domingo, 21 de enero de 2018

240. El último romántico del mundo

Lo dijo un jefe que recurría a mí con frecuencia para que le ayudara a hacer sus informes o a responder una carta que requería de mayor cuidado. Él era gerente, y yo un supervisor de vendedores, y la reunión de finales de año era para proyectar los presupuestos del siguiente:

Tus informes son los mejor escritos, y los más bien presentados; pero sos muy superficial. Te faltan profundidad y análisis. Te centrás más en la anécdota que en el contenido”. 

Yo ya sabía que en la repartición de talentos el Señor me había hecho más humanista que pragmático.

Pocos años después tuve el único negocio de mi propiedad en la vida… y la única quiebra. Las razones eran las mismas, y la causa me la cantó mi mujer en un tonito de disgusto, por mi falta de ambición, que todavía repercute en mis oídos: “Como a vos se te llena la boca diciendo que no te llamás plata”. Eso ya lo sabíamos desde que nos casamos y convinimos en que fuera ella la que administrara el presupuesto familiar, así ella todavía no hubiera perdido las esperanzas estando recién casados de que yo aprendiera algo de las cosas prácticas del hogar. Me encargó de ir a hacer mercado al almacén de cadena. A mi regreso preguntó: “¿Y dónde está el arroz?”, se me olvidó; “¿Y los fríjoles?”, se me olvidaron; “¿Y las papas?”, no me acordé. La bolsa tenía, en cambio, dos clases de jamón y mortadela, dos quesos, dos frascos de mayonesa y salsa de tomate, un pan tajado. Supo ella, entonces, que si yo seguía haciendo el mercado no pasaríamos de desayunar con sánduches. 

Soy un idealista, un iluso, y un romántico sin remedio. Creo que ya voy a morir así, y hago parte de un definido grupo de la humanidad que está destinado a tener ideas luminosas… y morir pobre.

Pero no se crea que me han faltado ideas innovadoras, porque las he tenido. Las largas esperas en los aeropuertos, con aplazamientos de vuelo una y otra vez “por razones técnicas”, me generaron una que no existía durante mi época laboral. “Deberían instalar cubículos en donde uno pueda sentarse a ver una película en Betamax o VHS (aún no aparecían los DVD ni los celulares), para entretenerse mientras llaman a abordar”. Años después surgió una empresa llamada “Cosmovisión”, y los aeropuertos se llenaron de pantallas para que los viajeros en espera se entretuvieran mirando alguna cosa. Algún día se me ocurrió que si en los aviones y en los trenes había cabinas de baño para los viajeros, cuyos desechos debían recogerse en alguna bolsa que luego se llevaría al depósito de desperdicios apropiado, “Deberían inventar una cabina como las de los teléfonos públicos pero portátil, con inodoros de avión incorporados; para uso en los lugares públicos de asistencia masiva a eventos deportivos o artísticos”. Esas cabinas, que hicieron su aparición años después, ya no son novedad y se usan incluso en campamentos de trabajadores de construcción y en cercanías de permanencia de grupos de indigentes, para que no hagan uso del espacio público para tales menesteres. La engorrosa recarga de la batería de mi celular dos veces al día me puso a pensar en lo bueno que sería tener una pila que durara tres días, o una semana, y cuya recarga no tardara más de quince minutos. Ya existe. Sólo falta que su producción se haga masiva y al alcance de todos. En fin. A veces creo que todo ya está inventado, y que lo único que falta es que alguien lo popularice.


Y, para cerrar, un poco de música como a propósito para el tema que estamos tratando, oigamos a Nicola di Bari cantando su tema “El último romántico del mundo”:


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 14 de enero de 2018

239. Chocolate, Chivirico, y Bodeguero

EMPAQUES DE CHOCOLATE

Hay apodos que se enquistan y logran desplazar el propio nombre, como el del payaso cubano Rafael Padilla, que por su color de piel se ganó el apodo de “Chocolate”.

O como el del boxeador cubano Eligio Sardiñas Montalvo quien, por su piel oscura, fue bautizado “Kid Chocolate”, y así se quedó para el resto de la vida. 

O como su paisano el trompetista Alfredo Armenteros que se le parecía físicamente, sobre todo por la piel oscura, y alguna vez llegó a ser confundido con el boxeador. Debido a esto se ganó el apodo de “Chocolate”

RAFAEL “CHOCOLATE” PADILLA

(fotografías tomadas de Internet)

Habría que empezar por decir que Rafael no era Rafael, ni su apellido conocido como Padilla era Padilla, porque nació esclavo en La Habana, y los esclavos no eran llevados al registro civil, no se les reconocía nombre sino apodo, y no se les daban apellidos. Nació entre 1865 y 1868, pero no hay registros que puedan precisar la verdadera fecha; y murió en París el 4 de noviembre de 1917, hace cien años, todavía indocumentado y sin registros oficiales, conocido simplemente como Rafael Chocolat. Para salir del paso, el funcionario de certificaciones fúnebres lo registró como Padilla de apellido, dándole el apellido de la esposa del que había sido su amo en el momento de la llegada a Europa desde Cuba; “un apellido que nunca tuvo en vida”, según dice su biógrafo. Fue enterrado como pobre, porque murió prácticamente en la miseria después de haber obtenido buenos ingresos como comediante, ingresos que perdió jugando a las cartas y carcomido por los vicios del alcohol, el láudano, el opio, las sustancias alucinantes de su época, una época que en París se conoce como la Belle Epoque; y la fallida lucha por obtener reconocimiento en un mundo racista y discriminador que llegó a vejarlo con la humillación de rasparle la piel con jabón y cepillo para tratar de desteñírsela. Al morir dejó viuda y con dos hijos (el primero producto del matrimonio anterior de la mujer) a la cantante Marie “Marie Grimaldi” Hecquet, una secretaria que conoció cuando ella estaba casada con su anterior esposo al que dejó por haberse enamorado de Chocolat y resuelto irse tras de él. Al morir Chocolat, ella ya vivía en la miseria; y en la miseria murió años después, repudiada por la sociedad por haber tenido la osadía de haber dañado su matrimonio y haber unido su vida a la de un negro.


Después de haber pasado la niñez y adolescencia trabajando como esclavo, se convirtió en artista reconocido y ganó dinero como payaso en París, haciendo pareja con George “Foottit” Tudor Hall en los papeles de “Carablanca y Auguste”, precursores de las parejas de Laurel y Hardy, El Gordo y el Flaco, Viruta y Capulina, y tantas otras parejas de cómicos por el estilo. El de la cara blanca es Foottit, naturalmente; y naturalmente es Carablanca el vivo y perspicaz, mientras Chocolat es el negro tonto que tiene que soportarle sus maldades y hasta patadas en el trasero, porque “de haber sido al contrario, el público no se habría reído”. A los blancos no les gusta que se burlen de los blancos. 

La pareja de Foottit y Chocolat atrajo la atención de los hermanos Louis y Auguste Lumiére, que hicieron diez películas de cortometraje mudas sobre ellos, en la prehistoria de la era cinematográfica. 

Fragmento de película de los Hermanos Lumiere:


Chocolat fue dibujado por su amigo el pintor Henri Tolousse Lautrec, con quien compartió noches bohemias en el “Irish and American Bar” (Bar Irlandés Americano) de Montmartre en París, donde trabajaban Foottit et Chocolat, bar que era frecuentado por Lautrec. 

“Chocolat dansans dans un bar”, afiche 
pintado por Henri Tolousse Lautrec

De ahí que Chocolat aparezca como personaje recordado en la película “Moulin Rouge” de John Huston, filmada en 1952, sobre la vida de este pintor. El personaje de Chocolat aparece en el minuto 2:25 del tráiler de este video, haciendo piruetas de payaso.


En el año 2014 Gérard Noiriel publicó la biografía “Chocolat, el payaso negro”, en la que se basó el francés Ruschdy Zem para hacer la película biográfica “Chocolat” del año 2016; con Omar Sy en el papel principal y James Thierrée, nieto de Charles Chaplin, en el papel de Foottit; con Clotilde Hesme como enfermera viuda de médico y con dos hijos, que se enamora del payaso negro. Como puede verse, la película tiene algunos cambios con respecto a la realidad descrita en su biografía, y según un crítico es “una versión libre, pero fiel en su esencia”.


Fragmento de película de Ruschdy Zem:


ALFREDO “CHOCOLATE” ARMENTEROS

Para hablar de Chocolate Armenteros, empezaré por compartir este testimonio de M. Rojas (Mrojas415). Dice que:

“Tengo el gran recuerdo de haber vivido en la ciudad de Santa Clara, calle Maceo. En la misma cuadra trabajaba Richard Egües, afinando pianos. Mi papá era su médico cuando él se unió a la Orquestra Aragón. Mi papá lo atendió cuando su novia le echó ácido en los ojos, por celos, y lo dejó temporalmente ciego. La última vez que vi a Richard yo tenía 10 años, y este año cumplo 65. El bodeguero fue inspirado por la bodega del cruce de Maceo y Martí, en la esquina de nuestra casa. Se llamaba la Bodega de Alonzo".

En la década de los años cuarenta el recién casado Alfredo “Chocolate” Armenteros frecuentaba esa Bodega de Alonzo en la ciudad de Santa Clara, en la esquina de Maceo, bodega que quedaba en cercanías de su casa y donde el bodeguero le tenía abierta cuenta de crédito, crédito que duró mientras Chocolate Armenteros pudo hacer abonos a la deuda. Cuando se sintió insolvente, prefirió no volver por esa bodega para no tener que enfrentar las caras de cobro de Alonzo, el bodeguero.

No sé si en ese momento Armenteros pertenecía al conjunto Ritmo y Alegría, o si pertenecía al de Los Astros, dirigido por Roque Álvarez. A los muchachos del conjunto les dio por ensayar precisamente en esa bodega, lo que hizo que Armenteros empezara a fallar en los ensayos por evitar el encuentro con sus deudas. Cuando el director se dio cuenta de la situación, sacó dinero de su bolsillo y se lo entregó a Armenteros diciéndole: “Toma, Chocolate, paga lo que debes”. Para él era preferible pagar esa cuenta que prescindir de un músico tan valioso. 

Esa situación inspiró al flautista Richard Egües el cha-cha-chá titulado “El bodeguero”, del que Nat King Cole hiciera una popular versión:

El Bodeguero
Nat King Cole


“Siempre en su casa presente están
el bodeguero y el cha-cha-chá.

Vete a la esquina, ya lo verás,
que atento siempre te servirá.

Anda enseguida, córrete allá,
que con la plata lo encontrarás…

Del otro lado del mostrador,
muy complaciente y servidor.

Bodeguero, ¿Qué sucede?
¿Por qué tan contento estás?

Yo creo que es consecuencia
de lo que en moda está.

El bodeguero bailando va,
y en su bodega se baila así
entre frijoles, papa, y ají,
el nuevo ritmo del cha-cha-chá.

Estribillo:

Toma chocolate, paga lo que debes.
Toma chocolate, paga lo que debes.
Toma chocolate, paga lo que debes”.
Toma chocolate, paga lo que debes”.

Al respecto, el investigador musical Sergio Santana Archibold me contó que:

“Hace como 20 años, o más, escribí un artículo sobre la Orquesta Aragón y en el escrito narro esta conocida historia sobre el estribillo "Toma, Chocolate, paga lo que debes", pero varios años después coincidí con los integrantes de esta orquesta y uno de los más viejos del grupo me dijo: "Oiga, señor Santana, leí su escrito de nosotros. Me gustó y lo guardo, pero quiero aclararle una cosa, el estribillo “Toma, Chocolate, paga lo que debes” no era dedicado a una deuda del trompetista Armenteros con alguien o con alguno de nosotros, esos son cuentos, puros inventos. Ese estribillo lo tomamos de un danzón viejo de por allá de los años 20 o 30, y lo incluimos en El Bodeguero durante la grabación. Eso no estaba en la composición original de Richard Egües". Quedé sorprendido. Lo curioso es que todo este tiempo he buscado el señalado danzón, para corroborar la versión de este músico, y no lo he podido encontrar. Mientras tanto, seguiré dando validez a la versión de la deuda conocida por todos”.

Sobre esto afirma don Cristóbal Díaz Ayala que:

“Conozco las dos versiones. La de la deuda, que me la contó el mismo Chocolate; y la otra versión, de la que no he encontrado el mentado danzón antecedente, por lo que me quedo con la versión de Chocolate. Razón: A un hombre como Armenteros, que me confesó que un número musical que aparece inscrito a su nombre no es de él sino que se lo regaló Arsenio Rodríguez, puede creérsele lo que dice”. 

En resumidas cuentas, estoy de acuerdo con seguir dando validez a la historia de la deuda de Chocolate Armenteros con el bodeguero, mientras no se demuestre de manera fehaciente lo contrario.

RAFAEL “CHIVIRICO” DÁVILA ROSARIO

La palabra “chivirico” es un localismo caribe para designar un taquito o envoltura de masa con una salchicha adentro; o sea un hot dog o perro caliente de venta en los puestos de comida callejera. Dice el amigo Carlos Molano Gómez en su blog de “Encuentro Latino Radio” que cuando Orlando “Cascarita” Guerra contrató al cantante puertorriqueño Rafael Dávila Rosario había muchos músicos con ese nombre, “pero este Rafael es más popular que un chivirico con pan”. Tal comentario bautizó a Rafael “Chivirico” Dávila para el resto de su vida, pero no fue a Dámaso Pérez Prado, que lo tuvo como cantante de su orquesta, al que le cupo componer un mambo inspirado en su homenaje, sino al mexicano Emilio B. Rosado, mambo que fue grabado por la orquesta de su compatriota Ramón Márquez Carrillo. 


Es un mambo instrumental que al llegar al minuto 2:15 de la interpretación introduce un estribillo pegajoso que dice: 

“Chivirivirí… ¡Chivirico!; Chivirivirí… ¡Chivirico!; Chivirivirí… ¡Chivirico!”.

ROBERTO DE JESÚS “CHIVIRICO” RAMÍREZ TORRES

Aunque varios barrios de la comuna 16 de Belén eran fincas que solo vinieron a urbanizarse a mediados del siglo XX, la carrera 83 del barrio Sucre era un camino que bordeaba el morro de Zafra para dirigirse al alto de Buga o el Barcino en Altavista, antigua vía de salida de Medellín a San Antonio de Prado, Armenia Mantequilla, y Heliconia; con casas viejas de tapia y de bahareque construidas a lo largo de la vía. Con el urbanismo muchas han desaparecido, aunque se conserva tal cual de construcción muy antigua y el barrio sigue siendo habitado en gran parte por descendientes de los antiguos pobladores. En la carrera 83 con calle 27, esquina, había un kiosko público con venta de licor y pista de baile que era frecuentado por los habitantes del sector y usado también como sitio de encuentro por jugadores de billar y juegos de azar, y frecuentado por jíbaros o proveedores de marihuana que tan pronto sonaba la voz de que se acercaba un vehículo de la policía emprendían las de Villadiego con su mercancía oculta en caletas de difícil acceso. Las reuniones los fines de semana en ese sitio solían terminar de amanecida, muchas veces con pelea de heridos y muerto a bordo. A ese sitio me refiero en el artículo sobre la matrona Alicia Pernicia, una mujer de armas tomar que tenía sus cuarteles en dicho lugar.


Cuando los muchachos dieciochoañeros llegamos a vivir al barrio Altavista, parte baja, de la comuna 16 de Belén, ya existían el antiguo barrio Sucre y el caserío de Zafra, y existía el corregimiento de Altavista en la parte alta de la quebrada, carretera arriba hacia el suroccidente. También estaba el kiosko del barrio Sucre “que mejor no se asome por allá, mijo, para que no se busque problemas usted ni me cause dolores de cabeza”, según me dijeron mi madre y mi abuela casi con las mismas palabras, como si se hubieran puesto de acuerdo. Y ya andaba por ahí recorriendo esas calles el hombre apodado Chivirico. Roberto de Jesús Ramírez Torres se ganó ese apodo por lo mucho que le gustaba oír el mambo Chivirico de la orquesta de Ramón Márquez, y porque cuando arrancaba el coro a cantar el estribillo él coreaba cortando el aire con el dedo índice como si fuera un director de orquesta:

“Chivirivirí… ¡Chivirico!; Chivirivirí… ¡Chivirico!; Chivirivirí… ¡Chivirico!”.

Con el pasar de los años, envejecido él y fallecidos muchos de sus amigos, se fue vivir a casa de su hermana en el barrio Las Mercedes del sector de Belén, se dedicó a asear buses de servicio público, convirtiéndose en mascota de los choferes del barrio Laureles, y siguió andando las calles con su ajado y desteñido saco de siempre, de bolsillos colgados por el uso. 

Hace poco lo vi. Su vejez y cara de pobreza no las oculta, pero al parecer está bien de salud y si sigue así es posible que nos entierre a muchos contemporáneos suyos. 

Lejos están los días en que Chivirico bailaba el mambo en el Kiosko de Sucre en Belén, kiosko que ha sido convertido en la guardería "Buen Comienzo" del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en la calle 27 con carrera 83. Con niños alborotando, el lugar ya no es lo mismo que cuando los borrachitos voleaban cuchillo venteado. “Es curiosa esa historia que nos cuentas, hombre Orlando, porque después de medio siglo vengo a conocer el verdadero nombre de Chivirico”, me dijo un amigo de los días en que en Altavista se acababa Medellín.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)




domingo, 7 de enero de 2018

238. Lucía, la de Gabo y Joan Manuel Serrat

Finalizaba la década de los años cincuenta, y daba comienzo la de los sesenta, cuando una estrofa del poeta Guillermo Valencia me impactó con contundencia demoledora:

“Nunca pruebes, me dijo, 
del licor femenino; 
que es licor de mandrágoras 
y destila demencia. 
Si lo bebes, al punto 
morirá tu conciencia, 
volarán tus canciones, 
errarás el camino. 
-Y agregó- Lo que ahora 
vas a oír no te asombre: 
La mujer es el viejo 
enemigo del hombre, 
sus cabellos de llama 
son cometas de espanto”.

Viene ahora a mi mente el poema de entonces; por cuenta de Lucía, la musa de Serrat. 


Yo no diría que el Nobel Gabriel García Márquez haya sido "un play boy tumbalocas" de esos por los que las mujeres se descosen o “se orinan a goticas”, como sí lo ha sido Mario Vargas Llosa. Pero, en todo caso, la fama da un prestigio que alcanza hasta para calentar sábanas; y el poder, ni se diga. No son pocas las mujeres que sucumben bajo la cobija de un presidente, la casaca de un militar, o la bota de un policía. El poder es un potente afrodisiaco.

Remitiré a un artículo de Julio César Londoño en El Espectador, a raíz de la muerte de Alba Lucía Ruiz en el año 2006. 

Alba Lucía Ruiz fue amante de Gabo… ¡Amante de Gabo!, así como suena. Y yo que creía que el hombre era más bueno para enamorarse que para que se enamoraran de él, pero así es la vida. Y no fue una amante cualquiera esta palmirana. Fue una intelectual bellísima y millonaria, candidata en reinados de belleza. Ganó mucha plata como modelo de pasarela (fue la primera top model de Colombia); y fue más la plata que le quitó a un enamorado empresario judío al que desplumó hasta el último centavo. A Gabo lo dejó “por tacaño”, y tuvo amoríos con toreros de renombre, hasta que resultó liada con Joan Manuel Serrat y disfrutando de las playas de la isla de San Andrés, haciéndolo cancelar el resto de la correría artística que tenía programada por Suramérica, lo que es de entender porque, como decían los viejos, “un pelo ensortijado de mujer jalona más que un cable de acero de pulgada”. La pelea que tuvieron por asuntos de precisión en un poema fue de alquilar balcón, al punto que ella lo acusó de ser un simple intérprete, y él la llamó puta sudaca con el despectivo o peyorativo que le dan los españoles a las sudamericanas. Por menos se armó Lorena Bobbit de tijeras. Como despedida esa noche, él compuso en su homenaje una canción y se la dejó en la grabadora. A esa canción le puso por título el nombre de ella.

Artículo en la sección Opinión, de El Espectador, 2 enero de 2009. “Adiós, Alba Lucía”, Por: Julio César Londoño:


Dice Londoño en el artículo que su belleza y su estilo fueron únicos, y cita al fotógrafo Hernán Díaz y a los pintores Enrique Grau y Alejandro Obregón como admiradores suyos:

“En noviembre de 2006 falleció Alba Lucía Ruiz, la primera top model que tuvimos. Después de ella muchas colombianas han hecho buena pasarela pero ninguna, si exceptuamos a Adriana Arboleda, ha vuelto a plantarse delante de una cámara como Alba Lucía. No lo digo yo, lo dice Hernán Díaz, quien la retrató hasta el cansancio; lo decía Enrique Grau, quien soñaba ser como ella; y lo repetía Alejandro Obregón, que la pintó dormida”.

No dice Londoño si Obregón la pintó dormida en el asiento de un avión, ni dice si lo que Grau le envidiaba eran el éxito o la fama.

Alba Lucía Ruiz, fotografiada por Hernán Díaz en el portal Colarte.com

Dice el portal Colarte.com que:


“A Alba Lucía no le importaba el qué dirán: se fue a vivir en unión libre e hizo fiestas con marihuana. Dejó el modelaje a los 25 años. Hoy es ama de casa, escribe poesía y aún le dicen La Flaca… Posó para Bicicletas Monark y para el Periódico El País. Comenzó a los 18 años, a finales de los años 50”. 

Eso significa que nació en la década de los cuarenta y que como Brigitte Bardot que nació en la de los treinta tal vez en este momento Alba Lucía se vería muy ajada, aunque bien pudiera ser que hubiera envejecido como Sofía Loren que, a estas alturas, conserva su “buen ver”.

Ya en el siglo XXI, dice Londoño:

“Volví a verla hace poco en su casa de la Calle de la Raqueta, en Bogotá. Seguía bella, serena, esbelta y casi victoriosa sobre el tiempo. “Estoy perdida —se quejó— no he sido capaz de inventar un solo pecado nuevo”. No había vuelto a teñirse sus canas onduladas, que le sentaban muy bien, y era el centro de un círculo social inteligente, pequeño y divertido”.   

Sigue diciendo Londoño que:

“Alba Lucía dominó la escena durante los años 60. Su figura copaba las vallas y las portadas de las revistas y vendía, como por ensalmo, todo lo que anunciaba. Era una flaca alta y curvilínea a quien le decían la Twiggy colombiana. En realidad era un milagro de la naturaleza, el mejor poema de la materia. Tenía facciones nítidas, bien marcados los pómulos y las líneas del maxilar, piel blanca, cabellos castaño, y unos ojos de metáfora imposible que le daban un delicioso aire de bandida del alto mundo”.

Un milagro de la naturaleza, una metáfora imposible, que sea el mejor poema de la belleza, es el sueño de todo hombre. Pero, no nos digamos mentiras, una mujer así, de “belleza dolorosa”, es (¡Ay!)… ¡Una pesadilla!

A una mujer así conocí cuya belleza resplandecía en el balcón frente a donde yo me encontraba. Tengo mis sospechas de que ella veía los ojos golosos con que yo la miraba, tengo mis sospechas de que ella salía al balcón para lucirse y cosechar mis miradas de admiración, y tengo mis sospechas de que a mí no me hubiera dado ni la hora. Se casó con un traqueto que la cubrió de joyas y de vestidos… y la encerró con llave triple clave en el apartamento para que solamente pudiera salir a la calle en su compañía. Ella encontró la manera de esconder una escalera liviana en el techo y de escaparse por una ventana trasera, hasta que su marido entró en sospechas de que algo estaba pasando. Surgió una discusión de la que ella resultó empujada rodando desnucada por las escaleras del salón, y el hombre terminó en la cárcel alegando locura temporal en estado de ira e intenso dolor. Salió de allí en menos que canta un gallo. La muerte de la muchacha (¡Cómo era de bella!) fue muy lamentable y muy lamentada.

En fin, sigamos, dice Londoño que cuando el arquitecto Rogelio Salmona le construyó la denominada “Casa Alba”, que ella nunca habitó:

“Ya era multimillonaria, producto de su profesión y de la fortuna de un industrial judío al que desplumó con aplicación”.

Entonces, cuenta Londoño:

“El general Omar Torrijos se la presentó a Gabo, de quien fue amante hasta que lo dejó por tacaño. La gota que rebosó la taza ocurrió una noche en la Quinta Avenida de Nueva York. Ella se detuvo a curiosear las deslumbrantes vidrieras de Tiffany & Co. Mira qué preciosa diadema, le dijo, pero él no contestó. Cuando volteó a buscarlo, el hombre estaba a diez metros, en el borde del andén, buscando estrellas en un cielo azul Manhattan. Alba Lucía no soportaba tipos así”.

Hay que reconocer que si uno protagoniza con una belleza de estas una escena del tipo “Desayuno en Tiffany´s”, da pie para pensar dónde y con quién uno pasó la noche. Por las razones que fuera, mi querido Gabo, ¡Me quito el sombrero! Tú bien sabes que a los hombres no nos matan los celos sino la envidia.

Dice Londoño que:

“Luego le dio por los cantantes y contrató a Camilo Sesto, a Raphael, a Serrat. Por su apartamento de Bogotá pasaba el meridiano intelectual del país. Sus fiestas eran históricas y tenía una de las mejores colecciones privadas de arte del país (“Darío Morales es el más aplicado, Luis Caballero es el último dibujante vigoroso, y Botero es el más paisa”, decía)”.

Para que uno sea capaz de contratar a cantantes como los mencionados, se necesita tener más que ganas. No cualquiera lo puede hacer. Y para comprar obras de Darío Morales, de Luis Caballero, y de Fernando Botero, sabiéndolas apreciar, hay que tener más que dinero. Pablo Escobar también tenía Boteros colgados en la pared, pero de su compra y escogencia se había encargado algún Popeye, algún Quica, algún Tyson, algún Arete, alguno de los que le hacían los mandados.

Y hemos llegado al meollo del asunto, la historia que nos convoca:

“Con Serrat tuvo un corto e intenso romance. Él canceló una presentación en Caracas para pasar un fin de semana en la casa de Alba Lucía en San Andrés. Luego canceló seis presentaciones más en Argentina, Brasil y Perú. Al final lo salvó un error de apreciación poética: una noche cenaron en la playa y escanciaron varios odres. Demasiados, quizá. Él cantó Elegía a Ramón Sijé, “a quien tanto quería”. “Con quien tanto quería”, le corrigió ella, que se sabía de memoria el poema de Miguel Hernández y no toleraba ningún cambio, en especial los torpes. Serrat le dijo que ella sabía, sobre todo, de toreros y de modas. Ella le restregó que él era sobre todo un intérprete. Entonces él la llamó “puta sudaca”, ella lo miró con compasión y se fue a dormir. Cuando se levantó, Serrat ya no estaba pero le había dejado en la grabadora una canción nuevecita: Vuela esta canción/ para ti, Lucía/ la más bella historia de amor/ que tuve y tendré… Dicen que Lucía caminó días y noches por la playa con una grabadora sobre la cabeza que molía incansable su canción”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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“Lucía” de Joan Manuel Serrat (letra, música e interpretación):


Vuela esta canción 
para ti, Lucía.
La más bella historia
de amor
que tuve, y tendré.

Es una carta de amor
que se lleva el viento
pintado en mi voz…
a ninguna parte…
a ningún buzón.

No hay nada más bello,
que lo que nunca he tenido;
nada más amado,
que lo que perdí.
Perdóname si
hoy busco en la arena
una luna llena
que arañaba el mar.

Si alguna vez fui un ave de paso,
lo olvide para anidar en tus brazos.
Si alguna vez fui bello, y fui bueno;
fue enredado en tu cuello y en tus senos.

Si alguna vez fui sabio en amores,
lo aprendí de tus labios cantores.
Si alguna vez amé;
si algún día, después de amar, amé;
fue por tu amor, Lucía…
Lucía.

Tus recuerdos son
cada día más dulces;
el olvido sólo
se llevó la mitad;
y tú sombra aún
se acuesta en mi cama,
con la oscuridad
entre mi almohada
y mi soledad.


domingo, 31 de diciembre de 2017

237. El sastre de Obdulio y Julián

–MÚSICA CELESTIAL, PARA LOS OÍDOS 
DE ORCASAS–

Celebrando la navidad en la musiteca de Raúl Burgos por los lados de la iglesia de La Consolata, sin licor “porque la prostatocirujana me lo prohibe”; vino a mi encuentro el amigo melómano Joaquín Eduardo Álvarez, que resolvió que “Yo tampoco voy a tomar, porque si vos no me acompañás no me animo a tomar solo”. 

Tangueros los dos, nos resignamos a una noche de música parrandera “porque es la única que los clientes habituales permiten poner en diciembre”, dijo el barman Raúl; a lo que Joaquín comentó que “maluco también es bueno; y, cuando no toca tango, toca bambuco”. 

Fue el momento en que los contertulios se deshicieron en elogios hacia la música colombiana “que quedó arrinconada en los establecimientos públicos”, y entonces afloraron los recuerdos que recogí en el libro “Buenos Aires, portón de Medellín”:

“La primera canción que yo escuché, digamos que de recién nacido, pero posiblemente desde antes de nacer, fueron las Brisas del Pamplonita del maestro Elías M. Soto. Jesús Amador “El Mono” Rivillas Muñoz, esposo de mi tía Gabriela Casas, es músico; y cuando estaba de novio le entonaba serenatas que comenzaban con esa canción. Yo dormía en el rincón de la cama de ella, junto a la ventana que da a la calle, y recibía la serenata junto con la agasajada novia”.

Cercanos a la celebración de su septuagésimo aniversario de matrimonio, y preparándose para cumplir el centenario de vida con dos meses de diferencia el próximo año, mis tíos conservan la lucidez y siguen en pie. A las serenatas del Mono Rivillas debo mi gusto por la música colombiana; y a sus ejecuciones de la lira, bandola, o vihuela, instrumento que sigue tocando semanalmente con un grupo de amigos que se reúnen para ensayar los números que van a presentar en la próxima reunión familiar.

–MÚSICA CELESTIAL, PARA LOS OÍDOS 
DE JOAQUÍN EDUARDO–

A medida que los hijos se fueron casando uno a uno y, al decir de la abuela viuda, “formaron rancho aparte”, ella se fue quedando sola. Sola sí, o casi sola, pero satisfecha de verlos realizar sus vidas y tomar su propio vuelo. Amén de que empezaron a llegar los nietos que colmaban de alegría la casa en los días de navidad porque la suya, como casa de abuelos que se respete, les daba cabida a todos. No vivía totalmente sola, porque tenía ayuda. Una hija que nunca se casó “porque no puedo dejar sola a mi mamá”, hija que celebró las bodas de oro de su partida bautismal porque no quería bullas ni fiestas sociales en ese día, y prefirió mandar a celebrar una misa de seis de la mañana en la iglesia de La América, a la que asistió acompañada de su madre. 

Esta hija cuidaba de la abuela; y otra hija ya cuarentona, de la que decían a sus espaldas que “se quedó para vestir santos”, madrugaba todos los días a su trabajo en la fábrica de confecciones de camisas para caballero, y volvía por las tardes sola, “porque es mejor andar sola que mal acompañada”, según decía, y porque “es mejor vestir santos que desvestir borrachos”. Era su modo de decir que las uvas estaban verdes. Ella era la proveedora de la casa, y los días de pago se iba al mercado y llegaba con bolsas y bolsas de provisiones para que en casa de la abuela no faltara nada.

La abuela, de la que con ojos humedecidos por el recuerdo dice su nieto que “era la mujer más maravillosa del mundo”, se hizo cargo de este chiquillo de siete años venido al mundo a mediados del año 1944 en el municipio de Gómez Plata, pues no fue admitido para estudiar en la escuela del pueblo por no tener la edad requerida. Su madre no quería dejarlo por ahí vagando en los alrededores de los cafetines del parque, y su padre le había dicho a la madre que hiciera lo que a ella le pareciera mejor para el chico. La abuela de la ciudad se hizo cargo, y lo matriculó en la escuela Cristóbal Colón del barrio La América de Medellín. 

Los años en casa de la abuela y de mis tías fueron años felices”, recuerda el septuagenario hombre que ahora los rememora.

Pablo “Lindo” era sastre, pero no un sastre cualquiera sino uno de los mejores. Obtuvo el apodo porque su cara picada de viruelas y llena de tolondrones era de una fealdad antológica. Quizás para encarar esta falta de gracia facial se propuso vestir bien, como un dandy, pero ese era un gusto que no cualquiera se podía permitir; y menos un hombre que aspiraba a estrenar vestido cada semana y a lucir impecable. Aprendió, entonces, a confeccionarse sus propios vestidos de chaleco y saco cruzado; a lustrar sus zapatos con brillo esplendoroso; a limpiar en seco, con varsol, su docena de sombreros Stetson, y a aplancharlos al vapor con paños húmedos y plancha caliente. Pero no aprendió a hacer camisas de cuello duro y puños de mancornas, como las que le gustaban, y entonces acudió a la fábrica de Camisas Primavera para comprarlas, donde resultó que la mujer que lo atendía era su vecina de los lados del café El Segundo Danubio. Se hicieron amigos y, poco después, se hicieron novios. 

La mujer se veía feliz con el pretendiente que le resultó al cabo de las quinientas, pero para la abuela fue una catástrofe. “Usted verá si se labra su propia desgracia, mija, pero ese borrachín que no sale del bar Segundo Danubio no le va a traer sino disgustos. De lindo ese hombre no tiene sino el apodo”, dijo la abuela con cara agria. No le faltaban razones a la abuela para imaginar tal situación; pues, después de dos o tres meses de sobriedad, Pablo Lindo se dejaba venir abruptamente con doce o quince días de embriaguez continua. La mujer le perdonaba tal cosa al único hombre que la había hecho sentir como una reina, y le perdonaba el hecho de que a meses de sobriedad malhumorada le siguieran semanas de serenata tras serenata.

Pablo Lindo se hizo amigo de Julián Restrepo, un cliente frecuente que tenía en él su sastre preferido. A la sastrería cercana del Segundo Danubio llegaban Julián y su compañero de música, guitarra y tiple en bandolera, a medirse vestidos y a escoger paños; y a rematar las sesiones de prueba rasgueando tiples y entonando bambucos. En esas sesiones era cuando Pablo Lindo resolvía acabar con la abstinencia, y de esas sesiones salió el acuerdo de “Ustedes me pagán los vestidos con serenatas, y yo les pago las serenatas con vestidos”. Fue un arreglo a satisfacción de ambas partes, muy a propósito por los días en que Pablo Lindo había resuelto dejar la soltería.

Joaquincito llegó del pueblo, y la abuela lo acomodó a dormir en la primera habitación, la que da a la calle, mientras puso a las dos mujeres a dormir juntas en el cuarto siguiente, y ella conservó para sí la pieza del lado del comedor.

Eso fue lo mejor que pudo pasarme”, dice Joaquín, “porque gracias a Pablo Lindo conocí el bambuco”. No fue para menos, puesto que las serenatas del dueto de Obdulio y Julián en las madrugadas al pie de la ventana se volvieron frecuentes. “¡Tía, tía, despierte que le trajeron serenata!”, fue un reclamo habitual, y habitual se volvió recoger la tarjeta tirada bajo la puerta con la lista de los bambucos interpretados en otra madrugada musical de las muchas que la vida habría de regalarle a Joaquincito por cuenta de una tía que al fin se casó “con un hombre que era feo, pero elegante, y que era una caja de música cuando no estaba sobrio”, el hombre que la conquistó a punta de serenatas. Los bambucos de Obdulio Sánchez y Julián Restrepo marcaron el encuentro de Joaquín Álvarez con el bambuco.

Y, ¿Recuerdas, Joaquín, cuáles eran esas canciones de serenata que cantaban Obdulio y Julián en la ventana de tu tía?”, le pregunté.

Eran muchas, muchas”, me respondió. “Como decir, por ejemplo…”:

Amor inútil (bambuco)

Anhelo infinito (pasillo)

Anhelos (pasillo)

Beso robado (bambuco)

Como si fuera un niño (bambuco)

Corazones sin rumbo (pasillo)

Dolor sin nombre (bambuco)

Pobrecita mía (bambuco)

Qué puedo hacer (bambuco)

Ruego (bambuco)

Tu piel morena (bambuco)

El repertorio es amplio: 

“Cuatro preguntas, Antioqueñita, Primavera en Medellín, En el fondo de tus ojos, Tu recuerdo, Al caer de la tarde, En el alma de una flor, Adoro niña tus ojos, El trapiche, Serenata del campo…”. 

Es amplio.

“Desde entonces colecciono sus discos, hombre Orcasas, y los oigo cuando me acomete la nostalgia. Te invito a oírlos cuando la prostatocirujana haya salido de tu vida”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 24 de diciembre de 2017

236. Sayonara, puesto que así ha de ser -Ann Morrow Lindbergh-

Ann Morrow Lindbergh (1906-2001) fue una escritora y aviadora norteamericana que contrajo matrimonio con el aviador Charles Lindbergh, pionero de los vuelos trasatlánticos. Con él tuvo seis hijos, de los cuales Charles Augustus de 20 meses fue secuestrado y asesinado en una sonada tragedia que dio lugar a la expresión “Más perdido que el hijo de Lindbergh”, que aplica a algo que no tiene posibilidades de encontrarse. Fue común en las décadas de los años cuarenta y cincuenta, cuando entre nosotros no se acostumbraba poner nombres de seres humanos a las mascotas, bautizar a muchos perros con el nombre de “Límber”, sin que sus dueños supieran por qué o por quién los llamaban así.

Fallecida a los 94 años de edad, en los últimos años la viuda de Charles Lindbergh se distinguió por su temperamento flemático o estoico, aparentemente inconmovible. No solo la tragedia del secuestro y muerte de su hijito y otras visicitudes templaron su carácter de tal manera, sino el tardío descubrimiento –después de la muerte de su esposo– de que éste había tenido tres hijos con una amante que mantuvo en secreto durante 17 años, uno con una hermana de esta, y otro con una secretaria. Cinco hijos por fuera del matrimonio y tres traiciones no son pocos para ser sacados de la nada cuando ya no había a quien hacerle el reclamo, y llevaron a la escritora a exclamar que: 

“Creo que una mujer no se resiente tanto de entregarse por completo, sino de descubrir que se ha entregado en vano”.
(Anne Morrow Lindbergh).


Alguna vez a comienzos de la década de los cincuenta leí en un número antiguo de la revista Selecciones del Readers Digest un corto escrito de esta escritora que llamó poderosamente mi atención, y quiero ahora compartirlo con los lectores. Es un texto que hace parte de su libro “De norte a oriente” (North to the Orient):


Selecciones del Readers Digest en español
febrero de 1948
Anne Morrow Lindbergh
North to the Orient
(Harcourt, Brace)

SAYONARA

De todas las despedidas que conozco, la más bella es el sayonara japonés (“Puesto que así ha de ser...”). A diferencia del auf wiedersehen alemán y del au revoir francés, no acude a ninguna esperanza aleatoria (“hasta que volvamos a vernos”), ni a ningún sedante para posponer la pena de la separación. No evade el hecho principal, como el farewell inglés, que es la despedida del padre (“ve al mundo y pórtate bien, hijo mío”). Encierra estímulo y advertencia, pero pasa por sobre la significación del momento: no dice nada de la partida. El good bye inglés y el adiós español, dicen demasiado; tratan de tender un puente sobre la ausencia, casi de negarla. Adiós es una oración: “¡No debías marcharte! ¡No puedo soportar tu separación!  Pero no irás solo ni sin vigilancia. Dios estará contigo”  Pero sayonara no dice ni mucho ni poco; es una simple aceptación del hecho (“Puesto que así ha de ser...”). Dentro de sus límites está toda la comprensión de la vida: detrás de ella, latente y refrenada, toda la emoción. Es la despedida silenciosa, la presión de una mano... sayonara.

Ann Morrow Lindbergh

Medio siglo después, este texto aún me conmueve.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 17 de diciembre de 2017

235. Regalo de los Reyes Magos, cuento para los días de navidad

Al iniciarse la navidad del año 2017, este blog está próximo a completar cuatro años de haberse iniciado. Por estos días se ajustan las 100.000 visitas en 1430 días, de lectores que han puesto sus ojos sobre los cerca de 235 artículos montados en él. Aunque ha tenido altibajos en el número de visitantes, calculo que para el momento hay unos 210 lectores fieles que después del domingo ingresan cada semana para ver qué hay de nuevo, aparte los lectores ocasionales que lo visitan por algún tema de su interés encontrado en el buscador. El primer artículo es un índice de los títulos de su contenido, que mantengo actualizado para los nuevos lectores.  

He estado pensando qué regalar a los lectores como presente navideño, y me encuentro con un cuento del norteamericano William Sidney Porter (1862-1910) que me sedujo en la década de los años cincuenta, cuando yo era un niño que me iniciaba en el hábito de la lectura. Este escritor no es reconocido por su nombre, pero es famoso por el seudónimo que adoptó gracias a un gato que le hacía travesuras haciéndolo exclamar a cada nada: ¡Oh, Henry! ¡Oh, Henry! El seudónimo de O´Henry se le pegó desde entonces como una marca indeleble. 

O´Henry, que aparte del inglés nativo dominaba el idioma español, se fue a vivir a Honduras por culpa de un desfalco laboral o malversación de fondos, y con el tiempo fue a parar a la cárcel en Nueva York por culpa de ese desfalco. Allí escribió gran parte de su obra. Pero no fue la cárcel lo que lo mató sino la afición al licor, que le produjo la cirrosis hepática que lo llevó a la tumba. Murió viudo, dejando sólo una hija de nombre Margaret, quien al parecer no tuvo descendencia, y estaba solo y pobre porque su adinerada segunda esposa ya lo había abandonado por culpa del licor.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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REGALO DE LOS REYES MAGOS


O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

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Ediciones en español:

O. Henry 1960. Obras selectas. Barcelona: Planeta.

O. Henry 2005. Cuentos de Nueva York. Madrid: Espasa Calpe. ISBN 978-84-670-1861-5

O. Henry 2008. Esto no es un cuento: y otros cuentos. Sevilla: Barataria. ISBN 978-84-95764-84-3



domingo, 10 de diciembre de 2017

234. Corrientazos de estrato seis

(En este artículo haré mención de dos establecimientos de comidas. No se trata de una mención comercial ni de publicidad pagada, sino de un reconocimiento a su calidad y del hecho de compartir una experiencia de usuario)

Hay unas expresiones coloquiales antioqueñas que se refieren a los restaurantes de almuerzo para trabajadores y empleados. Los almuerzos corrientes de bajo precio para obreros, tipo casero, se denominan “corrientazos”; los almuerzos un poco mejor presentados de precio medio, para empleados, se denominan de “tipo ejecutivo”; y están los de alto precio para estratos altos, como también los de bajísimo precio de venta ambulante para trabajadores informales callejeros, no aptos para consumo del jet set.

Nos gusta, a mis amigos y a mí con nuestras respectivas esposas, almorzar por fuera los domingos. Casi siempre salimos a pueblear, y ya hemos conocido muchos restaurantes de carretera. Ustedes saben que los hay buenos, malos, y regulares. Pero somos, mis amigos y yo, de “hacha y machete”. Cuando nos toca de tres tenedores, pues que vengan los tres tenedores. Pero, cuando nos toca bandeja con cuchara de palo, que se venga la cuchara de palo; que no nos andamos con remilgos. Si almorzamos en una cafetería cerca de la plaza de mercado donde va la mayoría, pues se entiende que no tiene nada de raro que saquen porciones de fríjoles precocidos de la nevera y los calienten en el horno micro ondas. El bajo precio ($3.500 con juagadura de limón, o $4.500 con gaseosa) no da lugar a reclamos ni a discusiones.

Fue para mí, pues, una sorpresa cuando mi amigo nos contó que estuvo comiendo con su esposa en un exclusivo restaurante de estrato seis en el sector de Llanogrande en Rionegro, donde los precios por persona son de $45.000 el plato, más la propina. Casi $100.000 la cuenta de dos personas es una cifra que para mí tiene sus peros y sus pelos. Muchos pelos y sudores. Lo que se espera en un lugar así es un producto de altísima calidad y una demostración de fina gastronomía. No se excluyen los fríjoles, pero tienen que ser señores exquisitos fríjoles, sin nada de chambonadas ni choroteces. ¿Pueden creer que se dejaron venir en ese elegante restaurante de estrato diez donde estuvieron mis amigos, con unos fríjoles calentados en horno micro ondas? ¡Como para matarlos! “Me di el gusto de no dejar propina e hice retirar de la tirilla el porcentaje de servicio que la registradora factura automáticamente”.

Por mi parte, nunca he ido a ese restaurante… ¡y no vuelvo! Desconocen esos restauranteros que la vox populi es la mejor vitrina publicitaria, y que “cliente satisfecho atrae a más clientes satisfechos”.

Hablemos ahora de pizzerías. Las hay de todos los colores, pelambres y texturas, según los gustos. Muy afamada es la de un alemán que tiene negocio en el área de comidas de la urbanización Carlos E. Restrepo, bautizado con su apodo: “Pizzería Bigotes”. A mí me gusta, particularmente, la pizza de Pizzotas. Fue fundada por una pareja cuyo esposo trabajaba en el área contable del periódico El Colombiano. Alguna vez pasé con mi esposa por allí y ella me dijo “Mirá, montaron una nueva pizzería”. Entramos y ¡nos encantó! La pasta en su punto de asado, ni muy delgada ni muy gruesa, ni muy blanda ni muy tostada; los ingredientes frescos, esparcidos sin mezquindad. Hemos vuelto muchas veces y alguna vez la dueña nos dijo que “Ustedes son unos clientes especiales. Fueron los primeros en entrar a este negocio”. Un negocio que se creció, fue vendido, y tiene ahora sucursales en muchas partes de la ciudad. La calidad no ha mermado, y los precios son razonables. La pizza de ciruelas, que recientemente pusieron en la carta, me pareció particularmente deliciosa.

Creí que en cuestión de pizzas todo ya estaba inventado, y que las pizzerías son lugares de término medio, ni muy elegantes ni muy de corrientazo. Me equivoqué. Acabo de reunirme con un grupo de amigos en un restaurante cerca del parque Lleras de El Poblado. Queda en la esquina de la carrera 32 D con calle 10, en la “Y” que conduce a Vizcaya, diez metros a la derecha hacia la transversal inferior. Se trata del Restaurante Romero, que se anuncia como comida artesanal. Es elegante y de buen gusto, y la carta contiene una oferta de platos generosa de estrato seis, con precios razonables que oscilan entre $18.000 y $32.000, dependiendo de si uno se decide por una oferta sencilla o si prefiere algo cargado de mariscos. Pero lo que me descrestó fue su carta de pizzas con un sabor que me dio la impresión de ser asadas al carbón. Son una exquisitez, y ofrecen variedades con ingredientes exóticos, como decir frutas cristalizadas, o la pizza con variedad de tres quesos que incluye por ejemplo el queso azul, el gruyère y el camembert. Esa es mi dieta preferida. Con perdón de mi dietista en el club de hipertensos, lo recomiendo.


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 3 de diciembre de 2017

233. Rapero de autobús al desnudo

Una tarde abordé el autobús, rumbo a mi casa, mientras atendía una llamada telefónica de celular. Me senté en la tercera fila, junto a la ventanilla, y estuve completamente desentendido de la perorata que iniciaba un rapero de autobús acompañado por el monótono ritmo que salía de su enorme grabadora de costa playera. Ya iba terminando mi conversación, cuando percibí que el rapero era un improvisador a la manera de los trovadores paisas, y hacía alusión con su letra a la chica de la primera banca y a su bufanda gris a cuadros. Siguió con la señora del bolso marrón y pelo cano, y luego aludió al caballero medio calvo de la segunda banca y a su bigote entrecano. Me percato, entonces, de que ha llegado mi turno; y los pasajeros dirigieron sus miradas hacia mí porque evidentemente yo era “el caballero de camisa roja y pinta a lo bien, / que tiene porte de galán que va o viene de su chica, / que solo le falta una flor en la camisa, / y cubre la cabeza con un sombrero a lo Gardel”. Lo premié con una sonrisa, y los pasajeros lo premiamos con unas monedas más generosas que de costumbre. Me alegró la tarde, y a manera de disculpa dije a mi vecina de asiento: “Se las ganó, no hay duda de que se las ganó”. Mi comentario la motivó a meter la mano al bolso y aportar, ella también, unas monedas.

El guatemalteco Ricardo Arjona es el cantautor preferido de mi hijo, y eso hizo que Arjona irrumpiera en nuestro hogar mañana, tarde, y nochemente por cuenta de que mi hijo quería aprender a tocar guitarra al son de que "Jesucristo es verbo y no sustantivo". Creo que desistió por la dificultad para aprenderse las larguísimas letras de Ricardo Arjona. Me he puesto a analizar y llego a la conclusión de que, a mi parecer, Arjona es compositor de una sola música a la que le cambia de letra cada vez que va a grabar un nuevo disco. Tal vez no sea mucha música la suya, pero lo que sí hay que reconocer es que tiene letras, y ¡Qué letras! Esa película del taxista que se engancha con la elegante rubia que lo abordó en el camino, y al llegar a una discoteca con apartados para dos descubre que la joven que hay al fondo con un caballero mayor es ¡la esposa del taxista! es como para un programa de esos de no te lo puedo creer, por aquello de que el caballero es también el esposo de la rubia. Tú con la mía y yo con la tuya, estamos en paz. En fin, cada letra de Arjona es una película y sólo por las letras vale la pena Arjona. Acabo de escuchar otra canción suya. La música es la misma, pero la letra es de las de decir tan bueno anoche y hoy también.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Fotografía tomada de Internet

DESNUDA
(Ricardo Arjona)


No es ninguna aberración sexual,
pero me gusta verte andar en cueros
al compás de tus pechos aventureros
víctimas de la gravedad.

Será porque no me gusta la tapicería
que creo que tu desnudez
es tu mejor lencería.

Por eso me gustas tal y como eres;
incluso ese par de libras de más.
Si te viese tu jefe desnuda, y por detrás,
no dudaría en promover tu cintura.

Déjame llenar de tu desnudez
para afrontar los disfraces de afuera
de una mejor manera.

Desnuda,
que no habrá diseño que te quede mejor
que el de tu pìel ajustada a tu figura.

Desnuda,
que no hay un ingenuo que vista una flor
porque sería como taparle la hermosura.

Desnuda,
que la naturaleza no se equivoca
y, si te hubiese querido con ropa,
con ropa hubieses nacido.

Déjame llenar de tu desnudez
para vestirme por dentro
aunque sea un momento.

Y ahora que por fin te tengo así,
desnuda y precisamente de frente,
desnuda también un poquito la mente.

Pon tus complejos junto a tu ropa,
y si te sientes un poquito loca,
ponte loca completa;
que verte será solo el inicio
antes de perder el juicio.

Desnuda,
que no habrá diseño que te quede mejor
que el de tu pìel ajustada a tu figura.

Desnuda,
que no hay un ingenuo que vista una flor
porque sería como taparle la hermosura.

Desnuda,
que la naturaleza no se equivoca
y si te hubiese querido con ropa,
con ropa hubieses nacido.

Déjame llenar de tu desnudez
para vestirme por dentro,
aunque sea un momento.

domingo, 26 de noviembre de 2017

232. Virgilio Pineda bajo el embrujo de Anacaona

La historia la contó el músico Virgilio Pineda Caicedo, nacido el 4 de octubre de 1928 en El Líbano (Tolima), a los melómanos y coleccionistas de la tertulia musical Amigos del Salón Málaga, durante el homenaje de celebración que sus contertulios le hicieron a principios de octubre de 2017, con motivo de arribar a los 89 años de vida. Según su cédula de ciudadanía, es tal la fecha de su nacimiento, “Aunque unos me ponen de más o de menos, y yo no me pongo a pelear por eso”

Virgilio Pineda y Leonia Muñoz en el Salón Málaga

Primo en segundo grado de los cantantes Carlos Julio, Alcira, y Régulo Ramírez; hace parte de una dinastía musical enraizada en los departamentos de Tolima y Cundinamarca; dinastía sobre la que escribí el artículo “Dinastía vocal de los Ramírez”, publicado en este mismo blog.


“Es que Carlos Julio y Alcira eran primos segundos de Régulo; y yo soy primo segundo de los tres”, dice Virgilio que en 1947 se encontraba en Bogotá, y en 1948 resolvió viajar a Medellín, la que convertiría en patria chica por adopción… 

“Porque a poco de llegar conocí a mi esposa Carlota Berrío González, bisnieta del Dr. Pedro Justo Berrío, que entonces era una jovencita de catorce años, estudiante del Colegio del Sagrado Corazón en el barrio Buenos Aires, un colegio donde estudiaban las muchachas de la clase alta”. 

La chica se enamoró de este músico tolimense que por entonces tenía 20 años, y el 10 de mayo de 1949 resolvieron casarse… 

“La tuve que raptar con escalera apoyada en el muro del antejardín de su casa, porque nuestros amores no eran bien vistos por la familia debido a que yo era músico, bohemio, pobre, enamorado, alocado, con todos los defectos de un yerno que los padres no quieren para sus hijas”. 

Los casó el padre Manuel J. Betancur Campuzano en la iglesia de la Veracruz, “Y tuvo qué prestarnos unas argollas, porque nosotros no teníamos”. Un pariente cercano de la muchacha, que estaba por entonces encargado de la Gobernación del Departamento de Antioquia, puso a la policía en la búsqueda de la pareja, logrando llevar al joven a la cárcel acusándolo de rapto de menor de edad…

“Mi esposa se indignó y exhibió la partida de matrimonio, con lo cual la policía me tuvo que dejar libre, aunque los hermanos y demás parientes me montaron una persecución sicológica y de acoso social que no me dejaba en paz. Debido a tantas presiones familiares nos separamos por un par de años, y estuve pensando en regresar al Tolima, pero las cosas tuvieron un giro que yo no me esperaba”.

Al finalizar el año 1949 los argentinos Roberto Rey y Tita Duval tenían un grill…

“En una vieja casona frente a la pista de carreras del Hipódromo San Fernando en Itagüí, en donde ahora está la plaza mayorista”. 

Pineda, guitarra y primera voz; y su compañero Alfredo Pérez, tiple y segunda voz; tenían el dueto de “Pineda y Pérez”, que fue contratado por los argentinos por un par de semanas para hacer de cortineros en las presentaciones de la Orquesta Femenina Anacaona, de Cuba.

Anacaona, nacida cerca de 1474 y fallecida en 1503, fue una cacica indígena de gran belleza y mucho valor que vivía en Quisqueya o República Dominicana a la llegada de los españoles a América; y estos le dieron muerte en represalia por los daños que logró causar a los descubridores.

Orquesta Femenina Anacaona / Cuba / Grandes Éxitos, “Traigo mi coco seco”.


Esta orquesta, compuesta casi en su totalidad por mujeres mulatas “de piel oscura y facciones blancas”, fue fundada el 17 de febrero del año 1932 en La Habana por Concepción “Cuchito” Castro Zaldarriaga el director (saxofón), y sus hermanas Argemira “Milla o Millo” (tambores), Ada (tres, violín, y trompeta), Caridad “Cachita” (contrabajo), Olga “Bola” (saxofón, flauta, clarinete, y maracas), Alicia (saxofón, clarinete, y contrabajo), Ondina (trompeta), Xiomara (trompeta), Emma, Flora, y Yolanda; además de Hortensia Palacio (piano) y Graciela Pérez (cantante). En casa de los Castro hijos de don Matías, todos eran músicos. Recibieron el apelativo de “Las mulatas del sabor”. No siempre coincidieron, pues en su primera etapa empezaron siendo un sexteto, pasaron a ser un septeto, luego un octeto, una jazz band, una charanga típica, y finalmente una orquesta. Con el tiempo pasó a tener una nueva generación de integrantes, y la orquesta sigue vigente en la actualidad…

Alicia Castro, de las Hermanas Anacaona

“Yo tenía la vida muy complicada por el rechazo de la familia de mi esposa, por la separación de ella, y por sentirme asfixiado ya en esta ciudad; pero todo fue ver a Alicia la Anacaona, y sentir de inmediato una fuerte atracción. Ella también se sintió atraída por mí”.

Virgilio armó viaje para La Habana a buscar a Alicia… 

“Pero, como no tenía dinero, me tocó viajar de polizón en un barco carguero desde Barranquilla; que llevaba de todo, hasta rollos de alambre de púas que me laceraron las espaldas”.

Llegó a La Habana “a la casa del barrio La Víbora donde vivían las Anacaona”, pero se encontró con que ellas estaban en México cumpliendo compromisos artísticos, y se tardarían un mes en regresar… 

“Afortunadamente una medio hermana de ellas, que cuidaba la casa, me permitió hospedarme allí mientras las hermanas volvían”. 

En la hoy Plaza de la Revolución, diagonal al antiguo Palacio Municipal, quedaba la Peluquería Roseta… 

“Que era propiedad de Francisco Restrepo Molina, un panameño de ancestros colombianos pero criado en Cuba, adonde llegó desde pequeño”. 

Al verlo tan desvalido, Restrepo accedió a motilarlo de cortesía y ponerlo un poco presentable después de los trajines del viaje… 

“Además de prestarme una guitarra, que había colgada de la pared, para que ensayara algunos acordes”. 

Todo fue oírlo cantar acompañándose del instrumento, y la barbería se llenó de curiosos que aplaudían, por lo que Restrepo le propuso patrocinarle la alimentación en el restaurante contiguo y darle unos pesos adicionales para su subsistencia… 

“A cambio de que yo le promocionara su negocio”.

Las cosas se complicaron porque surgió una campaña para expulsar a los indocumentados de Cuba… 

“Y un hombre que estaba enamorado de Alicia me señaló para que me deportaran. Yo me enteré, y tuve que volarme de nuevo como polizón para llegar a Costa Rica, desde donde pude devolverme otra vez para Colombia”. 

Para ese momento ya había logrado hablar con Alicia, que estaba de regreso con sus hermanas… 

“Pero su actitud hacia mí había cambiado, y ya no fue tan amistosa como antes”. 

De ese amor le quedaron dos composiciones a Virgilio, naturalmente dedicadas a Alicia la Anacaona. Una, el bolero “Te fuiste”:

“Te fuiste sin saber el motivo, 
te fuiste sin decirme un adiós; 
cual ave que abandona su nido 
para emprender un camino 
sin ruta y sin amor…”.

Otra, el bolero “El Malecón”, interpretado por Gabriel “Franko Morety” Aguinaga, contertulio de Virgilio Pineda en la tertulia musical Amigos del Salón Málaga:

https://www.youtube.com/watch?v=7bZGCaUdU1c


“Adiós, mi Malecón querido; 
me voy, y no sé si volveré. 
Me marcho con el alma en mil pedazos, 
sangrando por la herida, 
y no sé si volveré. 

Adiós, mi Malecón querido; 
me voy, y no sé si volveré. 
Me marcho con el alma en mil pedazos, 
sangrando por la herida, 
y no sé si volveré. 

Cuando lejos me encuentre de tus playas, 
llegará en tus oleajes su recuerdo; 
y en las noches, mirando a las estrellas, 
le enviaré con tu brisa mis recuerdos. 

Cuando lejos me encuentre de tus playas, 
llegará en tus oleajes su recuerdo; 
y en las noches, mirando a las estrellas, 
le enviaré con tu brisa mis recuerdos. 

Adiós, mi Malecón querido”.

Cuando partió Alicia Anacaona para Cuba, Virgilio quedó atrapado en su embrujo y refugiado en los brazos de su consuelo de siempre: la inspiración musical. De allí surgió el bambuco que, con letra de Francisco Gómez y música de Virgilio Pineda, interpretó Víctor Hugo Ayala con acompañamiento de la orquesta de Manuel J. Bernal:

https://www.youtube.com/watch?v=BULLaycyqVs

“Se van las ilusiones con el olvido, 
y quedan en pedazos los corazones 
esperando que vuelvan hasta su nido 
aquellas ilusiones que no se han ido.

Se llevan el recuerdo de unos amores 
que vivieron con besos sobre tu boca, 
y se llevan la causa de mis dolores 
para quererte siempre con ansia loca.

Por eso yo te pido: No me abandones, 
y tampoco me tengas en el olvido. 
Tú sabes que aquí laten dos corazones. 
Son el tuyo y el mío, que no se han ido.

Se llevan el recuerdo de unos amores 
que vivieron con besos sobre tu boca, 
y se llevan la causa de mis dolores 
para quererte siempre con ansia loca”.

Maestro Virgilio, ¿Qué sabe usted de Alicia Castro, Anacaona?

“Que yo sepa, aún vive en el distrito Lawton de La Habana. Tiene 90 años, porque nació en 1927 y es un año mayor que yo. En el 2007, a sus 80, publicó con ayuda de la periodista Ingrid Kommels un libro titulado “Anacaona, aventuras de la más famosa orquesta femenina de Cuba”; y “Reinas de La Habana”, escrito con ayuda de la periodista Kommels y del periodista Manfred Schäfer; libros que no tengo ni he leído porque fueron publicados en inglés”. 

Y, ¿Qué pasó después de esa aventura con la Anacaona Alicia Castro? 

“Mi esposa y yo nos reconciliamos y yo me dejé de veleidades”. 

Bueno, maestro Virgilio, pero ¿Podría decirse que Alicia la Anacaona fue el gran amor de su vida? 

“Nooo, Alicia fue una pasión muy fuerte, pero no fue mi gran amor. Mi gran amor fue mi esposa, y no me acostumbro a estar sin ella. A pesar de que he tenido otras aventuras y relaciones pasajeras, es Carlota la que primero está en mi corazón”.

Doña Carlota, la hija de don Miguel Berrío González y de doña Beatriz González de Berrío; bisnieta del Dr. Pedro Justo Berrío Rojas, que da nombre a la plaza principal considerada como el centro de la ciudad de Medellín; pasó de largo por un lado de la estatua de su ilustre bisabuelo para casarse en la sacristía de la iglesia de La Veracruz con el gran amor de su vida, un hombre de quien se enamoró cuando sólo tenía catorce años, pero cuyo amor duró hasta que la muerte los separó… 62 años después.

Dueto Pineda y Pérez (Virgilio y Alfredo)  

“Recuerdos”, vals con letra y música de Alfredo Pelaia, interpretado por el dueto de Pineda y Pérez:


“Murió mi compañera idolatrada,
la mujer que jamás olvidaré
y que tengo en el alma reflejada
como tiene en su seno la alborada,
la estrella del callado amanecer.

En la noche callada y misteriosa
su recuerdo me inunda el corazón,
y su nombre dulcísimo reboza
en mis labios temblando de pasión.
Ella fue la esperanza de mi vida,
mi consuelo, mi dicha y mi sentir;
la adorada mujer que no se olvida,
y que se lleva en el alma hasta morir.

Yo la amaba con ciega idolatría
y ella fue venturosa para mí;
porque puso en mi vida, tan sombría,
con su dulce cariño la alegría
que consuela la angustia del vivir.

En la noche callada y misteriosa,
para llevarla al suspirado cielo,
ha bajado un ángel del Señor.
Ella se fue, y mi vida sin consuelo
llora por siempre jamás su eterno duelo,
¡Oh cruel destino! ¿En dónde está mi amor?”.

Su gran amor sí fue doña Carlota, maestro Virgilio; pero hay otro amor que viene desde su niñez y lo va a acompañar hasta la tumba. "Y, ¿Ese cuál es?". ¡La música! La trae usted en la sangre, y ya nadie le quita lo bailado. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)