viernes, 14 de agosto de 2026

286 Marta Pintuco, la madame más famosa de las calles de Lovaina

De Marta Pintuco a Marta Puntico

 

Antes de que hicieran el intercambio vial de Bulerías en Belén al cruce de las avenidas 33, Bolivariana, y Nutibara, cerca de la Universidad Pontificia Bolivariana, lo que había allí era una glorieta o redoma, un round point, en el que por ser una excelente vitrina instalaron varios negocios como la Heladería Bulerías, o como el asadero de perros y hamburguesas “Marta Pintuco, comidas rápidas”.

 

Tiempo después, este nombre fue cambiado por el de Marta Puntico, y ese cambio llamó mi atención. La explicación que me dieron es de no te lo puedo creer. Los dueños del negocio de comidas rápidas recibieron notificación de que no podían seguir usando ese nombre porque era una marca registrada que tenía dueños y estaba protegida en la Cámara de Comercio. ¿A quién se le ocurre poner en el registro de comerciantes el nombre de un prostíbulo? Pues, ¡A la yarumaleña Marta Teresa Pineda!

 

No podría decir por qué hizo ella tal cosa, pero tal vez naciera del hecho de que a otra persona se le había ocurrido suplantarla, y a nadie le gusta ser suplantado.

 

En la Medellín de mediados del siglo XX, Marta Pintuco fue una afamada proxeneta (matrona o madame, que les decían a las dueñas de burdeles, casas de citas, o prostíbulos).

 

Las dos Marta Pintuco

 

Hay una confusión entre muchos habituales de la bohemia medellinense de mediados de siglo sobre la afamada matrona o madame Marta Pintuco, que ejercía el proxenetismo en un reconocido sector de la ciudad, buscado para tales menesteres.

 

Muchos afirman haber conocido y visitado dicha casa “frente a la fábrica de Pintuco en el barrio Colombia”, sin saber que se están refiriendo a “la otra” Marta Pintuco.

 

Porque hubo una que fue la original, la primera, la verdadera, que desde mediados de la década del treinta ejercía el oficio de proxeneta en el barrio Lovaina, y era una mujer de nombre Marta Teresa Pineda, nacida en Yarumal en el año de 1921.

 

Esta mujer tuvo una colega y homónima, de nombre Marta Rojas (o, tal vez, Marta Elisa Rojas), que desde mediados de la década del cuarenta ejercía tal actividad en el barrio Colombia, y también la apodaban Pintuco.

 

Fueron dos con el mismo apodo: Marta Pineda y Marta Rojas, y entraré a diferenciarlas; pero para tal propósito advierto que, para orientación de los lectores, entre el nombre y el apellido intercalaré el apodo que las identifica.

 

Para escribir este artículo, he consultado y confrontado distintas fuentes escritas, y algunos testimonios orales, con la particularidad de que en tal o cual información hay datos que difieren y a veces se contradicen, pero no alteran el propósito de establecer que hay diferencia entre las dos mujeres contemporáneas que así fueron conocidas.

 

Uno de esos testimonios, principalísimo por su calidad de historiador minucioso y de notable memoria, es del historiador Hugo Bustillo Naranjo, cuyas informaciones espero haber captado con suficiente aproximación, y espero que mis inconsistencias no sean tantas, ni de tanta envergadura, que ameriten aclaraciones.

 

Baste con dejar en claro que fueron dos proxenetas: la de Lovaina, y la del barrio Colombia; y que la de Lovaina tuvo dos casas: la de Lovaina con Palacé, y la de Palacé entre Lima y Barranquilla.

 

Agradezco a los informantes, orales y por escrito, por el aporte de información, incluida la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto donde recibí colaboración para mis averiguaciones sobre el tema.

 

La profesión más antigua del mundo

campeó por las calles de Lovaina

 

En 1889, en su cuento “En la muralla de la ciudad”, Rudyard Kipling acuñó la frase “la prostitución es el oficio más antiguo del mundo”, y tal afirmación se convirtió en un axioma de aceptación universal.

 

Jaime Sanín Echeverri en su novela “Una mujer de cuatro en conducta” (1948) construye su personaje con el argumento de una campesina de nombre Helena, que llega del alto de la montaña siguiendo el curso de la quebrada Santa Helena, la que surtía a la ciudad de aguas para el consumo, buscando colocarse como obrera en la fábrica textil que hay más abajo. Mientras más bajaba siguiendo el curso de la quebrada, y a la manera de ésta, más se ensuciaba y más se degradaba hasta, después de muchas peripecias, caer en la prostitución. El escritor pone en boca del personaje la siguiente afirmación:

 

“La sociedad dice que nos rechaza porque somos indignas de ella. En el fondo lo que hace es señalarnos un sitio dentro de la sociedad misma, porque considera que las prostitutas somos un servicio público, una necesidad pública, como las alcantarillas, o como la quebrada misma”.

 

Eso referido al oficio de ganar el pan con el sudor del cuerpo ejerciendo la prostitución pero, por extensión, así es denominada la práctica promiscua de actividades sexuales, así no conlleve compensación en dinero sino el solo gusto de dar alegría al cuerpo. Como dice la canción de Antonio Romero Monge y Rafael Ruiz Perdigones:

 

“Macarena tiene un novio, / un recluta de apellido Vitorino, / y en la jura de bandera del muchacho, ay, / se la lio con dos de sus amigos. / Dale alegría a tu cuerpo, Macarena; / que tu cuerpo es para darle alegría, eh, cosa buena…”.

 

Hay personas cuya naturaleza les pide insaciablemente esos desfogues hormonales, y los estudiosos las definen como sátiros y ninfómanas.

 

No falta quien diga que el matrimonio sin amor, por conveniencia, entre una persona necesitada y otra persona adinerada, es en la práctica una prostitución y, dicen los que saben, que “Eso equivale a prostituir el cuerpo, o a vender el alma al diablo”.

 

Algo habrá, porque a estas personas se les convierte la vida conyugal en un infierno.

 

Según Wikipedia, una ninfómana reconocida fue Escila, la prostituta romana que ejerció mediando el siglo después de Cristo. Fue contemporánea de su cofrade o colega de regocijos Valeria Mesalina, esposa del emperador Claudio, cuya ninfomanía “por amor al arte del amor” era legendaria. La mujer del emperador retó a Escila a un concurso de aguante, y esta tiró la toalla cuando ya se había acostado con setenta amantes en una noche. Mesalina siguió librando sola la contienda, y dice la historia, o la leyenda, que elevó la marca a la suma de doscientos hombres atendidos uno tras otro. Mesalina desafió a Escila a que siguiera el juego y no fuera floja, pero ella no quiso regresar a la palestra y dijo de Mesalina que: “Esa infeliz, tiene las entrañas de acero”.

 

La historiadora británica Mary Beard conjetura que la loba que amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de Roma, no era un animal salvaje sino una prostituta recién parida que tenía leche de sobra para dar y convidar. Del hecho de llamar lobas a las prostitutas en aquellos, y en nuestros tiempos, viene la palabra lupanar; y no basta con loba sino que también se les dice zorras, y perras, y se las compara con cualquier animal que sea promiscuo cuando está encelado.

 

En la Biblia se habla de Gomer la hija de Diblaim, que ejercía sus artes de putería hasta que Dios se apareció a Oseas y le dio orden de casarse con ella y “sacarla a vivir juiciosa”. Tuvieron varios hijos, pero como la que ha sido no deja de ser, y vaca ladrona no olvida el portillo; el marido se divorció de Gomer, acusándola de infidelidad (Oseas, 1:2-3). Razones tendría.

 

En casi todas las poblaciones y ciudades del mundo hay sectores destinados a la prostitución. En Bogotá hubo una señora de nombre Blanca Barón, que solo abría sus puertas y presentaba sus chicas a la clientela más selecta. No cualquiera transponía las puertas de esa casa misericordiosa donde daban de comer al hambriento y de beber al sediento, e incluso aceptaban enseñar al que no sabe. Del presidente Guillermo León Valencia hay registros periodísticos de sus andanzas por las alcobas en penumbras de dicha señora; y el escritor y periodista Mario Jursich, de “El Malpensante”, afirma en Instagram que:

 

[El expresidente Guillermo León Valencia era putañero y le gustaba citar reuniones de gabinete en El Rosedal, el prostíbulo más famoso de Bogotá...]

 

Las mujeres dispensadoras de placer eran, en su mayoría, de procedencia campesina o montañera, y de allí que las gentes acuñaran la expresión de putañeras para referirse a ellas, y putañeros para referirse a los clientes que las contrataban.

 

Del escultor Rodrigo Arenas Betancourt se sabe, por su libro “Los pasos del condenado”, que aparte sus recorridos por los mapas de la putería en ciudades de Europa y el mundo, hasta llegar a El Pireo, en Grecia, estuvo también por las calles lovaineras en donde enamoró a la bella campesina Eunice que despechada, porque Arenas se casó con otra, se fue a morir a Tailandia donde nadie supiera de sus desengaños.

 

Hugo Bustillo Naranjo, en la página 100 de su libro “Aranjuez 80 años –Nombre español para un territorio lunfardo”, trae una copla del poeta Ciro Mendía, del municipio de Caldas en Antioquia, que también fue putañero y en una de esas noches se topó con una paisana campesina venida de su terruño. Agradecido con ella “por los favores recibidos”, le envió recado con algún conocido:

 

“Dígale a Emma Arboleda,

de la calle de Lovaina,

que esta vida es una vaina…

y su carne fue una seda”.

 

Por esta estrofa le aplicaron a su paisana en Lovaina el apodo de “Piel de seda”.

 

El tema de los prostíbulos en Medellín es abordado en el trabajo de tesis de grado “Lovaina –inicio, esplendor, y ocaso–”, de la Universidad de Antioquia, escrito por el historiador Carlos Andrés Orozco Guarín y fue elaborado con base, entre otros, de testimonios proporcionados por el salgareño Humberto “El gitano” Escobar Cálad, un prendero que vivió en carne propia los ajetreos de ese lugar. Escobar fue amigo confidente de la matrona Marta Pintuco, y su prendería quedaba contigua a la casa de ejercicios sociales perteneciente a dicha señora en la calle Lovaina al cruce con la carrera Palacé.

 

[…La idea para esta investigación surgió durante el seminario de “Historia, tradición y fuente oral”, dictado por el profesor Fernando Correa en el 2001. En dicho seminario tuve la suerte de conocer a Humberto Escobar Cálad, quien con sus poemas e historias inspiró la recolección de testimonios para esta monografía. Con él caminé la calle Lovaina en busca de sus viejas amantes, sus antiguas amistades, y de la Prendería Lovaina donde trabajó durante trece años de 1949 a 1962 –Carlos Andrés Orozco Guarín–]

 

https://www.redalyc.org/pdf/3803/380370283008.pdf

 

Orozco emplea con frecuencia y sin rodeos la palabra “puta”, con la que muchas de las entrevistadas se autodefinieron:

 

En los procesos judiciales hay denuncias sobre maridos que vendían a sus esposas en los burdeles, mujeres adultas que prometían ropas y atavíos para inducir a las jóvenes a la prostitución, e incluso madres que exhibían a sus hijas vírgenes en las ferias”.

 

De varias de las mujeres reportadas por Orozco puede decirse que nacieron con vocación de puta, genéticamente heredada de sus madres, tías, y abuelas, de las que dijo Ñito Restrepo en su “Cancionero antioqueño”:

 

“Puta vos, puta tu mama,

putas tu abuela y tu tía,

cómo no vas a ser puta,

si sos de la misma cría”.

 

Pero otras mujeres de las descritas por Orozco no nacieron así, sino que llegaron al oficio forzadas por las circunstancias.

 

Casas de citas en Medellín

 

En el Medellín de los años cuarenta hubo varios sectores reconocidos, entre los que estaban El Fundungo, Las Camelias, Lovaina, Guayaquil, y otros.

 

Carlos Andrés Orozco Guarín menciona a meretrices que ejercían en la Puerta Inglesa del barrio Buenos Aires, y en Enciso al pie de La Ladera; Jairo Osorio Gómez (“Niquitao, una geografía de cruces”) menciona a Cándida Rivillas, que ejercía en los años sesenta en la carrera Niquitao con calle San Juan; y en los setenta yo oí hablar de casas de citas camufladas en el barrio Laureles, y por las transversales de La Visitación en El Poblado.

 

La lista de mujeres del oficio mencionadas por Orozco Guarín en su trabajo es muy extensa, con muchos datos tomados de los reportes de control sanitario profiláctico de la autoridad municipal, y su trabajo incluye en la página 276 un detallado planograma, prolijo y minucioso, elaborado por él mismo, señalando la ubicación de innumerables casas de prostitución en ese sector. Al parecer no están todas (no encontré señalada en el mapa, por ejemplo, la casa de Aura “La Pipí” Cardozo), pero sí un número suficientemente representativo de ejercientes de dicha profesión.

 

De la casa de Aura “La Pipí” Cardozo dice Hugo Bustillo que:

 

[…estaba situada en Palacé con Lovaina, contigua a la de Tista “Terciopelo” Moreno]

 

En 1951 el Dr. Luis Peláez Restrepo, alcalde de la ciudad, expidió el Decreto 517, mediante el cual declaró al Barrio Antioquia (hoy conocido en los registros oficiales como Barrio Trinidad) como la única zona de tolerancia designada por la administración de la ciudad; buscando con ello que se acabaran las otras zonas prostibularias no autorizadas. Los habitantes del barrio señalado trataron de cambiar el nombre barrial poniéndole el de la parroquia de la Santísima Trinidad; pero no pudieron tapar el sol con las manos y las mujeres de allí siguieron ejerciendo el oficio, sin que sus colegas de otros lados dejaran de ejercerlo clandestinamente en otras partes de la ciudad, y hoy se consideran los alrededores del parque Lleras en El Poblado como lugares de encuentro para turistas, con remate en las habitaciones de los hoteles. Cambió la modalidad, pero no la actividad, y hay también la opción prepaga de contactar por Internet, hacer transferencia de pago, y esperar el reporte de la portería del edificio anunciando que llegó “el domicilio solicitado por el señor, ¿la hago pasar?”.

 

Sobre los burdeles de Medellín a mediados del siglo XX, y años antes, y años después, no hay un cronista historiador más prolijo y conocedor que Hugo Bustillo Naranjo, quien describió con pelos y señales, pelambres y cicatrices, la bohemia prostibularia de nuestra ciudad en su artículo “Ninfas y nichos del valle encantado”, publicado por el periódico Universo Centro en su edición nro. 75 de mayo de 2016, y a él remito para profundizar en esta historia.

 

https://www.universocentro.com/NUMERO75/Ninfasynichosdelvalleencantado.aspx


El barrio Lovaina

 

El barrio Santiago Pérez Triana de la comuna de Aranjuez es llamado, por algunos, barrio San Pedro; y colinda con el barrio Prado del centro de Medellín, con el hospital infantil y la policlínica San Vicente de Paúl, con los barrios Sevilla y Miranda, con la Curva del Bosque de la Independencia (Jardín Botánico), con Aranjuez, Manrique, Campo Valdés, y otros sectores. A él pertenece la parte trasera del Cementerio de San Pedro, pero hace muchos años las gentes trocaron el nombre Pérez Triana por otro de mayor reconocimiento, debido a la calle 71 (calle Lovaina). Actualmente es un sector poblado de talleres de mecánica, pero anteriormente, como dije, fue una frecuentada zona de tolerancia con multitud de casas de citas acreditadas para clientela de todos los niveles, gustos, y perversiones.

 

En los nombres de las calles y las carreras del sector a veces aparecen dos y hasta tres nombres, lo que puede deberse a que en alguna vía se sustituyó un nombre por otro; o a que una vía lleva un nombre en un tramo, y cambia de nombre para el siguiente.

 

En un texto encontré, por ejemplo, el nombre de Turín para una calle, pero en el listado que consulté tal nombre no aparece. Cree el historiador Bustillo que ese pudo ser un apodo que le pusieran a algún lugar muy puntual, por alguna conocida casa de prostitución que hubiera en esa esquina.

 

Bustillo me ayudó a hacer ajustes y precisiones en este listado elaborado, como dicen, “a mano alzada”.

 

Dicen los que saben que:

 

Lovaina, propiamente, es el nombre de la calle 71, que derivó su nombre a todo un sector de veinte manzanas”.

 

Para establecer las calles y carreras que enmarcaban las veinte manzanas del sector, me he apoyado principalmente en el cuadro que traía el último directorio telefónico de Publicar en Medellín, más las valiosas precisiones que me aportó Hugo Bustillo que fueron de gran utilidad para corregir tal o cual dato errado o distorsionado que encontré en algún texto. La información depurada es la siguiente:

 

Carreras

 

48 A

(Quibdó);

 

49

(Venezuela);

 

50

(Palacé);

 

50 A

(Pasto o Balboa);

 

50 B

(Santa Marta);

 

50 C

(Popayán);

 

50 D

(Neiva);

 

51

(Bolívar)

 

Incluido el tramo del Bosque por la parte norte del cementerio que por afinidades de oficio hace parte también de este sector.

 

Calles

 

67

(Liborio Mejía Gutiérrez de Lara, Barranquilla (antes Calle del Ahorcado, donde estaba el puente de ese nombre);

 

67A

(Guadalquivir);

 

68

(Lima, Alcázar, o Alcalá);

 

69

(Giralda, Italia);

 

69A

(La Favorita, Macarena);

 

70

(Venecia);

 

70A

(La 5ª.)

 

71

(Lovaina, Gutiérrez de Lara), que es la que da nombre a todo el lugar);

–Al parecer hay una confusión o transposición en los distintos textos que relacionan el nombre del prócer Liborio Mejía Gutiérrez de Lara tanto con la calle 67 como con la calle 71. Para los efectos de nuestro trabajo, dicha precisión no altera el hecho de su ubicación en el barrio de prostitución llamado Lovaina–

 

71 A

(Marengo);

 

71 B

(Lorena);

 

72

(Guillermo Restrepo Isaza o Revienta, como abreviatura de revientaquijadas);

–El apodo de “revientaquijadas”, abreviado en “revienta”, se aplicó a un par de calles en Medellín que tenían la característica de ser muy empinadas, lo que a mediados del siglo XIX suponía estar empedradas o en tierra pisada resbalosa, causando la caída de varios jinetes que transitaban por allí–;

 

73

(Daniel Botero Echeverri);

 

74

(Calle del tango);

 

75

(no existe en Lovaina, sino en el occidente de la ciudad por la Pilarica; aunque hay un pequeño callejón en Lovaina que fue conocido como La Caimanera);

 

76

(la 6ª);

 

77

(Risaloca o la 7ª);

 

78

(Rambla del Bosque);

 

79

(Esquina del movimiento o la 9ª, al cruce con la carrera Bolívar).

 

Ricardo Aricapa dice que en ese sector fueron célebres las casas o ejercientes de prostitución:

 

[Marta "La Pintuco" Pineda, Ligia Sierra, Ana Molina, María Duque, La Negra Marcia Uribe, Aura Uribe, Eva Arango, la casa de Lola "La Polla”, la loca Ester, la Matalote, la Manchada, la Cocuya, Aura “la Pipí” Cardozo. Sus mujeres ostentaban pudorosos escotes y recatadas minifaldas, cuando no estaban forradas con largas batas de raso de colores]

 

Según Simón Posada Tamayo en su artículo “Lovaina y los merengues con preservativos”, publicado por el periódico Universo Centro en su edición #66 de junio de 2015, el negocio de la prostitución por esos lados empezó:

 

https://www.universocentro.com/NUMERO66/Lovainamerenguesypreservativos.aspx

 

El inicio se calcula más o menos a partir de 1925, y existe registro de que para 1927 había cuatro burdeles en Lovaina”.

 

Dice Posada, citando a Spitaletta, que:

 

[El periodista Reinaldo Spitaletta, en su crónica La nostalgia de Lovaina, relata que el expresidente Belisario Betancur visitaba la casa de Esperanza Restrepo y participó en algunas peleas a puño limpio; que el escritor Manuel Mejía Vallejo quedó en calzoncillos apostando su ropa en el juego de la botella; que el periodista Enrique Santos Montejo, conocido como ‘Calibán’, visitó la casa de Ligia Sierra y le dedicó una de sus columnas de prensa, y que Marta Pintuco, quizá la puta más famosa de Medellín, prestó su casa para que en una reunión política se crearan las bases del Frente Nacional]

 

Posada tiene aquí, al parecer, un lapsus de memoria, pues la cita corresponde a “Nostalgia de Lovaina”, del periodista Ricardo Aricapa.

 

Muchos alardean de haber conocido a la legendaria yarumaleña, pero no son muchos los que en la actualidad realmente la conocieron, aparte de que muchos que sí la conocieron lo hicieron de manera superficial y no en la calidad de amigos cercanos que se autoatribuyen.

 

Aparte los mencionados por el artículo de Spitaletta, y de Humberto Escobar Cálad el prendero de la esquina contigua a la primera casa de la Pintuco en Lovaina, sé del periodista Bernardo Hoyos Pérez y del poeta Mario Rivero, que fueron amigos suyos de confianza; el pintor Fernando Botero también anduvo por esos lados; están el arquitecto Hugo Álvarez Restrepo, el cantante Jaime Hernández Sáenz, el poeta Luis Carlos González Mejía, que también fueron amigos suyos, y el médico Jorge Franco Vélez. Fuera de toda duda, don Herbert Geithner que no solo fue su amigo sino su amante, y Rodrigo Sierra el conductor que los dejaba en un motel de la vieja vía a Caldas y volvía al otro día a recogerlos.

 

No tengo informes de más que la hubieran visitado por asuntos de “negocios” aunque, claro, somos muchos los que nos hemos interesado por saber sobre ella y por averiguar y escribir puesto que, a la hora de la verdad, es un tema atractivo como registro de una historia de ciudad que cada vez con mayor celeridad desaparece del recuerdo de las gentes. En mi caso debo reconocer, con toda franqueza, que nunca la vi y nunca visité su casa, a pesar de que anduve por esos andurriales lovainabajeros con remate de carne asada en El Venteadero a la madrugada en la esquina diagonal a su casa. No hay que olvidar que la suya era una de esas “casas a puerta cerrada”, en donde no recibían a cualquiera que se atreviera a tocar el timbre.

 

Volviendo a la época vivida por la Pintuco en Lovaina, digamos que aunque las proxenetas podían también ejercer como prostitutas, algunas eran selectivas en la escogencia de sus admiradores, así las pupilas que administraban estuvieran dispuestas y hasta obligadas a atender a todo tipo de clientela.

 

Al decir del historiador Orozco Guarín:

 

[…Durante la crisis económica de 1930, cuando la ciudad acogió oleadas de inmigrantes, especialmente jovencitas campesinas… Todos ellos recuerdan con nostalgia el esplendor anterior a la década de 1950, cuando la ciudad recibió otra gran oleada de inmigrantes campesinos pobres que llegaron huyendo de la violencia bipartidista que asoló el campo… En esa época las casas de citas fueron escenarios de confluencia y mezcla social. En sectores de población humilde como el que nos ocupa, lograron acoger varones de estratos más altos que gozaban intimidad con jovencitas de extracción popular y campesina… La mayoría de estas muchachas provenían de los pueblos de Antioquia]

 

María Duque Villegas y otras mujeres de ese ambiente fueron retratadas al óleo por el agradecido cliente que fue el pintor Fernando Botero Angulo, con cuadros que se exhiben en el Museo de Antioquia o Museo de Botero.

 

Según el periodista Fabio León Naranjo, antes de los altos vuelos del pintor, que lo llevaron a casarse con la escultora griega Sofía Vari y fijar su residencia en el Principado de Mónaco, en sus tiempos de estudiante de bachillerato fue putañero o frecuentador de prostitutas montañeras que trabajaban en las casas de citas. Era un estudiante pobre por los días en que lo expulsaron del bachillerato de la Universidad Pontificia Bolivariana por escribir un artículo elogiando a Picasso, y se fue a estudiar al Colegio San José de Marinilla, aunque luego se graduó de bachiller en el Ateneo de la Universidad de Antioquia. En esos tiempos tomaba apuntes a lápiz de las mujeres del vecindario, para luego trasladarlos a sus lienzos.

 

Sobre el pintor escribo en el libro “Buenos Aires, portón de Medellín”:

 

[… Contiguo al Teatro Ayacucho vivió Rosita, La gorda de Botero, que se parqueaba para buscar clientes por los lados del Restaurante Cirus, detrás del Hotel Nutibara (Juan del Corral con Paseo de La República o Av. de Greiff), frente al Museo de Fernando Botero en donde un cuadro del pintor le recuerda a Rosita que polvo eres y en polvo te has de convertir, puesto que ella fue la iniciadora en cosas de la vida de muchos de la generación del pintor, en los años cuarenta, y otras que le siguieron. La escultura de la Gorda de Botero en el costado suroccidental del Parque de Berrío también la homenajea… Dice Naranjo que la mujer se sentía orgullosa de haber salido con el pintor Botero, y decía que a él no le cobraba porque era amable con ella. Fabio la reconoció en las pinturas del maestro con lunar en la mejilla, facciones, curvas voluminosas y todo]

 

Hugo Bustillo, conocedor del tema como el que más, recopila los nombres de las pinturas de Botero con las mujeres que conoció en las noches bohemias, según artículo de la página Neonadaísmo 2011 de Víctor Bustamante Cañas (“La Curva del Bosque y 100 años de Antioqueñita / 74 Patrimonio Medellín”), y allí aparece –cómo no– la aludida Rosita:

 

[La casa de María Duque (1972), La casa de Ana Molina (1972), La casa de las mellizas Arias (1973), La casa de Raquel Vega (1975), Amanda (1982), La casa de Amanda Ramírez (1988), Amparo (1979), Teresita (1970), Maruja (1979), Adela (1971), Delfina (1972), Aurora (1972), Rosita (1970), Pequeña prostituta (1982), Rosaura (1986)]

 

El médico Jorge Franco Vélez en su novela “Hildebrando”, y el cantante Jaime Hernández Sáenz en su libro “Lovaina, el barrio del deseo”, se refieren al aludido lugar, y a su ocupante más famosa, conocida como Marta Pintuco.

 

Un artículo con el título “Marta Pintuco está viva”, publicado por Félix Antonio Padilla Bran, director periodístico de la revista Bombazos, en el nro. 2, Dic. 2009/Ene. 2010, revista dirigida por José Neftalí Salazar Agudelo, está dedicado a Marta Teresa Pineda, apodada La Pintuco. Trae un retrato suyo dibujado por Amparo Zapata, de la plantilla de colaboradores de la revista, seguramente basado en alguna fotografía de la madame. Manifiesta el articulista su propósito de publicar un libro con información poco conocida sobre esta afamada mujer, si encuentra un patrocinio para la publicación.

 

Hay otros libros y textos, como algunos publicados en su blog por el periodista Reinaldo Spitaletta, que hablan también de lo mismo.

 

Mi interés por la lectura de la tesis del historiador Orozco Guarín surgió de la búsqueda de información sobre esta legendaria mujer. El suyo es un estudio sociológico o monografía sobre el surgimiento, establecimiento, y permanencia por un largo período del sector prostibulario cuya calle 71 (Lovaina), al cruce con la carrera 50 (Palacé), cambió el nombre a un barrio que muchos llamaron oficialmente por un tiempo San Pedro, que por otro tiempo fue llamado también oficialmente Santiago Pérez Triana, pero que finalmente fue reconocido de manera amplia por el apodo o nombre extraoficial de Barrio Lovaina, sinónimo de casas de lenocinio y vida nocturna con clientela proveniente de toda la ciudad.

 

De la lectura de Orozco Guarín se deduce el hecho natural de que las dueñas de las casas de citas y las pupilas contratadas del sector, en muchos casos, eran mujeres campesinas que habían llegado allí muy jovencitas y agraciadas, o francamente bonitas, por ser las más demandadas y mejor pagadas por esos clientes. Allí no lo dice, o por lo menos no lo dice abiertamente, que hubo también casas surtidas de homosexuales y especializadas en atender a este segmento de consumidor socialmente vergonzante y nocturnamente desvergonzado. Maricas hubo reconocidos y demandados, y los hubo también que trabajaron en esas casas como meseros, como porteros, como mensajeros, como guardaespaldas, y otras labores necesarias para el desempeño de las mujeres que allí laboraban.

 

Caso especial es el hecho de que hubo, según Orozco Guarín, una casa que se especializó en tener a su servicio mujeres feas, atendiendo la evidencia de que hay hombres a quienes les gustan las feas, o que se resignan porque no tienen dinero suficiente para atraer la atención de mujeres jóvenes y bonitas.

 

[La variedad de mujeres era tal, que incluso existieron casas de feas a las cuales algunos hombres se dirigieron con frases como “Voy p´al circo a comerme una osa”… Por otro lado, se comprueba que al sector acudían ladrones para camuflarse entre la muchedumbre, en medio de policías abusadores, corruptos y bebedores”]

 

Ahí sí cabe, con propiedad, el término de “Zona de Tolerancia”.

 

Casa de citas de La Pintuco (I),

Marta Teresa Pineda

–En Lovaina–

 

Este subtítulo es ambiguo, porque no hubo una sino dos casas de citas de Marta Pintuco con sus dos propietarias reconocidas por ese “nombre artístico”.

 

Y no fueron dos sino tres las casas de citas martapintuqueras, porque después de la primera casa en Lovaina con Palacé, Marta Pineda se trasladó para la segunda en Palacé entre Lima y Barranquilla.

 

La primera Marta Pintuco, la original, fue la yarumaleña Marta Teresa Pineda, que recibió el apodo por maquillarse excesivamente con los afeites usuales en la época que consistían en pintalabios, colorete para las mejillas, pestañina, y lápices delineadores de cejas. El exceso de pintura facial le dio el apodo.

 

Sobre esta Marta Pintuco (Pineda) se ha escrito mucho. Ella fue amante del alemán don Herbert Geithner, que en 1939 montó en Medellín el salón de billares y ajedrez Metropol en la esquina nororiental del cruce de la calle Maracaibo con la carrera Junín, donde competía con los billares Maracaibo situados por la misma calle diagonal al Teatro Ópera, y con los billares La Macarena situados en la misma calle detrás del Hotel Nutibara. Fue don Herbert, además, propietario en algún momento del Café Zoratama (o Soratama) en la Avenida La Playa con Junín, donde está el edificio La Bastilla.  

 

Según Rodrigo Sierra, mi vecino de banca en los emboladeros de la avenida La Playa con Junín:

 

“Yo fui su conductor de confianza, encargado de recados y de llevar y hacerme cargo del vehículo después de dejarlos en alguno de los reposos guerreros del camino, tarea que don Herbert me pagaba con generosas propinas”.

 

Dice Sierra que Geithner le puso a doña Marta casa de descanso, retirada de la “oficina en que ejercía las labores del oficio”, y la sacaba a pasear, elegante y bonita como era ella, considerada por Mario Rivero como “la trigueña con las piernas más bellas de la ciudad”. Don Herbert la llevaba en un automóvil Packard descapotable modelo de principios de los años cincuenta, por los parajes de la vieja carretera a Caldas hasta el balneario y bailadero de La Primavera.

 

Sierra oyó decir, en esos dicen que dicen que alimentan el mito y la leyenda de Marta Pintuco, que Herr Geithner era el padre biológico in péctore de la hija de Marta, a quien enviaron a estudiar a Europa. Según le contó a Mario Rivero el periodista cultural Bernardo Hoyos Pérez, que durante un tiempo fue locutor de la BBC, quien se encontró con ella en el aeropuerto Heathrow de Londres, cuando iba para el matrimonio de su hija “con un lord inglés”.

 

Geithner tuvo un hijo con su esposa alemana, que no era conocida por permanecer en la sombra con bajo perfil, alejada de focos y reflectores. El hijo fue Harry Geithner Sr., y se hizo reconocido como hombre de teatro en Medellín y Cali, yendo a parar a México donde vivió muchísimos años y allá murió. Harry Geithner tuvo cuatro hijos, nietos de don Herbert: Catherine y John, los menores; y la pareja de mellizos compuesta por Harry Jr. y Aura Cristina, actores de oficio en el mundo del teatro y la televisión, con actividades alternadas entre Colombia, su lugar de nacimiento, y México.

 

El abuelo Herbert fue, pues, amante oficial de Marta Pintuco Pineda, la original del barrio Lovaina, cuya casa desapareció y en el terreno hay ahora un taller mecánico de latonería y pintura denominado “Los Mellos”, situado en la carrera 50 (Palacé) entre calles 67 (Barranquilla) y 68 (Lima), con placa nro. 67-44. Esta casa quedaba contigua a la de Aurora “La Rumbo”, y diagonal a la esquina del asadero de carnes El Venteadero en Lima con Palacé, que era atendido por la picante negra María Olga, mujer analfabeta que finalizando los años sesenta guardaba sus ahorros envueltos en un pañuelo que metía entre los senos, antes de llevarlos a consignar en la cuenta de ahorros del Banco Popular, dentro de la Plaza de Mercado de Amador en Guayaquil donde yo era su cajero de confianza que le elaboraba los formularios de consignación y de retiro, advirtiéndole que tuviera cuidados con ese envoltorio acunado entre palomas de tanto vuelo:

 

“No se preocupe, mijo, que el que quiera meter la mano ahí sin mi permiso tiene que revolear machete en media calle”.

 

La información sobre la segunda casa de Marta Pintuco me la dio, después de idas y venidas, de vueltas y revueltas, un hombre que me señalaron como “Colorina”, quien se abstuvo de darme su nombre de pila pero me dijo que a mediados de los años sesenta fue desplazado por la violencia desde su vereda minera en Amagá, donde perdió a padres y hermanos y parentela conocida. Siendo adolescente llegó a la casa de Marta Pintuco, que lo acogió y le dio techo y comida, y lo puso a trabajar de mensajero, portero, vigilante, perseguidor de conejos y cobrador de vales. “Estuve en esa casa, hasta que se acabó”, me dijo. Él me señaló el lugar preciso, y a falta de informantes más veraces considero que su testimonio es el más fiable de los alrededores.

 

Esta casa que ahora es el taller Los Mellos fue construida sobre un terreno de 22,5 x 10 mtrs y, al decir de la revista Bombazos:

 

“Estaba conformada por seis alcobas, dos patios techados, cocina, comedor, un largo corredor, y un garaje. Fue administrada diligentemente por una anciana rubia y delgada, a quien los clientes le decían cariñosamente “Emita”. Ayudaba también en dicho establecimiento un marica famoso de nombre Darío de la Paz, apodado “Merchán”. En la misma un portero recibía a los clientes, pues era a puerta cerrada. Golpeaban, y eran atendidos por el solícito empleado que no le abría a cualquiera”.

 

Bombazos confirma que ella vivía en otros lugares diferentes de “la oficina”, y que años después de vivir con el alemán en casa particular, ella vivió en la carrera Junín, también en El Poblado, y terminó sus días viviendo en Bogotá:

 

“Diferente a lo que dicen algunos, esta matrona se instaló en Lovaina y no se movió más de allí, y esto desvirtúa la afirmación de que tuvo negocio cerca de la fábrica de Pintuco, aunque sí se supo de otra señora de nombre Marta que también fue proxeneta y tuvo su centro de operaciones en ese lugar… Nada que ver la de Lovaina con la de la fábrica Pintuco… Marta Pintuco Pineda fue una de las propietarias de lenocinios que se negaron a abandonar a Lovaina cuando el decreto 517 del alcalde Luis Peláez Restrepo obligando el traslado al barrio Antioquia… Aunque Marta Pintuco Pineda no fue millonaria, sí tuvo un buen estatus económico que le permitió vivir en los sitios in de la época… En un edificio que fue demolido hace años, ubicado en Junín entre Ayacucho y Pichincha, llegó a tener un suntuoso apartamento, contiguo a una famosa sastrería… Llegó a poseer en El Poblado propiedades, y además una limusina con conductor uniformado a bordo…”.

 

Dice Bombazos que:

 

El nombre de Marta Teresa Pineda aparece registrado en la página 301 del directorio telefónico de 1955, referido a su propiedad o negocio de la Cra 50 (Palacé) nro 67-44 (Barranquilla), con el teléfono 445041… Ella fue en su plenitud una mujer trigueña clara muy atractiva, con ligeros rasgos de mulata, gran sexappeal… los que la conocieron definían su perfil como espigada, troza, de cabello castaño claro, tirando a rubio, y cuerpo bien torneado…”.

 

Y agrega el articulista que el poeta pereirano Luis Carlos González tuvo un romance prolongado con ella y le compuso, junto con el músico Enrique Figueroa, un bambuco titulado “Muchachita parrandera”, que fue grabado por el dueto de Espinosa y Bedoya:

 

"Quieres parecer festiva,

muchachita parrandera,

y llamas a la quimera

pomposamente, tu vida.

Es queja que nunca olvida

tu amargado corazón..."

 

En el artículo sobre las Ninfas, con el subtítulo “Era Marta la reina”, Bustillo dedica un párrafo especial para referirse a la famosa Marta Pintuco (Pineda), diciendo que:

 

“Caso aparte merece Marta Pineda, La Pintuco, en sus posadas de Lovaina y Lima, al cruce con Palacé. Innovó con los álbumes fotográficos, con sus esmeradas atenciones, y con los cantos operáticos para sus clientes”.

 

El artículo de Bustillo dice que Marta Pintuco Pineda tuvo su casa ubicada primero en la calle Lovaina al cruce con la carrera Palacé, y luego la trasladó a la carrera Palacé entre carreras de Barranquilla (o Liborio Mejía) y Lima, que corresponde al lugar donde ahora está el taller mecánico de Los Mellos.

 

Mirando el planograma de Orozco Guarín en la página 276, aparece la casa de Marta Pintuco (Pineda) contigua a la Prendería Lovaina, lugar de trabajo de Humberto Escobar Cálad. La prendería de Escobar estaba en la esquina de la calle 71 (Lovaina) al cruce con la carrera 50 (Palacé), con nomenclatura #50-01, y la casa de Marta ostentaba el #50-09 en la entrada (en la actualidad hay allí un supermercado y legumbrería barrial llamado “Superofertón”.

 

Después de la casa de Marta en la calle Lovaina, por la misma acera, estaban las de sus vecinas contiguas Ligia Sierra y Tulia Arias. Al frente, arriba, abajo, y a los lados, había muchas otras casas de citas, según el planograma citado.

 

Dice la revista Bombazos que:

 

“No obstante que la preparación académica de nuestra protagonista sólo le alcanzó hasta la escuela primaria, se caracterizó por ser una persona muy inteligente y amable… cuando la trataban por las buenas”.

 

La aclaración es pertinente porque, lejos de ser apocada o sumisa, tenía una personalidad recia y de temple, necesaria para la administración de mujeres rebeldes y pendencieras como las que a veces tuvo que sortear.

 

Era afamada la cultura de esta mujer, que le permitía sostener conversaciones con intelectuales de alto coturno, pero no sabía que sus gustos musicales la llevaran a poner cantos operáticos en la rockola para sus clientes, aunque sí se supo que a veces propiciaba presentaciones musicales en vivo, como fue el caso del cantante de boleros Jaime Hernández Sáenz, su amigo, que escribió un libro sobre Lovaina, o tríos y duetos reconocidos de serenata que fueron contratados para tocar allí.

 

También me sorprende leer que fue ella la innovadora del truco de hacer álbumes con las fotos de sus pupilas que no podían estar presentes por ser estudiantes o amas de casa, “Pero bien pueda, mijo, escoja la que quiera que yo se la hago llamar. Eso sí, tiene que pagar su tarifa y los gastos de la traída”. Los clientes adinerados no patinaban por minucias.

 

En el artículo de Bombazos se afirma que:

 

“Las mejores agrupaciones musicales de la época, como Espinosa y Bedoya, el Dueto de Antaño, y el Trío América, entre otros; incluyendo grandes íconos del pentagrama internacional de la talla de Leo Marini y Daniel Santos, deleitaron en ese lugar a los presentes con los éxitos del momento… y ella también, dado su amor por la música y dotes artísticas, llegó a grabar varias canciones con su voz en el acetato”.

 

Creo que el articulista la confunde con su vecina y colega Aura “la Pipí” Cardozo, que sí fue cantante, autora de música, y grabó por lo menos un par de temas suyos en el sello disquero Lyra de los hermanos Luis y Rafael Acosta, que tenían su empresa precisamente en el vecindario de Palacé con Lovaina. La Pipí Cardozo fue buena amiga de don Hernán Restrepo Duque, quien la promocionó en medios artísticos.

 

Cardozo es reseñada por el Dr. Alberto Burgos Herrera en el libro “Aquí también se canta el tango”, indicando que los dos discos de su autoría que grabó con acompañamiento de Los Tumaqueños fueron el vals “Triste desilusión” y el tango “Cruel desengaño”; aparte otras grabaciones con temas de distintos autores como “El adiós del negro”, con letra de Candelario Obeso y música de Jorge Áñez.

 

Orozco Guarín en su libro trae una anécdota recogida de las noticias de prensa donde registra que:

 

“La mujer de veinte años de edad, Nubia Rodríguez, que vive en una casa de lenocinio situada frente al Bosque de la Independencia, fue gravemente herida con una varilla de hierro por su compañera de juerga, la mujer Carmen Palacio. Dice el Inspector Primero Municipal que esta riña se suscitó en momentos en que ambas mujeres se encontraban embriagadas, y fue el motivo insignificante de que la Rodríguez se mostró reacia a escuchar unas canciones que deseaba interpretar una tercera mujer… que apodan La Pipí (Aura Cardozo)”.

 

Bombazos dice que:

 

“Por su condición de proxeneta, Marta Pintuco Pineda llegó a tener diferencias irreconciliables con unas tías conservadoras y recatadas, que no la aceptaron como tal… pero fue ella extremadamente generosa, y tuvo buenas relaciones con su madre y otros parientes cercanos… amén de estar al tanto de las necesidades de su progenitora y de su enfermedad, hasta que falleció”.

 

En el artículo de Bombazos, publicado en enero de 2010, el autor Félix Antonio Padilla Bran termina diciendo que:

 

[Marta, en la cima de su senectud, reside actualmente en la capital colombiana, en el sector del viejo Bogotá, y a pesar de no haber logrado hacerse a una jubilación, pero gracias a que con sus ahorros adquirió el apartamento que le podrá garantizar el techo por el resto de sus días, allí sigue recibiendo ayuda de sus familiares, nietos, y algunos viejos clientes que hoy son camanduleros y prostáticos, pero que conservan con ella una gran amistad y gratitud. De esa manera, sostiene su afiliación a una EPS y puede llevar una vida digna, lejos del bullicio que otrora fuera la razón de ser de su “colegio de señoritas regulares en conducta”… Quebrantos de salud, propios de los años, la obligan hoy a depender de un tanque de oxígeno, circunstancia que no le ha bajado la autoestima en ningún momento sino que, todo lo contrario, es una mujer agradecida con la existencia y, quién lo creyera, todavía vive para contarlo]

 

No hay registro periodístico de que la matrona haya fallecido y presumimos que sigue viva, en cuyo caso en este año de 2026 debe ser una mujer que bordea los 105 años de edad.

 

De los muchos escritos sobre esta matrona de la vida bohemia de la ciudad, destaco el artículo de Oscar Domínguez publicado en la revista “El Malpensante” con el título “Una madame a lo paisa”:

 

https://elmalpensante.com/articulo/3548/una-madame-la-paisa

 

En su trabajo de Tesis Orozco Guarín cita el libro “Ayer y hoy, Guayaquil por dentro”, de Octavio Vásquez Uribe, reportando la llegada de Marta Pineda al sector de Lovaina a mediados de la década de los años treinta (por el año 1936 aparece el apodo de Pintuco en informe de control profiláctico de la Secretaría de Salud), cuando se establecieron en el sector unas casas de diversión de diferente característica.

 

Las dueñas de casas de diversión no eran incultas o escandalosas. Por el contrario, se caracterizaban por su amabilidad y prudencia en el tratamiento a la clientela”.

 

En este sentido, dice Orozco Guarín:

 

“El periodista Vásquez Uribe destaca la popularidad alcanzada por “La Mona Plato”, Pola Vanegas, “La Polla”, Matilde, “La Rumbo”, “La Billú” (Bijou), “La Pipiola”, Ana Molina, y “La Pintuco”, entre otras cortesanas de esa primera época del esplendor de Lovaina”.

 

La cultura y buen trato a la clientela caracterizaron el sector, en contraste con lugares menos selectos.

 

Dice Orozco que algunos clientes llegaron al barrio Lovaina bien trajeados, con billeteras abultadas, y montados en lujosos vehículos, para convertirse tiempo después en viciosos callejeros de acera, mal vestidos, sin un peso, y sin patrimonio. En el testimonio que le dio Nora Jaramillo, residente del sector, aparecen apellidos prestigiosos de la ciudad como los Posada de Postobón, los dueños de Mora Hermanos, los Bedouts, los Echavarría textileros, congresistas, concejales, gobernantes. La crema y nata también pasó por esas calles probando las delicias de los pecados ocultos, y el artículo de Reinaldo Spitaletta detalla que donde Marta Pineda se reunieron los políticos que sentaron las bases de lo que sería el Frente Nacional para poner fin a la violencia política del país.

 

Entre los personajes legendarios del sector Orozco relaciona con detalles a Raúl Mora de la Hoz, hijo calavera de don Jesús Mora Carrasquilla, que solo iba a su casa “y al Club Unión” a buscar dinero para seguir gastando en las calles de Lovaina.

 

Dice Bombazos:

 

“Diferente a lo que dicen algunos, después de que la matrona Marta Pintuco Pineda se instaló en el sector de Lovaina, no se movió más de allí, y esto desvirtúa la afirmación de que tuvo negocios cerca de la fábrica de Pintuco; aunque sí se supo de otra señora de nombre Marta Rojas que también fue proxeneta y tuvo su centro de operaciones en ese lugar… Nada qué ver con la Marta Pintuco de Lovaina… Marta Pintuco Pineda fue una de las propietarias de lenocinios que se negaron a abandonar a Lovaina cuando el decreto 517 del alcalde Peláez obligó a muchas a emigrar al barrio Antioquia…”.

 

A propósito de Marta Pineda, La Pintuco, salió a relucir en este artículo el nombre de Aura “La Pipí” Cardozo y surge la pregunta: ¿Qué sería de ella?

 

Simón Posada Tamayo en su artículo publicado en Universo Centro dice:

 

[En una ocasión, peleé con mi papá porque no me quería dar cuatro mil pesos para comprar un libro de Indiana Jones, y fue Aura Cardozo minutos después, sin que nadie se diera cuenta, quien me puso en la mano un billete enrollado de cinco mil pesos… Según me cuenta mi abuela, era desprendida y le pagó la universidad en España a un muchacho del que se enamoró; pero dice que no sabe qué pasó con Aura. La última vez que la vio, habitaba una casa enfrente de Policlínica; y vivía de arrendar habitaciones a inquilinos que le robaban cosas de su cuarto]

 

Casa de citas de La Pintuco (II),

Marta Rojas

–En el barrio Colombia–

(Clle 29 con Cra 44, frente al Centro

Comercial Premium Plaza, antigua

fábrica de pinturas Pintuco)

 

Muchos medellinenses de nueva generación afirman haber conocido a Marta Pintuco y haber visitado su casa del barrio Colombia, pero ignoran ellos que esa era otra Marta Pintuco, la segunda, y no la original. Esta Marta Pintuco era de apellido Rojas, y el apodo le vino por la fábrica frente a su casa cuya puerta de entrada, curiosamente, se conserva todavía del mismo color azul de metileno. No tiene placa en la entrada, pero se reconoce por estar situada en la esquina de la carrera 44 #28-36, que ocupa la empresa Plastextil en la Avenida 29 (Pintuco).

 

Doña Marta Rojas tenía su negocio en el barrio Colombia desde antes de que le acomodaran el apodo de Pintuco, pero su residencia en el barrio Estadio por los lados de la canalización, en el sector ubicado entre los edificios Obelisco y Fratelli, hasta que por los años se cansó de seguir batallando con muchachas díscolas y optó por cerrar, coincidiendo con la necesidad de don Levi y don Natanael Srebrenica Chaikiu, dueños de Plastextil, de adquirir el pedazo que faltaba para completar la propiedad de toda la manzana. Firmaron promesa de compraventa, y dicen las lenguas maledicentes que vieron al par de señores salir orondos de la casa de Marta Pintuco. Adquirida su propiedad, tumbaron paredes por dentro y solo dejaron la puertecita azul, que continúa como en los tiempos de esplendor, aunque ya no se ve el timbre en la puerta para los visitantes.

 

Hemos visto, por testimonio del periodista Octavio Vásquez Uribe, que el apodo de La Pintuco para Marta Pineda en el sector de Lovaina proviene desde mediados de la década de los años treinta. Entonces, ¿De dónde proviene el mismo apodo para doña Marta Rojas en el barrio Colombia?

 

Según contó don Gustavo Rodas Isaza a su nieto Julio César la casa de lenocinio del barrio Colombia existe desde principios de la década de los cuarenta, aunque no sabemos si ya desde entonces era propiedad de doña Marta, o de otra persona.

 

En la historia de la fábrica Pintuco se reseña que:

 

[Para los años 40, don Germán Saldarriaga del Valle ya era un hombre de negocios consolidado, y fue entonces cuando, junto a su hijo Alberto y con el respaldo de la multinacional Grace & Cía., fundó en 1945 la Compañía de Pinturas Colombianas S.A., conocida como Pintuco. El objetivo era claro: dejar de importar pinturas desde Estados Unidos y Europa, y producirlas en Colombia, generando empleo e innovación. Nace Pintuco de la mano del paisa para pintar la industria nacional en una época en la que el país dependía casi por completo de productos importados para el sector de acabados y construcción, y Pintuco representó un cambio de mentalidad. En 1952, la compañía lanzó la primera pintura mate base caucho, una revolución para el consumidor local. En 1954, construyó la primera planta de lacas nitrocelulósicas del país, lo que la posicionó como líder en tecnología de pinturas]

 

Esto nos lleva a deducir que la fábrica construida en el barrio Colombia en 1952 le cambió el nombre a la matrona Marta Rojas, pero su negocio ya existía desde años antes.

 

Sin embargo, en el cruce de testimonios sobre esta matrona salió a relucir la aclaración de Hugo Bustillo diciendo que:

 

Yo conocí a esa otra señora, muy bonita por cierto, que se apropió del apodo de Marta Pintuco en el barrio Colombia, pero ella tenía realmente el nombre de Elisa y se lo cambió para adoptar el nombre de Marta Pintuco, por razones de mercadeo”.

 

En resumidas cuentas

 

Cuando le hablen de Marta Pintuco, haga la precisión de si se refieren a la de apellido Pineda en el barrio de Lovaina; o a la de apellido Rojas en el barrio Colombia.

 

Son dos, y no hay que confundirlas.

 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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