domingo, 11 de septiembre de 2016

169. Besos de película y segundas oportunidades

Debo confesar que cuando vi el beso que se dan la actriz Meg Ryan y el actor Kevin Kline en la película “El beso francés” me decepcionó porque en mis expectativas estaba un beso de ventosa con lenguas cruzadas y cosas así, pero no ocurrió. Digamos que el título, que es el empaque, es extraordinario; pero al beso, que es el contenido, le falta sabor.

He visto la película “Cuando Harry conoció a Sally”, en la que Meg Ryan y Billy Cristal son solamente buenos amigos pero, poco a poco y sin querer queriendo, resultan ser el uno para el otro; aunque al principio chocaron sus temperamentos y parecían ser como el agua y el aceite. Dos besos se dan entre ellos con todas las de la ley y, en este caso, pienso que no defraudan a nadie. Sueño con ser ese Billy Cristal. Sueño con serlo. Y sueño con que mi adorada Meg Ryan sea la fresca belleza de esa película, pero a estas alturas de la vida ni ella ni yo somos los mismos del año 1989 cuando se estrenó el filme. Que yo sepa, no hubo ninguna relación sentimental entre Meg y Billy, ni tampoco antipatía; pero los actores de cine están hechos para eso: para fingir que el suyo en la pantalla es un amor de película en la vida real.

En algún momento de la película los dos amigos están en una cafetería y hablan de si una mujer puede fingir un orgasmo. El hombre, naturalmente, no. ¿Cómo puede uno aparentar que entró en éxtasis, si el pigmeo desobediente tuvo eyaculación precoz y hace segundos que lagrimea flácidamente sin que haya poder humano que lo pueda sostener? En los hombres esas cosas no se dan. Meg Ryan opina que en las mujeres sí, y resuelve hacer una demostración a su incrédulo amigo ahí mismo en el restaurante. Comienza a jadear, a gemir, a emitir sonidos, a respirar fuerte, a entrecerrar los ojos vidriosos medio acomodados en la trastienda, a sacudir la melena hacia atrás diciendo ay-Dios-ya-más-oh-Dios-ya-no-más con el pulso subido y la saliva gruesa. Los clientes y meseros de la cafetería se percatan de esta mujer que está sintiendo un orgasmo sin que el hombre que tiene al frente la toque ni haga nada para que ella lo sienta. Es un orgasmo que surge por generación espontánea y llega al clímax en el momento en que los atónitos comensales tienen los ojos puestos en ella. Demostración más clara no podía haber, ni fingimiento más convincente que ese. El mesero se acerca a la madura señora que cena sola en la mesa vecina, con la libreta dispuesta para anotar su orden, y entonces ella le dice señalando a Meg Ryan con la mirada y un gesto: “A mí, deme lo mismo que le dio a ella”. Esta es una escena de antología que jamás voy a olvidar. Meg Ryan, ¡Qué verraca actriz! ¡Qué verraca!

https://www.youtube.com/watch?v=0hqdmYF6Wv4

Denominamos química a la empatía que hay entre las personas. Algunas nos simpatizan de entrada, mientras otras “nos caen gordas” desde el principio. Claro que hay gente que actúa y sabe disimular sus verdaderos sentimientos. Mostrar indiferencia, cuando por dentro se derrite; o aparentar agrado, cuando se siente repulsa. Casos se dan. En el cine ocurre a veces que dos actores que en pantalla parecen ser el uno para el otro, tan pronto se escucha el “¡Corten!” y se apagan las cámaras sale a relucir el hecho de que como personas realmente se repelen. Ryan Gosling y Rachel Mc Adams en “El diario de Noah” fueron unos verdaderos artistas porque dieron la impresión de amarse apasionadamente cuando en realidad se detestaban. Angelina Jolie se quejó de que Johnny Deep no era como muy amigo del baño que se dijera, y besar a un hombre así debe ser horrible así sea en película. Robert Pattison y Reese Witherspoon no se soportaban ni en el set ni fuera de él. Meryl Streep y Dustin Hoffman no tuvieron que hacer muchos esfuerzos de actuación en Kramer Vs Kramer porque en realidad sentían antipatía mutua. Con el tiempo han llegado a una situación de esas que denominamos “cordialmente fría”, o sea que “se tragan, pero no se mastican”. Apariencias para la foto, cambio, y fuera.

Uno está solo en un establecimiento, y algunas parejas ocupan mesas al fondo y a los lados de donde uno está. Si uno logra oírlos, e independientemente de las palabras que pronuncien, puede saberse si están enamorados por el tono de la voz. Este tono puede dar indicios, incluso, de cuándo es sólo uno de los dos el que está enamorado del otro. Si el uno pregunta melosamente “¿Tú me quieres?”, y el otro responde displicente o hasta enfadadamente “Usted sabe que sí”, es evidente que allí no hay sino un solo enamorado.

Otro indicio del amor son las miradas. La mirada enamorada literalmente “se derrite”; la que no, es una mirada fría que incluso puede ser helada u hostil.

Y está el asunto de las caricias. Hay personas que sienten la necesidad del contacto físico, y si el amor no es correspondido todos los gestos del otro tienen un claro significado de “¡No me toques!” que equivale a poner una talanquera con el codo mientras el otro trata de bailar bolero amacizado.

Esto hace parte de lo que llaman lenguaje corporal.

Muy joven estaba yo (iba a escribir niño, pero no hace tanto como eso) cuando descubrí que las prostitutas de profesión hacen todo y se dejan hacer prácticamente todo, menos besarse de boca. No sé si se deba al tufo de los borrachos con quienes regularmente tratan, pero este es un gesto que ellas se reservan exclusivamente para el hombre que quieren. Mucho tiempo pasará antes de que un parroquiano cualquiera ascienda a la categoría de “beso en la boca”.

En la película “Pretty Woman” el actor Richard Gere es un empresario que viaja a Las Vegas para unos encuentros de negocios, y allí contrata a una prostituta de profesión con algo de porte, pero prostituta al fin y al cabo, a la que los conserjes del hotel deben pulir para que en las cenas y cocteles a las que debe asistir como dama de compañía no sea tan evidente su trabajo habitual. Como buena prostituta, ella tiene la norma de no besarse jamás de boca con la clientela, ¡jamás!; pero resulta que se ha enamorado de su caballero de compañía y los dos protagonizan uno de los besos memorables del cine.

Hay quienes hacen una lista o ranking de los mejores besos del cine, y cuenta mucho la edad del clasificador en la respectiva lista que elija. Los jóvenes de ahora suelen escoger alguna escena de “Harry Potter” o de “Juego de Tronos”. Los que eran jóvenes cuando yo estaba niño no fallan en escoger a la película “Casablanca” (Humphrey Bogart e Ingrid Bergman), a “Lo que el viento se llevó” (Clark Gable y Scarlett O´Hara), a “De aquí a la eternidad” (Burt Lancaster y Deborah Kerr), o a “El cartero siempre llama dos veces” (Jack Nicholson y Jessica Lange). El factor que incide en la escogencia es que la trama de la película, y su desarrollo, hayan logrado llevar al espectador a sentirse metido dentro de la piel de los actores que interpretan al personaje. Cuando los actores se derriten en la pantalla, los espectadores también se derriten en sus asientos. “Desayuno en Tiffanys” (George Peppard y Audrey Hepburn) entra también en la categoría. Leonardo di Caprio y Kate Winslet son tenidos en cuenta por la película “Titanic”, Ryan Gosling con Rachel Mc Adams por la película “Diario de Noa”, y Jonathan Rhys Meyers con Scarlett Johannson  por la película “Match Point”. Hacen parte de los clásicos. En los tiempos modernos de salida del clóset Mila Kunis y Natalie Portman han inscrito su nombre por la película “Cisne negro”, que también califica; y creo que hay un beso con todas las de la ley entre los vaqueros Heath Ledger y Jake Gyllenhaal en la película “Secreto en la montaña”.

Acabo de ver una película cuyo beso no es de extrañar porque prácticamente no hay película en la que no se encienda un cigarrillo y se den un beso. Eso es común a casi todas. Pero, en este caso, se trata de “Mejor, imposible”, en que una treintañera desenfadada y un poco desorganizada, interpretada por Helen Hunt, trabaja como mesera en una cafetería. No es de culparla por ese desorden porque es madre soltera que vive con su madre y con un pequeño hijo enfermo de asma alérgica cuyo tratamiento ella no está en capacidad de pagar. Ni el tiempo ni el dinero le alcanzan para pulimentos. Jack Nicholson, por su parte, es un hombre maduro sexagenario maniático obsesivo, cuyas camisas deben estar impecablemente planchadas y debidamente alineadas en el vestier. Cierra la puerta con cinco vueltas de llave, porque nunca se sabe, y siempre se levanta con el pie derecho después de hacer una coreografía agüerista para alejar las malas energías. Carga sus propios cubiertos de plástico en el bolsillo para no tener que usar los de dotación en la cafetería. Nunca se sabe. No se relaciona con mujeres, porque nunca se sabe; y es incapaz de comprometerse y de decir te amo, o de expresar algún cumplido halagador para la persona que quiere. El tipo es, definitivamente, un fastidioso. Pero resulta ser que, por increíble que parezca, es un hombre generoso y compasivo con los demás, lo que lo lleva a vencer sus escrúpulos y ayudar al homosexual enfermo que vive en el apartamento del frente; y lo que lo lleva a pagar los gastos médicos del hijo de la camarera “porque tú eres la única que comprende mis caprichos. No quiero ser atendido por ninguna otra, y necesito que regreses pronto a tu trabajo”. Ella quisiera oírle decir que hace tal cosa porque se ha enamorado de ella, pero ese lenguaje no cabe en el sicorrígido hombre que le ha tocado en suerte. El hombre la exaspera, y en la puerta de su apartamento estalla: “¡¿Por qué no puedo tener un novio común y corriente?! ¿Por qué? ¿Por qué?”. Su madre la escucha detrás de la puerta, y se decide a salir para decirle: “Todas quieren eso, hija, pero tal hombre, sencillamente, ¡no existe!”. El hombre llega a visitarla a las cuatro de la mañana porque no puede dormir y, como a él no le gusta hacer visitas de sala, le propone que salgan a caminar mientras abren la panadería de la esquina para comerse un par de pastelillos recién salidos del horno. “¿A esta hora?”. Sí, a esa hora. Ella se pone un simple sweter sobre su pijama y sin cambiarse las pantuflas sale al frío de la madrugada con este hombre que mal que bien se ha ganado su cariño; y, entonces, se funden en un beso. Un espontáneo beso apresurado y de mala factura, dictada por la premura, que lo hace exclamar: “Estoy seguro de que puedo hacer algo mejor que eso”. Entonces el hombre repite la tarea y, en esta vez, se fajan un verdadero beso de película que hizo derretir hasta las más íntimas fibras de mi butaca. 

Dejémonos de pendejadas. Las almas gemelas, sólo son gemelas por un instante. Lo demás es un forcejeo para tratar de acomodar las diferencias de edad, de temperamento, de gustos, de estados de ánimo, de género; para tratar de sincronizar los disímiles ciclorritmos biólogicos.

Y ya que hablamos de cine y mencionamos la película de Helen Hunt y Jack Nicholson con su segunda oportunidad, pasemos al asunto de las segundas oportunidades.

El tema del cigarrillo en el cine es un tema que llama mi atención desde hace rato, y voy a insertar un artículo en este blog la próxima semana hablando sobre él. Así es que me encuentro en la televisión con una comedia seria, y la llamo comedia seria para diferenciarla de esas tvseries norteamericanas con risas enlatadas como las de “La niñera” que ponen a sonar en escenas que se supone deben ser cómicas y causar risa, pero cuyos productores saben que necesitan de ese truco porque no la causan. Es el mismo truco de los aplausos enlatados y de las claques contratadas para aplaudir al político de turno cuando se supone que dijo una frase memorable en su discurso. Un maestro de ceremonias, tras de bambalinas, le hace señas al público de que aplaudan con aplausos que no son espontáneos sino actuaciones para la vitrina. Llegué a esta comedia por coincidencia en el zapping del control remoto, y me atrajo en principio la presencia en escena de la actriz Julia Louis Dreyfus al lado del fallecido actor norteamericano James Gandolfini, de ancestros italianos, que se me parecía a Luciano Pavarotti por su corpulencia, estatura, peso, barba, y calva. En principio llamó la atención que a diferencia de muchísimas películas de Hollywood en esta película no se fumara, pero en segundo lugar la llamó el tema central y el título de la película que es “Una segunda oportunidad” (o "Sobran las palabras").

http://www.milenio.com/firmas/maximiliano_torres/segunda-oportunidad-comedia-unica_18_200559978.html

La vida es una comedia, o un drama, o una tragedia, según le vaya a uno. Cada quien habla de la feria según le va en ella. Novios ha habido a quienes a la novia se le quita la idea de casarse cuando ya están en la etapa de cursillo prematrimonial, novias a las que el novio deja plantadas cuando el cura ya está revestido en el presbiterio y ellas tienen puesto el traje de bodas, matrimonios que se acaban en el primer día de la luna de miel; y, en fin, casos que son noticia por ser inusuales, pero que tal vez no lo sean tanto por ser más frecuentes de lo que uno se imagina.

En días pasados vi una tvpelícula titulada “Mi novia Polly” con Ben Stiller, Debra Messing y Jennifer Aniston. La ordenada Debra Messing parecía ser la mujer apropiada para el meticuloso Ben Stiller, pero el primer día de luna de miel él la sorprende teniendo sexo con el tumbalocas profesor de surfeo del hotel en que están hospedados. Una tragedia, pero como hay gente de buenas, a Ben Stiller se le atraviesa la un poco hippie de Jennifer Aniston y, bueno, se les presentó una segunda oportunidad.

Segundas oportunidades como la de la tvpelícula “El último chance de Harvey” (Nunca es tarde para enamorarse) que también vi con Dustin Hoffman y Emma Thompson. Aunque es un hombre en apariencia seguro de sí mismo, Hoffman se siente un fracasado porque ha sido invitado a la boda de su hija en Londres, a la que no puede faltar a pesar de que la estrella paternal va a ser el padrastro de la muchacha encargado de entrarla del brazo hasta el altar y dar el discurso de brindis. Para acabar de ajustar, el hombre ha perdido su empleo de promotor musical creativo en Nueva York y nada qué ver al lado del exitoso hombre de negocios que, por su matrimonio con Kathy Baker, crió a la hija y se ganó el derecho a ser llamado padre; un hombre adinerado que, de paso, es el que cubre los costos de la boda. Aunque ya se encontraba en Londres, pocas ganas tenía el maduro Dustin de estar en esa ceremonia cuando conoce a una bella e inteligente mujer separada, entrada en la madurez, con la que ambos sienten el flechazo del amor a primera vista. A sus respectivas edades, no están ellos para amores juveniles de adolescencia y lo suyo es algo más reposado, una sintonía sicológica y espiritual más armoniosa. Ella lo convence de ir al matrimonio de la hija, y acepta acompañarlo como soporte emocional para que el hombre no se sienta tan apartado. Al hombre le llega una segunda oportunidad en el trabajo cuando su exjefe de Nueva York lo llama para decirle que lo está necesitando porque los clientes de la agencia de artistas no se acomodaron con los jovencitos que contrató en reemplazo del viejo Dustin; pero Hoffman se niega porque ha resuelto permanecer en Londres por la razón de que “trabajos se consiguen, pero mujeres como ésta no”. Y colorín, colorado, en el amor les llega una segunda oportunidad.

Otra película había visto recientemente con Alec Baldwin y Meryl Streep que se titula “Enamorándome de mi ex”. Aunque la separación fue traumática para la mujer y los hijos, la razón no pudo ser más contundente: al maduro hombre se le atravesó en el camino una jovencita que puede ser su hija pero resulta convirtiéndose en su segunda mujer. Como el tiempo todo lo cura, con los días los exesposos se reencuentran y resultan teniendo una aventura amorosa en la que la jovencita se convierte en la mujer traicionada y la exmujer se convierte en… ¡la amante furtiva! El hombre se separa de la joven con la intención de volver con la primera, pero esta lo sorprende con la respuesta; “Olvídese de eso. Nos va mejor así como estamos”. 

La película “Todo sucede en Elizabethtown”, una comedia con Orlando Bloom, Kirsten Dunst, Susan Sarandon, Alec Baldwin, Jessica Biel, y un largo elenco, es una película entretenida, puesto que de eso se trata la industria del entretenimiento. Nada como para ganarse el Premio Oscar, pero entretenida. Se trata de la muerte de un hombre a quien todos recuerdan como un hombre alegre, y se trata de celebrarle un funeral en el que no campee la tristeza, sino la alegría. Pero lo que atrajo mi atención fue la historia marginal de su hijo (Orlando Bloom) que viaja a hacerse cargo de las cosas del funeral en un momento en que su empresa acaba de perder una millonada y su novia está a punto de dejarlo. Un fracasado que ante los demás aparenta ser feliz y no anda pregonando sus desgracias sino que las oculta. Siente él que, para su novia, él es un hombre sustituto y que sólo está para ella cuando se aburre de estar con otras personas. En el vuelo conoce a una azafata cuyo novio la hace sentir igual. Es ella una novia sustituta para cuando al otro le quede tiempo de asomarse por su vida. Desperté de madrugada y me puse a ver esta película mientras volvía a darme sueño. No tardé en sentir pesados los párpados, pero no le echo la culpa a la película porque en realidad atrajo mi atención, sólo que volví a dormir un largo rato con el televisor encendido y me despierto en el momento en que el personaje interpretado por Bloom se encuentra de madrugada para ver salir el sol después de haber hablado por teléfono durante horas con la azafata interpretada por Dunst. Se ha establecido entre ellos una conexión especial de solidaridad de clase entre platos de segunda mesa, y entonces surge entre ellos ¡Un beso de película! ¡Qué beso! Hasta yo sentí que me sacudía un terremoto. Al separarse “de tus labios, y de todo lo demás”, la actriz reconoce que “Este beso ha sido más íntimo que casi todas las relaciones sexuales que he tenido en la vida”. Se necesita estar conmocionado para reconocer una cosa así.

En la vida real he sabido de personas que se han ganado dos veces la lotería. No es frecuente, pero pasa. Y en la vida real hay personas que se han encontrado con el verdadero amor dos veces. Tampoco es frecuente, pero pasa.

Muchas historias de Hollywood no son fantasías de ficción sino casos sacados de la vida real. Hollywood lo único que hace es adornarlas un poco. Pasa en las películas, pasa en TNT, pasa en la vida real.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


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