domingo, 23 de abril de 2017

201. Gabo -GGM-, melómano empedernido

DÍA DEL IDIOMA

(Nota introductoria:
El 23 de abril de cada año se celebra el Día del Idioma Español. Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Marco Fidel Suárez, Manuel Mejía Vallejo, el Inca Garcilaso de la Vega, Teresa de la Parra, Josep Pla, Mircea Eliade, y Alejo Carpentier, entre otros, están vinculados con esta fecha en sus hitos biográficos de nacimiento o muerte. Es este un momento propicio para hablar de Gabriel García Márquez, nuestro Premio Nobel de Literatura, y su relación con la música; porque, como se sabe, él era un melómano que gustaba de ella, y la disfrutaba, y sabía del tema; lo que encaja para hablar de ello en la Tertulia Musical de Amigos del Salón Málaga, que el 7 de marzo de 2017 celebraron 10 años de estar reuniéndose en este tradicional lugar de Medellín para hablar sobre su afición).

1. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y LA MÚSICA

Gabriel García Márquez, GGM, era don Gabriel para sus colaboradores, el maestro Gabriel para sus discípulos, García Márquez Gabriel para los registradores del estado civil, García Márquez para los admiradores, y simplemente Gabo para sus íntimos y para los que nunca lo tratamos pero somos un poquito confianzudos. No es el único escritor colombiano de su generación, pero sí es uno de los grandes; a despecho de quienes no lo admiran, que también los hay. Por cierto que si el cubano Alejo Carpentier no se hubiera muerto el 23 de abril de 1980, el Premio Nobel de Literatura hubiera sido para él y no para García Márquez.

Debo hacer una advertencia. Algunos son partidarios de la norma de respetar las palabras de las personas tal como salen de su boca o como las escriben (sic); mientras unos pocos opinamos que no siempre hay que tomar las cosas textual o literalmente. Yo defiendo mi tesis, y la aplico, en el sentido de que lo importante no es la forma como se dice, sino el fondo de lo que se quiso decir “según el contexto”. Para interpretar lo que dice el otro, es muy importante tener en cuenta el contexto. Pongo un ejemplo: si alguien, al responder una entrevista escrita, escribe la expresión “me llega al corason”, con ese y sin tilde; para mí es evidente que lo que quería escribir era la palabra “corazón”, con zeta y con tilde, y así la escribo en la transcripción que yo hago. Tal vez no tenga importancia, o tal vez sí, pero cuando Jesucristo dijo que “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que un rico entrar en el reino de los cielos” (Mateo 19:24), no se estaba refiriendo al ojo de la aguja de una máquina de coser Singer, sino a la ventana ovalada en los torretes por donde los camelleros les hacían meter la cabeza a los camellos para que comieran el pasto, y cuando se reducía el montículo los camellos hacían esfuerzos por meter el resto del cuerpo para alcanzar las últimas briznas. No me voy a poner en la tarea de corregir los Santos Evangelios, pero sé lo que Jesús quiso decir aunque, como dijo García Márquez, refiriéndose a otra cosa, “… eso es inexacto; pero para mí cosas de los historiadores no me interesan verdaderamente… no hay nada de malo en forzar un poco la Historia”. Y en sus memorias tituladas “Vivir para contarla” dijo también que “La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”, lo que equivale a decir que “Las cosas no son como sucedieron, sino como uno las recuerda”.

García Márquez y la música es un tema que ya ha sido estudiado, y sobre él di una charla hace un tiempo en la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia; y, en abril de 2014, publiqué un artículo en mi blog Postigo de Orcasas con el título: “46. Gabriel García Márquez y la música, –homenaje a Gabo–”, artículo que es la esencia de estas charlas.

Gabriel García Márquez en su artículo “Bueno, hablemos de música”, publicado el 1º de diciembre de 1982, escribió que “Lo único mejor que la música, es hablar de música”. Este comentario es recogido por muchos y citado tal cual, entre ellos el periodista Jaime Andrés Monsalve Buriticá para la revista Cromos en artículo publicado el 19 de abril de 2014 con el título de “Gabo y la música”. Pienso que esta es una ligereza del Nobel porque no le veo sentido lógico a que sea mejor hablar de música que oírla, y que lo que él realmente quería decir era que “Lo único mejor, después de oírla, es hablar de música”. Para mí, oír música tiene que ser mejor que hablar de ella. Primero, lo primero.

[Ver el video # 1 con el tango “Volver”, de la película “El día que me quieras” de 1935, filmada por Carlos Gardel en los Estudios Paramount de los Estados Unidos]:


2. DR. LUCIANO LONDOÑO LÓPEZ: 
EL TANGO Y GARDEL EN LA OBRA DE GARCÍA MÁRQUEZ

Me interesé en el tema, en primer lugar, a raíz de una conversación que sostuve con el Dr. Luciano Londoño López, quien publicó el artículo titulado “El tango y Gardel en la obra de García Márquez”, en el que recoge apuntes de lectura relacionados con este género musical, artículo que puede leerse en el siguiente enlace:


De ese trabajo he recogido información que comparto con ustedes en este subtítulo, y en él refiere el Dr. Lucio que el mismo día en que salió la novela “El amor en los tiempos del cólera” él la adquirió y la leyó en dos días, escribiendo a varios medios periodísticos para advertir que no es cierto que Carlos Gardel hubiera estado en Colombia en el año de 1914, como dice la novela. Eso le valió un regaño anónimo de García Márquez en un reconocimiento público que hizo al periódico El Tiempo:

…El libro apenas había aparecido cuando alguien me reprochó que por ahí aparece Gardel en Colombia alrededor de 1914, y que eso es inexacto; pero para mí esas cosas de los historiadores no me interesan verdaderamente. Gardel es un ídolo enorme en Colombia, muy querido y venerado (…) y su fama empezó muy temprano. Quizás diez años después, pero eso no importa; no hay nada de malo en forzar un poco la Historia y poner allí a Gardel”.

En realidad Gardel estuvo en Colombia veinte años después de 1914, por una sola vez, en el año de 1935.

En su biografía “Vivir para Contarla” habla García Márquez, según reseña Luciano, de la muerte de Gardel. Dice allí que días antes él había cantado, acompañado de unas señoritas Echeverri, pianistas bogotanas, el tango “Volver”. Eso nos muestra a García Márquez en la faceta de cantante de ¡tangos! Toda una novedad. De hecho es una novedad saber que Gabo cantara en público; pero se sabe también que en algún momento lo hizo para ganarse la vida en París. Yo hubiera creído que, como cantante, era malo y desafinado, pero no. Gabo le dijo al periodista cubano Rafael Lam, que él se había ganado la vida por unos días cantando rancheras en el Cabaret L´Scala de París, y de la experiencia de los malos tiempos queda un disco grabado a dúo con el novelista mexicano Carlos Fuentes y con intervención de Julio Cortázar cantando un tango para ese disco. Vender CDs con la voz de uno ya es meritorio, y oí decir que en ese entonces lo hicieron cantando ¡rancheras! Tal CD debe ser una joya de colección que no muchos deben tener en su poder, y no hay señales de él en You Tube.

Florentino Ariza, el personaje del “Amor en los Tiempos del Cólera”, le reconoció al Dr. Juvenal Urbino que él era admirador de Carlos Gardel “Que está de moda”. Dijo Gabo en “Vivir para Contarla” que: 

“Mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel, que contagiaron a medio mundo. Me hacía vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda, y no necesitaba demasiadas súplicas para que soltara un tango a todo pecho”. 

En esta autobiografía habla Gabo de haber visto “las películas argentinas de Gardel y Libertad Lamarque”, pero no contó con el ojo avizor del Dr. Lucio que con toda razón afirmó que “La única película argentina de Carlos Gardel es "Flor de durazno" (Buenos Aires, 1917), la cual es muda. Es casi seguro que en Colombia nunca se vio”. Obviamente no se trataba de las tan conocidas diez películas de Gardel cantando, que se filmaron por Estudios Paramount en Francia y Estados Unidos; ni de los diez cortometrajes (especies de videoclips de tangos dramatizados) que se filmaron en Argentina en el año de 1930, porque ese ya es otro cuento. 

Habla García Márquez de Guillermo Granados, su condiscípulo de bachillerato en Zipaquirá, que “daba rienda suelta desde el amanecer a sus virtudes de tenor, con su inagotable repertorio de tangos”. 

En “Textos Costeños”, dice García Márquez que: 

“Medellín es una ciudad aficionada al tango. Creo que en ningún otro lugar fuera de la Argentina tiene más acogida esa música trágica en la que siempre muere alguien, y no precisamente de muerte natural”. 

En “Julio Cortázar, el argentino que se hizo querer de todos” dice Gabo que: 

“…Lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vedada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo”. 

Aquí hace un reconocimiento de ser un dedicado escuchador de tangos, lo que le permitió aprender a entender el lenguaje lunfardo.

En “Memoria de mis putas tristes” dice el personaje de García Márquez que:

“Cantábamos... boleros de Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar (…)". 

En esta misma novela el personaje habla de: 

“Una noche de carnaval en que bailaba un tango apache con una mujer fenomenal, a la que nunca le vi la cara”.

[Escuchar a “Juancito Trucupey” (corte #1), de Luis Kalaff, interpretado por Celia Cruz con la Sonora Matancera, uno de los temas que le gustaba a Gabo]:


3. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y LA MÚSICA, ARTÍCULO NRO. 46 DEL BLOG POSTIGO DE ORCASAS

Dijo alguien y los demás repetimos, porque es verdad:  

“La grandeza de Gabo es su universalidad”.

Cuando leo, escribo, o duermo; es decir, casi todo el día; me gusta oír música clásica de la emisora cultural Radio Bolivariana FM Estéreo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, por una razón: no me distrae de mis actividades, no me interrumpe… Me explico: si estoy en sueño profundo a medianoche y suena Celia Cruz con la Sonora Matancera golpeando mi cerebro con su “No sé qué tiene tu voz que fascina, no sé qué tiene tu voz, tan divina”… se me espanta el sueño y los ojos se abren como dos pepas de asombro. Si estoy escribiendo o leyendo, se me escapan las ideas porque la voz de esa mujer lo llena todo–. Me llamó la atención una entrevista que le hicieron (Tintas y tintos de UN Radio, la emisora cultual de la Universidad Nacional de Bogotá) al polémico y provocador escritor colombiano, residente en México desde hace cuarenta años, Fernando Vallejo. Es fanático de la música clásica de Christoph Willibald Glück que lo acompaña, junto con los perros callejeros que recoge en su soledad ahora que se enclaustra en su apartamento. Pero la música que le llega al alma, la de oír cuando no lee ni escribe, es la de la Sonora Matancera acompañando los boleros de Daniel Santos y Bienvenido Granda. ¡Quién iba a pensarlo!

Me sorprendió escuchar que a Gabo le pasaba lo mismo. De oír música clásica cuando escribía. Y reconoció haber sido acompañado por la música de Los Beatles cuando escribía “Cien años de soledad”. 

En “El amor en los tiempos del cólera” hace referencia a “La Chasse”, de Mozart, a “Don Giovanni”, a “Tannhaüser”, a “La muerte y la doncella”, de Schubert. En otro lugar se refiere al canto desgarrador de “In questa tomba oscura” y al vals de “La diosa coronada”, vallenato de Leandro Díaz al que está dedicada la obra; al aria “Adiós a la vida”, de “Tosca”, a Enrico Caruso y su capacidad de romper cristales con la voz y a “When wake up in glory”, canto funerario de Louisiana. En alguna ocasión escribió un artículo o crónica periodística sobre el vallenato y en otra escribió sobre el bolero, según me dicen. También escribió el artículo “Bueno, hablemos de música” que fue publicado en la revista “La Canción Popular #19 de 2005”, en Puerto Rico.

“Pienso que la música popular también es culta, aunque de una cultura distinta, pero si sólo pudiera llevarme un disco a una isla desierta, no dudaría un solo instante: La Suite #1 para chelo, de Juan Sebastián Bach”.(1)

[(1). Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico].

[Escuchar “La piragua” (corte # 2), cumbia de José Barros, interpretada por Barros con Los Gavilanes de El Banco].


Muchos quisiéramos ganar el Nobel para tener dinero y ser famosos. El sueño de Gabo –reconoció en Caracas a Manuel Mejía Vallejo cuando éste ganó el Premio Rómulo Gallegos– era otro:

“Aspiro a ser un hombre común y corriente”.

No podía serlo. Lo perseguía una nube de periodistas y mariposas amarillas como la doña Maribucha que se inventó Guillermo Díaz Salamanca:

“¡Ay, Gabito!, ya que estás por aquí, ¿por qué no nos regalas tu autógrafo en esta servilleta?”.

Un hombre que tenía pensado ir a recibir el Premio Nobel y a hacerle venias al Rey de Suecia vestido con camisa guayabera caribeña, pero se decidió por hacerlo con el traje llanero liqui liqui; y que se hizo acompañar de Rafael Escalona y los Hermanos Zuleta, no sólo se habrá pegado quién sabe cuántas escapadas a contratar merenderos vallenatos, sino que fue acunado por la música de acordeones y guacharacas. No hay que dudarlo. Antes del premio podía hacerlo, pero después no. De El Universal de Cartagena tomo este párrafo: 

“Ser Gabriel García Márquez debe ser muy difícil. Quizá le es igual de incómoda la sapería o lagartería de nacionales y extranjeros, que la inquina de sus detractores. Durante el almuerzo de la Sociedad Interamericana de Prensa en Cartagena, fue asediado de manera inmisericorde, grotesca, por una fanaticada que no lo dejó en paz ni un minuto. No dudamos de que en privado ha recibido propuestas y peticiones abusivas de quienes se esperaría delicadeza. Es suficiente para mosquear hasta al más ecuánime”.(2)

[(2). Editorial de El Universal, de Cartagena, miércoles 28 de marzo de 2007].

De ahí su explicación de por qué no volvió a visitar su natal Aracataca, dada a Heriberto Fiorillo en México en entrevista publicada por Cromos y El Espectador con el título de “Gabo, un día después del Nobel”:


“Fíjate, sin embargo, que yo podría llegar a Aracataca de la manera más natural, y visitar gente y amigos. Pero, ¿tú sabes lo que es estar en una casa y todo el pueblo en la puerta viéndolo a uno ahí sentado? Yo soy muy tímido para esa vaina”.

Cómo sería la cosa para un hombre de ochenta años que empezaba a arrastrar los pies, que a raíz de la celebración de esa semana en Cartagena, con Congreso de la Lengua y reyes de España a bordo, hicieron una fiesta con todo lo que vale y pesa de Cartagena; lo más granado de la sociedad, como se dice. Asistieron 400 invitados y el único que no llegó fue él.

Me cuentan que estando una vez en el Aeropuerto de Barajas en Madrid, una admiradora lo reconoció en la sala de espera y le dijo:

“Maestro, es usted el más grande poeta de la lengua”.

Se lo topó de buen humor. 

“No, señora, los grandes poetas de la lengua son los juglares del pueblo. Óigame esto”: 

“Me contaron mis abuelos que hace tiempo / navegaba en el Cesar una piragua / que partía del Banco, viejo puerto / a las playas de amor en Chimichagua. / Doce bogas con la piel color majagua, / y con ellos el temible Pedro Albundia, / le ponían a sus remos en el agua / un melódico crujir de hermosa cumbia”.

Chispas quedaría viendo la señora extranjera mientras averiguaba dónde diablos queda Chimichagua, quién diablos era el temible Pedro Albundia, y cómo diablos es la piel color majagua. 

“Perdí la amistad de algunos escritores sin sentido del humor porque declaré en una entrevista –pensándolo de veras– que uno de los grandes poetas actuales era mi amigo Armando Manzanero”.3

A Gabo le hubiera gustado escribir “Pedro Navajas”, de Rubén Blades, según dijo; y con seguridad también “Juanito Alimaña”, de Tite Curet Alonso:

“Me alegra comprobar, por otra parte, que mi pasión por la música del Caribe está bien correspondida”.(4)

[(3-4). Artículo Bueno, hablemos de música. (op. cit.)].

Encontré en “El coronel no tiene quien le escriba” una expresión de músicos. A nosotros nos puede parecer que entre la orquesta falta el flautista de la semana pasada, o el trombón del otro domingo, pero Gabo dice con términos de conocedor:

De “El Coronel no tiene quién le escriba”:
(…)

Mirando la banda de músicos Aureliano (El Coronel…), “Volteó la cabeza y se encontró con el muerto… envuelto en trapos blancos y con el cornetín en las manos. Pero no lo reconoció porque era duro y dinámico y parecía (dentro del ataúd con el instrumento de cobre, debiendo estar entre la banda)... tan desconcertado como él… La banda inició la marcha fúnebre. El coronel advirtió la falta de un cobre y por primera vez tuvo la certidumbre de que el muerto estaba muerto”.  (páginas 6 -7)

Para decirle “cobre” a una corneta, y para distinguir que se trata de un cornetín, se necesita ser músico así sea de oídas. 

[Escuchar “Jaime Molina” (corte # 3), vallenato de Rafael Escalona interpretado por Carlos Vives]:


Alguna vez Gabo reconoció a Marco Aurelio Álvarez de Radio Cadena Nacional RCN su admiración por la Sonora Matancera y en especial por Bienvenido Granda a quien no sólo admiraba enfundado en sus guayaberas caribes, sino que hasta lo imitaba con su bigote que escribe. La admiración de Gabo por la música de la gente caribe fue grande y viceversa, él mismo lo reconoce. Tenía que serlo. Uno no puede vivir temporadas en México y en Cuba sin oír música todo el día y en todas partes, sin impregnarse de melodías de pueblo. A cualquier niño que nazca, crezca, y envejezca en la Costa Caribe colombiana, llámese Aracataca, Barranquilla, o Macondo, le es imposible hacerlo a punta de canciones de cuna gregorianas con esa mano de vecinos compitiendo a cual pone sus vallenatos a mayor volumen. La primera música que Gabo mamó fue el vallenato, de eso no nos quepan dudas. Y eso cuando aún no había sido llevado por su abuelo el coronel Nicolás Márquez a conocer el hielo y la música no se oía en discos sino de viva voz con acordeones regados por todos lados y guacharacas. 

Escalona habla de su amigo Gabo. Hay una foto en la que aparecen los dos con Álvaro Cepeda Samudio y el pintor Jaime Molina al que Escalona dedicó su vallenato (“Recuerdo que Jaime Molina me dijo que si yo moría primero él me haría un retrato, pero que si él moría primero le cantara un son”):

“Gabo y yo nos conocimos cuando estábamos en edad de mirar muchachas… Es uno de los mejores cantantes de vallenato que yo haya conocido. No lo digo por complacerlo, sino porque en nuestras parrandas en Valledupar y en La Guajira, aunque él era flojo para asuntos de trago, se emocionaba mucho y de pronto se ponía a cantar… Un día nos encontramos en Barranquilla y me invitó a La Cueva, donde se escuchaba mucho vallenato. Su entusiasmo por los vallenatos está expresado en sus libros”.(5)

[(5). Artículo El Vallenato. Rafael Escalona en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007].

Allá se reunían a hablar de música y a contratarla con merenderos. Heriberto Fiorillo ha tratado de rescatar el lugar con objetos, decoraciones, etc. y ha podido hacerlo con todo menos la gente que lo habitaba, porque ya no asoma por allá, ni son los mismos. 

“Era un sitio en el que se podía beber ron, alternar con cazadores y toda suerte de parroquianos sin pretensiones… mantener un clima de festiva bohemia los blindaba del peligro de convertirse en aquello que detestaban”. 

Ha cambiado: 

“El otro día el Pato Abello y yo intentamos almorzar allí. Al recibirnos, alguien nos preguntó si teníamos reserva. Cruzamos miradas con el Pato, y huimos instintivamente”.(6)

[(6). Artículo En La Cueva. Armando Benedetti Jimeno en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007].

“Aquel fanatismo enciclopédico fue el principio de una gran amistad. Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes con los cuatro discutidores, que se llamaban Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los primeros y los últimos amigos que tuvo en la vida”.

En la vida real se reunían en la librería del catalán don Ramón Vinyes: Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas Cantillo, Alfonso Fuenmayor y Gabriel García Márquez, lo que se denominaría “Grupo de Barranquilla” o de “La Cueva” (página 301 de “Cien años de soledad”). También José Félix Fuenmayor, Alejandro Obregón, Orlando "Figurita" Rivera, Fanny Buitrago, Plinio Apuleyo Mendoza.

Heriberto Fiorillo reunió en La Cueva de Barranquilla a un grupo de familiares y amigos para celebrarle a Gabo los 80 años:

“Durante su visita a La Cueva, semanas atrás, Gabriel García Márquez va a las vitrinas donde reposa un centenar de libros que alguna vez engrosaron la biblioteca familiar de José Félix y Alfonso Fuenmayor. Su hermana Ligia aprovecha el paso del escritor junto al piano para pedirle que cante O sole mío. Gabito está más interesado en los títulos de los libros que en el canto y se niega. Tras los vidrios de la estantería, hay obras de Faulkner, de Mutis, de Steinbeck, de Lawrence Stern, y Graham Green, que roban su atención; pero ya la pieza operática ha empezado en las voces de varios amigos cuando, envuelto en el sentimiento colectivo, el colombiano ilustre se pone la mano en el pecho y, mirando a Salvo Basile, que parece liderar a los cantantes, demuestra cuánto sabe de la música y la letra de ese disco inmortalizado por el gran Caruso. Gabo canta firme, con la mano en el pecho, la misma mano que levanta al infinito en el envión final. “Esta la cobro cara”, exclamará luego, entre aplausos”. (7)

[(7). Artículo Una visita a La Cueva. Heriberto Fiorillo en El Heraldo de Barranquilla, junio 8 y 15 de 2007].

[Escuchar “O sole mío” (corte # 4), versión de Enrico Caruso]:


Hay que reconocer que quien se le mide a cantar O sole mío, ¡Tiene valor!

Uno tiene en casa boleros, tangos, música vieja, joyitas de la Sonora Matancera y, como dije, no los oye para que no interrumpan el trabajo. Pero cuando llega algún amigo, entonces sí: “déjame ponerte éste, qué opinas de este otro, y éste qué te parece”. Saca sus descrestes del baúl y ya hay tema para conversar. Pues bien, quién sabe cuántas veces se habrán sentado Gabo y Escalona a hablar de música vallenata y de los fríos días en el internado de Zipaquirá en que Gabo se reunía con paisanos a soplarle acordeón a la nostalgia. Y no sólo acordeón: 

De esos tiempos me viene el gusto por la música cachaca–dice, refiriéndose a los boleros de Bienvenido Granda. 

La colección de música del Caribe es, de todas, sin excepción, la que más me interesa. Desde las canciones ya históricas de Rafael Hernández y el trío Matamoros… y, por supuesto, la que más ha tenido que ver con mi vida y con mis libros: los cantos vallenatos de la costa del Caribe colombiano… fue Daniel Santos quien divulgó algunas canciones que estuvieron de moda hace muchos años sin que nadie supiera que eran de Curazao con letra de papiamento" (Panamá me tombé, Panamá me tombé, Panamá me tombé…).(8) 

[(8). Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico].

[Escuchar “Panamá me tombé” (corte # 5), canción del folclor haitiano en lengua creole, versión de Daniel Santos con la Sonora Matancera]:


Cuando se me atraviesa en el camino algún pontífice dogmático, de esos que creen sabérselas todas sin dar lugar a discusión, suelo pensar en el Papa Urbano VIII y su corte de cardenales que en el año de 1633 estuvieron a punto de llevar a Galileo Galilei a la hoguera inquisitorial del Santo Oficio porque afirmaba que la Tierra era redonda, y eso para ellos no sólo era un error sino una herejía, una blasfemia. Pues bien, eso me da lugar a decir que “zapatero, a tus zapatos” y que, a la hora de la verdad, no hay nadie infalible. Ni el Papa. Aquí Gabo afirmó que Daniel Santos grabó canciones de Curazao en papiamento, pero no. Panamá me tombé y Caolina Cao (Carolina Caro) son canciones haitianas y su letra está en creole. De la letra de Carolina Caro no he podido obtener traducción, pero sé que la otra habla del presidente Florvil Hippolite que en 1896 llegó a la región de Jacmel ataviado con un sombrero de Panamá hecho en el Ecuador, y al apearse del caballo una ráfaga de viento le tumbó su “panamá”; hecho que en el vudú haitiano es considerado de mal agüero, y poco después un infarto lo mató. A propósito de agüeros en el vudú haitiano, recordemos que Daniel Santos nació el 6 de junio de 1916, según figura en los registros civiles de nacimiento, pero el houngan o sacerdote consultado recomendó a sus padres cambiar la fecha por el 6 de febrero de 1916; y así figuró extraoficialmente, lo que ha dado lugar a muchas confusiones biográficas.

Volviendo al vallenato, no olvidemos que para los vallenatos todo lo que no sea del Valle de Upar es cachaco, incluyendo a los curramberos, y por eso cuando queda como rey vallenato Adolfo Pacheco, o cualquier otro afuereño reclaman a Rafael Escalona, fundador del festival, como en la canción “Festival Vallenato” de Luis Francisco Mendoza:

“Quisiera preguntarte, Rafael, por ese festival que has elegido tú para el pueblo vallenato… pues tu comportamiento contrasta con él… y no tendrán palabras pa´ exigirte que el nuevo rey sea un barranquillero”. 

Uno no puede ser amigo de un compositor como Escalona y hablar de otra cosa.

Tal como le ocurrió a Astor Piazzolla con sus tangos de vanguardia y le está ocurriendo a los que graban tangos electrónicos con acompañamiento de computador (Claro que exageran. Hace poco oí un montaje de Carlos Gardel con “Ere dos dedos –R2D2– Artudito”, el robot moderno, haciéndole la segunda voz). Los vallenatos se disgustaron con Carlos Vives por considerar que el vallenato que Vives canta es distinto del vallenato que ellos llaman clásico y al que tienen acostumbrados sus oídos. En tiempos de un Gabo anónimo, Escalona empezaba a ser conocido. Ya Guillermo Buitrago había grabado El Bachiller y algún otro tema. Pero por una de esas manías de regionalismo que todavía existen pero eran agudas en esos tiempos, se opusieron a Buitrago y calificaron su música de romántica, cachaca y cursi. Les pareció corroncha porque Buitrago no podía negar su ancestro paisa y es que en asuntos de música, como en tantas cosas, juega un papel importante la idiosincrasia.

“Un oficial en uniforme de campaña, sonrosado, con lentes de cristales muy gruesos y ademanes ceremoniosos, hizo a los centinelas una señal para que se retiraran… Úrsula reconoció en su modo de hablar rebuscado la cadencia lánguida de la gente del páramo, los cachacos” (página 147, Cien años de soledad). 

Diría uno que los costeños son sueltos y desabrochados y los cachacos están enfundados en chalecos con leontina y sacos de paño. Que los unos escuchan vallenatos mientras los otros escuchan a Beethoven. Eso no es cierto porque hay especímenes raros en todas partes y recuerdo a un oftalmólogo casado con una dama española, el doctor Afranio Restrepo Córdoba, que conservaba de sus estudios en Barcelona la costumbre de vestir estrictamente de saco y corbata ¡en ese calor de Valledupar! Bebía con su mujer una botella de vino tinto en el almuerzo como si todavía estuviera en Europa. El doctor Habib Molina, abogado, que era vallenato de nación de martes a jueves y cachaco por adopción en Bogotá los fines de semana, al lado de su familia capitalina; no renunciaba a la corbata y se limitaba a ponerse o quitarse el saco en las escalerillas del avión. Otro, el doctor Carlos Romero, cuñado de don Efraím Quintero, que era como solemos decir por aquí “una dama” no por sus amaneramientos, que no los tenía, sino por su cultura exquisita que lo hacía oír música clásica todo el día, a un volumen vergonzante, cuando sus vecinos del restaurante “Rico-Pollo” al frente molían vallenatos a lo que les daba el pick up. Don Ramón de Zubiría, un lord tan cachaco como el Dr. Abelardo Forero Benavides. Don Ibero “Íber”, y su hermano Jaime Jr. Mercado Pacheco, que exudan cultura por los poros y se ven frecuentemente encachacados. Entonces de Gabo, un hombre que se negó a vestir de frac para recibir el Premio Nobel y se mandó a hacer una guayabera liqui-liqui, ¡Cómo no imaginar sus noches de bohemia currambera con pura música Caribe!  

“Si Agustín tuviera su año (de muerto) me pondría a cantar”, dijo la mujer, mientras revolvía la olla donde hervían cortadas en trozos todas las cosas de comer que la tierra es capaz de producir. “Si tienes ganas de cantar, canta”, dijo el coronel, “es bueno para la bilis”. (página 12, El Coronel no tiene quien le escriba).

Para Gabo cantar daba una medida del descomplique alegre, y el no hacerlo era muestra de una triste severidad de ánimo:

“La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar...” (página 58, Cien años de Soledad).

José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo, le cantaba a la pequeña Amaranta canciones de cuna; Remedios Moscote cantaba todo el día y fue esa alegría suya lo que más extrañaron cuando murió; Pilar Ternera cantaba en el patio con la tropa, etc.

[Escuchar “Los cien años de Macondo” (corte # 6), versión de Rodolfo Aicardi, con Los Hispanos]:


La música a García Márquez le venía por herencia, pues según Patricia Lara Salive su padre no sólo fue telegrafista:(9)

[(9). Artículo De cerca y de lejos. Patricia Lara Salive en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007].

Gabriel Eligio García, quien además de telegrafista, homeópata y conservador fue lector obsesivo, poeta y virtuoso del violín… (Esta descripción es la misma del Florentino Ariza de El amor en los tiempos del cólera).

Su hermano Luis Enrique García Márquez, el contador, fotógrafo, guitarrista, cantante y guardaespaldas del trío Los Panchos.

Ligia, la mormona, pianista, eterna enamorada…

Gustavo, el topógrafo, seductor y cantante de tangos…

Gabo, ese optimista irremediable, supersticioso… ese ser bueno que no sabe odiar, ese gran conversador, bohemio, guitarrista, cantante de vallenatos, sones y boleros, chofer que en el carro, a toda y a todo volumen, acompaña las canciones de Vicky Carr, Agustín Lara o Juancito Trucupey; Gabo, ese conocedor de la música, amante de Bartok y bailarín de los buenos.

Pensamos que en Gabo, por tener sangre caribe, con seguridad la música caribeña alegraba sus días aunque ya no pudiera sentarse bajo una palmera de la playa con una botella de cerveza en la mano y un conjunto vallenato cantando sus complacencias, las mismas con las que al otro día se regodeaba recordando mientras recibía las caricias reparadoras de la ducha y lo esperaba un sancocho levantamuertos. No es imaginación mía. Le oí al poeta José Luis Díaz Granados en entrevista para Alberto Duque López, de Nocturna de RCN (Lunes 19 de marzo de 2007, 11.30 pm), que la vez en que fue su vecino de habitación en el Hotel Tequendama, después de algún encuentro de literatos, le oyó cantar “La custodia de Badillo”, con fondo de chorros de agua en vez de acordeones.

[Escuchar “La custodia de Badillo” (corte # 7), versión de Alejo Durán]:


En la celebración de los ochenta años del escritor se oyeron dos o tres, tres o cuatro, vallenatos que compusieron en su honor y fueron interpretados por niños de Valledupar, por sabaneros de la sabana, por curramberos de Barranquilla y, de pronto, hasta por merenderos de Cartagena. Se los aguantó todo el mundo menos él, que ya no estaba para esos trotes. 

A raíz del Nobel, quiso grabar Daniel Santos, “El Jefe” del Perro Negro, con sus doce matrimonios (incluida una colombiana); sus catorce hijos (dos colombianos); y sus cuatrocientas composiciones (entre ellas Despedida); además de las de Pedro Flores, el que le dio el estilo; y muchos acetatos que lo convirtieron en el cantante que más grabó, según le oí al Dr. Ramírez y parece una estadística de Gabriel García Márquez; quiso grabar, digo, un “Homenaje del Jefe a Gabo” (Bogotá, 1983, Antonio del Vilar en Estudios Ícaro) y cantó “El hijo del telegrafista”, incluido en el último larga duración de su vida. 

[Escuchar “Me voy para Macondo” (corte # 8), versión de Rodolfo Aicardi con Los Hispanos]:


Recuerdo también el tema de doña Graciela Arango de Tobón “Me voy para Macondo (Macondo, Macondo, yo me voy para Macondo)”; un disco bailable en homenaje a la mítica tierra inventada por Gabriel García Márquez; y ¡claro está!, “Los cien años de Macondo”, de Daniel Camino Díez-Canseco, aquel de las “mariposas amarillas, Mauricio Babilonia” que cantó Rodolfo Aicardi con Los Hispanos. Astor Piazzolla, “ese señor con alma de muchacho irremediable”, al decir de Luis Alirio Calle, le confesó en una entrevista que en 1975, después de haber leído “Cien años de soledad”, compuso y grabó un tema con el título “Años de soledad”. El tema está incluido en el larga duración de bandoneón acompañado de saxofonistas titulado “Reunión cumbre”. Decía Piazzolla que:

“Ese tema es una especie de gran himno a la tristeza porque “Años de soledad” es eso, casi una letra de tango, tú terminas de leerla y te deja destruido… me gustaría mucho conocer a García Márquez”. 

A García Márquez le gustaban los tangos, tan del alma adolorida del paisa y tan distantes del alegre espíritu caribe, y estoy seguro de que a Gabo también le hubiera gustado conocer a Piazzolla. No sé si lo consiguió.

[Escuchar “Años de soledad” (corte # 9), de Astor Piazzolla. Versión de Mimí Koslowski en francés, según letra y arreglos de Maxime Le Forestier]:


4. RAFAEL LAM, PERIODISTA CUBANO, COLABORADOR DE PRENSA LATINA DE LA HABANA

En entrevista titulada “García Márquez y la música” Rafael Lam dice que:

“El novelista y Premio Nobel de Literatura (1982) es un amante de la música, especialmente la cubana. A través de muchos años he seguido lo más cerca posible esta afición suya”… “El escritor colombiano vino a Cuba por primera vez el 18 de enero de 1959, con los albores de la Revolución… Desde aquella primera vez se incrementó el interés del escritor y periodista por adentrarse en un mundo musical que va más allá del disco, se inserta en los rincones donde la música se crea frente al público: salones de baile, clubs, cabarets, teatros, fiestas. En aquel entonces las fiestas en Cuba eran interminables, herencia que provenía desde la colonia… La vocación de Gabo por la música le viene de su padre que tocaba muy bien el violín en las fiestas y serenatas. Muchas novelas del colombiano se parecen a un vallenato, otras a un bolero, y dice que “Descubrí el milagro de que todo lo que suena es música: autos de las calles, claxons, vocerío... todo”… “Muchos no saben que el escritor se ganó la vida en los años 50 cantando en cafés parisinos, cuando se respiraban en el aire las canciones de Georges Brassens (1921-1981)… Dice que: “Canté profesionalmente para sobrevivir, en el night club L´Scala, para ganar algo con la interpretación de canciones mexicanas, me pagaban un dólar. Por cierto, existe una grabación a dos voces con el novelista Carlos Fuentes”… “Gabo es amigo íntimo de músicos y cantantes, muchos de quienes, cuando visitan México, se hospedan en su casa: “Cuando estoy con mis amigos íntimos no hay nada que me guste más que hablar de música. Soy un melómano empedernido, siempre digo mi lema. Lo único mejor después de escuchar música, es hablar de música. Sigo creyendo que es la pura verdad. He escuchado tanta música como he logrado conseguir. En las discotecas de New York he comprado discos caribeños que no se encuentran en ningún lugar… En México, cuando escribía Cien años de soledad, gastaba los discos de los Beatles, que escuchaba para estimularme. La apoteosis de la nostalgia de la década prodigiosa… Finalmente Cien años de soledad no es más que un vallenato de 450 páginas, realmente es eso. Los músicos andariegos llevaban los vallenatos que eran testimonios de acontecimientos, lo que me dio la idea de este libro”… García Márquez se sonríe cada vez que le digo que sabe más de música cubana que muchos musicólogos cubanos… “Llevo hablando y defendiendo la música cubana muchos años. Cuando nací, en 1927, ya en Cuba había un boom de la música con la explosión de los septetos de son que grababan en New Jersey la RCA y la Columbia, discos que difundían por toda América. Llegaron el Septeto Habanero, el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, los Matamoros; y, después, el bolero que llevaron allá, desde 1932, Pedro Vargas, René Cabel y Los Matamoros.  En 1951 saludé el mambo de Pérez Prado con dos crónicas en El Heraldo de Barranquilla, 12 de enero y 17 de abril de 1951. Pérez Prado, mi gran ídolo de los tiempos. Adoro a Miguel Matamoros, Bienvenido Granda, el puertorriqueño-cubano Daniel Santos (cubano porque se hizo en Cuba) y a toda La Sonora Matancera, ídolos en mi país y en toda América”… “El bolero y la balada son algo muy querido para Gabo, quien en 1985 reveló a la revista Opina de La Habana”: “El bolero expresa sentimientos y situaciones que a mí me conmueven y que sé que a muchísima gente de mi generación la conmovió.  Un bolero puede hacer que los enamorados se quieran más y a mí eso me basta para querer hacer un bolero. Lograr que los enamorados se quieran más, aunque sea un momentico, es culturalmente importante, es revolucionario. La balada española, de la década prodigiosa, es hecha a la medida, son extraordinarias piezas poéticas que se oyen en todas partes, se las sueltas a cualquier intelectual y no tiene la menor idea de quién son las letras. De la calidad de esas letras no hay ninguna duda y sobre todo, creo que yo tengo suficiente autoridad para decirlo, las melodías resisten el paso del tiempo ante toda clase de transformaciones y tratamientos”… “En torno a la salsa, el escritor opina que”: “Cuba, antes de la Revolución, era productor de música que se comercializaba a través del baile, el canto, la radio, el espectáculo. Pero Cuba no recibía los beneficios, porque su música la distribuían las empresas discográficas estadounidenses. El beneficio iba a parar a Estados Unidos.  Hoy, esa música cubana sigue en el mercado, y en primera línea, con el nombre de salsa; que no es más que sones, guarachas cubanas, utilizados por el imperialismo, por los cubanos que residen en el exterior y por puertorriqueños y demás músicos caribeños”… “La última vez que conversé con Gabriel García Márquez, durante el Festival de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana, le pregunté si estaba al tanto de la música bailable actual de Cuba”. “Últimamente no he podido estar muy al tanto, a consecuencia de mi exceso de trabajo –dijo entonces–. La última vez que unos funcionarios del gobierno me llevaron por una gira a Varadero y me preguntaron qué era lo más importante que había observado, les dije que la música cubana. Mira, a mí me gusta echar los carnavales en la calle y, muchacho, ¡qué cantidad de música la que se escucha en Cuba! ¡Con qué autenticidad! ¡Con qué raigambre dentro de la tradición! Si Cuba tuviera una verdadera industria de difusión, estaría barriendo con todo, y lo demostró en el boom de la salsa de la década de 1990 en que dejó a la sombra todo lo tropical bailable”… “Para concluir, pregunté en ese último encuentro con Gabo: ¿Ahora trabaja o escribe?”… “Ya no trabajo con el objetivo pecuniario, sino por el placer y el deber de escribir. El escritor no debe parar nunca, porque quizás no vuelva a escribir otra vez”… “Con relación a la música que se debe difundir de Cuba en el mundo me dijo”: “La que el pueblo quiere, ellos son los que hacen la historia y las revoluciones. No se conquista al mundo por casualidad”.
(Rafael Lam, Agencia Prensa
Latina, La Habana Cuba)

[Escuchar “En la orilla del mar” (corte # 10), bolero con letra y música de José Berroa Rivera, versión de Bienvenido Granda con la Sonora Matancera]:


En otra entrevista, titulada “Hablé con Gabriel García Márquez”, Rafael Lam dice que:
“Gabriel García Márquez estuvo una vez más en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano… A su llegada, en el Mercedes Benz, saludé al famoso escritor, le pregunté como siempre cómo le va con su colección de música cubana… “Como buen colombiano tengo una colección de música cubana que ya es inencontrable en ningún lugar del Caribe, que, sin embargo las he conseguido donde menos pudiera imaginarse, en los mercados de discos en la 10ª. Y la 14ª de Manhattan y, con amigos de la música”. Le pregunté por los discos de salsa y le prometí mi próximo libro que saldrá a la palestra sobre Los Reyes de la Salsa, de toda América. “Acepto la salsa, con la conciencia de que no es una nueva música, sino la continuación exiliada y sofisticada para bien de la música tradicional de Cuba. Cuba fuera una gran potencia, aún mayor, si contara con una industria musical y estuviera en los circuitos de la comercialización, pero el bloqueo no se lo permite. Yo tengo muchos discos de salsa. Rubén Blades me ha hecho el honor de poner música a algunos de mis cuentos. Fue una endiablada aventura. Nada me hubiera gustado más en este mundo que haber escrito la historia tremenda de Pedro Navajas”. Le recordé a Gabriel que su país colombiano era uno de los fieles máximos del bolero y la música cubana. “Tengo conocimientos de que en Medellín, el Dr. García Bedoya atiende el Club de La Sonora Matancera”… 

(Este es un lapsus de la memoria de García Márquez, pues se estaba refiriendo al Dr. Héctor Ramírez Bedoya, quien le había hecho llegar uno de los libros que el médico escribió sobre las Estrellas de la Sonora y bien se ve que a García Márquez le gustó). 

“Yo también soy fanático de La Sonora Matancera, mi bigote se inspiró en el bigote de Bienvenido Granda, cantante de plantilla del conjunto cubano. Colombia tiene un gran mérito que pocos países le disputan, en muchas ciudades existen verdaderos coleccionistas de música cubana”. Hablamos de la estatua de Lennon en La Habana que cumple diez años de estar ubicada en un parque de 17 y 6 en El Vedado, y me dijo que “es un símbolo, un surrealista, el visionario de un mundo mejor –siempre lo digo–. Ellos contaminaron al mundo con una música sencilla, amable. Cuando los escuché por primera vez yo residía en San Ángel, donde no teníamos nada de comodidades, pero había discos negros, de pasta, de los clásicos europeos y el primer disco de Los Beatles, que lo escuchaban hasta escritores como Carlos Fuentes. Todos caímos en la trampa de la nostalgia que colorea nuestras vidas. A partir de entonces nada fue igual, todo fue más natural de lo que era antes. Yo estaba en esa etapa en que se está lleno de ilusiones y esperanzas”. Le recordé al colombiano que siempre ha ido en la vanguardia musical de lo que ha estado pasando en el mundo. Cuando Pérez Prado dominaba el mundo en 1951, el periodista publicaba en El Heraldo de Barranquilla sendas crónicas dedicadas al Rey del mambo. “Dámaso es inmortal, uno de mis ídolos más antiguos y tenaces como consta en esos archivos. El mambo hizo temblar los rascacielos de Nueva York, eso hay que publicarlo para que la gente sepa hasta dónde llegó ese loco sublime. Me alegra saber que se encargan de afirmar mi pasión por la música cubana y del Caribe, muy bien correspondida”. Sigo pensando que, tanto García Márquez como Alejo Carpentier, de no haber sido novelistas, serían los mejores cronistas de la música cubana. Aunque en parte, son de verdad dos especialistas verdaderos de la música cubana y latinoamericana”.
(Rafael Lam, Agencia Prensa
Latina, La Habana Cuba)

[Escuchar “El hijo del telegrafista” (corte # 11), versión de Daniel Santos]:


5. GABO Y EL JEFE

En artículo que escribió sobre Daniel Santos, menciona el periodista Oscar Domínguez Giraldo el hecho de que Daniel Santos y el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez se profesaban mutua admiración pública, que desembocó en que Santos fuera mencionado en la novela “Relato de un náufrago”, y a su vez el Inquieto Anacobero grabara un CD con canciones en “Homenaje del Jefe a Gabo”. Esto es verdad sólo en parte, porque la mención de Daniel en la crónica que García Márquez publicó en una edición del periódico El Espectador del año 1955, que se recogió luego en un libro publicado en 1970, no son palabras de Gabo sino del náufrago Luis Alejandro Velasco recogidas en el capítulo “La noche” de dicho libro. Contando su aventura, rememora Velasco a un fallecido compañero que “…En Cartagena, cuando teníamos franquicia, nos sentábamos en el puente de Manga a la madrugada, mientras Ramón Herrera cantaba imitando a Daniel Santos y alguien lo acompañaba con una guitarra”. Esa mención de Velasco, recogida por García Márquez, fue suficiente para que en Daniel surgiera un interés especial por el escritor, así la admiración que el escritor sentía por el cantante fuera real y fuera anterior a la publicación de dicha crónica.

Cuenta Roberto Llanos Rodado en Al Día.co del periódico El Heraldo de la capital del departamento del Atlántico, en su artículo “Daniel Santos y las huellas que dejó en Barranquilla”, publicado el 14 de febrero de 2016, que Daniel Santos le propuso a Gabo que le escribiera la historia de su vida:


Llanos Rodado cita a Walter Denis, director artístico del casino Pierino Gallo, quien como amigo de García Márquez y a instancias del periodista Edgar “Flash” García Ochoa, sirvió de puente en Cartagena para que en 1985 Gabo y Daniel se conocieran personalmente: 

“Según Denis, Gabo se emocionó mucho con la propuesta del encuentro, y acordaron reunirse a las 8 de la noche en el restaurante Costa Brava… Ambos llegaron vestidos elegantemente de blanco, y hasta se parecían físicamente tal vez por las canas”, dice Flash. “Yo hice la presentación y seguido pregunté: ‘¿Cuál de los dos es el Jefe?’ García Márquez dijo: ‘El Jefe es él, pero yo soy su maestro’. La velada fue a tragos de whisky y picada de mariscos”, recuerda también Flash. Gabo le cantó varios temas a Daniel que este no recordaba, tal vez por los inicios del Alzheimer que lo aniquiló finalmente… Uno de los aspectos destacados de la charla fue cuando Daniel Santos le pidió a García Márquez que le escribiera su biografía. "Gabito le contestó. ‘¿Tú quieres que te haga la biografía? Anota estos teléfonos, me llamas y hablamos’. Gabo le dio como quince teléfonos de todas las ciudades del mundo donde tenía casas. Yo creo que el Nobel le mamó gallo, pero Daniel los apuntó todos”, manifiesta Edgar García Ochoa. La reunión de Gabo y Daniel, se prolongó hasta el amanecer”. 

6. CONCLUSIÓN

El tema es amplio, y el periodista Ubaldo José Elles Quintana escribió una serie de tres artículos para el periódico El Universal de Cartagena. Uno de ellos, el segundo, se titula “Mis encuentros de música del Caribe con Gabriel García Márquez”:


Otro, el tercero, se titula: “Los vallenatos del Nobel Gabriel García Márquez –Un homenaje a su memoria”:


El periodista Agustín Pérez Aldave escribió el artículo publicado por RPP del Perú el 17 de abril de 2014 con el título “Gabriel García Márquez y la música –Genial Gabo en los tiempos del sabor–“, donde dice que el escritor inspiró hasta una ópera.

http://rpp.pe/lima/actualidad/gabriel-garcia-marquez-y-la-musica-genial-gabo-en-los-tiempos-del-sabor-noticia-685392

No hay duda, pues, de que el escritor Gabriel García Márquez fue, como él mismo se definió, un “melómano empedernido”.

[Ver el video # 2, de una parranda privada en Cartagena el 20 de mayo de 2013, que se realizó con la presencia de Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha, y Leandro Díaz. La música estuvo a cargo de Ivo Díaz (hijo de Leandro), Iván Villazón, y Pablo López. El video fue subido a You Tube por Oystein Schjetne de la ONG Fundación Golden Colombia. Un año después fallecería el Premio Nobel].


1. COMENTARIOS 1

De la Sra. Esperanza Camacho Quiñónez: 

“A Gabo le embelesaba la música… entre mis apuntes de la exposición que hice en ASODISCOL de Bogotá el sábado siguiente al fallecimiento del escritor… El martes 30 de septiembre de 2014, durante la entrega del Premio Iberoamericano de Periodismo Gabriel García Márquez, se llevó a cabo un concierto en Medellín de la cantante peruana Tania Libertad, acompañada del acordeonista Julio Rojas, y se informó que era con las canciones preferidas de Gabo. Obviamente que se debió haber dicho que esas eran sólo algunas”:

La lista aparece en el artículo "Canciones que más le gustaban a Gabo", publicado por el equipo de Redacción Cultura del periódico El Espectador el día 2 de octubre de 2014, que puede verse en el siguiente enlace:

http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/musica/canciones-mas-le-gustaban-gabo-articulo-520208

1. Cucurrucucú, Paloma.
2. La diosa coronada, dedicada a Mercedes Barcha, viuda del novelista.
3. Qué sabes tú, el bolero de Myrta Silva.
4. Un popurrí del mexicano José Alfredo Jiménez.
5. La casa en el aire.
6. Cielo rojo, de David Záizar.
7. Nube viajera, bolero de Jorge Massías.
8. Llamarada, de Jorge Villamil.
9. Échame a mí la culpa, de José Ángel Espinoza.
10. La barca, de Lygia Bojunga.
11. El mochuelo, vallenato de Adolfo Pacheco.
12. Por debajo de la mesa, de Armando Manzanero.
13. El pastor, de Miguel Aceves Mejía.
14. La gota fría, de Emiliano Zuleta.
15. Macondo, del peruano Daniel Camino inspirada en ‘Cien años de soledad’.
16. Popurrí de Álvaro Carrillo.
17. La custodia de Badillo.


Interesantes los apuntes de doña Esperanza, que complementan los datos que había recabado para esta charla; e interesante el artículo del Sr. Carlos Marín Calderón para la revista Semana.com titulado “El día que Gabo cantó Elegía a Jaime Molina”, que puede verse en el siguiente enlace:


http://www.semana.com/cultura/articulo/festival-de-la-leyenda-vallenata-el-dia-que-gabo-canto-elegia-a-jaime-molina/523145

8. COMENTARIOS 2

El Sr. David Britton escribió el 26 de abril de 2015 en artículo titulado “La canción inédita de José Barros para Gabo”, publicado en el periódico El Heraldo.com de Barranquilla.

http://adminrevistas.elheraldo.co/latitud/la-cancion-inedita-de-jose-barros-para-gabo-133798

Según contó la Sra. Marta Consuelo Numa, esposa del Sr. Avelino Morales Acasio de El Banco (Magdalena), el maestro José Barros Palomino regaló a su esposo la partitura de una canción inédita titulada “Así fue la vaina”, que compuso en homenaje a Gabriel García Márquez. El artículo trae copia facsimilar de un fragmento de dicha partitura, y la transcripción de la letra. Hasta hace poco, según el articulista, la familia del maestro Barros por boca de su hija Verushka manifestó que no tenía conocimiento de la existencia de esa partitura, puesto que la composición no fue grabada ni se conoció comercialmente. 

Hice unas, diría yo, pequeñas modificaciones a la letra que trae el artículo, que no dice en qué ritmo fue compuesta la pieza. Las hice, buscándole la cadencia musical, sin haber oído la melodía; tratando de intuir la puntuación y separación de renglones o versos de las estrofas. En principio, la letra no me parece pegajosa al oído, de aquellas que hacen saltar de alegría a los promotores disqueros de las casas grabadoras. No me parece muy trabajada, como se diría en el argot poético; y se menciona a Juan Díaz, a Gustavo, a Sofía, sin aclarar quienes eran estos personajes. Hay que tener en cuenta que Don Juan Carlos y Doña Sofía eran los Reyes de España, y el Premio Nobel se entregó en Estocolmo. 

Habría que oír la música para juzgar si el tema hubiera tenido fortuna en el favor popular, pues hay temas cuyo éxito depende del arreglista, del cantante escogido, de la agrupación acompañante, y hasta de los gustos del público que de una década a la otra cambia el vallenato por el reguetón o el hip hop. 

Y ya no será posible saber por qué el maestro Barros nunca le habló a su familia de haber compuesto este tema, y por qué no movió los hilos para que fuera grabado, dejándolo en la oscuridad en vez de sacarlo a la luz. Muerto el maestro Barros, eso ya no lo sabremos.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS) 
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'ASÍ FUE LA VAINA'
Autor: José Benito Barros Palomino

(Letra con transcripción adaptada por Orlando Ramírez-Casas, según el texto que apareció en el periódico El Heraldo de Barranquilla)

Por allá en la extranjería 
sucedió, ¡Quién lo creyera!,
que ese nieto de Juan Díaz 
que Gustavo conocía
recibió su premio grande 
con liqui liqui 
¡Qué verraquera!

Y llevó con mucho tino 
amarilla flor de aroma;
elegante, guapo, y fino; 
y rodeado de pingüinos.

Gabito, el aracateño, 
parecía una paloma
cuando esto sucedía; 
y es ahora que me percato: 
Escalona discutía 
con el Rey, y con Sofía, 
los problemas delicados 
que está sufriendo su vallenato.

Pero todo fue bonito, 
por lo grande y por lo grato.
Escalona, muy galante, 
y un poquito echao pa’ lante,
enseñaba a la realeza 
a bailar su vallenato;
y dicen que a Aracataca 
no le cabe ni un palito,
pues al menos se destaca 
si lo tiene apretadito;
y canta, como matraca, 
por el triunfo de Gabito. 
Compae José, así fue la vaina; 
la vaina con verraquera.

La vaina, con verraquera; 
y dicen que a Aracataca 
no le cabe ni un palito,
pues al menos se destaca 
si lo tiene apretadito;
y canta, como matraca, 
por el triunfo de Gabito. 
Compae José, así fue la vaina; 

la vaina con verraquera.


domingo, 9 de abril de 2017

200. Sonora Matancera, un siglo de música

EL DR. HÉCTOR RAMÍREZ BEDOYA

Cuando el médico Héctor Ramírez Bedoya era estudiante de bachillerato, contaba él, solía hacer los domingos el recorrido entre su casa en el barrio de La Milagrosa en Buenos Aires, y el barrio de El Hoyo de Misiá Rafaela en La Toma. Su tía lo tenía invitado a almorzar ese día para darle la mesada de la semana, que le ponía en el bolsillo de la camisa: “Tenga, mijo, le colaboro para lo de sus pasajes”. La tía tenía predilección por este sobrino porque no se había dejado contaminar “de tanto vago que hay por ahí recorriendo las calles”, sino que era buen estudiante. Se graduó en el bachillerato, estudió la carrera de Medicina, y luego hizo la especialización en Anestesiología.

De paso para donde su tía, al cruzar el puente de La Toma sobre la quebrada Santa Elena, el médico escuchó un día un disco que atrajo su atención. Salía de la fonola instalada en uno de los bares de ese sector, y lo oía el empleado del lugar, descalzo y con las mangas del pantalón remangadas a las rodillas, mientras lavaba mesas y sillas con cepillo y jabón en las afueras del establecimiento. El muchacho se sentó al pie de la baranda del puente a oír esa música, y eso atrajo la atención del mesero que encontró en él un cómplice y cofrade de sus gustos. A partir de ese día, todos los domingos su conversación era un diálogo de “Oiga éste que le tengo, a ver cómo le parece”, y “Ese, ¿quién lo canta?”, y “¿Qué orquesta es esa?”, y “¿Dónde se consiguen esos discos?”, y “¿A cómo valen?”.

Resultó esa música ser la del conjunto de la Sonora Matancera de Cuba, resultaron ser esos los cantantes solistas de la Sonora, y resultó el aspirante a médico ser un fanático de esa música, cuando el resto de la muchachada andaba medrando entre cafés de tangos y boleros. “Lo que hice, cuando recibí mi primer pago salarial, fue comprar discos de la Sonora”, me dijo. Para este momento ya tenía varios discos comprados, aunque todavía no tenía tocadiscos en qué oírlos; y se estaba preparando para la actividad que se convertiría en su proyecto de vida y que relegaría el ejercicio de la profesión a un segundo lugar o una especie de hobby. “La profesión me da con qué sostener mi amor por la Sonora, pero es ésta la que está en primer lugar en los espacios de mi corazón”, me dijo un día sobre esa otra actividad que le quitó más de lo que le dio, miradas las cosas desde el punto de vista económico; pero que le dio más de lo que le quitó, mirándolas desde el punto de vista de la realización personal.

Para cuando su colección de discos fue suficientemente grande y sus conocimientos suficientemente amplios para permitirle escribir cinco libros documentales sobre la Sonora Matancera, ya se había convertido en una autoridad mundialmente reconocida en este aspecto, lo que hizo decir a Gabriel García Márquez en entrevista que concedió al periodista cubano Rafael Lam que “el hombre que más sabe en el mundo sobre la Sonora Matancera es un médico de Medellín de apellido Bedoya”. Se refería García Márquez a Ramírez Bedoya, cuyos libros habían llegado a sus manos. Para escribirlos, el médico se matriculó en talleres de escritura y sacrificó los ingresos laborales de las tardes de los miércoles, como vela encendida en el altar de su pasión por el conjunto. 

Alguna vez el médico Ramírez Bedoya trató de explicarme por qué la Sonora Matancera era un conjunto y no una orquesta. Llegó el momento en que Alberto Duque López en entrevista para el programa Nocturna de RCN hizo una pregunta al cantante Nelson Pinedo que residía en Caracas y había sido contactado telefónicamente, y Pinedo le respondió: “Eso pregúnteselo al Dr. Héctor Ramírez, que él sabe más que nosotros sobre la Sonora Matancera”. Se había ganado el médico el reconocimiento de los propios integrantes de ese conjunto; y sus libros, que eran libros de consulta o referencia, ocupaban lugar en las estanterías de los estudiosos:

1. Historia de la Sonora Matancera y sus estrellas –El decano de los conjuntos de América–“, 1996.

2. Historia de la Sonora Matancera y sus estrellas –El decano de los conjuntos de América–“, 1998. Segunda edición, corregida y aumentada, volumen 1. (Nota: La denominación volumen 1 es para dar comienzo a la serie de libros sobre las estrellas de la Sonora).

3. Estrellas de la Sonora Matancera: Leo Marini, Bobby Capó, y Nelson Pinedo“, 2004.

4. Estrellas de la Sonora Matancera: Celia Cruz, Alberto Beltrán, y Celio González“, 2007.

5. Estrellas de la Sonora Matancera: Bienvenido Granda, el bigote que canta“, 2011.

Para que no quedaran dudas sobre su admiración por el cantante Bienvenido Granda, el médico Ramírez Bedoya se dejó crecer el bigote al estilo de ese cantante; cosa en la que coincidió con el Nobel García Márquez, que por la misma razón hizo lo mismo. 

El Dr. Héctor Ramírez (QEPD) escribió un resumen de la historia del conjunto cubano y lo insertó en la página de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia:


A mi modo de ver ese resumen es”, dijo el Sr. Eduardo Ceballos Arango,la información más completa y fiable sobre el conjunto de Matanzas; pero hay que tener en cuenta otras páginas web cuya información complementa la que dejó escrita el médico Ramírez”. 

Quiso el médico delegar en su hijo Alejandro Ramírez Acosta, ingeniero civil, el legado de su colección de discos, de sus libros, de sus documentos, de su actividad de liderar a los admiradores del conjunto matancero, o yumurino como también le dicen a los nacidos en Matanzas; pero los infaustos sucesos del secuestro y asesinato de este joven, cuyo cadáver fue encontrado el 16 de noviembre de 2016, dieron al traste con este propósito, cuando no habían transcurrido cuatro años desde el fallecimiento de su padre. El médico había fallecido de infarto y contusión el 15 de febrero de 2013.

CORPORACIÓN CLUB SONORA MATANCERA DE ANTIOQUIA

No era el Dr. Héctor Ramírez el único admirador que tenía la agrupación en Medellín, y del encuentro de varios de ellos, que se realizó el 18 de septiembre de 1976, surgió lo que en estos tiempos se denomina un “club de fanáticos”; que entre los años de 1976-1980 fue presidido por el Sr. Fabio Restrepo Álvarez, de 1980-1984 por el Sr. Jaime Pizarro Vasco, y de 1990-1992 por el Sr. Omar Hernández Bernal. En 1992 se convirtió en corporación, con personería jurídica, y para ese momento ya tenían una sede fija en donde encontrarse, después de haberse estado reuniendo entre ataúdes almacenados en la trastienda de la Cooperativa Funeraria de Antioquia, situada por ese entonces en la Avenida de Greiff entre carreras de Bolívar y Carabobo. Para este momento, asumió el Dr. Héctor la presidencia y liderazgo, en lo que estuvo al frente hasta su muerte. Entre las muchas actividades que encabezó, está la institucionalización de los Encuentros Matanceros, con participación de asociados procedentes de Cuba, Puerto Rico, México, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, y otros países; con participación de asociados provenientes de otras ciudades de Colombia; y con participación de los asociados de la ciudad que para la fecha ya estaban en una cifra cercana a los cincuenta participantes. Escribió el médico Ramírez en el blog de la corporación que:

Tenemos alquilado un amplio salón para 100 personas en la calle San Juan con la carrera 70, que lo adecuamos como sede social. Las cuotas mensuales de los asociados permiten sostenerlo. Allí realizamos nuestras actividades como lo disponen los estatutos. Hemos tenido la dicha de recibir allí a Nelson Pinedo, Leo Marini, Alberto Beltrán, Rolando La Serie, Alberto Granados, Roberto Sánchez, el Conjunto Caney, Juan José Suárez guitarrista cubano, Carlos Arturo El Señor del Bolero, Julio Ernesto Estrada Fruko, Tony del Mar, Jorge Ochoa, Rodrigo Soto, Hilda Gorría y su Acento Cubano, Lady Arias, Orquesta de Edmundo Arias. También a los eruditos investigadores musicales: Helio Orovio (Cuba), Cristóbal Díaz Ayala (Cuba), Félix Contreras (Cuba), César Pagano (Colombia), Enrique Gallegos Arends (Ecuador), Alberto Maraví (Perú), Arturo Yáñez (México), Marcos Salazar (México), Mario Zaldívar (Costa Rica), Isidoro Corkidi (Colombia), José y Rosni Portaccio (Colombia), Jaime Rico Salazar (Colombia), Osvaldo Oganes (Perú), Agustiné Vélez (Puerto Rico), Noel Cruz (Puerto Rico), Guillermo Grosso (Colombia), Marco Aurelio Álvarez (Colombia), Rafael Viera (Puerto Rico), Orlando Montenegro (Colombia), Pablo Delvalle (Colombia), y muchos otros no menos importantes”. 

El balance del médico Ramírez está circunscrito al momento de su elaboración y, naturalmente, se queda corto en el recuento de las personas que han llevado sus ponencias a estos encuentros que se realizan en la primera semana del mes de agosto de cada año, coincidiendo con la realización de la Feria de las Flores en Medellín. Expositores como Rafael Bassi Labarrera, de Cartagena; como Arnold Tejeda Valencia, de Barranquilla; como Carlos Humberto Olaya, de Ibagué; como Jaime Suárez Cuevas, Nelson Royero, y Juan Gómez Paz, de Cali; como Juan Carlos Álvarez, de Pereira; como Fabio Casas Arango, Jaime Jaramillo Suárez, y Jorge Gómez Gallego, de Medellín; y muchos otros, que en estos encuentros han enriquecido los conocimientos de los asociados y alimentado su amor por la música que los une.

En la actualidad, y desde el fallecimiento del Dr. Héctor en el año de 2013, la corporación es presidida por el médico pediatra William Parra Cardeño, acompañado de otros asociados que hacen parte de la Junta Directiva, y no ha sido fácil su tarea de desmarcarse de la sombra del líder fallecido, sin olvidar el respeto debido a su memoria y, más aún, sintiendo la obligación moral de continuar preservando su legado. Siguen ellos empeñados en este propósito de sostener el reconocimiento de ser una entidad única en el mundo, como afirman muchos estudiosos; y como durante su visita lo reiteró el Sr. Javier Vázquez Lauzurica, actual director de la agrupación o conjunto Sonora Matancera.

Entre los asociados que se quedaron por fuera de mención en el balance del Dr. Ramírez, por haber llegado posteriormente a la corporación de admiradores antioqueños; están José Acuña, de Santa Marta; José “Pepe” Valderruten (distorsión del apellido de origen holandés Balden-Rotten), de Cali; Orlando Patiño Valencia, de Medellín; que merecieron mención especial en el disco “El Tornillo”, un tema incluido en el álbum “Tradición” de la Sonora Matancera, grabado en 1983 con la voz del puertorriqueño Gabriel Eladio “Yayo, el indio” Peguero Vega, en el que canta: 

… Y en Medellín ya lo bailan, / en el Club de la Sonora… / Lalo, Luis, y Omar, lo bailan / con tremenda sabrosura… / con Acuña en Santa Marta; / y en Cali, Valderruten… / y un saludo en Medellín / al gran Orlando Patiño…”. 

En este disco el conjunto matancero hizo un reconocimiento a los asociados de la corporación antioqueña, locales y procedentes de otras partes del país, que habían logrado distinguirse como fanáticos de la tradicional música de esta agrupación.


¿Qué conjunto es este, y cuál es el secreto de su prolongada permanencia activa? La respuesta la da el Sr. Eduardo Ceballos Arango, antiguo miembro de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, al hacer un recuento de la trayectoria de la agrupación. 

SONORA MATANCERA, DE CUBA PARA EL MUNDO

(Las siguientes informaciones fueron tomadas de una charla dada por el Sr. Eduardo Ceballos Arango, con motivo del 93º aniversario de fundación de la agrupación; de Wikipedia, en Internet; y del blog de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, según texto escrito e insertado por el Dr. Héctor Ramírez Bedoya).


El gobernador español Severino de Manzaneda recibió su nombre por San Severino de Nórico, y su apellido por proceder de esa población de Vizcaya. Un castillo tenía este gobernador en la bahía de San Carlos de Manzaneda en Cuba, que recibió el nombre de Castillo de San Severino. La ciudad capital provincial a orillas del río Yumurí recibió el nombre de San Carlos y San Severino por la confluencia de estos nombres, y el gentilicio de sus habitantes es yumurinos, por el nombre del río que junto con los ríos de San Juan y Canímar le hacen escolta a esta ciudad. Acerca de San Carlos y San Severino de Matanzas, en el occidente de Cuba, cuenta el historiador Bernal Díaz del Castillo que llegó un navío con treinta españoles de los primeros llegados a la isla, y fueron emboscados por los indígenas que les dieron muerte y sólo sobrevivieron tres españoles que lograron escapar. Tal circunstancia dio el nombre de Matanzas a la bahía de la emboscada, y a la provincia donde ocurrió ese hecho. La capital provincial tiene el mismo nombre y es denominada la “Atenas de Cuba”, por la cantidad de hombres que ha aportado a la cultura de la isla, y en el campo de la música tropical caribeña se destacan entre otros la “Lira Matancera”, la “Gloria Matancera”, y la “Sonora Matancera”.

Por los días del 12 de enero de 1924 había en la isla un partido político denominado “Liberal”, y en una campaña que buscaba atraer adeptos a sus reuniones este partido invitó a unos músicos para amenizar el jolgorio y que los asistentes se sintieran motivados con la convocatoria. Estaba en su apogeo el son cubano, y tal conjunto de músicos fue en principio una tuna, palabra tomada de los grupos musicales de cuerdas en España, que se llamó “La tuna liberal”. El fundador fue Valentín Cané, y lo componían los siguientes integrantes:

Valentín Cané, director e intérprete del tres 
(guitarra con tres pares de cuerdas)
Pablo "Bubú" Vázquez Govín, en el contrabajo
Eugenio Pérez, cantante
Manuel "Jimagua" (mellizo) Sánchez, en los timbalitos
Ismael Goberna, en la trompeta
Domingo Medina, en la primera guitarra
José Manuel Valera, en la segunda guitarra
Julio Govín, en la tercera guitarra
Juan Bautista Llópis, en la cuarta guitarra

En el dinamismo de conformación de estos grupos, hay músicos que entran y salen, y este no fue la excepción. 

Para el año de 1926 entró Carlos Manuel “Caíto” Díaz Alonso a acompañar en los coros la voz de Eugenio Pérez, y los músicos se habían reducido, lo que llevó a cambiar el nombre por el de “Septeto Soprano”, nombre derivado de la tonalidad de falsete de la voz de Caíto.

En 1927 Caíto llevó a Rogelio Martínez Díaz, que posteriormente se convirtió en el segundo director del grupo, y por estos días la agrupación había cambiado de nombre y se llamó “Estudiantina Sonora Matancera”.

En enero de 1928 la agrupación completaba cuatro años de formada, y se trasladó a La Habana buscando nuevas oportunidades de trabajo, haciendo en ese mes las que fueron sus primeras grabaciones en la RCA Víctor, grabaciones que se realizaban en unos equipos móviles o itinerantes que la empresa grabadora desplazaba desde Nueva York hasta la capital cubana. Tales primeros discos grabados en los años 1928-1930, en formato de 78 rpm., fueron:

El porqué de tus ojos (autor Valentín Cané)
Fuera, fuera Chino (autor José Manuel Valera)
Cotorrita (autor José Manuel Valera)
Eres bella como el sol (autor Ismael Goberna)
A mi Cuba (autor Valentín Cané)
No te equivoques conmigo (autor Valentín Cané)
De oriente a occidente (autor Valentín Cané)
Matanzas, tierra del fuego (autor Valentín Cané)
Linda Esther (autor Ismael Goberna)
El picadillo (autor H. Rodríguez)

Según Eduardo Ceballos: 

Habría que decir que el invento de la radiodifusión fue lo que propició que la Sonora Matancera se saliera de los límites parroquiales de su región y de su país, llevando su música a través de las transmisiones de onda corta a muy apartados oyentes de América y el mundo. En el año de 1930 comienza la expansión de la radio en Cuba y se propagan diferentes ritmos como el son, el danzón, el danzonete, la rumba, la conga y la guaracha… y por esos días comienzan a trabajar de planta en Radio Progreso, donde estarán hasta el año de 1959”. 

A principios de esa década del treinta la agrupación incorpora el piano en sus presentaciones, interpretado por Dámaso Pérez Prado. Por razones de salud, en 1935 se retira Ismael Goberna y es reemplazado por Calixto Leicea Castillo; ingresa José Rosario “Manteca” Chávez en los timbalitos, reemplazando al saliente Manuel "Jimagua" (mellizo) Sánchez; ingresa Humberto Cané para tocar el tres, y su padre y fundador Valentín Cané pasa a tocar la tumbadora; y tras esta serie de incorporaciones sustanciales la agrupación asume el nombre de “Sonora Matancera”, nombre del que los conocedores suelen aclarar que “No es una orquesta, sino un conjunto”. Con este nombre se seguirá distinguiendo en el universo musical caribeño.

En 1938 se va Pérez Prado y queda Severino Ramos en el piano, quien desde 1944 hasta 1957 se convierte en el principal arreglista del conjunto, a cuya concepción musical se deben el sonido distintivo y el brillo de las trompetas, lo que le da el “sabor” característico y define el estilo de las interpretaciones de esta agrupación. 

En 1944, a veinte años de fundada la Sonora, ingresa como pianista Ezequiel “Lino” Frías Gómez, por recomendación de Severino Ramos; y Pedro Knight Caraballo se convierte en el segundo trompetista. En el mes de diciembre Valentín Cané acepta la sugerencia de su hijo Humberto y llama al cantante Bienvenido Granda como nuevo vocalista y en la interpretación de la clave, siendo su primera grabación "La Ola Marina", de Virgilio González. Con Bienvenido inician la vinculación con la naciente casa discográfica "Panart Records".

A mediados de 1946 Valentín comienza a tener problemas asmáticos que lo obligan a abandonar poco a poco su actividad, cediendo en la práctica el papel de director encargado a Rogelio Martínez. Cané continuará como director oficial hasta 1956, año en que falleció. Antes de Panart, Cané había grabado otros temas para el sello "Varsity", sin que figurara en las etiquetas el nombre de Sonora Matancera por razones de exclusividades y de regalías con la casa grabadora. El nombre sustituto adoptado fue “Conjunto Tropicavana”. De estos se destacan "Tumba colorá" y "El cinto de mi sombrero"; y la primera versión de "Se formó la rumbantela", de Pablo Cairo. 

La agrupación fue cumpliendo ciclos de metamorfosis, pasando de ser “Tuna Liberal” a ser “Septeto Soprano”, luego “Estudiantina Sonora Matancera”, y luego “Sonora Matancera”, en sucesivas etapas. Vio entrar y salir a muchos de sus integrantes, vio crecer el número de sus artistas de planta y de sus artistas invitados en las distintas épocas, y vio aumentar el número de sus grabaciones hasta hacer casi incontable su nutrida discografía. Sandrito el Cubanito trae en su blog una amplísima lista discográfica de álbumes que habría que multiplicar por diez o doce canciones cada uno para tener una idea de la cantidad de grabaciones sencillas hechas por la Sonora:

Discografía de la Sonora Matancera en “Tropicales del Recuerdo”, de Sandrito el Cubanito blogspot.com:


Muy completa la discografía del autodenominado Sandrito el Cubano, pero con un inconveniente: Esa discografía no la recopiló él sino que simplemente la copió sin dar crédito al autor de tan enjundioso trabajo. Ese autor es, nadie más y nadie menos, que don Cristóbal Díaz Ayala el estudioso historiador musical cubano residente en Puerto Rico, según aclaración que me hizo el también melómano Sergio Santana Archbold en la siguiente nota aclaratoria:

“Hola, Orlando: Muy buenas la semblanza de Héctor Ramírez Bedoya (muy merecida, por cierto) y la historia de la Sonora Matancera. Gracias por participar a los seguidores. Debo manifestar que en el texto se está presentando un irrespeto a nuestro maestro Cristóbal Díaz Ayala, pues ahí se cita como referencia la discografía de un tal Sandrito el Cubano, resulta que esta discografía es una copia descarada y sin citar origen de la discografía elaborada por Díaz Ayala, como puedes verificar entrando en el siguiente enlace en el inciso Matancera, Sonora:

http://latinpop.fiu.edu/SECCION04Mpt1.pdf

Mi indignación es porque según contó el mismo Cristóbal, esta fue una de las discografías que más trabajo le dio para armar por lo complejo de esta. Son más de 1100 grabaciones, y tratar de organizarlas en forma cronológica y con la numeración original, con número de matriz y referencia, le quitó mucho tiempo; y, como dijo José Martí, "Honores a quien honor merece". Van mis abrazos y reitero mis agradecimientos por sostener tan agradable e instructivo blogspot”. Sergio Santana Archbold (Medellín – Colombia)”.

Continuando con los integrantes de la agrupación Sonora Matancera, en el transcurso de la larga carrera muchos permanecieron por largo tiempo y sólo la muerte marcó su salida de la agrupación. La lista de nombres que han pasado por la institución es tan grande, que entrar a personalizar a tales o cuales de mayor renombre sería injusto con los que de manera callada pero efectiva aportaron a su engrandecimiento. De todos modos, a riesgo de que sean más los que se quedan por fuera de mención que los incluidos en esta lista, haré referencia de los cantantes Bienvenido Granda, Alberto Beltrán, Celia Cruz, Daniel Santos, Leo Marini, Bobby Capó, y Nelson Pinedo, mencionando sólo los que el médico Ramírez Bedoya seleccionó para los libros que alcanzó a escribir. ¿Que Daniel no está en la lista del Dr. Héctor? Eso es verdad, pero seguramente era el que seguía en turno para un próximo libro que la muerte no le dejó publicar al médico porque ¿Quién que ame la música de la Sonora Matancera puede desconocer la importancia de Daniel Santos en el paso por sus filas? Muchos otros tendrían que estar en esta lista, y en especial Gabriel Eladio “Yayo, el indio” Peguero Vega, que pertenece a las últimas épocas; y, claro, un cantante argentino llamado Israel Vitenszteim Vurm que combinaba el canto con el trabajo de cheff en un restaurante de Medellín cuando conoció a don Rogelio Martínez y demás ocupantes del carro de la Sonora, que se lo llevaron de gira e incorporaron sus grabaciones al repertorio. Es obvio que una persona que se llame Vitenszteim no puede figurar en las etiquetas de los discos, y para no confundirse con un cantante colombiano de nombre Carlos Torres que había por esos días, él prefirió adoptar el nombre artístico de Carlos Argentino Torres. Su nombre no puede quedar por fuera, y menos sabiendo lo que me contó una vez el Dr. Héctor Ramírez: “¿Sabías que Carlos Argentino Torres estuvo a punto de dañarle el caminado a don Pedro Knight?”. No, no lo sabía. Entonces el médico me explicó que, estando en Caracas de gira con la agrupación, Carlos Argentino Torres le propuso matrimonio a Celia Cruz; pero ella desplegó su amplia sonrisa para decirle: “Mira, Chico, yo te agradezco el honor que me haces con la propuesta, pero ocurre que ya estoy comprometida con el segundo trompetista”. Hasta ahí llegaron las aspiraciones del cantante, y don Pedro Knight se colgó en el dedo la argolla de matrimonio. Carlos Argentino es el cantante de aquel “Merengue Apambichao”, que bailó toda América al estilo de los dominicanos visitantes de las playas de Pambich (Palm Beach).

Aunque cada músico o cantante marcó alguna huella a su paso por la agrupación, tal vez cuatro hitos pueden distinguirse en su desarrollo artístico:

Sus inicios como conjunto de cuerdas, cuando la fundó don Valentín Cané en enero del año 1924.

La incorporación de las trompetas introducida por Severino Ramos, arreglista titular entre los años de 1944 y 1957. Ramos entró como pianista en el año de 1938, en reemplazo de Dámaso Pérez Prado.

La época dorada entre los años de 1947 y 1959, que marcó su apogeo bajo la dirección de don Rogelio Martínez Díaz.

Los comienzos del siglo XXI, bajo la dirección de don Javier Vázquez Lauzurica, a partir del año 2003. 

Esto desde el punto de vista musical, porque en lo político don Rogelio Martínez tomó la decisión en junio de 1960 de emigrar a México y luego a los Estados Unidos, a los seis meses de haber triunfado la Revolución Cubana. Se sintió atropellado por los grandes cambios laborales producidos con la llegada del nuevo gobierno, y vio que la época de vacas gordas de buenos contratos para sus presentaciones y grabaciones se había acabado, encontrando en el exterior la oportunidad de continuar y mejorar la racha exitosa del conjunto desde el punto de vista económico. Sus músicos lo secundaron, y como resultado la Sonora Matancera fue y es más reconocida fuera de Cuba que en el interior de la isla natal.

Aunque de Javier Vázquez Lauzurica, por ser hijo de Pablo "Bubú" Vázquez Govín, puede decirse que fue gestado y nació siendo hijo de la Sonora Matancera, fue él músico de varias agrupaciones, entre las que se cuenta una denominada “Vaz-Cané” y apodada “Los hijos de la Sonora”, de la que hacían parte Silvino Cané, hijo de Valentín; Adolfo Martínez, hermano de Rogelio; y Rosendo Granda, hermano de Bienvenido. En 1955 Javier empezó a colaborar con la agrupación yumurina, y en 1976 ingresó de lleno en reemplazo del pianista Ezequiel “Lino” Frías Gómez. Después de un receso regresó en el año de 2003, ya en el papel de director, y desde entonces es la cabeza del conjunto en esta etapa que se acerca a la celebración del centenario desde su sede permanente en la ciudad de Las Vegas de Estados Unidos.

Habiendo salido de Cuba en la década de los sesenta, y radicándose en Estados Unidos, la agrupación acaba de celebrar 93 años de existencia y se prepara para llegar a los 100 años de continua actividad artística. 

Dice el Sr. Eduardo Ceballos Arango que el secreto de la vigencia del conjunto en los escenarios se debe a que:

Siendo el medio musical muy proclive a la bohemia y la vida desordenada, tanto don Valentín Cané en los comienzos; como don Rogelio Martínez, posteriormente; imprimieron a sus músicos un estilo de dirección de férrea disciplina con horarios de entrenamiento y presentación profesionales que hacían respetar al minuto. Está el buen olfato para reclutar a los integrantes, el buen olfato comercial para seleccionar las canciones y ritmos a interpretar, y el buen olfato para detectar el estilo de interpretación que más convenía a los intereses de la agrupación. Don Javier Vázquez en la última etapa ha continuado con las mismas políticas de sus predecesores”.

El año 2024 será, pues, el año del centenario de esta agrupación que sigue estando en el corazón de los fanáticos que escuchan su música día tras día. Puede decirse que en todo momento hay alguna emisora o algún lugar del mundo donde su música se esté escuchando. Es una música que no pierde vigencia, y una señora jubilada que asistió a la charla que dio el Sr. Eduardo Ceballos manifestó que “Es curioso, pero creí que me iba a encontrar con el auditorio lleno de personas de mi edad; y me encuentro con un lugar invadido de jóvenes. Veo que la más vieja soy yo”. La Sonora Matancera ha logrado captar la atención de las nuevas generaciones, y no todos los grupos musicales pueden contar con tan larga permanencia.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)