domingo, 25 de septiembre de 2016

171. Guayaquil y los cafés, bares, y cantinas del centro de Medellín

Según el historiador don José María Bravo Betancur, el nombre del barrio le viene a Guayaquil de una cantina instalada a orillas del río Medellín, cuando por esos lados había un balneario donde iban a bañarse los medellinenses de mediados del siglo XIX, en lo que por ese entonces eran “las afueras de la ciudad” y el lugar hacía parte de una hacienda llamada “El pantano”, propiedad de los descendientes del Dr. Ignacio Uribe Mejía, porque en invierno el río se crecía y se salía de madre en las vueltas de los meandros, inundando grandes extensiones en sus orillas, de donde le viene el nombre de “Las Playas” a un sector del barrio Belén en la otra banda. Hacía tal calor a veces en ese lugar donde se estaba construyendo un puente sobre el río, que muchos lo compararon con Sopetrán y le dieron ese nombre, pero a un parroquiano le pareció que el calor se comparaba más bien con el del puerto ecuatoriano de la ciudad de Guayaquil, y así fue renombrado. Esto lo corrobora el Dr. Alberto Bernal Nicholls en su libro “Miscelánea de historias, usos, y costumbres de Medellín”. El nombre del barrio le viene, pues, de una cantina a donde los bañistas acudían “a tomar las once letras”, como le decían al “aguardiente” para que las señoras y los niños no se dieran cuenta de sus etílicas costumbres. A cada nada se les ocurría proponer “vamos a tomar las once a Guayaquil”. Con el tiempo don Carlos Coroliano Amador, esposo de doña Lorencita Uribe Lema de Amador, hizo desecar esos pantanos, corregir el curso del río, y volver esos terrenos urbanizables.

Artículo de José María Bravo Betancur publicado en el periódico El Mundo.com de Medellín el 16 de julio de 2007: “El pasado nos interroga – El puente de Guayaquil”:

http://elmundo.com/portal/resultados/detalles/?idx=58901#.V82lmlvhDhk

Escribe don José María Bravo en su artículo que el entonces gobernador del Estado de Antioquia Rafael María Giraldo Zuluaga (de 1855 a 1862) mandó a construir el puente de Guayaquil, y que cuando él expidió el decreto de apertura de la calle que conducía a ese puente al lado del balneario:

… el señor José Velásquez, que olía el tocino, construyó al escape al otro lado del puente una casa de vara de tierra provisional en la que estableció una muy surtida cantina, calculando con acierto que serían muchos los trabajadores y muchos los curiosos, y que por supuesto todos irían a refrescar. Tuvo razón Velásquez, los jóvenes aquí se convidaban, y marchando en grupos veían los trabajos, y luego las copitas de rigor. Como el aguardiente no es muy fresco dieron en decir los paseantes al convidarse, vamos a Sopetrán, aludiendo al fuerte clima de aquel territorio. Pero ese nombre de Sopetrán poco duró. Un día había bastantes reunidos en la cantina de Velásquez, y entre ellos el inolvidable Venancio Calle, el que en medio de los tragos, dijo estas o semejantes palabras: `Protesto contra el nombre de Sopetrán que se la da a la cantina. Sopetrán no es bastante cálido para equipararse con el divino líquido; lo único que se le acerca es Guayaquil, en el centro del Ecuador. Propongo, pues, el cambio de nombre´. ¡Hurra por Guayaquil! aulló la concurrencia, y Guayaquil se quedó”.

Me encontré en el periódico Universo Centro, en su edición 23 correspondiente al mes de mayo de 2011, con una crónica que es la “Historia de los cafés en Medellín, segunda parte”, escrita por el arquitecto e historiador Rafael Ortiz Arango (QEPD):


Este artículo siguió al primero del mismo autor, que había sido publicado en la edición 22 correspondiente al mes de abril de 2011, con el título “Tinto a dos centavos –Historia de los cafés en Medellín, primera parte”. Valga aclarar que, aparte de dar nombre al color característico, la palabra “café” se refiere tanto a la bebida como a un lugar público o cafetería donde se vende la infusión ya preparada; y que la expresión “tinto” en Colombia no se refiere a un vino de uvas sino a la preparación de la infusión de café solo, tipo expreso, sin mezcla láctea.


La segunda parte del artículo de don Rafael trae un recuadro con la lista de veinte cafés de la época que a él le tocó vivir que estaban ubicados “en la sola calle de San Juan”: As de Copas, Cisneros, Córdoba, Danza Roja, Dos Amigos, El Tambito, Estación, Estambul, Faraón, Florida, Gayola, La Costa, Luneta, Pacorro, Pigal, Rigoleto, San Jorge, Santa Cruz, Tropical, Victoria. Nota uno que algunos nombres cambian de una generación a otra, mientras otros se sostienen por largo tiempo. Veo que don Rafael se centró en los denominados “cafés” en el aviso, y omitió los “bares” y las “cantinas”. Conceptualmente deberían ser distintos, pero en mi mente yo no encontraba diferencias por los días en que inicié mi recorrido. Algunos han escrito sobre el asunto, como el periodista Reinaldo Spitaletta, y hacen diferencia en el concepto de café y en el concepto de bar o pub tal como se conocen en Europa, conceptos que por estos lados no tuvieron cabal aplicación aparte de que se denominó grilles a los dotados de pista de baile, y heladerías a los que se podía ir con la novia o con la esposa; porque a los cafés, bares, y cantinas, no entraban sino las meseras y las mujeres del diario catrerrebusque. Hay quien hace notar que han aparecido establecimientos similares a grilles que ahora llevan el nombre de discotecas, otros similares a cafés que llevan el nombre de taberna, y heladerías con el nombre de "fuente de soda", aunque por aquí a nadie parece habérsele ocurrido bautizar a su establecimiento con el nombre de “tasca”.


Dice el escritor Fernando Vallejo en “El fuego secreto” que:

"Como todos los cafés de Medellín, o de Antioquia, el Miami no es un café: es una cantina. Cafés se llama por eufemismo a las cantinas en un país de borrachos, por salvarle un poco la cara maltratada a la decencia. Cierto que en la mañana y hasta en la tarde sirven café, pero del café se pasa a la cerveza, y de la cerveza al aguardiente, y del aguardiente a la alucinación. Para las siete u ocho de la noche ya han sido abiertas de par en par las puertas al cotidiano desvarío".

Y Reinaldo Spitaletta escribió en agosto 20 de 2013 en su blog un artículo titulado “Cantinas y cafés, Europa y Medellín”:


"Para ser justos, por estas lindes nunca hemos tenido cafés, en el sentido de aquellos lugares hechos para la conspiración y la charla, el intercambio de ideas y las discusiones políticas y literarias. Somos hijos de la cantina que, de acuerdo con algún gozón de esquina, pertenece más a la barbarie que a la civilización".

La bohemia de la generación del medio siglo a la que pertenezco tuvo focos específicos de intereses, y hay un mapa que se arma con los lugares donde se reunían los músicos serenateros. Estaba el bar Serenata, en Bolivia con Palacé frente al Seminario Conciliar; estaban los bares Crillón, Primero de Mayo, y el restaurante El Escorial en la avenida La Playa frente al teatro Metro Avenida; y estaba el Centro Artístico Musical Cooperativo (CAMC) en un segundo piso a veinte metros del edificio Telecom, un edificio situado en la esquina de la calle Ayacucho con la carrera Palacé que se construyó en el terreno donde tuvo su lujosa casa a finales del siglo XIX el millonario don Carlos Coroliano Amador Fernández, casa que por sus lujos fue conocida como el Palacio Amador y después su dueño convirtió en Hotel Bristol, hotel que no hay que confundir con otro de la carrera Junín con la calle Maturín, de menor categoría, situado éste en una esquina donde estaba rodeado de bares reconocidos por todos los costados: por delante, por detrás, a derecha, a izquierda, calle arriba, calle abajo, bares guayaquileros por todos lados. En esos sitios de reunión de serenateros nuestra generación, beneficiada por el hecho de que por esos días había en Medellín concentración de importantes emisoras que presentaban programas en vivo, y de las principales casas disqueras del país, era lugar de atracción para músicos de distintas procedencias. Nos dimos el lujo de dar serenatas con el Dueto de Antaño, Obdulio y Julián, Espinosa y Bedoya, Los Romanceros, Bowen y Villafuerte, Gómez y Villegas, Posada y Calle, Pérez y Pineda, Los Embajadores (Carlos y Rafael Jervis), Lucho Ramírez, Los Hermanos Cortés (Humberto y Alfonso), Trío América, Luciano y Concholón, Ramírez y Arias, Hernando y Yesid, Los Pamperos, y un abanico de muchísimos otros artistas de renombre de aquellos años de música con guitarra acústica, antes de que se pusieran de moda las serenatas con mariachi y guitarra eléctrica, y los vallenatos papayeros de guacharaca y acordeón que atrajeron a la siguiente generación. Una completa lista de los más representativos, puesto que había más serenateros en la ciudad incluidos aquellos que por entonces denominábamos merenderos porque cuando el hambre los acosaba en una mala noche eran capaces de dar serenata a cambio de una merienda de madrugada en el restaurante de la esquina, para no irse a casa con el estómago vacío; trae el Dr. Alberto Burgos Herrera en su libro “Duetos y tríos del viejo Medellín 1950-1970”. El médico Burgos menciona en este libro a Germán Benítez Barón, músico serenatero, pintor de brocha gorda por profesión y pendenciero por afición, que fue prolífico compositor y después “se retiró del canto y estableció un café contiguo al Teatro Bolívar al que llamó El Bambuco, que era lugar de cita de poetas, músicos y cantores”. Para cuando yo nací, había desaparecido Germán Benítez, había desaparecido el Teatro Bolívar, y había desaparecido el café El Bambuco. Pertenezco a otra generación.

En los días de mi adolescencia había expendios de licor en todos los barrios de la ciudad, claro, pero había un verbo de generalizada conjugación para los habitantes periféricos y era el de dirigirse al centro de la ciudad, el down town que ejercía como el eje de una estrella de muchos picos: el verbo “guayaquilear”. Guayaquilear era dirigirse a los cafés, bares, y cantinas no sólo del barrio Guayaquil sino de todo el centro de la ciudad donde había licor y meseras “pa´las que fuera”. Y músicos. Y lugares de juego. Y casas de prostitución. Y ladrones. Y policías. Guayaquil era otro mundo, una escuela de iniciación donde uno se graduaba como hombre, y digamos que guayaquilear se salía de los lindes del barrio Guayaquil propiamente dicho y abarcaba todo lo que en algún momento la administración municipal denominó “parrilla del centro de la ciudad”.

Los recorrederos de un revueltero del Pedrero o del Pasaje Sucre o de la Plaza de Mercado, diferían de los recorrederos de un mayorista abarrotero de la carrera Alhambra; y los de éste diferían de los de un maderero de los aserríos de la Avenida del Ferrocarril, de los de un peletero del Pasaje Coltejer, o de los de un cacharrero del Pasaje Vásquez. Aunque superpuestos en un mismo Guayaquil, eran mundos distintos. Al Pasaje Coltejer le dio nombre la textilera cuando adquirió y remodeló el antiguo convento de las Hermanas Carmelitas en el terreno situado entre las carreras de Palacé y Bolívar y entre las calles de Maturín y Pichincha con la idea de tener allí locales comerciales para sus mayoristas de telas que surtieran a los dueños de negocios que llegaran de los pueblos a Guayaquil. En mis tiempos la vocación del pasaje ya había cambiado de los textiles a las peleterías y el lugar no se veía frecuentado por modistas en busca de telas sino por zapateros compradores de cueros, que celebraban religiosamente “los lunes del zapatero” en los bares Kennedy, Puerto Nuevo, Las Vegas, y Tarqui, situados en el Pasaje Coltejer. Por su parte el Pasaje Vásquez estaba situado entre las calles de Maturín y Pinchincha y entre las carreras de Bolívar y Carabobo, y en sus comienzos fue sector cacharrero. Fue construido por don Eduardo Vásquez Jaramillo, casado con doña Elena Uribe Uribe y suegro del General Pedro Nel Ospina Vásquez, que además era tío del general. Don Eduardo también era dueño del Edificio Vásquez en la calle San Juan con la carrera Cundinamarca.

En cuclillas, cazando grillos, nació el Medallo (Deportivo Independiente Medellín) en Carabobo”. Entrevista de Byron White Ospina a don Rafael Ortiz Arango:

http://www.universocentro.com/NUMERO9/ByronWhite.aspx

Menciona don Rafael en este artículo a los cafés Árabe y El Perro Negro en los bajos del Edificio Vásquez, y al “Café 24 horas” frente a la Estación del Ferrocarril, cuyo dueño le quitó las puertas para simbolizar de manera elocuente que su negocio nunca cerraba.

Adjunto al Edificio Guayaquil de la carrera Carabobo con calle Amador había un lugar de homosexuales con el pomposo nombre de Café Venus, y su principal decoración era el mural de una mujer desnuda de extraordinaria belleza”. Este negocio fue trasladado por su dueño José Ríos a la vía de las Palmas con el nombre de “La Cuna de Venus”, y de él habla en una crónica deliciosa el Sr. Guillermo Acevedo A., que colabora en el blog Escritura de La Ceja.blogspot.com, con el título de “La Cuna de Venus, otra Gruta Simbólica”. Aunque el cronista es de La Ceja, hace mención de que inicialmente el dueño de Venus estaba localizado por los lados de El Perro Negro.

http://escrituradelaceja.blogspot.com.co/2009/06/la-cuna-de-venus-otra-gruta-simbolica.html

El cronista Hugo Bustillo Naranjo reclama por mi geografía guayaquilera con límites que, como se dice en los restaurantes de carne asada a la brasa, "se salen del plato", porque él hace distinción en subsectores de Guayaquil que quizás en otros tiempos recibieron su nombre por algún bar o cantina de la respectiva esquina. Menciona él a Orocué, a Trocadero, a La Calesita, a La Manguala, y a otros en la crónica prostibular que publicó en Universo Centro nro. 75 correspondiente al mes de mayo de 2016 con el título “Ninfas y Nichos del Valle del Encanto”; y en el artículo “En Orocué nació la luz –Historia de Medellín en torno a la Plaza de Cisneros”, publicado por el periódico El Mundo el 6 de febrero de 2005, donde aclara que la Plaza de Mercado de Cisneros, mucho antes de que existiera El Perro Negro, se llamó Plaza de Orocué. Su mapa, ampliado a toda la ciudad, está compuesto por las casas de citas y las damiselas de la generación del medio siglo:

http://www.universocentro.com/NUMERO75/Ninfasynichosdelvalleencantado.aspx

Tratando de armar el mapa de mi bohemia postadolescente me dio por hacer una lista de los bares, cantinas, y cafés de Guayaquil; y en anotaciones dispersas de los estrujamientos de memoria logré recopilar poco más de un centenar de  establecimientos del barrio Guayaquil de los años 50 al 70. Son muchísimos más, pero uno no los recorrió todos como para decir que recuerde siquiera a la mayoría. Es apenas una muestra. Para ampliarla haría falta hablar con Javier Ocampo que fue dueño de Tango Bar y ahora lo es del Homero Manzi, con Carlos Álvarez o con Alonso Zuluaga, que fueron dueños de cafés; o con el cabezón Héctor, que fue administrador; o con Gustavo, que fue lustrabotas; o con el negro Orlando Matta, que fue fotógrafo por entre las mesas; o con la flaca Mariela, que fue mesera; pero es posible que muchos de estos testigos vivenciales ya estén muertos y toque entrar en averiguaciones con las benditas ánimas del purgatorio. Claro que algo ayuda hablar con los contemporáneos que uno tiene cerca, como decir don Omar Hernández Bernal de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, de cuya memoria salieron los nombres de por lo menos diez de los doce o quince bares que tuvo. Particularmente útil fue la información suministrada por el cronista historiador Hugo Bustillo Naranjo y su parentela de los Bustillo, Parra, Naranjo, y Caballero, que hicieron conciliábulo virtual colombonorteamericano para armar su mapa, encabezados por don Cupertino Naranjo Caballero que fue propietario de entre media y una docena de bares del sector y cuya lucidez le permite recordar como si fuera hoy los nombres de muchos lugares; de los que también hace parte don Gustavo “Mambo” Rincón que fue administrador de varios negocios de don Cupertino que se lo llevó hace cuatro décadas a vivir a los Estados Unidos en agradecimiento “porque a la honradez de este hombre se le puede hacer un monumento ya que con él no se me perdió ni un peso, cosa que no se podía decir de muchos en Guayaquil”. Dice Hugo Bustillo que junto con su poeta de cabecera, Antonio Machado, “Cuando recordar no pueda /dónde mi recuerdo irá, /una cosa es el recuerdo, /y otra cosa es recordar”. El historiador Bustillo tomó con particular afecto e interés la tarea de hacer la recopilación “Porque tal vez vos no sos consciente de eso, hombre Orlando, pero yo que fui guayaquilero toda la vida te puedo asegurar que no hay otro trabajo que como éste recoja tantos nombres de establecimientos de la época que nosotros vivimos. Tengo la certeza de que en esa lista está la mayoría”.

Difícil sabérselos todos, aunque uno hubiera trabajado en la sección de permisos de la Secretaría de Gobierno, o de la Secretaría de Salud e Higiene, o del Cuerpo de Bomberos, o de mensajero repartiendo las cuentas de servicios públicos municipales. Difícil. He hecho esta lista, que seguramente se puede actualizar con lo que falta o corregir, como decir algún lugar que no fue bar sino café, u otro que no fue café sino cantina; no sólo tiene nombres aportados por mí, sino que incluye datos recogidos de otras personas. La lista contiene sólo establecimientos del barrio de Guayaquil para no meternos con los sectores burde-leno-casaciteros de Lovaina, El Fundungo, Las Camelias, o La Bayadera, que es otro cuento. O con establecimientos barriales de Buenos Aires, Belén, Manrique, Aranjuez, y pare de contar. No acabaríamos.

Sé que hubo un Café Uribe y un Bar Uribe, que eran distintos; y aunque tengo dudas acerca de si el Bar Pilsen y el Café Pilsen eran un solo establecimiento, tengo claro que una cosa fue el Café Rigoleto de la calle San Juan de los tiempos de don Rafael Ortiz, y otra el Bar Rigoletto de la calle Maracaibo de los tiempos en que la esbelta Grecia –¡Ay!, mi Grecia, ¡Ay!– con su lacia cabellera negra que le llegaba a la cintura atendía en mi mesa porque yo siempre me sentaba en la misma mesa y porque ella siempre pedía al administrador que se la asignara.

En la fragilidad de la memoria, y en el ejercicio de recopilación de este inventario, surgieron forcejeos y discrepancias entre si determinado lugar se llamaba “Montesuma”, o “Moctezuma”, o si algún otro se llamaba “Ecobar” o “Ecovar”, o si un restaurante era “Cirus” o era “Cyrus”. Tratándose de matices ortográficos, mejor no menearlo porque también se da el caso de un padre que quiso hacer homenaje en su hijo a Coriolano, el general de los ejércitos romanos, y resultó registrándolo en la pila bautismal como Coroliano. En tratándose de partidas de bautismo Coroliano es Coroliano, y ahí no hay tu tía. Así es que el nombre de un conocido bar no es “Grisel” como indicaría la lógica, sino “Gricel”, porque así bautizó el cura a la amada musa que inspiró la obra de José María Contursi.

Hay nombres como decir el Bar Pigal, que así decía el aviso, que resulta ser una distorsión del nombre del “Pigalle” que había en París. Como decir el Bar Partenón, que lleva el nombre del templo griego y algunos lo trocaban diciendo “vamos al Paternón”. Como decir el bar El Crillón, que llevaba el nombre de un famoso hotel de París que frecuentó la reina María Antonieta antes de que pasaran su estirado cuello por la guillotina y nada de raro tendría que su espíritu hubiera seguido moviendo cortinas en las noches después de ese “penoso incidente”. Muchos se refieren a él como bar El Grillón, suponiendo que el nombre le venía puesto por algún grillo de la grillamenta, pero no es de ahí de donde le viene sino del hotel de París y de otro de igual nombre que había en la capital argentina. Se da el caso del Bar Ruso donde se reunían estudiantes trostkistas y stalinistas a discutir sus tesis de izquierda, que terminó siendo apodado como Bar Moscú y Hugo me advirtió que “si te hablan del Bar Moscú, no le botés corriente que se trata del mismo Bar Ruso que tenés en la lista”.

Claro que hablar de los cafés de Guayaquil, abarcados en esta denominación los bares y cantinas, requiere de aclarar que el recuento está ubicado en la segunda mitad del siglo veinte, porque mencionar a los establecimientos que existieron en la primera mitad, y desaparecieron, sería muy dispendioso. Difiere mucho la lista del directorio telefónico de los años veinte, de la respectiva en los años sesenta, y ni se diga comparándola con la lista actual. La misma denominación de “Guayaquil” no está circunscrita en esta lista a los límites del barrio como tal, y se extiende a calles vecinas en todo lo que era el centro de Medellín en otras épocas.

Mucho se ha escrito sobre el centro de Medellín, en general; y sobre el barrio Guayaquil, en particular. Está el libro “Guayaquil, una ciudad dentro de otra”, de Alberto Upegui Benítez. Está el libro “Moscas de todos los colores, barrio Guayaquil de Medellín –1894-1934–”, de Jorge Mario Betancur Gómez. Está el libro “Ayer y hoy, Guayaquil por dentro”, de Octavio Vásquez Uribe. Está la novela “Aire de tango”, de Manuel Mejía Vallejo. A juicio del periodista Oscar Domínguez Giraldo el mejor escrito sobre cafés de los que él ha leído es el que trae Jairo Osorio Gómez en su novela “Familia, la novela amoral de Antioquia”.

A continuación pondré la lista recopilada de los cafés, bares, y cantinas centromedellinenses de mi generación. No bebí en todos, no los recorrí todos. Si lo hubiera hecho, estaría alcoholizado. Pero sí hubo uno que frecuenté por cinco años casi día de por medio, muchas veces llorando a moco tendido por la mujer que veía pasar por la acera del frente del brazo de su novio, y cuya traga maluca me tuvo engatusado todo ese tiempo: El Bar Partenón. 

“Pare aquí chofer” (… es aquí /que quiero llorar por su amor /y en este lugar maldito /la tengo que arrancar del corazón…). Tango con letra y música de Alfonso “Teniente Alarcón” Casini, interpretado por Oscar Larroca con la orquesta de Alfredo de Ángelis:


Un diciembre, por los días de la novena navideña, la mesera se nos acercó sonriente con una botella de aguardiente envuelta en un colorido papel estampado de renos y San Nicolases y coronada por un moño de cinta azul con una tarjeta de “para y de”. La descargó sobre la mesa y nos soltó el mensaje: “Que aquí les manda de aguinaldo el dueño”. Haciendo un balance, ¿Cuánto dinero habíamos puesto en sus bolsillos, como dicen los contadores, “en el ejercicio que termina”?

En esta lista hay muchos nombres tangueros, y muchos tomados de lugares o sitios en Argentina. No es coincidencia. El tango presidió las noches bohemias de mi generación. Un ejemplo sería el bar Belgrano 60-11 y otro el Bar 9 de Julio. Es una fecha que para los colombianos no tiene significado, pero para los argentinos es el día de la independencia. Una imponente avenida hay en esa ciudad que conmemora la fecha y tiene veinte carriles de ancho. Pero no fue la avenida la que dio nombre a este bar sino el tango interpretado por Agustín Magaldi que tiene por tema el desengaño (… Yo llevo en el alma la desilusión, /y desde entonces me condena /la angustia infinita de mi corazón).

9 de Julio”, tango con letra de Lito Bayardo y música de José Luis Padula, interpretado por Agustín Magaldi:


Lástima que la lista se circunscriba a etilicodispensadores, porque también estarían el Restaurante El Escorial, el Restaurante Panamá, el Restaurante Cañaveral, y el Restaurante Cirus en la esquina de la carrera Bolívar con la calle Maracaibo, detrás del Hotel Nutibara, cuyo nombre casi no logro rescatar de la memoria pero sí recuerdo como si fuera hoy su arroz con pollo que uno consumía en esa esquina y devolvía a las dos cuadras. La culpa no era del arroz, ni era del pollo, sino del exceso de aperitivos que uno tomaba de sobremesa. Y estaba el Restaurante Gambrinus que ya no recuerdo dónde quedaba pero su nombre se me ha venido a la memoria. Alguien habla del restaurante de Rosa la Peluda (Rosaaa, esta carne está muy duraaa. “Que le cambien los trinchetes, mijo, que se los cambien”); y otros hablan del café del Capitán López frente al antiguo Palacio Municipal (hoy Museo de Antioquia), por Carabobo, donde el capitán Gustavo, padre del cantante Gustavo López, vendía unos tamales de antología para los amanecedores centroguayaquileros.

Otra cosa es hacer el ejercicio de recordar dónde estaban ubicados estos negocios porque de muchos de ellos uno recuerda el nombre pero no recuerda bien, ni a veces mal, dónde quedaban. Los hay que cambiaron de dirección como decir los billares La Macarena que fueron antes un café situado en un sótano contiguo a lo que fue el teatro Metro Avenida y hoy es una institución bancaria de la avenida la Playa entre las carreras de Junín y Palacé. Antes, muy a principios de siglo, había funcionado en ese lugar un café llamado La Bastilla de don Pedro Zuluaga y don Emilio Franco que luego lo trasladaron con ese nombre a la carrera Junín entre la calle Boyacá y la avenida La Playa donde antes funcionó el café La Gironda de don Miguel Ángel. Como don Hipólito Londoño tenía un café en el barrio La Toma con el nombre de Café La Toma de la Bastilla, resolvió comprar a estos señores su establecimiento y fusionar sus dos negocios en todo el centro de Medellín, dando origen a la fábrica torrefactora de café molido cuyo nombre llega hasta nuestros días “Digno de servirse en vajilla de oro”. Ese Café la Bastilla contiguo al Café Zoratama que conocimos por los días de mi adolescencia, fue trasladado luego al Pasaje La Bastilla donde todavía existe con ese nombre. El café La Macarena se convirtió en un salón de billares y se trasladó para la Plazuela Nutibara, contiguo a donde estuvo El Jardín Pilsen al lado del Grill de las Estrellas de las residencias del Hotel Nutibara. El Bar Kalamary, de don Roberto Mejía, estuvo en Maturín frente al Bar Montecristo, pero luego lo trasladó por corto tiempo a la carrera Junín entre calles de Maturín y Amador, frente al Bar Partenón y El Patio del Tango. El Patio del Tango del gordo Aníbal Moncada se trasladó para el barrio Antioquia. El Bar La Payanca de Junín con Maturín se fue para el Parque de Bolívar. El Bar Málaga de don Gustavo Arteaga en Maturín con Abejorral se convirtió en Salón Málaga al trastearse para la carrera Bolívar entre calles de Amador y Maturín donde aún está. El CAMC se fue de la carrera Palacé con calle Ayacucho para el barrio de San Joaquín, cerca de la carrera 70 con la calle San Juan en Laureles. En fin, muchos han estado situados en una parte y luego se han ido para otra.

Con el tiempo han aparecido otros lugares, como decir el bar La Boa, o el bar Wall Street, o el bar La Arteria, o los billares Universo, o el café Negocios y Negocios, y muchos otros, pero son establecimientos de nueva generación. “Es que si vas a contar estos otros, hombre Orlando”, me dijo Darío Calderón, “tenés que tener en cuenta el bar La Huerta, que cerró; y el bar La Buerta que lo reemplazó pero en otro lugar, frente al teatro de Bellas Artes; y el Café Bar Martini, que su exadministrador abrió frente al teatro Pablo Tobón Uribe. Esos también cuentan. Y no te olvidés del bar del Hotel Europa, en la esquina del desaparecido teatro Junín y hoy edificio Coltejer, que tenía entrada estrecha por la avenida La Playa hacia las mesas del fondo, y ventana con barra hacia la calle por la carrera Junín, donde hubo el primer paradito que tuvo la ciudad”. Esos paraditos eran expendios de licor sin mesas, cuyos clientes apuraban el trago en el mostrador y se paraban en la acera a ver pasar a las muchachas que salían a juninear, o sea a pasear por Junín. 

El día en que yo muera, “y el día esté lejano, soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento”, a mi espíritu le quedará un largo camino por recorrer deshaciendo pasos. Es un largo camino.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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LISTA DE CAFÉS, BARES, Y CANTINAS
DEL CENTRO DE MEDELLÍN
Y EL BARRIO GUAYAQUIL
1950-1970
–No están todos los que son, pero sí son
todos los que están; y no hay duda de que ahí está
por lo menos la mayoría–

(Aclaración necesaria: Para la confección de esta lista recurrí en primer lugar a mis recuerdos, pero luego hice circular el primer borrador entre mis contactos del buzón de correos para obtener más información, de donde resultaron muchos nombres adicionales. Consciente de que quizás esta lista se convierta en un referente de consulta para quienes en un futuro quieran abordar el tema, he optado por hacer las adiciones en una geografía ampliada que se sale de los límites del viejo Guayaquil pero sigue considerándose como del Centro de la Ciudad. Alguno habrá en las adiciones que no sea estrictamente un bar sino un restaurante, pero donde también se consumía licor. En la mayoría he suprimido los artículos “el” y “la” para facilitar la búsqueda de nombres por la palabra principal en el orden alfabético. En fin, espero que haya quedado lo más completa posible aunque el tema, naturalmente, no está agotado. 

Se abre la posibilidad para que alguno complemente esta lista con más nombres y la recomponga presentándola por cuadrantes, sectores, o “fogoncitos”, según sugiere Hugo Bustillo Naranjo. En su lista hizo él un recorrido por Carabobo desde San Juan hasta Barranquilla, otro por Cundinamarca desde Amador hasta Vélez o Avenida Echeverri, otro por Palacé desde San Juan a Barbacoas, y así sucesivamente. Estarían los bares cercanos al antiguo municipio y a la antigua gobernación, los alrededores de la antigua Plaza de Mercado, los de frente a la antigua Estación del Ferrocarril, y así por el estilo. Es una propuesta interesante).

A
Academia –billares–, Adiós muchachos –bar–, Aguadas –café–,
Agualinda –bar–, Alférez Real –bar–,  Alhambra –café–, Amador –café–, Amagá –bar–, Ambassy –bar–, Américas –bar–,  Anarkos –bar–,
Andaluz –café–, Angel –bar–,  Antaño –bar–,  Antioqueña –bar–, Arabe –café–,
Aristi –bar–, Armenonville –bar–,  Arrieritas –bar–, As de Oros –bar–,
Atlántico –bar–, Aures –bar–, Aventino –bar–,  Ayacucho –café–

B
Bahía –bar–, Balkanes –café–, Bambuco –bar–, Banco –bar–,
Barca –bar–, Barcaza –bar–, Bardo –bar–, Barra de los Ejecutivos –bar–,
Bastilla –café–, Belgrano 60-11 –bar–, Bello –bar–, Benitín –bar–,
Betinotti –bar–, Bodegón –bar–, Bola Bola –bar–, Bola Roja –café–,
Bolívar –bar–, Bolsa (la) –bar–, Bombay –bar–, Boyacá –bar–,
Brisas de Costa Rica –bar–, Brujas (las) –bar–, Bugalú –bar–

C
Cabaña (la) –bar–, Cafetal (el) –café–,  Cafetero (el) –bar–,Caimán bar –bar–, Calesita –bar–,
Cali –bar–, Calibío –bar–, California –bar–, Campín –billares–, Canadá –bar–, Candil –bar–, Candilejas –bar–, Caney –bar–, Cannes –bar–, Canoa (la) –bar–, Caracas –billares–, Carioca –bar–, Carruseles –bar–, Caruso –bar–, Cascanueces –bar–, Ceiba –bar–, Central –bar–, Ceylán –café–, Chelín –bar–, Chepes –bar–, Choclo –bar–, Cisneros –café–, Cita (la) –bar–, Clarita –bar–, Colibrí –bar–, Colón –bar–, Comercial –bar–, Comercio (del) –bar–, Copa del Rey –bar–, Córdoba –bar–, Cordobés –bar–, Corona –bar–, Corralito –bar–, Costa Azul –bar–, Crillón (y no Grillón) –café–, Cuba –bar–, Cubaney –bar–, Cúcuta –bar–, Cuesta Abajo –bar–, Cumparsita –bar–, Cuyos –bar–, Cundinamarca –bar–

D
Dandy –café–, Danubio –bar–, Darienzo –bar–, Diferente –bar–,
Dino Rojo –estadero–, Dólar –café–, Don Gabriel –bar–, Don Quijote –bar–,
Don Robert –bar–, Doña María –estadero–, Dorado –café–,
Dorado Ride Inn –estadero–, Dragón Dorado –bar–, Dubay –bar–

E
Ecovar (o Ecobar) –bar–, Emperador –bar–, Esquina Roja –bar–,
Esmeralda –grill–, Eureka –café–, Expreso –bar–

F
Fantasio –bar–, Ferrovías –bar–, Ferrocarril –bar–

G
Galicia –bar–, Ganadero –bar–, Gayola –bar–, Geisha –bar–, Gibraltar –bar–, Girasoles –bar–, Gloria –bar–, Golfo –bar–, Gran Bar –bar–,
Gran Clásico –bar–, Gran Star –bar–, Gricel –bar–, Gruta (la) –bar–,
Guaduales –heladería–, Guanábano –bar–

H
Habana –bar–, Happy Hit –bar–, Happy Land –bar–, Hawai –grill–,
Hércules (el de Elvirote) –café–, Homero Manzi –bar–

I
Idilio –bar–, Idilio –café–, Ilusión Azul –bar–, Imperio –bar–,
Independiente –bar–, Internacional –bar–

J
Jai Alai –grill–, Jotacé –bar–, Juanambú –bar–, Junín –bar–

K
Kalamary –bar–,  Kennedy –bar–, Kerlin –bar–, Kosako (o Cosaco) –bar–

L
Lara –bar–, Laureles –bar–, Líbano –bar–, Libaré –bar–, Luces de París –bar–,
Luciérnaga –bar–, Lukan –bar–, Luneta –bar–, Lusitania –heladería–,
Luz (la) –bar–

M
Macarena –billares–, Macarena –café–, Majestic –bar–, Manzanares –bar–, Mapleton –bar–, Maracay –bar–, Martini –bar–, Maturín –bar–,
Medellín –café–, Media Luz –bar–, Metropol –billares–, Mi bar –bar–, Mi Tenampa –bar–,
Miami –café–, Milagrosa –heladería–, Moctezuma –bar–, Monserrate –billares–, Montaña –bar–, Montecarlo –bar–, Montería –bar–, Montijo –bar–,
Mora Bar –bar–

N
Nacional –bar–, Nazareno –bar–, Nevado –bar–, New York –bar–, Nilo –bar–,
Noches de Hungría –bar–, Noches de Tokio –bar–, Noridia –bar–, Nubes (las) –bar–, Nueve de Julio –bar–

O
Occidental –bar–,  Omega –bar–,  Onassis –bar–, Oro de Munich –bar–,
Orocué –bar–, Orquídea –bar–,  Oskar Bar –bar–

P
Padilla –café–, Paletará –bar–, Paraguay –bar–, París –café–,
Parisiense –heladería–, Partenón –bar–, Pasaje –billares–,
Patio del Tango –bar–, Payanca –bar–, Paz del Río –bar–,
Penderisco –bar–,Perro Negro –bar–, Pico de Oro –bar–, Piel Roja –bar–,
Pigal –bar–, Pigal Dorado –bar–, Piloto –bar–, Pilsen –bar–, Pilsen –café–,
Polo –bar–, Popa –bar–, Portón Rojo –bar–,  Potomac –bar–,
Primero de Mayo –café–, Puerto Nuevo –bar–, Puerto Rico –bar–,
Punto de la Playa –bar–

Q
Quinta Avenida –bar–

R
Rambla –bar–, Rampa –bar–, Rastrillo –bar–, Raudal –heladería–,
Red (la) –bar–, Reno –bar–, Rex –bar–, Rey –bar–, Rigoleto –café–,
Rigoletto –bar–,  Ródano –estadero–, Rodríguez Peña –bar–,
Rojo –bar–, Rondinela –bar–, Ruso (o Moscú) –bar–, Ryo –café–

S
Salón Málaga –bar–, Salón Regina –bar–, San Fernando –bar–, San Jorge –bar–, San Marino –bar–,  San Remo –bar–, Santa Cruz –bar–,  Santa Fe –billares–,  Santa Marta –bar–, Saratoga –bar–, Serenata –bar–, Siboney –bar–, Sinú –bar–,  Sky –bar–, Soberano –bar–, Sol –bar–,  Sótano –bar–,   Sueco –bar–, Suez –bar–

T
Tabarís –bar–,  Taberna de Diógenes –bar–,  Tabú –bar–, Tamacá –bar–,
Tango Bar –bar–,  Tangolandia –bar–,  Tarqui –bar–, Tenerife –bar–,
Tíbiri-Tábara –café–,  Tiburón –bar–, Tres Reyes –bar–,  Triana –bar–,
Trianón –bar–, Tropical –bar–,  Turkestán –bar–

U
Ultima Copa –bar–,  Unión –bar–,  Universo –billares–, Uribe –bar–,
Uribe –café–

V
Vegas (las) –café–, Veinte de Julio –bar–,  Venado –bar–, Venus –café–,  Veracruz –bar–,  Verushka –bar–, Verioska –bar–,  Victoria –bar–,
 Vesubio –café–,  Volcán –bar–

Y
Yarima –bar–, Yoyo –bar–

Z
Zanzibar –bar–,  Zea –bar–,  Zoratama –café–, Zurrambay –bar–


2 comentarios:

  1. que bellos recuerdos del Medellin de antaño y de aquel Guayaquil querido y odiado por muchos que el "TANGO" musica ciudadana perdure por los siglos de los siglos.

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  2. Mil gracias, amigo Julio Álvarez, por su comentario. Abrazos,
    ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

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