domingo, 31 de diciembre de 2017

237. El sastre de Obdulio y Julián

–MÚSICA CELESTIAL, PARA LOS OÍDOS 
DE ORCASAS–

Celebrando la navidad en la musiteca de Raúl Burgos por los lados de la iglesia de La Consolata, sin licor “porque la prostatocirujana me lo prohibe”; vino a mi encuentro el amigo melómano Joaquín Eduardo Álvarez, que resolvió que “Yo tampoco voy a tomar, porque si vos no me acompañás no me animo a tomar solo”. 

Tangueros los dos, nos resignamos a una noche de música parrandera “porque es la única que los clientes habituales permiten poner en diciembre”, dijo el barman Raúl; a lo que Joaquín comentó que “maluco también es bueno; y, cuando no toca tango, toca bambuco”. 

Fue el momento en que los contertulios se deshicieron en elogios hacia la música colombiana “que quedó arrinconada en los establecimientos públicos”, y entonces afloraron los recuerdos que recogí en el libro “Buenos Aires, portón de Medellín”:

“La primera canción que yo escuché, digamos que de recién nacido, pero posiblemente desde antes de nacer, fueron las Brisas del Pamplonita del maestro Elías M. Soto. Jesús Amador “El Mono” Rivillas Muñoz, esposo de mi tía Gabriela Casas, es músico; y cuando estaba de novio le entonaba serenatas que comenzaban con esa canción. Yo dormía en el rincón de la cama de ella, junto a la ventana que da a la calle, y recibía la serenata junto con la agasajada novia”.

Cercanos a la celebración de su septuagésimo aniversario de matrimonio, y preparándose para cumplir el centenario de vida con dos meses de diferencia el próximo año, mis tíos conservan la lucidez y siguen en pie. A las serenatas del Mono Rivillas debo mi gusto por la música colombiana; y a sus ejecuciones de la lira, bandola, o vihuela, instrumento que sigue tocando semanalmente con un grupo de amigos que se reúnen para ensayar los números que van a presentar en la próxima reunión familiar.

–MÚSICA CELESTIAL, PARA LOS OÍDOS 
DE JOAQUÍN EDUARDO–

A medida que los hijos se fueron casando uno a uno y, al decir de la abuela viuda, “formaron rancho aparte”, ella se fue quedando sola. Sola sí, o casi sola, pero satisfecha de verlos realizar sus vidas y tomar su propio vuelo. Amén de que empezaron a llegar los nietos que colmaban de alegría la casa en los días de navidad porque la suya, como casa de abuelos que se respete, les daba cabida a todos. No vivía totalmente sola, porque tenía ayuda. Una hija que nunca se casó “porque no puedo dejar sola a mi mamá”, hija que celebró las bodas de oro de su partida bautismal porque no quería bullas ni fiestas sociales en ese día, y prefirió mandar a celebrar una misa de seis de la mañana en la iglesia de La América, a la que asistió acompañada de su madre. 

Esta hija cuidaba de la abuela; y otra hija ya cuarentona, de la que decían a sus espaldas que “se quedó para vestir santos”, madrugaba todos los días a su trabajo en la fábrica de confecciones de camisas para caballero, y volvía por las tardes sola, “porque es mejor andar sola que mal acompañada”, según decía, y porque “es mejor vestir santos que desvestir borrachos”. Era su modo de decir que las uvas estaban verdes. Ella era la proveedora de la casa, y los días de pago se iba al mercado y llegaba con bolsas y bolsas de provisiones para que en casa de la abuela no faltara nada.

La abuela, de la que con ojos humedecidos por el recuerdo dice su nieto que “era la mujer más maravillosa del mundo”, se hizo cargo de este chiquillo de siete años venido al mundo a mediados del año 1944 en el municipio de Gómez Plata, pues no fue admitido para estudiar en la escuela del pueblo por no tener la edad requerida. Su madre no quería dejarlo por ahí vagando en los alrededores de los cafetines del parque, y su padre le había dicho a la madre que hiciera lo que a ella le pareciera mejor para el chico. La abuela de la ciudad se hizo cargo, y lo matriculó en la escuela Cristóbal Colón del barrio La América de Medellín. 

Los años en casa de la abuela y de mis tías fueron años felices”, recuerda el septuagenario hombre que ahora los rememora.

Pablo “Lindo” era sastre, pero no un sastre cualquiera sino uno de los mejores. Obtuvo el apodo porque su cara picada de viruelas y llena de tolondrones era de una fealdad antológica. Quizás para encarar esta falta de gracia facial se propuso vestir bien, como un dandy, pero ese era un gusto que no cualquiera se podía permitir; y menos un hombre que aspiraba a estrenar vestido cada semana y a lucir impecable. Aprendió, entonces, a confeccionarse sus propios vestidos de chaleco y saco cruzado; a lustrar sus zapatos con brillo esplendoroso; a limpiar en seco, con varsol, su docena de sombreros Stetson, y a aplancharlos al vapor con paños húmedos y plancha caliente. Pero no aprendió a hacer camisas de cuello duro y puños de mancornas, como las que le gustaban, y entonces acudió a la fábrica de Camisas Primavera para comprarlas, donde resultó que la mujer que lo atendía era su vecina de los lados del café El Segundo Danubio. Se hicieron amigos y, poco después, se hicieron novios. 

La mujer se veía feliz con el pretendiente que le resultó al cabo de las quinientas, pero para la abuela fue una catástrofe. “Usted verá si se labra su propia desgracia, mija, pero ese borrachín que no sale del bar Segundo Danubio no le va a traer sino disgustos. De lindo ese hombre no tiene sino el apodo”, dijo la abuela con cara agria. No le faltaban razones a la abuela para imaginar tal situación; pues, después de dos o tres meses de sobriedad, Pablo Lindo se dejaba venir abruptamente con doce o quince días de embriaguez continua. La mujer le perdonaba tal cosa al único hombre que la había hecho sentir como una reina, y le perdonaba el hecho de que a meses de sobriedad malhumorada le siguieran semanas de serenata tras serenata.

Pablo Lindo se hizo amigo de Julián Restrepo, un cliente frecuente que tenía en él su sastre preferido. A la sastrería cercana del Segundo Danubio llegaban Julián y su compañero de música, guitarra y tiple en bandolera, a medirse vestidos y a escoger paños; y a rematar las sesiones de prueba rasgueando tiples y entonando bambucos. En esas sesiones era cuando Pablo Lindo resolvía acabar con la abstinencia, y de esas sesiones salió el acuerdo de “Ustedes me pagán los vestidos con serenatas, y yo les pago las serenatas con vestidos”. Fue un arreglo a satisfacción de ambas partes, muy a propósito por los días en que Pablo Lindo había resuelto dejar la soltería.

Joaquincito llegó del pueblo, y la abuela lo acomodó a dormir en la primera habitación, la que da a la calle, mientras puso a las dos mujeres a dormir juntas en el cuarto siguiente, y ella conservó para sí la pieza del lado del comedor.

Eso fue lo mejor que pudo pasarme”, dice Joaquín, “porque gracias a Pablo Lindo conocí el bambuco”. No fue para menos, puesto que las serenatas del dueto de Obdulio y Julián en las madrugadas al pie de la ventana se volvieron frecuentes. “¡Tía, tía, despierte que le trajeron serenata!”, fue un reclamo habitual, y habitual se volvió recoger la tarjeta tirada bajo la puerta con la lista de los bambucos interpretados en otra madrugada musical de las muchas que la vida habría de regalarle a Joaquincito por cuenta de una tía que al fin se casó “con un hombre que era feo, pero elegante, y que era una caja de música cuando no estaba sobrio”, el hombre que la conquistó a punta de serenatas. Los bambucos de Obdulio Sánchez y Julián Restrepo marcaron el encuentro de Joaquín Álvarez con el bambuco.

Y, ¿Recuerdas, Joaquín, cuáles eran esas canciones de serenata que cantaban Obdulio y Julián en la ventana de tu tía?”, le pregunté.

Eran muchas, muchas”, me respondió. “Como decir, por ejemplo…”:

Amor inútil (bambuco)

Anhelo infinito (pasillo)

Anhelos (pasillo)

Beso robado (bambuco)

Como si fuera un niño (bambuco)

Corazones sin rumbo (pasillo)

Dolor sin nombre (bambuco)

Pobrecita mía (bambuco)

Qué puedo hacer (bambuco)

Ruego (bambuco)

Tu piel morena (bambuco)

El repertorio es amplio: 

“Cuatro preguntas, Antioqueñita, Primavera en Medellín, En el fondo de tus ojos, Tu recuerdo, Al caer de la tarde, En el alma de una flor, Adoro niña tus ojos, El trapiche, Serenata del campo…”. 

Es amplio.

“Desde entonces colecciono sus discos, hombre Orcasas, y los oigo cuando me acomete la nostalgia. Te invito a oírlos cuando la prostatocirujana haya salido de tu vida”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 24 de diciembre de 2017

236. Sayonara, puesto que así ha de ser -Ann Morrow Lindbergh-

Ann Morrow Lindbergh (1906-2001) fue una escritora y aviadora norteamericana que contrajo matrimonio con el aviador Charles Lindbergh, pionero de los vuelos trasatlánticos. Con él tuvo seis hijos, de los cuales Charles Augustus de 20 meses fue secuestrado y asesinado en una sonada tragedia que dio lugar a la expresión “Más perdido que el hijo de Lindbergh”, que aplica a algo que no tiene posibilidades de encontrarse. Fue común en las décadas de los años cuarenta y cincuenta, cuando entre nosotros no se acostumbraba poner nombres de seres humanos a las mascotas, bautizar a muchos perros con el nombre de “Límber”, sin que sus dueños supieran por qué o por quién los llamaban así.

Fallecida a los 94 años de edad, en los últimos años la viuda de Charles Lindbergh se distinguió por su temperamento flemático o estoico, aparentemente inconmovible. No solo la tragedia del secuestro y muerte de su hijito y otras visicitudes templaron su carácter de tal manera, sino el tardío descubrimiento –después de la muerte de su esposo– de que éste había tenido tres hijos con una amante que mantuvo en secreto durante 17 años, uno con una hermana de esta, y otro con una secretaria. Cinco hijos por fuera del matrimonio y tres traiciones no son pocos para ser sacados de la nada cuando ya no había a quien hacerle el reclamo, y llevaron a la escritora a exclamar que: 

“Creo que una mujer no se resiente tanto de entregarse por completo, sino de descubrir que se ha entregado en vano”.
(Anne Morrow Lindbergh).


Alguna vez a comienzos de la década de los cincuenta leí en un número antiguo de la revista Selecciones del Readers Digest un corto escrito de esta escritora que llamó poderosamente mi atención, y quiero ahora compartirlo con los lectores. Es un texto que hace parte de su libro “De norte a oriente” (North to the Orient):


Selecciones del Readers Digest en español
febrero de 1948
Anne Morrow Lindbergh
North to the Orient
(Harcourt, Brace)

SAYONARA

De todas las despedidas que conozco, la más bella es el sayonara japonés (“Puesto que así ha de ser...”). A diferencia del auf wiedersehen alemán y del au revoir francés, no acude a ninguna esperanza aleatoria (“hasta que volvamos a vernos”), ni a ningún sedante para posponer la pena de la separación. No evade el hecho principal, como el farewell inglés, que es la despedida del padre (“ve al mundo y pórtate bien, hijo mío”). Encierra estímulo y advertencia, pero pasa por sobre la significación del momento: no dice nada de la partida. El good bye inglés y el adiós español, dicen demasiado; tratan de tender un puente sobre la ausencia, casi de negarla. Adiós es una oración: “¡No debías marcharte! ¡No puedo soportar tu separación!  Pero no irás solo ni sin vigilancia. Dios estará contigo”  Pero sayonara no dice ni mucho ni poco; es una simple aceptación del hecho (“Puesto que así ha de ser...”). Dentro de sus límites está toda la comprensión de la vida: detrás de ella, latente y refrenada, toda la emoción. Es la despedida silenciosa, la presión de una mano... sayonara.

Ann Morrow Lindbergh

Medio siglo después, este texto aún me conmueve.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 17 de diciembre de 2017

235. Regalo de los Reyes Magos, cuento para los días de navidad

Al iniciarse la navidad del año 2017, este blog está próximo a completar cuatro años de haberse iniciado. Por estos días se ajustan las 100.000 visitas en 1430 días, de lectores que han puesto sus ojos sobre los cerca de 235 artículos montados en él. Aunque ha tenido altibajos en el número de visitantes, calculo que para el momento hay unos 210 lectores fieles que después del domingo ingresan cada semana para ver qué hay de nuevo, aparte los lectores ocasionales que lo visitan por algún tema de su interés encontrado en el buscador. El primer artículo es un índice de los títulos de su contenido, que mantengo actualizado para los nuevos lectores.  

He estado pensando qué regalar a los lectores como presente navideño, y me encuentro con un cuento del norteamericano William Sidney Porter (1862-1910) que me sedujo en la década de los años cincuenta, cuando yo era un niño que me iniciaba en el hábito de la lectura. Este escritor no es reconocido por su nombre, pero es famoso por el seudónimo que adoptó gracias a un gato que le hacía travesuras haciéndolo exclamar a cada nada: ¡Oh, Henry! ¡Oh, Henry! El seudónimo de O´Henry se le pegó desde entonces como una marca indeleble. 

O´Henry, que aparte del inglés nativo dominaba el idioma español, se fue a vivir a Honduras por culpa de un desfalco laboral o malversación de fondos, y con el tiempo fue a parar a la cárcel en Nueva York por culpa de ese desfalco. Allí escribió gran parte de su obra. Pero no fue la cárcel lo que lo mató sino la afición al licor, que le produjo la cirrosis hepática que lo llevó a la tumba. Murió viudo, dejando sólo una hija de nombre Margaret, quien al parecer no tuvo descendencia, y estaba solo y pobre porque su adinerada segunda esposa ya lo había abandonado por culpa del licor.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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REGALO DE LOS REYES MAGOS


O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

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Ediciones en español:

O. Henry 1960. Obras selectas. Barcelona: Planeta.

O. Henry 2005. Cuentos de Nueva York. Madrid: Espasa Calpe. ISBN 978-84-670-1861-5

O. Henry 2008. Esto no es un cuento: y otros cuentos. Sevilla: Barataria. ISBN 978-84-95764-84-3



domingo, 10 de diciembre de 2017

234. Corrientazos de estrato seis

(En este artículo haré mención de dos establecimientos de comidas. No se trata de una mención comercial ni de publicidad pagada, sino de un reconocimiento a su calidad y del hecho de compartir una experiencia de usuario)

Hay unas expresiones coloquiales antioqueñas que se refieren a los restaurantes de almuerzo para trabajadores y empleados. Los almuerzos corrientes de bajo precio para obreros, tipo casero, se denominan “corrientazos”; los almuerzos un poco mejor presentados de precio medio, para empleados, se denominan de “tipo ejecutivo”; y están los de alto precio para estratos altos, como también los de bajísimo precio de venta ambulante para trabajadores informales callejeros, no aptos para consumo del jet set.

Nos gusta, a mis amigos y a mí con nuestras respectivas esposas, almorzar por fuera los domingos. Casi siempre salimos a pueblear, y ya hemos conocido muchos restaurantes de carretera. Ustedes saben que los hay buenos, malos, y regulares. Pero somos, mis amigos y yo, de “hacha y machete”. Cuando nos toca de tres tenedores, pues que vengan los tres tenedores. Pero, cuando nos toca bandeja con cuchara de palo, que se venga la cuchara de palo; que no nos andamos con remilgos. Si almorzamos en una cafetería cerca de la plaza de mercado donde va la mayoría, pues se entiende que no tiene nada de raro que saquen porciones de fríjoles precocidos de la nevera y los calienten en el horno micro ondas. El bajo precio ($3.500 con juagadura de limón, o $4.500 con gaseosa) no da lugar a reclamos ni a discusiones.

Fue para mí, pues, una sorpresa cuando mi amigo nos contó que estuvo comiendo con su esposa en un exclusivo restaurante de estrato seis en el sector de Llanogrande en Rionegro, donde los precios por persona son de $45.000 el plato, más la propina. Casi $100.000 la cuenta de dos personas es una cifra que para mí tiene sus peros y sus pelos. Muchos pelos y sudores. Lo que se espera en un lugar así es un producto de altísima calidad y una demostración de fina gastronomía. No se excluyen los fríjoles, pero tienen que ser señores exquisitos fríjoles, sin nada de chambonadas ni choroteces. ¿Pueden creer que se dejaron venir en ese elegante restaurante de estrato diez donde estuvieron mis amigos, con unos fríjoles calentados en horno micro ondas? ¡Como para matarlos! “Me di el gusto de no dejar propina e hice retirar de la tirilla el porcentaje de servicio que la registradora factura automáticamente”.

Por mi parte, nunca he ido a ese restaurante… ¡y no vuelvo! Desconocen esos restauranteros que la vox populi es la mejor vitrina publicitaria, y que “cliente satisfecho atrae a más clientes satisfechos”.

Hablemos ahora de pizzerías. Las hay de todos los colores, pelambres y texturas, según los gustos. Muy afamada es la de un alemán que tiene negocio en el área de comidas de la urbanización Carlos E. Restrepo, bautizado con su apodo: “Pizzería Bigotes”. A mí me gusta, particularmente, la pizza de Pizzotas. Fue fundada por una pareja cuyo esposo trabajaba en el área contable del periódico El Colombiano. Alguna vez pasé con mi esposa por allí y ella me dijo “Mirá, montaron una nueva pizzería”. Entramos y ¡nos encantó! La pasta en su punto de asado, ni muy delgada ni muy gruesa, ni muy blanda ni muy tostada; los ingredientes frescos, esparcidos sin mezquindad. Hemos vuelto muchas veces y alguna vez la dueña nos dijo que “Ustedes son unos clientes especiales. Fueron los primeros en entrar a este negocio”. Un negocio que se creció, fue vendido, y tiene ahora sucursales en muchas partes de la ciudad. La calidad no ha mermado, y los precios son razonables. La pizza de ciruelas, que recientemente pusieron en la carta, me pareció particularmente deliciosa.

Creí que en cuestión de pizzas todo ya estaba inventado, y que las pizzerías son lugares de término medio, ni muy elegantes ni muy de corrientazo. Me equivoqué. Acabo de reunirme con un grupo de amigos en un restaurante cerca del parque Lleras de El Poblado. Queda en la esquina de la carrera 32 D con calle 10, en la “Y” que conduce a Vizcaya, diez metros a la derecha hacia la transversal inferior. Se trata del Restaurante Romero, que se anuncia como comida artesanal. Es elegante y de buen gusto, y la carta contiene una oferta de platos generosa de estrato seis, con precios razonables que oscilan entre $18.000 y $32.000, dependiendo de si uno se decide por una oferta sencilla o si prefiere algo cargado de mariscos. Pero lo que me descrestó fue su carta de pizzas con un sabor que me dio la impresión de ser asadas al carbón. Son una exquisitez, y ofrecen variedades con ingredientes exóticos, como decir frutas cristalizadas, o la pizza con variedad de tres quesos que incluye por ejemplo el queso azul, el gruyère y el camembert. Esa es mi dieta preferida. Con perdón de mi dietista en el club de hipertensos, lo recomiendo.


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 3 de diciembre de 2017

233. Rapero de autobús al desnudo

Una tarde abordé el autobús, rumbo a mi casa, mientras atendía una llamada telefónica de celular. Me senté en la tercera fila, junto a la ventanilla, y estuve completamente desentendido de la perorata que iniciaba un rapero de autobús acompañado por el monótono ritmo que salía de su enorme grabadora de costa playera. Ya iba terminando mi conversación, cuando percibí que el rapero era un improvisador a la manera de los trovadores paisas, y hacía alusión con su letra a la chica de la primera banca y a su bufanda gris a cuadros. Siguió con la señora del bolso marrón y pelo cano, y luego aludió al caballero medio calvo de la segunda banca y a su bigote entrecano. Me percato, entonces, de que ha llegado mi turno; y los pasajeros dirigieron sus miradas hacia mí porque evidentemente yo era “el caballero de camisa roja y pinta a lo bien, / que tiene porte de galán que va o viene de su chica, / que solo le falta una flor en la camisa, / y cubre la cabeza con un sombrero a lo Gardel”. Lo premié con una sonrisa, y los pasajeros lo premiamos con unas monedas más generosas que de costumbre. Me alegró la tarde, y a manera de disculpa dije a mi vecina de asiento: “Se las ganó, no hay duda de que se las ganó”. Mi comentario la motivó a meter la mano al bolso y aportar, ella también, unas monedas.

El guatemalteco Ricardo Arjona es el cantautor preferido de mi hijo, y eso hizo que Arjona irrumpiera en nuestro hogar mañana, tarde, y nochemente por cuenta de que mi hijo quería aprender a tocar guitarra al son de que "Jesucristo es verbo y no sustantivo". Creo que desistió por la dificultad para aprenderse las larguísimas letras de Ricardo Arjona. Me he puesto a analizar y llego a la conclusión de que, a mi parecer, Arjona es compositor de una sola música a la que le cambia de letra cada vez que va a grabar un nuevo disco. Tal vez no sea mucha música la suya, pero lo que sí hay que reconocer es que tiene letras, y ¡Qué letras! Esa película del taxista que se engancha con la elegante rubia que lo abordó en el camino, y al llegar a una discoteca con apartados para dos descubre que la joven que hay al fondo con un caballero mayor es ¡la esposa del taxista! es como para un programa de esos de no te lo puedo creer, por aquello de que el caballero es también el esposo de la rubia. Tú con la mía y yo con la tuya, estamos en paz. En fin, cada letra de Arjona es una película y sólo por las letras vale la pena Arjona. Acabo de escuchar otra canción suya. La música es la misma, pero la letra es de las de decir tan bueno anoche y hoy también.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Fotografía tomada de Internet

DESNUDA
(Ricardo Arjona)


No es ninguna aberración sexual,
pero me gusta verte andar en cueros
al compás de tus pechos aventureros
víctimas de la gravedad.

Será porque no me gusta la tapicería
que creo que tu desnudez
es tu mejor lencería.

Por eso me gustas tal y como eres;
incluso ese par de libras de más.
Si te viese tu jefe desnuda, y por detrás,
no dudaría en promover tu cintura.

Déjame llenar de tu desnudez
para afrontar los disfraces de afuera
de una mejor manera.

Desnuda,
que no habrá diseño que te quede mejor
que el de tu pìel ajustada a tu figura.

Desnuda,
que no hay un ingenuo que vista una flor
porque sería como taparle la hermosura.

Desnuda,
que la naturaleza no se equivoca
y, si te hubiese querido con ropa,
con ropa hubieses nacido.

Déjame llenar de tu desnudez
para vestirme por dentro
aunque sea un momento.

Y ahora que por fin te tengo así,
desnuda y precisamente de frente,
desnuda también un poquito la mente.

Pon tus complejos junto a tu ropa,
y si te sientes un poquito loca,
ponte loca completa;
que verte será solo el inicio
antes de perder el juicio.

Desnuda,
que no habrá diseño que te quede mejor
que el de tu pìel ajustada a tu figura.

Desnuda,
que no hay un ingenuo que vista una flor
porque sería como taparle la hermosura.

Desnuda,
que la naturaleza no se equivoca
y si te hubiese querido con ropa,
con ropa hubieses nacido.

Déjame llenar de tu desnudez
para vestirme por dentro,
aunque sea un momento.

domingo, 26 de noviembre de 2017

232. Virgilio Pineda bajo el embrujo de Anacaona

La historia la contó el músico Virgilio Pineda Caicedo, nacido el 4 de octubre de 1928 en El Líbano (Tolima), a los melómanos y coleccionistas de la tertulia musical Amigos del Salón Málaga, durante el homenaje de celebración que sus contertulios le hicieron a principios de octubre de 2017, con motivo de arribar a los 89 años de vida. Según su cédula de ciudadanía, es tal la fecha de su nacimiento, “Aunque unos me ponen de más o de menos, y yo no me pongo a pelear por eso”

Virgilio Pineda y Leonia Muñoz en el Salón Málaga

Primo en segundo grado de los cantantes Carlos Julio, Alcira, y Régulo Ramírez; hace parte de una dinastía musical enraizada en los departamentos de Tolima y Cundinamarca; dinastía sobre la que escribí el artículo “Dinastía vocal de los Ramírez”, publicado en este mismo blog.


“Es que Carlos Julio y Alcira eran primos segundos de Régulo; y yo soy primo segundo de los tres”, dice Virgilio que en 1947 se encontraba en Bogotá, y en 1948 resolvió viajar a Medellín, la que convertiría en patria chica por adopción… 

“Porque a poco de llegar conocí a mi esposa Carlota Berrío González, bisnieta del Dr. Pedro Justo Berrío, que entonces era una jovencita de catorce años, estudiante del Colegio del Sagrado Corazón en el barrio Buenos Aires, un colegio donde estudiaban las muchachas de la clase alta”. 

La chica se enamoró de este músico tolimense que por entonces tenía 20 años, y el 10 de mayo de 1949 resolvieron casarse… 

“La tuve que raptar con escalera apoyada en el muro del antejardín de su casa, porque nuestros amores no eran bien vistos por la familia debido a que yo era músico, bohemio, pobre, enamorado, alocado, con todos los defectos de un yerno que los padres no quieren para sus hijas”. 

Los casó el padre Manuel J. Betancur Campuzano en la iglesia de la Veracruz, “Y tuvo qué prestarnos unas argollas, porque nosotros no teníamos”. Un pariente cercano de la muchacha, que estaba por entonces encargado de la Gobernación del Departamento de Antioquia, puso a la policía en la búsqueda de la pareja, logrando llevar al joven a la cárcel acusándolo de rapto de menor de edad…

“Mi esposa se indignó y exhibió la partida de matrimonio, con lo cual la policía me tuvo que dejar libre, aunque los hermanos y demás parientes me montaron una persecución sicológica y de acoso social que no me dejaba en paz. Debido a tantas presiones familiares nos separamos por un par de años, y estuve pensando en regresar al Tolima, pero las cosas tuvieron un giro que yo no me esperaba”.

Al finalizar el año 1949 los argentinos Roberto Rey y Tita Duval tenían un grill…

“En una vieja casona frente a la pista de carreras del Hipódromo San Fernando en Itagüí, en donde ahora está la plaza mayorista”. 

Pineda, guitarra y primera voz; y su compañero Alfredo Pérez, tiple y segunda voz; tenían el dueto de “Pineda y Pérez”, que fue contratado por los argentinos por un par de semanas para hacer de cortineros en las presentaciones de la Orquesta Femenina Anacaona, de Cuba.

Anacaona, nacida cerca de 1474 y fallecida en 1503, fue una cacica indígena de gran belleza y mucho valor que vivía en Quisqueya o República Dominicana a la llegada de los españoles a América; y estos le dieron muerte en represalia por los daños que logró causar a los descubridores.

Orquesta Femenina Anacaona / Cuba / Grandes Éxitos, “Traigo mi coco seco”.


Esta orquesta, compuesta casi en su totalidad por mujeres mulatas “de piel oscura y facciones blancas”, fue fundada el 17 de febrero del año 1932 en La Habana por Concepción “Cuchito” Castro Zaldarriaga el director (saxofón), y sus hermanas Argemira “Milla o Millo” (tambores), Ada (tres, violín, y trompeta), Caridad “Cachita” (contrabajo), Olga “Bola” (saxofón, flauta, clarinete, y maracas), Alicia (saxofón, clarinete, y contrabajo), Ondina (trompeta), Xiomara (trompeta), Emma, Flora, y Yolanda; además de Hortensia Palacio (piano) y Graciela Pérez (cantante). En casa de los Castro hijos de don Matías, todos eran músicos. Recibieron el apelativo de “Las mulatas del sabor”. No siempre coincidieron, pues en su primera etapa empezaron siendo un sexteto, pasaron a ser un septeto, luego un octeto, una jazz band, una charanga típica, y finalmente una orquesta. Con el tiempo pasó a tener una nueva generación de integrantes, y la orquesta sigue vigente en la actualidad…

Alicia Castro, de las Hermanas Anacaona

“Yo tenía la vida muy complicada por el rechazo de la familia de mi esposa, por la separación de ella, y por sentirme asfixiado ya en esta ciudad; pero todo fue ver a Alicia la Anacaona, y sentir de inmediato una fuerte atracción. Ella también se sintió atraída por mí”.

Virgilio armó viaje para La Habana a buscar a Alicia… 

“Pero, como no tenía dinero, me tocó viajar de polizón en un barco carguero desde Barranquilla; que llevaba de todo, hasta rollos de alambre de púas que me laceraron las espaldas”.

Llegó a La Habana “a la casa del barrio La Víbora donde vivían las Anacaona”, pero se encontró con que ellas estaban en México cumpliendo compromisos artísticos, y se tardarían un mes en regresar… 

“Afortunadamente una medio hermana de ellas, que cuidaba la casa, me permitió hospedarme allí mientras las hermanas volvían”. 

En la hoy Plaza de la Revolución, diagonal al antiguo Palacio Municipal, quedaba la Peluquería Roseta… 

“Que era propiedad de Francisco Restrepo Molina, un panameño de ancestros colombianos pero criado en Cuba, adonde llegó desde pequeño”. 

Al verlo tan desvalido, Restrepo accedió a motilarlo de cortesía y ponerlo un poco presentable después de los trajines del viaje… 

“Además de prestarme una guitarra, que había colgada de la pared, para que ensayara algunos acordes”. 

Todo fue oírlo cantar acompañándose del instrumento, y la barbería se llenó de curiosos que aplaudían, por lo que Restrepo le propuso patrocinarle la alimentación en el restaurante contiguo y darle unos pesos adicionales para su subsistencia… 

“A cambio de que yo le promocionara su negocio”.

Las cosas se complicaron porque surgió una campaña para expulsar a los indocumentados de Cuba… 

“Y un hombre que estaba enamorado de Alicia me señaló para que me deportaran. Yo me enteré, y tuve que volarme de nuevo como polizón para llegar a Costa Rica, desde donde pude devolverme otra vez para Colombia”. 

Para ese momento ya había logrado hablar con Alicia, que estaba de regreso con sus hermanas… 

“Pero su actitud hacia mí había cambiado, y ya no fue tan amistosa como antes”. 

De ese amor le quedaron dos composiciones a Virgilio, naturalmente dedicadas a Alicia la Anacaona. Una, el bolero “Te fuiste”:

“Te fuiste sin saber el motivo, 
te fuiste sin decirme un adiós; 
cual ave que abandona su nido 
para emprender un camino 
sin ruta y sin amor…”.

Otra, el bolero “El Malecón”, interpretado por Gabriel “Franko Morety” Aguinaga, contertulio de Virgilio Pineda en la tertulia musical Amigos del Salón Málaga:

https://www.youtube.com/watch?v=7bZGCaUdU1c


“Adiós, mi Malecón querido; 
me voy, y no sé si volveré. 
Me marcho con el alma en mil pedazos, 
sangrando por la herida, 
y no sé si volveré. 

Adiós, mi Malecón querido; 
me voy, y no sé si volveré. 
Me marcho con el alma en mil pedazos, 
sangrando por la herida, 
y no sé si volveré. 

Cuando lejos me encuentre de tus playas, 
llegará en tus oleajes su recuerdo; 
y en las noches, mirando a las estrellas, 
le enviaré con tu brisa mis recuerdos. 

Cuando lejos me encuentre de tus playas, 
llegará en tus oleajes su recuerdo; 
y en las noches, mirando a las estrellas, 
le enviaré con tu brisa mis recuerdos. 

Adiós, mi Malecón querido”.

Cuando partió Alicia Anacaona para Cuba, Virgilio quedó atrapado en su embrujo y refugiado en los brazos de su consuelo de siempre: la inspiración musical. De allí surgió el bambuco que, con letra de Francisco Gómez y música de Virgilio Pineda, interpretó Víctor Hugo Ayala con acompañamiento de la orquesta de Manuel J. Bernal:

https://www.youtube.com/watch?v=BULLaycyqVs

“Se van las ilusiones con el olvido, 
y quedan en pedazos los corazones 
esperando que vuelvan hasta su nido 
aquellas ilusiones que no se han ido.

Se llevan el recuerdo de unos amores 
que vivieron con besos sobre tu boca, 
y se llevan la causa de mis dolores 
para quererte siempre con ansia loca.

Por eso yo te pido: No me abandones, 
y tampoco me tengas en el olvido. 
Tú sabes que aquí laten dos corazones. 
Son el tuyo y el mío, que no se han ido.

Se llevan el recuerdo de unos amores 
que vivieron con besos sobre tu boca, 
y se llevan la causa de mis dolores 
para quererte siempre con ansia loca”.

Maestro Virgilio, ¿Qué sabe usted de Alicia Castro, Anacaona?

“Que yo sepa, aún vive en el distrito Lawton de La Habana. Tiene 90 años, porque nació en 1927 y es un año mayor que yo. En el 2007, a sus 80, publicó con ayuda de la periodista Ingrid Kommels un libro titulado “Anacaona, aventuras de la más famosa orquesta femenina de Cuba”; y “Reinas de La Habana”, escrito con ayuda de la periodista Kommels y del periodista Manfred Schäfer; libros que no tengo ni he leído porque fueron publicados en inglés”. 

Y, ¿Qué pasó después de esa aventura con la Anacaona Alicia Castro? 

“Mi esposa y yo nos reconciliamos y yo me dejé de veleidades”. 

Bueno, maestro Virgilio, pero ¿Podría decirse que Alicia la Anacaona fue el gran amor de su vida? 

“Nooo, Alicia fue una pasión muy fuerte, pero no fue mi gran amor. Mi gran amor fue mi esposa, y no me acostumbro a estar sin ella. A pesar de que he tenido otras aventuras y relaciones pasajeras, es Carlota la que primero está en mi corazón”.

Doña Carlota, la hija de don Miguel Berrío González y de doña Beatriz González de Berrío; bisnieta del Dr. Pedro Justo Berrío Rojas, que da nombre a la plaza principal considerada como el centro de la ciudad de Medellín; pasó de largo por un lado de la estatua de su ilustre bisabuelo para casarse en la sacristía de la iglesia de La Veracruz con el gran amor de su vida, un hombre de quien se enamoró cuando sólo tenía catorce años, pero cuyo amor duró hasta que la muerte los separó… 62 años después.

Dueto Pineda y Pérez (Virgilio y Alfredo)  

“Recuerdos”, vals con letra y música de Alfredo Pelaia, interpretado por el dueto de Pineda y Pérez:


“Murió mi compañera idolatrada,
la mujer que jamás olvidaré
y que tengo en el alma reflejada
como tiene en su seno la alborada,
la estrella del callado amanecer.

En la noche callada y misteriosa
su recuerdo me inunda el corazón,
y su nombre dulcísimo reboza
en mis labios temblando de pasión.
Ella fue la esperanza de mi vida,
mi consuelo, mi dicha y mi sentir;
la adorada mujer que no se olvida,
y que se lleva en el alma hasta morir.

Yo la amaba con ciega idolatría
y ella fue venturosa para mí;
porque puso en mi vida, tan sombría,
con su dulce cariño la alegría
que consuela la angustia del vivir.

En la noche callada y misteriosa,
para llevarla al suspirado cielo,
ha bajado un ángel del Señor.
Ella se fue, y mi vida sin consuelo
llora por siempre jamás su eterno duelo,
¡Oh cruel destino! ¿En dónde está mi amor?”.

Su gran amor sí fue doña Carlota, maestro Virgilio; pero hay otro amor que viene desde su niñez y lo va a acompañar hasta la tumba. "Y, ¿Ese cuál es?". ¡La música! La trae usted en la sangre, y ya nadie le quita lo bailado. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 19 de noviembre de 2017

231. Bambuco de Colombia a Yucatán

Tal como lo consigné en el artículo “Bambuco antes y después de Pelón Santamarta”, tanto ese artículo como éste están escritos a manera de reseña del libro “A mí cánteme un bambuco”, de don Hernán Restrepo Duque; y de la revista “Nostalgias Musicales, nro. 6 de junio de 2008”, de don Jaime Rico Salazar; con el propósito de compartir con los lectores esas impresiones de lectura de esos y de otros artículos encontrados en Internet sobre el mismo tema.

BAMBUCO YUCATECO

No pude encontrar soportes de que la palabra bambuco existiera en México antes de la llegada de Pelón y Marín en el año de 1908, como sí se encuentran registros de dicha palabra en Colombia desde las primeras décadas del siglo XIX cuando las batallas de la Guerra de Independencia. 

El músico historiador colombiano don Hernán Restrepo Duque, y el Sr. Roberto Mac Swiney Salgado, músico historiador mexicano, estuvieron investigando sobre la procedencia del bambuco yucateco. A raíz de esa colaboración se hicieron amigos, y llegaron a la conclusión de que el bambuco había sido llevado a Yucatán en México por Pelón Santamarta y Adolfo Marín. El ingeniero Mac Swiney es el presidente de la Asociación de los Amigos de la Trova Yucateca; y Restrepo Duque publicó el libro “A mí cánteme un bambuco”

La denominada “Trova Yucateca” consiste en tres ritmos que son el bambuco, de origen colombiano; junto con el bolero y la clave, de origen cubano. Estos ritmos llegaron a Yucatán y allí se afincaron, creando escuela y generando una producción importante por parte de los compositores yucatecos.

Los estudiosos yucatecos tienen claro, al parecer, que su bambuco no tiene antecedentes antes de la llegada de Pelón y Marín a esas tierras, y los nombres de compositores de bambucos yucatecos como Ricardo Palmerín Pavía, Augusto “Guty Cárdenas” Cárdenas Pinelo, Cirilo “Chan Cil” Baqueiro Preve, Fermín “Huay Cuuc” Pastrana, Antonio Hoil Calderón, Ermilo Padrón López, Ernesto Paredes, Armando Camejo, Chucho Barea, Rubén Darío Herrera, Carlos Salazar, Luis Espinoza Alcalá, Manolo López Barbeito, Pastor Eucario Cervera Rosado, Pepe Domínguez, Pepe Sosa, Vicente Uvalle, Arturo Cámara Tappan, Carlos Cámara Tappan, Felipe García Vargas… y otros, corresponden a personas cuya producción musical empezó después de esa visita. 

En mayo de 1909 Chan Cil Baqueiro Preve publicó un cancionero con letras de canciones populares en Yucatán, y en él no había bambucos de compositores yucatecos por la sencilla razón de que el bambuco apenas estaba llegando y aún no se había hecho popular en esas tierras; lo que se demoró un poco porque también en México, como en Colombia, al igual que el tango en Argentina, el bambuco fue inicialmente rechazado por las élites culturales de estos países que preferían una música más culta, como era la proveniente de Europa.

El yucateco Enrique Martín Briceño, en artículo publicado por la revista Nostalgias Musicales de don Jaime Rico Salazar, afirma que: 

“Sin embargo ese inusitado gusto por el género del bambuco colombiano que Palmerín trasplantó a la península de Yucatán no fue bien recibido por intelectuales y músicos académicos. En el apogeo del nacionalismo en las artes y las letras mexicanas no se podía ver con buenos ojos que los descendientes espirituales del venerado Chan Cil crearan e interpretaran boleros cubanos y bambucos colombianos. Hay muchas pruebas de ese rechazo… Un articulista de Mérida decía que en ese entonces los bambucos, boleros, y demás cantos extranjeros, no se habían connaturalizado… El rechazo al bambuco y al bolero es patente en el Cancionero Yucateco editado en Mérida en 1931 por Filiberto Romero… ninguna de las veinte canciones que recoge la publicación presenta un solo rasgo rítmico de aquellos géneros extranjeros que tan a gusto se hallaban ya en la península… se lee en el prólogo de este cancionero, significativamente apellidado Yucateco, que: `La canción yucateca en sus primeros tiempos fue algo híbrido, música influenciada por corrientes exóticas como melodías de Cuba y ritmos de Colombia´… El colmo de esa postura fue el libro Canciones de Ricardo Palmerín, aparecido en Mérida en 1935, el cual ¡No recoge uno solo de los bambucos del compositor!, con todo y que varios de ellos ya eran famosos en todo México e incluso en otros países… Políticos e intelectuales, esquizofrénicos, alababan la canción como manifestación del alma popular yucateca, pero se negaban a aceptar a uno de sus géneros centrales…”.

Dice don Jaime Rico Salazar que:

“En mayo de 1909 Cirilo Baqueiro Preve, conocido también como Chan Cil, editó un cancionero en Yucatán con 31 canciones, las que consideró tenían entonces mucha popularidad. Unas mexicanas, otras cubanas, y varias canciones colombianas entre las que encontramos: “Bambuco” (que es “Asómate a la ventana”), “Bambuco colombiano” (que es “Ya ves”), “Poema del nido” (que es “Los ruiseñores”), “Despedida colombiana” (que es “Despedida”). En esos temas figura León Franco, o sea Pelón Santamarta, como autor de las mismas. Será muy difícil determinar ahora la razón por la que estas autorías están equivocadamente atribuidas; si fue Pelón el que le dio la información a Chan Cil, o si fue este el que se las atribuyó a Pelón porque no conocía el verdadero nombre de los autores”.

El caso es que, a mi modo de ver, a falta de más datos Chan Cil puso en su cancionero el nombre del músico a quien le había oído esas canciones.

Pelón no había estado en México antes del año 1908, y sólo se había acercado a Centroamérica en 1903 cuando tuvo que huir de las autoridades colombiana, regresando cuando pensó que el asunto se había enfriado. Dice don Jaime Rico que:

“Entusiasmados Pelón y Marín por lo bien que se oían en el año de 1903, decidieron buscar otros horizontes en el puerto de Barranquilla. Estando en esa ciudad se le presentó a Pelón un negocio que le representaría posteriormente muchos dolores de cabeza: llevar a Panamá billetes falsos… Su amigo Marín regresó a Medellín sin conocer cuál era la verdadera razón del viaje de Pelón a Panamá… Pelón viajó solo a Costa Rica donde permaneció varias semanas, y regresó a Medellín en 1904… Pedro León fue detenido y fue a parar a la cárcel, pero afortunadamente para él estuvo poco tiempo en prisión. Por el mes de diciembre de 1905 ya estaba cantando nuevamente con Adolfo Marín”.

Dice el colombiano Julián Salcedo Cabal en artículo publicado el 31 de enero de 2016 por la sección “Gaceta” del periódico El País de Cali, con el título “Bambuco a lo mero macho”, que:

“Cuando iniciaron su estrecha amistad dos investigadores musicales: el mexicano Roberto Mac Swiney Salgado, por una parte; y el colombiano Hernán Restrepo Duque, por la otra; ellos nunca pensaron que pasarían a engrosar los anales de la historia del bambuco al encontrar en sus respectivos países los eslabones perdidos de una cadena que empezó en la zona andina de Colombia, y terminó en la península de Yucatán en el suroriente mexicano. En la “Revista de Mérida” del viernes 10 de Julio de 1908 aparece la mención del próximo arribo a Yucatán de la Compañía Cubana de Zarzuelas de Raúl Del Monte, que actuaría en el Circo-Teatro Yucateco a partir del viernes 24 de julio. En la edición del 23 de Julio de 1908 se reseña la llegada del grupo cubano en el vapor Mérida, llegado el 22 procedente de La Habana, y en la relación de artistas visitantes aparecen los nombres de Pedro León Pelón Franco y Adolfo Marín… La semilla que el legendario dueto de Pelón y Marín sembró en su fugaz visita a Mérida no ha dejado, y ya nunca dejará, de dar frutos. El bambuco de la península pronto tomó su propio perfil en la obra incomparable de Ricardo Palmerín Pavía, Augusto “Guty Cárdenas” Cárdenas Pinelo, Cirilo “Chan Cil” Baqueiro Preve, Fermín “Huay Cuuc” Pastrana, Antonio Hoil Calderón, Ermilo Padrón López, Ernesto Paredes, Armando Camejo, Chucho Barea, Rubén Darío Herrera, Carlos Salazar, Luis Espinoza Alcalá, Manolo López Barbeito, Pastor Eucario Cervera Rosado, Pepe Domínguez, Pepe Sosa, Vicente Uvalle, Arturo Cámara Tappan, Carlos Cámara Tappan, Felipe García Vargas… y otros, quienes han dado al cancionero yucateco sus páginas más hermosas, escritas en el ritmo que Pelón y Marín llevaron de Colombia en Julio de 1908, y que hoy pertenece a la Trova Yucateca y al alma de los peninsulares con el mismo arraigo con el que en Colombia nos hace saltar el corazón como cuando a mí me cantan una canción colombiana”.

Por su parte el compositor yucateco Felipe García, en el blog “Trovadores yucatecos.com”, en su artículo “Por los senderos del bambuco”, dice que: 

“En 1919, doce años más tarde de Pelón y Marín, arriba a Yucatán el dueto colombiano de Alejandro Wills y Alberto Escobar, abnegados artistas que en largos años de faenas y estudios hicieron todo un arte el cultivo de este género y crearon en Yucatán un ferviente auditorio para ese género, lo cual sería decisivo para despertar el interés de los compositores peninsulares por crear sus propias canciones en este ritmo dulce y asincopado, así fue como nació el bambuco Yucateco… Su encanto es casi mágico y a su embrujo no me pude resistir. Me confieso un adicto incorregible a los bambucos. En este género musical, que tiene sus orígenes en el país hermano de Colombia, he escrito la mayor parte de mis canciones…”.

Dice el yucateco Enrique Martín Briceño, del Centro Regional de Investigación, Documentación, y Difusión Musicales Gerónimo Baqueiro Fóster en la Escuela Superior de Artes de Yucatán, en artículo para la revista “Nostalgias Musicales” que:

“En todo caso podemos estar seguros de que, por lo menos antes de la llegada del dueto colombiano de Pelón y Marín, el bambuco no fue popular en la región; pues entre las 436 canciones yucatecas, cubanas, españolas, mexicanas, recogidas en “El Ruiseñor Yucateco, primera y segunda partes, 1902-1906”, no figura ninguna de ese género, aunque sí el pasillo “Diamantes” con letra de Federico Rivas Frade; y me inclino a pensar que, aunque entre 1908 y 1909 los yucatecos quedaron encantados con el repertorio de Pelón y Marín, el bambuco no llegó a ser acogido entonces. Esto no sólo porque no hemos encontrado bambucos escritos en Yucatán en la siguiente década, sino porque de haberse compuesto canciones de ese género en aquellos años del diez al diecinueve, tal vez en la década de los años veinte el bambuco habría sido menos combatido… Por otra parte, ya en los primeros años del siglo XX se pensaba en la canción como expresión representativa de Yucatán. El prologuista de la primera parte de El Ruiseñor Yucateco sugería que dicha recopilación `viene a ser algo así como el alma popular, o la primera piedra de donde algún día se ha de levantar el cancionero de nuestro país´. Y los editores del cancionero de Chan Cil en 1909, entre quienes se encontraba Felipe Ibarra y Regil, tal vez aquel rico que contrató a Pelón y Marín para una fiesta particular, decían de las canciones compiladas que `son del pueblo, y del pueblo vienen´, y justificaban la inclusión de canciones cubanas y colombianas por su `espiritualidad y dulce belleza´ y por representar una muestra `de lo que es la canción popular en lejanas tierras extranjeras, tal como algunas colombianas (Bambucos)´. Lejos estaban de imaginar en 1909 que diez años después los trovadores del terruño harían suya aquella manifestación musical, volviéndola parte del alma popular yucateca… Los primeros bambucos yucatecos los escribió Ricardo Palmerín… Para 1923 el bambuco ya era uno más de los géneros que cultivaban los trovadores yucatecos… ”.

A su vez el yucateco Luis Carlos Sánchez en artículo publicado en el Excelsior.com de México en el año de 2014, bajo el título “Reúnen 90 años de trova yucateca,1924-2014”, reseña el libro “La magia de la canción yucateca” escrito por Roger A. Martínez Peniche:

“Con prólogo de Roberto Mac Swiney Salgado, y prefacio del propio Armando Manzanero, el libro de Martínez Peniche se divide en tres partes: En la primera, se ocupa de la época de los precursores, que ubica entre 1890 y 1920, y habla de los orígenes mayas, así como de las condiciones sociales y económicas de la región en esa etapa; posteriormente se ocupa de la época dorada que llega hasta 1950, y en la que se da la creación de las más famosas canciones románticas, y de los compositores más afamados como Huay Cuuc, Pepe Domínguez, la Orquesta Típica Yukalpetén, Ricardo Palmerín, o el trío Los Panchos. La época de la Sociedad Artística Ricardo Palmerín abarca de 1950 a 1980. El volumen se compone con una colección de anécdotas en torno a la canción yucateca, un breve cancionero y poemario, así como una bibliografía básica en torno al tema… Martínez Peniche ha dedicado más de 16 años a elaborar el libro. “Pensé que tenía que hacer algo cronológico que explicara cómo fueron surgiendo las canciones y qué pasaba en esa pétrea península durante ese espacio y así empezamos a hacer investigaciones”… El autor consultó a su propio padre, quien durante más de 80 años recolectó datos sobre lo que pasaba en la zona. “Luego me asesoré con mi tío abuelo Ricardo López Méndez, autor del poema México creo en ti, y con él platiqué largo y tendido; también entrevisté a Edgardo Peniche, un diletante y enamorado de la trova que creó varios bambucos”, explica. El investigador parte de que Yucatán era una zona prácticamente apartada del resto del país. “Se señala en el libro que nosotros éramos una parte de México totalmente distinta, hasta 1955 no se podía llegar a Mérida por tierra, los barcos que salían de Mérida sólo movían 60 o 70 habitantes, la aviación no existía; no que fuéramos separatistas, sino que estábamos realmente separados”.”.

En la página web del Gobierno del Estado de Yucatán se encuentra el artículo “La trova yucateca”, donde dice que:

“… La historia trovera de Yucatán se inicia en el último tercio del siglo XIX, con Cirilo Baqueiro Preve, Chan Cil (1848-1910), violinista e inspirado trovador y compositor de variados temas románticos y festivos, a quien se reconoce como el padre de la canción yucateca por su fecunda producción musical que abarca romanzas, valses, habaneras, mazurcas y festivas guarachas. Después, la canción vernácula yucateca alcanza plena identidad y, desde luego, reconocimiento nacional e internacional en los años veinte del siglo pasado, llamado con acierto época de oro de la Canción Yucateca, por las invaluables aportaciones musicales de Ricardo Palmerín (1887-1944), Pepe Domínguez (1900-1950) y Guty Cárdenas (1905-1932). Estos compositores contaron con el aval poético de Luis Rosado Vega (1873-1958), Ermilo Padrón López (1898-1978), Ricardo López Méndez (1903-1989) y otros grandes de su tiempo, para dar vida a hermosas canciones de magnífica factura que despertaron interés en los grandes centros de difusión musical: México, La Habana y Nueva York. Y desde esos puntos de propagaron, a través de grabaciones discográficas, a toda la América Latina. En este período, precisamente, se consolidan la clave y el bolero, originarios de la isla de Cuba; y el bambuco, originario de Colombia y traído a Yucatán en 1908 por el dueto de Pelón y Marín”.

Don Hernán Restrepo Duque agradece en su libro la colaboración que le prestaron distinguidos investigadores yucatecos, y menciona a: 

“… Jorge Peniche Peniche, un enamorado de la canción yucateca, y de su máximo investigador Miguel Civera Taboada en las calurosas y sonoras noches meridianas. Con los muchachos del Museo de las Artes Populares de México, Jorge Miranda, Pablo Dueñas, y su director el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla”.

Restrepo Duque reconoce en su libro a estudiosos del bambuco como el norteamericano Harry Davidson y los colombianos Lubín E. Mazuera, Daniel Zamudio, Jorge Áñez, Guillermo Abadía, Octavio Marulanda, Luis Miguel de Zulategui, Antonio María Peñaloza, Andrés Pardo Tovar, y otros eminentes investigadores que aportan mucha información pero que “se contradicen entre sí, y no aportan documentos que puedan considerarse incontrovertibles” (pág. 4).

Como vemos no es casual, ni es coincidencia, que entre los bambucos yucatecos y los bambucos colombianos haya “semejanzas maravillosas”; y ha habido mucha gente de aquí y de allá dedicada a investigar los orígenes de este fenómeno musical llegando a la conclusión de que el bambuco yucateco tiene un claro origen en el que llevaron allá los colombianos Pelón Santamarta y Adolfo Marín. 

Entre los muchísimos ejemplos de bambucos yucatecos he escogido como muestra representativa una composición de uno de los primeros yucatecos en acoger la música llevada por Pelón y Marín a esas tierras. Me refiero a un bambuco que escuché por primera vez a mediados de los años cincuenta, cuando yo era un púber que sintonizaba el programa Radiolente de don Hernán Restrepo Duque y, oyéndolo, cualquiera podría creer que es un bambuco colombiano.

"Entre las almas, y entre las rosas,
hay semejanzas maravillosas.

Las almas puras, son rosas blancas;
Y, las que sangran, son rosas rojas;
Y, si sus sueños a un alma arrancas,
es una rosa que cruel deshojas…

Entre las almas, y entre las rosas,
hay semejanzas maravillosas.

Almas que hieren con sus inquinas,
almas que un fuego de amor consume;
rosas que punzan con sus espinas,
rosas que besan con sus perfumes.
Almas enfermas de amargas cuitas;
rosas ajadas, mustias, marchitas.

Entre las almas, y entre las rosas,
hay semejanzas maravillosas".

“Semejanzas”, 
bambuco yucateco 
con letra de José I. Armida y música de Ricardo Palmerín Pavía, 
interpretado por el por el Trío Tamaulipeco 
de los hermanos Guillermo, Rafael, y Ernesto Samperio:


CONCLUSIÓN SEGUNDA PARTE

Habiendo sido este tema objeto de atención por investigadores colombianos tan serios como don Hernán Restrepo Duque y don Jaime Rico Salazar, entre otros; y por investigadores mexicanos tan serios como el ingeniero Roberto Mac Swiney Salgado y el Sr. Enrique Martín Briceño, entre otros; para estos momentos tengo claro que el bambuco no existía en la península de Yucatán (México) antes de la llegada de Pelón Santamarta y Adolfo Marín, en el año de 1908. Que fueron ellos los que lo llevaron desde Colombia en una modalidad de interpretación novedosa, que difería de la forma tradicional colombiana acostumbrada en el siglo XIX. Y que en México sólo se afianzó una década después, a raíz de la visita a ese país de los colombianos Alejandro Wills y Alberto Escobar. Además tengo claro que, contra la oposición de muchos intelectuales, el bambuco logró afianzarse en el gusto popular de los yucatecos; y que, debido a eso, hoy son reconocidos con identidad propia un bambuco colombiano y otro bambuco yucateco, que vienen a ser primos hermanos, de un mismo origen afrocolombiano.

Dice Restrepo Duque en su libro “A mí cánteme un bambuco” que (Pág. 193):

“Está plenamente confirmado, por otra parte, lo de la influencia de Pelón y Marín en el cancionero yucateco… lo afirman antiguos trovadores y lo dejó dicho en su libro sobre la canción yucateca Gerónimo Baqueiro Foster, el más importante de los investigadores de ese cancionero, quien divide en dos épocas la historia musical popular de esa tierra: antes, y después de Pelón y Marín… Tan decidido está ya lo anterior como verdad histórica, que en el año de 1983 hubo festejos, conferencias, recitales, para celebrar las bodas de diamante del bambuco yucateco. Sí señor, así como suena; y no hubo forma de que en Medellín se hiciera eco a esta efemérides, pese a que de aquí salió ese bambuco”.

Por su parte el ingeniero Roberto Mac Swiney Salgado, en artículo titulado “Cómo llegaron a Yucatán los integrantes del dueto colombiano de Pelón y Marín”, cuenta cómo fue el encuentro con don Hernán Restrepo Duque que dio inicio a una larga amistad y a un nutrido historial de colaboración mutua para el enriquecimiento de la información, y el esclarecimiento de la verdad sobre los orígenes del bambuco yucateco, y de su decidida procedencia colombiana. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS) 

Cibergrafía, créditos, soportes, y referencias adicionales:

Areiza Londoño, Andrea; García Castro, Juan Fernando. Ponencia para el “X Congreso Nacional de Sociología” (Pág. 1454 y ss. de las memorias): “Los nuevos bambucos, entre la tradición y la modernidad”.

https://www.icesi.edu.co/congreso_sociologia/images/ponencias/13-Areiza-Garcia-%20Bambucos%20tradicion%20y%20modernidad.pdf

“Se deben rescatar, igualmente, algunos trabajos que, recientemente (en los últimos quince años), desde la musicología y la etnomusicología, se han esforzado por disolver ésta contradicción. Dichos trabajos han buscado vincular los fenómenos histórico-políticos, como los procesos de configuración de la nación, con las transformaciones externas del bambuco, esto es, aquellas relacionadas con los públicos, los espacios y la difusión e interpretación. Tal es el caso de los trabajos de Carlos Miñana Blasco (1997), Ana María Ochoa (1997), John Varney (2001), Manuel Bernal (2004), Miguel Ángel Cruz González (2002), Carolina Santamaría Delgado (2007) y Oscar Hernández Salgar (2007)"…

Miñana Blasco, Carlos. Ensayo “Los caminos del bambuco en el siglo XIX” –A Contratiempo–, citando el tomo I del “Diccionario folclórico de Colombia”, de Harry C. Davidson, “…del cual más de 400 páginas están dedicadas a recopilar todo documento que mencione la palabra bambuco…”.

http://www.humanas.unal.edu.co/red/files/2112/7248/4186/Artculos-bambuco1.pdf

Sánchez, Luis Carlos. “Reúnen 90 años de trova yucateca”.

http://www.excelsior.com.mx/expresiones/2014/11/08/991226

García Vargas, José Felipe (Felipe García). “Por los senderos del bambuco”

http://www.trovadores-yucatecos.com/Bambuco.html

Salcedo Cabal, Julián. “Bambuco a lo mero macho”, enero 31 de 2016, especial para Gaceta de El País (Cali, Colombia).

http://www.elpais.com.co/cali/bambuco-a-lo-mero-macho.html

Wikipedia. “El bambuco”.

https://es.wikipedia.org/wiki/Bambuco

Carrascosa Miguel, Pablo; Domínguez de Paz, Elisa María. Para Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (Cervantesvirtual.com). “Rafael Pombo y la literatura popular en el romanticismo colombiano –1º El bambuco”.

http://www.cervantesvirtual.com/obra/rafael-pombo-y-la-literatura-popular-en-el-romanticismo-colombiano-1o-el-bambuco/

El Tiempo.com. “Cánteme un bambuco mexicano”

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-957355

Gobierno del Estado de Yucatán (México). Página Web. “La trova yucateca”.

http://www.yucatan.gob.mx/?p=trova_yucateca

Mac Swiney Salgado, Roberto; en el Rincón Trovero del blog “Por Esto”, artículo “Cómo llegaron a Yucatán los integrantes del dueto colombiano de Pelón y Marín”.

http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=1&idTitulo=113057