domingo, 24 de septiembre de 2017

223. Bruja (la) -coca, política, y demonio-, de Germán Castro Caycedo

LA BRUJA
–Coca, política, y demonio–
Germán Castro Caycedo, 11ª edición 1997, 
Editorial Planeta Colombiana
Edición ampliada y adicionada con apéndice 
sobre “Las brujas de la bruja

Encontré una tesis de grado de María Alejandra Godoy Roa para optar al título de Comunicadora en la Universidad Javeriana de Bogotá, en la que analiza este libro de Castro Caycedo desde el punto de vista riguroso del periodismo y la comunicación:


Esa tesis apoya algunas de mis observaciones, pero empezaré por contar que vi la película “Sólo tú” (Only you) con Marisa Tomei y Robert Downey Jr. Nada del otro mundo. Una chica de once años con un nombre común, como decir cualquier María Rodríguez, juega a adivinarse la suerte con una tabla ouija (peligroso juguete, a decir verdad) y ésta le muestra el nombre que el destino le tiene designado para casarse, un nombre común como decir cualquier Jesús Pérez. Tres o cuatro años después en una feria de circo entra a la caseta de una gitana adivinadora con bola de cristal, y ésta le dice que el hombre que el destino le tiene reservado es ¡Jesús Pérez! La chica no necesita más para buscarlo obsesivamente hasta el día en que se prueba su vestido de novia para casarse con algún Luis y recibe una llamada de un amigo de su prometido para avisarle que le agradece la invitación pero no podrá acompañarlo el día de su boda porque sale de viaje para Italia. “¿Cuál es su nombre, por favor?”, le preguntó la chica. El nombre de “Jesús Pérez” petrificó a la chica y desechando su vestido de novia la lanzó de una para el aeropuerto, de viaje para Italia, con la idea de encontrar allí al hombre que el destino le tiene reservado desde que era niña. Lamento no contarles el final, pero tuve que dejar de ver la película para atender otro asunto que reclamó mi atención en ese momento. 

A lo que quiero llegar es a que hay personas que van donde adivinos para hacerse leer las cartas, o el tabaco, o el fondo de la taza de café, y oír un sartal de fantasías; y se las creen, al punto de que condicionan su vida a las señales que les dan esas fantasías. Como quien dice, rigen su vida por los astros. Cuando uno hace eso, el juego ya no es tan inocente. No es sensato, por ejemplo, que muchos ejecutivos abran primero las páginas del horóscopo en el periódico que las cotizaciones de la bolsa, y si “el pronóstico para aries es: se avecinan tiempos difíciles, abstente de invertir en valores de negocios”, no compran ni venden acciones por nada del mundo en ese día. Hay gente así. 

El juego con la tabla ouija no es tan inocente, digo, porque entra en el campo de la santería y el ocultismo. He sabido de niñas escolares en el Tolima y en la Costa que jugando ese juego han entrado en trance “de posesión” del que no han podido sacarlas ni sicólogos, ni siquiatras, ni hipnotizadores, ni exorcistas. La cosa no es tan simple. 

En mi niñez oí hablar de mi tía, la hermana mayor de mi papá. Él era el menor de una familia de catorce hijos, y la mayor dicen que era una chiquilla muy linda que atraía las miradas por su belleza rubia de ojos claros, un angelito. Tenía dos o tres años cuando tocó a la puerta un pordiosero que fijó en ella su mirada, y desde ese día la niña “se descuajó”. Le entró “mal de ojo” y no hubo poder humano que la curara. La niña murió. No me pregunten si creo en el descuaje y en las ojeadas, porque ese testimonio lo oí de niñez y tuve que aceptarlo porque nadie tenía argumentos para desmentirlo. La familia entera creía en eso.

Es que a uno las creencias le vienen de niñez, aprendidas en el catecismo del padre Gaspar Astete. “Fe es creer lo que no vemos, porque Dios lo ha revelado” repetía uno hasta el cansancio; y “no se debe creer en agüeros, ni hacer uso de hechicerías, ni de cosas supesticiosas”. Como consecuencia de eso, uno sabía de las brujas “que las hay, las hay, pero no se debe creer en ellas”. En consecuencia, durante la edad media se estableció aquello de los Tribunales de la Santa Inquisición, y se desató una cacería de brujas que llevó a muchas mujeres inocentes a la hoguera, pero seguramente llevó también a muchas culpables. ¿Culpables de qué? De practicar la brujería. Puede que uno se permita dudar de que hubiera brujas durante la edad media, pero no puede dudar de que las hay en plenos siglos XX y XXI. Eso no hay que dudarlo, y de eso trata el libro denominado novela pero que es más crónica periodística que otra cosa: “La bruja”, de Germán Castro Caycedo.

Brujería 

Este libro trata de que hay personas que a la par con la lectura de horóscopos van a las oficinas promocionadas en esos volantes callejeros que lo remiten a uno al tercer piso del edificio la Ceiba donde una chamana, como decir Madame Leonie (¿recuerdan a Rayuela?) “Cura el mal de amores, el mal de ojo, adivina la suerte, le amarra al ser querido, y le regresa el ser perdido en tres días”. Muy rentable parece ser ese negocio que, casi siempre, no pasa de ser una hábil carreta palabrera cargada de superchería. Pero, parejo con esa práctica de un chamanismo que podríamos tildar de inocente, hay verdaderas brujas que practican la santería y el asunto de los monicongos enterrados en el cementerio y las fotos cruzadas con alfileres. Hay allí un ejercicio síquico que rebasa nuestra comprensión y lleva al campo de lo esotérico, los maleficios, la posesión de espíritus. 

Hay que leer el libro y, conociendo la seriedad periodística de Germán Castro Caycedo, entender que lo suyo es una transcripción de testimonios escuchados de boca de los protagonistas y de hechos inexplicables que modificaron la vida de muchas personas. Allí no hay cháchara, sino testimonios vivenciales. Eso, para mí por lo menos, es escalofriante. Dios lo libre a uno de la mala hora de cruzarse en el camino con una bruja de las que enyerban y hacen maleficios. Dios lo libre a uno de no creer en Dios. 

La historia de Amanda Londoño (Lucrecia Victoria Gaviria Díaz en la vida real) y de cómo se metió a bruja alcanzando a ser reconocida por su efectividad, es tenebrosa. A la final logró salir de eso, no sin antes vivir un proceso muy doloroso; pero de la brujería, como de la mafia, puede decirse que es más fácil entrar que salir; como también puede decirse que el dinero ganado con estas dos actividades es un dinero maldito, que a la larga sólo trae la ruina.

Exorcismo

La cosa es tan seria, y tan real, que la Iglesia tiene identificados algunos pastores (obispos, sacerdotes, monjas, laicos adjuntos al ejercicio pastoral) que tienen una fortaleza síquica poderosa que les permite ser capacitados como exorcistas para enfrentarse con las personas poseídas y hacer salir de ellas a los espíritus del mal que las tienen dominadas. En los ortos litúrgicos eclesiásticos hay oraciones y ritos para librar esa batalla (verdadera y agotadora batalla) contra las fuerzas del mal cuya existencia para los creyentes es indudable, y cuyo testimonio para los no creyentes puede encontrarse en este libro que de ninguna manera puede tildarse de fantasioso porque todo está basado en una realidad testimonial y escalofriante.

Mafia y narcotráfico

Jaime Builes Cardona fue un personaje reconocido y legendario en el suroeste antioqueño, que tuvo su época de esplendor durante la década de los años setenta, previos a la aparición y preponderancia de Pablo Escobar Gaviria y los Ochoa en los ochenta, que antecedieron a los Rodríguez Orejuela y el cartel del norte del Valle en los noventa, que antecedieron a la llegada de México al primer lugar en las mafias del narcotráfico hacia los Estados Unidos en el siglo XXI. Hay allí una larga historia que contar. 

Jaime Builes se hizo multimillonario con el narcotráfico y un día apareció por los lugares donde había sido peón de estribo (y seguramente sufrido humillaciones por parte de los ricos y principales de la población) para presionarlos a venderle sus casas, y sus fincas, y sus clubes, y sus flotas de transporte, y sus hijas, y sus conciencias, y todo lo que se atravesó. 

Castro Caycedo visitó esos lugares, entrevistó gente, recogió información, se documentó, y contó la historia como él sabe hacerlo, con una sola concesión a las limitaciones que la sociedad le imponía: cambiar algunos nombres y circunstancias para que la identidad de los protagonistas quedara preservada. El difunto Jaime Builes (murió de muerte horrible, torturado por la policía de México) aparece con su nombre; pero sus suegros, y su esposa, y algunos relacionados, aparecen con nombre cambiado para preservar su privacidad, aunque con la circunstancia de que todo el mundo sabe quienes son. A mí no me costó trabajo identificar, por ejemplo, al profesor de Relaciones Humanas del Sena, el poeta Hernando Montoya, en el personaje de Hernando Londoño que aparece en la novela. “Blanco es, gallina lo pone, frito se come”. 

La narcopolítica bruja

En el libro se cuenta el que tal vez fue el primer episodio en el que el narcotráfico permeó las toldas de la política y por medio del truco de financiar las campañas de los políticos se infiltró en las esferas del poder público. Aunque con nombres cambiados u ocultos, uno puede deducir que “el presidente de la pajarita que tenía la muletilla del evidentemente” era Turbay Ayala, y el gobernador brujero que casó a su hijo con una hija de ese presidente era Rodrigo Uribe Echavarría. Uno puede adivinar a Misael Pastrana Borrero en “el expresidente de la sonrisa como una mueca permanente”. Y hay nombres de la política reconocidos que allí aparecen mencionados con nombre propio y que se vieron involucrados con Jaime Builes o con la bruja Amanda por sus actividades electorales. Fabio Valencia Cossio, Alvaro Villegas Moreno y Jota Emilio Valderrama aparecen allí mencionados. Libia González de Fonnegra y María Margarita Vásquez Arango han sido diputadas y congresistas suficientemente conocidas, pero lo que no se sabía era que estuvieran tan relacionadas con la brujería de la bruja Amanda (Lucrecia) y eso sólo salió a flote cuando se les ocurrió poner una tutela para obligar al escritor a retractarse, y a recoger el libro de las librerías.

Brutalidad policial y brutalidad de los narcotraficantes

En el libro se muestra la brutalidad de los narcotraficantes enfrentados entre sí por el dominio de territorios, que se inventan sistemas como el de picar a sus enemigos con motosierra y enviar partes del cuerpo por correo a sus familiares para advertirles de lo que puede pasarles si no hacen una cosa u otra que a ellos se les ocurra exigir, y muestra la brutalidad de la policía mexicana (y toco madera, porque por la norteamericana y la de los demás países, incluido el nuestro, no seré yo quien meta la mano al fuego) que a la hora de enfrentar falsos o reales positivos se apropian de mercancías y dineros para beneficio particular entregando solamente una porción de lo incautado, y que torturan con rigor, aun a personas inocentes, para obligarlos a confesar lo que no han hecho, o para obligarlos a confesar lo que sí han hecho pero con métodos inhumanos que son pecado de lesa humanidad pero que ellos sortean impunes porque ¿Quién puede probárselos? ¿Cómo puede demostrárselos? ¿Quién los condena? La injusticia y la maldad son, pues, otras de las protagonistas de este libro.

La justicia

En la 11ª edición del libro, edición ampliada, el autor cuenta de cómo fue el proceso jurídico con el que se le quiso amordazar para que no contara lo que cuenta. Cómo perdió con el juez de primera instancia, y cómo perdió su apelación con los magistrados del Tribunal Superior de Antioquia que quisieron obligarlo a callar. Cómo insistió en apelar ante la Corte Constitucional y en esa alta corte le fue dada la razón y revocadas las decisiones contraevidentes de los jueces que habían conocido del caso. Como si fuera poco lo que de por sí en el libro se destapa, aquí viene a denunciarse lo que es la amañada justicia que se somete a los influyentes grupos de presión política y se permea a los dineros mal habidos. Lo pone a uno a pensar que si eso le ocurre a un periodista tan prestigioso y reconocido como Germán Castro Caycedo, qué no ocurrirá a los montañeros de simple ruana y alpargatas que van a la justicia con sus demandas y salen con el costal cargado de injusticias.

La Bruja, telenovela

No es fácil llevar una novela a la televisión o el cine, y menos si el libro de que se trata no es una novela sino una crónica testimonial. Al terminar de leer el libro, y ver fotografías de los personajes reales en que se inspiró, uno encuentra que la telenovela fue exitosa no sólo en la forma de contar lo que cuenta, sino en los actores que escogió para representar los papeles. Un cambio yo habría hecho en el casting, por parecerme la fisonomía del actor Kepa Amuchastegui más acorde con la del Dr. Rodrigo Uribe Echavarría, que era el gobernador de la época. Yo le habría dado ese papel, y lo hubiera intercambiado con el del presidente que, para el caso, no habría tenido importancia porque el parecido físico no correspondía mucho así, que se diga. No sé si ponerle pajarita al actor habría ayudado a caracterizarlo mejor, pero eso tal vez habría sido meterse en honduras jurídicas con un personaje tan obvio del que se destapa que contrató a una bruja para que le rezara la separación de su esposa y le atrajera el amor del ser querido con quien quería casarse. De la efectividad de los trabajos de la bruja da fe el hecho de que a él las cosas le salieron tal y como las contrató. Andrés Parra, en el personaje de Jaime Builes, “está pintado”; y la descripción de los hechos que allí se narran, “está que ni pintada”.

Blog “Verdad corrosiva”, sábado 11 de junio de 2011:

Creo que el libro trata, en resumidas cuentas, de la eterna lucha planteada entre el bien y el mal, entre los ángeles buenos y los ángeles caídos o demonios; una lucha que no es subjetiva ni hipotética sino que es real en nuestro diario vivir, con legiones enfrentadas de un lado y de otro.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 17 de septiembre de 2017

222. Secreto de los ojos verdes

Remontémonos a mi bisabuelo Benito Ramírez, por los días en que nació mi abuelo. Es evidente que a mi bisabuelo debía parecerle bonito el nombre de Cupertino, porque lo escogió para bautizar a mi abuelo. Un nombre es como un título que uno carga por el resto de la vida para escribir la novela de sus vivencias. A mi abuelo tal vez no le gustó su nombre, puesto que no se lo puso a ninguno de sus catorce hijos. Mi padre, el menor, fue llamado Delio. A mi padre tampoco le gustó el suyo, porque ninguno de sus catorce hijos lo lleva. Tampoco le gustó el nombre de mi padrino que al papá de mi padrino le parecía tan bonito, porque no dejó que me bautizaran Marino. Yo fui llamado Orlando, pero preferí el de Carlos Fernando Ramírez Gallego para mi hijo. Él se firma Carlos Ramírez, dando a entender que el Fernando lo considera un estorbo. En el ejército, cuando pagó el servicio militar, lo llamaban “Gallego”, y sus condiscípulos de educación primaria lo apodaron “Gallito” por una telenovela que pasaron hace unos años. A diferencia de sus padres y de sus abuelos, mis nietos se llaman Jacobo y Martín; y eso confirma que tal vez sean pocos los que, a la hora de la verdad, se sienten satisfechos con su nombre.

Un libro es como un hijo, y uno baraja posibilidades hasta que escoge aquel título que a uno le parece más apropiado. Pero no falta quien diga que “si hubiera sido yo, lo hubiera titulado de otra manera”. No lo dudo. Cada quien hace su propia lectura.

Se me ocurren estas reflexiones porque vi una película argentina (2009, dir. por Juan José Campanella, premio Oscar a la mejor película extranjera 2010) con un título que a mí me parece bello: “El secreto de sus ojos”, basado en la novela de Eduardo Sacheri “La pregunta de sus ojos”. Es una muy buena película de suspenso, bien realizada. Lo que no acaba de gustarme es el título que es bello, ya lo dije, pero mal escogido a mi parecer (aunque en cuestión de gustos no hay disgustos). No sé en la novela escrita si el título que hace referencia a una pregunta esté justificado, pero en el guión de la película y en el título que hace referencia a secreto me parece que no. No basta con que algunos de los protagonistas, y entre ellos el investigador y la jefe, tengan ojos claros. El argumento tiene una historia principal: la búsqueda del violador y asesino de una joven y bella mujer. Tiene una historia secundaria: el amor intuido e inconfesado por años de años entre el investigador y la jefe. Y hasta una historia terciaria: el comportamiento de los jueces y funcionarios de los juzgados; y el de la Justicia, en general, que no siempre hace justicia. Con excepción del nivel secundario, en el que el investigador deja traslucir en su mirada que está enamorado de la jefe, y en algunas ocasiones la jefe deja traslucir en la suya que el investigador le simpatiza, el título no está justificado por el asunto central: la búsqueda del asesino. Un título como “La justicia cojea”, o como “El que la hace la paga”, o como “Te vengaré, amor mío”; podrán ser menos bellos que “El secreto de sus ojos”, pero son por lo menos más ajustados a la historia que se cuenta.


No se dejen descontrolar por el título, porque la película vale la pena de ver.

Y, al hablar de cine, remataré con un verso que no recuerdo, e ignoro si era de Tartarín Moreira, o algo así; que hacía referencia a una negra chocoana afroesclavodescendientezulú de aquellas oscuras de un negro tan brillante que llaman “negro azul”. La mujer, mueca y fea, iba cargando por la vida con el nombre de Aurora, y el verso termina diciendo “Porque el cura que te puso Aurora, /no ha visto amanecer, /negra hijueputa”. Hay nombres y títulos que son de una contradicción evidente.

Ahora pasemos a los ojos, que en la literatura y en la música han sido objeto de atención. Más de sesenta títulos lo confirman: 


"A unos ojos; Adoro niña tus ojos; Amo mucho tus ojos; Arráncame los ojos; Asómate a mis ojos; Detrás de tus ojos; Dile a tus ojos; El triunfo de tus ojos; En el fondo de tus ojos; Esos ojos negros; Esos tus ojos negros; Golondrina de ojos negros; Hay unos ojos; La luz de tus ojos; Los luceros de tus ojos; Los ojazos de mi negra; Los ojos de mi morena; Los ojos de mi moza; Mis ojos me denuncian; Niña de ojos tristes; Niña de ojos verdes; Ojo de vidrio; Ojos así; Ojos azules; Ojos cafés; Ojos color de miel; Ojos color de sol; Ojos de almendra; Ojos de cielo; Ojos de juventud; Ojos de luna; Ojos de perro azul; Ojos de yo no sé qué; Ojos españoles; Ojos esquivos; Ojos gitanos; Ojos glaucos; Ojos hechiceros; Ojos indios; Ojos malignos; Ojos malos; Ojos miradme; Ojos negros; Ojos que matan; Ojos que no ven; Ojos, labios, y cabellos; Ojos tentadores, Quémame los ojos; Regálame los ojos; Sus ojos se cerraron; Tus ojos; Tus ojos azules; Tus ojos castaños; Tus ojos color marrón; Tus ojos grises; Tus ojos ingrata; Tus ojos me miraron; Tus ojos mexicanos lindos; Tus ojos moros; Tus ojos pardos; Tus ojos son dos luceros; Yo no sé qué me han hecho tus ojos; Yo vendo unos ojos negros; y varios otros”.

Hace poco hablé en uno de mis correos sobre la canción “Once upon a time” –Érase una vez– (… Una chica con ojos de claro de luna, /que puso su mano en la mía y me dijo que me amaba… /Pero eso fue hace mucho tiempo), balada con letra de Joe Adams y música de Charles Strouse, que se escucha al finalizar la película “No nos dejes colgadas”, protagonizada por Walther Mathau con Meg Ryan, Dianne Keaton, y Lisa Kudrow haciéndole compañía. Es una de las seguramente muchas canciones en inglés que hablan de ojos claros en su letra.

https://www.youtube.com/watch?v=vkfNYBdHYKc


Recientemente también hablé en un correo sobre una joven y bella campesina que atendía en la fonda de un alto que sirve de mirador sobre el río Cauca, en cercanías de la población de Jericó en Antioquia. Copio el párrafo que escribí:

Cuando subíamos desde el río Cauca hasta el Morro del Salvador que preside el municipio de Jericó, hicimos la obligada parada en “El mirador”, desde donde se divisan el conjunto cerrado de Cauca Viejo, las vegas del río, las fincas con sus potreros y ganado, el paisaje todo de ese lugar montañoso tan bello. Extrañé la falta de la bella muchacha campesina que siempre nos atendía con su piel blanca, marmolina; con sus ojos verdes, fulgurantes; su cabello rubio, sencillamente peinado en moña a la nuca; su amabilidad y su sonrisa, encantadoras; y su cuerpo y su mirada de pecado que sonreían como una promesa. La extrañé. “Se ha ido a vivir a Medellín”, nos dijo su hermano; y hubiera sido imprudencia hacer al “cuñado” más preguntas delante de mi mujer, que se habría puesto muy en alerta de mis veleidades. El hombre se fue a buscar el libro que publicaron el Idea y la Gobernación de Antioquia: “Por los caminos de Antioquia”; y empezó a mostrarnos las bellas fotografías de puertas, ventanas, balcones, portones, calles, gentes de pueblo, en fin; de muchos de los 125 municipios del Departamento de Antioquia en Colombia. No todos, porque es difícil abarcarlos. Pero en sus primeras páginas, ocupando el espacio de una de ellas a todo color, representando a las mujeres campesinas del departamento, la fotografía de la bella ventera de ojos verdes que solía atendernos en “El mirador” de otros tiempos”.

Muchos poemas y canciones se han escrito a los ojos de todo tipo y color porque, como dice la décima “Los mejores ojos”, del poeta colombiano César Conto:

Ojos azules hay bellos, 
hay ojos pardos que hechizan, 
y ojos negros que electrizan 
con sus vívidos destellos; 
pero, fijándose en ellos 
se encuentra que, en conclusión, 
los mejores ojos son, 
por más que todos se alaben, 
los que expresar mejor saben 
lo que siente el corazón”.

Por el estilo es la inspiración de la cueca de Víctor Jara, pero él resulta prefiriendo los ojos verdes por sobre todos los demás:

https://www.youtube.com/watch?v=zkbhcQHufC4

La vida, niña de los 
ojos negros, 
los ojos negros;
la vida, niña de los 
ojos colorados, 
los colorados;
la vida, tus mayores 
son mis suegros;
la vida, tus hermanos 
son mis cuñados. 
Son mis cuñados.

Ojos negros y pardos
son muy bonitos, 
son muy bonitos;
pero, los de mi gusto,
los verdecitos. 
Los verdecitos.

Los verdecitos sí;
cierto, y me muero,
por una que se llama…
ya ni me acuerdo.
Ya ni me acuerdo.

Cierto, y así se muere; 
el que te quiere, 

el que te quiere.

Nos ocuparemos sólo de los ojos verdes, como aquellos que inspiraron el madrigal de Gutierre de Cetina:

Ojos claros, serenos:
Si de un dulce mirar sois alabados,
¿Por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira;
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos…
ya que así me miráis, miradme al menos”.

Al hablar de ojos verdes, vienen a mi memoria aquellos ojos verdes, serenos como un lago, de la antioqueña Ana Edilma Cano Puerta. A Ana Edilma no le gustó su nombre y tan pronto tuvo uso de razón lo cambió por Eddy Cano, más de su gusto, y con este nombre representó a Colombia en el Reinado Universal de la Belleza del año 1980. En 1986 se casó con el cantante español Manolo Otero, del que se separó pocos años después. Sus verdes ojos son de antología.

Eddy Cano 1980

En el año de 1976 no sabía Manolo Otero Aparicio que se iba a encontrar en la vida con la belleza de Eddy Cano, aunque de haberla conocido antes bien pudiera ser ella la que le inspirara su balada "Bella mujer":


Eran verdes, del color del mar, los ojos que con su abandono dejaron desconsolado al letrista tanguero José María Contursi:

“Verdemar” (Verdemar, Verdemar…/ faltas tú, ya no estás, /se apagaron tus pupilas /verde mar…), tango con letra de José María Contursi y música de Carlos di Sarli, interpretado por Mercedes Simone:


“Aquellos ojitos verdes” (… ¿Con quién se andarán paseando? / Ojalá que me recuerden, / aunque sea de vez en cuando…), canción popular mexicana DRA, interpretada por Antonio Aguilar:

https://www.youtube.com/watch?v=dyS05N1GRb4

“Ojos verdes” (Ojos verdes que me hechizan, / que me embelesan toda mi vida, / ojos verdes como el mar…), interpretada por Víctor Piñero con Los Melódicos de Venezuela:


https://www.youtube.com/watch?v=JIsAFuhJ6wc

Verdes como el color de los trigales, y como mares, fueron los ojos que inspiraron a Jorge Villamil Cordovez; y a Rafael de León-Manuel Quiroga-Salvador Valverde; y a Sonia Dimitrowna; y a José Francisco Elizondo y Eduardo Vigil Robles.

“Llamarada” (Siempre recordaré aquellos ojos verdes, /que guardan el color que los trigales tienen… /también yo soñaré con esos ojos verdes, como mares…), letra y música de Jorge Villamil, interpretado por Silva y Villalba:


“Ojos verdes” (Ojos verdes, verdes como la albahaca; verdes como el trigo verde, y el verde, verde limón…),  con letra y música de León, Quiroga, y Valverde, interpretado por Conchita Piquer:


“Verdes eran tus ojos” (Verdes, como los llanos, eran tus ojos; /verdes, como dicen que es la esperanza…), con letra y música de Sonia Dimitrowna (María Betancur Román de Cáceres), interpretado por Carlos Julio Ramírez:


“Son tus ojos verde mar” (… dos gotitas de agua clara… /verde mirar es mi vivir, /verde mirar es mi esperanza…), letra y música de Gonzalo Curiel, interpretado por Libertad Lamarque:



“Niña de los ojos verdes” (… No me pidas que te olvide, /niña de los ojos verdes; /no me pidas imposibles /niña, niña, que me pierdes…), letra y música de Juan Gabriel García Escobar, interpretado por Manuel “Manolo Escobar” García Escobar:


https://www.youtube.com/watch?v=4JycW1xYlYY

“La norteña de mis amores” (Tiene los ojos tan zarcos /la norteña de mis amores… /Cuando me miran contentos /me parece un jardín de flores; /y si lloran me parece /que se van a deshacer; /Linda, no llores. /Verdes son, /cual del monte la falda, /verdes son /del color de esmeralda… /Sus ojitos me miraron, /y esa noche me mató /con su mirada…), de José Francisco Elizondo Sagredo y Eduardo Vigil Robles, interpretada por la Rondalla Tapatía:


“Como el verde mar” (Qué tendrán tus ojos verdes, /verdes como el verde mar, /verdes como la esperanza /que alentó mi sed de amar), bolero con letra y música del argentino Guillermo Pelayo Patterson, del que no pude encontrar una grabación para compartirla con ustedes.

Sin contar las que no llevan la palabra ojos en su título pero hablan de ojos y de miradas como “Así” (Por qué al mirarme en tus ojos / sueños tan bellos / me forjaría…); como “Un viejo amor” (Por unos ojazos negros, / igual que penas de amores…); "Amor en tinieblas" (El fuego de tus ojos / quemó mis sentimientos...); como “Melina” (La huella de tu canto echó raíces, Melina; / y vuelven a reír tus ojos grises, Melina…); o como "Señora Tentación", de Agustín Lara (Debo a la luna /el encanto de sus fantasías; /y, a tu mirada, /mi dolor y mi melancolía... /Señora Tentación, /de frívolo mirar... /quisiera el sortilegio /de tus verdes ojazos...): 


Y en ese desfilar de ojos verdes vuelven a la memoria “Aquellos ojos verdes”, con letra de Nilo Menéndez Barnet y música de Adolfo Utrera (Adolfo Pérez-Utrera Fernández), hermano de Conchita y primo de Antonio Utrera (Antonio Pérez-Utrera Díaz), cuya versión oficial dice que fue inspirada por los ojos verdes de Conchita Utrera, de la que Menéndez “se había enamorado”… pero resulta que no. La versión no oficial es otra.


“Aquellos ojos verdes” (serenos como un lago… aquellos ojos verdes que nunca olvidaré…), bolero con letra de Nilo Menéndez y música de Adolfo Utrera; versión interpretativa de Adolfo Utrera, acompañado al piano por Ernesto Lecuona:

https://www.youtube.com/watch?v=_bFw0jhVqH8

“Aquellos ojos verdes, 
de mirada serena,
dejaron en mi alma
eterna sed de amar.

Anhelos de caricias,
de besos y ternuras,
de todas las dulzuras
que sabían brindar.

Aquellos ojos verdes, 
serenos como un lago,
en cuyas quietas aguas
un día me miré;

no saben la tristeza
que en mi alma han dejado,
aquellos ojos verdes
que nunca olvidaré”.

Veamos la versión oficial, según el blog de María Argelia Vizcaíno en el inserto titulado “Origen de algunas canciones”:


"En el enciclopédico libro Vida y Milagros de la Farándula en Cuba, Tomo III, del amigo Rosendo Rosell, se relata que el autor Nilo Menéndez le contó al periodista Enrique C. Betancourt que dicha canción se la dedicó a:

«Una linda cubanita rubia, llamada Conchita Utrera, que conocí en New York (...) me enamoré de ella ese mismo día y, por la noche, compuse la música de la canción. Le rogué después al hermano de ella -que era el malogrado poeta y gran tenor Adolfo Utrera- que me hiciera los versos. Le sugerí la letra, y... fueron sus ojos los que me dieron el tema dulce de mi canción». 

Rosell publica la foto de la dama de ojos tan bellos”. 

Continúa el blog de Vizcaíno diciendo que:

“Otra versión tiene, muy distinta, el Dr. Héctor R. Wiltz; quien la escribió para el semanario 20 de Mayo de Los Ángeles, California, el 19 de noviembre de 1988: 

«Aquellos ojos verdes... cantada magistralmente por Nat King Cole, la oí hace cuatro años en Nueva Zelandia, en mi viaje de vacaciones, en la radio de un restaurante... me estremeció, y recordé su historia… historia que relato porque ya los protagonistas murieron. Su autor, Nilo Menéndez, murió recientemente en California ya octogenario... era homosexual y años atrás se enamoró de un cubano muy conocido, que también falleció en los Estados Unidos... separado del pianista compositor por la inmensidad de Norteamérica de Este a Oeste... cubano que tenía los ojos verdes».

El melómano Jaime Jaramillo Suárez, en el nro. 1 de la revista “Tertuliando” publicado en el mes de julio de 2017 por la Tertulia de Amigos del Salón Málaga, escribe la “Historia de la canción Aquellos Ojos Verdes” y dice allí que:

“Nilo Menéndez había llegado de Matanzas (Cuba) a Nueva York en mayo de 1928, a sus 22 años. Entre él y Conchita se fue creando una relación muy estrecha de amistad. Nilo se encargó de pasearla frecuentemente y enseñarle la ciudad a la vez. Adolfo, hermano de Conchita, notó la atracción que ella sentía por Nilo y le preguntó: `Oye, Feíta (apodo cariñoso que él le tenía), ¿Tú estás enamorada de Nilo?´ A lo cual ella le respondió que `No lo sé, pero me siento muy atraída por él. Es muy guapo, atractivo, buen conversador, y me lleva a pasear por todas partes…´. Al respecto su hermano manifestó: `Olvídate de eso, que él no es hombre para estar con mujeres”.

Parece ser que Adolfo tenía por qué saberlo. Luego, agrega don Jaime Jaramillo Suárez, citando declaraciones que Conchita le dio a don Cristóbal Díaz Ayala, que:

“En junio de 1930 Carlos Arturo Toledo, un joven de 21 años que era estudiante de Medicina e hijo del acaudalado hombre de negocios de Barranquilla Antonio Toledo, empezó a enamorar a Conchita y, dado que ella era una joven de escasos 17 años sin mucha experiencia en las lides amorosas, con su corazón adolorido por el desengaño de la relación fallida con Nilo Menéndez, aceptó la propuesta matrimonial del estudiante, quien la había colmado de atenciones y regalos. Su hermano Adolfo no estuvo de acuerdo con esta decisión pero no obstante ella se casó el 11 de agosto de 1930 en Manhattan con el joven barranquillero. Viajaron casi de inmediato a Barranquilla… Al poco tiempo de un viaje a Nueva York… quedó embarazada y tuvieron una niña nacida en Barranquilla en 1931, el mismo año en que Adolfo se suicidó en Nueva York. La joven quedó desolada por la muerte de su hermano… en un país que no conocía, lejos de su familia, sufriendo maltratos de tipo sicológico por su esposo que resultó ser esquizofrénico y celoso que no le permitía viajar ni llevar una vida normal sino quedarse en casa criando a la niña y sin poder cantar ni siquiera en casa porque su esposo la mandaba a callar diciéndole que parecía una `verdulera de la plaza de mercado´… Con su hija, que ya contaba con 12 años… volvió a Cuba para no regresar nunca jamás a Colombia, en el año de 1944… Unos años después Conchita se enteró de que su esposo se había suicidado en Barranquilla aproximadamente en el año de 1949, aunque el hecho no se reportó en los periódicos de la época, dado que el padre del fallecido era una acaudalada persona de la alta sociedad barranquillera”.

Muy diferente de la historia oficial es, pues, la historia no oficial de “Aquellos ojos verdes”; pero no sería la primera vez que un autor se inventara una versión para ocultar las verdaderas motivaciones extraoficiales y los motivos ocultos tras de bambalinas. Casos se han dado.


De todos modos, si Nilo Meléndez y Adolfo Utrera no hubieran nacido en la primera mitad del siglo XX sino a principios del siglo XXI, cuando las preferencias sexuales han salido del clóset, no habrían tenido necesidad de inventarse excusas de amor para los ojos que verdaderamente inspiraron la canción, puesto que Adolfo era un confidente que también conocía al joven compatriota que atraía los intereses de Menéndez.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)




domingo, 10 de septiembre de 2017

221. Tejedora de coronas (la), de Germán Espinosa

LA TEJEDORA DE CORONAS
Germán Espinosa -Novela- 
Edit. Montesinos, Barcelona –España–, 1982. 1ª. Edición, 419 pp.

Este ejemplar, que adquirí en una librería de textos usados, debió tener una suerte más amable y permanecer en poder del hombre al que le fue regalado. Tiene una dedicatoria manuscrita. La letra es legible, pero no femenina. Es la de una mujer profesional, segura, práctica, de inclinaciones intelectuales. Su letra podría pasar por masculina, sin arabescos, ni florituras. Su firma es de mujer. Los hombres solemos poner un garabato que solamente nosotros entendemos, y a veces ni eso. Un garabato. Y además, como dice el bolero, quién sabe “cuantas cosas pasaron… cuantas cosas que el alma no podrá nunca olvidar…” Esto lo deduzco por los dibujos, pues tiene el detalle tan femenino e infantil de dibujar una clave de sol y una muñequita de trenzas, como si la donante fuera una niña que apenas alcanza la pubertad. Quién sabe, porque así dice la dedicatoria que el hombre no quiso dejar en su biblioteca al alcance de muchos ojos, así la mujer no lo tutee y se dirija a él en términos de usted:

Desde hace unos días tenía la idea de dejarle este libro porque creo que va a disfrutarlo mucho, especialmente la última parte; además es una manera de decirle gracias, muchas, usted sabe cuántas. ¡Ah! Y no he olvidado que tenemos un tinto pendiente. Nos vemos”. 

Los amores más dolorosos son aquellos de lo que pudo ser y no fue, como el de Federico Goltar, el personaje de la novela “La tejedora de coronas”, que quizás murió virgen después de haber sido el primer amor de Genoveva Alcocer, y de haber tenido varias veces el caballo en la puerta; pero sin poder entrar, porque así es la vida.

Después de varios intentos fallidos pude por fin abordar la lectura de esta novela, que me parecía densa. Aunque a veces recuerde un poco la manera de contar las cosas de Gabriel García Márquez, la verdad es que la obra está ambientada en la época del barroco, del Rey Sol de Francia (Luis XVI) con Voltaire de por medio, y tras el pretexto de los muchos amores carnales de Genoveva con hombres y mujeres, incluido el amor frustrado ad portas de Federico, y el apenas imaginado incesto con su hermano Cipriano. Nada se le escapó en sus casi cien años de vida, violaciones incluidas y episodios con personas de paso. Tras el pretexto de contar esos amores, digo, se esconde un inventario interminable de personajes franceses del siglo de las Luces al Renacimiento. Es una novela escrita en estilo barroco, extravagante, adornada, artificiosa, petulante, pedante… y agradable, cuando uno logra tomarle el gusto. No es fácil porque, además, requiere de diccionario de español para buscar el significado de palabras rebuscadas que aparecen cada dos renglones; y de diccionarios de francés, inglés y latín para las muchas frases y hasta párrafos que el autor cita, sin traducción. Hace un despliegue de erudición impresionante no sólo de los personajes del barroco francés sino de conocimientos sobre el sitio pirata a Cartagena en el que Blas de Lezo es reemplazado por el gobernador Diego de los Ríos por tratarse de historia novelada o de novela historiada. Muestra el autor erudición en sus conocimientos sobre la masonería, sobre marinería y navegación, sobre guerra y armamentos. Sobre la Colonia. Sobre mitología, astronomía, astrología. Y sobre política, claro. Y sobre amores reverentes e irreverentes. La narradora es una mujer, Genoveva, pero no es una voz femenina la que narra. No, por lo menos, la voz frívola e ingenua que solemos atribuir a las mujeres de ése y de todos los tiempos. No es el caso de esta mujer que habla de esos temas por cuenta de su autor, sin permitirse mostrar debilidad o falta de conocimiento. Apenas ahora, empezando el siglo XXI, sabemos de mujeres que exhiben en muchos casos conocimientos superiores a los de los hombres que las rodean. Cuando logré salir de la maraña que suponían esos detalles, disfruté mucho de la lectura de la novela y se me abrieron interrogantes que con el tiempo tendré que responder sobre personajes y sobre el significado o connotación de muchas palabras. Es una novela a la que tendré que volver en otro momento, y seguramente la voy a disfrutar más que en la primera lectura. Un laberinto, después de que uno logra salir de él, deja de ser un laberinto.

Tiempo después de haberla leído, descubro que muchos estudiosos se han ocupado de ella y han hecho ensayos científicos y rigurosos de aquellos que se clasifican como “epistemológicos”. No fue así la lectura que yo hice, intuitiva, emocional, de lector común y silvestre sin los eruditos bagajes de muchos de sus críticos. Soy un lector término medio; sin conocimientos encumbrados, pero más allá de los parámetros popularizados por Corín Tellado. Porque eso sí es claro: esta novela no fue escrita para los amantes de la novela fácil.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

domingo, 3 de septiembre de 2017

220. Candelabro enterrado (el) -Menorah-, de Stefan Zweig

CANDELABRO ENTERRADO (EL) –MENORAH–
Stefan Zweig, 1937 
Acantilado-Quadernos Crema S.A., 2ª. edición mayo 2008
Traducido por Joan Fontcuberta

Aunque data de 1937 la primera edición en alemán, y hay traducciones al español más antiguas que ésta de 2007, la de Joan Fontcuberta es una excelente traducción al castellano neutro universal, sin los localismos que suelen enturbiar otras ediciones. Haré unas observaciones, que me clasifican dentro del concepto emitido por Gabriel García Márquez a Héctor Abad Faciolince diciendo que “En Colombia no hay críticos literarios, sino correctores de texto”.

Stefan Zweig afirmó que era judío de padre y madre por accidente, puesto que la cultura judía no hizo parte de su formación primaria, hecho indispensable para que una persona se sienta arraigada a sus ancestros. Testigo de las dos guerras mundiales del siglo, fue adinerado de nacimiento y en su juventud, pero parece ser que tres hechos lo condujeron a un pacto suicida con Charlotte Elisabeth Altman, su segunda esposa, hecho que sucedió en Persépolis, Brasil, en el año de 1942: la pobreza de él, la enfermedad de ella, y la desesperanza de ambos ante los avances de un nazismo hitleriano que parecía imparable cuando la caída de Singapur en manos alemanas, lo que para él significaba que el mundo entero iba a quedar dominado por Hitler y su antisemitismo. A pesar de no sentir la religión y cultura judías como propias, fue consciente de la maldición sin esperanza que parecía recaer sobre el pueblo judío. Al momento de publicar su relato de ficción (1937) sobre la diáspora judía y la misión de rescatar la menorah como símbolo de la Alianza Divina y la libertad para su pueblo, parecía imposible y lejano un futuro promisorio para la raza judía. Tres años después de su muerte finalizó la segunda guerra mundial con la derrota del nazismo, y seis años después fue creado el Estado de Israel como la ansiada y por fin alcanzada tierra prometida; pero Stefan Zweig y su esposa ya no estaban en este mundo para verlo. Lo mejor de la obra de Zweig está representado en las biografías sobre María Estuardo, Fouché, María Antonieta, y los Momentos Estelares de la Humanidad; puesto que fue un escritor prolífico en biografías, en ensayo, en poesía, en novela. 

El candelabro enterrado es una exquisita obra narrativa que atrapa al lector desde la primera hasta la última página en una ansiedad por leerla de un tirón, por la riqueza descriptiva y las poéticas metáforas empleadas por el autor. La primera página describe una escena memorable, basada en un hecho histórico; más memorable por la forma que él tiene de describir y de insertar los hechos y personajes que imagina. Es un texto a la manera garcíamarquiana y juangossainiana de hacer crónica periodística de algún suceso del día, como aquellas tomas guerrilleras de algún pueblo a las que nos acostumbramos en otra época, y a las descripciones de ellas que estos reporteros solían hacer.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ALGUNAS FRASES

1 Para efectos comparativos de estilo de traducción, copio la primera página del texto traducido para El Aleph.com, que puede descargarse de Internet. De “elaleph.com”:


En un luminoso día de junio del año 455 acababa de definirse sangrientamente en el Circo Máximo de Roma, la lucha de dos gigantes hérulos contra una jauría de jabalíes hircanos, cuando a la tercera hora de la tarde empezó a cundir entre los miles de espectadores una creciente inquietud. Primero sólo observaban los vecinos próximos que habían entrado a la tribuna -ricamente adornada con tapices y estatuas- en que estaba sentado el emperador Máximo rodeado por sus cortesanos, un mensajero cubierto de polvo, el cual, evidentemente, acababa de apearse al cabo de una cabalgata arrebatada, y que, apenas transmitida la nueva al emperador, éste se levantó, contra todo uso, en mitad de la agitada lucha; le siguió con la misma sugestiva prisa, toda la corte, y pronto desocupáronse también los asientos destinados a los senadores y dignatarios. Tan precipitada partida debía tener un motivo importante. En vano anunciaron nuevos toques estridentes de fanfarrias otra lucha con animales, y en vano azuzóse contra las cortas navajas de los gladiadores a un león numídico de negra melena, que atravesó con bramidos roncos la reja levantada; la oscura nube del desasosiego, cubierta por la espuma pálida de rostros indagadores y tímidamente agitados, se había levantado ya irresistiblemente y se expandió de fila en fila. La gente saltó de sus asientos, señaló las tribunas vacías de los nobles, preguntó y metió ruido, voceó y silbó; y de pronto se divulgó, sin que se supiera quién lo había pronunciado primero, el rumor confuso de que los vándalos, los temidos piratas del Mediterráneo, habían anclado su poderosa flota en Portus y ya se hallaban en camino a la despreocupada ciudad. ¡Los vándalos! Primero, la palabra corrió de boca en boca, como cuchicheo macilento, luego de repente fue el grito agudamente levantado: "¡Los bárbaros, los bárbaros!", retumbando en centenares, en miles de voces por el redondel escalonado en piedra del circo, y ya se abalanzaba, como empujada por una ráfaga de tempestad, la enorme multitud de hombres en pánico furioso hacia la salida. Derrumbábase todo orden. Los guardias, los soldados en servicio abandonaban sus puestos y huían con los demás; la gente saltó las gradas, se abrió camino con los puños y espadas, pisoteó mujeres y niños que chillaban, y en las salidas formáronse vociferantes y arremolinados embudos de masas apretujadas. A los pocos minutos quedaba completamente barrido el amplio circo que acababa de apretar a ochenta mil personas en un oscuro bloque sonoro. Marmóreo, mudo y vacío, como una cantera abandonada, permanecía el óvalo escalonado en el sol veraniego. Sólo quedaba en la arena -los gladiadores habían huido ya detrás de los demás- el olvidado león, agitando la melena y bramando provocativo al repentino vacío.

2 Pag. 7:  La primera página del relato en la traducción de Joan Fontcuberta para Editorial Acantilado es una acuarela:

Un espléndido día de junio del año 455, justo cuando en la hora tercia, en el circo Máximo de Roma había terminado el sangriento combate de dos gigantescos hérulos contra una piara de jabalíes hircanos, una creciente agitación se apoderó gradualmente de los miles de espectadores. Al principio había llamado la atención sólo de los más cercanos que, en la tribuna separada, ricamente adornada con tapices y estatuas, donde tenía su asiento el emperador Máximo rodeado de sus funcionarios, hubiera entrado un mensajero cubierto de polvo, que, obviamente, acababa de descabalgar del caballo tras una acalorada carrera; y también que, apenas hubo comunicado la noticia al emperador, éste, en contra de los usos y costumbres, se levantara interrumpiendo el enardecido espectáculo; toda la corte lo siguió con prisa igualmente llamativa y pronto se vaciaron también los asientos asignados a los senadores y demás dignatarios. 

Una salida tan precipitada debía de tener un motivo importante. En vano las estridentes fanfarrias anunciaron otra lucha con fieras y de la reja levantada salió un león de Numidia, de negra melena, que se lanzó, con sordos rugidos, contra las cortas espadas de los gladiadores; la oscura ola de la alarma, rebosante de la pálida espuma de rostros inquisitivos, temerosos y asustados, ya se había encrespado y avanzaba fila tras fila. La gente se levantaba, señalaba con la mano los asientos vacíos de los prohombres, preguntaba, alborotaba, gritaba y silbaba; entonces, de repente, sin que nadie supiera quién había sido el primero, se propagó el confuso rumor de que los vándalos, esos temidos piratas del Mediterráneo, habían desembarcado en Portus con una poderosa flota y estaban avanzando hacia la despreocupada ciudad. ¡Los vándalos! La palabra circuló primero de boca en boca como un tímido cuchicheo; después, bruscamente, se convirtió en un grito atronador: “¡Los bárbaros! ¡Los bárbaros!”. Cien, mil voces retumbaron por los graderíos de piedra del circo, y la multitud, presa del pánico, como arrancada de sus asientos por un tempestuoso vendaval, ya se precipitaba hacia la salida, sin orden ni concierto. Los guardias y los centinelas abandonaron sus puestos y huyeron con los demás; la gente saltaba por encima de los asientos, se abría camino con puños y espadas, pisaba a mujeres y niños que proferían alaridos, y en las salidas se formaban embudos de masas humanas que gritaban, se arremolinaban y giraban como peonzas. 

Al cabo de unos minutos, el espacioso circo, donde pocos minutos antes se estrujaban ochenta mil personas en un oscuro bloque retumbante, quedó completamente barrido. El óvalo escalonado permanecía marmóreo, mudo y vacío bajo el sol de verano. Tan sólo, en la arena, quedaba el olvidado león –los gladiadores habían huido hacía rato junto con los demás–, que, agitando la melena, desafiaba al repentino vacío con sus rugidos.

3 Pag. 17. Me parece memorable este pensamiento de Zweig sobre la oración: 

Porque la oración es prodigiosa: aturde el miedo con grandes promesas, adormece el horror de las almas con salmodias, con el murmullo de sus alas levanta hacia Dios los corazones apesadumbrados; por ello, es bueno rezar en la necesidad, y aún mejor rezar en común, pues todo lo pesado se vuelve ligero cuando se lleva entre muchos, y todo lo bueno se vuelve mejor si se hace en compañía.

4 Pag. 28. Aquí entra una escena parecida a aquella bíblica en la que Dios pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac (Génesis, 22). No es casual que Zweig haya escogido el nombre de Abtalión para el abuelo, y el de Benjamín para el nieto que había de sacrificarse sin hacer preguntas (“Silencio”, contestó Abtalión con brusquedad, “las mujeres no debéis hacer preguntas”) para el bien de su pueblo; puesto que este Benjamín es también el más pequeño de la familia de Abtalión. Benjamín, como todos los judíos, había aprendido a convivir con el miedo:

El niño no había aprendido todavía las Escrituras, pero una cosa sabía ya: tener miedo a todo el mundo en la tierra.

5 Pag. 33: Pregunta, hijo. Pregunta con valentía todo cuanto desees. Yo te responderé. Peor es para los hombres no saber qué preguntar. Sólo aquel que ha preguntado mucho, puede comprender mucho. Y sólo aquel que mucho comprende hace justicia.

6 Pag. 36. Para que nuestro corazón no se aleje de su deber de servir a lo invisible, que es la justicia, la permanencia, y la gracia, nos procuramos objetos de culto que requieren una vigilancia constante: un candelabro llamado menorah en el que ardían eternamente las velas… Pero estos objetos, que llamamos sagrados, tenlo muy presente, no eran imágenes del Ser Divino, como las que se fabricaban sacrílegamente otros pueblos, sino sólo testigos de nuestra fe siempre vigilante y dondequiera que fuéramos del mundo, ellos nos acompañaban… Mientras conservemos el sentido de lo sagrado, seguiremos siendo un pueblo en cualquier país extraño.

7 Pag. 47: En este mundo prevalece la ley del más fuerte, y no la de los justos. La fuerza impone siempre su voluntad en la Tierra, y los dóciles no tienen poder terrenal. De Dios hemos aprendido sólo a soportar la injusticia, y a no imponer nuestra ley con los puños.

8 Pag. 53: Pero el niño no miraba en la misma dirección. Como hechizado, tenía los ojos fijos en el mar, que veía por primera vez. Ahí estaba un infinito espejo azul, resplandeciente, abombado, hasta la nítida línea donde las aguas tocan el cielo, y este espacio inmenso le pareció aún más vasto que la cúpula de la noche cuando por primera vez había contemplado las estrellas de la bóveda celeste en toda su redondez. Miraba embelesado cómo las olas jugaban unas con otras, cómo se perseguían y empujaban, cómo una saltaba sobre la cresta de otra y después huía encrespada con una suave y traviesa risa parecida a un cloqueo, para formarse una y otra vez de nuevo, y el muchacho presintió en este juego feliz una alegría como nunca se había atrevido a soñar en las mohosas sombras de su estrecha y apartada calle de gentes pobres.

9 Pag. 54: Cual blancos proyectiles descendían y volvían a ascender las gaviotas, y los gráciles barcos hinchaban sus blandas y sedosas velas al viento.

10 Pag. 94: Vieron que en el fondo se alzaba, sobre tres peldaños de pórfido, el trono cubierto de joyas en el que se sentaba el Basileo, sombreado por una cúpula de oro. Estaba rígidamente sentado, pareciéndose más bien a su propia imagen que a él mismo, un hombre grueso y robusto, y su frente desaparecía bajo el aura radiante de una corona que brillaba como un nimbo por encima y alrededor de su cabeza.