domingo, 7 de octubre de 2018

254. Mono Rivillas, máquinas de escribir de la decadactilografía a la pulgotactilografía

Landó es el nombre de un ritmo afroperuano, y es también el nombre de un carruaje cubierto tirado por caballos; pero Landero es el apellido de un novelista español:


Y también el apellido de Andrés Landeros, cantautor vallenato del Departamento de Bolívar, considerado El Rey de la Cumbia:


Sin embargo, hay una guaracha compuesta por la puertorriqueña doña Margarita “Margot” Rivera García, esposa de don Luis Rivera Esquilín y madre de Ismael “Maelo” Rivera Rivera (El Sonero Mayor), que se titula “Máquina Landera” y no se refiere a ninguno de los dos.

Máquina Landera”, en versión de Víctor Piñero con la Sonora Matancera:


Chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
ay, maquinita landera (maquinolandera) 
ayer se fue con Chavela (maquinolandera) 
se fue pa’ la rumbandela (maquinolandera) 

Máquina, máquina (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 
a gozar y a bailar (maquinolandera) 
con su maquinolandera (maquinolandera) 

(Chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 
(chumba la candela, maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
no me hables tanta bobera (maquinolandera) 
no seas tan pamplinera (maquinolandera) 
estoy plantando bandera (maquinolandera) 

Con la maquinolandera (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 
pero maquinolandera (maquinolandera) 
pero maquinolandera (maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
ay, maquinita landera (maquinolandera) 
esa negrita rumbera (maquinolandera) 
se fue corriendo pa’ fuera (maquinolandera) 

Para que nadie la viera (maquinolandera) 
con tremenda borrachera (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 

Maquinolandera (maquinolandera) 
maquinolandera (maquinolandera) 
(maquinolandera, maquinolandera) 
(maquinolandera, maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
ay, maquinita landera (maquinolandera) 
me voy pa’ la rumbedera (maquinolandera) 
esa negrita Manuela (maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera) 
maquinolandera (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 
máquina, máquina (maquinolandera) 

Oh, oh, oh, oh (maquinolandera)...

La canción es un tema bailable muy pegajoso y alegre, cuya letra sirve para ilustrar la tesis de que no todos los poemas son musicalizados, ni todas las letras de canciones son poemas. Este no es un poema. Es una sucesión de frases cuya misión es llenar el espacio con palabras en vez del tarareo. Digamos que no es una letra que tenga argumento, pero las frases algo tendrán que significar. No sé si sea producto de mi mente pervertida, o en el Puerto Rico de aquellos años, y en el contexto de la canción de algunas personas que se encuentran en un baile, estar “plantando bandera” signifique que el hombre está excitado. No sabría decirlo. La palabra máquina y su derivación máquino, puede referirse a un maquinista de tren, a un conductor de automóvil o camión, a un mecanógrafo, o como apodo a alguien que maneje o repare cualquier tipo de máquina en algún taller. El título lo encuentro como Máquina Landera, como Máquina Landero, como Maquinalandera, como Maquinalandero, como Chupa la Candela, como Chumba la Candela, y como Chumalacatela. Cada quien le pone lo que le parece oír.

Chupar la candela, puede referirse a un fumador de tabaco, claro; o metafóricamente a cualquier cosa que se relacione con chupar, así como meter candela no sólo se refiere a hacer fuego sino a ponerle entusiasmo a cualquier cosa. En fin, ¿En qué estaría pensando doña Margot Rivera cuando escribió esa letra, en qué estaría pensando?

Su hijo Maelo no sólo fue contemporáneo de Daniel Santos, sino que con el tiempo terminó enamorado de Gladis Serrano, una exmujer del Inquieto Anacobero que tenía un hijo pequeño de Daniel. Maelo le planteó la situación a Daniel, pero éste no tuvo inconveniente en que su amigo se casara con su exmujer y criara al chico. Fue así como su amistad se convirtió en una especie de compadrazgo o amigable componenda.

Doña Vicenta Gómez Diago era hija de don Vicente Gómez Restrepo, y por lo tanto descendiente de don Alonso López de Restrepo Méndez, que en el siglo XVII llegó desde España con su primo Marcos López de Restrepo Águila al Valle de Aburrá, y cuya descendencia se regó por todo el país. Me refiero a la de don Alonso, puesto que la de su primo no, porque él no tuvo bisnietos hombres sino que todas fueron mujeres. 

Doña Vicenta era la madre de José Asunción Silva Gómez, el célebre poeta suicida que pidió a su amigo, el médico Juan Evangelista Manrique, en cuyo honor se nombra el barrio Manrique de Medellín, que le dibujara con mercurio una cruz en el sitio exacto del pecho donde queda el corazón. Fue sobre esa cruz donde descerrajó la bala que le quitó la vida. ¿Por qué lo hizo? Se dice que no pudo soportar la muerte de su hermana Elvira, de quien estaba incestuosamente enamorado. Son dos motivos suficientes: un amor imposible y la pérdida del ser querido. Estaba, además, el fracaso económico de sus negocios, con pérdida total de su fortuna, y demandas de los acreedores que incluían el pleito por mala administración que le puso la familia Diago, de su abuela materna. Duro eso de verse uno demandado judicialmente por su propia abuela. Y estaba algo que le ha pasado a muchos, aparte de él, pero no es consuelo para un poeta y escritor al que le sobrevenga esa desgracia, de ver perdido el trabajo de años, sepultado por el destino en las profundidades del mar, según cuenta doña Wikipedia de Google: 

“El 28 de enero de 1895, el barco a vapor Amérique, que lo trae desde Venezuela, naufraga frente a Barranquilla. Se hunden con él los manuscritos de su obra. El Libro de Versos y los Cuentos Negros, que pensaba publicar”.

Una cosa así, es como para deschavetar a cualquiera. Para finales del siglo XIX la máquina de escribir estaba inventada pero, supongo, su uso no estaba tan extendido y muchos escribían sus obras a mano, con anotaciones en fichas, en libretas y cuadernos, que luego los tipógrafos tenían que articular y componer al imprimir los libros. Eran tiempos en que no se entregaban los manuscritos en disquette, en CD o en USB, ni se sacaba backout o copias de seguridad por si las moscas se enloquece el disco duro. 

Supuesto el caso de que Silva tuviera una máquina de escribir, lo imagino con su meticulosidad y parsimonia introduciendo sus cuartillas en la máquina y escribiendo trabajosamente línea por línea con el golpeteo de esas trogloditas teclas que requieren fuerza de herrero en los dedos pero eran accionadas por las delicadas manos de Silva. Equivocándose. Corrigiendo. Acatando a agregar un párrafo imposible de insertar y, entonces, copiándolo en otra hoja con flechas y señales equivalentes a nuestro “cortar aquí y pegar allá”. 

Yo soy testigo del final de la máquina de escribir, cuando las mecanógrafas de las notarías desarrollaban habilidad para escribir con rapidez en los folios numerados de papel sellado en que se escribían las escrituras públicas, y ponían al final de la hoja notas, aclaraciones, explicaciones, otrosíes, erratas, y cosas de esas para dilucidar errores cometidos en la mitad de una página. Horrible tener que repetir hojas enteras porque el error cometido era insalvable e imperdonable. Horrible. Recuerdo eso. Pero también soy testigo de la llegada del computador personal y de los textos que se escriben hoy en día con el sin fin de posibilidades de cortar, pegar, trasladar frases y párrafos completos, cambiar el contenido, sustituirlo por otro, precisar, dar formato con diferentes tipos de letra, aplicar la bastardilla, quitarla, poner letra en negrilla, ponerla en subrayado, llevar todo a mayúsculas, regresarlo a minúsculas, cambiar la fuente, cambiar el color, dar sangría a los comienzos de párrafo, aumentar o disminuir tamaños, introducir viñetas, justificar, en fin. Creo que no soy capaz de regresar a escribir como lo hacían en los antiguos tiempos, que para mí equivalen a la escritura sobre piedra de las tablas de la ley, martillo y cincel en mano. Las viejas máquinas de escribir han pasado a ser, pues, unas piezas de museo; y algunos las compran para ponerlas en su colección particular, sobre todo aquellas que pertenecieron a escritores reconocidos y en las que se escribieron obras de la literatura universal. Son verdaderas joyas las de Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, William Faulkner, Marguerite Yourcenar, etc. Un coleccionista, por ejemplo, es el actor norteamericano Tom Hanks que ve un modelo de esos y se le tira en voladora para adquirirlo. Tiene un técnico italiano que es especialista en restaurar, pero ese técnico dice que no son sólo los coleccionistas los que las están reviviendo esas máquinas sino que hay personas que las adquieren para dedicarse a escribir en ellas. Se declaran enemigos del facilismo y la agitación de los tiempos modernos y quieren regresar a los tiempos en que se escribía a la luz de una vela hasta que a uno lo vencía el sueño. No soy de esos.

Coleccionistas de máquinas de escribir y el técnico italiano que las recupera:


El británico James Cook es un artista cuyos cuadros no se hacen con pinturas y pinceles sino con impresiones en ¡Máquinas de escribir! La suya es una obra llamativa:
Hay un curioso concierto para máquina de escribir y orquesta, compuesto por Leroy Anderson, y una curiosa versión de ese concierto por el humorista o comediante norteamericano Jerry Lewis.


EL MONO RIVILLAS Y SU MÁQUINA DE ESCRIBIR

En el año en que cumplí los cinco mi adorada tía Gabriela Casas Restrepo, obrera de la fábrica de Coltejer, la mujer con quien yo de niño dormía en el rincón de su cama, se casó con Jesús Amador “El Mono” Rivillas Muñoz, mecánico de textiles y músico intérprete de la lira, bandola, o vihuela, el instrumento de cuerdas que acompaña al tiple y a la guitarra en las estudiantinas y en los tríos de serenata. Nacidos ambos en el año de 1918, tenían 32 años entonces, y ahora ella está próxima a celebrar su centenario, lúcida y entusiasmada por el soplo de las 100 velitas que su recientemente fallecido esposo no pudo celebrar. A él le faltaron unos meses para cumplir esa efemérides porque la muerte no quiso esperar. 

Treinta y dos años era una edad que según los parámetros de la época los calificaba de solterones y de “vestir santos”, como alusión a las beatas colaboradoras que había en las parroquias para ayudar al cura en los preparativos de la Semana Santa vistiendo las imágenes de procesión. Para un niño de cuatro años, el hombre que se está llevando a la mujer que le arrulla los sueños “es un ladrón que le ha robado todo”, como canta José Luis Parales; y mi infantil reacción fue ir a la cocina a tomar un cuchillo porque yo quería matar a ese infame. Cuatro años se demoraron en tener sus propios hijos, y yo fui durante ese tiempo como un hijo adoptivo de la pareja, un sobrino consentido.

El Mono Rivillas es un personaje al que hago referencia en el artículo “Maestro Rivillas entre vihuelas, liras, bandurrias, y bandolas”, insertado en este mismo blog. 

A los doce años, y convertido en lector incansable, yo pasaba vacaciones escolares enteras metido en la biblioteca del Mono Rivillas con sus colecciones de libros, con su enciclopedia por tomos, con sus bibliotecas básicas de Editorial Salvat y del Instituto Colombiano de Cultura, con su colección empastada por semestres de la revista Selecciones del Readers Digest en español a partir del primer número en este idioma que salió en diciembre de 1940. Allí me nutrí de conocimientos en una gran variedad de temas que para mí fueron el embrión de lo que llaman “cultura general”.

Máquina de escribir portátil Smith Corona Super, mod. 54

En un rincón de la biblioteca del Mono Rivillas, sobre un tablón que hacía las veces de mesa, había una máquina de escribir portátil Smith Corona Super mod. 54 de cinta bicolor en rojo y negro, y en ella hice mis primeros pinos mecanográficos, chuzografiando teclas con los dedos índice y buscando trabajosamente las letras en un desordenado teclado qwerty que vaya uno a saber por qué razón venían ordenadas así. Tenía, entonces 12 años de edad.

Seis años después mi madre me matriculó en un curso de mecanografía en el Instituto Comercial Antioqueño con la señorita Emilia Duque Yepes, septuagenaria mujer a la que acompañaba su hermano “Don Leo” en la enseñanza decadactilar. Las máquinas de práctica eran unos armatostes Remington 12 Standard, y Underwood Standard Typewritter de duras teclas, cuyos ejercicios del manual tenían por fin agilizar el conocimiento de la ubicación de las letras y fortalecer los músculos de los dedos para que golpearan con fuerza. Nuestra meta, porque juntos estudiábamos mi primo Chepe y yo, era lograr la mayor velocidad en cantidad de palabras por minuto que obtenían las escribientes de notaría. Ese era un punto muy alto de alcanzar.

Poco después entré al mercado laboral, y tuve acceso a una máquina de escribir Underwood Five, cuyo dominio tuve que demostrar antes de que me permitieran acceder a la máquina de escribir eléctrica de la marca Brother, que era del uso privativo de la secretaria de gerencia. Una auxiliar de contabilidad hacía uso de una máquina Burroughs que no tuvo el privilegio de recibir mis caricias porque, como dicen, las cosas se parecen a su dueña, pero que debía ser muy molesta porque la mujer a cada nada lanzaba maldiciones, tiraba una hoja arrugada al cesto, y ponía una hoja nueva en el carro. Tal cosa era un fastidio. Para ese momento el Mono Rivillas había cambiado su vieja portátil por una Olivetti Lettera 22 de última generación, que relucía como una joya en el mismo rincón de su antecesora. Y para ese momento, también, yo era ya un mecanógrafo decadactilar acreditado y avalado por mis experiencias de trabajo. 

Finalizaba la década de los años 60 y en la oficina teníamos una sumadora manual de escritorio Divisumma 24, de tirilla, que llamábamos la caminadora porque a medida que uno accionaba la palanca para calcular e imprimir la máquina se corría unos centímetros y al final ya iba llegando al borde de la mesa. Sus patas eran unas chupas de caucho que se suponía tenían que anclarla a la lustrosa fórmica del escritorio, pero el polvo y la grasa las inutilizaban. Le hacía compañía una calculadora Facit NTK de escritorio, para multiplicar y dividir subiendo y bajando unas clavijas por el respectivo riel de cada cifra decimal. Se volvía uno un experto en accionar la palanca a velocidad muchas veces hacia adelante y muchas otras hacia atrás para obtener el resultado.

No supe cuándo pasó el tiempo desde que yo tenía cinco años hasta llegar al septuagenario que soy ahora. Fue en un suspiro. El siglo XXI me encuentra pegado a un teclado de computador de escritorio, decadactilar y todavía qwerty, olvidado de mis viejas máquinas obsoletas y negado a entrar en el mundo de las Tablet y los Ipod táctiles de toque fino. No he podido acomodarme al uso de la mecanografía pulgotactilar.

Pulgotactilógrafo de teléfono celular

Ha pasado el tiempo, y cumplí 74 años en el mes de octubre de 2019. Mi tía Gabriela Casas Restrepo, viuda de Rivillas, cumplió 101 años en el mes de agosto, y con las limitaciones propias de su edad conserva la lucidez, el caminar sin apoyo, y se acicala sin ayuda en las mañanas. Su esposo, Jesús Amador “El Mono” Rivillas Muñoz falleció cinco meses antes de cumplir los 100 en estado de lucidez mental, así el corazón no bombeara ya con suficiente fuerza. Ambos nacieron en el año 1918. Queda como recuerdo del Mono Rivillas la entrevista que le hicimos en compañía de Víctor Bustamante y de Luisa Vergara en su casa del municipio de La Ceja, entrevista que puede verse en el siguiente enlace.

https://neonadaismo2011.blogspot.com/2019/12/teatros-de-medellin-en-los-anos.html?fbclid=IwAR0nV9Vis1LISX9npCmtlaMzp5Id_iNfdagYX-F_ETGVJue8CcpY5_FzGgo

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)




domingo, 2 de septiembre de 2018

253. Los tres claustros de San Ignacio en Medellín; pasado, presente, y futuro de un patrimonio cultural



Dibujo de la hoy Plazuela de San Ignacio siglo XIX, en construcción, con 
el Colegio a la izquierda, la iglesia en el centro, y el Claustro 
Franciscano a la derecha en la imagen tomada de Internet

Sergio Restrepo Jaramillo fue un sacerdote jesuita, teólogo y filósofo, que adelantaba una importante labor pastoral en Tierralta, Córdoba, cuando a la edad de cuarenta y nueve años fue asesinado el 1 de junio de 1989 por dos sicarios de procedencia paramilitar, por considerarlo una piedra en el zapato para sus intereses.
Dos años antes, en 1987, los Jesuitas de Colombia habían vendido al Banco de la República una custodia de oro macizo, muy pesada, con una gran cantidad de joyas incrustadas y entre ellas 1486 esmeraldas de altísima calidad que le daban ese color verde que le valió el apodo de “La Lechuga”. Como se sabe, el oro macizo no se deja trabajar en orfebrería, y por lo tanto debe aleársele con otros metales, pero los orfebres encontraron la manera de rodear partículas de bronce con oro derretido, sin fundirlas con este, para obtener una consistencia que tuviera ese resultado prodigioso. Tal tesoro artístico fue obra del español Joseph Galaz, con dos orfebres que le ayudaron en la tarea. En el año de 1707 esa joya fue tasada en la cantidad de veinte mil pesos, que equivalen aproximadamente a unos dos millones de dólares en la actualidad. Eso son seis mil millones de pesos, mal contados.


La historia nos la contó a mis dos acompañantes y a mí otro Sergio Restrepo Jaramillo, un joven envigadeño que ha estado vinculado como asesor cultural a la Casa Museo de Otraparte donde vivió el filósofo Fernando González Ochoa, que ha sido director del Teatro Pablo Tobón Uribe de Medellín, y que es en la actualidad el Gerente de la sede del Claustro de la Caja de Compensación Familiar de Antioquia (COMFAMA), en la esquina suroriental de la Plazuela de San Ignacio, un hombre que trabaja al frente de unos ocho o diez jóvenes que administran ese lugar combinando la prestación de servicios de Comfama en la actualidad con la preservación de un edificio histórico cuya construcción se remonta al año de 1803, en los albores del siglo XIX, y con la proyección hacia un futuro inmediato en que “aspiramos a que se preserve por otros doscientos años, por lo menos”.

Después de la eficiente labor que durante once años desempeñó como directora de la Caja la Sra. María Inés Restrepo de Arango, haciendo de esta institución una de las más sólidas, bien manejadas, y prestigiosas del sector solidario, asumió en su reemplazo el joven David Escobar Arango, un egresado de EAFIT que hizo una brillante carrera graduándose con honores como ingeniero de producción y presentando una tesis que fue laureada. Abrió una oficina de consultoría empresarial y desempeñó diversos cargos tanto en el sector público como en el privado, llegando a la dirección de Comfama en el 2015 “en donde se proyecta para cosas más grandes porque es, en realidad, un hombre brillante”, según opinión que escuché. 

El secreto de todo buen administrador es rodearse de personas eficientes y eficaces, y el director encontró en Sergio Restrepo un buen miembro para su equipo.

Restrepo es un hombre que se sabe al dedillo la historia del claustro que maneja, y es un guía de palabra fluida que vibra con entusiasmo explicando paso a paso las circunstancias del lugar. Para empezar, nos contó que “La Custodia de la Lechuga” fue comprada a los jesuitas por cuatrocientos trece millones de pesos, equivalentes a unos tres y medio millones de dólares, como un valor simbólico. Se trataba de que la joya quedara en manos de la Nación como tesoro patrimonial bien resguardado, y la negociación incluyó una cláusula de restricción que impide venderla o cambiarle su destino diferente a hacer parte del Museo del Oro del Banco de la República. Ese valor se considera simbólico, porque representa solamente el peso del oro y de las joyas en báscula, sin incluir el valor agregado de la elaboración artística, que no es poco; y sin incluir el valor de aprecio afectivo, sentimental, e histórico, que es muy alto. “Tales cosas no pueden ser valoradas en dinero, como tal, porque son tesoros únicos que no pueden adquirirse en un supermercado”. Las cosas, dijo alguno, no valen lo que se pida sino lo que los demás estén dispuestos a pagar por ellas. De sacar esta joya a remate en una galería como Sothebys o Christies de Londres, el valor que adquiriría en la puja sería, seguramente, fabuloso. 

El gobierno no tenía los cuatrocientos trece millones de pesos disponibles en el presupuesto para la compra, ni podía desviar dineros destinados a otras prioridades, por lo que optó por pedir al Banco de la República que hiciera una emisión de billetes respaldados en pesos oro, nada menos que el oro de la Custodia de la Lechuga, con lo que se le pagó a los jesuitas. Estos, a su vez, destinaron ese dinero a un fondo para financiar programas de paz en el país, como los que han encomendado a los sacerdotes Gustavo y Francisco de Roux de su comunidad, y como los que financiaron la tarea del padre Sergio Restrepo Jaramillo en Tierralta, que le costó la vida.

No puede hablarse del Claustro de San Ignacio que ocupa Comfama en la actualidad, sin hablar también de la iglesia de San Ignacio que se encuentra al lado suyo en la plazuela de su nombre, y sin hablar también del edificio de la Universidad de Antioquia que se encuentra al otro lado de la iglesia. Las tres edificaciones componen un conjunto arquitectónico que es patrimonio cultural de la ciudad y se remonta al año de 1803, con más de dos siglos de existencia.

La Universidad de Antioquia no considera el año de 1801 como fundacional, a pesar de que ese fue el año en el que Su Majestad Carlos IV de España expidió la Real Cédula mediante la cual autorizaba la traída a Medellín de la Comunidad Religiosa Franciscana para la enseñanza primaria y secundaria, por considerar que Medellín “es el lugar más floreciente de la Provincia, mayor aún que Antioquia, su capital; que Medellín está situado casi en el centro del gobierno; que en toda la Provincia no hay otra religión, ni colegio o casa de enseñanza…”.

Los franciscanos llegaron a Medellín en marzo de 1803, tres meses antes de la fecha oficial de celebración universitaria el 20 de junio; y la celebración se efectúa dos semanas antes de la fecha de compra del terreno en el que se construyó la edificación, compra realizada el 5 de julio. La razón es que fue el 20 de junio de 1803 el día en que se empezó a impartir clases a los alumnos en un local alquilado en el costado norte de la Plaza Mayor, que hoy conocemos como Parque de Berrío, mientras se construía la edificación propia en la hoy Plazuela de San Ignacio.

Bajo la guía de Sergio Restrepo empezamos el recorrido del Claustro por la denominada Puerta del Perdón, en un pasillo que comunica este edificio con la iglesia que los jesuitas encomendaron al patronazgo de San Ignacio de Loyola, y que antes los franciscanos habían encomendado al de San Francisco de Asís. El conjunto arquitectónico que es patrimonio cultural de la ciudad en la antigua Plazuela José Félix de Restrepo ahora llamada de San Ignacio, lo componen tres edificaciones iniciadas en el año de 1803 por el franciscano Fray Rafael de la Serna a quien había sido encomendado fundar un colegio para la educación de los paisas, que hasta ese momento tenían que mandar a sus hijos a estudiar en Bogotá o en Popayán, lugares que antes de la invención del automóvil y del avión, y de la construcción de las carreteras pavimentadas, quedaban ¡lejísimos! a muchas jornadas de camino a lomo de mula por trochas dificultosas. Fray Rafael compró el terreno a los señores Manuel de Yepes y Manuel María Hernández, y encomendó el diseño y construcción a los frailes Casimiro Tamayo y Luis Gutiérrez. Tres elementos constituían el proyecto inicial consistentes en dos claustros para funcionamiento del colegio, el uno; y para el alojamiento de la comunidad franciscana, el otro; con una iglesia para la atención espiritual de la feligresía en el medio. La palabra claustro denomina unos cuartos en galería sostenidos por columnas que rodean un jardín o patio interior, y se aplica por lo tanto a los dos establecimientos laterales a la iglesia central. Aunque inicialmente estaba previsto que los franciscanos se hospedaran en el extremo nororiental de la plazuela y el colegio se situara en el suroriental, estos destinos se intercambiaron y se construyó primero el alojamiento de la comunidad en este último que es el actualmente ocupado por Comfama. Luego se construyó el colegio franciscano que evolucionó a convertirse en Colegio del Estado y luego en la Universidad de Antioquia, el que ahora conocemos como Paraninfo; y luego se construyó la iglesia en el centro. La edificación general tuvo cuatro etapas, incluido el agregado de un nuevo edificio sobre la carrera Girardot, detrás del actual Paraninfo, guardando armonía arquitectónica con el conjunto de la plazuela, que fue ocupado por la Facultad de Derecho inicialmente y después por la Institución Educativa Javiera Londoño. 

Cuatro patios hacen parte del ahora llamado Claustro y hay dos niveles enfrente a la plazuela, que se aumentan a cuatro niveles por la parte de atrás incluida una torre que se proyectó como observatorio meteorológico y astronómico, así como mirador, y fue la edificación más alta que en su momento tuvo la ciudad. 

Con el tiempo, ya para finales del siglo XIX, y después de varios conflictos bélicos y vaivenes políticos con confrontaciones entre la Iglesia y el Estado, los franciscanos habían sido despojados de la posesión convertida en cuarteles militares y en calabozos para albergar prisioneros de guerra. Al reintegrar a la Iglesia el lugar, no fueron los franciscanos sino los jesuitas los encargados de continuar, fundando allí el Colegio de San Ignacio que durante mucho tiempo lo ocupó. Para las primeras décadas del siglo XX la iglesia de San Ignacio se encontraba en medio de dos importantes lugares de estudio: la Universidad de Antioquia y el Colegio de San Ignacio, lo que generaba confrontaciones callejeras por rivalidades entre los estudiantes de uno y otro establecimiento. A la larga, el Colegio de San Ignacio fue trasladado para las cercanías del Estadio Atanasio Girardot en el occidente de la ciudad; y la Universidad construyó la Ciudadela Universitaria en el centro norte de una ciudad que había crecido de manera desmesurada comparada con la aldehuela que dio albergue a los comienzos de este conjunto arquitectónico, una aldehuela de apenas veinte o veinticinco mil habitantes calculados en la Real Cédula fundacional de la hoy Universidad de Antioquia.

En un futuro”, nos dijo Sergio Restrepo mostrándonos una amplia terraza al pie de la torre del mirador meteorológico, para cuya cima debimos subir por una estrecha escalera de caracol los setenta y cinco escalones de madera que nos separaban del último piso, “este lugar que fue precursor del Observatorio Astronómico queremos convertirlo en una librocafebar con mesas que permita contemplar los alrededores mientras se lee un buen libro, se degusta un buen café, o se consumen algunas copas moderadas con el sonido de la música ambiental apropiada. También queremos conectar esta edificación con la del frente en el costado sur de la plazuela, que también es de Comfama, mediante un puente peatonal a la altura del cuarto piso con el fin de darle unidad a las dos edificaciones que ocupa la Caja”. 

Es un proyecto ambicioso que, a no dudarlo, va por buen pie bajo la dirección de David Escobar y Sergio Restrepo  “Con un plan de inversión que, en principio, se calcula en miles de millones de pesos, y debe por lo tanto fraccionarse en etapas y ajustarse a los presupuestos de la entidad”. Tal plan de trabajo obedece a una política institucional de, cumpliendo con las reglamentaciones oficiales, preservarle a la ciudad un lugar que hace parte de la Historia de Antioquia. “Como decir que la esquina suroccidental de la plazuela, actualmente ocupada por Comfama, fue la casa donde vivió el magnate don Pepe Sierra y hay una placa que así lo registra”, nos dice Sergio; y luego agrega: “Pero tenemos que ser cuidadosos con el desarrollo sostenible y el medio ambiente. Este árbol que tenemos al frente, por ejemplo, va camino de ser centenario. En él se alberga el nido de una pareja de guacamayas amazónicas que están en vías de extinción y tenemos que cuidar, se alberga un panal de abejas que consideran ese árbol como su hogar y a nosotros nos consideran unos intrusos, y se albergan periquitos y otras especies que hay que cuidar. Todo parece indicar que ese árbol está vacío por dentro y habría que derrumbarlo, pues hay peligro de que alguna de sus ramas o el árbol todo se vaya al piso y caiga sobre los habitantes callejeros que juegan ajedrez en la plazuela. Ellos no están en vías de extinción, pero también hay que preservarlos”.

Para estas obras se requieren estudios previos y análisis, por lo que se espera contratar a una empresa especializada que escanee con equipos modernos el interior de los árboles para detectar los potenciales problemas, y ya hay un equipo que está analizando con técnicas arqueológicas las paredes y muros de soporte de la edificación. Por todos lados se encuentran lugares demarcando lo que los técnicos llaman calas estratigráficas, con el fin de estudiar los materiales usados y las pinturas aplicadas a través de las diferentes épocas de la edificación en los más de doscientos años transcurridos desde sus comienzos, para que las tareas de restauración no sean invasivas y respeten su evolución en el transcurrir histórico.

Menuda tarea les espera a los encargados, pero por fortuna se encuentra en buenas manos porque de estar al alcance de nuestros modernos urbanistas con seguridad el lugar ya habría sido demolido y en su reemplazo habrían construido un edificio habitacional de veinte o más pisos. Es lo que ellos suelen hacer.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Comentario recibido el 19 de agosto de 2018 de Sergio Osvaldo Restrepo Jaramillo de Comfama:

Hombre Orlando, me encanta tu artículo y hasta encontré datos históricos que no sabía, te agradezco poner de manera genérica los valores de inversión futura, hasta que esté aprobado todo el presupuesto de la caja para los próximos años. Un abrazo, Sergio.



domingo, 26 de agosto de 2018

252. Mierda Caliente, Tarapacá, y Leticia en Medellín; rezagos de la postguerra colomboperuana

SANTA LETICIA, VIRGEN Y MÁRTIR

El nombre de Letizia saltó a la palestra por cuenta de una periodista plebeya que conquistó el corazón de Don Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias. Como Don Felipe ascendió al trono español, Doña Letizia dejó de ser la nuera de Doña Sofía y pasó a ser la Reina Letizia, investida del título protocolario de Su Majestad la Reina de España.

La diosa romana Ceres, que es la pagana patrona de la agricultura, fue dotada de un comprensible atributo por sus devotos latinos que la adjetivaron como “Laetitia”, la que da felicidad. Eso se entiende porque un año exitoso, pródigo en siembras y cosechas, se considera que fue un año bendecido por la diosa. 


Hubo una joven británica, compañera de Santa Úrsula, que llevaba el nombre de Leticia y fue reconocida por la Iglesia Católica como Virgen y Mártir. Está inscrita en la cuenta de las once mil vírgenes. Santa Leticia figura en el santoral católico con varias fechas de celebración, como decir el 13 de marzo, el 25 o 27 de abril, el 18 de agosto, el 9 de septiembre, o el lunes de pascua caiga en la fecha que cayere; pero no es mucho lo que se sabe sobre su vida, obra, y milagros.

LETICIA, LA DEL AMAZONAS

En la segunda mitad del siglo XIX el presidente peruano Mariano Ignacio Prado contrató al contralmirante norteamericano John R. (Randolph) Tucker para conformar y presidir la “Comisión Hidrográfica del Amazonas Peruano”, cuyo secretario era un ingeniero de nombre Timoteo Smith Buitrón, que era hijo de inglés y de peruana; comisión de la que hacía parte el ingeniero Manuel Chacón. 

Según el genealogista David Asprey en “Brits in Iquitos, 1870” (Británicos en Iquitos en los años 70), Timoteo estaba casado con Cecilia Johnston, que era hermana del comerciante escocés Alexander B. Johnston. Timoteo y Alexander eran cuñados y socios de negocios, y luego Alexander se casó con Leticia Smith Buitrón, la hermana de Timoteo. Eran, pues, dos hermanos Smith y dos hermanos Johnston doblemente emparentados, los dos hombres cuñados y concuñados entre sí, cuya historia se pierde en las nebulosas del tiempo… dejando a un hombre desairado que inmortalizó el nombre de la mujer que lo desdeñó.

La comisión se instaló en la ciudad de Iquitos, que para ese momento era un moridero de tres vías paralelas al río Amazonas, cruzadas por ocho vías perpendiculares. Leticia era una mujer bellísima de la que se enamoró el ingeniero Chacón y la pretendió, pero no fue correspondido porque ella estaba enamorada del comerciante escocés con quien se casó; o de su fortuna, lo que a estas alturas de la vida ya no podrá saberse porque no quedan testimonios. Concedámosle el beneficio de la duda, teniendo en cuenta que es mejor vivir bueno que vivir maluco, y que un próspero comerciante escocés es más garantía de tranquilidad económica que un criollo ingeniero aventurero cuyos salarios estén, tal vez, envolatados. 

Cuando Chacón llegó al caserío de San Antonio, que a orillas del río Amazonas había fundado en 1867 el peruano Benigno Bustamante, resolvió cambiarle el nombre por el de Leticia. Era su propósito ganar méritos frente a la mujer amada, pero no fue suficiente este detalle para hacerla desistir de sus propósitos de matrimonio con el británico. Como el caserío creció, el gobierno peruano sacó un decreto nombrando oficialmente a la población en homenaje al expresidente peruano Ramón Castilla y Marquesado, pero la gente lo siguió conociendo extraoficialmente con el nombre de Leticia, la ciudad que hoy es capital del departamento colombiano del Amazonas. La bella Leticia sigue presente e imborrable en el nombre de esta ciudad que fue bautizada por el desengañado hombre que pretendía desposarla, y no lo logró.

PILAR, LA DE LETICIA

Es que cuando las mujeres están de por medio, algo puede pasar; como la Guerra con el Perú, de 1932 a 1933, que se libró oficialmente por asuntos de tratados y territorios trapezoidales, pero según el Dr. Alfonso López Michelsen tuvo como trasfondo el rapto de una amante, testimonio que recogí en el libro “Buenos Aires, portón de Medellín”.

…Años después llegó a mi conocimiento el verdadero origen del infortunado episodio que desató el conflicto amazónico.  Una mestiza de nombre Pilar, conocida como “La Pila”, era amante del alférez peruano Juan de la Rosa, encargado de la guarnición de Caballo de Cocha, en las vecindades de Leticia; pero, como en el caso de la Guerra de Troya, también requería sus favores otro pretendiente, que era nada menos que el intendente colombiano del Amazonas, don Alfredo Villamil Fajardo, uno de aquellos cachacos bogotanos de la época del Centenario. A pesar de sus atributos de dicharachero y galante Villamil fue quien perdió la partida, en la competencia con el rudo soldado, porque “La Pila” prefirió la compañía de De la Rosa y se estableció en forma definitiva en Caballo de Cocha. ¿Cómo iba a resignarse a tan afrentosa derrota nuestro compatriota? Sin parar mientes en que hacía apenas cuatro años que se nos había entregado el Trapecio Amazónico, y que era grande el descontento entre los peruanos con el Tratado Lozano-Salomón, optó por raptarse a la bella, acompañado de tres o cuatro agentes de policía que la obligaron a volver a Leticia…”.(1)

(1). Revista Historia de Credencial.  Edición 4 de abril de 1990.  La Guerra con el Perú, por el Dr. Alfonso López Michelsen.

ALICIA, LA DE LA VORÁGINE

Alicia fue el personaje de la novela La Vorágine de José Eustasio Rivera que se enamoró de Arturo Cova y, rompiendo con todos los cánones sociales y la pacatería que la rodeaban, lo siguió hasta lo profundo de la selva amazónica donde imperaba la casa cauchera del empresario peruano Julio César Arana. Esa historia de amores y desamores transcurrió en cercanías de la población que para entonces ya se llamaba Leticia, y Alicia vendría a ser otra de las mujeres que ligaron su nombre al de esta población situada en el Trapecio Amazónico Colombiano. 

LETICIA, LA DE LA GUERRA COLOMBOPERUANA

El conflicto colombo peruano…”, por Mónika Liliana González Peña y Gabriel David Samacá Alonso:


LETICIA Y LORENA, 
LAS DE TARAPACÁ 
EN MIERDA CALIENTE

Tunupa y Tarapacá fueron dos deidades de los indígenas de la Amazonia, similares al dios Viracocha; dioses del volcán, del rayo, y del trueno. Cuando el combate de la población peruana de Tarapacá en 1933, ese nombre ya existía desde tiempos aborígenes y daba nombre a muchos lugares territoriales del antiguo Imperio de los Incas. Para ese entonces, la diosa Fortuna había abandonado al contralmirante John R. Tucker, que murió de infarto en su natal Virginia (USA) sin haber podido lograr que el gobierno peruano le pagara los mil novecientos sesenta y un soles de honorarios que le debía por sus servicios.

Al promediar la década de los años diez del siglo XX varios europeos llegaron a integrar la colonia judía de Medellín, entre ellos los hermanos Rabinovich de quienes, al decir de Albéniz Vélez:

“Se decía que llegaron pobres a la ciudad y empezaron vendiendo telas de casa en casa cuyo muestrario ofrecían a la mano colgado del brazo. Los llamaban maneros, y se idearon la forma de vender a crédito para pagar por cuotas semanales que anotaban en una tarjeta. El truco consistía en pedir como primera cuota el valor de la pieza al costo, y arriesgar las ganancias a crédito confiados en la buena fe de los deudores. Como eran más los que pagaban cumplidos que los que se perdían, consiguieron plata”.

Esto es confirmado por el periódico El Espectador el 13 de mayo de 2008 en el artículo “El cementerio de los judíos” de Luisa Fierro, que dice:

“Los judíos comenzaron a llegar a Colombia después de la Primera Guerra Mundial, procedentes de Rumania, Rusia, Polonia, Lituania, Austria, y el norte de África. Buscaban ganarse la vida, y huir de los tristes recuerdos que les traían las tierras donde crecieron. Según cuenta Azriel Bibliowicz en su novela El rumor del Astracán, las primeras colonias que llegaron a Colombia le habían escuchado decir a un judío que había visitado a Bogotá que: “Latinoamérica es el lugar donde se prospera”. Así que muchos llegaron llenos de ilusiones y se dedicaron al comercio. Pusieron almacenes de textiles e impusieron prácticas novedosas: vendían la mercancía a crédito y ofrecían productos de casa en casa. Si en el almacén se vendía a tres pesos, a plazos se vendía a 10. Los clientes pagaban veinte centavos por semana y tenían la oportunidad de pagar toda la deuda al terminar el año. Para 1950 ya había comunidades organizadas con cementerio, club y colegio propio”.

Los ancestros de los Rabinovich de Medellín vivían en Rusia antes de la primera guerra mundial, y es posible que fuera esta guerra la que los obligó a emigrar hacia Medellín, Colombia, ignorándose por qué fue esta la ciudad de su destino y no cualquiera otra de Latinoamérica.

Dice don David Rabinovich Geller en Tableros de Mensajes que:

https://www.ancestry.mx/boards/authorposts.aspx?uid=&uem=Eyzw5YJpnmjdd7amQ53bAseYQsxnvd67


“Mi familia emigró de Gomel a Krasnoyarsk de Siberia en Rusia alrededor de 1912, de allí pasaron a Medellín, Colombia. Dos hermanos, Saúl e Itzaak de Gomel, dieron lugar a tal vez doce o quince familias judías en Medellín. Escuché a mi padre decir en los años sesenta, que había oído que sus antepasados provenían inicialmente de Michailob. La esposa de Saúl, Guita, llegó a Medellín donde murió en 1937. Su nombre de familia era Geller (Heller o Heiller inicialmente)… La esposa de Itzaak era una Altzschuler. Hablé en Moscú con una prima, una nieta de Guita, quién murió hace unos diez años, y ella verificó un poco de la historia de la estancia en Krasnoyarsk”.

https://www.elespectador.com/impreso/bogota/articuloimpreso-el-cementerio-de-los-judios

Lorena, supongo, debió ser una dama muy querida por su señor que quiso homenajearla poniéndole su nombre a la finca que adquirió en la fracción de La América (antes barrio La Granja) de Medellín. Por ese entonces, ni se pensaba en que llegaría a urbanizarse el sector de Los Laureles que se convertiría no sólo en barrio sino en comuna de la ciudad. Tampoco se pensaba en que la finca Lorena habría de convertirse en uno de los barrios de esa comuna. Su finca contigua, que era de propiedad de don Gonzalo Arango Ángel y su esposa, fue adquirida por los señores Bernardo, Samuel, y Arturo Rabinovich Altzschuler; que junto con sus primos David, Enrique, Isidoro, y Salomón Rabinovich Geller; y con su otro primo Simón Chaikin; fundaron y construyeron en ese lote una fábrica de tejidos. El lote, de aproximadamente 16.800 M2, costó $1.400 en el año de 1933. No eran una bicoca.

Al decir de un extrabajador de esa fábrica: “Alguna vez oí decir; no recuerdo si a Jorge, el hijo de don Moisés Farberoff Rabinovich, o a don Enrique Serebrenik; que del conflicto con el Perú fue de donde los Rabinovich tomaron el nombre para la fábrica”. 

Acababa de terminar la guerra colomboperuana (1932-1933) y el nombre de Leticia estaba en boca de todos. Fue ese el nombre escogido por los Rabinovich y Cía. para su Fábrica de Tejidos Leticia S. A. (Telsa) que se publicitaba “Telsa, calidad excelsa”. 

Cerrada la fábrica, ya en los comienzos del siglo XXI, esos terrenos sobre la Avenida 80 fueron adquiridos y ocupados por el gran Almacén Éxito de Laureles con su “Centro Comercial Viva”, y por detrás fueron construidos el Mall de Laureles y la Ciudadela Residencial Laureles al lado suyo. 

La denominada Avenida 80 es una vía circunvalar en el occidente de la ciudad que a estas alturas del recorrido equivale a la carrera 81 de la nomenclatura urbana, y por detrás del Mall y de la Ciudadela Laureles corre la “verdadera carrera 80”. Frente a la ciudadela, en la verdadera carrera 80, quedaba un estadero bar denominado “El Paraguas”, que era muy concurrido por los empleados de la fábrica a la salida de sus turnos de trabajo, pero había otros que eran los preferidos por los obreros.

En la calle 44 (San Juan) nro. 80-05, al cruce con la Avenida Nutibara del barrio o comuna de La América, hay una esquina en donde ahora funciona “Mundo Cárnico”, una distribuidora mayorista de productos cárnicos, lo que equivale a ser más que una simple carnicería. Esa esquina en realidad está ubicada en la confluencia de las calles 44 y 42 con la Avenida Nutibara. Antes de eso, hubo una farmacia que luego fue trasladada al frente en diagonal (hoy Drogas La Rebaja). Antes de eso hubo una fábrica y venta de materas de barro que fue trasladada al otro lado de la calle; y antes de eso, una cantina o café o bar que fue propiedad de un señor don Juvenal y de su hermano, y era lugar preferido por los obreros de la fábrica para rematar con licor la dura semana en los días de pago, antes de salir trastrabillando hacia sus casas por el camino de Mierda Caliente. Otros bares del sector, como “La Carioca” de Adolfo Correa y “La Tablita”, también eran de sus preferencias; junto con tres o cuatro casas de lenocinio para obreros supuestamente discretas pero vox populi, entre ellas una más apropiada para empleados que quedaba contigua a la cantina “El Paraguas”. Una flota o acopio de taxis se instaló en esas “cuatro esquinas” con el nombre de Tax Tarapacá. 

La cantina donde ahora está la carnicería “Mundo Cárnico” se llamó Tarapacá por el nombre de la población peruana donde se libró la conocida batalla durante la guerra referida, y por el nombre de Tarapacá terminó siendo conocido todo el sector de esa confluencia de vías en cercanías de la antigua fábrica de aguardiente o sacatín de don Pepe Sierra (hoy Conjunto Residencial Los Pinos) y de la actual Plaza de Mercado de La América a orillas de la quebrada Ana Díaz. 

El octogenario don Arturo Gaviria Escobar recuerda que: 

Íbamos a la cantina Tarapacá cuando estábamos muchachos. Después don Juvenal y su hermano la trasladaron a donde ahora queda la Distribuidora de Pinturas Pintuco de la calle 44 nro. 79 B 88”.

¿Por qué fue acogido con tanto entusiasmo el nombre de Tarapacá?, pues porque estaba de moda a mediados de la década de los años treinta, y también para cambiar el malsonante nombre con que era conocido ese sector que muchos todavía recuerdan como “Mierda Caliente”. En algún momento trataron de bautizar el sector como “Doce de Octubre”, pero ese nombre no prosperó porque a la gente no le gusta que le impongan los nombres por decreto.

Don Luis Francisco Yepes Álvarez, que por entonces tenía 74 años de edad, decía para el periódico El Mundo de Medellín en junio 10 de 1997, según cita de Albeiro Alonso Ospina Zapata en su tesis de grado como antropólogo de la Universidad de Antioquia presentada en marzo de 2011, que:

“… Lo que es hoy Tarapacá lo llamábamos Mierda Caliente porque la gente hacia sus necesidades en la calle y uno tenía que pasar de piedra en piedra, fijándose bien donde iba a pisar”.

Bordeándola, y extramuros de la fábrica, había un camino o atajo que las gentes de los alrededores preferían en vez de la calle principal de San Juan, que era muy concurrida. Era un camino de herradura enmarcado por un cafetal, convertido en barrizal en las temporadas de lluvia, y en polvero en las de verano, muy buscado por las parejas que iban “a cogér selas” y “a cogér nolas” (ojo, en este caso la tilde no es un error de ortografía), y lo preferían por ser además muy solitario en el que podían orillarse a orinar hombres, mujeres, caballos y perros, con posibilidades de no ser vistos; o a hacer cualquiera otra necesidad hombres, mujeres, caballos y perros. No era raro, entonces, que cualquier transeúnte pisara algún recuerdo acabado de dejar que todavía estuviera como pan acabado de salir del horno, o sea caliente. De ahí salió el nombre para ese camino, nombre que también fue puesto a todo el sector que ahora conocemos como Tarapacá. 

Pegada al muro de la antigua fábrica de Tejidos Leticia por la calle 40 desde el Almacén Éxito Laureles de la Avenida 80 hasta la verdadera carrera 80, y poco antes de llegar a ésta, vive la casi nonagenaria doña María Rodríguez Bedoya, que con su sexagenaria hija Ana Cecilia Fernández Rodríguez y sus dos perros se sientan en el antejardín de la casa a recibir el sol de la mañana. Antejardín es un pomposo nombre para el pequeño patiecito cementado que antecede a la entrada principal de la desvencijada casa, desvencijada por su antigüedad si se compara con los modernos edificios que han construido en sus cercanías. La calle sigue la sinuosa ruta del antiguo camino, y en la nomenclatura oficial aparece como carrera 80 B nro. 40-07.

Un rico me ha mandado a decir que cuánto quiero por mi casa para que me vaya a vivir a otra parte porque él necesita el terreno para construir un edificio. Estoy esperando a que él venga personalmente a decírmelo para mandarlo a comer mierda porque yo vivo aquí desde que estaba de brazos y de aquí me sacan pero pasando por sobre mi cadáver”.

Entonces nos dio pie para preguntarle:A propósito, doña María, ¿Cuál es el camino que llamaban Mierda Caliente?”. Abrió tamaños y desorbitados ojos y con contundencia respondió: 

“Pueeeees, ¿Cuál ha de ser? ¡Este! Este que pasa por la puerta de mi casa era Mierda Caliente y así le decían a todo esto por acá hasta la manga que llamábamos “Los Mangos” a un lado de la quebrada Ana Díaz que todavía no la habían entamborado. Ahora está allí la Cooperativa de Consumo de San Juan. Eran tierras del viejo Emilio Moreno, y a un lado estaba la funeraria de don Salvador Cuartas. Por el otro lado, más allá de las tierras de Solina Mesa y Julio Acosta, quedaba el Palenque de los negros, en la carrera 84 con calle 35, más arriba del round point de don Quijote. Todo esto por aquí que llaman Tarapacá antes era Mierda Caliente, por ese camino que bordeaba la quebrada que fue apodado por un cura que no recuerdo si era el padre Pérez o el padre Chica de la iglesia de La América. Un día el padre de sotana y de tonsura, como se usaba en esos tiempos, se embadurnó las zapatillas de charol y hebilla en una plasta que algún cristiano acababa de dejar. Como así no podía celebrar la misa, arrimó a la casa del Mono Mesa para lavar sus zapatillas, y entre risas así bautizaron ellos este camino”.

Benditas sean Leticia y su dichosa guerra; y el dios inca de los truenos, rayos, y relámpagos; que le enfriaron la calentura y le cambiaron el nombre al camino de las selas y de las nolas.

--Recomendado: Artículo “El Zepelín”, de Mauricio López Rueda en el nro. 102 de noviembre de 2018 del periódico Universo Centro de Medellín:

https://www.universocentro.com/NUMERO102/El-Zepelin.aspx

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



domingo, 12 de agosto de 2018

251. Agustín Irusta entre tangos y churrascos -Restaurante Grill El Rancho de Irusta-

Ese señor canoso”, me dijo un contertulio en una mesa del Salón Málaga en el barrio de Guayaquil en Medellín, “fue muy amigo del cantante argentino Agustín Irusta”. 

Tal cosa no es de sorprender, porque la mitad de los taxistas de la ciudad alardean de haber rumbeado con la madame Marta Pintuco en el sector de Lovaina, y de haberse sentado a conversar con el cantor en su restaurante Rancho de Irusta. Mi acompañante se ofreció a presentármelo, y Vespaciano Álvarez Lopera me confirmó lo de su amistad con Irusta, por lo que convinimos en que en otro momento me daría detalles de esa relación.

Para adentrarnos en el tema, hagamos primero un poco de historia preambular.

El 12 de abril de 1912 zozobró el Titanic, un barco trasatlántico de pasajeros que supuestamente no podía zozobrar, por culpa de un imprudente iceberg que se cruzó en su camino. Las comunicaciones con tierra en ese entonces se verificaban con el golpeteo de puntos y rayas en un telégrafo inalámbrico, y las llamadas de pedidos de auxilio para rescatar a los sobrevivientes fueron ineficaces. De allí surgió la necesidad de establecer emisoras de radiodifusión de largo alcance. 

En septiembre 5 de 1929 el presidente Miguel Abadía Méndez inauguró en Bogotá la HJN que fue la primera emisora y transmitió desde el Capitolio Nacional, y para conocer esa novedad fueron vendidas entradas al público porque aún no había aparatos de radioescucha en el país. Meses más tarde surgió La Voz de Barranquilla, y poco a poco el territorio se fue poblando de emisoras en las distintas ciudades.

Entre los adelantos tecnológicos de la humanidad en la primera mitad del siglo XX estuvieron también la discografía y la televisión. Para mediados de la década de los años cincuenta se inauguró la televisión en el país, y por ese entonces Medellín era el centro de actividades de la mayoría, si no todas, las casas grabadoras de discos; así como de dos importantes emisoras que eran La Voz de Antioquia, dirigida por el Dr. William Gil Sánchez y muy cercana a la fábrica de textiles Coltejer de los Echavarría Misas sucesores de don Alejandro Echavarría Isaza; y La Voz de Medellín, muy cercana a los Echavarría Echavarría, sucesores de su hermano don Rudesindo Echavarría Isaza, fundador de la fábrica de textiles Fabricato. Esto no fue coincidencial, sino que se debió a que las grandes empresas necesitaban de medios para hacer publicidad a sus productos y a que esas dos emisoras tenían radioteatros para que el público pudiera presenciar a los artistas locales y extranjeros que pasaban por la ciudad por necesidad de hacer grabaciones en las casas disqueras y al mismo tiempo ganar dinero en presentaciones ante el público, bien con boletos pagados o bien con patrocinios comerciales.

Tal movimiento artístico dio lugar a que en la ciudad de Medellín surgieran estaderos, griles, restaurantes, y lugares de esparcimiento, que atendían al público contratando a esos renombrados artistas y presentando shows musicales en vivo. La calle 50 (Colombia), en cercanías del Estadio Atanasio Girardot en el occidente de la ciudad, se convirtió en una zona rosa donde se encontraban El Tambo de Aná, de los argentinos don Adán “Roberto Rey” Heguy-Azula y su esposa doña Dominga “Tita Duval” Salazar Azula, frente a Caballo Blanco en la esquina de la calle Colombia con la carrera 70. Don Roberto era cuñado de don Leonardo Nieto Jardón el dueño del Salón Versalles y de la Casa Gardeliana. También estaban El Viejo Almacén de don Augusto Giraldo con el cantor argentino Roberto Mancini, diagonal al antiguo Almacén Sears y hoy Almacén Éxito de la calle Colombia, que antes se llamó Estadero Añoranzas; el Estadero Los Recuerdos de los hermanos Jaime y Oscar Salazar en la calle Colombia al cruce con la carrera 64 B, donde hoy se levanta el edificio residencial Vivaldi; el Centro de Mariachis Caballo Blanco, en la esquina de la calle Colombia con la carrera 70; el restaurante bar Tierra Colombiana, diagonal a Caballo Blanco, de don “Mario Tierra” Mosquera Mejía; y otros. 

Para comienzos de la década de los años setenta la ciudad era un hervidero de amantes del tango porque en 1973 coincidió la inauguración en el barrio Manrique de la Casa Gardeliana, de don Leonardo Nieto Jardón, con el inicio de los festivales internacionales de tango como recuerdo de la muerte de Carlos Gardel en el mes de junio. El primero se realizó en el año de 1968, y con excepción de 1969 y 1972 se siguió realizando todos los años. El de 1973 fue el 4º, en 1974 el 5º, y en 1975 el 6º. El año de 1975 marcó un hito, porque la ciudad celebró el tricentenario de su fundación con una gran cantidad de espectáculos artísticos y culturales. Los lugares de esparcimiento público se abarrotaron, entre ellos el restaurante del Cheff Segundo Cabezas; el restaurante Zorba, de la carrera 80; el restaurante Salvatore, de don Salvatore Baghino en la avenida La Playa; el restaurante Tonino, de su hermano Antonio; el restaurante Piemonte, de don Alfredo Podestá, en la esquina de la avenida La Playa con la carrera Unión (hoy avenida Oriental); en la carrera Junín entre calles Caracas y Maracaibo el restaurante SalónVersalles, de don Leonardo Nieto Jardón y su esposa doña Ayda Heguy-Azula de Nieto, y al fallecer su esposa con sus hijas Graciela y Marcela, dueños también del Jardín Infantil Pinocho y de la Casa Gardeliana; y, coincidente con la inauguración de la Casa Gardeliana, el Rancho de Irusta de unos inversionistas antioqueños, al finalizar la calle Colombia en el occidente de la ciudad, al cruce con la carrera 83.

De una conversación en el Estadero Los Recuerdos entre el promotor disquero don Hernán Restrepo Duque y los empresarios que montaron El Rancho de Irusta, surgió en el año de 1973 la idea de montar un restaurante bar especializado en presentar artistas tangueros y servir parrilladas de churrasco a la manera argentina en el lugar que habían adquirido en cercanías del barrio Calazans del sector de La Floresta, un estadero que según don Gustavo Escobar Vélez llevó antes el nombre de La Cabaña de Joaco y posteriormente lo adquirió Alberto Buitrago, el mismo dueño de La Casona de Belén, y le cambió el nombre de Rancho de Irusta por el de Casas Viejas, con música de antaño en vez de los tangos. Estos establecimientos funcionaron en la finca contigua a otra finca que a mediados de los años cincuenta había sido adquirida para construir el Refugio de Ancianos de Santa Ana. Donde estuvo El Rancho de Irusta se levanta en la actualidad la urbanización nombrada La Arboleda de Calazans.

El periódico El Colombiano de Medellín en su edición de marzo 31 de 1971 traía el siguiente anuncio:


“LA CABAÑA DE JOACO”

“Nueva administración para un magnífico servicio.  
El estadero campestre más completo de Medellín, 
con canchas de Tejo, Piscina y Burritos para sus niños.  
Los domingos, después de las 3 p.m., 
gran baile con el extraordinario Conjunto “Los Macondo”.  
Terminal de la Calle Colombia x Carrera 83.  
Gran parqueadero propio y vigilado”.

Según esto, La Cabaña de Joaco había venido a menos y hecho intentos de perdurar cambiando de administración, pero no perduró puesto que para el año de 1973 el lugar fue vendido a otros dueños. 

Los empresarios adquirientes de La Cabaña de Joaco, asesorados por don Hernán, tuvieron la idea de que el lugar llevara el nombre de un renombrado artista que diera lustre al establecimiento cambiando el nombre anterior que comercialmente consideraban menos atractivo; y se les ocurrió presentar el proyecto al cantor Agustín Irusta que había estado en Medellín para el 3er. Festival Internacional del Tango en el año de 1971, del cual dice el Dr. Alberto Burgos Herrera en su libro “Aquí también se canta el tango” que: 

“El tercer festival fue celebrado en  1971 en el Hotel Intercontinental y la Plaza de Toros de La Macarena con Hugo del Carril, Agustín Irusta, Rubén Juárez, Elba Berón, Armando Moreno, Lalo Martel, la Orquesta de Armando Pontier y Pedro Laurenz, los bailarines Gloria y Eduardo, Héctor Galán, Carlos Valdés, y Helenita Vargas”.

Cuenta Vespaciano Álvarez Lopera, que fue testigo de esos comienzos, que los empresarios se pusieron en contacto con el cantor de tangos argentino Agustín Irusta, residente en Caracas, para proponerle que prestara su nombre para el efecto. Cincuenta mil dólares fue el precio pactado como regalía en ese año de 1973, y el artista no sólo autorizó su nombre para bautizar “El Rancho de Irusta”, sino que se presentó durante todo el mes de inauguración en compañía del bandoneonista argentino Alfredo Atadía, y siguió viniendo periódicamente a visitar ese negocio del cual él no era accionista y solamente ponía el nombre. Esas presentaciones le eran pagadas por aparte.

En Internet se encuentra el tango “Cambalache”, compuesto por Enrique Santos Discépolo en 1935, atribuida su interpretación a Carlos Gardel:


Al respecto el foro Todo Tango.com trae la siguiente aclaración de que el intérprete no es Carlos Gardel:

Arcadio Londoño C.:  1/2/2011 01:05:35
Es Agustín Irusta, acompañado por orquesta no conocida, y pertenece a una serie de temas donde aparecen también Estrella, Mamá vieja, Palabras muertas, etc., En Colombia fue editado un CD por Discos Victoria con esos 12 temas, con licencia de Discos Mediterráneo, posiblemente grabados en nuestro país cuando Agustín habitó en Medellín en la década del setenta. Les recuerdo que tenía un lugar de tango llamado El Rancho de Irusta.

La aclaración es válida, por supuesto, como lo saben los que de oído reconocen las voces de Gardel y de Irusta; pero no lo es en el sentido de que éste, en realidad, nunca vivió en Medellín sino en Caracas, donde murió poco más de una década después de la inauguración del Rancho de Irusta, y también tenía casa en ciudad de México adonde viajaba con frecuencia para atender sus negocios en esa ciudad. “Él no vivió en Medellín, porque las temporadas que pasó aquí no lo califican como residente; pero el que sí lo hizo fue el cantor Armando Moreno que vivió entre nosotros por largos períodos”, me aclaró el amigo Vespaciano. 


También vivió en Medellín el cantor Alberto Podestá, por cuyo apellido no debe ser confundido con don Adolfo el músico y empresario gastronómico que llegó tocando con la orquesta Italian Jazz y se quedó viviendo entre nosotros. El cantor Alberto, dice el Dr. Alberto Burgos Herrera, “durante mucho tiempo administró en esta ciudad el grill El Potro, situado en la calle Maracaibo entre las carreras de Sucre y La Unión, adyacente en ese entonces a la emisora La Voz de Antioquia”.

Agustín Cipriano Irusta Olazábal, nacido en la ciudad de Rosario Central en la Provincia de Santa Fe de la República Argentina (y no en Sanford, como dijo alguno), el 28 de agosto de 1902 (y no de 1903, como alguien dijo); falleció en abril 25 de 1987 (y no de 1985) “a los 85 años de edad”, según noticias de la prensa. 

Aparece en los titulares de Google en Internet que:

Agustín Irusta, cantante y actor | Edición impresa | EL PAÍS
https://elpais.com › Agenda

1 may. 1987 - El cantante y actor argentino Agustín Irusta Olazábal fallecido en Caracas a los 85 años de edad. Nacido en la ciudad argentina de Rosario en...

Era hijo de Cipriano Irusta y de Rosa Olazábal que tuvieron además una hija de nombre Angelina. Su padre, viudo, se volvió a casar y tuvo hijos en el nuevo matrimonio. Agustín, por su parte, tuvo a su primera esposa en Argentina con la que tuvo dos hijos al decir de Vespaciano; y, según Salvador Atilio Arancio, “Al fallecer su esposa en Tucumán Agustín sufrió un duro golpe. Viajó a Colombia y Venezuela, donde se radicó y allí falleció”.

Según Héctor Palazzo en el blog Tango, Radio, y más historias:

“La postrera alegría de su vida le fue dada por la aparición de un pequeño libro de memorias… El diario El Nacional, de la capital venezolana, dijo en la nota necrológica que Irusta fue: Actor, trovador, bohemio y sobre todo cantante; hasta hace cuatro meses todavía daba giras por el interior y se presentaba en la peña tanguera de esta capital, con 85 años y una gran vitalidad que sólo el cáncer pudo acabar”.

Cuenta Vespaciano que:

[Yo era un muchacho de 27 años, soltero, que laboraba como contador y ganaba buen dinero. Era, por otra parte y como dice el tango, peregrino y soñador, con alma de bohemio. En ese año de 1973 llegué temprano a la inauguración del Rancho, cuando apenas estaban arreglando el lugar, y me instalé en una mesa acompañado por dos amigas amantes del tango y de la rumba. La una, de 40 años, era una mujer muy atractiva; y la jovencita, muy bella, tenía el atractivo agregado de la juventud. Pedí una botella de aguardiente para el consumo mío y de la dama mayor, y una cerveza para la joven que sólo tomaba sorbos espaciados durante toda la noche. Poco a poco fueron llegando los asistentes, y enfrente mío había una mesa con asientos para unas cuarenta personas. Una de ellas, don Hernán Restrepo Duque que por ese entonces era lo que uno denomina una buena copa; otras eran las cantantes tangueras Miriam Araque Grisales, La Gran Miriam, y Enith Amparo Palacio Ramírez; también estaban el bandoneonista Alfredo Atadía y el cantor Agustín Irusta acabados de desembarcar del vuelo de Caracas, y otros muchos invitados especiales. En algún momento me acerqué a Irusta para saludarlo por encima del hombro y le manifesté mi admiración por él, admiración que él me agradeció sorprendido de que yo supiera muchos detalles sobre su vida y tuviera tanta información sobre sus grabaciones. Le conté que desde niño yo era un coleccionista de discos y le hice una lista de los discos suyos que podía recordar allí de memoria. En ese momento me percato de que La Gran Miriam tiene puestos sus ojos en mí, y cuando salió a cantar me dedicó –al caballero de la mesa de atrás– el tango de Lomuto “Dímelo al oído” (…Puede ser que me equivoque, puede ser que no sea así… Pero hay algo que te vende, por qué no te animás… Dímelo al oído, tan solo a mí), sin quitarme la mirada. Esa pudo ser una situación conflictiva con mis acompañantes, de no ser porque al mismo tiempo que Miriam y yo nos trenzábamos en miradas la joven que me acompañaba había puesto sus ojos en los del el bandoneonista Atadía, y la mujer mayor lo había hecho en los de Agustín. A poco Irusta se dejó venir a sentarse en nuestra mesa, y nos hicimos amigos por el resto de su vida. Durante ese mes que estuvo en Medellín fuimos compañeros inseparables porque me convirtió en su guía y apoyo en una actividad “donde uno se conoce con mucha gente pero tiene en realidad pocos amigos”, según me dijo el día de su partida. Para ese momento la cartagenera Dilia Camargo, mi dama acompañante, ya se había convertido en su pareja y viajó con él a Caracas donde poco más de una década después se convirtió en su viuda y regresó a Medellín. Mucha gente cree que Irusta vivió en Medellín, pero no lo hizo sino que aquí pasó temporadas artísticas por semanas y hasta por un par de meses en alguna visita].

A Irusta le atrajo la espontaneidad y franqueza de Vespaciano que de entrada, cuando se conocieron, le preguntó si era verdad que él había sido lustrabotas y vendedor de periódicos antes de ser cantante. Sí lo fue, y tal circunstancia lejos de avergonzarlo lo hacía sentir orgulloso “Porque yo soy un hombre que vengo desde abajo, y soy lo que soy gracias al don inapreciable de mi voz… y porque me cuido, Pibe. Aquí donde me ves, yo no fumo, no tomo licor, ni me trasnocho innecesariamente a no ser que esté trabajando… y me alimento muy bien”. No se tomó ni un trago en esa noche, aparte un par de bebidas gaseosas, pero despachó varias porciones de carne asada en churrasco, ensartadas en chuzos afilados. Era un bocado del que no parecía cansarse, y se paró varias veces a la cocina para supervisar el trabajo de los cocineros y darles recomendaciones para que la carne tuviera el sabor y el punto auténtico de los asados argentinos.

Dice Vespaciano que: 

[Me habló de su Trío Argentino que integraba junto con Roberto Fugazot y Lucio Demare, trío que fue llevado a Europa por Francisco Canaro para que le sirviera de cortina como músicos alternos, mientras daba descanso a su orquesta. Me habló de su estadía en Cuba con el trío. Me dedicó ante micrófono los tangos Tarde y Polvo de los caminos y le pedí que me cantara Trenzas. “Che, me siento apenado pero no me sé la letra”. Mientras él hablaba con mis acompañantes yo la copié en una servilleta, pero justo en ese momento salió al escenario Roberto Mancini que lo interpretó y sacó a Agustín del compromiso. “Pibe, qué salvada me pegó Mancini, qué salvada”. Entonces salió al escenario y me dedicó Garufa –pucha, que sos divertido; Garufa, vos sos un caso perdido…–].

Días después vino el embajador argentino en Colombia, el que nombraron en reemplazo del Coronel Juan Francisco Guevara, y quiso rendirle un homenaje a Irusta en la Casa Gardeliana. “Vos me tenés que acompañar, Vespa, me tenés que acompañar”. Vespaciano se negó. “No puedo Agustín, no puedo hacerlo porque no tengo vestido elegante de corbata negra como dice en la invitación”. Irusta se sonrió: “Dejate de pavadas, pibe, y ponete un vestido con corbata de cualquier color que si vos no estás allá yo tampoco voy”. Así lo hizo Vespaciano y cuando llegó a la portería puso el mejor acento argentino que había aprendido durante los días que llevaba andando por todos lados con Irusta y Atadía: “Perdónen-meee, ¿Es aquí dónde rinden un homenaje al Pibe Irushtaaa?”. Los porteros se hicieron a un lado haciendo venias, y lo dejaron pasar. Tal vez pensaron que se trataba de algún cónsul de Argentina o alguien por el estilo. 

[Agustín disfrutaba de mi compañía, y yo de la suya. Tenía un humor excelente y le gustaba contar chistes y que se los contaran. Los celebraba con ganas, aunque a diferencia de las mías sus carcajadas eran contenidas y más bien diría que las compensaba con una amplia sonrisa. Cuando me contó el del esposo que sorprendió a su mujer acostada en la cama con un pordiosero que le había preguntado si tenía alguna prenda que su esposo ya no usara, ambos reímos y de las otras mesas voltearon a mirar intrigados. Él no tuvo inconveniente en contar el mismo chiste en dos o tres mesas vecinas para calmarles la curiosidad. Por donde iba desplegando su sonrisa, lo seguían las carcajadas… Lo cierto es que de aquellos tiempos me quedó el bello recuerdo de su amistad, y un motivo de conversación que me complazco con recrear a cada nada].

De Irusta decía el Dr. Luis Adolfo Sierra que era un hombre:

“Fino, simpático, culto, caballeresco, inteligente, ingenioso humorista porteño… para la sonrisa intencionada y no para la carcajada ruidosa”.

Vespaciano en su conversación parecía tener muchas cosas en la cabeza para contar acerca de su amigo Agustín Irusta “que fue amigo de Carlos Gardel, lo fue de Ignacio Corsini, de Francisco Canaro y sus hermanos Juan y Rafael”. La palabra amistad tiene varios alcances que van desde el simple trato ocasional por razones laborales hasta la intimidad del que dice de alguien que “fuimos casi como hermanos”. Muchos nombres mencionados por Irusta se escaparon de la mente de Vespaciano en la conversación pero, dijo, “Irusta también estuvo en México con su tocayo Agustín Lara”.

En la vida de un productor de discos contratado por los empresarios de una casa disquera hay días, semanas, meses, años enteros de estar escuchando una y otra vez a prospectos que aspiran a ser seleccionados para las grabaciones. Hablamos de una época en que no existían las grabadoras portátiles personales, las de casete, los videos de You Tube, los CDs con demos (abreviatura de demostración) para presentar su trabajo. Era una labor agotadora en la que se agradecía la recomendación de algún amigo que ayudara a la empresa a encontrar el artista del millón. Gracias a que a los productores de la casa disquera RCA Víctor en México se les presentó al mismo tiempo el ofrecimiento de grabar al Trío Argentino de visita en la ciudad, y de grabar a un escuálido compositor que andaba tratando de que alguien se resolviera a llevar sus composiciones al disco, Agustín Irusta fue testigo del primer sencillo de 78 rpm. grabado con la música de Agustín Lara, y los vecinos del callejón donde Lara vivía en la Colonia Guerrero de México pudieron escuchar en vivo una audición con la voz de la tanguista mexicana Maruca Pérez acompañada de la guitarra de Manuel “Maciste” Álvarez; y los tangos en vivo con las voces y guitarras de Irusta y Fugazot. Fue un histórico concierto improvisado de barriada del que debiera haber quedado alguna grabación, pero no había la tecnología ni la conciencia de que se encontraban ante un momento irrepetible.

“Canalla”, tango con letra y música de Agustín Lara interpretado por Maruca Pérez con acompañamiento al piano de Lara.

https://www.youtube.com/watch?v=BqmauPW56rg

“Estrella”, tango de Marcelo Hernández y Roberto Cassinelli, interpretado por Agustín Irusta con acompañamiento del piano de Lucio Demare y el bandoneón de Roberto Fugazot.


https://www.youtube.com/watch?v=koKkSg29JtI

De acuerdo con declaraciones de la señora Elba Bruschetta, sobrina de Angelina Bruschetta la primera esposa del compositor mexicano Agustín Lara: 

''Agustín Lara era un hombre melancólico y lleno de ilusiones; un día se presentó ante mi tía buscando ayuda cuando el general Plutarco Elías Calles cerró los prostíbulos en 1928 y se quedó sin trabajo".

Dice el libro “Mi novia, la tristeza”, biografía de Agustín Lara escrita por los mexicanos Guadalupe Loaeza y Pável Granados, que en 1929 el compositor vivía con su esposa Angelina y estaba tratando de que la casa Brunswick le grabara algún disco, pero sin conseguir que el Sr. Solís lo aprobara. Fue, entonces, cuando Manuel “Maciste” Álvarez interpuso sus influencias para que la casa RCA Víctor aceptara escucharle algunos temas, y el encuentro se convino en casa de Lara que estaba situada en un modesto callejón de la Colonia Guerrero. Maruca Pérez fue la encargada de cantar en la demostración. 

[Por esos días la tanguera mexicana Maruca “Mocosita” Pérez había presentado al famoso Trío Argentino, de visita en el país. Este trío, uno de los más importantes en la historia del tango, estaba formado por los cantantes Agustín Irusta y Roberto Fugazot con el pianista Lucio Demare. Aunque fue un grupo que difundió el tango en España, Cuba, y México, paradójicamente no tuvo una buena recepción en Argentina. Irusta, Fugazot, y Demare fueron muy admirados en México al grado que, tiempo después, existió un Trío Argentino formado por mexicanos en los años cincuenta. En 1929 dos de los integrantes del trío, Irusta y Fugazot, llegaron a México acompañados de uno de los guitarristas favoritos de Carlos Gardel, Rafael Iriarte. Al presentarse en México tuvieron un éxito enorme y pronto muchos de sus tangos empezaron a popularizarse en nuestro país. Tal es el caso de El Boyero, Zaraza y Barrio Reo. Nadie esperaba que al día siguiente, cuando Angelina y Agustín esperaban a los empresarios de la Víctor, los tres intérpretes argentinos acompañaran a Maruca y Maciste hasta aquel modesto callejón. Llegaron en los lujosos Cadillacs de los empresarios de la casa Víctor que fueron pronto rodeados por admiradores de los artistas. En esa ocasión Maruca cantó las canciones de Agustín Lara. Toda la Colonia Guerrero se volcó hasta las ventanas de la pequeña casa y aplaudió los tangos y los boleros que se escuchaban desde la calle. ¡Cómo no! De inmediato los empresarios ofrecieron a Agustín Lara la firma de un contrato por su obra con vigencia hasta 1940. Además de esta muestra de amistad por parte de Maciste queda otro pequeño testimonio: Una de las primeras canciones de Lara grabadas en la casa Víctor fue el tango “Más Tarde” con la voz y la guitarra de Maciste, en esos primeros días de 1929. Maciste tenía un estilo poco común, lánguido y decadente hasta cierto punto; aunque la grabación no se distingue por su calidad, es importante por lo que representa… Sin ponerse a pensar en las cláusulas de ese contrato, a la postre tan nocivo para la carrera del compositor, Angelina y Agustín Lara se abrazaron felices…].

Como resultado de esa audición de prueba, el 11 de junio de 1929 Maruca grabó un sencillo de 78 rpm con dos tangos: “Canalla” y “Mentira”, compuestos por Agustín Lara; y el día 17 grabó otro sencillo con otros dos tangos: “Flor de Fango”, de Pascual Contursi y Augusto Gentile; y “Arrepentida”, de Rodolfo Schiammarella y Ricardo Malerba. 


Unos quince temas componen la producción tanguera de Agustín Lara, entre ellos el muy conocido “Arráncame la vida” (En estas noches de frío, de puro cierzo invernal, llegan hasta el cuarto mío las quejas del arrabal…). La producción tanguera de Agustín Lara contiene los siguientes títulos, y tal vez uno o dos más: La producción tanguera de Agustín Lara contiene los siguientes títulos, y tal vez uno o dos más:

Arráncame la vida, Mentira, Carita de cielo, Reproche, No tengo la culpa, Canalla, El cofre, Lejos, Adiós, Más tarde, Cómo te extraño, Lo de siempre, Farolito, Consejo, …

En resumidas cuentas, las primeras grabaciones de Agustín Lara no fueron boleros sino tangos, por influencia del boom tanguero del momento en México representado por la presencia del Trío Argentino de Agustín Irusta, Roberto Fugazot, y Rafael Iriarte. Lucio Demare se había quedado en Barcelona (España) atrapado entre los brazos de Josefina Peñalver, la novia que le birló a Enrique Jardiel Poncela. Josefina era poetisa, pintora, y cantante, según testimonio de una hija suya y de Jardiel Poncela que quedó en España:

[Vino su imagen en muchas revistas fotografiada, porque aparte de haber tenido un éxito como cantante en la Argentina con el famoso trío, también lo había obtenido con un libro de poemas que escribió por aquella época. (…) Más tarde, en 1941, cuando tenía yo quince años ya, hizo una temporada de entrevistas para “Primer Plano” firmadas por Josefina Peña, hasta que se marchó a Brasil donde adquirió gran nombre como retratista].

Afirmó Lucio Demare que el Trío Argentino filmó en España una película:

“Nos pusimos a trabajar rompiéndonos el alma. La filmación duró como ocho meses, dirigía Paco Elías, un español. Antonio Graciani era el libretista. Yo hacía el papel de un músico ciego, y mis compañeros hacían de cantantes. Las ocho o nueve canciones fueron todas "pegadas" mías. La película anduvo bien, pero no vimos un centavo, porque el señor distribuidor se quedó con todo”.

Suerte parecida a la del Trío Argentino corrió Agustín Lara pues la biografía de Guadalupe Loaeza y Pável Granados dice que Agustín Lara y Angelina Bruschetta vivían:

“… Una situación económica cada vez más angustiosa, porque los empresarios de la Víctor comenzaron a escatimar los pagos de las regalías que no llegaban nunca…”.

En el mes de marzo de 1987, pocas semanas antes de su fallecimiento, estaban saliendo de la imprenta las memorias de Agustín Irusta, según lo reseña Salvador Atilio Arancio para Tango Repórter:


Esas memorias, escritas en coautoría, se iban a titular “La milonga que faltaba”, pero salieron con el título “El trovero” que corresponde a un vals de su autoría que grabó su amigo Carlos Gardel. Más información se encuentra en el blog Pasión y Admiración por Carlos Gardel.blogspot.com editado por el argentino Alberto Rasore y el español Fernando Tafalla Barberá. Ignoro si éste tiene relación con el coleccionista Ricardo Tafalla Rodríguez que fue gran amigo del cantor.


A su amigo Ricardo Tafalla le envió desde Caracas en el año de 1975 una fotografía con dedicatoria para él y su esposa. En ella aparece en el extremo izquierdo la cartagenera Dilia Camargo, de 42 años, convertida ya en su segunda esposa luego de conocerse en Medellín en el año de 1973; y, contiguo a ella, un Agustín Irusta de 71 años que puede apreciarse muy vital, sin los estragos que el cáncer le causaría tres lustros después aunque, al decir de sus amigos, por esa época “seguía siendo un hombre artísticamente muy activo hasta sus últimos días”.

(fotografía de Agustín Irusta, perteneciente al archivo personal del coleccionista 
alicantino Ricardo Tafalla, tomada del blog Pasión y Admiración por Carlos Gardel).

Semblanza de Agustín Irusta en dos partes, publicada por Andrés Hidalgo en el blog Argentina Tango.es:

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El Rancho de Irusta marcó época en Medellín y fueron muchos los artistas que encabezados por el propio Agustín desfilaron por el escenario, como su paisano Roberto Lamas que aquí se radicó y murió recientemente. El cantor Lamas conoció en El Rancho de Irusta a la pareja de baile de tango compuesta por el Che Arango y Beatriz “La morocha” Vélez que se presentaba en ese lugar. “Todo fue verse Lamas y La Morocha, y surgió el amor entre ellos. La hizo su esposa hasta que la muerte los separó”, dijo el empresario artístico Javier Calderón Cárdenas, apodado “Poca Pena”, que fue muy cercano a ellos y testigo de uno de los tantos amores surgidos entre una mujer paisa y un argentino llegado a Medellín por cuestiones del fútbol o del tango. El tanguero chileno Pepe Aguirre, que en Medellín se radicó y tuvo su último matrimonio o pareja establecida y aquí murió, hace parte de esa lista. La lista es larga.


Afirma Vespaciano que “Vos decís Medellín, pero en Colombia toda han surgido esas atracciones sentimentales. El cantor Roberto Mancini conoció en Cali y se casó con doña Mercedes Tobón Martínez, hija de don Bernardo Tobón de la Roche el dueño de la cadena radial Todelar. Se fueron a vivir a la Argentina donde nacieron sus hijos y nietos. Don Roberto murió allá”. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)