domingo, 24 de septiembre de 2017

223. Bruja (la) -coca, política, y demonio-, de Germán Castro Caycedo

LA BRUJA
–Coca, política, y demonio–
Germán Castro Caycedo, 11ª edición 1997, 
Editorial Planeta Colombiana
Edición ampliada y adicionada con apéndice 
sobre “Las brujas de la bruja

Encontré una tesis de grado de María Alejandra Godoy Roa para optar al título de Comunicadora en la Universidad Javeriana de Bogotá, en la que analiza este libro de Castro Caycedo desde el punto de vista riguroso del periodismo y la comunicación:


Esa tesis apoya algunas de mis observaciones, pero empezaré por contar que vi la película “Sólo tú” (Only you) con Marisa Tomei y Robert Downey Jr. Nada del otro mundo. Una chica de once años con un nombre común, como decir cualquier María Rodríguez, juega a adivinarse la suerte con una tabla ouija (peligroso juguete, a decir verdad) y ésta le muestra el nombre que el destino le tiene designado para casarse, un nombre común como decir cualquier Jesús Pérez. Tres o cuatro años después en una feria de circo entra a la caseta de una gitana adivinadora con bola de cristal, y ésta le dice que el hombre que el destino le tiene reservado es ¡Jesús Pérez! La chica no necesita más para buscarlo obsesivamente hasta el día en que se prueba su vestido de novia para casarse con algún Luis y recibe una llamada de un amigo de su prometido para avisarle que le agradece la invitación pero no podrá acompañarlo el día de su boda porque sale de viaje para Italia. “¿Cuál es su nombre, por favor?”, le preguntó la chica. El nombre de “Jesús Pérez” petrificó a la chica y desechando su vestido de novia la lanzó de una para el aeropuerto, de viaje para Italia, con la idea de encontrar allí al hombre que el destino le tiene reservado desde que era niña. Lamento no contarles el final, pero tuve que dejar de ver la película para atender otro asunto que reclamó mi atención en ese momento. 

A lo que quiero llegar es a que hay personas que van donde adivinos para hacerse leer las cartas, o el tabaco, o el fondo de la taza de café, y oír un sartal de fantasías; y se las creen, al punto de que condicionan su vida a las señales que les dan esas fantasías. Como quien dice, rigen su vida por los astros. Cuando uno hace eso, el juego ya no es tan inocente. No es sensato, por ejemplo, que muchos ejecutivos abran primero las páginas del horóscopo en el periódico que las cotizaciones de la bolsa, y si “el pronóstico para aries es: se avecinan tiempos difíciles, abstente de invertir en valores de negocios”, no compran ni venden acciones por nada del mundo en ese día. Hay gente así. 

El juego con la tabla ouija no es tan inocente, digo, porque entra en el campo de la santería y el ocultismo. He sabido de niñas escolares en el Tolima y en la Costa que jugando ese juego han entrado en trance “de posesión” del que no han podido sacarlas ni sicólogos, ni siquiatras, ni hipnotizadores, ni exorcistas. La cosa no es tan simple. 

En mi niñez oí hablar de mi tía, la hermana mayor de mi papá. Él era el menor de una familia de catorce hijos, y la mayor dicen que era una chiquilla muy linda que atraía las miradas por su belleza rubia de ojos claros, un angelito. Tenía dos o tres años cuando tocó a la puerta un pordiosero que fijó en ella su mirada, y desde ese día la niña “se descuajó”. Le entró “mal de ojo” y no hubo poder humano que la curara. La niña murió. No me pregunten si creo en el descuaje y en las ojeadas, porque ese testimonio lo oí de niñez y tuve que aceptarlo porque nadie tenía argumentos para desmentirlo. La familia entera creía en eso.

Es que a uno las creencias le vienen de niñez, aprendidas en el catecismo del padre Gaspar Astete. “Fe es creer lo que no vemos, porque Dios lo ha revelado” repetía uno hasta el cansancio; y “no se debe creer en agüeros, ni hacer uso de hechicerías, ni de cosas supesticiosas”. Como consecuencia de eso, uno sabía de las brujas “que las hay, las hay, pero no se debe creer en ellas”. En consecuencia, durante la edad media se estableció aquello de los Tribunales de la Santa Inquisición, y se desató una cacería de brujas que llevó a muchas mujeres inocentes a la hoguera, pero seguramente llevó también a muchas culpables. ¿Culpables de qué? De practicar la brujería. Puede que uno se permita dudar de que hubiera brujas durante la edad media, pero no puede dudar de que las hay en plenos siglos XX y XXI. Eso no hay que dudarlo, y de eso trata el libro denominado novela pero que es más crónica periodística que otra cosa: “La bruja”, de Germán Castro Caycedo.

Brujería 

Este libro trata de que hay personas que a la par con la lectura de horóscopos van a las oficinas promocionadas en esos volantes callejeros que lo remiten a uno al tercer piso del edificio la Ceiba donde una chamana, como decir Madame Leonie (¿recuerdan a Rayuela?) “Cura el mal de amores, el mal de ojo, adivina la suerte, le amarra al ser querido, y le regresa el ser perdido en tres días”. Muy rentable parece ser ese negocio que, casi siempre, no pasa de ser una hábil carreta palabrera cargada de superchería. Pero, parejo con esa práctica de un chamanismo que podríamos tildar de inocente, hay verdaderas brujas que practican la santería y el asunto de los monicongos enterrados en el cementerio y las fotos cruzadas con alfileres. Hay allí un ejercicio síquico que rebasa nuestra comprensión y lleva al campo de lo esotérico, los maleficios, la posesión de espíritus. 

Hay que leer el libro y, conociendo la seriedad periodística de Germán Castro Caycedo, entender que lo suyo es una transcripción de testimonios escuchados de boca de los protagonistas y de hechos inexplicables que modificaron la vida de muchas personas. Allí no hay cháchara, sino testimonios vivenciales. Eso, para mí por lo menos, es escalofriante. Dios lo libre a uno de la mala hora de cruzarse en el camino con una bruja de las que enyerban y hacen maleficios. Dios lo libre a uno de no creer en Dios. 

La historia de Amanda Londoño (Lucrecia Victoria Gaviria Díaz en la vida real) y de cómo se metió a bruja alcanzando a ser reconocida por su efectividad, es tenebrosa. A la final logró salir de eso, no sin antes vivir un proceso muy doloroso; pero de la brujería, como de la mafia, puede decirse que es más fácil entrar que salir; como también puede decirse que el dinero ganado con estas dos actividades es un dinero maldito, que a la larga sólo trae la ruina.

Exorcismo

La cosa es tan seria, y tan real, que la Iglesia tiene identificados algunos pastores (obispos, sacerdotes, monjas, laicos adjuntos al ejercicio pastoral) que tienen una fortaleza síquica poderosa que les permite ser capacitados como exorcistas para enfrentarse con las personas poseídas y hacer salir de ellas a los espíritus del mal que las tienen dominadas. En los ortos litúrgicos eclesiásticos hay oraciones y ritos para librar esa batalla (verdadera y agotadora batalla) contra las fuerzas del mal cuya existencia para los creyentes es indudable, y cuyo testimonio para los no creyentes puede encontrarse en este libro que de ninguna manera puede tildarse de fantasioso porque todo está basado en una realidad testimonial y escalofriante.

Mafia y narcotráfico

Jaime Builes Cardona fue un personaje reconocido y legendario en el suroeste antioqueño, que tuvo su época de esplendor durante la década de los años setenta, previos a la aparición y preponderancia de Pablo Escobar Gaviria y los Ochoa en los ochenta, que antecedieron a los Rodríguez Orejuela y el cartel del norte del Valle en los noventa, que antecedieron a la llegada de México al primer lugar en las mafias del narcotráfico hacia los Estados Unidos en el siglo XXI. Hay allí una larga historia que contar. 

Jaime Builes se hizo multimillonario con el narcotráfico y un día apareció por los lugares donde había sido peón de estribo (y seguramente sufrido humillaciones por parte de los ricos y principales de la población) para presionarlos a venderle sus casas, y sus fincas, y sus clubes, y sus flotas de transporte, y sus hijas, y sus conciencias, y todo lo que se atravesó. 

Castro Caycedo visitó esos lugares, entrevistó gente, recogió información, se documentó, y contó la historia como él sabe hacerlo, con una sola concesión a las limitaciones que la sociedad le imponía: cambiar algunos nombres y circunstancias para que la identidad de los protagonistas quedara preservada. El difunto Jaime Builes (murió de muerte horrible, torturado por la policía de México) aparece con su nombre; pero sus suegros, y su esposa, y algunos relacionados, aparecen con nombre cambiado para preservar su privacidad, aunque con la circunstancia de que todo el mundo sabe quienes son. A mí no me costó trabajo identificar, por ejemplo, al profesor de Relaciones Humanas del Sena, el poeta Hernando Montoya, en el personaje de Hernando Londoño que aparece en la novela. “Blanco es, gallina lo pone, frito se come”. 

La narcopolítica bruja

En el libro se cuenta el que tal vez fue el primer episodio en el que el narcotráfico permeó las toldas de la política y por medio del truco de financiar las campañas de los políticos se infiltró en las esferas del poder público. Aunque con nombres cambiados u ocultos, uno puede deducir que “el presidente de la pajarita que tenía la muletilla del evidentemente” era Turbay Ayala, y el gobernador brujero que casó a su hijo con una hija de ese presidente era Rodrigo Uribe Echavarría. Uno puede adivinar a Misael Pastrana Borrero en “el expresidente de la sonrisa como una mueca permanente”. Y hay nombres de la política reconocidos que allí aparecen mencionados con nombre propio y que se vieron involucrados con Jaime Builes o con la bruja Amanda por sus actividades electorales. Fabio Valencia Cossio, Alvaro Villegas Moreno y Jota Emilio Valderrama aparecen allí mencionados. Libia González de Fonnegra y María Margarita Vásquez Arango han sido diputadas y congresistas suficientemente conocidas, pero lo que no se sabía era que estuvieran tan relacionadas con la brujería de la bruja Amanda (Lucrecia) y eso sólo salió a flote cuando se les ocurrió poner una tutela para obligar al escritor a retractarse, y a recoger el libro de las librerías.

Brutalidad policial y brutalidad de los narcotraficantes

En el libro se muestra la brutalidad de los narcotraficantes enfrentados entre sí por el dominio de territorios, que se inventan sistemas como el de picar a sus enemigos con motosierra y enviar partes del cuerpo por correo a sus familiares para advertirles de lo que puede pasarles si no hacen una cosa u otra que a ellos se les ocurra exigir, y muestra la brutalidad de la policía mexicana (y toco madera, porque por la norteamericana y la de los demás países, incluido el nuestro, no seré yo quien meta la mano al fuego) que a la hora de enfrentar falsos o reales positivos se apropian de mercancías y dineros para beneficio particular entregando solamente una porción de lo incautado, y que torturan con rigor, aun a personas inocentes, para obligarlos a confesar lo que no han hecho, o para obligarlos a confesar lo que sí han hecho pero con métodos inhumanos que son pecado de lesa humanidad pero que ellos sortean impunes porque ¿Quién puede probárselos? ¿Cómo puede demostrárselos? ¿Quién los condena? La injusticia y la maldad son, pues, otras de las protagonistas de este libro.

La justicia

En la 11ª edición del libro, edición ampliada, el autor cuenta de cómo fue el proceso jurídico con el que se le quiso amordazar para que no contara lo que cuenta. Cómo perdió con el juez de primera instancia, y cómo perdió su apelación con los magistrados del Tribunal Superior de Antioquia que quisieron obligarlo a callar. Cómo insistió en apelar ante la Corte Constitucional y en esa alta corte le fue dada la razón y revocadas las decisiones contraevidentes de los jueces que habían conocido del caso. Como si fuera poco lo que de por sí en el libro se destapa, aquí viene a denunciarse lo que es la amañada justicia que se somete a los influyentes grupos de presión política y se permea a los dineros mal habidos. Lo pone a uno a pensar que si eso le ocurre a un periodista tan prestigioso y reconocido como Germán Castro Caycedo, qué no ocurrirá a los montañeros de simple ruana y alpargatas que van a la justicia con sus demandas y salen con el costal cargado de injusticias.

La Bruja, telenovela

No es fácil llevar una novela a la televisión o el cine, y menos si el libro de que se trata no es una novela sino una crónica testimonial. Al terminar de leer el libro, y ver fotografías de los personajes reales en que se inspiró, uno encuentra que la telenovela fue exitosa no sólo en la forma de contar lo que cuenta, sino en los actores que escogió para representar los papeles. Un cambio yo habría hecho en el casting, por parecerme la fisonomía del actor Kepa Amuchastegui más acorde con la del Dr. Rodrigo Uribe Echavarría, que era el gobernador de la época. Yo le habría dado ese papel, y lo hubiera intercambiado con el del presidente que, para el caso, no habría tenido importancia porque el parecido físico no correspondía mucho así, que se diga. No sé si ponerle pajarita al actor habría ayudado a caracterizarlo mejor, pero eso tal vez habría sido meterse en honduras jurídicas con un personaje tan obvio del que se destapa que contrató a una bruja para que le rezara la separación de su esposa y le atrajera el amor del ser querido con quien quería casarse. De la efectividad de los trabajos de la bruja da fe el hecho de que a él las cosas le salieron tal y como las contrató. Andrés Parra, en el personaje de Jaime Builes, “está pintado”; y la descripción de los hechos que allí se narran, “está que ni pintada”.

Blog “Verdad corrosiva”, sábado 11 de junio de 2011:

Creo que el libro trata, en resumidas cuentas, de la eterna lucha planteada entre el bien y el mal, entre los ángeles buenos y los ángeles caídos o demonios; una lucha que no es subjetiva ni hipotética sino que es real en nuestro diario vivir, con legiones enfrentadas de un lado y de otro.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 17 de septiembre de 2017

222. Secreto de los ojos verdes

Remontémonos a mi bisabuelo Benito Ramírez, por los días en que nació mi abuelo. Es evidente que a mi bisabuelo debía parecerle bonito el nombre de Cupertino, porque lo escogió para bautizar a mi abuelo. Un nombre es como un título que uno carga por el resto de la vida para escribir la novela de sus vivencias. A mi abuelo tal vez no le gustó su nombre, puesto que no se lo puso a ninguno de sus catorce hijos. Mi padre, el menor, fue llamado Delio. A mi padre tampoco le gustó el suyo, porque ninguno de sus catorce hijos lo lleva. Tampoco le gustó el nombre de mi padrino que al papá de mi padrino le parecía tan bonito, porque no dejó que me bautizaran Marino. Yo fui llamado Orlando, pero preferí el de Carlos Fernando Ramírez Gallego para mi hijo. Él se firma Carlos Ramírez, dando a entender que el Fernando lo considera un estorbo. En el ejército, cuando pagó el servicio militar, lo llamaban “Gallego”, y sus condiscípulos de educación primaria lo apodaron “Gallito” por una telenovela que pasaron hace unos años. A diferencia de sus padres y de sus abuelos, mis nietos se llaman Jacobo y Martín; y eso confirma que tal vez sean pocos los que, a la hora de la verdad, se sienten satisfechos con su nombre.

Un libro es como un hijo, y uno baraja posibilidades hasta que escoge aquel título que a uno le parece más apropiado. Pero no falta quien diga que “si hubiera sido yo, lo hubiera titulado de otra manera”. No lo dudo. Cada quien hace su propia lectura.

Se me ocurren estas reflexiones porque vi una película argentina (2009, dir. por Juan José Campanella, premio Oscar a la mejor película extranjera 2010) con un título que a mí me parece bello: “El secreto de sus ojos”, basado en la novela de Eduardo Sacheri “La pregunta de sus ojos”. Es una muy buena película de suspenso, bien realizada. Lo que no acaba de gustarme es el título que es bello, ya lo dije, pero mal escogido a mi parecer (aunque en cuestión de gustos no hay disgustos). No sé en la novela escrita si el título que hace referencia a una pregunta esté justificado, pero en el guión de la película y en el título que hace referencia a secreto me parece que no. No basta con que algunos de los protagonistas, y entre ellos el investigador y la jefe, tengan ojos claros. El argumento tiene una historia principal: la búsqueda del violador y asesino de una joven y bella mujer. Tiene una historia secundaria: el amor intuido e inconfesado por años de años entre el investigador y la jefe. Y hasta una historia terciaria: el comportamiento de los jueces y funcionarios de los juzgados; y el de la Justicia, en general, que no siempre hace justicia. Con excepción del nivel secundario, en el que el investigador deja traslucir en su mirada que está enamorado de la jefe, y en algunas ocasiones la jefe deja traslucir en la suya que el investigador le simpatiza, el título no está justificado por el asunto central: la búsqueda del asesino. Un título como “La justicia cojea”, o como “El que la hace la paga”, o como “Te vengaré, amor mío”; podrán ser menos bellos que “El secreto de sus ojos”, pero son por lo menos más ajustados a la historia que se cuenta.


No se dejen descontrolar por el título, porque la película vale la pena de ver.

Y, al hablar de cine, remataré con un verso que no recuerdo, e ignoro si era de Tartarín Moreira, o algo así; que hacía referencia a una negra chocoana afroesclavodescendientezulú de aquellas oscuras de un negro tan brillante que llaman “negro azul”. La mujer, mueca y fea, iba cargando por la vida con el nombre de Aurora, y el verso termina diciendo “Porque el cura que te puso Aurora, /no ha visto amanecer, /negra hijueputa”. Hay nombres y títulos que son de una contradicción evidente.

Ahora pasemos a los ojos, que en la literatura y en la música han sido objeto de atención. Más de cincuenta títulos lo confirman:

"A unos ojos; Adoro niña tus ojos; Amo mucho tus ojos; Arráncame los ojos; Asómate a mis ojos; Detrás de tus ojos; El triunfo de tus ojos; En el fondo de tus ojos; Esos tus ojos negros; La luz de tus ojos; Los luceros de tus ojos; Los ojos de mi morena; Los ojos de mi moza; Mis ojos me denuncian; Niña de ojos tristes; Niña de ojos verdes; Ojos azules; Ojos cafés; Ojos color de miel; Ojos color de sol; Ojos de almendra; Ojos de cielo; Ojos de juventud; Ojos de luna; Ojos de perro azul; Ojos españoles; Ojos esquivos; Ojos gitanos; Ojos glaucos; Ojos hechiceros; Ojos indios; Ojos malignos; Ojos miradme; Ojos negros; Ojos que no ven; Ojos que matan; Ojos, labios, y cabellos; Regálame los ojos; Sus ojos se cerraron; Tus ojos azules; Tus ojos castaños; Tus ojos color marrón; Tus ojos grises; Tus ojos ingrata; Tus ojos me miraron; Tus ojos mexicanos lindos; Tus ojos moros; Tus ojos pardos; Tus ojos son dos luceros; Yo no sé qué me han hecho tus ojos; Yo vendo unos ojos negros; y varios otros”.

Hace poco hablé en uno de mis correos sobre la canción “Once upon a time” –Érase una vez– (… Una chica con ojos de claro de luna, /que puso su mano en la mía y me dijo que me amaba… /Pero eso fue hace mucho tiempo), balada con letra de Joe Adams y música de Charles Strouse, que se escucha al finalizar la película “No nos dejes colgadas”, protagonizada por Walther Mathau con Meg Ryan, Dianne Keaton, y Lisa Kudrow haciéndole compañía. Es una de las seguramente muchas canciones en inglés que hablan de ojos claros en su letra.

https://www.youtube.com/watch?v=vkfNYBdHYKc


Recientemente también hablé en un correo sobre una joven y bella campesina que atendía en la fonda de un alto que sirve de mirador sobre el río Cauca, en cercanías de la población de Jericó en Antioquia. Copio el párrafo que escribí:

Cuando subíamos desde el río Cauca hasta el Morro del Salvador que preside el municipio de Jericó, hicimos la obligada parada en “El mirador”, desde donde se divisan el conjunto cerrado de Cauca Viejo, las vegas del río, las fincas con sus potreros y ganado, el paisaje todo de ese lugar montañoso tan bello. Extrañé la falta de la bella muchacha campesina que siempre nos atendía con su piel blanca, marmolina; con sus ojos verdes, fulgurantes; su cabello rubio, sencillamente peinado en moña a la nuca; su amabilidad y su sonrisa, encantadoras; y su cuerpo y su mirada de pecado que sonreían como una promesa. La extrañé. “Se ha ido a vivir a Medellín”, nos dijo su hermano; y hubiera sido imprudencia hacer al “cuñado” más preguntas delante de mi mujer, que se habría puesto muy en alerta de mis veleidades. El hombre se fue a buscar el libro que publicaron el Idea y la Gobernación de Antioquia: “Por los caminos de Antioquia”; y empezó a mostrarnos las bellas fotografías de puertas, ventanas, balcones, portones, calles, gentes de pueblo, en fin; de muchos de los 125 municipios del Departamento de Antioquia en Colombia. No todos, porque es difícil abarcarlos. Pero en sus primeras páginas, ocupando el espacio de una de ellas a todo color, representando a las mujeres campesinas del departamento, la fotografía de la bella ventera de ojos verdes que solía atendernos en “El mirador” de otros tiempos”.

Muchos poemas y canciones se han escrito a los ojos de todo tipo y color porque, como dice la décima “Los mejores ojos”, del poeta colombiano César Conto:

Ojos azules hay bellos, 
hay ojos pardos que hechizan, 
y ojos negros que electrizan 
con sus vívidos destellos; 
pero, fijándose en ellos 
se encuentra que, en conclusión, 
los mejores ojos son, 
por más que todos se alaben, 
los que expresar mejor saben 
lo que siente el corazón”.

Nos ocuparemos sólo de los ojos verdes, como aquellos que inspiraron el madrigal de Gutierre de Cetina:

Ojos claros, serenos:
Si de un dulce mirar sois alabados,
¿Por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira;
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos…
ya que así me miráis, miradme al menos”.

Al hablar de ojos verdes, vienen a mi memoria aquellos ojos verdes, serenos como un lago, de la antioqueña Ana Edilma Cano Puerta. A Ana Edilma no le gustó su nombre y tan pronto tuvo uso de razón lo cambió por Eddy Cano, más de su gusto, y con este nombre representó a Colombia en el Reinado Universal de la Belleza del año 1980. En 1986 se casó con el cantante español Manolo Otero, del que se separó pocos años después. Sus verdes ojos son de antología.

Eddy Cano 1980

En el año de 1976 no sabía Manolo Otero Aparicio que se iba a encontrar en la vida con la belleza de Eddy Cano, aunque de haberla conocido antes bien pudiera ser ella la que le inspirara su balada "Bella mujer":


Eran verdes, del color del mar, los ojos que con su abandono dejaron desconsolado al letrista tanguero José María Contursi:

“Verdemar” (Verdemar, Verdemar…/ faltas tú, ya no estás, /se apagaron tus pupilas /verde mar…), tango con letra de José María Contursi y música de Carlos di Sarli, interpretado por Mercedes Simone:


Verdes como el color de los trigales, y como mares, fueron los ojos que inspiraron a Jorge Villamil Cordovez; y a Rafael de León-Manuel Quiroga-Salvador Valverde; y a Sonia Dimitrowna; y a José Francisco Elizondo y Eduardo Vigil Robles.

“Llamarada” (Siempre recordaré aquellos ojos verdes, /que guardan el color que los trigales tienen… /también yo soñaré con esos ojos verdes, como mares…), letra y música de Jorge Villamil, interpretado por Silva y Villalba:


“Ojos verdes” (Ojos verdes, verdes como la albahaca; verdes como el trigo verde, y el verde, verde limón…),  con letra y música de León, Quiroga, y Valverde, interpretado por Conchita Piquer:


“Verdes eran tus ojos” (Verdes, como los llanos, eran tus ojos; /verdes, como dicen que es la esperanza…), con letra y música de Sonia Dimitrowna (María Betancur Román de Cáceres), interpretado por Carlos Julio Ramírez:


“Son tus ojos verde mar” (… dos gotitas de agua clara… /verde mirar es mi vivir, /verde mirar es mi esperanza…), letra y música de Gonzalo Curiel, interpretado por Libertad Lamarque:



“Niña de los ojos verdes” (… No me pidas que te olvide, /niña de los ojos verdes; /no me pidas imposibles /niña, niña, que me pierdes…), letra y música de Juan Gabriel García Escobar, interpretado por Manuel “Manolo Escobar” García Escobar:


https://www.youtube.com/watch?v=4JycW1xYlYY

“La norteña de mis amores” (Tiene los ojos tan zarcos /la norteña de mis amores… /Cuando me miran contentos /me parece un jardín de flores; /y si lloran me parece /que se van a deshacer; /Linda, no llores. /Verdes son, /cual del monte la falda, /verdes son /del color de esmeralda… /Sus ojitos me miraron, /y esa noche me mató /con su mirada…), de José Francisco Elizondo Sagredo y Eduardo Vigil Robles, interpretada por la Rondalla Tapatía:


“Como el verde mar” (Qué tendrán tus ojos verdes, /verdes como el verde mar, /verdes como la esperanza /que alentó mi sed de amar), bolero con letra y música del argentino Guillermo Pelayo Patterson, del que no pude encontrar una grabación para compartirla con ustedes.

Sin contar las que no llevan la palabra ojos en su título pero hablan de ojos y de miradas como “Así” (Por qué al mirarme en tus ojos / sueños tan bellos / me forjaría…); como “Un viejo amor” (Por unos ojazos negros, / igual que penas de amores…); "Amor en tinieblas" (El fuego de tus ojos / quemó mis sentimientos...); o como "Señora Tentación", de Agustín Lara (Debo a la luna /el encanto de sus fantasías; /y, a tu mirada, /mi dolor y mi melancolía... /Señora Tentación, /de frívolo mirar... /quisiera el sortilegio /de tus verdes ojazos...): 


Y en ese desfilar de ojos verdes vuelven a la memoria “Aquellos ojos verdes”, con letra de Nilo Menéndez Barnet y música de Adolfo Utrera (Adolfo Pérez-Utrera Fernández), hermano de Conchita y primo de Antonio Utrera (Antonio Pérez-Utrera Díaz), cuya versión oficial dice que fue inspirada por los ojos verdes de Conchita Utrera, de la que Menéndez “se había enamorado”… pero resulta que no. La versión no oficial es otra.


“Aquellos ojos verdes” (serenos como un lago… aquellos ojos verdes que nunca olvidaré…), bolero con letra de Nilo Menéndez y música de Adolfo Utrera; versión interpretativa de Adolfo Utrera, acompañado al piano por Ernesto Lecuona:

https://www.youtube.com/watch?v=_bFw0jhVqH8

“Aquellos ojos verdes, 
de mirada serena,
dejaron en mi alma
eterna sed de amar.

Anhelos de caricias,
de besos y ternuras,
de todas las dulzuras
que sabían brindar.

Aquellos ojos verdes, 
serenos como un lago,
en cuyas quietas aguas
un día me miré;

no saben la tristeza
que en mi alma han dejado,
aquellos ojos verdes
que nunca olvidaré”.

Veamos la versión oficial, según el blog de María Argelia Vizcaíno en el inserto titulado “Origen de algunas canciones”:


"En el enciclopédico libro Vida y Milagros de la Farándula en Cuba, Tomo III, del amigo Rosendo Rosell, se relata que el autor Nilo Menéndez le contó al periodista Enrique C. Betancourt que dicha canción se la dedicó a:

«Una linda cubanita rubia, llamada Conchita Utrera, que conocí en New York (...) me enamoré de ella ese mismo día y, por la noche, compuse la música de la canción. Le rogué después al hermano de ella -que era el malogrado poeta y gran tenor Adolfo Utrera- que me hiciera los versos. Le sugerí la letra, y... fueron sus ojos los que me dieron el tema dulce de mi canción». 

Rosell publica la foto de la dama de ojos tan bellos”. 

Continúa el blog de Vizcaíno diciendo que:

“Otra versión tiene, muy distinta, el Dr. Héctor R. Wiltz; quien la escribió para el semanario 20 de Mayo de Los Ángeles, California, el 19 de noviembre de 1988: 

«Aquellos ojos verdes... cantada magistralmente por Nat King Cole, la oí hace cuatro años en Nueva Zelandia, en mi viaje de vacaciones, en la radio de un restaurante... me estremeció, y recordé su historia… historia que relato porque ya los protagonistas murieron. Su autor, Nilo Menéndez, murió recientemente en California ya octogenario... era homosexual y años atrás se enamoró de un cubano muy conocido, que también falleció en los Estados Unidos... separado del pianista compositor por la inmensidad de Norteamérica de Este a Oeste... cubano que tenía los ojos verdes».

El melómano Jaime Jaramillo Suárez, en el nro. 1 de la revista “Tertuliando” publicado en el mes de julio de 2017 por la Tertulia de Amigos del Salón Málaga, escribe la “Historia de la canción Aquellos Ojos Verdes” y dice allí que:

“Nilo Menéndez había llegado de Matanzas (Cuba) a Nueva York en mayo de 1928, a sus 22 años. Entre él y Conchita se fue creando una relación muy estrecha de amistad. Nilo se encargó de pasearla frecuentemente y enseñarle la ciudad a la vez. Adolfo, hermano de Conchita, notó la atracción que ella sentía por Nilo y le preguntó: `Oye, Feíta (apodo cariñoso que él le tenía), ¿Tú estás enamorada de Nilo?´ A lo cual ella le respondió que `No lo sé, pero me siento muy atraída por él. Es muy guapo, atractivo, buen conversador, y me lleva a pasear por todas partes…´. Al respecto su hermano manifestó: `Olvídate de eso, que él no es hombre para estar con mujeres”.

Parece ser que Adolfo tenía por qué saberlo. Luego, agrega don Jaime Jaramillo Suárez, citando declaraciones que Conchita le dio a don Cristóbal Díaz Ayala, que:

“En junio de 1930 Carlos Arturo Toledo, un joven de 21 años que era estudiante de Medicina e hijo del acaudalado hombre de negocios de Barranquilla Antonio Toledo, empezó a enamorar a Conchita y, dado que ella era una joven de escasos 17 años sin mucha experiencia en las lides amorosas, con su corazón adolorido por el desengaño de la relación fallida con Nilo Menéndez, aceptó la propuesta matrimonial del estudiante, quien la había colmado de atenciones y regalos. Su hermano Adolfo no estuvo de acuerdo con esta decisión pero no obstante ella se casó el 11 de agosto de 1930 en Manhattan con el joven barranquillero. Viajaron casi de inmediato a Barranquilla… Al poco tiempo de un viaje a Nueva York… quedó embarazada y tuvieron una niña nacida en Barranquilla en 1931, el mismo año en que Adolfo se suicidó en Nueva York. La joven quedó desolada por la muerte de su hermano… en un país que no conocía, lejos de su familia, sufriendo maltratos de tipo sicológico por su esposo que resultó ser esquizofrénico y celoso que no le permitía viajar ni llevar una vida normal sino quedarse en casa criando a la niña y sin poder cantar ni siquiera en casa porque su esposo la mandaba a callar diciéndole que parecía una `verdulera de la plaza de mercado´… Con su hija, que ya contaba con 12 años… volvió a Cuba para no regresar nunca jamás a Colombia, en el año de 1944… Unos años después Conchita se enteró de que su esposo se había suicidado en Barranquilla aproximadamente en el año de 1949, aunque el hecho no se reportó en los periódicos de la época, dado que el padre del fallecido era una acaudalada persona de la alta sociedad barranquillera”.

Muy diferente de la historia oficial es, pues, la historia no oficial de “Aquellos ojos verdes”; pero no sería la primera vez que un autor se inventara una versión para ocultar las verdaderas motivaciones extraoficiales y los motivos ocultos tras de bambalinas. Casos se han dado.


De todos modos, si Nilo Meléndez y Adolfo Utrera no hubieran nacido en la primera mitad del siglo XX sino a principios del siglo XXI, cuando las preferencias sexuales han salido del clóset, no habrían tenido necesidad de inventarse excusas de amor para los ojos que verdaderamente inspiraron la canción, puesto que Adolfo era un confidente que también conocía al joven compatriota que atraía los intereses de Menéndez.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)




domingo, 10 de septiembre de 2017

221. Tejedora de coronas (la), de Germán Espinosa

LA TEJEDORA DE CORONAS
Germán Espinosa -Novela- 
Edit. Montesinos, Barcelona –España–, 1982. 1ª. Edición, 419 pp.

Este ejemplar, que adquirí en una librería de textos usados, debió tener una suerte más amable y permanecer en poder del hombre al que le fue regalado. Tiene una dedicatoria manuscrita. La letra es legible, pero no femenina. Es la de una mujer profesional, segura, práctica, de inclinaciones intelectuales. Su letra podría pasar por masculina, sin arabescos, ni florituras. Su firma es de mujer. Los hombres solemos poner un garabato que solamente nosotros entendemos, y a veces ni eso. Un garabato. Y además, como dice el bolero, quién sabe “cuantas cosas pasaron… cuantas cosas que el alma no podrá nunca olvidar…” Esto lo deduzco por los dibujos, pues tiene el detalle tan femenino e infantil de dibujar una clave de sol y una muñequita de trenzas, como si la donante fuera una niña que apenas alcanza la pubertad. Quién sabe, porque así dice la dedicatoria que el hombre no quiso dejar en su biblioteca al alcance de muchos ojos, así la mujer no lo tutee y se dirija a él en términos de usted:

Desde hace unos días tenía la idea de dejarle este libro porque creo que va a disfrutarlo mucho, especialmente la última parte; además es una manera de decirle gracias, muchas, usted sabe cuántas. ¡Ah! Y no he olvidado que tenemos un tinto pendiente. Nos vemos”. 

Los amores más dolorosos son aquellos de lo que pudo ser y no fue, como el de Federico Goltar, el personaje de la novela “La tejedora de coronas”, que quizás murió virgen después de haber sido el primer amor de Genoveva Alcocer, y de haber tenido varias veces el caballo en la puerta; pero sin poder entrar, porque así es la vida.

Después de varios intentos fallidos pude por fin abordar la lectura de esta novela, que me parecía densa. Aunque a veces recuerde un poco la manera de contar las cosas de Gabriel García Márquez, la verdad es que la obra está ambientada en la época del barroco, del Rey Sol de Francia (Luis XVI) con Voltaire de por medio, y tras el pretexto de los muchos amores carnales de Genoveva con hombres y mujeres, incluido el amor frustrado ad portas de Federico, y el apenas imaginado incesto con su hermano Cipriano. Nada se le escapó en sus casi cien años de vida, violaciones incluidas y episodios con personas de paso. Tras el pretexto de contar esos amores, digo, se esconde un inventario interminable de personajes franceses del siglo de las Luces al Renacimiento. Es una novela escrita en estilo barroco, extravagante, adornada, artificiosa, petulante, pedante… y agradable, cuando uno logra tomarle el gusto. No es fácil porque, además, requiere de diccionario de español para buscar el significado de palabras rebuscadas que aparecen cada dos renglones; y de diccionarios de francés, inglés y latín para las muchas frases y hasta párrafos que el autor cita, sin traducción. Hace un despliegue de erudición impresionante no sólo de los personajes del barroco francés sino de conocimientos sobre el sitio pirata a Cartagena en el que Blas de Lezo es reemplazado por el gobernador Diego de los Ríos por tratarse de historia novelada o de novela historiada. Muestra el autor erudición en sus conocimientos sobre la masonería, sobre marinería y navegación, sobre guerra y armamentos. Sobre la Colonia. Sobre mitología, astronomía, astrología. Y sobre política, claro. Y sobre amores reverentes e irreverentes. La narradora es una mujer, Genoveva, pero no es una voz femenina la que narra. No, por lo menos, la voz frívola e ingenua que solemos atribuir a las mujeres de ése y de todos los tiempos. No es el caso de esta mujer que habla de esos temas por cuenta de su autor, sin permitirse mostrar debilidad o falta de conocimiento. Apenas ahora, empezando el siglo XXI, sabemos de mujeres que exhiben en muchos casos conocimientos superiores a los de los hombres que las rodean. Cuando logré salir de la maraña que suponían esos detalles, disfruté mucho de la lectura de la novela y se me abrieron interrogantes que con el tiempo tendré que responder sobre personajes y sobre el significado o connotación de muchas palabras. Es una novela a la que tendré que volver en otro momento, y seguramente la voy a disfrutar más que en la primera lectura. Un laberinto, después de que uno logra salir de él, deja de ser un laberinto.

Tiempo después de haberla leído, descubro que muchos estudiosos se han ocupado de ella y han hecho ensayos científicos y rigurosos de aquellos que se clasifican como “epistemológicos”. No fue así la lectura que yo hice, intuitiva, emocional, de lector común y silvestre sin los eruditos bagajes de muchos de sus críticos. Soy un lector término medio; sin conocimientos encumbrados, pero más allá de los parámetros popularizados por Corín Tellado. Porque eso sí es claro: esta novela no fue escrita para los amantes de la novela fácil.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

domingo, 3 de septiembre de 2017

220. Candelabro enterrado (el) -Menorah-, de Stefan Zweig

CANDELABRO ENTERRADO (EL) –MENORAH–
Stefan Zweig, 1937 
Acantilado-Quadernos Crema S.A., 2ª. edición mayo 2008
Traducido por Joan Fontcuberta

Aunque data de 1937 la primera edición en alemán, y hay traducciones al español más antiguas que ésta de 2007, la de Joan Fontcuberta es una excelente traducción al castellano neutro universal, sin los localismos que suelen enturbiar otras ediciones. Haré unas observaciones, que me clasifican dentro del concepto emitido por Gabriel García Márquez a Héctor Abad Faciolince diciendo que “En Colombia no hay críticos literarios, sino correctores de texto”.

Stefan Zweig afirmó que era judío de padre y madre por accidente, puesto que la cultura judía no hizo parte de su formación primaria, hecho indispensable para que una persona se sienta arraigada a sus ancestros. Testigo de las dos guerras mundiales del siglo, fue adinerado de nacimiento y en su juventud, pero parece ser que tres hechos lo condujeron a un pacto suicida con Charlotte Elisabeth Altman, su segunda esposa, hecho que sucedió en Persépolis, Brasil, en el año de 1942: la pobreza de él, la enfermedad de ella, y la desesperanza de ambos ante los avances de un nazismo hitleriano que parecía imparable cuando la caída de Singapur en manos alemanas, lo que para él significaba que el mundo entero iba a quedar dominado por Hitler y su antisemitismo. A pesar de no sentir la religión y cultura judías como propias, fue consciente de la maldición sin esperanza que parecía recaer sobre el pueblo judío. Al momento de publicar su relato de ficción (1937) sobre la diáspora judía y la misión de rescatar la menorah como símbolo de la Alianza Divina y la libertad para su pueblo, parecía imposible y lejano un futuro promisorio para la raza judía. Tres años después de su muerte finalizó la segunda guerra mundial con la derrota del nazismo, y seis años después fue creado el Estado de Israel como la ansiada y por fin alcanzada tierra prometida; pero Stefan Zweig y su esposa ya no estaban en este mundo para verlo. Lo mejor de la obra de Zweig está representado en las biografías sobre María Estuardo, Fouché, María Antonieta, y los Momentos Estelares de la Humanidad; puesto que fue un escritor prolífico en biografías, en ensayo, en poesía, en novela. 

El candelabro enterrado es una exquisita obra narrativa que atrapa al lector desde la primera hasta la última página en una ansiedad por leerla de un tirón, por la riqueza descriptiva y las poéticas metáforas empleadas por el autor. La primera página describe una escena memorable, basada en un hecho histórico; más memorable por la forma que él tiene de describir y de insertar los hechos y personajes que imagina. Es un texto a la manera garcíamarquiana y juangossainiana de hacer crónica periodística de algún suceso del día, como aquellas tomas guerrilleras de algún pueblo a las que nos acostumbramos en otra época, y a las descripciones de ellas que estos reporteros solían hacer.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ALGUNAS FRASES

1 Para efectos comparativos de estilo de traducción, copio la primera página del texto traducido para El Aleph.com, que puede descargarse de Internet. De “elaleph.com”:


En un luminoso día de junio del año 455 acababa de definirse sangrientamente en el Circo Máximo de Roma, la lucha de dos gigantes hérulos contra una jauría de jabalíes hircanos, cuando a la tercera hora de la tarde empezó a cundir entre los miles de espectadores una creciente inquietud. Primero sólo observaban los vecinos próximos que habían entrado a la tribuna -ricamente adornada con tapices y estatuas- en que estaba sentado el emperador Máximo rodeado por sus cortesanos, un mensajero cubierto de polvo, el cual, evidentemente, acababa de apearse al cabo de una cabalgata arrebatada, y que, apenas transmitida la nueva al emperador, éste se levantó, contra todo uso, en mitad de la agitada lucha; le siguió con la misma sugestiva prisa, toda la corte, y pronto desocupáronse también los asientos destinados a los senadores y dignatarios. Tan precipitada partida debía tener un motivo importante. En vano anunciaron nuevos toques estridentes de fanfarrias otra lucha con animales, y en vano azuzóse contra las cortas navajas de los gladiadores a un león numídico de negra melena, que atravesó con bramidos roncos la reja levantada; la oscura nube del desasosiego, cubierta por la espuma pálida de rostros indagadores y tímidamente agitados, se había levantado ya irresistiblemente y se expandió de fila en fila. La gente saltó de sus asientos, señaló las tribunas vacías de los nobles, preguntó y metió ruido, voceó y silbó; y de pronto se divulgó, sin que se supiera quién lo había pronunciado primero, el rumor confuso de que los vándalos, los temidos piratas del Mediterráneo, habían anclado su poderosa flota en Portus y ya se hallaban en camino a la despreocupada ciudad. ¡Los vándalos! Primero, la palabra corrió de boca en boca, como cuchicheo macilento, luego de repente fue el grito agudamente levantado: "¡Los bárbaros, los bárbaros!", retumbando en centenares, en miles de voces por el redondel escalonado en piedra del circo, y ya se abalanzaba, como empujada por una ráfaga de tempestad, la enorme multitud de hombres en pánico furioso hacia la salida. Derrumbábase todo orden. Los guardias, los soldados en servicio abandonaban sus puestos y huían con los demás; la gente saltó las gradas, se abrió camino con los puños y espadas, pisoteó mujeres y niños que chillaban, y en las salidas formáronse vociferantes y arremolinados embudos de masas apretujadas. A los pocos minutos quedaba completamente barrido el amplio circo que acababa de apretar a ochenta mil personas en un oscuro bloque sonoro. Marmóreo, mudo y vacío, como una cantera abandonada, permanecía el óvalo escalonado en el sol veraniego. Sólo quedaba en la arena -los gladiadores habían huido ya detrás de los demás- el olvidado león, agitando la melena y bramando provocativo al repentino vacío.

2 Pag. 7:  La primera página del relato en la traducción de Joan Fontcuberta para Editorial Acantilado es una acuarela:

Un espléndido día de junio del año 455, justo cuando en la hora tercia, en el circo Máximo de Roma había terminado el sangriento combate de dos gigantescos hérulos contra una piara de jabalíes hircanos, una creciente agitación se apoderó gradualmente de los miles de espectadores. Al principio había llamado la atención sólo de los más cercanos que, en la tribuna separada, ricamente adornada con tapices y estatuas, donde tenía su asiento el emperador Máximo rodeado de sus funcionarios, hubiera entrado un mensajero cubierto de polvo, que, obviamente, acababa de descabalgar del caballo tras una acalorada carrera; y también que, apenas hubo comunicado la noticia al emperador, éste, en contra de los usos y costumbres, se levantara interrumpiendo el enardecido espectáculo; toda la corte lo siguió con prisa igualmente llamativa y pronto se vaciaron también los asientos asignados a los senadores y demás dignatarios. 

Una salida tan precipitada debía de tener un motivo importante. En vano las estridentes fanfarrias anunciaron otra lucha con fieras y de la reja levantada salió un león de Numidia, de negra melena, que se lanzó, con sordos rugidos, contra las cortas espadas de los gladiadores; la oscura ola de la alarma, rebosante de la pálida espuma de rostros inquisitivos, temerosos y asustados, ya se había encrespado y avanzaba fila tras fila. La gente se levantaba, señalaba con la mano los asientos vacíos de los prohombres, preguntaba, alborotaba, gritaba y silbaba; entonces, de repente, sin que nadie supiera quién había sido el primero, se propagó el confuso rumor de que los vándalos, esos temidos piratas del Mediterráneo, habían desembarcado en Portus con una poderosa flota y estaban avanzando hacia la despreocupada ciudad. ¡Los vándalos! La palabra circuló primero de boca en boca como un tímido cuchicheo; después, bruscamente, se convirtió en un grito atronador: “¡Los bárbaros! ¡Los bárbaros!”. Cien, mil voces retumbaron por los graderíos de piedra del circo, y la multitud, presa del pánico, como arrancada de sus asientos por un tempestuoso vendaval, ya se precipitaba hacia la salida, sin orden ni concierto. Los guardias y los centinelas abandonaron sus puestos y huyeron con los demás; la gente saltaba por encima de los asientos, se abría camino con puños y espadas, pisaba a mujeres y niños que proferían alaridos, y en las salidas se formaban embudos de masas humanas que gritaban, se arremolinaban y giraban como peonzas. 

Al cabo de unos minutos, el espacioso circo, donde pocos minutos antes se estrujaban ochenta mil personas en un oscuro bloque retumbante, quedó completamente barrido. El óvalo escalonado permanecía marmóreo, mudo y vacío bajo el sol de verano. Tan sólo, en la arena, quedaba el olvidado león –los gladiadores habían huido hacía rato junto con los demás–, que, agitando la melena, desafiaba al repentino vacío con sus rugidos.

3 Pag. 17. Me parece memorable este pensamiento de Zweig sobre la oración: 

Porque la oración es prodigiosa: aturde el miedo con grandes promesas, adormece el horror de las almas con salmodias, con el murmullo de sus alas levanta hacia Dios los corazones apesadumbrados; por ello, es bueno rezar en la necesidad, y aún mejor rezar en común, pues todo lo pesado se vuelve ligero cuando se lleva entre muchos, y todo lo bueno se vuelve mejor si se hace en compañía.

4 Pag. 28. Aquí entra una escena parecida a aquella bíblica en la que Dios pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac (Génesis, 22). No es casual que Zweig haya escogido el nombre de Abtalión para el abuelo, y el de Benjamín para el nieto que había de sacrificarse sin hacer preguntas (“Silencio”, contestó Abtalión con brusquedad, “las mujeres no debéis hacer preguntas”) para el bien de su pueblo; puesto que este Benjamín es también el más pequeño de la familia de Abtalión. Benjamín, como todos los judíos, había aprendido a convivir con el miedo:

El niño no había aprendido todavía las Escrituras, pero una cosa sabía ya: tener miedo a todo el mundo en la tierra.

5 Pag. 33: Pregunta, hijo. Pregunta con valentía todo cuanto desees. Yo te responderé. Peor es para los hombres no saber qué preguntar. Sólo aquel que ha preguntado mucho, puede comprender mucho. Y sólo aquel que mucho comprende hace justicia.

6 Pag. 36. Para que nuestro corazón no se aleje de su deber de servir a lo invisible, que es la justicia, la permanencia, y la gracia, nos procuramos objetos de culto que requieren una vigilancia constante: un candelabro llamado menorah en el que ardían eternamente las velas… Pero estos objetos, que llamamos sagrados, tenlo muy presente, no eran imágenes del Ser Divino, como las que se fabricaban sacrílegamente otros pueblos, sino sólo testigos de nuestra fe siempre vigilante y dondequiera que fuéramos del mundo, ellos nos acompañaban… Mientras conservemos el sentido de lo sagrado, seguiremos siendo un pueblo en cualquier país extraño.

7 Pag. 47: En este mundo prevalece la ley del más fuerte, y no la de los justos. La fuerza impone siempre su voluntad en la Tierra, y los dóciles no tienen poder terrenal. De Dios hemos aprendido sólo a soportar la injusticia, y a no imponer nuestra ley con los puños.

8 Pag. 53: Pero el niño no miraba en la misma dirección. Como hechizado, tenía los ojos fijos en el mar, que veía por primera vez. Ahí estaba un infinito espejo azul, resplandeciente, abombado, hasta la nítida línea donde las aguas tocan el cielo, y este espacio inmenso le pareció aún más vasto que la cúpula de la noche cuando por primera vez había contemplado las estrellas de la bóveda celeste en toda su redondez. Miraba embelesado cómo las olas jugaban unas con otras, cómo se perseguían y empujaban, cómo una saltaba sobre la cresta de otra y después huía encrespada con una suave y traviesa risa parecida a un cloqueo, para formarse una y otra vez de nuevo, y el muchacho presintió en este juego feliz una alegría como nunca se había atrevido a soñar en las mohosas sombras de su estrecha y apartada calle de gentes pobres.

9 Pag. 54: Cual blancos proyectiles descendían y volvían a ascender las gaviotas, y los gráciles barcos hinchaban sus blandas y sedosas velas al viento.

10 Pag. 94: Vieron que en el fondo se alzaba, sobre tres peldaños de pórfido, el trono cubierto de joyas en el que se sentaba el Basileo, sombreado por una cúpula de oro. Estaba rígidamente sentado, pareciéndose más bien a su propia imagen que a él mismo, un hombre grueso y robusto, y su frente desaparecía bajo el aura radiante de una corona que brillaba como un nimbo por encima y alrededor de su cabeza.

domingo, 27 de agosto de 2017

219. Multitud errante (la), de Laura Restrepo

(RESEÑA DE LECTURA DE UNA NOVELA QUE FUE ESCRITA DESDE LOS ENTREVEROS DE LA MONTAÑA)


LA MULTITUD ERRANTE (LA)
Laura Restrepo
Edit. Planeta, Bogotá, 2007

Al iniciar la lectura no puedo prescindir del conocimiento que tengo de que su autora, viniendo de clase alta, fue una guerrillera revolucionaria que primero hizo trotskismo urbano y después se metió al monte a guerrear, y allí se encontró con Carlos Pizarro León-Gómez, jefe guerrillero del M-19, también de clase alta, hijo de un contra-almirante de la Armada. En la guerrilla se enamoraron y, mientras él casi pierde la vida en un atentado, ella montó su cuerpo en una pierna de palo. Se deja venir la pregunta de lector: ¿Qué tanto de lo que la autora pone en este libro es autobiográfico? Porque uno tiene que poner sus experiencias en lo que escribe, y eso bien lo sabemos.

El título está correcto, de acuerdo con los cánones, puesto que el tema se refiere a los desplazados por la violencia que encuentran albergues de paso, atendidos por almas caritativas y ONGs, mientras consiguen adaptarse a otra vida en otro lugar de donde, con frecuencia, vuelven a ser desplazados. De ahí que ese mítico judío errante en nuestro país sea multitud. Sin embargo para mí no es un título afortunado, puesto que el tema me cautivó pero el título no logró grabarse en mi memoria, como sí lograron grabarse en ella el de “Cien años de soledad”, e inclusive “La cándida Eréndira y su abuela desalmada”, que en mi caso encontré largo pero recordable. Claro que criticar es fácil, lo difícil es hacer. El obvio título de “El guerrillero y la samaritana” tampoco hubiera sido afortunado, ni “El amor de Edipo en la guerrilla”. Recomendaba don Mario Escobar Velásquez escribir 20 o 30 posibles títulos y rumiarlos hasta encontrar el apropiado que, decía él, “a veces decide uno en el último momento, y a veces se decide por uno que no estaba en la lista primitiva”. Debo decir, entonces, que me hubiera gustado para esta novela un título que fuera algo así como: “Amor entre dos balas”, pero no sé si suene a episodio de pistoleros de los de Marcial Lafuente Estefanía o Keith Luger. 

Esta novela trata de una seglar que trabaja con monjas en un albergue para desplazados de la violencia, especie de ONG que auxilia campesinos en la peligrosa y delgada línea que separa a los guerrilleros de las víctimas de la guerrilla, y a los soldados y policías de las víctimas de los soldados y policías. Es un limbo en el que la muerte acecha de lado y lado, y la mujer ejerce: “Este oficio mío, que en esencia no es otro que el de enfermera de sombras” (pag. 23). La mujer conoce a un exguerrillero perseguido que se acerca en busca de ayuda pasajera, y se enamoran. Enamorar es un decir, puesto que él carga con un amor enfermizo hacia su desaparecida madre de crianza, un amor edípico que no se puede quitar de encima “porque son otros los vericuetos de su culpa. Siete por Tres no miraba a Matilde Lina como a una madre. Yo, que parí siete y perdí tres, conozco la forma de mirar de un hijo” (pag. 57). Él lleva ese apodo porque al sumar los diez dedos de las manos más los diez dedos de los pies tenía un dedo de más en un pie, un apéndice que le valió el apodo porque, sacando cuentas, veintiuno equivale a “Siete por Tres”. Ella se enamora de él, y él sigue enamorado de la otra, y su tema de conversación gira alrededor de la otra, de su búsqueda, y de lo que pudo ser de ella en los vericuetos de la vida. “Desde que me preguntó por su Matilde Lina, no bien hubo traspasado por primera vez la puerta, no paró ya de hablarme de ella, como si dejar de nombrarla significara acabar de perderla o como si evocarla frente a mí fuera su mejor manera de recuperarla” (pag. 20). Al final parece que resuelven hacer juntos el camino en lo que les resta de vida, aún sabiendo que tienen que cargar con ese fantasma a las espaldas. A menos de que con el tiempo, “Este hombre a quien amo sin esperanzas de retribución” (pag. 55), logre exorcizar ese recuerdo del pasado y acogerse a los brazos que se abren para el futuro. Pero eso no lo cuenta la novela, que termina en una señal de posibilidad, un trasunto de esperanza. Eso se sabe porque las últimas frases de la narradora nos cuentan que: “Adivino su silueta a través del telón del centro y sé que Siete por Tres se sienta en su catre y que se demora, botón por botón, al quitarse la camisa. Intuyo su mata de pelo y lo siento respirar en la sombra, como un animal en reposo. Hasta mí llega, muy vivo, el olor de su cuerpo y lo veo descolgar la tela de trama difusa y figuras borrosas que nos separaba” (pag. 137-138). En ese “nos separaba” está dicho todo. En la vida real las cosas fueron distintas. Laura Restrepo va por la vida con su pierna de palo en su destino de exitosa escritora de novelas y él, Carlos Pizarro León-Gómez –porque supongo que el personaje tiene mucho de él– hace rato entregó su vida a la trayectoria de las balas asesinas.

Malo es comparar, pero alguna vez tomé el “Atlas del cuerpo humano” de la española Almudena Grandes, de quien no había leído nada hasta ese momento ni volví a leer después, y cuando llegué a la página 54 descubrí que en mi libreta de apuntes no tenía ni una sola frase que yo quisiera rememorar, ninguna metáfora que me hubiera atraído, ningún giro bello, ningún pensamiento que despertara mi interés. Abandoné el libro decidido a dedicar el tiempo a lecturas más productivas para mí. A diferencia de ése, este libro de Laura Restrepo contiene bastantes citas que he copiado en mis apuntes.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ALGUNAS FRASES

1 El mundo me sabe a ella –me ha confesado–, mi cabeza no conoce otro rumbo, se va derecho donde ella (pag. 13).

2 No se diferenciaba gran cosa de tantos otros que vienen a parar a estos confines de exilio, envueltos en un aura enferma, arrastrando un cansancio de siglos y tratando de mirar hacia delante con ojos atados a lo que han dejado atrás (pag. 17).

3 El envés del tapiz, donde los nudos de la realidad quedan al descubierto. Todo aquello, en fin, de lo que no podría dar fe mi corazón si me hubiera quedado a vivir de mi lado (pag. 18).

(Aquí sale a relucir una frase autobiográfica porque “mi lado” significa esa derecha formal, citadina y aburguesada que fue cuna de la autora antes de que decidiera pasar “al otro lado”)

4 A veces, al atardecer, cuando se aquietan los trajines del albergue y los refugiados parecen hundirse cada cual en sus propias honduras, Siete por Tres y yo sacamos al callejón un par de mecedoras de mimbre y nos sentamos a estar, enhebrando silencios con jirones de conversación, y así, cobijados por la tibieza del crepúsculo y por el dulce titileo de los primeros luceros, él me abre su corazón y me habla de amor. Pero no de amor por mí: me habla meticulosamente, con deleite demorado, de lo que ha sido su gran amor por ella. Haciendo un enorme esfuerzo yo lo consuelo, le pregunto, infinitamente lo escucho, a veces dejándome llevar por la sensación de que ante sus ojos, poco a poco, me voy transformando en ella, o de que ella va recuperando presencia a través de mí. Pero otras veces lo que me bulle por dentro es una desazón que logro disimular a duras penas (pag. 21).

5 Mientras más profundo llego, más me convenzo de que son uno el hombre y su recuerdo (pag. 24).

6 Sabía bien que toda rareza es prodigio y que todo prodigio trae su significado (pag. 27).

(Este es un pensamiento de autor insertado en el libro)

7 No te hagas mala sangre, niño –le decía cuando lo descubría asomado a la amargura–, que no te abandonaron tus padres por malos, sino por tristes (pag. 30).

8 El espectáculo nocturno de las casas en llamas; los animales sin dueño bramando en la distancia; la oscuridad que palpita como una asechanza; los cadáveres blandos e inflados que trae la corriente y que se aferran a los matorrales de la orilla, negándose a partir; el río temeroso de sus propias aguas que se aleja de prisa, queriendo desprenderse del cauce (pag. 31).

9 Viendo el caso irremediable, los rojos de Santamaría le dijeron adiós a su tierra, mirándola de lejos por última vez. Improvisaron caravana y avanzaron hacia oriente, desarrapados, fugitivos y enguerrillados, con la muerte pisándoles los talones y la incertidumbre esperándolos adelante, y siempre presente el acoso del hambre (pag. 34).

(La novela está ambientada en la violencia partidista de los años cincuenta posteriores al asesinato de Gaitán, entre rojos liberales y azules conservadores, y aquí recoge la autora las razones de muchos para desplazarse y meterse a la guerrilla)

10 Los niños no sufríamos –me confiesa Siete por Tres–. Íbamos creciendo en los vientos de la marcha y no teníamos antojo de permanencias (pag. 34).

11 Huíamos de la violencia, sí, pero a nuestro paso la esparcíamos también. Asaltábamos haciendas; asolábamos sementeras y establos; robábamos para comer; metíamos miedo con nuestro estrépito; nos mostrábamos inclementes cada vez que nos cruzábamos con el otro bando. La guerra a todos envuelve, es un aire sucio que se cuela en toda nariz, y aunque no lo quiera, el que huye de ella se convierte a su vez en su difusor. Los que no podían seguir, se iban quedando a la vera del camino bajo una cruz de palo y un montón de piedras (pag. 35). 

(He aquí un testimonio escalofriante de alguien que vivió la guerrilla en carne propia como víctima y como victimaria)

12 Recuerdo la esperanza que abrigábamos entonces porque es la misma que abrigamos todavía: “Cuando la guerra amaine…”. ¿Cuándo será ese cuándo? Ya pasó medio siglo desde aquel entonces y todavía nada; la guerra que no cesa, cambia de cara no más (pag. 36).

13 Los otros lo habían perdido todo y ellos nada, porque no se pierde lo que nunca se tuvo ni se quiere tener (pag. 37).

14 Cada cual tenía bastante, y aún demasiado, con cuidar de sí mismo (pag. 44).

15 Charro Lindo, el jefe nuestro, era reconocido por hermoso y por coqueto… Se había vuelto proverbial su problema de pecueca, único defecto que como enamorado le encontraban las muchachas que en las noches compartían con él la cobija (pag. 46).

(De Carlos Pizarro León-Gómez decían las mujeres que era un “triple papito”. Espero que esta novela no sea demasiado autobiográfica y esté revelando que los pies de “Charro Lindo” olían a pecueca en las noches de amor de monte)

16 No supieron nada hasta que tuvieron encima los insultos y los culatazos de la emboscada. Se entregaron a la muerte sin oponer resistencia, pero la muerte, que le saca el quite a quien se le ofrenda, no quiso pasarles la cuenta de cobro de un solo envión. –La muerte tiene una hermana, más taimada y perseverante, que se llama Agonía– (pag. 50).

17 Un hijo del monte, volando al capricho de los cuatro vientos, en medio de un país que se niega a dar cuenta de nada ni de nadie (pag. 53).

18 Vienen acompañados de escandalosa reputación, sea de ladrón, de puta, de guerrero o de asesino. A quien murmura suciedades sobre el pasado ajeno, se le dice de frente: “Mejor cállese, don Fulano, que aquí adentro no hay ni buenos ni malos” (pag. 56).

(Para los que estamos por fuera de la guerrilla, los guerrilleros son todos unos asesinos, pero ¿qué pensarán los que están adentro? Aquí lo dice)

19 No habrá sido el primer adolescente que le vea los pechos a la madre –le objeto a Perpetua, y ella se ríe y contesta  –No, no habrá sido, ni será el primero que de ahí en más ande buscándolos en todos los otros pares que se le crucen por delante (pag. 58).

20 Toda esquina era ansiedad que tras el cruce se volvía desengaño (pag. 64).

21 ¡Ay, mi Ojos de Agua! Mi guerra es más cruel, porque la llevo por dentro (pag. 64)…  Detrás de ese aire de derrota está vivísimo el rencor. Huyen de la guerra, pero la llevan adentro, porque no han podido perdonar (pag. 101).

22 Eres tú quien la mantiene atada al tormento de su falsa vigilia. Deja que se desprenda en paz; no la acucies con la insistencia de tu memoria (pag. 71). ¿Y si está viva? Si aún está viva no la puedo enterrar, y si está muerta tengo que enterrarla. No puedo dejarla por ahí, vagando solitaria como un alma en pena. Viva o muerta, tengo que encontrarla (pag. 71).

(Ni para qué le pregunto a Laura Restrepo qué opina ella de la muerte. Aquí lo dice, y muestra de paso el por qué las víctimas de la guerrilla y de esa otra guerrilla que se llama paramilitarismo, andan buscando en fosas comunes los cadáveres de sus seres queridos)

23 Ni siquiera el próximo advenimiento del Rey de los Cielos (pag. 72).

(Yo hubiera supuesto a una mujer con antecedentes trotskistas y de guerrilla del M19 bastante atea y alejada de asuntos clericales. Oí decir que cuando estuvo casada con un diplomático colombiano ante el Vaticano ella se sentía fuera de lugar y vestía de ropa informal y rehuía las formales reuniones diplomáticas con obispos y cardenales de por medio, eso oí decir; pero aquí pone Rey de los Cielos con mayúsculas. Eso es una señal de respeto que equivale a santiguarse al pasar por una iglesia. No me la imaginaba así, pero en la pag. 82 lo confirma cuando escribe Espíritu Santo también con mayúsculas, y eso deben ser rezagos de alguna de sus abuelas. En la novela la narradora parece ser una de las monjas francesas del albergue para desplazados pero si así fuera la Madre Francoise le habría recriminado duramente el enamoramiento que se adivina y ella no habría podido ir a bailar con el enamorado, como en efecto hizo. En cambio reconoce sin ambages que en algún momento clamó: Apiádate, Dios mío –rogándole a una divinidad en la que nunca he creído ni creo– pag. 112)

24 No hay en el mundo un país más hermoso que éste… –No, no lo hay, ni más asesino tampoco (pag. 72).

25 Escudados en lo irresistible del mece-mece y de una letra hiperbólica que hablaba de copas rotas y de frustradas libaciones de amor (pag. 74).

(No parece la autora ser muy aficionada a la música popular que se diga. Sus alusiones musicales son nulas, casi. Al hablar de copas rotas en esta única alusión, tal vez se refiera al bolero “La copa rota” que dice “mozo, sírveme en la copa rota, sírveme que me destroza esta fiebre de obsesión”, pero puede estar refiriéndose también al tango “La última copa” que habla de que “Eche mozo, no más écheme y llene hasta el borde la copa de champán… yo la quise muchachos y la quiero y jamás yo la podré olvidar”. Estas letras parecen escritas para Siete por Tres o Veintiuno, y su afanosa e infructuosa búsqueda de la mujer perdida)

26 Desmayada y volátil como un echarpé de seda gris (pag. 74).

27 No percibió el momento sutil en que el descontento, que en Tora se cocina a fuego lento, subió como leche hervida, rebasó todo canal de contención, y estalló (pag. 75).

(Tora en esta novela es Barrancabermeja en la vida real con su refinería y clima ardiente en permanente ebullición por dentro y por fuera de los espíritus)

28 Soldados disfrazados de matorral… un niño atravesaba la calle con un portacomidas en la mano… a uno de los falsos matorrales le debió parecer que se trataba de una bomba o de un coctel molotov… se sabe que en tiempos de guerra sucia no se puede confiar en la tropa, pero tampoco en los niños (pag. 76-77).

(Es una tragedia. La guerra es una tragedia. Este episodio tantas veces repetido de un soldado sometido a permanente tensión teme de todo, hasta de su sombra. El miedo a la muerte está latente y la conciencia de que hay que madrugarle al otro o se es hombre muerto. Entonces los niños dejan de ser niños para parecer infiltrados. A cualquiera le pasa)

29 Urgencia de salvar su propio pellejo que además traía sollamado por el gas (pag. 81).

(El español tiene sus trampas. Llamar es pedir a alguien que se acerque y llamear significa sopletear con fuego. Yo esperaría que sollamar significara llamar con voz muy queda y sollamear significara chamuscar levemente, pero no. Resulta que sollamar es chamuscar. Por mi parte, para el caso, prefiero sollamear, aunque cada autor es dueño de su texto)

30 Lo detuvo una patrulla de la policía, en pleno uso de su prepotencia y su ulular (pag. 83)… Lograron escapar de la prepotencia armada de la guerrilla; tirándose con niños, ancianos y heridos a las aguas del Opón y atravesando la selva, en extenuantes jornadas nocturnas, por el silencioso cauce del río (pag. 129).

(La guerra es cruel con los campesinos y desplazados y la autora considera, cosa que no me sorprende, que la policía hace gala de prepotencia con el ulular de sus sirenas. Lo que sí me sorprende es que páginas adelante también considera que la guerrilla armada también hace gala de prepotencia, eso sí me sorprende)

31 Supo que había atravesado el espejo para penetrar en el envés de la realidad, donde se extiende en silencio, a la sombra de la raquítica patria oficial, el inconmensurable continente clandestino de los parias (pag. 88).

(Si uno se pregunta qué hizo que esta mujer pequeño-burguesa traspusiera la línea y se pasara para la guerrilla, aquí está su pensamiento para responder)

32 Tienes que aprender a distinguir entre mentiras dañinas y verdades no dichas (pag. 91).

33 Inmensa barriada sedentaria de esta ciudad de Tora, cuyos habitantes habrán olvidado el origen trashumante de sus progenitores y estarán tan habituados a la paz que la darán por descontada (pag. 97).

(La autora se permite soñar con que algún día la paz sea algo habitual. Ojalá sus sueños no se queden en eso)

34 Yo lo que quiero, me dije, es un hombre como Dios manda: bondadoso como un perro y presente como una montaña (pag. 115).

(Yo pensaba que para una mujer de la trayectoria de la autora “un hombre como Dios manda” era un hombre osado, un aventurero sin problemas para lanzarse al monte a luchar por un ideal, pero parece que me equivoqué. Su ideal de príncipe azul es otro)

35 Sabíamos que no era fácil llamar la atención o pedir una mano en medio de un país ensordecido por el ruido de la guerra. Y si era casi imposible lograrlo desde una de las ciudades grandes, más aún desde estos despeñaderos ariscos hasta donde no arrima la ley de Dios ni la de los hombres, ni sube la fuerza pública, como no sea de civil y para aniquilar, ni asoma el interés de los diarios, ni se estiran los bordes de los mapas (pag. 118).

36 Las palabras no dichas siempre me han infundido temor, como si permanecieran latentes y esperaran la ocasión de saltarnos a la cara, y en el fondo las resentía como si fueran una pérdida, como si se hubiera debilitado el lazo más íntimo que nos ataba, el puente hasta ahora indispensable para pasar desde su aislamiento al mío (pag. 132-133).

37 Escribo “Fuera de sí” y me pregunto por qué será que Occidente carga negativamente esa expresión, como si implicara la desintegración o la locura, cuando estar fuera de sí es lo que permite estar en el otro, entrar en los demás, ser los demás (pag. 133).

38 Parecía que buscara liberarse de la obsesión que lo enclaustraba, parecía. Parecía, pero no se sabía a ciencia cierta; nunca se debe subestimar la fidelidad que cada quien le guarda a sus viejos dolores (pag. 134).

39 Le conté largamente sobre mi arribo al albergue tres años atrás. Le hablé de la entrañable amistad con mi madre, quien no ve la hora de que regrese a su lado; del amadísimo recuerdo de mi padre, muerto hace demasiado tiempo; de mis estudios universitarios; de los hijos que nunca he tenido; de mi afición por escribir todo lo que me acontece (pag. 134).

(Vuelve a rondar la pregunta: ¿Qué tanto de autobiográfico puso la autora en esta novela?)

40 Una mujer como usted debe haber roto muchos corazones… –En el pasado, tal vez. A mi edad, el único corazón que uno rompe es el propio (pag. 134).



domingo, 20 de agosto de 2017

218. La Unión, La Unión, La Unión

Un domingo reciente estuvimos visitando a una familia campesina paupérrima, muy humilde, que vive en la vereda San Miguel del municipio de La Unión Antioquia, región que fue muy azotada por la violencia en años recientes, a golpes compartidos entre guerrilleros de izquierda y paramilitares de derecha, que saliendo los unos entraban los otros a rapar beneficios y, como dijo Álvaro Salom Becerra, “al pueblo nunca le toca”. 

Antes de ir a nuestro destino, almorzamos en el parque del municipio, un parque bonito y de jardines bien cuidados, en un restaurante sencillo cuyo nombre es algo así como Sabor y Sazón, cuya comida no nos defraudó, y la atención de los dueños nos pareció magnífica. Al voltear la esquina hay otro restaurante de gran apariencia y capacidad, pero ya habíamos almorzado en el primero, que afortunadamente pudimos conocer antes de que con su mejor apariencia se nos atravesara el otro en el camino. 

Es un frío pueblo agrícola, productor de papa principalmente, aunque hay una gran mina de caolín perteneciente a Suministros de Colombia (Sumicol) del grupo de Cerámicas Corona. La mina está a la izquierda por la vía que conduce de La Unión hacia Sonsón, a menos de quince minutos de la salida. La carretera de acceso desde Medellín es excelente.

Antes de llegar a la mina, está la instalación de Lácteos Buenavista, una lechería y productora de quesos y yogures tipo gourmet, cuyas dueñas han puesto también un restaurante que llamó nuestra atención porque las afueras estaban atestadas de vehículos de alta gama, y las mesas copadas de comensales. El lugar, como se dice, “no tenía arrimadero”, y el parqueo invadía las propiedades vecinas cuyos dueños no se molestaban porque el lugar ha dado mucha vida económica a la región. “El atractivo allí”, nos dijo nuestro acompañante, “son las tablas de quesos y jamones, acompañadas de vinos de calidad. Su menú es de estrato seis, y sus precios no están al alcance de todos los bolsillos. Se ha vuelto paseo obligado para los veraneantes y residentes de los condominios de Llanogrande, La Ceja, Rionegro, y El Retiro”. Algún día habrá que ir por allá con la esperanza de encontrar mesa y parqueo disponibles, y probar cuál es el encanto que atrae a tanta clientela.


Antes de llamarse La Unión, y de ser municipio, el lugar del oriente antioqueño fue un caserío que llevó el nombre de Vallejuelo y colindaba con propiedades del rionegrero José María Londoño Marulanda y el sonsoneño Vicente Toro. Cuando el caserío tomó fuerza, los señores Londoño y Toro unieron esfuerzos, donaron terrenos para iglesia, parque, y otros menesteres, y justificaron el cambio de nombre que da lugar al gentilicio de los unitenses. 


“En 1778 se registró la aparición del primer caserío de nombre “Vallejuelo”, en terrenos de Don José María Londoño Marulanda y Vicente Toro, del cual existen dos versiones: una versión es la de que como la población estaba situada en un valle muy pequeño se le dio el nombre de vallejuelo y la otra es de que en ese lugar vivía un señor de apellido Vallejo oriundo de Guarzo (El Retiro) y persona muy humilde, razón por la cual las familias más encopetadas lo apodaban Vallejuelo. Según relatan las crónicas los señores José María Londoño Marulanda, oriundo de Rionegro; y Don Vicente Toro, oriundo de Sonsón; eran dueños de los terrenos más apropiados para la fundación del pueblo. Cada uno de estos señores ofrecía sus tierras y lotes para las edificaciones pero como no pudieron ponerse de acuerdo los reunidos para los efectos de la parcelación, resolvieron someter la decisión a votación popular, saliendo derrotado el señor Londoño, quien en forma jocosa comentó: “Bueno, hagamos La Unión”. 

De ahí, según lo narrado, surgió el nombre del actual municipio.

Hay un segundo municipio que lleva el nombre de La Unión, y el gentilicio de sus habitantes es unionenses. Se trata de La Unión en el departamento del Valle del Cauca, que antes llevaba el nombre de Hato de Lemos por haberse fundado en terrenos de don Pedro y don Fernando de Lemos. La cabecera municipal separa la región montañosa que está al occidente y hace parte de la vertiente oriental de la Cordillera Occidental de los Andes; y la plana al oriente, que corresponde al valle del río Cauca. La cabecera las separa o las une, según se mire. En la cabecera se produce la unión de las dos regiones que desde hace muchos años se reconoce por los viñedos y la producción de vinos de la Casa Grajales.

Finalmente, hay un tercer municipio con el nombre de La Unión que está situado en el departamento de Nariño, y sus habitantes tienen el gentilicio de venteños. Aquí está la explicación:


“En 1847 el tambo de la la antigua Venta tomó definitivamente el nombre de La Unión, teniendo en cuenta el siguiente hecho: vivían dos grandes terratenientes: don Agustín Guerrero, oriundo de Pasto y dueño de la hacienda La Alpujarra, y don Juan Vivanco de origen ecuatoriano y propietario de El Cusillo, a lado y lado del antiguo camino que iba de la Jacoba al Mayo, quienes en un gesto de reconciliación cedieron una franja de terreno y sobre él se empezó a construir el nuevo asentamiento de La Unión, para aquella época se fundó jurisdicción del Estado Soberano del Cauca, y cuando la parte sur se dividió en el actual departamento de Nariño, La Unión fue anexado a esta nueva división político-administrativa”.

A ese municipio me referí en este fragmento del libro “Buenos Aires, portón de Medellín”, publicado en septiembre del año 2009.

“El locutor deportivo Guillermo Hinestroza Isaza, que vivió por Cuatro Esquinas, disiente de los que celebraron recientemente los sesenta años del Atlético Nacional pues para él, que fue su fundador, la fecha no es la registrada en notaría sino una anterior, en el año de 1935, cuando se reunieron él y otros muchachos del barrio Buenos Aires para conformar un equipo al que no se ponían de acuerdo en ponerle nombre hasta que, ¡por fin!, aceptaron el que él propuso: Unión. Así lo registra la historia oficial del club: En los albores del 35 un grupo de jóvenes se reunía a jugar “picados” en la manga de don Pepe (Sierra), un potrero ubicado en el Barrio Buenos Aires, cerca de la iglesia, y allí nació el Atlético Nacional con el nombre de Unión Fútbol Club...(1) Luego se fusionó con Indulana para formar el equipo Unión Indulana. Don Guillermo fue su fundador por el liderazgo que ejerció en ese grupo de muchachos que conformaron la primera escuadra, y porque era el que los representaba en los congresillos técnicos cuando se organizaba el campeonato. Además era el que mandaba, el que quitaba y el que ponía. Se reunieron en una casa por la Plaza de Flórez, cerca de Las Salas Cunas. No sólo no se ponían de acuerdo con el nombre para el equipo, sino que la discusión alrededor de las distintas propuestas estaba a punto de degenerar en golpes. Él intervino: Si seguimos así de desunidos, les dijo, aquí no habrá ningún equipo. Necesitamos unión. Les gustó la propuesta y lo bautizaron Unión. 

Cuenta don Ricardo Olano, en la memoria de sus visitas a poblaciones del sur del país, que llegó al entonces caserío enclavado en la falda de una montaña de Nariño. Esta población está edificada en una cuchilla angosta que consta de una sola calle hasta la plaza, adonde salen otras muy cortas… es una población liberal, rodeada de otras muy conservadoras… Hay en La Unión dos bandos: los de arriba y los de abajo. Los primeros se oponen a toda mejora que se haga en la parte baja, y los últimos se oponen a las mejoras que se proyectan en la parte alta.(2) De “Unión” no tenían sino el nombre".

(1) Historia del Atlético Nacional. Wikipedia de Internet.
(2)  Memorias de don Ricardo Olano 1935-1947.

Así es que, como si se tratara de algún acuerdo político, cuando se menciona La Unión primero hay que preguntar: “¿Unión? ¿Cuál Unión?”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)