pero ahora el coronel lleva varios días sin uso.

147 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 82:  El único que me ha dicho la verdad
El coronel Santana había sido despedido y sólo le quedaba el joven Andrés Ibarra, herido de gravedad en el brazo derecho por el sablazo que le había dado el desleal Pedro Carujo, uno de los conjurados septembrinos, dejando manchado con su sangre el piso de la sala de recibo.

148 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 212:  
Bañados, con sus cabezas húmedas aparecen en cubierta Fernando Bolívar y Juan José Santana. Su excelencia manotea: 
¿Te bañaste? ¿Te has bañado, por fin, Santana? No lo creo. Muéstrame tus orejas, a ver.
Santana no se mueve de su sitio.
Tengo el pelo mojado, señor… al medio día me baño.
(Fernando Cruz Kronfly ha presentado a Santana, a través de todo el libro, como un hombre sucio y enemigo del baño, pero Héctor Muñoz y Gabriel García Márquez no lo presentan así. Puede ser que Fernando Cruz Kronfly haya encontrado referencias a ese hecho en alguna parte o que como novelista haya inventado ese comportamiento para adornar, en cuyo caso, “¡alma bendita de Santana, perdónalo!).

149 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 12:  Un joven rico, derrochador y trotamundos
Cuando regresó a Veracruz de su visita a Ciudad de México, en su primer viaje a Europa, escribió a su tío Pedro Palacios, residenciado en Caracas. La carta demuestra incultura.

150 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 257:  
Como Fernando estaba enfermo, empezó por dictarle a José Laurencio Silva una serie de notas un poco descosidas que no expresaban tanto sus deseos como sus desengaños.

151 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 257:  
Siguió dictando cartas durante varias horas, como en un trance de clarividencia, sin interrumpirse apenas para las crisis de tos. José Laurencio Silva no logró seguirle el paso y Andrés Ibarra, con su brazo derecho en cabestrillo, no pudo hacer  por mucho rato el esfuerzo de escribir con la mano izquierda. Cuando todos los amanuenses y edecanes se cansaron, quedó en pie el teniente de caballería Nicolás Mariano de Paz, que copió el dictado con rigor y buena letra hasta donde le alcanzó el papel. Pidió más, pero se demoraban tanto para llevárselo, que siguió escribiendo en la pared hasta casi llenarla. El general quedó tan agradecido, que le regaló las dos pistolas para duelos de amor del general Lorenzo Cárcamo.
(En este párrafo se aprecia con nitidez la diferencia de estilo de Gabriel García Márquez y su realismo mágico: para él los amanuenses no son fantasmas, como lo son para Fernando Cruz Kronfly, ni se limita a decir que dictó cartas a sus amanuenses, como Héctor Muñoz. Gabriel García Márquez pone a Andrés Ibarra a escribir con la mano izquierda y a Mariano de Paz a escribir en las paredes hasta casi llenarlas).

152 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 12:  Un joven rico, derrochador y trotamundos:  
A los dieciseis años de edad, el bagaje intelectual de Simón Bolívar era pobre. Todavía no mostraba apego a los libros. Un muchacho rico –había heredado enorme fortuna– pero de escasos conocimientos humanísticos. Sin embargo, lo que le faltaba en lecturas le sobraba en sentido común, en intuición y en parla. Tenía dieciseis años y no sabía redactar una carta familiar. Carecía de ortografía y su sintaxis era apenas regular. Muy poco había aprendido hasta ese entonces de sus tutores y profesores ocasionales. Cuando regresó a Veracruz, de su visita a Ciudad de México, en su primer viaje a Europa, escribió a su tío Pedro Palacios, residente en Caracas. La carta demuestra incultura. Le dice el futuro Libertador: 
Estimado tío mío. Mi llegada a este puerto ha sido felizmente, gracias a Dios. –y concluye así:– Espresiones a mis ermanos y en particular a Juan Vicente. Su seguro serbidor y su ijo…

153 Bolívar entre el cielo y la tierra –Galaxia bolivariana–, Juan Roca Lemus “Rubayata”, pag. 51:  Parábola o curva de un proyectil eterno llamado Bolívar:  
Romántico y románico, neolativo, gótico además en su arquitectura anímica. Vivaz, azogado, dromómano, incontenible, inapelable, decoroso, imputrescible, vidente, profeta inclusive de sí mismo, arquitecto de la libertad, orador, poeta, esgrimista, valseador, ambidextro, pensador, ideólogo, galantísimo, hormonal, excitador, filósofo, arriesgado, temerario,.. (No acaba Rubayata de enumerar epítetos al Libertador, en la exuberancia poética que tenía Roca Lemus, pero no Bolívar que no era tan poeta como afirma Roca Lemus, sino más bien malito en ese sentido).

154 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 30:  Jinete con posaderas de pedernal:  
Bolívar fue un autodidacta… En la lectura de los clásicos antiguos y modernos, en la amistad con científicos y literatos y en la diaria experiencia de la vida, adquirió los conocimientos que pudiera haber aprendido en la Universidad. Los dos profesores que tuvo en la niñez y parte de la adolescencia no le sirvieron de mucho. Su más útil consejero y orientador fue el viejo Simón Rodríguez, su verdadero y primer maestro. De joven ignorante, Bolívar se convirtió después de los dieciocho años en hombre estudioso, preocupado por las ciencias y las artes, pegado a los libros… Llegó a ser un poeta clandestino y pronto comprendió que “un hombre sin estudios es un hombre incompleto”, según su propia definición. Dominaba el francés y bastante avanzó en el aprendizaje del inglés y el italiano. Afirman los entendidos que la crítica que hizo el Libertador al Canto de Junín, de Olmedo, es sagaz en cuanto a análisis, perfecta en cuanto a buen gusto y cabal en cuanto a erudición. Pero también hay que convenir en que Bolívar fue mal poeta y algunos de sus pocos versos son auténticos ripios.

155 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 30:  Jinete con posaderas de pedernal:  
Veamos algunas estrofas escritas por el Libertador:  
Tantas razones son nulas / para el que no tiene madre, / y no ha sido nunca padre, / pero venda cinco mulas.
Y tú, padre, que exhalas suspiros / al perder el objeto más tierno, / interrumpe tu llanto y recuerda / que el amor a la patria es primero.
¡El peligro mayor es vuestra gloria! / Aún más terribles sois en la desgracia / que en busca del suplicio o la victoria / compañeros que liga santa audacia.

156 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 98:
Fue su último libro completo (el de Lima). Había sido un lector de una voracidad imperturbable, lo mismo en las treguas de las batallas que en los reposos del amor, pero sin orden ni método. Leía a toda hora, con la luz que hubiera, a veces paseándose bajo los árboles, a veces a caballo bajo los soles ecuatoriales, a veces en la penumbra de los coches trepidantes por los pavimentos de piedra, a veces meciéndose en la hamaca al mismo tiempo que dictaba una carta. Un librero de Lima se había sorprendido de la abundancia y variedad de las obras que seleccionó de un catálogo general en que había desde filósofos griegos hasta un tratado de quiromancia. En su juventud leyó a los románticos por influencia de su maestro Simón Rodríguez, y siguió devorándolos como si se leyera a sí mismo con su temperamento idealista y exaltado. Fueron lecturas pasionales que lo marcaron por el resto de la vida. Al final había leído todo lo que cayó en sus manos, y no tuvo un autor favorito, sino muchos que lo fueron en sus distintas épocas. Los estantes de las casas diversas donde vivió estuvieron siempre a reventar, y los dormitorios y corredores terminaron convertidos en desfiladeros de libros amontonados, y montañas de documentos errantes que proliferaban a su paso y lo perseguían sin misericordia buscando la paz de los archivos. Nunca alcanzó a leer tantos como tenía. Cuando cambiaba de ciudad los dejaba al cuidado de los amigos de más confianza, aunque nunca volviera a saber de ellos, y la vida de guerra lo obligó a dejar un rastro de más de cuatrocientas leguas de libros y papeles desde Bolivia hasta Venezuela.

157 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 38:    
Con todo, aquello no era ni la sombra del equipaje con que regresó de Lima tres años antes, investido con el triple poder de presidente de Bolivia y Colombia y dictador del Perú: una recua con setenta y dos baúles y más de cuatrocientas cajas con cosas innumerables cuyo valor no se estableció. En esa ocasión había dejado en Quito más de seiscientos libros que nunca trató de recuperar.

158 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 99:
Antes que empezara a perder la vista se hacía leer de sus amanuenses, y terminó por no leer de otra manera por el fastidio que le causaban las antiparras. Pero su interés por lo que leía fue disminuyendo al mismo tiempo, y lo atribuyó, como siempre, a una causa ajena a su dominio: “lo que pasa es que cada vez hay menos libros buenos”, decía.


159 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 96: Peso como una pluma, ¿no? 
Acompañado por el señor Joaquín de Mier, el mismo día que llegó a la casona de campo recorrió el Libertador toda la Quinta y entró a todas las piezas. Al llegar a la biblioteca, don Joaquín se excusó: “Es muy pobre esta biblioteca, excelentísimo señor”. Bolívar echó una ojeada a los estantes y con voz débil exclamó: “¿Cómo, muy pobre? Tiene usted aquí a Gil Blas y a Don Quijote: el hombre como es y el hombre como debiera ser”.

160 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 71:  Miles de abrazos con el feroz Morillo  
Bolívar siempre le conservó a su maestro Simón Rodríguez gran cariño y honda gratitud. El maestro era un personaje extravagante. Cuando hablaba, citaba a griegos, romanos y franceses. Llevaba siempre en el bolsillo el “Emilio” de Rousseau.

161 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 135:    
Él se reía de todo lo que oliera a superstición o artificio sobrenatural, y de cualquier culto contrario al racionalismo de su maestro Simón Rodríguez. Entonces acababa de cumplir veinte años, era viudo reciente y rico, estaba deslumbrado por la coronación de Napoleón Bonaparte, se había hecho masón, recitaba de memoria en voz alta sus páginas favoritas de “Emilio” y “La Nueva Eloísa”, de Rousseau, que fueron sus libros de cabecera durante mucho tiempo.

162 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 23:  Entre el juego y la misa    
Bolívar fue masón y se inscribió en la Orden del Mandil. Pero aclaró que por espíritu de curiosidad se habían vinculado en su juventud a una logia, y que no habiendo hallado en ella nada que le sedujera, la abandonó enseguida y no volvió jamás a tenerla en consideración… en varias ocasiones la denigró y dictó disposiciones gubernativas en su contra. La logia, sin embargo, se vanagloriaba de haber contado entre sus adeptos al Libertador. Marius Andre dice:
Bolívar es uno de los raros revolucionarios y fundadores de repúblicas en el siglo XIX que, desde los comienzos de su carrera política, escaparon al yugo de la francmasonería.
Fue cierto que en 1814 el gobierno eclesiástico de Bogotá colocó un edicto en el que se daba a entender que Bolívar quedaba excomulgado. Ese edicto fue revocado a los pocos días en términos honrosos para el Libertador… declararon haber sido guiados por falsos informes. 

163 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 257:  
Como Fernando estaba enfermo, empezó por dictarle a José Laurencio Silva una serie de notas un poco descosidas que no expresaban tanto sus deseos como sus desengaños: la América es ingobernable, el que sirve una revolución ara en el mar, este país caerá sin remedio en manos de una multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas, y muchos otros pensamientos lúgubres que ya circulaban dispersos en cartas a distintos amigos.

164 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 100:  He sido uno de los tres grandes majaderos:  
Sentado en un sillón de vaqueta estaba una tarde de diciembre de 1830 el Libertador, en el espacioso corredor de la casona de San Pedro. Pasado un fuerte acceso de tos, Bolívar se sumergió en profunda meditación…
¿Sabe usted, doctor, lo que me atormenta al sentirme ya próximo a la tumba?
No, mi general.
La idea de que tal vez he edificado sobre arena movediza y arado en el mar.

165 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 35:  Se bañaba en agua de Colonia  
En varias obras se afirma que Bolívar estuvo toda la vida obsesionado por la imagen de Napoleón… lo admiró y asistió a su coronación… Pero desde el momento en que se dio el título de Carlo Magno, dejó de ser el símbolo de la libertad y de la gloria… en la respuesta a Páez, fechada en la Quinta de La Magdalena:
Usted no ha juzgado, me parece, bastante imparcialmente el estado de las cosas y de los hombres. Ni Colombia es Francia ni yo soy Napoléon. Napoleón era grande y único, y además sumamente ambicioso. Yo no soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco quiero imitar a César, aún menos a Itúrbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano.

166 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 83:    
Sentencias proféticas que la historia habría de consagrar como “La carta de Jamaica”:
No son los españoles, sino nuestra propia desunión lo que nos ha llevado de nuevo a la esclavitud –dijo.
De regreso a casa, su padre le preguntó a Miranda Lyndsay cómo era el conspirador que tanto inquietaba a los agentes españoles de la isla, y ello lo redujo a una frase:
He feel he´s Bonaparte.

167 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 88:  Ha sido terrible la agitación de mi vida  
El primero de julio, a las nueve de la noche, dos carruajes se detuvieron a la puerta de la morada del Libertador. Algunos notables de la ciudad descendieron de los vehículos: el general Montilla, el señor De Francisco, el señor Amador y otros. Al verlos aparecer en su vivienda, Bolívar les preguntó sobresaltado:
¿Qué novedad hay?
General –contestó Montilla–, el Gran Mariscal de Ayacucho ha sido asesinado alevosamente en la montaña de Berruecos.
¡Han sacrificado al Abel de Colombia! – exclamó el Libertador cayendo en un abatimiento terrible. 
Esa noticia le turbó el espíritu… suplicó a los amigos que lo dejaran solo. Pasó la noche insomne paseándose en el patio de la casa y amaneció febricitante. No volvió a sonreír. Cada día padecía nuevos desengaños.

168 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 189:    
Fue una corazonada. Esa misma noche recibió la noticia de que el mariscal Sucre había sido emboscado y asesinado a bala por la espalda cuando atravesaba el tenebroso paraje de Berruecos, el pasado 4 de junio… Se dio una palmada en la frente, y tiró del mantel donde estaba todavía la loza de la cena, enloquecido por una de sus cóleras bíblicas:
¡La pinga! –gritó–. Fue Obando. Fue José María Obando, asesino a sueldo de los españoles.
La noche en que se enteró de la muerte de Sucre, el general sufrió un vómito de sangre… José Palacios lo sorprendió a gatas lavando el piso del baño con una esponja, ocultándolo.
Uno de los conjurados contó en sus memorias que saliendo de la casa donde se acordó el crimen, en la plaza mayor de Santa Fe, había sufrido una conmoción del alma al ver al mariscal Sucre en la neblina helada del atardecer, con su sobretodo de paño negro y el sombrero de pobre, paseándose solo con las manos en los bolsillos por el atrio de la catedral.

169 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 45:  
El general alcanzó a ver algunas de las injurias pintadas en las paredes de los conventos.

170 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 19:  
No se mostraba muy seguro de que su viaje fuera para el exterior… los soldados del presidente interino trataban de borrar en la pared del palacio arzobispal un letrero escrito con carbón: “Ni se va ni se muere”. El general exhaló un suspiro.

171 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 15:  
Pero, de repente y como venido del centro del río donde el vapor acaba de desaparecer, se escucha un grito:
¡Que cesen los homenajes!
Todos volvieron sus ojos al vacío. Y escucharon de nuevo:
¡No es un héroe… sino un tirano despreciable!

172 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 290:  
Y truena una voz. Una voz de eco, rancia, soplo de carroña:
–  ¡Que finalicen de inmediato todos los honores!
La voz nítida, parece chorrear de arriba:
¡El hombre que ustedes ven no es un héroe sino un nudo de ambiciones!

173 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 47:  
A la hora de las cuentas finales él mismo parecía ser el más sorprendido de su propio descrédito. El gobierno había apostado guardias invisibles aun en los lugares de menor peligro, y esto impidió que le salieran al paso las gavillas coléricas que lo habían ejecutado en efigie la tarde anterior, pero en todo el trayecto se oyó un mismo grito distante: “¡Longaniiizo!”. La única alma que se apiadó de él fue una mujer de la calle que le dijo al pasar:
–  Ve con Dios, fantasma.

174 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 85:  No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé:  
A mediados de enero de 1830 Simón Bolívar se encontraba en Bogotá. Estaba disminuido física y anímicamente. Había envejecido prematuramente. No sólo lo tenían acosado la tuberculosis pulmonar y los transtornos hepáticos sino la melancolía y la desilusión. A la temprana muerte de sus padres y su esposa se habían unido las traiciones de sus compañeros de armas, la ingratitud de muchos de sus conciudadanos, los ultrajes a su persona y a su obra, la deslealtad de los políticos y la desmembración de la patria... Víctima de las sospechas y de la maledicencia, enfermo y pobre, el Libertador se propuso viajar a Europa a reponerse y descansar, pero antes quería demorarse unas semanas en Jamaica. Estaba pálido, el brillo de sus ojos se había apagado, la voz apenas perceptible, encanecido y huesudo. En varios lugares se asestaban duros golpes a Bolívar. En Caracas se le atacaba; en Valencia se reunía un Congreso convocado por Páez para estudiar la separación de Venezuela; en Quito sonaban voces separatistas, y en Bogotá jóvenes estudiantes despedazaban un retrato del Libertador que había en una de las salas del Edificio de Justicia, y le gritaban irrespetuosamente, al verlo pasar tan flaco: ¡Longaniza! ¡Longaniza!. 

175 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 33 y 34:  
El día de la elección… vio un lebrel sin dueño retozando entre los setos con las codornices. Le lanzó un silbido de rufián, y el animal se detuvo en seco, lo buscó con las orejas erguidas, y lo descubrió con la ruana casi a rastras y el gorro de pontífice florentino, abandonado de la mano de Dios entre las nubes raudas y la llanura inmensa. Lo husmeó a fondo, mientras él le acariciaba la pelambre con la yema de los dedos, pero luego, el perro se apartó de golpe, lo miró a los ojos con sus ojos de oro, emitió un gruñido de recelo y huyó espantado… el general se encontró sin rumbo en un suburbio de callecitas embarradas y casas de adobe con tejados rojos, en cuyos patios se alzaba el vapor del ordeño. De pronto, se oyó el grito:
¡Longanizo!
No tuvo tiempo de esquivar una bosta de vaca que le arrojaron desde algún establo y se le reventó en mitad del pecho y alcanzó a salpicarle la cara. Pero fue el grito, más que la explosión de boñiga, lo que lo despertó del estupor en que se encontraba desde que abandonó la casa de los presidentes. Conocía el apodo que le habían puesto los granadinos, que era el mismo de un loco de la calle famoso por sus uniformes de utilería… pero nunca lo había sentido en carne viva.

176 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 45 y 46:  
Palacios cabalgaba a su lado… Lo conocía y lo quería tanto que padecía en carne propia aquel adiós de fugitivo, en una ciudad que solía convertir en fiestas patrias el mero anuncio de su llegada… abrumado por la mayor cantidad de gloria que ningún americano vivo o muerto había merecido jamás… nadie hubiera creído que él fuera el mismo de entonces, ni que fuera la misma aquella ciudad taciturna que abandonaba para siempre con precauciones de forajido… sintiéndose forastero en aquellas callecitas yertas donde se cocinaba a fuego lento una comunidad aldeana, cuyas maneras relamidas y cuyo dialecto ladino servían más para ocultar que para decir.

177 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 218:  
Alguien le contó que el dueño de la casa donde vivía en Cartagena había quemado por temor al contagio el catre en que él dormía, junto con el colchón y las sábanas, y todo cuanto había pasado por sus manos durante la estancia… no logró aplacar su amargura… Peor aún se sintió unos días después, cuando supo que don Joaquín Mosquera había pasado por ahí de tránsito para los Estados Unidos y no se había dignado visitarlo… había visto a muchos amigos comunes y también a algunos enemigos suyos, y que a todos les había expresado su disgusto por lo que él calificaba como las ingratitudes del general. En el momento de zarpar, ya en la chalupa que lo conducía a bordo, había resumido su idea fija para quienes fueron a despedirlo:
Recuérdenlo bien –les dijo–. Ese tipo no quiere a nadie.

178 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 13:  
Estoy aquí porque no quise entregar la República al colegio de San Bartolomé. 

179 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 62:
Prefiero el destierro o la muerte, a la deshonra de dejar mi gloria en manos del colegio de San Bartolomé.

180 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 85:  No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé:  
Las traiciones de sus compañeros de armas… la ingratitud de muchos de sus conciudadanos… los ultrajes a su persona y a su obra… la deslealtad de los políticos… y la desmembración de la patria. El Libertador tenía, en 1830, el Cristo de espaldas.

181 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 235:  
En una de sus escasas crisis de arrepentimiento, discutiendo entre bromas y veras con los dueños de casa, los sorprendió con la sentencia de que más valía un buen acuerdo que mil pleitos ganados. 
(Dos pleitos tuvo Bolívar eternos de resolver: con su vecino Briceño, por límites de fincas y el de las minas de Aroa de indecisa resolución).
¿También en la política?
Sobre todo en la política –dijo el general–. El no habernos compuesto con Santander nos ha perdido a todos.
Mientras queden amigos quedan esperanzas –dijo Molinares.
Todo lo contrario –dijo el general–. No fue la perfidia de mis enemigos sino la diligencia de mis amigos lo que acabó con mi gloria. Fueron ellos los que me embarcaron en el desastre de la Convención de Ocaña, los que me enredaron en la vaina de la monarquía, los que me obligaron primero a buscar la reelección con las mismas razones con que después me hicieron renunciar, y ahora me tienen preso en este país donde ya nada se me ha perdido.

182 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 204 y 205:
El coronel Santa María no entendió.
Quiero decir que lo más urgente es reunificar el país por las armas –dijo el general–. Pero el cabo del hilo no está aquí sino en Venezuela.
A partir de entonces, aquélla había de ser su idea fija: empezar otra vez desde el principio, sabiendo que el enemigo estaba dentro y no fuera de la propia casa. Las oligarquías de cada país, que en la Nueva Granada estaban representadas por los santanderistas, y por el mismo Santander, habían declarado la guerra a muerte contra la idea de la integridad, porque era contraria a los privilegios locales de las grandes familias.
Esa es la causa real y única de esta guerra de dispersión que nos está matando –dijo el general–. Y lo más triste es que se creen cambiando el mundo cuando lo que están es perpetuando el pensamiento más atrasado de España.
Prosiguió con un solo aliento:
Ya sé que se burlan de mí porque en una misma carta, en un mismo día, a una misma persona, le digo una cosa y la contraria, que si aprobé el proyecto de monarquía, que si no lo aprobé, o que si en otra parte estoy de acuerdo con las dos cosas al mismo tiempo.
Lo acusaban de ser veleidoso en su modo de juzgar a los hombres y de manejar la historia, de que peleaba contra Fernando VII y se abrazaba con Morillo, de que hacía la guerra a muerte contra España y era un gran promotor de su espíritu, de que se apoyó en Haití para ganar y luego lo consideró como un país extranjero para no invitarlo al congreso anfictiónico de Panamá, de que había sido masón y leía a Voltaire en misa, pero era un paladín de la Iglesia, de que cortejaba a los ingleses mientras se iba a casar con una princesa de Francia, de que era frívolo, hipócrita, y hasta desleal, porque adulaba a sus amigos en su presencia y denigraba de ellos a sus espaldas.
Pues bien: todo eso es cierto, pero circunstancial –dijo–, porque todo lo he hecho con la sola mira de que este continente sea un país independiente y único, y en eso no he tenido ni una sola contradicción ni una sola duda.
Y concluyó en caribe puro:
–  ¡Lo demás son pingadas!

183 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 117:
Su enemistad con Santander era entonces de dominio público, hasta el extremo de que se había negado a seguir recibiendo sus cartas porque ya no confiaba en su corazón ni en su moral.
Ahórrese el trabajo de llamarse mi amigo –le escribió a “Casandro”, como lo había apodado.

184 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 73:    
Entonces se le volvió a encender la luz del sueño.
Dios de los pobres –dijo–. Lo único que podría explicar semejante apuro es que lleve una carta para Casandro con la noticia de que ya nos fuimos.

185 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 66:  Virgen Santa de los Tiestos  
Fue un gran devoto de la Virgen y la invocaba en los afanes supremos. Tutasá es un pequeño y acogedor poblado de Boyacá, cuyos habitantes vivían principalmente de la artesanía de la cerámica. En la iglesia hay una imagen de la Virgen tallada en madera, de la que se ha dicho que es muy milagrosa… vino la sangrienta batalla del Pantano de Vargas… Bolívar, desconcertado, le respondió al coronel Rondón:
Haga lo que pueda. Salve usted la patria.
En seguida, queriendo invocar la protección de la Virgen de Tutasá y como olvidó el nombre del pueblo, exclamó:
Virgen santa de… de… de los tiestos, dame la victoria y bendice a mis soldados.

186 Carta a Teresa Laysney:
Pues usted lo sabe: yo no tengo la felicidad de creer en la vida del otro mundo 
(carta a Teresa Laysney)


187 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 266:
Cuando por fin recobró el aliento hizo salir a todos para hablar a solas con el médico:
No me imaginé que esta vaina fuera tan grave como para pensar en los Santos Óleos –le dijo–. Yo, que no tengo la felicidad de creer en la vida del otro mundo.

188 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 12:  
Su excelencia se detiene, mira a los lados el contento reposo y llena sus pulmones. Entonces recuerda sus palabras de un par de días atrás, cuando observaba pasar las aguas del Gualí, camino de Santa Ana:
¿Por qué piensa usted, mi querido coronel, que estoy aquí?
La fatalidad, mi general, eso es, la fatalidad.
¡Qué fatalidad! ¡No! Yo estoy aquí porque no quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé.

189 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 86:  No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé:  (Al coronel Joaquín Posada Gutiérrez):
¿Por qué piensa usted, coronel, que estoy yo aquí?
Para no ofenderlo, Posada Gutiérrez le respondió:
La fatalidad, mi general, eso es, la fatalidad.
Replicó Bolívar con vehemencia:
¡Qué fatalidad! ¡No! Yo estoy aquí porque no quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé.
El mayor número de los conjurados del 25 de septiembre, entre ellos Santander, habían sido colegiales del San Bartolomé.


190 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 191:
Les hizo oír una vez más la cantaleta de que sus ejércitos estuvieron al borde de la disolución por la mezquindad con que Santander, siendo presidente encargado de Colombia, se resistía a enviarle tropas y dinero para terminar la liberación del Perú.
Es avaro y cicatero por naturaleza –decía–,  pero sus razones eran todavía más zurdas: el caletre no le daba para ver más allá de las fronteras coloniales.

191 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 192:
La mayoría de sus tierras las repartió entre los numerosos esclavos que liberó desde antes de que fuera abolida la esclavitud.

192 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 193:
Decía a quien quisiera oírlo:
Casandro salió limpio, desde luego, porque es un mago para guardar las formas, pero sus amigos se llevaban otra vez para Inglaterra la misma plata que los ingleses le habían prestado a la nación, con réditos de leones, y los multiplicaban a su favor con negocios de usureros.

193 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 18:  No le tenía miedo a los terremotos  
Por medio de Lafayette, la familia de Washington le mandó a Bolívar cabellos suyos, cartas originales de éste a su esposa y una medalla con el retrato del prócer estadounidense. En los últimos años de su vida, Bolívar solía llevar al pecho aquella medalla y en plena madurez militar no usó otra. 

194 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 14:  
En el pecho, sobre la chaquetilla, brilla una medalla de oro. La última de las muchas que un día tuvo. Mira a los ojos de un coronel amigo, aquel que había estado al frente de los preparativos del navío y del viaje, y lo llama a su lado. Arranca la medalla del pecho y se la entrega:  
Use usted, coronel, este recuerdo en mi nombre.


195 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 88:  Ha sido terrible la agitación de mi vida:  
Al tiempo de subir al champán, el Libertador abrazó al coronel Joaquín Posada Gutiérrez y le dio las gracias por las atenciones que le había brindado, y poniéndole en la mano la medalla de oro de su busto, le dijo;
–  Use usted ese recuerdo mío en mi nombre.

196 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 148:    
El general Montilla y sus amigos sintieron que aquel era el final. Antes de despedirse, recibieron de él una medalla de oro con su efigie, y no pudieron evitar la impresión de que era un regalo póstumo. Mientras se dirigían a la puerta uno de los tres Juanes de la visita, Juan García del Río, dijo en voz baja:
Ya tiene cara de muerto.

197 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 28:  
La sola certidumbre de no ser más que un ciudadano corriente, agravó los estragos del vomitivo.

198 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 46:  Soy un hombre como cualquiera:  
Pues Bolívar es un hombre como cualquiera, como cualquiera, repitió el Libertador.

199 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 197:  
Al amanecer, al término de un sueño azorado, dijo a José Palacios:
El día que yo me muera repicarán las campanas en Caracas.
Hubo más. Al conocer la noticia de la muerte, el gobernador de Maracaibo había de escribir:
Me apresuro a participar la nueva de este gran acontecimiento que sin duda ha de producir innumerables bienes a la causa de la libertad y la felicidad del país. El genio del mal, la tea de la anarquía, el opresor de la patria ha dejado de existir.
El anuncio, destinado al principio a informar al gobierno de Caracas, terminó convertido en una proclama nacional.


200 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 29:  
El primero de marzo abandonó la casa de gobierno por la puerta de servicio para no encontrarse con los invitados que estaban agasajando a su sucesor con una copa de champaña, y se fue en una carroza ajena para la quinta de Fucha, un remanso idílico en las goteras de la ciudad, que el presidente provisional (El general Domingo Caicedo, de quien decían que cualquier cargo le quedaba estrecho porque tenía el porte y la prestancia de un rey, pag. 40) le había prestado.


201 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 86:  No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé:  
Después se trasladó a la casa del general Pedro Alcántara Herrán (y doña Amalia de Alcántara, su esposa), situada arriba de la catedral, en el centro de la capital. De aquí salió el 8 de mayo de 1830 para no volver jamás.

202 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 43:  
Trató de retenerlo hasta que escampara, aunque sabía tan bien como él que no iba a escampar en lo que faltaba del siglo.
(Frase garcíamarquiana)

203 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 90:  Ha sido terrible la agitación de mi vida:  
Tienen ustedes razón, nobles amigos míos, por mi voluntad estaba resuelto a irme. Echado no debo hacerlo, por el honor mismo de Colombia, por el honor de Venezuela… Dios me llama, tengo que prepararme a darle cuenta… cómo ha sido terrible la agitación de mi vida… quiero exhalar mi último suspiro en los brazos de mis antiguos compañeros, rodeado de sacerdotes cristianos de mi país y con el crucifico en las manos… echado  no me iré.


204 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 23:  
Tenía la casaca sucia y con una manga descosida. La gloria se le había salido del cuerpo.

205 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 19, 41 y 157:    
Y se lleva ambas manos a su cabeza:
– ¡Mi gloria! ¡Mi gloria! ¿Por qué la destruyen? ¿Por qué se han parado encima de la gran torta?

206 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 37:  
Y se lleva ambas manos a su cabeza:
– Nunca hubiéramos creído, mi querido José, que tanta gloria cupiera en un zapato.

207 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 261:  
Una tarde, mientras el general yacía en el sopor de la fiebre, alguien en la terraza despotricaba a voz en cuello por el abuso de cobrar doce pesos con veintitres centavos por media docena de tablas, doscientos veinticinco clavos, seiscientas tachuelas corrientes, cincuenta de las doradas, diez varas de madapolán, diez varas de cinta de manila y seis varas de cinta negra.
(Toque garcíamarquiano)

208 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 263:  
Después pidió un espejo de mano para mirarse en la hamaca, y dijo:
Con estos ojos no me muero.


209 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 99: He sido uno de los tres grandes majaderos  
Le pidió a monseñor Estévez que le prestara un espejo y mirándose le dijo:
Señor Obispo, con estos ojos que tengo no me muero.
Con esos ojos se va a morir –le respondió imprudentemente el Obispo Estévez.
Al ver el Libertador al médico Révérend en la Quinta de San Pedro el 10 de diciembre de 1830, le dijo:
¿Qué es esto? ¿Estaré tan malo para que me hable de testamento y confesarme?

210 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 266:
Cuando por fin recobró el aliento hizo salir a todos para hablar a solas con el médico Révérend:
No me imaginé que esta vaina fuera tan grave como para pensar en los Santos Óleos.


211 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 60:  
Su Excelencia ríe:
–  Señores, díganme la verdad de una vez, ¿así de arruinado me están viendo? ¿Eso es lo que está pasando?

212 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 99:  
Un muchacho de nombre Joaquín se fue volando a traer al cura. Ya de noche llegó el Viático, y cuando se sintió la campana todos salieron a encontrarlo, llevando luces y regando flores a la entrada de la casa. Cuando entró el Santísimo al aposento con el acompañamiento de luces, dijo el Libertador:
¡Saquen esas Luminarias, que esto parece una procesión de ánimas!
La gente se salió llorando y Bolívar siguió quejándose. 

213 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 262:  
El general se incorporó en la cama cuando los sintió entrar en la alcoba, se cubrió los ojos con el brazo para no encandilarse, y los hizo salir con un grito:
Llévense esas luminarias, que esto parece una procesión de ánimas.
  



214 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 112:  
La iglesia de La Concepción de Mompox seguía engalanada cuando la muchedumbre irrumpió en tropel para un Tedémum improvisado… Hasta que el calor empezó a estorbarle para respirar… Entonces murmuró al oído del alcalde:
Créame que no merezco este castigo
El amor de los pueblos tiene su precio, Excelencia –dijo el alcalde.
Por desgracia esto no es amor sino novelería –dijo él.

215 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 58:  Escándalo de alcoba por un arete
En varias oportunidades elogió…  estas tierras de “sol y luna”. Y hondamente agradecido… dijo que si Venezuela le había dado la vida, Boyacá le había dado la gloria.


216 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 118:  
A su regreso a la Nueva Granada había tratado de arreglarlo con una frase justa dirigida a Cartagena y Mompox:
–  Si Caracas me dio la vida, vosotros me disteis la gloria.

217 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 61: Obsequio en Popayán. Brindis en Potosí.
Arcos triunfales, coronas de laurel, discursos, solemnes Te Deum, medallas de oro y plata, banquetes, bailes, fuegos artificiales, grandes iluminaciones y otros signos de regocijo público siguieron durante las siete semanas que Bolívar permaneció en Potosí.

218 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 300 y 301:
De pronto se escuchan voces abajo. Vienen de abajo, del agua. Palacios salta, correa a la barandilla y regresa con la noticia:
¡ General, estamos rodeados de canoas por todas partes!
Gentes del pueblo. Montan en canoas, son muchos hombres… al verlo, la multitud estalla:
¡Libertador!, ¡Libertador!

219 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 101:    
Nada parece tener sentido. Ni su pasada gloria, ni los arcos triunfales bajo cuyos gestos tantas veces pasó montando sus caballos de respiración profunda, ni sus amores. Nada.

220 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 43:  
Él permaneció inmóvil, con el pie en el estribo, y agarrado de la silla con las dos manos.
Quédese –le dijo el ministro Pedro Alcántara Herrán– y haga un último sacrificio por salvar la patria.
No, Herrán –replicó él– ya no tengo patria por la cual sacrificarme.

221 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 98:  He sido uno de los tres grandes majaderos:  
Bolívar tenía muy mal el sistema nervioso. Quería gritar que “Todos los hombres son mezquinos y que unos parias sucederán a otros; que la ambición, la intriga, envidia y rencores no desaparecerán con el cambio de banderas ni la regeneración de las leyes”.


222 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 25:  
Dijo el mariscal Sucre:
Es una burla del destino. Tal parece como si hubiéramos sembrado tan hondo el ideal de la independencia, que estos pueblos están tratando ahora de independizarse unos de otros.
El general reaccionó con una gran vivacidad. Dijo:
No repita las canalladas del enemigo, aun si son tan certeras como ésa.
El mariscal Sucre se excusó.

223 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 78:    
Lo único que le indignó de la carta fue que el propio encargado de la presidencia de la república incurriera en el abuso de llamar liberales a los partidarios de Santander, como si fuera un término oficial.
No sé de dónde se arrogaron los demagogos el derecho de llamarse liberales –dijo–. Se robaron la palabra, ni más ni menos, como se roban todo lo que les cae en las manos.
Saltó de la hamaca, y siguió desahogándose con el gobernador Posada Gutiérrez mientras medía la habitación de un extremo al otro con sus trancos de soldado.
La verdad es que aquí no hay más partidos que el de los que están conmigo y el de los que están contra mí, y usted lo sabe mejor que nadie –concluyó–. Y aunque no lo crean, nadie es más liberal que yo.

224 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 152:
Era típico de la política local, cuyas divergencias habían sido la causa de grandes tragedias históricas.
Y no les falta razón, si Su Excelencia, el más liberal de todos, nos deja a merced de los que se han apropiado el título de liberales para liquidar su obra –dijo Montilla.
(Es un contrasentido que siendo Bolívar un hombre de pensamiento y actuar liberales, sea considerado el origen del partido conservador; y siendo Santander un hombre de pensamiento y actuar conservadores, sea considerado el origen del partido liberal).


225 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 20:    
¿Sabes qué es la gloria? Un mierdero, un largo y penoso mierdero, eso es.

226 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 49:
El mismo Wilson manifestó más tarde su sorpresa de que nadie en la misión ni en el resto del camino hubiera reconocido al hombre más conocido de las repúblicas nuevas.
–  Ya no soy yo –dijo Bolívar.

227 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 16:  Una manía: destrozar jardines y cortinas  
Bolívar visitaba en París constantemente al ilustre barón Alexander von Humboldt. Un día le dijo Bolívar al sabio alemán:
Señor barón, usted que acaba de recorrer el continente americano y que ha podido estudiar sus necesidades, ¿no cree que ha llegado el momento de darle una existencia propia, desprendiéndolo de los brazos de la metrópoli hispana? ¡Radiante destino el del Nuevo Mundo si sus pueblos se vieran libres del yugo, y qué empresa más sublime!
Creo que la fruta está madura –respondió el barón– pero no veo al hombre capaz de realizar tamaña empresa.
Puede ser que lo encontremos –replicó Bolívar– y si no, lo formaremos.
El sabio decía en 1859 que admiraba la conversación animada y la brillante imaginación de Bolívar, pero jamás creyó que el caraqueño llegara a ser el jefe de la cruzada americana.

228 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 101:  
Había estado pensando en el barón von Humboldt desde antes de que recogieran al alemán…  “Humboldt me abrió los ojos”. Lo había conocido en sus años de París… En cambio lo que menos lo convenció de él fue su certidumbre de que las colonias españolas de América estaban maduras para la independencia. Lo había dicho así, sin un temblor en la voz, cuando a él no se le había ocurrido ni siguiera como una fantasía dominical.
–  Lo único que falta es el hombre –le dijo Humboldt.

229 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 11:  
“Vamonós”, dijo. “Volando, que aquí no nos quiere nadie”.

230 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 114:  
Hizo una señal al coronel Wilson por la puerta entreabierta, y éste alejó a los soldados de guardia que erraban por el jardín.
Aquí no nos quiere nadie, y en Caracas nadie nos obedece –dijo el general Bolívar, ya dormido–. Estamos a mano.

231 FERNANDO CRUZ KRONFLY, contracarátula:  
Concluyó el ciclo de su ruina con esta patética expresión: “Vámonos, vámonos, esta gente no nos quiere en esta tierra, vámonos, muchachos, lleven mi equipaje a bordo de la fragata”.

232 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 181:  
“¡Vámonos, vámonos muchachos, vámonos que aquí no nos quieren!”.

233 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 56:  
Los restos del “General Santander”, el vapor de la línea de Elbers que encalló, quedan atrás, superpuestos en la mente de Bolívar a la imagen del Doctor Moore. Imagen rubia de ojos azules. Su excelencia le tiende ambas manos:
¡Vámonos, doctor, vámonos que aquí no nos quieren!
Y parten.

234 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 240:  
Montilla mandó a mediados de noviembre un mercante inglés que llegó sin previo aviso a Santa Marta. Tan pronto como lo supo, el general dio a entender que aprovecharía la ocasión para abandonar el país.
Estoy resuelto a irme a cualquier parte para no morirme aquí –dijo.
Luego lo estremeció el presagio de que Camille lo esperaba escrutando el horizonte en un balcón de flores frente al mar, y suspiró:
En Jamaica me quieren.


235 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 144:    
Pesaba ochenta y ocho libras, y había de tener diez menos la víspera de la muerte. Su estatura oficial era de un metro con sesenta y cinco, aunque sus fichas médicas no coincidían siempre con las militares, y en la mesa de autopsias tendría cuatro centímetros menos. Sus pies eran tan pequeños como sus manos, en relación con el cuerpo, y también parecían disminuidos. José Palacios había notado que llevaba los pantalones casi a la altura del pecho, y tenía que darle una vuelta a los puños de la camisa. El general advirtió la curiosidad de sus visitantes y admitió que las botas de siempre, del número treinta y cinco en puntos franceses, le quedaban grandes desde enero.

236 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 180:  
Cuando se volvió de pronto hacia el conde Raigecourt, y sin que viniera a cuento le dijo para ser oído por todos:
Usted tiene razón, señor conde. ¿Qué voy a hacer yo con tantas mujeres en este lamentable estado en que me encuentro?
Así es, general –dijo el conde con un suspiro– En cambio, la semana próxima llega la Shannon, una fragata inglesa que no sólo tiene una buena cámara, sino también un médico excelente.
Eso es peor que cien mujeres –dijo el general.

237 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 50:  
Si no creía en los médicos, de los cuales decía que eran unos traficantes del dolor ajeno, menos podía esperarse que confiara su suerte a un espiritista de vereda.

238 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 11:  
Los pulmones de Su Excelencia respiran un trabajoso encarnado castaño que hiere sus vías respiratorias. Se detiene en su bajada hacia el río y vuelve sus ojos. 

239 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 93:  Póngame bueno y me voy para Francia:  
En Santa Marta, Bolívar pasó sus dos primeras noches sin dormir. El dos de diciembre de 1830 los médicos Alejandro Próspero Révérend y George Knight conceptuaron que el temperamento del Padre de la Patria podía clasificarse entre los bilioso-nerviosos… El cuatro de diciembre del mencionado año, Bolívar tomó leche de burra y le ocasionó vómito.

240 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 22:  
Un escuadrón de loras azules cruzó el cielo.
He estado pensando que si echo afuera las tripas podré recuperarme. Debo expulsar ciertos humores que me afligen en secreto.
Usted me lo habrá de perdonar, señor, pero definitivamente no entiendo a Su Excelencia.
No entiendo por qué motivo, si es así, usted no lo provoca todo de una vez.
Su Excelencia tose ligeramente.
¿No comprendes acaso que no estoy mareado aún?
Pero existen vomitivos, general, no es necesario esperar a marearse… podría tomar ya mismo unas cuantas gotas para ayudarse… dicen que con un poco de agua tibia basta para arrojarlo todo de una vez.
Eres como un niño sonámbulo, José Palacios, ¿Cuántos años tienes?


241 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 9 y 132:  
¿Qué hago con estas tripas, José, qué hago? 

242 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 15:  
Vomitaré al llegar a la mar –murmura–. Sí, necesito aliviar este pecho, lo necesito, qué buche llevo, qué templado llevo este buche. 

243 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 11:  
Su Excelencia va camino de la mar. Sólo desea la mar, el olvido que el hastío busca, el brillo del mar adentro, la casa en orden y el vómito. Vomitar,  Expulsar los humores.

244 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 13:  
Su excelencia busca la mar, desea vomitar allí sus humores y partir para siempre. Trae fiebres, signos de calentura en el encascarado de sus labios, acontecimientos de un preocupante paisaje. Y,  también, signos de tos en la concha del pecho, donde un cepillo espeso parece barrer el suelo. 

245 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 117:
La virtud carminativa de las guayabas lo mantuvo en estado de emergencia hasta después de las once de la noche. Se quedó en la hamaca, postrado de punzadas tortuosas y ventosidades fragantes, y con la sensación de que el alma se le escurría en aguas abrasivas.


246 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 93:  Póngame bueno y me voy para Francia:  
Ningún mal olor resistía Bolívar los días en que estuvo enfermo en Santa Marta. Las medicinas y compuestos que le llevaba el señor Augusto Thomassin, graduado en farmacia y quien le colaboraba a Révérend en el tratamiento del Libertador, le producían “rebote”.

247 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 92:  
Enterado así de que no podía resistir ni siquiera el olor de las cosas de comer, el capitán Santos hizo poner en el último lugar de la flota el champán del avituallamiento, en el que había corrales de gallinas y cerdos vivos.


248 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 76:  
“Necesito navegar un par de días y chiz… vomitar, eso es, echarlo todo por la borda, no veo el momento”. 


249 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 94:  Póngame bueno y me voy para Francia:  
Agradezco mil veces al señor Thomassin todas las cosas buenas que compuso para mí, pero él viene cargado de tantos olores de su botica que no me hallo capaz de aguantar todas esas pestilencias.


250 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 95:  Póngame bueno y me voy para Francia:  
Cuando el doctor Révérend se le acercaba, el Libertador pedía un frasco de agua de Colonia y, humedeciendo el pañuelo, le decía al médico:
Doctor, usted huele a hospital, sus vestidos parecen empapados de las miasmas que exhalan los enfermos.


251 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 44:  Mi médico es un mueble de aparato:  
Ve, usted coronel, que sin el emético del doctor me he puesto bueno y quizás si lo hubiera tomado estaría ahora con los humores revueltos y con una fuerte calentura.

252 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 54:    
Luego manda seguir al doctor Moore. Sentado, tiritando entre el cascarón de las frazadas, escucha sus consejos:
Debe usted descansar, descansar mucho, general.
Habla el mueble de lujo de su excelencia, junta sus manos encima de su vientre. Su excelencia sonríe.
Eso haré, eso haré, despreocúpese usted.
Y, ¿cómo anda su estómago?
Algo cargado, doctor.
Déjame ver, déjame ver. Debe usted tomar un poco de tártaro emético.
¡Tártaro emético! ¡Ufff!
Es lo indicado en estos casos, Excelencia.
No puedo, doctor, usted ya sabe que no resisto los remedios por la boca.

253 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 44:  Mi médico es un mueble de aparato:  
El Libertador le hizo estos comentarios a Perú de Lacroix:  Este doctor Moore está siempre con sus remedios, sabiendo que yo no quiero drogas de botica, pero los médicos son como los obispos, aquellos siempre dan recetas y estos echan bendiciones, aunque las personas a quienes las dan no las quieran o se burlen de ellas.

254 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 38:  
Son médicos importantes, Excelencia, no lo crea, de Cartagena y Santa Marta, y hasta de Mompox.
Deja ahí las cosas, negro, déjalas quietas que todos son iguales. Son muebles de lujo simplemente, deja eso así.


255 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 52:    
Ahí está Charles Moore, su médico inglés, un verdadero mueble de lujo. Y lo ve como siempre lo ha visto: sólo un pobre hombre tristemente tímido, manos regordetas, esplendoroso uniforme de legionario.


256 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 28:
Aquella noche redactó su renuncia bajo el efecto desmoralizador de un vomitivo que le prescribió un médico ocasional para tratar de calmarle la bilis.

257 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 117:
El párroco le llevó un medicamento preparado por el boticario de la casa. El general lo rechazó. 
Si con un emético perdí el poder, con otro más me llevará Caplán.

258 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 52:
Ésa fue la primera vez que se le oyó decir su frase recurrente:
Acabo de renunciar al poder por un vomitivo mal recetado, y no estoy dispuesto a renunciar también a la vida.
Años antes había dicho lo mismo, cuando otro médico le curó unas fiebres tercianas con un brebaje arsenical que estuvo a punto de matarlo de disentería. Desde entonces, las únicas medicinas que aceptó fueron las píldoras purgantes que tomaba sin reticencias varias veces por semana para su estreñimiento obstinado, y una lavativa de sen para los retrasos más críticos.

259 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 140:    
En realidad, estaba peor de lo que revelaba su mal humor, así se empeñara en ocultarlo, y hasta su mismo séquito observaba día tras día su erosión insaciable. No podía con su alma. El color de su piel había pasado del verde pálido al amarillo mortal. Tenía fiebre, y el dolor de cabeza se había vuelto eterno. El párroco se ofreció para llamar a un médico, pero él se opuso:
Si hubiera hecho caso de mis médicos llevaría muchos años de enterrado.


260 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 97: Peso como una pluma, ¿no?:  
A mediados de diciembre de 1830 Bolívar había acentuado su asco a los medicamentos. Costaba trabajo convencerlo de que era preciso tomar las pociones, y únicamente la tenacidad y las cordiales maneras del médico Révérend pudieron algunas veces triunfar sobre la obstinada rebeldía del Libertador.


261 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 13:  
Luego se arrancó a tirones los pelos de la nariz y las orejas… y se vació encima un frasco grande de agua de Colonia.


262 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 36:  Se bañaba en agua de Colonia:  
Cuando se proponían exagerar el gasto que una persona hiciera en el consumo de determinado artículo de no imperiosa necesidad:
Hombre, usted gasta más en cigarros que el Libertador en agua de Colonia.
Efectivamente, en los cuatro años que permaneció Bolívar en el Perú tuvo el Tesoro Nacional que pagar ocho mil pesos, invertidos en agua de Colonia para uso del Libertador. Cuidadoso del aseo personal, Bolívar gastaba diariamente hasta un frasco de agua de Colonia.


263 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 16:  
El único cambio notable que hizo en los ritos del insomnio aquella noche de vísperas, fue no tomar el baño caliente antes de meterse en la cama. José Palacios se lo había preparado desde temprano con agua de hojas medicinales para recomponer el cuerpo y facilitar la expectoración, y lo mantuvo a buena temperatura para cuando él lo quisiera. Pero no lo quiso.


264 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 68:
José Palacios había hecho recalentar el baño después del dictado de la carta, pero el general no lo tomó, sino que siguió caminando sin rumbo…



265 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 59:
Lo encontró flotando bocarriba en las aguas fragantes de la bañera, sin la asistencia de José Palacios, y si no creyó que estuviera muerto fue porque muchas veces lo había visto meditando en aquel estado de gracia.


266 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 60 y 61:  
Manuela Sáenz recibió a los atacantes que forzaron la puerta del dormitorio… Mientras ganaba tiempo con la parsimonia de las respuestas, fumaba con grandes humos un cigarro de carretero de los más ordinarios, para cubrir el rastro fresco de agua de Colonia que aún permanecía en el cuarto.


267 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 31: Extravagancias al pasarse de tragos  
Simón Bolívar detestaba el tabaco. Aparte de que no fumaba, tampoco permitía que se fumara en su presencia. Rara vez hacía uso de aguardiente y de otros licores fuertes. Cuando se entonaba, cometía extravagancias… odiaba a los borrachos. Empero, en algunas ocasiones se “pegó sus jumas”.


268 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 92:  Retírese que huele a cachimba:  
Entre los personajes que el tres de diciembre de 1830 fueron a saludar a Bolívar a “La Casa de Aduanas” en Santa Marta, estaba el general José María Sardá.
General, aparte un poco su asiento… usted hiede a diablos
¿Cómo a diablos?
Quiero decir a cachimba
¡Ah!, mi general, tiempo hubo en que vuestra Excelencia no tenía tal repugnancia cuando doña Manuelita Sáenz (fumaba esas pipas...)
Sí… eran otros tiempos, amigo mío. Ahora me hallo en una situación tan penosa, sin saber lo que es peor, cuándo saldré de ella.

269 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 89:    
En la mesa del fondo, a estribor, todos ven de nuevo al hombre de los recipientes de metal de la noche anterior (Uldarico Clavel con latas de cerveza futuristas). Se entretiene él con una taza de café, fuma en una pipa. Tabaco perfumado, fumarola que invade el recinto, da vueltas, busca el roto de la puerta:
Míralo, míralo fumando –dice el general.
¡Uff! –hace un gesto su sobrino. 
¡No tolero ese tal almizcle!

270 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 215 y 216:  
Entonces se sentía tan mal, que aceptó la visita de un médico.
Sólo para conversar –dijo.
El elegido no podía parecerse más a sus deseos. Se llamaba Hércules Castelbondo y era un anciano ungido por la felicidad, inmenso y plácido… fumaba sin reposo cigarros de carretero… llegó en la carroza del señor Bartolomé Molinares… vestido de lino blanco sin aplanchar… con los bolsillos atiborrados de cosas de comer… Lo primero que hizo después de los saludos formales fue pedir perdón por la peste del cigarro que ya llevaba a medio fumar. El general, que no soportaba el humo del tabaco, no sólo entonces sino desde siempre, lo había dispensado de antemano:
Estoy acostumbrado –le dijo–. Manuela fuma unos más asquerosos que los suyos, hasta en la cama, y desde luego me echa el humo más cerca que usted.



271 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 91:  Retírese que huele a cachimba  
El Padre de la Patria estaba en traje de casa, cubierta la cabeza con un gorro de seda, color de cáscara de almendra. Tenía la espalda un poco cargada y tosía frecuentemente. No tenía apetito, estaba profundamente sentido por el pésimo proceder de sus amigos y molesto por los mosquitos y el calor. 

272 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 13:  
Se afeitó gobernando la navaja con igual destreza de la mano izquierda como de la derecha, pues era ambidiestro natural, y con un dominio asombroso del mismo pulso que minutos antes no le había servido para sostener la taza.

273 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 263:  
Al medio día, alentado por la música, se tomó una taza de caldo y comió masas de sagú y pollo hervido.


274 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 95 y 96: Peso como una pluma, ¿no?:  
Fernanda Barriga fue la criada que acompañó a Simón Bolívar hasta el 17 de diciembre de 1830… era oriunda de Quito, y entró al servicio del Libertador por intermedio de Manuelita Sáenz. “Yo soy la cocinera de su Excelencia”, solía decir. Decía que “Su excelencia está muy amañado con mi sazón”. Le conocía sus gusto, sus caprichos de mesa, sus horas preferidas para comer… contaba que Bolívar vivía por lo común de mal humor, y que ella no daba abasto en la cocina preparando aguas medicinales y calentando ladrillos para ponérselos en los pies, que los tenía siempre muy fríos. La mazamorra clarita de sagú fue el principal alimento del Libertador en los últimos días, y como ya estaba aburrido de tomarla, en alguna ocasión en que la solícita Fernanda se la traía, la rechazó diciendo: “¡Si vuelves con tu mazamorra, te llamaré Fernanda Séptima!”.





275 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 92:  
Sin embargo, desde el primer día de navegación, después de comerse con gran deleite dos platos seguidos de mazamorra de maíz tierno, quedó establecido que él no iba a comer nada distinto durante el viaje. “Esto parece hecho con la mano mágica de Fernanda Séptima”, dijo. Así era. Su cocinera personal en los últimos años, la quiteña Fernanda Barriga, a quien él llamaba Fernanda Séptima cuando lo obligaba a comer algo que no quería, se encontraba a bordo sin que él lo supiera. Era una india plácida, gorda, dicharachera, cuya virtud mayor no era su buena sazón en la cocina sino su instinto para complacer al general en la mesa.

276 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 93:  
Había llegado a Honda en la madrugada, y la embarcaron a escondidas en el champán de la despensa a la espera de una ocasión propicia. Ésta se presentó más pronto de lo previsto por el placer que él experimentó con la mazamorra de maíz tierno, que era su  plato más apetecido desde que su salud empezó a decaer.

277 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 150:  
Apenas si almorzó un plato de mazamorra de maíz biche que Fernanda Barriga le llevó al dormitorio mientras escribía.

278 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 93:  Póngame bueno y me voy para Francia:  
Le recomendaron como alimentos pollo, caldo y masas de sagú. El sagú era una especie de fécula que mezclaban con vino para que Bolívar la pudiera tomar. 

279 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 31:    
Atraído por el acontecimiento, alguien asoma a lo lejos en la dirección del castillo de proa. Y, sin más, comienza a caminar hacia las inmediaciones del puente. Trae puesto su uniforme de cocinero. Su mirada, inimitable y única, parece recordarle algo a Su Excelencia: aquel hombre tiene un ojo negro y azul verdoso el otro, y su piel es oscura sin ser del todo negra. 

280 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 39:    
Aún no sabe con certeza si Bernardino existe o si sólo es un espíritu supurado por las altas fiebres. Está temblando. 

281 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 60:    
Bernardino parpadea:
–  He preparado algo especial, caldo, sustancia de palomas.

282 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 115:    
Poco después entró Fernanda Barriga y trató de hacerle comer al general un plato de boronía o alboronía. Él se resistió, a pesar de que no había comido nada desde el día anterior… mientras tanto cedió a la tentación de coger una guayaba de las muchas que estaban en la totuma. Se embriagó un instante con “el olor de la guayaba”, le dio un mordisco ávido…

283 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 86:  No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé:  
Bolívar iba silencioso y cabizbajo. Con él marchaban sus edecanes, varios oficiales, un grupo de granaderos y su cocinera de varios años Fernanda Barriga, oriunda de Quito.




284 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 38:  
El cocinero vuelve a sentir que sus mejillas se encienden:
¡Habla, carajo, vomítalo todo de una vez!  ¿Está enfermo de las pelotas?
Ja, ja, ja, no me haga reír, excelencia usted siempre con sus cosas, nononó, no me haga reír, ja, ja, ja, eso es lo que dicen, sisisí, qué cosas suceden en este mundo.
No estamos para carajadas, negro, mira este viaje, mira este viaje en tinieblas, y encima te ríes. Ahí están pintados esos cabrones de médicos.
Son médicos importantes, Excelencia, no lo crea, de Cartagena y Santa Marta, y hasta de Mompox.
Deja ahí las cosas, negro, déjalas quietas que todos son iguales. Son muebles de lujo simplemente, deja eso así.

285 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 41:  
El ojo azul (del negro tuerto que ha sido asignado como cocinero del champán) parece colgar de su percha.
¿Dónde, carajo, naciste?
En Sabanilla, nací en Sabanilla. Soy de las filas del coronel Joaquín Posada Gutiérrez.
¿En Sabanilla? Entonces juro que tú eres el negro…
Bernardino.
¿Bernardino? ¡El negro Bernardino! ¿Con que tú eres el famoso negro Bernardino! ¡Tuerto cabrón! ¡Quién habría de creerlo, carajo!

(Es un lapsus de Fernando Cruz Kronfly, pues aquí llama coronel al general Posada Gutiérrez).


286 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 64:
El general Joaquín Posada Gutiérrez, gobernador de la provincia, había precedido en dos días a la comitiva para anunciar su llegada en los lugares donde debía hacer noche, y para prevenir a las autoridades sobre el grave estado de salud del general Bolívar.

287 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 86:  No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé
En Honda lo esperaban los más prestantes personajes del puerto. Aquí se hospedó en la casa preparada por el general Joaquín Posada Gutiérrez.

288 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 172:
Bernardino sube, baja su rostro lavado, pone a brillar un ojo más que el otro mientras improvisa enigmáticas señales.
¿Tienes caldo?
¿De paloma? ¿Sólo eso?
No, aguarda, y en un plato por separado algo de lentejas, arroz y ají picante.

289 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 271:
Alguien trae a la mesa los condimentos: ají, pimienta. Le fascinan.

290 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 31:  Extravagancias al pasarse de tragos
En casos especiales, permitía que en la mesa colocaran una botella de vino. En la comida tomaba dos o tres copitas de vino tinto de Burdeos, generalmente sin agua, o de Madera, y una o dos de champaña. Pasaban días sin que probara el café. Comía bastante en el almuerzo y en la cena, y comía mucho ají o pimienta, pero prefería lo primero.

291 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 272:    
Esa misma persona coloca después una botella de Madera previamente descorchada. Su Excelencia se sirve, bebe.


292 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 150:    
La luz era una harina de oro que se filtraba por la fronda de los naranjos al cabo de tres días de lluvias, y alborotaba a los pájaros entre los azahares. El general les puso atención un instante, los situó en el alma, y casi suspiró:
Menos mal que todavía cantan.
(¡Qué imagen tan bella la de los rayos de sol como harina de oro!).

293 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 97:  
En algunos recodos… se notaban ya los primeros destrozos hechos por las tripulaciones de los buques de vapor para alimentar las calderas. “Los peces tendrán que aprender a caminar sobre la tierra porque las aguas se acabarán”, dijo él.

294 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 58:  Escándalo de alcoba por un arete
A Bolívar le encantaba la naturaleza. Siempre aconsejó la conservación de los recursos naturales. En una ocasión prohibió la tala irracional de bosques y la caza excesiva. Fue un ecólogo. Los pintorescos valles y las grandes caídas de agua lo deleitaban. A veces quería hacer parte del panorama imponente. Un hermoso paisaje le colmaba el corazón de alegría. Divisó, al caer la tarde, desde lo más alto del Quindío, o Cordillera Central, el espléndido Valle del Cauca. Bolívar, pasmado ante tanta belleza, exclamó: ¡Oh! ¡Ni los campos de la Toscana! ¡Este valle es el jardín de América!  El Libertador también gozó observando los armoniosos vallejuelos y las apacibles colinas boyacenses. En varias oportunidades elogió, cálidamente, a estas tierras de “sol y luna”.

295 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 87:  No quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé:  
El director de las minas de plata de Santa Ana invitó al Libertador a pasar un día en aquel lugar, distante unas seis leguas de la ciudad… Al subir el cerro que separa la pequeña colina de Santa Ana de los llanos de Mariquita, Bolívar se detuvo a contemplar el panorama espléndido. Luego de un rato de silencio, expresó:
Qué grandeza, ¡qué magnificencia! ¡Dios, se ve, se siente, se palpa! ¿Cómo puede haber hombres que lo nieguen?
El Libertador conoció las minas y retornó a Honda.

296 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 52:  
La noche era fresca, y una enorme luna anaranjada empezaba a alzarse entre los cerros, pero él ya no tenía humor para verla.

297 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 47:  
La llovizna cesó poco después, el cielo se tornó de un azul radiante, y dos volcanes nevados permanecieron inmóviles en el horizonte por el resto de la jornada. Pero esta vez él no dio muestras de su pasión por la naturaleza.



298 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 79:
José Palacios no ocultó su disgusto por la falta de consideración con que fueron programados los tres días de Honda. La invitación más sorprendente fue un paseo a las minas de plata de Santa Ana, a seis leguas de allí, pero más sorprendente que descendiera a una galería subterránea. Peor aún: en el camino de regreso, a pesar de que tenía fiebre alta y la cabeza a punto de estallar por la jaqueca, se echó a nadar en un remanso del río. Lejos estaban los días en que apostaba a cruzar un torrente llanero con una mano amarrada, y aun así ganarle al nadador más diestro. Esta vez, de todos modos, nadó sin fatiga durante media hora, pero quienes vieron su costillar de perro y sus piernas raquíticas no entendieron que pudiera seguir vivo con tan poco cuerpo. 

299 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 10:  
Vio de nuevo los socavones de Santa Ana, oscuros como recuerdos en el alma invisible. 

300 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 36:  
¿Sería cierto que visitó las minas de Santa Ana, donde el mineral de plata brilló en las galerías subterráneas en respuesta a las lámparas de aceite de los mineros ingleses? 






301 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 32:  Extravagancias al pasarse de tragos:  
Bolívar saltó sobre la mesa, vació su copa y la estrelló contra la pared de la sala. Quedó terminado el banquete y todos se retiraron. Eran las pataletas del Libertador, cuya voz era bronca en sus momentos de mal humor.
(Aquí la expresión bronca no se refiere al timbre sino al hablar agrio de  esos momentos).

302 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 84:  El único que me ha dicho la verdad:  
Recordaban los que asistieron al baile, que la voz de Bolívar era muy delgada… su voz no sólo era delgada, sino tan aguda, que en otro hombre habría parecido ridícula… una voz chillona, pero de temible imperativo y como acostumbrada al mando… era la voz de Bolívar.


303 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 107:  
José Palacios la avistó por las ventanas del toldo, y se inclinó sobre la hamaca donde yacía el general con los ojos cerrados.
Señor –dijo–, estamos en Mompox.
Tierra de Dios –dijo el general sin abrir los ojos… y volvió a replicar sin abrir los ojos–. Mompox no existe. A veces soñamos con ella, pero no existe.
Por lo menos puedo dar fe de que existe la torre de Santa Bárbara –dijo José Palacios–, desde aquí la estoy viendo. 




304 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 130:  
(Capítulo dieciseis)
Palacios llama a la puerta desde hace rato… Abre la puerta:
¿Qué es la joda, carajo?
Perdone usted la interrupción, general, pero ahora mismo estamos pasando por Mompox.
¡Cómo ha de ser!
Ahí lo tiene, mírelo usted mismo, mírelo, mírelo, ¿no lo recuerda?






305 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 25: El héroe aficionado al baile  
En 1805, cuando estaba en París y aún carecía de una idea fija acerca de su destino, Bolívar extrajo la pasión por el baile. En Europa, el vals con sus románticos compases convidaba a los jóvenes elegantes y enamorados, y Bolívar… “Incansable valseador es capaz de estar bailando muchas horas sin parar, sobre todo si hay una mujer que le agrade y le resista; si ésta abandona el partido, toma otra; aún en plena guerra no perderá esta costumbre”, dice uno de sus biógrafos… Louis Perú de Lacroix cuenta: “Sean cuales fueren las fatigas de la jornada, bailará un poquito, luego se irá a juntar con sus ayudantes, trabajará, dará órdenes. Una hora después otra vez volvería al baile. Sus ideas eran entonces más tenaces y su estilo más elegante”… Pero aunque en mayo de 1830 salió muy enfermo de Bogotá con destino a Santa Marta, en el puerto de Honda, por la noche, no obstante su fatiga y debilidad, asistió a un baile que los principales le habían preparado como afectuoso homenaje.



306 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 32:  Extravagancias al pasarse de tragos  
El coronel Francisco Burnett O´Connor, cuyos recuerdos fueron editados en La Paz, cuenta que “En un homenaje pronunciaba las últimas palabras de un brindis, cuando Bolívar, lleno de entusiasmo, gritó”:
¡Este es mi brindis…!
“Saltó sobre la mesa… su copa la estrelló contra la pared de la sala. Quedó terminado el banquete y todos se retiraron”.



307 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 81:  
La última noche de Honda abrieron la fiesta con el valse de la victoria, y él esperó que lo repitieran. Pero en vista de que no lo repetían se levantó de golpe, se puso la misma ropa de montar que había usado en la excursión a las minas, y se presentó en el baile sin ser anunciado. Bailó casi tres horas, haciendo repetir la pieza cada vez que cambiaba de pareja, tratando quizás de reconstituir el esplendor de antaño con las cenizas de sus nostalgias (¿Tratando repetir o tratando de repetir?)…  Pues el baile era para él una pasión tan dominante, que bailaba sin pareja cuando no la había, o bailaba solo la música que él mismo silbaba, y expresaba sus grandes júbilos subiéndose a bailar en la mesa del comedor.

308 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 187:    
Tan pronto como se quedó solo aquella noche, se levantó para reunirse con Itúrbide, que seguía conversando con otros oficiales en torno a la fogata del patio. Lo hizo cantar hasta el amanecer acompañado con la guitarra por el coronel José de la Cruz Paredes, y todos se dieron cuenta de su mal estado de ánimo por las canciones que solicitaba. De su segundo viaje a Europa había vuelto entusiasmado con los cuplés de moda, y los cantaba con toda la voz y los bailaba con una gracia insuperable en las bodas de los mantuanos de Caracas. Las guerras le cambiaron el gusto. Las canciones románticas de inspiración popular que lo habían llevado de la mano por los mares de dudas de sus primeros amores, fueron sustituidas por los valses suntuosos y las marchas triunfales.

309 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 263:  
El general reaccionó de buen modo a la virtud sedante de la música. Se hizo repetir varias veces La Trinitaria, su contradanza favorita, que se había hecho popular porque él mismo repartía en otra época las copias de la partitura por dondequiera que andaba… llevaba el compás con la cabeza erizada por los troncos del cabello que le empezaba a renacer. Al final de cada pieza aplaudía con la decencia convencional que aprendió en la Ópera de París.


310 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 138:  
Su Excelencia baila La generala, chupa la boca de Manuela agrandada por el espíritu del vino, no cabe en sus calzones. 

311 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 77:  
Juega ropilla, tresillo, bebe con moderación unas cuantas copas de Madera…  

312 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 77: Tengo las manos negras de tanto que me las miran las mujeres  
Según refiere el cronista José Caicedo Rojas…”Pero aquella figura demacrada y casi senil, a los 43 años, sobresalía en medio de todos y dominaba la concurrencia, en que siempre hacía centro: tanto era el poder del genio que brillaba en su mente, en su mirada y en todos sus movimientos”. El Libertador puso la primera contradanza, como era de rigor, con la señora del dueño de casa; luego bailó tres piezas con las principales damas, y poco después de media noche se retiró, sin pasar a la espléndida mesa que estaba preparada. En los intermedios, se acercaba a las jóvenes que habían ejecutado los minuetos, boleros y el ondú, baile traído del Perú, muy elegante, y las felicitaba con palabras galantes. Apenas tres vinos se tomó esa noche.
(El entusiasmo del cronista lo hace oír boleros cuando no los había. El bolero tuvo inicios en Cuba en 1886, y el bolero español del corte del francés Maurice Ravel no era un ritmo bailable).

313 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 70:  
Temiendo una nueva prueba de fuerza en aquella noche de Guaduas, el general Carreño le hizo al coronel Wilson una señal de que empezara a perder. Wilson no le hizo caso. Luego, cuando éste pidió una tregua de cinco minutos, lo siguió a lo largo de la terraza y lo encontró desaguando sus rencores amoniacales cobre los tiestos de geranios.
Coronel Wilson –le ordenó el general Carreño–, ¡Firme!
Wilson le replicó sin volver la cabeza:
Espérese a que termine.
Terminó con toda calma, y se volvió abotonándose la bragueta.
Empiece a perder –le dijo el general Carreño–. Aunque sea como un acto de consideración por un amigo en desgracia.
Me resisto a hacerle a nadie semejante afrenta –dijo Wilson con un punto de ironía.
¡Es una orden! –dijo Carreño.
Wilson, en posición de firmes, lo miró desde su altura con un desprecio imperial. Después volvió a la mesa de juegos, y empezó a perder. El general Bolívar se dio cuenta.
No es necesario que lo haga tan mal, mi querido Wilson –dijo–, al fin y al cabo es justo que nos vayamos a dormir.

314 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 20 y 21:  Entre el juego y la misa  
Simón Bolívar estando joven anduvo de francachela por Europa y por algún tiempo hizo las veces de tahúr… Después aborreció el vicio del juego… Sólo por distracción y por tener la oportunidad de conocer íntimamente a las personas, en los últimos veinte años de su vida echaba chicos de naipe en lugares privados… jugaba ropilla o tresillo con sus oficiales de más confianza apostando poco dinero y solía irritarse al perder una partida… Se creía buen jugador de ropilla, deseaba siempre ganar y a veces se disgustaba… Varias veces fue visto botar los naipes, el dinero y abandonar el juego.


315 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 42:  Ordena fusilar sin balas  
El 20 de octubre de 1821 estaba Bolívar en Tunja. Un alcalde de un pueblo del norte boyacense, con ínfulas de orador y de literato, detuvo al Libertador en el campo para soltarle una arenga.
Excelentísimo señor –dijo el alcalde–, cuando César pasó el Rubicón… cuando César pasó el Rubicón… 
Y repitió la frase tres veces, sin acertar a continuar, perturbado por la emoción.
Cuando César pasó el Rubicón, ya había almorzado –dijo Bolívar, dejándolo con un palmo de narices al pique de su caballo.


316 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 76:  
Una niña de diez años con alas de ángel y un traje de volantes de organza recitó de memoria, ahogándose en la prisa, una oda a las glorias del General. Pero se equivocó, volvió a empezar por donde no era, se le traspapeló sin remedio, y sin saber qué hacer fijó en él sus ojitos de pánico. El general le hizo una sonrisa de complicidad y le recordó los versos en voz baja:
–  El brillo de su espada / es el vivo reflejo de su gloria.



317 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 136:  
Cuando por fin dispuso de su herencia por mayoría de edad emprendió el género de vida que el frenesí de la época y los bríos de su carácter le reclamaban, y se gastó cincuenta mil francos en tres meses y le contaba a todo el que se lo creyera que había perdido tres mil pesos en una mala noche de ruleta.

318 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 13:  Un joven rico, derrochador y trotamundos  
Su tío y  tutor, Pedro Palacios, le escribe a Esteban su hermano quejándose de que Bolívar había gastado demasiado:
El Simón ha gastado infinito en su viaje, superfluamente; y así es necesario contenerlo.



319 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 60:  Obsequio en Popayán y brindis en Potosí:  
El Libertador se presentó en el baile acompañado por sus edecanes y demás oficiales del Ejército, la mayor parte “morenos quemados” que habían hecho las campañas del Apure y Nueva Granada. Los zambitos les producían risa y repugnancia a las damas jóvenes de Popayán, no obstante su encendido patriotismo… Ya creían las damas que estaban salvadas del “peligro de bailar con los negros que les caían mal”… Sin preámbulos, el Libertador se dirigió a la señorita Javiera Moure, que era la que en ese momento tenía más cerca, y con galantería y suavidad la tomó de una mano, diciéndole con una sonrisa: “Señorita, usted me hace el favor de bailar con mi bravo coronel Carvajal, a quien tengo el honor de presentarle”.


320 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 166 y 167:    
Todos eran venezolanos, salvo Agustín Itúrbide Jr. y los edecanes europeos, y casi todos eran parientes sanguíneos o políticos del general: Fernando Bolívar, José Laurencio Silva, los hermano Diego y Andrés Ibarra, Pedro Briceño Méndez. Los vínculos de sangre los identificaban y los unían. Uno era distinto: José Laurencio Silva, hijo de la comadrona del pueblo de El Tinaco, en los Llanos, y de un pescador del río. Por su padre y por su madre era moreno oscuro, de la clase disminuída de los pardos, pero el general lo había casado con Felicia, otra de sus sobrinas… la única contrariedad que le causó su condición de pardo fue el ser rechazado por una dama de la aristocracia local en un baile de gala. El general pidió entonces que repitieran el valse y lo bailó con él.

321 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 33:  Extravagancias al pasarse de tragos  
Algunos días antes de la salida de Bolívar de Kingston para la isla de Haití, en 1816, supo que la dueña de la posada en que estaba alojado con el general Pedro Briceño Méndez y sus edecanes Rafael Antonio Páez y Ramón Chipía, había insultado a este último. El Libertador no sólo reconvino fuertemente a la señora sino que decidió mudar de alojamiento…, aunque no informó a nadie de su propósito.

322 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 136 y 137:
Su Excelencia se pasea nervioso por los corredores a la espera del resultado en Ayacucho. El mariscal Antonio José de Sucre debió reemplazarlo al frente de sus tropas y marchó de inmediato en busca de los ejércitos del Rey… Hasta que una tarde, con gran estruendo, alguien cae de su cabalgadura. Todavía habla cosas incoherentes, sus ropas se observan picoteadas por las águilas, los cóndores hambrientos. También su piel. Está boca abajo, inmóvil, irreconocible. Pero cuando Su Excelencia da vuelta a su cuerpo con el pie derecho, reconoce que se trata del capitán Alarcón. En sus manos agujereadas por la acción de las larvas tiembla un papel firmado por el Mariscal Sucre:
¡General, hemos derrotado al Rey de España!
Su Excelencia grita, brinca, corre a abrazar a Manuela mientras otros atienden al capitán Alarcón.

323 Juan Roca Lemus–Rubayata– Bolívar entre el cielo y la tierra, pag. 49:
Hay relampagueo de lanzas. Y las victorias van siendo ensartadas como diamantino collar. Eso que se ve, es increíble. Páez se abisma:
¿El Negro Primero, Pedro Camejo, viene acaballado y en fuga? 
Pues, ¡No!: Viene atravesado a lanza, se llega hasta su jefe y le grita:
¡General: vengo a decirle adiós, porque estoy muerto!
Y se desplaman, él y su cabalgadura relinchadora.


324 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 88 y 89:    
Fernando toma a su tío por el brazo, lo invita al comedor…
¿Dices que lo recordado no es lo mismo que lo sucedido?

(Gabriel García Márquez dice que “Las cosas no son como sucedieron sino como uno las recuerda”).

325 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 174:  
El cinturón de baluartes invencibles, las murallas de Cartagena, que don Felipe II había querido conocer con sus aparatos de larga vista desde los miradores de El Escorial, en el otro lado del Atlántico, era apenas imaginable entre matorrales.

326 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 188:    
En el colegio militar nos enseñaban a hacer la guerra en el papel… el coronel disparaba un cañonazo para que fuéramos acostumbrándonos al susto de la explosión y al olor de la pólvora… el más famoso de los maestros era un lisiado inglés que nos enseñaba a caernos muertos de los caballos.

327 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 201:  
El general Rafael Urdaneta se tomó el poder el 5 de septiembre de 1830. Era el primer golpe de estado en la república de Colombia, y la primera de las cuarenta y nueve guerras civiles que habíamos de sufrir en lo que faltaba del siglo XIX.
(Es de pensar que Gabriel García Márquez se tomó el trabajo de contarlas, o se asesoró debidamente).

328 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 261:  
Una tarde, mientras el general yacía en el sopor de la fiebre, alguien en la terraza despotricaba a voz en cuello por el abuso de cobrar doce pesos con veintitres centavos por media docena de tablas, doscientos veinticinco clavos, seiscientas tachuelas corrientes, cincuenta de las doradas, diez varas de madapolán, diez varas de cinta de manila y seis varas de cinta negra.
(Para imaginar esta escena y hacer esta precisión, Gabriel García Márquez tuvo que averiguar en alguna funeraria cuánto costaba la fabricación de un ataúd).

329 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 158:  
Esta vez Manuela necesitó de más tiempo para que él le permitiera seguirlo, pero cuando por fin lo hizo fue una mudanza de gitanos, con los baúles errantes en una docena de mulas, sus esclavas inmortales, y once gatos, seis perros, tres micos educados en el arte de las obscenidades palaciegas, un oso amaestrado para ensartar agujas, y nueve jaulas de loros y guacamayas que despotricaban contra Santander en tres idiomas.

330 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 120 y 121:  
Era una visión de prodigio: la coraza de oro de la momposina Josefa Sagrario compuesta por toda clase de primores de orfebrería con un peso total de treinta libras. Había además un cajón con veintitres tenedores, veinticinco cuchillos, veinticuatro cuacharas, veintitres cucharitas, y unas tenazas pequeñas para coger el azúcar, todo de oro, y otros útiles domésticos de gran valor, también dejados bajo custodia en diversas ocasiones, y también olvidados.
(Apareció la impronta garcíamarquiana de llevarlo todo a estadísticas de realismo mágico).

331 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 12:  
José Palacios, el mayordomo, anunció:
Sábado 8 de mayo del año treinta, día en que los ingleses flecharon a Juana de Arco,  Está lloviendo desde las tres de la madrugada.
Desde las tres de la madrugada del siglo diecisiete –dijo el general con la voz todavía perturbada por el aliento acre del insomnio. Y agregó en serio–. No oí los gallos.
Aquí no hay gallos –dijo José Palacios.
No hay nada, es tierra de infieles –dijo el general.


332 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 54:
Una peste súbita que fulminaba a las bestias en plena marcha había dejado en el Llano un reguero pestilente de catorce leguas de caballos muertos.
(El realismo mágico es una forma de decir las cosas).


333 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 15:  
Leía a la luz escasa de la palmatoria un libro que se llamaba Lección de noticias y rumores que corrieron por Lima en el año de gracia de 1826, del peruano Noé Calzadilla, con unos énfasis teatrales que le iban muy bien al estilo del autor.
(Gabriel García Márquez no tiene por qué saberlo, pero supone que si en las bibliotecas hay un libro publicado en Lima en 1826, Bolívar tuvo que haberlo leído, entonces lo introduce en su obra).


334 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 142:    
A pesar de que veía luciérnagas donde no las había, a causa de la fiebre y el dolor de cabeza, se sobrepuso a la somnolencia que le entorpecía los sentidos, y le dictó tres cartas a Fernando.

335 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 182:    
Camina rumbo a la puerta pero un escuadrón de hojas que tropieza en el biombo lo detiene. Mariposas de terciopelo, cáscaras afelpadas de barrigas redondas, agomadas atraviesan el biombo, se cuelan, dan vueltas en el sereno suspenso del comedor… las mariposas flotan, trazan trayectorias, rayan la pizarra de la escasa luz y se estrellan contra los mugrosos cristales de las lámparas. Algunas revientan con el impacto en el vidrio encendido, otras consiguen filtrarse por la ranura del mechero y agitan sus alas en el fuego, se consumen. Al principio las llamas de las lámparas resisten los gualdrapazos, flamean sin extinguirse y queman las patas, las puntas de los alerones. Hay humo orgánico, olor de chamusquina, fetidez de grasa frita. Pero con la fuerza de la invasión el fuego cede, se debilita, se extingue hasta dejar el comedor en tinieblas:
¿Vieron eso, carajo? ¡Nos están invadiendo otra vez estos animales!
Sí, estamos en invierno y la luna va en creciente, eso es todo.


336 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 188 y 189:  
Palacios tiene los ojos húmedos.
Hipólita me contó.
¿Ésa? ¿Te contó qué?
Que de niño usted se despertaba llorando, que parecía un gato.
¡Negra cabrona! ¿Y qué?
De miedo.
Ella lo sabe todo de mí. Mírala, mírala allí a mamá. Ya había muerto pero yo la seguía viendo todas las noches.

337 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 193:  
Pero cuando empuja la puerta ve la imagen de un caballo salir del mamparo. No es Pastor, su caballo blanco, ni es Fraile. Es otro. Al lado del animal cuaja enseguida la imagen de una mujer:
¿Quién vive, carajo?
Casilda, Casilda la agorera, general –ríe la mujer.
¿Casilda?
¿Y es que acaso no me recuerda, señor? Vengo a cumplir la promesa que le hice un día en Santa Rosa, la que le hizo mi hijo por el camino de Tunja. Vengo a traerle el potro, general. Vengo a traerle a Palomo.

338 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 139:    
De modo que estaba otra vez en Turbaco. En la misma casa de aposentos umbríos… y el patio monástico donde había visto el fantasma de don Antonio Caballero y Góngora, arzobispo y virrey de la Nueva Granada, que en noches de luna se aliviaba de sus muchas culpas y deudas insolubles paseándose por entre los naranjos.


339 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 104:  
Esa noche, mientras deambulaba por el galpón donde le colgaron la hamaca para dormir, había visto una mujer que se volvió a mirarlo al pasar, y él se sorprendió de que ella no se sorprendiera de su desnudez. Oyó hasta las palabras de la canción que iba murmurando: “Dime que nunca es tarde para morir de amor”. El celador de la casa estaba despierto en el cobertizo del pórtico.
¿Hay alguna mujer aquí? –le preguntó el general.
Digna de Su Excelencia, ninguna –dijo el hombre con seguridad.
¿E indigna de mi excelencia?
Tampoco. No hay ninguna mujer a menos de una legua –dijo el celador.
(Aquí hay un fantasma cruzkronflyano introducido en la novela de Gabriel García Márquez)


340 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 120 a 123:  
Es el mismo hombre de la levantadora de seda del otro día. Ahora viste impecable… 
Calma, calma, somos los hombres de las leyes, señor, los hombres de una patria en formación. Entrégueme usted el documento ya mismo y verá que pronto lo entenderá todo… Precisamente para eso estoy aquí, déjeme obrar con manos libres, se lo ruego, es cuestión de paciencia y un poco de comprensión.
¿Se encargará usted del trámite, del pasaporte y la libranza?
(Este personaje, es un leguleyo que Gabriel García Márquez ha introducido en su novela encargándolo de hacer gestiones para el General ante los poderes de la capital. Lo pinta bartolino y leguleyo, pendiente de firmas, sellos, estampillas, huellas frescas y papeleos que no terminan. Es decir, una caricatura de abogado que sorprende por ser Fernando Cruz Kronfly abogado él mismo. O sea que los conoce. Fernando Cruz Kronfly inicia aquí otra historia que podría titular: “El General no tiene quién le escriba”).

341 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 120:  
El hombre busca en los bolsillos de su saco y coloca un envoltorio sobre la mesa. Lo abre, como las mujeres del mercado desanudan los pañuelos que cargan en su seno: timbres, sellos de todas las denominaciones, trozos de actas copiadas en caracteres diminutos, codificaciones con su articulado, parágrafos, numerales e incisos, transcrito todo en letras microscópicas vestidas de santo, plumas para escribir, secantes de tinta, frascos con tinturas de diferentes colores y demás útiles de oficina.
(Si el que pinta este paisaje fuera Gabriel García Márquez se entendería, pero es Fernando Cruz Kronfly burlándose de sus colegas).


342 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 73:    
Una de las dos esclavas de Manuelita, Jonotás vestida de soldado, mugrienta, exhalando su vaho mortal. Perfume de vinagre en los años de la piel, de fermento de pocas aguas. Orines, heces adheridas al pellejo durante una meritoria labor de décadas. Está sola sin Natán, su compañera (pag 207):
¡Hey! ¿Qué haces allí?
Jonotás sonríe, ríe, carcajea…
Noche misteriosa, confusa, borrón sin límite entre lo verdadero y lo soñado. ¿Acaso lo soñado no es también lo verdadero?

343 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 143:  
Pasa Natán llevando una ponchera con agua fresca para el baño de su señora, un pan de jabón perfumado, aquella toalla blanca entibiecida en los alambres al sol. Casi inmediatamente detrás cruza Jonotás, alborotando con sus carcajadas y sus sucias botas de soldado. Lleva puesto su uniforme militar, pestilente, casi adherido al cuerpo. 

344 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 157:  
De repente, Jonotás lanza un grito desgarrador, irrumpe en el salón dispuesta a ejecutar la maroma mortal que muchos oficiales le imploran. Están ebrios, exhiben sus labios rajados por las huellas del vino. Ahí está el coronel Fergusson, rojo irlandés hinchado de alcohol, palmoteando las contorsiones de Jonotás. La esclava tiene sus esclavos, se los merece. Jonotás se dispone a bailar en cuclillas hasta dejar sus genitales impresos en el piso… a su lado alborota el almizcle, un penetrante talco de pestilencias orgánicas. 


345 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 73:  
Su Excelencia conversa en el vacío, murmura, imagina sus cartas de los próximos días, se anticipa a los acontecimientos. Sin el pasaporte su salida de la patria no es posible. Sus enemigos lo desean en el destierro pero el documento no llega:
Señor Caicedo, señor Caicedo, mándeme usted el pasaporte que me prometió… ¿Tan pronto se olvidó usted de su promesa, señor Caicedo?
De rodillas en el lecho abre la ventana hacia la noche que empieza. Luego se tumba y ve a Jonotás bajo las lámparas encendidas de algún instante del pasado. Visión diabólica, entretenido, de todos modos independiente de sus fiebres vesperales. 

346 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 77:  
Se pierde entre las fiebres, visitado de imágenes como quien ingresa de pronto en una floresta desconocida donde parte de las presencias guardan sin embargo cierta fidelidad a la memoria. José Ramón Rodil. Lo ve, ensangrentado bajo su transparente piel, enseñando los huesos de su esqueleto. Huesos arropados por un pellejo flojo, seco, consumido. Rodil plantado en el centro de la fortaleza donde jamás lo vio, aquella fortaleza de piedra que cuidaba el paso hacia el Callao.

347 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 63:  Sabía batirse a lanzazo limpio
Según cuentan Antonio Leocadio Guzmán y José Fulgencio Gutiérrez, los días que en el Rodil defendía valientemente la plaza de El Callao contra los patriotas, uno de sus defensores ganó fama de invulnerable y por demás arriesgado. Era el zambo Atanasio, llamado El Brujo, quien llevaba siempre un talismán compuesto de piedra de ara, colmillo de caimán y la oración del justo juez…  

348 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 201:  
En los campos de batalla la patria es siempre algo simple de definir: la lanza que se clava en el vientre, en el pecho enemigo; la fuga de cualquier Valdés; la imagen luminosa de un Rodil abandonando la fortaleza del Callao con el pellejo pegado a sus huesos… rumbo a España. 

349 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 205-208:  
Los árboles, tal vez manglares, parecen hombres clavados en un trance de total autismo. Y allí, lelo de nuevo en lo invisible, absorto en lo que existe del otro lado de la ventana que nunca llegó, Su Excelencia ve otra vez lo que Córdoba le contó un día:
24 de julio, día de aniversario:
Pomposa, en la Quinta, Manuela hace clap-clap con sus manos, da los últimos toques visuales a los bocados…
¡Fusilémoslo!
El muñeco no tiene rostro, ni gesto, ninguna insignia… Jonotás orina de la risa… Natán está asustada… Crofston ordena al pelotón de fusilamiento cerrar filas… Están delante de la efigie de Santander, el Vicepresidente de la República… 
¡Atención, Firrr!, ¡Fuego!!!
El muñeco desaparece derretido por la pólvora y las balas.


350 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 80:  
Delante de sus ojos está Jorge Washington, quien ha venido hasta las costas del Perú para traerle de obsequio una medalla.
¿Jorge Washington?
Sí, míralo, míralo al pobre picado por los mosquitos, mírale el pellejo.
No es él, él jamás vino al Perú, ¿cómo podría ser él?

351 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 24 y 27:  
En el centro de una cortina de fino talco solar aparece la distante orilla del Magdalena, poblada de árboles gigantes. Uno de ellos, barrido de hojas, se observa cubierto de aves blancas de picos puntudos como agujas negras. Las patas acuáticas, largas, de color amarillo:
¿Ves aquello?
¿Veo qué, general?
Aquello…
¿Los estás viendo a todos, José? Los generales que han venido a despedirme, ¿no los ves acaso?
Los generales quedaron atrás, Excelencia, hace rato quedaron atrás, en Honda. ¿Tiene usted fiebre?
Tócame la frente. ¡Míralos!, ¡míralos! Míralos en la orilla, ¿son esos los generales?
Su Excelencia distrae sus ojos hacia un lugar vacío, y grita:
Míralos, míralos allí, ¿no te lo decía?
Mira por última vez el árbol donde acaba de ver los pájaros de su muerte, cierra la ventana, permanece en silencio.


352 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 27, 33 y 39:  
No ha terminado de recaudar el recuerdo de Manuelita, cuando escucha movimientos extraños en el techo de su camarote… el movimiento de tropas parece estar ocurriendo sólo arriba… Uno de ellos grita una orden y el resto de la tropa responde golpeando las tablas…
¿Lo has oído todo, José? ¿Qué piensas que sucede allá arriba? Tócame la frente.
¿Cuál gente? Arriba sólo existen dos o tres salones abandonados donde se guardan algunos archivos, desperdicios y, por supuesto, grandes ratas de mar. Ya sabe que en nuestros barcos no pueden faltar esos tales animales. ¿Tiene calentura? 
Su Excelencia tambalea, cierra y abre sus ojos. Aún no sabe con certeza si Bernardino existe o si sólo es un espíritu supurado por las altas fiebres. Está temblando.



353 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 48:  
No sabe exactamente de qué se trata, pero está seguro de haber visto a alguien cuando salía del cuarto de máquinas cargando un portafolio, vestido con una especie de camisola de baño de roja seda brillante.



354 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 80:  
La nave de la ventana vuelve a azotarse con más fuerza que antes, Su Excelencia se incorpora en su camastro. Asomada en ella, borrosa fotografía, se observa la imagen de una joven:
Perdón, señor, me llamo Jeannette.
¿Jeannette?
Sí Excelencia, de los Hart de Connecticut.
¡Oh, señora mía!



355 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 82:  
De pronto alguien empuja al hombre que asoma en la ventana… destapa el rostro de una mujer: es María Antonia, su hermana más querida…
Mírame, ¿eres tú?
¿Y quién más, majadero? Ven, acércate, óyeme lo que te voy a advertir…
La imagen empieza a desaparecer.

356 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 126:  
Siente un ruido, un resoplido, tiembla. Al lado de sus baúles de viaje, saliendo del mamparo de madera, ve venir su caballo. Su excelencia da un salto, queda sentado en el borde del camastro:
¡Ven, ven Pastor!  ¿Qué te pasa?
El caballo atraviesa el mamparo, termina de salir, resopla, cabecea extrañando el aliento de los objetos próximos, rema con sus manos.
(Este Pastor que saca a relucir Fernando Cruz Kronfly no sé si es el nombre de uno de los muchos caballos del Libertador o es un invento del novelista, pero su fantasma también llega a acompañarlo en sus fiebres de esta novela).

357 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 89:  
Su Excelencia también ríe:
–  ¿Mi nombre? Lord Byron, señor.
La visión huye.

358 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 127 y 128:  
Suena un frío en la ventana:
¿Quién vive?
Ve la imagen que ha golpeado, la cabellera, la cofia.
–  ¡Teresa! ¿Ahora eres tú? ¿De verdad que ahora eres tú?
Quiere palparla pero Teresa lo detiene:
Espera un momento, amor, espera, no me toques, me volvería polvo en un instante, deja quieta esa mano.
En el nombre de Dios, ¿a qué has venido?
Sufro…Haz un esfuerzo, niño, recuérdalo, qué ingrato eres: ¿Por qué te han echado ceniza encima?

359 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 128:  
La imagen sonríe, muestra sus dientes perfectos, los labios pintados…
–  ¿Fanny? ¡No puede ser, no puede ser?
Su Excelencia tiene la rara certeza de haber hablado… a solas, poniendo a volar sus manos…

360 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 152:  
No ve a nadie, pero de pronto en la ventana se dibuja alguien…
¡Oh!, ¡No es posible!  Mi querido Robinson, ¿tú aquí? Te hacía muerto.
La voz de Robinson es firme, escarpada.
(Este Robinson es su maestro Simón Rodríguez).

361 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 71:  
Bolívar siempre le conservó a su maestro Simón Rodríguez gran cariño y honda gratitud…
–  ¡Oh, mi maestro! ¡Oh, mi amigo! ¡Oh, mi Robinson!



362 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 71:  
Cuando ya había alcanzado la gloria y andaba ocupado en asegurar la libertad del Perú, Bolívar le escribió a Rodríguez desde Pativilca una hermosa carta, algunos de cuyos apartes son los siguientes:
Nadie más que yo sabe lo que usted quiere a nuestra adorada Colombia. ¿Se acuerda usted cuando fuimos al Monte Sacro, en Roma, a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la Patria?
(Alguna vez oí el chiste de que Bolívar no había subido con su maestro al Monte Sacro para llevarse la mano al pecho a lo Napoleón y pronunciar las palabras: “Juro, por mi madre, que regresaré a mi patria y la libertaré”, como dicen las enciclopedias, sino que se metió la mano al bolsillo y, dando un paso adelante le dijo al profesor Rodríguez: “Me corto una güeva si no soy capaz de sacar a esos hijueputas españoles de allá”. Gabriel García Márquez debió escuchar esta versión porque la incluye en su libro maquillándola un poquito).

363 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 135:  
En una de las colinas, viendo a Roma a sus pies, don Simón Rodríguez le soltó una de sus profecías altisonantes sobre el destino de las Américas. Él lo vio más claro:
Lo que hay que hacer con esos chapetones de porra es sacarlos a patadas de Venezuela –dijo–. Y le juro que lo voy a hacer.






364 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 14:  
Donde los edecanes de guardia jugaron a las barajas hasta mucho después que terminó la visita.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 52:  
Antes que acabaran de comer pidió permiso para levantarse.
(Aquí hace falta un de. El dequeísmo tiene su antidequeísmo. La clave es la pregunta: ¿Hasta después de qué? Hasta después de que terminó la visita).

365 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 47:  
Se oyó un mismo grito distante: “¡Longaniiizo!”. 
(Aquí hay una acumulación de signos de puntuación: dos puntos, comillas y admiración para abrir; y los mismos con un punto seguido para cerrar. El escritor alarga las íes para demostrar que se trató de un grito. A mí estos recursos me parecen necesarios, contra el parecer de algunos críticos).

366 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 90:    
Fernando interviene:
Su Excelencia desea algo de fruta. Dí qué frutas tienes.
Bueno, a ver, mango, naranja, papaya. Perdón, la papaya no está muy dulce.
(Aquí se le escapó el gazapo a Fernando Cruz Kronfly, el mismo que a Gabriel García Márquez le hicieron descubrir a tiempo: los mangos llegaron a América desde Asia en la segunda mitad del siglo XIX. Aunque algunos sospechan que tal vez si hubieran llegado antes, pero sin popularizarse aún su consumo).

367 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 271:  
El historiador bolivariano Vinicio Romero Martínez me ayudó desde Caracas con hallazgos que me parecían imposibles sobre las costumbres privadas de Bolívar… –en especial sobre su habla gruesa–, y sobre el carácter y el destino de su séquito, y con una revisión implacable de los datos históricos en la versión final. A él le debo la advertencia providencial de que Bolívar no pudo comer mangos con el deleite infantil que yo le había atribuido, por la buena razón de que aún faltaban varios años para que el mango llegara a las Américas.
(El gazapo de los mangos es interesante. Y cuando Gabriel García Márquez escribe habla gruesa no se refiere al timbre de voz de Bolívar, que era delgada, sino al vocabulario de marinero que manejaba con sus hombres).

368 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 162:    
Entre hombres solos, el general era capaz de despotricar como el más desbraguetado de los cuatreros, pero bastaba la presencia de una mujer para que sus maneras y su lenguaje se refinaran hasta la afectación.

369 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 82:    
Con patillas y bigotes ásperos de mulato, y el cabello largo hasta los hombros. Estaba vestido a la inglesa, como los jóvenes de la aristocracia criolla, con corbata blanca y una casaca demasiado gruesa para el clima, y la gardenia de los románticos en el ojal. Vestido así, en una noche libertina de 1810, una puta galante lo había confundido con un pederasta griego en un burdel de Londres.

370 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 28:    
Palacios parpadea:
¿Qué fue lo que oíste? –pregunta Bolívar.
Alboroto, señor, un alboroto el verraco.
¡Cómo! ¿Dónde, cabrón? ¡Al segundo piso!, sígueme al segundo piso ¡Vamos!
¿Qué hago? –pregunta.
¡Orínate!
FERNANDO CRUZ KRONFLY. pag. 47
–  Y ¿de qué vale mi salud si la patria se hunde en la mierda?
FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 145:  
“¡Putas moscas! ¡Miren dónde se han venido a cagar!
FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 197:  
Sintió verdadera felicidad:
¡Lo logré, carajo, lo logré!
¿Logró qué, tío?
Pues cagar, mijo, ya parecía este general un cuerpo glorioso.
FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 159:  
Su Excelencia respira… no puede dejar de reír:
¡Puta la vida!
FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 265:  
Es en esta mansión del despotismo donde existe ahora el Vicepresidente de Colombia, vilipendiado por el hombre más ambicioso que nosotros hayamos conocido nunca.
Su Excelencia terminó de leer, lanzó el papel al suelo:
¡Hijueputas!
FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 293:  
Su Excelencia siente movimientos en su estómago:
¡Oh!, mierda, ¡Un retorcijón!
FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 200:  
Si fuese por mí los cogería por la lengua y los iría azotando en el trasero hasta que viniesen sus madres a llevárselos a orinar y a dormir, eso haría. ¿Sabe lo que haría con él?
–  ¡Métetelo por el tubo!
(Fernando Cruz Kronfly no tiene inconveniente en poner palabras malsonantes en su escrito).

371 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 174:    
¡Qué cara nos ha costado esta mierda de independencia!

372 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 52:  
El estropicio eterno del río entre las rocas, magnificado por la fiebre, se incorporó al delirio:
¡La pinga! –gritó–. Si al menos pudiéramos pararlo un minuto.
Pero no: ya no podía parar el curso de los ríos.

373 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 196:  
Una madrugada, José Palacios lo oyó gritar:
¡Puta patria!


374 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 60:  
No tenga cuidado, dijo, parece que a los muy maricones se les enfrió la pajarilla.

375 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 76:    
Deja, qué te importa, ¡coño!
(Tanto pinga como coño son palabras malsonantes en algunas partes, que no hieren los oídos en nuestra tierra. ¿Deben omitirse en consideración a los demás? 
Puta, maricones o mierda, es posible que no signifiquen nada malo en otros lugares, ¿deberían permitirse? 
Tal vez la escritura literaria haya evolucionado al punto de aceptar esas expresiones como reflejo del lenguaje que se habla en las calles… y a veces en los salones).

376 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 68:  
No tenía la paciencia de los buenos jugadores, y era agresivo y mal perdedor… jugó seis partidas y las perdió todas. Tiró el naipe en la mesa. “Este es un juego de mierda”.

377 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 78:  Capítulo Nueve
Su excelencia putea, patea en el piso. 

378 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 20:  Capítulo Dos:  
¿Sabes qué es la gloria? Un mierdero, un largo y penoso mierdero, eso es.

379 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 12:  
Se bebió la tisana de cinco sorbos ardientes que por poco no le ampollaron la lengua…
(A Gabriel García Márquez lo traiciona el hablar caribe, creo. Lo que en realidad quiere decir es que por poco le ampollan la lengua).

380 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 86 y 87:  
Miranda Lyndsay le desbarató la astucia con una risa encantadora… 
El pastel que usted encargó ayer a la señora Turner tiene que llevarlo esta noche a su cena con Julia Cobier, la mujer que más me odia en este mundo.

Miranda retuvo a Bolívar toda la noche para evitar que regresara a su hamaca o se encontrara con la bella dominicana hermosa y rica, también desterrada en Jamaica, que era su rival.

Está usted mejor informada que mis espiones, dijo él.
¿Y por qué no pensar más bien que soy una de sus espionas?
Él no lo entendió hasta las seis de la mañana, cuando volvió a su casa y encontró a su amigo Félix Amestoy, muerto y desangrado donde él hubiera estado de no haber sido por la falsa cita de amor… uno de los sirvientes manumisos, pagado por los españoles, lo mató de once puñaladas creyendo que era él. Miranda había conocido los planes del atentado y no se le ocurrió nada más discreto para impedirlo.

381 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 33:  Extravagancias al pasarse de tragos
El señor Félix Amestoy, antiguo proveedor del ejército patriota, debía salir de Kingston para los Cayos el día siguiente… fue a la antigua posada para recibir instrucciones… esperó pensando que Bolívar llegaría de un momento a otro… vencido por el sueño se acostó en la hamaca de Bolívar… el negro Pío, o Piíto, creyó que quién estaba dentro de la hamaca era Bolívar y le dio dos puñaladas al infeliz Amestoy… Aquel negrito tenía diecinueve años; desde los diez estaba con Bolívar y éste le tenía plena confianza. Ese delito le valió la muerte que recibió en el cadalso. El español señalado como de haberle seducido fue expulsado de Jamaica y nada más, porque no se le pudo comprobar que él fuera el seductor. Según varios historiadores, aquella noche después de haber cenado en la casa de campo del negociante que lo había convidado, Bolívar no se fue directamente a la nueva posada sino que acudió a la vivienda de una linda joven dominicana, Luisa Crobert, con quien tenía relaciones. Y la circunstancia de quedarse dormido entre sus brazos salvó a Bolívar de que fuera asesinado por su propio esclavo.

382 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 13:  Un joven rico, derrochador y trotamundos:  
Se cuenta que jugando a la raqueta en Aranjuez con Fernando VII y unos mozos cortesanos, sin intención dio al príncipe con la pelota en la cabeza. “El leve golpe fue el de un hombre que iba a ser Libertador a un hombre que iba a ser Rey”. Años después, el héroe caraqueño habría de volver a darle “en toda la torre” al rey español.

383 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 242: 
Delante de Su Excelencia está el príncipe de Asturias. Se divierten los dos, juegan una partida de pelota que empujan con la ayuda de una pala de madera. De pronto uno de los brazos de Su Excelencia tropieza la cabeza del príncipe, su sombrero rueda por el suelo. El incidente no pasa a más, el disgusto inicial se hunde en el olvido. Pero transcurre el tiempo y el príncipe de Asturias se convierte en el Rey Fernando VII. Entonces ya no es el sombrero que le es arrebatado al príncipe sino la misma América española.

384 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 27:  Jinete con posaderas de pedernal
De joven, Simón Bolívar fue ágil y vigoroso. Tenía tremenda fuerza. Era magnífico jinete, montaba lo más briosos caballos, en pelo o en silla. No se dejaba poner punto de nadie. Para demostrar su habilidad, el Libertador contaba:
Recuerdo que todavía en el año 17, cuando estábamos en el sitio de Angostura, di uno de mis caballos a mi primer edecán Ibarra, para que fuera a llevar algunas órdenes a la línea y recorrerla toda: el caballo era grande y muy corredor y, antes de ensillarlo, Ibarra estaba apostando con varios jefes del ejército que brincaría el caballo partiendo del lado de la cola e iría a caer del otro lado de la cabeza:  lo hizo efectivamente y precisamente llegué yo en aquel mismo momento, le dije que no había hecho una gracia y para probarlo a los que estaban presentes, tomé el espacio necesario, di el brinco y caí sobre el pescuezo del caballo, recibiendo un porrazo del cual no hablé. Picado mi amor propio, di un segundo brinco y caí sobre las orejas, recibiendo un golpe peor que el primero. Esto no me desanimó; por el contrario, tomé más ardor y la tercera vez pasé el caballo. Confieso que cometí una locura, pero entonces no quería que nadie dijera que me pasaba en agilidad y que hubiera uno que pudiese decir que hacía lo que yo no podía hacer. No crean ustedes que esto sea inútil para el hombre que manda a los demás: en todo, si es posible, debe mostrarse superior a los que deben obedecerle.

385 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 28:  Jinete con posaderas de pedernal
Es más o menos conocida la predilección de Bolívar por los bellos caballos y por los placeres de la equitación. Numerosos fueron los corceles que le regalaron al Libertador en las ciudades y villas a donde entraba vencedor. Sus amigos o admiradores, conociendo su gusto, le obsequiaban el mejor ejemplar de sus cuadras.

386 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 29:  Jinete con posaderas de pedernal
Este corcel, Palomo, “Blanco como un copo de nieve, fuerte, eléctrico”, le fue regalado por la señora Casilda, de Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Montado en el Palomo, el Libertador entró a Caracas, después del triunfo de Carabobo; a quito, después de Bomboná; a Lima, después de Junín. “Amaba a su caballo como parte de su ser. El noble bruto lo reconocía desde lejos. Al ruido de sus pasos, el timbre de su voz, relinchaba, tendía plumífera la cola, piafaba, en fin. Al montarlo, temblaba de respeto”, dice el cronista Luis Capella Toledo.

387 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 29:  Jinete con posaderas de pedernal
Otros historiadores dicen que Palomo no era como un copo de nieve porque Bolívar lo llamaba cariñosamente “el pecoso”, por sus manchas.

388 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 28:  Jinete con posaderas de pedernal
El historiador Restrepo escribe: “Para hacer con más comodidad sus viajes tenía Bolívar excelentes mulas y caballos de silla”. 

389 HÉCTOR MUÑOZ, pag. 28:  Jinete con posaderas de pedernal
Después de las comidas, Bolívar acostumbraba dar un paseo a caballo y cuidaba con esmero a sus equinos. De tanto montar, se le formaron callos en las nalgas.
(Las mulas eran las únicas capaces de aguantar las correrías por malos caminos y montañas empinadas, únicas capaces de remontar el Páramo de Pisba). 

390 HÉCTOR MUÑOZ. pag. 84:  El único que me ha dicho la verdad
Muchas veces el Libertador demostró su nobleza. Ni siquiera a varios de los que lo traicionaron y calumniaron les guardó rencor. Santiago Vila, oriundo del Tolima, aún adolescente participó en la conspiración del 25 de septiembre. Después de haberle pedido un salvoconducto al coronel Salvador Córdoba, resolvió presentársele a Bolívar, quien le dijo, alegremente:
Ahí tiene, Vilita, su papel; tenga juicio en el futuro, y establézcase en esta comarca
Ya anciano, concedió una entrevista al historiador Fabio Lozano Torrijos, a quien contó:
El Libertador traía magníficas mulas. Se le ofreció un caballo para la recepción y ese mismo animal se le dio para su partida. No le gustó al Libertador, y al salir de la población, en el sitio de Los Mangos, se desmontó rápidamente e hizo que ensillaran una de sus mulas en la cual siguió, a la cabeza de la cabalgata que le acompañaba. 

(El sitio de Los Mangos sería rebautizado, puesto que en los días de Bolívar no había mangos, como le aclararon a Gabriel García Márquez).

391 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 28:  
Después de las comidas, Bolívar acostumbraba dar un paseo a caballo y cuidaba con esmero a sus equinos. De tanto montar, se le formaron callos en las nalgas. Decía que el paso del caballo era propicio para pensar, y viajaba durante días y noches cambiando varias veces de montura para no reventarla. Tenía las piernas cazcorvas de los jinetes viejos y el modo de andar de los que duermen con las espuelas puestas, y se le había formado alrededor del sieso un callo escabroso como una penca de barbero, que le mereció el apodo honorable de Culo de Fierro. Desde que empezaron las guerras de independencia había cabalgado dieciocho mil leguas: más de dos veces la vuelta al mundo. Nadie desmintió nunca la leyenda de que dormía cabalgando. 

392 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 235:    
Lo que más molestó al general en esos días fue la supuración del lagrimal, que lo mantuvo de un humor sombrío, hasta que cedió a los colirios de agua de manzanilla.

393 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 309:
El hombre tose, limpia su garganta:
Yo mismo se lo llevaré, deme acá eso, señor, el capitán está ciego.
Santana grita:
¿Ciego?
Ciego, definitivamente ciego, es una desgracia, una verdadera desgracia lo que ha ocurrido, la enfermedad no se ha podido detener.

394 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 257-259:    
De pronto vuelve a hablar la boca del otro lado de la puerta:
Bueno, ¿y qué es lo que se ofrece?
¡Subir, subir, subir ya mismo!
Sería un lamentable error, señor, se podrían ustedes enfermar, están contaminadas hasta las ratas, créanmelo, no exagero, hasta las ratas.
Su Excelencia grita:
¡No creo, no creo en esa famosa enfermedad, quítate de ahí, abre ya la puerta, ábrela!
El hombre del otro lado duda unos instantes pero luego habla:
Estoy ciego, señor, yo también me he contaminado, ¿no lo ve?
Conjuntivitis, conjuntivitis de la peor, eso, eso es. Dicen que es un mal muy antiguo transmitido por el contacto con los papeles viejos, eso es todo.

395 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 258:    
Luego esos mismos labios del capitán ciego hablan:
Dígame Florentino, general, pertenezco a la familia de los Florentinos.

396 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 92:
El responsable de la flota, escogido entre los mejores del río, se llamaba Casildo Santos, y era un antiguo capitán del batallón Tiradores de la Guardia, con una voz de trueno y un parche de pirata en el ojo izquierdo, y una noción más bien intrépida de su mandato.
(El cocinero de Fernando Cruz Kronfly también es tuerto, pero el capitán no es Santos sino Florentino).

397 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 194:    
Algo que preocupaba a los oficiales del séquito, y que ocultaban al general para no acabar de mortificarlo, era que los húsares y granaderos de la guardia iban sembrando la semilla de fuego de una blenorragia inmortal. Había empezado con dos mujeres que repasaron la guarnición completa en las noches de Honda, y los soldados habían seguido diseminándola con sus malos amores por dondequiera que pasaban. En aquel momento no estaba a salvo ninguno de los números de la tropa, a pesar de que no había medicina académica o artificio que no hubieran probado.

398 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 237:    
Le preocupaba la moral de la tropa… El desorden de los cuarteles, cuya pestilencia había llegado a ser insoportable. Pero un sargento que parecía en estado de estupor por el bochorno de la hora, lo apabulló con la verdad.
Lo que nos tiene jodidos no es la moral, Excelencia –le dijo–Es la gonorrea.

399 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, pag. 176:
El general permaneció adormilado en el mecedor… Entonces se acordó:
Hay un hombre preso en Honda por homicidio justificado –dijo.
La risa de Montilla se anticipó a su propio chispazo:
¿De qué color tiene los cuernos?
El general lo pasó por alto, y le explicó el caso con todos sus detalles, salvo el antecedente personal con Miranda Lyndsay en Jamaica. Montilla tenía la solución fácil:
Él debe pedir que lo trasladen para acá por razones de salud –dijo–. Una vez que esté aquí, manejamos el indulto.
¿Eso se puede? –preguntó el general.
No se puede –dijo Montilla–, pero se hace.
El general cerró los ojos, ajeno al escándalo de los perros de la noche que se alborotaron de pronto…
De acuerdo –dijo–, pero yo no sé nada.
(Como suelen decir los presidentes: Eso fue a mis espaldas).



400 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 23:    
Y allá, en un rincón, su escritorio. Aquel mueble de cedro que lo acompañó en sus campañas y desde donde dictó, sentado bajo los árboles o junto a la ceniza de los volcanes, al mundo entero sus decretos, proclamas, cartas de amor, órdenes de ejecución y de indulto y hasta la constitución política de algunas repúblicas.

401 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 47:    
El coronel Santana interviene:
La patria lo necesita saludable, Excelencia.
¿Y de qué vale mi salud si la patria se hunde en la mierda?
Pienso en la patria, general, estoy pensando es en la patria.
Y yo pienso en tu baño, cabrón, apestas a comadreja. ¡Ya es hora! ¿Hasta cuándo?

402 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 90:    
Fernando interviene:
¿Su Excelencia desea algo de fruta?
Di, qué frutas tienes, di.
Bueno, a ver, mango, naranja, papaya. Perdón, la papaya no está muy dulce.

403 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 96:    
En el fondo de todo, desfigurada, aparece Manuela:
Fíjate lo que eres, un malnacido, sí, eso mismo es lo que eres.
¿Qué sucede?
Y te haces el loco, como lo estás oyendo, ¡puto, malnacido!  Anoche encontré en tu lecho este pendiente de diamantes… ¿qué me dices?

404 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 102:    
La ley de autorización para marchar sobre el Perú ha sido solicitada por Su Excelencia con anticipación suficiente, pero no llega. El papeleo se torna cada vez más lento, desde Santafé chorrea el silencio oficial de un modo tan exacto que parece calculado. También el flujo de fondos se ha suspendido.

405 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 105:    
Manuela se incorpora:
Me llevarás contigo al Perú, ¿no es así?
No puedo, no debo. ¿Cómo podría llevarte?

406 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 106:    
Una fanfarria lejana interpreta La Vencedora. Muchos chiflan, hacen sonar sus pitos. Entonces la contradanza cede su turno a un minué triste, de notas como suspiros lirios. Una docena de parejas salta al salón, el baile cuaja. Está tocando el Regimiento de las Milicias Pardas.

407 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 121:    
El hombre se dobla encima de la mesa como para atravesar con un cuchillo la carne de un secreto:
El capitán está enfermo, esa es la verdad. Esta mañana amaneció con algo de pus en sus ojos. Se trata de un secreto pero pienso que Su Excelencia debe estar informado de la verdad.
¿Pus en los ojos? –gimió Fernando.
¡Pobre hombre! –dijo Santana, sin moverse.
Un espectáculo deplorable, sí, es cierto, pero ya mismo ha iniciado un riguroso tratamiento con limón asado y agua con sal.

408 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 126:    
Saliendo del mamparo de madera, ve venir su caballo. Su Excelencia da un salto, queda sentado en el borde del camastro:
¡Ven, ven Pastor! ¿Qué te pasa?
El caballo atraviesa el mamparo, termina de salir, resopla, cabecea extrañando el aliento de los objetos próximos, rema con sus manos. Rema suave, como lloviznando pasos suaves en redondo de un pequeño lugar. Baja y sube su cabeza, manojo de tallos de apio que rebrinca. Su cola cepillada es algo que flota perdurable. Vienen y van las orejas. Su Excelencia tiende su mano, brota el heno, el carretón, la alfalfa. Pastor resopla, reconoce el olor del fantasma.

409 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 134:    
Su pecho tiembla:
La miserable envidia será aquello que nos perderá para siempre.

410 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 135:    
Manuela sabe perfectamente que eso es lo que Su Excelencia viene soñando…
¡Fusílalo!
Su Excelencia no responde.

411 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 207 y 208:    
Natán ríe nerviosa, Jonotás alborota pestilente con su rancio uniforme de tropa. Richard Crofston coloca en su cabeza un bicornio desteñido que Jonotás trajo a última hora casi sin poder sostenerse de la risa:
¡Atención, firrr! ¡Fuego!
El muñeco desaparece derretido por la pólvora y las balas.

412 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 241:    
Ha tenido bajo sus órdenes a los mejores soldados, a los más bravos coroneles ingleses, irlandeses, franceses… Louis Péroux de Lacroixe… Richard Crofston, el coronel que dio la orden de disparar al muñeco de trapos aquella noche de aniversario en la Quinta…
¿Crofston? ¡Imbécil!


413 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 233:    
Y ni qué hablar del simulacro de ajusticiamiento ocurrido en la Quinta. Aquel hecho episódico se ha vuelto un pretexto para poner en marcha un plan contra Su Excelencia, encaminado a separarlo del mando y si es necesario hasta a eliminarlo, como ocurrió en la desgraciada conspiración de hace ya casi dos años. Y ¿qué decir de Jonotás? La odian. Todos la odian. Se la juzga indecente y se tejen infinidad de hipótesis extravagantes donde hasta su misma vida pasional se encuentra comprometida.

414 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 235:    
¿Cómo romper con su adorable loca, contra cuya iluminada pasión siempre estuvo indefenso? Misterios del ser. La generala estaba allí, gobernando a su antojo la región más ciega de su ser, pisando duro aquel mismo camino de gloria.

415 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 139:    
Sus pulmones comienzan a sentirse vacíos y en segundos lo sacude un espasmo. Un espasmo mortal. Agarrado a la barandilla de popa tose hasta doblarse como un trapo lavado. Tos seca en un principio, tos que al final cobra el sonido de la flema que se desgarra de sus paredes interiores. Vieja cal. Y pinta espuma bermeja en el borde de sus labios. Una espuma que se apresura a retirar con su pañuelo de lienzo:
Si pudiste despacharlo todo de una vez –dice.
Inténtelo ahora mismo, tío, aproveche. Existen pócimas, señor.
¿Y es que no entiendes, carajo? ¡No puedo, ya te he dicho que no puedo!

416 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 150:    
De usted, con los mejores sentimientos de respeto, Uldarico Clavel.
Al terminar de leer, Su Excelencia siente que otro hombre acaba de ir por él a la letrina.

417 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 152 y 153:    
De pronto en la ventana se dibuja alguien. Un hombre desorganizado que lleva puestas misteriosas prendas de sacerdote:
¡Oh!, ¡No es posible!  Mi querido Robinson, ¿tú aquí? Te hacía muerto.
Recuerdo que te leía en voz alta a la sombra de los nísperos el Emilio…

418 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 176:    
El velero encallado comienza a quedar atrás, 

419 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 200:    
Fernando comienza a leer en voz alta…
¿Ven ustedes cómo me tratan aquellos colegiales engominados?
¿El poder?
El poderoso poder de los papeles, eso es lo que tienen. 
¿Sabe lo que haría con él?
¡Métetelo por el tubo!

420 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 223 y 224:    
Hace chanzas a sus amigos, pronuncia palabras de grueso calibre, deja que las horas se escapen.

421 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 224:    
Fija sus ojos en el cereal que brilla, identifica en su lugar a su adorable Venus:
¿Eres tú el planeta, o lo soy yo en cuanto lugar donde nace la pregunta?
Siente que la memoria del amor lo invade:
¡Estoy solo, inmensamente solo de todo amor!

422 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 226:    
De pronto Su Excelencia se encuentra junto a la barandilla, de regreso del castillo de proa, de donde el fuerte viento lo puso en fuga cuando amenazó con desatar aquella tos. La tos no es como la fiebre, viene en cualquier momento, asalta, carece de horario. Cuando llega, toda relación con la atmósfera se interrumpe y el cuerpo entra en una especie de interinidad mortal. Hay agonía… y Su Excelencia muere, queda de trapo. Pero cuando esto sucede es porque ha empezado ya mismo a revivir a causa de una delgada corriente de aire que se filtra por la boca, por las gratas ventanas. La relación con la atmósfera se instaura de nuevo. Y sólo entonces recuerda que algo cuelga en sus labios. Corre a esconder ese algo, limpia con su pañuelo, mira a los lados. Corre a esconder ese algo, revisa el desperdicio y siente desconsuelo: la sangre ha pintado. Tiene miedo.

423 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 334 y 335:    
Su Excelencia se queda mirando los ojos de Révérend:
Dígame una cosa, doctor, ¿Usted qué vino a buscar a estas tierras?
¡La libertad, Excelencia, la libertad!
¿Y la encontró usted?
Sí, mi general, la encontré.
Ya lo ve, ya lo ve, usted es más afortunado que yo, doctor, yo todavía no la he podido encontrar.

424 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 336:    
Su Excelencia no sale de su modorra. Révérend lee:
¿Qué cosa está leyendo usted, doctor?
Noticias de Francia, mi general.
¡Referentes a la revolución de julio?
Así es, señor.
¿Gustaría usted volver a Francia?
De todo corazón, mi general.
Pues bien, póngame usted bueno, doctor, iremos juntos a Francia.

425 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 337:    
Atrás, el cura de Mamatoco carga con sus cosas sagradas. Su Excelencia ha preferido recibir los sacramentos de aquellas manos humildes.

426 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 341:    
Entre tanto, en San Pedro acaba de empezar el último ronquido:
¡Lleven mi equipaje a bordo de la fragata, vámonos, vámonos muchachos que aquí no nos quieren! ¡Quiero vomitar! ¿Qué pasa? ¿Quién echó a volar toda esta maldita ceniza? ¿Por qué me echan encima toda esta ceniza?

427 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 237:    
Otro largo silencio:
¿Recuerdas aquella tarde en Roma? Nos arrodillamos, ¿lo recuerdas?
El viejo Robinson ríe:
¿Cómo podría olvidarlo?

428 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 242:    
La lengua de Manolita Madroño es un dulce de icacos con el que ella hace juegos…

429 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 245:    
Manuelita Sáenz entra convertida en una fiera:
¿Quién había aquí?
Nadie. ¿Qué es ese modo de entrar?
¿Y ese olor a mujer?
Nadie.
Y ¿Esto qué significa? ¿Este zarcillo de mujer?
No lo entiendo. No lo entiendo. No sé qué ha pasado.
No te hagas el desentendido, ¡puto de mierda! ¡Mira lo que te hago!
La fiera quiteña clava sus uñas en la carne, destroza la piel y consigue la floración de la sangre. Luego corre a sentarse, llora…
Ven, mi putico, está bien, te cuidaré, ¿qué más puedo hacer?

430 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 270:    
Deja de mirar el espejo, desciende: las piernas dan lástima. Llora en silencio, en seco, llora sólo para sí:
¡Lo han conseguido, lo han conseguido esos miserables!
La llovizna que cae no es de lluvia. 

431 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 271 y 272:    
De pronto observa que algo gira en su vientre. Una señal orgánica de aquellas que casi nunca sintió durante aquel mayo invernal que ya casi termina:
¡Coño, un viento!
Sonríe, se aparta del espejo:
¡Hey, hey, estoy vivo!
Arroja el gas, siente que algo más queda pendiente. Suda frío, sabe que tiene húmeda su piel, está contento… puja, salen otros gases… los gases dan paso a los sólidos, él entona una canción. Toc, toc, caen los sólidos en la taza. La letrina tiene claraboya, el viento de la mañana sopla, barre los desperdicios. Continúa con la canción, La Trinitaria.

432 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 272:    
¿Fanny Aristiguieta, la señora de Villars? Sí, ella. Es ella, brillante al lado del cabrón aquel de Beauharnais. Eugenio de Beauharnais. Aquella tarde bailó con ella, sintió de cerca sus labios quemantes, ese raro equilibrio de sus movimientos, la hondura de aquellos ojos, su voz. Recuerda los labios de Fanny, su carne de querer la vida, sus palabras hacia ella. Las espermas encendidas en la mesa brillan más, alguien entra trayendo las carnes, las legumbres, las frutas frescas. También la ensalada, que Su Excelencia observa no tan bien preparada como él mismo hubiese podido hacerla.

433 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 273:    
Cuerpo flaco, extenuado. Semblante adolorido, inquietud de ánimo constante. Voz ronca, tos profunda con esputos viscosos, verdes. Digestión laboriosa. Dos o tres horas de sueño a la prima noche, el resto desvelado y con pequeños desvaríos. Esta mañana hubo unos vómitos que Su Excelencia atribuyó a una taza de leche de burra y no continuó tomándola.

434 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 273:    
Si mi patria pide mi destierro no me iré, ¡eso sí que no!  De ninguna manera, es algo que va contra mi honor… jamás expulsado.

435 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 276:    
Le recomiendo los mangos, señor, ya han madurado, están como de miel.
¿Mangos? ¿De Mariquita?
De allí de Mompox, señor, son muy buenos también, sanos, sin picaduras de gusanos.

436 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 283:    
Adelante marcha Manola Madroño: Aquella oreja limpia, en la otra un zarcillo menudo.

437 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 283:    
Tantos fantasmas, tanta ilusión en el tejido: Allí está Isabel Soublette, la hermana del general… envuelta en una sábana casi transparente… va camino de los pozos del Orinoco donde ríe altanera. Salta desnuda, rebrinca, brincan sus pechos duros, puntudos. 

438 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 283:    
Otra mujer pisa la madera, pies menudos. Es Josefina Núñez, su adorable Pepita de las estrellas. Tibia, a su lado, la piel de Josefina tenía sentido en las frescas noches del Llano. Blancas, sus manos también ofrecían sentido cuando transparentaban la sangre misteriosa en la hoguera donde crepitaban los insectos, allí donde las mariposas se encendían fugaces como fósforos vivientes.

439 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 295:    
Mete de nuevo su mano y retira el mensaje: se trata de una carta muy especial: no viene escrita a mano. ¿Cómo, entonces? En una máquina de imprenta. Parece una hoja arrancada a un libro, pero está firmada. Uldarico Clavel escribe:
Excelencia:  Apena de verdad que los grandes hombres sean sólo de instantes en la historia de la humanidad, y que, contra lo que se supone, el mundo siempre ha estado en manos de quienes prefieren el jesuitismo, los pormenores, las pequeñas cosas magnificadas sólo por un falso rito. Fernando González, el de la región de Otraparte, donde nacen quienes vivimos a la enemiga del destino, comparte conmigo esta opinión.

440 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 318:    
¡Uff!, querido Pessoa…

441 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 317:    
Recostado al mamparo donde el pasadizo de los camarotes desemboca en cubierta, Su Excelencia se ahoga. Ve los días de Jamaica, observa cuando Piíto deja el agua en la pequeña mesa oscurecida por la noche de Kingston. Silencio, no habla. Camina en las puntas de sus pies, va a la hamaca, la atraviesa dos veces con su puñal, huye. Amestoy gime, muere. 

442 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 318:    
Ve de pronto la imagen de Luisa Crobert, aquella francesita que enlucía sus pómulos con harina de arroz, cereal en polvo cargado de perfumes, y que pintaba sus labios con aquel rojo mortal.

443 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 318:    
Madamme Julienne, recuperada misteriosamente del polvo de los días ahora que el destino volvía a situarla en su lugar: deuda de amor, salvadora mujer de un instante.



444 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 295:    
Cada vez que ocupa la letrina siente deseos de cantar. Desde niño. Canta La Vencedora.

445 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 332:    
Santa Marta, la Sierra Nevada donde dicen que existen climas templados para mí, climas como los de Ocaña.

446 FERNANDO CRUZ KRONFLY, pag. 332:    
Pero el bergantín Manuel también hace parte ya de las cosas pasadas, de aquella historia cumplida, acaba de fondear en Santa Marta.