domingo, 23 de julio de 2017

214. William Ospina, hombre de Letras

(En septiembre 10 de 2005 asistí en EAFIT a la presentación del libro de poemas escritos por William Ospina Buitrago titulado “Poesía 1974-2004”, a quien para ese momento yo no había leído, y los siguientes textos nacieron de ese encuentro. El primero, la reseña del libro como tal; el segundo, un texto que escribí después de haber leído algunos de sus ensayos; y el tercero, una entrevista que hice a Estela García de Peláez (QEPD) y otras amigas del poeta, a raíz de la presentación de su libro de poesía. Algunos datos están en el contexto del momento en que fueron escritos, como decir que para ese entonces el Dr. José Raúl Jaramillo Restrepo era Vicerrector de la Universidad Autónoma Latinoamericana y ya está retirado, o que la trilogía de novelas iniciada con Ursúa aún no se hubiera completado y ya sí lo está).

I. SU VOZ ESTÁ EN LOS LIBROS

Los escritores reconocidos son personajes públicos: “Gabo”, “Mc. Luhan”, “Nietzsche”, “Ciorán”, en confianza, así quien los mencione no los haya leído. Preguntamos: ¿Qué has leído de él, qué es lo que más te gusta? Ponen una mirada y una sonrisa compasivas que significan “¡imposible que no lo conozcas! Todo el mundo sabe quién es”, pero no dan la respuesta que demuestra que en su caso no es mero alarde. Me ocurrió con “William”. Fui al auditorio conociéndolo apenas de oídas. “Es poeta”. “Es escritor”. “Es ensayista”. De tres cosas, no conozco ninguna. En su libro "Las auroras de sangre" él mismo lo ha dicho: "Hace poco un amigo me dijo que `Juan de Castellanos no es un desconocido, se ha escrito mucho sobre él y todo el mundo lo conoce´. Pero un autor no es conocido sólo porque se conozca su nombre y se lo mencione a veces en libros eruditos; una obra literaria no deja de ser desconocida cuando se la publica, ni cuando se la guarda en estantes, sino cuando se la valora en su belleza y en su magnitud, cuando deja de ser letra muerta que muchos conocen de oídas pero nadie lleva en su corazón". 

Dice Jaime Jaramillo Escobar que “poeta no es el que escribe versos sino el que mira el mundo con ojos de poesía”, con esa sensibilidad que en nuestros países machistas y latinos se asocia más con el lado femenino de los hombres que con las  virtudes del guerrero. ¡Cómo nos equivocamos! Nuestro país sería otra cosa si las personas estuviéramos más dispuestas a empuñar la pluma que las armas, o menos dispuestas a emplear la pluma como arma. Pero eso sólo lo entienden los poetas.

Supongo que para quien ve a un pintor tomar un lienzo en blanco y hacer algunos trazos, avanzar y corregir, pulir y enmarcar y, por último, la obra expuesta en una galería, sus sentimientos son de complicidad y de “yo vi crecer el cuadro”. Esa sería una obra de la que se ha enamorado paso a paso, viéndola progresar. Pero también supongo que quien llega a la galería y encuentra el cuadro cubierto por un paño, queda en expectativa frente a la sala en penumbras, hasta que una luz se refleje en el telón que se levanta para dejar ver la obra a unos ojos asombrados que sueltan expresiones de admiración. Supongo que a él lo baña un sentimiento de estupor y aprecio, un escalofrío, una emoción, ante la obra que conmueve y se revela por primera vez ante sus ojos. Entonces se enamora de ella con uno que podemos denominar, sin duda, como “amor a primera vista”.

En el lanzamiento del libro "Poesía 1974-2004", presentado en el Auditorio Fundadores de Eafit, he tenido la fortuna de acercarme a la obra de William Ospina de una manera diferente a la de los que han sido sus seguidores durante años. Entonces, detrás del velo que se corre, ha aparecido ante mis ojos un poeta sencillo y asequible, cordial, sin pretensiones de bajado del Olimpo, pero sobre todo, han llegado a mis oídos sus palabras, la música de unas palabras con la magia y el encanto con que brotaron de su pluma en noches inspiradas, en tardes, en días de comunión espiritual con un universo que sólo a unos privilegiados les es dado ver con mirada que va más allá de estos terrones en donde crecen las espigas de trigo, sin que muchos se conmuevan, porque las ven como un hecho natural. Sólo a los poetas les ha sido regalado ese universo y ellos, negándose a dejarlo para su solo disfrute, han abierto esa ventana para compartir, que son los versos. A vuelo de las palabras de William he visto a Adán y he sentido en su carne "la quietud de la arcilla y las manos de Dios que sobresaltan su sed sin nombre, porque lo tiene todo pero siente que algo le falta, sin comprender qué impulso lo desvela y lo lleva cuando frota su piel desnuda contra la hierba nueva" y el nombre de Eva se esconde, sin mostrarse, en las últimas rimas. A vuelo de sus palabras me he metido en el pellejo de esa mujer vieja que ahora es pescadera y cruje sus huesos en un olvidado Puerto del Pacífico, pero que antes fue joven y guerrera y cabalgó los Andes trepada en los lomos del caballo y en las espaldas de Bolívar, jinete él, jinete ella, que en amores unas veces se gana y otras se pierde, como no podía saberlo Manuelita Sáenz cuando "para su dócil desnudez, la desnudez invasora de Bolívar no preveía que ella pudiera llegar a esta cabaña olvidada de este puerto en ruinas". De su pluma me he enterado de que el gran Tolstoi, "el arrogante príncipe", fue un insensible déspota y mezquino que se negó a recibir en su lecho de muerte a lo más precioso que puede tener un hombre: la madre de sus trece hijos y la amanuense cansada que en cuarenta años transcribió a mano su copiosa obra sin que llegaran a agobiarla los decrépitos ochenta años de su tirano. Cuando uno se imagina una Condesa Sonia, elegante y orgullosa, recorriendo los salones en las fiestas del Zar, William nos desmiente contando la tragedia de la mujer, metido entre su piel, puesto que la esposa abnegada y humilde "terminó siendo lo peor de la vida" de Tolstoi por tenerla a su lado "cuando no había mujer que no deseara"; ni siquiera la hermana de la condesa, de la que el escritor estaba enamorado y Sonia reconocía "su tono de voz en aquella muchacha exquisita" de la novela que estaba obligada a copiar a medianoche, mientras el sueño de sus hijos se lo permitiera y el llanto de alguno no la obligara a interrumpir. Einstein, Apollinaire, Borges, Virginia Woolf, desfilan por las páginas de William contando sus grandezas y sus miserias. Al lado de un largo poema en verso libre, un delicado soneto en rima impecable, o una frase corta con la sobrecogedora brevedad del dinosaurio de Monterroso. Tal el caso de "Amenazas": “Te devoraré –dijo la pantera”. “Peor para ti –dijo la espada”. Ninguna palabra puesta al azar, ninguna frase de más, ninguna idea despojada de profundidad en los versos de William. Lector incansable, sus lecturas afloran en las citas de personas y personajes, de mitos y leyendas universales. Viajero, pero no de aquellos maratónicos de desayuno en Tiffanys, almuerzo en el Ritz y cena en Madrid; refleja en sus poemas el recorrido por los rincones de Europa a quiebre de alcancía, en donde descubre, al lado de una dama que no necesita hablar español para entender el lenguaje del amor, aquella fachada, aquel friso, aquella imagen que le permite contarnos otra historia de las de sus "Mil y una noches". Leer a William, y oírlo hablar, es viajar por el mundo en compañía de una moderna Scherezada y entonces, ahora, siento a este hombre, a este poeta, tan cercano, tan de uno, tan de todos.

II. WILLIAM OSPINA, UN ESCRITOR COMPROMETIDO

Cuando el poeta Jorge Rojas se enteró, por el propio escritor, de que William Ospina Buitrago había nacido en 1954 en un pueblito del Tolima, cerca de un páramo que hicieron famoso los ciclistas de la Vuelta a Colombia, hizo gala de su agudo ingenio y dijo: "Ya veo: es usted hombre de Letras". La llegada de William Ospina a la vida coronó el Páramo de Letras. Más que poeta, más que novelista, más que escritor periodístico, es su faceta de ensayista la que mejor le encuadra y el calificativo que se impone para él es el de pensador, el de analista de la realidad política y social que lo rodea. Es un escritor de ensayos que tienen profundidad de conocimientos y análisis, que lo han hecho internacionalmente reconocido y lo han convertido en uno de los escritores insignia de este país. Dice García Márquez, su amigo y admirador, que "en Estocolmo hay una silla esperándolo". Es también fino poeta con una obra importante que ha sido recogida en su libro "Poesía 1974-2004", recopilación de varios libros publicados en ese período: "Poemas tempranos, Hilo de arena, Luna del dragón, El país del viento, ¿Quién habla de Virginia Woolf caminando hacia el agua?, África, y La prisa de los árboles". Sintió alegría y ansiedad pueriles, como un niño que hace la primera comunión, cuando lanzó su novela "Ursúa" en Medellín. Decía que por fin se iba a graduar de novelista, por ser ésta su primera novela y la única publicada hasta ahora. Faltarían un libro de relatos y otro de cuentos infantiles o juveniles, para completar su incursión en todos los géneros de la literatura. Es novelista con esa sola novela histórica publicada –"Ursúa"–, de las tres que tiene en mente sobre el tema de La Conquista, donde aunó la seriedad investigativa en la recopilación de datos, con la factura poética y la recreación en el texto que hacen que, en rigor, no sea una novela de ficción –por estar basada en hechos históricos–; no sea una crónica –por recrear situaciones imaginadas cuya vivencia real no es posible testimoniar–; ni sea un documento notarial histórico, escueto, y desprovisto de la fantasía del escritor. Es un texto que reúne estos tres géneros sin que ninguno desmerezca ante el otro y, al leerlo, el lector queda a la expectativa de la publicación de los otros dos de la trilogía que el escritor anuncia: "El país de la canela" y "La serpiente sin ojos". A la novela "Ursúa" puede aplicársele lo que él escribió en "Las auroras de sangre" (Pag. 64), después de leer las 113.609 estrofas de "Elegías de varones ilustres de Indias", del padre Juan de Castellanos: 

"Es mucho más que una crónica en verso y mucho más que un relato histórico, un esfuerzo desmedido y afortunado por aprehender a América en el lenguaje y nombrarla no con el tono seco de un informe oficial, ni con el lenguaje fantasioso de un cazador de endriagos, ni con el tono probo pero incoloro de un acumulador de datos, sino con la voluntad de introducir todos esos hechos en el ritmo nuevo de la lengua, en la fluidez de una música, en un orden de belleza y de verdad". 

La novela Ursúa es a la vez historia, crónica y poesía.

En sus tareas de escribir y publicar libros de ensayos sobre las problemáticas del país y el continente; de publicar artículos en las revistas "Número, Cromos, Semana y Cambio 16"; de publicar artículos en periódicos dentro y fuera del país; ha sido puesto en la mira de sus lectores e invitado a sustentar sus tesis en entrevistas radiales y televisivas, en charlas y conferencias, en foros y cátedras universitarias, y en reuniones de intelectuales. Sus tesis que, para utilizar un lugar común, son de una “claridad meridiana”, hacen que no quepa duda de que William Ospina es un escritor comprometido con la responsabilidad de dar testimonio de su tiempo, de denunciar las situaciones sociales y políticas que vive el país, y de defender los derechos de los menos favorecidos. De ahí que yo recoja el calificativo que le han dado de que William es “un escritor comprometido” y tal vez su ensayo más difundido y el que lo matriculó en esta categoría es "¿Dónde está la franja amarilla?

Este ensayo ha sido convertido en documento de texto de bachillerato y universidades donde sus profesores de cátedra acuden a él para ilustrar dos aspectos en la formación de los estudiantes: de una parte la necesidad que tiene el hombre de no tragar entero ni memorizar textos a la antigua, sino de cuestionarse y cuestionar las situaciones que lo rodean. En esto William es un ejemplo. Y de otra, el caso específico y puntual de un país cuya bandera tricolor es de colores amarillo, azul y rojo, y se ha visto monopolizado políticamente por dos partidos que sembraron la violencia para imponer quién dominaba sobre quién, si el azul sobre el rojo o el rojo sobre el azul y se preguntó el escritor –de la misma manera como Álvaro Salom Becerra decía que "Al pueblo nunca le toca"–: "¿Dónde está la franja amarilla?", dando a entender que hay un grupo grande y creciente de ciudadanos que no quieren ser rojos ni azules y quieren tener otras opciones de pensamiento y pluralidad y que, sobre todo, el rojo y el azul no son dos colores distintos sino caras distintas de un mismo partido: el partido de los poderosos que se amangualan para golpear al pueblo.. 

Es un campesino de origen humilde, hijo de Luis Ospina e Ismenia Buitrago, cuyo primer recorrido fue salir de la parcela rural para la cabecera del pueblo de Padua, donde nació; del pueblo para la ciudad de Ibagué, capital departamental; y de Ibagué para Cali, donde estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad del Valle. Pero no se graduó. La literatura ya lo había atrapado y llevado a recorrer el país y muchos países del mundo. De hecho, vivió dos años en Europa. A diferencia de la gran mayoría de escritores que uno conoce, no es pretencioso ni se da ínfulas que lo distancien de sus admiradores. Todo lo contrario. Parece un político en campaña por su amabilidad con los que se acercan y por la disposición para firmar autógrafos en libros, en programas y folletos de sus presentaciones y hasta en servilletas de restaurante. Es un relacionista público de gran amabilidad con los medios que lo siguen para entrevistarlo y abrirle espacios de comunicación con su gente y es un hábil mercadeador de sus productos literarios que encuentran eco en editoriales, periódicos, revistas, programas de televisión. Es, por lo tanto, un hombre vigente y, después de García Márquez y Álvaro Mutis, el tercer hombre que se viene a la mente de las personas cuando se les pregunta por los escritores vivos más relevantes de nuestro país. En eso de mercadear su imagen, es seguido por otros que van aprendiendo sus métodos de sostenerse en la escena pública en todo momento. Si fuera sólo un hábil publicista que se da maña para que le publiquen dos o tres libros por año y les den publicidad, los lectores ya habrían descubierto su truco. Pero del contenido profundo de sus escritos el público se entera y en eso no hay engaño posible. La clase intelectual no traga entero y la crítica no habría vacilado en descalificarlo, si su obra no fuera consistente. 

Podría decirse de él que es un hombre sencillo por venir de abajo, pero no sería verdad. Son demasiados los hombres salidos del más humilde fondo que, al llegar a las alturas, se vuelven más altos que los altos y más pretenciosos que los pretenciosos. Carangas resucitadas los llamaban las abuelas que tenían un refrán apropiado para cada caso. No pasa eso con William Ospina que sigue siendo de trato cordial aun en los momentos en que lo agobia el cansancio. Es incapaz de ser grosero o descortés con nadie aunque, como todo personaje, es acosado por las invitaciones. 

Tendrá otros refugios regados por el mundo, supongo, pero cuando viene a Medellín y los compromisos lo abruman, y el cansancio, toma un vehículo y se pierde por los caminos de la vuelta a oriente y, en algún momento, se desaparece de la vista de los que lo tienen en la mira. Entra al Retiro y allí lo espera la casa acogedora de su amiga Estela García de Peláez que mantiene un lugar para él y lo recibe con los brazos abiertos a cualquier hora del día o de la noche porque ella es de una hospitalidad extraordinaria y siente por el poeta un cariño y una admiración muy grandes. Él le corresponde llamándola también a cualquier hora del día o de la noche desde algún lugar de Colombia o Suramérica, desde Estados Unidos o Europa, desde la India o el Japón, para leerle un poema que acaba de escribir, un ensayo, un artículo periodístico. Ella le prodiga elogios –¿A quién no le gusta recibir elogios?–, pero también le reprocha sus falencias y le hace ver sus errores. ¿Por qué no amplías esa idea?, le dice o, ¿Por qué no la reduces o la cambias? A veces él atiende sus sugerencias y a veces no. No renuncia a ser el dueño de sus textos o de su pensamiento, pero a veces le parecen pertinentes y ella siente satisfacción al ver un texto publicado que contiene alguna de sus anotaciones. Es la potestad, que concede a los más cercanos, de aportarle sus consejos y sus luces. Unos pocos en Medellín tienen ese privilegio. Estelita es una, ya lo sabemos. El vicerrector de la Universidad Autónoma Latinoamericana, Doctor José Raúl Jaramillo, es otro. La Mona, Lucía González, directora del Museo de Antioquia, es otra. Son las casas adonde se escapa cuando está cansado del trato eficiente y frío de los hoteles, o cuando lo ataca una gripa que requiere de bufandas y bebidas calientes a medianoche. En esas casas encuentra calor de hogar y lo ayudan a mantener contacto con la gente.

III. EL DON DE LA PALABRA

Media hora después de haber filado en la mesa de bufet en el comedor de un hotel y tomado toda clase de bocados apetitosos para ponerlos sobre la bandeja, recordaba las palabras de mi abuela:

"A usted le hacen más los ojos que la boca".

Incapaz de comerlo todo, dejé la mitad de lo escogido sobre la bandeja y me retiré con una sensación de llenura y arrepentimiento.

Cuando oí la propuesta de dedicar al escritor William Ospina el próximo número de la revista Papiros, de los aprendices del Taller de Escritura Literaria de Comfenalco, agregué entusiasmo a mi entusiasmo e inicié una recolección de datos ambiciosa que desbordó mi bandeja, superando con mucho las posibilidades de publicación. Acababa de asistir al lanzamiento del libro "Poesía 1974-2004" y de leerlo con la emoción del minero que encuentra un filón de oro entreverado en los terrones de algún barranco. Sabía de él como escritor, pero hasta ese momento, en su lectura, había sido un desconocido para mí. ¿Cómo hacer para tener contacto con él y obtener, quizás, una colaboración para este número de la revista? 

"Habla con sus amigas, ellas te pueden dar informes".

Fui a la residencia de una de ellas, una acogedora vivienda campestre, habitada por los espíritus de los seres más queridos de la casa. Paredes, mesas, rincones, están cubiertos de fotografías dispuestas con amor.

"Éste es mi hijo, ésta mi hija, éstas mis nietas, éstos mis abuelos, éste es William con barba, éste sin ella. En este sillón estuvo él sentado. En esa silla se sentó a escribir".

Sintiéndome entre agujas de tejer en un costurero, único entre mujeres, ansioso por arrebatarles la palabra para decirles el motivo de mi visita, descubrí que no estaba solo. Más que la de ellas, más que la mía, la presencia del poeta se presentía en la conversación. 

"Háblenme de William. Ustedes son testigos del momento creador en que algunas de sus palabras salen de la pluma y luego las vuelven a ver, impresas. Allí está el escritor, pero también el hombre".

"Podemos hablar de él, pero no escribas nuestros nombres. Él es el personaje, nosotras somos circunstanciales. Escribió él que `Aunque conozcas todas las palabras / las verás volver vírgenes / y algo nunca soñado dirá el azar con ellas. / Un sentido más dulce o más atroz, un día / tendrán en tus oídos esas voces´ (Palabras). Cuando publiques esta entrevista verás que `Nada nos pertenece. Todo sigue un oscuro rumbo. Son sueño el árbol, el castillo, la esfinge´ (Poema), o las palabras inocentes de lo que hablemos esta tarde".

"Respeto esa decisión, pero la amistad es un don y ustedes son privilegiadas de tener el regalo de su amistad".

Estando allí no sé qué agradecer más, si la oportunidad de conocer a William, a través suyo; o la de conocerlas a ellas, por causa de William. Son personas que hablan de él con entusiasmo contagioso. Conversadoras alegres, tienen datos que transmiten sin egoísmo. Me proporcionaron materiales, escritos, recortes de prensa, manuscritos. 

"Toma lo que quieras" –dijeron, como si estuviéramos frente a una mesa de bufet. 

¡Un momento!, de todo no sólo se saca una entrevista, puede escribirse un libro. El personaje da para mucho, pero no soy único colaborador de la revista. Hay más participantes tengo qué circunscribirme a los espacios asignados.

"¿Cómo lo conocieron?" –pregunté.

"Fuimos invitadas al Festival de Poesía Medellín 1998. Igual que tú, al oírlo, nos sentimos cautivadas por la magia de esas palabras desconocidas. Nos acercamos a él y descubrimos su abrumadora sencillez en el trato. Maestro, ¿qué es para usted la poesía?" –le preguntamos–.

Contestó como en su prólogo a "Hilo de arena":

"Alguna vez creía que ésta dependía de la destreza verbal, de las astucias sintácticas o de las virtudes de la hipérbole y del énfasis. Alguna vez creí, como en su tiempo los surrealistas, que la fluencia desordenada del lenguaje podía capturar los secretos profundos del espíritu. Alguna vez creí que sólo el metro riguroso y las rimas exactas podían conservar el vigor de la poesía que me parecía amenazado por las languideces de la prosa moderna. Ahora sé, ahora creo saber, que destrezas, desorden, medida y frecuencias sonoras son sólo instrumentos posibles; que ningún recurso puede ser rechazado de antemano, porque cada poema es único y merece evolucionar por caminos propios hacia su forma singular". 

Agregaron que es un conversador extraordinario, no sólo por su cultura, sino por la forma que tiene de decir las cosas. Por las palabras, por la voz, por la expresión del rostro, de las manos, y concluyeron:

"Es un histrión".

"¿Saben a quién me recuerda?" –les dije–  "A Manuel Mejía Vallejo".

Fueron amigos. William colaboraba en la revista "Cambio 16" cuando Manuel murió. "El hombre de las palabras" es un recuerdo sentido que escribió a su muerte por ser Manuel, para él, "Un hombre que dice versos a solas en la penumbra, un hombre para quien fueron hechas las palabras... que sólo resulta concebible como conversador, como juglar... un amigo personal, generoso y cercano. No sólo había en él un conversador, sino también un interlocutor. Sabía oír, y esa es la condición primera de todo novelista. Vivió para las fiestas de la amistad, y su cercanía significaba la promesa de que la noche sería bien celebrada y bien conversada".

"Como una imagen reflejada en el espejo, esas palabras se aplican perfectamente a él" –les dije.

"¿A Manuel?" –preguntaron.

"A William" –respondí.

Manuel tomaba licor, y William poco. Toma poco, pero sí trasnocha. Canta con buena voz. Don Luis, su padre, lo acompaña con guitarra; y las noches a su lado son fiestas fantasiosas. Eso en cuanto a lo terreno. En cuanto a intelectual, su mente no es la roca que deja rodar húmedas las ideas, sino la esponja que las absorbe y apropia, como también el crisol que las transforma. Sus frases ingeniosas, sus conocimientos, su capacidad de memoria, su conversación, su queridura. Es noctámbulo. Escribe de noche y vive de noche. 

"¿Es un bohemio?"

"No. No es el hombre que va de bar en bar, sino el que hace tertulia intelectual con los amigos. La poesía es sólo una de sus facetas. Dice de sus `Poemas tempranos´ que: `Harto testimonian mi indiferencia ante las modas literarias y mi conciencia de que la poesía, más que algo que buscamos, es algo que nos busca y a veces nos encuentra... nadie aprende a hacer poesía: sólo podemos aprender a escuchar esa voz que no se sabe si está en la mente o en el viento. Cada vez volvemos a ignorar cómo se hace el poema, cada vez tenemos que volver a aprender... Nada me veda pensar que en algún momento de esos años tempranos, en alguna línea de esos poemas, me fue dado vislumbrar el rostro de la poesía´...". 

Se le conoce más como pensador político, y ha publicado más trabajos como ensayista. Es bueno en todo lo que escribe. Es un iluminado, un tocado por los dioses, un visionario. No tenía treinta años cuando escribió en "La palabra del hombre" que consideraba al poeta nariñense Aurelio Arturo el gran desconocido, y que el tiempo lo tendría que sacar a la luz. Los años le dieron la razón.

"O sea que él ha publicado... ¿qué libros?"

"Pon atención a los títulos. Deslumbran por lo acertados. En poesía están sus libros `El país del viento, Hilo de arena, La luna del dragón, Con quién habla Virginia caminando hacia el agua (sobre Virginia Woolf), África (que es un libro-arte con ingenios de hojas plegadas en acordeón y cosas de ésas), La prisa de los árboles y Poesía temprana´ (que son inéditos, si se exceptúa que están incluidos en `Poesía 1974-2004´). En ensayos y libros de ensayos: `Esos extraños prófugos de occidente, Un álgebra embrujada, La decadencia de los dragones, Es tarde para el hombre, Los nuevos centros de la esfera, Los dones y los méritos, Lo que se gesta en Colombia, La herida en la piel de la diosa, De lo racional y lo razonable´ (un libro-arte, de circulación limitada, en edición de lujo), `Las auroras de sangre´ (sobre el descubrimiento y don Juan de Castellanos, que dedicó a sus padres y a su hija Andrea, y tardó diez años escribiéndolo), América mestiza (que es un libro-arte publicado por Villegas Editores), La franja amarilla (que se ha vuelto texto obligado de estudiantes universitarios). Posiblemente se me escape alguno. Apenas está saliendo `Ursúa´, la primera de una trilogía de novelas que tiene proyectada. Ésta primera, sobre el descubrimiento y la conquista de América y el personaje de don Pedro de Ursúa, del que dice en su ensayo `Lo que está en juego en Colombia´ que era valiente y cruel y libró cuatro guerras feroces: una contra los panches, en el país de las montañas azules de Neyva; otra contra los muzos, en el verde país de las esmeraldas, otra contra los chitareros, desde los páramos de la Pamplona que él fundó, hasta el cañón del Chicamocha; y otra contra los tayronas, en el país de ciudades de piedra de la Sierra Nevada de Santa Marta. Lleva diez años escribiéndola y se goza en llamarla novela, pero creemos que es Historia, historia novelada, por la profundidad de sus investigaciones y el rigor de ensayista que le pone. Es que él escribe los ensayos con lenguaje de poesía". 

Podría dedicar horas a hablar con ellas, sobre él, y a llenar cuartillas. No nos dejan ni el tiempo ni el espacio. Las dejo con ese aprecio que le tienen al hombre, y ese amor que tienen por su obra, que trasciende esos dos niveles; porque no lo deterioran la vejez, las arrugas, las enfermedades, ni la muerte. Amor por la inteligencia, que se aquilata con los años y se magnifica con la huella inmortal ("Muerte: el más cobarde cruzará esa puerta –Líneas") que es el destino que le espera algún día cuando resuelva encontrarse con Manuel. En la poesía los muertos se desviven por decirnos lo que alguna vez callaron. "Ella, que es anterior a los poetas, sobrevivirá a ellos", dice Alberto Quiroga en el prólogo al libro de poesías recientemente presentado en Eafit y entonces "la dureza, el metal, la exacta forma / que laboriosos siglos disgregaron, (Quién sabe ya qué cosas fue este `Polvo´)". A Manuel muerto y a William vivo, los sobrevive la obra inteligente de su espíritu.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 16 de julio de 2017

213. Honorio Rúa Betancur, un míster que pedaleó de la bicicleta a la música

PRIMERA PARTE: 

EN LA BICICLETA PEDALEANDO…

Cuando se corrieron las primeras vueltas ciclísticas a Colombia, a partir del año 1951 en que se corrió la primera, las carreteras en gran medida llevaban ese nombre pero no eran tales sino que podían describirse como “trochas o caminos de herradura”, por no estar pavimentadas muchas y llenas de pedregales, y por convertirse en un polvero espeso en verano, y en un lodazal resbaloso en invierno. Eran dificultosas hasta para los camiones equipados con potentes motores y dotados de transmisión con dos ruedas adelante y cuatro atrás. Es posible que esas vueltas, que eran seguidas por el público a través de la radio, antes de que llegara la televisión, fueran inspiración para que los gobiernos y sus ministerios de Obras Públicas se esforzaran en ir pavimentando poco a poco la red vial del país, priorizando los recorridos de esa vuelta como la recién casada que barre la casa y “sacude la mugre por donde pasa la suegra”.

Estos episodios, descritos por Gabriel García Márquez en las catorce crónicas que en agosto de 1954 escribió para el periódico El Espectador sobre la vida del campeonísimo Ramón Hoyos Vallejo, son clara ilustración sobre las vicisitudes de los ciclistas que corrían en bicicleta por esos días:

Mi primer encuentro con Efraín Forero tuvo caracteres dramáticos. Fue un duelo en el barro bajo un aguacero implacable, azotados por la granizada. Dos kilómetros más arriba de Santa Bárbara traté de borrarlo definitivamente. Pero Forero se me pegó a la rueda. Continuamos así, abriéndonos paso a través de la lluvia, el barro y el granizo; yo tratando de largarlo a la primera oportunidad, y él pegado a mi rueda, fuerte, insistente, corriendo como un sabio. En ese momento, estaba disputándole al campeón, al ídolo de las multitudes, un importante triunfo: el premio de montaña… Forero y yo nos habíamos separado del pelotón y corríamos adelante, por una carretera pedregosa y torcida, en la que lo menos grave que podía ocurrir al menor descuido era un pinchazo. No corríamos en línea recta: tratábamos de eludir las piedras, pero lo hacíamos a tal velocidad que en pocos momentos dejamos atrás los carros acompañantes. Si entonces hubiéramos sufrido un pinchazo habríamos tenido que esperar quién sabe cuántos minutos hasta cuando vinieran con los repuestos… Eran 127 kilómetros, por una carretera endemoniadamente estrecha y tortuosa. Yo estaba un poco descorazonado esa mañana, pues desconfiaba de las condiciones lamentables de la carretera. Hubo que hacer de todo en esta etapa: saltar sobre baches, echarse al hombro las bicicletas, y perder en todo eso una cantidad preciosa de tiempo y fuerza… Trece ciclistas que viajaban por el Carare se negaban a continuar adelante, por las malas condiciones en que se encontraban sus bicicletas, a causa de los pésimos caminos que había sido preciso recorrer”.

La primera Vuelta Ciclística a Colombia fue ganada por el zipaquireño Efraín “El Zipa” Forero Triviño, en ese entonces un veinteañero cuyos padres eran campesinos. En 1953 otro veinteañero de origen campesino, el marinillo Ramón “Refuego” Hoyos Vallejo, ganó la primera de sus cinco vueltas a Colombia en bicicleta, y en 1958 ganó la última. Desde entonces fue conocido como “El Pentacampeón”. Martín Emilio “Cochise” Rodríguez Gutiérrez, nacido en Medellín pero de padres campesinos, ganó cuatro vueltas en la década de los años 60, convirtiéndose así en “Tetracampeón”. Durante las décadas de 1950 y 1960, las vueltas a Colombia tuvieron más protagonistas de campo que de ciudad.

Esas dos décadas fueron dos épocas de gloria para el ciclismo antioqueño que en 1952, durante la segunda vuelta corrida, llevaron a Jorge Enrique “Mirón” Buitrago, redactor deportivo del periódico El Tiempo, a decir que los ciclistas de esta región pedaleaban hacia la cima de la montaña a trancos, como los saltamontes; según contó García Márquez en sus crónicas. El redactor deportivo quiso hacer la comparación, pero al escribir no se le vino a la cabeza la palabra saltamontes sino la palabra escarabajo, y por esta razón los ciclistas antioqueños quedaron bautizados como “Los escarabajos de la montaña”.

Para la tercera vuelta, en el año de 1953, Félix Ramírez compuso en su homenaje la letra y la música de un porro que él y Horacio Sánchez, “Los trovadores del recuerdo”, grabaron en el estilo de música parrandera. Su título fue “Los ciclistas de la Vuelta a Colombia”, grabado en el sello Lyra de Sonolux:

La historia de Ramón Hoyos / es algo muy popular / porque es el avión Refuego, / de fama internacional… / parece que ya se acercan / los paisas en caravana: / Hoyos, Mesa, Gil, Pintado, / y el Gallo de la Montaña…”.


Aunque posteriormente vendrían otros gloriosos ciclistas de esta región, para esa ocasión el equipo paisa estaba conformado por Ramón Hoyos Vallejo, Héctor Mesa Monsalve, Pedro Nel Gil, Justo “Pintado” Londoño y Conrado “Tito” Gallo, mencionados en el disco; y Octavio “Petróleo” Echeverri, que junto con Roberto “Sastre” Cano Ramírez, Antonio Zapata Arboleda, y Reinaldo Medina, posiblemente no fueron incluidos para no dañar la métrica ni la rima de las estrofas. De haberse compuesto años después, el disco tendría que mencionar a Martín Emilio “Cochise” Rodríguez Gutiérrez, a Gabriel Halaixt Buitrago, a Juan “Pantalla” Montoya, a Francisco Luis Otálvaro, a Hernán Medina Calderón, y a varios o muchos otros que aportaron su sudor y sus lágrimas a la gloria del ciclismo nacional, incluido Rigoberto Urán que en este momento (julio de 2017) es orgullo para Colombia, Antioquia, y su natal población de Urrao por su desempeño en la vuelta ciclística de Francia. En los tiempos de Ramón y sus coequiperos, eran ciclistas que corrían contra sus competidores y contra los compañeros de equipo, porque en la precariedad de recursos eran avaros con los repuestos y elementos necesarios para una competición de largo aliento; y por los celos y envidias regionales estimulados por los periodistas que llevaron a que a Ramón Hoyos y su equipo paisa se les recibiera en Bogotá “con pétalos de piedra”, como eufemísticamente llamó alguno a los descalabros recibidos por las pedradas y botellazos que les tiraban los aficionados cundinamarqueses al coro de “Arepa no, chicha sí”; acto que fue replicado en Medellín con piedra lanzada contra Efraín “El Zipa” Forero y demás ciclistas de su región, a los coros de “Arepa sí, chicha no”. Para estos aficionados, la arepa simbolizaba la región paisa y la chicha simbolizaba la región cundinamarquesa. Por los lados del propio equipo las cosas no eran mejores, según le contó Ramón Hoyos a García Márquez, porque:

“Estaba dispuesto a llegar hasta el final de la carrera, principalmente herido por la actitud de mis compañeros de equipo, Amador Andrade y Galo Chiriboga. Lo primero que ellos hicieron, al saber que yo iba a competir, fue marcar los repuestos. Don Ramiro Mejía me había conseguido dos bicicletas en buen estado, pero teóricamente no había repuestos para mí, porque estaban marcados. Además, la camioneta acompañante tenía una orden terminante: viajar al lado del que fuera en la punta. Amador Andrade y Galo Chiriboga, como se dice, no hacían “sino tirarme raya”. Estaban dispuestos a ponerme una zancadilla al menor descuido”.
Hay un nombre que he dejado para el final de este recuento y que, naturalmente, brilla por su ausencia. Lo he hecho adrede porque él es el personaje central de este escrito. Me refiero al “Míster” Honorio Rúa Betancur, así apodado en el inicio de sus competiciones por su estatura, por el color rubio de su cabello, por los ojos claros, que le daban una apariencia de extranjero. Esta tal vez sea su característica física, porque la expresión con la que los amigos lo definen es gráfica: “Honorio, es todo un señor”. No es un hombre locuaz, sino introvertido, pero su voz es escuchada con respeto; respeto que se ganó en familia en los lejanos días de niñez campesina en San Antonio de Prado, respeto que se ganó como empleado en la fábrica de textiles Coltejer Sedeco, que fue su patrocinador ciclístico y su patrono laboral, respeto que se ha ganado en las distintas actividades de su vida social. Honorio no fue campeón de la vuelta, pero su nombre está ineludiblemente unido en el imaginario popular al de Ramón Hoyos Vallejo. Formaban una dupleta imbatible, cubierta por la antioqueña bandera blanca y verde, que competía y laboraba bajo el patrocinio de la misma empresa. Curiosamente, Honorio no llegó a la empresa por el ciclismo en el que se empezó a destacar a partir del año 1955, cuando ya llevaba laborando en ella desde el año de 1951. Solo compitió en vueltas ciclísticas hasta el año de 1959 en que dejó el ciclismo competitivo para seguir haciendo solamente ciclismo recreacional. En tan corto tiempo, se hizo a un nombre inolvidable y a una huella indeleble en el ciclismo nacional. Siguió trabajando en Coltejer hasta jubilarse en diciembre del año 1989, cuando había escalado posiciones de supervisor de salón y de Jefe de la Planta de Acabados de la fábrica de Sedeco. A estos puestos se llegaba por méritos propios que él, humildemente, minimiza; pero luego agrega, no sin un dejo de orgullo: “Aunque llegar no era fácil, sostenerse era lo más difícil”.

Honorio no fue campeón de la vuelta, pero en 1955 fue subcampeón, y fue 3º en los años de 1958 y 1959. El filatelista Bernardo González White asignó puntajes al podio de los tres primeros puestos de cada vuelta durante el siglo XX, de cuya sumatoria resulta que él es uno de los veinte ciclistas más importantes que ha tenido esta competencia en Colombia; una competencia que ha tenido competidores muy aguerridos en estas modernas épocas en que se cuenta con mejores carreteras, con máquinas más eficientes, y con mejor tecnología de las que había en aquella que podemos denominar de ciclismo a lo picapiedra.

Sobre su calidad ciclística dio fe su principal rival, Ramón Hoyos Vallejo, en las declaraciones que dio a García Márquez en la tercera de sus crónicas:

“Mientras se venera al campeón Hoyos Vallejo, ya se están barajando nombres para su sucesor. “Honorio Rúa es el hombre”, se dice. Y Hoyos está de acuerdo, pero a su manera. –Si tuvieras que dejarle el campeonato a alguien, ¿a quién escogerías? –se le preguntó”.

La respuesta que dio Ramón es un homenaje a su rival de las carreteras:

“¿Si yo no quisiera seguir siendo campeón? –preguntó a su vez, con una astucia que demuestra la seguridad de que Hoyos se siente muy seguro de sus posibilidades. Si yo no quisiera seguir en esto –continuó– se lo dejaría a… Honorio Rúa”.

Es un honor para mí que Ramón hubiera dicho eso, porque él era un competidor aguerrido que no regalaba nada. Su temperamento era difícil”, dice Honorio.

SEGUNDA PARTE 

PEDALEANDO… HACIA LA MÚSICA

LA VIDA FAMILIAR,
EL AMOR POR LA MÚSICA,
Y LA TERTULIA MUSICAL DE
AMIGOS DEL SALÓN MÁLAGA

Honorio Rúa Betancur nació el 19 de diciembre de 1934 en San Antonio de Prado, de padres campesinos, y fue el quinto de quince hijos en una época en que los hijos de las familias se contaban por docenas. Dice que “fui amiguero, pero no noviero, porque la dedicación al ciclismo y al trabajo no me dejaba tiempo para más”. Así sería, puesto que reconoce que “Llegué al matrimonio cuando ya estaba cuarentón, y me casé con la única novia que tuve y sigo teniendo”. Doña Silvia Giraldo Cadavid, con quien se casó en diciembre de 1976 al cumplir él 43 años de edad, es su principal admiradora “en todos los sentidos”, dice ella, “porque él fue buen novio, y es buen esposo. Buen jefe, buen vecino, buen amigo, buen compañero, buen ciudadano, buen padre, y buen abuelo”. Él no reprime una mirada de amor al oírla hablar así, y saca pecho orgulloso al reconocer que “también soy buen suegro, porque tengo una excelente relación con mi yerno el abogado Camilo Zapata”. Su única hija, Alejandra María, es Comunicadora; y su única nieta, Isabela, acaba de cumplir cinco años “y es la niña de mis ojos”. Doña Silvia lo mira con ojos de admiración, como diciendo que “este cuarto está lleno de trofeos de Honorio, pero mi trofeo más difícil de conquistar fue él”. Debió ser así, puesto que Gonzalo Valencia, el periodista deportivo y melómano cofundador de la Tertulia Musical de Amigos del Salón Málaga, le dijo a la periodista Ana María Londoño que: “me fastidiaba la admiración que sentían mis hermanas por el ciclista”.

DE LA BICICLETA A LA MÚSICA

Dice Honorio que “mi padre cantaba con buena voz, y daba serenatas”; y luego agrega que “mi madre también tenía buena voz, pero se reservaba para las reuniones familiares. En casa todos cantaban bien, afinados; en especial Olga, mi hermana mayor. Cuatro de mis tíos maternos eran cantantes e intérpretes de instrumentos. De ellos me viene la vena musical. Y de mi padre también, claro”. Honorio empezó a cantar en la escuela, a capela, y era escogido por sus maestros para presentarlo en los actos públicos.

Cuando dejó el ciclismo, en el año de 1959, se entró a clases de guitarra en la estudiantina que tenía la fábrica de Coltejer Sedeco. Para el año de 1970 formó un trío para participar en un concurso de la empresa. El grupo, naturalmente, se llamó “Trío Sedeco” y en él Honorio hacía la primera voz y tocaba la percusión con maracas porque “No era diestro con la guitarra. Esa destreza la adquirí después”. También hacían parte Sacramento Flórez con la segunda voz y la guitarra marcante, y Jorge Jaramillo con el tiple puntero y la 3ª voz. Ganaron el concurso, pero ese trío no duró porque “contrariamente  a lo que se cree, si uno quiere ser buen músico no puede ser bohemio sino juicioso, ya que corre el riesgo de incumplir los compromisos”.

En 1979, con Jaime Bustamante Vasco, formó el dueto de “Honorio y Jaime” que duró hasta el año 2006. “Aunque nunca grabamos, estuvimos juntos treinta años. Después de eso no he vuelto a conformar otro porque un buen compañero musical equivale a un matrimonio de muy difícil reemplazo”. No volvió a formar duetos ni tríos, “pero todos los días toco la guitarra un mínimo de dos horas, porque para mí es una terapia desestresante”.

No le han grabado ninguna de sus canciones, pero teniendo la música metida en la sangre ha sido autor en letra y música de doce o catorce temas en los ritmos de bambuco, pasillo, vals, danza, corrido, guabina… y entre esos temas están los títulos “Salud, amigos”, “Bodas de plata”, “Nació una niña”, “Qué linda edad”, y otros.

Desde los 22 años, en 1956, empezó a coleccionar discos de Pedro Infante y grabaciones de música de tríos y duetos de su predilección, hasta convertirse en un coleccionista reconocido. “No tengo gran cosa”, dice con modestia, “pero lo que tengo es muy seleccionado”. Los casetes y CDs ocupan muchos cajones en los armarios del cuarto que tiene como altar a su memoria. En ese cuarto ocupan sitio las placas, trofeos, cintas, medallas, escudos, diplomas, y reconocimientos diversos recibidos en su carrera deportiva, y en sitial de honor tiene la bicicleta profesional en la que corrió las dos últimas Vueltas a Colombia, que no fue la primera en que corrió ni fue la primera que tuvo, “porque en realidad la primera que tuve fue una muy linda que vi exhibida en el almacén de don Julián Mesa en la calle Perú con la carrera Carabobo, y cuya belleza me obnubiló. Don Julián me vio tan entusiasmado con ella que, para no perder la venta, no me advirtió que era demasiado pequeña para mis 1,85 mtrs. de estatura. Lo único que hizo fue subir el galápago al máximo de su graduación, pero yo quedaba con las piernas encogidas”. El ciclista Justo “Pintado” Londoño, un hombre que también laboraba en Sedeco, dice Honorio, “vio la bicicleta en el parqueadero y preguntó por el dueño. Le mostraron mi oficina. Apenas me vio me dijo que esa bicicleta era muy pequeña para mí, y me propuso cambiármela por otra más apropiada, y dejar esa para un familiar que la estaba necesitando. Tiempo después conseguí la que está colgada en la pared”.

Esa bicicleta Monark, de las que tenían infladora de llantas y caramañola adosadas al cuadro, por la que le han ofrecido ocho millones de pesos pero no la vende porque tiene un valor sentimental incalculable, estuvo a punto de costarle la vida el 7 de abril de 1989. Desde 1959 venía haciendo ciclismo recreativo, y esa mañana fue por la carretera del Alto de Minas, en la vía que conduce a Santa Bárbara. Ya de regreso, en un solitario tramo del Ancón de la Estrella en la variante de Caldas, un hombre se le acercó con intenciones de robarle la bicicleta, mientras el otro le apuntaba con un revólver. “No sé por qué se me ocurrió pensar que el arma pudiera ser de juguete”. Honorio aceleró los pedalazos en zigzag para escapar de la amenaza, cuando sonó el primer disparo que le entró y salió por el muslo izquierdo. Algo aturdido logró seguir pedaleando con vehemencia, mientras la sangre le salía a borbotones y se oyeron otros dos disparos que no lo alcanzaron. “Afortunadamente no se me perforó la femoral, y pude llegar a la casa de Antonio Muñoz, un amigo y antiguo ciclista compañero de equipo, donde me guardaron la bicicleta y me llevaron al hospital”. Puede decirse, entonces, que esa bicicleta representa su vida.

Esta bicicleta, que le trae tantos recuerdos, mandó el cuadro del Corazón de Jesús para la alcoba de matrimonio, al fondo, porque “no quiero que se sienta opacado por mis trofeos”. La primera alcoba, al lado del comedor y la sala de recibo, ha sido destinada por el ciclista y su esposa para altar de esos trofeos que recuerdan su inmensa participación en el deporte del ciclismo.

MÚSICO Y COLECCIONISTA DE MÚSICA

Más o menos del año de 1980 “me viene la amistad con Aicardo González Osorio, por la afinidad que tenemos de ser coleccionistas de música de duetos y tríos”. Con Aicardo y otros amigos se reúnen para compartir música e intercambiar discos. “En el año 2000 empezamos a encontrarnos en el Club Unión en las mañanas para hablar de música y oír rarezas, pero nos retiramos porque cuando iban siendo las doce del mediodía nos corrían porque necesitaban las mesas del restaurante para servir el almuerzo, y ponían en el equipo de sonido otras músicas”.

El 7 de marzo del año 2007 se reunió Honorio con Jairo Gómez Botero, con quien se venía citando los martes en la mañana en las instalaciones del Salón Málaga. El dueño don Gustavo Arteaga Ríos, coleccionista él también, y su hijo César Arteaga Franco que es el administrador del lugar, les brindaron su acogida y dieron apoyo a la idea que tenían de conformar un grupo de melómanos para hablar de música. Dice Honorio que:

“En principio sólo éramos Jairo y yo, pero luego se nos unieron Gonzalo Valencia, Guillermo Villa, Jaime Gómez Zapata, León García, León Ortiz, Jairo Echavarría, Joaquín Ochoa, y otros contertulios de los que antes iban al Club Unión, que fueron llegando al Málaga; también Leonia Muñoz Puerta, William Serna, Julio César Villafuerte, y otros que llegaron después. El grupo fue creciendo bajo la denominación Tertulia de Amigos del Salón Málaga, hasta llegar a ser lo que es, y me enorgullece que los amigos me hayan nombrado su presidente, labor que trato de desempeñar con seriedad y responsabilidad”.

A no dudarlo que así ha sido, agregados los factores personales de un indudable liderazgo, de una ecuanimidad y buen juicio en la moderación de los encuentros, de un respeto por las diferencias y las individualidades, que lo han caracterizado como el presidente de mesa directiva por excelencia.

La periodista Ana María Londoño Ortiz publicó el lunes 27 de febrero de 2012 en el periódico digital De la Urbe, de la Universidad de Antioquia, una crónica titulada “El caballero de las trece mesas”, acerca de Honorio Rúa Betancur y su participación como oficiante en esa misa musical que se celebra los martes en la mañana en el templo coleccionista de música de antaño que es el Salón Málaga. Dicha entrevista puede leerse en el siguiente enlace:


Bella crónica que bien habla de este caballero, y de la importante cofradía que él lidera. “Si el ciclismo marcó mis inicios en la vida pública”, dice Honorio, “la música acabará de acompañarme, hasta el final”.

Esta entrevista ha sido registrada en video por Víctor Bustamante Cañas, y puede verse en You Tube en el siguiente enlace:


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

domingo, 9 de julio de 2017

212. Memorias de Adriano en la pluma de Margarite Yourcenar

MEMORIAS DE ADRIANO (reseña de lectura)

(Marguerite Yourcenar)
(Editions Gallimard, 1974: Memoires d´Hadrien)
Traducción al español Editorial Edhasa, 1955 (Por Julio Cortázar)
Ediciones de Bolsillo, Editorial Planeta, 1999.

(Suelen muchos lectores, compradores de libros en librerías de primera, adquirirlos y sentarse a leer con lápices, resaltadores de colores, y subrayadores de frases y párrafos que llaman particularmente su atención. Esos resaltados son ayudas para que, posteriormente, tales frases puedan ser citadas y los subrayados usados como ayudas de la memoria. No me sucede igual porque desde niño leí libros prestados en la biblioteca pública, y otros prestados por los amigos que debía devolver al terminar de leerlos, lo que me impedía poner mano en tales ejemplares. Opté por copiar en cuadernos o libretas de apuntes esas frases hasta cuando, con la llegada del computador personal, adopté la costumbre de leer con él a la mano para ir copiando esas frases que acompañaban mis impresiones como reseñas de lectura. Es ese, pues, el método con el que abordé la lectura de este libro en la que registro estas frases que comparto con los lectores).

Lo primero que llama la atención en esta obra es el nombre de Julio Cortázar su traductor al español, escritor privilegiado de cuya muerte se cumplieron veinte años al iniciar el siglo XXI (París, 1984). De la fidelidad del traductor al original no puede dudarse: Cortázar dominó el francés (su primera lengua), tanto como el español. Ni de su habilidad para traducir que sólo un conocedor del mismo instrumento de la autora podía interpretar con fidelidad: ambos manejaban sus lenguas con propiedad. Y tenían la capacidad de comunicar. Y la de embellecer con el lenguaje literario. Eso es importante en todos los tiempos, pero en éste más, puesto que se escuchan quejas por la pobreza y falta de cuidado de las traducciones recientes de algunas obras al español, en las que se detectan errores frecuentes por su apego a modismos y expresiones que solamente se escuchan en el habla coloquial de España. Y España no es el castellano, ni es el español. Los españoles también se quejan de las traducciones a la argentina o a la mexicana cuyos modismos son extraños al habla madrileña o andaluza. A estas traducciones les falta universalidad para el total de los hispanoparlantes o hispanoamericanos.

En segundo lugar la autora (Bélgica 1903, Estados Unidos 1987), abordó por primera vez el tema cuando tenía veintiún años (en 1924) y solamente publicó el libro en 1951: treinta y siete años de gestación, viajes, lecturas, documentación, estudio; pulir, corregir, asesorarse. No es una obra improvisada. Las notas bibliográficas (véase el apéndice Nota –Pag. 349) dan fe de ello. La obra se puede clasificar tanto de novela como de biografía, tanto de ficción como de historia. Como ella misma lo afirma (Pag. 340) en algún momento pudo ser ensayo, en otro pudo ser tragedia. Termina siendo una biografía histórica novelada. La autora se apresura a contar sus recorrido y lo que en él hay de acomodo, para evitar especulaciones. Aun así, se duele de aquellos que afirman que “Adriano es usted” (Pag. 341), ya que su intención fue contar la historia del emperador desde adentro, desde él mismo (Pag. 327), a una distancia que se remonta al siglo I d.C., puesto que aun cuando “la sustancia, la estructura humana apenas cambien” (Pag. 333), el calzado de uso en cada época modifica la forma del pie y en dicho siglo “estamos aún muy cerca de la libre verdad del pie descalzo” (Pag. 333) Pero sí, es inevitable encontrar mucho de la autora reflejado en el relato. No tanto por el aspecto anecdótico de sus preferencias sentimentales, como por la manifestación de su propio pensamiento que pone en boca del personaje. Es natural: un autor no puede desligarse de su obra, ni abstenerse de dejar su impronta en ella. En algunas partes aparece una tímida y velada referencia a G. F., iniciales de la traductora y correctora de texto Grace Frick, la mujer que fuera su compañera por más de cuarenta años que, de haberles correspondido vivir en nuestro nuevo siglo, no habrían tenido inconveniente en que sus nombres aparecieran ligados por los convencionalismos sociales después de décadas de haber sido ligadas por el corazón.

Tan interesantes como la novela, son los apéndices Notas a las Memorias de Adriano, de la autora (Pag. 320); y la Nota que incluye precisiones bibliográficas, de ella misma (Pag. 349); con detalles sobre el proceso creativo que lo acompañó. Se convierten en consejos o en espejo para los que pretenden hacerse escritores. Da guías sobre la forma de abordar un tema, de documentarse, de tratarlo, que son didácticas. No sé si tuvieron originalmente el propósito de docencia, pero lo cumplen.

La historia de este emperador (siglos I y II d.C.) está contada en primera persona, a manera de carta escrita a su sucesor Marco Aurelio, desde un punto de vista humano, aun cuando relate hechos de la vida pública. Sus palabras cuentan lo que sintió y está documentado, o lo que pudo sentir en el contexto del momento que vivió el personaje. La novela abarca tres temas principales: 

1 El poder y los cargos públicos.
2 Las relaciones sentimentales.
3 La vida y la muerte.

Algunas frases:

1 TEMA: EL PODER Y LOS CARGOS PÚBLICOS.

1 Nuestra época, cuyas insuficiencias y taras (yo, el emperador) conocía quizá mejor que nadie, llegaría a ser considerada por contraste como una de las edades de oro de la humanidad... la naturaleza nos traiciona, la fortuna cambia, un dios mira las cosas desde lo alto. (Pag. 261)

2 Lo esencial es que el hombre llegado al poder haya probado luego que merecía ejercerlo. (Pag. 104) 

3 Sí, Atenas era siempre bella, y no lamentaba haber impuesto disciplinas griegas a mi vida. Todo lo que poseemos de humano, de ordenado y lúcido, a ellos se los debemos... (pero, para equilibrar el idealismo griego, hace falta) la seriedad algo pesada de Roma, su sentido de la continuidad y su gusto por lo concreto... (En cuanto a la natal Itálica en España) reconocía otra vez su ardiente tristeza y su árida violencia (debida a la influencia) que las gotas de sangre celta, ibera, quizá púnica, infiltraron en las venas de los colonos romanos... (Pag. 240) 

4 ... Jamás tuve la sensación de pertenecer por completo a algún lugar, ni siquiera a mi Atenas bienamada, ni siquiera a Roma. Extranjero en todas partes (y en Itálica), en ninguna me sentía especialmente aislado. (Pag. 137) 

5 Pocos hombres aman durante mucho tiempo los viajes, esa ruptura perpetua de los hábitos, esa continua conmoción de todos los prejuicios. (Pag. 135) 

6 Toda creación humana que aspire a la eternidad debe adaptarse al ritmo cambiante de los grandes objetos naturales. (Pag. 122) 

7 La vida era para mí un caballo a cuyos movimientos nos plegamos, pero sólo después de haberlo adiestrado... busqué primero una simple libertad de vacaciones, de momentos libres. Toda vida bien ordenada los tiene, y quien no sabe crearlos no sabe vivir... aprendí a dictar diversos textos a la vez, y a hablar mientras seguía leyendo (tomando como modelo a César) (Pag. 53)

8 Preveía con bastante exactitud el porvenir, cosa posible (sólo) cuando se está bien informado sobre la mayoría de los elementos del presente. (Pag. 91) 

9 Como todo es más fácil que la sensatez, me venían deseos (de transgredir) (Pag. 96) 

10 Atracarse (de comida y de bebida) los días de fiesta ha sido siempre la ambición, la alegría y el orgullo naturales de los pobres. (Pag. 16) 

11 Advierto una objeción a todo esfuerzo por mejorar la condición humana: la de que quizá los hombres son indignos de (ese esfuerzo) él. Pero la desecho sin (dificultad) esfuerzo: el género humano no se reduce a una sola cabeza ofrecida al cuchillo de Calígula... nuestro interés bien entendido será el de servirlo (al pueblo).. mi manera de obrar se basa en observaciones sobre mí mismo: toda explicación lúcida me ha convencido siempre, toda cortesía me conquista, toda felicidad me da casi siempre la cordura. (Pag. 124) 

12 Los (consejeros) bien intencionados afirman que la felicidad (pública) relaja, que la libertad reblandece, que la humanidad corrompe a aquellos en quienes se ejerce... puede ser; pero (hay que o no se puede dejar de) dar de comer a un hombre exánime por miedo de que dentro de unos años sufra de plétora (o se empache) (Pag. 125) 

13 Pertenecía (Neracio Prisco) a esa rara familia espiritual que, poseyendo a fondo una especialidad (la del derecho), viéndola, por así decirlo desde adentro, y con un punto de vista inaccesible a los profanos, conserva sin embargo el sentido de su valor relativo en el orden de las cosas, y la mide en términos humanos. Más versado que cualquiera de sus contemporáneos en la rutina legal, no vacilaba nunca frente a las innovaciones útiles. (Pag..50)

14 Hubo muchas protestas cuando desterré de Roma a una patricia rica y estimada que maltrataba a sus viejos esclavos (lo que me parecía una forma cruel de inhumanidad). (Pag. 128) 

15 Raras veces he visto casas donde no reinaran las mujeres; con frecuencia he visto reinar también al (mando medio) intendente, al cocinero, al (esclavo) liberto. (Pag. 129) 

16 Tengo que confesar que creo poco en las leyes. Si son demasiado duras, se las transgrede con razón. Si son demasiado complicadas, el ingenio humano encuentra fácilmente el modo de deslizarse entre las mallas de esa red tan frágil. (Pag. 125) 

17 Toda ley demasiado transgredida es mala; corresponde al legislador abrogarla o cambiarla, a fin de que el desprecio en que ha caído esa ordenanza insensata no se extienda a leyes más justas. (Pag. 126) 

18 (En Roma) Mi propósito era tan sólo el de reducir la frondosa masa de contradicciones y abusos que acaban por convertir el derecho y los procedimientos en un matorral donde las gentes honestas no se animan a aventurarse, mientras los bandidos prosperan a su abrigo. (Pag. 243)

19 Empezaba a tener mi leyenda, ese extraño reflejo centelleante nacido a medias de nuestras acciones y a medias de lo que el vulgo piensa de ellas… (Buscando influir en mis decisiones de Juez) me ofrecían sus mujeres... sus hijos... los más lamentables eran los que me hablaban de literatura para congraciarse conmigo… (sabiendo de mi gusto por las letras, y) Confundir a esas gentes con mi indiferencia me resultaba un placer. (Pag. 51) 

20 La técnica que debía elaborar en aquellos puestos mediocres me sirvió más adelante para mis audiencias imperiales... hacer del mundo una tabla rasa donde en ese momento sólo existe cierto banquero... cierta viuda... con toda la atención cortés que en los mejores momentos nos acordamos a nosotros mismos, y verlos casi infaliblemente aprovechar esa facilidad para engreírse como la rana de la fábula... ponía al desnudo viejos odios aterradores, una lepra de mentiras: maridos contra esposas, padres contra hijos, colaterales contra todo el mundo; el poco respeto que tenía personalmente por la institución de la familia no resistió a ese desfile... pero no desprecio a los hombres. Si así fuera no tendría ningún derecho, ninguna razón para tratar de gobernarlos. (Pag. 51) 

21 Me esfuerzo pues para que mi actitud esté tan lejos de la fría superioridad del filósofo como de la arrogancia del César... los hombres más opacos emiten algún resplandor: este asesino toca bien la flauta, ese contramaestre que desgarra a latigazos la espalda de los esclavos es quizá un buen hijo; ese idiota compartiría conmigo su último mendrugo. Y pocos hay que no puedan enseñarnos alguna cosa. Nuestro gran error está en tratar de obtener de cada uno en particular las virtudes que no posee, descuidando cultivar aquellas que posee. (Pag. 52) 

22 ... Con la esperanza de favorecer el mantenimiento y desarrollo de una clase media seria e instruida. Conozco sus defectos, pero un Estado se mantiene gracias a ella. (Pag. 232) 


23 Te recomiendo a Celer (uno de esos seres cuyo destino es consagrarse, amar y servir); posee esas cualidades que convienen a un oficial colocado en segundo plano, e incluso sus mismas virtudes le impedirán pasar al primero. (Pag. 255) 


24 Acabé con el escándalo de las tierras dejadas en barbecho (lotes de engorde) por los grandes propietarios indiferentes al bien público; a partir de ahora, todo campo no cultivado durante cinco años pertenece al agricultor que se encarga de aprovecharlo. (Pag. 130) 


25 Uno de los días más hermosos fue aquel en que convencí a un grupo de marineros del Archipiélago de que se asociaran formando una corporación (cooperativa) y que trataran directamente con los vendedores de las ciudades (sin intermediarios) Jamás me sentí más útil como príncipe. (Pag. 132) 


26 Aquello equivalía a no comprender la forma en que piensa un jefe (que se despoja de sentimientos para tomar decisiones cerebrales, a diferencia de un enamorado que se despoja de la razón para seguir los dictados del corazón). (Pag. 278)


27 Razón tenía (la querellante en audiencia) al increparme que si no tenía tiempo para (acabar de) escucharla, tampoco lo tenía para reinar. (Pag. 134) 

28 Y sin embargo me falta tiempo: cuanto más crece el imperio, más tienden a concentrarse los diferentes aspectos de la autoridad en manos del funcionario en jefe; este hombre apremiado tiene que delegar parte de sus tareas en otros; su genio consistirá cada vez más en rodearse de un personal de confianza... el gran crimen de Claudio y Nerón fue el de permitir perezosamente que sus libertos o sus esclavos se apoderaran de la función de delegados del amo... (Pag. 134)

29 Casi ninguno de aquellos notables (en audiencia) comprendía la totalidad de mis programas de obras y reformas en Asia; (en su visión miope) se contentaban con aprovecharse de ellos para su ciudad, y sobre todo para su propio beneficio. (Pag. 231) 

30 Había encargado a Herodes Atico que vigilara la construcción de una red de acueductos en la Tróade; se valió de ello para derrochar vergonzosamente los denarios públicos. Llamado a rendir cuentas, respondió con insolencia que era lo bastante rico para cubrir el déficit; su riqueza misma era un escándalo (por tratarse de enriquecimiento ilícito) (Pag. 238) 

31 Los pueblos han perecido hasta ahora por falta de generosidad (hacia otros pueblos dominados) (Pag. 127) 

32 Como los iniciados en el culto de Mitra (que reciben un baño de sangre del toro sacrificado –Pag. 65), la raza humana necesita quizás el baño de sangre y el pasaje periódico (pasar periódicamente) por la fosa fúnebre. (Pag. 261)

33 La paz reinará otra vez entre dos períodos de guerra. No todos nuestros libros perecerán. Me atrevo a contar con esa intermitente continuidad de esos hombres nacidos a intervalos regulares a lo largo de los siglos. (Pag. 314)

34 Quería hacer de Jerusalén una ciudad como las demás, donde diversas razas y diversos cultos pudieran existir pacíficamente; olvidaba que en todo combate entre el fanatismo y el sentido común, pocas veces logra este último imponerse. (Pag. 252)

35 Mientras en Tíbur buscábamos aún los medios de conciliar las voluntades sin dar la impresión de ceder a las exigencias de los fanáticos, en Oriente ocurrió lo peor; una asonada de los zelotes (judíos) tuvo éxito en Jerusalén... un aventurero surgido de la hez del pueblo, un tal Simeón que se hacía llamar Bar-Koshba, hijo de la Estrella (de David), desempeñó en la revuelta el papel de tea inflamada... sólo lo vi una vez cara a cara, el día en que un centurión me trajo su cabeza cortada... pero estoy pronto a reconocerle esa chispa genial que siempre se requiere para ascender tan pronto y tan alto en los destinos públicos; nadie se impone en esa forma si no posee por lo menos cierta habilidad. (Pag. 252)

36 (Contra los zelotes judíos) Severo no tardó en comprender que aquel enemigo inasible (los revolucionarios) podía ser exterminado pero no vencido, y se resignó (frente a esa guerrilla) a una guerra de desgaste. (Pag. 254)

37 Las tribus árabes no se solidarizaban con las comunidades judías. (Pag. 257) 

38 Aquellas razas (griegos y judíos) que vivían en contacto desde hacía siglos, no habían tenido jamás la curiosidad de conocerse ni la decencia de aceptarse. (Pag. 108) 

39 En cuanto al rabino Josuá, que había sido mucho tiempo mi consejero... yo había advertido que por debajo de su flexibilidad y su deseo de agradar se escondían diferencias irreconciliables, ese punto en el que dos pensamientos de especie diferente sólo se encuentran para combatirse. (Pag. 259) 

40 Fanático (el líder religioso), no tenía la menor idea de que pudiera razonarse sobre premisas diferentes de las suyas. (Pag. 207) 

41 Subí a sentarme en lo alto de una colina... para asistir al asalto que precedió por pocas horas a la capitulación de (la revolución de) Bethar: vi asomar uno a uno los últimos defensores de la fortaleza, lívidos, descarnados, horribles y sin embargo bellos como todo lo indomable... había allí niños (jovencitos) de rostro burlón, ferozmente deformados ya por convicciones implacables, que se jactaban en voz alta de haber causado la muerte de decenas de legionarios (romanos)... Judea fue borrada del mapa y recibió, conforme a mis órdenes, el nombre de Palestina. (Pag. 266)

42 (Un hombre nace primero como niño y después vuelve a nacer cuando se hace hombre)... nada es más lento que el verdadero nacimiento de un hombre (a la madurez). (Pag. 277)

43 Pero toda tolerancia acordada a los fanáticos los mueve inmediatamente a creer que su causa merece simpatía. Me cuesta creer que el obispo Cuadrato, confiara en convertirme en cristiano... (yo) había tenido por principio mantener frente a esa secta una línea de conducta estrictamente equitativa... se obstinó en probarme la excelencia de la doctrina del joven profeta Jesús... (yo) no dejaba de saborear el encanto enternecedor de esas virtudes de gente sencilla, su dulzura, su ingenuidad, la forma en que se aman los unos a los otros... en el seno de un mundo que, pese a todos nuestros esfuerzos, sigue mostrándose duro e indiferente a las penas y a las esperanzas de los hombres... (pero) bajo esa inocencia recatada y desvaída adivinaba la feroz intransigencia del sectario frente a (otras) formas de vida y de pensamiento que no sean las suyas... yo los encontraba demasiado opuestos a la naturaleza humana (sus mandatos) como para que fuesen obedecidos por el vulgo, que nunca amará a otro que a sí mismo, y tampoco se aplicaba a los sabios, que están lejos de amarse a sí mismos. (Pag. 237) 

44 La posibilidad de quitarse la máscara en todas las ocasiones es una de las raras ventajas que reconozco a la vejez... Valiéndome de ella me negué a asistir a los funerales de Paulina (mi hermana). (Pag. 275)

45 (Mi mujer) Sabina se felicitaba de morir sin hijos; “pues se hubieran parecido a (mí y ella) Adriano y les hubiera mostrado la misma aversión que a su padre”. Aquella frase en la que supura tanto rencor fue la única prueba de amor que me haya dado. (Pag. 278)

46 (Serviano, el esposo de mi hermana Paulina, acababa de cumplir noventa años y esperaba mi muerte para hacerse al poder) Llevaba varios meses tratando de atraerse a pequeños grupos de oficiales de la guardia pretoriana; su atrevimiento llegó al punto de explotar el respeto supersticioso que inspira la edad avanzada, y hacerse tratar como emperador a puertas cerradas... un tribuno portador de la sentencia de muerte de mi cuñado (ya viudo) y de su nieto (Fusco de dieciocho años, heredero de él y de mi hermana) se presentó en su casa... Jamás he creído que la edad sea una excusa para la malignidad humana; antes bien, me parece una circunstancia agravante... por más que se diga los lazos de la sangre son harto débiles cuando no los refuerza el afecto; basta ver lo que ocurre entre las gentes cada vez que hay una herencia en litigio. (Pag. 279)

47 Leí atentamente los informes secretos que me enviaba Domicio Rogato... hombre de confianza que había puesto junto a Lucio en calidad de secretario y con el encargo de vigilarlo... quedé satisfecho... Lucio se portaba como un colegial que justifica el empleo del día. (Pag. 283 y 284) 

48 Tuve intención de escribir una obra asaz ambiciosa... habría servido para exponer una filosofía que era ya la mía. Pero he acabado dejando de lado un proyecto tan vasto. (Pag. 235) 

49 ... preparé un informe oficial sobre mis actos... he mentido allí lo menos posible; de todas maneras, el interés público y la decencia me forzaron a reajustar ciertos hechos. (Pag. 29) 

50 Pero los escritores mienten, aun los más sinceros. (Pag. 30)


2 TEMA: LAS RELACIONES SENTIMENTALES.

51 Las tranquilas alegrías de la amistad ya no existen para mí; (los demás) me veneran demasiado para amarme. (Pag. 306)

52 Mi deseo de poder era semejante al del amor, que impide al amante comer, dormir, pensar, y aun amar, hasta que no se hayan cumplido ciertos ritos. (Pag. 98) 

53 Volvía a encontrar el estrecho círculo de las mujeres, su duro sentido práctico, su cielo que se vuelve gris tan pronto el amor deja de iluminarlo. (Pag. 75) 

54 Uno se casa por (conveniencia de)  su familia y no por sí mismo, ya que un contrato tan grave no se aviene con los despreocupados juegos del amor. (Pag. 276)

55 Reconozco que la razón se confunde frente al prodigio del amor, frente a esa extraña obsesión por la cual la carne, que tan poco nos preocupa cuando compone nuestro propio cuerpo, y que sólo nos mueve a lavarla, a alimentarla y, llegado el caso, a evitar que sufra, puede llegar a inspirarnos un deseo tan apasionado de caricias, simplemente porque está animada por una individualidad diferente de la nuestra y porque presenta ciertos lineamientos de belleza sobre los cuales, por lo demás, los mejores jueces no se han puesto de acuerdo. (Pag. 20) 

56 Estos criterios sobre el amor podrían inducir a una carrera de seductor. Si no la seguí, se debe sin duda a que preferí hacer, si no algo mejor, por lo menos otra cosa. A falta de genio, esa carrera exige atenciones y aun estratagemas para las cuales no me sentía destinado. Me fatigaban esas trampas armadas, siempre las mismas, esa rutina reducida a perpetuos acercamientos y limitada por la conquista misma. La técnica del gran seductor exige, en el paso de un objeto amado a otro, cierta facilidad y cierta indiferencia que no poseo; de todas maneras, ellos (mis viejos amantes) me abandonaron más de lo que yo los abandoné. (Pag. 24) 

57 Demasiados caminos no llevan a ninguna parte. (Pag. 34)

58 Aun mis remordimientos (con respecto al ser amado) se han convertido poco a poco en una amarga forma de posesión (después de haberlo perdido), una manera de asegurarme de que fui hasta el fin el triste amo de su destino. (Pag. 187) 

59 (Fui de cacería, con Antínoo) Súbitamente la bestia real (el león herido) volvió hacia nosotros su cara tan hermosa como terrible, una de las fisonomías más divinas que puede asumir el peligro... El enorme gato color de desierto, miel y sol, expiró con una majestad más que humana. (Pag. 202) 

60 Por él (por alejar a Antínoo del peligro) yo era capaz de cobardías que jamás me hubiera consentido cuando se trataba de mí mismo. (Pag. 201) 

61 En Roma hasta el último charlatán tiene una opinión formada sobre estos episodios de mi vida, mientras yo sigo siendo el menos informado de los hombres. (Pag. 103) 

62 Mil rumores erróneos (sobre mis relaciones con el difunto) corrían a propósito de mi desgracia... circulaban historias atroces que me avergonzaban... Yo dejaba decir; la verdad no era de las que se pueden andar gritando. (Pag. 217) 

63 Nada me explica: mis vicios y mis virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad, y sobre todo sin causa aceptable. (Pag. 35)

64 (Admiraba sobre todos al poeta Antímaco que)... había llorado apasionadamente a su esposa Lydyé, a quien quizá yo no habría mirado en vida, pero (que) se me convertía en una figurilla familiar, más querida que muchos personajes femeninos de mi propia existencia. Aquellos poemas (dedicados a su amada), casi olvidados sin embargo, me devolvían poco a poco la confianza en la inmortalidad. Revisé mis propias obras: los poemas de amor, los de circunstancias... Llegaría el día en que alguien tuviera deseos de leer todo eso... un grupo de versos (algo obscenos, inclusive)... que me hizo vacilar, pero acabé por incluirlos... ahí, como en todo, los lugares comunes nos encarcelan. (Pag. 234) 


3 TEMA: LA VIDA Y LA MUERTE.

65 A pesar de las leyendas que me rodean, he amado muy poco la juventud, y la mía menos que ninguna otra... se me presenta la mayoría de las veces como una época mal desbastada de la existencia, un período opaco e informe, huyente y frágil. (Pag. 47)

66 (Tenía un bajo) deseo de agradar a toda costa y atraer la atención sobre mí (Pag. 65)... (Pero, más tarde, ya) había perdido en gran medida mi innoble temor de desagradar. (Pag. 68)

67 Y en esta forma, con una mezcla de reserva y audacia, de sometimiento y rebelión cuidadosamente concertados, de exigencia extrema y prudentes concesiones, he llegado finalmente a aceptarme a mí mismo. (Pag. 55)

68 Había llegado a ese momento de la vida, variable para cada hombre, en que el ser humano se abandona a su demonio o a su genio, siguiendo una ley misteriosa que le ordena destruirse o trascenderse. (Pag. 82) 

69 ... prueba que las decisiones del espíritu y la voluntad priman sobre las circunstancias. (Pag. 43) 

70 He comprendido que pocos hombres se realizan antes de morir. (Pag. 98) 

71 Lo quería (el poder) para ser yo mismo (y realizarme) antes de morir. (Pag. 98) 

72 Mi vida, a la que todo llegaba tarde: el poder y aun la felicidad, adquirían un esplendor cenital. (Pag. 170) 

73 Después de todo, el más grande seductor no es Alcibíades sino (el maestro) Sócrates. (Pag. 43)

74 Por ellos (los ejercicios de retórica) aprendí a penetrar sucesivamente en el pensamiento de cada hombre, a comprender que cada uno se decide, vive y muere conforme a sus propias leyes. (Pag. 44)

75 (Tenía que superar la muerte de Antínoo)... Entendía de otro modo mis obligaciones de sobreviviente. Aquella muerte sería vana si yo no tenía el coraje de mirarla cara a cara. (Pag. 225) 

76 (Al darme sus condolencias, todos caían en lugares comunes) Aquellas débiles defensas alzadas por el hombre contra la muerte se desarrollaban conforme a dos líneas de argumentos:

La primera consistía en presentarla como a un mal inevitable, recordándonos que ni la belleza, ni la juventud, ni el amor, escapan a la podredumbre, y a probarnos por fin que la vida y su cortejo de males son todavía más horribles que la muerte, por lo cual es preferible perecer que llegar a viejo. Estas verdades están destinadas a movernos a la resignación, pero lo que realmente justifican es la desesperación. 

La segunda línea de argumentos contradice la primera, pero nuestros filósofos no miran las cosas demasiado de cerca; ahora ya no se trata de resignarse a la muerte, sino de negarla. El tratado sostenía que sólo el alma contaba; arrogantemente daba por sentado la inmortalidad de esa vaga entidad que jamás hemos visto funcionar en ausencia del cuerpo, antes de tomarse el trabajo de probar su existencia. Yo no estaba tan seguro; si la sonrisa, la mirada, la voz, esas realidades imponderables, habían sido aniquiladas. ¿Por qué no el alma? (Pag. 224) 


77 Su tono (de condolencia) era digno, como ocurre casi siempre en presencia de la muerte. Aquella compasión descansaba en un malentendido: me compadecían, siempre y cuando me consolara pronto. (Pag. 218) 


78 La memoria de la mayoría de los hombres es un cementerio abandonado donde yacen los muertos (aquellos, a los) que han dejado de honrar y de querer. Todo dolor prolongado es un insulto a ese olvido. (Pag. 225) 


79 (Pasados unos días) No tenían ya que desviar la mirada de mi rostro (para no verme llorar la muerte del ser querido), como si llorar fuera obsceno. (Pag. 217)


80 De creer a los sacerdotes, su sombra (su espíritu) también sufría, añorando el cálido abrigo de su cuerpo, y rondaba plañidera los parajes familiares, lejana y tan próxima; demasiado débil momentáneamente para hacerme sentir su presencia (espantarme)... La muerte es horrorosa, pero también lo es la vida.  (Pag. 220) 

81 Y él (el alma del muerto, al dejar su cuerpo) reconocerá el camino (hacia la otra vida)... Y los guardianes del umbral lo dejarán pasar.... Y él irá y vendrá en torno de aquellos que lo aman durante millones de días... a veces, en contadas ocasiones, he creído sentir el roce de un acercamiento, un ligero contacto, leve como el de las pestañas, tibio como el interior de la palma de una mano... y la sombra aparece... jamás sabré si ese calor, si esa dulzura, no emanaban simplemente de lo más hondo de mí mismo, últimos esfuerzos de un hombre en lucha con la soledad y el frío de la noche. (Pag. 309)

82 Habíase despertado en mí la curiosidad por esas regiones intermedias donde el alma y la carne se confunden, donde el sueño responde a la realidad y a veces se le adelanta (premoniciones), donde vida y muerte intercambian sus atributos y sus máscaras (espiritismo)… Hermógenes, mi médico, desaprobaba esos experimentos, pero acabó haciéndome conocer a ciertos colegas que se ocupaban de esas cosas (¿reencarnación, hipnosis regresiva?)... Sátiro se esforzó por evocar (invocar el espíritu) a su maestro Aspasio, que había hecho con él uno de esos pactos jamás cumplidos por los cuales los que mueren prometen dar noticias a los vivientes. (Pag. 196) 

83 Mi oído no es tan agudo como antes; ayer, sin ir más lejos, me vi obligado a rogar a (mi secretario) Flegón que repitiera una frase, y me sentí más avergonzado de eso que de un crimen... todo enfermo es un prisionero. (Pag. 299 y 300)


84 Arriano me escribe... sabe que lo que verdaderamente cuenta es lo que no figurará en las biografías oficiales, lo que no se inscribe en las tumbas... la fatiga de mi cuerpo se transmite a mi memoria... sólo Arriano ha entrado en el secreto de ese combate sin gloria contra el vacío, la aridez, la fatiga, la repugnancia de existir que culmina con el deseo de la muerte... estaba de acuerdo en morir; pero no en asfixiarme; la enfermedad nos hace sentir repugnancia de la muerte, y queremos sanar, lo que es una manera de querer vivir. (Pag. 296 a 299)


85 Siempre tendremos, para mantener las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos: la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños –todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas. (Pag. 124) 


86 Si por milagro algunos siglos vinieran a agregarse a los pocos días que me quedan (de vida), volvería a hacer las mismas cosas y hasta incurriría en los mismos errores. Frecuentaría los mismos Olimpos y los mismos Infiernos. (Pag. 311)

87 Un ser embriagado de vida no prevé la muerte; ésta no existe, y él la niega con cada gesto. Si la recibe, será probablemente sin saberlo... sonrío amargamente cuando me digo que hoy consagro un pensamiento de cada dos a mi propio fin, como si se necesitaran tantos preparativos para decidir a este cuerpo gastado a lo inevitable. (Pag. 65)

88 En la pequeña ciudad de Adria de donde cuatro siglos atrás mis antepasados habían emigrado a España (a Itálica –municipio español), recibí los honores de las más altas funciones municipales; junto al mar tempestuoso cuyo nombre llevo (Adriático), volví a encontrar las urnas (tumbas) familiares en un columbario en ruinas. Pensaba en aquellos hombres de quienes no sabía casi nada, pero de los cuales había salido; su raza terminaba en mí (puesto que no tuve hijos biológicos). (Pag. 243)

89 No, no es la sangre lo que establece la verdadera continuidad humana... la mayoría de los hombres notables de la historia tuvieron descendientes mediocres, por no decir lo peor, dando la impresión de que habían agotado en sí mismos los recursos de una raza... la ternura del padre se haya casi siempre en conflicto con los intereses del jefe. Y si no fuera así, el hijo del emperador tendría que sufrir además las desventajas de una educación de príncipe, la peor de todas para un futuro monarca... la sabiduría de Roma ha sabido crearse una regla para la sucesión imperial (que) se determina por la adopción... (porque) una decisión presidida por la inteligencia, o en la cual ésta toma por lo menos parte, me parecerá siempre infinitamente superior a las oscuras voluntades del azar y de la ciega naturaleza. (Pag. 272)

90 (Para escoger a mi hijo adoptivo, a mi heredero, busqué con cuidado)  En el Senado había tenido ocasión de reparar en un cierto Antonino, hombre de unos cincuenta años, descendiente de una familia provinciana lejanamente emparentada con la de Plotina (la anterior emperatriz, mi amiga) Me habían impresionado las atenciones deferentes y afectuosas al mismo tiempo que prodigaba a su suegro, anciano inválido que ocupaba el asiento contiguo al suyo... hombre sencillo, posee una virtud: la bondad. (Pag. 287)

91 No me has ocultado tu desdén (Marco Aurelio, futuro emperador) por los esplendores efímeros, por esa corte que se dispersará con mi muerte. No me quieres. Tu afecto va más bien hacia Antonino (a quien he pedido que te adopte, para hacerte mi nieto) Sospechas en mí una sabiduría opuesta a la que te enseñan tus maestros. No importa; no hace falta que me comprendas. Hay más de una sabiduría, y todas son necesarias al mundo; no está mal que se vayan alternando. (Pag. 290) 

92 Éramos demasiado diferentes (Trajano y yo) como para que pudiera encontrar en mí ese dócil continuador, dispuesto desde el comienzo a emplear los mismos métodos y hasta los mismos errores, y que la mayoría de los hombres que han ejercido autoridad absoluta buscan desesperadamente en su lecho de muerte. (Pag. 101) 

93 Con frecuencia he reflexionado sobre el error que cometemos al suponer que un hombre o una familia participan necesariamente de las ideas o los acontecimientos del siglo en que les toca vivir. (Pag. 42)

94 (Siendo niño tuve una pesadilla) desperté en mi aposento de Tíbur, pidiendo socorro. Hace muy poco (ya anciano) volví a ver a mi padre, en quien sin embargo pienso pocas veces. Estaba acostado en su lecho de enfermo, en una habitación de nuestra casa de Itálica, de la cual me marché apenas hubo muerto. Tenía sobre la mesa una ampolla conteniendo una poción calmante, que le supliqué me entregara. Antes de que tuviera tiempo de responderme, desperté. Me asombra que la mayoría de los hombres tema tanto a los espectros (espantos), siendo que tan fácilmente aceptan hablar con los muertos en sus sueños. (Pag. 312)

95 ¿Qué es el insomnio sino la obstinación maníaca de nuestra inteligencia en fabricar pensamientos, razonamientos, silogismos y definiciones que le pertenecen plenamente, qué es sino su negativa de abdicar a favor de la divina estupidez de los ojos cerrados o de la sabia locura de los ensueños? (Pag. 28) 

96 La enfermedad dejaba al desnudo los peores aspectos de aquel carácter seco y ligero (el de Hermógenes). (Pag. 285)

97 Nada se habrá comprendido sobre la enfermedad en tanto no se reconozca su extraña semejanza con la guerra y el amor... esa amalgama extraña y única producida por la mezcla de un temperamento y un mal. (Pag. 268)

98 ... aún no estoy tan débil como para ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza, y sin duda mucho más penosas. De engañarme, preferiría el camino de la confianza; no perdería más por ello, y sufriría menos. (Pag. 12) 

99 Iollas, fiel a su deber de Médico (y enemigo de la idea del suicidio para evitar el dolor), me exhorta a satisfacer hasta el fin lo que el oficio de emperador reclama: Paciencia. Mi divisa, mi última consigna. (Pag. 302)

100 Mi muerte me parecía mi decisión más personal, mi supremo reducto de hombre libre; me engañaba. La fe de millones de Mástores (el perro fiel que vigila mi puerta, ignorante de la muerte que me ronda y confiando en mi recuperación) no debe ser quebrantada. (Pag. 302)

101 Me dominó el terror al veneno... (temor a los demás) que un príncipe no se atreve a confesar pues parece grotesco... hasta que los acontecimientos (de su envenenamiento le dan la razón) lo justifican. (Pag. 247)

102 He llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada. Decir que mis días están contados no tiene sentido; así fue siempre; así es para todos. (Pag. 12) 

103 La inmortalidad de la raza, se consideraba un paliativo de la muerte de cada hombre (por la trascendencia)... La gloria, como sustituto de la vida... como si la huella de un ser fuese lo mismo que su presencia. (Pag. 224) 

104 Me preparaba así a otro mundo cuyos tormentos se parecen a los del nuestro, pero cuyas nebulosas alegrías no pueden compararse con las de la tierra. (Pag. 271)

105 Y quien dice muerte dice también el mundo misterioso al cual acaso ingresamos por ella. (Pag. 164) 

106 O, más sencillamente, se negaba a admitir su propio fin; así como en tantas familias se ve morir intestados a tercos ancianos. (Pag. 101) 

107 (Morir, para los ancianos.)  Para ellos no se trata tanto de guardar hasta el fin su tesoro o imperio, que sus dedos entumecidos ya han soltado a medias, como de no ingresar prematuramente en el estado póstumo de un hombre que ya no tiene decisiones que adoptar, sorpresas que dar, amenazas que cumplir o promesas que hacer a los vivientes. (Pag. 101) 

108 (En la cercanía de mi muerte) Diótimo solloza, hundida la cabeza en los almohadones. He asegurado su porvenir; nada perderá con mi muerte. Y sin embargo sus frágiles hombros se agitan convulsivamente bajo los pliegues de su túnica; siento caer sobre mis dedos esas lágrimas deliciosas. Hasta el fin, yo (Adriano) habré sido amado humanamente. Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo... (Pag. 315 y 316)


APÉNDICE: NOTAS A LA MEMORIA DE ADRIANO
(Marguerite Yourcenar, traducida por Marcelo Zapata)

1 (Aparte de Adriano) tan sólo una figura histórica me ha tentado (a escribir su biografía) con una insistencia similar: Omar Khayam, poeta astrónomo. (Pero me frena que) el mundo de la acción le fue ajeno por completo... (y) no conozco a Persia ni su lengua. (Pag. 328 y 329)

2 (El primer borrador de) este libro fue concebido y escrito entre 1924 y 1929. Todos esos manuscritos fueron destruidos y merecieron serlo. (Pag. 321)

3 Durante mucho tiempo imaginé la obra como una serie de diálogos... (Pag. 321)

4 Yo no acertaba a organizar ese mundo visto y oído por un hombre. (Pag. 322)

5 Al fin encontré el punto de vista del libro (Carta monólogo dirigida a su sucesor). (Pag. 322)

6 (Tuve que analizar y) elegir el momento en que el hombre que vivió esa existencia la evalúa, la examina, es por un instante capaz de juzgarla (para escribir su carta). Hacerlo de manera que ese hombre se encuentre ante su propia vida en la misma posición que nosotros. (Pag. 322)

7 (Visité los lugares que él recorrió atesorando recuerdos que pudieron haber sido vividos por el personaje) Para que pudiera utilizar esos recuerdos, que son míos, fue necesario que se alejaran tanto de mí como el siglo II. (Pag. 322)

8 (En cuanto a la cadena de generaciones sucedidas en el tiempo) veinticinco ancianos bastarían para establecer un contacto ininterrumpido entre Adriano y nosotros (abarcando los dieciocho siglos) (Pag. 323)

9 En todo caso (cuando abordé el libro) yo era demasiado joven. Hay libros a los que no hay que atreverse hasta no haber cumplido los cuarenta años. (En la primera versión) Me hicieron falta esos años para aprender a calcular exactamente las distancias entre el emperador y yo. (Pag. 323)

10 (Habiendo abandonado el proyecto entre 1939 y 1948), a veces volvía sobre él, pero... casi con indiferencia, como si se hubiera tratado de algo imposible... avergonzada por haber intentado alguna vez semejante cosa... (y caer, en los recesos, en un) hundimiento por la desesperación de un escritor que no escribe. (Pag. 324)

11 Durante muchos años me detuve a contemplar esta imagen (de Villa Adriana donde un anticuario) casi todos los días, sin por ello volver sobre mi antiguo proyecto, al que creía haber renunciado. (Pag. 325)

12 En la primavera de 1947, ordenando papeles, quemé los apuntes tomados en Yale: me parecían ya definitivamente inútiles. (No lo eran, por lo menos no en su totalidad) Esas notas sólo enmarcan una laguna, (puesto que) todo lo que yo aquí cuento está desmentido por lo que no cuento... Y callo también las experiencias que me deparó mi enfermedad y otras, más secretas, que se vinculan con ellas (las experiencias), y la perpetua presencia o busca del amor. (Pag. 325 y 326)

13 Tal vez fuera necesaria esa solución de continuidad, esa ruptura, esa noche del alma... para obligarme a tratar de colmar no sólo la distancia que me separaba de Adriano, sino sobre todo la que me separaba de mí misma. (Pag. 326)

14 Una de las mejores formas de recrear el pensamiento de un hombre es reconstruir su biblioteca. (Pag. 327)

15 Reconstruir desde adentro lo que los arqueólogos del siglo XIX han hecho desde afuera. (Pag. 327)

16 Todo lo que el mundo y yo habíamos atravesado entre tanto, enriquecía esas crónicas con la experiencia de un tiempo convulso, proyectando sobre esa existencia imperial otras luces, otras sombras. (Pag. 328)

17 (Cuando decidí reanudar la tarea) Partí para Taos, en Nuevo México. Llevaba conmigo las hojas en blanco para recomenzar este libro: nadador que se arroja al agua sin saber si alcanzará la otra orilla. (Pag. 329)

18 (Me hubiera gustado) tomar como figura central un personaje femenino... a Plotina en lugar de Adriano (por ejemplo, pero para la credibilidad pública)... La vida de las mujeres es más limitada, demasiado secreta... y ya bastante difícil es poner alguna verdad en boca de un hombre (con mayor razón en una mujer). (Pag. 329)

19 Paso lo más rápido posible sobre (esos) tres años de investigaciones que no interesan más que a los especialistas, y sobre la elaboración de un método de delirio (delirante, complicado de trabajar) que no interesaría más que a los insensatos. (Pag. 330)

20 Con un pie en la erudición y otro en la magia. Más exactamente, y sin metáforas, sobre esa magia simpática que consiste en transportarse mentalmente (la persona del escritor) al interior de otra (el personaje). (Pag. 330)

21 Los que consideran la novela histórica como una categoría diferente, olvidan que el novelista no hace más que interpretar, mediante los procedimientos de su época, cierto número de hechos pasados, de recuerdos conscientes o no, personales o no, tramados de la misma manera que la Historia. (Pag. 330)

22 La novela devora hoy todas las formas: estamos casi obligados a pasar por ella; este estudio sobre la suerte de un hombre que se llamó Adriano hubiera sido una tragedia en el siglo XVII y un ensayo en el Renacimiento. (Pag. 340)

23 Todo se nos escapa. Y todos. Hasta nosotros mismos. La vida de mi padre me es tan desconocida como la de Adriano. Mi propia existencia, si tuviera que escribirla... debería remitirme a ciertas cartas, a los recuerdos de otros (a las cosas recordadas por otros), para fijar esas imágenes flotantes... (he tenido que) ingeniármelas para que las lagunas de nuestros textos, en lo que concierne a la vida de Adriano, coincidan con lo que hubieran podido ser sus propios olvidos... Lo cual no significa, como se dice con demasiada frecuencia, que la verdad histórica sea siempre y en todo inasible. Es propio de esta verdad lo de todas las otras: el margen de error es mayor o menor. (Pag. 331)

24 Las reglas del juego: aprenderlo todo, leerlo todo, informarse de todo, y, simultáneamente, adaptar a nuestro fin... el método del asceta hindú que se esfuerza, a lo largo de años, en visualizar con un poco más de exactitud la imagen que construye en su imaginación. Rastrear a través de millares de fichas la actualidad de los hechos. (Esforzándose en conciliar ideas opuestas), más que en anular la una por medio de la otra... (Y ver) una realidad convincente porque es compleja, humana porque es múltiple. Tratar de leer un texto del siglo II con los ojos, el alma y los sentimientos del siglo II; bañarlo con esa agua madre que son los hechos contemporáneos... deshacerse de las sombras que se llevan con uno mismo... impedir que el vaho de un aliento empañe la superficie del espejo; atender sólo a lo más duradero, a lo más esencial que hay en nosotros... como puntos de contacto con esos hombres que, como nosotros... gozaron, pensaron, envejecieron y murieron. (Pag. 331 y 332)

25 El tiempo no cuenta. Siempre me sorprende que mis contemporáneos, que creen haber conquistado y transformado el espacio, ignoren que la distancia de los siglos puede reducirse a nuestro antojo. (Pag. 331)

26 Hice revisar por médicos varias veces los breves pasajes de las crónicas que se refieren a la enfermedad de Adriano (que llamaban hidropesía coronaria) No muy diferentes, en general, de las descripciones clínicas de la muerte de Balzac... para comprender y mejor utilizar un comienzo de enfermedad del corazón. (Pag. 333)

27 En presencia del actor ambulante que llora por Hécuba, a quien representa, fallecido tres mil años antes, se pregunta Hamlet: “¿quién es Hécuba para él?”  Y Hamlet no tiene más remedio que reconocer que ese comediante que derrama lágrimas (por su personaje) ha logrado establecer con esa muerte una comunicación más profunda que la de él mismo con su padre enterrado la víspera... (Pag. 333)

28 La sustancia, la estructura humana apenas cambian. Pero hay épocas en las que el calzado deforma menos. En el siglo del que hablo, estamos aún muy cerca de la libre verdad del pie descalzo. (Pag. 333)

29 El analista imparcial de los hechos humanos se equivoca por lo común bastante poco sobre el desarrollo ulterior de los acontecimientos... en general, sólo es por orgullo, por grosera ignorancia o por negligencia, como nos negamos a ver en el presente los lineamientos de las épocas futuras. (Pag. 334)

30 Todo lo que podría decirse sobre el temperamento de Antínoo está inscrito en la menor de sus imágenes. Shelley, con el admirable candor de los poetas, dijo en pocas palabras lo esencial: “fue de ternura ansiosa y apasionada; / afeminación hosca, mimosa y consentida”... Los retratos (que nos quedan) de Antínoo abundan y van de lo incomparable a lo mediocre. (Caso) único en la antigüedad, de supervivencia y multiplicación en la piedra de un rostro que no fue ni el de un hombre de Estado, ni el de un filósofo, sino simplemente el de alguien que fue amado... (algunas de esas imágenes están deterioradas por el maltrato porque)... así sufren los dioses la locura de los hombres. (Pag. 335 y 336)

31 Fue sólo al estudiar a Flegón, secretario de Adriano, cuando supe que se debe a este personaje olvidado la primera y una de las más bellas historias de aparecidos, esa sombría y voluptuosa Novia de Corinto en la que se inspiró Goethe y (también) Anatole France en las Bodas corintias. (Pag. 338)

32 Los que hubieran preferido un Diario de Adriano a las Memorias de Adriano olvidan que el hombre de acción muy rara vez lleva un diario; no es sino mucho después, al llegar a un período de inactividad, cuando se pone a recordar, anota y por lo común se asombra. (Pag. 339)

33 1949: Cuanto más me esfuerzo por lograr un retrato fiel, más me alejo del hombre y del libro que podrían agradar. Sólo podrán comprenderme algunos pocos que se apasionan por el destino humano. (Pag. 340)

34 Este libro es la condensación de una enorme tarea hecha sólo para mí... (los borradores) hubieran formado un volumen de millares de páginas. Pero quemaba por la mañana el trabajo de cada noche. Escribí así enorme cantidad de meditaciones muy obtusas, y algunas descripciones bastante obscenas. (Pag. 340)

35 Grosería de los que dicen: “Adriano es usted”. (Más aún) de los que se sorprenden de que yo haya elegido un tema tan lejano y extraño. El hechicero (que evoca las sombras del más allá) sabe que las voces que le hablan son más sabias y más dignas de atención que sus propios gritos. (Pag. 341)

36 Me di cuenta muy pronto de que estaba escribiendo la vida de un gran hombre. Por lo tanto, más respeto por la verdad, más cuidado, y, en cuanto a mí, más silencio... de alguna manera, toda vida narrada es ejemplar... lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue. (Pag. 341 y 342)

37 En una noche glacial (decembrina)... en el silencio casi polar de la isla de los Montes Desiertos en Estados Unidos, traté de revivir el calor, la sofocación de un día de Julio del año 138 en Bayas: el peso de su túnica en las piernas lentas y cansadas, el ruido casi imperceptible de un mar sin marea que bañaba a un hombre absorto en los rumores de su propia agonía. Traté de llegar hasta el último trago de agua, el último malestar, la última imagen. Al emperador sólo le quedaba morir. (Pag. 342)

38 La verdad no es pura... En ocasiones, aunque no a menudo, me asaltaba la impresión de que el emperador mentía: y entonces tenía que dejarle mentir, como todos hacemos. (Pag. 340)

39 No he dedicado a nadie este libro. Tendría que habérselo dedicado a G. F. (Grace Frick), y lo hubiera hecho si poner una dedicatoria personal... no me hubiera parecido una suerte de indecencia... (porque) aun la dedicatoria más extensa es una manera bastante incompleta y trivial de honrar una amistad fuera de lo común... debe existir alguien, siquiera en el trasfondo, en la aventura de un libro bien llevado o en la vida de un escritor feliz, alguien que no deje pasar la frase inexacta o floja que no cambiamos por pereza; alguien que tome por nosotros los gruesos volúmenes de los anaqueles de una biblioteca para que encontremos alguna indicación útil y que se obstine en seguir consultándolos cuando ya hayamos renunciado a ello; alguien que nos apoye, nos aliente, a veces que nos oponga algo; alguien que comparta con nosotros con igual fervor, los goces del arte y de la vida, sus tareas siempre pesadas, jamás fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni nuestro reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por sí mismo; alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos. (Pag. 343)

40 ...Los recuerdos de mi propia vida. Nuestro intercambio con los demás no se produce más que por un cierto tiempo; se desvanece una vez lograda la satisfacción, la lección sabida, el servicio obtenido, la obra acabada. Lo que yo era capaz de decir ya está dicho; lo que hubiera podido aprender ya está aprendido. Ocupémonos ahora de otras cosas (y otros libros). (Pag. 347)

41 (Fui asesorada por eruditos que compartieron conmigo sus conocimientos y, más que eso, su afición por el personaje) un círculo de espíritus vinculados por las mismas simpatías y las mismas inquietudes (que) se forma a través del tiempo... muchos de ellos se han ofrecido espontáneamente a rectificarme un error, a confirmarme un detalle, a sostener una hipótesis, a facilitar una nueva investigación; les quedo aquí sumamente agradecida. Todo libro reeditado debe alguna cosa a sus lectores honrados. (Pag. 344)

42 (Como dijo Yeats): “Es a mí mismo a quien corrijo al retocar mis obras”. (Pag. 344)

43 En la Nota registra la autora los libros (bibliografía) que le sirvieron para documentarse y, de manera inusual, aclara qué tanto (mucho o poco) tuvo que modificar esa información para adaptarla a la historia que pretendía contar. (Pag. 349 a 367)