domingo, 23 de abril de 2017

201. Gabo -GGM-, melómano empedernido

DÍA DEL IDIOMA

(Nota introductoria:
El 23 de abril de cada año se celebra el Día del Idioma Español. Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Marco Fidel Suárez, Manuel Mejía Vallejo, el Inca Garcilaso de la Vega, Teresa de la Parra, Josep Pla, Mircea Eliade, y Alejo Carpentier, entre otros, están vinculados con esta fecha en sus hitos biográficos de nacimiento o muerte. Es este un momento propicio para hablar de Gabriel García Márquez, nuestro Premio Nobel de Literatura, y su relación con la música; porque, como se sabe, él era un melómano que gustaba de ella, y la disfrutaba, y sabía del tema; lo que encaja para hablar de ello en la Tertulia Musical de Amigos del Salón Málaga, que el 7 de marzo de 2017 celebraron 10 años de estar reuniéndose en este tradicional lugar de Medellín para hablar sobre su afición).

1. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y LA MÚSICA

Gabriel García Márquez, GGM, era don Gabriel para sus colaboradores, el maestro Gabriel para sus discípulos, García Márquez Gabriel para los registradores del estado civil, García Márquez para los admiradores, y simplemente Gabo para sus íntimos y para los que nunca lo tratamos pero somos un poquito confianzudos. No es el único escritor colombiano de su generación, pero sí es uno de los grandes; a despecho de quienes no lo admiran, que también los hay. Por cierto que si el cubano Alejo Carpentier no se hubiera muerto el 23 de abril de 1980, el Premio Nobel de Literatura hubiera sido para él y no para García Márquez.

Debo hacer una advertencia. Algunos son partidarios de la norma de respetar las palabras de las personas tal como salen de su boca o como las escriben (sic); mientras unos pocos opinamos que no siempre hay que tomar las cosas textual o literalmente. Yo defiendo mi tesis, y la aplico, en el sentido de que lo importante no es la forma como se dice, sino el fondo de lo que se quiso decir “según el contexto”. Para interpretar lo que dice el otro, es muy importante tener en cuenta el contexto. Pongo un ejemplo: si alguien, al responder una entrevista escrita, escribe la expresión “me llega al corason”, con ese y sin tilde; para mí es evidente que lo que quería escribir era la palabra “corazón”, con zeta y con tilde, y así la escribo en la transcripción que yo hago. Tal vez no tenga importancia, o tal vez sí, pero cuando Jesucristo dijo que “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que un rico entrar en el reino de los cielos” (Mateo 19:24), no se estaba refiriendo al ojo de la aguja de una máquina de coser Singer, sino a la ventana ovalada en los torretes por donde los camelleros les hacían meter la cabeza a los camellos para que comieran el pasto, y cuando se reducía el montículo los camellos hacían esfuerzos por meter el resto del cuerpo para alcanzar las últimas briznas. No me voy a poner en la tarea de corregir los Santos Evangelios, pero sé lo que Jesús quiso decir aunque, como dijo García Márquez, refiriéndose a otra cosa, “… eso es inexacto; pero para mí las cosas de los historiadores no me interesan verdaderamente… no hay nada de malo en forzar un poco la Historia”. Y en sus memorias tituladas “Vivir para contarla” dijo también que “La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”, lo que equivale a decir que “Las cosas no son como sucedieron, sino como uno las recuerda”.

García Márquez y la música es un tema que ya ha sido estudiado, y sobre él di una charla hace un tiempo en la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia; y, en abril de 2014, publiqué un artículo en mi blog Postigo de Orcasas con el título: “46. Gabriel García Márquez y la música, –homenaje a Gabo–”, artículo que es la esencia de estas charlas.

Gabriel García Márquez en su artículo “Bueno, hablemos de música”, publicado el 1º de diciembre de 1982, escribió que “Lo único mejor que la música, es hablar de música”. Este comentario es recogido por muchos y citado tal cual, entre ellos el periodista Jaime Andrés Monsalve Buriticá para la revista Cromos en artículo publicado el 19 de abril de 2014 con el título de “Gabo y la música”. Pienso que esta es una ligereza del Nobel porque no le veo sentido lógico a que sea mejor hablar de música que oírla, y que lo que él realmente quería decir era que “Lo único mejor, después de oírla, es hablar de música”. Para mí, oír música tiene que ser mejor que hablar de ella. Primero, lo primero.

[Ver el video # 1 con el tango “Volver”, de la película “El día que me quieras” de 1935, filmada por Carlos Gardel en los Estudios Paramount de los Estados Unidos]:


2. DR. LUCIANO LONDOÑO LÓPEZ: 
EL TANGO Y GARDEL EN LA OBRA DE GARCÍA MÁRQUEZ

Me interesé en el tema, en primer lugar, a raíz de una conversación que sostuve con el Dr. Luciano Londoño López, quien publicó el artículo titulado “El tango y Gardel en la obra de García Márquez”, en el que recoge apuntes de lectura relacionados con este género musical, artículo que puede leerse en el siguiente enlace:


De ese trabajo he recogido información que comparto con ustedes en este subtítulo, y en él refiere el Dr. Lucio que el mismo día en que salió la novela “El amor en los tiempos del cólera” él la adquirió y la leyó en dos días, escribiendo a varios medios periodísticos para advertir que no es cierto que Carlos Gardel hubiera estado en Colombia en el año de 1914, como dice la novela. Eso le valió un regaño anónimo de García Márquez en un reconocimiento público que hizo al periódico El Tiempo:

…El libro apenas había aparecido cuando alguien me reprochó que por ahí aparece Gardel en Colombia alrededor de 1914, y que eso es inexacto; pero para mí esas cosas de los historiadores no me interesan verdaderamente. Gardel es un ídolo enorme en Colombia, muy querido y venerado (…) y su fama empezó muy temprano. Quizás diez años después, pero eso no importa; no hay nada de malo en forzar un poco la Historia y poner allí a Gardel”.

En realidad Gardel estuvo en Colombia veinte años después de 1914, por una sola vez, en el año de 1935.

En su biografía “Vivir para Contarla” habla García Márquez, según reseña Luciano, de la muerte de Gardel. Dice allí que días antes él había cantado, acompañado de unas señoritas Echeverri, pianistas bogotanas, el tango “Cuesta abajo”. Eso nos muestra a García Márquez en la faceta de cantante de ¡tangos! Toda una novedad. De hecho es una novedad saber que Gabo cantara en público; pero se sabe también que en algún momento lo hizo para ganarse la vida en París. Yo hubiera creído que, como cantante, era malo y desafinado, pero no. Gabo le dijo al periodista cubano Rafael Lam, que él se había ganado la vida por unos días cantando rancheras en el Cabaret L´Scala de París, y de la experiencia de los malos tiempos queda un disco grabado a dúo con el novelista mexicano Carlos Fuentes y con intervención de Julio Cortázar cantando un tango para ese disco. Vender CDs con la voz de uno ya es meritorio, y oí decir que en ese entonces lo hicieron cantando ¡rancheras! Tal CD debe ser una joya de colección que no muchos deben tener en su poder, y no hay señales de él en You Tube.

Florentino Ariza, el personaje del “Amor en los Tiempos del Cólera”, le reconoció al Dr. Juvenal Urbino que él era admirador de Carlos Gardel “Que está de moda”. Dijo Gabo en “Vivir para Contarla” que: 

“Mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel, que contagiaron a medio mundo. Me hacía vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda, y no necesitaba demasiadas súplicas para que soltara un tango a todo pecho”. 

En esta autobiografía habla Gabo de haber visto “las películas argentinas de Gardel y Libertad Lamarque”, pero no contó con el ojo avizor del Dr. Lucio que con toda razón afirmó que “La única película argentina de Carlos Gardel es "Flor de durazno" (Buenos Aires, 1917), la cual es muda. Es casi seguro que en Colombia nunca se vio”. Obviamente no se trataba de las tan conocidas diez películas de Gardel cantando, que se filmaron por Estudios Paramount en Francia y Estados Unidos; ni de los diez cortometrajes (especies de videoclips de tangos dramatizados) que se filmaron en Argentina en el año de 1930, porque ese ya es otro cuento. 

Habla García Márquez de Guillermo Granados, su condiscípulo de bachillerato en Zipaquirá, que “daba rienda suelta desde el amanecer a sus virtudes de tenor, con su inagotable repertorio de tangos”. 

En “Textos Costeños”, dice García Márquez que: 

“Medellín es una ciudad aficionada al tango. Creo que en ningún otro lugar fuera de la Argentina tiene más acogida esa música trágica en la que siempre muere alguien, y no precisamente de muerte natural”. 

En “Julio Cortázar, el argentino que se hizo querer de todos” dice Gabo que: 

“…Lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vedada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo”. 

Aquí hace un reconocimiento de ser un dedicado escuchador de tangos, lo que le permitió aprender a entender el lenguaje lunfardo.

En “Memoria de mis putas tristes” dice el personaje de García Márquez que:

“Cantábamos... boleros de Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar (…)". 

En esta misma novela el personaje habla de: 

“Una noche de carnaval en que bailaba un tango apache con una mujer fenomenal, a la que nunca le vi la cara”.

[Escuchar a “Juancito Trucupey” (corte #1), de Luis Kalaff, interpretado por Celia Cruz con la Sonora Matancera, uno de los temas que le gustaba a Gabo]:


3. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y LA MÚSICA, ARTÍCULO NRO. 46 DEL BLOG POSTIGO DE ORCASAS

Dijo alguien y los demás repetimos, porque es verdad:  

“La grandeza de Gabo es su universalidad”.

Cuando leo, escribo, o duermo; es decir, casi todo el día; me gusta oír música clásica de la emisora cultural Radio Bolivariana FM Estéreo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, por una razón: no me distrae de mis actividades, no me interrumpe… Me explico: si estoy en sueño profundo a medianoche y suena Celia Cruz con la Sonora Matancera golpeando mi cerebro con su “No sé qué tiene tu voz que fascina, no sé qué tiene tu voz, tan divina”… se me espanta el sueño y los ojos se abren como dos pepas de asombro. Si estoy escribiendo o leyendo, se me escapan las ideas porque la voz de esa mujer lo llena todo–. Me llamó la atención una entrevista que le hicieron (Tintas y tintos de UN Radio, la emisora cultual de la Universidad Nacional de Bogotá) al polémico y provocador escritor colombiano, residente en México desde hace cuarenta años, Fernando Vallejo. Es fanático de la música clásica de Christoph Willibald Glück que lo acompaña, junto con los perros callejeros que recoge en su soledad ahora que se enclaustra en su apartamento. Pero la música que le llega al alma, la de oír cuando no lee ni escribe, es la de la Sonora Matancera acompañando los boleros de Daniel Santos y Bienvenido Granda. ¡Quién iba a pensarlo!

Me sorprendió escuchar que a Gabo le pasaba lo mismo. De oír música clásica cuando escribía. Y reconoció haber sido acompañado por la música de Los Beatles cuando escribía “Cien años de soledad”. 

En “El amor en los tiempos del cólera” hace referencia a “La Chasse”, de Mozart, a “Don Giovanni”, a “Tannhaüser”, a “La muerte y la doncella”, de Schubert. En otro lugar se refiere al canto desgarrador de “In questa tomba oscura” y al vals de “La diosa coronada”, vallenato de Leandro Díaz al que está dedicada la obra; al aria “Adiós a la vida”, de “Tosca”, a Enrico Caruso y su capacidad de romper cristales con la voz y a “When wake up in glory”, canto funerario de Louisiana. En alguna ocasión escribió un artículo o crónica periodística sobre el vallenato y en otra escribió sobre el bolero, según me dicen. También escribió el artículo “Bueno, hablemos de música” que fue publicado en la revista “La Canción Popular #19 de 2005”, en Puerto Rico.

“Pienso que la música popular también es culta, aunque de una cultura distinta, pero si sólo pudiera llevarme un disco a una isla desierta, no dudaría un solo instante: La Suite #1 para chelo, de Juan Sebastián Bach”.(1)

[(1). Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico].

[Escuchar “La piragua” (corte # 2), cumbia de José Barros, interpretada por Barros con Los Gavilanes de El Banco].


Muchos quisiéramos ganar el Nobel para tener dinero y ser famosos. El sueño de Gabo –reconoció en Caracas a Manuel Mejía Vallejo cuando éste ganó el Premio Rómulo Gallegos– era otro:

“Aspiro a ser un hombre común y corriente”.

No podía serlo. Lo perseguía una nube de periodistas y mariposas amarillas como la doña Maribucha que se inventó Guillermo Díaz Salamanca:

“¡Ay, Gabito!, ya que estás por aquí, ¿por qué no nos regalas tu autógrafo en esta servilleta?”.

Esto de la servilleta no me lo estoy inventando. Le pasó con un pasaporte, según lo cuenta Ignacio Martínez Medina en su libro, citado por Oscar Domínguez Giraldo en su artículo “El otro Nobel colombiano” de El Espectador.com:

http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-otro-nobel-colombiano-articulo-392156

En su libro, la lengua triperina de Nacho pone en boca del nieto del coronel esta airada reacción ante el acoso de un colombiano que lo instaba a que estampara la rúbrica en su pasaporte: 

– “Yo acabo de firmar 250 libros de Cien años de soledad para entregar aquí, ya les escribí el Nobel, y ahora ¿Tú quieres que te firme el pasaporte también?”. 


Y Gabo… ¡Se negó!”.

Un hombre que tenía pensado ir a recibir el Premio Nobel y a hacerle venias al Rey de Suecia vestido con camisa guayabera caribeña, pero se decidió por hacerlo con el traje llanero liqui liqui; y que se hizo acompañar de Rafael Escalona y los Hermanos Zuleta, no sólo se habrá pegado quién sabe cuántas escapadas a contratar merenderos vallenatos, sino que fue acunado por la música de acordeones y guacharacas. No hay que dudarlo. Antes del premio podía hacerlo, pero después no. De El Universal de Cartagena tomo este párrafo: 

“Ser Gabriel García Márquez debe ser muy difícil. Quizá le es igual de incómoda la sapería o lagartería de nacionales y extranjeros, que la inquina de sus detractores. Durante el almuerzo de la Sociedad Interamericana de Prensa en Cartagena, fue asediado de manera inmisericorde, grotesca, por una fanaticada que no lo dejó en paz ni un minuto. No dudamos de que en privado ha recibido propuestas y peticiones abusivas de quienes se esperaría delicadeza. Es suficiente para mosquear hasta al más ecuánime”.(2)

[(2). Editorial de El Universal, de Cartagena, miércoles 28 de marzo de 2007].

De ahí su explicación de por qué no volvió a visitar su natal Aracataca, dada a Heriberto Fiorillo en México en entrevista publicada por Cromos y El Espectador con el título de “Gabo, un día después del Nobel”:


“Fíjate, sin embargo, que yo podría llegar a Aracataca de la manera más natural, y visitar gente y amigos. Pero, ¿tú sabes lo que es estar en una casa y todo el pueblo en la puerta viéndolo a uno ahí sentado? Yo soy muy tímido para esa vaina”.

Cómo sería la cosa para un hombre de ochenta años que empezaba a arrastrar los pies, que a raíz de la celebración de esa semana en Cartagena, con Congreso de la Lengua y reyes de España a bordo, hicieron una fiesta con todo lo que vale y pesa de Cartagena; lo más granado de la sociedad, como se dice. Asistieron 400 invitados y el único que no llegó fue él.

Me cuentan que estando una vez en el Aeropuerto de Barajas en Madrid, una admiradora lo reconoció en la sala de espera y le dijo:

“Maestro, es usted el más grande poeta de la lengua”.

Se lo topó de buen humor. 

“No, señora, los grandes poetas de la lengua son los juglares del pueblo. Óigame esto”: 

“Me contaron mis abuelos que hace tiempo / navegaba en el Cesar una piragua / que partía del Banco, viejo puerto / a las playas de amor en Chimichagua. / Doce bogas con la piel color majagua, / y con ellos el temible Pedro Albundia, / le ponían a sus remos en el agua / un melódico crujir de hermosa cumbia”.

Chispas quedaría viendo la señora extranjera mientras averiguaba dónde diablos queda Chimichagua, quién diablos era el temible Pedro Albundia, y cómo diablos es la piel color majagua. 

“Perdí la amistad de algunos escritores sin sentido del humor porque declaré en una entrevista –pensándolo de veras– que uno de los grandes poetas actuales era mi amigo Armando Manzanero”.3

A Gabo le hubiera gustado escribir “Pedro Navajas”, de Rubén Blades, según dijo; y con seguridad también “Juanito Alimaña”, de Tite Curet Alonso:

“Me alegra comprobar, por otra parte, que mi pasión por la música del Caribe está bien correspondida”.(4)

[(3-4). Artículo Bueno, hablemos de música. (op. cit.)].

Encontré en “El coronel no tiene quien le escriba” una expresión de músicos. A nosotros nos puede parecer que entre la orquesta falta el flautista de la semana pasada, o el trombón del otro domingo, pero Gabo dice con términos de conocedor:

De “El Coronel no tiene quién le escriba”:
(…)

Mirando la banda de músicos Aureliano (El Coronel…), “Volteó la cabeza y se encontró con el muerto… envuelto en trapos blancos y con el cornetín en las manos. Pero no lo reconoció porque era duro y dinámico y parecía (dentro del ataúd con el instrumento de cobre, debiendo estar entre la banda)... tan desconcertado como él… La banda inició la marcha fúnebre. El coronel advirtió la falta de un cobre y por primera vez tuvo la certidumbre de que el muerto estaba muerto”.  (páginas 6 -7)

Para decirle “cobre” a una corneta, y para distinguir que se trata de un cornetín, se necesita ser músico así sea de oídas. 

[Escuchar “Jaime Molina” (corte # 3), vallenato de Rafael Escalona interpretado por Carlos Vives]:


Alguna vez Gabo reconoció a Marco Aurelio Álvarez de Radio Cadena Nacional RCN su admiración por la Sonora Matancera y en especial por Bienvenido Granda a quien no sólo admiraba enfundado en sus guayaberas caribes, sino que hasta lo imitaba con su bigote que escribe. La admiración de Gabo por la música de la gente caribe fue grande y viceversa, él mismo lo reconoce. Tenía que serlo. Uno no puede vivir temporadas en México y en Cuba sin oír música todo el día y en todas partes, sin impregnarse de melodías de pueblo. A cualquier niño que nazca, crezca, y envejezca en la Costa Caribe colombiana, llámese Aracataca, Barranquilla, o Macondo, le es imposible hacerlo a punta de canciones de cuna gregorianas con esa mano de vecinos compitiendo a cual pone sus vallenatos a mayor volumen. La primera música que Gabo mamó fue el vallenato, de eso no nos quepan dudas. Y eso cuando aún no había sido llevado por su abuelo el coronel Nicolás Márquez a conocer el hielo y la música no se oía en discos sino de viva voz con acordeones regados por todos lados y guacharacas. 

Escalona habla de su amigo Gabo. Hay una foto en la que aparecen los dos con Álvaro Cepeda Samudio y el pintor Jaime Molina al que Escalona dedicó su vallenato (“Recuerdo que Jaime Molina me dijo que si yo moría primero él me haría un retrato, pero que si él moría primero le cantara un son”):

“Gabo y yo nos conocimos cuando estábamos en edad de mirar muchachas… Es uno de los mejores cantantes de vallenato que yo haya conocido. No lo digo por complacerlo, sino porque en nuestras parrandas en Valledupar y en La Guajira, aunque él era flojo para asuntos de trago, se emocionaba mucho y de pronto se ponía a cantar… Un día nos encontramos en Barranquilla y me invitó a La Cueva, donde se escuchaba mucho vallenato. Su entusiasmo por los vallenatos está expresado en sus libros”.(5)

[(5). Artículo El Vallenato. Rafael Escalona en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007].

Allá se reunían a hablar de música y a contratarla con merenderos. Heriberto Fiorillo ha tratado de rescatar el lugar con objetos, decoraciones, etc. y ha podido hacerlo con todo menos la gente que lo habitaba, porque ya no asoma por allá, ni son los mismos. 

“Era un sitio en el que se podía beber ron, alternar con cazadores y toda suerte de parroquianos sin pretensiones… mantener un clima de festiva bohemia los blindaba del peligro de convertirse en aquello que detestaban”. 

Ha cambiado: 

“El otro día el Pato Abello y yo intentamos almorzar allí. Al recibirnos, alguien nos preguntó si teníamos reserva. Cruzamos miradas con el Pato, y huimos instintivamente”.(6)

[(6). Artículo En La Cueva. Armando Benedetti Jimeno en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007].

“Aquel fanatismo enciclopédico fue el principio de una gran amistad. Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes con los cuatro discutidores, que se llamaban Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los primeros y los últimos amigos que tuvo en la vida”.

En la vida real se reunían en la librería del catalán don Ramón Vinyes: Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas Cantillo, Alfonso Fuenmayor y Gabriel García Márquez, lo que se denominaría “Grupo de Barranquilla” o de “La Cueva” (página 301 de “Cien años de soledad”). También José Félix Fuenmayor, Alejandro Obregón, Orlando "Figurita" Rivera, Fanny Buitrago, Plinio Apuleyo Mendoza.

Heriberto Fiorillo reunió en La Cueva de Barranquilla a un grupo de familiares y amigos para celebrarle a Gabo los 80 años:

“Durante su visita a La Cueva, semanas atrás, Gabriel García Márquez va a las vitrinas donde reposa un centenar de libros que alguna vez engrosaron la biblioteca familiar de José Félix y Alfonso Fuenmayor. Su hermana Ligia aprovecha el paso del escritor junto al piano para pedirle que cante O sole mío. Gabito está más interesado en los títulos de los libros que en el canto y se niega. Tras los vidrios de la estantería, hay obras de Faulkner, de Mutis, de Steinbeck, de Lawrence Stern, y Graham Green, que roban su atención; pero ya la pieza operática ha empezado en las voces de varios amigos cuando, envuelto en el sentimiento colectivo, el colombiano ilustre se pone la mano en el pecho y, mirando a Salvo Basile, que parece liderar a los cantantes, demuestra cuánto sabe de la música y la letra de ese disco inmortalizado por el gran Caruso. Gabo canta firme, con la mano en el pecho, la misma mano que levanta al infinito en el envión final. “Esta la cobro cara”, exclamará luego, entre aplausos”. (7)

[(7). Artículo Una visita a La Cueva. Heriberto Fiorillo en El Heraldo de Barranquilla, junio 8 y 15 de 2007].

[Escuchar “O sole mío” (corte # 4), versión de Enrico Caruso]:


Hay que reconocer que quien se le mide a cantar O sole mío, ¡Tiene valor!

Uno tiene en casa boleros, tangos, música vieja, joyitas de la Sonora Matancera y, como dije, no los oye para que no interrumpan el trabajo. Pero cuando llega algún amigo, entonces sí: “déjame ponerte éste, qué opinas de este otro, y éste qué te parece”. Saca sus descrestes del baúl y ya hay tema para conversar. Pues bien, quién sabe cuántas veces se habrán sentado Gabo y Escalona a hablar de música vallenata y de los fríos días en el internado de Zipaquirá en que Gabo se reunía con paisanos a soplarle acordeón a la nostalgia. Y no sólo acordeón: 

De esos tiempos me viene el gusto por la música cachaca–dice, refiriéndose a los boleros de Bienvenido Granda. 

La colección de música del Caribe es, de todas, sin excepción, la que más me interesa. Desde las canciones ya históricas de Rafael Hernández y el trío Matamoros… y, por supuesto, la que más ha tenido que ver con mi vida y con mis libros: los cantos vallenatos de la costa del Caribe colombiano… fue Daniel Santos quien divulgó algunas canciones que estuvieron de moda hace muchos años sin que nadie supiera que eran de Curazao con letra de papiamento" (Panamá me tombé, Panamá me tombé, Panamá me tombé…).(8) 

[(8). Artículo Bueno, hablemos de música. Gabriel García Márquez en revista La Canción Popular #19 de 2005, Puerto Rico].

[Escuchar “Panamá me tombé” (corte # 5), canción del folclor haitiano en lengua creole, versión de Daniel Santos con la Sonora Matancera]:


Cuando se me atraviesa en el camino algún pontífice dogmático, de esos que creen sabérselas todas sin dar lugar a discusión, suelo pensar en el Papa Urbano VIII y su corte de cardenales que en el año de 1633 estuvieron a punto de llevar a Galileo Galilei a la hoguera inquisitorial del Santo Oficio porque afirmaba que la Tierra era redonda, y eso para ellos no sólo era un error sino una herejía, una blasfemia. Pues bien, eso me da lugar a decir que “zapatero, a tus zapatos” y que, a la hora de la verdad, no hay nadie infalible. Ni el Papa. Aquí Gabo afirmó que Daniel Santos grabó canciones de Curazao en papiamento, pero no. Panamá me tombé y Caolina Cao (Carolina Caro) son canciones haitianas y su letra está en creole. De la letra de Carolina Caro no he podido obtener traducción, pero sé que la otra habla del presidente Florvil Hippolite que en 1896 llegó a la región de Jacmel ataviado con un sombrero de Panamá hecho en el Ecuador, y al apearse del caballo una ráfaga de viento le tumbó su “panamá”; hecho que en el vudú haitiano es considerado de mal agüero, y poco después un infarto lo mató. A propósito de agüeros en el vudú haitiano, recordemos que Daniel Santos nació el 6 de junio de 1916, según figura en los registros civiles de nacimiento, pero el houngan o sacerdote consultado recomendó a sus padres cambiar la fecha por el 6 de febrero de 1916; y así figuró extraoficialmente, lo que ha dado lugar a muchas confusiones biográficas.

Volviendo al vallenato, no olvidemos que para los vallenatos todo lo que no sea del Valle de Upar es cachaco, incluyendo a los curramberos, y por eso cuando queda como rey vallenato Adolfo Pacheco, o cualquier otro afuereño reclaman a Rafael Escalona, fundador del festival, como en la canción “Festival Vallenato” de Luis Francisco Mendoza:

“Quisiera preguntarte, Rafael, por ese festival que has elegido tú para el pueblo vallenato… pues tu comportamiento contrasta con él… y no tendrán palabras pa´ exigirte que el nuevo rey sea un barranquillero”. 

Uno no puede ser amigo de un compositor como Escalona y hablar de otra cosa.

Tal como le ocurrió a Astor Piazzolla con sus tangos de vanguardia y le está ocurriendo a los que graban tangos electrónicos con acompañamiento de computador (Claro que exageran. Hace poco oí un montaje de Carlos Gardel con “Ere dos dedos –R2D2– Artudito”, el robot moderno, haciéndole la segunda voz). Los vallenatos se disgustaron con Carlos Vives por considerar que el vallenato que Vives canta es distinto del vallenato que ellos llaman clásico y al que tienen acostumbrados sus oídos. En tiempos de un Gabo anónimo, Escalona empezaba a ser conocido. Ya Guillermo Buitrago había grabado El Bachiller y algún otro tema. Pero por una de esas manías de regionalismo que todavía existen pero eran agudas en esos tiempos, se opusieron a Buitrago y calificaron su música de romántica, cachaca y cursi. Les pareció corroncha porque Buitrago no podía negar su ancestro paisa y es que en asuntos de música, como en tantas cosas, juega un papel importante la idiosincrasia.

“Un oficial en uniforme de campaña, sonrosado, con lentes de cristales muy gruesos y ademanes ceremoniosos, hizo a los centinelas una señal para que se retiraran… Úrsula reconoció en su modo de hablar rebuscado la cadencia lánguida de la gente del páramo, los cachacos” (página 147, Cien años de soledad). 

Diría uno que los costeños son sueltos y desabrochados y los cachacos están enfundados en chalecos con leontina y sacos de paño. Que los unos escuchan vallenatos mientras los otros escuchan a Beethoven. Eso no es cierto porque hay especímenes raros en todas partes y recuerdo a un oftalmólogo casado con una dama española, el doctor Afranio Restrepo Córdoba, que conservaba de sus estudios en Barcelona la costumbre de vestir estrictamente de saco y corbata ¡en ese calor de Valledupar! Bebía con su mujer una botella de vino tinto en el almuerzo como si todavía estuviera en Europa. El doctor Habib Molina, abogado, que era vallenato de nación de martes a jueves y cachaco por adopción en Bogotá los fines de semana, al lado de su familia capitalina; no renunciaba a la corbata y se limitaba a ponerse o quitarse el saco en las escalerillas del avión. Otro, el doctor Carlos Romero, cuñado de don Efraím Quintero, que era como solemos decir por aquí “una dama” no por sus amaneramientos, que no los tenía, sino por su cultura exquisita que lo hacía oír música clásica todo el día, a un volumen vergonzante, cuando sus vecinos del restaurante “Rico-Pollo” al frente molían vallenatos a lo que les daba el pick up. Don Ramón de Zubiría, un lord tan cachaco como el Dr. Abelardo Forero Benavides. Don Ibero “Íber”, y su hermano Jaime Jr. Mercado Pacheco, que exudan cultura por los poros y se ven frecuentemente encachacados. Entonces de Gabo, un hombre que se negó a vestir de frac para recibir el Premio Nobel y se mandó a hacer una guayabera liqui-liqui, ¡Cómo no imaginar sus noches de bohemia currambera con pura música Caribe!  

“Si Agustín tuviera su año (de muerto) me pondría a cantar”, dijo la mujer, mientras revolvía la olla donde hervían cortadas en trozos todas las cosas de comer que la tierra es capaz de producir. “Si tienes ganas de cantar, canta”, dijo el coronel, “es bueno para la bilis”. (página 12, El Coronel no tiene quien le escriba).

Para Gabo cantar daba una medida del descomplique alegre, y el no hacerlo era muestra de una triste severidad de ánimo:

“La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar...” (página 58, Cien años de Soledad).

José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo, le cantaba a la pequeña Amaranta canciones de cuna; Remedios Moscote cantaba todo el día y fue esa alegría suya lo que más extrañaron cuando murió; Pilar Ternera cantaba en el patio con la tropa, etc.

[Escuchar “Los cien años de Macondo” (corte # 6), versión de Rodolfo Aicardi, con Los Hispanos]:


La música a García Márquez le venía por herencia, pues según Patricia Lara Salive su padre no sólo fue telegrafista:(9)

[(9). Artículo De cerca y de lejos. Patricia Lara Salive en revista Semana #1296 de marzo 5 al 12 de 2007].

Gabriel Eligio García, quien además de telegrafista, homeópata y conservador fue lector obsesivo, poeta y virtuoso del violín… (Esta descripción es la misma del Florentino Ariza de El amor en los tiempos del cólera).

Su hermano Luis Enrique García Márquez, el contador, fotógrafo, guitarrista, cantante y guardaespaldas del trío Los Panchos.

Ligia, la mormona, pianista, eterna enamorada…

Gustavo, el topógrafo, seductor y cantante de tangos…

Gabo, ese optimista irremediable, supersticioso… ese ser bueno que no sabe odiar, ese gran conversador, bohemio, guitarrista, cantante de vallenatos, sones y boleros, chofer que en el carro, a toda y a todo volumen, acompaña las canciones de Vicky Carr, Agustín Lara o Juancito Trucupey; Gabo, ese conocedor de la música, amante de Bartok y bailarín de los buenos.

Pensamos que en Gabo, por tener sangre caribe, con seguridad la música caribeña alegraba sus días aunque ya no pudiera sentarse bajo una palmera de la playa con una botella de cerveza en la mano y un conjunto vallenato cantando sus complacencias, las mismas con las que al otro día se regodeaba recordando mientras recibía las caricias reparadoras de la ducha y lo esperaba un sancocho levantamuertos. No es imaginación mía. Le oí al poeta José Luis Díaz Granados en entrevista para Alberto Duque López, de Nocturna de RCN (Lunes 19 de marzo de 2007, 11.30 pm), que la vez en que fue su vecino de habitación en el Hotel Tequendama, después de algún encuentro de literatos, le oyó cantar “La custodia de Badillo”, con fondo de chorros de agua en vez de acordeones.

[Escuchar “La custodia de Badillo” (corte # 7), versión de Alejo Durán]:


En la celebración de los ochenta años del escritor se oyeron dos o tres, tres o cuatro, vallenatos que compusieron en su honor y fueron interpretados por niños de Valledupar, por sabaneros de la sabana, por curramberos de Barranquilla y, de pronto, hasta por merenderos de Cartagena. Se los aguantó todo el mundo menos él, que ya no estaba para esos trotes. 

A raíz del Nobel, quiso grabar Daniel Santos, “El Jefe” del Perro Negro, con sus doce matrimonios (incluida una colombiana); sus catorce hijos (dos colombianos); y sus cuatrocientas composiciones (entre ellas Despedida); además de las de Pedro Flores, el que le dio el estilo; y muchos acetatos que lo convirtieron en el cantante que más grabó, según le oí al Dr. Ramírez y parece una estadística de Gabriel García Márquez; quiso grabar, digo, un “Homenaje del Jefe a Gabo” (Bogotá, 1983, Antonio del Vilar en Estudios Ícaro) y cantó “El hijo del telegrafista”, incluido en el último larga duración de su vida. 

[Escuchar “Me voy para Macondo” (corte # 8), versión de Rodolfo Aicardi con Los Hispanos]:


Recuerdo también el tema de doña Graciela Arango de Tobón “Me voy para Macondo (Macondo, Macondo, yo me voy para Macondo)”; un disco bailable en homenaje a la mítica tierra inventada por Gabriel García Márquez; y ¡claro está!, “Los cien años de Macondo”, de Daniel Camino Díez-Canseco, aquel de las “mariposas amarillas, Mauricio Babilonia” que cantó Rodolfo Aicardi con Los Hispanos. Astor Piazzolla, “ese señor con alma de muchacho irremediable”, al decir de Luis Alirio Calle, le confesó en una entrevista que en 1975, después de haber leído “Cien años de soledad”, compuso y grabó un tema con el título “Años de soledad”. El tema está incluido en el larga duración de bandoneón acompañado de saxofonistas titulado “Reunión cumbre”. Decía Piazzolla que:

“Ese tema es una especie de gran himno a la tristeza porque “Años de soledad” es eso, casi una letra de tango, tú terminas de leerla y te deja destruido… me gustaría mucho conocer a García Márquez”. 

A García Márquez le gustaban los tangos, tan del alma adolorida del paisa y tan distantes del alegre espíritu caribe, y estoy seguro de que a Gabo también le hubiera gustado conocer a Piazzolla. No sé si lo consiguió.

[Escuchar “Años de soledad” (corte # 9), de Astor Piazzolla. Versión de Mimí Koslowski en francés, según letra y arreglos de Maxime Le Forestier]:


4. RAFAEL LAM, PERIODISTA CUBANO, COLABORADOR DE PRENSA LATINA DE LA HABANA

En entrevista titulada “García Márquez y la música” Rafael Lam dice que:

“El novelista y Premio Nobel de Literatura (1982) es un amante de la música, especialmente la cubana. A través de muchos años he seguido lo más cerca posible esta afición suya”… “El escritor colombiano vino a Cuba por primera vez el 18 de enero de 1959, con los albores de la Revolución… Desde aquella primera vez se incrementó el interés del escritor y periodista por adentrarse en un mundo musical que va más allá del disco, se inserta en los rincones donde la música se crea frente al público: salones de baile, clubs, cabarets, teatros, fiestas. En aquel entonces las fiestas en Cuba eran interminables, herencia que provenía desde la colonia… La vocación de Gabo por la música le viene de su padre que tocaba muy bien el violín en las fiestas y serenatas. Muchas novelas del colombiano se parecen a un vallenato, otras a un bolero, y dice que “Descubrí el milagro de que todo lo que suena es música: autos de las calles, claxons, vocerío... todo”… “Muchos no saben que el escritor se ganó la vida en los años 50 cantando en cafés parisinos, cuando se respiraban en el aire las canciones de Georges Brassens (1921-1981)… Dice que: “Canté profesionalmente para sobrevivir, en el night club L´Scala, para ganar algo con la interpretación de canciones mexicanas, me pagaban un dólar. Por cierto, existe una grabación a dos voces con el novelista Carlos Fuentes”… “Gabo es amigo íntimo de músicos y cantantes, muchos de quienes, cuando visitan México, se hospedan en su casa: “Cuando estoy con mis amigos íntimos no hay nada que me guste más que hablar de música. Soy un melómano empedernido, siempre digo mi lema. Lo único mejor después de escuchar música, es hablar de música. Sigo creyendo que es la pura verdad. He escuchado tanta música como he logrado conseguir. En las discotecas de New York he comprado discos caribeños que no se encuentran en ningún lugar… En México, cuando escribía Cien años de soledad, gastaba los discos de los Beatles, que escuchaba para estimularme. La apoteosis de la nostalgia de la década prodigiosa… Finalmente Cien años de soledad no es más que un vallenato de 450 páginas, realmente es eso. Los músicos andariegos llevaban los vallenatos que eran testimonios de acontecimientos, lo que me dio la idea de este libro”… García Márquez se sonríe cada vez que le digo que sabe más de música cubana que muchos musicólogos cubanos… “Llevo hablando y defendiendo la música cubana muchos años. Cuando nací, en 1927, ya en Cuba había un boom de la música con la explosión de los septetos de son que grababan en New Jersey la RCA y la Columbia, discos que difundían por toda América. Llegaron el Septeto Habanero, el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, los Matamoros; y, después, el bolero que llevaron allá, desde 1932, Pedro Vargas, René Cabel y Los Matamoros.  En 1951 saludé el mambo de Pérez Prado con dos crónicas en El Heraldo de Barranquilla, 12 de enero y 17 de abril de 1951. Pérez Prado, mi gran ídolo de los tiempos. Adoro a Miguel Matamoros, Bienvenido Granda, el puertorriqueño-cubano Daniel Santos (cubano porque se hizo en Cuba) y a toda La Sonora Matancera, ídolos en mi país y en toda América”… “El bolero y la balada son algo muy querido para Gabo, quien en 1985 reveló a la revista Opina de La Habana”: “El bolero expresa sentimientos y situaciones que a mí me conmueven y que sé que a muchísima gente de mi generación la conmovió.  Un bolero puede hacer que los enamorados se quieran más y a mí eso me basta para querer hacer un bolero. Lograr que los enamorados se quieran más, aunque sea un momentico, es culturalmente importante, es revolucionario. La balada española, de la década prodigiosa, es hecha a la medida, son extraordinarias piezas poéticas que se oyen en todas partes, se las sueltas a cualquier intelectual y no tiene la menor idea de quién son las letras. De la calidad de esas letras no hay ninguna duda y sobre todo, creo que yo tengo suficiente autoridad para decirlo, las melodías resisten el paso del tiempo ante toda clase de transformaciones y tratamientos”… “En torno a la salsa, el escritor opina que”: “Cuba, antes de la Revolución, era productor de música que se comercializaba a través del baile, el canto, la radio, el espectáculo. Pero Cuba no recibía los beneficios, porque su música la distribuían las empresas discográficas estadounidenses. El beneficio iba a parar a Estados Unidos.  Hoy, esa música cubana sigue en el mercado, y en primera línea, con el nombre de salsa; que no es más que sones, guarachas cubanas, utilizados por el imperialismo, por los cubanos que residen en el exterior y por puertorriqueños y demás músicos caribeños”… “La última vez que conversé con Gabriel García Márquez, durante el Festival de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana, le pregunté si estaba al tanto de la música bailable actual de Cuba”. “Últimamente no he podido estar muy al tanto, a consecuencia de mi exceso de trabajo –dijo entonces–. La última vez que unos funcionarios del gobierno me llevaron por una gira a Varadero y me preguntaron qué era lo más importante que había observado, les dije que la música cubana. Mira, a mí me gusta echar los carnavales en la calle y, muchacho, ¡qué cantidad de música la que se escucha en Cuba! ¡Con qué autenticidad! ¡Con qué raigambre dentro de la tradición! Si Cuba tuviera una verdadera industria de difusión, estaría barriendo con todo, y lo demostró en el boom de la salsa de la década de 1990 en que dejó a la sombra todo lo tropical bailable”… “Para concluir, pregunté en ese último encuentro con Gabo: ¿Ahora trabaja o escribe?”… “Ya no trabajo con el objetivo pecuniario, sino por el placer y el deber de escribir. El escritor no debe parar nunca, porque quizás no vuelva a escribir otra vez”… “Con relación a la música que se debe difundir de Cuba en el mundo me dijo”: “La que el pueblo quiere, ellos son los que hacen la historia y las revoluciones. No se conquista al mundo por casualidad”.
(Rafael Lam, Agencia Prensa
Latina, La Habana Cuba)

[Escuchar “En la orilla del mar” (corte # 10), bolero con letra y música de José Berroa Rivera, versión de Bienvenido Granda con la Sonora Matancera]:


En otra entrevista, titulada “Hablé con Gabriel García Márquez”, Rafael Lam dice que:
“Gabriel García Márquez estuvo una vez más en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano… A su llegada, en el Mercedes Benz, saludé al famoso escritor, le pregunté como siempre cómo le va con su colección de música cubana… “Como buen colombiano tengo una colección de música cubana que ya es inencontrable en ningún lugar del Caribe, que, sin embargo las he conseguido donde menos pudiera imaginarse, en los mercados de discos en la 10ª. Y la 14ª de Manhattan y, con amigos de la música”. Le pregunté por los discos de salsa y le prometí mi próximo libro que saldrá a la palestra sobre Los Reyes de la Salsa, de toda América. “Acepto la salsa, con la conciencia de que no es una nueva música, sino la continuación exiliada y sofisticada para bien de la música tradicional de Cuba. Cuba fuera una gran potencia, aún mayor, si contara con una industria musical y estuviera en los circuitos de la comercialización, pero el bloqueo no se lo permite. Yo tengo muchos discos de salsa. Rubén Blades me ha hecho el honor de poner música a algunos de mis cuentos. Fue una endiablada aventura. Nada me hubiera gustado más en este mundo que haber escrito la historia tremenda de Pedro Navajas”. Le recordé a Gabriel que su país colombiano era uno de los fieles máximos del bolero y la música cubana. “Tengo conocimientos de que en Medellín, el Dr. García Bedoya atiende el Club de La Sonora Matancera”… 

(Este es un lapsus de la memoria de García Márquez, pues se estaba refiriendo al Dr. Héctor Ramírez Bedoya, quien le había hecho llegar uno de los libros que el médico escribió sobre las Estrellas de la Sonora y bien se ve que a García Márquez le gustó). 

“Yo también soy fanático de La Sonora Matancera, mi bigote se inspiró en el bigote de Bienvenido Granda, cantante de plantilla del conjunto cubano. Colombia tiene un gran mérito que pocos países le disputan, en muchas ciudades existen verdaderos coleccionistas de música cubana”. Hablamos de la estatua de Lennon en La Habana que cumple diez años de estar ubicada en un parque de 17 y 6 en El Vedado, y me dijo que “es un símbolo, un surrealista, el visionario de un mundo mejor –siempre lo digo–. Ellos contaminaron al mundo con una música sencilla, amable. Cuando los escuché por primera vez yo residía en San Ángel, donde no teníamos nada de comodidades, pero había discos negros, de pasta, de los clásicos europeos y el primer disco de Los Beatles, que lo escuchaban hasta escritores como Carlos Fuentes. Todos caímos en la trampa de la nostalgia que colorea nuestras vidas. A partir de entonces nada fue igual, todo fue más natural de lo que era antes. Yo estaba en esa etapa en que se está lleno de ilusiones y esperanzas”. Le recordé al colombiano que siempre ha ido en la vanguardia musical de lo que ha estado pasando en el mundo. Cuando Pérez Prado dominaba el mundo en 1951, el periodista publicaba en El Heraldo de Barranquilla sendas crónicas dedicadas al Rey del mambo. “Dámaso es inmortal, uno de mis ídolos más antiguos y tenaces como consta en esos archivos. El mambo hizo temblar los rascacielos de Nueva York, eso hay que publicarlo para que la gente sepa hasta dónde llegó ese loco sublime. Me alegra saber que se encargan de afirmar mi pasión por la música cubana y del Caribe, muy bien correspondida”. Sigo pensando que, tanto García Márquez como Alejo Carpentier, de no haber sido novelistas, serían los mejores cronistas de la música cubana. Aunque en parte, son de verdad dos especialistas verdaderos de la música cubana y latinoamericana”.
(Rafael Lam, Agencia Prensa
Latina, La Habana Cuba)

[Escuchar “El hijo del telegrafista” (corte # 11), versión de Daniel Santos]:


5. GABO Y EL JEFE

En artículo que escribió sobre Daniel Santos, menciona el periodista Oscar Domínguez Giraldo el hecho de que Daniel Santos y el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez se profesaban mutua admiración pública, que desembocó en que Santos fuera mencionado en la novela “Relato de un náufrago”, y a su vez el Inquieto Anacobero grabara un CD con canciones en “Homenaje del Jefe a Gabo”. Esto es verdad sólo en parte, porque la mención de Daniel en la crónica que García Márquez publicó en una edición del periódico El Espectador del año 1955, que se recogió luego en un libro publicado en 1970, no son palabras de Gabo sino del náufrago Luis Alejandro Velasco recogidas en el capítulo “La noche” de dicho libro. Contando su aventura, rememora Velasco a un fallecido compañero que “…En Cartagena, cuando teníamos franquicia, nos sentábamos en el puente de Manga a la madrugada, mientras Ramón Herrera cantaba imitando a Daniel Santos y alguien lo acompañaba con una guitarra”. Esa mención de Velasco, recogida por García Márquez, fue suficiente para que en Daniel surgiera un interés especial por el escritor, así la admiración que el escritor sentía por el cantante fuera real y fuera anterior a la publicación de dicha crónica.

Cuenta Roberto Llanos Rodado en Al Día.co del periódico El Heraldo de la capital del departamento del Atlántico, en su artículo “Daniel Santos y las huellas que dejó en Barranquilla”, publicado el 14 de febrero de 2016, que Daniel Santos le propuso a Gabo que le escribiera la historia de su vida:


Llanos Rodado cita a Walter Denis, director artístico del casino Pierino Gallo, quien como amigo de García Márquez y a instancias del periodista Edgar “Flash” García Ochoa, sirvió de puente en Cartagena para que en 1985 Gabo y Daniel se conocieran personalmente: 

“Según Denis, Gabo se emocionó mucho con la propuesta del encuentro, y acordaron reunirse a las 8 de la noche en el restaurante Costa Brava… Ambos llegaron vestidos elegantemente de blanco, y hasta se parecían físicamente tal vez por las canas”, dice Flash. “Yo hice la presentación y seguido pregunté: ‘¿Cuál de los dos es el Jefe?’ García Márquez dijo: ‘El Jefe es él, pero yo soy su maestro’. La velada fue a tragos de whisky y picada de mariscos”, recuerda también Flash. Gabo le cantó varios temas a Daniel que este no recordaba, tal vez por los inicios del Alzheimer que lo aniquiló finalmente… Uno de los aspectos destacados de la charla fue cuando Daniel Santos le pidió a García Márquez que le escribiera su biografía. "Gabito le contestó. ‘¿Tú quieres que te haga la biografía? Anota estos teléfonos, me llamas y hablamos’. Gabo le dio como quince teléfonos de todas las ciudades del mundo donde tenía casas. Yo creo que el Nobel le mamó gallo, pero Daniel los apuntó todos”, manifiesta Edgar García Ochoa. La reunión de Gabo y Daniel, se prolongó hasta el amanecer”. 

6. CONCLUSIÓN

El tema es amplio, y el periodista Ubaldo José Elles Quintana escribió una serie de tres artículos para el periódico El Universal de Cartagena. Uno de ellos, el segundo, se titula “Mis encuentros de música del Caribe con Gabriel García Márquez”:


Otro, el tercero, se titula: “Los vallenatos del Nobel Gabriel García Márquez –Un homenaje a su memoria”:


El periodista Agustín Pérez Aldave escribió el artículo publicado por RPP del Perú el 17 de abril de 2014 con el título “Gabriel García Márquez y la música –Genial Gabo en los tiempos del sabor–“, donde dice que el escritor inspiró hasta una ópera.

http://rpp.pe/lima/actualidad/gabriel-garcia-marquez-y-la-musica-genial-gabo-en-los-tiempos-del-sabor-noticia-685392

No hay duda, pues, de que el escritor Gabriel García Márquez fue, como él mismo se definió, un “melómano empedernido”.

[Ver el video # 2, de una parranda privada en Cartagena el 20 de mayo de 2013, que se realizó con la presencia de Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha, y Leandro Díaz. La música estuvo a cargo de Ivo Díaz (hijo de Leandro), Iván Villazón, y Pablo López. El video fue subido a You Tube por Oystein Schjetne de la ONG Fundación Golden Colombia. Un año después fallecería el Premio Nobel].


Encontré una recopilación de las 31 canciones que a él más le gustaban, y aparte de leer el listado en el enlace es posible también escucharlas:

http://www.centrogabo.org/gabo/hablemos-de-gabo/la-lista-del-nobel-31-canciones-favoritas-de-gabriel-garcia-marquez


1. COMENTARIOS 1

De la Sra. Esperanza Camacho Quiñónez: 

“A Gabo le embelesaba la música… entre mis apuntes de la exposición que hice en ASODISCOL de Bogotá el sábado siguiente al fallecimiento del escritor… El martes 30 de septiembre de 2014, durante la entrega del Premio Iberoamericano de Periodismo Gabriel García Márquez, se llevó a cabo un concierto en Medellín de la cantante peruana Tania Libertad, acompañada del acordeonista Julio Rojas, y se informó que era con las canciones preferidas de Gabo. Obviamente que se debió haber dicho que esas eran sólo algunas”:

La lista aparece en el artículo "Canciones que más le gustaban a Gabo", publicado por el equipo de Redacción Cultura del periódico El Espectador el día 2 de octubre de 2014, que puede verse en el siguiente enlace:

http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/musica/canciones-mas-le-gustaban-gabo-articulo-520208

1. Cucurrucucú, Paloma.
2. La diosa coronada, dedicada a Mercedes Barcha, viuda del novelista.
3. Qué sabes tú, el bolero de Myrta Silva.
4. Un popurrí del mexicano José Alfredo Jiménez.
5. La casa en el aire.
6. Cielo rojo, de David Záizar.
7. Nube viajera, bolero de Jorge Massías.
8. Llamarada, de Jorge Villamil.
9. Échame a mí la culpa, de José Ángel Espinoza.
10. La barca, de Lygia Bojunga.
11. El mochuelo, vallenato de Adolfo Pacheco.
12. Por debajo de la mesa, de Armando Manzanero.
13. El pastor, de Miguel Aceves Mejía.
14. La gota fría, de Emiliano Zuleta.
15. Macondo, del peruano Daniel Camino inspirada en ‘Cien años de soledad’.
16. Popurrí de Álvaro Carrillo.
17. La custodia de Badillo.


Interesantes los apuntes de doña Esperanza, que complementan los datos que había recabado para esta charla; e interesante el artículo del Sr. Carlos Marín Calderón para la revista Semana.com titulado “El día que Gabo cantó Elegía a Jaime Molina”, que puede verse en el siguiente enlace:


http://www.semana.com/cultura/articulo/festival-de-la-leyenda-vallenata-el-dia-que-gabo-canto-elegia-a-jaime-molina/523145

8. COMENTARIOS 2

El Sr. David Britton escribió el 26 de abril de 2015 en artículo titulado “La canción inédita de José Barros para Gabo”, publicado en el periódico El Heraldo.com de Barranquilla.

http://adminrevistas.elheraldo.co/latitud/la-cancion-inedita-de-jose-barros-para-gabo-133798

Según contó la Sra. Marta Consuelo Numa, esposa del Sr. Avelino Morales Acasio de El Banco (Magdalena), el maestro José Barros Palomino regaló a su esposo la partitura de una canción inédita titulada “Así fue la vaina”, que compuso en homenaje a Gabriel García Márquez. El artículo trae copia facsimilar de un fragmento de dicha partitura, y la transcripción de la letra. Hasta hace poco, según el articulista, la familia del maestro Barros por boca de su hija Verushka manifestó que no tenía conocimiento de la existencia de esa partitura, puesto que la composición no fue grabada ni se conoció comercialmente. 

Hice unas, diría yo, pequeñas modificaciones a la letra que trae el artículo, que no dice en qué ritmo fue compuesta la pieza. Las hice, buscándole la cadencia musical, sin haber oído la melodía; tratando de intuir la puntuación y separación de renglones o versos de las estrofas. En principio, la letra no me parece pegajosa al oído, de aquellas que hacen saltar de alegría a los promotores disqueros de las casas grabadoras. No me parece muy trabajada, como se diría en el argot poético; y se menciona a Juan Díaz, a Gustavo, a Sofía, sin aclarar quienes eran estos personajes. Hay que tener en cuenta que Don Juan Carlos y Doña Sofía eran los Reyes de España, y el Premio Nobel se entregó en Estocolmo. 

Habría que oír la música para juzgar si el tema hubiera tenido fortuna en el favor popular, pues hay temas cuyo éxito depende del arreglista, del cantante escogido, de la agrupación acompañante, y hasta de los gustos del público que de una década a la otra cambia el vallenato por el reguetón o el hip hop. 

Y ya no será posible saber por qué el maestro Barros nunca le habló a su familia de haber compuesto este tema, y por qué no movió los hilos para que fuera grabado, dejándolo en la oscuridad en vez de sacarlo a la luz. Muerto el maestro Barros, eso ya no lo sabremos.

Más afortunado fue Rafael Escalona, invitado a hacer compañía a Gabo en Estocolmo, quien le regaló un merengue inédito, compuesto para la ocasión, titulado “El vallenato Nóbel”; merengue que interpretaron en Estocolmo los Hermanos Zuleta, Poncho y Emilianito. Es el que comienza diciendo que “Gabo te manda de Estocolmo / un poco de cosas muy lindas: / Una mariposa amarilla / y muchos pescaditos de oro…”.

https://www.youtube.com/watch?v=O2Xspu-aY8s


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS) 
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'ASÍ FUE LA VAINA'
Autor: José Benito Barros Palomino

(Letra con transcripción adaptada por Orlando Ramírez-Casas, según el texto que apareció en el periódico El Heraldo de Barranquilla)

Por allá en la extranjería 
sucedió, ¡Quién lo creyera!,
que ese nieto de Juan Díaz 
que Gustavo conocía
recibió su premio grande 
con liqui liqui 
¡Qué verraquera!

Y llevó con mucho tino 
amarilla flor de aroma;
elegante, guapo, y fino; 
y rodeado de pingüinos.

Gabito, el aracateño, 
parecía una paloma
cuando esto sucedía; 
y es ahora que me percato: 
Escalona discutía 
con el Rey, y con Sofía, 
los problemas delicados 
que está sufriendo su vallenato.

Pero todo fue bonito, 
por lo grande y por lo grato.
Escalona, muy galante, 
y un poquito echao pa’ lante,
enseñaba a la realeza 
a bailar su vallenato;
y dicen que a Aracataca 
no le cabe ni un palito,
pues al menos se destaca 
si lo tiene apretadito;
y canta, como matraca, 
por el triunfo de Gabito. 
Compae José, así fue la vaina; 
la vaina con verraquera.

La vaina, con verraquera; 
y dicen que a Aracataca 
no le cabe ni un palito,
pues al menos se destaca 
si lo tiene apretadito;
y canta, como matraca, 
por el triunfo de Gabito. 
Compae José, así fue la vaina; 
la vaina con verraquera.

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'EL VALLENATO NÓBEL'
Autor: Rafael Escalona

Gabo te manda de Estocolmo
un pocón de cosas muy lindas:
Una mariposa amarilla,
y muchos pescaditos de oro.

Por eso sabe lo que te agrada,
por eso él te manda conmigo
el perfume desconocido
que tiene un olor a guayaba.

También te manda
las mariposas amarillas
de Mauricio Babilonia,
las mariposas amarillas
de Mauricio Babilonia.

Le mostré las frases tan lindas 
que escribiste en un papelito,
pa´ que se dé cuenta Gabito
que yo sí tengo quien me escriba.

En el nuevo libro de Gabo
dijo que él iba a publicar
que yo me parezco a un gitano
y mi corazón a un imán.

También te manda
las mariposas amarillas
de Mauricio Babilonia,
las mariposas amarillas
de Mauricio Babilonia.

Tú sabes que Estocolmo está lejos,
queda muy cerquita del Polo,
allá se camina en el hielo
que un gitano trajo a Macondo.

Gabo me ha invitado a su fiesta,
y esto para mí es un gran honor.
Fui con los Hermanos Zuleta,
pa’ que el Rey oyera acordeón.





domingo, 9 de abril de 2017

200. Sonora Matancera, un siglo de música

EL DR. HÉCTOR RAMÍREZ BEDOYA

Cuando el médico Héctor Ramírez Bedoya era estudiante de bachillerato, contaba él, solía hacer los domingos el recorrido entre su casa en el barrio de La Milagrosa en Buenos Aires, y el barrio de El Hoyo de Misiá Rafaela en La Toma. Su tía lo tenía invitado a almorzar ese día para darle la mesada de la semana, que le ponía en el bolsillo de la camisa: “Tenga, mijo, le colaboro para lo de sus pasajes”. La tía tenía predilección por este sobrino porque no se había dejado contaminar “de tanto vago que hay por ahí recorriendo las calles”, sino que era buen estudiante. Se graduó en el bachillerato, estudió la carrera de Medicina, y luego hizo la especialización en Anestesiología.

De paso para donde su tía, al cruzar el puente de La Toma sobre la quebrada Santa Elena, el médico escuchó un día un disco que atrajo su atención. Salía de la fonola instalada en uno de los bares de ese sector, y lo oía el empleado del lugar, descalzo y con las mangas del pantalón remangadas a las rodillas, mientras lavaba mesas y sillas con cepillo y jabón en las afueras del establecimiento. El muchacho se sentó al pie de la baranda del puente a oír esa música, y eso atrajo la atención del mesero que encontró en él un cómplice y cofrade de sus gustos. A partir de ese día, todos los domingos su conversación era un diálogo de “Oiga éste que le tengo, a ver cómo le parece”, y “Ese, ¿quién lo canta?”, y “¿Qué orquesta es esa?”, y “¿Dónde se consiguen esos discos?”, y “¿A cómo valen?”.

Resultó esa música ser la del conjunto de la Sonora Matancera de Cuba, resultaron ser esos los cantantes solistas de la Sonora, y resultó el aspirante a médico ser un fanático de esa música, cuando el resto de la muchachada andaba medrando entre cafés de tangos y boleros. “Lo que hice, cuando recibí mi primer pago salarial, fue comprar discos de la Sonora”, me dijo. Para este momento ya tenía varios discos comprados, aunque todavía no tenía tocadiscos en qué oírlos; y se estaba preparando para la actividad que se convertiría en su proyecto de vida y que relegaría el ejercicio de la profesión a un segundo lugar o una especie de hobby. “La profesión me da con qué sostener mi amor por la Sonora, pero es ésta la que está en primer lugar en los espacios de mi corazón”, me dijo un día sobre esa otra actividad que le quitó más de lo que le dio, miradas las cosas desde el punto de vista económico; pero que le dio más de lo que le quitó, mirándolas desde el punto de vista de la realización personal.

Para cuando su colección de discos fue suficientemente grande y sus conocimientos suficientemente amplios para permitirle escribir cinco libros documentales sobre la Sonora Matancera, ya se había convertido en una autoridad mundialmente reconocida en este aspecto, lo que hizo decir a Gabriel García Márquez en entrevista que concedió al periodista cubano Rafael Lam que “el hombre que más sabe en el mundo sobre la Sonora Matancera es un médico de Medellín de apellido Bedoya”. Se refería García Márquez a Ramírez Bedoya, cuyos libros habían llegado a sus manos. Para escribirlos, el médico se matriculó en talleres de escritura y sacrificó los ingresos laborales de las tardes de los miércoles, como vela encendida en el altar de su pasión por el conjunto. 

Alguna vez el médico Ramírez Bedoya trató de explicarme por qué la Sonora Matancera era un conjunto y no una orquesta. Llegó el momento en que Alberto Duque López en entrevista para el programa Nocturna de RCN hizo una pregunta al cantante Nelson Pinedo que residía en Caracas y había sido contactado telefónicamente, y Pinedo le respondió: “Eso pregúnteselo al Dr. Héctor Ramírez, que él sabe más que nosotros sobre la Sonora Matancera”. Se había ganado el médico el reconocimiento de los propios integrantes de ese conjunto; y sus libros, que eran libros de consulta o referencia, ocupaban lugar en las estanterías de los estudiosos:

1. Historia de la Sonora Matancera y sus estrellas –El decano de los conjuntos de América–“, 1996.

2. Historia de la Sonora Matancera y sus estrellas –El decano de los conjuntos de América–“, 1998. Segunda edición, corregida y aumentada, volumen 1. (Nota: La denominación volumen 1 es para dar comienzo a la serie de libros sobre las estrellas de la Sonora).

3. Estrellas de la Sonora Matancera: Leo Marini, Bobby Capó, y Nelson Pinedo“, 2004.

4. Estrellas de la Sonora Matancera: Celia Cruz, Alberto Beltrán, y Celio González“, 2007.

5. Estrellas de la Sonora Matancera: Bienvenido Granda, el bigote que canta“, 2011.

Para que no quedaran dudas sobre su admiración por el cantante Bienvenido Granda, el médico Ramírez Bedoya se dejó crecer el bigote al estilo de ese cantante; cosa en la que coincidió con el Nobel García Márquez, que por la misma razón hizo lo mismo. 

El Dr. Héctor Ramírez (QEPD) escribió un resumen de la historia del conjunto cubano y lo insertó en la página de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia:


A mi modo de ver ese resumen es”, dijo el Sr. Eduardo Ceballos Arango,la información más completa y fiable sobre el conjunto de Matanzas; pero hay que tener en cuenta otras páginas web cuya información complementa la que dejó escrita el médico Ramírez”. 

Quiso el médico delegar en su hijo Alejandro Ramírez Acosta, ingeniero civil, el legado de su colección de discos, de sus libros, de sus documentos, de su actividad de liderar a los admiradores del conjunto matancero, o yumurino como también le dicen a los nacidos en Matanzas; pero los infaustos sucesos del secuestro y asesinato de este joven, cuyo cadáver fue encontrado el 16 de noviembre de 2016, dieron al traste con este propósito, cuando no habían transcurrido cuatro años desde el fallecimiento de su padre. El médico había fallecido de infarto y contusión el 15 de febrero de 2013.

CORPORACIÓN CLUB SONORA MATANCERA DE ANTIOQUIA

No era el Dr. Héctor Ramírez el único admirador que tenía la agrupación en Medellín, y del encuentro de varios de ellos, que se realizó el 18 de septiembre de 1976, surgió lo que en estos tiempos se denomina un “club de fanáticos”; que entre los años de 1976-1980 fue presidido por el Sr. Fabio Restrepo Álvarez, de 1980-1984 por el Sr. Jaime Pizarro Vasco, y de 1990-1992 por el Sr. Omar Hernández Bernal. En 1992 se convirtió en corporación, con personería jurídica, y para ese momento ya tenían una sede fija en donde encontrarse, después de haberse estado reuniendo entre ataúdes almacenados en la trastienda de la Cooperativa Funeraria de Antioquia, situada por ese entonces en la Avenida de Greiff entre carreras de Bolívar y Carabobo. Para este momento, asumió el Dr. Héctor la presidencia y liderazgo, en lo que estuvo al frente hasta su muerte. Entre las muchas actividades que encabezó, está la institucionalización de los Encuentros Matanceros, con participación de asociados procedentes de Cuba, Puerto Rico, México, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, y otros países; con participación de asociados provenientes de otras ciudades de Colombia; y con participación de los asociados de la ciudad que para la fecha ya estaban en una cifra cercana a los cincuenta participantes. Escribió el médico Ramírez en el blog de la corporación que:

Tenemos alquilado un amplio salón para 100 personas en la calle San Juan con la carrera 70, que lo adecuamos como sede social. Las cuotas mensuales de los asociados permiten sostenerlo. Allí realizamos nuestras actividades como lo disponen los estatutos. Hemos tenido la dicha de recibir allí a Nelson Pinedo, Leo Marini, Alberto Beltrán, Rolando La Serie, Alberto Granados, Roberto Sánchez, el Conjunto Caney, Juan José Suárez guitarrista cubano, Carlos Arturo El Señor del Bolero, Julio Ernesto Estrada Fruko, Tony del Mar, Jorge Ochoa, Rodrigo Soto, Hilda Gorría y su Acento Cubano, Lady Arias, Orquesta de Edmundo Arias. También a los eruditos investigadores musicales: Helio Orovio (Cuba), Cristóbal Díaz Ayala (Cuba), Félix Contreras (Cuba), César Pagano (Colombia), Enrique Gallegos Arends (Ecuador), Alberto Maraví (Perú), Arturo Yáñez (México), Marcos Salazar (México), Mario Zaldívar (Costa Rica), Isidoro Corkidi (Colombia), José y Rosni Portaccio (Colombia), Jaime Rico Salazar (Colombia), Osvaldo Oganes (Perú), Agustiné Vélez (Puerto Rico), Noel Cruz (Puerto Rico), Guillermo Grosso (Colombia), Marco Aurelio Álvarez (Colombia), Rafael Viera (Puerto Rico), Orlando Montenegro (Colombia), Pablo Delvalle (Colombia), y muchos otros no menos importantes”. 

El balance del médico Ramírez está circunscrito al momento de su elaboración y, naturalmente, se queda corto en el recuento de las personas que han llevado sus ponencias a estos encuentros que se realizan en la primera semana del mes de agosto de cada año, coincidiendo con la realización de la Feria de las Flores en Medellín. Expositores como Rafael Bassi Labarrera, de Cartagena; como Arnold Tejeda Valencia, de Barranquilla; como Carlos Humberto Olaya, de Ibagué; como Jaime Suárez Cuevas, Nelson Royero, y Juan Gómez Paz, de Cali; como Juan Carlos Álvarez, de Pereira; como Fabio Casas Arango, Jaime Jaramillo Suárez, y Jorge Gómez Gallego, de Medellín; y muchos otros, que en estos encuentros han enriquecido los conocimientos de los asociados y alimentado su amor por la música que los une.

En la actualidad, y desde el fallecimiento del Dr. Héctor en el año de 2013, la corporación es presidida por el médico pediatra William Parra Cardeño, acompañado de otros asociados que hacen parte de la Junta Directiva, y no ha sido fácil su tarea de desmarcarse de la sombra del líder fallecido, sin olvidar el respeto debido a su memoria y, más aún, sintiendo la obligación moral de continuar preservando su legado. Siguen ellos empeñados en este propósito de sostener el reconocimiento de ser una entidad única en el mundo, como afirman muchos estudiosos; y como durante su visita lo reiteró el Sr. Javier Vázquez Lauzurica, actual director de la agrupación o conjunto Sonora Matancera.

Entre los asociados que se quedaron por fuera de mención en el balance del Dr. Ramírez, por haber llegado posteriormente a la corporación de admiradores antioqueños; están José Acuña, de Santa Marta; José “Pepe” Valderruten (distorsión del apellido de origen holandés Balden-Rotten), de Cali; Orlando Patiño Valencia, de Medellín; que merecieron mención especial en el disco “El Tornillo”, un tema incluido en el álbum “Tradición” de la Sonora Matancera, grabado en 1983 con la voz del puertorriqueño Gabriel Eladio “Yayo, el indio” Peguero Vega, en el que canta: 

… Y en Medellín ya lo bailan, / en el Club de la Sonora… / Lalo, Luis, y Omar, lo bailan / con tremenda sabrosura… / con Acuña en Santa Marta; / y en Cali, Valderruten… / y un saludo en Medellín / al gran Orlando Patiño…”. 

En este disco el conjunto matancero hizo un reconocimiento a los asociados de la corporación antioqueña, locales y procedentes de otras partes del país, que habían logrado distinguirse como fanáticos de la tradicional música de esta agrupación.


¿Qué conjunto es este, y cuál es el secreto de su prolongada permanencia activa? La respuesta la da el Sr. Eduardo Ceballos Arango, antiguo miembro de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, al hacer un recuento de la trayectoria de la agrupación. 

SONORA MATANCERA, DE CUBA PARA EL MUNDO

(Las siguientes informaciones fueron tomadas de una charla dada por el Sr. Eduardo Ceballos Arango, con motivo del 93º aniversario de fundación de la agrupación; de Wikipedia, en Internet; y del blog de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, según texto escrito e insertado por el Dr. Héctor Ramírez Bedoya).


El gobernador español Severino de Manzaneda recibió su nombre por San Severino de Nórico, y su apellido por proceder de esa población de Vizcaya. Un castillo tenía este gobernador en la bahía de San Carlos de Manzaneda en Cuba, que recibió el nombre de Castillo de San Severino. La ciudad capital provincial a orillas del río Yumurí recibió el nombre de San Carlos y San Severino por la confluencia de estos nombres, y el gentilicio de sus habitantes es yumurinos, por el nombre del río que junto con los ríos de San Juan y Canímar le hacen escolta a esta ciudad. Acerca de San Carlos y San Severino de Matanzas, en el occidente de Cuba, cuenta el historiador Bernal Díaz del Castillo que llegó un navío con treinta españoles de los primeros llegados a la isla, y fueron emboscados por los indígenas que les dieron muerte y sólo sobrevivieron tres españoles que lograron escapar. Tal circunstancia dio el nombre de Matanzas a la bahía de la emboscada, y a la provincia donde ocurrió ese hecho. La capital provincial tiene el mismo nombre y es denominada la “Atenas de Cuba”, por la cantidad de hombres que ha aportado a la cultura de la isla, y en el campo de la música tropical caribeña se destacan entre otros la “Lira Matancera”, la “Gloria Matancera”, y la “Sonora Matancera”.

Por los días del 12 de enero de 1924 había en la isla un partido político denominado “Liberal”, y en una campaña que buscaba atraer adeptos a sus reuniones este partido invitó a unos músicos para amenizar el jolgorio y que los asistentes se sintieran motivados con la convocatoria. Estaba en su apogeo el son cubano, y tal conjunto de músicos fue en principio una tuna, palabra tomada de los grupos musicales de cuerdas en España, que se llamó “La tuna liberal”. El fundador fue Valentín Cané, y lo componían los siguientes integrantes:

Valentín Cané, director e intérprete del tres 
(guitarra con tres pares de cuerdas)
Pablo "Bubú" Vázquez Govín, en el contrabajo
Eugenio Pérez, cantante
Manuel "Jimagua" (mellizo) Sánchez, en los timbalitos
Ismael Goberna, en la trompeta
Domingo Medina, en la primera guitarra
José Manuel Valera, en la segunda guitarra
Julio Govín, en la tercera guitarra
Juan Bautista Llópis, en la cuarta guitarra

En el dinamismo de conformación de estos grupos, hay músicos que entran y salen, y este no fue la excepción. 

Para el año de 1926 entró Carlos Manuel “Caíto” Díaz Alonso a acompañar en los coros la voz de Eugenio Pérez, y los músicos se habían reducido, lo que llevó a cambiar el nombre por el de “Septeto Soprano”, nombre derivado de la tonalidad de falsete de la voz de Caíto.

En 1927 Caíto llevó a Rogelio Martínez Díaz, que posteriormente se convirtió en el segundo director del grupo, y por estos días la agrupación había cambiado de nombre y se llamó “Estudiantina Sonora Matancera”.

En enero de 1928 la agrupación completaba cuatro años de formada, y se trasladó a La Habana buscando nuevas oportunidades de trabajo, haciendo en ese mes las que fueron sus primeras grabaciones en la RCA Víctor, grabaciones que se realizaban en unos equipos móviles o itinerantes que la empresa grabadora desplazaba desde Nueva York hasta la capital cubana. Tales primeros discos grabados en los años 1928-1930, en formato de 78 rpm., fueron:

El porqué de tus ojos (autor Valentín Cané)
Fuera, fuera Chino (autor José Manuel Valera)
Cotorrita (autor José Manuel Valera)
Eres bella como el sol (autor Ismael Goberna)
A mi Cuba (autor Valentín Cané)
No te equivoques conmigo (autor Valentín Cané)
De oriente a occidente (autor Valentín Cané)
Matanzas, tierra del fuego (autor Valentín Cané)
Linda Esther (autor Ismael Goberna)
El picadillo (autor H. Rodríguez)

Según Eduardo Ceballos: 

Habría que decir que el invento de la radiodifusión fue lo que propició que la Sonora Matancera se saliera de los límites parroquiales de su región y de su país, llevando su música a través de las transmisiones de onda corta a muy apartados oyentes de América y el mundo. En el año de 1930 comienza la expansión de la radio en Cuba y se propagan diferentes ritmos como el son, el danzón, el danzonete, la rumba, la conga y la guaracha… y por esos días comienzan a trabajar de planta en Radio Progreso, donde estarán hasta el año de 1959”. 

A principios de esa década del treinta la agrupación incorpora el piano en sus presentaciones, interpretado por Dámaso Pérez Prado. Por razones de salud, en 1935 se retira Ismael Goberna y es reemplazado por Calixto Leicea Castillo; ingresa José Rosario “Manteca” Chávez en los timbalitos, reemplazando al saliente Manuel "Jimagua" (mellizo) Sánchez; ingresa Humberto Cané para tocar el tres, y su padre y fundador Valentín Cané pasa a tocar la tumbadora; y tras esta serie de incorporaciones sustanciales la agrupación asume el nombre de “Sonora Matancera”, nombre del que los conocedores suelen aclarar que “No es una orquesta, sino un conjunto”. Con este nombre se seguirá distinguiendo en el universo musical caribeño.

En 1938 se va Pérez Prado y queda Severino Ramos en el piano, quien desde 1944 hasta 1957 se convierte en el principal arreglista del conjunto, a cuya concepción musical se deben el sonido distintivo y el brillo de las trompetas, lo que le da el “sabor” característico y define el estilo de las interpretaciones de esta agrupación. 

En 1944, a veinte años de fundada la Sonora, ingresa como pianista Ezequiel “Lino” Frías Gómez, por recomendación de Severino Ramos; y Pedro Knight Caraballo se convierte en el segundo trompetista. En el mes de diciembre Valentín Cané acepta la sugerencia de su hijo Humberto y llama al cantante Bienvenido Granda como nuevo vocalista y en la interpretación de la clave, siendo su primera grabación "La Ola Marina", de Virgilio González. Con Bienvenido inician la vinculación con la naciente casa discográfica "Panart Records".

A mediados de 1946 Valentín comienza a tener problemas asmáticos que lo obligan a abandonar poco a poco su actividad, cediendo en la práctica el papel de director encargado a Rogelio Martínez. Cané continuará como director oficial hasta 1956, año en que falleció. Antes de Panart, Cané había grabado otros temas para el sello "Varsity", sin que figurara en las etiquetas el nombre de Sonora Matancera por razones de exclusividades y de regalías con la casa grabadora. El nombre sustituto adoptado fue “Conjunto Tropicavana”. De estos se destacan "Tumba colorá" y "El cinto de mi sombrero"; y la primera versión de "Se formó la rumbantela", de Pablo Cairo. 

La agrupación fue cumpliendo ciclos de metamorfosis, pasando de ser “Tuna Liberal” a ser “Septeto Soprano”, luego “Estudiantina Sonora Matancera”, y luego “Sonora Matancera”, en sucesivas etapas. Vio entrar y salir a muchos de sus integrantes, vio crecer el número de sus artistas de planta y de sus artistas invitados en las distintas épocas, y vio aumentar el número de sus grabaciones hasta hacer casi incontable su nutrida discografía. Sandrito el Cubanito trae en su blog una amplísima lista discográfica de álbumes que habría que multiplicar por diez o doce canciones cada uno para tener una idea de la cantidad de grabaciones sencillas hechas por la Sonora:

Discografía de la Sonora Matancera en “Tropicales del Recuerdo”, de Sandrito el Cubanito blogspot.com:


Muy completa la discografía del autodenominado Sandrito el Cubano, pero con un inconveniente: Esa discografía no la recopiló él sino que simplemente la copió sin dar crédito al autor de tan enjundioso trabajo. Ese autor es, nadie más y nadie menos, que don Cristóbal Díaz Ayala el estudioso historiador musical cubano residente en Puerto Rico, según aclaración que me hizo el también melómano Sergio Santana Archbold en la siguiente nota aclaratoria:

“Hola, Orlando: Muy buenas la semblanza de Héctor Ramírez Bedoya (muy merecida, por cierto) y la historia de la Sonora Matancera. Gracias por participar a los seguidores. Debo manifestar que en el texto se está presentando un irrespeto a nuestro maestro Cristóbal Díaz Ayala, pues ahí se cita como referencia la discografía de un tal Sandrito el Cubano, resulta que esta discografía es una copia descarada y sin citar origen de la discografía elaborada por Díaz Ayala, como puedes verificar entrando en el siguiente enlace en el inciso Matancera, Sonora:

http://latinpop.fiu.edu/SECCION04Mpt1.pdf

Mi indignación es porque según contó el mismo Cristóbal, esta fue una de las discografías que más trabajo le dio para armar por lo complejo de esta. Son más de 1100 grabaciones, y tratar de organizarlas en forma cronológica y con la numeración original, con número de matriz y referencia, le quitó mucho tiempo; y, como dijo José Martí, "Honores a quien honor merece". Van mis abrazos y reitero mis agradecimientos por sostener tan agradable e instructivo blogspot”. Sergio Santana Archbold (Medellín – Colombia)”.

Continuando con los integrantes de la agrupación Sonora Matancera, en el transcurso de la larga carrera muchos permanecieron por largo tiempo y sólo la muerte marcó su salida de la agrupación. La lista de nombres que han pasado por la institución es tan grande, que entrar a personalizar a tales o cuales de mayor renombre sería injusto con los que de manera callada pero efectiva aportaron a su engrandecimiento. De todos modos, a riesgo de que sean más los que se quedan por fuera de mención que los incluidos en esta lista, haré referencia de los cantantes Bienvenido Granda, Alberto Beltrán, Celia Cruz, Daniel Santos, Leo Marini, Bobby Capó, y Nelson Pinedo, mencionando sólo los que el médico Ramírez Bedoya seleccionó para los libros que alcanzó a escribir. ¿Que Daniel no está en la lista del Dr. Héctor? Eso es verdad, pero seguramente era el que seguía en turno para un próximo libro que la muerte no le dejó publicar al médico porque ¿Quién que ame la música de la Sonora Matancera puede desconocer la importancia de Daniel Santos en el paso por sus filas? Muchos otros tendrían que estar en esta lista, y en especial Gabriel Eladio “Yayo, el indio” Peguero Vega, que pertenece a las últimas épocas; y, claro, un cantante argentino llamado Israel Vitenszteim Vurm que combinaba el canto con el trabajo de cheff en un restaurante de Medellín cuando conoció a don Rogelio Martínez y demás ocupantes del carro de la Sonora, que se lo llevaron de gira e incorporaron sus grabaciones al repertorio. Es obvio que una persona que se llame Vitenszteim no puede figurar en las etiquetas de los discos, y para no confundirse con un cantante colombiano de nombre Carlos Torres que había por esos días, él prefirió adoptar el nombre artístico de Carlos Argentino Torres. Su nombre no puede quedar por fuera, y menos sabiendo lo que me contó una vez el Dr. Héctor Ramírez: “¿Sabías que Carlos Argentino Torres estuvo a punto de dañarle el caminado a don Pedro Knight?”. No, no lo sabía. Entonces el médico me explicó que, estando en Caracas de gira con la agrupación, Carlos Argentino Torres le propuso matrimonio a Celia Cruz; pero ella desplegó su amplia sonrisa para decirle: “Mira, Chico, yo te agradezco el honor que me haces con la propuesta, pero ocurre que ya estoy comprometida con el segundo trompetista”. Hasta ahí llegaron las aspiraciones del cantante, y don Pedro Knight se colgó en el dedo la argolla de matrimonio. Carlos Argentino es el cantante de aquel “Merengue Apambichao”, que bailó toda América al estilo de los dominicanos visitantes de las playas de Pambich (Palm Beach).

Aunque cada músico o cantante marcó alguna huella a su paso por la agrupación, tal vez cuatro hitos pueden distinguirse en su desarrollo artístico:

Sus inicios como conjunto de cuerdas, cuando la fundó don Valentín Cané en enero del año 1924.

La incorporación de las trompetas introducida por Severino Ramos, arreglista titular entre los años de 1944 y 1957. Ramos entró como pianista en el año de 1938, en reemplazo de Dámaso Pérez Prado.

La época dorada entre los años de 1947 y 1959, que marcó su apogeo bajo la dirección de don Rogelio Martínez Díaz.

Los comienzos del siglo XXI, bajo la dirección de don Javier Vázquez Lauzurica, a partir del año 2003. 

Esto desde el punto de vista musical, porque en lo político don Rogelio Martínez tomó la decisión en junio de 1960 de emigrar a México y luego a los Estados Unidos, a los seis meses de haber triunfado la Revolución Cubana. Se sintió atropellado por los grandes cambios laborales producidos con la llegada del nuevo gobierno, y vio que la época de vacas gordas de buenos contratos para sus presentaciones y grabaciones se había acabado, encontrando en el exterior la oportunidad de continuar y mejorar la racha exitosa del conjunto desde el punto de vista económico. Sus músicos lo secundaron, y como resultado la Sonora Matancera fue y es más reconocida fuera de Cuba que en el interior de la isla natal.

Aunque de Javier Vázquez Lauzurica, por ser hijo de Pablo "Bubú" Vázquez Govín, puede decirse que fue gestado y nació siendo hijo de la Sonora Matancera, fue él músico de varias agrupaciones, entre las que se cuenta una denominada “Vaz-Cané” y apodada “Los hijos de la Sonora”, de la que hacían parte Silvino Cané, hijo de Valentín; Adolfo Martínez, hermano de Rogelio; y Rosendo Granda, hermano de Bienvenido. En 1955 Javier empezó a colaborar con la agrupación yumurina, y en 1976 ingresó de lleno en reemplazo del pianista Ezequiel “Lino” Frías Gómez. Después de un receso regresó en el año de 2003, ya en el papel de director, y desde entonces es la cabeza del conjunto en esta etapa que se acerca a la celebración del centenario desde su sede permanente en la ciudad de Las Vegas de Estados Unidos.

Habiendo salido de Cuba en la década de los sesenta, y radicándose en Estados Unidos, la agrupación acaba de celebrar 93 años de existencia y se prepara para llegar a los 100 años de continua actividad artística. 

Dice el Sr. Eduardo Ceballos Arango que el secreto de la vigencia del conjunto en los escenarios se debe a que:

Siendo el medio musical muy proclive a la bohemia y la vida desordenada, tanto don Valentín Cané en los comienzos; como don Rogelio Martínez, posteriormente; imprimieron a sus músicos un estilo de dirección de férrea disciplina con horarios de entrenamiento y presentación profesionales que hacían respetar al minuto. Está el buen olfato para reclutar a los integrantes, el buen olfato comercial para seleccionar las canciones y ritmos a interpretar, y el buen olfato para detectar el estilo de interpretación que más convenía a los intereses de la agrupación. Don Javier Vázquez en la última etapa ha continuado con las mismas políticas de sus predecesores”.

El año 2024 será, pues, el año del centenario de esta agrupación que sigue estando en el corazón de los fanáticos que escuchan su música día tras día. Puede decirse que en todo momento hay alguna emisora o algún lugar del mundo donde su música se esté escuchando. Es una música que no pierde vigencia, y una señora jubilada que asistió a la charla que dio el Sr. Eduardo Ceballos manifestó que “Es curioso, pero creí que me iba a encontrar con el auditorio lleno de personas de mi edad; y me encuentro con un lugar invadido de jóvenes. Veo que la más vieja soy yo”. La Sonora Matancera ha logrado captar la atención de las nuevas generaciones, y no todos los grupos musicales pueden contar con tan larga permanencia.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)






domingo, 2 de abril de 2017

199. La vida que merecemos

(Nota: estos textos fueron hechos como ejercicio de escritura para el taller de escritura literaria de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, coordinado por el profesor Jairo Morales Henao, y el primero de ellos fue escogido para ser publicado en la antología de talleristas publicada en el libro “Obra Diversa” del año de 2007). 


POR ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

1 LA VIDA QUE MERECEMOS

La felicidad consiste en no ambicionar nada
(Alguno)

Miró el reloj publicitario de bebidas en la pared, y dudó de si estaría marcando la hora correcta. Levantó adolorido la frente que había dormido sobre la mesa, y desentumió el brazo que le había servido de almohada. Vio que el dueño del bar empezaba a agitar escobas y a recoger sillas. La mesera y los otros clientes se habían ido, y supo llegado el tiempo de marcharse. No sintió apuro por llegar a casa. Trata de abrir el candado a la débil luz de una medianoche teñida de negro y con amenaza de lluvia. Un farol lejano le regala mendrugos de claridad disputados por las sombras de un árbol alzado en el camino, cuyas ramas son remecidas por el viento frío. Logra entrar a la covacha y asegurar con un madero la puerta de tablas clavadas, con intersticios por donde entra la luz intermitente. El viento se rinde ante la ventanuca de bisagras oxidadas por la falta de uso. Del pañete de las paredes se desprenden, raídas y desmoronadas, la cal y la boñiga. Un bombillo colgado de lo alto enciende y apaga halando un cordel del socket, y la amarilla luz eléctrica revela el aspecto deprimente de las paredes. Blancas fueron y ahora se cubren de manchas deformes. Por la armazón de cañabrava que impide a la casucha caerse al primer aguacero venido sobre el techo de tejas de asbesto invadido por los escombros, se cuelan las goteras para encharcar el piso de tierra apisonada, desconocedor de barridos desde tiempo atrás. Cuando estaba su mujer sentía impulsos de comprar algún adorno, algún mueble, algo nuevo. Fue hace mucho. Un taburete desvencijado se recuesta a una mesa de café metálica, redonda y reluciente. Hace poco se le atravesó en el camino rogándole que la robara y él accedió a reemplazar la tabla sostenida por muchos años en dos arrumes de ladrillos, también robados. En la pieza contigua el camastro aúlla chirridos, con una sábana sucia y rota como único tendido, y una cobija alardeadora de sus rotos y suciedades. Herencias de la madre cuyos restos ya debieron sacar y poner en fosa común, supone. Lo llaman Cusumbo Solo, pero no se molesta. Solitario sí es. Murió su vieja. Los ojos de su madre miran desde una fotografía de tamaño cuarto de postal, arrugada y doblada en dos, que se estrecha entre la billetera aún más ajada con un caucho atando la cédula, el certificado militar, una boleta de prendería y el carnet municipal de la beneficencia. Es la única fotografía en ésa, su casa. La foto está ahí, pero a decir verdad no la mira. Sólo a veces. Los días de la madre. Sólo esos días. Al lado de la pieza hay un baño de puertas abiertas, con una cortina hecha jirones, donde gotea un tubo plástico con grifo acomodado, grifo de lavaplatos fuera de lugar. Cuando abre la llave, un hilo de agua recogida en el estanquillo afuera de la vivienda, dos metros más allá, sale con desgano. Al lado, un inodoro, aprovechado de alguna demolición, deja ver una mancha amarilla en el fondo de una loza largo tiempo olvidada por las cerdas del cepillo. Un lavamanos apenas sostenido, a punto de caerse, llora el deterioro del cristalizado empaque, elástico en otros tiempos. La tabla que fue mesa hace de puente en el piso para evitar a los pies descalzos adentrarse en el nido de gusarapos formado por la humedad. La punta de un clavo ignorado por el martillo negligente es evitada por unos pasos vacilantes que lindan con lo azaroso. Un cordel mal anudado sostiene el espejo manchado y despuntado, tamaño carta, con letras en el fondo del bisel armado con la hojalata de un envase de galletas. Una máquina de afeitar desechable, de mucho uso, irrita más de lo que corta, y descansa por preferir ser usada lo menos posible. Nadie imaginaría en ese lugar a un ayudante de albañilería con tal cual habilidad, pero allí vive. Casi siempre, avanzada la mañana, su cara asoma por el espejo, pero no entra, no ve, está pensando en otras cosas... O piensa en nada. A la hora de la verdad uno no tiene sino a su madre, pero ella murió dejándolo solo. A su mujer la borró de la memoria y ya no recuerda la foto, muchas veces acariciada, que sonreía desde la pared. Del vidrio y del marco no queda ni una astilla y la foto, vuelta pedazos de pedazos, la lanzó al fogón. Ya no recuerda el feto recogido del piso junto a su rostro pálido, ni el viaje en ambulancia rumbo al hospital, para no tener remordimientos de conciencia por haberla dejado morir. No se ve atormentado por la posibilidad de criar a un hijo con los rasgos del patrón. ¿Ver qué? El pelo ensortijado y desgreñado apenas medio conoce la peinilla. Se hace, aunque no siempre, un aseo corporal completo en el río de la ciudad, insensible a sus olores de albañal. De allí sale como perro sacudiéndose el exceso de humedad, a escurrir los pantaloncillos usados como vestido de baño. Las manos encallecidas, la barba de tres días, los ojos enrojecidos y medio cerrados, el tufo saliendo en vaharadas como neblina, oloroso a alcohol y a ese vaho dulzón de los entrapados en marihuana, la mirada torva, producto de años de estar aparentando fiereza para poder andar por los bajos fondos donde se mueve, la piel curtida y picada de viruelas, los tolondrones de barros destripados y mal cuidados, los colgajos de piel en la nuca, la boca desdentada, la lengua pastosa. Hasta ahí lo visto. No es más. ¿Qué hay para ver? ¡Nada por ver! Sin embargo en ésa, su propiedad, están colmadas las aspiraciones de no ser un don nadie, un sin techo. No necesita más. Las dos mujeres de su vida se fueron: su madre para el cementerio, la otra detrás del maestro de obra, el patrón de sus palustres y de los traperos de su esposa, desdeñador de escrúpulos a la hora de quitarle la mujer a alguno, pudiendo tener otras. Pero eso son recuerdos de cuando estaba vivo y ahora se siente muerto, podría decirse. Lo está en la medida de no preocuparle nada, no ocuparse de nada. No se da cuenta, pero sobrevive. Apenas sobrevive. Alguna vez le recomendaron:

¿Por qué no consigues un perro que te acompañe?

Esos animales requieren cuidados. No tengo tiempo –respondió.

Tiempo le sobra. Momentos más tarde saldrá en busca de la meretriz de a dos por centavo donde desayuna y lava la muda de ropa cada ocho días, cuando va a llevarle los pesos conseguidos; a desfogar un poco, a imaginarse esperado por una mujer. Habitualmente, la mujer ha asado –no con amor, se sabe– una arepa para él, embadurnándola con un poco de manteca acompañada, para cumplir con el compromiso, por una tela de queso de los baratos. Al lado pone una taza humeante de aguapanela que es sorbida con ruidos por el hombre, so pretexto de enfriarla.

Hoy hay cambios. Gracias al borrachito que salió en la madrugada después de soltar sus humores con rapidez y confundir el billete de pagar dejando uno mayor. Gracias a haber olvidado encima de la mesa una caja envuelta en una bolsa, la mujer ha preparado chocolate en vez de aguapanela y ha puesto una presa de pollo asado encima del queso. No es un acto de generosidad: necesita desprenderse de los huesos. Si el hombre vuelve, está dispuesta a jurar por todos los cristos necesarios que el olvido ocurrió en otra parte. El comensal sonríe con fruición. Pretende poner cara, mirada, y sonrisa, de conquistador. Tarasquea el pollo con ayuda de dos colmillos y tres muelas cariadas, mientras por el portillo de los dientes se escapa con efusión un grito de triunfo:

¡Esta es la vida que merecemos! ¿No, Chana?

2 HUELE A LICOR

La mañana que fue despertado por las ganas de estornudar, su estornudo salió en un ventarrón polvoso como el que envolvía la habitación cuando abría el baúl de los abuelos. Un olor repugnante, olor a viejo. Todo aquí se está envejeciendo por falta de uso, pensó, habrá que ponerle algún oficio a las cosas. Fue la primera vez que le dio por buscar a La Chana, conocida por referencias. Lo recibió desde antes de avistar la puerta un olor denso, pesado, a perfume barato y colorete. Alguno más conocedor lo habría calificado de “Pachulí”, pero a él se le pareció al miasma de lirios frescos y flores descompuestas del día de la llevada de su madre al cementerio de los pobres. Los mosquitos trataban de entrar por la nariz chorreadora de mocosidades propias y lágrimas prestadas por los ojos. “Huele a muerto”, oyó decir a sus espaldas, y eso afirmó lo que todos los pañuelos estaban pensando: “Huele a muerto”. Desde entonces su nariz asocia el olor de lirios y azucenas con la muerte, y el llorar de los sauces del cementerio de los ricos, conocido cuando lo contrataron por los deudos para repintar la pared de un mausoleo deteriorado por el olvido de años. El hombre que lo subcontrató, un sepulturero decrépito, metió la mano al bolsillo del overol y sacó la mitad de los billetes recibidos por hacer esa reparación: No voy a gastar los últimos días de mi vida subido en escaleras y abanicando brochas, musitó para sí el enterrador. El día menos pensado irá a caer sobre alguna de las franjas abiertas, ahorrándole a la familia el trabajo de un entierro, pero no está dispuesto a reconocer a los demás su deterioro, y menos a sí mismo:

No tengo tiempo, hágalo usted –dijo, y su única actividad ahora se reduce a dar órdenes a los ayudantes y hacer como si trabajara. 

No olvida la mirada vidriosa del hombre, la respiración fatigosa, la saliva espesa coagulada en las comisuras de los labios y el olor a viejo, ese olor que persigue a los ancianos en el sudor de las hemorroides, en el dolor de huesos, en la aversión al agua fría, y en la dificultad de llegar a todas partes con el jabón. Desde ese día también asocia las imágenes de la vejez y de la muerte. El pantalón y la camisa usados ese día, a pesar de haber sido lavados varias veces, aún conservan rastros de pintura y un olor a óxido perenne. Le costó trabajo acostumbrarse a los olores de ésta y de la otra vida. Al principio no pudo, después sí. Como si fueran dos: uno antes de la ida de su mujer, otro después de ser abandonado. Esa primera vez supo de La Chana por el cintilar del aroma saliendo por los resquicios de las ventanas, de la puerta, de las tejas del techo, una traílla suficiente para recuperar al perro ido de callejeos cuando quiere, llevando y trayendo pulgas. Al entrar le olió a perros, a gatos marcando territorio para hacerlo sentir un extraño venido a quitarles el tiempo de la mujer y el calorcito de la cama. No ladraron. Están acostumbrados a la llegada de forasteros y cansados de ser acallados por la damisela interesada en no enterar a los vecinos con ladridos cuando hay hombres acostados en su camastro. Precaución innecesaria: los postigos ya saben. Adentro se siente olor a incienso de “cariaquito morado” para la buena suerte, a varillitas de sándalo quemado para los buenos augurios, a humo de hojas de eucalipto para alejar la gripa, a sahumerio para espantar malos espíritus. El visitante siente como si del techo le hubiera caído una pesada y asfixiante cortina de olores. Huele a infusiones de paico pegadas a las paredes de una olla tiznada en el fogón de leña, huele a leña en tizones a medioarder, a velón empapado en esencia de rosas comprado en un puesto del mercado, a flores marchitas de un florero olvidado en una esquina del salón, a moho de trapos viejos salido del escaparate, a polvo debajo de la cama, a insecticida entre las costuras del colchón, a humores de cada visitante frotado por la sábana en los últimos quince o veinte días, a orines en los alrededores de la taza del inodoro, a telarañas remendadas por sucesivas generaciones de bichos, a ropa interior cuyo lavado se ha aplazado desde la última menstruación porque primero debe despercudirla y no ha tenido tiempo, según dice; a vaho cáustico escapando de las axilas de la mujer, a capas de sudor acumuladas en las chancletas que arropan los talones agrietados, a ambientador de baño sustraído como recuerdo de un taxista y canjeado junto con el valor de la carrera por servicios propios de la casa, a hollín adherido al altarcito de una Virgen precariamente parada en una repisa sobre la carpeta de bordados blancos, manchada de amarillo. Periódicamente se le ve rezar: ¡Ay!, Virgencita linda, no permitas a la noche acabar sin por lo menos un cliente para asegurar el desayuno de mañana. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, Virgencita linda. Una veladora de aceite de higuerilla acompaña los rezos con su humareda rancia pugnando por subir a perforar las nubes y marcharse sabe Dios donde. El estómago de la mujer se rebulle en flatulencias apenas contenidas antes de la marcha del hombre cuya compañía fue soportada sólo el tiempo indispensable. Cuando salió, ella suspiró con un gesto de automprensión:

¡Al fin se fue! Me tenía mareada ese tufo de borracho.

3 PIEL DE DURAZNO

En su niñez fue feliz. Recuerda a su madre joven, con la piel tersa, amamantándolo hasta más allá de los tres años. Recuerda a las vecinas diciendo no sea indecente y a su madre aduciendo poner barreras contra los microbios. El olor de la leche tibia lo asocia con el de la felicidad y la tersura de la piel de unos senos repletos recorridos como siguiendo un mapa de venitas azules, con el acariciar de un pañal de dulceabrigo o la piel de un  –¿Cómo decirlo? Es un lugar común que todos dicen–… de un durazno. La piel tersa no se le parece a una naranja, no a un madroño, no a un mango, no a una guanábana, no a una guama. No se le parece a un corozo, a una pera, o a un limón; no tiene parecido a una ciruela. La piel tersa de su madre era una piel de durazno, pero con manos campesinas carrasposas como el lomo de una caja de fósforos. ¿Quién hubiera dicho que llegaría a convertirse en una vieja de pliegues arrugados y olores indescifrables? Era su madre y en su recuerdo siempre tendrá ese aspecto de postal de propaganda para madres lactantes. Ninguna como ella. ¿Cuándo volverá a acariciar una piel como la suya? ¡Nunca más! ¡Ya nunca más! La vejez le está llegando y la siente en la piel ácida, reseca; en las arrugas, las manchas, pecas y lunares; las verrugas, las ampollas y los callos. Sus manos fueron de niño pero tienen ahora la aspereza de la adultez y de los malos trabajos, muestran grietas:

¡Qué manos tan fastidiosas! No me toque con esas manos tan fastidiosas –lo increpó un niño lleno de raspones sanguinolentos, cuando acudió para ayudarlo a levantar la bicicleta. Desde entonces optó por no auxiliar a nadie, por no dar la mano a las mujeres que se bajan de los buses.

No tiene sentido. No agradecen. Como si las tocara con guantes abrasivos. ¿Cuánto tiempo lleva de no acariciar una piel de mujer joven? La última vez fue acusado de querer abusar de una niña amable con él, sólo amable, cuyo caudal de deseos reprimidos interpretó como si fueran señales destinadas a él y a sus caricias. No sea pendejo, hermano, hay mujeres coquetas por naturaleza, lo son desde el nacer y son las peores porque alimentan ilusiones, alimentan falsas esperanzas. A la hora de la verdad meten la mano en el canasto para sólo tomar duraznos. A esas nunca las verás comer una algarroba, no un chontaduro, nunca un borojó. Sólo manzanas y duraznos. Sus gustos no son de pueblo.

La Chana apaga la luz. Siempre apaga la luz. No le gusta ser vista. Hasta razón tendrá. Él estira su mano y la pasa por la flacidez de esos senos que ven lo que ven porque les toca, pero no participan.

¡Usted sí soba! No sobe más y duerma. Hay que madrugar mañana –dice La Chana, como si fuera a marcar tarjetas a la entrada de una fábrica.

4 MESA DE RICOS

Debió sospecharlo cuando le dijo que no la baboseara con sus besos de viejo. Le dolió. Entonces se acordó de los besos de la abuela con su asperjar de eses salivosas entre el sacudir de la caja de dientes, y se acordó de los besos de mamá cuando dejó de ser joven. En tiempos de vivir en el campo, su madre mataba gallinas y las vendía en el pueblo. Se reservaba la cabeza, las patas, y las tripas. Rellenaba la cabeza con arroz, arvejas y trocitos de zanahoria, y con la sangre que había escurrido al colgar el ave de las patas. Era privilegio del abuelo que se daba gusto al saborearla. Al ver los ojos implorantes del nieto lo invitaba a degustar las sobras y rechupar los huesos. Le dejaba la cresta. Esa pulpeja pequeña de buen sabor que gustaba, degustaba, regustaba. La madre ponía las patas en la sopa de arroz y las servía al chico que buscaba en el fondo del plato hasta encontrarlas. Morder su pulpa era lo máximo y desprender la piel adherida a los tendones que pasaba y repasaba por los dientes embadurnando de paso la boca, la nariz y las mejillas. Al ver los ojos implorantes del perrito, los huesos iban a parar al aire donde eran atrapados por el animal que hacía acrobacias. Luego estaban las tripas que consumía al desayuno. La abuela introducía una pluma para voltearlas y dejar ver las suciedades. Tomaba entonces un limón y raspaba hasta dejarlas oliendo a trapero de hospital, cuidando de no romperlas, y luego las lavaba. Una y otra vez lavaba, hasta quedar satisfecha. Al freírlas, se ponían crocantes y se encogían tomando el tamaño apenas de una o dos cucharaditas. Entonces su abuela abría una arepa humeante de las redondas, y la rellenaba con esa pequeña porción de tripas de gallina criolla cuyo sabor crujiente no se parece a ningún otro de los de este mundo. A ningún otro. Y las mollejas fritas… ¡Ay, Dios! Saltan lágrimas sólo de recordarlo. La Chana voltea en la cocina. Cuando sintió el aroma de la presa de pollo que se calentaba recostada a la callana de asar arepas, no podía creerlo. ¿Cuánto tiempo lleva de no morder un bocado de pollo asado? Perdió la cuenta. Pensó que no era para él, nada hubiera indicado que fuera para él, pero había dos presas en el asador, eran dos. Abrió las aletas de su nariz y absorbió el aroma. Se regodeó, ilusionado. Cuando ella lo llamó, se hizo el dormido por un instante, el suficiente para abrir un ojo y mirar la mesa en donde están servidos dos desayunos y sí, el suyo también tiene pollo. Su boca se hace agua y anticipa el sabor de los jugos grasosos que ruedan por la piel tostada y denuncian la presencia de los cominos, los tomates, la cebolla, el cilantro. Cree sentir una pizca de aceite de olivas o de girasol, salsa de soya, tomillo, laurel, hojas de perejil. Sabores y olores que capturó su memoria cuando trabajaba en la ampliación del restaurante chino. Cierra los ojos y siente el sabor del ajo, el del limón, la sal. La sal. No se le ocurriría comer sal a cucharadas, o sal sola, pero cómo le hace de falta a cualquier bocado. La sal alegra el gusto. Su madre compraba ubre de vaca. Solía sudarla y el sabor lácteo de sus carnes blandas es algo que no olvida. Sus carnes blancas, blandas, y tersas. Sí, tersas también. ¿Cómo explicarlo? Siente en los labios el sabor salado de los senos de su mujer, el sabor lácteo de los pezones erectos impregnando sus labios que juegan a extraer jugos que aún no llegan pero que llegarán. Cuando lleguen serán para el chico, pero quizás alguna gota quede para él, alguna gota. Cuando era su mujer, cuando aún creía que ella era su mujer, le parecía que no era tan dura la pobreza. Ella le preparaba coladas y él anticipaba el olor de la canela al llegar a casa. Se saludaban sin decirse mucho. Las personas humildes poco hablan. Simplemente acercaba las chanclas como invitándolo a que se descalzara, y pasaba a la cocina a servirle la colada de arroz con leche y panela, poniendo al lado dos o tres pares de galletas. Galletas de soda que son las mejores para acompañar ese sabor, por el contraste. Metía la cuchara al fondo y la sacaba colmada de arroces; de granos grandes, blandos, y dulces, y entonces la dulzura de una pasa, una uva pasa que coquetea en medio de los arroces. Así, calmada el hambre, puede esperar más de dos horas, hasta que la mujer ponga a punto la sopa y no importa que otra vez sea sopa de arroz, sopa adobada con alguna porción de pollo para darle sabor, algún hueso soltador de su sustancia, un pedazo de carne para acompañar a los aliños. Los sabores salidos de manos de la mujer sabían a cielo, cuando era su mujer. 

No hay como la comidita de casa, ¿cierto, m´hija?

Pero eran tiempos, eran otros tiempos, cuando creía estar casado, cuando creía ser feliz. Hasta el día en que la recogió para llevarla al hospital. Sintió morirse y la vio que se moría. Le besó la cara y le rogó que no muriera y entonces su lengua atrapó el sabor de las lágrimas. Habría podido sorber las lágrimas de su mujer por siempre, sus lágrimas saladas, si un ramalazo de duda no lo hubiera asaltado al mirar a la criatura que se le pareció (como gotas de agua, dicen los que comparan) al patrón. Era negrito, tenía la nariz chata y los labios gruesos. Vio en su mente la sombra del patrón y sospechó. No tuvo más sosiego. No lo tuvo hasta que ella se fue, hasta que el patrón se la llevó y maldita sea la vida de ellos y la de él que simplemente se apagó. Ya no le importa nada. No olvida el día en que compró un pollo entero para llevar a casa. El patrón le había dado una prima especial por cumplimiento de metas y fue a la vitrina en donde veía girar varillas con pollos dorándose al horno. Hizo el pedido y se sentó a esperarlo y a mirar a la vitrina. Sus labios anhelaban el sabor.

¿Se lo despreso, quiere que lo desprese? –preguntó el empleado.

¿Ah? –dijo, cayendo desde sus pensamientos–. ¡No! Lo llevo entero.

Mejor entero, para ponerlo sobre la mesa y verlo. Para ver la cara que pone su mujer de sólo verlo. Para verla tomar un cuchillo y cortarlo, regodeada, y servir las porciones en los platos. Para sentarse a saborear y a verla saboreando, a verle chorrear la grasa por las comisuras de los labios. Para verla chupar los dedos, para no dejar perder un tris de ese sabor a gloria, sabor a cielo, sabor a comida de ricos.

¡Ay!, m´hijo, ¿por qué no lo hizo despresar? Yo no soy hábil en eso, y no tengo cuchillo que corte como ellos saben.

Espere le saco filo al que tenemos, espere un poco.

A veces compraba un mango para ella. Uno de esos grandes de cachetes colorados. Se lo llevaba y se sentaban los dos a la entrada de la casa. Ella pasaba a la cocina. Entonces volvía con un plato y el mango partido en tajadas y, en el centro del plato, la semilla grande. En los alrededores del plato, la cáscara recortada en una sola espiral. Él ponía un poco de sal en la suya e introducía la punta entre la boca, la puntica no más, para poder apreciar el sabor dulce de la fruta enfrentado con el de la sal. Su saliva se expandía por las pupilas llevando el mensaje de ese sabor inigualable. Su mujer lo prefería sin sal. Ella mordía la mitad de una tajada y empezaba a macerarla poco a poco con los dientes, las muelas, la lengua. Cerraba los ojos y sentía recorrer el jugo por todos los lugares, lo sentía ascender al paladar. Mascaba, masticaba, repasaba, diríase que se sentía pesarosa al tragar. Entonces introducía una uña en los intersticios de los dientes para desprender una o dos fibras que se habían quedado enredadas. Porque su mujer tenía dientes, tenía todos los dientes y a él sólo le quedaban algunos. Al terminar, mientras él empezaba a recorrer el camino de la cáscara, ella tomaba la fruta y chupaba y chupaba para extraer a fondo los sabores y luego, coqueta, le introducía a él la fruta chupada entre la boca. “Chupe, m´hijo, chupe”, decía coqueta. Las mujeres coquetas son las peores. Le hacen creer a uno que lo quieren.

Sentía ganas de comprar un aguacate. Uno de esos grandes que venden como para adornar la mesa. Los veía al pasar a su trabajo, los veía al volver, se prometía comprar uno el día de la quincena. Entonces se acercaba al montículo sobre la caja de madera y los examinaba uno a uno. Hacía presión con disimulo, un poco apenas para ver su madurez. “No los magulle que los daña –decía el vendedor–. Si quiere le parto uno, lo garantizo”. Partido no. Quiere llevarlo entero y ponerlo sobre la mesa. Quiere que su mujer tome el cuchillo y haga dos cortes en cruz para sacar cuatro tajadas. Quiere ver sobre la mesa la tersura de la pulpa y tomar su porción para rociarla con un poco de sal e introducirle la cuchara –está como mantequilla, dice él– y toma un bocado que se esparce untuoso en la boca haciéndole ver que ese solo sabor es suficiente y que debe asimilarlo antes de pasar a otra cosa. Se saborea. Entonces también su mujer se saborea y dice: “Está como mantequilla”. Toma la punta del mantel y recoge el jugo que chorrea de sus labios. “Está como mantequilla”, vuelve y dice, vuelve y saborea. El sabor máximo fue en la navidad. Fueron juntos de compras. Había que surtir para los próximos meses porque el bebé venía en camino y había que comprarle sus cositas. Las luces prendían y apagaban y el hombre vestido de Papá Noel se les acercó en el almacén. Ho, Ho, Ho, dijo y señaló a la chica con gorro navideño y chaqueta blanca, con minifalda roja, botas y piernas de bastonera, que sonreía y les extendía una bandeja con bocados de carnes frías. Los invitó a tomar una muestra. Lo hicieron. Se saborearon. “Tomen otra”, los invitó. Entonces cayeron. Accedieron a comprar una porción de pavo ahumado con salsa de ciruelas “y les encimamos dos adornos para el árbol de navidad y un disco con villancicos”. Accedieron. No tenían árbol. Tampoco tocadiscos. Pero se tenían el uno al otro y era navidad. Cenaron a las nueve. A las diez, ella se levantó al baño. Lo hizo él. A las doce, habían ido tres veces. “Salga pronto, m´hija, que necesito entrar”, la apuró. “Ya voy”, dijo su voz languidecida.

“Montañero no pega en pueblo”. Eso nos pasa por ensayar comidas a las que no estamos acostumbrados, comidas de ricos que hacen daño al pobre.


5 LAS PAREDES OYEN

Toda la noche estuvieron retumbando esas voces, voces de su conciencia, recriminadoras. Las oía. “Eres un imbécil… ¿Por qué no los mataste? Pudiste tomar esa almadana que había a tu lado y descargarla en sus cabezas. Eres estúpido… Eres un cobarde”. Cobarde sí es. ¿Cómo no reaccionó cuando fue humillado delante de todos diciéndole que era bueno para nada y que su trabajo valía menos que un centavo? ¿Cómo no tiró todo al carajo, sino que dejó agachar la cabeza tontamente? Las voces estuvieron molestando hasta que empezó a sentir el zumbido en el oído. Le empezó de niño la vez que se bañó en el riachuelo. Se le inflamó. Sintió el dolor más terrible que hubiera sufrido –justo en la madrugada–, queriéndo perforarle el cerebro. Le siguió dando periódicamente.

Antes de acostarse, ponga unas gotas de glicerina carbonatada en el interior, para ablandar el cerumen que hiere el tímpano. Vuelva en tres días para que la enfermera le haga un lavado –dijo el médico en el dispensario–. Pero cuídese de somatizar las preocupaciones. Eso también influye.

Somatizar las preocupaciones. Sabrá Dios qué significa. Descubrió que los dolores le venían cuando tenía angustias. Le dio en vísperas de la primera comunión. Le dio en vísperas de los exámenes finales del primer año de primaria en la escuela rural y le volvió a dar en vísperas de los de segundo. No estudió más. Le dio el día en que la mujer aceptó venirse a vivir con él a la parcela, la noche en que pensaba la manera de proponérselo. Las palabras de aceptación fueron música para sus oídos. Si no pudiera hablar, no sería problema, al fin y al cabo es poco lo que habla. O si no pudiera ver: conoce los recovecos de su casa y de los lugares por donde transita, sus rutas son las mismas, siempre, no abandona sus caminos. No sería problema ser ciego. Pero se ha imaginado perder el sentido del oído y eso lo asusta. No poder oír, por ejemplo, el ruido de los camiones que inician el ascenso por la carretera. Deben ser las diez de la noche. Siente cómo aceleran las revoluciones del motor y cómo se detienen por un instante, sólo un instante, y luego emprenden la marcha en un cambio más poderoso. Le parece ver al camión cargado ascendiendo la cuesta, y ha imaginado qué pasaría si el cambio no entrara, si la caja se neutralizara, y entonces el camión dejara de ascender. Ha imaginado al carro devolviéndose por el peso y rodando sin control cuesta abajo, al conductor paralizado sintiéndose morir dentro del carro mientras el vehículo gana velocidad y lo ve abriendo la portezuela para lanzarse al pavimento y encontrar, tal vez, otra muerte afuera de él. El carro hace estragos ruidosos arrasando los arbustos. Ve al ayudante tratando de abrir con la manija a su lado, la que iban a arreglar cuando volvieran del viaje y está pegada, sigue pegada, lo mantiene atrapado de pies y manos sacudidos mientras la muerte se le echa encima a guadañazos que le clava y le clava con sevicia, la infame muerte que viene acompañada de ese solo crash violento y estremecedor en medio de la noche. Sigue elaborando la tragedia imaginada mientras otro camión inicia el ascenso de la cuesta y la imaginación vuela en espirales para atraparlo en las mieles del sueño. ¿Mieles? ¿Sueño? Poco a poco baja el tráfico vehicular en la distancia y escucha el estridular de los grillos. Los imagina cortejándose entre la hierba mientras se encienden lucecitas aquí y allá en la noche: las luciérnagas, como espectadores nocturnos en un estadio, prenden y fuman sus cigarrillos, toman fotografías con sus flashes encendidos en el telón oscuro… ¡Gooooool! Oye un perro que ladra a los desconocidos y otros que se animan a acompañarlo, solidarios. Luego callan. La claridad ha adentrado por los resquicios y entonces piensa que las nubes se han corrido dejando ver la luna llena. Un perro aúlla. Otros aúllan. El hombre desciende del mono y el perro del lobo. Lobos domesticados, pero lobos, aúllan como lobos. Se imagina que es un mono en la selva, se imagina despedazado por la jauría, mientras un tigre avanza no a salvarlo sino a disputar la presa. Un gato deja oír sus maullidos y se sienten tropeles de latas malgolpeadas. ¿Qué horas serán? El último reloj que tuvo lo perdió en la prendería. Debió sacarlo, pero no pudo. Ahora parece que están durmiendo hasta los grillos. El ulular de un buho atraviesa la distancia, desde los lados del solar. El pito de un celador hace lo propio, por los lados del poblado. ¿Qué horas serán? Ha dormido muy poco. Dormir, lo que se dice dormir. Unos gallos dejan oír sus alardeos kikirikosos. Aún falta para que las gallinas dejen oír los suyos cacareados. Deben ser las cuatro, tal vez. Los pájaros empiezan a soltar trinos. Dan gracias al cielo por los favores recibidos, decía la abuela: “Esclarece la aurora el bello cielo / otro día de vida que nos das / gracias a vos, Creador del universo / ¡Oh, Padre Nuestro, que en el cielo estás!”, le recitaba. Le parece oírla alegrándole sus noches de cuando era niño, haciéndolo dormir. ¡Mentiras! El mundo es cruel y los pájaros no dan gracias a Dios sino que advierten al que se acerque que cuidado te metes conmigo. Si invades mi territorio, tendrás que vértelas con mis picotazos, mira que te lo advierto, lo mío va desde este árbol hasta ese otro, y de aquí a la quebrada y de allá hasta el montículo. La pajarita que tengo allá es mi pajarita y sus polluelos son mis polluelos, no te acerques porque ese nido es mío y estoy dispuesto a defenderlo con mi vida. Los pajaritos hablan. Le parece oír sus voces y sus gritos de guerra. Van siendo ya las seis. Cuando ya eran, su mujer solía entrar al baño y cantar. ¡Cómo eran de lindas sus enjabonadas cantarinas! Sabía varias canciones, sabía muchas. Él hacía pereza en la cama, so pretexto de esperar a que el baño estuviera solo. Pero era por oírla. Tenía voz bonita la mujer y, a veces, venía oliendo a jabón, escurriendo humedades, a buscarlo, a echársele encima, a decirle que anoche soñé con vos, a ponerle oficio a esas mañanas cargadas de energía con que solía amanecer en otros tiempos. Se oían campanas en la iglesia, se oían bocinas de carros, se oía el rodar de una carreta. Mientras él se preparaba a iniciar el nuevo día y a salir a trabajar para traerle bienestar a la mujer, ella cantaba canciones de la radio y se oían ruidos de ollas y peroles en la cocina, ruidos de desayuno salido de las manos amorosas de su mujer. Le gustaban los porros y pasodobles que ella sabía bailar, y los tangos y boleros que ella sabía. Él nunca aprendió a hacerlo. No pudo. Ella sí. Cantaba como una corista y bailaba como princesa en un palacio, como la Sissy que vio en una película. El patrón también bailaba. Bailaba como un trompo. Era costeño. Sintió rabia en la navidad pasada cuando lo vio acercarse exhibiendo la dentadura blanca y completa y estirando la mano a la mujer para preguntar con un formalismo prestado, un simple formulismo, ¿me permite? Para mirarlo como si estuviera pidiendo permiso. ¡Falso! Gavilán rondador de nidos ajenos. La culpa es suya. Si hubiera aprendido a bailar. Si no la hubiera llevado a esa fiesta. La culpa es suya.

Dice el patrón que si yo no tengo inconveniente, y si vos no lo tenés, me dará trabajos de aseo en obras. ¿Vos que decís? Yo quiero.

De una cosa está seguro. Con su carita de yo no fui, con sus lagrimitas a flor de ojos, la que siempre tomó decisiones fue ella. ¡Falsa! Hacía como que consultaba. Él lo creía. Pero ya tenía decisiones tomadas. Es que los hombres son pendejos, somos pendejos. Todos no. El patrón es un vivo. Pero, viéndolo bien, llevó la peor parte: Se fue con ella. De esos dos no se sabe cuál es más infiel. Su pelea será una gazapera de perros y gatos, y bien que lo merecen porque la vida no se queda con nada. ¿Yo qué hice, qué cosa estoy pagando? A veces quisiera ser sordo, para no oír. Una o dos veces el patrón llegó acompañado por mujeres para que le ayudaran a contar tornillos y a hacer inventarios. Se encerraban en el almacén. Detrás del cuarto de vestir salían risas, se oían juegos. Todo hacían, menos contar tornillos. “A cantar a una niña yo le enseñaba”, amaneció cantando un día su mujer, “y un beso por cada nota ella me daba”, se sentía su enjabonar y enjabonar, “y aprendió tanto, que aprendió muchas cosas, menos el canto”, sonaba su voz cortada por el agua. ¡Qué iba él a imaginar que las canciones no salen porque sí, sino que salen del alma! ¡Qué iba a imaginarlo! Lo mandaron a llevar ese paquete a una ciudad de distancia y eran casi las seis.

Váyase usted sola para la casa, m´hija, que yo le llego.

Si no hubiera encontrado al paisano Vicente en el camino, si el paisano no hubiera sido dueño de un camión y hubiera ido precisamente en dirección al otro lado de la ciudad, si no hubiera aceptado llevar por él ese paquete; no sabría nada de nada. Pero iba. Pero aceptó. Volvió al vestidor a recoger sus cosas y entonces oyó las risas. Oyó los juegos. Entonces los oyó. Oyó el aquí no. Oyó el mejor en otra parte. Oyó los empujes y jadeos, oyó el golpear contra las tablas, oyó el ¡Ay! que lo desgarró porque ya había sabido que esa voz era de su mujer. Debió tomar la almadana y golpearlos, pero lo paralizó la cobardía. Lo sospechaba desde el día en que la recogió para llevarla al hospital y le pareció que el niño que había abortado no se le parecía, lo sospechaba, pero prefirió negárselo. Empezó a oír voces en su conciencia que le gritaban cornudo, cornudo, mil veces cornudo, y prefirió ir a la casa y recoger unas pocas cosas dejando el arriendo pagado hasta final de mes. Prefirió volver a la covacha de su madre en el pueblo, abandonada desde que murió. Prefirió no volver a trabajar en la ciudad y perdonarle al patrón los dos últimos días de jornal. Prefirió no volver por donde hubiera quien pudiera gritarle ¡Cornudo, cornudo, mil veces cornudo! A esta covacha venía con su mujer por temporadas y él iba a pescar y ella le hacía fritos, pero eran otros tiempos. 

La noche es fría y, al salir del bar, oye el ulular de un viento despiadado. Si fuera uno de los de ruana, se enfundaría en la suya para protegerse, pero es uno en mangas de camisa y se entrapa de frío hasta el más pequeño de los huesos. En la distancia, frente al cementerio, recostada a la pared donde dicen que se oyen lamentos de medianoche, ve a una pareja abrazada al cobijo de la soledad. No siente miedo. No tiene por qué. Es conocido por cargar a todos lados una pequeña almadana que usa para demoliciones, con la que da a entender que quien se meta con él verá su cabeza hecha polvo como si fuera un ladrillo. Avanza un poco, y la pareja que tiene al frente está llegando a conturbarlo. Toca en su fajín el otro ángel de la guarda que no lo desampara: su cuchillo. Le parece que el hombre es uno alto y moreno, y se le ve de contextura fornida. A ella parece notársele su piel blanca y facciones algo indígenas, amestizadas, cuya cabeza le llega al hombre apenas a la altura de los hombros. Su corazón golpea el pecho y siente ruidos de tambores. Piensa en aquel que fue su patrón, y piensa en la que fue su mujer. Su sangre hierve a medida que se acerca a la pareja desprevenida que habla de si nos podemos ver mañana, de si otra vez en el atrio de la iglesia, de yo también te quiero mucho amor mío y cosas de esas; pero se da cuenta de que éstos ya lo han visto y alcanza a oír la palabra fatídica en voz muy queda que se supone que no podría oír, pero que oyen sus oídos aguzados:  

–  … Es el cornudo.

Los tiene casi al alcance de la mano y cae en la cuenta de que no son aquéllos sino unos parecidos. Su sangre, como leche que hierve y se derrama, baja al nivel de uno que ve fantasmas de medianoche. Si fue incapaz de matar a aquellos por colgarle ese cartel en la frente, cómo va a ser capaz de matar a estos por leérselo. Ya no le importa nada. Mejor así, porque no duelen los oídos, no duele el corazón, ni duele el alma. Eso quiere creer. Lleva una vida miserable. De vez en cuando se siente sacudir y reacciona, reprochando a sus manos cobardes y temblorosas, diciéndose en una voz alta que sólo él escucha en su covacha:

Debí matar a aquellos. ¡Qué bruto! Esta es la vida que merezco.

6 UN PÁLPITO DE QUE LOS HOMBRES SON IGUALES

Cuando el callado labriego se acercó por segunda vez a la fonda a mirarla con ojos traspasadores, sin decir nada, empezó a ver en él la posibilidad de salir de la casa donde sentía asedios de su padre y de su hermano mayor. Ya sabe que todos los hombres son iguales, pero tal vez el labriego solitario, al que no se le ve ninguna mujer, sea diferente. Es un hombre trabajador. Es un hombre que se vio muy dedicado a los abuelos y ahora mucho al cuidado de su madre. Si vuelve –y algo le dice que va a volver– está dispuesta a aceptarlo, con la condición de no casarse sino fugarse a vivir juntos en la ciudad, lejos de los campos que sólo traen sinsabores. “Usted después le explica a su mamá, y yo después le explico a usted”.

¿Pero qué puedo hacer en la ciudad, si sólo sé rascar la tierra y sacarle frutos? 

Algo aprenderárecuerda que le dijo

Aprendió a ser ayudante de albañilería y no llegó a más. Sus conocimientos, tal vez, o su sentido común, no dan para más. Tampoco le exige mucho. Ella es consciente de que son montañeros. Montaraces salidos de la vereda en busca de caminos por recorrer, no digamos en la ciudad, sino lejos de su tierra. Sabe que gusta a los hombres. Todos los hombres son iguales. Si no fuera por su padre y por su hermano que la perseguían y cuidaban con celo, los que llegaban a la fonda también la hubieran perseguido. De eso se aprovechó su padre para atraer clientes, mandándola a dormir cuando era hora de que ellos se aburrieran y pidieran la cuenta. Eso hacía no porque estuviera cansado, sino por pensar que había recogido suficientes miradas lascivas de los otros para poblar la noche de ese cuarto que compartía con la mujer y la hija y en el que la madre se hacía la dormida. Su padre nunca quiso agregarle otro cuarto a la casa y cuando nació mandó al hermano a dormir al cuarto de herramientas que desde entonces se llamó el cuarto de los hombres, aunque en él no durmiera sino uno, porque su padre siguió durmiendo en el de las mujeres. Cuando ella nació, por no se sabe qué cosas le sacaron a su madre la matriz, lo que debió alegrarla porque siempre decía que a ella le faltaba “la más triste” y en su mirada había más que un juego de palabras. Entonces quedaron solas y a su padre no le importaba no dar tregua a la madre hasta que la hija se hizo señorita. Entonces se propuso conseguir que dejara de serlo, pero no consiguiéndole marido, sino queriendo serlo él. Se estrelló con un carácter feroz que heredó quién sabe de quién porque su madre era sumisa hasta exasperar y murió de una enfermedad cualquiera porque según los médicos había perdido el deseo de vivir. Su carácter tampoco es heredado del padre porque en medio de su bravuconería basta con que ella pele los dientes agresivos para recoger su cola entre las piernas y perder impulsos. Ella sabe en la mirada de los hombres cuándo vienen a lo que vienen y sabe también cómo espantarlos. Igual su hermano. Sospechó que el padre la perseguía y entendió que su misión era hacer lo mismo. Le fue mal. La cicatriz en la cara que dice haber conseguido tropezando con un rastrillo fue con un cuchillo de cocina y que dé gracias no perdió la virilidad porque resolvió poner más bien la cara. Ni siquiera fue capaz de explicar las razones y se vio obligado a esconder la mirada cada que se cruzaba con la suya. Entonces se propuso que, puesto que no era para él, tampoco fuera de nadie y le espantó todos los novios que pudo. Novios no, admiradores, que de haber ella querido a alguno habrían visto si era capaz o no de conquistarlo. Pero pa´qué si todos los hombres son iguales. El tonto éste si hubiera seguido portándose juicioso tal vez hasta lo habría aguantado, pero se porta mal y adiós paisano. No es ella mujer para vivir amarrada a esclavitudes. No es casada, pero tampoco es señorita. No parece ser hija de su madre ni se parece a nadie, eso está claro. Por eso no admite muchas cercanías en las vecinas ni va ella a curiosear lo que ponen en sus ollas. Cada quien que viva su mundo y no le piquen la lengua que, para grosera, grosera y media. Mejor que la dejen tranquila.

Quién iba a pensarlo. Viéndolo bien el patrón del tonto éste es hasta bien plantado. Viéndolo bien conversa con palabras bonitas y de todo tiene menos de ser callado. Viéndolo bien baila como un maestro y la hace a ella lucir los pasos que aprendió en las reuniones de las muchachas del colegio, que la invitaban porque era bonita y porque tenía buena voz y por ser alegre y descomplicada y porque no se le arrugaba a provocadores. Era como andar con una guardaespaldas. Es costeño. No sabía bien qué significaba eso pero ahora sabe que significa tener fuego en la piel. Ahora sabe que significa ser buen bailarín y nadar bien y aguantar en fiestas hasta la hora que sea, hasta el día que sea. Otra vida le hace vivir y le ha enseñado cosas que no sabía. La ha enseñado a trabajar y le ha enseñado que la cocina es para las bobas que se quieren quedar encerradas en la casa. Han montado un juego que los divierte. Él se inventa una vuelta de mensajería lejos de su lugar. Ella transmite la orden como si tal cosa. El otro va a cumplir el encargo y ellos viven el encanto del amor prohibido y de las cosas que se hacen casi a los ojos de los demás, menos del más interesado. “Una aventura / es más bonita” le da por cantar cuando está cerca, y el otro la mira con ojos cómplices. “Señora bonita / hay algo en sus ojos” sigue cantando, y el otro sonríe. “Pa´cantale entonce una canción / y que en plena reunión / usté me esté entendiendo / y si es caso de acuerdo nos ponemos / con su segundo nombre puedo hacelo” y todos ríen menos el tonto que ignora lo que pasa en sus narices. ¿Qué otra cosa puede hacer? No perdona a su padre haberle amargado los años que pudieron ser dichosos y alguien tendrá que pagar. Es la ley de la vida, lo que se hace se paga, y pagan los hombres por ser tan iguales.

Sospechó que no era el mismo. Vio que estaba sacando las uñas. Eso de irse a hacer vueltas dejándola salir sola del trabajo, y regresar pasada la medianoche con tragos y con olor a humo entre los dedos. Eso de tirarse en la cama con ropas y no dejar que ella le examinara las fuerzas para ver si era capaz de responder. Eso de empezar a quejarse de cansancios, no iba con ella. Hasta dejó de sostenerle la mirada. Vio que su trato se había vuelto más el de un compañero que el de un esposo. Ya no hablaban sino de trabajo. No compartían otro tiempo que el que pasaban en la construcción. De resto, sentarse a pensar la vida uno al lado del otro, uno lejos del otro, hasta que les daba sueño y luego a dormir cada uno por su lado; en la misma cama, pero cuidando de no rozarse. Ya no era el mismo y pensó que había descubierto los caminos por donde ella andaba. Entonces lo confrontaba con la mirada a ver si era eso, si se había dado cuenta. Pero no, no se ha dado. Eso la tranquiliza. ¿Entonces qué pasa? A poco el otro se está viendo más dedicado, se le ve más interés, se está inventando oportunidades de estar cerca, se está inventando oportunidades de estar al lado. Le ha dado por hablar de querer dejarlo todo, hasta el trabajo, y querer irse a otro lugar. Habla de querer volver a su tierra, habla de no querer llevar a nadie; a nadie, repite, y eso pone el corazón de ella a latir acelerado y a querer morir si llega a faltarle ese consuelo. ¿Si él se va, qué va a ser de ella? Ya han compartido más cosas de las que ella soñó jamás con compartir. De hecho cuando él insistió en saber de la criatura que estaba esperando y que todos suponían que era del marido, almanaque en mano le hizo cuentas y le demostró que no podía ser del otro sino suyo porque de aquí hasta aquí yo no lo he tenido adentro sino a usted. Cambió de colores y no supo qué hacer. Hasta que le dio por insistirle en que tomara este bebedizo, y ella que no. En que se pusiera esta inyección, y ella que no. En que fueran donde una enfermera en las afueras, y ella que no. La barriga fue creciendo y ya se notaba. Un día en que ella estaba hastiada de todo y de todos volvió él con su insistencia de un médico que atendía por los lados del mercado y cobraba poco, pero a veces aceptaba ir a domicilio y cobraba más, entonces la encontró cansada y dijo sí. Casi se muere. Si no le hubiera endulzado los oídos y no le hubiera dicho que lo de nosotros va más allá incluso que la muerte, hubiera sido capaz de matarlo. Pero se hizo presente en el hospital, quiso pagar todos los gastos. Le dijo al marido no se preocupe que para mí primero es el bienestar de los trabajadores. Le dio las semanas de licencia pagas que creyera necesario. La puso a hacer otros oficios que no la maltrataran. Volvió a ganarse su confianza. Cuando el marido recogió la ropa y se marchó, se supieron descubiertos. Entonces armaron viaje para la Costa viviendo como una especie de luna de miel. Los familiares han recibido con los brazos abiertos a La Cachaca y la hacen sentir que son familia. Allí viven sin misterios. Han empezado a aparecer muchachos con parecido al que ahora es su marido. “Es hijo mío desde que vivíamos en otro pueblo”. “Es un hijo que me resultó en el barrio de arriba”. “Es uno que tuve con la comadre de mamá”. Se adaptó a la costumbre de mirarlos como si también fueran hijos suyos y resolvió disculpar los extravíos porque al fin y al cabo todos los hombres son iguales. Es como un sexto sentido que no la deja tranquila, una intuición. No es que la incomode que algunos le digan “La Doña” y otros le digan simplemente “Seño” como dando a entender que hay unos puntos suspensivos. Sólo que él ha empezado a llegar tarde y con ojeras. Se empezó a acostar con ropas. Ahora se queja de cansancios. No va a llorar por eso, pues aprendió la lección. Va a regresar a la ciudad y a trabajar en el bar ése donde le ofrecieron trabajo anteriormente. El dueño ofreció pagarle bien por reemplazar a La Chana, “La mujer que más dinero ha ganado en este sitio”, según afirma, retándola a superarla, “Pero se dejó envejecer”, añade para explicar el abandono como si ella hubiera sido culpable de sus trajines. La Chana se fue y el hombre no se consuela por la pérdida de la mujer que más clientes atraía a ese negocio. Busca una que esté a su altura e ignora que la ha encontrado. Ella hará lo que sabe hacer y sacará todo el dinero que pueda de los hombres, que para eso los trajo Dios al mundo y por alguna razón la hizo bien bonita.


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)