domingo, 10 de septiembre de 2017

221. Tejedora de coronas (la), de Germán Espinosa

LA TEJEDORA DE CORONAS
Germán Espinosa -Novela- 
Edit. Montesinos, Barcelona –España–, 1982. 1ª. Edición, 419 pp.

Este ejemplar, que adquirí en una librería de textos usados, debió tener una suerte más amable y permanecer en poder del hombre al que le fue regalado. Tiene una dedicatoria manuscrita. La letra es legible, pero no femenina. Es la de una mujer profesional, segura, práctica, de inclinaciones intelectuales. Su letra podría pasar por masculina, sin arabescos, ni florituras. Su firma es de mujer. Los hombres solemos poner un garabato que solamente nosotros entendemos, y a veces ni eso. Un garabato. Y además, como dice el bolero, quién sabe “cuantas cosas pasaron… cuantas cosas que el alma no podrá nunca olvidar…” Esto lo deduzco por los dibujos, pues tiene el detalle tan femenino e infantil de dibujar una clave de sol y una muñequita de trenzas, como si la donante fuera una niña que apenas alcanza la pubertad. Quién sabe, porque así dice la dedicatoria que el hombre no quiso dejar en su biblioteca al alcance de muchos ojos, así la mujer no lo tutee y se dirija a él en términos de usted:

Desde hace unos días tenía la idea de dejarle este libro porque creo que va a disfrutarlo mucho, especialmente la última parte; además es una manera de decirle gracias, muchas, usted sabe cuántas. ¡Ah! Y no he olvidado que tenemos un tinto pendiente. Nos vemos”. 

Los amores más dolorosos son aquellos de lo que pudo ser y no fue, como el de Federico Goltar, el personaje de la novela “La tejedora de coronas”, que quizás murió virgen después de haber sido el primer amor de Genoveva Alcocer, y de haber tenido varias veces el caballo en la puerta; pero sin poder entrar, porque así es la vida.

Después de varios intentos fallidos pude por fin abordar la lectura de esta novela, que me parecía densa. Aunque a veces recuerde un poco la manera de contar las cosas de Gabriel García Márquez, la verdad es que la obra está ambientada en la época del barroco, del Rey Sol de Francia (Luis XVI) con Voltaire de por medio, y tras el pretexto de los muchos amores carnales de Genoveva con hombres y mujeres, incluido el amor frustrado ad portas de Federico, y el apenas imaginado incesto con su hermano Cipriano. Nada se le escapó en sus casi cien años de vida, violaciones incluidas y episodios con personas de paso. Tras el pretexto de contar esos amores, digo, se esconde un inventario interminable de personajes franceses del siglo de las Luces al Renacimiento. Es una novela escrita en estilo barroco, extravagante, adornada, artificiosa, petulante, pedante… y agradable, cuando uno logra tomarle el gusto. No es fácil porque, además, requiere de diccionario de español para buscar el significado de palabras rebuscadas que aparecen cada dos renglones; y de diccionarios de francés, inglés y latín para las muchas frases y hasta párrafos que el autor cita, sin traducción. Hace un despliegue de erudición impresionante no sólo de los personajes del barroco francés sino de conocimientos sobre el sitio pirata a Cartagena en el que Blas de Lezo es reemplazado por el gobernador Diego de los Ríos por tratarse de historia novelada o de novela historiada. Muestra el autor erudición en sus conocimientos sobre la masonería, sobre marinería y navegación, sobre guerra y armamentos. Sobre la Colonia. Sobre mitología, astronomía, astrología. Y sobre política, claro. Y sobre amores reverentes e irreverentes. La narradora es una mujer, Genoveva, pero no es una voz femenina la que narra. No, por lo menos, la voz frívola e ingenua que solemos atribuir a las mujeres de ése y de todos los tiempos. No es el caso de esta mujer que habla de esos temas por cuenta de su autor, sin permitirse mostrar debilidad o falta de conocimiento. Apenas ahora, empezando el siglo XXI, sabemos de mujeres que exhiben en muchos casos conocimientos superiores a los de los hombres que las rodean. Cuando logré salir de la maraña que suponían esos detalles, disfruté mucho de la lectura de la novela y se me abrieron interrogantes que con el tiempo tendré que responder sobre personajes y sobre el significado o connotación de muchas palabras. Es una novela a la que tendré que volver en otro momento, y seguramente la voy a disfrutar más que en la primera lectura. Un laberinto, después de que uno logra salir de él, deja de ser un laberinto.

Tiempo después de haberla leído, descubro que muchos estudiosos se han ocupado de ella y han hecho ensayos científicos y rigurosos de aquellos que se clasifican como “epistemológicos”. No fue así la lectura que yo hice, intuitiva, emocional, de lector común y silvestre sin los eruditos bagajes de muchos de sus críticos. Soy un lector término medio; sin conocimientos encumbrados, pero más allá de los parámetros popularizados por Corín Tellado. Porque eso sí es claro: esta novela no fue escrita para los amantes de la novela fácil.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

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