domingo, 18 de junio de 2017

209. El Exiliado Barón don Laszlo von Majthenyi Tamassy, un hombre de dos mundos

(Nota introductoria: Por considerarlo un documento testimonial que en gran parte corrobora el texto que escribí desde mis propias vivencias, y en gran parte también corrige mis inexactitudes; hago de caja de resonancia y divulgación en este blog de lo escrito por el historiador santandereano Óscar Humberto Gómez Gómez acerca de la novelesca vida del Barón László von Majthényi Tamássy nacido noble de sangre en el imperio austrohúngaro y fallecido como colombiano de corazón en la ciudad de Bucaramanga, Colombia).

Como dijo alguno, no sé si George Orwell o Walter Benjamin, “La Historia la escriben los vencedores”, queriendo significar que con frecuencia la Historia depende de quién gane y de quién la escriba. Si Pablo Morillo hubiera sido el vencedor en la guerra de independencia americana, Simón Bolívar sería recordado como un guerrillero. Así es que, desde el punto de vista húngaro en la Segunda Guerra Mundial, ganara Hitler o ganara Stalin, Hungría estaba destinada a salir perdedora; como en efecto sucedió al pasar de manos de un dictador al otro. Pero Hungría ya había perdido desde los tiempos de la Primera Guerra Mundial que se desató con el asesinato en Sarajevo del Príncipe Archiduque Francisco Fernando, heredero al trono del Imperio Austro Húngaro. Nada volvió a ser igual, y de eso fue testigo el Barón László von Majthényi, perteneciente a la nobleza de ese Imperio, que nació el 16 de septiembre de 1916 en mitad de esa guerra que duró desde 1914 hasta 1918.

VINIENDO DE MENOS A MÁS

Cuando en el año de 1977 mi esposa y yo nos casamos en Medellín teníamos, como suele decirse para ponderar, “una mano adelante, y otra atrás”. Nos fuimos a vivir a Valledupar, lugar donde yo trabajaba, y teníamos muy poco que trastear de un lugar al otro. A los tres meses de vivir allá, los ladrones entraron a nuestro apartamento y nos robaron lo poco que teníamos. Cuando decimos que “empezamos de cero”, significa que en realidad lo hicimos de cero.

Seis años después, en el año de 1983, teníamos un hijo de cinco años y una hija de uno, y pagábamos arrendamiento en casa alquilada. Con préstamo de la empresa adquirimos nuestra primera vivienda propia, y no hay que decir la alegría que ese logro nos produjo. Hay que agregar que fue similar a la que mi padre sintió cuando nos llevó a vivir a la casa que le adjudicó el Instituto de Crédito Territorial en el barrio Belén Altavista, parte baja. Viniendo de la mucha pobreza, muchos habían sido los logros familiares; y el de yo ser empleado, cuando él había sido obrero, es uno de ellos.

Sólo seis meses teníamos de vivir en nuestra propia vivienda cuando la empresa me propuso trasladarme de Medellín a Bucaramanga; lo que, entre otras cosas, quería decir que volveríamos a vivir en casa alquilada; pero ese venía a ser otro logro porque significaba que aquel que años atrás había entrado a la empresa como auxiliar de oficina, ahora era requerido para ser ascendido como Asistente de una Gerencia Regional, un cargo de mucha responsabilidad administrativa. No sólo eso, sino que el recién nombrado nuevo gerente para esa región me había escogido expresamente para formar parte de su equipo de confianza, en la tarea de renovación que le había sido encomendada por la Compañía. Mucho orgullo me hizo sentir con su propuesta.

NUESTRA CASA EN BAJOS DE PAN DE AZÚCAR

Llegué a Bucaramanga el 22 de febrero del año 1984, y pronto logré encontrar una casa para tomar en alquiler. El domingo 9 de marzo, dos semanas después, era día de elecciones parlamentarias en Colombia y los votantes acudían a las urnas mientras el camión de trasteos estaba descargando nuestro menaje y mi familia arribaba al aeropuerto de la ciudad para ocupar la nueva vivienda. Ese fue un día de celebración especial, y no tuvimos que preparar alimentos en la nueva cocina aún no instalada: Mi esposa y yo estábamos cumpliendo siete años de casados, que coincidieron con nuestro comienzo en Bucaramanga. Comimos en un buen restaurante, y nos hospedamos en un hotel mientras asumíamos la tarea de desempacar nuestros muebles e instalarnos debidamente en la nueva vivienda unifamiliar de primer piso que, por cierto, sólo encontré después de haber visto varias opciones, muchas, que correspondieran con los deseos de mi esposa que estaba cansada de subir y bajar triciclos infantiles por los cinco pisos de escaleras del apartamento que acabábamos de dejar en Medellín.

La casa estaba ubicada en un lugar semicampestre al que se accedía por una carretera con curvas a derecha e izquierda, que pasaba por un costado de la Universidad Autónoma de Bucaramanga en el barrio Terrazas del sector de Cabecera, y ascendía en el oriente hasta el filo de una pequeña montaña. La cima, denominada Altos de Pan de Azúcar, estaba poblada por casas lujosas de estrato seis, con antejardín, portero, jardinero, chofer, y perro dóberman incluidos en el canon de arrendamiento; lo que contrastaba con nuestras limitadas posibilidades económicas que hacían inaccesible para nosotros una vivienda así. 

Para llegar a la nuestra, se giraba en un round point y se descendía hacia un pequeño valle rodeado de montañas en el que la empresa Urbanas S. A. había construido unas ocho manzanas de casas, muchas de ellas adquiridas por el programa de vivienda de la Empresa Licorera de Santander para adjudicar a sus trabajadores. Era este sector, llamado Bajos de Pan de Azúcar, un barrio de clase media de estrato cuatro, cuyos ocupantes originales habían venido vendiendo sus propiedades, y ahora estaba habitado por personas de estrato similar al de los vendedores. 

Recién llegado a Bucaramanga coincidí en una reunión social con el gerente de una importante compañía. Era un señor muy elegante y de ademanes presuntuosos, un clubman reconocido en los círculos sociales de la ciudad. Más por poner tema de conversación que por cualquier otra cosa, creo, me preguntó con ese condescendiente tono episcopal que emplean los de su clase: “Cuéntame… Orlando… Y… ¿Dónde… estás… viviendo?”. Con el aire de alivio que suponía haber encontrado aquella casa en el lugar más fresco de la ciudad le dije: “En el barrio Pan de Azúcar”. Su cara se iluminó: “¡Ah, ese es un lugar bello!… ¡Muy bello!... ¡Lástima la gente que vive abajo en el hoyo!”. Mi respuesta lo desplomó: “Es que ahí es donde yo vivo”. 

NUESTRO VECINO DE BUCARAMANGA

Empieza uno a relacionarse con sus vecinos desde los primeros días, y a establecer amistad en distintos grados de afinidad. Para ese momento yo era un joven de 39 años, y el vecino cercano, que pasaba todas las tardes por mi acera, ya era sexagenario. La diferencia generacional es enorme, pero entre nosotros se estableció una gran empatía. Un hombre curtido por los años, y por la vida, que me empezó a contar la suya y a hacerme confidencias, y eso es algo que todavía le agradezco. Como dijo George Mac Donald, citado por Esteban Salazar Chapela, “Inspirar confianza es un elogio mayor que inspirar amor”. Él me brindó su confianza.

Don László Majthényi era húngaro, perteneciente a la nobleza con el título de Barón, lo que bien se veía por sus ojos, y por su porte, y por su acento; y de las cosas que hablamos vi que podía escribirse una historia interesante, necesariamente complementada por la imaginación y por la recreación literaria, para llenar vacíos de conocimiento directo. 

Claro que mis energías de entonces, entre los cuatro años transcurridos de 1984 a 1987, estaban concentradas en las obligaciones laborales y en la crianza de la familia; y la historia debió esperar a que me llegara el tiempo de jubilación, cuando empecé a asistir a talleres de escritura literaria y, para ese momento, el anecdotario afloró desde el fondo de la memoria donde estaba guardado. 

Sabedor de que ese ejercicio de escritura tendría que reescribirse a la luz de mis nuevos conocimientos, lo he tenido guardado en el cajón de los pendientes pero…

Acabo de encontrarme con un blog del abogado e historiador santandereano Oscar Humberto Gómez Gómez en el que él aborda, desde su visión y conocimiento del personaje, la historia de don László Barón von Majthényi. Tuvo el historiador Gómez Gómez a su alcance información privilegiada, por ser su cuñada Iliana una nuera del Barón. Su escrito está enriquecido, además, con una profusión de fotografías políticas y familiares que ayudan a entender el contexto en que los hechos se desarrollaron del lado europeo. Valioso trabajo que invito a leer desde dos ópticas. De una parte, la muy minuciosa exposición de los sucesos políticos que llevaron a la desintegración del Imperio Austro Húngaro, con dos guerras mundiales bombardeando su territorio, y con la eliminación de la monarquía y de los títulos nobiliarios, con sus derechos y riquezas inherentes; y, de la otra, la historia familiar de este personaje que la vida puso en mi camino del lado americano. 

Sin el contenido histórico de la primera, para contextualizar, no se percibiría el verdadero interés de la segunda. 

Aunque con menos detalles y precisiones de los que obtuvo el historiador Gómez Gómez, igual tuve que hacer al escribir mi texto sobre el Barón Majthényi, que fue testigo de la Historia Universal de la primera mitad del siglo XX; o sobre don Laszlo, que por cosas del destino entró a hacer parte de mis vivencias en la segunda.

La escritura de biografías, y de semblanzas biográficas, puede correr con distintas suertes. Las biografías autorizadas, bien sea por el personaje biografiado o por su familia, corren el riesgo de contar sólo lo que se considera de buen recibo, aquello que llaman “políticamente correcto”, dejando por fuera anécdotas y sucesos que los interesados prefieren dejar ocultos. Allí se pierde una parte interesante de la historia, y se hace un atentado a la verdad. 

Las biografías no autorizadas, o desautorizadas, pueden quizás ser escritas por enemigos ideológicos del biografiado, y estar sesgadas distorsionando los hechos; o, tal vez ocultándolos por ser favorables al biografiado. 

Unas y otras pecan de sesgamiento por simpatía o por antipatía. No es fácil escribir un texto tal desde la neutralidad y ausencia de favorabilidades. Ese es el reto del escritor que afronte tal tarea.

Teniendo en cuenta estas premisas, me dispuse a leer los trece capítulos de “El exiliado”, el texto biográfico que el Dr. Oscar Humberto Gómez Gómez escribió como homenaje al Barón don László von Majthényi, mi antiguo vecino de Bucaramanga.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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DEDICATORIA 
DE ORLANDO RAMÍREZ-CASAS 
(ORCASAS)

El Barón Laszlo von Majthenyi Tamássy, de la aristocracia húngara, residió en Bucaramanga y murió en 1988, a los setenta y dos años de edad. Su amable amistad me enalteció, y doy gracias a doña Ana Silvia Rangel de Majthényi (q.e.p.d.) y a sus hijos, que tuvieron la paciencia de soportar a un par de cotorras charlatanas obsesionadas por tejer historias interminables, como si estuvieran elaborando una cortina de croché a cuatro manos. (“Laszlo debería irse a dormir a la casa vecina, que tal parece le atrajera más que la nuestra”). Fuera deseable escribir una biografía, o una semblanza apropiada, pero la información disponible no daba para tanto, aunque el interés de algunas conversaciones sostenidas con el Barón ponía a rondar en mi cabeza el deseo de dejar un registro escrito que sólo vine a intentar después de su muerte, cuando no era dable dejar grabada, además, su voz. Dudo que él hubiera accedido a dejarse encasillar en ese formalismo y de que, en ese caso, hubiera dejado aflorar sus sentimientos (habría arrugado el ceño, sacudido la mano en el aire para borrar el trazo de un tablero imaginario; y dando la espalda, mascullaría maldiciones en húngaro, para refugiarse en los muros de su actual castillo: la casa familiar de un barrio burgués de Bucaramanga). 

Supe de su hermano residente en Colombia, con quién tenía relaciones “fríamente cordiales” como las calificó alguna vez, sin entrar en explicaciones. Supe de una hija residente en Cúcuta, que fue reconocida sin el título. No me lo contó él: la vi en el mosaico de fotografías de un acto de graduación de bachilleres en el Colegio del Sagrado Corazón de Cúcuta, regentado por los Hermanos Lasallistas. Tenía los rasgos eslavos del progenitor, y el apellido que no podía provenir de ningún otro. Y supe de otros familiares, residentes en Canadá y en otras partes. Convendrán ellos en que escribir esta historia con información tan precaria necesariamente tendrá que adornarse de recreaciones y supuestos salidos de la imaginación. Pido su comprensión.

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EL EXILIADO
(Por Oscar Humberto Gómez Gómez)

EL EXILIADO [I]


El triunfo de los aliados contra la Alemania Nazi (1945) no significó para algunos de los países redimidos del yugo de Adolfo Hitler la victoria de la libertad y la independencia nacional, sino el cambio de un dominador por otro. Hungría, liberada por las tropas soviéticas, quedó bajo el dominio del Partido Comunista Húngaro y, a través de él —eso, al menos, se suponía— de la poderosa Unión Soviética.

Pero la suposición no necesariamente tenía que resultar cierta, como daba por sentado el Kremlin. El 18 de abril de 1955, la URSS —que, muerto José Stalin (1953), ya tenía como hombre fuerte al Secretario del Partido Comunista Nikita Khrushchev— obligó a renunciar al primer ministro de Hungría Imre Nagy.

Con ello, se ponía fin al proceso de cambio que Nagy había iniciado dentro de su país en abierta oposición a la ortodoxa doctrina comunista rusa.

Nagy había optado por una línea marcadamente antisoviética, al restablecer la democracia y el pluralismo político, y proclamar la neutralidad e independencia de Hungría. Llegó, incluso, al extremo de anunciar que Hungría se retiraba del Pacto de Varsovia, lo cual significaba, ni más ni menos, que su país dejaba de ser un satélite de la Unión Soviética. El sector ortodoxo de su partido denunció, entonces, al gobierno de Imre Nagy como “contrarrevolucionario” y exhortó a la Unión Soviética para una inmediata intervención, la cual —como era obvio— no tardó en producirse.

Pero los bolcheviques no contaban con que la nación húngara se atreviera a desafiar el colosal poderío del Ejército Rojo y, en actitud decididamente nacionalista, osara exigir la salida de los rusos de su territorio.

La sublevación húngara empezó en la madrugada del 24 de octubre de 1956, cuando manifestantes exaltados se enfrentaron a la policía y fuerzas del Ejército húngaro y, posteriormente, Imre Nagy volvió a ser nombrado primer ministro del país.

Un día antes de la rebelión, en Budapest un grupo de manifestantes comenzó a reunirse frente al monumento erigido en memoria del general Józef Bem, símbolo de la lucha por la independencia nacional de Hungría y héroe de la Revolución Húngara de 1848, para —entre otros actos culturales— oír poemas que exaltaban la libertad. El gentío fue creciendo hasta convertirse en una multitud de más de 200.000 personas.

La gigantesca manifestación se trasladó hasta la Plaza del Parlamento. Allí, en medio del fervor general, fue derribada una estatua de José Stalin.

La multitud pedía a gritos la salida de las tropas rusas estacionadas en Hungría, la supresión de la censura, el acercamiento a Occidente, la liberación de los presos políticos y la celebración de elecciones con la participación de todos los partidos, entre otros reclamos.

Miles de prisioneros políticos fueron liberados y el Comité Central del Partido Comunista húngaro eligió como primer ministro al popular Nagy, quien empezó a desmantelar el represivo aparato estatal.

Estimulado por las promesas de ayuda, Nagy pidió protección a las Naciones Unidas, pero la crisis del Canal de Suez en Egipto —que afectó a Francia, Gran Bretaña e Israel—, debilitó las posibilidades de que fuera socorrido por Occidente.

El 3 de noviembre de 1956, los soviéticos convocaron una conferencia entre los jefes militares húngaros y las autoridades soviéticas. Como vocero de Hungría fue enviado el ministro de defensa nacional húngaro, general Pal Maleter.

Sin embargo, el general Pal Maleter no regresó nunca de la conferencia: fue apresado, encarcelado y ejecutado por los rusos.

Un día después de la conferencia, el Ejército Rojo atacó Budapest y la fuerza aérea soviética bombardeó gran parte de la capital del país, en el marco de una ofensiva masiva dentro de la ciudad.

Por lo menos 1.000 tanques soviéticos entraron en Budapest y las tropas rusas batallaron con las fuerzas húngaras. Muchos soldados soviéticos fueron linchados por la multitud.

Entre tanto, unidades de la infantería soviética asaltaron el Parlamento y Nagy y otros miembros de su gabinete fueron capturados.

La resistencia a la invasión se mantuvo durante seis días. Finalmente, la sublevación húngara fue derrotada el 10 de noviembre de 1956 y las tropas soviéticas impusieron por la fuerza la soberanía bolchevique sobre el territorio húngaro.

La brutal intervención militar rusa devastó el país. No menos de 30.000 personas murieron sólo en Budapest y cerca de 200.000 húngaros se asilaron en Europa y Estados Unidos.

En 1957, el célebre escritor Albert Camus, autor de “La peste” y “El Extranjero”, entre otras obras, escribió: “Hungría, conquistada y encadenada, ha hecho más por la libertad y la justicia que ningún otro pueblo del mundo en los últimos 20 años”.

Tras el aplastamiento del movimiento por el ejército soviético, Imre Nagy -que se había refugiado en la embajada de Yugoslavia- se entregó, confiando en las garantías que se le ofrecieron. Sin embargo, la realidad fue otra: el primer ministro de Hungría y representante legítimo de la nación húngara, fue apresado, juzgado sumariamente y en secreto, condenado a muerte y ejecutado.

Como era de esperarse, la feroz persecución soviética se extendió a la otrora nobleza húngara.

Aunque, la verdad sea dicha, la andanada ya venía de antes.

EL EXILIADO [II]


Desde la fundación misma de Hungría por el Rey San Esteban, en el año 1000, la nobleza hizo parte de la cultura propia de la sociedad húngara, la cual se formó a partir del pueblo magiar, ocupante de la región de Transilvania.

Después de San Esteban, uno de los más destacados reyes de Hungría fue Ladislao, quien gobernó entre los años 1077 y 1095 y a quien la Iglesia también elevó a los altares convirtiéndolo en San Ladislao. El nombre español Ladislao equivale en húngaro al de László (escritura original: László).

En realidad, para cuando los tanques soviéticos penetraron el territorio húngaro en el fatídico noviembre de 1956, los títulos nobiliarios —que se transmitían por sucesión y eran, por lo tanto, títulos hereditarios— ya habían sido oficialmente suprimidos en Hungría desde una década atrás, en 1945, a raíz del comienzo del dominio político soviético en el país como consecuencia de la victoria de las tropas rusas sobre las alemanas en desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y el inevitable desencadenamiento de la era comunista dentro del territorio húngaro.

Empero, quienes los habían ostentado seguían siendo tenidos, dentro de la nación húngara, como nobles por tradición. Y es que la Antropología Cultural enseña que la cultura de las sociedades es cambiante —no existen culturas estáticas—, pero los cambios no se producen entre la noche del miércoles y la mañana del jueves; las naciones tienen que irse amoldando a las nuevas realidades históricas y, como es obvio, también a esas realidades se van adaptando los hombres y las mujeres.

De hecho, cuando aconteció la invasión de Hungría por la Unión Soviética en 1956 habían transcurrido apenas unos ciento treinta meses desde la abolición de los títulos nobiliarios, por lo cual a los hombres y mujeres investidos de tales dignidades, así hubiesen sido despojados de ellas, buena parte de sus compatriotas les seguían profesando el mismo trato respetuoso del que gozaban tan solo un par de lustros atrás. De hecho, también, sociedades que habían formado parte de Hungría, como Eslovaquia, Croacia y Bohemia, mantuvieron —y mantienen— los títulos nobiliarios. La primera llegó a formar parte de Checoslovaquia, nación que contaba con nobleza propia.

El Reino de Hungría se mantuvo desde el año 1000 hasta el año 1919. Sin embargo, todo no fue tan obvio. Durante algún tiempo, Hungría quedó subsumida dentro del Imperio Romano-Germánico y luego dentro del Imperio Austríaco. En 1848, el pueblo húngaro se sublevó por su independencia nacional en la que se llamó la Revolución Húngara. Sin embargo, el levantamiento fue sangrientamente sofocado. Hungría insistió en su independencia hasta que logró que se le reconociera como nación aparte de la austríaca, con dos gobiernos separados, el de Hungría con sede en Budapest y el de Austria con sede en Viena, cada uno con su Parlamento y con su propio Primer Ministro, pero, eso sí, reconociendo al mismo Emperador. Fue, entonces, la época del Imperio Austro-Húngaro  (1867-1919). Precisamente el asesinato del sucesor del trono en 1914 en Sarajevo desencadenó la Primera Guerra Mundial.

Dentro de la propia nobleza austríaca surgió una figura prominente a favor de la independencia de Hungría: fue Sissi, Emperatriz de Austria y Reina de Hungría, cuyo verdadero nombre era Isabel de Baviera y con cuya vida (1837-1898) se filmaron tres películas: Sissi (1955), Sissi Emperatriz (1956) y El destino de Sissi (1957).

En el reino húngaro existían sólo tres títulos nobiliarios hereditarios: el de Conde, el de Barón y el de Señor, aunque antiguamente este era el único título noble existente.

El Conde formaba parte de la alta nobleza húngara (főnemesség) y, por lo general, ocupaba altos cargos, como el de gobernador de provincia (ispán), el palatino del reino (nádorispán) o el de obispo, arzobispo o cardenal.

El Barón pertenecía también a la alta nobleza húngara (főnemesség), su título tenía el mismo origen que el del Conde,  e igualmente ocupaba altos cargos como el de gobernador de provincia (ispán), subgobernador de provincia (alispán) u obispo.

El Señor formaba parte de la nobleza húngara media (köznemesség) y servía de intermediario entre la aristocracia y el campesinado. Los títulos de Señor habían sido obtenidos con posterioridad al que obtuvieron los condes y los barones. Como hacia el siglo XVIII las familias aristocráticas comenzaron a desaparecer, y por ende empezaron a disminuir los condes y los barones, los señores constituyeron la generación de relevo. Con tal fin, los señores (y las damas, se entiende) se casaban con las baronesas (o barones) y las condesas (o condes), y empezaban a recibir el mismo de aquellos. Los señores ocupaban también altos cargos, como el de juez de los nobles (szolgabíró), subgobernador de provincia (alispán), obispo o miembro del consejo canónico.

Igualmente existía la llamada nobleza baja (kisnemesség), compuesta por los húngaros székely de Transilvania y algunos guerreros hajdú y kuruc que obtuvieron títulos de nobleza comunes cerca del siglo XVII.

El antenombre nobiliario (suprimido también en 1945), se expresaba anteponiéndole al apellido el nombre del asentamiento del cual provenía la familia y agregando la letra “i”, equivalente al “de” del idioma español, como expresión de la pertenencia a ese lugar. Así, por ejemplo, el apellido Horthy, procedente de “Nagybánya”, en español era “Horthy de Nagybánya” y en húngaro “nagybányai Horthy”.

Precisamente, un Horthy, Miklós Horthy, Regente de Hungría, Almirante de un país sin mar y sin Marina, fue el gobernante que permitió la ocupación militar de Hungría por parte de las tropas alemanas (1941), desalojadas más tarde por los rusos (1945). A ambos hechos nos referiremos más adelante.

La procedencia del noble podía ser, no de un solo lugar, sino de dos. Así, si la familia tenía el título de barón o de conde, se expresaría de la siguiente manera: en español: “conde Andrássy de Csíkszentkirály y Krasznahorka”; en húngaro: “csíkszentkirályi és krasznahorkai gróf Andrássy”.

Los apellidos nobles de Hungría que comenzaban por la letra “M” —y siguiendo el orden alfabético— eran los siguientes:

“Majthényi de Kesseleökeö, Mednyánszky de Aranyosmedgyes, Mézes de Retteg, Mikes de Zabola, Miklós de Dálnok, y Mikszáth de Kiscsoltó”.

Ello significa que el apellido noble “Majthényi” procedía de “Kesseleökeö”.

EL EXILIADO [III]


Hacia las 2:30 de la madrugada del jueves 3 de abril de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, el Primer Ministro de Hungría, Conde Pál Teleki, se pegó un balazo en la cabeza luego de dejar explicado por escrito los motivos de su terrible decisión.

El mismo día del entierro de su Primer Ministro, el Regente, Almirante Miklós Horthy, le designó reemplazo. Y el domingo 6, Alemania —con el visto bueno del Almirante Horthy— hizo aquello a lo que se había opuesto en vano el deprimido suicida: sus poderosos tanques entraron a Hungría.

Pero no entraban para quedarse. Conforme a lo convenido, las tropas de Adolfo Hitler pasaron a invadir Yugoslavia.

Poco después, y luego de una inútil resistencia militar, este país quedaba en manos de los nazis y era desmembrado por completo para ser repartido, como botín de guerra, entre los vencedores, entendiéndose por tales a quienes habían apoyado la invasión.

El Estado húngaro apoyó la invasión al suelo yugoslavo, no solo permitiendo la penetración de los tanques nazis a su territorio, sino tomando parte —tardíamente— en la misma. Como recompensa, Hungría recibió en devolución territorios que había perdido atrás, especialmente con ocasión de la Primera Guerra Mundial, en la que —como miembro del Imperio Austro-Húngaro— formó parte de los derrotados.

Empero, pocos años después, el 19 de marzo de 1944, las tropas alemanas volverían a entrar a Hungría, pero ya no con el propósito anterior —pasar hacia otro país— sino para quedarse. Hitler ordenó la llamada “Operación Margarita” porque Alemania ya sospechaba que Hungría estaba haciendo contactos con los aliados y temía que pudiese cambiar de bando. Esta ocupación se llevó a cabo sin enfrentamiento bélico alguno y sin que el Almirante Horthy dejara de ser el Regente.

Tomada Hungría por los nazis, se desencadenaron dos consecuencias: una, la persecución nazi contra los judíos húngaros y su deportación (15 de mayo – 26 de julio); la otra, que los aliados dieron inicio a los bombardeos sobre Hungría (2 de abril).

Sin embargo, las sospechas alemanas acerca de la dudosa lealtad del Almirante Horthy al Tercer Reich no eran descaminadas. El domingo 15 de octubre de 1944 se desencadenaron los hechos que condujeron a la agudización de la invasión de Hungría por los tanques alemanes en lo que se conoció como la “Operación Panzerfaust”, que además significó el golpe de Estado contra el Regente Horthy.

Ese día, el Almirante Horthy pronunció una alocución radial en que anunciaba el armisticio con la URSS y, con él, el sospechado cambio de bando.

En efecto, calculando mal la que él creía una inminente victoria de los aliados, el Regente Horthy decidió unírseles. Entonces, y dado que las tropas soviéticas ya se hallaban dentro de las fronteras patrias, quiso rendirse ante la URSS y dispuso que se firmara el correspondiente armisticio con los rusos, a pesar de que guardó hasta último momento la esperanza de poder hacerlo ante los ingleses y los norteamericanos.

Además de la rendición ante los soviéticos y de la firma del armisticio, el Almirante Horthy había hablado con el clandestino Frente Húngaro sobre un levantamiento popular generalizado contra los nazis. Pero todo estuvo tan mal organizado, que la mayor parte de la oficialidad húngara ni siquiera sabía que se había suscrito el armisticio. Además del armisticio, se había anunciado que se repartirían armas entre la población, especialmente dentro de la resistencia húngara y el pueblo trabajador socialista, para atacar a las tropas alemanas, pero nada de eso sucedió. Lo cierto es que el día 11 de octubre de 1944 se firmó el armisticio entre el gobierno húngaro y la Rusia de Stalin. El día 15, un inesperado anuncio por radio hizo saber a los desconcertados húngaros que Hungría se había rendido a los soviéticos.

Como era obvio, los nazis reaccionaron y fue así como agentes de la Gestapo, haciéndose pasar por miembros de la resistencia yugoslava, le tendieron una trampa al hijo del Regente Horthy, lo secuestraron, se lo llevaron envuelto en una alfombra hacia el aeropuerto de Budapest y lo sacaron del país con destino a un campo de concentración alemán, después de lo cual Alemania amenazó con fusilarlo si era traicionada; los tanques alemanes se tomaron las calles de Budapest; el Palacio Real fue asaltado por tropas nazis y Adolfo Hitler impuso el dominio alemán en la fugazmente sublevada Hungría. El depuesto Jefe de Estado fue arrestado y enviado prisionero a Baviera (Alemania).

El nuevo gobierno instalado en Hungría era, obviamente, nazi.

No duró mucho, sin embargo. Las tropas rusas llegaron a liberar a Hungría del dominio alemán y fue entonces cuando se desencadenaron los feroces y sangrientos combates entre Alemania y la URSS en las propias calles de Budapest. El asalto soviético sobre la capital húngara culminó con la victoria de los bolcheviques el 13 de febrero de 1945.

Finalmente, los rusos triunfaron sobre los alemanes. El tiempo vendría a demostrar, sin embargo, que no había habido la tal liberación de Hungría, sino el cambio de un dictador por otro: Hitler por Stalin.

En cuanto al Almirante Miklós Horthy, fue juzgado por los aliados en el famoso Tribunal de Nüremberg. No resultó, sin embargo, condenado como criminal de guerra. Remitido a Portugal, allí murió en 1957, es decir, al año siguiente del levantamiento húngaro contra la URSS y la consiguiente invasión militar rusa a Hungría (1956).

EL EXILIADO [IV]


Pero la supresión de los títulos nobiliarios en Hungría no se dio solamente al término de la Segunda Guerra Mundial por decisión de los bolcheviques. Ya se había producido poco después de finalizada la Primera y también por decisión de los comunistas.

Y es que a la derrota y disolución del Imperio Austro-Húngaro, habría de seguir la experiencia de 1919, cuando Hungría, ya como nación independiente de Austria —independencia que había sido proclamada el 16 de noviembre del año inmediatamente anterior— fue gobernada por la hoz y el martillo.

No se crea, en efecto, que solo la victoria de las tropas soviéticas en las propias calles de Budapest en 1945 significó la toma del poder por parte del comunismo ruso en Hungría. Ya en  1919, entre el 21 de marzo y el 1 de agosto, la nación centroeuropea había vivido la experiencia —turbulenta, como es de suponerse— de la así denominada República Soviética de Hungría, cuya cabeza visible fue el líder marxista Bela Kun.

Las fuentes difieren sobre el verdadero carácter no solo de la Revolución Comunista Húngara de 1919, sino del propio Bela Kun, a quien se le señala de ser tan duro —y hasta sanguinario, según algunos— que incluso los propios líderes soviéticos llegaron a criticar su proceder.  En todo caso, lo cierto es que el gobierno comunista ascendió al poder porque el que tomó las riendas al finalizar la gran conflagración internacional resultó débil y pronto terminó superado por el turbión de los acontecimientos, entre ellos la fuerte oposición del nuevo Partido Comunista de Kun y de este en particular a través de su endurecido periodismo crítico y militante.

El partido se había fundado apenas unos meses atrás (24 de noviembre de 1918), bajo la inspiración de la recientemente triunfal Revolución de Octubre en Rusia (1917). El nuevo gobierno húngaro se propuso reprimirlo y luego de un enfrentamiento en las calles de Budapest, Kun y sus principales camaradas acabaron en la cárcel. De ella salieron directo al poder.

Pero de la inestabilidad política en Hungría bajo Bela Kun (quien aunque oficialmente no era el Jefe de Estado como tal, en la práctica sí detentaba el poder), da cuenta no solo el breve lapso que duró la República Soviética de Hungría (cuatro meses), sino el hecho de que a los dos meses de iniciada la experiencia comunista tuvo que enfrentar un violento intento de golpe de Estado, que las tropas del Ejército Rojo húngaro sofocaron (24 de junio de 1919).

Empero, el gobierno comunista de Bela Kun no solo hubo de afrontar la creciente oposición interna. También tuvo que enfrentar el estado de guerra en sus fronteras y de manera muy particular las aspiraciones expansionistas de Rumanía (hoy Rumania), que persistía en invadir el país con fines de dominación territorial disfrazados tras de una radical postura anticomunista. Finalmente, el gobierno comunista cayó (1 de agosto de 1919), las tropas rumanas invadieron a Hungría (3 y 4 de agosto de 1919) y Bela Kun se exilió en Austria, de donde más tarde partió hacia la URSS.

Dicen las crónicas que en la URSS, luego de haber alcanzado algunos cargos relevantes, Bela Kun cayó en desgracia ante Stalin, por lo cual fue arrestado, juzgado, condenado y fusilado junto a otros líderes de la República Soviética de Hungría (1939).

En cuanto a la convulsionada situación húngara de 1919, acabada la experiencia marxista los títulos nobiliarios retornaron. La República Soviética de Hungría, en efecto, terminó a la postre sustituida por el arribo al poder del Conde y Almirante Miklós Horthy en calidad de Regente (1 de marzo de 1920), esto es, mientras se elegía el nuevo rey.

Jamás, sin embargo, volvió a elegirse un nuevo rey en Hungría. El Regente Horthy ejerció el poder hasta el domingo 15 de octubre de 1944 cuando los nazis —sus antiguos socios de guerra— le dieron golpe de Estado.

EL EXILIADO [V]

(Fotografías de este capítulo que, entre otras, pueden verse en el siguiente enlace. 
1. “Mapa de Eslovaquia con la población de Nenince que se llamó Lukanénye cuando perteneció a Hungría. En ella nació Lázsló Majthényi”. 
2. “László frente a su casa en Hungría, por los días de su primer matrimonio”)


Durante muchos años, la vida del Barón László Majthényi pareciera haber estado, al igual que la de su país natal, marcada por la zozobra y la incertidumbre.

En su caso, la zozobra y la incertidumbre propias de quien desde niño tiene que vivir en un país inestable en todo, desde su sistema de gobierno hasta su demarcación fronteriza; pero, además, un país inmerso en grandes guerras y siempre a la expectativa en torno a de dónde provendrá la siguiente invasión de su territorio. Un país en constante trance de independencia nacional y rodeado de vecinos hostiles.

Y es que, para empezar, si László Majthényi Tamássy naciera hoy, y lo hiciera en la misma villa donde nació, ya no sería húngaro, sino eslovaco.

En efecto, la villa y municipalidad de Lukanénye, donde László – Károly, Árényipád, Ottmar Majthényi vino al mundo, el día 16 de setiembre de 1916, en el hogar formado por el Barón László Antal Majthényi y Doña Johanna Majthényi Tamássy (lo cual significa que el apellido de soltera de la madre era Tamássy)—, hoy pertenece a Eslovaquia y su nombre húngaro Lukanénye pasó a ser el eslovaco Nenince.

En otras palabras, la villa donde nació László Majthényi se llama Lukénenye en húngaro y Nenince en eslovaco. Un certificado de nacimiento suyo, expedido diecisiete años después de su muerte, lo otorga ya, el 1º de junio de 2006, la Eslovenká Republika, es decir, la República de Eslovaquia, creada en 1993 cuando se separó de la República Checa. Ya para entonces, László Majthényi había muerto en estas tierras santandereanas.

László Majthényi nació, pues, en medio de los horrores de la Primera Guerra Mundial, que había comenzado el 28 de julio de 1914 sirviéndole de detonante el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria, sucesor al trono del Imperio Austro-Húngaro (formado, obviamente, por Austria y Hungría), imperio que habría de desaparecer precisamente a consecuencia de dicha espantosa guerra.

La terrible conflagración, en la que murieron más de nueve millones de combatientes, terminó el 11 de noviembre de 1918. Empero, solo hasta el año siguiente, concretamente el 28 de junio de 1919, cuando László Majthényi apenas alcanzaba los tres años de edad, se firmó el Tratado de Versalles.

Cuando, finalizada aquella espantosa catástrofe, su nación se vio estremecida por la turbulenta creación y efímera duración de la República Soviética de Hungría, bajo Bela Kun (1919), contaba con esos escasos tres años.

El Tratado de Versalles, dicho sea de paso, lo que hizo no fue traer la paz, sino dejar sembradas las razones propicias para que Alemania se embarcara y embarcara al planeta en una nueva y peor catástrofe planetaria: la Segunda Guerra Mundial, el espantoso incendio bélico internacional que dejaría alrededor de 50 millones de muertos.

Cuando esta segunda gigantesca conflagración armada estalló, el 1 de septiembre de 1939, László Majthényi no solo era ya un joven en la plenitud de sus 23 años, sino que hasta había contraído matrimonio. Al año siguiente —1940— quedaría viudo de su primera esposa Zsofía Baghy.

Para 1956, cuando los tanques rusos penetraron a Budapest y aplastaron la sublevación de los húngaros contra el nuevo amo que les había traído la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, László Majthényi contaba con cuarenta años de edad.

Ya para ese momento, no estaba en Hungría. Había tenido que salir huyendo, solo, a bordo de un tren, después de haber sacado apresuradamente a su familia del país.

No solo había heredado de su padre el título nobiliario, sino el derecho a ocupar un escaño en el Parlamento, una institución que por ser típicamente democrática parecía contradictoria en aquella nación monárquica.

Aparte de nobles, los Majthényi eran ricos y pertenecían, por ello, a las familias más prominentes de Hungría. Con la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, la vida les iba a cambiar para siempre.

De los Aliados —Estados Unidos, Inglaterra, Francia y la Unión Soviética— fue esta última la que liberó al país centroeuropeo del yugo nazi. Corría el año 1945 cuando, en efecto, las tropas rusas y las alemanas combatieron ferozmente en las propias calles de Budapest hasta que las del dictador José Stalin vencieron a las del dictador Adolfo Hitler. Entonces, en el reparto de Europa entre los triunfadores, los soviéticos se sintieron con derecho a Hungría y empezaron a señalarle su nuevo rumbo. El destino, pues, parecía tenerle a esa martirizada nación la suerte echada: o dominación alemana o dominación rusa, pero al fin y al cabo dominación.

En el mismo 1945, los nuevos dominadores de Hungría suprimieron —ahora sí para siempre— los títulos nobiliarios.

En realidad, Hungría ya había perdido la mayor parte de su territorio debido a la invasión del país por los turcos otomanos en 1526. Los turcos fueron expulsados del territorio húngaro en el siglo XVII. Pero ello solo sirvió para que, entonces, Hungría fuera anexada a Austria; quedó, pues, formando parte del imperio austríaco de los Habsburgo. Hungría, no obstante, siempre quiso ser independiente de Austria y comenzó su lucha por lograrlo. Incluso la Emperatriz de Austria y Reina de Hungría Sissi, quien mostraba un especial afecto hacia Hungría, apoyó la idea de darle a este país su autonomía. Los esfuerzos emancipadores dieron sus frutos: en 1867 se crea el Imperio Austro-Húngaro. La “independencia” consistirá, entonces, en que Austria y Hungría, aunque reconocerán al mismo rey, tendrán su propio gobierno, cada uno con sede en su respectiva capital. Hungría empieza, pues, a vivir la curiosa contradicción de ser una nación “independiente – dependiente”. Es decir, los húngaros logran una independencia subordinada.

A finales del siglo XIX se acentúa el sino trágico de Hungría y de los húngaros: debido a la fuerte inmigración de rumanos al oriente del país y de eslovacos al norte, los húngaros pasan a ser minoría dentro de la propia Hungría. ¡Hay en Hungría más extranjeros que húngaros!

Cuando sobreviene su derrota en la I Guerra Mundial, Hungría es desmembrada y pierde más territorios. Esos territorios pasan a formar parte de sus países vecinos: Rumania, Yugoslavia y Checoslovaquia.

En la II Guerra Mundial, Hungría aspira a que si apoya a Alemania y Alemania triunfa, se producirá como feliz corolario el de que después de la guerra recuperará los territorios perdidos. Ese es el convenio con la Alemania de Hitler.

Pero las cosas tampoco se vislumbra que le resultarán esta vez: los nazis van a perder la guerra. Trata, entonces, de cambiarse de bando para no repetir derrota: derrotada en la Primera Guerra Mundial y derrotada ahora de nuevo en la Segunda. Pero no lo logra; Hungría está condenada a estar otra vez en el bando de los vencidos: Alemania descubre su propósito y la invade. El mismo año de la invasión alemana la invade la Unión Soviética, que finalmente saca a los alemanes, pero al costo de quedarse ella mandando.

Y se queda mandando, pero desde Moscú.

En 1956, sin embargo, la URSS advierte —o le advierten— que Hungría se va a retirar del Pacto de Varsovia y a realizar reformas contrarias a los intereses soviéticos. Entonces,  los tanques rusos definitivamente la invaden y aplastan la sublevación. El gobierno que imponen se queda en el poder hasta muchos años después.

Es de anotar que en 1919, bajo la fugaz República Soviética de Hungría, de Bela Kun, el país alcanza a recuperar militarmente territorios en poder de Eslovaquia. Pero no puede mantenerlos: los poderosos, aliados en la Entente, la obligan a devolverlos. Y más bien, al final de aquel turbulento período de apenas cuatro meses, Rumania la invade.

Debido a las nuevas fronteras que le trazaron en 1918, esto es, al término de la I Guerra Mundial, millones de húngaros se vieron de buenas a primeras viviendo, no en Hungría, sino en los países vecinos. De hecho, la tercera parte de la población húngara quedó viviendo fuera de Hungría. Al final, todos esos millones de húngaros tendrán que resignarse a que les cambien la nacionalidad por la fuerza.

El poeta húngaro Sándor Márai —quien hoy sería eslovaco, al igual que László Majthényi— escribió que “la conciencia de ser húngaro es sinónimo de soledad, de que el idioma húngaro es incomprensible para las personas de otra lengua y de que tampoco tiene parientes, así como de que el fenómeno de lo húngaro, lleno de mezclas pero absolutamente peculiar, es extraño incluso para nuestros vecinos más próximos, que han compartido nuestro destino durante siglos. La conciencia de todo eso tiene algo de aterrador”.

Márai —también novelista y periodista— habló, igualmente, de la “terrible soledad histórica de los húngaros“.

Sándor Márai era contrario a los nazis, a los fascistas y a los comunistas. Estos últimos lo descalificaron como “burgués” y, una vez apoderados de Hungría, lo relegaron al olvido, después de ser el escritor más prominente de la Europa Central. Durante la Segunda Guerra Mundial, un bombardeo destruyó su casa. Murió, al igual que László Majthényi, en 1989. Es decir, ambos coincidieron en el curioso y trágico designio de morir justamente en el año en que habría de caer el ignominioso Muro de Berlín, cuyo derrumbamiento hubiesen querido presenciar y hasta contribuir en él con al menos un par de simbólicos martillazos. También coincidieron en morir el mismo año en que lo había hecho la última reina de Hungría, Zita de Borbón-Parma (Zizers, Suiza, 14 de marzo de 1989).

Solo que, a diferencia de su compatriota, el poeta no esperó a que el corazón se le detuviera cualquier día dentro de los muros taciturnos de una clínica extranjera, sino que compró un arma de fuego y se pegó un balazo en la cabeza. Había escrito: “En ocasiones sueño que vuelvo a ser un niño, y un helado escalofrío me recorre la espalda, se me acelera el corazón, grito en medio del sueño y me despierto bañado por un sudor angustioso”.

EL EXILIADO [VI]

(Fotografía de este capítulo que, entre otras, puede verse en el siguiente enlace. 
1. “Lázsló Majthényi y su primera esposa Zsofía Baghy en su casa de Hungría”) 


Dada la prédica bolchevique del odio de clases y la destrucción de la dominante como preámbulo indispensable para instaurar la “dictadura del proletariado”, era natural que, invadido el país por las tropas comunistas de la URSS el 4 de noviembre de 1956, se desatara en Hungría la más sangrienta persecución contra quienes, en el sentir de los comunistas, representaban lo más granado de la antigua y tradicional sociedad húngara.

De hecho, eso ya había ocurrido en la República Soviética de Hungría en 1919, fue eso lo que volvió a suceder a partir de 1945 —cuando el comunismo ascendió de nuevo al poder en virtud del triunfo de las tropas soviéticas sobre las nazis que ocupaban el territorio húngaro— y no podía ser distinto a partir de ese sangriento noviembre de 1956, cuando definitivamente los tanques rusos invadieron el país para impedir que Hungría se desviara de la ortodoxa línea dictada desde Moscú. Por eso, los reales o potenciales enemigos que los soviéticos lograron capturar fueron juzgados y ajusticiados por las tropas de ocupación.

Los que alcanzaron a escapar tuvieron que atravesar las fronteras de su país en las más penosas condiciones. Como Hungría no tiene costas, pues el país está situado en el centro de Europa, era lógico que la llegada hasta el mar implicaba introducirse en países extranjeros y atravesarlos. En aquel momento histórico, eso no era tan fácil porque Hungría estaba rodeada por países comunistas o al menos invadidos militarmente por la URSS. Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia, Austria y Rumania no eran, precisamente, territorios por donde los nobles húngaros —o quienes lo habían sido hasta 1945— pudieran pasar como Pedro por su casa. En todo caso, los nobles y, en general, los naturales adversarios del comunismo que llegaron hasta el mar, escaparon hacia América.

Una práctica común en los regímenes totalitarios para perseguir eficazmente a los opositores, disidentes y enemigos, o sencillamente a quienes no sean de la simpatía de quienes detentan el poder, consiste en utilizar contra ellos el poder de la Administración de Justicia, específicamente de la Justicia Penal. El Derecho Penal es convertido, entonces, en un instrumento de dominación política. Torciendo los elevados fines de la justicia penal, los tiranos —de izquierda o de derecha, porque a la postre todos terminan por parecerse— acuden a la truculenta maniobra de prefabricarles un proceso penal a sus críticos, opositores o enemigos so pretexto del cual se les captura, encarcela, juzga, condena y ejecuta. De hecho, eso se hizo con Imre Nagy en 1958.

Pero como, de otro lado, la comunidad internacional y las convenciones internacionales han estado por lo general inclinadas a brindar sus instrumentos de protección solamente a perseguidos por delitos políticos, parte de la estrategia empleada por las dictaduras consiste en endilgarles a los destinatarios de su persecución delitos comunes. Así, es de esperarse que a un delincuente común no se le brindará el asilo, ni se negará su extradición.

En Hungría, y en los demás países de la que se llamó “la Cortina de Hierro”, los nuevos poderosos dentro de aquellas naciones “liberadas” por la URSS operaron, por supuesto, en esa forma.

Aunque usada en 1946 por Winston Churchill durante una conferencia dictada en los Estados Unidos para denotar la división no solo geográfica, sino también ideológica que separaría al mundo, la expresión “Cortina de Hierro” ya había sido empleada el año inmediatamente anterior, 1945, por el último canciller de Alemania antes del control aliado del país Lutz Schwerin von Krosigk, y un poco antes, pero también en el mismo año 1945, por el dirigente nazi Joseph Goebbels en su artículo de prensa El año 2000. Sea como fuere, lo cierto es que “la Cortina de Hierro” se convirtió en un referente tenebroso para la libertad individual, aunque —la verdad sea dicha— las informaciones que llegaban a Occidente eran tomadas con cautela, en el entendido de que ya traían consigo el sello de la tergiversación política por parte de los países aliados de los Estados Unidos, interesados, como era obvio, en desacreditar a sus enemigos. Lamentablemente, después habría de saberse que, más allá de la certidumbre sobre la manipulación informativa por parte de los Estados Unidos y de sus aliados, las cosas no eran exclusivamente imputables a la mala propaganda occidental (en todo caso existente), sino que había un trasfondo de verdad en cuanto se decía.

Fue así como para 1956, cuando los tanques soviéticos ingresaron a Budapest, el Barón László Májthényi Tamássy ya no se encontraba en suelo húngaro.

En efecto, corría el año 1950 y el Barón Majthényi, por entonces con treinta y cuatro años de edad, casado y padre de tres hijas, despojado hacía cinco años de su título nobiliario y enemigo público —al igual que el resto de la otrora nobleza húngara— de los comunistas recién apoderados de las riendas de su país, por informes confidenciales se enteró de que su captura era inminente: iba a ser arrestado en las siguientes horas bajo la acusación de ser contrabandista; las autoridades tenían ya el proceso judicial montado y debidamente montadas las pruebas de que estaba ejerciendo el contrabando en la frontera entre Hungría y Eslovaquia, lo cual era un delito de marca mayor porque conspiraba contra la economía nacional de Hungría y era, por ende, una conducta contrarrevolucionaria.

Los informes le hacían ver el enorme peligro que corrían él y los suyos. Para su infortunio, su esposa había enfermado y en aquellos aciagos días murió. Dos días después del entierro de su cónyuge, Doña Zsofía Baghy, sin haber alcanzado a iniciar siquiera el procesamiento de su luto, apresuradamente sacó a su familia de Hungría y la mandó por tierra a Alemania.

Desde el año inmediatamente anterior, 1949, Alemania se había dividido en dos: la República Federal de Alemania (RFA), en el área donde triunfaron sobre los nazis los aliados occidentales —Estados Unidos, Inglaterra y Francia— y la República Democrática Alemana (RDA), en el área donde triunfó sobre los nazis la URSS. Para ese año aún no se había construido el Muro de Berlín, con el cual se separó el sector de esa ciudad liberado de los nazis por los aliados occidentales del sector liberado por la URSS, ya que dicho muro se levantó en 1961.

Luego de poner a salvo a su familia mandándola a Alemania, el Barón Majthényi fue capturado. Tuvo, sin embargo, la fortuna de toparse con un oficial ruso a quien años atrás había auxiliado al encontrarlo herido dentro del área donde practicaba la cacería. Gracias a él obtuvo un documento que le permitiría abandonar su país y, además, un arma de fuego. En el ático de su casa encontró a un joven guardia. “Era casi un niño — recordaría muchos años después entre lágrimas —. Pero era su vida o la mía”. Dejó, entonces, tras de sí el cuerpo de su obstáculo hacia la libertad, organizó sus cosas en forma apresurada y emprendió, solo, la huída por tren.

Era uno de aquellos viajes angustiosos en los que el viajero siente que no llegará jamás a su destino porque durante el camino hacia él su corazón, por estar latiendo tan fuerte y tan aprisa, terminará estallándosele o saliéndosele del pecho.

Desgraciadamente para el solitario y angustiado viajante, el viaje no sería pacífico, como tampoco lo había sido su salida de Hungría.

Bajo los regímenes totalitarios —como el nazi, el fascista o el comunista— uno de los peligros más difíciles de sortear es el de la delación: los vecinos delatan a sus vecinos, los parientes delatan a sus parientes, los alumnos a sus profesores, los profesores a sus alumnos, los patronos a sus servidores y los servidores a sus patronos. Durante su angustiosa huída en el ferrocarril, alguien reconoció al Barón Majthényi en un retén. El fugitivo había echado a las volandas en su ligero equipaje de emigrante presuroso y solitario el arma de fuego.

Muchos años después, cansado, enfermo, flaco y envejecido, sentado en una modesta silla de madera bajo el techo gélido de una casa ajena, protegiéndose con un buzo —tal vez gris— del frío que por entonces azotaba el barrio Pan de Azúcar, ubicado en el oriente de la ciudad de Bucaramanga, respirando con las dificultades propias de un asma persistente e irreductible y con sus ojos azules inundados en llanto, les recordaría a los últimos amigos que habría de tener en la vida, su joven vecina Nylse Blackburn y su para él casi desconocido novio, lo que había tenido que hacer para sortear aquella nueva adversidad y poder llegar a Alemania con vida.

El matrimonio del barón László Majthényi Tamássy y su esposa doña Zsofía Baghy fue celebrado en Hungría en 1940, y de él nacieron tres hijas: Franciska María el 23 de agosto de 1942, María Margit el 17 de octubre de 1945, y Katalin el 16 de enero de 1948. En 1950 doña Zsofía enfermaría y moriría. Apenas dos días después de su entierro, el recién viudo barón Majthényi tendría que salir apresuradamente de su país natal para no regresar jamás.

[Coletilla de lectura:
Inserto 1 de un fragmento del texto escrito por
Orlando Ramírez-Casas –Orcasas–]

Don László, el Barón László von Majthényi Tomassy, vestido con camisa blanca de manga corta y pantalón, pasaría en Bucaramanga por ser un finquero más haciendo en el pueblo sus vueltas de domingo. Era blanco, de ojos azules, venas azules sobresaliendo de la piel; y cabellos que debieron ser rubios, pero que encanecieron en todos lados menos en la frente calva. Sus arrugas no negaban los setenta años próximos a cumplir; ni lo hacían sus cejas abundantes, canosas y encrespadas. Fue alto cuando medía un metro con ochenta, pero los años tienden a encoger a las personas: quitan centímetros de la cabeza que pasan a las espaldas semigibadas. Aun así, seguía siendo alto. De ahí el caminar encorvado. Con el gato echado sobre el regazo y sobando la cabeza de un perro a su lado, rumiaba pensamientos sentado en el sofá, sin reparar en las alharacas de un loro parapetado en un garabato. La familia rondaba en sus ocupaciones, pero él se sentía solo, aunque estuviera rodeado de personas. Tenía a sus vecinos, pero se cansaba de conversar temas triviales. No tenía con quien hablar de lo que le gustaba. Los domingos sí. Se iba adonde el doctor Carl Schmidt, su paisano, con quien podía hablar el idioma nativo y recordar cosas del país de origen. El doctor había emigrado también cuando los vientos de guerra empezaron a huracanar. Los domingos se sentaba en la silla mecedora del antejardín a conversar con su paisano László a quien no podía evitar tratar siempre de “Barón”, ni el Barón podía evitar tratarlo siempre de “Doctor”. Años de años de amistad no lograban suprimir los formalismos. Oían música clásica y comentaban: títulos, intérpretes, compositores, anécdotas de sus vidas, arias, sonatas, sinfonías, trozos de ópera. Hablaban de música y otras cosas. De historia universal, de la segunda guerra mundial, de política. Allí almorzaban los dos paisanos. Platos con el sabor de la infancia: Gulash (“Un estofado de carne” –aclaraba don László a los neófitos). El domingo era una vacación, era un recreo. El resto de semana no. Hasta que llegó a su vecindario un hombre joven, con los mismos gustos. Pasaban horas conversando, contando chistes, compartiendo emociones:

–  Ya no he vuelto a presenciar una ópera como en Viena, don Orlando, es otro mundo –“Lo sacudió uno de esos sollozos que un verso bonito o una noticia triste nos arrancan, no cuando estamos solos, sino cuando se lo decimos a un amigo, en cuya probable emoción nos vemos nosotros reflejados como un tercero”. [1]

[1. El camino de Swann (En busca del tiempo perdido), de Marcel Proust]. 

–  Como le decía una jovencita a otra, don László, “a mi pretendiente le gustan la música clásica, los museos y la lectura. Pero, al fin y al cabo... nadie es perfecto” –se vio obligado a matizar el momento de nostalgia con un chiste.

–  ¡Ja, ja, ja!, don Orlando. Así somos nosotros. Otra decía que rechazó a un pretendiente porque “no sabía fumar, no sabía tomar y no sabía jugar...”.

–  Es que a las mujeres no les gustan tan juiciosos.

–  “...No sabía fumar, pero fumaba. No sabía tomar, pero tomaba. Y no sabía jugar, pero jugaba”. Lo malo no es hacer cosas malas, sino hacerlas mal.

Había un inconveniente. El vecino era viajero. Salía lunes y regresaba viernes. Días que se le hacían largos, al hombre. Ya desde el lunes, el viejo pasaba a comprar cigarrillos y miraba hacia la casa de su amigo pensando que era una contrariedad que él tuviera que viajar. Sus mujeres, desde las ventanas, lo veían pasar y descargar su mirada nostalgiosa.

–  ¿Qué es esa bobada, László, qué tanto es lo que tienes que mirar hacia esa casa?

–  ¡Vamos!, las mujeres lo celan a uno con cualquier cosa. Sienten celos de un automóvil que brilla, de una motocicleta con el carburador limpio, de una loción que uno usa y qué quién sabe quién le regalaría. Sienten celos hasta de un joven amigo con quien me agrada conversar. No es más que eso, es sólo eso.

–  No me vengas con cuentos de motocicletas, László, tu joven amigo también tiene una joven esposa y te conozco demasiado. Si él está viajando, no tienes por qué pasear tus miradas por las ventanas de esa casa.

–  ¡Ah, caramba, ya, es suficiente! –Salió malhumorado hacia la tienda. Se le alcanzaron a oír unas palabrotas en húngaro que sabe Dios qué querrán decir, pero sabe el diablo que ese tono no se emplea en oraciones–  ¡*$¡!fsh*uck!

Desde el jueves empezaba a preguntar en la casa del vecino, abordando a la esposa:

–  Mi joven señora, mañana llega don Orlando, ¿Verdad? Le dice que quiero hablarle. Gracias.

Viernes, en la mañana:

–  Hoy llega don Orlando. ¿A qué horas llega? ¿A las seis? Le dice que quiero hablarle. Gracias.

Viernes, en la tarde:

–  No demora en llegar don Orlando...

Viernes, seis de la tarde: asoma las canas por la ventana, atalayando la esquina por donde espera ver caminando a su vecino. No aparece. Está demorado. Aún no llega. ¿Qué pudo sucederle? ¿Por qué tarda? Seis y quince: no se ve. Seis y dieciseis: no llega. Seis y diecisiete:

–  (¡Allá está! Ya viene. Esperaré a que descargue el equipaje y coma, luego llego).

Sale a la calle y pasa por el frente. Ve al vecino sentado al comedor, ve a la esposa. (Allá están: hablan y  comen). 

–  (¿Qué tanto es lo que hablan? ¿Qué tanto es lo que comen?).

El viejo se rasca la cabeza. Va a la tienda y compra cigarrillos. Regresa. 

–  (Aún comen. Aún conversan) –Vuelve a casa. Asoma a la ventana–. (¿La mujer le diría que quiero hablarle? Si lo hizo, no demora en salir. Debe estar por salir. Ya va a salir. Allá sale. Viene hacia acá).

Toma el periódico y hace como que lee. No quiere parecer impertinente. Quiere disimular que está ansioso. Espera que el vecino llegue a la puerta y dé dos golpes. Abre. Como la fotografía del pariente que llega de visita inesperada, colgada de afán, el marco aún oscila. El gato no tuvo siquiera tiempo de trepar en sus rodillas.

–  Don Orlando... Ha vuelto. ¿Qué tal su viaje? ¿Y sus negocios? Me alegra verle. –Y, piensa: (Sólo yo sé cuánto me alegra. No imagina cuánto lo he extrañado).

Bajo un mosaico de fotografías de los distintos miembros de la familia, exhibidas en la pared de la sala, y de un espejo que devuelve la imagen del visitante enmarcada por la ventana, se aprecia una mesita de consola y sobre ella una fotografía de László parado al frente de un paisaje en algún lugar de Europa que se diría la descripción de Goethe por Hermann Hesse en “El lobo estepario”, el libro que reposa en esa misma mesa: “un cuadro pequeño con su marco, que tenía su puesto encima de la mesa redonda, obligado a estar de pie con una ligera inclinación por un soporte de cartulina en la parte posterior. Representaba al poeta, un anciano lleno de carácter y caprichosamente peinado, con el rostro bellamente dibujado, en el cual no faltaban ni los célebres ojos de fuego, ni el rasgo de soledad con un ligero velo de cortesanía, ni el aspecto trágico, en los cuales el pintor había puesto tan especial esmero”.

–  El lobo estepario, don Orlando, que releo. Como él, yo también soy dos, soy muchos. Es complicado de explicar, ¿ya lo ha leído? En Europa yo era uno y aquí soy otro. Se diría que somos la misma persona, pero no. Somos diferentes. Si gusta pasar, es bienvenido, pero preferiría que nos sentáramos afuera. Es más fresco y podemos mirar juntos el paisaje.

Se sientan bajo el alero de la entrada, a charlar y a ver pasar la gente. Y a saludarlos con movimientos de la mano, sin interrumpir la charla. En medio de algún tema que está explicando, don László calla. Oye músicas y aletean mariposas. El rubor aflora a sus mejillas. Acaba de ver salir a la joven que vive al frente: mirada turbadora, caminar sinuoso, minifalda que deja ver las piernas torneadas. Cabellera en cascada sobre hombros y espalda, marmórea, exquisita. Don László le acompaña el caminar con la mirada. La boca abierta, el corazón expectante. ¡Cuánto diera porque ella le devolviera la mirada al cruzar, como las mujeres hacían en otros tiempos! Cuando la ve ocultar tras la esquina, alza la vista al cielo y clama:

–  ¡Ay, Señor!, ya que me quitaste el poder, ¿Por qué no me quitas también las ganas?

–  Don László, ¿A estas alturas de la vida,  y usted con esas?

–  Primero se muere todo, todo. Mueren los dientes, muere el oído, muere la vista, muere la cabeza. De último muere el corazón.

Olvidado del tema que venían tratando, se queda pensativo. Se pierde en los recuerdos. Y, con acento extranjero, suelta esta confesión nostálgica:

–  ¡Don Orlandou, yo fui muy putou!... muy puto...

Es grato hablar con el viejo. Los tantos años de vivir en el país no le han hecho perder el acento original, pero aprendió a entender la idiosincrasia de las gentes y a disfrutar con los chistes, entendiéndolos. Aprendió a contarlos poniendo el dejo de pastusos, paisas, bogotanos, costeños, con sus dichos. Anda a la cacería de chistes para contarlos a su nuevo amigo que sabe celebrarlos. Y el amigo trae de cada viaje dulces para los hijos, regalos para la señora, y chistes que colecciona en los encuentros de vendedores para el viejo que los oye pensativo, callado. De pronto, dando una palmada en el muslo, cae en trance de risa. Con retardo, pero ha entendido. Celebra con entusiasmo. Ríe con ganas. Sabe joven a su amigo: cuarenta años, él casi setenta. A los setenta se entra en achaques que todos no tienen la paciencia de aguantar. Mal genio, a veces. O la memoria. La memoria lejana es minuciosa. La cercana es evasiva.

–  ¿Le he contado el chiste del pastuso que....?

–  No, ande, cuéntelo. (Van tres veces, pero no lo quiero defraudar).

Lo cuenta. Se ríen. Como si fuera la primera vez.

Alguna anécdota de la vida, ya contada, vuelta a contar. La misma con los mismos comentarios. A veces empieza una historia y se le olvida donde va, o lo que quiere decir. El vecino tiene paciencia para escuchar y atribuye a los achaques de vejez la falta de memoria. Hasta que se sorprende diciendo a un amigo:

–  Hombre, don Flaminio, las del viejo László, ¿le he contado? Es muy gentil. A pesar de sus achaques de vejez. A veces se despista de memoria. Pero lo aprecio y disfruto de su compañía. Pierde el hilo en los temas que comienza... ¿Por qué estamos hablando de don László?

–  Está en las mismas, don Orlando, pero no se angustie, a todos pasa. Es contagioso –dijo el amigo.

El vecino queda pensando:

–  (Cuarenta años. No tengo sino cuarenta. Algún día tendré setenta, como él. Tal vez encuentre regocijo en alguna compañía. Eso espero. Y que me tenga la paciencia que yo a él. Y el cariño).

[Fin de la Coletilla de lectura con el inserto 1]


EL EXILIADO [VII]

(Fotografías de este capítulo que, entre otras, pueden verse en el siguiente enlace. 
1. “László y sus hermanos, niños entre aproximadamente los tres y los siete años”. 
2. “Frontis de la casa paterna en Hungría”. 
3. “László y sus hermanos, niños entre aproximadamente los cinco y los nueve años”. 
4. “László con sus dos hermanas, niños entre aproximadamente los seis y los ocho años” 
5. “Frontis de la casa de campo paterna en Hungría”. 
6. “László de aproximadamente 8 años con arma de caza en la casa de campo paterna en Hungría”. 
7. “Lázsló y su primera esposa Zsofía Baghy, fotografía de boda en 1940”. 
8. “László aproximadamente a los 24 años, por los días de su primer matrimonio”)


Éranse una vez dos ciudades vecinas separadas por un río. Una se llamaba Buda y la otra se llamaba Pest.

Un buen día, construyeron un puente sobre aquel río y entonces los vecinos de Buda empezaron a pasar a Pest y los vecinos de Pest comenzaron a pasar a Buda.

Hasta que, finalmente, los de Buda y los de Pest decidieron que sus dos ciudades debían quedar unidas en una sola.

Y las unieron.

Así nació Budapest.

La historia no es en realidad tan simple, pero lo cierto es que luego de que se diera al servicio el primer puente sobre el río Danubio, de los varios que habrían de construirse, la unión de Buda con Pest se hizo cada día más inevitable hasta que en 1873 se produjo, ciertamente, la integración definitiva de las dos ciudades en una sola.

La capital de Hungría no siempre fue Budapest. Pero ese es otro cuento. U otra historia.

En todo caso, la historia de cuento —de cuento de hadas— que podría escribirse con el origen de Budapest y el duro contraste con lo que habría de ser su desenvolvimiento posterior con ocasión de las guerras, guarda una similitud bastante particular con lo que fueron los inicios de la vida del Barón László Majthényi Tamássy y el también duro contraste con lo que habría de ser su existencia a propósito de aquellos terribles conflictos bélicos.

Y es que a pesar de haber venido al mundo en plena Primera Guerra Mundial y de haberse casado en plena Segunda Guerra Mundial, Làszlò Majthényi Tamássy nació y se casó en medio de las comodidades propias de la nobleza húngara de entonces. Y en medio de esas comodidades y de esa vida a la usanza antigua transcurrió su existencia hasta aquel 1950 en que tuvo que huir presuroso de su tierra natal para no terminar en una cárcel o hasta enfrentando el pelotón de fusilamiento. Fue por eso su devenir vital una mezcla compleja de distinción, riqueza, poder, cultura y bienestar con tragedia, zozobra, penalidades, incertidumbre y desesperanza.

Su padre, el Barón László Antal Majthényi, quiso plasmar en sus dos hijos varones su profunda fe católica y su amor por Hungría bautizándolos con los nombres de los dos reyes húngaros a quienes El Vaticano elevó a los altares: curiosamente, sin embargo, fue al que nació de segundo al que le puso el nombre del primer rey, San Esteban, mientras que al primogénito le colocó el del famoso rey San Ladislao (László en húngaro).

Además de sus dos hijos varones, el matrimonio Majthényi–Tamássy tuvo dos hijas.

László Majthényi se casó en Hungría. A la sazón contaba con 24 años. Una década más tarde habría enviudado y, dos días después del funeral de su esposa, tendría que huír de su país natal hacia Alemania para no regresar jamás.

[Coletilla de lectura:
Inserto 2 de un fragmento del texto escrito por
Orlando Ramírez-Casas –Orcasas–]

Entonces se va al río, buscando un rinconcito de playa. Allí lee, se baña, dormita. En alguna vez fue seguido por la muchacha del servicio que alimentó sus sueños húmedos no lejanos y que, haciéndose la desentendida y solitaria, se bañó desnuda y pretendió mostrarse sorprendida al descubrirlo. Niñera al servicio de los Majthényi, y tres años mayor que László, fue su compañera de juegos desde los cinco años, diez años atrás. El muchacho rememoró la tarde de hace cinco en que, trepado a un árbol, la vio asolearse desnuda como si hubiera sido tallada en la piedra por un escultor. Era un capullo de trece, en ese entonces. Ahora, a los dieciocho, es un volcán. Cinco años transcurridos, para un niño de diez, son mucho tiempo. Para una muchacha de trece, no tanto. Se acercaron como si hubieran convenido en hacerlo. (“Cada beso llama a otro beso. ¡Con cuánta naturalidad nacen los besos en esos tiempos primeros del amor”[1]). Ella aparentó dejarse seducir. Él se creyó seductor. Sintió como si estuviese cabalgando sobre una de sus primas. El muchacho fue aprendiendo a su lado, pero no fue la única montura. Se hizo hábil en atraerlas a su rincón. Se volvió asaltante de camas y camastros. De campos y pesebreras. Ríos y riachuelos. Con suspiros de agradecimiento y de romanticismo encendido se fue acrecentando su corte de admiradoras incondicionales. Sabedoras de que sus escarceos no podían ir más allá. Por la diferencia de clases. Ninguna lugareña quiere quedar por fuera y él no quiere defraudar a ninguna. Todas son de él, pero él no es de nadie. Ejerce, con amplitud, el derecho de pernada. Ya abolido, pero no olvidado. Son cosas que se traen en la sangre.

–  Va a olvidarme, baroncito, sé que una vez obtenido lo que quiere va a olvidarme –protesta la chica de turno, como si no estuviera consciente del juego que juegan.

–  No lo creas. –Añadió con esa prudencia de las gentes que no están enamoradas y que se imaginan que un hombre listo no debe sufrir de amor más que por una mujer que valga la pena; que es lo mismo que si nos asombráramos de que una persona se digne padecer del cólera por un ser tan insignificante como el bacilo vírgula[1]…

[1. El camino de Swann (En busca del tiempo perdido), de Marcel Proust].

… Su campiña labora ignorante y tranquila en la pre-guerra del año 1939 y, siguiendo la costumbre, celebran fiestas de la cosecha. Va a pasarlas en un poblado vecino. Pone sus ojos en una chica pueblerina que le recuerda vagamente a alguna de sus primas, o a aquella de la servidumbre que dejó el castillo por los días en que rodaban por sexta vez en las orillas del río. Nunca entendió la huida. Ni la entendió, ni pudo hacer preguntas y ahora esta jovencita de diecisiete, atraída por la imponencia de los treinta y tres lucidos años del Barón, siente levantar la falda y recostar la espalda maltratada contra alguna paca de heno. Apareció la madre justo a tiempo para rescatarla de los brazos de la que puede ser la repetición de su desgracia:

–  ¡Hija!, ¿Qué haces?

–  Nada, mamá. Sólo conversamos.

–  Pues con él, ni eso. Es tu padre y no debe acercársenos. Ni eso, porque nos atrae maldición. Algún día entenderás.

Que ella hubiera tenido un desliz, pase. Pero que él, a su vez, pudiera engendrar en su hija, sí sería para dolores de cabeza. Pudo impedirlo a tiempo.

[Fin de la Coletilla de lectura con el inserto 2]


EL EXILIADO [VIII]


Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis alemanes de Adolfo Hitler y los comunistas soviéticos de José Stalin no solo se disputaron Hungría. También se pelearon Polonia.

Vencidos los nazis, ambos países terminarían bajo el yugo estalinista.

Empero, la gente ignora —u olvida— (otros convenientemente se hacen los de la vista gorda) que Hitler y Stalin, y por ende la Alemania nazi y la Rusia comunista, fueron aliados y, en tal condición, estuvieron más cerca entre sí de lo que, dada la pregonada diferencia ideológica, pudiera parecer. Incluso en la propia Moscú alemanes nazis fueron recibidos con honores y, a renglón seguido, hitlerianos y estalinistas hicieron planes, se estrecharon las manos, posaron para la foto y brindaron con vodka.

En efecto, pocos días antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, Alemania y la Unión Soviética habían suscrito en Moscú un pacto por medio del cual acordaron, entre otras cosas, repartirse a Polonia y otros lugares de la geografía europea. Se llamó el Pacto Ribbentrop – Mólotov, por los apellidos de los ministros de relaciones exteriores que lo firmaron: el canciller nazi alemán Joachim von Ribbentrop (quien habría de ser juzgado, condenado y ejecutado en Núremberg) y el canciller comunista soviético Viacheslav Mólotov, cuyo apellido —dicho sea de paso— pronunciado “Molotov” en vez de “Mólotov”, le daría el nombre a cierto “coctel” que por estas tierras (y en otras latitudes menos cercanas a nosotros) se utilizó no precisamente para beber, como diríamos del coctel Margarita, o del Daiquirí, o del Martini, o del Manhattan, o del Capiriña o del Tom Collins.

Hersbruck es una ciudad que pertenece al área metropoliana de Núremberg, la ciudad alemana célebre por el famoso juicio contra los nazis.

Hasta 1945 funcionaba allí un campo de concentración nazi. El artista Vittore Bochetta estuvo prisionero en aquel lugar y en 1945 se fugó; posteriormente y en recuerdo de lo que fue su calvario como preso, esculpió la estatua “Sin nombres”. En ese mismo año, 1945, las tropas aliadas, específicamente las norteamericanas, se aproximaban a Hersbruck. Los nazis, entonces, trasladaron a los cautivos hacia el campo de concentración de Dachau.

Como era obvio, el triunfo de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra Mundial trajo consigo el cierre de ese campo de concentración.

Pero como a veces las desdichas vienen entrelazadas, a la persecución por parte de los nazis habría de seguir la desatada por la Unión Soviética de Stalin.

Para el año 1950, Annemarie Kalytta contaba con 22 años. Su familia había escapado de Polonia, pero no huyendo de los nazis, sino de los rusos. Fugitivos, Annemarie y sus seres queridos llegaron a Hersbruck.

El destino iría a permitirle a la joven alemana conocer a otro fugitivo viudo que, también con su diezmada familia, se había establecido en Alemania huyendo igualmente de los rusos, pero no desde Polonia, sino desde Hungría. Era el Barón  László Majthényi Tamássy.

Annemarie, nacida en 1928 en Polonia, pero de nacionalidad alemana, trabajaba para entonces, cinco años después del fin de la guerra, en un campo de fugitivos que se había creado en Hersbruck con el fin de albergar a los ahora perseguidos por los victoriosos y poderosos comunistas soviéticos.

László, con 34 años de edad, y Annemarie se conocieron allí en 1950, año en que el noble húngaro en desgracia huyó en tren de su país natal. Al año siguiente, 1951, se casaron.

En el nuevo hogar que László Majthényi formó con su segunda esposa se dieron cuatro hijas: Angelika, nacida en 1952; Rita, nacida en 1953; Stefan, nacida en 1954; e Inés, nacida en 1956.

Desgraciadamente, la señora Annemarie también habría de enfermar y su esposo volvería a quedar viudo.

Hacia el final del mismo año en que nació su última hija, Inés, el Barón László Majthényi vio cómo se esfumaban sus últimas esperanzas de que los comunistas soviéticos dejaran libre a Hungría: percibió, impotente, la indiferencia del mundo occidental ante los clamores de auxilio de Imre Nagy y de su Gobierno así como del pueblo húngaro opuesto a la dominación extranjera rusa y entendió que el problema que había desatado el presidente de Egipto Gamal Abdel Nasser con la nacionalización del Canal de Suez —también ese nefasto año— tenía ocupados a quienes habrían podido ayudarlos, los antiguos aliados occidentales en la Segunda Guerra Mundial, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Después, con lágrimas de indignación, tristeza e impotencia, leyó las noticias y observó las imágenes terribles de los tanques rusos entrando desafiantes a Budapest y la espantosa mortandad de compatriotas suyos que tan heroica como inútilmente trataron de oponérseles con una desigualdad de fuerzas que abrumaba.

Entonces descubrió que definitivamente ya no podría regresar más a su tierra nativa porque Hungría no volvería a ser la misma y fue cuando decidió que había llegado el momento de probar suerte en América.

[Coletilla de lectura:
Inserto 3 de un fragmento del texto escrito por
Orlando Ramírez-Casas –Orcasas–]

Esa mujer permaneció en Checoeslovaquia, llevando una viudez sencilla y repasando los escaparates y baúles colmados de pequeñas historias del pasado.

–  ¿Por qué en Checoeslovaquia, don László, y no en Hungría?

Sacudió la mano en el aire, como si borrara del tablero un despropósito, y entornó su mirada concentrándola en un punto minúsculo del mapa, una recóndita esquina de su imaginación.

–  No crea en cuentos, don Orlando, Checoeslovaquia no existe, es un invento para legalizar despojos de guerra. Un conjunto de remiendos creado por los acuerdos de Versalles, como dice Wouk.[2] Una especie de matrimonio de conveniencia, donde no hay amor. Como Yugoeslavia, como la Unión Soviética. Engendros aprovechados por los nazis y los bolcheviques.

–  ¿Por qué remiendos, don László?

–  Porque Serbios, Croatas, Checos, Eslovacos, Bosnios, son pueblos distintos y en muchos aspectos irreconciliables.

–  ¿Y por qué dice que se aprovecharon de ellos los nazis y los bolcheviques?

–  Porque entre los bolcheviques del Das Kapital de Marx y los nazis del Mein Kampf de Hitler, que entre el diablo y escoja. No hay diferencia. Prometieron engrandecernos y nos volvieron añicos. Lenin dijo que las promesas y la pasta de empanadas se hacen para romperse. Stalin no prometió nada, pero igual hizo. No hablo de alemanes y rusos, puesto que muchos, personalmente, son buena gente, pero como nación son unos cerdos [2] y eso no lo entiende sino el que haya vivido cerca de ellos y los haya sufrido. La guerra asoló a Polonia, acabó con Prusia y con el imperio Austro-húngaro, y nos volvió pobres.

[2. Vientos de Guerra. Por Herman Wouk].

Al llegar a Colombia vio oportunidades de negocios. Le gustó el trato de las gentes. Lo cautivaron las bellezas del paisaje. Y salió a flote su instinto natural, corroborando el dicho de que “Vaca ladrona no olvida el portillo porque: el que ha sido, no deja de ser”.

–  ¿Son así de notables nuestras riquezas, don László?

–  No podría decirlo en voz alta, pero la verdadera razón es que descubrí que las colombianas son las mejores amantes del mundo. Una pestaña de sus ojos es una soga que arrastra más que un cable de acero con pulgada de espesor. Por sus honduras pueden irse fortunas enteras y se siente dolor, no de perder la fortuna, sino de tener que renunciar a sus favores. Porque a las de aquí, como a las de todas partes, no les gustan los pobres.

Lo decía él, que sabía de eso, que había conocido a muchas. Las mejores. En su concepto, eran las mejores.

[Fin de la Coletilla de lectura con el inserto 3]


EL EXILIADO [IX]

(Fotografía de este capítulo que, entre otras, puede verse en el siguiente enlace. 
1. “Lázsló a los 67 años en la década de los ochenta”).


Poema 1, de la autoría de Óscar Humberto Gómez Gómez, en homenaje a László Majthényi:

“No es fácil cruzar el mar
con turbulencia en el alma,
haber perdido la calma
y con lágrimas viajar.

Es duro el dolor cargar
sin montura y sin enjalma,
tener que arrancar la palma
para volverla a sembrar.

Es doloroso evocar
el cielo limpio de Hungría,
rememorar la alegría
que no podrá retoñar;

Sentir que ya no hay hogar,
que está la alforja vacía,
que aquel Budapest que había
ya no habrá de regresar.

Es duro y triste soñar,
y a su país ver en sueños,
saber que tiene otros dueños
que nunca lo habrán de amar.

Duro y triste es añorar
primaverales efluvios
y aceptar que no hay Danubios
donde se llega a acampar.

Duele el pasado mirar
en viejas fotografías
y ver en ellas los días
que no se han de olvidar.

No es fácil cruzar el mar
y arribar a tierra extraña,
comprar de nuevo la caña
y otra vez ir a pescar”.

En América se quedaron subsistiendo, como era obvio, rastros de las dos culturas que en otra terrible guerra —ésta aún más desigual— se disputaron el poder a lo largo y ancho del continente. Realmente una de ellas, la indígena, ya lo tenía desde tiempos inmemoriales. Se lo habían peleado entre ellos: toltecas y aztecas en México, por ejemplo. La otra llegó desde Europa a disputarlo a punta de violencia armada, de religión y de engaño. Finalmente, los invasores acabaron los últimos focos de resistencia, se apoderaron de las tierras, sometieron a los pueblos conquistados y convirtieron a sus hombres en siervos cuyas vidas se quemaron poco a poco alrededor de una mina de oro o de un río aurífero, expulsaron a los antiguos propietarios cuando sintieron que estorbaban —porque, por ejemplo, impedían el “progreso” consistente en convertir los “pueblos de indios” en parroquias de “blancos”— y fue así como de esa mezcla de dolor y arrasamiento cultural nació la nueva América, la América mestiza.

Hubo otro componente, claro está: el componente negro. Pero esa es otra historia.

En todo caso, y como se anotó, una que otra referencia a lo que era antes se quedó sobreviviendo en este nuevo continente que de panteísta pasó a ser católico y de hablar múltiples lenguas y dialectos pasó a hablar mayoritariamente en español. Una de esas pocas referencias fueron aquellos toponímicos que conservaron su nombre original, su nombre aborigen.

No ocurrió así con lugares como el río Yuma, que pasó a llamarse río Magdalena, ni con Bacatá, que pasó a ser Santa Fe —más tarde Bogotá—, pero sí sucedió, en cambio, con Bucaramanga, que siempre conservó su nombre indígena. Y fue esto último lo que ocurrió también con el río al que los españoles bautizaron Teatinos, al cual los indígenas de la zona persistieron en denominar, como siempre, río Boyacá.

No hubiera pasado de ser un riachuelo sin importancia distinta a la de contribuir escasamente a refrescar el entorno y embellecer el paisaje de no haber sido porque el 7 de agosto de 1819 encima de un diminuto y estrecho puente que lo cruzaba las tropas patriotas comandadas por el general Simón Bolívar interceptaron a las españolas realistas que comandaba el coronel José María Barreiro, quien trataba en esos momentos de llegar con sus diezmadas huestes a Santa Fe. Esa batalla selló la Guerra de Independencia de la Nueva Granada respecto de España. El puente, entonces, tomó el nombre del río y se empezó a llamar Puente de Boyacá.

Pero Boyacá no solo habría de llamarse el río y su puente. En 1821, los ya triunfantes patriotas organizaron la nueva república de la Gran Colombia, con Venezuela, Nueva Granada y Quito (hoy Ecuador), y a aquella región, a aquel nuevo departamento, decidieron ponerle el nombre del ya histórico río. Así nació el departamento de Boyacá.

En 1857 Boyacá pasa a ser Estado Federal, en 1863 se convierte en Estado Soberano y en 1886 nuevamente adquiere la condición de departamento.

La palabra “Boyacá” proviene de una palabra muisca, “Boiaca”, que significa “Región de la Manta Real” o “Cercado del Cacique”. Etimológicamente, el vocablo deriva de dos palabras: “boy”, que quiere decir “manta” y “ca” que traduce “cercado”.

Hoy en día Boyacá es un hermoso departamento inevitablemente asociado al paso por tierra entre el departamento de Santander y la capital de la república, aunque ya no sea riguroso pasar por él para tal efecto. Cultural, social y económicamente, la tierra boyacense está ligada a la tierra santandereana, especialmente a su sur. De hecho, la Hoya del Río Suárez, zona panelera, comprende municipios santandereanos del sur y boyacenses del norte. En ese contexto, municipios como Barbosa (antes corregimiento del municipio de Cite) y Moniquirá, como pueblos vecinos, mantienen un estrecho intercambio no solo económico, sino también social, musical y de costumbres. El río Suárez pasa tanto por Moniquirá como por Barbosa y el cultivo de caña panelera es un común denominador que enlaza las dos municipalidades.

Moniquirá pertenece a la antigua provincia de Ricaurte, denominada así en honor a un célebre patriota colombiano, el capitán Antonio Ricaurte. Barbosa, por su parte, pertenece a la antigua provincia de Vélez, llamada así para perpetuar en estas tierras a Vélez-Málaga, una ciudad de la provincia española de Málaga surcada por el río Vélez y perteneciente a la hoya de dicho río.  Aunque las provincias fueron eliminadas de la división territorial colombiana en 1911, subsisten en la memoria colectiva.

Allí, a Moniquirá, fue a parar el Barón László Majthényi. Y allí conocería a su tercera y última esposa, doña Ana Silvia Rangel, quien lo acompañaría hasta su muerte.


EL EXILIADO [X]


Cuando László Majthényi abandonó su natal Europa con destino a América confiaba, como era obvio, en que podría volver. Así piensa siempre quien parte de su tierra. Las canciones que se han escrito y cantado sobre el drama de los exiliados coinciden en que ese anhelo bulle siempre dentro del corazón de los que se van del lugar donde nacieron, crecieron y construyeron sus sueños. Luis Aguilé lo sintetiza magistralmente en su famosa canción. Aunque no era cubano, sino argentino, el artista se sumó a la legión de estrellas que había tenido que partir de la isla por su oposición a la dictadura castrista. En sus dos primeros versos, tan desgarrados como hermosos, hace la observación poética de que para morirse se necesita, lógicamente, el corazón —pues será el órgano que se detendrá y entonces se paralizará la vida— y por lo tanto él nunca podrá morirse porque el corazón se le quedó en Cuba.

En el caso del Barón Majthényi estaba, además, la situación de sus hijos. Nunca ha sido sencillo —ni siquiera hoy en día, y ni siquiera con todos los papeles en regla— sacar niños de un país y viajar con ellos al extranjero.

Por eso, cuando en 1957 László Majthényi llega a Colombia, por el puerto de Santa Marta, aspira a que sucedan varias cosas felices: que pueda levantarse de nuevo económicamente, que caiga el comunismo en Hungría y que su país vuelva a ser una nación libre; entonces retornará a Hungría y allí se restablecerá con su gran familia en las mismas condiciones de holgura en las que se acostumbró a vivir desde niño. Acaso, incluso, vuelva a ser el Barón Majthenyi.

Había estudiado Leyes, Idiomas y Agronomía. Nunca ejerció el Derecho. Por razones desconocidas, negó incluso —en declaración notarial a la que tuvimos acceso— que hubiese terminado la carrera, aunque otras fuentes señalan lo contrario. Es comprensible que para un jurista el desencanto sea irreparable cuando descubre que la solución civilizada de los conflictos no existe sino de palabra, porque es la violencia la que define fronteras, es la violencia la que otorga nacionalidades, es la violencia la que determina quién muere y quién puede seguir viviendo, es la violencia la que decide si las personas son dueñas de lo que consiguieron gracias a su trabajo o heredado de sus mayores y es la violencia la que puntualiza hasta en dónde pueden vivir los seres humanos: si en la tierra de sus antepasados o en países extraños que jamás imaginaron que existían y a los que nunca se preocuparon antes por buscar en los mapas.

En cambio, László Majthényi fue un fluido políglota que no solo conservó hasta el final de sus días la vigencia del idioma húngaro —hablándolo siempre que conversaba con su compatriota el médico Carl Schmidt—, sino que hablaba cada vez que podía en varias lenguas más.

Pero fue el campo el que siempre lo atrajo y aunque no se graduó en Veterinaria, terminó en Colombia dedicado a las vacas.

Y fue en el mundo de la ganadería y de la vacunación de las reses donde terminó conociendo a la dama colombiana doña Ana Silvia Rangel.


EL EXILIADO [XI]


Solitario, despojado de todo: de su país, de su casa, de su familia, de sus bienes, de su nacionalidad, y hasta de su idioma —que ya no habría de hablar más con decenas, centenares y miles de compatriotas, en fin, con toda una nación, sino apenas con un solitario médico amigo que también salió de Hungría, pasó por España y vino a parar en estas ignotas tierras—, de lo único que László Majthényi Tamássy creyó que podía aferrarse, para no perder su identidad y todo cuanto había sido durante los tiempos irrepetibles de la nobleza húngara, fue, paradójicamente, de su viejo título nobiliario; del mismo añejo título de Barón que había alcanzado a heredar con orgullo, pero que los gobernantes comunistas de su país le habían eliminado en 1945, cuando todavía no acababan de disiparse los humos dejados por las llamaradas colosales de la Segunda Guerra Mundial.

Entonces, tomó la decisión novelesca de perpetuarlo insertándoselo a su nombre de pila y haciéndolo figurar en los nuevos documentos de identificación que tendría que hacerse expedir en un país suramericano donde casi nadie sabía que dichos títulos existían, y los pocos que los habían escuchado mencionar ignoraban su significado. Ello explica el por qué en su cédula de extranjería ya aparece como “Barón László Majthényi”.

Mas, como aquel exiliado renuente a que le quitaran el último vestigio de su nobleza sabía perfectamente que algún día él también se iría para siempre, ya no solo de Hungría, ni de Europa, sino del mundo, y que cuando eso sucediera aquel título derogado, documentado en papeles de un ignoto y remoto país extranjero, desaparecería igualmente sin dejar rastros, decidió anteponérselo al nombre de pila de sus hijos y tratar así de retardar la inexorable llegada del olvido.

Así que sus descendientes colombianos —quienes llegaron a su vida dentro del hogar que había formado con doña Ana Silvia Rangel— fueron, entonces, bautizados en las pilas de bienvenida de la Iglesia de sus mayores, como barones y baronesas, y lo mismo se hizo ante la precaria solemnidad de las apretujadas notarías donde el exiliado magiar sentó sus partidas de registro civil. De esta forma sus cuatro hijos —todos bumangueses—, Barón Cristóbal, nacido el 26 de agosto de 1960, Barón Antonio, nacido el 5 de mayo de 1962, Baronesa Carmen Rosa, nacida el 5 de agosto de 1963, y Baronesa Íngrid Consuelo, nacida el 29 de marzo de 1967, quedaron inscritos en la Registraduría Nacional del Estado Civil de Colombia con aquella dignidad nobiliaria que su padre no encontró de qué otra manera prolongar en el indolente, inexorable y laberíntico transcurrir de la historia.

Y es que el Barón Majthényi, después de trasegar por las selvas del Amazonas —donde una infidelidad de la mujer de un cacique lo hizo pensar que hasta allí llegaría su paso por este valle de lágrimas—, por la frontera con Venezuela y por Barbosa, la Puerta de Oro de Santander —donde, a excepción de Luis Alfredo, que vio la luz de la vida en Moniquirá / Boyacá el 27 de mayo de 1951, había dado a luz doña Ana Silvia Rangel a su primera prole, de la que formaban parte Ludivia, nacida el  14 de septiembre de 1945, y Rafael, nacido el 17 de marzo de 1948—, prosiguió su tempestuoso ciclo vital en la tierra de las cigarras, en aquel nuevo barrio oriental de Bucaramanga denominado Pan de Azúcar, fundado gracias a la fértil imaginación urbanizadora de don Armando Puyana.

Don László, como ya a la sazón se le decía por estos lares, vivía convencido cada vez más de que Hungría no escaparía de la férrea tenaza del marxismo estalinista y, por lo tanto, cualquier día se iría de la vida terrena sin haber podido volver a mojarse las manos en las, según un vals de Johann Strauss, azules aguas del Danubio.

Su sabiduría, añejada como los buenos vinos en la cava de los años, de la adversidad y de la experiencia, se concretaba en frases sencillas de corte salomónico, que a su postrer pareja de amigos les generaban reflexiones profundas acerca del discurrir de las horas y la razón de ser de la existencia. En alguna ocasión, por ejemplo, le contaron a él sobre el agravio del que habían sido objeto por parte de algún Fulano o de alguna Zutana hostil. Don László, sin inmutarse, cortó las naturales tensiones del momento con su enseñanza aguda y puntual: “A uno —les dijo— no lo ofende quien quiere, sino quien puede“. Ese día ambos aprendieron que, en efecto, la ofensa solo tiene éxito si uno permite que lo tenga y que el agravio proveniente de quien para uno no vale la pena, sencillamente no puede ofenderlo.

En otra ocasión, el asunto era de un carácter similar, pero tenía que ver con la imposibilidad de que frente a la ofensa se hiciera justicia. Don László sentenció la cuestión con una vieja máxima de los árabes: “Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cortejo con el cadáver de tu enemigo”.

También enseñaba a reconocer los errores con la necesaria prontitud y buen ánimo. En alguna ocasión, cuando volaba a bordo de una avioneta sobre el Cañón del Chicamocha quiso hacer un chiste preguntando si el pueblo que se veía abajo era el mismo del que decían que solo producía cabras, putas y maricas”. “Yo soy de ahí, ingeniero”, dijo sin inmutarse el piloto. Y agregó: “Uno quiere a su pueblo sea lo que sea”. Don László sintió la amargura de haber sido injusto, pero tampoco se inmutó: “No me haga caso, capitán”, dijo. “Yo no sé por qué hablo tantas estupideces. Ni siquiera conozco ese pueblo”.

Solía contar lo sucedido en un pueblo en cuya plaza principal funcionaba una fábrica de ponqués. El bobo del lugar insistía en que le regalaran un pedazo, pero siempre lo corrían. Un día se les confundieron los ingredientes y los ponqués quedaron con un sabor a agrio. Para evitar que los vieran tirando los ponqués a la basura, tuvieron la idea de regalárselos todos al bobo. “¡Hey, bobo, venga!”, lo llamaron. El personaje se acercó. “Llévese todos los ponqués, se los regalamos, son suyos”, le dijeron. “¿Todos, todos?”, preguntó el bobo. “¡Todos!”, le confirmaron. Entonces el bobo rechazó el regalo diciendo: “No, gracias, si fuera tan bueno no daban tanto”.

Exaltaba el valor económico que tenía el conocimiento. “El dueño de una fábrica —nos contaba— llamó a un mecánico porque cierta máquina no encendía y se requería con urgencia. El mecánico observó la máquina, pidió un alicate y giró alguna tuerca. De inmediato se sintió el poderoso rugido de la máquina prendida. “¿Cuánto le debo?”, preguntó el dueño de la fábrica. “Doscientos mil doscientos pesos”, respondió el mecánico. “¿Cuánto?”, exclamó el dueño con cara de asombro; “Doscientos mil doscientos pesos por apretar una tuerca?”. “No”, repuso el mecánico sin inmutarse; “Apretar la tuerca vale doscientos pesos; lo que vale doscientos mil pesos es el saber cuál tuerca era la que había que apretar”.

Era frecuente que se le viese salir de su hogar, atravesar la calzada con andar ligeramente encorvado —lo suficiente para disimular sus 1.80 de estatura— y entrar a la casa ubicada diagonal a la suya. La razón era simple: allí vivía su hijo Cristóbal, ya casado con la joven santandereana Iliana Blackburn. Para entonces, la primogénita de la joven pareja, la bebé Silvia Juliana Majthényi Blackburn, había pasado a llamarse “Sissi”, pero no porque con ello se hubiese querido evocar la memoria de la hermosa reina que tuvo Hungría, sino porque a su tía Nylse Blackburn se le ocurrió bautizarla con ese hipocorístico cuando la niña trataba de pronunciar su nombre superando el tartamudeo propio de los primeros años.

Don László iba a casa de su hijo no solo con la intención paternal de visitarlo, sino además con el claro e inocultable propósito de evitar que también dentro de su familia languideciera y muriera, al igual que estaba ocurriendo en el resto del planeta, el otrora hermoso hábito humano de conversar. Empero, era inevitable que en el curso de aquellas últimas pláticas hablara de su tierra, cada vez más remota y cada vez más hundida en el encanto irrepetible de los viejos recuerdos. Así que, mientras su hijo y su nuera se hallaban ausentes por razón de sus exigencias laborales, y mientras su nieta Sissi permanecía en su casa al cuidado de la solícita abuela paterna —la materna, doña Julia Moreno, una joven y hermosa poetisa clandestina llegada de las montañas que se tragó el perro andariego, precisamente ahí, en el mismo viejo hospital del Estado donde nacieron los cuatro Majthényi Rangel, ya había entregado, el 4 de junio de 1969, su alma al Gran Arquitecto del Universo, a ese Supremo Hacedor al cual le rezaba, ramo bendito en mano, durante las sobrecogedoras noches de tormenta—, Lászlo Majthényi Tammasy solía sentarse a contarle a su escaso auditorio anécdotas salpicadas de un humor fino, agudo e inteligente y a evocar inexorablemente los viejos tiempos en que su lejana e irrepetible Hungría era todavía un reino, y él un noble que no conocía aún los amargos sinsabores, ni las insufribles adversidades que trae consigo la pobreza.

En esas tertulias improvisadas, su novel y postrero amigo aprendió a conocerlo y descubrió, de una vez por todas, que ya era demasiado tarde para pretender que cambiara las perspectivas que tenía profundamente arraigadas respecto de los temas más candentes que desde tiempos inmemoriales habían separado a los hombres. Era fácil para él, abogado todavía joven y todavía ajeno a los golpes arteros del desencanto que trae consigo la injusticia, inferir que se trataba de un hombre formado en concepciones anticuadas, de corte monárquico, conservadoras tanto en política como en religión, y en cuyo entorno infantil se cultivaron sesgos culturales que jamás nadie hizo nada por cambiarle.

Ese novel y postrero amigo es quien ahora escribe estas deshilvanadas líneas tratando inútilmente con ellas de evitar que su memoria siga languideciendo y definitivamente muera.

Hoy, cuando él ya no está, cuando apenas tengo de él los referentes cada vez más difuminados de su recuerdo, me sorprendo, con inmensa satisfacción, de haber sido capaz de estimarlo a pesar de no coincidir con él prácticamente en nada. Nunca, en efecto, he apoyado la idea de que unos hombres sean de sangre azul y otros  de sangre plebeya, ni que el hambre tenga color político, ni que debamos perpetuar privilegios e ignominias; entiendo que el discurso comunista era convincente cuando emergió porque, ciertamente, había desempleo, discriminación social y amplios sectores condenados a vivir por siempre en la miseria; aún por estas calendas, sin embargo, se siguen publicando banalmente astronómicas fortunas y extravagantes lujos que contrastan con las imágenes de niños víctimas de inanición y de pueblos enteros pidiendo limosna; los fondos que deberían mejorar sustancialmente la satisfacción de las necesidades primarias de las naciones se despilfarran en medio de corruptelas de toda índole y el dolor de los más frágiles ya no pareciera conmover a nadie. Empero, hay que conceder que, de otro lado, los supuestos regímenes “humanistas” que nos predicaron el hermoso sueño de un mundo más justo terminaron siendo un fiasco. Y terminaron siéndolo porque el odio no puede generar sino más odio y la violencia más violencia. Se creyó ingenuamente que luego de arrasar con los enemigos a punta de pelotones de fusilamiento, de mazmorras y de mordazas a la libre expresión de las ideas sobrevendría, como por arte de magia, un planeta cuyo decurso vital se afincaría en el progreso de todos a partir de la desaparición de la inequidad y de la injusticia. Pero a la caída de estos regímenes lo que siguió fue la comprobación elocuente de que detrás de ese discurso de igualdad lo que se había construido era una nueva casta dominante, arrogante y explotadora que mientras sumía a sus pueblos en el atraso y la necesidad, llenaba sus cofres con el mayor porcentaje del tesoro nacional. Para no citar sino un solo caso, ahí quedó el ejemplo triste de la Rumania de Nicolás Ceaucescu y su esposa Helena, ejecutados por la multitud indignada.  Con todo, ni el viejo exiliado húngaro ni su joven y novel amigo se pusieron nunca de acuerdo. Quizás, a manera de un apresurado resumen en retrospectiva, podría decir que el Barón László Majthényi me posibilitó la incomparable experiencia de saber, por primera vez, con asombro y alegría, en qué consistía exactamente la invaluable virtud de la tolerancia recíproca.

El año 1989 llegó a Colombia trayendo consigo no solo los cuatro jinetes del Apocalipsis juntos, sino también las diez plagas de Egipto y hasta la gran ramera de Babilonia. Todas las mañanas de aquel año de tragedia y espeluzno nacional, la radio cortaba la transmisión para dar la noticia de última hora, siempre empapada con la sangre de colombianos inocentes, que simplemente se encontraban haciendo compras en el centro comercial que había explotado o que intentaron, con la fragilidad de una pluma y una libreta de apuntes, producir el sortilegio de que surgiera, por entre los fulgores de las metralletas homicidas, el tozudo pero cada vez más lejano verdor de la esperanza.

La razón de aquel estado de cosas era evidente, escueta y simple: un grupo de ambiciosos desalmados, que todo lo tenían, pero que querían tener más, sin respeto alguno por nada ni por nadie, sin ideas de redención para el país que los vio nacer y apenas soportados en la estulta prepotencia que da la posesión de un arma de fuego o de un explosivo frente al que no lo tiene, sumergían a la desdichada nación colombiana entre los gritos desgarrados y las lágrimas a torrentes de las viudas y los huérfanos del último carro-bomba o de la más reciente ráfaga homicida. El candidato a la presidencia de la república con mayor opción fue asesinado apenas acababa de subir a la tarima desde donde se dirigiría a sus multitudinarios seguidores y un avión de pasajeros inocentes fue derribado en pleno vuelo, en aquel año de vergüenza, con una facilidad que revelaba, al detective dueño de la capacidad investigativa más obtusa, que detrás de aquel dizque incontrolable caos había necesariamente complicidad oficial. Periódicos de larga tradición volaron en pedazos, en Medellín, en Bogotá, en Bucaramanga, por el solo sacrilegio de ejercer la libre expresión del pensamiento, pues para entonces la opinión ajena solo era libre si coincidía con los intereses de los más desalmados y desafiantes criminales. En medio de aquella zozobra, entre su pareja de amigos iba creciendo, de otro lado, la fuerza cósmica del amor, sentimiento que volvía a demostrar sus inveteradas calidades terapéuticas como el remedio universal más efectivo para enfrentar con éxito la sempiterna y nociva enfermedad de la violencia.

Contrario a lo que parecía ser evidente—una dramática evidencia que los noticiarios se encargaban de refrescar noche tras noche a medida que avanzaba aquel año de zozobra—, don László dejó desconcertados a sus dos postreros amigos cuando, en una de las premonitorias tertulias de aquellos días aciagos, estos concluyeron, ante la atroz violencia desatada, que definitivamente Colombia ahora sí estaba en guerra; de hecho, el Gobierno hacía referencia a ella como la guerra contra el narcotráfico. “Ustedes —dijo, mirando al suelo con sonrisa sarcástica— hablan de la guerra, pero ni siquiera saben qué es eso. No hablen de lo que no conocen. Ustedes no tienen idea de lo que es la guerra. Cuando uno no sabe nada de algo, lo mejor que debe hacer es guardar silencio“.

[Coletilla de lectura:
Inserto 4 de un fragmento del texto escrito por
Orlando Ramírez-Casas –Orcasas–]

Hablando de mujeres en mis correrías, don Orlando, creo que las conocí a todas, a todas, pero no pude repetir con la mulata del Chocó. Por el hedor. Ellas dicen que también  los blancos ofendemos su olfato. Debe ser la diferencia de costumbres en la alimentación: el ajo, la cebolla, el pescado. No sé, tal vez las hormonas de la raza…

Por los días de su traslado a Cúcuta, debía visitar una semana la provincia de Ocaña. A la siguiente la de Pamplona. Los fines de semana estaba en la capital del Departamento. Vivía solitario, en un pequeño cuarto. Solitario es un decir. No le faltaba compañía. Conoció a una señora belga, separada, que se entregó tenazmente al único hombre de los alrededores con quien podía conversar largamente, en francés, de lo que había sentido, lo que estaba sintiendo y lo que quería volver a sentir otra vez y muchas veces.

Fue una suerte, don László. La compañía ideal.

No lo fue. En primer lugar quería que le dijera obsenidades en francés, mientras hacíamos el amor. Mi boca, cuando conversa, lo hace en el idioma que sea; pero, cuando maldice o dice obsenidades, lo hace en húngaro porque, como decimos los magyares: “El húngaro lo inventó el diablo cuando estaba borracho”. Quería ella que nos exhibiéramos frente a su exmarido para hacerle sentir mortificaciones. Mas, lo que me exacerbó, fue su afán desaforado por retenerme. Se volvió posesiva, celosa y exigente de que dedicara todo mi tiempo para ella. En eso, ya no se diferenciaba de las colombianas. Asimiló sus defectos, sin apropiarse de sus virtudes. Se puso intolerable para un hombre como yo, que necesita ser libre.

Dedicarle su tiempo entre semana, no podía. ¿Pero los fines de semana qué?

Sólo al principio pude estar en Cúcuta. Después necesité estar más tiempo en Ocaña.

Conoció en esa provincia a la señora bonita, todavía joven, que pasaba por enfrente del hotel para su trabajo en la Alcaldía, y que resultó ser una amante...

¿Apasionada, don László?

Cómo le dijera, don Orlando... ¿“multiorgásmica”? Algo así.

La colmó de atenciones.

Es sabido, don László, que no hay nadie más atento que marido ajeno.

Los ajenos sí. Pero lo mío de Cúcuta no era un compromiso. Era una aventura y ya estaba más muerta que viva esa amistad. Amistad que ya  iba en camino de convertirse en obsesión, para la dama. Ya no quería sino tenerme allí. Se me volvió urgente sacudirme de ese enredo.

El pequeño apartamento ocañero resultó apenas suficiente para los dos que lo ocupaban con mayor descaro en cada vez. No era motivo de vergüenza, para la mujer. Más bien de orgullo. Gustaba de exhibirse con su conquista extranjera.

Estoy preocupada, László. Mi hija. Dieciocho años. Estudia en Pamplona. ¿Le podrías llevar estas cosillas? ¿Querrías convertirte en su acudiente? Al fin y al cabo eres como un padre, para ella.

No faltaba más. Con todo gusto. Una semana en Ocaña. Otra en Pamplona. Una semana en el pequeño apartamento de la madre. Otra en el cuartico alquilado de la hija. Cuando la madre se dio cuenta, la chica de dieciocho años había enseñado al hombre de cincuenta y uno cuatro cosas que heredó de su madre: el ombligo, naturalmente, pero no uno cualquiera sino uno hondo en donde cabían una copa de vino y muchos sueños. Un lunar como lucero que adornaba su areola izquierda. Un camino de vellos que partía del ombligo y se perdía por allá en qué de selvas paradisiacas. Y una fogosidad que colmaba toda expectativa. Como bola de tenis golpeada por los dos flancos, el hombre llegaba de Ocaña enflaquecido y salía de Pamplona ojeroso. Subía a los buses sintiendo husmear en sus narices el olor de fiera en celo. Habrían podido acabar con él entre las dos. Pero no hay felicidad completa en este mundo, ni hay nada oculto bajo el sol.

Don Orlando, cualquier mujer celosa es una fiera, pero ¡Cómo son de bravas las ocañeras! Pudo matarme. Y a la chica. No me metió a la cárcel por evitar mayor escándalo para la hija y vergüenza para ella.

¿Y usted qué hizo?

Pedir traslado y dejarlas. No es cosa de uno ir arriesgando el pellejo por ahí.

[Fin de la Coletilla de lectura con el inserto 4]


EL EXILIADO [XII]

(Fotografías de este capítulo que, entre otras, pueden verse en el siguiente enlace. 
1. “Íngrid, su hija”. 
2. “Carmen Rosa, su hija”)
3. “Lázsló Majthényi y su tercera esposa doña Ana Silvia Rangel”). 


Barón Cristóbal, esposo de Iliana Blackburn, hermana de Nylse, mi esposa, fue el Marandúa que llegó hasta mi casa a informarme la buena nueva de que había nacido mi hija Alejandra Estefanía.

Quien primero me habló de él, sin embargo, no fue Nylse, como todos creen, sino el músico y profesor de inglés Adolfo Díaz, quien me contaba que había trabajado en una editorial llamada Pime bajo las órdenes de un gerente joven de nombre Cristóbal Majthényi al que todo el personal respetaba, admiraba y quería porque era un hombre serio, exigente, pero humano y justo.

Cristóbal Majthényi me ha honrado siempre con su amistad y yo he procurado, dentro de mis limitaciones, de responderle con la mía.

Baronesa Íngrid vive en México, pero la última vez que habló de Colombia con Nylse y conmigo, alrededor de una mesa de café en Parque Caracolí y bajo la premura del regreso al día siguiente, no pudo evitar que los ojos se le aguaran.

Barón Antonio posee la exótica virtud de ser hospitalario; es capaz de irse a dormir al sofá con tal de que el amigo peregrino llegado de lejos pueda dormir con comodidad. Es uno de esos hombres que, en estos tiempos de turbulencia ética y relatividad moral, pueden enorgullecerse de ser honrados, contundente e inexorablemente honrados, en toda la plenitud del vocablo. Una dura prueba que hace ya algunos años le puso la vida, solo sirvió para que saliera más airoso que nunca y quedaran demostradas hasta la saciedad sus elevadas calidades humanas, su don de gentes y, por supuesto, su condición de colombiano inmaculado, de esos a los que, como yo suelo decir, se les puede soltar sin pestañear no solo la llave de la casa, sino también la clave de la caja fuerte.

A Baronesa Carmen Rosa Majthényi sus parientes y amigos más cercanos terminamos llamándola simplemente Rosita.

Es una de aquellas mamás que no tuvieron hijos, pero que como tías suplieron con creces el mágico don de la maternidad. El mismo don que, en cambio, algunas otras mujeres con hijos no han hecho sino mancillar a través de su conducta reprobable.

En Rosita sí que cobraron vigencia las palabras de Jorge Eliécer Gaitán en su memorable defensa de Jorge Zawadszky:

“No hay madres: únicamente existe la madre. La madre es símbolo, la madre es fuerza universal, la madre no es la limitada arcilla que reduce su existencia en el egoísta círculo de su propio existir. ¡La madre es sentido de la especie, la madre es la unidad trascendente que vive por el amor y para el amor! (…) Para todo puede ser invocado el sentimiento materno, menos para lo que no signifique perdón, amor, bondad. (…) Quien, como yo, no solo ha encontrado el grande amor de una madre, sino motivos especiales en ella para sentir admiración por su vida, no puede pensar menos sino que el corazón materno es piélago de todos los perdones, puerto para todas las tempestades, luz perenne que ilumina todas las tinieblas, bálsamo listo para el consuelo de toda herida, vivero inexhausto de toda consolación, (…). Porque una madre que no es siempre símbolo de perdón, mano lista a levantar al caído, amor discreto y hondo, no es madre, sino la traición misma de la maternidad”

Fue también siempre Rosita una excelente hija. Volcada de lleno en su trabajo, como empleada destacada de la empresa Bavaria, asumió desde muy joven las tareas de quien se pone al frente de un hogar, del hogar de sus padres, si no ancianos sí cada vez menos jóvenes, llevando no solo el pan, sino también la esperanza, hasta lograr que a ella pudieran parafraseársele los versos del inmenso poeta mexicano Amado Nervo:

“¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”.

Aun así, en aquel 1989 del fin final, le sucedió a Rosita un episodio que habría de entristecerla hasta las lágrimas. En efecto, sucedió que la última reina de Hungría, Zita de Borbón-Parma, murió en Zizers, Suiza, el 14 de marzo de ese año. Rosita lo supo porque lo leyó en el periódico y, entonces, pensando en contárselo a su papá guardó el recorte de la página en su cartera. Inexplicablemente, la idea de entregárselo a don László se le enredó en la maraña de sus actividades laborales y en últimas se le olvidó hacerlo. Varios meses después encontró por casualidad el recorte de prensa, ya arrugado y amarillento, y fue cuando abordó a su padre, cada vez más inmerso en su silla, diezmado por la tozudez de sus quebrantos respiratorios. “Papito, toma”, le dijo entregándole el pequeño papel.

Don László reparó en la vieja fotografía y leyó el breve texto. Tuvo que haberlo hecho varias veces, porque no concordó la brevedad de los renglones con los largos minutos que transcurrieron hasta cuando levantó los ojos azules inundados de lágrimas y clavó su mirada humedecida en los ojos de su apenada hija. “Mijita —le dijo—, los hijos deben interesarse por las cosas de sus papás. Has debido informarme de inmediato que había muerto mi reina”.

El subrayado de la palabra “mi” antes del vocablo “reina” fue la última reafirmación desesperada de su condición de noble húngaro despojado de su título y de sus bienes,  y exiliado por siempre en un lejano e ignorado país de América Latina.

Rosita no lloró tanto en ese momento como unas semanas después, frente al féretro de su padre.

Una mañana del agosto siguiente, el barón Majthényi amaneció peor que nunca y, fuera de eso, le informaron que su hermano menor, Esteban, quien también estaba enfermo, se encontraba prácticamente agonizando y era inminente su deceso; le hicieron saber, además, que una ambulancia ya venía en camino a recogerlo para conducirlo a la Clínica Bucaramanga. Entonces, sin inmutarse, atravesó de nuevo la calle, con su andar agachado, su respiración difícil y su mirada triste, e ingresó a la casa de su hijo Cristóbal. Nylse estaba allí.

“Vengo a despedirme”, le dijo tratando en vano de sonreír.

“¿Para dónde se va?”, le preguntó ella.

“A morirme”, le respondió él. Y en seguida le dio la justificación de su partida: “Esteban es menor que yo, Nylse; me acaban de informar que está agonizando y se va a morir. ¡Cómo se les ocurre! ¡Eso no está bien! ¡Eso no es lo correcto!; ¡yo soy mayor que Esteban y, por lo tanto, tengo que morirme primero que él!; ¡después de que yo me muera, ahí sí podrá morirse él!; ¡ese es el orden natural de las cosas!”.

“Deje de hablar así —le reprochó Nylse—. Deje de hablar de la muerte, que usted va a vivir”.

Don László la miró esbozando una sonrisa triste. “No, Nylse —le dijo—; vine a despedirme porque ya no volveré”.

Nylse lo abrazó: “No insista en eso —le dijo—; ya verá que aquí va a regresar para que nos siga contando cosas de Hungría”.

Don László sacudió suavemente la cabeza de lado a lado haciendo un gesto de incredulidad. “De Hungría ya no queda nada que contar”, le dijo.

Entonces hizo un gesto característico con la mano y se marchó de regreso hacia su casa atravesando la calle y con su andar agachado disimulando su estatura. Nylse se quedó mirando hacia su casa.

La ambulancia llegó al lugar sin alardes y se estacionó en reversa frente a la puerta de entrada de la casa. El barón Majthényi alcanzó a ser visto detrás de la camioneta y segundos después subiéndose a ella. El vehículo partió, entonces, hacia la clínica. Tal y como él mismo lo advirtió, el barón Majthényi no habría de volver a su casa del barrio Pan de Azúcar.

Le había dado ya el primer infarto en la clínica cuando su amigo, el médico húngaro Carl Smichdt, ateo irredimible, se lo preguntó cara a cara: “¿Todavía, László, crees que Dios existe?”.

“No, Carl —le contestó el interrogado desde su lecho de enfermo—; yo nunca he creído que Dios existe; es que lo tengo absolutamente comprobado; y porque lo tengo absolutamente comprobado, no creo que exista, es que tengo la absoluta convicción de que existe”.

Los médicos le habían ordenado que se pusiera una pastilla debajo de la lengua con urgencia. Él se negó rotundamente y siguió hablando como si no estuviese ya camino a la muerte, bajo los apremios de un infarto cardiaco y con el corazón dañado y funcionando solo a medias. Tampoco abandonó la punzante sabiduría de sus máximas, ni su coquetería incorregible, ni la cáustica agudeza de sus apuntes. Aprovechando que yo no estaba, llegó a presentar a Nylse ante las enfermeras como su novia.

El sábado 12 de agosto de 1989, Nylse se encontraba en mi casa cuando Cristóbal la llamó por teléfono para contarle que su padre acababa de morir. Subimos ambos a Pan de Azúcar, ingresamos a su casa, en la que ya empezaban a congregarse los parientes y los amigos en torno de la sala silenciosa, y de los perros, los gatos y los pájaros melancólicos.

Desde entonces no he vuelto a verlo, pero tengo la certeza de que anda por los lados de Budapest y del Danubio celebrando con sus compatriotas de siempre la caída del Muro de Berlín, del régimen soviético y del gobierno comunista de Hungría, acontecimientos todos acaecidos en ese mismo año luctuoso de 1989 cuando él decidió morirse antes que su hermano menor e irse a acompañar a su última reina.

[Coletilla de lectura:
Inserto 5 de un fragmento del texto escrito por
Orlando Ramírez-Casas –Orcasas–]

Una vez hizo trámites para nacionalizarse colombiano. Creía llenar los requisitos. Le costó trabajo reunir los documentos que presentó para que le dieran la nacionalidad. No se la dieron. No pudo cumplir con un requisito que le resultó debajo de la mesa. El funcionario encargado no llegaba y tuvo que hacer antesala por varias horas. Pidió permiso a la secretaria para usar el baño que había en el cuarto vecino. Cuando salió, llegó el funcionario. Un jovencito de esos recién desempacados de universidad que, sin rubores ni ambages, le exigió dinero para “agilizar los trámites”. Lo hizo enojar, y desistió de ese propósito pero, dijo, “yo soy más colombiano que muchos. Llevo más años viviendo aquí”…

… Al final de sus días había perdido mucho del vigor, enredado en las volutas del medio millón de cigarrillos que había ingresado a sus pulmones.

A veces me siento atacado por el asma. Pero es un vicio que no voy a dejar y menos desde que me he tenido que pasar a marcas nacionales de tabaco negro, porque el tabaco rubio ya no me sabe a nada. Fumar me viene de familia: Mi hermano fuma un paquete de tabaco por semana, y lo hace con pipa porque así le parece más elegante. Padre fumaba sin descanso sus cigarrillos “Gauloise” llevados de París, y desesperaba si tenía que fumar de otra marca. Madre fuma en el día dos paquetes de “Marlboro” con filtro, y lo hace con pitillo, como si así hiciera menos daño. ¡Pobre mamá! Estoy convencido de que eso la llevará a la tumba.

¿Cuántos años tiene la Baronesa, don László?

¡Noventa y tres!

¿Ha vuelto a verla?

Nos hablamos por teléfono, pero desde hace años no nos vemos, por lo que dice Proust: “Y es que para ella ya había empezado –más pronto de lo que suele llegar– ese gran abandono de la vejez, que está preparándose a morir, que se envuelve en su crisálida, dejación que se puede advertir allá al fin de las vidas que se prolongan mucho, hasta entre amantes que se quisieron profundamente, entre amigos que estuvieron unidos por los más generosos lazos, y que al llegar un año dejan ya de hacer el viaje o la salida necesarios para verse, no se escriben y saben que no volverán a comunicarse en este mundo”. [1] A madre y a mí ya nos cansa cualquier viaje, un recorrido, la menor caminada. Los humos nos ahogan la respiración.

[1. El camino de Swann (En busca del tiempo perdido), de Marcel Proust]. 

Humos a los que su mujer, que no fuma, ha terminado por acostumbrarse por las razones que aduce Proust: “No hay nadie, por muy virtuoso que sea, que por causa de la complejidad de las circunstancias, no pueda llegar algún día a vivir en familiaridad con el vicio que más rigurosamente condena”. [1] Esos humos causaron enfisema en el sistema pulmonar del hijo, pero hicieron caso omiso en el de la madre. Él se asfixiaba las más de sus últimas noches. No lo sabía, pero éstos que vivía eran los últimos días de su vida. Acostumbrado a vivir con sus asmas de fumador, pensaba que el ahogo de la última noche era uno más en la cadena. Ni así pudo dejarlo. En el hospital se quitaba la mascarilla de oxígeno para dar chupadas al pitillo. En medio de esos aterradores ataques que su señora presenciaba impotente. El médico insistía:

Tiene que dejar el cigarrillo, don László, lo está matando.

No me joda, doctor, que dejando de fumar ya no me curo. ¿Y casi en los ochenta años, para qué quiero vivir? ¿Para qué, sin lo que más me gusta? –y paseaba sus ojos de la enfermera a doña Ana Silvia y de doña Ana Silvia a la enfermera.

Pero no puede ser que le guste tanto el cigarrillo al punto de querer matarse con él.

No me refería a eso, doctor. No me refería a eso.

Ya su esposa tenía el rictus amargo de una mujer que liga su vida a un hombre mujeriego, presto para poner sus ojos en lo que no tiene, hasta que lo consigue. Y para no apreciar lo que tiene, hasta que lo pierde. El hombre había perdido la salud, y estaba a punto de perder la vida.

Las cosas de la vida. Tal parece que voy a llegar a los brazos de la muerte tomado de tu mano, Silvia.

No hables bobadas, László, que tú no puedes morir. Vas a recuperarte.

No estés tan segura. Lo único que uno tiene de seguro es la llegada de la muerte.

[Fin de la Coletilla de lectura con el inserto 5]


EL EXILIADO [XIII]


Poema 2, de la autoría de Óscar Humberto Gómez Gómez, en homenaje a László Majthényi:

No es fácil cruzar el mar
con turbulencia en el alma,
haber perdido la calma
y con lágrimas viajar.

Es duro el dolor cargar
sin montura y sin enjalma,
tener que arrancar la palma
para volverla a sembrar.

Es doloroso evocar
el cielo limpio de Hungría,
rememorar la alegría
que no podrá retoñar;

sentir que ya no hay hogar,
que está la alforja vacía,
que aquel Budapest que había
ya no habrá de regresar.

Es duro y triste soñar,
y a su país ver en sueños,
saber que tiene otros dueños
que nunca lo habrán de amar.

Duro y triste es añorar
primaverales efluvios
y aceptar que no hay Danubios
donde se llega a acampar.

Duele el pasado mirar
en viejas fotografías
y ver en ellas los días
que no se han de olvidar.

No es fácil cruzar el mar
y arribar a tierra extraña,
comprar de nuevo la caña
y otra vez ir a pescar.

No es fácil, viejo, llorar
por no poder ver a Hungría,
la tierra que se quería
volver un día a visitar.

Es triste el alma entregar
al Gran Hacedor un día,
lejos, muy lejos de Hungría,
cual la tuvo que entregar.

Empero, es bello contar,
como lo cuento este día,
que al fin se fue László a Hungría
¡¡¡ y allá se piensa quedar !!!

[Coletilla de lectura:
Inserto 6, colofón escrito por
Orlando Ramírez-Casas –Orcasas–]

Fue agradable, para mí, encontrar este escrito del historiador Oscar Humberto Gómez Gómez que en muchos sentidos corrobora mi testimonio sobre un personaje que valía la pena rescatar del desconocimiento, puesto que me aportó datos verídicos para reemplazar aquellos que habían sido recreados por mi imaginación y confirmó algunos de los que me había dado el propio don László. Mis insertos sólo agregaron aquel anecdotario que, como es natural, un hombre se reserva para conversaciones entre amigos y no airea en el seno de la propia familia. Las anécdotas que inserté, fueron escuchadas de su boca en las conversaciones que sostuvimos por esos días. Como sumatoria, me quedan claros estos datos biográficos de él:

El Barón László (Károly Arényipád Ottmar) von Majthényi Tamássy, de la región de Kesseleökeö, nació el 16 de septiembre de 1916 en la ciudad de Lukénye de la entonces Hungría, que es la actual ciudad de Nenince en el país de Eslovaquia.

Sus padres eran el Barón Lázsló Antal von Majthényi de Kesseleökeö y la Baronesa Johanna (Tamássy) von Majthényi de Kesseleökeö.

Sus hermanos fueron un varón, de nombre Esteban, casado con una dama colombiana y fallecido en Bogotá poco después de que falleciera don László; y dos mujeres, una de las cuales se fue a vivir después de la guerra al Canadá y se llevó a vivir con ella a su madre, la Baronesa Johanna, que también falleció después de don László.


Contrajo su primer matrimonio en 1940 en Hungría con la Baronesa Zsofía (Baghy) von Majthényi de Kesseleökeö, fallecida en 1950; y tuvieron tres hijas del matrimonio von Majthényi Baghy que fueron Franciska María, nacida en agosto 23 de 1942; María Margit, nacida en octubre 17 de 1945; y Katalin, nacida en enero 16 de 1948.

Contrajo su segundo matrimonio en 1951 en Hersbruk con la alemana Annemarie Kalytta, nacida en Polonia en 1928. El matrimonio von Majthényi Kalytta tuvo cuatro hijas: Angelika, nacida en 1952; Rita, nacida en 1953; Stefan, nacida en 1954; e Inés, nacida en 1956. 

László viajó en 1956 a América, dejando a su familia en Alemania, y a poco enviudó de su segundo matrimonio.

El Barón estudió Leyes, Idiomas, y Agronomía; pero no ejerció el Derecho. En Colombia trabajó con el Ministerio de Agricultura en los programas de apoyo y fomento a la ganadería.


Don László llegó a Colombia en 1957, y en Moniquirá (Boyacá) conoció a la que había de ser su tercera y última esposa, doña Ana Silvia Rangel, que falleció después de él. Ella aportó al matrimonio sus hijos Ludivia, nacida en septiembre 14 de 1945; Rafael, nacido en marzo 17 de 1948; y Luis Alfredo, nacido a comienzos del año 1951; frutos de un matrimonio anterior. Con doña Ana Silvia don László tuvo a sus hijos Majthényi Rangel, y en vista de que en Colombia no existen los títulos nobiliarios bautizó y registró a sus hijos colombianos con el nombre de Barón o Baronesa antepuestos a sus respectivos segundos nombres, apegado a la nobleza que la Segunda Guerra Mundial le arrebató:

Barón Cristóbal, nacido en agosto 26 de 1960; casado con la Sra. Iliana Blackburn y padre de Silvia Juliana “Sissy” y Angélica Majthényi Blackburn.

Barón Antonio, nacido en mayo 5 de 1962.

Baronesa Carmen Rosa, nacida en agosto 5 de 1963.

Baronesa Íngrid Consuelo, nacida en marzo 28 de 1967.

Javier Kollo, su nieto, es hijo de su hijastra Ludivia y tiene ancestros húngaros por la vía paterna. 

El Barón László von Majthényi Tamássy falleció el 12 de agosto de 1989 en Bucaramanga, Colombia.

EL EXILIADO [FIN]


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