domingo, 12 de febrero de 2017

191. Pasión por el fútbol, pasión por el equipo, y juego limpio

Rodrigo Ramírez Restrepo,
tres erres en El Minuto de Dios


Su numerosa familia tenía muchas carencias. Tantas, que ameritaron la atención del padre eudista Rafael García Herreros para llevarlos a Bogotá en avión, hospedarlos en un buen hotel, presentarlos en el tv programa de “El Minuto de Dios, patrocinado por Azúcar Manuelita, que refina el mejor azúcar del país”, y obsequiarles un mercado monumental como nunca habían tenido antes en su vida de pobreza. Rodrigo, junto con sus padres y hermanos, estuvo en ese que fue uno de los primeros programas de la televisión cuando la inauguró el entonces presidente General Gustavo Rojas Pinilla, y junto con el padre García Herreros dieron gracias ante las cámaras “a Dios por el día que ya pasó, y la noche que llega”. Tal hecho los convirtió en los personajes del barrio Aranjuez con un vecindario que se solidarizó con su logro como si cada vecino hubiera recibido un mercado de esos.

Para cuando conocí a Rodrigo y a sus hermanos al finalizar el año de 1963, ya eran muchachos trabajadores que aportaban al sostenimiento de la casa, y los hombros del padre zapatero y vendedor de baratijas se sentían aliviados en parte de la carga, así el trabajo de los muchachos fuera solamente de obreros. El Instituto de Crédito Territorial les adjudicó una de las casas de la urbanización Altavista, parte baja, en el barrio Belén. Al llegar la familia a ese barrio, rápidamente se dieron a conocer como buenos futbolistas, integrantes de los primeros equipos que se conformaban en el lugar; pero no es por este aspecto por lo que me fijé en Rodrigo, sino por la circunstancia de que todas las muchachas bonitas del barrio parecían ser sus novias y estar enamoradas de él que, estaba claro, “no dejaba caer migajas de pan de la mesa, para los pobres”. Así lo describo en el párrafo de cierre del capítulo 13 del libro “En Altavista se acaba Medellín”:

(…)

Yo por aquí he visto muchachas bonitas. Son muy queridas con uno. Lo saludan y aceptan conversación. A lo mejor resulta uno enamorándose. ¿O no les parecen muy bonitas las zarcas con esos ojos verdes y ese uniforme granate de estudiantes de las Hermanas Mercedarias? ¿O Fanny con sus ojos y sus pestañas negras encima del uniforme azul de cielo de las estudiantes del Cefa? ¿O Nubia con sus piernas torneadas y sus cachetes rosados también en uniforme del Cefa? Muchachas bonitas sí hay.

Y ¿Qué se gana uno? Bonitas sí son. Pero todas están revoloteadas por Rodrigo, que es el tumbalocas de la barra.

A mí me consta. Puse los ojos en Olguita, pero ella no tenía los suyos sino para él.

Y yo en  Marleny. Lo mismo.

Yo en Cielo. Me pasó igual.

Y con Patricia, también. Como ella y Nidia siempre andan juntas, entonces de paso también la monopoliza a ella y no deja espacio de arrimada.

Será esperar a que Rodrigo se defina, a ver qué nos deja a nosotros.

Tampoco exageren –Dijo Rodrigo–  Que ellas son sólo amigas. Lo que pasa es que a cada una le gusta soñar con que es la novia. Y mi deber es el de alimentar sus sueños. Lo mismo hacen ustedes. Calientan sus oídos con la esperanza de que les den el sí. Pero a la hora de la verdad, los he de ver casados con otras que viven en barrios diferentes. Ustedes tendrían novias en los barrios que dejaron, pero no estaban enamorados. Un hombre enamorado se atraviesa la ciudad todas las noches, cuéstele lo que le cueste, y le va acumulando deudas al sueño, con tal de estarla viendo de seguido a su enamorada y no dejar que otro gallo se arrime al gallinero.

Quien le discute a este don Juan que sí sabe de mujeres. Eso se nota.

(…)

Empezando desde abajo

Rodrigo logró pasar de ser obrero y obtuvo empleo en el entonces Banco Ganadero “Gracias al fútbol, que es el que me ha dado todo lo que tengo”, dice él, refiriéndose a que la circunstancia de ser buen futbolista, apodado por sus coequiperos “el Coco Rossi”, le permitió relacionarse bien y abrir las puertas laborales en buenas empresas donde pudo hacer carrera. Estas historias las cuenta él en el libro que escribió con el título “Un puñado de historias”, libro al que puse mi granito de arena cuando lo visité en su oficina para llevarle un ejemplar del libro de Altavista. Para ese momento, él ya era Gerente Regional de Seguros Bolívar en la ciudad y me dijo: “Yo tengo unas historias que quiero escribir”. Pues, le contesté, debes entrar a un taller de escritura literaria para que te enseñen a escribir literariamente, tarea que es diferente de la de redactar. “Lo malo es que mis labores no me dejan tiempo para eso”, me dijo. Hablé entonces, a pedido suyo, con el profesor Mario Escobar Velásquez; quien accedió a dictarle unas clases particulares en su oficina, y de ellas resultó ese libro que el profe le prologó.

Rodrigo y yo seguimos siendo buenos amigos y, como vemos, la etapa de las privaciones quedó superada al ascender en la escala laboral y social; pero, además, la experiencia laboral le dio elementos y herramientas para aunar a su visión empresarial, ese virus que no venden en frasquitos ni aplican en inyecciones, y hace cuarenta años tomó la decisión de hacer empresa sin renunciar a su trabajo “porque necesitaba poner a hacer algo a mis hermanos para que no anduvieran por ahí de vagos”. Fue así como los orientó para que entraran en empresas administradoras de arrendamientos y aprendieran la tarea que, poco después, dio lugar a que él fundara la empresa de Arrendamientos Villa Cruz. Su hermano Iván fundó Arrendamientos El Castillo. Otros hermanos incursionaron en el ramo, y hoy el grupo empresarial liderado por Rodrigo tiene un fuerte reconocimiento en ese mercado en el que son empresarios exitosos, junto con el de los seguros en que Rodrigo se fortaleció luego de culminar su etapa laboral y dedicarse a “ceder los trastos”, para usar el término taurino, a la siguiente generación que son sus hijos, trastos que algún día estarán en manos de los nietos que comienzan a vivir la vida. Lejos quedó, entonces, la aventura de El Minuto de Dios.

Tras un puñado de historias,
una familia unida por el fútbol

La empresa es sólo un modo de ganarse la vida, porque la verdadera pasión de él y sus hermanos es el fútbol. El fútbol, como practicantes que llegaron a ser en un equipo de la liga zonal en el cual del onceno que quedó campeón siete eran miembros de la familia. Es un récord. Y también el fútbol como hinchas del equipo Atlético Nacional, afición apasionada que han transmitido a sus hijos, que ha sido un factor de unión que se agrega a la de la sangre y la amistad que los ha caracterizado. Hacer seguimiento de los avatares de su equipo es algo que los convoca a cada momento frente a la pantalla de televisión y los lleva de viaje a las distintas ciudades y los distintos países donde juega el equipo, viajes para los que visten la respectiva camiseta. La visten por fuera, “porque la camiseta por dentro la llevamos puesta en todo momento”.

De esta afición surge un nuevo libro publicado por Rodrigo con el título de “Una familia unida por el fútbol”, que a pedido de él tuve el honor de revisar los textos de algunos de sus capítulos y hacerle un par de sugerencias. Muchos de los capítulos son artículos que Rodrigo ha publicado en el blog “Cápsulas de Carreño”, en el que hace varios años el afable comunicador Alfredo Carreño habla sobre ese deporte y ese equipo que los trasnocha, y acoge los comentarios de algunos entendidos en el tema. Un par de capítulos de este libro están dedicados por Rodrigo a elogiar las ejecutorias del equipo contrario, el Deportivo Independiente Medellín, con ese fair play o juego limpio que distingue a la gente culta que no entiende el fútbol como un pretexto para atacar a los contrarios sino como un vínculo para compartir la fiesta deportiva. En enero 20 de 2014 escribió Rodrigo sobre: 

El centenario le trajo suerte al Independiente Medellín”, y dice en su artículo que “Hoy el equipo está en manos de unas personas honorables, garantía de que cualquier negociación será transparente… El centenario del Medellín hay que mirarlo distinto, No como el infortunio de otro año perdido y el pesar de no haber entrado a las finales, sino con el optimismo de que no todo fue fracaso y que lo más importante fue haber espantado las sombras negras del pasado… Al poderoso Deportivo Independiente Medellín le llegó la suerte, justo en la conmemoración de sus cien años de fundado, y los seguidores del equipo del pueblo deben estar de plácemes con la certeza de que los días mejores están por llegar… Dios quiera que muy pronto tengamos los antioqueños los dos clubes más importantes del fútbol de Colombia. Suerte, mucha suerte, que el camino está despejado”. 

Admirable que esto lo escriba un hombre que es hincha furibundo del equipo contrario.

En el capítulo titulado “El fútbol a la canasta familiar” hace alusión a que personas trabajadoras y humildes aprietan el cinturón de la canasta familiar para comprar la boleta de fútbol y poder ver en el estadio al equipo de sus amores: 

¿Cómo hacer para que los fanáticos del fútbol entiendan que esto es un juego y no una guerra?... Esta tarea compete a todos… hay que hacer una campaña de convivencia pacífica y llevarla a las escuelas, oficinas, fábricas, iglesias y, por supuesto, a nuestras casas. Las buenas maneras hay que volverlas un hábito… No podemos consentir la violencia, ya que muchas veces hasta en las ruedas de prensa se hacen comentarios destemplados por una pérdida o por fallas arbitrales. Algunos protagonistas acalorados no aceptan los reveses y prenden la pólvora que obtiene eco en los acongojados hinchas… Estos son los momentos que se deben aprovechar para crear conciencia y alentar a los hinchas y a las barras organizadas para que conviertan el fútbol en un espectáculo de paz”. 

El capítulo titulado “El karma de las barras bravas” lo dedica a analizar el fenómeno “de los mal llamados hinchas del fútbol” y de cómo hacer para que “tengan un comportamiento social acorde con lo que debe ser un verdadero hincha… ¿Quién maneja a los muchachos desadaptados y enfermos que rodean el estadio desde tempranas horas tomando licor y consumiendo vicio? Esos vagos sin oficio son los culpables y ahí en ese pequeño segmento es donde se debe aplicar la medicina… he tenido la experiencia de estar horas antes de los partidos en la carrera 70 que es el sitio de encuentro de las barras verdolagas… lo que pasa en ese lugar da física pena y pesar. Esos loquitos y niñas menores de edad, trabados y ya sin conciencia, esa muchachada vestida de hinchas que en un gran número ni siquiera entran al estadio y esperan la salida para emprender las grescas. ¿Qué pueden hacer unos pocos agentes que los rodean? ¡Nada!...”. Luego de exponer el problema, Rodrigo aventura algunas sugerencias de solución.

Llamaron mi atención el par de capítulos dedicados al equipo contrario, y el par de capítulos dedicados a analizar el fenómeno negativo de los desmanes y vandalismo de las barras bravas, y encuentro encomiable que haga sugerencias sobre la forma como las bases de esas barras, que provienen de todos los rincones de la ciudad, pueden ser culturizadas y concientizadas para que vivan la fiesta del fútbol de una manera sana y pacífica. Me identifico totalmente con sus planteamientos.

Bienvenido, pues, este nuevo libro de Rodrigo; y gracias de nuevo por haberme permitido participar un poco de él.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)



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