domingo, 30 de marzo de 2014

38 Contra el destino nadie la talla

No sé si ya les había contado estas anécdotas. No lo recuerdo. No importa, volveré a contarlas.

Le gustaba a mi padre reunirse con sus amigos de barra y jugar billar, o jugar cartas. Alguno de ellos era seleccionado para hacer de garitero o tallador, lo que consiste en recibir el monto de las apuestas y entregarlo al ganador haciendo de árbitro en las jugadas discutidas. Palabra de garitero es palabra de tallador o juez, y su decisión es inapelable, como inapelables son las decisiones del destino.

Tenía mi padre 86 años cuando murió, después de unos meses de postración en cama; pero su mente ya había muerto cuatro años antes, cuando se le declaró el mal de Alzheimer que había empezado a sufrir años atrás, sin que nosotros nos percatáramos. Vinimos a notarlo cuando volvía a contarnos una historia que ya nos había contado cientos de veces. Sus amigos de barra y farra de toda una vida, que preguntaban por él constantemente, resolvieron visitarlo cuando llegó uno de ellos que llevaba muchos años viviendo en los Estados Unidos. Los tres octogenarios se acercaron a su cama, pero no los reconoció. No me extraña. Él ya no reconocía ni a sus hijos. Tal vez la primera en percatarse de su Alzheimer fue mi madre que me dijo alguna vez: 

Su papá está muy cambiado. Una conoce a su hombre. Algo le pasa”. 

¿Por qué lo dices, madre?”, le dije sorprendido.

Me miró, imperturbable. 

Porque se ha vuelto muy cariñoso. Él no era así”.

Así no era. El siguiente hecho que ella notó fue cuando la tomó de la mano y se quedó mirándola con fijeza y con ternura en la mirada, mientras le decía: 

Después de mi mujer, la que más he querido es a usted”. 

Ella le contestó: 

Eso ya lo sabía. No da ni rabia”. 

Después de 62 años de haber salido de la iglesia prendida del brazo de ese hombre, y de haberle dado 14 hijos, y de haber soportado años de años de dimes y diretes, ya nada podía sorprenderla.

No le gusta a mi madre hablar de eso, y tiene ahora la edad que él tenía cuando murió. Ella está lúcida, aunque me preocupa. Suele contarme historias que ya me había contado. Así empezó mi padre, y les comuniqué a mis hermanos esa inquietud. “No tiene nada de raro, Orlando. A vos te pasa lo mismo”. Mal me fue con mis hermanos, pero peor me fue con los amigos de barra de mi padre cuando nos encontramos y se quedaron mirándome como quien ve un espanto: 

Hombre, Orlando, se nos fue el viejo pero quedaste vos… ¡Vos como te parecés a tu papá!”.


Sonó el teléfono en la tarde del sábado, mientras yo tenía las manos embadurnadas con jabón. Me sequé las manos como pude para contestar rápidamente. Me dijo mi madre que había estado viendo en la televisión el programa “Camino al barrio… Gerona”, y que le había gustado verme salir en la pantalla hablando sobre la historia de ese barrio. 

Pero tuvo un error, mijo, porque el nombre del hijo de don Bonifacio Gaviria no era Roberto sino Humberto” –me dijo. 

Qué bueno que me hubieras visto, madre, y qué bien que te acuerdes del nombre de él” –le respondí. 

Cómo no voy a acordarme si era mi pretendiente y me propuso matrimonio. A su abuela no le gustaba porque aunque era rico, e hijo de rico, tenía por oficio ser cantinero; y mi mamá no quería verme en la trastienda de una cantina lavando trastos en el lavaplatos. Apareció su papá, que era obrero de Coltejer, y yo cumplí con mi destino de ser pobre”. 

¿Qué habría sido de mi vida si mi madre no se casa con mi padre sino con aquel dueño que fue de la cantina de El Cambray? Sólo Dios sabe. Tal vez yo no existiera, o tal vez me hubiera tocado heredar el destino de tener que lidiar con borrachos y con caprichos de meseras, y de tener que lavar montañas de loza. Quién sabe.

Bueno, madre, tengo que colgar el teléfono. La Negra duerme la siesta después de almuerzo, y yo tengo que lavar una pila de trastos que tengo en el fregadero de la cocina. Otro día hablamos”.


Me fui al lavaplatos tarareando el tango de Sanders y Vedani que interpreta Gardel: “Adiós muchachos, ya me voy y me resigno: contra el destino, nadie la talla”.


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)




jueves, 27 de marzo de 2014

37 De El Contento a Gerona y El Cambray

DEL CONTENTO A GERONA Y EL CAMBRAY
–Recorrido por la barriada–

En principio, en el Medellín de principios del siglo XIX, no era sino el Sitio de San Lorenzo; y después fueron los barrios de San Benito, y El Oriente (San Lorenzo). Luego, para finales del siglo XIX vino Campo Alegre, que la gente transformó en Buenos Aires por culpa de una cantina que había en la entrada; y luego, ya a principios del siglo XX, fueron surgiendo El Salvador del Mundo, que recibió su nombre por la imagen instalada en el morro en el año de 1917 para pedir por el fin de la primera guerra mundial; el barrio Quijano, que recibió su nombre por don Camilo el propietario de esos terrenos, pero la gente lo cambió por Virgen de la Medalla Milagrosa debido a la advocación de la iglesia que se inauguró en ese lugar; el barrio Miraflores, por la finca que había antes de convertirse en barrio; el barrio Alejandro Echavarría recibió el suyo por el fundador de Coltejer, la empresa que lo patrocinó; San Ignacio de Loyola, por los jesuitas que fueron dueños del terreno, y otros, y otros, y otros, hasta convertirse en la comuna 9 con Buenos Aires como eje y los demás barrios a su alrededor. Hay caseríos desde mucho antes, en el siglo XVIII, construidos por trabajadores de las fincas vecinas y ubicados a lado y lado de las vías de salida, como decir el de la bocatoma que quedó abreviado en La Toma y se instaló a lado y lado de la quebrada Santa Elena en la salida para Rionegro. Las gentes no quisieron cambiarle el nombre por Cayzedo, y tuvieron que construir un barrio más arriba para que el arzobispo no se quedara sin su homenaje. Como decir Nuestra Señora de Loreto en la salida para Las Palmas, que dejó de ser caserío para convertirse en barrio. Como decir El Vergel, en la subida por El Cuchillón. Como decir Las Palmas, en la falda de San Diego, en cuya iglesia no se instaló San Diego sino la Virgen de El Pilar. Caseríos que en el transcurso crecieron y se convirtieron en barrios con identidad propia.

Hay un caserío en la subida de El Cuchillón que en 1874, cuando nació el barrio de Buenos Aires, ya tenía identidad; caserío instalado en los alrededores de las partidas o bifurcación de caminos hacia El Vergel y hacia Loreto, habitado por trabajadores de las fincas vecinas como decir la de los Barrientos Zuláibar, adonde se llegaba por la vía que hoy es carrera Barrientos; la de don Camilo Quijano, que dio origen al barrio Municipal; la Polca, de don Marcelino Restrepo Restrepo, que antes fue Manga de la quebrada La India y hoy es la urbanización Cataluña; la de Betania, donde hoy está el Batallón Bomboná; las de Miraflores y El Cuchillón del Contento, de don Carlos Coriolano Amador. El Contento. Así se llamaba ese barrio en 1886, cuando don Carlos J. Escobar G. lo reseñó, que tenía como vecina una manga que el Banco de Antioquia recibió como parte de pago en la quiebra de don Modesto Molina y las gentes denominaron Manga del Banco hasta que un rico de Medellín la adquirió y construyó en ella un barrio al que dio su nombre: el barrio Ramón Restrepo; nombre que por estar constituido por solamente dos o tres manzanas se lo tragó el urbanismo del barrio Buenos Aires. Pasando el tiempo, ya para principios de la década de 1920, en lo que fue el barrio El Contento construyó don Manuel José “Majalc” Álvarez Carrasquilla un barrio al que dio el españolizado nombre de “Gerona” y ¡suaz!, los habitantes de los alrededores prefirieron decir que eran de Gerona y no de El Contento, porque Gerona tenía más cachet; y Gerona empezó a llamarse toda la subida de El Cuchillón desde Cuatro Esquinas por cuenta de los buses de transporte llegados en la década de 1950 que se identificaban con un vistoso letrero de “Flota Gerona-La Milagrosa”. La flota se encargó de ampliar las cuatro manzanas, y el punto de referencia pasó a ser otra cantina de los alrededores: la de El Cambray.

Caminando con nuestros acompañantes, ya en el siglo XXI, llegamos a la legendaria esquina del barrio Gerona en la confluencia de los barrios La Milagrosa (antes barrio Quijano), Buenos Aires (antes barrio Campo Alegre o del Oriente), y El Salvador (del mundo). En 1925, cuando falleció su constructor don Manuel José Álvarez Carrasquilla, ya se había conseguido que el municipio dotara a Gerona de un acueducto tomado de la quebrada Santa Lucía en su desembocadura sobre la Santa Elena, y construido en el alto de la finca La María de don Camilo Quijano. El Gerona de don Majalc lindaba con el sitio denominado El Cambray, que era una esquina en el camino de salida hacia Loreto (calle 34 con carrera 45), constituido en zona de tolerancia por haberse instalado allí las cantinas de El Cambray, que dio nombre al lugar; Cachafaz, que quedaba al frente; la de La Mona Bajera, más abajo por la misma acera; y la de La Mona Bravo, que quedaba en diagonal. Estaban también el salón de baile de don Miguel Aristizábal, y el de don Fidel Cano el cantinero. Eran lugares de vicio por el licor, por el baile, por el juego, por la fumadera de estupefacientes, por las casas de prostitución, y por las peleas con arma blanca que se armaban a cada nada en una vocación que el sitio había heredado desde los tiempos de El Contento; según cuenta don Carlos J. Escobar G. en una de sus crónicas en la que tengo mis sospechas de que la quebrada a la que se refería no era La Palencia, que baja por el barrio de El Salvador y pasa por la Manga del Mosco y por Cuatro Esquinas; sino La Cangrejita que baja por el parque del barrio de La Milagrosa y pasa por debajo de la manzana de las calles Bomboná y Martínez Pardo, entre carreras de Botero Uribe y Mejía Peláez. A ésta le queda más fácil bajar que a la otra subir hasta El Cambray.

A menos que yo esté haciendo una mala lectura de su descripción, y él hubiera situado los límites del barrio El Contento desde la desembocadura de la quebrada La Palencia en la Santa Elena, por los lados de la carrera El Palo con la avenida La Playa; subiendo por la vía de El Cuchillón, como si fuera el espinazo de una columna vertebral; hasta la Manga del Banco que es el lote que se convirtió en Barrio Ramón Restrepo. En ese caso, él habla de lo que era la hacienda del Cuchillón del Contento que llegaba hasta lo que es el Seminario Mayor en los altos de Loreto.

Del libro “Medellín hace 60 años –en 1886–
publicado por Carlos J. Escobar G. en el año de 1946
capítulo 
Lo que era el barrio el Contento antes de ser Gerona

(Fragmento)

Vamos a hablar de lo que fue el barrio del "Contento", hoy "Gerona" o "Cuchillón" de "Loreto"; el que en la época a que nos referimos, no era ni barrio, ni "contento", sino un lugar tan triste que daba hasta miedo transitar por él, ya que sólo se componía de zanjas peligrosas, pantanos profundos, de enormes piedras y de extensas mangas las que subían hasta la "Polca", finca perteneciente a don Marcelino Restrepo Restrepo (padre de Vicente y Pastor Restrepo Maya) y la que ocupaba un gran terreno que empezaba en la dicha finca y se prolongaba hasta la cima del alto de Santa Elena; llamado todo aquel terreno el alto de las "Palmas", y de varios ranchos habitados por gente de mal gusto y hasta peligrosa, entre ella la familia de los cojos Torres de quienes se decía que ellos fueron los asesinos de don Víctor Molina en el tiempo del Gobierno del General Tomás Rengifo. El mencionado barrio del "Contento" empezaba en la desembocadura de la quebrada "La Palencia", la que después de bañar casi todas aquellas mangas o llanuras, se recogía un poco para dar salida, en el lugar en donde en la actualidad está la cantina llamada "Cambray". Seguía, de para arriba, el lugar que más tarde ocupó la "Manga del Banco" (de Antioquia) donde había un salón sobre tapias y con tejas cuyo único servicio era el de recibir, todos los sábados, a los desocupados del "Loreto", pero que fueran del mismo barrio, pues ay del forastero que entrara a ese salón sin ser invitado. Allí se bailaban vueltas al compás de la guabina, el cual era rectangular, con cuatro puertas, dos adelante y dos atrás, las que daban, éstas, salida a la manga, y el que era alumbrado en las noches de parranda con cuatro candiles, así llamados cuatro platos de barro llenos de sebo o de gordana envolviendo un mechón de trapo en medio del plato. En aquel retirado sitio separado del área de la población, se bailaba, se cantaban trovas, se bebía aguardiente de contrabando, y a la media noche apagados los candiles se peleaban a lo lindo o sea a puro machete, de cuya reyerta, siempre resultaban tres o cuatro heridos los que eran recogidos por los empleados municipales que componían el cuarto de ronda, cuando alguno les daba el parte de lo ocurrido; heridos que eran conducidos al único anfiteatro que había cerca al hospital de "San Juan de Dios", pues en aquel tiempo no se conocía ni había Cuerpo de Policía, ni Permanencia, ni Policlínica; después de salir con aquellos al barrio de Buenos Aires, saltando por encima de chambas y muchas veces navegando sobre las aguas de la quebrada "La Palencia". Las pocas casas de paja que había, en lo que fue el "Contento", estaban a tan larga distancia las unas de las otras que sólo se oía el sordo murmullo de la corriente de la citada quebrada.

Casa campesina antioqueña

Don Humberto y don Arturo Gaviria, hijos del rico del vecindario don Bonifacio Gaviria, eran los dueños de la cantina El Cambray. Vivía su padre en una casa finca de estilo campesino, con amplios corredores, rodeada de mangas con sembrados de jardines, árboles frutales, y hortalizas; y adornada con animales exóticos como micos, loros, y pavos reales. Para los días de mi niñez, era la suya una finca en medio de la ciudad, rodeada de manzanas urbanizadas. Siendo él constructor de profesión, había construido una ristra de casas entre la cantina y su vivienda, tanto por la vía de adelante como por la de atrás, destinadas a percibir alquiler para tener una renta que le permitiera vivir cómodamente. Claro que esas eran apenas algunas entre sus numerosas inversiones de negociante y entradas de dinero. Su hijo Humberto se encarriló por el oficio de cantinero, y su hijo Arturo optó por volverse transportador de carga y propietario de camiones. Algunas de las casas que construyó a su alrededor se conservan, pero la mayoría han sido reformadas, empezando por su vivienda que desapareció para dar lugar al edificio “Caminos de San Patricio” en la carrera 33 con calle 44, que con sus 25 pisos es una torre que sobresale del conjunto de construcciones del sector. Desde la terraza se divisan en toda su extensión los barrios Gerona, El Salvador, La Milagrosa, y Buenos Aires; para hablar de los más cercanos. Amén de Boston, Sucre, el centro de la ciudad, y otros, que también se divisan desde allí junto con los cerros tutelares de Pan de Azúcar, El Salvador, La Asomadera, Nutibara, El Volador y El Picacho. Es un mirador privilegiado, como si se tratara de la torre de control de vuelos de un aeropuerto.

Edificio Caminos de San Patricio en Gerona
-entrada principal carrera 33 x calle 44-

Recuerdo a don Bonifacio”, nos dice don Ricardo Carrasquilla, un lúcido hombre de 86 años de edad, “porque yo era un niño de cuatro o cinco años que vivía en una de las casas alquiladas por él, y él me llevaba para la suya para que yo me entretuviera con los animales y montando en las hamacas que tenía colgadas en el corredor". Lo conoció don Ricardo, pues, a comienzos de la década de 1930. “Él me veía en El Cambray y me decía: vamos para la casa, mijo, que estos no son lugares para que un muchacho ande por ahí aprendiendo pernicias”.

Tengo muchos años de vida, pero no tantos como tiene don Ricardo”, nos dijo doña Rosa Molina. “Yo tenía una tienda mixta en el camino de Loreto, cerca de la tienda de Merejo, tres cuadras arriba de El Cambray, que la llamaban La Colchonería porque enseguida había una tapicería que arrumaba colchones a la entrada. La atendíamos mi esposo y yo a comienzos de la década de los 80. Una vez entró un señor a la carrera, porque venía perseguido por un maleante que le decíamos el Mocho Pelusa. Le faltaba la mano izquierda, pero con la derecha era un cuchillero de miedo. Pelusa lo alcanzó y le propinó tres puñaladas dentro de mi negocio, y se salió para la calle a desafiarlo y a esperar a que saliera, pero el herido ya no podía porque estaba desangrándose en el piso. No sabíamos qué hacer ¿Cómo íbamos a dejar que ese señor se muriera allí tirado, con el perjuicio del levantamiento del cadáver y la reconstrucción del crimen, y las idas a testimoniar y tener que reconocer al homicida delante del juez, y todas esas cosas que lo perjudican a uno? Un muerto le trae sal a cualquier negocio, y yo me iba enloqueciendo. Entonces entró una muchacha de vestido rosado claro, de piel blanca como resplandeciente, y me pidió una gaseosa. Miró al herido sin asustarse y me dijo con voz firme y segura: sáquelo para la calle a que muera allá, para que no se perjudique. No se preocupe por el bandido, que él a usted no le hace nada. Y así fue. Mi esposo y yo lo sacamos, el bandido se ensañó con el herido y le propinó como cuarenta puñaladas más, y luego me entregó el cuchillo mansamente. El Inspector Absalón –Treintazo– Vargas Zapata llegó a hacer el levantamiento del cadáver, pero cuando le vio la cara al difunto lo reconoció por sus antecedentes y lo único que dijo fue que ese tipo era un bandido y que antes había durado mucho. Lo raro es que el homicida me entregó el arma y se fue, dejando el cadáver tirado en parte sobre la calle y en parte sobre la acera, y yo me devolví para el negocio pero, cuando entré, la muchacha se había ido sin consumir la gaseosa ni pagar la cuenta. Nosotros no la conocíamos, nadie la conocía, nadie nos supo dar razón, y no la volvimos a ver. Para mí, fue un ángel del cielo que se nos apareció para ayudarnos en ese trance”.

Arnulfo Sánchez, músico de profesión, tiene su casa en lo que antes fue la Manga del Míster (Herr Leonard Steinecker)(1). “Pero he vivido por estos lados toda la vida”, nos confesó. “Ese Pelusa que menciona doña Rosa es distinto del que usted y yo conocimos en el Cambray. A nosotros nos tocó fue la época del otro Pelusa, la de Huevo el malo, la de Santiago Calabozo, y todos esos otros. Yo supe la que hizo Santiago Calabozo jugando cartas en la esquina del café El Machete con un amigo que se quejaba de que las mujeres jodían mucho, entonces le hizo una propuesta, así, de buenas a primeras. Sabe qué, hermano, ¿Usted es verraco? ¡Vamos a matar a la mujer, yo mato a la mía y usted mata a la suya! El otro aceptó, y Santiago Calabozo cogió la mujer de él a puñaladas y después se fue para donde el amigo. ¿Q´hiubo, hermano, ya cumplió con el pacto? No, hermano, no fui capaz. Pues, usted no será capaz, pero yo sí. Entonces apuñaló al amigo y apuñaló a la mujer del amigo antes de irse a la cárcel a pagar los tres cadáveres que se quiso llevar de ventolera. Eso salió en Sucesos Sensacionales”.

El Cambray fue de gente tenebrosa, que convirtió el lugar en una zozobra; rodeada de buena gente, humilde y trabajadora, que logró sobrevivir a esas épocas de violencia. “Esto ahora está muy tranquilo”, me dijeron, “y uno puede recorrer las calles sin problema. Menos mal que a usted no le tocó la época brava”. 

Sí me tocó. A finales de los 50, y principios de los 60, viví frente al Patronato de Obreras, a la vuelta de El Cambray. También fui testigo de la época de la violencia sana, y digo sana porque después de los 80 los matones cambiaron los cuchillos por las pistolas y las metralletas. Hizo su aparición la violencia del traqueteo y el sicariato que, para fortuna de todos, ya parece superada.

Ya para finalizar la rebujada del baúl de los recuerdos don Ricardo Carrasquilla recordó un verso que le tenían a Gerona hace tiempos: 

Cinco negros tiene Gerona 
que causan admiración: 
Tulio Cristo, Cuco, Pipe, 
Pelusa, y El Cabezón.

Entonces qué, don Ricardo, ¿Todo tiempo pasado fue mejor? “No señor, yo no diría eso. Para mí son mejores los tiempos de ahora porque por lo menos podemos vivir más tranquilos”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
(1) Dato tomado del libro “Buenos Aires, portón de Medellín”, Sílaba Editores 2009, escrito por Orlando Ramírez-Casas.

lunes, 24 de marzo de 2014

36. Alicia Pernicia, braveándole a la muerte

La realidad muchas veces supera a la ficción. A Colillas le gustaba apagar cigarrillos en la piel de sus víctimas, que le gustaba ver morir lentamente, pero a él le tocó morir de rapidez en un abaleo con el bando enemigo, en cercanías del barrio Sucre de Belén. La ambulancia lo llevó a la sala de urgencias de un hospital, aún con vida, pero cuando los dolientes llegaron a preguntar por él su cadáver se encontraba en el quirófano por no haber sobrevivido a la extracción de las balas. Se gestionaba autorización para convertirlo en donante de órganos y tejidos. La familia la dio, pero los compinches del difunto conminaron perentoriamente a los cirujanos: “Tienen un cuarto de hora para sacar lo que tengan que sacar y nos lo entreguen, o de lo contrario entramos a la sala de cirugía y disparamos contra todo lo que se mueva”. Las armas en la pretina no daban lugar a discusión, y los experimentados cirujanos destazaron el cuerpo con bisturíes y escalpelos, y medio arreglaron lo sobrante, justo a tiempo para entregarlo en el plazo previsto. Son tan expertos, que los trasplantados ya les tienen apodo: “Los gallinazos”. El apodo no es despectivo, sino de admiración por la facilidad que tienen para hacer la tarea de destripar en menos que canta un gallo.


El duelo a sablazos, espada, florete, cuchillo, o puñal, es propio tal vez de todas las culturas; y su destreza es un arte coreográfico de fintas, ochos y filigranas dibujados en el aire, a la espera de esa milésima de segundo en que las costillas dejan entrever el camino que conduce al corazón. El armenio Aram Kachaturian compuso el ballet "Gayaneth" del que hace parte su famosísima "Danza del sable".

http://www.youtube.com/watch?v=2FXvRTM50GE

Recordemos lo que era una buena pelea de dos hombres enfrentados a puñal, con su coreografía de lances de cuchilladas con la finalidad de cortar el cuello del contrincante o ensartar el arma en su corazón hasta la cacha. A pesar de su belleza coreográfica de ochos dibujados en el aire, no eran un juego esas peleas sino enfrentamientos de vida o muerte que casi siempre segaban una vida y muchas veces cobraban dos muertes. Casos hubo en que los peleadores se envolvían el brazo con una ruana afelpada para detener el filo del contrincante, y se agarraban de la punta de un pañuelo para asegurarse de que ambos estarían a distancia de cuchillo. Ninguno quería someterse a la vergüenza y acuse de pérdida de virilidad que suponía soltar la punta del pañuelo. Nadie quería ser tildado de cobarde. Era un asunto de honor.

El machete es un sable corto, de hoja ancha y un solo filo, que usan los campesinos para cortar la caña o desmontar rastrojos, cuando se necesita; o para defenderse de un enemigo, cuando se requiere. Una pelea a machete es una variante de la pelea a cuchillo, y parte del juego intimidatorio consiste en rastrillar el machete contra el cementado piso para sacarle chispas que equivalen al grito de guerra de un gorila en la selva. Se trata de asustar al otro, o de azuzarlo para que demuestre cuál de los dos es más valiente para la lucha.

Mi abuela era la macha para tirar machete”, me dijo la nieta de Alicia "Pernicia", hablando de ese arte que ha desaparecido por culpa de las técnicas de la muerte fácil que ha traído consigo la cultura del dinero fácil, ahora que cualquiera puede contratar con un sicario asesino la muerte de un enemigo, sicario que ejerce el oficio a bala por tarifas que bajan hasta $50.000 por finado porque “la plata está muy difícil de conseguir y, como el negocio está competido, hay que echar mano de cualquier oportunidad”. 

La abuela vivía en la zona rural de una población del Bajo Cauca, y llegó el momento en que todos sus hermanos e hijos habían emigrado a Medellín, la capital, quedando ella sola con su hija menor que a sus doce años tenía el cuerpo embarnecido y ya apuntaba más para mujer que para niña. Alicia, la abuela, era apodada “Pernicia” a sus espaldas; con un apodo que tanto se había convertido en vox populi que ya había llegado a sus oídos. Resolvió no luchar contra lo inevitable, y lo aceptó como quien se cala un sombrero. Tenía Pernicia 53 entradas a la cárcel por diferentes motivos, entre ellos el haber dado muerte a algún vecino en defensa del honor. Debió ser agraciada la púber chiquilla para que el matón del pueblo se acercara a la abuela con cara agria y pretendiendo ser amable, y de una le espetara “Cuídeme la muchacha, suegra, y no me la deje mirar de nadie que esa muchacha tiene que ser mía”. La abuela tenía siempre el machete amarrado al muslo y tapado con la bata de ruedo a la rodilla, pero calculó que el alto hombrón que tenía al frente era un hueso duro de roer, por lo que echó mano de las dos cuchillas de afeitar que guardaba para esos casos de necesidad y los camufló entre los dedos, saltándole al cuello como una fiera y cortándole la vena yugular. El pretendido yerno cayó al piso desangrándose, y la sociedad se libró de otro matón. De tantas pasadas por la cárcel la abuela se había hecho amiga del jefe de policía que le dijo: “Yo te quiero mucho a vos, Pernicia, y sé que tuviste toda la razón en quitarte a ese enemigo de encima, y quitarme a mí un problema que me mantenía ocupado mucho tiempo; pero si te perdono ésta me matan. Te doy esta noche de plazo para que te volés del pueblo y no te quiero volver a ver por estos lados”. Fue así como Pernicia evitó la 54 entrada a la cárcel, y se convirtió en desplazada de ciudad.

Llegó la abuela con su hija menor al barrio Sucre en Belén, donde sus familiares ocupaban ya varias casas en éste y en el barrio de Zafra que queda más arriba, hacia la loma. “Por estos lados casi todos somos familia Rúa”, me dijo su nieta muchos años después. “Mamá creció y se mantenía tomando y jugando cartas en el kiosko que había enseguida de la casa”, me contó. La casa, bien la recuerdo, era de estilo campesino y situada a borde de carretera, con su amplio corredor; y recuerdo el kiosko cantina con sus interminables fiestas de amanecida de fin de semana con trago, baile, y jugarreta; que sólo se terminaban cuando se armaba la pelea y aparecía un muerto o un herido, porque sin show el espectáculo no valía la pena. La abuela daba permiso al vago aquel con cara de buena gente de que durmiera en el corredor después de que las luces se hubieran apagado. “Duerma ahí, mijo, pero no estorbe. A las cuatro de la mañana prendo el bombillo, y es hora de que usted se vaya a dormir en otro lado”, fue la condición que le puso. El hombre, y eso no tenía por qué saberlo ella, se convirtió en jíbaro o proveedor para los fumadores de marihuana, y escondía la mercancía a un lado de la casa de la abuela. Llegó a oídos de la policía, y una noche hizo su aparición una patrulla para allanar la casa por tenerla identificada como plaza de vicio. “Yo tenía 9 años y hacía poco había hecho la primera comunión, y me había hecho la promesa de no volver a sentir rabia”, me dijo la nieta, “pero cuando vi a esos policías que zarandeaban a mi abuela, entré en furia y me les fui encima. Uno de ellos me tomó del pelo y me arrastró para ponerme contra la pared”. ¡Qué me han dicho! La abuela que ve tal cosa y se le subió la sangre caliente a la cabeza. Sacó el machete de su escondite en el muslo, y tomó el policía a planazos a los gritos de “¡con mi muchacha no se meta, porque el que se mete con mi muchacha me tiene que matar a mí primero, ya que yo soy capaz de matar y comer del muerto!…”. Se requirió del refuerzo de otra patrulla de policía para controlar a la vieja, que así completó su entrada número 55 a la cárcel, esta vez por sospecha de venta de estupefacientes, porte de arma blanca, e irrespeto a la autoridad. “Mi abuela era una mujer de armas tomar, hasta que un día se levantó a las 4 de la mañana para hacer las arepas en callana y fogón de leña, porque así le gustaban a ella. Mi madre sintió un golpe sordo en el piso, y era un infarto que se había llevado a la abuela sin acabar de prender el fogón. Murió de 104 años, como casi todos mis tío abuelos que murieron por los alrededores de esa edad”. 

La hija quedó a cargo de la casa, y había heredado el temple de la abuela, temple que transmitió a sus hijas: “Como la vez en que una banda de milicianos secuestró a mi primo y mandó razón de que teníamos que pagar yo no sé cuánta plata para que lo soltaran. Mi madre y mi hermana se armaron de machete y se fueron para el morro a hijueputiar a los milicianos, y de allá volvieron con el muchacho sin haber pagado ni un solo peso. Ellas también son de armas tomar”. 

Los tiempos han cambiado. La casa y el kiosko desaparecieron para dar paso a un edificio que hace las veces de guardería infantil municipal. Se dice que una avenida pasará por allí, pero han amenazado tanto tiempo con lo de la avenida que parece que nunca se va a lograr. “Cómo van a lograrlo, si para eso nos tienen que sacar de allí. No pueden sacarlo a uno de donde ha vivido toda la vida y donde se diría que todos los vecinos somos familia. Si ya nos desplazaron del campo, no irán ahora a desplazarnos de la ciudad”. 

Los vivientes de ahora son una nueva generación que ha vivido momentos de zozobra. “Ahora está seguro, pero ha habido tiempos en que uno no puede ni arrimar. O sí puede, pero los tiene que bravear”. La madre con su familia se fue a vivir a otra casa más arriba, tirando para la loma. Se establecieron fronteras invisibles de que los unos no pueden pasar para el lado de allá, ni los otros pueden pasar para el lado de acá. Se paga con la vida. “Colillas era un matón el hijueputa, que había matado a varios, y me salió con el cuento de que yo quién era y para dónde iba, y que para ir allá tenía que tener permiso de él y cosas de esas”. No iban a salirle a una nieta de Pernicia con esos cuentos. “¿Usted es que se está embobando, o qué? ¡Cómo así que no puedo ir a visitar a mi mamá, si yo he sido de por estos lados desde que nací!”. Ya se había armado el escándalo y bajó la madre con el machete heredado de la abuela. “Vea, Colillas, usté podrá tener muchas pistolas y metralletas, pero si se va a meter con mi familia las va a tener que sacar prendidas porque yo soy capaz de hacer estragos con el machete”.

Colillas las dejó quietas, por el momento, pero al pasar los días se vio enfrentado con otro miembro de la familia porque “al fin y al cabo por aquí casi todos somos familia”. Desapareció un hijo del tío, y primo de la nieta, y su familia lo buscó por cielo y tierra. No aparecía, y les llegó mensaje por el correo de las brujas de que “no lo busquen más, que él está muerto”.

Entonces en esas, y sin saberse cómo, apareció un video. La banda de asesinos, comandados por Colillas, había filmado el hecho y se reían, como si se tratara de hacer un documental, mientras lo torturaban y descuartizaban vivo cortándole con una sierra primero un pedazo de pierna y luego otro; un pedazo de mano, luego el otro. “Mi primo gritaba horrorosamente porque eso lo hacían a sangre fría”. Fue una muerte atroz, lenta en llegar.

El tío no podía parar de buscarlo, y la policía no sabía qué hacer con ese tío que los tenía hasta la coronilla con el cuento de que “a mi muchacho lo tienen que encontrar”. La ayuda llegó del cielo, que era de donde menos la esperaban. La madre del muchacho lo vio en sueños, y vio que le señalaba un lugar en lo alto del morro, por lo que ella se despertó con la piel erizada y sudando frío. Acudió a la policía y les dijo con mucha seguridad: “Vengan, los llevo, yo sé en donde está”. La cabeza estaba enterrada donde ella dijo, y los otros miembros los buscaron por donde el difunto señaló en sueños. “Estaba vestido con una bata blanca y tenía el cuerpo resplandeciente”, contó su madre acerca del sueño y su premonición clarividente, “Y me dijo no se preocupe, mamá, que aquí estoy bien”. Menos mal que aparecieron los restos, porque así pudieron descansar sus dolientes.

Ya mataron a Colillas. Fue un asesino infame. Hablemos mejor de otra cosa, que usted me hizo poner sentimental”, me dijo la nieta de la abuela Pernicia, y se enjugó un par de lágrimas con el delantal.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


miércoles, 19 de marzo de 2014

35. Barrio Belén Altavista, parte baja -Altavista, el de nosotros-

BARRIO BELÉN ALTAVISTA, PARTE BAJA
-ALTAVISTA, EL DE NOSOTROS-
Por Orlando Ramírez-Casas(1)

“Señor, muy buenos días; señora, buenos días.
Decidme: ¿es esta casa la que fue de Ricard?”(2) 

Humberto García Gómez, Humggo, antiguo habitante del vecindario, me telefoneó a finales del año 2013:

¿Sabés, Orlando, que la parroquia de María Madre Admirable va a cumplir veinte años de erigida, y Altavista medio siglo de fundado?

Haciéndome el despistado, para enfatizar que hay dos Altavistas, le pregunté:

¿Cuál de los dos, la urbanización o el corregimiento? 

El de nosotros. Altavista, parte baja – me respondió. 

Me referí al hecho de que hace una década él hizo el prólogo de “En Altavista se acaba Medellín”, mi libro acerca del barrio “de nosotros”, donde llegamos a vivir cuando éramos adolescentes.

Recordé, entonces, los días en que escribía “Buenos Aires, portón de Medellín”, el libro sobre el barrio donde nací y pasé la niñez, y reflexioné en que esos barrios a la antigua han venido desapareciendo en el urbanismo y han sido reemplazados por urbanizaciones y conjuntos cerrados; edificios con porterías, mallas, y muros, cuya finalidad es separar a los habitantes y protegerlos de los peligros del exterior. A esas unidades residenciales no puede aplicarse el calificativo de barrios en el sentido que conocimos cuando recorríamos las calles de la niñez.

¿Qué es un barrio? Podría pensarse que es un conjunto de casas, con trazado de calles distribuidas en manzanas; lo que me lleva a rememorar los primeros días de la urbanización para trabajadores de estrato tres en Belén, construida por el Instituto de Crédito Territorial en la manga de don Juan Medina y sus hijos, “los Medina”, a un lado de las casas de la Fábrica de Textiles Vicuña, e inaugurada en septiembre de 1963. Los Medina tenían predios de su propiedad desde Belén San Bernardo, incluido su hijo Francisco “Quico”, que en la década de los sesenta ordeñaba vacas en su finca de la carrera 76 con calle 28. Recuerdo la Urbanización Altavista con sus 11 manzanas y sus 308 casas de un solo piso, según diseño y construcción uniforme de los proyectistas del Instituto. Todas con sus grises techos de asbesto menos una, la de mi padre, que tenía losa de hormigón; a pesar de que el ingeniero se oponía a que apareciera ese lunar en las fotografías de prensa. “No iba yo a malgastar plata en tejas de lo que sea, y a tumbar después para construir un segundo piso”, fue el argumento irrebatible de mi padre. Irrebatible sí, como irrebatible fue el argumento que el ingeniero expuso a las directivas del Instituto: “¿Y si a todos les da por hacer lo mismo; qué hacemos, entonces, con las tejas que tenemos compradas?”. La terquedad de mi padre le ganó a la del ingeniero, y fue autorizada esa excepción. Si un barrio fueran sus casas, de ese barrio ya no queda casi nada; puesto que las casas de un piso se fueron convirtiendo en casas de dos y tres, con alturas a criterio de cada reformador, y con fachadas y distribución de espacios según múltiples criterios. 

Del barrio original queda sólo un puñado de casas, camufladas entre la variopinta profusión de diseños y modificaciones que hay por todos lados. Una es la de los fallecidos don Alfonso Uribe y doña Ester López de Uribe, que ocupan sus hijos en la entrada del barrio; otra la de don Sigifredo Echavarría, en la esquina de la iglesia, que al enviudar de doña Mercedes Baena se fue a vivir a otro lado y dejó la casa a los suyos. Alguna más por los lados de la Tienda Gilco de Gilberto Colorado, alguna otra a orillas de la quebrada, y alguna por los lados de la escuela o de la antigua terminal de buses. No son muchas las que conservan la apariencia original.

Es que ya tiene más cara de barrio que de urbanización, hombre Orlando. 

También podría pensarse que un barrio es un nombre. Al Instituto se le ocurrió la idea de bautizar la urbanización con el nombre del corregimiento vecino, que queda en el camino de entrada de los conquistadores españoles al Valle de Aburrá, lo que ha puesto a explicar a los unos que ellos son de los de arriba, y a los otros que ellos son de los de abajo; a la manera de aquellas familias de padre e hijo homónimos que tienen que precisar “¿Cuál de los dos, el grande o el chiquito?”. Un intento de cambiar el nombre de la Urbanización Altavista por Manantiales no prosperó, y sus habitantes siguen sintiendo que viven en el barrio Altavista de Belén; así tengan que aclarar, al dar la dirección a los taxistas, que se trata de Altavista, parte baja.

Un barrio no es una frontera, ni un territorio separado por un muro; y, menos, un territorio dividido por una frontera invisible de las que se trazan a punta de bala. No es fácil decir que las casas de este lado son de un barrio, y las casas del frente son de otro; cosa que hacen, a lo sumo, dos barrios a los que separe una quebrada y dos estilos de construcción, como son nuestro Altavista y La Nubia. A los habitantes de Altos del Poblado y a los de Bajos del Chispero, aunque los distancian miles de pesos, no los separa sino un paso y una malla.(3) No se puede decir, pues, que un barrio es un estilo de vida, ya que “la pobreza no está determinada exclusivamente por el nivel de ingresos”.(4) Hay estudios sociológicos que, aparte la capacidad económica, hablan de pobreza cultural.

Como decía mi abuela, “brutos con plata pican más duro que carangas resucitadas. Podrán tener plata, pero no son gente de bien”.

Un barrio, a la hora de la verdad, es su gente. Así como una casa hecha de adobes no es un hogar, hasta que alguien vive en ella; un sector hecho de casas no es un barrio, mientras no sea habitado por la gente. Un barrio es la gente, y cabe preguntar: ¿Cuál gente? Porque la población de un barrio es dinámica y las personas que lo habitan no son siempre las mismas, sin contar la población flotante de los foráneos que se acercan a la iglesia para los oficios religiosos, o los afuereños que transitan por los lugares de comercio.

Así como la Urbanización Belén Altavista cambió su fisonomía a medida que los propietarios reformaron las casas, los habitantes del barrio fueron cambiando. Con el tiempo algunas familias se fueron a vivir a otros lugares y llegaron otras a ocupar su espacio. O los hijos crecieron, formaron hogares, y tuvieron hijos. Algunos lo hicieron y continuaron viviendo en el barrio, reformando la casa paterna; casa que se llenó de apéndices en el garaje, en un lado de la casa, en el solar de atrás, en el segundo piso, en la terraza del tercer piso. Formaron un fogón familiar. Algunas casas han cambiado dos o tres veces de dueños y de ocupantes. Algunas han sido ocupadas por una sucesión de inquilinos temporales, que han aportado sus vidas y vivencias a la identidad del barrio; y luego se han ido, dejando una huella y un recuerdo. Otros se han ido sin dejar ninguno, o uno muy vago.

No sé cuántas familias habiten en la actualidad, pero hace diez años la parroquia censó más de setecientas ocupando los 308 lotes originales, o sea que el barrio se duplicó con creces.

Si determinamos que un barrio es la gente, de la gente original del barrio Belén Altavista queda mucha que uno encuentra en el recorrido por las calles. Los muchachos, que otrora jugaban pelota en la cancha, ya son abuelos; y se les ve sentados en la acera con sus nietos. Los que eran hijos supeditados a la autoridad de sus padres, son ahora cabezas de familia; convertidos, a su vez, en patriarcas. Pero sus padres, los adjudicatarios originales, han ido desapareciendo. Se han marchado con la “señora muerte, que se lleva /todo lo bueno que en nosotros topa”.(5)

Don Hugo Restrepo, el de la casa frente a la Escuela Ramón Giraldo Ceballos, asistió a la reunión del comité de celebraciones en que presenté el borrador de mi libro hace diez años. A finales de año, cuando salió publicado, don Hugo ya se había ido. Ahora me entero de que doña Elena Casas de Restrepo, su viuda, se fue a hacerle compañía sin esperar a que celebráramos las bodas de oro de la urbanización. Esos son unos, entre los muchos que se fueron, hombre Humberto.

Elena Casas Restrepo es el nombre de tu madre, que aún vive.

Eran  homónimas, pero mi madre ahora vive en otro barrio; y de otra Elena Casas, ya fallecida, que vivía por los lados de la quebrada.

¿Por qué no escribís un artículo en homenaje a los que se fueron, Orlando?

No acabaría. Los que han muerto, son ya más que los que viven; y los que se han ido, van siendo más que los que quedan.

Entonces hacé homenaje a los que quedan.

Un inventario de nombres sería largo e insustancial, pero nos podemos limitar a los adjudicatarios fundadores cabeza de familia, o sus viudas. Hagamos una lista de los que viven y aún permanecen en el barrio.

De los fundadores que conocimos los niños y jóvenes llegados al barrio en 1963, quedan muy pocos. Los demás están en el mapa de los recuerdos. 

Vos tenés razón. Un barrio, para serlo, tiene que ir más allá de su construcción material y es el resultado de que la gente se apropie de él, tenga sentido de pertenencia, sienta amor por su patria chica. El barrio de nuestra juventud ya va quedando sólo en la memoria.

Dicen que “La verdadera patria del hombre es la infancia”,(6) amigo Humggo.

Para las nuevas generaciones, que nacieron y se criaron en él, el barrio es la patria. Es el territorio donde se reúnen los recuerdos y los afectos que el hombre guarda en el corazón. Cada generación vive los suyos y los cultiva. Los de nuestra generación, ya respiramos el aire de la nostalgia porque el barrio nuestro prácticamente agoniza. El aire de ahora lo respiran otras generaciones y el barrio que ellos viven, podría decirse, es otro barrio. 

Ya no vive nadie en ella, 
y a la orilla del camino silenciosa está la casa. 
Se marcharon. Unos, muertos; 
y otros, vivos que tenían muerta el alma”.(7) 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Notas

(1) Orlando Ramírez Casas, autor de “En Altavista se acaba Medellín” y “Buenos Aires, portón de Medellín”.
(Este artículo fue escrito para un impreso que se publicará próximamente con motivo de los 50 años de fundado el barrio Altavista –parte baja– de la comuna 16 (Belén) en la ciudad de Medellín).

(2) Parábola del retorno”, poema de Porfirio Barba Jacob.

(3) La chispa de El Poblado”, artículo publicado en la edición 439 del periódico “Vivir en El Poblado”:



(4) Alcaldía de Medellín, Plan de Desarrollo formulado por la Asamblea del Corregimiento de Altavista”, capítulo 2 “Componente metodológico”, aparte 2.1 “Enfoque de desarrollo en escalas humanas”:


(5) Señora muerte”, poema de León de Greiff.

(6) Frases de Rainer Maria Rilke:


(7) Las Acacias”, pasillo de Vicente Medina Tomás (L) y Jorge Molina Cano (M).


martes, 18 de marzo de 2014

34 Venezuela y Colombia al mismo ritmo

Argentina y Uruguay son hermanas a las que separa y une al mismo tiempo el Río de la Plata. Buenos Aires y Montevideo son ambas rioplatenses y a los oídos profanos sus acentos suenan tan parecidos que hasta se confunden. En esto tal vez exagero, puesto que no se me escapa que no es lo mismo el acento de un colombiano costeño, de un paisa, de un bogotano, de un valluno, o de un pastuso; entre la gran cantidad de ejemplos de diferencias acentuales que tenemos en nuestro país. ¿Qué no diremos de las diferencias entre un argentino, un uruguayo, un paraguayo, y un chileno? Pero cuando escucho a alguien que viene de esos países algo hay que llega a mis oídos con un acento que me suena un poco a… ¡italiano! Claro que dirán los italianos que no es lo mismo el acento romano, el siciliano, el florentino, el napolitano, o el calabrés; y ellos tienen por qué saberlo.

Argentina y Uruguay son ambos países, al unísono, patrias del tango; pero a los oídos del resto del mundo pareciera que sólo en Argentina nació ese ritmo, cuando la verdad es que ese ritmo no es argentino ni es uruguayo. No. ¡Es rioplatense! En el interior de ambos países otros ritmos son los que suenan y con otros ritmos se identifican, pero en los alrededores de sus respectivas capitales el tango es el rey.

Más allá de las diferencias que nos separan, Colombia y Venezuela comparten dos territorios: el territorio indígena Wayuú de la Guajira, cuyos aborígenes van entre un país y otro compartiendo costumbres y cultura sin hacer caso de fronteras políticas; y el territorio llanero de la región araucana cuyos extensos llanos son unos solos y se denominan Llanos Occidentales en Venezuela y Llanos Orientales en Colombia. Son unos solos. Por sus costumbres, por su cultura. Son unos solos separados por el río Arauca, y unidos al mismo tiempo por él, cuyas diferencias las marcan las divisiones políticas, y cuyas diferencias y antipatías nacen de los políticos.

Reviviré para ustedes un correo que envié el año pasado a través del Postigo de Orcasas, antes de que se convirtiera en un blog, como preámbulo para compartirles lo que escribió el historiador musical norteamericano de ancestros mexicanos Frank Chávez acerca del conocido joropo venezolano Alma Llanera, que es como el segundo himno de esa región, en nota dirigida al Sr. Félix José Hurtado.

Pido de nuevo me disculpen ustedes y el Sr. Frank Chávez por hacer algunos ajustes en el texto informal que recibí, advirtiendo que respeté la esencia del mensaje enviado por el historiador.

No encontré entre los cajones de doña You Tube de Google el joropo Alma Llanera en la versión de Adilia Castillo. Encontré otras, y entre las versiones instrumentales, corales, extranjeras; y las voces de los venezolanos Alfredo Sadel, Aries Vigoth, Luis Ariel Rey, Reynaldo Armas, y otros; me decidí por la del mexicano Antonio Aguilar acompañado de mariachi.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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PAJARILLO
Por Orlando Ramírez-Casas (orcasas)

Hace poco les hablé de mi paso por la región de Arauca en los Llanos Orientales colombianos, que son los mismos llanos occidentales del Arauca Venezolano y la cultura de la región es común a los dos países donde la frontera política; de no haber alcabalas, retenes, y policías; se perdería. Allí fui invitado a celebrar un cumpleaños en una finca (fundo los llaman por esos lados) del lado venezolano, donde oí tocar joropos y los vi bailar de una manera que me hacía morir de la envidia. El ritmo de joropo (y también el pasaje llanero) a los oídos profanos de artillero como los míos suena muy parecido, o casi igual, o igual. Pero tienen su diferencia. En el denominado “golpe llanero”, marcado por arpa, cuatro, y bordón, se distinguen 22 golpes; entre ellos “el seis corrido”, “el seis numerao”, “el seis por derecho”, “el seis perreao”, “el pajarillo”, “el catira”, “el San Rafael”, “el quirpa”, “el carnaval”, “el chipola”, etc. No me pregunten en qué se distinguen o cómo se diferencian porque no sé, pero sí sé que para bailar esas notas zapateadas de paso vertiginoso, tan distantes del baile del bolero, hay que tener un estado físico de atleta y un entrenamiento en los pies que los capacita para tocar tambor en un entablado.

“RITMO DE PAJARILLO. Fue inspirado por el llanero colombo-venezolano José Agustín Pinto al parecer en la década de 1880-90, en honor a su caballo de silla de nombre Pajarillo, que murió un día cualquiera a consecuencia de la mordedura de una serpiente cascabel. Como quiera que el señor Pinto, hijo de madre llanera colombiana y padre venezolano, amaba mucho a su caballo como todo llanero, sintió en el alma su muerte y esa misma tarde tomó en sus manos el requinto y se inspiró musicalmente en él; y, evidentemente, allí nació un nuevo golpe llanero al que llamó como su caballo: “PAJARILLO” (Internet).

Le han salido otras letras, y esta es la primera estrofa de una muy conocida:

Pajarillo, pajarillo, 
que vuelas por mi ribera,
¿por qué no vuelas ahora 
que llegó la primavera?

Me dijiste que eras firme 
como la palma en el llano;
si la palma fuera firme, 
no la picara el gusano,
no la tremolara el viento, 
ni la secara el verano.

A mí me pueden llamar 
trueno, relámpago, y rayo;
si me pega buena brisa, 
vuelo más que un papagayo;
yo soy el que anda de noche 
siempre por el vecindario,
y sé cuándo ladra el perro, 
y sé cuándo canta el gallo,
y sé cuando están dormidas 
las muchachas de mi barrio.

¡Aaaaaaaay!

Pajarillo, pajarillo…

Pajarillo”, joropo recio (Venezuela) de la autoría de José Agustín Pinto:

Este preámbulo se debe a que me llegó un video de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela, dirigida por Gustavo Dudamel; con el solista de violín,  radicado en París, Alexis Cárdenas; quien estuvo en septiembre de 2012 con su cuarteto para el Festival de Música de Medellín e incluyó en el programa su “Fuga de Pajarillo”, que es un descreste porque logra igualar con su virtuoso violín el vertiginoso ritmo y velocidad del “Pajarillo” llanero:


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ALMA LLANERA
(Joropo con letra de Rafael Bolívar Coronado y música de Pedro Elías Gutiérrez)
Versión del mexicano Antonio Aguilar acompañado de mariachi

I
Yo nací en una ribera del Arauca vibrador. 
Soy hermano de la espuma, 
de las garzas, de las rosas, 
y del sol, 
y del sol.

Me arrulló la viva diana de la brisa en el palmar; 
y por eso tengo el alma, 
como el alma primorosa… 
Y por eso tengo el alma 
como el alma primorosa… 
del cristal, 
del cristal.

Amo, lloro, canto, sueño; 
con claveles de pasión, 
con claveles de pasión; 
amo, lloro, río, sueño; 
y le canto a Venezuela 
con alma de trovador.

II
Yo nací en una ribera del Arauca vibrador. 
Soy hermano de la espuma, 
de las garzas, de las rosas, 
y del sol, 
y del sol.

Me arrulló la viva diana de la brisa en el palmar; 
y por eso tengo el alma, 
como el alma primorosa… 
Y por eso tengo el alma 
como el alma primorosa… 
del cristal, 
del cristal.

Amo, lloro, canto, sueño; 
con claveles de pasión, 
con claveles de pasión; 
amo, lloro, río, sueño; 
y le canto a Venezuela 
con alma de trovador.

III
Yo nací en una ribera del Arauca vibrador. 
Soy hermano de la espuma, 
de las garzas, de las rosas, 
y del sol, 
y del sol.
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JOROPO ALMA LLANERA
Y SU IRRECONOCIDO
(Y DESCONOCIDO) LETRISTA

Por Frank Chávez

Amigos, hoy voy a platicarles sobre "Alma Llanera". Quien de veras nos debía escribir sobre esto es Félix José Hurtado, por su gran conocimiento de la música venezolana. Le pido disculpas por mi atrevimiento. Pero creo que a Félix le interesaría saber lo que opinan los no venezolanos sobre este himno. Le digo himno porque es lo que es para los venezolanos, casi un segundo himno nacional. Pero, es muchas cosas. Es un baile folklórico también, o sea un joropo. Es un aire nacional, pero no nació realmente en el campo (al momento les cuento porque digo yo esto). Es una canción que formó parte de un obra musical venezolana. Es un símbolo de patriotismo. Le platicaba a Félix que quería darle las gracias porque incluyó como autor al letrista Rafael Bolívar Coronado. ¿Por qué lo felicito?  Bueno, es la razón por la cual decidí escribirles esto.

Muchas veces no más ponen en los discos, o cuando comentan algo sobre "Alma Llanera" el nombre del compositor Pedro Elías Gutiérrez y se olvidan de poner el nombre de Rafael Bolívar Coronado. Esto es una grave falta. ¿Por qué? Les explico. La idea de "Alma Llanera" y de la zarzuela donde primero se escuchó y forma parte  fue de Rafael Bolívar Coronado. Fue él a quien se le ocurrió la idea de escribir una obra teatral musical (pues, una zarzuela) donde se presentaría el panorama de la sabana venezolana y sus llanos y llaneros.  Era una obra que hablaría sobre el pueblo venezolano, aquello allá en el campo, su música, sus costumbres, sus tradiciones desde el punto de vista campirano. Fue una idea muy nacionalista y costumbrista a la vez.

Resulta que Bolívar Coronado había nacido en el campo (provincial), pero después ya de adulto se mudó a la capital de Venezuela, Caracas. Ahí encontró trabajo como periodista. Bueno, le encantaba hacer versos. Le gustaba la poesía, pero era muy tímido y no se atrevía a firmar con su nombre sus obras.

Un pariente suyo se enfermó de los nervios y le recomendaron los médicos reposo completo. Lo mandaron al campo. Allá cerca de Villa de Cura, estado de Aragua, en Venezuela, donde nació Bolívar Coronado, había una hacienda, propiedad de su familia.  Fue Rafael a visitar a ese pariente suyo, y se inspiró y vino a mente suya una idea.  Esa idea fue "Alma Llanera". Allá en el campo, aunque él vivía en la ciudad en un ambiente urbano, compuso su zarzuela. Esto fue en el año 1914.

Se estrenó en Caracas en septiembre de 1914. Fue un éxito, sobretodo, el joropo "Alma Llanera". Pero el tímido de Bolívar Coronado lo consideró (la zarzuela) ¡un fracaso!  Así era él, de poca autoestima. Tenía poca confianza en sí mismo. Siempre temía que la gente rechazara lo que él había trabajado tanto para escribir.

Rafael Bolívar Coronado escribió el libreto de la zarzuela. ¿Qué cosa es eso? Pues, el guion con los diálogos y lo que narra la zarzuela. Pero necesitaba que le pusieran música a su letra. Así como en una ópera, opereta, obra musical teatral, revista musical, hay canciones y bailes y actuación; también las hay en esta obra. Convenció a un amigo suyo, Pedro Elías Gutiérrez, que le pusiera música a su zarzuela. Él era director de una banda estilo militar en Caracas.

Todo el negocio este del joropo, la trama, el guion, la letra de las canciones, el tema, etcétera; la idea, fue de Rafael Bolívar Coronado.

Lo que el público más recordó de la obra fue precisamente el joropo "Alma Llanera". Gustó mucho y sigue gustando.

¿Qué le pasó a Rafael Bolívar Coronado? Bueno, seguía con sus ideas literarias. Escribió un cuento titulado "El Nino de Azulejos". Luego compitió con él en los Juegos Florales de Venezuela, un concurso literario, y ganó un premio. Este le valió para que consiguiera una beca e ir a España a estudiar. Se fue, pero no tenía dinero para sobrevivir allá. Por fin consiguió un trabajo, pero lo despidieron. ¿Por qué?  No me lo van a creer, pero es que Rafael editó en la revista donde él trabajaba varios poemas escritos por él, pero los firmaba con el nombre de escritores ya famosos o establecidos.

Pues en este mundo todo se sabe.  Hubo protestas de parte de quienes sabían que esas obras no eran de los autores que la revista indicaba. ¿Por qué hizo eso Rafael? Creo que ya di la respuesta. Por tímido y de poca autoestima. Dejó como 500 poemas a los que puso el nombre de otros.

Quizás por eso se olvidó en Venezuela poner su nombre a "Alma Llanera", después de la controversia que causó el mal suyo de asignar o firmar sus obras con el nombre de otros. De veras no fue una persona mala, y sólo quería dar a conocer su obra. Pensó en que “si escribo yo esto y luego lo firmo con mi nombre nadie lo va a leer o ponerle cuidado. Al contrario, si le pongo el nombre de una figura literaria ya establecida casi estoy seguro de que sí lo lean”.

Qué equivocado estaba. Perdió su empleo. Luego enfermó y murió allá en Barcelona en España, lejos de su querida Venezuela. ¡Qué triste relato! ¿No?

Ya es tiempo de que Venezuela y el mundo lo reconozcan. Dirán, ¡ay! qué Frank, siempre tomando el lado o parte de los de abajo. Alguien tiene que defenderlos y darles crédito. Repito, él no era malo. Simplemente hizo una decisión fallida. Qué ¿ustedes no se equivocan o son perfectos? Si eso piensan, qué errados están. Todos nos equivocamos.

Y qué equivocado estaba Rafael Bolívar Coronado sobre su "Alma Llanera" que es orgullo de Venezuela. Si él hubiera vivido y visto el furor que ha causado este canto y cómo conmueve y llena al pueblo venezolano de orgullo, estaría Rafael asombrado y por fin sentiría que no fue un fracaso literario. Cuando los venezolanos oyen a "Alma Llanera" se llenan de orgullo.

Félix José Hurtado Orozco, no te olvides de Rafael Bolívar Coronado cuando hables de este célebre joropo. Fíjate, aquí tengo en manos un álbum. Está la pieza venezolana "Alma Llanera" y debajo del título tiene esto: Pedro Elías Gutiérrez. ¿Dónde está el nombre de Rafael Bolívar Coronado? Qué, ¿él no vale?  Cuando oigo  eso que me enviaste y te doy las gracias, con Adilia Castilla cantando, lo que canta es letra de Bolívar Coronado, algo que él produjo.

¡Que viva Venezuela! ¡Que viva el joropo! ¡Que viva "Alma Llanera"! ¡Que viva Rafael Bolívar Coronado! ¿Y el maestro Pedro Elías Gutiérrez? Pues, ¡que viva también! Pero a este ya lo han aplaudido a través de los años y ahora le toca a otro maestro, al letrista don Rafael Bolívar Coronado, recibir el tributo que se merece.

Frank Chávez



viernes, 14 de marzo de 2014

33 Tsunami del fin del mundo

Kiruna, en Suecia, es un poblado minero cuyo subsuelo está cruzado por socavones y ¡Se está hundiendo! 


Pero para ellos no será el fin del mundo, puesto que los habitantes están advertidos y el poblado se está trasladando a una zona fuera de peligro. Para cuando en unos años sobrevenga el hundimiento previsto, los pobladores estarán a salvo.


Mi anciana pariente estaba hospitalizada por múltiples dolencias que se agrupan bajo una sola denominación: “vejez”. Sufría dolores atroces de orden físico por fractura de pelvis, inadvertida por la familia, producto de su osteoporosis y quizás de algún movimiento brusco en algún episodio de convulsiones que eran frecuentes en una mujer que se encontraba encamada desde hacía varios años. Sus quejidos ya se habían vuelto parte del paisaje, y éstos no parecieron ser nada extraordinario. Sufría dolores atroces del alma, porque aunque desde muchos meses atrás se decía que había perdido el amor por la vida no se explica que siendo así no haya sucumbido a las infecciones que sufrió en varios de sus órganos estando en condiciones de lucidez razonables para su condición. Algunas fuerzas sacaría para producir anticuerpos y oponerse a esas invasiones. Pero, a la final, le sobrevino un infarto y murió. Ya murió. Para ella llegó el fin del mundo.


Como llegó el fin del mundo para la docena de desaparecidos en el derrumbe de dos edificios en Nueva York, por culpa de una explosión de gas en este 2014. Llegó para las tres mil víctimas del atentado a las torres gemelas en el 2001, y para las otras tres mil que produjo el terremoto de San Francisco en 1906. 

El fin del mundo le llega a cada quien el día que muere.

Quién sabe qué pasó un lejano día en la historia de la humanidad en que las aguas se desbordaron y arrasaron con todo el mundo conocido, menos con un hombre y su familia que a bordo de un barco denominado arca lograron encumbrarse sobre las aguas y ser depositados como semilla en la cima del monte Ararat. Quedó registrado ese hecho en la biblia como el Diluvio Universal, y el Arca de Noé como recuerdo imperecedero de los pocos sobrevivientes que no encontraron palabras ni razones científicas para explicar en ese momento lo sucedido, y por eso la historia nos lo cuenta con metáforas.


Los tiempos cambian, y el siglo XXI hace su arribo con una tecnología fotográfica y de filmación que tiene más de cien años y ha venido en progreso permanente. En la actualidad cualquiera puede tomar fotografías de buena resolución pixélica con su teléfono celular, y puede filmar videos con cámaras portátiles incorporadas a sus PC personales. Debido a eso la abundancia de testimonios relacionados con los terremotos y el tsunami que sobrevinieron sobre Japón en el 2011, perdida ya nuestra capacidad de asombro, nos lleva a exclamar, quizás con exasperación, “¿Otra vez el cuento del tsunami? ¡Párenla ya! ¡Ese cuento está cansón!”. 


Se necesitaría que uno estuviera parado en la ventana del apartamento de último piso donde yo vivo y viera una gran ola de algo inexplicable que va arrastrando a su paso todos los automóviles, camiones, casas, edificios, manzanas enteras que uno tiene a la vista con un rumor atronador que infunde miedo. No encontraría uno una cumbre de suficiente altura para escapar de ese fenómeno natural que es para uno y todo lo que lo rodea, verdaderamente, el fin del mundo. Afortunadamente en Medellín no corremos ese riesgo porque estamos muy lejos del mar, pero los habitantes de la costa este de Japón no pudieron decir lo mismo ese día en que durante seis minutos –¡seis minutos!– un terremoto de 9.0 grados en la escala de Richter, que siguió a otro de 7.8 grados, los sacudió y produjo un tsunami con olas de 40 metros de altura. No alcanza uno a imaginarse lo que es una ola marina de 40 metros de altura que se deja venir sobre la playa. ¿Qué muelle, qué puerto, qué instalación costera puede resistir a ese embate?

Filmación del tsunami desde una montaña:


Así es que ya hemos visto infinidad de fotografías y videos sobre lo que fue ese fenómeno, y hemos visto ya infinidad de veces a las olas arrasando con todo lo que encuentran a su paso, pero me ha llegado este video aficionado tomado desde la supuestamente segura altura de un monte cercano, en que a los pies se ve la ciudad cuando las aguas apenas empiezan a llegar. Se ven vehículos que corren tratando de huir de una corriente que es más rápida que ellos y los alcanza, se ven personas quizás ancianas que cansadas de correr apenas pueden caminar tratando de llegar a lo alto del monte antes de que las aguas los alcancen, se ven unas personas tratando de subir con un pariente empotrado en una silla de ruedas, y cómo dos o tres acuden a tratar de ayudarlos a empujar la silla cuya ocupante aparentemente logra ponerse a salvo, pero los samaritanos que acudieron en su ayuda son arrastrados por la fuerza de las aguas. Se ve, de pronto, la cámara que se bambolea sin enfoque porque el camarógrafo está siendo sacudido por la prisa de su huida hacia lugares más altos. Es una dantesca escena de terror que me ha producido escalofríos.

Me produjo escalofríos pero, al mismo tiempo, me dio alegría… Sí, mucha alegría. Alegría porque he descubierto que aún me queda algo de la capacidad de asombro que creí había perdido. Mi sensibilidad no se ha muerto, gracias a Dios.



La crisis por la central nuclear de Fukushima, afectada por el terremoto y posterior tsunami en 2011, está bajo control; según dijo el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, al presentar este sábado en Buenos Aires la candidatura de Tokio para sede de los Juegos Olímpicos 2020”.



Coincide la llegada del video con un reportaje que vi hace un par de días en el tv canal de la Deutsche Welle (DW) acerca de la planta nuclear de Fukushima. Como si fueran pocos los destrozos del tsunami, esta planta colapsó y la radiación esparcida ha seguido causando destrozos como secuela. Muchos técnicos padecen de cáncer por haberse expuesto en demasía a esa radiación, y las quebradas, riachuelos, ríos, y extensiones considerables del mar donde desembocan muestra niveles inaceptables de contaminación que han sido detectados por los instrumentos de medición científicos pero Shinzo Abe, el primer ministro del Japón, lo niega. ¿Puede creerse? Dice que todo está bajo control. Ahí está pintada la soberbia y miopía de los políticos que sucumben ante intereses mezquinos de conveniencia y niegan realidades que deberían reconocer con sus propios ojos. El documental muestra, por ejemplo, a un campesino que se niega a dejar abandonadas a sus 300 vacas que pastan hierba de la que brota en la tierra contaminada por la radiación, y los animales muestran en su piel manchas y pústulas de los males orgánicos que sufren en sus células cancerosas. El hombre recibió órdenes de matarlas, pero se niega a ello porque el gobierno no quiere asumir los costos de la destrucción. Él bebe agua y come alimentos que le envían desde otros lugares fuera de la zona de riesgo, y supone él que esa medida lo mantendrá más a salvo que sus reses, pero yo me pregunto ¿No absorberá su piel radiación indirecta, no estará el aire que respira y todo a su alrededor contaminado quién sabe por cuántos años, o por cuántos años de años? Me gustaría saber si el primer ministro de Japón sería capaz de irse a vivir en esa granja. Mucho lo dudo. Puede que me equivoque, pero a las vacas de Fukushima está a punto de llegarles el fin del mundo. Ojalá su futuro se encuentre en un horno crematorio y no dentro de algún frigorífico, si el primer ministro del Japón no dispone otra cosa.

Termina el documental reportando que hay grupos en Alemania y en Japón que propugnan por el establecimiento de más centrales nucleares, mientras tanto hay países que por querer igualarse con los Estados Unidos y con Rusia están buscando desarrollar sus propias estaciones de energía nuclear. Irán, por ejemplo, es uno de ellos. Y China, y la India, y Pakistán, y… 

Este mundo es un mundo de locos y se encamina hacia su autodestrucción. No importa que Dios, o el destino, o la naturaleza, o como lo quieran llamar, les mande señales. Los hombres no aprenden porque, en su soberbia, quieren ser como dioses, quieren ser iguales a Dios. Y conste que mi sermón no es apocalíptico sino que sólo recoge lo que traen los noticieros del día a día. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)