lunes, 28 de abril de 2014

48 Viacrucis de Vidal -del Ciego al Patojo-

AL PATOJO LO QUE ES DEL PATOJO, 
Y AL CIEGO LO QUE ES DEL CIEGO

Hace poco empecé a usar sombrero, para compensar la pérdida del cabello que ponía distancia entre la capa de ozono y mi cuero cabelludo. Un domingo entré a la iglesia y me senté al pie de la III estación (Jesús cae por primera vez) en donde vi un clavo en la pared. Se me hizo fácil colgar mi sombrero del clavo mientras pasaba la celebración de la misa. Una acuciosa dama del séquito de ayudantes del párroco se acercó y me pidió que retirara el sombrero de la pared porque “Ya parece una estación”. Tiene razón la señora, supongo, pero yo pensé que “empieza Cristo a padecer” por cuenta del sombrero porque “¿Qué hago con esto, dónde lo pongo, dónde lo acuesto?”. Me propongo no caer por segunda vez en boca de las ayudantes del párroco.

El rezo de las estaciones es una invitación a los fieles a reflexionar en los sufrimientos de Jesús antes de ser clavado en la Cruz, y consiste en catorce pasos a los que se agrega un decimoquinto paso con la resurrección del Señor, pero me temo que los fieles acogidos a esta devoción cada vez son menos, y el promedio de edad es proporcional a la disminución de la capa de ozono. No veo rezando estas oraciones a muchachas de minifalda, bluyines descaderados, y camándula perdida por entre los pliegues del escote; ni a muchachos de piercing en la nariz, peinado punk, y tatuaje en el hombro. No los veo.

1ª ESTACIÓN: JESÚS ES SENTENCIADO A MUERTE
2ª ESTACIÓN: JESÚS ES CARGADO CON LA CRUZ
3ª ESTACIÓN: JESÚS CAE, POR PRIMERA VEZ, BAJO EL PESO DE LA CRUZ
4ª ESTACIÓN: JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE
5ª ESTACIÓN: EL CIRINEO AYUDA AL SEÑOR A LLEVAR LA CRUZ
6ª ESTACIÓN: LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DEL SEÑOR
7ª ESTACIÓN: JESÚS CAE, POR SEGUNDA VEZ, EN EL CAMINO DE LA CRUZ
8ª ESTACIÓN: JESÚS CONSUELA A LAS HIJAS DE JERUSALÉN
9ª ESTACIÓN: JESÚS CAE, POR TERCERA VEZ
10ª ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
11ª ESTACIÓN: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
12ª ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ
13ª ESTACIÓN: JESÚS EN BRAZOS DE SU MADRE
14ª ESTACIÓN: EL CADÁVER DE JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO

El tema de los sufrimientos de Jesús cargado con la Cruz por la vía que lo lleva al monte Calvario donde será crucificado, y los sufrimientos de su Santísima Madre al verlo sufrir tan crueles torturas, ha sido inspiración de muchos, muchísimos compositores. El Stabat Mater (Stabat mater dolorosa yuxta crucem lacrimosa) ha tenido versiones de más de 200 compositores entre los que están: Giovanni Pierluigi da Palestrina, Joseph Haydn, Alessandro Scarlatti, Domenico Scarlatti, Antonio Vivaldi, Giacomo Meyerbeer, Franz Liszt, Antonin Dvorâk, Giuseppe Verdi, Karol Szymanowski, Francis Poulenc, Josef Rheinberger, Krzysztof Penderecki, Salvador Brotons, Arvo Pärt, Pilar Jurado, Karl Jenkins, y otros. Los españoles José Lorente en la letra y José Serrano en la música se inspiraron para componer la zarzuela "La Dolorosa" o "La vía dolorosa", de la que es muy conocida el aria "La roca fría del Calvario" (...triste camina, /camina /llorosa, /la Madre Dolorosa /del Redentor...) que aquí escuchamos en versión del tenor canario Alfredo Kraus:

https://www.youtube.com/watch?v=rBdDbH5jOxw

El poeta León Zafir se inspiró en los sufrimientos de Cristo Crucificado para escribir el poema “Hacia el Calvario” (Señor, mientras tus plantas nazarenas suben hacia la cumbre del Calvario...) en el que hace una metáfora o comparación con sus propios sufrimientos por haber quedado huérfano de madre desde que estaba niño, y el maestro Carlos Vieco Ortiz le puso música a esos versos que han llegado hasta nosotros con el reconocimiento pleno hacia sus dos autores. Muchas versiones ha tenido ese pasillo, y particularmente exitosa fue la que grabó el tenor mexicano Alfonso Ortiz Tirado en 1948 cuando estuvo en Medellín y se hizo amigo de Vieco, Zafir, Tartarín Moreira, Manuel Mejía Vallejo, y otros personajes del ambiente artístico de la ciudad. Un homenaje le fue rendido en el Club Unión, y en 1951 volvió a visitarnos y atendió gentilmente la invitación de un amigo para participar en el bazar parroquial y fiestas de inauguración de la iglesia de la parroquia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa en el sector del barrio Buenos Aires, hecho que cambió el nombre de barrio Camilo Quijano, que tenía hasta entonces, por el de barrio La Milagrosa con que se conoce. Hay testimonios de que en esa oportunidad el médico cantor recetó gratis a algunas ancianas enfermas que le expusieron sus dolencias, y el Dr. Luciano Londoño López se lamentaba por no haber conservado la fórmula escrita de puño y letra del Dr. Ortiz Tirado con prescripciones farmacéuticas para su abuela.

Acaba de pasar la Semana Santa del año 2014, y llamó mi atención una procesión estilo siglo XXI que pasó frente a mi casa el viernes santo. Las tradicionales Estaciones del Viacrucis de Vidal fueron reemplazadas por la voz de Alberto Cortez con la canción de Violeta Parra “Gracias a la vida” (…que me ha dado tanto, me dio dos luceros que, cuando los abro, perfecto distingo el negro del blanco…) que salía del sistema de perifoneo de una carroza en movimiento. Me sorprendió lo profano de este canto en un momento de recogimiento que siempre tuve asociado con los padecimientos del Divino Salvador. A continuación la voz del sacerdote salió por el megáfono instando a la feligresía a tener caridad con el prójimo, solidaridad; y la voz y el tono del mensaje no eran de sermón o prédica semanasantera, sino de discurso veintijuliero. Me sorprendió lo inusualmente profano de este sermón, así no ignore que en los sermones de las Siete Palabras los predicadores siempre intercalaron mensajes políticos apropiados para los distintos momentos que ha vivido el país, incluidas las distintas etapas de la violencia.

La letra del tradicional canto de las Estaciones del Viacrucis de Vidal es un poema desgarrador, inspirado por el dolor de la Santísima Madre al ver los sufrimientos de su hijo Jesús, cargando con la Cruz hacia el monte Calvario, donde fue crucificado. Es de impecable factura poética correspondiente a los tiempos en que imperaba el romanticismo, y está cargada de metáforas que hablan de “la palma”, por ejemplo, para referirse al martirio; con ese símbolo que se idearon los pintores para representar la pérdida violenta de la vida por causa de la fe religiosa. Hay quien dice que esta obra es una adaptación del Stabat Mater de Pergolesi.

Stabat Mater de Francisco Vidal, por Jaime Santamaría Vasco al órgano y su compañía de óperas, zarzuelas, y operetas:
http://www.youtube.com/watch?v=35uazt3pTZI

Stabat Mater de Francisco Vidal, por Octavio Giraldo Baena al órgano y el tenor Nicolás Henao en la catedral de Medellín:
http://www.youtube.com/watch?v=XnXq2o6uNjY

Para responder a la pregunta de quién fue Vidal primero hay que saber que Vidal es el apellido de una familia de músicos payaneses que se inicia con el abuelo, Bernabé; se prolonga en sus hijos Francisco José, Pedro José, y José María Vidal Balcázar; y sigue con su nieto Gonzalo Vidal Perdomo. Dice Luis Latorre Mendoza que Gonzalo era apodado “El ciego”, por razones que saltan a la vista; que a Pedro José siempre le dijeron “Don Pedro”; y que a Francisco José le decían sólo “Francisco”, cuando no “El patojo” que era el apodo que le tenían para sacarle en cara su cojera. No era que le faltaran al respeto, sino que simplemente con él eran más confianzudos. Menos José María, que se quedó en la Popayán natal, los otros tres se vinieron a vivir a Medellín donde fueron músicos reconocidos. Son muchas las composiciones de Gonzalo, que murió en Bogotá ciego y pobre, acogido a la generosidad de una hija suya, porque el producido de su música no fue suficiente para permitirle un buen vivir, hasta sus últimos días; y un buen morir, sin angustias económicas. Dentro de las muchísimas obras suyas, que incluyen polkas, valses, pasillos, mazurcas, y otras, está nada menos que la música del Himno Antioqueño (Oh, Libertad, que perfumas las montañas de mi tierra…) que fue la música que él le puso al poema “Canto del Antioqueño” de Epifanio Mejía y que los paisas cantamos en las ceremonias con el corazón en la mano y el alma enardecida, después de cantar el Himno Nacional de la República de Colombia (Oh, Gloria inmarcesible; oh, júbilo inmortal); y están las Estaciones del Viacrucis que no faltaban en las procesiones de semana santa durante casi todo el siglo XX. 

Procesión de Semana Santa, con el canto de las Estaciones del Viacrucis de Gonzalo “El ciego” Vidal:

http://www.youtube.com/watch?v=Muc4gF2pVE8

Gonzalo “El ciego” Vidal, que murió en Bogotá pero se consideraba tan caucano de nacimiento como antioqueño por adopción; fue un mamagallista de fino humor, autor de la obra “Chispazos y bagatelas”,  que solía esgrimir como carta de presentación esta décima:

Bendigo al Sumo Hacedor 
que quiso hacerme cristiano, 
músico, godo, caucano, 
antioqueño, y entrador. 
¿Podrá haber dicha mayor 
que la de ser uno así? 
Delicioso es, para mí, 
pasar la vida cantando, 
componiendo, y enseñando: 
do, re, mi, fa, sol, la, sí”.

Y para darle al Ciego lo que es del Ciego, y al Patojo lo que es del Patojo, repitamos que las Estaciones del Viacrucis tenían música de Gonzalo y tal vez letra de Tartarín Moreira; y que el Stabat Mater tenía letra en latín de autor anónimo y música de Francisco.


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Hacia el Calvario
Pasillo con letra de León Zafir y música de Carlos Vieco Ortiz, interpretado por el tenor mexicano Dr. Alfonso Ortiz Tirado:
http://www.youtube.com/watch?v=ISsDqR-MAqw

Señor, mientras tus plantas nazarenas
suben hacia la cumbre del calvario;
yo también, cabizbajo y solitario,
voy subiendo a la cumbre de mis penas.

Tú, para redimir los pecadores
cargado con la cruz, mártir divino;
y yo, por un capricho del destino,
cargado con la cruz de mis dolores.

Siquiera en tu agonía silenciosa
tienes, oh sin igual Crucificado,
una dulce mujer cerca a tu lado:
la inmaculada Madre Dolorosa.

Yo, que perdí desde que estaba niño
mi santa madre, que tan buena era;
contéstame, maestro, cuando muera
¿Quién cerrará mis ojos con cariño?

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IV Estación: Jesús se encuentra con su Madre


Por mí, Señor, inclinas 
el cuello a la sentencia; 
que a tanto la clemencia 
pudo llegar de Dios. 
Oye el pregón –¡Oh Madre!– 
llevado por el viento, 
y al doloroso acento 
ven del Amado en pos. 

II 

Esconde, justo Padre, 
la espada de tu ira, 
y al monte humilde mira 
subir el dulce bien. 
Y tú, Señora, gimes 
cual tórtola inocente; 
que tu gemir, clemente, 
le amansará también. 

III 

¡Oh, pecador ingrato!, 
ve a tu Dios caído; 
ven a llorar, herido 
de contrición aquí. 
Levántame a tus brazos, 
oh bondadoso Padre; 
ve, de la Tierra madre, 
llanto correr por mí. 

IV 

Cercadla, Serafines; 
no acabe en desaliento, 
no muera en el tormento 
la rosa virginal. 
Oh acero riguroso, 
deja su pecho amante; 
vuélvete a mí, cortante, 
que soy el criminal. 



Toma la cruz preciosa, 
me está el deber clamando, 
tan generoso cuando 
delante va el Señor. 
Voy a seguir, constante, 
las huellas de mi dueño; 
manténgame el empeño, 
Señora, tu favor. 

VI 

Tu imagen, Padre mío, 
ensangrentada y viva; 
mi corazón reciba 
sellado con la fe. 
Oh Reina, de tu mano 
imprímela en mi alma, 
y a la gloriosa palma, 
contigo subiré. 

VII 

Yace el divino dueño, 
segunda vez postrado; 
deteste yo el pecado, 
deshecho en contrición. 
Oh Virgen, pide amante 
que borre tanta ofensa 
misericordia inmensa, 
pródiga de perdón. 

VIII 

Matronas doloridas 
que al justo lamentáis, 
¿Por qué, si os lastimáis, 
la causa no llorar? 
Y, pues, la cruz le dimos 
todos los delincuentes 
¡Broten los ojos fuentes 
de angustia y de pesar! 

IX 

Al suelo, derribado, 
tercera vez el Fuerte 
nos alza de la muerte 
a la inmortal salud. 
Mortales: ¿Qué otro exceso 
pedimos de clemencia? 
¡No más indiferencia! 
¡No más ingratitud! 



Tu bañas, Rey de gloria, 
los cielos en dulzura 
¿Quién te afligió, hermosura, 
dándote amarga hiel? 
Retorno a tal fineza 
la gratitud pedía… 
¡Cese ya, Madre mía, 
de ser mi pecho infiel! 

XI 

El manantial divino 
de sangre está corriendo. 
Ven, pecador gimiendo, 
ven a lavarte aquí. 
Misericordia imploro, 
al pie del leño santo; 
Virgen, mi ruego y llanto, 
acepte Dios, por tí. 

XII 

Muere la vida nuestra 
pendiente del madero, 
Y yo ¿cómo no muero 
de amor o de dolor? 
Ay, casi no respira 
la triste Madre yerta. 
Del cielo abrir la puerta 
bien puedes ya, Señor. 

XIII 

Dispón, Señora, el pecho 
para mayor tormento. 
La víctima sangrienta 
viene a tus brazos ya. 
Con su preciosa sangre 
juntas materno llanto. 
¿Quién, Madre, tu quebranto 
sin lágrimas verá? 

XIV 

Al rey de las virtudes 
pesada losa encierra; 
pero, feliz, la tierra 
ya canta salvación. 
Sufre un momento, Madre, 
la ausencia del amado; 
presto de ti, abrazado, 
tendrasle al corazón.

viernes, 25 de abril de 2014

47. Gregorio Gutiérrez González, ¿Por qué no cantas?

El poeta Gregorio Gutiérrez González, autor de las “Memorias sobre el cultivo del maíz”, quien afirmaba que "como sólo para Antioquia escribo, yo no escribo español, sino antioqueño", nació en La Ceja del Tambo en el año de 1826, y pertenecía a la rica familia de don Juan de Dios Aranzazu, pero fue un hombre pobre que ejerció como abogado para ganarse la vida y vivió con dignidad, apreciado por la sociedad y admirado por sus contemporáneos, a pesar de haber tenido momentos de afugias económicas que no llegaron a apabullar su autoestima. En 1848 el Dr. R. Cheyne, un médico inglés que lo atendió en Bogotá, le diagnosticó a Gutiérrez González una enfermedad terminal y le pronosticó a lo sumo un año más de vida, lo que sumió al poeta en una depresión; pero sobrevivió veinticuatro años a ese que resultó ser un diagnóstico equivocado y mal pronóstico. No fue hombre afortunado en los negocios y al morir en 1872, en su casa de lo que hoy es la carrera Carabobo con la calle Juanambú, su familia hizo malabares para costear los gastos del entierro, así éste hubiera estado presidido por dos obispos, incluído su cuñado Monseñor José Joaquín Isaza Ruiz, y un séquito fúnebre, encabezado por su amigo el Dr. Pedro Justo Berrío, lo hubiera acompañado con honores de patricio hasta el ala sur del cementerio de San Lorenzo, que ya para ese momento era el de los pobres, enfrentado al cementerio de San Pedro que se conocía como el cementerio de los ricos. A juzgar por la dirección de la casa en que murió, era vecina del primer cementerio que tuvo Medellín en El Chagualo.

Gutiérrez no era un hombre apuesto, y una espalda gibosa acentuaba su delgadez y su andar desgarbado; pero la fluidez de su palabra seducía. Por el año de 1850 se casó con Juliana Isaza Ruiz, su Julia a quien dedica varios de sus poemas (“Juntos tú y yo vinimos a la vida, /llena tú de hermosura y yo de amor; /a ti vencido yo, tú a mí vencida; /nos hallamos por fin juntos los dos”). En sus obras completas hay poemas dedicados a Temilda, la bella joven bogotana por quien el enamorado y enamoradizo GGG se apasionó con un amor sin esperanzas, a pesar (o a causa) de la coquetería de la chica que en últimas se casó con otro. De ella se despidió cuando creyó que ya su muerte era inminente y regresó a Antioquia buscando aquí el reposo (“Adiós, Temilda, el caprichoso mundo /ya de mi vista ocultará sus galas. /El nuevo sol alumbrará un sepulcro, /y un hombre menos lo verá mañana”). Fue músico que llevó serenatas en compañía del cantor y guitarrista Félix Mejía, entre ellas una contratada por Eleázar Marulanda Otero, un joven que después se hizo sacerdote y fue cura de Andes, para una joven que estaba de paseo en una finca apartada adonde se llegaba por el camino carretero de El Guayabal en la Otrabanda, y correspondía a lo que hoy en día es el barrio de Belén; serenata que se dio, al decir de don Benigno A. Gutiérrez, en una infame “noche de lluvia por entre fangales” que recorrieron por ese camino pantanoso pero valió la pena porque al llegar “al pie de la ventana de la novia se oyó una bellísima canción cuyos versos improvisaba Gutiérrez mientras Mejía cantaba. No recuerdo sino esta estrofa y eso que, para ayudar a mi memoria, hace rato que estoy tarareando pasito: “Un porvenir de dicha y de ventura /ha reservado bondadoso Dios; /para ti, para mí, donde a tus plantas /seré feliz con tu mirada yo”.

Gutiérrez González fue amigo de Domingo Díaz-Granados González, su colega poeta nacido en Medellín en 1835 y fallecido en Barranquilla en 1868. Abogado prestigioso, Díaz Granados no fue lo que se diría un gran poeta, pero llevado por los sentimientos de su amistad, y en vista de que Gutiérrez González escribió muy poco y publicó prácticamente nada entre los años de 1848 y 1858, se resolvió a hacerle el reclamo en la forma en la que los poetas se entendían: en verso. Hay que tener en cuenta que en aquellos años en que no había Internet y no había telefonía y ni siquiera había oficinas de correos, las comunicaciones se daban con cartas y esquelas llevadas por mensajeros que tardaban varios días en llegar a su destino y hasta semanas en ser respondidas. Casi no consigo el poema original de este reclamo de Domingo Díaz-Granados que se titula “¿Por qué no cantas?”, que bien pudo pasar desapercibido si en su respuesta Gregorio Gutiérrez González no se hubiera fajado un poema de nivel sublime que tituló “Por qué no canto”. De "¿Por qué no cantas?" dice Gilberto E. Díaz-Granados Molina en la genealogía de la familia que sus versos están "escritos en un metro que fatiga a la larga, mezcla de esdrújulos y agudos". En cuanto a "Por qué no canto" es conocido y se encuentra en las obras completas del poeta de las tres Gees. Pasé varias tardes buscando el "¿Por qué no cantas?" en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto (BPP) de Medellín donde recordaba haberlo leído en mi adolescencia. No pude encontrarlo. Vine a hallarlo, casi por casualidad, en un portal de ayuda para estudiantes denominado Wikitareanet. Estaba escrito en renglón seguido, y tuve que hacer una tarea de reconstrucción en la que seguramente cometí muchos errores, pero ahí está su registro para tratar de que no se convierta en pieza arqueológica de imposible consecución para las generaciones venideras. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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¿POR QUÉ NO CANTAS?
A mi amigo el señor Gregorio Gutiérrez González
Domingo Díaz-Granados González

Niño era yo, cuando por vez primera
el son dulcísimo de tu arpa oí;
y al escuchar tu trova lastimera
ardiente lágrima correr sentí.

Tu canto era una queja, era un gemido
hondo, tristísimo ¡desgarrador!
Grito infeliz de un corazón herido
que lucha exánime con el dolor.

Grande era tu pesar, como tu suerte;
triste tu cítara, triste tu voz.
Era que el cisne, en su canción de muerte,
daba a los céfiros su último adiós.

¡Yo te amé, desde entonces!
Mi alma inquieta guardó tus cánticos,
y sin cesar los nombres de Temilda y su poeta
fueron dos ídolos sobre el altar.
Tu voz de alondra enmudeció
y tu lira, tu lira armónica, calló.
¿Por qué?
¿De amor, acaso, la sangrienta pira
mató tu espíritu, mató tu fe?

¿Acaso ya sin esperanza alguna
tu alma, en un piélago de hiel, se hundió;
y, entregada al vaivén de la fortuna
su impulso de águila, su fuerza, ahogó?

¿Acaso al ver, en juventud temprana,
veloz al féretro tu pie rodar;
sentiste huir la inspiración galana
en sombras lúgubres de cruel pesar?

Sólo sé que, al murmullo de los vientos,
febril y trémula tu voz perdí.
Otras voces oí, y otros acentos,
pero tus célicas trovas no oí.

Largo tiempo a la brisa de occidente
pedí tus cántigas con inquietud;
mas, nunca hallaba en su rumor doliente
la dulce música de tu laúd.

Al fin, en alas de esa misma brisa,
tu voz magnífica vibrar se oyó;
el Fénix renació de sus cenizas,
y en trinos plácidos su canto alzó.

¡Cantaste! En mil perfumes derramadas
pobló los ámbitos tu inspiración;
y el bello nombre de tu Julia amada
vagó entre céfiros en un dulce son.

¡Cantaste! En melodiosas vibraciones
el son dulcísimo de tu arpa oí,
y al candente rumor de tus canciones
llena de júbilo mi alma sentí.

¡Canta! Cual antes fáciles brotaron,
broten tus cánticos en multitud.
¡Canta! Y olvida que por ti sonaron
las cuerdas ásperas de otro laúd.

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¿POR QUÉ NO CANTO?
A mi amigo el señor Domingo Díaz Granados
Gregorio Gutiérrez González

¿Por qué no canto? ¿Has visto a la paloma
que, cuando asoma en el oriente el sol,
con tierno arrullo su canción levanta;
y alegre canta la dulce aurora de su dulce amor?
Y ¿No la has visto, cuando el sol avanza,
y ardiente lanza rayos del cenit,
que fatigada tiende, silenciosa,
la ala amorosa sobre su nido,
y calla, y es feliz?
Todos cantamos en la edad primera
cuando, hechicera, sonríenos la edad;
y publicamos necios, indiscretos,
muchos secretos que nuestro pecho debería guardar.
Cuando al encuentro del placer salimos,
cuando sentimos el primer amor,
entusiasmados de emoción cantamos
y evaporamos nuestra dicha al compás de una canción.
Pero, después, nuestro placer guardamos,
como ocultamos el mayor pesar;
porque es mejor en soledad el llanto
y crece tanto nuestra dicha en humilde oscuridad.
Sólo en oscuro y retirado asilo
puede, tranquilo, el corazón gozar.
Sólo en secreto sus favores presta,
siempre modesta, la que el hombre llamó felicidad.
¿Conoces, tú, la flor de batatilla;
la flor sencilla, la modesta flor?
Así es la dicha que mi labio nombra:
Crece en la sombra; mas, se marchita con la luz del sol.
Debe cantar el que en su pecho siente
que brota, ardiente, su primer amor.
Debe cantar el corazón que, herido,
llora afligido; si ha de ser, inmortal, su inspiración.
Porque la lira en cuyo pie grabado
un nombre amado por nosotros fue;
debe a los cielos levantar sus notas,
o hacer que rotas todas sus cuerdas para siempre estén,
Pero cantar cuando insegura y muerta
la voz incierta triste sonará;
pero cantar cuando jamás se eleva
y al aire lleva perdida la canción; ¡Triste es cantar!
Triste es cantar cuando se escucha al lado
de enamorado trovador la voz;
triste es cantar cuando, impotentes, vemos
que nuestras voces no podemos unir a su canción.
Mas, ¡Tú debes cantar! Tú, con tu acento,
al sentimiento más nobleza das.
Tus versos pueden, fáciles y tiernos,
hacer eternos tu nombre y tu laúd.
¡Debes cantar! Canta,
y arrulle tu canción sabrosa
mi silenciosa y humilde oscuridad.
¡Canta!, que es sólo a los aplausos dado,
con eco prolongado, tu voz interrumpir.
¡Debes cantar! Pero no puedes, como yo he podido,
en el olvido sepultarte tú
que sin cesar, y por doquier, resuenas;
y el aire llena la dulce vibración de tu laúd.
No hay sombras para ti. Como el cocuyo,
el genio tuyo ostenta su fanal;
y huyendo de la luz, la luz llevando,
sigue alumbrando las mismas sombras que buscando va.


viernes, 18 de abril de 2014

46 Gabriel García Márquez y la música

UN HOMENAJE A GABO


(Este texto lo escribí para una charla que di en el año 2007, y a raíz del fallecimiento de Gabriel García Márquez -GGM- adquiere vigencia, por lo que he resuelto compartirlo con los lectores del blog sin actualizar o hacerle modificaciones).

En las referencias que se hacen a Gabo es mucho lo que se inventa, es mucho lo que se exagera, es mucho lo que se distorsiona. Afirma GGM: 

Con el tiempo descubrí que... uno no puede inventar o imaginar lo que le da la gana, porque corre el riesgo de decir mentiras, y las mentiras son más graves en la literatura que en la vida real. Dentro de la mayor arbitrariedad aparente, hay leyes... La imaginación no es sino un instrumento de elaboración de la realidad y la fantasía, o sea que la invención a lo Walt Disney, la invención pura y simple, sin ningún asidero en la realidad, es lo más detestable que puede haber.(1) 

(1) Plinio Apuleyo Mendoza pp 31; 
El olor de la guayaba, Edit. La oveja negra, Colombia, 1982). 
(pag. XXI de Cien años de soledad)

Jean Paul Sartre, que había apoyado todo cuanto movimiento de izquierda se había atravesado, se sorprendió al conocer la noticia de haber sido nombrado Premio Nobel, uno de los íconos del establecimiento de derecha de los que había denigrado. ¿Qué presentación tenía recibirlo? Lo rechazó y fue un golpe contundente a los académicos. Prometieron no volver a cometer errores y se aseguran de que el premio va a ser bienvenido y, sobre todo, de que es lo que ahora llaman “políticamente correcto”, entonces piden el aval de los gobiernos hacia el autor o autores nominados. Al perro no lo capan dos veces, como bien podría decir García Márquez. Es tan prestigioso ganarlo, como aspirar a él y no hacerlo. Pregúntenle a Jorge Luis Borges. Cuando Luis Carlos Galán iba para presidente de Colombia que se las rumbaba, vino la muerte en auxilio de César Gaviria y ¡Suaz!, le trepó la banda presidencial sobre el pecho. En 1982 los pasos estaban dados para que el premio fuera concedido al cubano Alejo Carpentier, pero llegó la muerte y le dio un empujoncito a Gabo que también lo merecía. Al que le han de dar le guardan y si está frío le calientan, lo que es para uno es para uno. Lo políticamente correcto era que el premio de ese año fuera para la literatura caribe, y Gabo es caribeño, ¿quién lo duda?  Del prólogo de Agustín Cueva a Cien años de Soledad:

Cien años de Soledad es,  para comenzar, una obra absolutamente original tanto en su contenido como en su forma. En cuanto a lo primero, ya hemos visto cómo se fue forjando, de un modo aluvial, a lo largo de múltiples “ensayos” literarios de García Márquez, y de nadie más. Atrás de eso, lo que hay es el peso de una enorme tradición popular, que el autor a veces se empeña en señalar como específicamente caribeña.(2)

(2) Plinio Apuleyo Mendoza pp 54-55; El olor de la guayaba
Edit. La oveja negra, Colombia, 1982). (pag. XIX de Cien)

Gabo tiene la particularidad de que, cuando habla, los demás escuchan porque todo lo dice con esa sabiduría tan suya. Él lo sabe, y trata de permanecer en la seguridad del hogar, con su mujer y sus hijos, callado el mayor tiempo posible; para no tener que preocuparse por lo que dice –¡Carajo!– ni preocuparse de tener al lado a un equipo de periodistas con grabadora –¡Mierda!–. En El Coronel no tiene quien le escriba reconoce (pag. 181):

Comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.

Gabo, cuando habla para los demás, usa pocos lugares comunes porque los que necesita se los inventa; y, como Séneca, habla con frases lapidarias que uno se siente identificado con ellas. Tiene la mala costumbre de que le pasan las mismas cosas que a mí y, cuando a mí se me han olvidado, él las recuerda. Eso no sería problema, si no fuera porque las cuenta con más gracia: La masculinidad inverosímil de Aureliano, es tal cual la del Manecoco de mi niñez; la glotonería apostadora del Míster Banano de mi niñez, es tal cual la cuenta en Cien Años de Soledad. Y yo me había olvidado, y hasta me avergonzaba, de que una vez tuve que salir con la corbata y el saco en una mano; los pantalones y los zapatos en la otra; para vestirme en una callejuela lateral de Lovaina, por culpa de un marido que regresó a su casa antes de tiempo. A él también le pasó y lo cuenta en Vivir para contarla. Dijo alguien y los demás repetimos, porque es verdad:  

La grandeza de Gabo es su universalidad.

Cuando leo, escribo, o duermo; es decir, casi todo el día; me gusta oír música clásica de Radio Bolivariana –por una razón: no me distrae de mis actividades, no me interrumpe… Me explico: si estoy en sueño profundo a medianoche y suena Celia Cruz con la Sonora Matancera golpeando mi cerebro con su No sé que tiene tu voz que fascina, no sé que tiene tu voz, tan divina… se me espanta el sueño y los ojos se abren como dos pepas de asombro. Si estoy escribiendo o leyendo, se me escapan las ideas porque la voz de esa mujer lo llena todo–. Me llamó la atención una entrevista que le hicieron (Tintas y tintos de UN Radio) al polémico y provocador escritor colombiano, residente en México desde hace cuarenta años, Fernando Vallejo. Es fanático de la música clásica de Glück que lo acompaña, junto con los perros callejeros que recoge en su soledad ahora que dejó de perseguir las cosas que perseguía cuando estaba muchacho. Los años no perdonan. Pero la música que le llega al alma, la de oír cuando no lee ni escribe, es la de la Sonora Matancera acompañando los boleros de Daniel Santos y Bienvenido Granda. ¡Quién iba a pensarlo!

Me sorprendió escuchar que a Gabo le pasa lo mismo. De que oye música clásica cuando escribe, no tengo dudas; y reconoció haber sido acompañado por la música de Los Beatles cuando escribía Cien años de soledad. En El amor en los tiempos del cólera hace referencia a La Chasse de Mozart, a Don Giovanni, a Tannhaüser, a La muerte y la doncella de Schubert. En otro lugar se refiere al canto desgarrador de In questa tomba oscura y al vals de La diosa coronada, vallenato al que está dedicada la obra; al aria Adiós a la vida, de Tosca; a Enrico Caruso y su capacidad de romper cristales con la voz, y a When wake up in glory, canto funerario de Louisiana. En alguna ocasión escribió un artículo o crónica periodística sobre el vallenato y en otra escribió sobre el bolero, según me dicen. 

Pienso que la música popular también es culta, aunque de una cultura distinta, pero si sólo pudiera llevarme un disco a una isla desierta, no dudaría un solo instante: La Suite #1 para chelo, de Juan Sebastián Bach.(3) 

(3) Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez 
en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico

Muchos quisiéramos ganar el Nobel para tener dinero y ser famosos. El sueño de Gabo –reconoció en Caracas a Manuel Mejía Vallejo cuando éste ganó el Premio Rómulo Gallegos– es otro:

Aspiro a ser un hombre común y corriente.

No puede serlo. Lo persigue una nube de periodistas y mariposas amarillas como la doña Maribucha que se inventó Guillermo Díaz Salamanca:

¡Ay, Gabito!, ya que estás por aquí, ¿por qué no me regalas tu autógrafo en esta servilleta?

Un hombre que se presenta a recibir el Premio Nobel y a hacerle venias al Rey de Suecia con guayabera liqui-liqui, haciéndose acompañar de Rafael Escalona y los Hermanos Zuleta, no sólo se habrá pegado quién sabe cuántas escapadas a contratar merenderos vallenatos, sino que fue acunado por músicas de acordeones y guacharacas. No hay que dudarlo. Antes podía hacerlo, ahora no. De El Universal de Cartagena tomo este párrafo:

Ser Gabriel García Márquez debe ser muy difícil. Quizá le es igual de incómoda la sapería o lagartería de nacionales y extranjeros, que la inquina de sus detractores. Durante el almuerzo de la Sociedad Interamericana de Prensa en Cartagena, fue asediado de manera inmisericorde, grotesca, por una fanaticada que no lo dejó en paz ni un minuto. No dudamos de que en privado ha recibido propuestas y peticiones abusivas de quienes se esperaría delicadeza. Es suficiente para mosquear hasta al más ecuánime.(4) 

(4) Editorial de El Universal, de Cartagena, miércoles 28 de marzo de 2007

Cómo será la cosa para un hombre de ochenta años que empieza a arrastrar los pies, que a raíz de la celebración de esta semana en Cartagena, con Congreso de la Lengua y Reyes de España a bordo, hicieron una fiesta con todo lo que vale y pesa de Cartagena, lo más granado de la sociedad, como se dice. Asistieron 400 invitados, y el único que no llegó fue él.

Me cuentan que estando una vez en el Aeropuerto de Barajas en Madrid, una admiradora lo reconoció en la sala de espera y le dijo:

Maestro, es usted el más grande poeta de la lengua.

Se lo topó de buen humor.

No, señora, los grandes poetas de la lengua son los juglares del pueblo. Óigame esto: Me contaron mis abuelos que hace tiempo / navegaba en el Cesar una piragua / que partía del Banco, viejo puerto / a las playas de amor en Chimichagua. / Doce bogas con la piel color majagua, / y con ellos el temible Pedro Albundia, / le ponían a sus remos en el agua / un melódico crujir de hermosa cumbia.

Chispas quedaría viendo la señora mientras averiguaba dónde diablos queda Chimichagua, quién diablos era el temible Pedro Albundia y cómo diablos es la piel color majagua. 

Hablando sobre sus dificultades para traducir a Gabo, dice László Scholz su traductor al húngaro:

Las dificultades léxicas eran desalentadoras, no aparecen en mis diccionarios mapaná ni pacotilla, tenderete de chanchullos ni calanchín; no tenía idea de cómo sería La Guajira, ni de qué era una glándula de presagios, o las famosas astromelias.(5)  

(5) Artículo Retrato del lector joven húngaro. László Scholz, 
traductor de GGM al húngaro, en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007.

Quién sabe qué nostalgias de patria lo embargaban en esos largos momentos de espera que lo arrullan a uno en los aeropuertos.

Perdí la amistad de algunos escritores sin sentido del humor porque declaré en una entrevista –pensándolo de veras– que uno de los grandes poetas actuales era mi amigo Armando Manzanero.(6) 

(6) Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel 
García Márquez en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico

Ha dicho Gabo que le hubiera gustado escribir Pedro Navajas, de Rubén Blades; y con seguridad eso se aplica también a Juanito Alimaña:

Me alegra comprobar, por otra parte, que mi pasión por la música del Caribe está bien correspondida.(7) 

(7) Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez 
en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico

Encontré en El coronel… (p. 6-7) una expresión de músicos. A nosotros nos puede parecer que entre la orquesta falta el flautista de la semana pasada, o el trombón del otro domingo, pero Gabo dice con términos de conocedor:

Mirando la banda de músicos (El Coronel) Aureliano, volteó la cabeza y se encontró con el muerto… envuelto en trapos blancos y con el cornetín en las manos. Pero no lo reconoció porque era duro y dinámico y parecía (dentro del ataúd con el instrumento de cobre, debiendo estar entre la banda)... tan desconcertado como él… La banda inició la marcha fúnebre. El coronel advirtió la falta de un cobre y por primera vez tuvo la certidumbre de que el muerto estaba muerto.

Para decirle cobre a una corneta, y para distinguir que se trata de un cornetín, se necesita ser músico; así sea de oídas. 

Hace poco Gabo reconoció a Marco Aurelio Álvarez de RCN su admiración por la Sonora Matancera y en especial por Bienvenido Granda a quien no sólo admira enfundado en sus guayaberas caribes, sino que hasta lo imita con su bigote que escribe. La admiración de Gabo por la música de la gente caribe es grande y viceversa, él mismo lo reconoce. Tiene que hacerlo. Uno no puede vivir temporadas en México y en Cuba sin oír música todo el día y en todas partes, sin impregnarse de melodías de pueblo. A cualquier niño que nazca, crezca y envejezca en la Costa Caribe colombiana, llámese Aracataca, Barranquilla o Macondo, le es imposible hacerlo a punta de cantos de cuna gregorianos con esa mano de vecinos compitiendo a cual pone sus vallenatos a mayor volumen. La primera música que Gabo mamó fue el vallenato, de eso no nos quepa duda. Y eso cuando aún no había sido llevado por su abuelo el coronel Nicolás Márquez a conocer el hielo y la música no se oía en discos sino de viva voz con acordeones y guacharacas regados por todos lados. 

Escalona habla de su amigo Gabo. Hay una foto en la que aparecen con Álvaro Cepeda Samudio y el pintor Jaime Molina al que Escalona dedicó su vallenato: Recuerdo que Jaime Molina me dijo que si yo moría primero él me haría un retrato, pero que si él moría primero le cantara un son:

Gabo y yo nos conocimos cuando estábamos en edad de mirar muchachas… Es uno de los mejores cantantes de vallenato que yo haya conocido. No lo digo por complacerlo, sino porque en nuestras parrandas en Valledupar y en La Guajira, aunque él era flojo para asuntos de trago, se emocionaba mucho y de pronto se ponía a cantar… Un día nos encontramos en Barranquilla y me invitó a La Cueva, donde se escuchaba mucho vallenato. Su entusiasmo por los vallenatos está expresado en sus libros.(8)
  
(8) Artículo El Vallenato. Rafael Escalona 
en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007.

Allá se reunían a hablar de música y a contratarla con merenderos. Heriberto Fiorillo ha tratado de rescatar el lugar con objetos, decoraciones, etc. y ha podido hacerlo con todo menos la gente que lo habitaba, porque ya no asoma por allá, ni son los mismos. 

Era un sitio en el que se podía beber ron, alternar con cazadores y toda suerte de parroquianos sin pretensiones… mantener un clima de festiva bohemia los blindaba del peligro de convertirse en aquello que detestaban. Ha cambiado: El otro día el Pato Abello y yo intentamos almorzar allí. Al recibirnos, alguien nos preguntó si teníamos reserva. Cruzamos miradas con el Pato, y huimos instintivamente.(9)

(9) Artículo En La Cueva. Armando Benedetti Jimeno 
en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007 

Aquel fanatismo enciclopédico fue el principio de una gran amistad. Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes con los cuatro discutidores, que se llamaban Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los primeros y los últimos amigos que tuvo en la vida... (p. 301 de Cien años).

(En la librería del catalán don Ramón Vinyes: Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas Cantillo, Alfonso Fuenmayor y Gabriel García Márquez, lo que se denominaría Grupo de Barranquilla o de La Cueva). También José Félix Fuenmayor, Alejandro Obregón, Fanny Buitrago, Plinio Apuleyo Mendoza. 

Heriberto Fiorillo reunió en La Cueva de Barranquilla a un grupo de familiares y amigos para celebrarle a Gabo los 80 años:

Durante su visita a La Cueva, semanas atrás, Gabriel García Márquez va a las vitrinas donde reposa un centenar de libros que alguna vez engrosaron la biblioteca familiar de José Félix y Alfonso Fuenmayor. Su hermana Ligia aprovecha el paso del escritor junto al piano para pedirle que cante O sole mío. Gabito está más interesado en los títulos de los libros que en el canto y se niega. Tras los vidrios de la estantería, hay obras de Faulkner, de Mutis, de Steinbeck, de Lawrence Stern y Graham Green que roban su atención, pero ya la pieza operática ha empezado en las voces de varios amigos cuando, envuelto en el sentimiento colectivo, el colombiano ilustre se pone la mano en el pecho y, mirando a Salvo Basile, que parece liderar a los cantantes, demuestra cuánto sabe de la música y la letra de ese disco inmortalizado por el gran Caruso. Gabo canta firme, con la mano en el pecho, la misma mano que levanta al infinito en el envión final. “Esta la cobro cara”, exclamará luego, entre aplausos.(10)

(10) Artículo Una visita a La Cueva. Heriberto Fiorillo 
en El Heraldo de Barranquilla, junio 8 y 15 de 2007

En Memoria de mis putas tristes escribió Gabo (pag. 62):

Cantábamos… boleros de Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar.

Uno tiene en casa boleros, tangos, música vieja, joyitas de la Sonora Matancera y, como dije, no los oye para que no interrumpan el trabajo. Pero cuando llega algún amigo, entonces sí: déjame ponerte éste, qué opinas de este otro, y éste qué te parece. Saca sus descrestes del baúl y ya hay tema para conversar. Pues bien, quién sabe cuántas veces se habrán sentado Gabo y Escalona a hablar de música vallenata y de los fríos días en el internado de Zipaquirá en que Gabo se reunía con paisanos a soplarle acordeón a la nostalgia. Y no sólo acordeón: 

De esos tiempos me viene el gusto por la música cachaca –dice, refiriéndose a los boleros de Bienvenido Granda. 

La colección de música del Caribe es, de todas, sin excepción, la que más me interesa. Desde las canciones ya históricas de Rafael Hernández y el trío Matamoros… y, por supuesto, la que más ha tenido que ver con mi vida y con mis libros: los cantos vallenatos de la costa del Caribe colombiano… fue Daniel Santos quien divulgó algunas canciones que estuvieron de moda hace muchos años sin que nadie supiera que eran de Curazao con letra de papiamento (Caolina Caó, Caolina Caó, Caolina Caó…).(11) 

(11) Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez 
en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico

No olvidemos que, para los vallenatos, todo lo que no sea del Valle de Upar es cachaco, incluyendo a los curramberos, y por eso cuando queda como rey vallenato Alfredo Gutiérrez o cualquier afuereño reclaman a Rafael Escalona:

Quisiera preguntarte, Rafael, por ese festival que has elegido tú para el pueblo vallenato…pues tu comportamiento contrasta con él… y no tendrán palabras pa exigirte que el nuevo rey sea un barranquillero. 

Uno no puede ser amigo de un compositor como Escalona y hablar de otra cosa, por lo que ya sabemos qué escribió García Márquez y reafirmó en la entrevista que le concedió al periodista cubano Rafael Lam, de la Agencia Prensa Latina de La Habana:

Si hay algo mejor que oír música, es hablar de ella.(12) 

(12) Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez 
en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico

Tal como le ocurrió a Astor Piazzolla con sus tangos de vanguardia y le está ocurriendo a los que graban tangos electrónicos con acompañamiento de computador (Claro que exageran. Acabo de oír un montaje de Carlos Gardel con Ere dos dedos –R2D2– Artudito, el robot moderno, haciéndole la segunda voz). Los vallenatos se disgustaron con Carlos Vives por considerar que el vallenato que Vives canta es distinto del vallenato que ellos llaman clásico y al que tienen acostumbrados sus oídos. En tiempos de un Gabo anónimo, Escalona empezaba a ser conocido. Ya Guillermo Buitrago había grabado El Bachiller y algún otro tema. Pero por una de esas manías de regionalismo que todavía existen pero eran agudas en esos tiempos, se opusieron a Buitrago y calificaron su música de romántica, cachaca, y cursi. Les pareció corroncha porque Buitrago no podía negar su ancestro paisa y es que en asuntos de música, como en tantas cosas, juega un papel importante la idiosincrasia.

Un oficial en uniforme de campaña, sonrosado, con lentes de cristales muy gruesos y ademanes ceremoniosos, hizo a los centinelas una señal para que se retiraran… Úrsula reconoció en su modo de hablar rebuscado la cadencia lánguida de la gente del páramo, los cachacos (p. 147, Cien años de soledad)

Diría uno que los costeños son sueltos y desabrochados y los cachacos están enfundados en chalecos con leontina y sacos de paño. Que los unos escuchan vallenatos mientras los otros escuchan a Beethoven. Eso no es cierto porque hay especímenes raros en todas partes y recuerdo a un oftalmólogo casado con una dama española, el doctor Afranio Restrepo, que conservaba de sus estudios en Barcelona la costumbre de vestir estrictamente de saco y corbata ¡en ese calor de Valledupar! Bebía con su mujer una botella de vino tinto en el almuerzo como si todavía estuviera en Europa. El doctor Habib Molina, abogado, que era vallenato de nación de martes a jueves y cachaco por adopción en Bogotá los fines de semana, al lado de su familia capitalina; no renunciaba a la corbata y se limitaba a ponerse o quitarse el saco en las escalerillas de los aviones. Otro, el doctor Carlos Romero, cuñado de don Efraím Quintero, que era como solemos decir por aquí “una dama” no por sus amaneramientos, que no los tenía, sino por su cultura exquisita que lo hacía oír música clásica todo el día, a un volumen vergonzante, cuando sus vecinos de Rico-pollo al frente molían vallenatos a lo que les daba el pick up. Don Ramón de Zubiría, un lord tan cachaco como el Dr. Abelardo Forero Benavides. Don Jaime Mercado Jr. que exuda cultura por los poros, se ve frecuentemente encachacado. Entonces de Gabo, un hombre que se negó a vestir de frac para recibir el Premio Nobel y se mandó a hacer una guayabera liqui-liqui, ¡Cómo no imaginar sus noches de bohemia currambera con pura música Caribe!  

“Si Agustín tuviera su año (de muerto) me pondría a cantar”, dijo la mujer, mientras revolvía la olla donde hervían cortadas en trozos todas las cosas de comer que la tierra es capaz de producir. “Si tienes ganas de cantar, canta”, dijo el coronel, “es bueno para la bilis”. (pag. 12, Coronel).

Para Gabo cantar da una medida del descomplique y el no hacerlo es muestra de una triste severidad:

La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar... (pag. 58, Cien años).

José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo, le cantaba a la pequeña Amaranta canciones de cuna; Remedios Moscote cantaba todo el día y fue esa alegría suya lo que más extrañaron cuando murió; Pilar Ternera cantaba en el patio con la tropa, etc.

La música a García Márquez le viene por herencia pues su padre no sólo fue telegrafista, según Patricia Lara Salive: (13) 

(13) Artículo De cerca y de lejos. por 
Patricia Lara Salive en la revista Semana

Gabriel Eligio García, quien además de telegrafista, homeópata y conservador fue lector obsesivo, poeta y virtuoso del violín…(Esta descripción es la misma del Florentino Ariza de El amor en los tiempos del cólera).

Su hermano Luis Enrique García Márquez, el contador, fotógrafo, guitarrista, cantante y guardaespaldas del trío Los Panchos.

Ligia, la mormona, pianista, eterna enamorada…

Gustavo, el topógrafo, seductor y cantante de tangos…

Gabo, ese optimista irremediable, supersticioso… ese ser bueno que no sabe odiar, ese gran conversador, bohemio, guitarrista, cantante de vallenatos, sones y boleros, chofer que en el carro, a toda y a todo volumen, acompaña las canciones de Vicky Carr, Agustín Lara o Juancito Trucupey; Gabo, ese conocedor de la música, amante de Bartok y bailarín de los buenos.

Yo creía que Gabo, como cantante, era malo y desafinado, pero no. Le dijo al periodista Rafael Lam que él se ganó la vida por unos días cantando rancheras en el Cabaret L´Scala de París y de la experiencia de los malos tiempos queda un disco grabado a dúo con el novelista mexicano Carlos Fuentes. Si fuera malo para cantar, no lo culparía y me solidarizaría con sus falencias. Al fin y al cabo son las mismas que me grita mi hija con los ojos, en los bailes, cuando piensa que ya está bueno de hacer el oso; y las mismas que me llegan desde su pieza cuando me estoy bañando y grita: ¡Papi, no cantes!  En esto Gabo y yo no nos parecemos y lo imagino cantando sus vallenatos mientras se enjabona. Sabemos que cuando un vallenato canta sus tristezas, lo hace con alegría. Y cuando un tango canta sus alegrías, lo hace llorando. ¡Qué se va a hacer!  Son cosas de la sangre. 

Pensamos que en Gabo, por tener sangre caribe, con seguridad la música caribeña alegra sus días aunque ya no pueda sentarse bajo una palmera de la playa con una botella de cerveza en la mano y un conjunto vallenato cantando sus complacencias, las mismas con las que al otro día se regodea recordando mientras recibe las caricias reparadoras de la ducha y lo espera un sancocho levantamuertos. No es imaginación mía. Le oí al poeta José Luis Díaz Granados en entrevista para Alberto Duque López de Nocturna de RCN (Lunes 19 de marzo de 2007, 11.30 pm) que la vez en que fue su vecino de habitación en el Hotel Tequendama, después de algún encuentro de literatos, le oyó cantar La custodia de Badillo, con fondo de chorros de agua en vez de acordeones.

Cuando se le metió en la cabeza a Gabo escribir en México Cien años de soledad –contó hace poco Juan Gossaín esta anécdota macondiana–, su esposa Mercedes lo acompañó en la aventura empeñando uno a uno los electrodomésticos para poder comer, a la manera de Úrsula Iguarán que, acompañada de los niños, Se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena; mientras José Arcadio Buendía adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie. Un diciembre el Niño Jesús les trajo a los niños de Gabo un vale con la promesa:

En esta navidad Papá Noel no tiene con qué, pero algún día entrará a esta casa un hombre con la maleta llena de billetes.

Cumpliendo instrucciones, el representante de Editorial Suramericana de Buenos Aires en ciudad de México le entregó las primeras regalías de la novela convertidas en billetes que copaban una maleta, e hizo entrada por la puerta de la casa del escritor. A partir de ese día dejarían de comer ilusiones:

“La ilusión no se come”, dijo ella. “No se come, pero alimenta”, replicó el coronel. (pag. 31 El coronel).

Se cumplió la predicción de José Arcadio Buendía a Úrsula Iguarán (p. 10) cuando le compró al gitano Melquíades dos lingotes imantados con los que esperaba encontrar oro, lo que no pasaba de ser una ilusión como la de pensar, por los días en que Gabo escribía sus Cien años..., que podría ganar el Premio Nobel: Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa

Gabo disfruta ahora las mieles del triunfo y de su sabiduría acumulada y, como dicen, Nos hacemos sabios demasiado tarde, y viejos demasiado pronto (Alguno). Sabiduría que le hizo decir alguna vez que las cosas no son como sucedieron sino como las recordamos, o también:

Así como los hechos reales se olvidan, algunos que nunca fueron pueden estar en los recuerdos como si hubieran sido. (P. 61, Mis putas)

Se habla mucho del rompimiento de GGM con Vargas Llosa y de la decisión del peruano de retirar del mercado su libro Historia de un deicidio; por elogioso con GGM, con quien acababa de romper. Hay fotografías de Gabo con el ojo amoratado y se cuenta sobre la supuesta proposición deshonesta a la mujer del amigo. La historia es interesante. Había expectativa sobre Vivir para contarla a ver qué decía sobre el tema y no dijo nada, entonces se generó expectativa sobre la Parte II de sus memorias.

No voy a escribirla porque no quiero contar cosas que prefiero mantener en el secreto –dijo luego. 

Hemos vivido treinta años sin Vargas Llosa y no nos ha hecho falta para nada –dijo la mujer de Gabo con esa maestría que tienen las mujeres para clavar la estocada final. 

Pues, se acaban de tirar el cuento y me han dicho que lo que ocurrió fue una infidencia –imprudente por demás y lengüilarga– que despertó las iras del agresor. Para acabárselo de tirar, ahora parece que van a hacer las paces y a reeditar el misterioso libro. Eso es lo que dice la catalana Carmen Balcells, editora de ambos: que ellos ya se reconciliaron, pero que no son amigos de andar ventilando sus diferencias o acercamientos ante todo el mundo. ¡Como estaba de bueno el chisme!  Algo tendrá de cierto, puesto que Vargas Llosa autorizó la inclusión de su prólogo en la última edición de Cien años de soledad. Lo es en la medida en que dos personas de su nivel, su cultura y su colegaje, necesariamente se encuentran en muchos lugares y posiblemente se saluden cordial y dignamente. Hasta es posible que, en el fondo de su corazón, se hayan perdonado. Pero que su amistad no vuelve a ser lo mismo, no vuelve. Francachelas al estilo de las que se pegan García Márquez y Álvaro Mutis ya no se vuelven a ver con Vargas Llosa.

Úrsula comprendió por el silencio de la alcoba que había empezado a oscurecer. Despídete de Fernanda, le suplicó, que un minuto de reconciliación tiene más mérito que toda una vida de amistad.(p 234 Cien)

Gabo ha envejecido. No de otro modo hubiera podido escribir que:

El amor me enseñó demasiado tarde que uno se arregla para alguien, se viste y se perfuma para alguien, y yo nunca había tenido para quién  (pag. 81 de Mis putas). El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor  (pag. 70, Mis putas). La edad no es la que uno tiene sino la que uno siente (pag. 61 de Mis putas).

GGM es un mamagallista que mezcla a los que lo rodean en la vida real dentro de sus escritos macondianos de realismo mágico: 

La única botica que quedaba en Macondo, donde vivía Mercedes, la sigilosa novia de Gabriel. (Mercedes Barcha, su esposa, hija de un médico amigo suyo). (pag. 311 Cien)

Muchos se ven retratados en Macondo: donde quería vivir hasta la vejez con un marido leal y dos hijos indómitos que se llamaran Rodrigo y Gonzalo, y en ningún caso Aureliano y José Arcadio, y una hija que se llamara Virginia, y en ningún caso Remedios. (pag. 296)

Se le realizó el sueño de tener dos hijos: Rodrigo y Gonzalo. Pero no el de tener a Virginia; y no parece que pueda realizársele el de volver a vivir en el Macondo que pastoreó su juventud.

En la celebración de los ochenta años del escritor se oyeron dos o tres, tres o cuatro, vallenatos que compusieron en su honor y fueron interpretados por niños de Valledupar, por sabaneros de la sabana, por curramberos de Barranquilla y, de pronto, hasta por merenderos de Cartagena. Se los aguantó todo el mundo, menos él que ya no está para esos trotes. 

A raíz del Nobel 1982 Daniel Santos, El Jefe de El Perro Negro, Inquieto Anacobero, con sus doce matrimonios (incluida una colombiana); sus catorce hijos (dos colombianos); y sus cuatrocientas composiciones (entre ellas Despedida); además de las de Pedro Flores, el que le dio el estilo; y muchos acetatos que lo convirtieron en el cantante que más grabó, según le oí al Dr. Héctor Ramírez y parece una estadística de GGM, quiso grabar un “Homenaje del Jefe a Gabo” (Bogotá, 1983, Antonio del Vilar en Estudios Ícaro) y cantó El hijo del telegrafista, incluido en el último larga duración de su vida. Recuerdo también a Gabriel Romero cantando el tema de doña Graciela Arango de Tobón Me voy para Macondo; Macondo, Macondo, yo me voy para Macondo; un disco bailable en homenaje a la mítica tierra inventada por GGM; y ¡claro está!, Los cien años de Macondo de Daniel Camino Díez-Canseco, aquel de las mariposas amarillas, Mauricio Babilonia que cantó Rodolfo Aycardi con Los Hispanos. Astor Piazzolla, "ese señor con alma de muchacho irremediable", al decir de Luis Alirio Calle, le confesó en una entrevista que en 1975, después de haber leído Cien años de soledad, compuso y grabó un tema con el título Años de soledad. El tema está incluído en el larga duración de bandoneón acompañado de saxofonistas titulado Reunión cumbre. Decía Piazzolla que:

Ese tema es una especie de gran himno a la tristeza porque “Cien años de soledad” es eso, casi una letra de tango, tú terminas de leerla y te deja destruido… me gustaría mucho conocer a García Márquez. 

Aunque ignoro si a GGM le gusten los tangos, tan del alma adolorida del paisa y tan distantes del alegre espíritu caribe, estoy seguro de que a Gabo también le hubiera gustado conocer a Piazzolla. No sé si lo consiguió, y ya no va a ser posible ahora que Piazzolla hace parte del coro celestial, pero es probable que Gabo, que a Dios gracias sigue vivo y lúcido, nos acompañe por otras décadas y es seguro que, cuando muera, seguirá vivo a la manera de Gardel, ya convertido en mito. Entonces, en ese momento, tal vez se resuelva a afinar la voz y a cantar, como dicen, mejor después de muerto… como El Zorzal del tango que era un ángel cuando cantaba en vida, pero la muerte lo convirtió en arcángel.

El tangólogo Luciano Londoño López escribió un artículo titulado “El tango y Gardel en la obra de García Márquez” en el que recoge apuntes de lectura relacionados con este género. Puede leerse en el siguiente enlace:

http://www.herencialatina.com/Edicion_Diciembre_2012_Enero2013/Garcia_Marquez_y_el_tango/Gabriel_Garcia_Marquez_y_El_Tango.htm

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS) 
Medellín, marzo 20 de 2007

jueves, 17 de abril de 2014

45 Cocodrilo verde a la trompeta

Pongámonos en el lugar de quien llega a París sin conocer a nadie, y se hospeda en hotel reservado por Internet. Tiene en sus manos un mapa turístico que adquirió en la agencia de viajes, y conoce en la recepción a un viajero procedente de Perú que está en su misma situación. No hablan francés. Aparte de Les Champs Elysses, La Tour Eiffel, Le Musée du Louvre, y Les Ponts du Senna, no creo que sean capaces de ir más allá por las enrevesadas callejuelas sin saber por dónde caminar ni cuál es su destino. Diferente el caso de quien llega a París en similares condiciones y allí le espera alguien que vive hace más de veinte años en esa ciudad. Él sabe dónde ponen las garzas, cuáles son los sitios que vale la pena visitar, cuáles las mejores horas para esa visita, cuáles les meilleurs restaurants, cuáles les petites brasseries, cuáles les cafe bistrot, y puede desenvolverse como Pedro por su casa por las vías de Montmartre. Se las sabe todas (incluido el idioma para poder negociar con los taxistas la tarifa justa y no dejarse envolver en la primiparada turística).

O, para poner otros ejemplos, el caso del amigo que me enseñó a ver una competencia de ciclismo de pista, o los que saben leer un partido de fútbol, o los que entienden cómo es el cuento de una partida de tenis de grand slam con los asuntos esos de los tie break, el set, y el game. Léxico para iniciados como el que usan los sommelier o enólogos vitícolas en las degustaciones de vino que hablan de cosechas, de cuerpo, de aroma, de cepas, de maridajes, y otras palabras de esas que son chino, griego, o sánscrito, para los que no nos gusta el vino ni sabemos con qué se come.

Así es que la vez en que sintonicé un tv canal de arte en el momento en que entrevistaban al tenor Luciano Pavarotti y él explicaba lo que significa cantar el aria “A mes amis” de la ópera “La hija del regimiento” de Gaetano Donizzetti con aquellos exigentes y casi imposibles nueve do de pecho que equivalen “a un trapecista dar el triple salto mortal en la cuerda floja a veinte metros de altura sin malla de seguridad”; con el consiguiente peligro de que el menor error produzca la ruptura de las cuerdas vocales y ¡adiós carrera artística!, no volví a oír esa ópera sin estremecerme por la proeza que significa esa interpretación. 

A mes amis”, aria de la ópera “La hija del regimiento”, de Gaetano Donizzetti, en versión del tenor Luciano Pavarotti.


Estuve reunido con un socio de la Corporación Sonora Matancera de Antioquia, y me sorprendió oírle decir que el tema de Celia Cruz que más admira es “Mi cocodrilo verde”. Habiendo tantos temas que rondan mi cabeza y mis afectos, como decir “Tu voz”, que me encanta; como decir “Dile que por mí no tema”; como decir “La vida es un carnaval”; Como decir “Burundanga”; como decir “El yerberito moderno”; como decir “La negra tiene tumbao”, y tantos, y tantos, y tantos otros; a él se le ocurre gustarle, por encima de cualquier otro, ese extraño y casi desconocido ¡”Mi cocodrilo verde”! Me fue llevando de la mano por ese tema para explicarme algo que yo no habría notado si no fuera porque él supo transmitirme su conocimiento. Para entenderle el cuento habría que empezar por saber que el mapa de la isla de Cuba tiene forma de cocodrilo, y que ése es el apodo que los cubanos le tienen a la isla por el color de la espesa vegetación que se aprecia desde el aire. 


Cocodrilo verde”, bolero cha con letra y música de José Dolores Quiñones en versión del brasileño Caetano Veloso:


Hombre”, le dije, “ese tema es como un segundo himno de Cuba. Es un clásico. Pero, ¿Por qué es tan de tu gusto?”. Y él, que no es más músico porque su padre le pidió que no lo fuera para no verlo perderse por los vericuetos de la vida bohemia; que pertenece a familia de músicos por los cuatro costados donde los encuentros familiares se animan con piano, violín, tiple, lira, y guitarra; me dio una explicación que insertó este tema en mi corazón para el resto de la vida. “Resulta, Orlando, que en el caso de los que tocan algún instrumento de viento de manera empírica, respiran normalmente ingresando primero aire a los pulmones para expulsarlo luego por la boca. Pero si así lo hicieran los intérpretes profesionales, sólo alcanzarían a tocar unas pocas notas antes de requerir un nuevo llenado de aire en el fuelle pulmonar. Eso sería una complicación, por lo que los trompetistas aprenden a aspirar por la nariz y a expirar simultáneamente circulando el aire por la cavidad bucal”. La explicación es muy clara, pero yo no logro entender todavía cómo lo hacen. 

El caso es que en este tema cantado por Celia Cruz, acompañada por la Sonora Matancera en los años 40, el primer trompetista tiene un sostenido de trompeta que se prolonga por diez segundos, y eso lo hace tres veces durante la grabación. Es una proeza”. 

Cocodrilo verde”, bolero cha con letra y música de José Dolores Quiñones en versión de la cubana Celia Cruz:


No soy trompetista, pero mis oídos ya ponen más cuidado en la primera trompeta que en la voz de Celia, y me admira comprobar lo dicho por mi amigo. Lo he puesto ya tantas veces, que doña You Tube de Google ha empezado a sonar gangosa. Me temo que está a punto de decirme que la pare ya y que nos vayamos a descansar. Todos los días se aprende algo. Esa no me la sabía. Quedé sorprendido.

Ya me había ocurrido antes, en los tiempos de mi adolescencia, cuando usábamos el reloj como cronómetro para medir el tiempo que duraba el cantor argentino Alberto Gómez en la zamba discepoliana “Noche de abril”, sosteniendo la nota durante casi treinta segundos interminables como si un buzo se sumergiera en las profundidades del océano conteniendo la respiración a punto de ahogamiento, sin máscara de oxígeno. Cree uno que va a reventar.

Noche de abril”, zamba con letra y música de Enrique Santos Discépolo, en versión de Alberto Gómez:


Me seducen estas proezas que le dan un sabor agregado a la degustación de estos platillos musicales.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


lunes, 14 de abril de 2014

44 Guerra y paz empalomadas

Hola, jóvenes:

Hace unos años Fernando Botero (el pintor y escultor paisa, colombiano, italiano, y universal) en su característico estilo esculpió en arcilla una gorda paloma para simbolizar la paz; paloma que, trasladada a sus obesoproporciones, hizo fundir en bronce e instalar en la plazuela San Antonio de Medellín. Una escultura cargada de simbolismo en un país cuya guerrilla –cuyas guerrillas– tenían más de cinco décadas de existencia, cuya guerra de independencia en el siglo XIX fue seguida por una sucesión de guerras civiles que lo adentraron al siglo XX con la Guerra de los Mil Días y que, a decir verdad, no ha conocido un momento de paz desde antes de la llegada de los españoles cuando las tribus indígenas tenían que cuidarse de ser capturadas por sus enemigos que engordaban a los prisioneros como si fueran lechones, para comérselos en sus fiestas de celebración. La escultura de la paloma de la paz fue instalada en pleno apogeo de la era pabloescobariana y hubo quién le pusiera una bomba que le destrozó las entrañas.


Esa paloma destrozada no fue reparada, y se convirtió en símbolo de la guerra, al lado de otra paloma de la paz que se instaló a su lado. No pueden ser más apropiados esos simbolismos que reflejan la tragedia del pasado y la esperanza en el futuro de un pueblo al que le importa un pito lo que maquinen los políticos porque lo único que le interesa es que lo dejen vivir en paz y eso es lo único que los políticos no le han concedido a la Nación en sus doscientos años de independencia.


Hay quien acusa al Papa Francisco de ser un “actor mediático que hace cosas para posar ante las cámaras”. No lo dudo. Seguramente es así. ¿Quién no ha visto a los presidentes y a los reyes apartarse de su escolta para cargar a un niño escuálido por un par de segundos mientras son disparados los flashes de los fotógrafos? Lo de posar para la foto es una actitud universal de los estadistas, sólo que hay casos en que lo que las cámaras captan es un auténtico acto de amor al prójimo, como decir la Madre Teresa de Calcuta cuando abrazaba a sus enfermos y se agachaba a besar sus llagas infectas. No nos digamos mentiras, no seré yo el que le bese una verruga a nadie solamente para que me quede de recuerdo una foto. Ahí no estoy.


Registraron también las cámaras al Papa Francisco abrazando y besando la mejilla de un hombre que sufre neurofibromatosis, una horrible enfermedad deformativa en la cara que lo convierte en monstruoso. Esa masa informe de verrugas violáceas y peludas, no tiene la más mínima posibilidad de que yo me le acerque, y confieso que hasta aparto la mirada solamente para no verla. Pero el Papa aparece consolando a ese pobre hombre en un gesto auténtico de conmiseración y amor. No me digan que eso es sólo una pose para la foto.



Muchas muestras ha dado el Papa de querer cambiar la Iglesia terrenal y, sobre todo, de despojarla de la hipocresía y falsedad de esa cúpula de bandidos y pederastas que ha llegado a las grandes alturas, ha dado muestras de querer limpiarla. Ojalá lo consiga. Ojalá dejen que lo consiga. Por lo pronto, el Papa ha liberado desde su balcón un par de palomas de la paz que, a poco de ser soltadas, fueron atacadas por una gaviota y un gavilán guerreros que se les fueron encima. No podía ser mejor el simbolismo que representa a los enemigos de la paz. ¡Qué maravilla! Ahora no me vengan a decir que la gaviota y el gavilán eran unas pobres prisioneras enjauladas que fueron soltadas para la foto. No me lo digan. No me maten la ilusión.



ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)