domingo, 18 de septiembre de 2016

170. Cigarrillos de película a humo venteado

El cigarrillo es un cuento tabacalero de nunca acabar. En días pasados yo mencionaba mi extrañeza por las astronómicas cifras en euros que se pagan por la transferencia de un jugador de fútbol como James Rodríguez o Cristiano Ronaldo cuando las taquillas, por más que se llenen los estadios, no dan para tanto. “Es que el negocio no es ese”, me explicó un amigo, “sino las camisetas que cambian cada seis meses y salen a la venta con el nombre del jugador impreso en la espalda, que los fanáticos se apresuran a adquirir. Ahí está el verdadero negocio. El pase de James, por ejemplo, fue librado por el Real Madrid en menos de seis meses”. ¡Mierda! Esa no me la sabía. El negocio no está en el fútbol sino en la publicidad que embeleca los bolsillos de los aficionados. Un simple lavado de cerebro.

Hace muchos, muchísimos años, me intrigó que prácticamente en todas las películas de cine y televisión apareciera alguien fumando. No en todas, claro, porque en “Mejor, imposible” de Jack Nicholson, Helen Hunt, y Greg Kinnear no fuman. Claro que muy al principio un pretendiente de la protagonista trata de encender un cigarrillo y ella se le lanza en voladora a impedirlo: Su hijito padece de asma y es alérgico al polvo y al humo. Eso explica por qué en el resto de la película el cigarrillo está ausente. Hay otra en la que el cigarrillo no aparece en pantalla como protagonista principal ni secundario: “El hombre que susurraba a los caballos”, protagonizada por Robert Redford, Kristin Scott-Thomas, Dianne Wiest, y Scarlett Johannson en una de sus primeras apariciones en el cine. Tal vez ello se deba a ser una producción de la Touchstone Pictures, una división de Walt Disney Productions, la empresa que se orienta más al público infantil que al adulto. Un protagonista principal es aquel que, haga lo que haga, las cámaras siempre lo están enfocando. En algunas parecería que el protagonista no apagara el cigarrillo, siempre fumando de una manera glamorosa y lanzando anillos con sus bocanadas de humo, como si el mensaje fuera “el que no fuma Marlboro no está en nada, está out”. Se me puso que las compañías tabacaleras estaban detrás de esta publicidad subliminal (ya había tocado este tema en algún correo) y aquí hay algo que me confirma que la cosa no es coincidencial sino que obedece a campañas publicitarias intencionadas:


Ante el cada vez más creciente rechazo al cigarrillo por parte de los ecologistas, Hollywood sintió que estaba perdiendo a un importante patrocinador de sus películas y entonces enfilaron sus baterías hacia otro frente que les está dando buenos resultados: la industria licorera. ¿Qué otra cosa se les ocurrirá después? Pues, ya he visto películas en que los fumadores de marihuana y los consumidores de cocaína abiertamente han salido del clóset. Parece ser hasta de buen tono que un ejecutivo yuppie de alguna empresa con oficinas en el piso 116 con vistas a Manhattan, y las hermosas damas que lo acompañan, se peguen una sopladita de polvo blanco como si fuera la cosa más natural del mundo. Tal vez lo sea. Quizás yo soy sólo un atrasado dinosaurio de alguna época prejurásica.

Pensé que eso de la asociación comercial de las empresas tabacaleras con los estudios productores de cine en Hollywood era paranoia mía, pero no soy el único que ha observado tal cosa y el articulista Juan Luis Berterretche escribió en el blog “Viento Sur.Info” de Uruguay en noviembre 3 de 2010 que “Fumar es un placer… sólo para los accionistas de Philip Morris”.


Dice allí que:

En su infinita capacidad para obtener beneficios haciendo daño, las corporaciones multinacionales convirtieron un vegetal sagrado para algunos pueblos originarios de nuestro continente, el tabaco, en un persistente narcótico que envicia y destruye poco a poco a quienes lo consumen. Tornaron las hojas lanceoladas de la planta ritual, en un objeto de consumo constante y mundializado. Un tóxico cuotificado (dosificado a largo plazo) que incita a usarlo frecuentemente y con exceso. En sociedad con las tabacaleras, Hollywood intercaló escenas en sus filmes donde los protagonistas encendían cigarrillos en momentos culminantes de calma, emoción, o meditación. De esta forma impusieron el vínculo entre fumar y los momentos trascendentes de la vida. Tres generaciones fueron sojuzgadas por el emponzoñado encanto del humo criminal de las tabacaleras”.

Confirmadas mis sospechas, hoy me encontré con la película hollywoodense “Nine” (Nueve) del año 2009, dirigida por Rob Marshall y basada en un musical de Broadway que a su vez se basó en la película “8.1/2”, del italiano Federico Fellini quien “dio su aprobación para la creación de este espectáculo, pero pidió que no tuviese el mismo título de su película y que tampoco figurase su nombre”. 

El argumento se basa en un director de cine exitoso y mujeriego que, próximo a cumplir los 40 años, siente de pronto que le falta la inspiración y entra en una fase de depresión emocional por haber perdido el amor de su esposa que no le perdona las muchas infidelidades. La película fue nominada a varios Premios Oscar y a varios Globos de Oro… ¡pero no ganó ninguno! No me sorprende, porque a mi modo de ver es una película entretenida pero una más del montón. No me parece que se destaque. Costó ochenta millones de dólares producirla, y produjo recaudos por dieciseis millones. Un fracaso de taquilla pero que es posible que se reditúe con la promoción en el consumo de cigarrillos. De eso se trata.

Claro que como cada quien ve lo que quiere ver, lo primero que llama mi atención es el suntuoso reparto compuesto por: David Day-Lewis, Marión Cotillard, Sophia Loren, Nicole Kidman, Judi Dench, Penélope Cruz, Kate Hudson, y la cantante Fergie (Stacy Ann Ferguson).

En el momento en que llego al canal con mi control de zapping me encuentro con que el hombre entra de madrugada al cuarto en penumbras donde una mujer espera quién sabe desde qué horas haciéndose la dormida, y trata de saludarla con el aire de “aquí no pasa nada”. Ella se resiste, y el hombre enciende un cigarrillo. Le avisan que su amante intentó suicidarse, y corre al hospital conduciendo su vehículo mientras enciende otro cigarrillo. En el hospital no puede hacerlo, pero sale a la terraza a fumar otro cigarrillo. Del estudio lo presionan (es una película acerca de la filmación de otra película) para que vaya a organizar lo del guión y a darle el visto bueno a algunos asuntos. Lo hace mientras fuma un cigarrillo. Aparece el asistente de escenografía y le muestra unos papeles. Va fumando un cigarrillo. Aparece el camarógrafo haciendo unos encuadres, y un cigarrillo pende de sus labios. Una actriz se maquilla en el tocador, sin dejar caer el cigarrillo que pende de sus labios. Una maquilladora la ayuda con el peinado, mientras fuma un cigarrillo. El productor de la película se hace al lado del director que fuma un cigarrillo, pero parece ser que a él no le gustan los cigarrillos porque fuma un tabaco. El hombre “se fue a la orilla del mar y las olas le decían que ella ya no lo quería”, mientras fumaba un cigarrillo (no sé cómo lo hacen. En el mar que conozco, que es el sencillito de Coveñas, la brisa marina no deja y el ambiente húmedo es pegajoso, no sé cómo lo hacen). En la escena de la pelea final con la mujer él trata de convencerla de que no lo deje, mientras ella insiste en dejarlo. Él quiere besarla. Ella no quiere. El humo del cigarrillo asciende a las alturas desde algún cenicero. El humo del cigarrillo está presente en off por fuera de cámaras, y pueden verse las fumarolas de una a la otra escena. La película está mal titulada. A mi modo de ver, debería titularse: “Mil cigarrillos y medio”. Ese título no augura ningún Oscar.

Hay películas en que no se fuma, claro, pero no son muchas. Una de ellas es “Última oportunidad de Harvey” (Nunca es tarde para enamorarse), que mencioné en el inserto “Besos de película y segundas oportunidades”, de este blog. Otra es “La cara del amor” (Reinventando el amor) con una muy madura Annette Bening que tiene una vejez bella y digna, sin tratar de ocultar artificialmente los signos de su vejez, y muestra todavía el esplendor de su juventud. Vive feliz y enamorada con su esposo, interpretado por Ed Harris, que fallece ahogado en un viaje de vacaciones y a ella le cuesta superar la viudez, no logrando alcanzar el olvido, ni logrando interesarse en su vecino viudo, Robin Williams, que le demuestra afecto pero resulta “no ser su tipo”. Hasta que se aparece un pintor que es prácticamente el doble del esposo fallecido, también interpretado por Ed Harris, y logran enamorarse para iniciar una nueva vida pero… ella lo arruina por causa de la mentira contumaz. No es capaz de contarle a él que lo que la enamora es su sorprendente parecido con el difunto. No es capaz de contarle a su hija que ha encontrado el amor en un hombre que es una copia al carbón de su padre muerto. No es capaz de contarle a su enamorado vecino que el hombre que la atrae es un reflejo en el espejo del esposo que perdió. En fin, no es capaz de aceptar el hecho de que el uno es el uno, y el otro es el otro. Tal cosa arruina esa relación. La película no es gran cosa, aparte de que en ella no se enciende ningún cigarrillo pero sí hay una escena en que el esposo se aparece con los ojos enrojecidos y ella bromea con él “porque veo que fumaste un poco de marihuana”. No se le ve fumarla, pero lo reconoce. Y en otra escena ella dice que le gustaría vivir un poco a la bohemia, sin tantos lujos ni compromisos, en una casa simple “levantándome tarde, tomando un café caliente, tomándome algunas copas, y fumando”. Así es que ella no fuma pero, que le dan ganas, le dan ganas.

Hollywood tiene la capacidad de copiarse a sí mismo como imagen que se refleja en un espejo; y hay películas que muestran los tejemanejes de la producción de una película, una película dentro de otra película. “La amante del teniente francés” es una, con Meryl Streep y Jeremy Irons. O la película “Nine”, ya mencionada. Así mismo tiene la capacidad de recrear la vida real, como el caso basado en el hecho cierto de “Erin Brockovich” (Julia Roberts), empleada de un abogado y ama de casa que investiga los daños causados por una poderosa empresa multinacional explotadora de gas en la salud de una comunidad, y enfrentada al poderoso pool de abogados de la empresa logra derrotarla en los estrados judiciales. 

O como el caso de “Gracias por fumar”, película protagonizada por Aaron Eckhardt con María Bello, William H. Macys, Robert Duvall, Katie Holmes. Eckhardt es un exitoso relacionista público contratado por una poderosa multinacional tabacalera como agente de prensa. Especialista en eludir preguntas comprometedoras, en desviar la atención del asunto central que proponen los periodistas en las ruedas de prensa, y en mentir llegado el caso para defender los intereses de la empresa que lo contrató, es el hombre que pone la cara. Tras su carismática sonrisa y segura voz “Si alguien se estrella contra un poste y muere, el culpable no son los fabricantes de automóviles. Si alguien fuma y contrae cáncer, las culpables no son las empresas tabacaleras”. Una posición muy cómoda. Para eso le pagan. Hasta el día en que conoce y tiene que enfrentarse al actor que por muchos años hizo el papel de aquel vaquero a caballo que con cigarrillo en la boca en su “Mundo del hombre Marlboro” no necesitaba esforzarse demasiado. El hombre Marlboro, símbolo de todo un estilo de vida, se está muriendo de cáncer por culpa de la acumulación de alquitrán que las celdas de sus pulmones absorbieron. No le vengan con cuentos a este hombre. Al relacionista lo acompaña su pequeño hijo, y cae en la cuenta de los valores que le está enseñando con el ejemplo: “No importa mentir, ni importa que tus promesas sean falsas, si con eso ganas dinero y triunfas en tu profesión”. Pobre lección de vida. Resuelve, entonces, enfrentarse a las tabacaleras y testificar contra ellas en el comité del congreso que está investigando sus actividades. Sólo que este comité, como todo en el mundo de la política, también está permeado por las prebendas y lobbys de estas compañías. El hombre prefiere renunciar y retirarse de la exitosa carrera que llevaba, antes que seguir transmitiendo a su hijo un mensaje tan equivocado de que si la gente moría por el cigarrillo la culpa no era de las tabacaleras sino del fumador que “toma su propia decisión”.

Alguna vez hablaba sobre este tema con el Dr. Luciano Londoño López (QEPD). Tenía él la idea de escribir un libro de memorias que muy tangueramente pensaba titular “Quemá esas cartas” y para el cual había venido recogiendo apuntes sobre distintos temas. Murió sin haber concretado su proyecto. A raíz del asunto del cigarrillo quiso compartir conmigo este artículo:

EL ÚLTIMO CIGARRILLO

Tomado de “Quemá esas cartas”, memorias de L3 (LLL, Luciano Londoño López).

“El Universal, Cartagena 9 de abril… el conductor ha resultado muerto, al estrellarse la camioneta que conducía… contra un árbol de la Avenida Pedro de Heredia, cuando intentó encender un cigarrillo…”.

¿Cuál será nuestro último cigarrillo? Con frecuencia nos ha asaltado esa absurda idea y, a veces, hasta la misma obsesión.

Somos fumadores. El cigarrillo, antes inocente, nos hace cada día más mal. No es preciso que se nos diga. Lo sabemos perfectamente, pero, empleando la voluntad en tanta y tanta cosa diaria, en esto falla. Mejor dicho, ni falla siquiera, porque no lo intentamos, y si no es cierto que cada día fumemos más, es verdad que no fumamos cada día menos. 

Una de las personas que más he querido y admirado en mi vida fue don Jaime, un buen jefe que tuve, y quien muchas cosas me enseñó. Él, que había fumado, no solo no fumaba ya, sino que no podía evitar un desagrado de que alguien fumase delante de él. En una época en que nos veíamos mucho, intentó convencerme de lo que yo ya estaba convencido. Cada vez que sacaba un cigarrillo cambiaba de expresión, dentro de su enorme cortesía. 

Una tarde le planteé de cara lo de fumar:

Mi querido don Jaime: con nadie lo paso mejor que con usted. Mi agradecimiento y orgullo de que usted comparta mucho de su precioso tiempo conmigo, es grande. Yo no puedo mantener una amistad forzada e incómoda a costa del cigarrillo.

Y, ¿Qué ha decidido usted? 

Fumar con libertad cuando venga a verlo.

Bueno, pues fume. Alguna vez habrá un cigarrillo que sea su último cigarrillo. 

No sé si me quedaron grabadas aquellas palabras. He seguido fumando a pesar de los malos pronósticos. 

Me ha sido relativamente fácil retirarme de golpe de muchas cosas, pero para eso de fumar me faltó siempre una indispensable y mínima atrición preparatoria. Y es que yo creo que es más difícil vencer las pequeñas aficiones que las tentaciones grandes. Recuerdo aquella sentencia de Oscar Wilde: “Un capricho se diferencia de una gran pasión, en que el capricho dura toda la vida”.

Una de las tantas misericordias de Dios es que no sepamos nunca cuál va a ser el último cigarrillo, que puede ser cualquiera. Sólo los condenados a muerte dan la chupada terrible del que ya sabe que no fumará más. 

Ahora, entre tantos accidentes que caracterizan cada año la época de Semana Santa, leo que en Cartagena de Indias un hombre joven se ha estrellado contra un árbol al salirse de la calzada cuando intentaba encender un cigarrillo. Conozco esa avenida. Imagino el calor mortal que tiene esa ciudad en este tiempo. 

Fumamos porque nos aburrimos, o porque trabajamos, o porque nos divertimos demasiado. Fumamos porque hace mucho calor o porque hace mucho frío. Pero, ¿cuál será nuestro último cigarrillo? Probablemente, lo fumaremos como si tal cosa, sin sospecharlo. Y seguirá ardiendo cuando ya uno se haya apagado. Es mejor así.

Luciano Londoño López

Dejar de fumar no lo salva a uno de la muerte, pero puede ayudar a que uno disfrute más de las cosas de la vida “como un buen vino, o un bocado exquisito de la gastronomía. Los fumadores, con las papilas gustativas embotadas, no saben lo que es eso, hombre Orlando”. Le conté esto a una amiga y me respondió: “El que no fuma, no conoce el placer de fumarse un buen cigarrillo”. No sé si esto sea cierto, pero “la persona que fuma ignora lo desagradable que es un beso que sabe a colillas de cenicero”… y esto lo digo por experiencia propia.

Ahí sí, como dicen, “al que le gusta, le sabe”, y “no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni nariz más atrofiada que la que no quiere oler”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



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