domingo, 27 de agosto de 2017

219. Multitud errante (la), de Laura Restrepo

(RESEÑA DE LECTURA DE UNA NOVELA QUE FUE ESCRITA DESDE LOS ENTREVEROS DE LA MONTAÑA)


LA MULTITUD ERRANTE (LA)
Laura Restrepo
Edit. Planeta, Bogotá, 2007

Al iniciar la lectura no puedo prescindir del conocimiento que tengo de que su autora, viniendo de clase alta, fue una guerrillera revolucionaria que primero hizo trotskismo urbano y después se metió al monte a guerrear, y allí se encontró con Carlos Pizarro León-Gómez, jefe guerrillero del M-19, también de clase alta, hijo de un contra-almirante de la Armada. En la guerrilla se enamoraron y, mientras él casi pierde la vida en un atentado, ella montó su cuerpo en una pierna de palo. Se deja venir la pregunta de lector: ¿Qué tanto de lo que la autora pone en este libro es autobiográfico? Porque uno tiene que poner sus experiencias en lo que escribe, y eso bien lo sabemos.

El título está correcto, de acuerdo con los cánones, puesto que el tema se refiere a los desplazados por la violencia que encuentran albergues de paso, atendidos por almas caritativas y ONGs, mientras consiguen adaptarse a otra vida en otro lugar de donde, con frecuencia, vuelven a ser desplazados. De ahí que ese mítico judío errante en nuestro país sea multitud. Sin embargo para mí no es un título afortunado, puesto que el tema me cautivó pero el título no logró grabarse en mi memoria, como sí lograron grabarse en ella el de “Cien años de soledad”, e inclusive “La cándida Eréndira y su abuela desalmada”, que en mi caso encontré largo pero recordable. Claro que criticar es fácil, lo difícil es hacer. El obvio título de “El guerrillero y la samaritana” tampoco hubiera sido afortunado, ni “El amor de Edipo en la guerrilla”. Recomendaba don Mario Escobar Velásquez escribir 20 o 30 posibles títulos y rumiarlos hasta encontrar el apropiado que, decía él, “a veces decide uno en el último momento, y a veces se decide por uno que no estaba en la lista primitiva”. Debo decir, entonces, que me hubiera gustado para esta novela un título que fuera algo así como: “Amor entre dos balas”, pero no sé si suene a episodio de pistoleros de los de Marcial Lafuente Estefanía o Keith Luger. 

Esta novela trata de una seglar que trabaja con monjas en un albergue para desplazados de la violencia, especie de ONG que auxilia campesinos en la peligrosa y delgada línea que separa a los guerrilleros de las víctimas de la guerrilla, y a los soldados y policías de las víctimas de los soldados y policías. Es un limbo en el que la muerte acecha de lado y lado, y la mujer ejerce: “Este oficio mío, que en esencia no es otro que el de enfermera de sombras” (pag. 23). La mujer conoce a un exguerrillero perseguido que se acerca en busca de ayuda pasajera, y se enamoran. Enamorar es un decir, puesto que él carga con un amor enfermizo hacia su desaparecida madre de crianza, un amor edípico que no se puede quitar de encima “porque son otros los vericuetos de su culpa. Siete por Tres no miraba a Matilde Lina como a una madre. Yo, que parí siete y perdí tres, conozco la forma de mirar de un hijo” (pag. 57). Él lleva ese apodo porque al sumar los diez dedos de las manos más los diez dedos de los pies tenía un dedo de más en un pie, un apéndice que le valió el apodo porque, sacando cuentas, veintiuno equivale a “Siete por Tres”. Ella se enamora de él, y él sigue enamorado de la otra, y su tema de conversación gira alrededor de la otra, de su búsqueda, y de lo que pudo ser de ella en los vericuetos de la vida. “Desde que me preguntó por su Matilde Lina, no bien hubo traspasado por primera vez la puerta, no paró ya de hablarme de ella, como si dejar de nombrarla significara acabar de perderla o como si evocarla frente a mí fuera su mejor manera de recuperarla” (pag. 20). Al final parece que resuelven hacer juntos el camino en lo que les resta de vida, aún sabiendo que tienen que cargar con ese fantasma a las espaldas. A menos de que con el tiempo, “Este hombre a quien amo sin esperanzas de retribución” (pag. 55), logre exorcizar ese recuerdo del pasado y acogerse a los brazos que se abren para el futuro. Pero eso no lo cuenta la novela, que termina en una señal de posibilidad, un trasunto de esperanza. Eso se sabe porque las últimas frases de la narradora nos cuentan que: “Adivino su silueta a través del telón del centro y sé que Siete por Tres se sienta en su catre y que se demora, botón por botón, al quitarse la camisa. Intuyo su mata de pelo y lo siento respirar en la sombra, como un animal en reposo. Hasta mí llega, muy vivo, el olor de su cuerpo y lo veo descolgar la tela de trama difusa y figuras borrosas que nos separaba” (pag. 137-138). En ese “nos separaba” está dicho todo. En la vida real las cosas fueron distintas. Laura Restrepo va por la vida con su pierna de palo en su destino de exitosa escritora de novelas y él, Carlos Pizarro León-Gómez –porque supongo que el personaje tiene mucho de él– hace rato entregó su vida a la trayectoria de las balas asesinas.

Malo es comparar, pero alguna vez tomé el “Atlas del cuerpo humano” de la española Almudena Grandes, de quien no había leído nada hasta ese momento ni volví a leer después, y cuando llegué a la página 54 descubrí que en mi libreta de apuntes no tenía ni una sola frase que yo quisiera rememorar, ninguna metáfora que me hubiera atraído, ningún giro bello, ningún pensamiento que despertara mi interés. Abandoné el libro decidido a dedicar el tiempo a lecturas más productivas para mí. A diferencia de ése, este libro de Laura Restrepo contiene bastantes citas que he copiado en mis apuntes.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ALGUNAS FRASES

1 El mundo me sabe a ella –me ha confesado–, mi cabeza no conoce otro rumbo, se va derecho donde ella (pag. 13).

2 No se diferenciaba gran cosa de tantos otros que vienen a parar a estos confines de exilio, envueltos en un aura enferma, arrastrando un cansancio de siglos y tratando de mirar hacia delante con ojos atados a lo que han dejado atrás (pag. 17).

3 El envés del tapiz, donde los nudos de la realidad quedan al descubierto. Todo aquello, en fin, de lo que no podría dar fe mi corazón si me hubiera quedado a vivir de mi lado (pag. 18).

(Aquí sale a relucir una frase autobiográfica porque “mi lado” significa esa derecha formal, citadina y aburguesada que fue cuna de la autora antes de que decidiera pasar “al otro lado”)

4 A veces, al atardecer, cuando se aquietan los trajines del albergue y los refugiados parecen hundirse cada cual en sus propias honduras, Siete por Tres y yo sacamos al callejón un par de mecedoras de mimbre y nos sentamos a estar, enhebrando silencios con jirones de conversación, y así, cobijados por la tibieza del crepúsculo y por el dulce titileo de los primeros luceros, él me abre su corazón y me habla de amor. Pero no de amor por mí: me habla meticulosamente, con deleite demorado, de lo que ha sido su gran amor por ella. Haciendo un enorme esfuerzo yo lo consuelo, le pregunto, infinitamente lo escucho, a veces dejándome llevar por la sensación de que ante sus ojos, poco a poco, me voy transformando en ella, o de que ella va recuperando presencia a través de mí. Pero otras veces lo que me bulle por dentro es una desazón que logro disimular a duras penas (pag. 21).

5 Mientras más profundo llego, más me convenzo de que son uno el hombre y su recuerdo (pag. 24).

6 Sabía bien que toda rareza es prodigio y que todo prodigio trae su significado (pag. 27).

(Este es un pensamiento de autor insertado en el libro)

7 No te hagas mala sangre, niño –le decía cuando lo descubría asomado a la amargura–, que no te abandonaron tus padres por malos, sino por tristes (pag. 30).

8 El espectáculo nocturno de las casas en llamas; los animales sin dueño bramando en la distancia; la oscuridad que palpita como una asechanza; los cadáveres blandos e inflados que trae la corriente y que se aferran a los matorrales de la orilla, negándose a partir; el río temeroso de sus propias aguas que se aleja de prisa, queriendo desprenderse del cauce (pag. 31).

9 Viendo el caso irremediable, los rojos de Santamaría le dijeron adiós a su tierra, mirándola de lejos por última vez. Improvisaron caravana y avanzaron hacia oriente, desarrapados, fugitivos y enguerrillados, con la muerte pisándoles los talones y la incertidumbre esperándolos adelante, y siempre presente el acoso del hambre (pag. 34).

(La novela está ambientada en la violencia partidista de los años cincuenta posteriores al asesinato de Gaitán, entre rojos liberales y azules conservadores, y aquí recoge la autora las razones de muchos para desplazarse y meterse a la guerrilla)

10 Los niños no sufríamos –me confiesa Siete por Tres–. Íbamos creciendo en los vientos de la marcha y no teníamos antojo de permanencias (pag. 34).

11 Huíamos de la violencia, sí, pero a nuestro paso la esparcíamos también. Asaltábamos haciendas; asolábamos sementeras y establos; robábamos para comer; metíamos miedo con nuestro estrépito; nos mostrábamos inclementes cada vez que nos cruzábamos con el otro bando. La guerra a todos envuelve, es un aire sucio que se cuela en toda nariz, y aunque no lo quiera, el que huye de ella se convierte a su vez en su difusor. Los que no podían seguir, se iban quedando a la vera del camino bajo una cruz de palo y un montón de piedras (pag. 35). 

(He aquí un testimonio escalofriante de alguien que vivió la guerrilla en carne propia como víctima y como victimaria)

12 Recuerdo la esperanza que abrigábamos entonces porque es la misma que abrigamos todavía: “Cuando la guerra amaine…”. ¿Cuándo será ese cuándo? Ya pasó medio siglo desde aquel entonces y todavía nada; la guerra que no cesa, cambia de cara no más (pag. 36).

13 Los otros lo habían perdido todo y ellos nada, porque no se pierde lo que nunca se tuvo ni se quiere tener (pag. 37).

14 Cada cual tenía bastante, y aún demasiado, con cuidar de sí mismo (pag. 44).

15 Charro Lindo, el jefe nuestro, era reconocido por hermoso y por coqueto… Se había vuelto proverbial su problema de pecueca, único defecto que como enamorado le encontraban las muchachas que en las noches compartían con él la cobija (pag. 46).

(De Carlos Pizarro León-Gómez decían las mujeres que era un “triple papito”. Espero que esta novela no sea demasiado autobiográfica y esté revelando que los pies de “Charro Lindo” olían a pecueca en las noches de amor de monte)

16 No supieron nada hasta que tuvieron encima los insultos y los culatazos de la emboscada. Se entregaron a la muerte sin oponer resistencia, pero la muerte, que le saca el quite a quien se le ofrenda, no quiso pasarles la cuenta de cobro de un solo envión. –La muerte tiene una hermana, más taimada y perseverante, que se llama Agonía– (pag. 50).

17 Un hijo del monte, volando al capricho de los cuatro vientos, en medio de un país que se niega a dar cuenta de nada ni de nadie (pag. 53).

18 Vienen acompañados de escandalosa reputación, sea de ladrón, de puta, de guerrero o de asesino. A quien murmura suciedades sobre el pasado ajeno, se le dice de frente: “Mejor cállese, don Fulano, que aquí adentro no hay ni buenos ni malos” (pag. 56).

(Para los que estamos por fuera de la guerrilla, los guerrilleros son todos unos asesinos, pero ¿qué pensarán los que están adentro? Aquí lo dice)

19 No habrá sido el primer adolescente que le vea los pechos a la madre –le objeto a Perpetua, y ella se ríe y contesta  –No, no habrá sido, ni será el primero que de ahí en más ande buscándolos en todos los otros pares que se le crucen por delante (pag. 58).

20 Toda esquina era ansiedad que tras el cruce se volvía desengaño (pag. 64).

21 ¡Ay, mi Ojos de Agua! Mi guerra es más cruel, porque la llevo por dentro (pag. 64)…  Detrás de ese aire de derrota está vivísimo el rencor. Huyen de la guerra, pero la llevan adentro, porque no han podido perdonar (pag. 101).

22 Eres tú quien la mantiene atada al tormento de su falsa vigilia. Deja que se desprenda en paz; no la acucies con la insistencia de tu memoria (pag. 71). ¿Y si está viva? Si aún está viva no la puedo enterrar, y si está muerta tengo que enterrarla. No puedo dejarla por ahí, vagando solitaria como un alma en pena. Viva o muerta, tengo que encontrarla (pag. 71).

(Ni para qué le pregunto a Laura Restrepo qué opina ella de la muerte. Aquí lo dice, y muestra de paso el por qué las víctimas de la guerrilla y de esa otra guerrilla que se llama paramilitarismo, andan buscando en fosas comunes los cadáveres de sus seres queridos)

23 Ni siquiera el próximo advenimiento del Rey de los Cielos (pag. 72).

(Yo hubiera supuesto a una mujer con antecedentes trotskistas y de guerrilla del M19 bastante atea y alejada de asuntos clericales. Oí decir que cuando estuvo casada con un diplomático colombiano ante el Vaticano ella se sentía fuera de lugar y vestía de ropa informal y rehuía las formales reuniones diplomáticas con obispos y cardenales de por medio, eso oí decir; pero aquí pone Rey de los Cielos con mayúsculas. Eso es una señal de respeto que equivale a santiguarse al pasar por una iglesia. No me la imaginaba así, pero en la pag. 82 lo confirma cuando escribe Espíritu Santo también con mayúsculas, y eso deben ser rezagos de alguna de sus abuelas. En la novela la narradora parece ser una de las monjas francesas del albergue para desplazados pero si así fuera la Madre Francoise le habría recriminado duramente el enamoramiento que se adivina y ella no habría podido ir a bailar con el enamorado, como en efecto hizo. En cambio reconoce sin ambages que en algún momento clamó: Apiádate, Dios mío –rogándole a una divinidad en la que nunca he creído ni creo– pag. 112)

24 No hay en el mundo un país más hermoso que éste… –No, no lo hay, ni más asesino tampoco (pag. 72).

25 Escudados en lo irresistible del mece-mece y de una letra hiperbólica que hablaba de copas rotas y de frustradas libaciones de amor (pag. 74).

(No parece la autora ser muy aficionada a la música popular que se diga. Sus alusiones musicales son nulas, casi. Al hablar de copas rotas en esta única alusión, tal vez se refiera al bolero “La copa rota” que dice “mozo, sírveme en la copa rota, sírveme que me destroza esta fiebre de obsesión”, pero puede estar refiriéndose también al tango “La última copa” que habla de que “Eche mozo, no más écheme y llene hasta el borde la copa de champán… yo la quise muchachos y la quiero y jamás yo la podré olvidar”. Estas letras parecen escritas para Siete por Tres o Veintiuno, y su afanosa e infructuosa búsqueda de la mujer perdida)

26 Desmayada y volátil como un echarpé de seda gris (pag. 74).

27 No percibió el momento sutil en que el descontento, que en Tora se cocina a fuego lento, subió como leche hervida, rebasó todo canal de contención, y estalló (pag. 75).

(Tora en esta novela es Barrancabermeja en la vida real con su refinería y clima ardiente en permanente ebullición por dentro y por fuera de los espíritus)

28 Soldados disfrazados de matorral… un niño atravesaba la calle con un portacomidas en la mano… a uno de los falsos matorrales le debió parecer que se trataba de una bomba o de un coctel molotov… se sabe que en tiempos de guerra sucia no se puede confiar en la tropa, pero tampoco en los niños (pag. 76-77).

(Es una tragedia. La guerra es una tragedia. Este episodio tantas veces repetido de un soldado sometido a permanente tensión teme de todo, hasta de su sombra. El miedo a la muerte está latente y la conciencia de que hay que madrugarle al otro o se es hombre muerto. Entonces los niños dejan de ser niños para parecer infiltrados. A cualquiera le pasa)

29 Urgencia de salvar su propio pellejo que además traía sollamado por el gas (pag. 81).

(El español tiene sus trampas. Llamar es pedir a alguien que se acerque y llamear significa sopletear con fuego. Yo esperaría que sollamar significara llamar con voz muy queda y sollamear significara chamuscar levemente, pero no. Resulta que sollamar es chamuscar. Por mi parte, para el caso, prefiero sollamear, aunque cada autor es dueño de su texto)

30 Lo detuvo una patrulla de la policía, en pleno uso de su prepotencia y su ulular (pag. 83)… Lograron escapar de la prepotencia armada de la guerrilla; tirándose con niños, ancianos y heridos a las aguas del Opón y atravesando la selva, en extenuantes jornadas nocturnas, por el silencioso cauce del río (pag. 129).

(La guerra es cruel con los campesinos y desplazados y la autora considera, cosa que no me sorprende, que la policía hace gala de prepotencia con el ulular de sus sirenas. Lo que sí me sorprende es que páginas adelante también considera que la guerrilla armada también hace gala de prepotencia, eso sí me sorprende)

31 Supo que había atravesado el espejo para penetrar en el envés de la realidad, donde se extiende en silencio, a la sombra de la raquítica patria oficial, el inconmensurable continente clandestino de los parias (pag. 88).

(Si uno se pregunta qué hizo que esta mujer pequeño-burguesa traspusiera la línea y se pasara para la guerrilla, aquí está su pensamiento para responder)

32 Tienes que aprender a distinguir entre mentiras dañinas y verdades no dichas (pag. 91).

33 Inmensa barriada sedentaria de esta ciudad de Tora, cuyos habitantes habrán olvidado el origen trashumante de sus progenitores y estarán tan habituados a la paz que la darán por descontada (pag. 97).

(La autora se permite soñar con que algún día la paz sea algo habitual. Ojalá sus sueños no se queden en eso)

34 Yo lo que quiero, me dije, es un hombre como Dios manda: bondadoso como un perro y presente como una montaña (pag. 115).

(Yo pensaba que para una mujer de la trayectoria de la autora “un hombre como Dios manda” era un hombre osado, un aventurero sin problemas para lanzarse al monte a luchar por un ideal, pero parece que me equivoqué. Su ideal de príncipe azul es otro)

35 Sabíamos que no era fácil llamar la atención o pedir una mano en medio de un país ensordecido por el ruido de la guerra. Y si era casi imposible lograrlo desde una de las ciudades grandes, más aún desde estos despeñaderos ariscos hasta donde no arrima la ley de Dios ni la de los hombres, ni sube la fuerza pública, como no sea de civil y para aniquilar, ni asoma el interés de los diarios, ni se estiran los bordes de los mapas (pag. 118).

36 Las palabras no dichas siempre me han infundido temor, como si permanecieran latentes y esperaran la ocasión de saltarnos a la cara, y en el fondo las resentía como si fueran una pérdida, como si se hubiera debilitado el lazo más íntimo que nos ataba, el puente hasta ahora indispensable para pasar desde su aislamiento al mío (pag. 132-133).

37 Escribo “Fuera de sí” y me pregunto por qué será que Occidente carga negativamente esa expresión, como si implicara la desintegración o la locura, cuando estar fuera de sí es lo que permite estar en el otro, entrar en los demás, ser los demás (pag. 133).

38 Parecía que buscara liberarse de la obsesión que lo enclaustraba, parecía. Parecía, pero no se sabía a ciencia cierta; nunca se debe subestimar la fidelidad que cada quien le guarda a sus viejos dolores (pag. 134).

39 Le conté largamente sobre mi arribo al albergue tres años atrás. Le hablé de la entrañable amistad con mi madre, quien no ve la hora de que regrese a su lado; del amadísimo recuerdo de mi padre, muerto hace demasiado tiempo; de mis estudios universitarios; de los hijos que nunca he tenido; de mi afición por escribir todo lo que me acontece (pag. 134).

(Vuelve a rondar la pregunta: ¿Qué tanto de autobiográfico puso la autora en esta novela?)

40 Una mujer como usted debe haber roto muchos corazones… –En el pasado, tal vez. A mi edad, el único corazón que uno rompe es el propio (pag. 134).



domingo, 20 de agosto de 2017

218. La Unión, La Unión, La Unión

Un domingo reciente estuvimos visitando a una familia campesina paupérrima, muy humilde, que vive en la vereda San Miguel del municipio de La Unión Antioquia, región que fue muy azotada por la violencia en años recientes, a golpes compartidos entre guerrilleros de izquierda y paramilitares de derecha, que saliendo los unos entraban los otros a rapar beneficios y, como dijo Álvaro Salom Becerra, “al pueblo nunca le toca”. 

Antes de ir a nuestro destino, almorzamos en el parque del municipio, un parque bonito y de jardines bien cuidados, en un restaurante sencillo cuyo nombre es algo así como Sabor y Sazón, cuya comida no nos defraudó, y la atención de los dueños nos pareció magnífica. Al voltear la esquina hay otro restaurante de gran apariencia y capacidad, pero ya habíamos almorzado en el primero, que afortunadamente pudimos conocer antes de que con su mejor apariencia se nos atravesara el otro en el camino. 

Es un frío pueblo agrícola, productor de papa principalmente, aunque hay una gran mina de caolín perteneciente a Suministros de Colombia (Sumicol) del grupo de Cerámicas Corona. La mina está a la izquierda por la vía que conduce de La Unión hacia Sonsón, a menos de quince minutos de la salida. La carretera de acceso desde Medellín es excelente.

Antes de llegar a la mina, está la instalación de Lácteos Buenavista, una lechería y productora de quesos y yogures tipo gourmet, cuyas dueñas han puesto también un restaurante que llamó nuestra atención porque las afueras estaban atestadas de vehículos de alta gama, y las mesas copadas de comensales. El lugar, como se dice, “no tenía arrimadero”, y el parqueo invadía las propiedades vecinas cuyos dueños no se molestaban porque el lugar ha dado mucha vida económica a la región. “El atractivo allí”, nos dijo nuestro acompañante, “son las tablas de quesos y jamones, acompañadas de vinos de calidad. Su menú es de estrato seis, y sus precios no están al alcance de todos los bolsillos. Se ha vuelto paseo obligado para los veraneantes y residentes de los condominios de Llanogrande, La Ceja, Rionegro, y El Retiro”. Algún día habrá que ir por allá con la esperanza de encontrar mesa y parqueo disponibles, y probar cuál es el encanto que atrae a tanta clientela.


Antes de llamarse La Unión, y de ser municipio, el lugar del oriente antioqueño fue un caserío que llevó el nombre de Vallejuelo y colindaba con propiedades del rionegrero José María Londoño Marulanda y el sonsoneño Vicente Toro. Cuando el caserío tomó fuerza, los señores Londoño y Toro unieron esfuerzos, donaron terrenos para iglesia, parque, y otros menesteres, y justificaron el cambio de nombre que da lugar al gentilicio de los unitenses. 


“En 1778 se registró la aparición del primer caserío de nombre “Vallejuelo”, en terrenos de Don José María Londoño Marulanda y Vicente Toro, del cual existen dos versiones: una versión es la de que como la población estaba situada en un valle muy pequeño se le dio el nombre de vallejuelo y la otra es de que en ese lugar vivía un señor de apellido Vallejo oriundo de Guarzo (El Retiro) y persona muy humilde, razón por la cual las familias más encopetadas lo apodaban Vallejuelo. Según relatan las crónicas los señores José María Londoño Marulanda, oriundo de Rionegro; y Don Vicente Toro, oriundo de Sonsón; eran dueños de los terrenos más apropiados para la fundación del pueblo. Cada uno de estos señores ofrecía sus tierras y lotes para las edificaciones pero como no pudieron ponerse de acuerdo los reunidos para los efectos de la parcelación, resolvieron someter la decisión a votación popular, saliendo derrotado el señor Londoño, quien en forma jocosa comentó: “Bueno, hagamos La Unión”. 

De ahí, según lo narrado, surgió el nombre del actual municipio.

Hay un segundo municipio que lleva el nombre de La Unión, y el gentilicio de sus habitantes es unionenses. Se trata de La Unión en el departamento del Valle del Cauca, que antes llevaba el nombre de Hato de Lemos por haberse fundado en terrenos de don Pedro y don Fernando de Lemos. La cabecera municipal separa la región montañosa que está al occidente y hace parte de la vertiente oriental de la Cordillera Occidental de los Andes; y la plana al oriente, que corresponde al valle del río Cauca. La cabecera las separa o las une, según se mire. En la cabecera se produce la unión de las dos regiones que desde hace muchos años se reconoce por los viñedos y la producción de vinos de la Casa Grajales.

Finalmente, hay un tercer municipio con el nombre de La Unión que está situado en el departamento de Nariño, y sus habitantes tienen el gentilicio de venteños. Aquí está la explicación:


“En 1847 el tambo de la la antigua Venta tomó definitivamente el nombre de La Unión, teniendo en cuenta el siguiente hecho: vivían dos grandes terratenientes: don Agustín Guerrero, oriundo de Pasto y dueño de la hacienda La Alpujarra, y don Juan Vivanco de origen ecuatoriano y propietario de El Cusillo, a lado y lado del antiguo camino que iba de la Jacoba al Mayo, quienes en un gesto de reconciliación cedieron una franja de terreno y sobre él se empezó a construir el nuevo asentamiento de La Unión, para aquella época se fundó jurisdicción del Estado Soberano del Cauca, y cuando la parte sur se dividió en el actual departamento de Nariño, La Unión fue anexado a esta nueva división político-administrativa”.

A ese municipio me referí en este fragmento del libro “Buenos Aires, portón de Medellín”, publicado en septiembre del año 2009.

“El locutor deportivo Guillermo Hinestroza Isaza, que vivió por Cuatro Esquinas, disiente de los que celebraron recientemente los sesenta años del Atlético Nacional pues para él, que fue su fundador, la fecha no es la registrada en notaría sino una anterior, en el año de 1935, cuando se reunieron él y otros muchachos del barrio Buenos Aires para conformar un equipo al que no se ponían de acuerdo en ponerle nombre hasta que, ¡por fin!, aceptaron el que él propuso: Unión. Así lo registra la historia oficial del club: En los albores del 35 un grupo de jóvenes se reunía a jugar “picados” en la manga de don Pepe (Sierra), un potrero ubicado en el Barrio Buenos Aires, cerca de la iglesia, y allí nació el Atlético Nacional con el nombre de Unión Fútbol Club...(1) Luego se fusionó con Indulana para formar el equipo Unión Indulana. Don Guillermo fue su fundador por el liderazgo que ejerció en ese grupo de muchachos que conformaron la primera escuadra, y porque era el que los representaba en los congresillos técnicos cuando se organizaba el campeonato. Además era el que mandaba, el que quitaba y el que ponía. Se reunieron en una casa por la Plaza de Flórez, cerca de Las Salas Cunas. No sólo no se ponían de acuerdo con el nombre para el equipo, sino que la discusión alrededor de las distintas propuestas estaba a punto de degenerar en golpes. Él intervino: Si seguimos así de desunidos, les dijo, aquí no habrá ningún equipo. Necesitamos unión. Les gustó la propuesta y lo bautizaron Unión. 

Cuenta don Ricardo Olano, en la memoria de sus visitas a poblaciones del sur del país, que llegó al entonces caserío enclavado en la falda de una montaña de Nariño. Esta población está edificada en una cuchilla angosta que consta de una sola calle hasta la plaza, adonde salen otras muy cortas… es una población liberal, rodeada de otras muy conservadoras… Hay en La Unión dos bandos: los de arriba y los de abajo. Los primeros se oponen a toda mejora que se haga en la parte baja, y los últimos se oponen a las mejoras que se proyectan en la parte alta.(2) De “Unión” no tenían sino el nombre".

(1) Historia del Atlético Nacional. Wikipedia de Internet.
(2)  Memorias de don Ricardo Olano 1935-1947.

Así es que, como si se tratara de algún acuerdo político, cuando se menciona La Unión primero hay que preguntar: “¿Unión? ¿Cuál Unión?”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 13 de agosto de 2017

217. Laureles, Dios te salve de las furias de la quebrada Ana Díaz

(Hablando con un amigo hace poco me dijo que cuando empecé a mandar mis correos por vía Email, antes de que se me ocurriera abrir el blog, había llamado su atención un correo que escribí acerca de un fuerte aguacero en el barrio Laureles de Medellín. No supe recordar, entonces, de qué correo se trataba; pero acabo de encontrar ese pequeño texto y lo rescato para compartirlo con ustedes. A propósito, no he podido averiguar por qué esta quebrada lleva ese nombre, ni quién era esa señora. Supongo que debía ser de apariencia calmada, pero que cuando se enfurecía había que tenerle miedo. El caso es que el barrio Laureles vuelve a estar en el tapete por cuenta de que acabo de descubrir que el artículo sobre la Casa del Millón del barrio Laureles de Medellín es el artículo más leído de todos los publicados hasta este momento en el blog. No imaginé que fuera a tener tal acogida).

Tengo al barrio Laureles a mis pies tendido. Mis amigos, los que padecen de acrofobia, no pueden entender por qué me gusta asomarme a la ventana de mi palomera de octavo piso (pent house será el día en que pueda colgar algunos cuadros de los caros en sus paredes, y mullidos tapetes en sus baldosas) y ver los aguaceros con sus tormentas eléctricas que rasgan el firmamento y aturden con sus truenos retumbantes que se prolongan en el eco, y se prolongan, hasta que un nuevo trueno les da alcance. No entienden que, de pronto, perciba un movimiento que da alerta de que la tierra está temblando, y me ponga atento a disfrutar del vértigo de oscilar junto con mi edificio de estructura antisísmica. “Yo me reviento –dicen–, capaz soy de tirarme al vacío en una de esas, si me toca, al sentir el coletazo de un terremoto”. “Olvídate –les digo– que los terremotos no dan coletazos, golpean como un látigo”. No me pueden aceptar así, como impasible, frente a los fenómenos de la naturaleza. 

Pero impasible no soy: me conmueven y me abruman. La quebrada Ana Díaz ha vivido días tortuosos que no llegué a conocer. Dicen que se salió de madre hace unos años y rodó despiadada por la Avenida 33 abajo, inundando con lodo los garajes subterráneos y las calles laterales. “El agua subió hasta mediar el primer piso”, me dicen. “Dañó vehículos, muebles, instalaciones… causó estragos”. Su historia es negra, sus aguas amarillas. Resolvieron canalizarla. La tienen controlada. Ya no se sale de cauce.

El Domingo de Ramos quise salir hacia el mediodía, pero empezó a llover venteado. Las gotas se veían caer horizontales, casi, empujadas por el viento. Me pareció que era algo que debía ver desde la seguridad de mi ventanal y, entonces, el viento empezó a aullar y a zarandear los árboles que bordean la quebrada de uno a otro lado, acostándolos como si una gallina sacudiera una cucaracha con su pico. Era algo que no había visto antes. Esperé noticias de daños en algún sitio, y sólo oí hablar del techo de la Alcaldía de Itagüí que tumbó el vendaval a varios kilómetros de distancia, y del techo de una iglesia que se cayó en cercanías de Bogotá. 

Hoy Martes Santo, al caer la tarde,  he sido sacado de la lectura por unos sonidos distintos a los que estoy acostumbrado: un retumbar de truenos sin que medie el estallido inicial ni el tronar del primer momento, sólo el eco que se prolonga y se prolonga, y el rugir de la quebrada. La lluvia golpea la ventana. Me asomo y veo las aguas agitadas del enfurecido riachuelo casi al borde de las losas que las contienen. Arrastra escombros de toda clase: basuras, utensilios, bolsas plásticas, retazos de tela, leños, arbustos. Allá arriba debió causar sabe Dios qué daños. Arrastra piedras gigantescas que no se ven pero retumban contra el piso formando ese tronar que asusta y que previene que es posible que en algún punto, más abajo, alguien caiga a las aguas y sea triturado por sus movimientos de molino. Que es posible que esas moles, convertidas en arietes, golpeen una y otra vez contra alguna columna, contra algún puente, contra algún muro de contención y entonces su embestida sea incontenible. Un rayo destella y ruge. Sólo un segundo separa al relámpago del tueno. Las furias de la naturaleza –que se sacuden a muchos kilómetros de distancia, que pasan por otros continentes, que se ven en los programas de televisión sin que se altere mayor cosa mi estado de ánimo–, me asustan y traen a mi mente una voz perdida en los vericuetos del pasado: La voz y las manos temblorosas de mi abuela prendiendo un trozo del ramito de palma de cera que sacudimos durante la procesión en otro Domingo de Ramos e hicimos bendecir, y su voz suplicante exclamando: “¡Aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor!”... Pero ya no me atrevo a decir, como en ese entonces, con el aire de autosuficiencia que solía tener y la sonrisita sardónica: “Deje de decir bobadas, abuelita, que las cosas pasan cuando tienen que pasar”. Si la azuzo, es posible que ella encuentre la manera de reír de última, y es algo que no me gustaría ver. “…Por tu corona de espinas, ¡misericordia, Señor! ¡Santa Bárbara, bendita, líbranos de rayos y centellas!”. Con un aguacero de estos, hasta el más ateo rescata del fondo de su memoria las oraciones de la niñez.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 6 de agosto de 2017

216. Trío los Panchos, historia y crónica (Pablo Marcial -Tito- Ortiz Ramos)

Conocer personalmente a Tito Ortiz el sábado 29 de julio de 2017 ha sido, sin lugar a dudas, una grata experiencia que me hace rememorar los días de mediados de la década de los años cincuenta mencionados en este fragmento del libro “Buenos Aires, portón de Medellín”: 

12. SON DE GUITARRAS

De Santa Elena baja el grupo de amigos que ha convenido en reunirse para recordar los viejos tiempos que vivieron en el barrio. Pasan por un lado del Barrio Alejandro Echavarría, rumbo a la casa de don Daniel Posada y rememoran sus intentos frustrados de ser músicos o coristas.

¿A vos te dio Educación Física en el Liceo Anexo de la U. de A., el de La Manga; don Ricardo Lagoueyte García?

¿El de las cinco vocales? No. Me tocaron don Filemón Aristizábal y don Darío Estrada. Con el profesor Lagoueyte me tocó en la Escuela Preparatoria Julio César García ¿vivió él en Buenos Aires?

Vivió un tiempo con su tío, Don Germán García Penagos, en Alemania con Bomboná. Don Germán tenía taller en Bolivia con la calle del Chumbimbo, en Prado Centro. Allí fabricaba instrumentos musicales, como decir guitarras, tiples, bandolas, que eran de los mejores de esta región. Era un luthier, que llaman. A él le compró el Niño Jesús una guitarra, Primo, que le regaló a mi abuelo y yo heredé, hasta que en un baile me la pusieron de corbata.

Periódicamente los del Trío Los Panchos le encargaban a don Germán la fabricación de instrumentos que enviaban a buscar cada dos o tres años y le pagaban bien. Le fabricó a un vecino una guitarra hawaiana como la que tocaba don Toño Fuentes para hacer sonar sus “Cuerdas que lloran”, hombre Darío.

Que le oímos en el radioteatro de la Voz de Antioquia (o en el de la Voz de Medellín, ya no recuerdo), donde también oímos a Jimmy Borel con su serrucho que él llamaba “La soprano de acero” y oímos en otra oportunidad a Ernesto Hill Olvera, un organista ciego mexicano que hacía hablar a su órgano con mucha habilidad, logrando que pronunciara frases completas e inteligibles.

Como la que le escuché al ciego paisa Hernán Betancur en el Jardín Clarita cuando estaba mamado de un borrachito que le pedía una y otra vez un título para su complacencia. Al final lo atendió pero en la mitad de la canción se oían unos tu-tu-tu-tus fuera de lugar que no sabíamos qué eran hasta que nos explicó que le estaba mentando la madre al fulano que lo tenía atosigado. Nos engomamos por esos días con los instrumentos exóticos. Ustedes me hicieron desistir del embeleco de contratar a un músico callejero que tocaba melodías con una hoja de naranjo o de guayabo. Quería que acompañara nuestras voces de borrachos y seguramente hubiéramos hecho el oso con esa serenata, ¿No crees, Darío?

Los almacenes Sears Roebuck tuvieron una vida efímera en Medellín, ciudad que no fue propicia para su esquema de negocios, y estaban ubicados en la calle 50 (Colombia) del sector de Laureles, donde está actualmente el Almacén Éxito, cumpliéndose la predicción y dando lugar al chiste fácil de queen Medellín el Almacén Sears será un éxito”. Allí compraron mis primas, con el primer salario que obtuvieron al ingresar a la vida laboral, un lujoso juego de muebles de sala que fue motivo de peregrinación de las vecinas para conocerlo. Sus sillones, de brazos mullidos y amplios, ocultaban en el interior unos cajones que servían el uno como bar y licorera, al convertir la mullida tapa descansabrazos en bandeja de fondo nacarado; y el otro servía para guardar una buena cantidad de discos long play de larga duración al alcance del equipo de sonido, una vistosa radiola de marca Motorola con tocadiscos o tornamesa, que fue adquirida con una dotación de unos diez discos. María Luisa Landín y sus Orquídeas Vocales, la selección de boleros de Cuando Muere la Noche, Cuerdas que Lloran, Los Diplomáticos, Daniel Santos, Rufino Duque Naranjo, Alfonso Morquecho, Alfonso Ortiz Tirado, Pedro Vargas, Juan Arvizu; y “Época de Oro” del Trío los Panchos, que estaban en su apogeo y escuchábamos incansablemente, cuya portada era una fotografía del apoteósico recibimiento en el aeropuerto de la ciudad de Cali: “Nuestro amor, Sin ti, Contigo, No me quieras tanto, Los dos, Caminemos, Rayito de luna, No trates de mentir, Amorcito corazón, Un siglo de ausencia, Una copa más, y Sin un amor”; fueron los doce discos que se grabaron indeleblemente en nuestro corazón… y en el de la infortunada chica que tuvo como misión enseñar a bailar bolero al rígido y envarado esqueleto mío, que por esa época se enfundaba en unos tortuosos zapatos maltratapiés.

El escritor, investigador, e historiador musical, Pablo Marcial “Tito” Ortiz Ramos nació en Barranquitas (Puerto Rico) el 12 de octubre del año 1949, y este es el quinto libro que publica sobre temas de la música popular caribeña (Primera edición, San Juan –Puerto Rico–, 2004).

Este libro tiene un antecedente en el libro “A tres voces y guitarras, los tríos en Puerto Rico”, publicado por el mismo autor en el año de 1991, y es una ampliación de los capítulos correspondientes al Trío los Panchos, un trío iniciado por los mexicanos Alfredo “Güero” Gil y Chucho Navarro, con el puertorriqueño Hernando Avilés. Navarro y Gil continuaron por largo tiempo y Avilés se retiró, pero los dos mexicanos buscaron incorporar en su reemplazo voces y guitarras puertorriqueñas, que le dieron un color y calor característicos. “Durante su época de esplendor, el Trío los Panchos tuvo siempre a un puertorriqueño cantando la primera voz”, dice el autor en la contraportada del libro.

Un trío musical es cualquier conformación de tres instrumentos o voces para cualquier clase de música, pero se denomina “tríos románticos” a la modalidad hispanoamericana especializada en interpretar música para serenatas. Dentro de esta modalidad, dice el autor del libro que “La Historia se divide en un antes y un después del Trío los Panchos… que fue un trío de primera magnitud y fue el más importante de la historia de la canción romántica… Cuando surgieron, se remodelaron los tríos y se remodeló el bolero”, porque ellos innovaron en el estilo de interpretación y acompañamiento, y porque influyeron en ellos y fueron imitados prácticamente por todos los tríos que surgieron después de ellos. Ortiz Ramos cuenta en el libro que Alfredo “El Güero” Bojalil Gil (Alfredo Gil), fundador del Trío los Panchos, que era un virtuoso intérprete de guitarra, fue el inventor del requinto y su primer gran intérprete con este instrumento que revolucionó las introducciones de punteo de cuerdas características como preámbulo de las letras en los boleros románticos de serenata. Dice Tito que “Alfredo Gil fue un auténtico adelantado y un genuino vanguardista… Su genio creador concibió y propagó una técnica y un estilo musicales que dieron comienzo a toda una nueva era en el quehacer guitarrístico en la América Hispana… Su más grande aporte a la trova popular fue el haber creado un instrumento de la familia de la guitarra… que conocemos popularmente con el nombre de requinto, y es reconocido como el requinto Gil por ser de su invención”. A ese instrumento el propio Gil lo llamaba “La Tata” por haber sido fabricado en Estados Unidos por el famoso luthier español Vicente Tatay. Es un instrumento que “se afina una cuarta justa, o sea dos tonos y medio, por encima de la guitarra normal”. Dijo el Güero Gil que “Llevaba la idea y se la pasé al maestro Tatay… Me acompañaba Santiago “Chago” Alvarado… Quiero que me haga una guitarra, pero más pequeña…”; y dice Tito Ortiz que “Lo que el Güero había llevado a Tatay para que modificara no fue un diseño en un papel sino un instrumento colombiano: un tiple que había comprado junto con Chucho Navarro y Hernando Avilés, aportando cada uno veinte dólares para adquirirlo, en el almacén “Spanish Music Center”, de Gabriel Oller en San Juan”. 

Así, pues, que el requinto Gil es un tiple colombiano adquirido en Puerto Rico por el mexicano Alfredo Gil y modificado en el renombrado taller del español Vicente Tatay en Nueva York.

Aplicando la fórmula de que “Los amigos de mis amigos son mis amigos”, debo decir que soy amigo de Tito Ortiz desde mucho antes de conocernos personalmente y de que pudiéramos compartir con él y con su esposa doña Irma Nydia un desayuno de bienvenida en el tradicional Salón Versalles de la ciudad de Medellín, apenas acabando de llegar ellos de Puerto Rico para asistir al Primer Encuentro Internacional de Melómanos y Coleccionistas de Música Popular en el Salón Málaga del centro de Medellín, y al Vigesimoprimer Encuentro Internacional Matancero de Medellín en la sede del Centro Artístico Musical Cooperativo (CAMC) del barrio San Joaquín en la misma ciudad. Lo llamo amigo de vieja data basándome en el hecho de que en la sección de agradecimientos de su libro menciona a colaboradores que son queridos amigos comunes a ambos: Jaime Rico Salazar, Aicardo González, Jaime Jaramillo Suárez, Cristóbal Díaz Ayala, Arturo Álvarez, Ofelia Peláez, Agustiné Vélez Jiménez (QEPD). No son pocos en el momento de sustentar la tesis de que los amigos de mis amigos son mis amigos. 

No son pocos, pero son sólo algunos en una larga lista que incluye a varios integrantes del Trío los Panchos, a sus descendientes y herederos, a sus sucesores, entre una importante lista de músicos, intérpretes, y compositores a los que él da su agradecimiento. Es de notar que muchos nombres de colaboradores e informantes suyos ostentan las letras QEPD (Que en paz descanse) para indicar su fallecimiento previo a la publicación del libro. Y es de anotar que allí se menciona a un hombre considerado “el mejor requintista de Puerto Rico”, que es como decir uno del podio de los tres mejores requintistas de América. Se trata de Rafael Scharrón, su amigo entrañable. En el momento en que nos encontrábamos en el evento del Salón Málaga, Tito Ortiz recibió la noticia del fallecimiento de este amigo, noticia que lo sacudió íntimamente y puso en su alma una sombra de tristeza. Lamentó haberse encontrado lejos de su patria en el momento de acompañar al amigo a su lugar de descanso final.

La venida de Tito a Medellín fue gestionada por los amigos Jaime Jaramillo Suárez y su esposa Luz Marina Gaviria (considerados los más importantes coleccionistas de videos musicales en Latinoamérica), por Aicardo González Osorio (considerado el más importante coleccionista de música y conocedor del Trío los Panchos en nuestro medio, así el norteamericano Carl Anderson sea el que posee la más completa e impresionante colección del mundo especializada en este trío), y por Arturo Álvarez (considerado el más importante coleccionista de música del Trío Vegabajeño de Puerto Rico). Estos coleccionistas que uno encasilla en sus respectivas especialidades, resultan ser expertos en la música de tríos en general, que han compartido por muchísimos años los encuentros de la Asociación de Coleccionistas de Música Popular en las ciudades de San Juan y Ponce de la isla puertorriqueña, conformando una hermandad o cofradía de permanente intercambio de información y de rarezas. “Porque no tiene sentido ser uno poseedor de alguna cosa, si no la comparte con los demás que tienen y disfrutan del mismo gusto, y saben apreciar”. 



Algo así como una treintena de entrevistas personales grabadas, ingente cantidad de discos, libros, artículos de periódicos y revistas, fotografías, y documentos varios, soportan el bagaje de información que Tito ha venido acopiando por décadas sobre este tema que lo apasiona. Gracias a él, esa información puede ser conocida también por nosotros; y gracias a su paciencia y tenacidad de investigador, y a su sentido del orden y la sistematización del trabajo, que le permitieron disponer las anotaciones y darle un desarrollo cronológico a la reconstrucción de las siete conformaciones que tuvo el trío, o que ha tenido a través de su historia; hasta llegar al enmarañado desenlace, fallecidos los fundadores, de los distintos tríos que dicen ser y se consideran herederos de Los Panchos. 

Resulta ser que Alfredo Gil, Chucho Navarro, y Hernando Avilés se reservaron para sí mismos la propiedad intelectual del nombre comercial “Trío los Panchos”, pero lo hicieron de labios y no lo registraron notarialmente. Al faltar ellos, todo el que en algún momento hubiera estado en su nómina o la hubiera integrado ocasionalmente se considera heredero de Los Panchos, algunos con mayor o menor fortuna y calidad que otros (Hasta tres agrupaciones distintas se han presentado pública y simultáneamente cantando con el nombre de Trío los Panchos); y todo el que haya sido esposa, hijo, o relacionado reclama para sí participación en el ponqué. En esa maraña de reclamaciones, las autoridades judiciales tendrán la palabra pero… Una cosa es el derecho jurídico, y otra cosa es el derecho moral. Hay casos en que la falta de legalización pone las cosas en el umbral de la ilegalidad. Tito se adentró en esos asuntos, y tuvo acceso a documentos y testimonios de innumerables personas relacionadas con el asunto, “menos con la argentina Francisca Feregotto, tercera esposa de Chucho Navarro, con la que a pesar de ingentes gestiones me ha rehuido y ha sido imposible comunicarme con ella”. Largo es el registro de encuentros y desencuentros en un trío que tuvo una larga trayectoria de grabaciones y presentaciones personales, pero lo importante es el legado que perdura cuya completa discografía está reseñada entre las páginas 374 y 404, seccionada en:

Grabaciones del Trío los Panchos con:

Hernando Avilés, 153; 
Raúl Shaw Moreno, 31; 
Julito Rodríguez Reyes, 122; 
Johnny Albino, 350; 
Eydie Gorme, 34; 
Ovidio Hernández, 86; 
Ovidio Hernández y Estela Raval, 12; 
Rafael Basurto Lara, 67; 
Rafael Basurto y María Marta Serra Lima, 10; 
Enrique Cáceres, 171; 
Enrique Cáceres y Javier Solís, 11; 
Enrique Cáceres y Estela Raval, 12; 
Enrique Cáceres y Gigliola Cinquetti, 12.

Luego viene la relación de las 33 películas en las que intervino el Trío los Panchos, incluyendo “Pueblo, canto, y esperanza”, de 1954, que es una secuencia de tres cuentos consecutivos (uno cubano, otro colombiano, y otro mexicano). El cuento colombiano es “El machete”, del cuentista antioqueño Julio Posada, y en él Los Panchos con la voz de Julito Rodríguez cantan el famoso bambuco colombiano “Antioqueñita”, con letra de la autoría de Miguel Agudelo Zuluaga y música de Pelón Santamarta.

En la bibliografía registra 33 entrevistas personales con los integrantes del trío y otros conocedores, documentación obtenida de 9 fuentes, 53 libros usados como fuente de información, 7 periódicos, 9 revistas puertorriqueñas, 6 revistas extranjeras, y 2 ensayos o trabajos de tesis inéditos. 

Trae un índice de nombres y temas que va desde la página 455 hasta la página 472.

Es este un detallado y meticuloso trabajo que constituye un texto de referencia obligada para quien se interese no sólo sobre la historia de Los Panchos y otros tríos relacionados con ellos, sino sobre el mundo musical en el que a ellos les tocó desenvolverse. Su autor tiene que darse por satisfecho de haber entregado al mundo, y a las generaciones actuales y venideras, un completo inventario sobre la obra de este trío que fue culpable de que se iniciaran muchos noviazgos, se contrajeran muchos matrimonios, y nacieran muchos descendientes que ahora y en un futuro se interesarán por saber sobre ellos.

Creería uno que a una persona tan enjundiosa en la preparación de esta obra no tiene nada que aportarle, pero en mi lectura encontré que sí, que tenía algo para decirle. Resulta ser que en una nota al pie de la página 345 se hace mención de “Romance de mi destino, bambuco”. En nuestra conversación le aclaré que este tema no es un bambuco, sino un pasillo ecuatoriano. Aclaración que él me agradeció. Luego le mencioné la canción de Edith Piaf que habían grabado Los Panchos, y me manifestó su sorpresa porque él no sabía tal cosa. Tuve el agrado, entonces, de hablarle acerca de “Si me quieres” (Himno al amor); y de remitirlo al enlace de mi blog “Postigo de Orcasas”, en el que hago mención de tal hecho:


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)