domingo, 25 de septiembre de 2016

171. Guayaquil y los cafés, bares, y cantinas del centro de Medellín

Según el historiador don José María Bravo Betancur, el nombre del barrio le viene a Guayaquil de una cantina instalada a orillas del río Medellín, cuando por esos lados había un balneario donde iban a bañarse los medellinenses de mediados del siglo XIX, en lo que por ese entonces eran “las afueras de la ciudad” y el lugar hacía parte de una hacienda llamada “El pantano”, propiedad de los descendientes del Dr. Ignacio Uribe Mejía, porque en invierno el río se crecía y se salía de madre en las vueltas de los meandros, inundando grandes extensiones en sus orillas, de donde le viene el nombre de “Las Playas” a un sector del barrio Belén en la otra banda. Hacía tal calor a veces en ese lugar donde se estaba construyendo un puente sobre el río, que muchos lo compararon con Sopetrán y le dieron ese nombre, pero a un parroquiano le pareció que el calor se comparaba más bien con el del puerto ecuatoriano de la ciudad de Guayaquil, y así fue renombrado. Esto lo corrobora el Dr. Alberto Bernal Nicholls en su libro “Miscelánea de historias, usos, y costumbres de Medellín”. El nombre del barrio le viene, pues, de una cantina a donde los bañistas acudían “a tomar las once letras”, como le decían al “aguardiente” para que las señoras y los niños no se dieran cuenta de sus etílicas costumbres. A cada nada se les ocurría proponer “vamos a tomar las once a Guayaquil”. Con el tiempo don Carlos Coroliano Amador, esposo de doña Lorencita Uribe Lema de Amador, hizo desecar esos pantanos, corregir el curso del río, y volver esos terrenos urbanizables.

Artículo de José María Bravo Betancur publicado en el periódico El Mundo.com de Medellín el 16 de julio de 2007: “El pasado nos interroga – El puente de Guayaquil”:

http://elmundo.com/portal/resultados/detalles/?idx=58901#.V82lmlvhDhk

Escribe don José María Bravo en su artículo que el entonces gobernador del Estado de Antioquia Rafael María Giraldo Zuluaga (de 1855 a 1862) mandó a construir el puente de Guayaquil, y que cuando él expidió el decreto de apertura de la calle que conducía a ese puente al lado del balneario:

… el señor José Velásquez que olía el tocino construyó al escape al otro lado del puente una casa de vara de tierra provisional en la que estableció una muy surtida cantina, calculando con acierto que serían muchos los trabajadores y muchos los curiosos, y que por supuesto todos irían a refrescar. Tuvo razón Velásquez, los jóvenes aquí se convidaban, y marchando en grupos veían los trabajos, y luego las copitas de rigor. Como el aguardiente no es muy fresco dieron en decir los paseantes al convidarse, vamos a Sopetrán, aludiendo al fuerte clima de aquel territorio. Pero ese nombre de Sopetrán poco duró. Un día había bastantes reunidos en la cantina de Velásquez, y entre ellos el inolvidable Venancio Calle, el que en medio de los tragos, dijo estas o semejantes palabras: `Protesto contra el nombre de Sopetrán que se la da a la cantina. Sopetrán no es bastante cálido para equipararse con el divino líquido; lo único que se le acerca es Guayaquil, en el centro del Ecuador. Propongo, pues, el cambio de nombre´. ¡Hurra por Guayaquil! aulló la concurrencia, y Guayaquil se quedó”.

Me encontré en el periódico Universo Centro, en su edición 23 correspondiente al mes de mayo de 2011, con una crónica que es la “Historia de los cafés en Medellín, segunda parte”, escrita por el arquitecto e historiador Rafael Ortiz Arango (QEPD):


Este artículo siguió al primero del mismo autor, que había sido publicado en la edición 22 correspondiente al mes de abril de 2011, con el título “Tinto a dos centavos –Historia de los cafés en Medellín, primera parte”. Valga aclarar que, aparte de dar nombre al color característico, la palabra “café” se refiere tanto a la bebida como a un lugar público o cafetería donde se vende la infusión ya preparada; y que la expresión “tinto” en Colombia no se refiere a un vino de uvas sino a la preparación de la infusión de café solo, tipo expreso, sin mezcla láctea.


La segunda parte del artículo de don Rafael trae un recuadro con la lista de veinte cafés de la época que a él le tocó vivir que estaban ubicados “en la sola calle de San Juan”: As de Copas, Cisneros, Córdoba, Danza Roja, Dos Amigos, El Tambito, Estación, Estambul, Faraón, Florida, Gayola, La Costa, Luneta, Pacorro, Pigal, Rigoleto, San Jorge, Santa Cruz, Tropical, Victoria. Nota uno que algunos nombres cambian de una generación a otra, mientras otros se sostienen por largo tiempo. Veo que don Rafael se centró en los denominados “cafés” en el aviso, y omitió los “bares” y las “cantinas”. Conceptualmente deberían ser distintos, pero en mi mente yo no encontraba diferencias por los días en que inicié mi recorrido. Algunos han escrito sobre el asunto, como el periodista Reinaldo Spitaletta, y hacen diferencia en el concepto de café y en el concepto de bar o pub tal como se conocen en Europa, conceptos que por estos lados no tuvieron cabal aplicación aparte de que se denominó grilles a los dotados de pista de baile, y heladerías a los que se podía ir con la novia o con la esposa; porque a los cafés, bares, y cantinas, no entraban sino las meseras y las mujeres del diario catrerrebusque. Hay quien hace notar que han aparecido establecimientos similares a grilles que ahora llevan el nombre de discotecas, otros similares a cafés que llevan el nombre de taberna, y heladerías con el nombre de "fuente de soda", aunque por aquí a nadie parece habérsele ocurrido bautizar a su establecimiento con el nombre de “tasca”.


Dice el escritor Fernando Vallejo en “El fuego secreto” que:

"Como todos los cafés de Medellín, o de Antioquia, el Miami no es un café: es una cantina. Cafés se llama por eufemismo a las cantinas en un país de borrachos, por salvarle un poco la cara maltratada a la decencia. Cierto que en la mañana y hasta en la tarde sirven café, pero del café se pasa a la cerveza, y de la cerveza al aguardiente, y del aguardiente a la alucinación. Para las siete u ocho de la noche ya han sido abiertas de par en par las puertas al cotidiano desvarío".

Y Reinaldo Spitaletta escribió en agosto 20 de 2013 en su blog un artículo titulado “Cantinas y cafés, Europa y Medellín”:


"Para ser justos, por estas lindes nunca hemos tenido cafés, en el sentido de aquellos lugares hechos para la conspiración y la charla, el intercambio de ideas y las discusiones políticas y literarias. Somos hijos de la cantina que, de acuerdo con algún gozón de esquina, pertenece más a la barbarie que a la civilización".

La bohemia de la generación del medio siglo a la que pertenezco tuvo focos específicos de intereses, y hay un mapa que se arma con los lugares donde se reunían los músicos serenateros. Estaba el bar Serenata, en Bolivia con Palacé frente al Seminario Conciliar; estaban los bares Crillón, Primero de Mayo, y el restaurante El Escorial en la avenida La Playa frente al teatro Metro Avenida; y estaba el Centro Artístico Musical Cooperativo (CAMC) en un segundo piso a veinte metros del edificio Telecom, un edificio situado en la esquina de la calle Ayacucho con la carrera Palacé que se construyó en el terreno donde tuvo su lujosa casa a finales del siglo XIX el millonario don Carlos Coroliano Amador Fernández, casa que por sus lujos fue conocida como el Palacio Amador y después su dueño convirtió en Hotel Bristol, hotel que no hay que confundir con otro de la carrera Junín con la calle Maturín, de menor categoría, situado éste en una esquina donde estaba rodeado de bares reconocidos por todos los costados: por delante, por detrás, a derecha, a izquierda, calle arriba, calle abajo, bares guayaquileros por todos lados. En esos sitios de reunión de serenateros nuestra generación, beneficiada por el hecho de que por esos días había en Medellín concentración de importantes emisoras que presentaban programas en vivo, y de las principales casas disqueras del país, era lugar de atracción para músicos de distintas procedencias. Nos dimos el lujo de dar serenatas con el Dueto de Antaño, Obdulio y Julián, Espinosa y Bedoya, Los Romanceros, Bowen y Villafuerte, Gómez y Villegas, Posada y Calle, Pérez y Pineda, Los Embajadores (Carlos y Rafael Jervis), Lucho Ramírez, Los Hermanos Cortés (Humberto y Alfonso), Trío América, Luciano y Concholón, Ramírez y Arias, Hernando y Yesid, Los Pamperos, y un abanico de muchísimos otros artistas de renombre de aquellos años de música con guitarra acústica, antes de que se pusieran de moda las serenatas con mariachi y guitarra eléctrica, y los vallenatos papayeros de guacharaca y acordeón que atrajeron a la siguiente generación. Una completa lista de los más representativos, puesto que había más serenateros en la ciudad incluidos aquellos que por entonces denominábamos merenderos porque cuando el hambre los acosaba en una mala noche eran capaces de dar serenata a cambio de una merienda de madrugada en el restaurante de la esquina, para no irse a casa con el estómago vacío; trae el Dr. Alberto Burgos Herrera en su libro “Duetos y tríos del viejo Medellín 1950-1970”. El médico Burgos menciona en este libro a Germán Benítez Barón, músico serenatero, pintor de brocha gorda por profesión y pendenciero por afición, que fue prolífico compositor y después “se retiró del canto y estableció un café contiguo al Teatro Bolívar al que llamó El Bambuco, que era lugar de cita de poetas, músicos y cantores”. Para cuando yo nací, había desaparecido Germán Benítez, había desaparecido el Teatro Bolívar, y había desaparecido el café El Bambuco. Pertenezco a otra generación.

En los días de mi adolescencia había expendios de licor en todos los barrios de la ciudad, claro, pero había un verbo de generalizada conjugación para los habitantes periféricos y era el de dirigirse al centro de la ciudad, el down town que ejercía como el eje de una estrella de muchos picos: el verbo “guayaquilear”. Guayaquilear era dirigirse a los cafés, bares, y cantinas no sólo del barrio Guayaquil sino de todo el centro de la ciudad donde había licor y meseras “pa´las que fuera”. Y músicos. Y lugares de juego. Y casas de prostitución. Y ladrones. Y policías. Guayaquil era otro mundo, una escuela de iniciación donde uno se graduaba como hombre, y digamos que guayaquilear se salía de los lindes del barrio Guayaquil propiamente dicho y abarcaba todo lo que en algún momento la administración municipal denominó “parrilla del centro de la ciudad”.

Los recorrederos de un revueltero del Pedrero o del Pasaje Sucre o de la Plaza de Mercado, diferían de los recorrederos de un mayorista abarrotero de la carrera Alhambra; y los de éste diferían de los de un maderero de los aserríos de la Avenida del Ferrocarril, de los de un peletero del Pasaje Coltejer, o de los de un cacharrero del Pasaje Vásquez. Aunque superpuestos en un mismo Guayaquil, eran mundos distintos. Al Pasaje Coltejer le dio nombre la textilera cuando adquirió y remodeló el antiguo convento de las Hermanas Carmelitas en el terreno situado entre las carreras de Palacé y Bolívar y entre las calles de Maturín y Pichincha con la idea de tener allí locales comerciales para sus mayoristas de telas que surtieran a los dueños de negocios que llegaran de los pueblos a Guayaquil. En mis tiempos la vocación del pasaje ya había cambiado de los textiles a las peleterías y el lugar no se veía frecuentado por modistas en busca de telas sino por zapateros compradores de cueros, que celebraban religiosamente “los lunes del zapatero” en los bares Kennedy, Puerto Nuevo, Las Vegas, y Tarqui, situados en el Pasaje Coltejer. Por su parte el Pasaje Vásquez estaba situado entre las calles de Maturín y Pinchincha y entre las carreras de Bolívar y Carabobo, y en sus comienzos fue sector cacharrero. Fue construido por don Eduardo Vásquez Jaramillo, casado con doña Elena Uribe Uribe y suegro del General Pedro Nel Ospina Vásquez, que además era tío del general. Don Eduardo también era dueño del Edificio Vásquez en la calle San Juan con la carrera Cundinamarca.

En cuclillas, cazando grillos, nació el Medallo (Deportivo Independiente Medellín) en Carabobo”. Entrevista de Byron White Ospina a don Rafael Ortiz Arango:

http://www.universocentro.com/NUMERO9/ByronWhite.aspx

Menciona don Rafael en este artículo a los cafés Árabe y El Perro Negro en los bajos del Edificio Vásquez, y al “Café 24 horas” frente a la Estación del Ferrocarril, cuyo dueño le quitó las puertas para simbolizar de manera elocuente que su negocio nunca cerraba.

Adjunto al Edificio Guayaquil de la carrera Carabobo con calle Amador había un lugar de homosexuales con el pomposo nombre de Café Venus, y su principal decoración era el mural de una mujer desnuda de extraordinaria belleza”. Este negocio fue trasladado por su dueño José Ríos a la vía de las Palmas con el nombre de “La Cuna de Venus”, y de él habla en una crónica deliciosa el Sr. Guillermo Acevedo A., que colabora en el blog Escritura de La Ceja.blogspot.com, con el título de “La Cuna de Venus, otra Gruta Simbólica”. Aunque el cronista es de La Ceja, hace mención de que inicialmente el dueño de Venus estaba localizado por los lados de El Perro Negro.

http://escrituradelaceja.blogspot.com.co/2009/06/la-cuna-de-venus-otra-gruta-simbolica.html

El cronista Hugo Bustillo Naranjo reclama por mi geografía guayaquilera con límites que, como se dice en los restaurantes de carne asada a la brasa, "se salen del plato", porque él hace distinción en subsectores de Guayaquil que quizás en otros tiempos recibieron su nombre por algún bar o cantina de la respectiva esquina. Menciona él a Orocué, a Trocadero, a La Calesita, a La Manguala, y a otros en la crónica prostibular que publicó en Universo Centro nro. 75 correspondiente al mes de mayo de 2016 con el título “Ninfas y Nichos del Valle del Encanto”; y en el artículo “En Orocué nació la luz –Historia de Medellín en torno a la Plaza de Cisneros”, publicado por el periódico El Mundo el 6 de febrero de 2005, donde aclara que la Plaza de Mercado de Cisneros, mucho antes de que existiera El Perro Negro, se llamó Plaza de Orocué. Su mapa, ampliado a toda la ciudad, está compuesto por las casas de citas y las damiselas de la generación del medio siglo:

http://www.universocentro.com/NUMERO75/Ninfasynichosdelvalleencantado.aspx

Tratando de armar el mapa de mi bohemia postadolescente me dio por hacer una lista de los bares, cantinas, y cafés de Guayaquil; y en anotaciones dispersas de los estrujamientos de memoria logré recopilar poco más de un centenar de  establecimientos del barrio Guayaquil de los años 50 al 70. Son muchísimos más, pero uno no los recorrió todos como para decir que recuerde siquiera a la mayoría. Es apenas una muestra. Para ampliarla haría falta hablar con Carlos Álvarez o con Alonso Zuluaga, que fueron dueños de cafés; o con el cabezón Héctor, que fue administrador; o con Gustavo, que fue lustrabotas; o con el negro Orlando Matta, que fue fotógrafo por entre las mesas; o con la flaca Mariela, que fue mesera; pero es posible que muchos de estos testigos vivenciales ya estén muertos y toque entrar en averiguaciones con las benditas ánimas del purgatorio. Claro que algo ayuda hablar con los contemporáneos que uno tiene cerca, como decir don Omar Hernández Bernal de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, de cuya memoria salieron los nombres de por lo menos diez de los doce o quince bares que tuvo. Particularmente útil fue la información suministrada por el cronista historiador Hugo Bustillo Naranjo y su parentela de los Bustillo, Parra, Naranjo, y Caballero, que hicieron conciliábulo virtual colombonorteamericano para armar su mapa, encabezados por don Cupertino Naranjo Caballero que fue propietario de entre media y una docena de bares del sector y cuya lucidez le permite recordar como si fuera hoy los nombres de muchos lugares; de los que también hace parte don Gustavo “Mambo” Rincón que fue administrador de varios negocios de don Cupertino que se lo llevó hace cuatro décadas a vivir a los Estados Unidos en agradecimiento “porque a la honradez de este hombre se le puede hacer un monumento ya que con él no se me perdió ni un peso, cosa que no se podía decir de muchos en Guayaquil”. Dice Hugo Bustillo que junto con su poeta de cabecera, Antonio Machado, “Cuando recordar no pueda /dónde mi recuerdo irá, /una cosa es el recuerdo, /y otra cosa es recordar”. El historiador Bustillo tomó con particular afecto e interés la tarea de hacer la recopilación “Porque tal vez vos no sos consciente de eso, hombre Orlando, pero yo que fui guayaquilero toda la vida te puedo asegurar que no hay otro trabajo que como éste recoja tantos nombres de establecimientos de la época que nosotros vivimos. Tengo la certeza de que en esa lista está la mayoría”.

Difícil sabérselos todos, aunque uno hubiera trabajado en la sección de permisos de la Secretaría de Gobierno, o de la Secretaría de Salud e Higiene, o del Cuerpo de Bomberos, o de mensajero repartiendo las cuentas de servicios públicos municipales. Difícil. He hecho esta lista, que seguramente se puede actualizar con lo que falta o corregir, como decir algún lugar que no fue bar sino café, u otro que no fue café sino cantina; no sólo tiene nombres aportados por mí, sino que incluye datos recogidos de otras personas. La lista contiene sólo establecimientos del barrio de Guayaquil para no meternos con los sectores burde-leno-casaciteros de Lovaina, El Fundungo, Las Camelias, o La Bayadera, que es otro cuento. O con establecimientos barriales de Buenos Aires, Belén, Manrique, Aranjuez, y pare de contar. No acabaríamos.

Sé que hubo un Café Uribe y un Bar Uribe, que eran distintos; y aunque tengo dudas acerca de si el Bar Pilsen y el Café Pilsen eran un solo establecimiento, tengo claro que una cosa fue el Café Rigoleto de la calle San Juan de los tiempos de don Rafael Ortiz, y otra el Bar Rigoletto de la calle Maracaibo de los tiempos en que la esbelta Grecia –¡Ay!, mi Grecia, ¡Ay!– con su lacia cabellera negra que le llegaba a la cintura atendía en mi mesa porque yo siempre me sentaba en la misma mesa y porque ella siempre pedía al administrador que se la asignara.

En la fragilidad de la memoria, y en el ejercicio de recopilación de este inventario, surgieron forcejeos y discrepancias entre si determinado lugar se llamaba “Montesuma”, o “Moctezuma”, o si algún otro se llamaba “Ecobar” o “Ecovar”, o si un restaurante era “Cirus” o era “Cyrus”. Tratándose de matices ortográficos, mejor no menearlo porque también se da el caso de que un padre que quiso hacer homenaje en su hijo a Coriolano, el general de los ejércitos romanos, y resultó registrándolo en la pila bautismal como Coroliano. En tratándose de partidas de bautismo; Coroliano es Coroliano, y ahí no hay tu tía. Así es que el nombre de un conocido bar no es “Grisel” como indicaría la lógica, sino “Gricel”, porque así bautizó el cura a la amada musa que inspiró la obra de José María Contursi.

Hay nombres como decir el Bar Pigal, que así decía el aviso, que resulta ser una distorsión del nombre del “Pigalle” que había en París. Como decir el Bar Partenón, que lleva el nombre del templo griego y algunos lo trocaban diciendo “vamos al Paternón”. Como decir el bar El Crillón, que llevaba el nombre de un famoso hotel de París que frecuentó la reina María Antonieta antes de que pasaran su estirado cuello por la guillotina y nada de raro tendría que su espíritu hubiera seguido moviendo cortinas en las noches después de ese “penoso incidente”. Muchos se refieren a él como bar El Grillón, suponiendo que el nombre le venía puesto por algún grillo de la grillamenta, pero no es de ahí de donde le viene sino del hotel de París y de otro de igual nombre que había en la capital argentina. Se da el caso del Bar Ruso donde se reunían estudiantes trostkistas y stalinistas a discutir sus tesis de izquierda, que terminó siendo apodado como Bar Moscú y Hugo me advirtió que “si te hablan del Bar Moscú, no le botés corriente que se trata del mismo Bar Ruso que tenés en la lista”.

Claro que hablar de los cafés de Guayaquil, abarcados en esta denominación los bares y cantinas, requiere de aclarar que el recuento está ubicado en la segunda mitad del siglo veinte, porque mencionar a los establecimientos que existieron en la primera mitad, y desaparecieron, sería muy dispendioso. Difiere mucho la lista del directorio telefónico de los años veinte, de la respectiva en los años sesenta, y ni se diga comparándola con la lista actual. La misma denominación de “Guayaquil” no está circunscrita en esta lista a los límites del barrio como tal, y se extiende a calles vecinas en todo lo que era el centro de Medellín en otras épocas.

Mucho se ha escrito sobre el centro de Medellín, en general; y sobre el barrio Guayaquil, en particular. Está el libro “Guayaquil, una ciudad dentro de otra”, de Alberto Upegui Benítez. Está el libro “Moscas de todos los colores, barrio Guayaquil de Medellín –1894-1934–”, de Jorge Mario Betancur Gómez. Está el libro “Ayer y hoy, Guayaquil por dentro”, de Octavio Vásquez Uribe. Está la novela “Aire de tango”, de Manuel Mejía Vallejo. A juicio del periodista Oscar Domínguez Giraldo el mejor escrito sobre cafés de los que él ha leído es el que trae Jairo Osorio Gómez en su novela “Familia, la novela amoral de Antioquia”.

A continuación pondré la lista recopilada de los cafés, bares, y cantinas centromedellinenses de mi generación. No bebí en todos, no los recorrí todos. Si lo hubiera hecho, estaría alcoholizado. Pero sí hubo uno que frecuenté por cinco años casi día de por medio, muchas veces llorando a moco tendido por la mujer que veía pasar por la acera del frente del brazo de su novio, y cuya traga maluca me tuvo engatusado todo ese tiempo: El Bar Partenón. 

“Pare aquí chofer” (… es aquí /que quiero llorar por su amor /y en este lugar maldito /la tengo que arrancar del corazón…). Tango con letra y música de Alfonso “Teniente Alarcón” Casini, interpretado por Oscar Larroca con la orquesta de Alfredo de Ángelis:


Un diciembre, por los días de la novena navideña, la mesera se nos acercó sonriente con una botella de aguardiente envuelta en un colorido papel estampado de renos y San Nicolases y coronada por un moño de cinta azul con una tarjeta de “para y de”. La descargó sobre la mesa y nos soltó el mensaje: “Que aquí les manda de aguinaldo el dueño”. Haciendo un balance, ¿Cuánto dinero habíamos puesto en sus bolsillos, como dicen los contadores, “en el ejercicio que termina”?

En esta lista hay muchos nombres tangueros, y muchos tomados de lugares o sitios en Argentina. No es coincidencia. El tango presidió las noches bohemias de mi generación. Un ejemplo sería el bar Belgrano 60-11 y otro el Bar 9 de Julio. Es una fecha que para los colombianos no tiene significado, pero para los argentinos es el día de la independencia. Una imponente avenida hay en esa ciudad que conmemora la fecha y tiene veinte carriles de ancho. Pero no fue la avenida la que dio nombre a este bar sino el tango interpretado por Agustín Magaldi que tiene por tema el desengaño (… Yo llevo en el alma la desilusión, /y desde entonces me condena /la angustia infinita de mi corazón).

9 de Julio”, tango con letra de Lito Bayardo y música de José Luis Padula, interpretado por Agustín Magaldi:


Lástima que la lista se circunscriba a etilicodispensadores, porque también estarían el Restaurante El Escorial, el Restaurante Panamá, el Restaurante Cañaveral, y el Restaurante Cirus en la esquina de la carrera Bolívar con la calle Maracaibo, detrás del Hotel Nutibara, cuyo nombre casi no logro rescatar de la memoria pero sí recuerdo como si fuera hoy su arroz con pollo que uno consumía en esa esquina y devolvía a las dos cuadras. La culpa no era del arroz, ni era del pollo, sino del exceso de aperitivos que uno tomaba de sobremesa. Y estaba el Restaurante Gambrinus que ya no recuerdo dónde quedaba pero su nombre se me ha venido a la memoria. Alguien habla del restaurante de Rosa la Peluda (Rosaaa, esta carne está muy duraaa. “Que le cambien los trinchetes, mijo, que se los cambien”); y otros hablan del café del Capitán López frente al antiguo Palacio Municipal (hoy Museo de Antioquia), por Carabobo, donde el capitán Gustavo, padre del cantante Gustavo López, vendía unos tamales de antología para los amanecedores centroguayaquileros.

Otra cosa es hacer el ejercicio de recordar dónde estaban ubicados estos negocios porque de muchos de ellos uno recuerda el nombre pero no recuerda bien, ni a veces mal, dónde quedaban. Los hay que cambiaron de dirección como decir los billares La Macarena que fueron antes un café situado en un sótano contiguo a lo que fue el teatro Metro Avenida y hoy es una institución bancaria de la avenida la Playa entre las carreras de Junín y Palacé. Antes, muy a principios de siglo, había funcionado en ese lugar un café llamado La Bastilla de don Pedro Zuluaga y don Emilio Franco que luego lo trasladaron con ese nombre a la carrera Junín entre la calle Boyacá y la avenida La Playa donde antes funcionó el café La Gironda de don Miguel Ángel. Como don Hipólito Londoño tenía un café en el barrio La Toma con el nombre de Café La Toma de la Bastilla, resolvió comprar a estos señores su establecimiento y fusionar sus dos negocios en todo el centro de Medellín, dando origen a la fábrica torrefactora de café molido cuyo nombre llega hasta nuestros días “Digno de servirse en vajilla de oro”. Ese Café la Bastilla contiguo al Café Zoratama que conocimos por los días de mi adolescencia, fue trasladado luego al Pasaje La Bastilla donde todavía existe con ese nombre. El café La Macarena se convirtió en un salón de billares y se trasladó para la Plazuela Nutibara, contiguo a donde estuvo El Jardín Pilsen al lado del Grill de las Estrellas de las residencias del Hotel Nutibara. El Bar Kalamary, de don Roberto Mejía, estuvo en Maturín frente al Bar Montecristo, pero luego lo trasladó por corto tiempo a la carrera Junín entre calles de Maturín y Amador, frente al Bar Partenón y El Patio del Tango. El Patio del Tango del gordo Aníbal Moncada se trasladó para el barrio Antioquia. El Bar La Payanca de Junín con Maturín se fue para el Parque de Bolívar. El Bar Málaga de don Gustavo Arteaga en Maturín con Abejorral se convirtió en Salón Málaga al trastearse para la carrera Bolívar entre calles de Amador y Maturín donde aún está. El CAMC se fue de la carrera Palacé con calle Ayacucho para el barrio de San Joaquín, cerca de la carrera 70 con la calle San Juan en Laureles. En fin, muchos han estado situados en una parte y luego se han ido para otra.

Con el tiempo han aparecido otros lugares, como decir el bar La Boa, o el bar Wall Street, o el bar La Arteria, o los billares Universo, o el café Negocios y Negocios, y muchos otros, pero son establecimientos de nueva generación. “Es que si vas a contar estos otros, hombre Orlando”, me dijo Darío Calderón, “tenés que tener en cuenta el bar La Huerta, que cerró; y el bar La Buerta que lo reemplazó pero en otro lugar, frente al teatro de Bellas Artes; y el Café Bar Martini, que su exadministrador abrió frente al teatro Pablo Tobón Uribe. Esos también cuentan. Y no te olvidés del bar del Hotel Europa, en la esquina del desaparecido teatro Junín y hoy edificio Coltejer, que tenía entrada estrecha por la avenida La Playa hacia las mesas del fondo, y ventana con barra hacia la calle por la carrera Junín, donde hubo el primer paradito que tuvo la ciudad”. Esos paraditos eran expendios de licor sin mesas, cuyos clientes apuraban el trago en el mostrador y se paraban en la acera a ver pasar a las muchachas que salían a juninear, o sea a pasear por Junín. 

El día en que yo muera, “y el día esté lejano, soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento”, a mi espíritu le quedará un largo camino por recorrer deshaciendo pasos. Es un largo camino.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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LISTA DE CAFÉS, BARES, Y CANTINAS
DEL CENTRO DE MEDELLÍN
Y EL BARRIO GUAYAQUIL
1950-1970
–No están todos los que son, pero sí son
todos los que están; y no hay duda de que ahí está
por lo menos la mayoría–

(Aclaración necesaria: Para la confección de esta lista recurrí en primer lugar a mis recuerdos, pero luego hice circular el primer borrador entre mis contactos del buzón de correos para obtener más información, de donde resultaron muchos nombres adicionales. Consciente de que quizás esta lista se convierta en un referente de consulta para quienes en un futuro quieran abordar el tema, he optado por hacer las adiciones en una geografía ampliada que se sale de los límites del viejo Guayaquil pero sigue considerándose como del Centro de la Ciudad. Alguno habrá en las adiciones que no sea estrictamente un bar sino un restaurante, pero donde también se consumía licor. En la mayoría he suprimido los artículos “el” y “la” para facilitar la búsqueda de nombres por la palabra principal en el orden alfabético. En fin, espero que haya quedado lo más completa posible aunque el tema, naturalmente, no está agotado. 

Se abre la posibilidad para que alguno complemente esta lista con más nombres y la recomponga presentándola por cuadrantes, sectores, o “fogoncitos”, según sugiere Hugo Bustillo Naranjo. En su lista hizo él un recorrido por Carabobo desde San Juan hasta Barranquilla, otro por Cundinamarca desde Amador hasta Vélez o Avenida Echeverri, otro por Palacé desde San Juan a Barbacoas, y así sucesivamente. Estarían los bares cercanos al antiguo municipio y a la antigua gobernación, los alrededores de la antigua Plaza de Mercado, los de frente a la antigua Estación del Ferrocarril, y así por el estilo. Es una propuesta interesante).

A
Academia –billares–, Adiós muchachos –bar–, Aguadas –café–,
Agualinda –bar–, Alférez Real –bar–,  Alhambra –café–, Amador –café–, Amagá –bar–, Ambassy –bar–, Américas –bar–,  Anarkos –bar–,
Andaluz –café–, Angel –bar–,  Antaño –bar–,  Arabe –café–,
Aristi –bar–, Armenonville –bar–,  Arrieritas –bar–, As de Oros –bar–,
Atlántico –bar–, Aventino –bar–,  Ayacucho –café–

B
Bahía –bar–, Balkanes –café–, Bambuco –bar–, Banco –bar–,
Barca –bar–, Barcaza –bar–, Bardo –bar–, Barra de los Ejecutivos –bar–,
Bastilla –café–, Belgrano 60-11 –bar–, Bello –bar–, Benitín –bar–,
Betinotti –bar–, Bodegón –bar–, Bola Bola –bar–, Bola Roja –café–,
Bolívar –bar–, Bolsa (la) –bar–, Bombay –bar–, Boyacá –bar–,
Brisas de Costa Rica –bar–, Brujas (las) –bar–, Bugalú –bar–

C
Cabaña (la) –bar–, Cafetal (el) –café–, Caimán bar –bar–, Calesita –bar–,
Cali –bar–, Calibío –bar–, California –bar–, Campín –billares–,
Canadá –bar–, Candil –bar–, Candilejas –bar–, Caney –bar–, Cannes –bar–, Canoa (la) –bar–, Caracas –billares–, Carioca –bar–, Carruseles –bar–,
Caruso –bar–, Cascanueces –bar–, Ceiba –bar–, Central –bar–, Ceylán –café–, Chelín –bar–, Chepes –bar–, Choclo –bar–, Cisneros –café–, Cita (la) –bar–, Clarita –bar–, Colibrí –bar–, Colón –bar–, Comercial –bar–,
Comercio (del) –bar–, Copa del Rey –bar–, Córdoba –bar–, Cordobés –bar–, Corona –bar–, Corralito –bar–, Costa Azul –bar–, Crillón (y no Grillón) –café–, Cuba –bar–, Cubaney –bar–, Cúcuta –bar–, Cuyos –bar–, Cundinamarca –bar–

D
Dandy –café–, Danubio –bar–, Darienzo –bar–, Diferente –bar–,
Dino Rojo –estadero–, Dólar –café–, Don Gabriel –bar–, Don Quijote –bar–,
Don Robert –bar–, Doña María –estadero–, Dorado –café–,
Dorado Ride Inn –estadero–, Dragón Dorado –bar–, Dubay –bar–

E
Ecovar (o Ecobar) –bar–, Emperador –bar–, Esquina Roja –bar–,
Esmeralda –grill–, Eureka –café–, Expreso –bar–

F
Fantasio –bar–, Ferrovías –bar–, Ferrocarril –bar–

G
Galicia –bar–, Ganadero –bar–, Gayola –bar–, Geisha –bar–, Gibraltar –bar–, Girasoles –bar–, Gloria –bar–, Golfo –bar–, Gran Bar –bar–,
Gran Clásico –bar–, Gran Star –bar–, Gricel –bar–, Gruta (la) –bar–,
Guaduales –heladería–, Guanábano –bar–

H
Habana –bar–, Happy Hit –bar–, Happy Land –bar–, Hawai –grill–,
Hércules (el de Elvirote) –café–, Homero Manzi –bar–

I
Idilio –bar–, Idilio –café–, Ilusión Azul –bar–, Imperio –bar–,
Independiente –bar–, Internacional –bar–

J
Jai Alai –grill–, Jotacé –bar–, Juanambú –bar–, Junín –bar–

K
Kalamary –bar–,  Kennedy –bar–, Kerlin –bar–, Kosako (o Cosaco) –bar–

L
Lara –bar–, Laureles –bar–, Líbano –bar–, Libaré –bar–, Luces de París –bar–,
Luciérnaga –bar–, Lukan –bar–, Luneta –bar–, Lusitania –heladería–,
Luz (la) –bar–

M
Macarena –billares–, Macarena –café–, Majestic –bar–, Manzanares –bar–, Mapleton –bar–, Maracay –bar–, Martini –bar–, Maturín –bar–,
Medellín –café–, Media Luz –bar–, Metropol –billares–, Mi Tenampa –bar–, Miami –café–, Milagrosa –heladería–, Moctezuma –bar–, Monserrate –billares–, Montaña –bar–, Montecarlo –bar–, Montería –bar–, Montijo –bar–,
Mora Bar –bar–

N
Nacional –bar–, Nazareno –bar–, Nevado –bar–, New York –bar–, Nilo –bar–,
Noches de Hungría –bar–, Noches de Tokio –bar–, Noridia –bar–, Nubes (las) –bar–, Nueve de Julio –bar–

O
Occidental –bar–,  Omega –bar–,  Onassis –bar–, Oro de Munich –bar–,
Orocué –bar–, Orquídea –bar–,  Oskar Bar –bar–

P
Padilla –café–, Paletará –bar–, Paraguay –bar–, París –café–,
Parisiense –heladería–, Partenón –bar–, Pasaje –billares–,
Patio del Tango –bar–, Payanca –bar–, Paz del Río –bar–,
Penderisco –bar–,Perro Negro –bar–, Pico de Oro –bar–, Piel Roja –bar–,
Pigal –bar–, Pigal Dorado –bar–, Piloto –bar–, Pilsen –bar–, Pilsen –café–,
Polo –bar–, Popa –bar–, Portón Rojo –bar–,  Potomac –bar–,
Primero de Mayo –café–, Puerto Nuevo –bar–, Puerto Rico –bar–,
Punto de la Playa –bar–

Q
Quinta Avenida –bar–

R
Rambla –bar–, Rampa –bar–, Rastrillo –bar–, Raudal –heladería–,
Red (la) –bar–, Reno –bar–, Rex –bar–, Rey –bar–, Rigoleto –café–,
Rigoletto –bar–,  Ródano –estadero–, Rodríguez Peña –bar–,
Rojo –bar–, Rondinela –bar–, Ruso (o Moscú) –bar–, Ryo –café–

S
Salón Málaga –bar–, Salón Regina –bar–, San Fernando –bar–, San Jorge –bar–, San Marino –bar–,  San Remo –bar–, Santa Cruz –bar–,  Santa Fe –billares–,  Santa Marta –bar–, Saratoga –bar–, Serenata –bar–, Siboney –bar–, Sinú –bar–,  Sky –bar–, Soberano –bar–, Sol –bar–,  Sótano –bar–,   Sueco –bar–, Suez –bar–

T
Tabarís –bar–,  Taberna de Diógenes –bar–,  Tabú –bar–, Tamacá –bar–,
Tango Bar –bar–,  Tangolandia –bar–,  Tarqui –bar–, Tenerife –bar–,
Tíbiri-Tábara –café–,  Tiburón –bar–, Tres Reyes –bar–,  Triana –bar–,
Trianón –bar–, Tropical –bar–,  Turkestán –bar–

U
Ultima Copa –bar–,  Unión –bar–,  Universo –billares–, Uribe –bar–,
Uribe –café–

V
Vegas (las) –café–, Veinte de Julio –bar–,  Venado –bar–, Venus –café–,  Veracruz –bar–,  Verushka –bar–, Verioska –bar–,  Victoria –bar–,
 Vesubio –café–,  Volcán –bar–

Y
Yarima –bar–, Yoyo –bar–

Z
Zanzibar –bar–,  Zea –bar–,  Zoratama –café–, Zurrambay –bar–


domingo, 18 de septiembre de 2016

170. Cigarrillos de película a humo venteado

El cigarrillo es un cuento tabacalero de nunca acabar. En días pasados yo mencionaba mi extrañeza por las astronómicas cifras en euros que se pagan por la transferencia de un jugador de fútbol como James Rodríguez o Cristiano Ronaldo cuando las taquillas, por más que se llenen los estadios, no dan para tanto. “Es que el negocio no es ese”, me explicó un amigo, “sino las camisetas que cambian cada seis meses y salen a la venta con el nombre del jugador impreso en la espalda, que los fanáticos se apresuran a adquirir. Ahí está el verdadero negocio. El pase de James, por ejemplo, fue librado por el Real Madrid en menos de seis meses”. ¡Mierda! Esa no me la sabía. El negocio no está en el fútbol sino en la publicidad que embeleca los bolsillos de los aficionados. Un simple lavado de cerebro.

Hace muchos, muchísimos años, me intrigó que prácticamente en todas las películas de cine y televisión apareciera alguien fumando. No en todas, claro, porque en “Mejor, imposible” de Jack Nicholson, Helen Hunt, y Greg Kinnear no fuman. Claro que muy al principio un pretendiente de la protagonista trata de encender un cigarrillo y ella se le lanza en voladora a impedirlo: Su hijito padece de asma y es alérgico al polvo y al humo. Eso explica por qué en el resto de la película el cigarrillo está ausente. Hay otra en la que el cigarrillo no aparece en pantalla como protagonista principal ni secundario: “El hombre que susurraba a los caballos”, protagonizada por Robert Redford, Kristin Scott-Thomas, Dianne Wiest, y Scarlett Johannson en una de sus primeras apariciones en el cine. Tal vez ello se deba a ser una producción de la Touchstone Pictures, una división de Walt Disney Productions, la empresa que se orienta más al público infantil que al adulto. Un protagonista principal es aquel que, haga lo que haga, las cámaras siempre lo están enfocando. En algunas parecería que el protagonista no apagara el cigarrillo, siempre fumando de una manera glamorosa y lanzando anillos con sus bocanadas de humo, como si el mensaje fuera “el que no fuma Marlboro no está en nada, está out”. Se me puso que las compañías tabacaleras estaban detrás de esta publicidad subliminal (ya había tocado este tema en algún correo) y aquí hay algo que me confirma que la cosa no es coincidencial sino que obedece a campañas publicitarias intencionadas:


Ante el cada vez más creciente rechazo al cigarrillo por parte de los ecologistas, Hollywood sintió que estaba perdiendo a un importante patrocinador de sus películas y entonces enfilaron sus baterías hacia otro frente que les está dando buenos resultados: la industria licorera. ¿Qué otra cosa se les ocurrirá después? Pues, ya he visto películas en que los fumadores de marihuana y los consumidores de cocaína abiertamente han salido del clóset. Parece ser hasta de buen tono que un ejecutivo yuppie de alguna empresa con oficinas en el piso 116 con vistas a Manhattan, y las hermosas damas que lo acompañan, se peguen una sopladita de polvo blanco como si fuera la cosa más natural del mundo. Tal vez lo sea. Quizás yo soy sólo un atrasado dinosaurio de alguna época prejurásica.

Pensé que eso de la asociación comercial de las empresas tabacaleras con los estudios productores de cine en Hollywood era paranoia mía, pero no soy el único que ha observado tal cosa y el articulista Juan Luis Berterretche escribió en el blog “Viento Sur.Info” de Uruguay en noviembre 3 de 2010 que “Fumar es un placer… sólo para los accionistas de Philip Morris”.


Dice allí que:

En su infinita capacidad para obtener beneficios haciendo daño, las corporaciones multinacionales convirtieron un vegetal sagrado para algunos pueblos originarios de nuestro continente, el tabaco, en un persistente narcótico que envicia y destruye poco a poco a quienes lo consumen. Tornaron las hojas lanceoladas de la planta ritual, en un objeto de consumo constante y mundializado. Un tóxico cuotificado (dosificado a largo plazo) que incita a usarlo frecuentemente y con exceso. En sociedad con las tabacaleras, Hollywood intercaló escenas en sus filmes donde los protagonistas encendían cigarrillos en momentos culminantes de calma, emoción, o meditación. De esta forma impusieron el vínculo entre fumar y los momentos trascendentes de la vida. Tres generaciones fueron sojuzgadas por el emponzoñado encanto del humo criminal de las tabacaleras”.

Confirmadas mis sospechas, hoy me encontré con la película hollywoodense “Nine” (Nueve) del año 2009, dirigida por Rob Marshall y basada en un musical de Broadway que a su vez se basó en la película “8.1/2”, del italiano Federico Fellini quien “dio su aprobación para la creación de este espectáculo, pero pidió que no tuviese el mismo título de su película y que tampoco figurase su nombre”. 

El argumento se basa en un director de cine exitoso y mujeriego que, próximo a cumplir los 40 años, siente de pronto que le falta la inspiración y entra en una fase de depresión emocional por haber perdido el amor de su esposa que no le perdona las muchas infidelidades. La película fue nominada a varios Premios Oscar y a varios Globos de Oro… ¡pero no ganó ninguno! No me sorprende, porque a mi modo de ver es una película entretenida pero una más del montón. No me parece que se destaque. Costó ochenta millones de dólares producirla, y produjo recaudos por dieciseis millones. Un fracaso de taquilla pero que es posible que se reditúe con la promoción en el consumo de cigarrillos. De eso se trata.

Claro que como cada quien ve lo que quiere ver, lo primero que llama mi atención es el suntuoso reparto compuesto por: David Day-Lewis, Marión Cotillard, Sophia Loren, Nicole Kidman, Judi Dench, Penélope Cruz, Kate Hudson, y la cantante Fergie (Stacy Ann Ferguson).

En el momento en que llego al canal con mi control de zapping me encuentro con que el hombre entra de madrugada al cuarto en penumbras donde una mujer espera quién sabe desde qué horas haciéndose la dormida, y trata de saludarla con el aire de “aquí no pasa nada”. Ella se resiste, y el hombre enciende un cigarrillo. Le avisan que su amante intentó suicidarse, y corre al hospital conduciendo su vehículo mientras enciende otro cigarrillo. En el hospital no puede hacerlo, pero sale a la terraza a fumar otro cigarrillo. Del estudio lo presionan (es una película acerca de la filmación de otra película) para que vaya a organizar lo del guión y a darle el visto bueno a algunos asuntos. Lo hace mientras fuma un cigarrillo. Aparece el asistente de escenografía y le muestra unos papeles. Va fumando un cigarrillo. Aparece el camarógrafo haciendo unos encuadres, y un cigarrillo pende de sus labios. Una actriz se maquilla en el tocador, sin dejar caer el cigarrillo que pende de sus labios. Una maquilladora la ayuda con el peinado, mientras fuma un cigarrillo. El productor de la película se hace al lado del director que fuma un cigarrillo, pero parece ser que a él no le gustan los cigarrillos porque fuma un tabaco. El hombre “se fue a la orilla del mar y las olas le decían que ella ya no lo quería”, mientras fumaba un cigarrillo (no sé cómo lo hacen. En el mar que conozco, que es el sencillito de Coveñas, la brisa marina no deja y el ambiente húmedo es pegajoso, no sé cómo lo hacen). En la escena de la pelea final con la mujer él trata de convencerla de que no lo deje, mientras ella insiste en dejarlo. Él quiere besarla. Ella no quiere. El humo del cigarrillo asciende a las alturas desde algún cenicero. El humo del cigarrillo está presente en off por fuera de cámaras, y pueden verse las fumarolas de una a la otra escena. La película está mal titulada. A mi modo de ver, debería titularse: “Mil cigarrillos y medio”. Ese título no augura ningún Oscar.

Hay películas en que no se fuma, claro, pero no son muchas. Una de ellas es “Última oportunidad de Harvey” (Nunca es tarde para enamorarse), que mencioné en el inserto “Besos de película y segundas oportunidades”, de este blog. Otra es “La cara del amor” (Reinventando el amor) con una muy madura Annette Bening que tiene una vejez bella y digna, sin tratar de ocultar artificialmente los signos de su vejez, y muestra todavía el esplendor de su juventud. Vive feliz y enamorada con su esposo, interpretado por Ed Harris, que fallece ahogado en un viaje de vacaciones y a ella le cuesta superar la viudez, no logrando alcanzar el olvido, ni logrando interesarse en su vecino viudo, Robin Williams, que le demuestra afecto pero resulta “no ser su tipo”. Hasta que se aparece un pintor que es prácticamente el doble del esposo fallecido, también interpretado por Ed Harris, y logran enamorarse para iniciar una nueva vida pero… ella lo arruina por causa de la mentira contumaz. No es capaz de contarle a él que lo que la enamora es su sorprendente parecido con el difunto. No es capaz de contarle a su hija que ha encontrado el amor en un hombre que es una copia al carbón de su padre muerto. No es capaz de contarle a su enamorado vecino que el hombre que la atrae es un reflejo en el espejo del esposo que perdió. En fin, no es capaz de aceptar el hecho de que el uno es el uno, y el otro es el otro. Tal cosa arruina esa relación. La película no es gran cosa, aparte de que en ella no se enciende ningún cigarrillo pero sí hay una escena en que el esposo se aparece con los ojos enrojecidos y ella bromea con él “porque veo que fumaste un poco de marihuana”. No se le ve fumarla, pero lo reconoce. Y en otra escena ella dice que le gustaría vivir un poco a la bohemia, sin tantos lujos ni compromisos, en una casa simple “levantándome tarde, tomando un café caliente, tomándome algunas copas, y fumando”. Así es que ella no fuma pero, que le dan ganas, le dan ganas.

Hollywood tiene la capacidad de copiarse a sí mismo como imagen que se refleja en un espejo; y hay películas que muestran los tejemanejes de la producción de una película, una película dentro de otra película. “La amante del teniente francés” es una, con Meryl Streep y Jeremy Irons. O la película “Nine”, ya mencionada. Así mismo tiene la capacidad de recrear la vida real, como el caso basado en el hecho cierto de “Erin Brockovich” (Julia Roberts), empleada de un abogado y ama de casa que investiga los daños causados por una poderosa empresa multinacional explotadora de gas en la salud de una comunidad, y enfrentada al poderoso pool de abogados de la empresa logra derrotarla en los estrados judiciales. 

O como el caso de “Gracias por fumar”, película protagonizada por Aaron Eckhardt con María Bello, William H. Macys, Robert Duvall, Katie Holmes. Eckhardt es un exitoso relacionista público contratado por una poderosa multinacional tabacalera como agente de prensa. Especialista en eludir preguntas comprometedoras, en desviar la atención del asunto central que proponen los periodistas en las ruedas de prensa, y en mentir llegado el caso para defender los intereses de la empresa que lo contrató, es el hombre que pone la cara. Tras su carismática sonrisa y segura voz “Si alguien se estrella contra un poste y muere, el culpable no son los fabricantes de automóviles. Si alguien fuma y contrae cáncer, las culpables no son las empresas tabacaleras”. Una posición muy cómoda. Para eso le pagan. Hasta el día en que conoce y tiene que enfrentarse al actor que por muchos años hizo el papel de aquel vaquero a caballo que con cigarrillo en la boca en su “Mundo del hombre Marlboro” no necesitaba esforzarse demasiado. El hombre Marlboro, símbolo de todo un estilo de vida, se está muriendo de cáncer por culpa de la acumulación de alquitrán que las celdas de sus pulmones absorbieron. No le vengan con cuentos a este hombre. Al relacionista lo acompaña su pequeño hijo, y cae en la cuenta de los valores que le está enseñando con el ejemplo: “No importa mentir, ni importa que tus promesas sean falsas, si con eso ganas dinero y triunfas en tu profesión”. Pobre lección de vida. Resuelve, entonces, enfrentarse a las tabacaleras y testificar contra ellas en el comité del congreso que está investigando sus actividades. Sólo que este comité, como todo en el mundo de la política, también está permeado por las prebendas y lobbys de estas compañías. El hombre prefiere renunciar y retirarse de la exitosa carrera que llevaba, antes que seguir transmitiendo a su hijo un mensaje tan equivocado de que si la gente moría por el cigarrillo la culpa no era de las tabacaleras sino del fumador que “toma su propia decisión”.

Alguna vez hablaba sobre este tema con el Dr. Luciano Londoño López (QEPD). Tenía él la idea de escribir un libro de memorias que muy tangueramente pensaba titular “Quemá esas cartas” y para el cual había venido recogiendo apuntes sobre distintos temas. Murió sin haber concretado su proyecto. A raíz del asunto del cigarrillo quiso compartir conmigo este artículo:

EL ÚLTIMO CIGARRILLO

Tomado de “Quemá esas cartas”, memorias de L3 (LLL, Luciano Londoño López).

“El Universal, Cartagena 9 de abril… el conductor ha resultado muerto, al estrellarse la camioneta que conducía… contra un árbol de la Avenida Pedro de Heredia, cuando intentó encender un cigarrillo…”.

¿Cuál será nuestro último cigarrillo? Con frecuencia nos ha asaltado esa absurda idea y, a veces, hasta la misma obsesión.

Somos fumadores. El cigarrillo, antes inocente, nos hace cada día más mal. No es preciso que se nos diga. Lo sabemos perfectamente, pero, empleando la voluntad en tanta y tanta cosa diaria, en esto falla. Mejor dicho, ni falla siquiera, porque no lo intentamos, y si no es cierto que cada día fumemos más, es verdad que no fumamos cada día menos. 

Una de las personas que más he querido y admirado en mi vida fue don Jaime, un buen jefe que tuve, y quien muchas cosas me enseñó. Él, que había fumado, no solo no fumaba ya, sino que no podía evitar un desagrado de que alguien fumase delante de él. En una época en que nos veíamos mucho, intentó convencerme de lo que yo ya estaba convencido. Cada vez que sacaba un cigarrillo cambiaba de expresión, dentro de su enorme cortesía. 

Una tarde le planteé de cara lo de fumar:

Mi querido don Jaime: con nadie lo paso mejor que con usted. Mi agradecimiento y orgullo de que usted comparta mucho de su precioso tiempo conmigo, es grande. Yo no puedo mantener una amistad forzada e incómoda a costa del cigarrillo.

Y, ¿Qué ha decidido usted? 

Fumar con libertad cuando venga a verlo.

Bueno, pues fume. Alguna vez habrá un cigarrillo que sea su último cigarrillo. 

No sé si me quedaron grabadas aquellas palabras. He seguido fumando a pesar de los malos pronósticos. 

Me ha sido relativamente fácil retirarme de golpe de muchas cosas, pero para eso de fumar me faltó siempre una indispensable y mínima atrición preparatoria. Y es que yo creo que es más difícil vencer las pequeñas aficiones que las tentaciones grandes. Recuerdo aquella sentencia de Oscar Wilde: “Un capricho se diferencia de una gran pasión, en que el capricho dura toda la vida”.

Una de las tantas misericordias de Dios es que no sepamos nunca cuál va a ser el último cigarrillo, que puede ser cualquiera. Sólo los condenados a muerte dan la chupada terrible del que ya sabe que no fumará más. 

Ahora, entre tantos accidentes que caracterizan cada año la época de Semana Santa, leo que en Cartagena de Indias un hombre joven se ha estrellado contra un árbol al salirse de la calzada cuando intentaba encender un cigarrillo. Conozco esa avenida. Imagino el calor mortal que tiene esa ciudad en este tiempo. 

Fumamos porque nos aburrimos, o porque trabajamos, o porque nos divertimos demasiado. Fumamos porque hace mucho calor o porque hace mucho frío. Pero, ¿cuál será nuestro último cigarrillo? Probablemente, lo fumaremos como si tal cosa, sin sospecharlo. Y seguirá ardiendo cuando ya uno se haya apagado. Es mejor así.

Luciano Londoño López

Dejar de fumar no lo salva a uno de la muerte, pero puede ayudar a que uno disfrute más de las cosas de la vida “como un buen vino, o un bocado exquisito de la gastronomía. Los fumadores, con las papilas gustativas embotadas, no saben lo que es eso, hombre Orlando”. Le conté esto a una amiga y me respondió: “El que no fuma, no conoce el placer de fumarse un buen cigarrillo”. No sé si esto sea cierto, pero “la persona que fuma ignora lo desagradable que es un beso que sabe a colillas de cenicero”… y esto lo digo por experiencia propia.

Ahí sí, como dicen, “al que le gusta, le sabe”, y “no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni nariz más atrofiada que la que no quiere oler”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 11 de septiembre de 2016

169. Besos de película y segundas oportunidades

Denominamos química a la empatía que hay entre las personas. Algunas nos simpatizan de entrada, mientras otras “nos caen gordas” desde el principio. Claro que hay gente que actúa y sabe disimular sus verdaderos sentimientos. Mostrar indiferencia, cuando por dentro se derrite; o aparentar agrado, cuando se siente repulsa. Casos se dan. En el cine ocurre a veces que dos actores que en pantalla parecen ser el uno para el otro, tan pronto se escucha el “¡Corten!” y se apagan las cámaras sale a relucir el hecho de que como personas realmente se repelen. Ryan Gosling y Rachel Mc Adams en “El diario de Noah” fueron unos verdaderos artistas porque dieron la impresión de amarse apasionadamente cuando en realidad se detestaban. Angelina Jolie se quejó de que Johnny Deep no era como muy amigo del baño que se dijera, y besar a un hombre así debe ser horrible así sea en película. Robert Pattison y Reese Witherspoon no se soportaban ni en el set ni fuera de él. Meryl Streep y Dustin Hoffman no tuvieron que hacer muchos esfuerzos de actuación en Kramer Vs Kramer porque en realidad sentían antipatía mutua. Con el tiempo han llegado a una situación de esas que denominamos “cordialmente fría”, o sea que “se tragan, pero no se mastican”. Apariencias para la foto, cambio, y fuera.

Uno está solo en un establecimiento, y algunas parejas ocupan mesas al fondo y a los lados de donde uno está. Si uno logra oírlos, e independientemente de las palabras que pronuncien, puede saberse si están enamorados por el tono de la voz. Este tono puede dar indicios, incluso, de cuándo es sólo uno de los dos el que está enamorado del otro. Si el uno pregunta melosamente “¿Tú me quieres?”, y el otro responde displicente o hasta enfadadamente “Usted sabe que sí”, es evidente que allí no hay sino un solo enamorado.

Otro indicio del amor son las miradas. La mirada enamorada literalmente “se derrite”; la que no, es una mirada fría que incluso puede ser helada u hostil.

Y está el asunto de las caricias. Hay personas que sienten la necesidad del contacto físico, y si el amor no es correspondido todos los gestos del otro tienen un claro significado de “¡No me toques!” que equivale a poner una talanquera con el codo mientras el otro trata de bailar bolero amacizado.

Esto hace parte de lo que llaman lenguaje corporal.

Muy joven estaba yo (iba a escribir niño, pero no hace tanto como eso) cuando descubrí que las prostitutas de profesión hacen todo y se dejan hacer prácticamente todo, menos besarse de boca. No sé si se deba al tufo de los borrachos con quienes regularmente tratan, pero este es un gesto que ellas se reservan exclusivamente para el hombre que quieren. Mucho tiempo pasará antes de que un parroquiano cualquiera ascienda a la categoría de “beso en la boca”.

En la película “Pretty Woman” el actor Richard Gere es un empresario que viaja a Las Vegas para unos encuentros de negocios, y allí contrata a una prostituta de profesión con algo de porte, pero prostituta al fin y al cabo, a la que los conserjes del hotel deben pulir para que en las cenas y cocteles a las que debe asistir como dama de compañía no sea tan evidente su trabajo habitual. Como buena prostituta, ella tiene la norma de no besarse jamás de boca con la clientela, ¡jamás!; pero resulta que se ha enamorado de su caballero de compañía y los dos protagonizan uno de los besos memorables del cine.

Hay quienes hacen una lista o ranking de los mejores besos del cine, y cuenta mucho la edad del clasificador en la respectiva lista que elija. Los jóvenes de ahora suelen escoger alguna escena de “Harry Potter” o de “Juego de Tronos”. Los que eran jóvenes cuando yo estaba niño no fallan en escoger a la película “Casablanca” (Humphrey Bogart e Ingrid Bergman), a “Lo que el viento se llevó” (Clark Gable y Scarlett O´Hara), a “De aquí a la eternidad” (Burt Lancaster y Deborah Kerr), o a “El cartero siempre llama dos veces” (Jack Nicholson y Jessica Lange). El factor que incide en la escogencia es que la trama de la película, y su desarrollo, hayan logrado llevar al espectador a sentirse metido dentro de la piel de los actores que interpretan al personaje. Cuando los actores se derriten en la pantalla, los espectadores también se derriten en sus asientos. “Desayuno en Tiffanys” (George Peppard y Audrey Hepburn) entra también en la categoría. Leonardo di Caprio y Kate Winslet son tenidos en cuenta por la película “Titanic”, Ryan Gosling con Rachel Mc Adams por la película “Diario de Noa”, y Jonathan Rhys Meyers con Scarlett Johannson  por la película “Match Point”. Hacen parte de los clásicos. En los tiempos modernos de salida del clóset Mila Kunis y Natalie Portman han inscrito su nombre por la película “Cisne negro”, que también califica; y creo que hay un beso con todas las de la ley entre los vaqueros Heath Ledger y Jake Gyllenhaal en la película “Secreto en la montaña”. Hay un clásico que entra en la categoría básicamente por el título, así la escena como tal sea del montón: “El beso francés” con Kevin Kline y Meg Ryan.

Acabo de ver una película cuyo beso no es de extrañar porque prácticamente no hay película en la que no se encienda un cigarrillo y se den un beso. Eso es común a casi todas. Pero, en este caso, se trata de “Mejor, imposible”, en que una treintañera desenfadada y un poco desorganizada, interpretada por Helen Hunt, trabaja como mesera en una cafetería. No es de culparla por ese desorden porque es madre soltera que vive con su madre y con un pequeño hijo enfermo de asma alérgica cuyo tratamiento ella no está en capacidad de pagar. Ni el tiempo ni el dinero le alcanzan para pulimentos. Jack Nicholson, por su parte, es un hombre maduro sexagenario maniático obsesivo, cuyas camisas deben estar impecablemente planchadas y debidamente alineadas en el vestier. Cierra la puerta con cinco vueltas de llave, porque nunca se sabe, y siempre se levanta con el pie derecho después de hacer una coreografía agüerista para alejar las malas energías. Carga sus propios cubiertos de plástico en el bolsillo para no tener que usar los de dotación en la cafetería. Nunca se sabe. No se relaciona con mujeres, porque nunca se sabe; y es incapaz de comprometerse y de decir te amo, o de expresar algún cumplido halagador para la persona que quiere. El tipo es, definitivamente, un fastidioso. Pero resulta ser que, por increíble que parezca, es un hombre generoso y compasivo con los demás, lo que lo lleva a vencer sus escrúpulos y ayudar al homosexual enfermo que vive en el apartamento del frente; y lo que lo lleva a pagar los gastos médicos del hijo de la camarera “porque tú eres la única que comprende mis caprichos. No quiero ser atendido por ninguna otra, y necesito que regreses pronto a tu trabajo”. Ella quisiera oírle decir que hace tal cosa porque se ha enamorado de ella, pero ese lenguaje no cabe en el sicorrígido hombre que le ha tocado en suerte. El hombre la exaspera, y en la puerta de su apartamento estalla: “¡¿Por qué no puedo tener un novio común y corriente?! ¿Por qué? ¿Por qué?”. Su madre la escucha detrás de la puerta, y se decide a salir para decirle: “Todas quieren eso, hija, pero tal hombre, sencillamente, ¡no existe!”. El hombre llega a visitarla a las cuatro de la mañana porque no puede dormir y, como a él no le gusta hacer visitas de sala, le propone que salgan a caminar mientras abren la panadería de la esquina para comerse un par de pastelillos recién salidos del horno. “¿A esta hora?”. Sí, a esa hora. Ella se pone un simple sweter sobre su pijama y sin cambiarse las pantuflas sale al frío de la madrugada con este hombre que mal que bien se ha ganado su cariño; y, entonces, se funden en un beso. Un espontáneo beso apresurado y de mala factura, dictada por la premura, que lo hace exclamar: “Estoy seguro de que puedo hacer algo mejor que eso”. Entonces el hombre repite la tarea y, en esta vez, se fajan un verdadero beso de película que hizo derretir hasta las más íntimas fibras de mi butaca. 

Dejémonos de pendejadas. Las almas gemelas, sólo son gemelas por un instante. Lo demás es un forcejeo para tratar de acomodar las diferencias de edad, de temperamento, de gustos, de estados de ánimo, de género; para tratar de sincronizar los disímiles ciclorritmos biólogicos.

Y ya que hablamos de cine y mencionamos la película de Helen Hunt y Jack Nicholson con su segunda oportunidad, pasemos al asunto de las segundas oportunidades.

El tema del cigarrillo en el cine es un tema que llama mi atención desde hace rato, y voy a insertar un artículo en este blog la próxima semana hablando sobre él. Así es que me encuentro en la televisión con una comedia seria, y la llamo comedia seria para diferenciarla de esas tvseries norteamericanas con risas enlatadas como las de “La niñera” que ponen a sonar en escenas que se supone deben ser cómicas y causar risa, pero cuyos productores saben que necesitan de ese truco porque no la causan. Es el mismo truco de los aplausos enlatados y de las claques contratadas para aplaudir al político de turno cuando se supone que dijo una frase memorable en su discurso. Un maestro de ceremonias, tras de bambalinas, le hace señas al público de que aplaudan con aplausos que no son espontáneos sino actuaciones para la vitrina. Llegué a esta comedia por coincidencia en el zapping del control remoto, y me atrajo en principio la presencia en escena de la actriz Julia Louis Dreyfus al lado del fallecido actor norteamericano James Gandolfini, de ancestros italianos, que se me parecía a Luciano Pavarotti por su corpulencia, estatura, peso, barba, y calva. En principio llamó la atención que a diferencia de muchísimas películas de Hollywood en esta película no se fumara, pero en segundo lugar la llamó el tema central y el título de la película que es “Una segunda oportunidad” (o "Sobran las palabras").

http://www.milenio.com/firmas/maximiliano_torres/segunda-oportunidad-comedia-unica_18_200559978.html

La vida es una comedia, o un drama, o una tragedia, según le vaya a uno. Cada quien habla de la feria según le va en ella. Novios ha habido a quienes a la novia se le quita la idea de casarse cuando ya están en la etapa de cursillo prematrimonial, novias a las que el novio deja plantadas cuando el cura ya está revestido en el presbiterio y ellas tienen puesto el traje de bodas, matrimonios que se acaban en el primer día de la luna de miel; y, en fin, casos que son noticia por ser inusuales, pero que tal vez no lo sean tanto por ser más frecuentes de lo que uno se imagina.

En días pasados vi una tvpelícula titulada “Mi novia Polly” con Ben Stiller, Debra Messing y Jennifer Aniston. La ordenada Debra Messing parecía ser la mujer apropiada para el meticuloso Ben Stiller, pero el primer día de luna de miel él la sorprende teniendo sexo con el tumbalocas profesor de surfeo del hotel en que están hospedados. Una tragedia, pero como hay gente de buenas, a Ben Stiller se le atraviesa la un poco hippie de Jennifer Aniston y, bueno, se les presentó una segunda oportunidad.

Segundas oportunidades como la de la tvpelícula “El último chance de Harvey” (Nunca es tarde para enamorarse) que también vi con Dustin Hoffman y Emma Thompson. Aunque es un hombre en apariencia seguro de sí mismo, Hoffman se siente un fracasado porque ha sido invitado a la boda de su hija en Londres, a la que no puede faltar a pesar de que la estrella paternal va a ser el padrastro de la muchacha encargado de entrarla del brazo hasta el altar y dar el discurso de brindis. Para acabar de ajustar, el hombre ha perdido su empleo de promotor musical creativo en Nueva York y nada qué ver al lado del exitoso hombre de negocios que, por su matrimonio con Kathy Baker, crió a la hija y se ganó el derecho a ser llamado padre; un hombre adinerado que, de paso, es el que cubre los costos de la boda. Aunque ya se encontraba en Londres, pocas ganas tenía el maduro Dustin de estar en esa ceremonia cuando conoce a una bella e inteligente mujer separada, entrada en la madurez, con la que ambos sienten el flechazo del amor a primera vista. A sus respectivas edades, no están ellos para amores juveniles de adolescencia y lo suyo es algo más reposado, una sintonía sicológica y espiritual más armoniosa. Ella lo convence de ir al matrimonio de la hija, y acepta acompañarlo como soporte emocional para que el hombre no se sienta tan apartado. Al hombre le llega una segunda oportunidad en el trabajo cuando su exjefe de Nueva York lo llama para decirle que lo está necesitando porque los clientes de la agencia de artistas no se acomodaron con los jovencitos que contrató en reemplazo del viejo Dustin; pero Hoffman se niega porque ha resuelto permanecer en Londres por la razón de que “trabajos se consiguen, pero mujeres como ésta no”. Y colorín, colorado, en el amor les llega una segunda oportunidad.

Otra película había visto recientemente con Alec Baldwin y Meryl Streep que se titula “Enamorándome de mi ex”. Aunque la separación fue traumática para la mujer y los hijos, la razón no pudo ser más contundente: al maduro hombre se le atravesó en el camino una jovencita que puede ser su hija pero resulta convirtiéndose en su segunda mujer. Como el tiempo todo lo cura, con los días los exesposos se reencuentran y resultan teniendo una aventura amorosa en la que la jovencita se convierte en la mujer traicionada y la exmujer se convierte en… ¡la amante furtiva! El hombre se separa de la joven con la intención de volver con la primera, pero esta lo sorprende con la respuesta; “Olvídese de eso. Nos va mejor así como estamos”. 

La película “Todo sucede en Elizabethtown”, una comedia con Orlando Bloom, Kirsten Dunst, Susan Sarandon, Alec Baldwin, Jessica Biel, y un largo elenco, es una película entretenida, puesto que de eso se trata la industria del entretenimiento. Nada como para ganarse el Premio Oscar, pero entretenida. Se trata de la muerte de un hombre a quien todos recuerdan como un hombre alegre, y se trata de celebrarle un funeral en el que no campee la tristeza, sino la alegría. Pero lo que atrajo mi atención fue la historia marginal de su hijo (Orlando Bloom) que viaja a hacerse cargo de las cosas del funeral en un momento en que su empresa acaba de perder una millonada y su novia está a punto de dejarlo. Un fracasado que ante los demás aparenta ser feliz y no anda pregonando sus desgracias sino que las oculta. Siente él que, para su novia, él es un hombre sustituto y que sólo está para ella cuando se aburre de estar con otras personas. En el vuelo conoce a una azafata cuyo novio la hace sentir igual. Es ella una novia sustituta para cuando al otro le quede tiempo de asomarse por su vida. Desperté de madrugada y me puse a ver esta película mientras volvía a darme sueño. No tardé en sentir pesados los párpados, pero no le echo la culpa a la película porque en realidad atrajo mi atención, sólo que volví a dormir un largo rato con el televisor encendido y me despierto en el momento en que el personaje interpretado por Bloom se encuentra de madrugada para ver salir el sol después de haber hablado por teléfono durante horas con la azafata interpretada por Dunst. Se ha establecido entre ellos una conexión especial de solidaridad de clase entre platos de segunda mesa, y entonces surge entre ellos ¡Un beso de película! ¡Qué beso! Hasta yo sentí que me sacudía un terremoto. Al separarse “de tus labios, y de todo lo demás”, la actriz reconoce que “Este beso ha sido más íntimo que casi todas las relaciones sexuales que he tenido en la vida”. Se necesita estar conmocionado para reconocer una cosa así.

En la vida real he sabido de personas que se han ganado dos veces la lotería. No es frecuente, pero pasa. Y en la vida real hay personas que se han encontrado con el verdadero amor dos veces. Tampoco es frecuente, pero pasa.

Muchas historias de Hollywood no son fantasías de ficción sino casos sacados de la vida real. Hollywood lo único que hace es adornarlas un poco. Pasa en las películas, pasa en TNT, pasa en la vida real.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 4 de septiembre de 2016

168. Coleccionistas de ají , una colección muy picante

Este es un blog sin ánimo de lucro, no comercial, y por lo tanto no es mi interés hacer publicidad promocional con fines económicos. Hago esta advertencia porque hoy hablaré de coleccionistas, y no de marcas comerciales. Voy a referirme a una empresa montada por Jorge “Giorgio” Araújo Martínez, hijo del médico cartagenero Dr. Jorge Araújo Grau y de su señora doña María Eugenia Martínez Tono.

Para todo hay gente. En mi niñez los chicos jugábamos con las canicas o bolas de cristal, pero había un coleccionista que separaba en otra bolsa las más bellas. A los demás no nos importaba que nos cascaran, totearan o desgastaran las bolas al golpear unas con otras. A él sí. Tenía bolas de jugar y bolas de coleccionar. Las de coleccionar sólo las dejaba ver de amigos especiales que supieran apreciarlas. Igual ocurrió cuando nos dio por guardar las “vistas” o pequeñas diapositivas recortadas de trozos de películas de cinematógrafo que se reventaban en la proyección. Para algunos eran un elemento de canje y un simple artículo de posesión, pero había uno que se sabía de memoria la historia de sus artistas preferidos y su filmografía, para acompañar esas vistas en las que la imagen del artista aparecía en primer plano. Era un coleccionista. 

El narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, como se sabe, era un coleccionista de automóviles, aunque no tan coleccionista como el Sultan de Brunei que tiene más de 2500 vehículos de colección. Cuando una bomba destruyó el edificio Mónaco en El Poblado, en el garaje del sótano había no sé cuántos carros clásicos mantenidos como nuevos. Un Porsche 356, un Cadillac de los 30´s, un Mercedes Benz 600 Limusina, un Mercedes Benz 300 S Roadster, un Rolls Royce Phantom de los 20´s, etc. eran sus preciadas posesiones. Él, que lo tuvo todo, no pudo adquirir la colección que más anhelaba desde que se enteró de que don Lino Galavís, el dueño de la fábrica del café más vendido en Cúcuta, tenía una colección de quince o veinte vehículos “escasos”. Don Lino mostraba su fábrica a muchos, claro está, y la mostraba con orgullo. Levantarla de la nada era un logro que le causaba íntima satisfacción. Pero el cobertizo de atrás no lo dejaba ver sino de unos pocos. Allí, en un hangar dispuesto para cada uno, y tapados por sus pijamas de lona, se alineaban sus relucientes vehículos clásicos de colección que no sacaba jamás a los desfiles “porque no quiero que el ocioso público me los raye, maltrate, o deteriore”. Tenía un mecánico encargado de su mantenimiento a punto, y una vez por semana debía dar una vuelta a la manzana interior del cobertizo para mantener su maquinaria en movimiento. Algunas veces don Lino lo acompañaba en ese ritual por la solitaria pasarela. Me decía ufano: “Si la fábrica se quema, la aseguradora me paga con qué reponerla, pero si estos vehículos se queman no hay dinero en el mundo con qué reconstruir la colección. No puedo darme el lujo de perderla”. Así justificaba que su brigada de bomberos, dotada de extinguidores de varias clases, tuviera su estación en un descampado entre la fábrica y los vehículos. Estoy seguro de que en caso de incendio tenían instrucciones de preservar, primero que todo, la colección tan apreciada que se negó a vender a Escobar, a pesar de los métodos de presión y convencimiento que los hombres del bajo mundo solían emplear en las negociaciones que aparecen en películas como El Padrino, en donde algún hombre con metralleta en mano y un sobre en el bolsillo de la camisa repleto de dólares al lado de un cadáver mira a la cámara diciendo: “Le hice una oferta que no podía rechazar”. 

De los Ochoa, socios de Escobar, se decía que eran coleccionistas de caballos. Los hay, también, coleccionistas de mujeres. Coleccionistas de llaveros, coleccionistas de latas de cerveza. De los coleccionistas más conocidos están los filatelistas con sus inapreciables estampillas; y los numismáticos, con sus carpetas de monedas y billetes de rara adquisición. Y están los coleccionistas de música con sus tesoros de baquelita y de vinilo que miran despectivamente los CDs y las USB con archivos de MP3. Para éstos no hay como tener una grabación original en buen estado. Dan lo que esté a su alcance por poseerla. 

Me han contado que hay un restaurante mexicano donde los clientes piden al maitre que les traiga “la carta de ajíes”. La amplia variedad ofrecida está clasificada por sus niveles de capsaicina (capsicum), según la Escala de Scoville que mide el grado de pungencia o picor, y la estrella del menú es un ají para cuyo consumo el cliente debe firmar una carta en la que exonera al restaurante de responsabilidad en caso de que tal producto le produzca un infarto cardiaco o una crisis histamínica. Parece ser que ya se presentó un caso así, y ellos quieren curarse en salud.


https://es.noticias.yahoo.com/probaron-el-aj%C3%AD-m%C3%A1s-picante-del-mundo-y-sucedi%C3%B3-213137197.html

Pues, me he enterado de que hay un escritor y periodista gringo (Randy Wayne White, 42 libros publicados) que es mejor comedor de ají que los mexicanos, y eso ya es mucho decir. Mientras más picante sea un ají, mientras más fuego salga de su boca, mientras más se le desorbiten los ojos al comerlo, mejor le parece a él la salsa que le pone a su tortilla. Es un campeón. Tanto, que no vacila en ir a Tailandia, a la India, al Ecuador, a donde sea, dondequiera que sepa que tienen una variedad para él desconocida. Tiene dos colecciones. Una son sus estanterías y muestrarios atiborrados de frascos de salsa de ají de muchas marcas adquiridos en distintas partes del mundo. Otra, son sus viveros donde cultiva y aclimata semillas traídas, también, de todas partes. 

Por un artículo que él escribió para la revista Selecciones del Readers Digest (enero de 1998) supe que en la isla de Manga, en Cartagena, tienen la variedad reina de ese mercado. Un grano de ají de los que se utilizan para la marca “Amazon” lo disfraza a uno de dragón en un dos por tres; y allí estuvo este coleccionista al que no le falta sino poner pólvora negra en sus empanadas, que yo sepa. Vaya uno a saber si ya lo intentó.


Dice Randy Wayne White que "En una pequeña dársena en la isla de Manga, muy cerca de Cartagena, Colombia, descubrí una salsa verde (muy picante, pero no demasiado) que olía a vinagre y a la flor machacada de la planta. Se llamaba Ají Amazon y era la mejor salsa que había probado hasta entonces... la pequeña fábrica estaba cerca de allí, así que fui a comprar una caja..." y sigue contando su historia por la que incontables lectores de Selecciones se enteraron de que la plantación está en una región poblada de bandidos. "Por mi parte, me había enterado de que los guerrilleros colombianos estaban secuestrando hasta 1000 personas al año a fin de pedir dinero por ellas". O tal vez el mundo ya lo supiera. Quizás seamos más conocidos por haber tenido a Pablo Escobar y por tener la guerrilla más antigua, que por tener la variedad de ají picante más apreciable del mundo.

Artículo de Selecciones escaneado:


Artículo en el periódico El Universal de Cartagena:


En carta que el Sr. Randy Wayne White le escribió al Sr. Araújo da testimonio de un hecho que le relató el congresista norteamericano Porter Boss que coincidió en una fiesta con la primera dama de los Estados Unidos en ese momento, la señora Laura Bush, y ella le dijo que su cuñado el gobernador Jeff Bush les había regalado unos frascos de ají muy picante de la marca Amazon Dorado que les había encantado en la Casa Blanca. En dicha fiesta estaba también la señora Nora de Pastrana, primera dama de Colombia, quien alcanzó a escuchar la conversación y se sintió orgullosa de poder decir que dicho ají era colombiano. Yo también me sentí orgulloso de esta historia tan picante.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Testimonios:

A Jorge Araújo (propietario de la fábrica de Ají Amazon):
Jorge, ¡You are going to love this story! Our US Congressman, Porter Goss, is chairman of the House Intelligence Committee –a very important man–. He just telephoned me and asked for two cases of our hot sauce. He said that he'd recently spoken to First Lady Laura Bush at a party, and she told him that Governor Jeff Bush had given them bottles of the green and the gold “Amazon”, and that they (she and the President) loved it. She asked Porter where they could get some more. At the same party was Colombia's First Lady, Mrs. Nora Pastrana, and she joined the conversation by saying she loves the sauce, too, and that a friend of her's had invested in your company. ¿Isn't that great? So I am sending Porter two cases –my contribution to the effort.
Best, Randy
Randy Wayne White
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(De Randy Wayne White):
Hello, fellow chilie friends:
My name is Randy Wayne White, and I am author of the Doc Ford novels published by Putnam's Inc., plus I am a senior editor at OUTSIDE MAGAZINE and a contributor to MEN'S JOURNAL MAGAZINE. Like many of you, tasting hot sauces is my hobby, plus I make my own sauces and grow my own chilies. Because I travel world-wide as a writer, I have been lucky enough to try sauces from nearly every country, yet there is no doubt in my mind that Amazon is the finest, purest sauce I have ever experienced. My favorite is firey greem though I love the sweet/sour, the firey red and habanero. I have no financial interest in this company in any way, but I am devoted to Amazon sauces because they are so exceptionally good. I buy gift boxes and give them as presents. Mostly, though, I just serve the sauces on my porch with meats and cheeses at sunset, or I (always) use the dried red pepper sprinkles on pizza and in soups. In blind tests, my friends, who are also chilie lovers, consistently choose the Amazon products as the top two or three sauces from the many dozens I serve. Try them and you will not be sorry,
Randy Whites
Pineland, Fl.
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(De Luis Bernardo Morales):
Desde hace mucho tiempo que soy muy aficionado al ají, pero desde que encontré en el supermercado Éxito de Envigado en Medellín un frasco de ají verde y otro de ají rojo y los compré sólo por la curiosidad que me generó su nombre de Amazon, me enamoré de su producto a tal punto que no volví a usar ni a comprar ningún otro tipo de ají o de marca, distinta a la de ustedes.
Hace aproximadamente dos semanas, estaba buscando ingredientes para prepararme un encurtido de aliños picantes y me sorprendí al encontrar un bellísimo estuche como para regalo, con sus productos, incluido uno nuevo llamado Salsa Habanero que me pareció ESPECTACULAR, Tanto que compré dos frascos y los mantengo en cada uno de los restaurantes de la fábrica.
Desde que leí el articulo sobre el ají en la revista Selecciones y en el cual los mencionan como productores de un excelente ají, tenía muchas ganas de ponerme en contacto con ustedes y darles unas grandes felicitaciones, pero desafortunadamente no había tenido el momento justo para hacerlo.
Les reitero mi admiración por tan delicioso producto, que NO tiene NADA que envidiarle a cualquier producto extranjero, preparado con químicos y aditivos artificiales.
Les repito mis felicitaciones y les sugiero que en lo posible, procuren una mayor penetración de su producto en los mercados del interior del país, eso si sin disminuir la calidad de sus ajíes.
MUCHAS GRACIAS.
Atentamente,
LUIS BERNARDO MORALES L.
Medellín - Colombia

domingo, 28 de agosto de 2016

167. Atravesado, como iglesia en media manga

Preámbulo:

Debo aclarar que este escrito es más una recreación literaria que una reseña histórica, y que como se suele decir cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Este cuento es un poco Delio Ramírez Toro, mi padre. Un poco don Manuel Sierra, mi amigo de enfrente. Un poco don Quico Medina, mi vecino de los lados del parque. Un poco el entorno que en el año de 1963 marcó los comienzos del barrio Belén Altavista parte baja, un barrio en extramuros de la ciudad de entonces, contiguo a la finca del Dr. Pablo Bernal Restrepo, “Finca de los Bernal”, donde hoy se asienta el barrio Loma de los Bernal.

En límites con la Loma de los Bernal estuvo por muchos años una iglesia en construcción, abandonada e invadida por bichos de toda clase, escombros, y viciosos que buscaban ampararse en la soledad de sus altas paredes desconchadas y en la oscuridad de la noche. Muchos años después, los alrededores fueron urbanizados y convertidos en los barrios La Nubia y Aliadas; y en 1975 la iglesia fue ocupada por los padres de la comunidad española del Padre San José de Manyanet, Congregación de la Sagrada Familia, que en la actualidad tienen un colegio allí, regentan un seminario de la comunidad, y atienden la parroquia de “Jesús, María, y José”.

De esta iglesia abandonada en media manga hago mención en el libro “En Altavista se acaba Medellín”, en los capítulos 8, 16, 24, y 32.

http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com.co/p/en-altavista-se-acaba-medellin.html

El espanto de la Loma de los Bernal es mencionado por la Sra. Margarita Inés Restrepo Santamaría en artículo publicado en el blog Lo Paisa.com:

http://www.lopaisa.com/barrios/belen.html

Aunque había más fincas en el sector, la más representativa y que le da nombre es la que fue propiedad del ex alcalde de Medellín (octubre de 1949 a noviembre de 1950) Dr. Pablo Bernal Restrepo y su esposa doña Blanca Rosa Londoño Saldarriaga. La transformación de este lugar da paso a afirmar que “en Altavista ya no se acaba Medellín sino que se acaba en la Loma de los Bernal”. Llegará un día en que podamos afirmar que “Medellín ya no se acaba en la Loma de los Bernal sino que llega a las afueras de San Antonio de Prado”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ATRAVESADO, COMO IGLESIA EN MEDIA MANGA

(Orlando Ramírez-Casas)

"Lo único permanente es el cambio
(Heráclito)

1. ¡DEJEN DORMIR, CARAJO!

Abel Bernal tenía el ceño adusto, aparentando mal genio. Repelente o repeledor de los demás, que decía su nieta. O su hijo, que también decía:

Mi papá tiene el genio más atravesado que una iglesia en un potrero: por las malas no lo convence nadie.

Para Abel la comparación tenía la validez de quien ve las cosas con propios ojos. Se sentía tierno y sabía que bastaba con que le insistieran un poco, por las buenas, para que diera el sí en los permisos. Eso lo había sabido la nieta en su momento, y lo sabía ahora la bisnieta adolescente. El hijo también lo sabía (aunque con él tuvo que ser más estricto, “para enseñarlo a ser verraco en esta vida”). Así le decía, a manera de disculpa, cuando le debía apretar riendas en la niñez. De viejos, les bastaba una mirada para entenderse. Se explica que los permisos se los pidieran al abuelo que era el patriarca y no al padre, que ya era abuelo. Los permisos los daba él allí en su casa, en donde su palabra era ley. Su hijo, heredero del terruño, debería esperar su muerte para posesionarse de la propiedad, porque Abel no se había dejado mangonear de joven y no iba a hacerlo ahora que tenía sus años. Pero desvivía por ellos, por su familia. No había en el mundo nada que amara más que a los suyos y a este pedazo de tierra en donde vivían y en donde había visto morir a su mujer. Era todo cuanto tenía. Por ellos defendía los cuatro terrones que se veían húmedos de lluvia desde el taburete en donde había estado sentado viendo llover por largo rato, con su mirada perdida en el pasado. Un pasado en otra tierra que, por más que reburujara, no tenía soles. Sólo nubes oscuras, nubes y más nubes desde cuando tuvo que venirse de su patria chica...

No me gusta llamarla así: mi patria chica. Patria es el lugar que uno quiere, el lugar por el que uno siente pertenencia. Pero yo no. No quiero ese terruño –frunció los labios. 

En su casa todos conservadores. Y en la de su mujer. Y a él, atravesado, le dio por llevar la contraria, por sentirse liberal, y no supo por qué. Ni sabe ahora que no es nada, que es antitodo. De allí tuvo que salir con su mujer casi pariendo, a vivir a otro lugar. Allí dejó a su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus suegros, a sus cuñados, a sus amigos, a sus vecinos, a sus conocidos todos. Allí quedó enterrada su niñez llena de miedos y de fierezas. ¿Qué puede hacer un niño envalentonado, queriendo matar, frente a sus muertos? Allí están enterrados los que murieron antes y los que murieron después de su partida.

Puñados de huesos cubiertos de tierra-sangre y carcomidos por los gusanos ya no son gente. No vale la pena visitar. 

Se suponía que tenía que venirse por ser de filiación política liberal y los de su entorno conservadores. Se suponía que era por eso, pero entonces ¿por qué a ellos los mataron? ¿Por qué mataron a los que él quería? ¿Por qué lo despojaron de la tierra e invadieron su abandono? Un par de lágrimas se escaparon de su cárcel y las recogió con el borde de la ruana. No quería que nadie las viera. No quería que se supiera que él lloraba.

¿Para qué se tienen que dar cuenta los demás de que hago nudos con los recovecos del corazón?

No volvió a su tierra. Jamás. El intento por recuperar la propiedad se le quedó enredado en abogados. En razones. En peticiones de mejoras que valían más que los cuatro palos de café. Prefirió dejar perder esos derechos que seguir dejándose mangonear por leyes y leguleyos.

Había escampado. Las gotas de lluvia, como joyas engastadas en las hojas de los árboles, refulgían con el sol que las secaba en la época invernal. En verano se agostaban las hojas, resecas; se caían tostadas, traqueando las pisadas. En invierno se solazaba contemplando el verdor y viéndolas brillar en su pequeño paraíso. Y repensando la vida tal como en el verano. Pensar la vida es cosa de estar con la mirada perdida bajo el sol o bajo la luna, véanse más los astros o las nubes. En ese día sus pensamientos no eran tan desprevenidos como acostumbra. Por el contrario: ese citatorio para ir a ver abogados en la ciudad lo tenía preocupado. Desconfiaba de ellos y de su palabrerío porque a duras penas leía y escribía. Por él, vivir lejos de la ciudad era ideal. Pero más abajo de la vivienda empezaba ese otro mundo de la ciudad aborrecida. Antes quedaba lejos y había venido acercándose, sin saber cómo, y arropándolo por los cuatro costados. Aunque a distancia de diez cuadras, por el momento y mientras él pudiera mantenerla alejada. Unas pocas eran las ventajas de la ciudad: los médicos, por ejemplo, aunque poco enfermaran él y los suyos y se mantuvieran en pie con bebedizos de hierbas que él mismo preparaba. La escuela para la nieta antes, y ahora para la bisnieta. Las compras. No era más. Las visitas, no. No le gustaba visitar ni ser visitado. 

Por mí que me dejen solo, que así vivo más tranquilo.
  
Él llegó de una vereda o paraje rural en el campo. Ni siquiera de un poblado: del mero campo, del puro sector montañoso alejado de la cabecera de su pueblo. Montañero que llamaba al terruño en que nació y de donde se vino estando joven. Contratado por ese señor que vio en sus venticinco años, en su musculatura de trabajador y en su difunta mujer en vías de parir, las personas ideales para cuidar de estas tierras que en ese entonces eran fincas de afueras de ciudad. Con el apoyo del patrono puso su verraquera campesina a trabajar y lograron sacarle miles de cargas de café y miles de cabezas de ganado (debían ser miles, claro, aunque no pudiera contar bien) y miles de litros de leche. Siempre fue así, con el patrono. Hubo un momento en que su permanencia en estas tierras se vio amenazada: cuando al hijo del patrono se le dio por hacerse arquitecto y urbanizar. Convenció a su padre de que destinaran un pedazo de tierra para hacer casas. Tenía más de loco que de cuerdo, el loco Medina. Cuando le preguntaron su opinión, les dijo francamente:

Yo no creo que la gente quiera venirse a vivir tan lejos del comercio y de escuelas, de médicos y de iglesias. No hay ni siquiera transporte.

Al desalmado arquitecto se le ocurrió construir una iglesia en mitad de uno de los potreros. Gastándose los ladrillos que su papá sacaba de la ladrillera en el extremo más alejado de la hacienda. Pensaba que alrededor de la iglesia se construirían las casas. Dios no lo dejó hacer más locuras en su nombre y se lo llevó de un infarto fulminante. Ahí está la iglesia, solitaria, en medio del potrero. Es refugio de vacas y pastadero de cabras. Aunque no pueda llamarle pasto a las malezas desabridas que brotan en su interior. Dicen que hay dineros enterrados, o joyas, o quién sabe qué; pues se siente ruido de espantos y parecen flotar sábanas blancas y luces en las noches. Para averiguarlo habría que tumbar la iglesia y es tarea dispendiosa. Es posible que el muerto haya dejado tesoros guardados por si a alguno se le ocurre revivirla a su iglesia. O “plasmar la idea”, que dicen los señoritos de ciudad de esas tonterías. Entonces pensó el difunto, tal vez, en darle una ayuda con sus ahorros a quien quisiera seguir la cuerda de su locura. Mientras tanto ahí están sus espantos asombrando a los labriegos. Alguna vez Abel se armó de valor por fuera y salió solo (por dentro transpiraba sus miedos) con una pica y una pala para excavar en donde aparecían luces. Lo sorprendió la luz del día con un hueco como si quisiera construir un edificio de cien pisos. Y nada de tesoros. Volvió a tapar con la tierra removida.

¡Eh!, que se traguen sus oros los difuntos, que yo no estoy para que se rían de mí y de mi esfuerzo. ¡Dejen dormir, carajos, y no jodan!

2. ¡DEJEN TRABAJAR, CARAJO!

Pensó que hacer labores cerca de la ciudad era como trabajar en ella. De hecho, cuando sus familiares hablaban de él a media voz en el campo que dejó atrás, cuidados de no ser escuchados por extraños, antes de que la violencia los arrebatara, decían que se había ido a vivir a Medellín. No era cierto. Había diferencias. Entre matas y animales se sentía respirar distinto. No estaba viviendo en la selva de cemento, pero aprovechó la cercanía para entrar en oficinas a diligencias: Encargó a los abogados de rescatar lo que la muerte le había dejado con extraños. 

Se enredaron en papeleos. Me enredaron –dijo Abel–. Quisieron enfrentar machetes con tiquitiquis telegráficos y reclamar derechos a distancias. Pa´esa gracia habría ido yo. 

Fueron respondidos por abogados que tampoco quisieron venir a Medellín:

Dicen mis poderdantes que el propietario debe venir a hablar con ellos. Que hay cosas que tienen que conversar.

Prefirió dejar perder sus cosas antes que darles oportunidad de meter sus huesos en un osario. Aunque hizo un poco de repulsa:

¿Entonces vamos a dejar perder las dos finquitas, m´hija? –dijo dolido a su mujer, “su negrita” que él le decía por cariño.

Yo creo que sí es mejor. Nada tiene que ir a hacer por allá a conversar con los que mataron a su papá y a su mamá. Con los que mataron a los míos. ¿Qué voy a hacer con la vida, m´hijo, si me lo devuelven en un costal lleno de huesos?

Los abogados del Instituto de Crédito para Vivienda se habían vuelto a reunir con el propietario de la finca que lindaba con la urbanización recién construida, próxima a ocupar. El siguiente proyecto se realizaría en el terreno colindante, cuyo joven y único propietario aceptó venderles, pero había un inconveniente. Un escollo insalvable, casi. El escollo estaba entrando en ese momento por la puerta de vidrio que daba acceso a las dos oficinas y ostentaba un letrero pintado a la altura de los ojos: “Rodríguez y Pérez, abogados”. Vestidos de saco y de corbata, con sus lentes y sus calvas incipientes, uno de ellos estaba sentado en la silla giratoria detrás del escritorio. El otro lo hacía en una de las dos sillas de recibo, adelante. Cuando la recepcionista les anunció la llegada del cliente esperado, el uno regresó a la oficina contigua, y el otro tomó la bocina del teléfono, haciéndose el que hablaba, mientras oscilaba un juguete de metal reluciente y un bolígrafo. Desde el fondo de un portarretratos era observado por su joven y bella esposa y por sus dos hijos pequeños. Atrás estaba una estantería llena de libros jurídicos y un diploma enmarcado en el que se alcanzaba a leer con letras y filigranas: “La Universidad... Rodríguez... Abogado...”. El jurista hizo una seña con el dedo índice invitándolo a sentarse, y con la palma levantada otra que significaba algo así como “discúlpeme un momento, ya lo atiendo”. Unos minutos que al campesino se le hicieron largos, largos, muy largos. El abogado colgó la bocina un segundo y extendió mecánicamente la mano para saludarlo, mientras retomaba el teléfono con la otra mano:

Excúseme otra llamada, don Abel, que no demoro –salió su voz desde una gentileza forzada.

Otros minutos dilatadísimos. Abel no lo sabía, pero la llamada era para el abogado de la oficina contigua y el tema que hablaban era un montaje destinado a ablandarlo en la salmuera de la antesala: ventajas del equipo que juega de local. El visitante apretaba un pañuelo entre las manos, nervioso, para secarse el sudor. Y le daba casi por estrujar el sombrero de fieltro Stetson con el pañuelo sudoroso. El Sombrero de los domingos. Su nieta le había planchado su mejor pantalón de dril y su mejor camisa blanca y le había embetunado las botas cafés, para que pudiera atender dignamente al llamado del citatorio. Y él se había afeitado con cuidado las arrugas de sus setenta y ocho años, usando la misma barbera afilada, recuerdo de su abuelo, con la que se hacía brotar barbas a punta de deseos por los días en que iba a cumplir catorce años, que cuidaba como un tesoro y que, en alguna vez, le sirvió para mandar de estampida al compañero de convivencia de su nieta que pensó que podía golpearla impunemente, pero le salió el tiro por la culata, gracias a ese filo con que se acariciaba mañana de por medio. Sus pensamientos iban y venían entre el recuerdo de sus cuatro paredes, en donde se sentía cómodo, y la sensación de su incómoda presencia en este lugar.

Abuelo, ¿quiere que lo acompañe donde los abogados? –le había preguntado su nieta esa mañana.

No, m´hija, irán a pensar que pueden zarandearme y que preciso de refugiarme en faldas de mujeres. Yo sé a qué atenerme.

Apareció el segundo abogado en el momento en que el primero colgaba el teléfono, y los dos exhibieron su mejor sonrisa de bienvenida y el más caluroso apretón, en otra vez, de aquellas manos suaves. Apretón que lo obligó a poner a un lado su pañuelo y su sombrero y a dejar al descubierto las suyas encallecidas. Nunca se había sentido cómodo en estas oficinas. Escuchó su andanada de propuestas y dijo no. Dos suspiros y una mirada de inteligencia lo soslayaron (“¡Viejo atravesado!”). Volvieron a las andadas.

No insistan con esa propuesta, que no me interesa. Y no me hagan venir hasta aquí, que yo también soy un hombre muy ocupado. (¿Qué se creen los filistrines éstos, qué se creen?).

3. ¡DEJEN DESCANSAR, CARAJO!

Días después de la tarde del chaparrón, al lado de la ventana en el corredor, desde donde le gustaba sentarse a oír llover, el viejo Abel se instaló a mirar la llegada de la noche. Se fijaba en las faldas y pequeños cerros que se sucedían uno tras otro, cubiertos de malezas y matas enmarañadas, detrás de los matojos. Veía las eras en donde cultivaba sus verduras. Veía el cuarto construído con materiales de demolición, que había convertido en cochera para los marranos. Veía la vaquita pastando y preparándose para la próxima ordeñada. Veía las gallinas correteando y sacudiendo para tragar lombrices que descubrían a flor de tierra. Veía el perro que corría olfateando el aire cada vez que percibía la llegada de un extraño, y que ladraba endemoniado para advertirle a él de su presencia; y para advertir al extraño de que si avanzaba un paso más, tendría que vérselas con sus colmillos afilados. Veía la tierra seca: seca de polvo en el verano y húmeda de barro en el invierno, que era su solar de tender ropas. Se quedaba dormitando en el taburete recostado a la pared, mientras soñaba con sus cosas y pensaba en todo eso. 

Esto se siente solo desde que murió mi mujer. ¡Cómo quería a esa negrita que no he podido olvidar por nada... cómo la quiero!  Para mi alma es como si la suya aún viviera y se hubiera ido apenas de paseo, es como si existiera. La muerte se lleva los pellejos de los muertos, y las alegrías de uno, pero le deja las tristezas. ¡Cómo me hace de falta mi negrita!

La enterró, pero no ha ido ni una sola vez a visitar su tumba en el cementerio. ¿Para qué? Ese olor a tierra mojada le estruja el corazón como si fuera un trapo sucio de cocina. Si se trata de recordarla, estas cuatro paredes lo hacen a cada instante. Y su cama. Y su baúl. Y el retrato que tuvo que descolgar de la pared y alejar de otras miradas porque así la sentía más suya. Y el padrenuestro que le reza cada noche antes de acostarse. 

Los ladridos del perro lo despertaron. Y la nube de polvo por el camino lo alertó. Sus ojos, que a pesar de la edad no menguaban, le mostraron el campero que se acercaba y fue reconocido en la distancia: el del niño Medina, nieto del patrono, camino hacia su finca. Su padre había fallecido, como se sabe, de un infarto. De no haberlo hecho, tendría la misma edad del viejo Abel, más o menos. Habían sido amigos y compinches de aventuras aunque de los dos era Abel, un simple campesino, el mesurado. Al otro, ya un doctor, lo apodaban “el loco Medina”. Tan loco que fue capaz de matar con una escopeta al muchacho que entró furtivamente en su finca a maltratarle un pedazo de pasto recién cortado y a robar frutas o elevar cometas (de lo que hacía, el loco y su víctima murieron con el secreto). El patrono, padre del loco, ya era hombre maduro cuando contrató como agregado de la finca al mozalbete recién casado. Le permitió hacer esta casa y le asignó límites para que pudiera tener su propio cultivo y animales. De eso hace cincuenta años. Abel recuerda porque estaba por nacer su hijo, que ya es un viejo. Nunca le hizo escrituras el patrono, pero hizo prometer a su nieto, en el lecho de muerte, que respetaría los derechos del trabajador sobre el pedazo de tierra. Por haberle sido fiel toda la vida y porque ya tenía derechos de posesión y mejoras acreditadas con el tiempo. Y unas prestaciones, una liquidación, y una jubilación nunca pagadas y nunca reclamadas. Su propiedad le era incuestionable, por encima de la ley. Pero además porque la ley lo apoyaba con más veras que si hubiera un papel escrito. Es que a un contrato sobreentendido podría agregársele cualquier cantidad de cláusulas, sin restricción. Anteriormente la palabra era una escritura. Ahora dicen que no hay ley para el que se retracta de un negocio, “para el mamón”. Pero él sabía bailar al son que le tocaran. Para los abogados también hay abogados. Para todo espueludo siempre hay un gallo de pelea que sacude más hartas mañas. El niño Medina era amable con  él, ni qué negarlo. Y estaba necesitado de vender su tierra por haber descuidado de su herencia, si lo sabría el viejo. Y el pedazo de terreno de Abel era una piedra en el zapato de esa constructora, eso ya lo tenía por entendido. Pero a él no le vinieran con malabares de ciudadano a montañero. Con seguridad el niño Medina le volvía con la propuesta de que vendiera su tierrita para la nueva urbanización. “No lo voy a hacer”, se dijo en voz alta, no para que alguien lo oyera, sino para reafirmarse a sí mismo en su decisión de no vender:

¡Eh!, yo tengo el cuero rayado pero no con lápices, sino con alambre de púas, ¡no me jodan!

4. ¡DEJEN VIVIR, CARAJO!

En ese domingo llegaron en el campero del niño Medina cuatro hombres con cara de resaca: aquél, un chofer corpulento que antes no había sido necesario (¿será más lo de conductor o será más lo de guardaespaldas?), y los dos ya conocidos abogados con traje de finqueros. Observados desde un cuarto vecino por los ocupantes de la casa de Abel: su hijo, su nieta y su bisnieta, que alcanzaban a escuchar la conversación de la visita. Después de “invítenos a un café tinto” que le propusieron para limar asperezas y bajarle a la incomodidad del frío recibimiento, después de “no hay como el café tinto de finca, hecho con agua de panela”, después de “tomémonos un aguardiente del que traemos en el carro para la resaca –y, corrección, observando la extrañeza del viejo por la palabra de diccionario–: el guayabo, que decimos los paisas”, propuesta hecha para sustraerse a la disculpa agria del ¡no hay! De idas y venidas con temas intrascendentes de “cuando mi abuelo y este viejo verraco le sacaban a esto... ¿cuántas cargas de café, hombre Abel?”, sacaron el as de adentro de la manga:

No queremos perjudicarlo. Al contrario, nos interesa su bienestar.

Entonces les propusieron, a él y a los que escuchaban escondidos, que podían conservar este terreno y, a cambio de su colaboración, permitiéndoles llevar a cabo el proyecto de urbanizar el lote contiguo y dejar pasar la vía de acceso principal por éste, construirían para ellos, sin costo alguno, una casa igual a las otras, en donde podrían vivir con todas las comodidades de una urbanización. Sería suya con escrituras, y también le harían escrituras del terreno, que podrían dejar abierto a la posibilidad de que si en un futuro él o sus herederos resolvían vender, fuera una escuela con un escenario polideportivo que hasta podría llevar el nombre del patriarca. Se entró pensativo al orinal, aparentando necesidad, pero con el fin de digerir la propuesta: y se encontró con tres voces acuciosas:

Padre... Abuelo... Abelito: ¿Qué espera para decir que sí? ¡Esa propuesta está buenísima! Es la oportunidad, para nosotros, de vivir en casa decente y no en ésta que se nos cae a pedazos. ¡Vamos, abuelo!

Se dejó convencer. De su familia y de los visitantes. Se firmaron documentos de cesión en notaría y de aceptación de derechos.

Me tendieron una trampa –pensó– ¿quién puede decir no a esas miradas suplicantes de mi nieta más nieta? Es que ¡sí son bobadas! pero esta muchachita me ha cortado el ombligo, como dicen. Se parece a mi difunta mujer como si hubiera reencarnado en ella. Sus facciones, sus gestos, las cosas que dice. Yo la veo a la hija de mi nieta y es como si la viera a mi adorada. Sólo Dios sabe que no la quise sino a ella. A nadie más. No le he buscado reemplazos. Ella no lo creía. Siempre estaba viendo fantasmas. Por eso no me gustaba ir a la ciudad. Para que no pensara que mi corazón tenía otros rumbos. Era parco con las mujeres que se acercaban a la finca. Me hice fama de repeledor. No quería darle motivos. Murió pensando lo contrario, mi pobre vieja, pero ahora ya lo sabe. Sólo la quise a ella. Sólo la quiero. Si no me doliera tanto el alma cuando la recuerdo, hasta me parecería un chiste que a la hepatitis que la llevó la nombren “buena moza”. Pero no soy bueno pa´contar chistes.

5. ¡DEJEN DE JODER, CARAJO!

Dicen que los muertos se van y no vuelven. Él debería creerlo. Desde que la mujer que llenaba todos sus espacios murió, no ha hecho sino recordarla. No ha hecho sino soñar con ella. Debería verla, ella debería hablarle. Pero no ha vuelto. Se ha ido y no ha vuelto como si no le importara lo que dejó atrás.

Y yo estrujado, pensando en mi propia muerte sin saber cuándo me llegue para ir a encontrarme con ella que a lo mejor ya me olvidó. A lo mejor se dice, pero es a lo peor. ¿Qué cosa puede haber más horrible que el olvido? El olvido del otro, no el de uno. Si uno olvidara, sería un alivio. Pero el corazón no olvida. No olvida. No olvida.

Los planos, las maquetas, los componentes del proyecto urbanizador empezaron a circular ágilmente por las oficinas de la constructora. En la maqueta un espacio representaba el terreno del viejo Abel, que por fin había dado su anuencia de vender, marcado con un letrerito de “Escuela futura”. La familia del viejo se encontró recibiendo en su casa de corredor destartalado a unos ingenieros, topógrafos y conductores, que contrataron con la nieta del anciano la fabricación de sus almuerzos. Compró cajas de bebidas gaseosas, que metió en una caneca con agua, para conservarlas frescas y vendérselas a los trabajadores. Y su casa, que desde siempre estuvo alejada del bullicio, se convirtió en el cuartel de avanzada de cuadrillas que se sucedieron interminablemente.

La casa principal, la de los patronos, fue cedida por su heredero, el niño Medina, para que pudieran demolerla. No sintió dolor el último de los Medina. Se sentía incómodo viviendo solo en una casona de tal tamaño. Las locuras de su padre lo perseguían en las miradas de vecinos y extraños que se acercaban por estos lados. Le dolía también la ausencia del abuelo cuyo vacío no se acostumbraba a llenar. Había sido su abuelo y padre cuando murió “el loco Medina”. No se acostumbraba a la falta de la tía Maruchita que le preparaba golosinas y consideraban loca porque sufría de ataques epilépticos. No la dejaron ser normal. No tanto por sus ataques, como por vivir acosada por sus visiones de niñez. Decían que estaba poseída por un demonio que la ponía a hablar en lenguas muertas cuando le daban sus ataques. La exorcizaron junto con la casa y sus alrededores, pero no cesaron los ruidos ni las luces ni las sábanas blancas paseando por los corredores. La tía Maruchita se fue consumiendo hasta que murió, siendo joven, con apariencia de mujer vieja. El niño Medina se propuso no poner atención a esas bobadas pero, por si acaso, ocupó la sola pieza de la entrada y no volvió a visitar las otras instalaciones. Sintió alivio, por lo tanto, de vender la propiedad y ver que la arrasaran con tractores y palas mecánicas. Dos o tres trabajadores en ese sector. Y el Ingeniero residente que sintió accionar la palanca del maquinista y golpear la pala contra una pieza metálica. Miró si se habían producido daños en la máquina:

No sabemos qué sea, Ingeniero, vamos a despejar los lados para ver de qué se trata y le informamos.

Prefirió mirar él mismo.

Debajo de una de las piedras removidas, la grande del pie de la iglesia, la que necesitó de tacos de dinamita para pulverizarla, apareció un baúl de madera podrida, resguardado por cuadernas de hierro oxidado y un candado más oxidado aún, cuyo contenido los dejó atónitos. Objetos sagrados: custodias, patenas y copones de oro. Artículos religiosos. Prendas eclesiásticas que se deshicieron al tocarlas. (“Dicen que hasta hostias consagradas, petrificadas, dicen. Esas son cosas que a la hora de la verdad nunca se saben”)

Mala suerte, Ingeniero, si hubieran sido monedas estaríamos ricos, pero con cosas de la Iglesia no se puede uno meter, traen maldición.

Cierto es: bien hicieron los abogados de la constructora en ponerlas en manos de la Curia, que a ellos corresponde.

Eso está bien y que hubiera venido el Monseñor a bendecir nuevamente los terrenos, Ingeniero, porque ya nadie quería quedarse a trabajar de noche: espantaban los ruidos. Espíritus que dejaron su corazón enterrado con los tesoros. Desde ese día no han vuelto a aparecer.

6. ¡DEJEN MORIR, CARAJO!

Los ojos del viejo Abel, acostumbrados al paisaje de su entorno, no presintieron cuando vio aparecer por el camino aquella nube de polvo entre ladridos de perro, en un domingo de hace varios meses, el revolcón que se venía encima con la urbanización de su tierrita. El de la escritura de compraventa de sus derechos en la notaría fue el primer aviso de cambio. El segundo fue el letrero. No, no el pequeño de la maqueta de la firma proyectista: otro más grande, el de la valla gigante levantada a la entrada de la finca, que se alcanzaba a ver desde la ventana de su casa y a leer en la distancia:

“Aquí se construirá la Urbanización Altamirana”

Con una cantidad de datos que él no entendía bien: “no sé cuántas casas, no sé cuántos pesos, no sé cuántos meses” y con el logotipo del Instituto de Crédito para Vivienda.

Después despejaron un pedazo de terreno frente a su casa y construyeron una caseta para guardar herramientas. Un vehículo de remolque desenganchó un furgón que, al abrir sus compuertas traseras, dejaba caer una escalerilla. Resultó ser una pequeña oficina para el Ingeniero residente con su casco protector. Aparecieron volquetas y tractores que, con sus cuchillas, sus palas y sus volcos, empezaron a remover la tierra del otro lado de la finca y a convertirla en un terreno plano. Las gallinas se fueron zambullendo de una en una en las ollas de sancocho. Igual las verduras, que la capa de polvo ya no dejaba retoñar. Y los cerditos que ya no tenían sobras de comida para alimentarse, porque los trabajadores no dejaban nada. Absolutamente nada. No había tiempo para cuidar la huerta. El tiempo a duras penas alcanzaba para atender a los comensales y para venderles bebidas y cigarrillos y prestarles el baño y guardarles la ropa de trabajo. La casa se convirtió en tienda mixta, sin permiso oficial, porque también vendían cerveza. Fría, que es como les gusta. Y salchichón cervecero, con limón. Y se abrió una libreta de cuentas para anotar los consumos y pagar “cuando llegue la quincena”. No se dieron cuenta de cuándo pasaron de ser agricultores a comerciantes. El Ingeniero les hizo instalar, desde lo alto de un cerro, una tubería negra que llamaban PVC y había sustituido a la de hierro. “Para que no les falte el agua, don Abel, porque vamos a canalizar la quebradita”. Las máquinas se iban acercando ya a la casa y todo el frente se había convertido en una gran cancha de polvo y barro donde cabría el engramado de dos estadios. Los topógrafos comenzaron a medir y medir el terreno otra vez (¿cuántas van?), y a colocar estacas. Cada cuatro estacas formaban un rectángulo de tierra. Un lotecito. Tan pequeño a la vista, que no parecería que allí pudiera caber una casa con todos sus espacios. Menos si se comparaba con las amplias casas en donde la mayoría estaban acostumbrados a vivir. Parecía un campo llano a punto de empezar la siembra del fríjol.

Un domingo fue la asignación de los lotes. Los adjudicatarios se habían escogido por puntaje. Cada hijo marcaba un punto. A más hijos, más puntos. Familias pobres y numerosas que ocuparían las trescientas casas y conformarían un grupo de aproximadamente mil quinientas personas. Era un cálculo promedio, porque algunas familias tenían más de cinco hijos, otras más de diez. Ese domingo llegaron los adjudicatarios. Con algunos o con todo su grupo familiar. Se les asignaron, por sorteo, sus respectivos lotes. El hijo de don Abel tuvo que ir dos veces al mercado, para renovar el surtido de la tenducha. De todo. Vendieron muchos sancochos, a algunos. Y mucho plátano y mucha papa y mucha yuca y mucha leña para aquellos propietarios, orgullosos y felices, que querían celebrar haciendo su primer sancocho en la casita. Casita inexistente, pero que ya veían con los ojos de sus sueños. Habían llevado ollas para eso.

“Tener casa no es riqueza, pero no tenerla es mucha pobreza” –  decían aliviados del temor de que, en cualquier momento, los dueños pidieran sus casas de arriendo con el pretexto de que “la estamos necesitando” o les subieran el valor de la renta más allá de sus posibilidades.

Por eso quisieron marcar su propiedad sobre el lote que les correspondió, con ese sancocho. Algunos hasta orinaron en alguno de sus mojones. Casi se les veía el impulso de levantar una de sus patas, como los perros, para indicar que a partir de ese momento ese rectángulo de tierra sería su dominio.

Ya iban varias semanas del sorteo, y se veía el encintado del pavimento haciendo calles y el del cemento haciendo aceras, cuando empezaron a verse los lotes con una brecha formando dibujos geométricos como de laberintos con muchas entradas y una sola salida:  el espacio correspondiente a la puerta exterior. Las brechas empezaron a verse con entramados de hierro formando parrillas. Las parrillas empezaron a llenarse de concreto. Cualquier día los lotes estuvieron con sus cimientos listos para soportar las paredes. De pronto las construcciones estuvieron a punto de techo. Algo después se vieron todas con sus techos. Todas, menos una: la segunda desde la esquina. La de don Abel. Esa fachada parecía la sonrisa mueca de un niño que acabara de perder el primer diente. El Ingeniero se rascaba la cabeza, desconcertado, frente a Abel:

No, Ingeniero, no es terquedad. ¿Para qué voy a estar cambiando techo por cemento, si lo que quiero es levantar un segundo piso?

Tenía lógica. ¿Cómo explicarle al anciano que su deber de funcionario era ponerle oficio a los millares de tejas que el Instituto ya había licitado? ¿Que la Directora de Relaciones Públicas quería tomarle una foto a la urbanización con sus techos iguales para el anuario de realizaciones? ¿Qué si abría esa compuerta los otros propietarios iban a querer hacer lo mismo? No se dejó convencer... el anciano. Al Ingeniero no le quedó más remedio que dejarlo tirar su placa de cemento y reprocharle, para guardar las apariencias:

Debería ser agradecido, como los otros, y no ponerse a regatear por algo que a usted le está saliendo gratis, porque la constructora no le está cobrando por hacer su casa.

¿Qué pendejada es esa que está diciendo? –preguntó, visiblemente disgustado– ¡Gratis no me sale!  A cambio de ella di la firma para renunciar a lo que era mío. Estoy sacrificando mi libertad, que no tiene precio. Que agradezcan los que tienen por qué. Yo no. A mí me cambiaron mi casa grande por una alcancía y mis sembrados por una escuela. Y no lo agradezco, sino que me arrepiento. Me matan los remordimientos.

Ganó esa pelea, como había ganado muchas otras en el pasado. Pero perdió la batalla con la vida. Los cambios fueron demasiado para él. Y enfermó. Se tendió en cama, cobijado por un manto de tristeza.

Hija, dé una vuelta por donde el abuelo, a ver cómo está.

Ya voy, madre –contestó la bisnieta.

Abelito, ¿quiere una arepa con mantequilla, huevo frito y café con leche, para que desayune?

No, m´hija, esas arepas plásticas precocidas no me apetecen porque no saben a maíz-maíz. Ni tampoco esa margarina de fábrica que le quieren hacer creer a uno que es mantequilla. Ni esos huevos galponeros de yema blanca...

¿Yema blanca? ¡Cómo se le ocurre!  No ve que son amarillas.

Amarillo es el sol, m´hija. Esas yemas son de color blanco sucio y no saben a nada. Ni esa leche descremada de bolsa me sabe a teta de vaca. Como a ustedes les dio por cambiar los animalitos por un botellero y unas tablas. ¡Pendejadas que no se comen! Por hacerles caso a ustedes perdimos la libertad y nos volvimos esclavos de todo el que toca la puerta a cualquier hora para comprar una gaseosa.

Echarle plata al cajón no es perder la libertad, Abelito.

Sí es perderla. La libertad consiste en que uno pueda disponer del tiempo a su albedrío.

Se fue poniendo enfurruñado, de mal genio. Llevaba varios días de mal comer y decía a su nieta que “hasta el perro, que se perdió, estará por ahí en una cañada, muriéndose de pena moral”.

¿Quiere que le llame al padre, Abelito?

¡Al padre! ¿Al del galpón que convirtieron en iglesia? Me tendría que confesar de no haber podido perdonar a las ánimas del purgatorio por ocultarme el entierro que busqué como alma en pena. Y a él se lo entregaron sin que tuviera que sudar gota. Déjeme a mí con mis remordimientos. 

¿Cómo así, Abelito, se va a poner a pelear con la Iglesia? Eso sí que no lo haga. No ve que algún día se muere y le toca irse para otro lado, así no vuelve a ver a la Abuelita –le salió la bisnieta con ese argumento contundente.

Está bien, tráigalo –se resignó.

Es cierto, ha sido frío en cosas de religión, ha sido frío. Pero no soportaría alejarse de la única mujer que amó en la vida y espera encontrar allá en el cielo. Si algo tiene de bueno la muerte, será eso, el volverla a encontrar. No será cosa de dejar que lo alejen de ella. Recibió al Cura y se cubrió de bendiciones con su paz. Rezó un padrenuestro pidiendo ayuda al alma de su negra y quiso empezar otro...

Cuando la nieta sintió que le sobrevenía un nuevo ataque de asma al abuelo, corrió para auxiliarlo. A poco de medio recuperarse, todavía en brazos de su nieta, exclamó:

Yo tenía para ustedes mi pequeño cielo, pero me lo quitaron, m´hija, me lo quitaron.

Se lamentaba mientras veía a sus vecinos descolgando la curiosidad por la ventana. Los tenía encima, él que los había tenido a distancias. Sintió que ya no le quedaba el menor asomo de independencia si, hasta para escupir sus flemas en la bacinilla, tenía ojos ajenos adentro de la casa. Y entonces, sintiéndose derrotado, se puso rojo y se santiguó, como pidiendo perdón por otra de sus malas palabras. Y, antes de exhalar el último suspiro, le increpó a la nieta, dejando rodar una lágrima de impotencia:

¡Esto me lo arrebató el putas!

Su hijo quiso asumir el mando, pero ya no había qué mandar. Quiso enterrarlo en el solar de su terruño, pero no lo dejó el Cura. Quiso poner esa frase como epitafio en la lápida de Abel Bernal... pero no lo dejó el sepulturero. Perdón, abuelo, tenías razón: a esto... 

“Se lo llevó el putas”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)