domingo, 21 de mayo de 2017

205. Canciones de la mareta

Te entrego esta mujer en matrimonio...
Esposa te doy, y no esclava...
En la salud y en la enfermedad...
En la fortuna y en la adversidad...
Hasta que la muerte los separe...
(Fórmula sacramental)

Consuelo Gallego, aceptó casarse conmigo, pero no firmarse “de Ramírez”. Quería entregarme su corazón, sin perder su independencia. La amo. Es un ave que escogió posarse sobre mi hombro por propia decisión y no por ataduras materiales. El Sacerdote nos bendijo, y también la sociedad. Pero lo que nos une es el amor. ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

1. LA MUJER QUE YO QUIERO

Los vaivenes de la vida llevan y traen al hombre, como la mareta, columpiándolo en sus olas. A veces es esa depresión que se ve en las olas altísimas de Hawai, como cobijándolo a uno y queriéndoselo tragar. A veces es ese estar montado en la cresta de la ola, con la sensación de poderío. Por desgracia, ¡Ay!, ese instante es pasajero.

Te ves cansado –dijo mi mujer una noche al acostarnos–. ¿Cuánto tiempo hace que no disfrutamos de vacaciones?

Es por el dinero... No lo tengo.

He estado ahorrando para eso y quiero que este año vayamos al mar. No a un sitio de esos caros, no. A uno sencillo. Pero que nos podamos olvidar de la rutina y de las dificultades del día a día.

Las dificultades del día a día. No sé quién dijo que lo difícil no era enfrentarse ocasionalmente para luchar contra un dragón, caso en el que uno sacaba arrestos de donde no tenía. Que lo verdaderamente agotador era la lucha por el diario vivir. Lo sé. Las dificultades que he debido sortear en este año me lo demuestran. 

Me siento afortunado de haber encontrado esta mujer en la vida. Teniéndola a ella no me siento solo, y estar con ella no me permitirá volver a vivir esa experiencia, desapacible experiencia, de sentir la soledad en compañía; esa que se siente cuando uno está rodeado de personas pero le falta una, la que lo llena, la que le despierta un “Anhelo infinito”: (1)

(1) ANHELO INFINITO (L: Roberto Muñoz Londoño; M: Arturo Alzate).

Quiero en las tardes, 
cuando el sol se vaya, 
irme con mi morena 
hacia la orilla. 
Echar las redes, 
y entre playa y playa, 
remar juntos los dos 
en mi barquilla.

Acabo de despertar y veo a esta mujer que adivina mis pensamientos y me rescata a cada nada del mar de dudas que me confunde. Me quedo mirándola y pienso en la canción: 

–   Amiga, mi buena amiga,
mi amante niña, mi compañera:
quisiera contarle al mundo
lo que es tenerte la noche entera.
Y recorrer tus caminos,
tu vientre fino, tu piel de seda,
y el paisaje de tu pelo
sobre mi almohada
y tu boca fresca.
Razón de mi vida,
mi fe, toda mi alegría.
Molino en que gira mi ser,
mi amor, y mi vida.

A veces, cuando despierto,
a velar tu sueño
de niña buena,
te robo en silencio un beso,
mi amante niña, mi compañera,
y pienso si no es pecado
ser tan dichoso 
y me da vergüenza... (2)

(2) AMANTE NIÑA (Letra, Música, e Intérprete: Leonardo Favio).

Ella tiene su genio variable, es cierto. Como el mar. A veces está furiosa. En esos casos es mejor quedarse en tierra. Pero a veces está calmada, y su voz me acaricia, como la brisa. Y su aliento me refresca, como las olas. Y su ánimo me mueve, como el viento. Tomo una ducha y canto, mientras ella se despereza:

–   La mujer que yo quiero
no necesita
bañarse cada noche
en agua bendita.
Tiene muchos defectos,
dice mi madre,
y demasiados huesos,
dice mi padre.
Pero ella es más verdad
que el pan y la tierra.
Su amor es un amor
de antes de la guerra,
para saberlo...

La mujer que yo quiero
me ató a su yunta,
para sembrar la tierra
de punta a punta.
De un amor que nos habla
con voz de sabio
y tiene de mujer
la piel y los labios.

Y sin quererlo tú,
Te envuelve en su arrullo... (3)

(3) LA MUJER QUE YO QUIERO (Letra, Música, e Intérprete: Joan Manuel Serrat).


2. MAR DE LENTEJUELAS

1964. Diecinueve octubres. Hace diez meses fui certificado como no apto para el servicio militar, lo que me  permite trabajar, aunque me falten dos años para obtener la cédula de ciudadanía y votar en elecciones. Soy mensajero desde hace seis y estoy nervioso por la misión que me han encomendado. Este fin de semana debo viajar en avión a recoger documentos en Cartagena. Luego a Turbo, para registrarlos en notaría. Esperar trámites y traer copias autenticadas. Regresar en avioneta. Empaco mi maleta de viaje con dos pantalones de bota larga. Unos cortos o “bermudas”. Una pantaloneta de baño. Por lo que ocurra. ¡Qué se va a ocurrir si no sé nadar! Pero es mejor ir prevenido. Para mezclarle turismo al trabajo. Al fin y al cabo llegaré viernes a presentar papeles y deberé esperar hasta el lunes. A que salgan. Está de moda viajar a la isla turística de San Andrés. Por su belleza, por su mar, por sus playas. Y porque el régimen especial aduanero de zona franca permite compras de artículos importados sin arancel. Salen baratos. Justifica el viaje, sólo por las compras. Las agencias de turismo organizan excursiones en aviones repletos de compradores. Son frecuentes. Yo no he ido. Los aviones tetramotores (“Constellation” dice en los anuncios luminosos que parecen noches estrelladas) son viejos y ruidosos. Su mantenimiento es deficiente. Ya han caído algunos. Tragedia aérea, se lee en los periódicos. Muchos muertos en una. Muchos más en otra. Y hubo otra. Y yo debo viajar a mi misión. Pero no a San Andrés, sino a Turbo, en la zona bananera.

¿Es la primera vez en que aborda un avión? No se preocupe. Son seguros. Las avionetas más, porque planean. Las estadísticas dicen que, comparados con otros vehículos, hay menos accidentes de aviación que de automóvil...

Estoy nervioso... “Las estadísticas”. ¡Al diablo con las estadísticas! Estoy nervioso. Mi primer viaje en una cascarita de éstas. Hay niños de diez años que ya lo han hecho muchas veces. Están acostumbrados. Yo no. Estoy nervioso. No sé dónde poner mis manos. No sé cómo respirar. Siento un dolorcito de cabeza. Tenaz. Estoy nervioso. Una voz metálica de mujer dice por el altavoz:

... Pasajeros con destino a... y a... Favor pasar a bordo.

Me corresponde el asiento de la ventanilla derecha, un poco por delante del ala que sostiene un motor con sus hélices quietas. A mi izquierda una viejecita que dormita y reza. El avión enciende el motor que está a mi lado. Ruido ensordecedor que instala un zumbido en mis oídos. Enciende el otro, del lado contrario. Empleados de overol y cubreoídos y paletas en la mano hacen señales de que “Bien... Ahora éste... Suelte esto otro... Siga adelante...”  y el aparato empieza a carretear hacia el final de la pista. Unas manos se ven oscilar en plataforma, despidiéndonos. Dos de ellas son las de mi madre. Otras dos las de mi jefe. “... El Capitán y su tripulación... puertas de emergencia a los lados... salvavidas debajo de los asientos... ...e mil pies de altura... objetos de mano... no fumar... abrochar sus cinturones... hasta que la luz encendida se apague...”  (Padre nuestro... sea tu nombre... como en el cielo... Ya vamos a salir. Queriendo Dios nos irá bien, jovencito). Mis manos sudan. El avión llega al extremo y se detiene. De pronto sus motores giran reventando a tetra-más-de-mil revoluciones por minuto. El ruido ahora sí que ensordece. A mi lado unos discos gigantes parecen estar tocando una música que no oigo y parecen girar en sentido contrario del que giran. Las hélices que había en su lugar han desaparecido. Controlo mi nerviosismo y me acomodo para ver bien el paisaje desde el aire. La ciudad maravillosa. Las montañas. El cúmulo de nubes. Nubes. Nubes. Más nubes. Duermo. El avión trepida. Despierto. Vuelvo y duermo. Si por lo menos fuera a San Andrés, pero no. Voy a la ciudad principal del Urabá. Y a Apartadó. Un caserío que queda más allá, o más acá. Mi sentido de la orientación no me ayuda. El avión llegará primero a Cartagena. Sigo dormitando.

Recuerdo la primera vez que visité el aeropuerto. A despedir viajeros. Cinco años de edad. Mis ojos y mis oídos muy abiertos. Mis pantalones cortos. Mi saquito imitación de adulto. Mis zapatitos de charol. Los adultos conversan.

Aquí fue en donde murió Gardel...

Murió quemado...

Aviones chocados...

Cuerpos chamuscados...

Chamuscados no, ¡achicharrados!

Miii Buenoos Aireees queridooo,
cuando yo te vuelva a veeer
no habrá más penas ni olvidooo... (4)

(4) MI BUENOS AIRES QUERIDO (L: Alfredo Lepera. M e Intérprete: Carlos Gardel).

¡La vida es un tango! Murió y no la vio más a su Buenos Aires querido.

¡Ah, caramba! Y es que se entona.

¡Ah!, ¿Y usted que creyó?

Los pasajeros abordan. La despedida. El avión enciende motores. El ruido. El carreteo, como un automóvil. La ráfaga de viento. El impulso. El despegue. Se eleva. Se eleva. Se va. Un puntico en el horizonte. Se fueron. Hace tanto tiempo que se pierde en la memoria. Ahora soy yo el que viaja. Dormito.

El avión, con su rugir interminable, se aproxima a su escala. (Señores pasajeros, nos encontramos próximos...). A la derecha, de pronto, saliendo de una nube, se ve el mar. No había visto el mar, en antes. Es inmenso. Como lo suponía. Como en película. Como en televisión. Inmenso, sí. Su inmensidad se pierde en el horizonte. El avión hace un giro y se adentra un poco sobre las aguas, para tomar posición de aterrizaje. Entonces admiro el inmenso lago inacabable, y su porción de playa. Y un como manto con kilómetros de lentejuelas. Se me antoja un cardumen apreciable desde el aire. Pero no. Cada ola, cada ondulación, se ha convertido en un espejito que me devuelve el reflejo del sol y entonces, en la distancia, su luz no es amarilla sino plateada. Miles de lucecitas plateadas que me reciben y dan la bienvenida al asombroso mundo de la inmensidad marina. Como pañuelitos blancos que se agitan, multitudinarios. Todavía no he sentido el olor de la sal. Ni he sentido su sabor en mi lengua, todavía.


3. CHARCO HONDO

Sin haber ido a Hawaii, sé que allí se dan olas inmensas que sirven de trampolín a los deportistas que hacen cabriolas montados en tablas, y sortean olas inmensas en sus playas. No las he visto de cerca, pero sí en pantalla. El séptimo arte. Cine y televisión. ¡Qué maravilla! “La octava maravilla” dicen de la pantalla, con arrogancia, algunos cineastas. Tal vez lo sea. Pero le ha quitado al hombre su capacidad de asombro. Esa que hizo que mirara maravillado el primer fuego, y la primera rueda. El primer pan. La primera aguja. El primer sombrero. El primero que montó a caballo. El primero que ordeñó una vaca. Ese mundo redescubierto por cada niño que avanza tres pasos en compañía de su abuelo. Eran tiempos en que se descubría lo que era una vaca tocándola, y no viéndola en una lámina de la cartilla de primeras letras. Cuando se sabía lo que era el mar montado en una carabela y se sentía la necesidad de no decirle mar sino “El mar océano”. Ahora, cualquier canal de televisión, nos muestra a los equilibristas de Hawaii. Y visto eso, tantas veces, hace que uno vea al mar tranquilo y vea las aguas de la bahía costera más cercana al lugar en donde se vive, no tan esplendorosos. Ya no abruma. Ya no maravilla. Es más o menos lo que se suponía. Era lo esperado.

En mis tiempos había cine proyectado en telones de trapo que transparentaban la imagen por detrás. Y apenas un canal nacional en la televisión accionada por botones, no con teclas. No había televisión vía satélite, plagada de canales y a control remoto, como ahora. Apenas unos pocos televisores en los pueblos. En la zona rural que visitaba, más bien caliente, entre montañas, a dos horas por carretera desde la ciudad, el charquito que se formaba en la quebrada tenía apenas un metro con veinte de profundidad. Y no era más. Nada con lo que pudiera lucirse un nadador. Hecho con piedras para represar el agua. Parecía una piscinita de hule de las que se inflan en los patios de las casas pequeñas. Los muchachos, en sus vacaciones, juntaban piedras y piedras hasta formar esas dos paredes contenedoras del lecho de arena, pedruscos y agua. Esa agua fresca que baja de la montaña y que aleja el calor del cuerpo, bañándolo con una sensación de bienestar que es lo más parecido al paraíso. Así debieron vivir Adán y Eva antes de que los echaran del edén. Al cansarse de chapotear y dar cortas brazadas, los muchachos salen a tirarse sobre una piedra, al sol, y luego retozan a la sombra de los árboles y comen mangos y naranjas. Para los nadadores, los verdaderos nadadores, los audaces, la quebrada forma un poco más abajo un verdadero charco. Éste sí hondo y peligroso. Dicen que con corrientes que forman remolinos encuevados en donde se han ahogado ya varias personas. Constituye un reto para algunos y una fuente de terror para otros. Los osados se trepan hasta la rama más alta del árbol cubierto de verde. Parece un policía de tránsito que tiene su brazo estirado como si estuviera señalando un desvío. De pie sobre la rama, en equilibrio precario, los nadadores dan dos o tres manotadas al aire como si sus brazos fueran alas que los van a alzar en vuelo. Y caen, con estruendo, sobre ese espejo que les lanza reflejos de sol. Entonces sus cuerpos penetran abajo, muy abajo del pozo, y la habilidad de nadadores los regresa a la superficie, triunfantes con sus pieles quemadas por el golpe del agua, a recoger los aplausos de sus admiradores. De alguno que se ahogó, dicen que estaba borracho. De otro, que era buen nadador, se cree que le dio un calambre. Hay quien cree, por haber vivido siempre en estas montañas, que son tributos en vidas que cobra el dios de la quebrada. Porque la quebrada tiene vida. Quien la ve, así mansita, no imagina lo furiosa que puede ponerse cuando la agitan lluvias y vientos. Se crece. Estando crecida, no quiere jugar más con niños y le da por arrastrar piedras con violencia y llevarlas abajo. Desbarata las represas. Al furor de rayos y centellas y nubes descargadas, lo acompaña la quebrada con su retumbar de piedras golpeando unas con otras y aguas que se agitan encrespadas. Y desbanca barrancos. Y arrastra casas. Y cobra nuevas vidas. Siempre cobra. Cuando se calma, y empieza nuevamente a apretar el calor, los muchachos suelen olvidarse de lo furiosa que la vieron en el último invierno, y vuelven a rehacer sus represas. Y a retozar entre sus aguas y en sus orillas. Así en una y en otra vez.

Los tres chiquillos jugaban animados en el charco pequeño. Los dos niños ciudadanos, acabados de llegar a la cabaña de veraneo vecina, dejaron a los adultos disfrutando de la piscina y salieron a explorar por la orilla de la quebrada, hasta encontrar el charco grande, que prefirieron dejar quieto. Siguieron caminando hasta llegar al charco pequeño. Lo hicieron atraídos por las voces y las risas de los niños bañistas de la localidad. Con esa facilidad que tienen para hacer amigos, no estuvieron más de unos momentos en la orilla. Aceptaron penetrar en el charco, por invitación que les hacían los otros. 

Tranquilos, que no es hondo –les dijeron.

No lo es. ¡Qué ricura! ¡Qué delicia! ¡Esto sí es vida, hurra! E iniciaron una batalla de agua, tirándose manotadas unos a otros y tratando de proteger sus ojos y su respiración, a la que parecía que iba a faltarle ya el resuello. Luego las risas.

...Y ese charco que hay abajo ¿Es muy profundo?

Ése sí. Es pa´verracos. Ahí se ha ahogado más de uno. Yo no soy capaz de bañarme allí, pero mi primo sí. Es que él no le tiene miedo a nada.

El mozalbete aludido se irguió hinchado por el orgullo, para mostrar su cuerpo musculoso en esplendor, mientras hacía con su cara y con sus manos un gesto de “Eso no es nada. No vale la pena para mí”.

Ánda, primo, muéstrales cómo es que saltas desde la rama, muéstrales.

Los chiquillos lo miraban, ansiosos, mover sus brazos y hacer como si fuera a caerse, recuperando luego el equilibrio que en realidad nunca había perdido. Como esos payasos que maromean en los trapecios de los circos.

Parece como un planeador.

¿Qué es un planeador?

Un avión pequeño. Más pequeño que una avioneta. ¿Las conoces?

Por aquí han pasado altas, a veces, pero no las he visto de cerca.

¿Y en avión sí has montado?

¡Hombre, qué va! Éste en lo único que ha montado es en su caballo.

...¡Ey, muchachoooos, aquí voooy! –gritó el zambullidor, clavándose.

Dio una media vuelta en el aire, con elegancia, y penetró al agua con sus manos estiradas, abriendo un camino que evitó el quemonazo del golpeteo de la entrada. Nadó con agilidad y salió a la orilla, satisfecho, para contemplar las miradas y las sonrisas de admiración. Se integró al grupo.

El mar. ¿Tú has nadado en el mar?

¿En el mar? No. No lo conozco.

Yo tampoco...

Ni yo... ¿Cómo es el mar?

Doce años, para un muchacho de doce años, son toda una vida. Una eternidad. Y no se acaba de descubrir el universo, ni se cree llegar a conocerlo. Se le mira con humildad. La arrogancia les llega después, a los adultos. El mayor de los dos chiquillos forasteros nació, casi, en un aeropuerto. Subirse a un avión es para él una rutina. E ir al mar. Los tres locales, nacieron en estas montañas y no han viajado. Sólo el mayor de ellos estuvo alguna vez en la ciudad, pero de paso. No llegó, lo que se dice, a conocerla. Los otros dos sólo han salido a los dos pueblos más cercanos. Y eso es todo. El mar. ¿El mar?

Yo lo más lejos que he ido a nadar es a la piscina de la cabaña adonde llegaron ustedes. Nos dejan bañar antes de vaciarla para hacerle limpieza. Algún día iré al mar. Iré a conocerlo y a nadar en él. Y no sentiré temor de montar en un avión. Debe ser como lanzarse desde lo alto de la rama. Es cuestión de saber caer –afirmó, muy seguro de sí mismo, el rey de las zambullidas del charco hondo.

Y nosotros también. Algún día iremos  –lo apoyaron sus primos.

El libro de Geografía muestra en la parte de arriba el norte de Colombia. A su lado un cuadro con la Isla de San Andrés, como un caballito de mar. Una mancha azul, que es el mar Caribe. Unos puntos marcando a Santa Marta. Barranquilla. Cartagena. Una cabeza de caballo que es el Golfo de Urabá. Medellín está más abajo en el mapa. Y sus pueblos cercanos, también abajo. Y Bogotá, que es una estrella, mucho más abajo.

Tío, ¿Para dónde viaja con su camión?

Bajaré a la Costa con estos comestibles procesados, y volveré a subir, cargado de ganado.

¿Bajar? Será subir, porque en el mapa la costa queda arriba. Nosotros estamos abajo. Y cuando vamos de paseo a la finca que queda por la carretera al mar, el carro sube a las montañas, y no baja.

Ahí, sí. Pero la costa está a nivel del mar. Nosotros estamos mil quinientos metros por encima. Y Bogotá a dos mil seiscientos. Entonces bajamos.

A la lógica infantil no le cabe en la cabeza el razonamiento.

Y, tío. ¿Por qué Bogotá es frío y la costa es caliente, si Bogotá está más cerca del sol?

Ahí sí me calló. Algún profesor explicaba no sé qué cosas de atmósferas y peso del aire, pero no entendí. Estúdielas usted que está en la escuela. Aproveche para que aprenda.

Más bien, tío, lléveme en su camión y subamos para yo conocer el mar.

Ahora no. En vacaciones. Te llevaré para que lo conozcas y bajaremos hasta él. Por lo pronto, debes regresar a la escuela a prepararte para la vida.

Regresé. Regresamos.

¡Buenos días, jovencitos! ¿Qué tal sus vacaciones?

¡Bueeenos díaas, profesor,  bieeen!

Empezaremos con la clase de español. Deben hacer una redacción describiendo sus vacaciones, y traerla para el próximo lunes...

(Pido sus disculpas, profesor, por entregarle tarde la tarea. Demoré casi cincuenta años para entender el ejercicio)


4. EL SOL ES DE TODOS; PERO, ¿EL MAR?

Cincuenta y siete años he cumplido. Hemos viajado doscientos veinte kilómetros por carretera, desde Medellín. La mitad del camino hacia la costa. En esta población, puerto de río, solía parar el tío cuando hacía sus viajes de camión. Nunca me trajo. Esta morena agraciada que nos atiende, que en esta fonda de pueblo luce como una reina, en mi ciudad sería una indiecita que no dejarían entrar al hotel de cinco estrellas. Desde el pequeño caserío en donde estamos, los pasajes cuestan la mitad y el tiempo también se reduce en proporción. Para viajar a disfrutar del mar. Casi se lo puede oler. Los cordones de montañas de tierra fría han terminado y lo que sigue es llano. La comida habitual por estos lados es el pescado y el acento de las gentes montañosas, con olor a café, ha dado paso al acento costero con música de palmeras y eses aspiradas y apenas entendidas, que suenan como jotas. Las tonadas suaves que salen de los radios del interior, han cedido su turno a las bullangueras de la costa. Pieles morenas y dentaduras blancas se ven más por acá, que las pieles blancas con dientes amarillos de los fumadores de mi ciudad. Los pescadores de río pasan la vida a medias, esperando la temporada en que el pescado sube a desovar y abunda. Una buena “subienda” de pescado significa dinero. Entonces se pegan una buena “subienda” de ron, “una ronera”. Compran algún vestido para su mujer y ropa para los hijos, y llegan alegres a alegrarles la vida a sus familias. Caras alegres y miradas sensuales de la gente de sangre caliente de tierra caliente, que debe saber nadar como un pez porque nació metida entre el mar, es lo que creo.

¿El mar? “Homb´e, ¡qué va!” –me dice la morena agraciada–. No lo conozco. Y tampoco sé nadar. No me lo va a creer por vivir a orilla de río. De mi pueblo hay una hora hasta la playa, pero me trajeron de niña y nunca he vuelto. No conozco más allá de los dos pueblos cercanos por ambos lados de la carretera. Desde que quedé en embarazo a los catorce años, no me ha quedado más tiempo que para criar a mis cinco hijos y el dinero no alcanza “Pa´ más na´…”  ¡Qué voy a poder ir!

Descuida, negra, que algún día tu marido tendrá una buena “subienda” de pescado, y alguna buena “bajanda” de ron. Entonces las cargas se equilibran y podrá llevarte a conocer el mar.

¿Y quién va a querer “isse pa´l mar” a pelear con olas, pudiendo quedarse abrazada a un marido así, dispuesto a todo? De él no me canso.

Me lo dice con un brillo de sus ojos negros, inmensos, profundos como el mar. El mar, el sol, la brisa, que voy a buscar y que han bronceado la piel de esta otra chica, muy linda, que viene de regreso y hace parada por un momento en este lugar. Pienso: Esos maravillosos ojos verdes que trae, ¿Ya eran así, o se le pusieron verdes a la sombra de las palmeras? Entonces canto, susurrada, para mí, una canción:


–   Hay, en tus ojos, el verde esperanza que brota del mar.
Y en tu sonrisa, la sangre marchita que tiene el coral.
Y en las cadencias de tu voz divina, la rima de amor.
Y en tus ojeras, se ven las palmeras borrachas de sol... (5)

(5) PALMERAS (L, M, e Intérprete: Agustín Lara).


5. SERPIENTE DE AGUA

Este río que se dirige hacia la mar, es como una serpiente que se desliza suave, en silencio, sinuosa. Es de mañana y oigo el trinar de los pájaros y el croar de una rana. Unos gallos que lanzan sus kikirikíes al espacio. El estridular de los grillos. El río se desliza en aparente quietud y una garza estira su cuello largo y se sostiene sobre sus desproporcionadas patitas que parece que no fueran a ser capaces de sostenerla. El ruido de motores cruza la carretera y la garza clava su pico atrapando la comida, haciendo su tarea. Entonces lo percibo. Mis oídos logran aislar ese sonido que es un siseo. El sonido del río, como el de la serpiente, no se oye rumoroso, pero ahí está para el que busque atraparlo en su mínima cantidad de decibeles audibles para el hombre. Una canoa se desliza río arriba con dos pescadores en busca de su suerte. El de adelante la impulsa con su pértiga. El de atrás impulsa un lado, luego el otro, con la fuerza rítmica de su remo de pala ancha, al que llama canalete. Hacen una seña a alguien a quien no he visto y escucho sus voces gritadas, haciendo bocina con las manos.

¡Ajaaaá!, ¿Qué tal la peeesca, compadritooo?

Apeeenas comienzaaa. Veeeremos qué tal resultaaa.

Nooos veeeremos en la tardeeee...

Ya lo he visto. En la islita del frente, visible solamente en el verano, vi moverse un matorral que no era un matorral. Era el hombre que había estado mimetizado en la espesura de las plataneras. Al dar voces lo descubrí. Al pescador vestido con su camisa caqui y su pantalón verde y andando con movimientos lentos. Un camaleón engañando al ojo. Al despedirse de sus compadres se decide a lanzar su red en el lugar en donde hace un instante vio borbotear un banco de peces. La saca pletórica de... nada. Espulga las ramitas enredadas y vuelve a lanzarla en una y en otra vez. Encuentra sólo un pez que  merezca su atención, y tres que devuelve al agua por considerarlos muy pequeños. Asegura el pez grande dentro de su balde, sabedor de que, si logra escapar, dará tres saltos convulsivos llevado por su instinto y alcanzará el agua, para seguir viviendo. Deberá el hombre tener toda la paciencia del mundo para insistir y ver, tal vez, premiados sus esfuerzos hacia el final del día, si Dios quiere. Ese Dios que hasta el momento no ha permitido que su familia se acueste sin comer, ni un solo día. Al final de su jornada, deja la barca amarrada a la playa formada por el río, y se dirige hacia su casa en donde, afortunadamente para él, lo espera su mujer con los hijos. Él se va, y yo me quedo cantando:

–  Dicen que la distancia es el olvido,
pero yo no concibo esta razón,
porque yo seguiré siendo el cautivo
de los caprichos de tu corazón.
Supiste esclarecer mi pensamiento,
me diste la verdad que yo soñé.
alejaste de mí los sufrimientos
en la primera noche en que te amé.

Hoy mi playa se viste de amargura
porque tu barca tiene que partir
a buscar otros mares de locura.
Cuida que no naufrague tu vivir.
Cuando la luz del sol se esté ocultando
y te sientas cansada de vagar,
piensa que yo por ti estaré esperando
hasta que tú decidas regresar... (6)

(6) LA BARCA (L y M: Roberto Cantoral, Intérprete Lucho Gatica).


6. EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA

El pescador llega a su choza, llena de hijos, con una sarta de seis peces, más bien pequeños. Los de mayor tamaño los vendió. Separó cuidadosamente la mitad del dinero para llevar a su familia. En eso se distingue de los otros pescadores, sus amigos. La otra mitad la destinó para beber ron con ellos. En eso se les parece.

¡Ajá!, ¿Qué tal la pesca, negro? –le pregunta su mujer.

Remala. Unos pocos, ya ves, y muy chicos. Pero no había más. Y dos que logré vender, “p´al rebusque”.

Algo es algo. Pero hoy no nos acostaremos sin comer, gracias a Dios y a ti, negro, que cuidas de nosotros.

En su casa fríen el pescado para comerlo, como todos los días, con arroz y patacones de plátano. Tajadas fritas y aplanadas, como medallones. Arroz mazacotudo. Acompañan con agua de panela y limón. El menú, invariable. Pero son más afortunados que sus vecinos que, muchas veces, ni eso. Comen en silencio. No suelen querer hablar de nada. Tienen poco de qué hablar. El pasado, para ellos, parece no existir. Lo olvidan pronto, como quien se sacude a manotadas de los malos recuerdos. El futuro no existe. No guardan ni un grano de arroz para el mañana. Sólo viven, al punto, su presente. No con intensidad, sólo de paso, ahí, al compás del canalete. Y al ritmo de la música de su radio que gustan de oír a todo volumen y que escupe música vallenata todo el día. A sus vecinos no les molesta. Ellos tienen sus radios igual. Y sus volúmenes, igual. Y la música, igual. A pesar de eso, la vista del río me permite capturar en mi memoria la bella melodía que solía cantar:

–  Me contaron los abuelos, que hace tiempo,
navegaba en el Cesar una piragua,
que partía de El Banco, viejo puerto,
a las playas de amor en Chimichagua.
Capoteando el vendaval, se estremecía,
e impasible desafiaba la tormenta,
y un ejército de estrellas la seguía,
tachonándola de luz y de leyenda.
Era la piragua de Guillermo Cubillos... (7)

(7) LA PIRAGUA (L y M: José Barros. Intérpretes: varios).

Me parece ver a los enamorados de El Banco haciéndose transportar hasta las playas de amor de Chimichagua, para transmitirse esa sabiduría del amor aprendida desde niños.


7. EL QUE NO PREGUNTA, NO APRENDE

El bohío queda en un promontorio, arriba de la casa. Una hamaca, bajo el techo de palma, colgada de dos de las columnas o parales consistentes en troncos de árboles recortados. No hay paredes para atajar la brisa. No hay brisa. A mi izquierda se ve venir el brazo de río que parece deslizarse quieto. A la derecha corre la carretera. Alrededor pasan los pobladores, viviendo su rutina. De tanto en tanto, me levanto y me siento a escribir. De tanto en tanto, leo. De tanto en tanto, dormito o me yergo para recibir un café tinto, o un refresco, que me acerca la muchacha agraciada que me atiende. Esta vez no ha venido ella. El refresco me lo acerca su marido.

Señor Orlando, ¿Es que no piensa bajarse de esa hamaca, atalayando a todo carro que pasa por la vía?

¡Claro que sí! Lo que ocurre es que aquí leo y escribo. Y aquí recuerdo la primera vez en que pasé por estas tierras. En ese entonces había tal cantidad de burros en la vía que nos entreteníamos, el conductor y yo, contando los de cada lado. A ver quién avistaba más. Eran decenas. 

Aun los hay, pero ahora están prohibidos en la vía. Por los accidentes. Mas, no los acabó la ley. Ni pudieron acabarlos los camiones, con sus herrajes mataburros soldados a la defensa delantera. Fue la racha de robos para venderlos a las fábricas clandestinas de salchichón en Medellín. Hasta veinte mil pesos pagaban por uno de ésos. Los dueños tuvieron que optar por amarrarlos a su vista, recostados a las casas. Con veinte mil se echa uno encima “una buena ronera”.

Oye, ven, aquí en secreto, ¿Es cierto que ustedes enamoran a las burras? ¿Tú me entiendes?

“Homb´e, tanto como enamorar, eso no”. Pero yacer con ellas, claro. Eso fue para aprender. Es que para aprender fueron buenas hasta las gallinas. Yo tenía mi burrita, “mi pollina”,  y la cuidaba más que si fuera mi novia. Eso sí hacía.

Ah, no, ésa no te la creo. ¿Estás buscando escandalizarme a estas alturas de la vida, o me estás descrestando por venir del interior?

Por aquí dicen que de cucaracha para arriba, todo es cacería. El que no aprende, se queda burro. ¿Cómo no va a necesitar el hombre saber eso, si la mujer entonces lo puede cambiar a uno por cualquier aparentoso de rico que se aparezca? Lo que es la mía no me cambia ni por un buen sancocho de pescado, porque a todas horas quiere que yo le enseñe lo que sé. Y yo se lo enseño, para que no se vaya a quedar burra, ni se busque aprender con otros, ¿Me entiende?

El negro se aleja, y yo me quedo pensando en él, y en el boga que navegaba remando en su piragua:

–  Se oye, de noche un cantar
en el remanso del río:
Un boga, que sin llorar,
abandonó el platanar,
su mujer, y su bohío.
El boga tiene una pena,
es dolida su canción,
ella dejó de ser buena,
por ella paga condena
y ella está en su corazón.
Ya se acabó el platanar
y el bohío se acabó.
Sigue el boga su cantar.
Él no la puede olvidar,
aunque ella sí lo olvidó... (8)

(8) EL BOGA (L: Nicanor Velásquez   M: Darío Garzón  Intérpretes: Garzón y Collazos).

Difícil vida, la del hombre que es abandonado por su mujer. Buena, la preocupación del que cuida de la suya. Al final de la tarde la mujer se acerca.

Señor Orlando: si le cansa el pescado, puedo comprar chicharrón de cerdo, que gusta tanto a ustedes los del interior.

No me cansa. Y de chicharrón, mejor no. No lo como sino en Medellín.

Si gusta, puede comerlo con toda confianza. Es de un matadero muy limpio que mata cerdos criados en granja.

¿Granja? ¡Qué va! Los he visto deambular sueltos y entrarse a las letrinas de donde acaba de salir una persona. Cuando entra la siguiente, el cerdo ha despachado los deshechos que dejó la anterior. Mira no más aquel que acaba de entrar allá al frente. No demora en salir. ¿Qué puedes decirme?

“Homb´e, déjate de remilgadas”. “Lo que ojo no ve, corazón no siente”. A nosotros no nos gusta la carne de puerco. Éstos los cuidamos todo el año, pero salen muy gordos. Los vendemos a los compradores de burros de Medellín. Con ese dinero costeamos la navidad.


8. MANJAR DE LOS MANJARES

La mayor parte de los pescados que el pescador vendió, se consumieron por ahí, por el camino. Algunos alcanzaron a llegar a la ciudad. Unos pocos, sólo unos pocos, tienen el privilegio de llegar hasta la cocina del hotel de cinco estrellas. El cocinero mayor los desespina y los adoba convenientemente, preparándolos con exquisitez. Atento a todos los detalles. Los dispone en moldes que permiten conservar su forma de pescado. Los vacía en bandejas de cerámica fina y adorna los platos con ensaladas y verduras que les dan una presentación muy colorida. Los colores y adornos sirven para abrir el apetito. La comida entra por los ojos. Los dispone en una mesa larga y adornada con flores, para que cada comensal tome de lo que le plazca, acompañado de un arroz seco, bien seco, exquisito. Y de un consomé con la esencia del pescado. Y de otras comidas. Y de frutas. Y de variedad de postres.

Es la ventaja del servicio de buffet –dice el muchacho alto a la joven que lo acompaña–: cada quien escoge de la mesa lo que le apetece.

Los otros pescados, los seis pequeños, hace rato que desaparecieron en los estómagos abultados de los hijitos del pescador. Dieron cuenta de ellos sus hijitos y las lombrices que, se ve, comparten con ellos sus comidas. A éste, que le cupo en suerte llegar hasta un hotel de cinco estrellas, aun lo tienen dispuesto sobre la mesa. Dos jóvenes, hombre y mujer, vienen en la fila con sus bandejas de autoservicio. La chica, hermosa con su piel bronceada, su figura estilizada y su caminar serpentino, vestida con un bikini diminuto que cubre con una gasa policroma y le da un aire de sirena. Hace un momento estaban los dos reposando en sus sillas playeras, dispuestas alrededor de la piscina. Han sentido apetito e ingresado al restaurante, tomando sus bandejas y empezando a llenarlas con los platos que quieren comer. La chica va adelante. Se acerca al llamativo animal preparado y cubierto de salsas y gratines, que parece estar llamándola con sus ojitos entornados. Ella pasa y murmura al acompañante, a manera de excusa:

Lo siento, pero no me gusta el pescado. Tomaré costillitas de cerdo.

Entre gustos, no hay disgustos. Yo tomaré lo mismo.


9. EL MAR

Hemos seguido este viaje y llegado a nuestro destino, a orillas del mar. Descargamos el equipaje en la cabaña tomada en alquiler, y nos sentimos embriagados por el rumor de las olas.

¿Van a descansar o prefieren darse un baño? –pregunta la joven camarera, agraciada, de piel oscura, que nos atiende.

Optamos por el baño –respondemos.

Caminamos unos treinta metros hasta la playa, para sentir sus olas, saborear su ambiente, oler su aroma. Retozar en sus aguas. Al cabo de un rato, cayendo ya la tarde, cansado, me siento a contemplar el inmenso lago. ¿Cuántas veces he empleado la palabra “inmenso” para referirme a él? ¿Qué otra palabra puedo usar, que sea lo contrario de pequeño?

Sentado aquí, en un tronco de la playa, veo la inmensidad del mar y pienso en el chico que impulsa su aro metálico por la calle. Con una vara. Cada empujón de la varita le da mayor velocidad al aro, hasta que el niño ya no es capaz de seguirlo y el aro va a estrellarse contra un montículo de arena, al final de la calle, con resultados impredecibles. Algunas veces, salta acostándose sobre la vía y hace un estruendo de los mil demonios. En otras, lo hace hacia el jardín de la señora anciana, que lanza imprecaciones y amenaza con lanzar al chiquillo directamente entre las llamas del infierno. En otras, como guiado por una mano invisible, vuelve a ponerse en equilibrio y a rodar otro trecho. El final, sorpresivo, siempre invita a repetir la acción. Tomo un puñado de agua y arena que escapa por mis dedos. Lo veo escurrirse suavemente. Pongo mi mano al viento, y la brisa invisible seca la humedad con rapidez. El agua y el viento entre mis manos, se ven de una suavidad inofensiva. Pongo mi vista en el horizonte y veo venir la cresta de una ola y otra y otras más que la siguen, columpiándose. Su espuma es apreciable en la distancia y deja estelas al morir sobre la playa. El viento, el mismo viento que acaricia mis manos, se ha posado sobre el agua (la misma agua que me acaricia) y, como si fuera un niño con su aro, le va transmitiendo su impulso. Pequeño en un principio, pero que crece y crece y crece, volviendo a las olas imponentes y haciéndolas mellar acantilados y tumbar algún árbol y llevar su tronco hasta la orilla, dejándolo en la playa. El tronco, que hoy está en un sitio de donde he querido moverlo y no he podido, mañana estará en otro sitio, al subir la marea, movido por ese mismo viento y esa agua que se me antojan suaves al pasar entre mis dedos. Viento que mueve al agua y la lleva a horadar rocas, volviéndolas arena. A partir barcos en dos, a tragarse sus mitades, a engullir las vidas que transportan. El cielo despejado, ha empezado a mostrarme sus estrellas y siento el cansancio del día que me invita a dormir en aquella hamaca de la playa, colgada entre palmeras. ¡Dios mío! ¿Quién soy yo, que acabo de matar a este zancudito? ¿Qué soy yo? La inmensidad de la Creación me abruma. El mar. El universo todo. Me quedo dormido en la hamaca y el mar emite un sonido repetido, insistente, como un “mantra” budista que me hace pensar en que el compositor de esta canción reflejó en esa melodía la onomatopeya de las voces del mar:

Vamos mi amorcito
que te llevaré
al decimoquinto
festival en Guararé.

En Guararé... En Guararé... En Guararé... En Guararé...
Oleolé, olé, lelelelelé, hiii. En Guararé... En Guararé…(9)

(9) FESTIVAL EN GUARARÉ (L  M: Daniel Dorindo Cárdenas. Intérpretes: Alfredo Gutiérrez con Los Corraleros del Majagual).

Creo estar oyendo a las olas repetir el estribillo, durante toda la noche, mientras duermo mecido por la brisa.

10. LOS ALCATRACES

No hay que hacer esfuerzos para imaginarse la bahía napolitana en un día soleado, con los veleros recortándose al fondo en el horizonte y las olas lamiendo la playa; una hermosa joven de cabello rubio y ojos claros, que se protege del sol con un sombrero de paja de ala ancha enmarcado por una cinta con moño rojo, enfundada en un bikini y sobrepuesta una liviana batola transparente, sentada en una silla playera bajo un parasol, que tiene en la mesita a su lado una copa alta con un coctel rociado con hielo al frappé y rodajas de limón. No hay que esforzarse para imaginar al enamorado de fuerte contextura destacada por la camiseta pegada al cuerpo, su gorro de marinero, sus pantalones blancos impecablemente planchados al quiebre, los tenis blancos. El marinero de yate no le quita el ojo a la rubia, y ella da un par de coquetas espabiladas con sus largas pestañas en señal de agrado. El hombre se acerca, soltando con su chorro de voz lírica el piropo más hermoso que caber pueda en ese lugar y ese momento. No hay que hacer esfuerzos para eso: (10)

(10) O SOLE MÍO (Letra de Eduardo di Capua; Música de Giovanni Capurro y Alfredo Mazzucchi).

Che bella cosa na jurnata 'e sole,
n'aria serena doppo na tempesta!
Pe' ll'aria fresca pare gia' na festa...
Che bella cosa na jurnata 'e sole.

Ma n'atu sole
Cchiu' bello, oi ne'.
'O sole mio
Sta 'nfronte a te!
'O sole, 'o sole mio
Sta 'nfronte a te!
Sta 'nfronte a te!

¡Qué cosa tan bella, es un día soleado! 
El aire sereno, tras de una tempestad. 
Por el aire tan fresco, parece un día de fiesta. 
¡Qué cosa tan bella, es un día soleado! 

Pero otro sol 
es aún más bello: 
Es el sol mío 
que está frente a mí. 
Tu rostro, tu bello rostro,
es el sol mío 
que está frente a mí, 
que está frente a mí.

He madrugado a ver el océano. El mismo que miré ayer hasta poco antes de dormir. No me cansa. Qué lindo avisorar el sol en este sitio, donde me siento a contemplar el mar.

Una bandada de alcatraces se desliza por el aire en vuelo suave, sin aleteos ni movimientos perceptibles de sus plumas. Inmunes a la fuerza del viento que azota las palmeras y a la de las olas que castiga la playa, se posan sobre el agua a unos doscientos metros de donde estoy. Forman un círculo. Me parece que en cualquier momento voy a ver a las aves tomadas de sus alas y cantando la ronda infantil tradicional:

–  A la rueda, rueda,
de pan y canela.
Dame un besito
y vete hacia la escuela... (11)

(11) RONDA INFANTIL (Del folclor tradicional).

Siguen posadas sin que las olas consigan, aparentemente, moverlas de su sitio. De pronto alguna, luego otra, clavan sus picos en el agua y atrapan un pececito del cardumen que habían estado esperando. Retoman su lugar en la ronda, mientras el mar sigue arrastrando troncos y arenas y cardúmenes y sigue siendo azotado por el viento y haciendo olas y espuma con su batir de tambores, que no cesa. Una gaviota en vuelo rasante, sin objeto aparente, bordea la playa. Un fogonazo al agua, sin interrumpir su vuelo, y ya lleva en el pico un pescadito que es su primer bocado en la mañana. Este es el trabajo de las aves, que les permite ganarse su sustento. Lo hacen con precisión. A estas horas, ya han obtenido su primer bocado del día. Si no lo hicieran así, no comerían.

Señor Orlando, ¿Gusta pasar a tomar su desayuno? –Me pregunta la camarera agraciada–. Y luego afirma: Es pescado frito, muy rico. Lo han pescado en esta mañana, aquí mismo enfrente de la playa.

Preferiría que me lo trajeras acá, por favor. Lo tomaré en el kiosko. Muchas gracias.


11. CÁSCARAS DE HUEVO

Desde el lugar en donde estoy, tengo acceso a dos tramos de playa. Uno, a la vuelta de aquella casita que hay a unos cien metros de este kiosko, al dar la curva, adonde llegan los turistas en mayor cantidad. No los veo desde aquí, y sólo a algunos que se aventuran un poco adentro del mar. El otro, aquí no más, enfrente mío, que se ve solitario y privado.

El kiosko está en un promontorio, sobre la playa. A unos pasos, las olas. Tomo mi delicioso desayuno con sabor a mar y me recuesto en la hamaca para seguirlo contemplando a este coloso.

¿Puedo llevar ya, los utensilios, señor Orlando? –pregunta la camarera–  ¿Cómo le ha parecido el desayuno?

Exquisito. Inigualable. Gracias, mujer.

Y luego pienso: Gracias, Dios mío, pero creo que no me lo merezco. Tendría que haber luchado mucho rato a brazo partido con las olas, para merecerlo y para merecerme esta vida regalada.

¡Hola, mi amor! –aparece mi mujer–. Te estás dando la gran vida, ¿No?

En eso pensaba, y en que no me la merezco.

¡Cómo no vas a merecerla!, después de un año tan duro de trabajo, como el que has tenido. Después de una vida de trabajo.

Quizás sí, es verdad. Nada es gratuito. La vida todo lo da y todo lo cobra. Y estas son compensaciones. Ven acá y acompáñame a contemplar las aguas.

Nos sentamos silenciosos. Diviso un barco, estacionado entre las aguas. Veo su casco y sus velas, que es todo cuanto sé de barcos. Y que tienen timón y anclas. No sé nada de jarcias, ni de vergas, ni de palos de mesana. Algo de proas y de popas, pero nada de babores ni estribores. Presiento que ese barco tiene redes auscultando los frutos que el mar quiera regalarle. No sé quién fue el primero que lo dijo. Yo no lo diría mejor: es como una cáscara de huevo a merced del mar. Tal vez sus hombres sean capaces de manejarlo a ese barco, hasta que se presente una tormenta. Entonces es el mar el que los manipula a ellos. A todos. No hay superhombres en el mar. Los turistas creen poder hacerlo. Porque han competido con un amigo y le han dado vueltas a la piscina por cuatro veces, superando a sus amigos por menos dos. Lo han hecho en menos tiempo y han necesitado menos brazadas. Entonces se sienten listos. Untan sus bíceps y sus tríceps con aceite de coco y bloqueadores de sol. Se miran al espejo y se dan un último abrazo a sí mismos detrás de la puerta de su habitación. Y se lanzan a conquistar el mar. Quieren estar un poco más lejos que el vecino. Esperar la ola más alta. Superar a todos los bañistas. El mar es soberbio y no tolera la soberbia. Los atrae. Se los lleva. Se los traga. Los devuelve cuando ha lamido la mínima partícula del aceite con el que dieron el último abrazo a sus bíceps y a sus tríceps, frente a un espejo que ya ha borrado su recuerdo.

¡Mira, mi amor! –se levanta sobresaltada mi mujer–: ese bañista se está ahogando. Le han tomado ventaja las olas y se lo llevan.

Unos pescadores de la región se lanzan hábiles y, no sin esfuerzo, consiguen atraparlo y atraerlo hacia la playa. Le aplican las técnicas de rescate y le hacen devolver toda el agua salada que ha tragado. Lo vemos pasar enfrente a nosotros con su cara pálida, su caminar vacilante, y su expresión de haber hablado con la muerte y prometido no volver a desafiar al mar. Los oigo comentar, a los pescadores, con el aire cansado de quien ha recomendado prudencia y ha sido desatendido tantas veces que se ha resignado a esperar las consecuencias:

Uno más. Son frágiles. Van más de diez en esta temporada, pero no aprenden.

Mi mujer se ha acercado a la playa, con temor, y está sentada en el tronco que la marea movió a ese sitio la noche anterior. Toma puñados de arena mojada y los deja escurrir entre sus dedos. Pienso en el compositor mexicano Agustín Lara y en sus canciones, que me gusta cantar:

¿Te crees cantante? –me decía un amigo, con palabras de broma y reproche serio.

¡Hombre, qué va! Si lo fuera, no estaría aquí, sino montado en un escenario. Sé que no tengo voz para tanto, pero siento las canciones y envidio a los que las hacen y las pueden interpretar bien y acompañarse con instrumentos. Dios no me dio esas gracias. A Agustín Lara no le dio voz, pero cantaba entonado y se le oía bien. Tampoco le dio cara bonita, y conquistó a María Félix que era bonita por los dos. Le dedicó varias canciones. En ella se inspiró. Yo trato de hacer lo mejor que puedo con la voz que tengo: 

Acuérdate de Acapulco.
De aquellas noches,
María Bonita,
María del alma.
Acuérdate que, en la playa,
con tus manitas,
las estrellitas las enjuagabas.
Tu cuerpo, del mar juguete,
venían las olas, lo columpiaban.
Y mientras yo te miraba,
lo digo con sentimiento,
mi pensamiento ¡Ay! Me traicionaba... (12)

(12) MARÍA BONITA (L. M. e intérprete: Agustín Lara).


12. LA BOTELLA DEL NÁUFRAGO

Mi mujer ha regresado y se sienta, callada, a mi lado. Rompe el silencio, señalando:

Mira, mi amor, aquel islote.

Cómo no, ya lo he visto. Pareciera otro barquito.

Ese pequeño islote, solitario, imponente, rebelde, que se yergue enfrente de la playa, ése no se deja dominar por el mar. Ahí está, desafiador, inconmovible, dominador de vientos y de tempestades. Su vegetación es agreste y espinosa y su suelo escarpado, de roca endurecida y arisca, que no se deja acariciar. Es inhóspito. Si no lo fuera, algún hombre habría hollado su cima y construido una cabaña y estaría sentado en ella por las tardes contemplando el mar y siendo envidiado por los que lo vieran a la distancia. Nadie podría decir que es “El rey de una cáscara de huevo”, porque desde allí se sentiría imbatible. Pero el mar no acepta burlas. Si alguien osara desafiarlo, lo dejaría tomar confianza y hacer su casa. Lo dejaría disfrutarla y regodearse con su buena fortuna. Y en una noche, en una de esas noches, lanzaría contra él olas de muchos metros de altura que lo harían trizas y desear no haber nacido. A poco de engullirlo en su ataque, sería como si el hombre en realidad no hubiera existido. Porque el mar no tolera la soberbia. Sólo de un objeto minúsculo, frágil, se ha sabido que supere las desventuras que el mar ofrece. Alguna botella de vidrio, tapada con un corcho, ha sido lanzada desde alguna islita por los lados de Escocia y recogida indemne por los lados del Canadá, o algo así. Sirve para recordarle al hombre que en algún lugar de los lados de Escocia naufragó un barco que fue vencido por el mar. Pero que esta botellita ha sobrevivido a la travesía, porque ni siquiera el mar es invencible.

Mi amor –pregunta mi mujer–: ¿hay barcos que no se hunden?

Del Titanic decía su capitán que no lo hundía ni Dios mismo. Y el mar lo hundió. Y el Kursk, ese submarino imponente, también se hundió, Dios sabrá porqué. Que yo sepa, sólo algunas botellas vacías con mensajes de náufragos han podido capotear ciertas tormentas. Pero no han podido hacerlo muchos náufragos.

La vida, como el mar. Y uno como cáscara de huevo, a su merced. Unas veces lo lleva, otras lo trae. Somos sobrevivientes. Disfrutadores de la vida, mientras dura. Aprovechadores de nuestro cuarto de hora de fortuna, que es un destello, un efímero destello.


13. EL MAR ES INSONDABLE

Creo estar en el punto más bajo de la tierra, a nivel del mar. Pero no. Esto es en realidad lo más alto de un iceberg, una montaña sumergida. Esto es la cima. Unos metros más allá de la playa que tengo al frente, un objeto pesado que caiga en él puede caer, y caer, y caer, ¿Cómo se dice? “A abismos insondables”. De veras que este mar lo pone a uno a pensar en cosas. Desde él me llega la brisa que mueve las palmeras. Ondean airosas sus palmas como si hicieran reverencias. Con esa capacidad que tiene la mente para distraerse y salirse de un pensamiento para adentrarse en otro, a veces, he resultado viéndola en mi mente a la bailarina Isadora Duncan. ¡Cómo me hubiera gustado verla danzar! El vals “Sobre las olas” y otras cosas. La imagino de cuerpo armonioso y cara angelical, como le gustaba bailar: descalza y vestida con una túnica griega ceñida al cuerpo desnudo de otras ropas. Inventando coreografías. Parada en puntas, como si tuviera el poder de volar. La veo cortar el aire, al ritmo de la música interior de su espíritu, y ondear sus brazos como si fueran las alas de un cisne. Veo al cisne agachar las plumas de su cuello y dejar caer su cabeza sobre el pecho como una hoja de otoño en vuelo, saludando a la muerte, que la llama. “La muerte del cisne”, la caída de la hoja. Mientras la música languidece. Y, en medio de aplausos, la veo salir a saludar, en una y en otra vez, antes de hacer mutis por el foro. La veo abordar su automóvil Bugatti de 1926, con sus ruedas enradiadas, como de bicicleta. Me parece ver al conductor con sus botas, su pantalón bombacho y su boina vasca conducir, mientras ella se trepa, poniendo sus pies sobre el asiento trasero, y se sienta en el respaldo a recibir el aire. Veo ondear su bufanda al viento y a su bufanda enredada entre los radios de las ruedas. Y a Isadora salir volando, abrazándose a la muerte. No es bella la muerte. No puede serlo. Pero tal vez se pueda ver romántica como esta muerte que debió diseñar algún coreógrafo espacial. La danza insuperable. Pienso en Isadora, mientras miro el mar, y empiezo a ver con mi imaginación la figura de una mujer pequeñita, frágil, que camina desnuda desde la playa y se adentra en el mar. Va hacia adelante, buscando el horizonte, y pocos metros más adentro de la playa pierde el pie, cayendo en lo profundo y mezclando la sal de sus lágrimas con la sal que le traen las olas, desde adentro. Entonces canto:

–   Por la blanda arena que lame el mar
su pequeña huella no vuelve más.

Y por un sendero de pena y silencio llegó
hasta la espuma.

Y por un sendero de pena muda llegó
hasta el agua profunda... (13)

(13) ALFONSINA Y EL MAR (L: Félix Luna  M: Ariel Ramírez  Intérpretes: Violeta Parra, Mercedes Sosa, otros).

Me parece ver a Alfonsina Storni, en su soledad, buscando poemas nuevos en lo profundo del mar. Y esa voz antigua, de viento y de sal, de las caracolas marinas buscándole al mar palabras que la ayuden a olvidar su pena y a secar sus  lágrimas inmensas. Buscándole olas que la lleven a otro lugar, en donde se sufran menos dolores y desengaños de este mundo.

¿Por qué lo hizo? –me pregunta mi mujer, al escuchar estas estrofas.

Lo supo ella, y nadie más. O tal vez sí:

Sabe Dios qué angustia la acompañó. Qué poemas nuevos calló su voz. Pero no fue su razón la que la trastornó. Tuvo que ser su corazón el que terminó por traicionarla. Al fin y al cabo no era de ella, porque lo mantenía hipotecado.

Oyéndote se diría que el mar da para todo.

Da. En él se mezclan los aires de la vida y los vientos de la muerte. Causa temor y atrae, con variables fuerzas.


14. LOS EJÉRCITOS DEL MAR

La fuerza del mar está en sus millones de gotas de agua que se juntan. La belleza de las playas, en sus millones de partículas de arena. Y aquí estoy yo, parado en la playa y mirando al mar, con una pantaloneta de baño y una actitud ingenua que mueve a compasión. Me gritan desde adentro:

¡Ven! Acércate tranquilo, que hasta aquí no es hondo

Unos chicos me oyen llamar y ven mi temor, incomprensible para ellos en un hombre de mi edad. Se ríen y yo río con ellos. Todos reímos:

¡Ey! Miren a “Aquaman”, el rey de las aguas. Tranquilo abuelo, que no muerde.

No es a su hondura a lo que temo. Es a su fuerza. A sus corrientes submarinas que atraen hacia el interior, cuando sus olas están dando la apariencia de empujar al exterior. Es a eso a lo que temo. Penetro un poco, hasta tener el agua en mis rodillas y me detengo a contemplarlo y a conversarle, como un niño que le habla al perro que le gruñe, para apaciguarlo:

Mar (con todo respeto): yo, que no sé nadar, me acerco a ti. Te permito que mojes mis pies y mi pantaloneta y me lamas hasta un poco más arriba de mi cintura. No te permito más, no te me acerques. Acepto apenas hasta donde pueda sentir tu arena bajo mis pies y tus aguas, máximo, bajo mis hombros. No más. Aquí me afianzo firmemente para esperar tus olas y para no permitir, por nada del mundo, que me tumben. Lo consigo en una y en otra vez y me siento con más confianza. No hay nada que el hombre se proponga y no consiga. Y soy yo el que te manejo a tí, mar, y no tú a mí. Esa ola gigantesca que viene allá, me va a encontrar preparado. Me encontró. Pero esta otra no. Llegó muy rápido. Cambió de ángulo, creo. Me sacude, me bambolea, me tumba. Trago una o dos bocanadas de esa agua y esa espuma que tú traes, y hago esfuerzos por incorporarme. Otra ola me empuja. Afortunadamente hacia la playa, y no al revés. Para dos horas después, algunas de las veinte mil millones de bacterias que hay en cada uno de tus litros de agua, me han vencido y me tienen sentado en el retrete por varias horas. Yo creía estar preparado para tus olas de mayor tamaño, y no lo estaba. Pero no soñé que me fueras a atacar con un ejército de veinte mil millones de bacterias, y me fueras a vencer. Por eso ahora regreso a mi promontorio para mirarte a distancias y no permitir que te me acerques.


15. SABOR A MAR

¿Sabes qué, mar? En otras vidas yo no fui marinero, ni trajiné las olas. Si hubiera sido, mi memoria sabría nadar y se avendría a enseñar a mis músculos y el agua no los tensaría, como cuerdas, ni el sumergir mi cabeza bajo una ola me llenaría de pavor. Si en otra vida anterior hubiera sido tu hermano. O tu hijo, o tu amo, o aún tu esclavo. Me gustaría haberlo sido y poder recordar, ahora, tus delicias. Y repetirlas. ¿Qué fui yo en otro ayer, que no recuerdo? Me pongo a cantar, frente a tus olas, sabiendo que mi voz no puede ahogar tu sonido, ni da mi voz para cantar en más lugares que no sea en éste y en el baño de mi casa. Es que tu rumor me hace cortina y así mi voz no se hace desapacible a oídos de los extraños. Tú me toleras y aceptas, pero los hombres no. Me salen mil canciones de letras que me sé y de músicas que quiero interpretar y mil boleros y tangos que interpreto por el gusto de oírme y por devolverte algo de la música que me traen tus olas. Tres días después de estar aquí, he convertido en rutina mi visita de mañana y de tarde hasta tu playa y se me vienen a la mente, es natural, unas canciones que te dedico. Yo, que no te había amado en antes y ahora creo hacerlo:

–   A fuerza de mirarte cada día,
de oír tu voz y sentir tu alegría,
me enamoré de ti.
Y ahora eres tú la vida mía.
Sabe la playa, que tiene su mar,
qué es un romance de amor sin final... (14)

(14) ME ENAMORÉ DE TI (L Y M: Santander Díaz).

Ojalá que no sea el mío un amor pasajero y que dure como el de estas palmeras que nacieron mirándote y conocen todos tus aromas. Tomo la punta de una hoja de palma niña que crece hasta un palmo más alto que mi altura y la mordisqueo buscándole algún sabor a coco, al coco que colgará algún día de su tronco, y me sorprendo: No sabe a coco. Sabe a mar. Tiene un gusto salobre que es el tuyo y le llega cada día con la brisa:

–   Tanto tiempo disfrutamos de este amor,
nuestras almas se acercaron tanto así,
que yo guardo tu sabor,
pero tú llevas también
sabor a mí... (15)

(15) SABOR A MÍ (L y M : Álvaro Carrillo  Intérpretes Fernando Albuerne, Olga Guillot, otros).

Entonces tomo la decisión de ir a bañarme un poco en ti, mar, sin importarme que alguna de tus olas me haga tragar algo de ti, con la esperanza de que tus aguas me sepan a agua de coco.

Ven acá, con nosotros –grita mi mujer.

Déjame, negra, que quiero estar acá un poco más. Luego voy.

Tu quieres más el mar,
me dijo con dolor,
y el cristal de su voz
se quebró.
Recuerdo su mirar
con luz de anochecer.
Y esta frase como una obsesión:
Tienes que elegir
entre tu mar y mi amor.
Yo le dije ¡No!
Y ella dijo ¡Adiós!... (16)

(16) TRISTEZA  MARINA (L: Horacio Sanguinetti  M: José Dames y Roberto “Chato” Flórez   Intérpretes: “Chato Flórez, Libertad Lamarque, otros)

Mar, mar hermano mío, déjame saborear mi tristeza marina.


16. CARDUMEN

Otra vez en el kiosko, atalayando al mar. Hace rato que veo la sucesión de olas venir hacia la playa. Acá, al llegar, se ven fuertes y golpean con fuerza. Más allá, no lo parecen tanto. Hasta podría decirse que el mar está sereno, más allá. Veo de pronto un espumero, un remolino, una mancha blanca suspendida que las olas no alteran de su sitio. Ni la brisa. ¿Qué podrá ser? No la había visto en antes, ni he vuelto a verla. Está en el mismo lugar en donde he visto a los alcatraces jugar su ronda. Un trabajador se acerca.

Eh, negro, ¿Qué es esa mancha?

Es un cardumen. Son sardinas.

Entonces los pescadores podrían estar ahí y anclar sus botes y esperar con paciencia hasta que hierva el agua. Echar sus redes y sacarlas repletas de sardinas y freírlas para hacer sus desayunos y degustarlas y felicitarse por haberles sido más inteligentes y haber aprendido de los alcatraces y gaviotas. Si yo fuera pescador, lo haría.

“¿Sardinas? ¡Homb´e, qué va!” Lo que uno busca son peces grandes. Las sardinas apenas sirven para encebar anzuelos e irse a conquistar la pesca de caña, que no es trabajo sino diversión.

Entonces me cuenta que, detrás de las sardinas, siempre vienen los peces mayores. Que de ahí, cree él, es que ha salido la frase de “El pez grande se come al chico”. Me voy a caminar por la playa y llego al sitio en donde se bañan los turistas. Me siento en la barra de un pequeño kiosko que sirve bebidas, al lado de otros hombres de mi edad con sus vestidos de baño, sus canas y sus ojos escudriñadores. Junto a los niños y a sus padres y a sus abuelos, más allá, en la playa, retozan unas cinco o seis jóvenes en sus bikinis diminutos y yo veo, en los ojos saltones de estos hombres que me acompañan, que las están viendo como si ellas fueran un banco de sardinas, y los veo hacérseles agua la boca. Como a mí.


17. A GOLPES DE MANDUCO

Mi camiseta blanca, la bonita camiseta blanca que compré para protegerme las espaldas del sol, mientras que las olas del mar me bañan juguetonas, necesitó sólo de una zambullida para manchar sus tejidos de amarillo y percudirse, como piel de marinero. La lavo con agua dulce y la pongo a secar, para seguirla usando, pero conserva esa tonalidad de lodo que adquirió en la primera vez que entró en el mar. Creo que se ha echado a perder y no sé si el tratamiento habitual de dejarla metida entre detergentes en un balde, durante toda la noche, y mecerla luego con las aspas del tambor de una lavadora, le será suficiente para recuperar la brillantez de sus tejidos. Creo que para quitarle su mugre tendría que someterla a palos y darle una golpiza inmensurable. Veo salir a la camarera que camina en sentido contrario al de la mar.

¿Para donde vas, negra, y que haces con esos baldes?

“Voy a lavá ejta ropa en el río, y a bañá ´me con agua ducce”

¡Ajá! ¿Y me llevas?

“Homb´e, tu puedej ir a onde plajcaj”, pero el sol quema la piel de blanco y le hace ampollas y después no vas a querer que se te pose ni una mosca.

Veo esta negra de cuerpo alegre que se moja en el río y su batica se le pega a la piel, sin importarle que se aprecien su sostén y sus braguitas.

“Homb´e, ej como ejtar en bikini. Ej esso mijmo”

Espontánea y ausente de pudores maliciosos, toma su baño con naturalidad y luego acomete el lavado de sus ropas.

¿Qué es ese palo, negra?

“Lo llamamoj manduco” –y sonríe maliciosa–. Por si resuelves acercarte demasiado.

No seré yo el que despierte las furias de tu negro, pero déjame ver que haces con tu manduco.

Entonces enjabona sus ropas y, poniéndolas sobre una piedra, las acomete a golpes de manduco. Las mugres huyen despavoridas, arrastrando tejidos y botones y cuellos y puños de camisas.

No seas bárbara, negra, vas a acabar la ropa de un solo golpe, ten cuidado.

“¡Homb´e, qué va!”  Ya lo sabemos hacer. Y es el único modo de que los sudores pegajosos de estos lados resuelvan retirarse. Ten mucho cuidado tú con esos ojos y con irte a enamorar en estas tierras, porque para buscar el desamor tendrás luego que someterte a una paleada de sangre y fuego. No son suaves estos apegos, “Hombre cachaco”, ni salen a golpes de manduco. 


18. METÁFORAS

He vuelto al kiosko. Veo, leo, escribo y duermo. Siento las hojas de la libreta, con textura pegajosa. Es la humedad del ambiente por las minúsculas gotas de mar que arrastra la brisa. La brisa azota mi libreta y sacude sus hojas. El mar está celoso porque lo miro y escribo sobre él. La joven ha terminado de lavar su ropa y regresado a sus otras labores. La veo a lo lejos, trajinando en su cocina con la preparación de un coctel de coco, servido en su corteza, para mí. Son exquisitos y me hacen sentir como en un paraíso polinesio. Veo su sonrisa, como un amanecer y su mirada juguetona que parece decirme “Sé lo que estás pensando”. Sus dientes, como perlas. Su piel de ébano. Sus facciones blancas, producto de quién sabe qué mestizajes. Su cabellera peinada en trencitas, con chaquiras de colores entrelazadas, como cortina de casa galante que oculta, en el fondo, pasiones buscadas. Su mirada con profundidades de volcán en reposo, con luz de anochecer.

Señor Orlando, la brisa está fuerte y quiere arrancarle las hojas de las manos. ¿Qué tanto es lo que escribe?

Ideas, cosas que se me ocurren, metáforas...

¿Me... qué?

Metáforas, comparaciones. Si tus ojos me miraran furiosos, diría que son “tormentosos, como el mar”. Si me miraran profundos, diría que “como el mar, son insondables”, pero no sé que decir de tus ojos juguetones, ni en donde ponerlos, sino en la playa jugando con las olas, cerrándose intrigados y abriéndose con asombro. ¿Has entendido?

No mucho. Esas son palabras de doctor. Pero me suenan a cachaco enamorado, que usted debe serlo.

Lo soy. Recuerdo una canción que me gustaba en los años de mi adolescencia y que era como un rosario de metáforas sobre una pareja que andaba siempre junta, pero después la vida los separó.

¡Ajá!, y ¿me la canta?... Porque ya he oído que usted canta.

Éramos como dos remos
de una misma embarcación.
Lo mismo que dos latidos
en un mismo corazón.

Igual que torre y almena.
Igual que puente y que río.
Como el preso y la cadena.
Como la nieve y el frío.

Pero el viento de la vida
aventó nuestra pasión
y ahora vamos separados
como barca sin timón.

Te lo juro, y no te miento,
que lo que hubo entre nosotros,
se lo ha llevadito el viento. (17)

(17) EL VIENTO SE LO LLEVÓ (L, M: Quintero, Rafael de León y Manuel Quiroga, españoles. Intérprete: Pepe Quintero, colombiano).

Bonita sí es, esa historia de “Lo que el viento se llevó”. Y esas comparaciones, ¿Son metáforas?

Lo son. Como lo son algunos piropos de los que te lanzan en la calle. ¿Cómo te dicen?

Adiós reina, o muñeca. Cosas así...

Bueno, ésas son metáforas. ¿Y tu novio, cómo te llama?

Él es callado y no habla mucho. No dice metáforas. Pero cuando me abraza, él se siente como en un día de buena pesca, y se sonríe. Entonces yo me siento como la dueña de la mejor barca. Ese fuego no va a apagarse nunca porque él es un volcán dispuesto a arder mil años.

Ánda, no te preocupes si se las calla. Sus metáforas. Te las hace sentir. Y eso es el cielo.


19. AL CORAZÓN NO LE ENTRAN LOS AÑOS

Canto, mientras camino por la playa:

–   María Antonia es la ventera
más linda que he conocido.
Tiene una tienda de besos
al otro lado del río...
Tiene un cuerpo de palmera
y una boquita de grana...
Por eso todas las tardes,
después de que oculta el sol,
yo le compro a María Antonia,
todos sus besos de amor.
Y se los pago con besos,
salidos del corazón... (18)

(18) MARÍA ANTONIA (L y M: José A. Morales  Intérpretes: Hnos. Martínez).

Sigo aspirando el aroma de esta mujer que camina de regreso a su cocina. Veo ondear, con gracia, sus caderas. Su cintura. Su... claro, “Cuerpo de palmera”, ¿Qué otra metáfora?

–   De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera.
Y yo muriendo.
Y de qué modo sutil,
me derramó en la camisa
todas las flores de abril.
Quién le dijo que yo era
risa siempre y nunca llanto,
como si fuera la primavera.
No soy tanto.
En cambio, qué espiritual
si usted me brinda una rosa
de su rosal principal... (19)

(19) DE QUÉ CALLADA MANERA (L: Nicolás Guillén  M. E Intérprete: Pablo Milanés).

Qué bueno ver a dos que se quieren de un modo que hace brotar metáforas como maleza. Amarse de modo que sean innecesarias las metáforas. El corazón debiera apaciguarse con los años, pero no se apacigua. Me pareció ver en esa chica una mirada de “perdámonos un poco en la inconsciencia”. Y me sentí halagado. Pareciera que hay un divorcio entre el corazón y el resto del cuerpo. Éste sigue cumpliendo años, mientras aquel se planta en la época de sus mejores recuerdos. Y se hincha de orgullo ante la posibilidad de una aventura. Pero uno no puede ir por ahí haciendo locuras de juventud, como si no cargara con los años. He resuelto quedarme en el reposo de mi vida tranquila y sin sobresaltos.

Déjate de pendejadas –me dijo un amigo–. Uno no debe acostarse jamás con una mujer con la que no tenga nada de qué hablar después de que termine de hacer el amor. El amor no es cuestión de poder, sino de afinidades. Y de risas. La mujer ideal es la que lo hace reír a uno y es capaz de reírse con uno. No la que se ríe de uno. Además la que es capaz de amar lo que uno hace. Eso de la “crisis de la edad madura” o de que al corazón no lo manda nadie, no son sino pretextos para excusar la voluntad débil. Uno puede controlarse.

Tienes razón, lo que pasa es que a nuestros años uno agradece que le levanten el ego. Mañas de caballo viejo.

Se sonrió, y tomando la guitarra, me dedicó esta canción que fue como una estocada:

Cuando el amor llega así,
de esta manera,
uno no tiene la culpa.
Quererse no tiene horario,
ni fecha en el calendario,
cuando las ganas se juntan.
Caballo, le dan sabana
porque está viejo y cansado,
pero él va por la mañana
con su pasito apurado,
a verse con la potranca
que lo tiene embarrascado.
Cuando el amor llega así,
de esta manera,
uno no se da ni cuenta.
El carautal reverdece,
el guamayito florece,
y la soga se revienta... (20)

(20) CABALLO VIEJO (L y M: Simón Díaz  Intérpretes: Roberto Torres, Juan Vicente Torrealba, Ray Conniff).

La brisa, fuerte y agradable, ha hecho innecesario encender los ventiladores durante las noches en que hemos dormido frente a la playa. Nuestra cabaña, con sus ventanas abiertas, es acogedora y confortable. Y caigo en la cuenta. Desde niño he tenido lo que llaman “sangre dulce”, atractiva para la picadura de los insectos, que no atacan por igual a todas las personas.

Es que el frío conoce al desnudo y el mosquito al forastero  –dicen.

Es cierto. En mi niñez íbamos a la cabaña de tierra caliente, entre montañas, llegando al río. A su lado, la quebrada en donde los chicos formaban un charco para bañarse. Y armaban batallas de agua que me hacían sentir que me ahogaba. Siendo el menor de todos, me sentía vulnerable y tal vez desde entonces le tomé miedo al agua. A nadar. Y le tomé aversión a los mosquitos. A sus picaduras. En tierra fría, los nativos iban por ahí, apenas con sus camisas, mientras yo buscaba el calor bajo una manta de lana. En tierra caliente los mosquitos no se acercaban a sus pieles oscuras ni a sus olores fuertes, mientras que a mí me despedazaban.

Estos desgraciados se están comiendo vivo al niño –decía mi madre–. Parece que cargaran jeringa bajo sus alas y micrófono para sus zumbidos de helicóptero. Untémosle pomada repelente, a ver si así se alejan.

No. No faltaba tal cual animalejo que gustaba de lamer repelentes, sin importarle lo que pudieran hacerle a su organismo. Como los kamikases japoneses que piloteaban en la guerra, algunos mosquitos se lanzaban en ataque frontal a chupar sangre untada de repelente y a estrellarse con la palma de mi mano que se volvió experta en sorprenderlos, cegados en su embriaguez. Pero ahora, a mis años, en esta acogedora cabaña de enfrente del mar, no sentí sus molestos zumbidos, ni sus picaduras. Ni el calor. La brisa sopló, protectora, grata, en todo momento. Al regreso, he cambiado mi pantaloneta por unos bluyines de tejido grueso, que dan mejor presentación para viajar al interior. Cuestión de apariencia.

“Homb´e, ejtoj cachaco ssí sse preocupan por pendejá ´s” –  Me dijo el negro sin camisa, enfundado en la única pantaloneta que le vi en esos tres días. Descomplicado, con el desparpajo y frescura que le son naturales.

Hicimos un alto en el camino, cerca ya de las seis de la tarde, y nos sentamos a consumir refrescos en una fonda de carretera cercana a no sé qué de aguas detenidas. De pronto miré mi pantalón, a la altura de los muslos, convertido en un cojín alfiletero de agujas negras. Agujas capaces, creo, de perforar una lámina de acero. Quizá podrían transfundir mi sangre a sus buches en un santiamén. Empecé a matarlos a manotadas, a esos insectos, y a verlos reemplazarse en oleadas. Salí, despavorido, a refugiarme en la cabina del vehículo, con los vidrios cerrados. Ni así.

¡Vámonos ya de aquí, que esto es una masacre! –grité a mis acompañantes, que se reían de verse ellos apenas tocados por sus trompetillas malditas.

La venganza es dulce. Cuando los sorprendo de a uno, lejos de su manada, tengo posibilidad de atraparlos en pleno vuelo. Lo consigo, habilidoso... Después de que me han picado, y sus buches pletóricos les aletargan el volar.

Al fin en casa, descansando. En la mañana siguiente procedo a afeitar mi barba de tres días, menos tupida que la nube de mosquitos que me atacó en la costa. Alcanzo a ver un zancudo, un humilde zancudito, posado sobre el espejo. Le lanzo un manotazo que lleva la fuerza de furias acumuladas. Lo mato. Y, de paso, quiebro el espejo. ¡Crash! 

¿Qué pasó? –salta mi mujer al escuchar el estruendo.

Le explico lo del zancudo, y la hago reír a carcajadas, hasta que se calma.

Creí que te habías mirado en el espejo y cobrado, al pobre, lo de las arrugas de tu vejez.

De un tiempo a esta parte yo, que alardeo de ser buen fisonomista y reconocer todavía en la calle a mis compañeros de escuela, después de tantos años de no verlos, he llegado a casa. Me acerco a mi mujer y le comento:

Hablé con Fulano... ¡Está tan viejo!

Vi a Zutano... ¡Está tan viejo!

Me tropecé con Mengano... ¡Está tan viejo!

Estuve saludando a Perencejo... ¡Está tan viejo!

Hasta que no resistió y me lanzó su comentario muy guardado:

Oye, ¿Y es que tú no te miras en el espejo?

Trato de no hacerlo, para no mirarme con los ojos de la razón y seguirme viendo con los del corazón que, en su indulgencia, me ven más joven.

Esta mujer, que me conoce todos los secretos, es incomparable. “Mujeres hay muchas”, suele decirse en conversaciones de hombres, para dar a entender que ninguna es indispensable, y menos las que los ahogan en un mar de desventuras. “Hombres también hay muchos”, se defienden ellas. Tal vez sea cierto, pero la mujer de uno es una sola. Su otra mitad. Su media naranja. Y con ésta que me correspondió en suerte, yo me comprendo, y la amo. Entré a la ducha, volviendo a mi rutina de cantar, mientras paso la barra de jabón por mi cuerpo de contrabajo y mi mujer prepara el suyo, de guitarra:

–   Mujeeer, si puedes tú con Dios hablaaar
pregúntale si yo alguna veeez
te he dejado de adoraaar.
Y al maaaar,
espejo de mi corazooón
las veces que me ha visto lloraar
la perfidia de tu adióoos... (21)

(21) PERFIDIA  (L. Y M: Alberto Domínguez  Intérprete: Aldemar Dutra).

Alzo la voz para hablarle a la mujer que espera al lado de la cabina:

¡Ay, negra! Tan rico el mar. Tenemos que volver a oler su sal y a degustar su brisa. Que vuelvan a abanicarnos sus palmeras. Volver a  columpiarnos en sus olas.

Cómo suena de romántico, dicho así. Lo disfrutaste. Mas, columpiarte; lo que se dice columpiarte; no tanto. Pero iremos, mientras podamos caminar. Y lo disfrutaremos, siempre y cuando estemos juntos hasta el fin de nuestros días.

Es que hay que embellecer la vida y adornar los recuerdos, negra, pero no tengas duda de que los atesoraremos juntos

Torno a cantar:


–   No hay bella melodía
en que no surjas tú
y no quiero escucharla
si no la escuchas tú.
Es que te has convertido
en parte de mi alma
y ya nada me conforma
si no estás tú también.
Más allá de tus brazos,
del sol y las estrellas,
contigo en la distancia,
amada mía, estoy... (22)

(22) CONTIGO EN LA DISTANCIA (L y M: César Portillo de la Luz. Intérprete: Lucho Gatica).

¡Qué linda –Me grita mi mujer– Cántame otra!

Ahí te va, con el corazón:

Tú me acostumbraste
a todas esas cosas,
y tú me enseñaste
que son maravillosas.
Sutil llegaste a mí
como una tentación,
llenando de inquietud
mi corazón.
Yo no concebía
como se quería
en tu mundo raro
y por ti aprendí.
Por eso me pregunto
al ver que me olvidaste:
¿Por qué no me enseñaste
cómo se vive sin tí... (23)

(23) TÚ ME ACOSTUMBRASTE  (L y M: Frank Domínguez  Intérpretes: Lucho Gatica, Olga Guillot, otros).

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)