domingo, 27 de mayo de 2018

248. La mona de Blas de Lezo a martillazos contra la historia inglesa del Almirante Vernon

De no haber muerto hace casi trescientos años, el Almirante don Blas de Lezo estaría celebrando su aniversario de bodas el día 5 de mayo. Pero murió, y esta es la historia increíble que le han intentado estafar los escritores de la otra Historia. La otra Historia, porque la Historia verdadera de Cartagena, sin dudarlo, le reconoce sus méritos militares.

En inglés “Hammerhead Shark” es lo que en español se denomina “Pez martillo” o “Tiburón cabeza de martillo”; pero, aparte de tiburón, la palabra “shark” también significa “estafa”; y hoy vamos a hablar de una estafa que ante la Historia Inglesa urdió el Primer Ministro Lord Robert Walpole, durante el reinado de Su Majestad el Rey Jorge II de Inglaterra.

No es una historia inédita, puesto que fue publicada en varios periódicos de Colombia y el mundo, pero sí fue novedoso escucharla de labios del “hombre de la mona”, su propio protagonista; un hombre que veinte minutos antes, en una tarde amenazadora de lluvia, hizo su entrada por el portón principal del Centro Comercial Unicentro de la ciudad de Medellín, y me fue presentado por un mutuo amigo con quien conversaba en una de las mesas del salón. 

De su fluida conversación fueron surgiendo los retazos de este cuento de no te lo puedo creer, y de las circunstancias en que a él le tocó vivirlo. Para recomponer nuestra conversación, es necesario remitirse al momento en que Fanny Pachón Rodríguez y otros activistas antitaurinos apoyaron la campaña política para que Dionisio Vélez Trujillo saliera elegido como alcalde de Cartagena. Lo hicieron esperanzados en la promesa del candidato de no permitir corridas de toros en esa ciudad pero, una vez posesionado, el alcalde la incumplió; y Fanny Pachón, que no se queda en las meras palabras, emprendió en el 2014 una huelga de hambre para presionar el cumplimiento de lo prometido. Luego de trece días de huelga, llegó a un nuevo acuerdo con el alcalde en busca de la protección y la defensa de los derechos de los animales y, para el caso, dejemos ahí el asunto. 

No había finalizado la huelga, y ya estaba pensando en un nuevo enfrentamiento con ese alcalde a raíz de un sonado e histórico exabrupto que, la verdad sea dicha, no fue culpa del funcionario sino de sus asesores de la Corporación Centro Histórico de Cartagena de Indias, encabezados por el exministro Sabas Pretelt de la Vega, que propusieron fuera puesta una placa de mármol frente al Castillo de San Felipe de Barajas, a un lado de la estatua de don Blas de Lezo, en atención a la visita del Príncipe Carlos de Inglaterra y su esposa Camila Parker, Duquesa de Cornualles, a la ciudad. Esa placa desató un escándalo que Fanny estaba dispuesta a demoler a golpes de almadana o mazo, la pesada herramienta que los cartageneros denominan “mona”. 

Llegado el momento, no fue ella la encargada de echar por tierra el despropósito propiciado por la alcaldía, porque “Antonio Navarro Wolff había anunciado que vendría a demolerla él mismo, y hubiera sido otra vergüenza para la ciudad que tuviera que venir un pastuso a echar por tierra ese adefesio cartagenero”, según dijo el ingeniero Jaime Rendón Márquez.

El ingeniero Rendón es un corpulento paisa nacido en febrero de 1945, que se graduó como ingeniero electricista de la Universidad Pontificia Bolivariana a comienzos de los años setenta, y la vida laboral lo llevó a Cartagena a cumplir compromisos. Allá se quedó. Cuarenta y cinco años lleva de vivir en esa ciudad donde se fue ganando un espacio social y laboral que lo ha hecho cambiar de acento (ya no se le nota el paisa), vestir de guayabera (ya no se le nota el cachaco), y codearse con la exclusiva élite cartagenera para la que frecuentemente es una piedra en el zapato por las campañas cívicas que emprende contra la corrupción y los malos manejos de la clase política. 

Entre sus logros está el haber puesto en práctica la iluminación de las murallas y del Castillo de San Felipe, obteniendo el patrocinio de la multinacional Phillips que donó las luminarias requeridas. Sacó adelante la campaña de sustituir el alumbrado público por bombillas ahorradoras de energía, y echó por tierra el propósito que tenía el gobierno nacional cuando por la crisis energética el gobierno de César Gaviria iba a adquirir una cantidad de barcazas generadoras de energía que valían una millonada en dólares de esa época. Las barcazas ya habían sido contratadas con una empresa norteamericana, pero el gobierno tuvo que echar para atrás esa negociación por causa de estas denuncias de que las tales barcazas serían unos costosos elefantes blancos. Tantos enemigos se ganó con la frustración de ese negocio, por parte de los denominados intereses creados, que llegó hasta a temer por su vida en la virulenta controversia. Los estudios y análisis para adquirir solvencia argumental lo convirtieron en una reconocida autoridad del campo energético, que en el gobierno de Ernesto Samper ameritaron que fuera nombrado representante de Colombia ante la Olade (Organización Latino Americana de Energía) en Quito. Su pinta de elegante clubman cartagenero, no le ha impedido convertirse en abogado de causas controversiales, en contravía de los intereses políticos y de las maquinarias de corruptela que pululan por todos lados. Otra de sus batallas ha sido la lucha para erradicar las antenas de teléfonos celulares y otros aparatos emisores de radiaciones eléctricas de la cercanía de hospitales, centros de trabajo, y viviendas “Es decir, de la cercanía de los seres humanos, porque está demostrado que esas radiaciones son cancerígenas”.

Visitando a su amiga Fanny Pachón, durante la huelga de hambre, se enteró de la placa de mármol que ella quería demoler a martillazos y ya había sido develada por el alcalde de la ciudad con la presencia del Príncipe Carlos y de sus respectivas esposas. Allá se fue el ingeniero a mirar y ¿Con qué se encuentra?


Alcalde Dionisio Vélez Trujillo, y su esposa; con el Príncipe Carlos de Inglatera, 
y Camila Parker la Duquesa de Cornualles

“Era un día temprano en la mañana, cuando guardé el carro en un parqueadero y me fui a pie hacia el monumento a Blas de Lezo. El lugar estaba solo, con el monumento y la placa a cercanía de unos diez metros. Leí la placa develada por el Príncipe y la cara se me encendió de indignación. Lo que allí había era una tergiversación completa de la Historia. Al lado de la imagen de Blas de Lezo, el vencedor, se le estaba haciendo aparecer como derrotado en la última batalla de su vida”.

El ingeniero Rendón fue donde un albañil que trabajaba en una obra cercana, y pidió en préstamo la mona con la que se disponía a cumplir su propósito. De regreso al lugar, almadana en mano, emprendió cuarenta mazazos que consiguieron romper la estructura y convertirla en mil pedazos, antes de que hiciera su aparición la policía para detenerlo y llevarlo a una comisaría, en medio de las protestas de los curiosos que se habían aglomerado y convertido en testigos de la acción. “El alcalde había anunciado que la iba a demoler, pero no la demolía. Se requería de un hecho contundente, y yo lo produje usando mi propia mona”.

Jaime Rendón, mona en mano, fotografiado por Jorge Puerta del periódico 
El Universal de Cartagena.

Dice el ingeniero que: 

“Lo que resultó más curioso para mí fue que cuando iba a empezar a martillar pensé que era necesario que alguien registrara los hechos con la máquina de fotografiar, pero no había nadie por los alrededores. En esas, como por arte de magia, salió desde atrás de la estatua de don Blas un hombre de sombrero, manco y cojo, que accedió a tomarme las fotografías accionando el obturador con la punta de su muñón. Sólo le faltaba ser tuerto para parecerse al defensor de las murallas. Era un hombre que venía de Panamá, que había llegado esa mañana y saldría de la ciudad el mismo día, y que resultó saber mucho de la historia del Almirante Vernon y de lo que le había hecho tanto a su ciudad panameña de Portobelo, como a nuestra ciudad de Cartagena”.

Terminando de destruir la placa, dio las gracias al improvisado fotógrafo que le devolvió la cámara, pero él respondió: “Gracias a usted, por defender la dignidad de la ciudad, y  por ayudar a rescatar la verdadera historia de don Blas de Lezo”. El ingeniero se vio enfrascado, entonces, en el zafarrancho con los policías; y el visitante desapareció sin haber dado oportunidad de anotar su nombre u otros datos, quedando en el anonimato. “No sabría decirlo, pero mis amigos, con todo lo incrédulos que son, me hacen bromas diciendo que ese fotógrafo era el mismo espíritu de Blas de Lezo que vino desde ultratumba buscando una reinvindicación. Muchos no creen tal cosa, pero ellos me han puesto a dudar”. El concejal César Pión González se hizo presente para abogar y le dijo a Rendón: “No se preocupe, que estoy con usted. Si hay que pagar multa o daños, o poner abogado, ¡Yo pago!”. La noticia se divulgó en periódicos como el Universal de Cartagena y El Heraldo de Barranquilla; El Tiempo y El Espectador, de Bogotá; ABC, El País, y El Mundo, de España; el New York Times, de los Estados Unidos; y hasta la sección hispana de la BBC de Londres. La Asociación Cultural Blas de Lezo de Madrid, España, lo nombró miembro honorario por defender la memoria del hombre que “infligió a Inglaterra la derrota más grande de su historia”. 

Don Blas de Lezo nació el 3 de febrero de 1689 y se hizo soldado a los doce años, siendo casi un niño. En 1704, a los 15 años, perdió la pierna izquierda en una batalla; en 1707, tres años después, perdió el ojo izquierdo en otra batalla; y a los 26 años, en 1715, perdió el antebrazo derecho en otra batalla. A los 36 años, el 5 de mayo de 1725, este medio hombre que ya era manco, tuerto, y cojo, contrajo matrimonio en Lima con doña Josefa Pacheco de Bustos y Solís, una mujer veinte años más joven que él y de buena posición social. Los casó el Arzobispo de Lima, que había sido Virrey del Perú, Fray Diego Morcillo y Rubio de Auñón. Tenía 52 años cuando dejó viuda a doña Josefa, y siete huérfanos. No es pobre balance para un hombre de aparente situación desventajosa, que había sabido ganarse un lugar en el mundo gracias a su valor y arrojo militares, de los que su acción durante el asedio de Cartagena fue apenas una entre las muchas batallas que libró en la vida.

El asedio de Cartagena se produjo de marzo a mayo de 1741 cuando el almirante inglés Sir Edward Vernon, al mando de una flota que disponía de 23.600 combatientes, 186 navíos, y 2.000 cañones; se acercó a la bahía que contaba para su defensa con 3.600 hombres, 6 navíos de guerra, y unas formidables fortificaciones, al mando del almirante español don Blas de Lezo. Podría reproducir la historia tantas veces repetida, pero es mejor leerla en la incomparable pluma de don Juan Gossaín Abdala que escribió para el periódico El Tiempo.com la “Leyenda de Blas de Lezo, el medio hombre que salvó a Cartagena”:


Dice Gossaín que después de dos meses de asedio a Cartagena:

“En mayo, los asaltantes ingleses voltearon popas y se fueron derrotados. Don Blas estaba al frente de la nave capitana, en primera fila, como siempre, poniendo el pecho. ¿A que no se imaginan ustedes a quién le pegó el último cañonazo inglés en la pierna buena que le quedaba?”. Pues… ¡A don Blas de Lezo!, un medio hombre que “no pudo disfrutar de su victoria porque cuatro meses después, en septiembre, murió a causa de la gangrena que le produjo aquel último cañonazo”. 

Movido por las circunstancias, el Virrey Sebastián de Eslava luchó parejo con de Lezo contra los ingleses, pero manteniendo con él un permanente enfrentamiento porque lo odiaba al punto de solicitar ante la Corona un castigo para este subordinado suyo, castigo que obtuvo para él en el mes de octubre de 1741, a menos de un mes de encontrarse sepulto el cadáver de don Blas en un lugar desconocido, y sin haber recibido los merecidos honores por su heroica lucha. Las lesiones en el cuerpo y en el alma persiguieron al almirante de Lezo más allá de la tumba.

Sir Edward Vernon, el almirante derrotado, era primo de Su Majestad el Rey Jorge II de Inglaterra y, seguro de su victoria ante la misérrima oposición prevista por el lado de los españoles, había enviado un parte de victoria que llevó a ese Imperio a acuñar monedas triunfalistas con la efigie de Lezo arrodillado ante Vernon. 

Según el historiador Francisco Hernando Muñoz Atuesta, autor del libro “Diarios de ofensa y defensa”: 

“Tradicionalmente se afirma que el Rey Jorge II prohibió que se escribiera sobre el fracaso de su Armada  en Cartagena de Indias, lo cual es absolutamente falso, como lo comprueban los escritos ingleses que van en mi obra, algunos de los cuales fueron publicados en Londres en 1743. Lo que realmente ocurrió fue que el primer ministro inglés sir Robert Walpole, trató por su propia conveniencia política que ese fracaso no se difundiera, lo que logró parcialmente en aquella época”.

Cuando llegó la noticia de la humillante derrota inglesa, la reacción del ministro no pudo ser más contraevidente. Dio orden de seguir adelante con los festejos de celebración victoriosa, y de un sablazo secuestró la Historia ¡Cambiando el relato de los hechos! 

Dice Wikipedia que: 

“Los ingleses, que contaban con la victoria, se habían precipitado a acuñar monedas y medallas para celebrarla. Dichas medallas decían en su anverso: «Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741», la una; y la otra «El orgullo español humillado por Vernon»…”

Medalla de Vernon triunfante y Blas de Lezo arrodillado

Para los ingleses y anglosajones de todos los pelambres, hasta el día de hoy, Vernon fue el vencedor en esa batalla, Blas de Lezo el perdedor, los ingleses unos luchadores, y los españoles unos míseros piratas. 


Caricatura del pirata

Tanto es así, que los anglodibujantes convirtieron en símbolo pirata la imagen de un hombre tuerto, manco, y cojo. Sólo Dios sabe por qué no se les ocurrió, en vez de Capitán Garfio, denominarlo Capitán don Blas de Lezo; que en esa imagen estaba que ni pintado, y su historia completamente tergiversada.

Dice Juan Gossaín en su artículo que: 

“Hace como cuarenta años vino a Cartagena, en una amable visita, el embajador de Gran Bretaña en Bogotá. Quería conocer la ciudad en que un lisiado incomparable destrozó la orgullosa flota del imperio inglés. El gran historiador y poeta Donaldo Bosa Herazo le sirvió de guía. Contaba Donaldo que cuando llegaron al frente del castillo de San Felipe de Barajas, que fue donde remataron a los invasores, el embajador, señalando la estatua de don Blas, le dijo: “Por culpa de ese hombre, América Latina no habla inglés”.

Siendo tal la situación histórica suficientemente conocida en Colombia, e ignorada en el resto del mundo, se produce en octubre del año de 2014 la visita del Príncipe Carlos a la ciudad, y se devela la malhadada placa corroborando la tergiversación de los hechos. 


Según el periódico El Heraldo, de Barranquilla: 

“La placa, que fue realizada en mármol con adornos en bronce y con una base de metro y medio en piedra coralina, dice textualmente: 

“En memoria al valor y sufrimiento de todos los que murieron en combate intentado tomar la ciudad y el Fuerte de San Felipe, bajo el mando del almirante Edward Vernon en Cartagena de Indias en 1741”.

Allí no hay dudas. Se homenajea a los que murieron intentando tomar la ciudad, y no a los que murieron defendiéndola. Como bien lo dice el exgobernador del Departamento de Bolívar Juan Carlos Gossaín Rognini, pariente del periodista, “Poner una placa en honor a los ingleses es como si un banco pusiera una placa en honor a los ladrones que se lo robaron. Lo que vino Vernon fue a robar, a saquear a Cartagena, pero no pudo”. No pudo, porque don Blas de Lezo no lo dejó.

La idea de la placa partió de la Corporación Centro Histórico de Cartagena de Indias, y fue liderada por su miembro activo el exministro Sabas Pretelt de la Vega. Un artículo de El Tiempo cita esta declaración suya y agrega que el argumento esgrimido por él no convenció:

“Sin embargo Sabas Pretelt de la Vega ha salido a defender su idea de la placa en homenaje a los ingleses y asegura que: “Esto es un hecho histórico, aquí no solo estamos homenajeando a los ingleses caídos, estamos homenajeando a los cartageneros que también perdieron su vida ahí, la placa lo dice claro, se habla de todos los que perdieron la vida… Añadió que con este hecho histórico se está estimulando que más cruceros ingleses visiten Cartagena para conocer el lugar donde cayeron sus compatriotas. “Aquí no hay ninguna polémica, esto es el resultado de la gente que no conoce la Historia y que malinterpretó el sentido de la placa”, puntualizó”.

Según él, los que desconocen la Historia son los opositores de la placa, y no los académicos que redactaron el texto ni el alcalde que lo aprobó sin cuestionar su veracidad. Eso equivale a retorcer los verdaderos hechos, hechos que salieron a la luz para los asombrados ingleses gracias a las generalizadas protestas y a la implacable “mona” del ingeniero Jaime Rendón Márquez. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

domingo, 13 de mayo de 2018

247. Tobón (el) de Medellín; un cerro vistoso, de nombre casi desconocido

Sentado en el balcón del estadero El Zarzal, contiguo al antiguo estadero El Peñasco, miradores cercanos al Alto de Las Palmas en el oriente de Medellín; la fría y lluviosa tarde mostraba el Valle de Aburrá cubierto de neblina. Un par de horas después el sol hizo su aparición, la neblina se disipó, y la silueta de las montañas occidentales se recortó contra el límpido azul del cielo. Para mis intereses del momento, vi imponente el Boquerón de San Cristóbal, enmarcado por el Cerro del Padre Amaya de un lado; y del otro por la Cuchilla de las Baldías con las antenas del Alto del Boquerón, un lugar que en 1954 cuando se instaló la primera antena de repetición de la televisora nacional en la región era denominado Cerro Azul. Cuatro años más tarde, en 1958, la antena fue trasladada al Cerro del Padre Amaya por considerarlo de mejor ubicación.

Al calor de un café tinto tomado a las cinco y media de la mañana en la cafetería contigua a la iglesia del barrio La América en Medellín, me dijo un octogenario amigo que “cuando éramos niños nos llevaban de caminada escolar al Cerro Tobón”. 

No sabía yo que existiera ese cerro, y como empezaba a clarear el día él me hizo salir a la calle San Juan y me mostró al fondo de la montaña el cerro aludido. “Ese cerro sí lo he visto muchísimas veces, pero no sabía que se llamara así”, le dije. 

Puesto en averiguaciones, fue el ingeniero geólogo Eduardo Parra Palacio el que me sacó de una gran confusión que se me había formado en la cabeza con los nombres de los cerros que forman la silueta montañosa en el occidente de la ciudad, vista en el recorrido por la calle San Juan desde el río Medellín.

Estos tres cerros mencionados llaman especialmente mi atención. De una parte, un cerro a la izquierda con forma, digamos, triangular. Y, de la otra, otros dos cerros retirados de éste, que se ven más juntos y me recuerdan el símbolo matemático de la raíz cuadrada:

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Al Cerro del Moral en el occidente del barrio San Javier de Medellín, un cerro que cambió de nombre gracias a su trágica historia, me referí en crónica insertada en el blog Postigo de Orcasas. Ahora se llama Cerro del Padre Amaya:


El cerro vecino al Padre Amaya, a la derecha de éste, visto desde el barrio La América, da inicio a una cuchilla en forma de trapecio con la base más ancha que la cima, y lleva el nombre de Alto del Boquerón de San Cristóbal. Los separa una depresión en V formada por las respectivas laderas. Esa depresión o abra entre montañas se denomina boquerón. Ambos cerros están coronados de antenas repetidoras de las emisoras de radio y televisión. El de la izquierda, o sea el del Padre Amaya, remata en morro o punta triangular. La cuchilla o cima alargada se inicia con el Alto del Boquerón en el lado sur, se extiende hacia el norte, y se denomina Cuchilla de las Baldías.

Alto del Boquerón:


Fotografía publicada en Wikipedia de Internet, tomada desde el Cerro de las Tres Cruces o Morro Pelón en el suroccidente de la ciudad, en ella puede apreciarse un primer plano con edificios construidos en La Loma de los Bernal y terrenos con vegetación de color verde, por la cercanía. En un segundo plano, al fondo, en el primer octavo de la fotografía dividida en ocho partes, con vegetación de color azul por la lejanía, se aprecia en la esquina superior izquierda un vértice o depresión en V flanqueado a mano izquierda por el Cerro del Padre Amaya, y a la derecha por el Alto del Boquerón con su silueta trapezoidal. A esta distancia no se aprecian en la fotografía las características antenas repetidoras de emisoras radiales y canales de la televisión. A mano izquierda, por fuera de la fotografía, está el Cerro Tobón.

El Cerro Tobón, según el geólogo Sebastián Kilby, al estar situado en cercanía del nacimiento de la quebrada Ana Díaz hace parte de lo que el geólogo Gerardo Botero Arango en 1963 denominó Stock o Batolito de Altavista: 

“…Un cuerpo intrusivo de composición diorítica monzodiorítica con facies aplíticas en los bordes y que aflora al occidente de Medellín en las quebradas Doña María, La Picacha, Ana Díaz, La Lejía, y San Francisco”. 

Al decir de Gerardo Botero Arango y otros, el territorio anclado sobre esta placa comprende los barrios de Belén y La América, pues esta tierra se asienta sobre la gran roca volcánica descrita por estos geólogos, una placa pétrea con área equivalente a un cuadrado de 9 km. de lado, situada “entre el Barcino del valle de la quebrada doña María y el barrio de Belén”. Esta placa es “una inmensa roca ígnea intrusiva de material de cuarzodiorita tipo boquerón, de aproximadamente 83 km2, formada hace millones de años en la edad eoterciaria del período cretácico”.

En el mapa orográfico del Valle de Aburrá se encuentran los nombres de El Romeral, La Romera, La Romerala, y La Romedala; nombres parecidos, pero distintos. La Romedala es la misma Romerala, y tiene que ver con el Cerro Tobón situado a la izquierda del Cerro del Padre Amaya, en cercanías del Cerro del Corazón en el sector de Belencito en La América. Desde la iglesia de La América puede verse su morro o cima en punta detrás del Convento de la Madre Laura.

Cerro El Tobón

El Tobón aparece en fotografías antiguas de Medellín, al centroccidente de la ciudad; y, a pesar de las muchas edificaciones de altura que cambian el paisaje, aún puede verse desde algunos lugares del recorrido por la calle San Juan hacia los barrios de La América y San Javier. Pocos saben su nombre, pero los habitantes que superan las siete u ocho décadas lo recuerdan como un lugar donde eran llevados de caminata en los paseos escolares de la época “cuando estos alrededores todavía eran mangas”. Algunos otros recuerdan sus paseos a ese lugar “pero yo no sabía que tuviera ese nombre”; un nombre que nadie sabe decir por quién o a qué se debe. “Debió ser algún señor o alguna familia de ese apellido”, se atreven a especular, pero nadie sabe decirlo con certeza. 

Dice el diccionario que “tobo” es un: “Recipiente de forma aproximadamente cilíndrica, un poco más ancho en la boca que en el fondo, y con un asa en el borde superior para poder agarrarlo. Sinónimos: balde, cubo, tina, cantina”; de donde se deduce, aplicando la lógica, que “tobón” es un tobo de gran tamaño. Esto es cierto… pero no tiene nada que ver con un apellido del que los genealogistas han establecido que “Es de procedencia irlandesa. El primer lugar adonde emigró fue al Condado de Devonshire en Inglaterra. Se originó con el nombre de Saint Aurbyn, gradualmente se transformó en Torbyn, después en Tobyn, y finalmente se españolizó en Tobón”.

Cerro Tobón en segundo plano al fondo, en el centro izquierda de la fotografía; en el centro derecha, el Cerro del Padre Amaya; y en el borde derecho de la misma, el Alto del Boquerón. En primer plano se observa el Cerro del Volador, con la quebrada la Iguaná bordeando su costado sur

El Cerro Tobón está en cercanías de la ruta de Belén Aguas Frías hacia San Antonio de Prado, por un lado; o de Aguas Frías hacia San Cristóbal, por el otro. Detrás de éste, hay un cerro que no se ve desde la ciudad, llamado El Picacho y apodado por algunos El Picachito–que no hay que confundir con el cerro tutelar del mismo nombre en el noroccidente–; y detrás está uno más alto, que es el Cerro del Astillero, donde nace la quebrada Ana Díaz. Muy cerca tuvo su finca de Aguas Frías el narcotraficante Pablo Escobar, que la utilizó como uno de los refugios o escondites para ocultarse de las autoridades y donde, dicen estas, estuvo a punto de ser capturado “por interceptación triangulada de sus comunicaciones celulares”. Dicen que la casa donde él vivió fue regalada por él al padre Rafael García Herreros. 

En el Tobón y en el Astillero nacen dos quebradas o riachuelos, que luego se juntan en uno solo, y son la Romerala (o Romedala) y la Ana Díaz. En el lugar de conjunción estuvo el primer tanque de acueducto de la vereda Corazón, de Belencito, que luego fue demolido y reemplazado por otros dos construidos un poco más abajo. 

Aunque la quebrada Ana Díaz es la más larga en su trayecto por el suroccidente de la ciudad, antes de desembocar en la quebrada La Hueso a la altura del Velódromo Municipal Martín Emilio Cochise Rodríguez, los afluentes que le tributan son de corto recorrido: La Romedala, Quebradita, El Zanjón de La América, Betania, Belencito, La Guapante, y Los Sapos. 

Según los registros de Internet, “Sólo hay un lugar en el mundo denominado Cerro El Tobón, y es un volcán inactivo de 1800 metros de altura en el municipio de San Pedro Pinula, departamento de Jalapa, en el oriente de Guatemala”. 

El Tobón de Medellín, para los registros de Internet, no existe.

En cuanto a Colombia se refiere, el Tobón sólo aparece someramente mencionado en rutas de recorrido reportadas por los practicantes del deporte del senderismo. El Instituto de Deportes y Recreación de Medellín (Inder) programó una actividad que aparece así indicada en el blog La Vitrina Deportiva, bajo el título “Esta será la oferta del Inder de Medellín en Semana Santa”:


“Sábado 8 de abril de 2017: caminata de aproximadamente ocho kilómetros a la Vereda El Patio en San Cristóbal, con salida a las 7:30 am. desde el parque principal de este corregimiento… Domingo 9 de abril de 2017: serán trece kilómetros de recorrido al Cerro Tobón y Piedra Galán del Cerro Corazón, con salida en la terminal de buses Tax Maya San Cristóbal, y llegada al Alto del Corazón en la Comuna 13…”.

Hay en el occidente de la ciudad un promontorio denominado Piedra Galán, que se enfrenta a otro denominado Piedra Galana en el oriente. Son dos lugares que hacen parte de los referentes cosmogónicos de los indígenas, en alineación con la salida y el ocaso del Padre Sol. Piedra Galán queda en vecindades del Cerro Tobón.

Un ciclista de montaña (mountain Bike) que se identifica como Luces5 publicó en Wikiloc.com una fotografía aérea con una banderita verde que señala el cerro El Tobón (el Instituto Agustín Codazzi reporta 2241 metros de altura por geo referenciación de Google Earth) y da algunos datos sobre ese recorrido desde el Centro Comercial Los Molinos por la vereda Aguas Frías del sector de Belén en Medellín:

Cerro Tobón-Aguas Frías


Por su parte el senderista identificado como Amon1504 publica en Wikiloc la reseña de una caminata desde Aguas Frías hasta San Cristóbal, ilustrada con una imagen satelital en la que ha marcado con banderines varios hitos. Llama la atención una explanada que se denomina Mazo-Guarne, nombres que coinciden con una ruta en el otro extremo de la ciudad, la que conduce del corregimiento de Mazo, o Santa Elena, al municipio de Guarne. Este hito occidental es, pues, al igual que El Picacho, un homónimo. En su recorrido el senderista pasó por las veredas La Palma, El Patio, y La Culebra, al occidente de la Comuna de San Javier en Medellín. Dice Amon1504 que:


“Esta es una caminata programada por el Instituto de Deportes y Recreación (Inder) de Medellín. En el punto DI1 debe tomarse un camino apenas visible hacia la izquierda. Nosotros seguimos el camino grande y tuvimos que devolvernos. Transcripción del texto del plegable suministrado por el Inder… `Esta caminata nos lleva por la cuchilla de Montañuela y sus cerros Aguas Frías, Piedra Galán, y El Tobón, ubicados en el suroccidente de Medellín, con alturas entre los 1.900 y 2.600 metros sobre el nivel del mar. El Tobón conserva grandes reductos de bosque nativo premontano, que conforman majestuosas esponjas receptoras de nubes y vientos que distribuyen humedad y aguas a varias microcuencas tributarias del río Medellín, por la ladera oriental del cerro, entre las que están las quebradas La Hueso, Ana Díaz, La Picacha, la Aguas Frías; además de las que tributan por la ladera occidental hacia San Antonio de Prado como la quebrada Astillero que generó el nombre de la reserva objetivo de nuestra observación. El cerro de Aguas Frías, la Piedra Galán de occidente (monumento megalítico que se mira con la Piedra Galana de oriente), y el cerro El Tobón, son otros altares sagrados de los Aburraes para adorar al sol naciente y al poniente. Estos sitios son centro de un universo cuya propiedad hasta no hace mucho estuvo en poder de particulares y ahora la alcaldía de Medellín, Corantioquia, y el Área Metropolitana, han obtenido el dominio territorial para avanzar en la frontera de reservas ambientales. El Astillero, donde nacen varias aguas tributarias de la quebrada Doña María, también está siendo objeto de protección para garantizarnos a las actuales y futuras comunidades una diversidad ambiental. Recorrer estos santuarios de biodiversidad, divisando el valle y valorando la gran variedad de flora y fauna que albergan, es una oportunidad que vale la pena aprovechar, respetando y dejando allí todo lo que existe en esta zona de vida…”.

El senderista Ricardo Mejía hizo el recorrido desde Medellín hasta San Antonio de Prado, con estos puntos de referencia:


“Colegio Padre Manyanet - Cerro de las Tres Cruces - Filo - Las tres cimas de El Tobón - descenso hasta Truchera El Paraíso - Carretera pavimentada hasta San Antonio de Prado. En el descenso se encuentra una pinera muy hermosa”.

Ruta de Aguas Frías a San Cristóbal:


Allí se habla de las tres cimas del Tobón en San Javier, pero no sé si se refiera a las que están constituidas por El Tobón, propiamente dicho; por El Picacho, que está detrás y era apodado de la Virgen por una imagen que había allí hasta que alguno, que no era amante de las vírgenes, resolvió echarla a rodar falda abajo; y por El Astillero, más hacia Belén Aguas Frías; puesto que también puede referirse a las cimas de Aguas Frías, Piedra Galán, y El Tobón propiamente dicho que mencionó Amon1504 en su recorrido. En ese sector, muy cerca de la zona urbana, está el Cerro Corazón, de Belencito; que es otro promontorio orográfico.

En el municipio de Sabaneta, al suroriente de Medellín, por la vía de la quebrada La Doctora, se llega a un parque ecológico o reserva natural de la que hace parte el Alto de San Miguel, donde nace el río Medellín, columna vertebral del Valle de Aburrá. Es la reserva de La Romera, con 240 hectáreas y 2650 metros de altura, y también nace en ella la quebrada La Romera del municipio de Caldas.

En el suroeste del Valle de Aburrá hay otro parque ecológico o reserva natural denominado El Romeral, lugar distinto pero con nombre similar. Tiene éste 5171 hectáreas y 2960 metros en su máxima altura, y de él hacen parte terrenos pertenecientes a los municipios de Caldas, Amagá, La Estrella, Angelópolis, y Heliconia. Hace parte de un área protegida por las autoridades medioambientales, que incluye las cuchillas o filos montañosos de El Romeral, Las Baldías, y Cerro del Padre Amaya. En este sector se ubica el Cerro El Tobón, con los de El Astillero y El Picacho (sur). En El Astillero nace la quebrada Ana Díaz.

Esta área es un lugar preferido por grupos de caminantes o senderistas, pero se les advierte que deben ser cuidadosos porque ya se han presentado percances como el de unas personas que el 8 de febrero de 2017: 

“Cuando realizaban una caminata entre Altavista y el corregimiento San Antonio de Prado, cuatro adultos mayores se extraviaron en el cerro Alto de El Tobón, pero luego lograron llegar, a las 7:00 pm. del mismo día, a la estación de Policía de San Cristóbal”.


De haber quedado perdidos en el monte, hubiera sido motivo para poner el Cerro Tobón en el mapa de las noticias periodísticas, como sucedió con una falda de la vereda Normandía en el municipio de El Retiro el domingo 6 de septiembre de 2009, cuando el sacerdote caminante Padre Gustavo “Calixto” Vélez Vásquez, autor de la columna “Tejas Arriba” del periódico El Colombiano, murió al rodar por esa falda mientras practicaba senderismo en solitario, lo que obligó a los senderistas a tomar conciencia de que deben andar en grupos de tres personas para que si alguno se accidenta otro pueda cuidarlo, mientras el tercero va a buscar ayuda de los organismos de socorro.

A muchas personas tengo que agradecer las informaciones sobre estos cerros; algunas de ellas contradictorias, lo que me obligaba a seguir preguntando; y eso me permitió escribir este texto con una mejor idea al respecto. O, no digamos que mejor idea, sino una idea. Antes no la tenía. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 8 de abril de 2018

246. Yeico, el perro que murió dos veces

PREÁMBULO

Mediaba el mes de diciembre del año 2008 cuando me pareció que era de elemental cortesía buscar al profesor Jairo Morales Henao en su oficina del mezzanine del segundo piso, al fondo de la Torre de la Memoria de la Biblioteca Pública Piloto. La Sala Antioquia era su sacro refugio donde se aislaba a concentrarse en sus tareas, dando instrucciones de no ser molestado; o donde accedía en el momento oportuno a recibir a los visitantes. 

Lo busqué por dos razones: La primera, para desearle una feliz navidad y darle las gracias por el año que terminaba como coordinador al frente del Taller de Escritura Literaria en el que había sido antecedido por el escritor Manuel Mejía Vallejo. El espíritu de don Manuel pareciera vagar aún por esos corredores que yo acababa de trasponer, y sus pasos parecieran traquear como traquearon los míos al subir por la escalera de madera. Era el cuarto año transcurrido por mí en ese taller, y eso me lleva a la segunda razón:

Anunciar al profesor Morales que para el año siguiente yo no estaría más en su taller. Me preguntó mis razones y le dije que yo no quería ser un eterno tallerista, y que consideraba que había llegado el momento de pasar a otra cosa. “Tengo claro que yo no voy a ser un nuevo García Márquez, ni me voy a convertir en un segundo William Faulkner. Lo que quería aprender, ya lo aprendí”. Él se sonrió, y aceptó mi decisión sin tratar de disuadirme. Estaba de acuerdo conmigo.

García Márquez me apabulla. Frecuentemente me encuentro queriendo contar algún suceder de mi vida, o algo que llega a mi conocimiento, y resulta que él ya lo ha contado y lo ha hecho de una manera mucho mejor que la mía. Eso desanima cualquier pretensión. Sucedió en Cien Años de Soledad con José Arcadio Buendía y su masculinidad inverosímil. Era igual a la del Manecoco en el café La Serranía que conocí en los días de mi niñez, pero yo no hubiera podido contarlo mejor. Y sucedió en Vivir para Contarla con la vez en que Gabo tuvo que volarse desnudo por el solar de la casa de una amante ante la intempestiva llegada del marido. A mí me había pasado por los días en que estrenaba mi cédula de ciudadanía en una casa de citas detrás del Cementerio de San Pedro. Tal cual. Tuve que cargar la ropa en brazos para vestirme en un callejón resguardado de la vista de los difuntos por una pared de aspecto tenebroso a esas horas de la madrugada.

En fin. Ha vuelto a sucederme. O algo así. En Doce Cuentos Peregrinos el sexto se titula “Espantos de Agosto”. Claro que en el caso de ese cuento –que él cuenta como si fuera una anécdota… y tal vez lo fuera–, García Márquez habla de un hombre que murió destrozado por sus perros y cuyo espíritu aún vaga por los corredores de su castillo. Y lo que yo cuento no me sucedió a mí sino a otra persona, pero como me lo contaron se los voy a contar. Lo haré, pero no ahora sino otro día cuando tenga la historia completa.

Sólo les adelanto que hace un par de días estuve hablando con un amigo al que se le atravesó en el camino un hombre de sombrero que podría decirse que era tuerto, manco, y cojo, a quien pidió que le tomara unas fotografías frente al Castillo de San Felipe en Cartagena. Él me asegura que ese no era un hombre sino un espíritu, el espíritu de don Blas de Lezo que quería ayudarlo en la reivindicación de su memoria. No vamos a cuestionar la existencia de los espíritus, porque aquí se trata de una vivencia contada por el hombre que la vivió. Dudar de su palabra sería una grosería que yo no voy a cometer por la sencilla razón de que yo ¡Creo en espíritus! Que los hay, los hay, y yo creo en ellos.

Claro que cuando hablamos de espíritus nos estamos refiriendo a almas de cristianos en pena que por alguna razón aún vagan en una segunda dimensión por el mundo de los vivos, amargándoles el sueño, porque ¿A quién se le ocurriría creer en espíritus de animales?

Conocí a una familia campesina del Bajo Cauca que sí cree en ellos, y como me lo contaron se los cuento.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


YEICO, EL PERRO QUE MURIÓ DOS VECES
Orlando Ramírez-Casas (Orcasas)
Medellín, mayo 29 de 2016

Cayó la noche sobre el kiosko montado en parales de madera y con techo de paja, a orillas de la pavimentada carretera por donde algunos vehículos transitan veloces de uno a otro lado. Los mosquitos se levantaron en nubes haciendo su agosto, y los visitantes recostados en hamacas esperábamos el vehículo que habría de recogernos para llevarnos a la cabecera municipal, a una hora de camino desde el lugar. 

Los campesinos habitantes de la casa contaban historias, y cada quien ponía sobre la mesa su posición. “Lo que soy yo”, dijo alguno de nosotros, “soy un escéptico. No creo ni en lo que me como. Yo no creo en espantos”. Alguien alzó la voz para decir “Pues, yo sí creo. Yo creo que fuera del cuerpo las personas tienen su espíritu, y que ese espíritu queda rondando cuando se muere el cuerpo”. Un muchacho veinteañero, trabajador de la finca, aventuró su opinión: “Pues, a mi modo de ver, yo creo que hasta los animales tienen espíritu, y pongan atención a lo que les voy a contar”.

La parcela, situada en los adentros de la vereda Cacerí a orillas de la quebrada Vijagual, se sorprendió de ver al hombre apodado Patabrava abandonar la choza con techo de paja de palma, y abordar el bus de transporte colectivo que viniendo del municipio minero de El Bagre se dirigía a la lejana cabecera del puerto fluvial de Caucasia, por la entonces destapada carretera que tardarían unos años en pavimentar. En sus cincuenta y tantos años de vida sus pies descalzos no habían pisado jamás una ciudad, y su sobrina quería llevarlo a Barranquilla para que conociera a su nueva familia y, de paso, hacerle examinar los ojos que decían ya no ver tanto como veían años atrás. 

A Caucasia ya la conocía de antes, pero ni qué decir lo que se sorprendió al bajarse del bus después de viajar durante la noche, y ver ante sus ojos la gran ciudad que su sobrina cuidó de mostrarle en todos los detalles que sus medios económicos le permitían. Durante el viaje se despojó de sus maltratadores zapatos, pero volvió a calzarlos al llegar a la estación terminal. Ese sábado la mujer lo llevó donde el optómetra para el examen, y a mediados de semana estaría midiéndose los lentes y tratando de acostumbrarse a ellos para poder ver más de lo que se ve a simple vista. 

La fila para entrar a ver la película en el cine despertó su curiosidad, y la sobrina lo invitó a entrar a la sala. No alcanzaba a leer los letreros subtitulados que corrían a velocidad por el telón con el nombre del personaje escrito: “Jacob”, y sólo alcanzaba entre gallos y medianoche de un raro idioma a escuchar que a voces lo llamaban “Yeico”. Le pareció un nombre sonoro, y llamó su atención el perro pastor siberiano de ojos grises que acompañaba al personaje por todos lados.

El nombre de Yeico le sonaba en la cabeza con persistencia, y la tarde en que sus hijos encontraron a un maltrecho perro chandoso de carretera, triste y desconfiado, que se veía maltratado por sus anteriores dueños, no vaciló en autorizar su adopción ni en aplicarle el soñado nombre de Yeico. Por su tamaño de perro criollo mestizado infinidad de veces, por su pelambre amarilloso de blanco deslucido y su mirada triste, por las plaquetas alopécicas de pelo abatido por la sarna, por su suciedad acumulada, nada que ver con el pastor siberiano de la película. 

Poco a poco la familia se fue ganando el cariño y la confianza del animal, y los constantes baños en el río, la buena alimentación, los buenos cuidados, fueron transformando al animalucho en un lucido perro doméstico que jugueteaba con todos y mostraba hacia el patriarca de la familia una especie de veneración y reconocimiento como macho alfa de la manada.

La situación de violencia rural se fue volviendo complicada cada vez más, y cada vez más se sabía de guerrilleros merodeando la región y matando a todo el que sospecharan de ser colaborador con el Ejército. La política del hombre era ser atento con todo el que llegara, y colaborarle con lo que fuera menester, “porque yo no le niego un bocado de comida a nadie, y menos si son de los que hablan duro y miran feo porque llevan sus armas a la mano”. Parecería ser una política sensata, y tal vez lo fuera, pero era una política que lo convertía en enemigo tanto de los unos como de los otros, y lo señalaba de ser colaborador de uno y otro lado. De cualquier lado podrían llegarle las represalias, y una noche llegaron. 

Iba empezando la madrugada cuando Yeico se puso inquieto y empezó a corretear de un punto a otro, ladrando endemoniado. El hombre y la mujer levantaron a sus dos hijos adolescentes (los mayores ya habían formado rancho aparte) y se fueron por una trocha llevándose únicamente lo que tenían puesto, hasta alcanzar a varias leguas de camino la casa de uno de sus hijos mayores. 

Los vecinos que se acercaron al otro día, cuando los guerrilleros habían seguido su camino, no encontraron rastros de Patabrava y su mujer, pero reconocieron el perro descuartizado a machetazos que estaba regado en el patio, y la cabeza puesta sobre el saladero del ganado. La sangre derramada mostraba la violencia de la muerte del perro que con sus ladridos salvó la vida de los amos sacrificando su propia vida.

Yo fui el menor de ocho hijos”, me dijo el hijo menor de Patabrava, “y nací cuando el hermano que me sigue tenía veinte. Ni mi madre ni mi padre me esperaban”. 

Cuenta el muchacho que, aunque a él no le tocó vivir la violencia, sus padres y hermanos solían hablar de aquellos tenebrosos días en que tuvieron que huir y enterarse de la triste muerte de Yeico, “al que lloraron desconsolados porque era un miembro más de la familia”. Eran conscientes de que debían su vida al valor demostrado por el animal frente a los intrusos, y que si no fuera porque el perro los alertó otra habría sido su suerte. “Yeico murió, pero nos salvó la vida”, dijeron los viejos. 

Una tarde, al caer la noche, la familia levantó las miradas en alerta por causa de una visión increíble: Por el camino, a lo lejos, se veía venir un perro. Nadie dudó. Todos, a una exclamaron: “¡Allá viene Yeico!”. 

El perro traía un paso trotón y una mirada brillante, la piel lustrosa parecía que jamás hubiera tenido una brizna de polvo ni que jamás las garrapatas le hubieran hecho mella. Voleaba la cola y lamía las manos de los presentes, reconociéndolos, como si solamente hubiera estado de paseo. No lo podían creer. Dos meses después de su llorada muerte, el perro aparecía vivito y coleando, como se dice, “y reluciente”, como no dudaron en calificarlo. 

Así estuvo con nosotros otros dos días, dijeron mis hermanos”, según cuenta el muchacho, “y en la noche, cuando mis padres y mis hermanos estaban reunidos después de comida, el perro se echó en el centro de la familia y se durmió para siempre. Lo supieron porque su cuerpo dio una sacudida antes de ponerse rígido”. Yeico acababa de morir por segunda vez.

El muchacho me dejó anonadado con esa historia. 

¿Crees que el perro que mataron los guerrilleros no era Yeico, sino otro perro; o crees que el perro que apareció después era algún otro?” pregunté, queriendo forzarlo a alguna conclusión. 

Yo no sé, patrón, como me lo contaron mis hermanos se lo cuento. Yo lo que creo es que los perros también tienen su espíritu, y que Yeico buscó una segunda oportunidad para morir dignamente. Eso es lo que creo”. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 25 de febrero de 2018

245. Los Sierra de la América en Medellín, de Gavilanes a Cachibajos

Hay una canción del compositor mexicano Jorge del Moral que lleva por título “Por qué”, y una de sus interpretaciones estuvo a cargo del grupo vocal mexicano Los Paladines, que en algún momento estuvo integrado por Pepe Salazar, Mario Salinas, Toño Cisneros, Jorge Ontiveros, y José Briceño.


La letra dice:

“De la Sierra Morena yo vengo; 
de la Sierra, buscando un amor... 
–Es morena la chata preciosa 
que vengo buscando, 
que de mí se huyó– 

Y, cansado de andarla buscando, 
ya perdió la esperanza mi amor; 
y cansada estará ya la ingrata 
la ingrata perjura, 
que me abandonó... 

A la Virgen le pido que vuelva, 
y no encuentre cariño mejor, 
y le digo: "¿Por qué me la diste?"; 
y le digo "¿Por qué me olvidó?". 

¿Por qué no quieres, 
mirar las noches de luna 
junto a mí?

¿Por qué no quieres 
que en la fuente limpia y clara 
yo me mire junto a tí? 

¿Por qué no quieres 
que tus ojos y mis ojos, 
se enamoren entre sí?

¿Por qué te olvidas 
que a la Virgen le juraste 
que sólo eras para mí?”.

Esta Sierra Morena es la misma de la canción “Cielito Lindo” que dice que “De la Sierra Morena, Cielito lindo, vienen bajando; / un par de ojitos negros, cielito lindo, de contrabando…”. La Sierra Morena está en el municipio de Yajalón del Estado de Chiapas, en México.

En la clasificación de los apellidos como decir gentilicios, patronímicos, toponímicos, teonímicos, fisionímicos, y otros; el apellido Sierra es evidentemente un toponímico indicativo de la procedencia de sus orígenes en lo alto de una montaña y no en el valle de un río.

El territorio antiguamente denominado Otrabanda en el occidente de Medellín comprendía lo que hoy son las comunas barriales de La América, San Javier, Belén, y Guayabal; o sea el centroccidente de la ciudad. Río de por medio, la banda occidental eran predios rurales y en algún momento de su historia una familia sobresalió por ser los ricos terratenientes de estas fincas, la de los Álvarez del Pino. 

Según datos obtenidos de una hoja parroquial de la iglesia de Nuestra Señora de Belén, don Martín García de la Sierra y Ruiz de Obregón, oriundo de Burgos en España, trajo de allá o de Quito, a principios del siglo XVII, el precioso retablo del nacimiento de Cristo en Belén de Judá, al que en los predios de propiedad de la familia Álvarez del Pino se empezó a tributar un fervoroso culto. 

Don Martín contrajo matrimonio en Medellín con doña Margarita Lezeta Puerta; y fueron padres de Tomasa Perpetua García de la Sierra y Lezeta Puerta, que contrajo matrimonio con don Carlos Álvarez del Pino; y fueron a su vez padres de María Antonia Álvarez del Pino y García de la Sierra, que casó con Carlos José Álvarez del Pino; y de Ana María Álvarez del Pino y García de la Sierra, que casó con Mateo Álvarez del Pino; constituyéndose el peninsular abuelo don Martín en parte de la rica y poderosa familia dueña de grandes predios en la Otrabanda quienes, en las orillas de la quebrada La Picacha de Aguas Frías construyeron una capilla dedicada a Nuestra Señora de Belén, presidida por el retablo traído por él. A esta la denominaron la Capilla de Belén, y años después sus descendientes hicieron en La América otra dedicada a la misma advocación, que para distinguirla fue conocida como Capilla de Belencito. 

Una de las muy frecuentes inundaciones de la quebrada La Picacha arrasó en el año de 1757 la primitiva capilla situada en la colina de Aguas Frías, y sepultó el lienzo entre las piedras de la quebrada; de donde fue rescatado días después por una campesina que, al parecer, lo oprimió con su pie al cruzar la corriente. 

Trasladada la capilla al sitio del actual parque en 1772, fue allí colocada también la piadosa imagen que, por la fama de sus favores espirituales y temporales, atraía más y más la devoción de los vecinos, quienes en gratitud la engalanaban con sus exvotos.

Por decreto del 7 de marzo de 1814, el Vicario Capitular de Popayán concedió la creación de la parroquia, la que fue ratificada en diciembre de 1818 por el Ilustrísimo Señor Obispo Salvador Jiménez de Enciso, quien en su Decreto designó como patrona a Nuestra Señora de Belén. 

Fue el primer párroco el Presbítero Juan María Céspedes Vivas, nacido en Tuluá en febrero de 1772, y fallecido en Guasca el 21 de enero de 1848, quien ofició durante ese año y el año de 1815. Era un famoso patriota, científico, y botánico, amigo personal del gran sabio Francisco José de Caldas y del botánico José Celestino Mutis. Por el Padre Céspedes, su clasificador, se nombran la octanácea pariente del caunce conocida como Lengua de Vaca (Cespedesia Bonplandi), y la magnoliácea conocida como Capegrande (Talanma Cespedesii).

En 1870, bajo la administración del padre Lorenzo Escobar, se hizo urgente reconstruir el templo y fue necesario rematar algunos bienes de la parroquia, entre ellos el lienzo de Nuestra Señora de Belén, que fue adquirido por don Clemente Antonio Mesa, en cuya casa continuaron venerándolo los fieles. Muchos años después, sus descendientes lo donaron de nuevo a la parroquia.

Monseñor Juan Manuel González Arbeláez, gran devoto de la Virgen, y previo visto bueno del Señor Arzobispo Tulio Botero Salazar, realizó los trámites para la Coronación Canónica, habiendo accedido a ello el Santo Papa Paulo VI. La milagrosa imagen de la Virgen fue coronada canónicamente el 15 de agosto de 1964 por el Señor Arzobispo Tulio Botero Salazar. Ella, que continuamente se reviste de nueva belleza y dulzura, bendice los hogares, acoge a los pecadores, y conserva la fe, la esperanza, y el amor a Dios y a los hermanos en el pueblo que le guarda perenne fidelidad. 

Cuando la parroquia fue erigida en 1814, el territorio tenía el nombre de Otrabanda, pero a partir de ese momento los feligreses empezaron a conocerlo como Belén. Para esos momentos el apellido García de la Sierra se había extinguido, porque don Martín y su esposa solamente tuvieron una hija que fue doña Tomasa Perpetua García de la Sierra y Lezeta Puerta. Otros Sierra serían los que se dieran a conocer en el territorio conocido por el nombre de la iglesia a la que él con su retablo dio origen.

Según don Gabriel Arango Mejía en su libro “Genealogías de Antioquia y Caldas”, los Sierra de Antioquia vienen “de tres troncos muy distintos”: 

Don Ignacio López de la Sierra, que a principios del siglo XVIII vino de la Villa de Colindres en las montañas de Burgos en España y contrajo matrimonio con doña Magdalena López de Restrepo, hija de don Marcos López de Restrepo y de doña Magdalena Guerra Peláez. 

Don Miguel Sierra y Sanmiguel, que casó con doña Catalina Vélez Velásquez.

Don Diego Hernández de la Sierra, que casó con doña Gertrudis Mariaca y Villa Hidalgo.

LOS SIERRA DE OTRABANDA

Seguramente hay más familias de apellido Sierra vinculadas al barrio La América, que hasta 1869 se denominaba caserío La Granja en el lado de Otrabanda de la ciudad de Medellín, pero cuatro se destacaron especialmente en este sector de la ciudad. Si hay algún parentesco entre ellos, no es cercano sino lejano en la consanguinidad, en la contemporaneidad, y en el trato. 

DON JOSÉ MARÍA –PEPE– SIERRA SIERRA

No fue residente del barrio, pero el conocido magnate don José María “Pepe” Sierra Sierra adquirió un lote de terreno en el sector de Tarapacá para construir su fábrica de licores denominada El Sacatín, y trasladarla del lugar donde antes funcionaba en la confluencia de la calle San Juan con la carrera Palacé. En ese lugar hay ahora un edificio llamado Sacatín, que ocupan las oficinas de Metrosalud de la administración municipal; y en el lugar adonde don Pepe trasladó la fábrica, frente a la actual Plaza de Mercado de la América, hay ahora una urbanización residencial denominada Los Pinos. El Sacatín es el antecesor de la Fábrica de Licores de Antioquia que está situada en Itagüí, a un lado de la quebrada La Jabalcona, pero piensan trasladarla a otro lugar para darle al suelo un uso o destinación urbanística más rentable “porque aguardiente se puede fabricar en cualquier parte, pero edificios de apartamentos que tributen impuesto predial de catastro no”. De don Pepe Sierra me ocupo en el artículo “Don Pepe Sierra y don Carlos Coroliano Amador, magnates interseculares”, inserto en este mismo blog.

LOS SIERRA CACHIBAJOS

En términos taurinos se denomina “Cachibajo” a un toro que tiene los cuernos curvados hacia el piso. De ahí que el tendero don Emilio Sierra, propietario de un granero y casa de residencia en el cruce de la calle 42 con la carrera 88, casado con doña Elvira Maya y de quien enviudó por la caída al mar de uno de los aviones procedentes de la isla de San Andrés en los años sesenta, recibiera ese apodo por cuenta de dirigir la mirada hacia abajo con los ojos bizcos. Un hijo suyo es el conocido curador de arte Alberto Sierra Maya.

LOS SIERRA GARCÍA

Don Emiliano Sierra Velásquez fue el padre de don Abelardo, cuya casa estaba situada cerca del Café Ástor por la calle San Juan, diagonal a la iglesia de La América. Fue éste el padre del Dr. Jaime Sierra García, jurista, educador, historiador, gobernador de Antioquia. El Dr. Jaime venía a ser primo segundo, entonces, de Gilberto y Hernando “Los Gavilanes”, hijos de Gilberto el tío de Abelardo.

LOS SIERRA GAVILANES

Al preguntar por esta familia fui remitido donde el Sr. Jairo Alberto Sánchez Morales, un reconocido coleccionista de música y habitante de este barrio de toda la vida, como se dice. “Tiene información, porque vivió en la finca de ellos”, me dijeron, pero él me aclaró: 

Las tierras eran extensas, y comprenden lo que hoy es propiedad de los Adventistas del 7º Día, con su Colegio Colombo Venezolano y su Universidad Adventista de Colombia. En donde nace la quebrada La Matea, que ahora está entamborada o cubierta por un box culvert. Es la misma que más abajo, en Laureles, da su nombre al parque de La Matea”.

De lo que me dijo puede concluirse que el morro actualmente conocido como de los Adventistas antes era llamado “El Noral” o “El Berriadero”, y que los hermanos Sierra tenían al pie un tejar y ladrillera. El Dr. Benjamín Higuita Rivera recuerda que:

“Cuando teníamos catorce o quince años de edad y estábamos en segundo o tercero de bachillerato me impresionó ver el primer muerto que veía en la vida. Fue un compañero al que le decíamos “Gabardina”, y no sé por qué se suicidó envenenándose en la falda trasera del Morro El Noral, detrás de la ladrillera. Nunca supe por qué tomó esa decisión”.


Según recuerdan algunos vecinos “Cuando todo esto eran mangas, en el cruce de la calle 34 con la vieja carrera 80 (dos cuadras abajo de la avenida circunvalar) había un puente de tablas que lo llamábamos “Puente de Cárdenas”. Éste desapareció cuando la quebrada fue entamborada.

Años atrás el sector de Belencito Corazón, “y de ahí hacia abajo”, eran fincas. 

Según don Albéniz Vélez Granda:

“Belencito se dividió en tres propiedades. La de doña Camila Tobón Castilla, esposa de don Enrique Sanín Arango, que hoy es el Convento de la Madre Laura; la de doña Margarita Posada Amador, esposa de don Ignacio Vieira Jaramillo, y nieta de don Carlos Coroliano Amador, que hoy es el Barrio Santa Mónica; y la de los que le vendieron a los Adventistas del Colegio Colombo Venezolano, Gilberto y Emiliano Sierra Velásquez, llamados “Los gavilanes”, que hoy son las urbanizaciones Laureles Campestre, Plaza Campestre, y Río Campestre”.

Don Gilberto “Gavilán” Sierra era el padre de Gilberto y Hernando, que no solo heredaron sus tierras sino el apodo que distingue a la familia por culpa de la nariz ganchuda que los caracterizaba. Él y su hermano Emiliano heredaron la propiedad que a finales del siglo XIX fue de su antepasado Jenaro Sierra, según consta en inventario de la mortuoria de la Sra. Zoila Gaviria Lema protocolizada el 1º de junio de 1908. En sus tierras se levanta el sector urbano conocido como La Almería.

“Pero sus fincas no se llamaban Almería, que fue un nombre puesto por los urbanizadores, sino Santa Teresita. El tejar de ellos también llamaba Santa Teresita, y así se llama uno de los barrios que construyeron en sus tierras y se distingue porque en él queda la iglesia de Santa Rita”.

Como se sabe, en esto de los nombres no hay lógica. La iglesia de Santa Teresita queda en Laureles; la iglesia del Divino Maestro queda en el barrio Santa Mónica; y la iglesia de Santa Mónica queda en el barrio San Ignacio de Loyola; ya que la iglesia de San Ignacio queda en el centro de la ciudad.

En tierras de Los Gavilanes se construyeron las urbanizaciones “Laureles Campestre, Plaza Campestre, y Río Campestre”, que ni son campestres ni quedan en Laureles. Esta última se construyó en el terreno de lo que hasta hace poco, ya en el siglo XXI, era una finca con casa campesina y árboles frutales enclavada en la ciudad y rodeada de urbanizaciones por todos lados. Era un oasis escondido que no era visible para los transeúntes de las vías aledañas. Dice don Alberto Sánchez que:

“Don Gilberto Sierra, el papá de Gilberto y Hernando Los Gavilanes, era su dueño y la alquiló a mi padre. Allí teníamos ganado pastando y cerdos y cultivos. Allá llegamos los mayores de mi familia de 15 hermanos, y allá nacieron casi todos los menores. Yo empecé a trabajar desde pequeño ayudándole a mi padre, y fue esa finca un terreno entrañable para nosotros, donde se construyó mucha de la historia familiar”.

Ahora, convertida en urbanización Río Campestre, diríase que la historia familiar de don Alberto está irreconocible. Según él:

“El nombre de esa urbanización debe provenir del hecho de haberse construido al lado de unas aguas que no son un río sino una quebrada: La quebrada Ana Díaz. En ella nos bañábamos y pescábamos cuando no se corría peligro de que uno se enfermara de tifo o disentería por la contaminación. Siempre se ha llamado así, pero nadie sabe de dónde viene ese nombre, ni quién era esa señora, ni por qué se le dio su nombre a la quebrada. Nadie sabe nada de nada, y lo que han hecho es inventarse cuentos que no tienen confirmación en los registros históricos. De esa señora lo único que queda es el nombre de la quebrada, pero no más”. 

Los Gavilanes, Gilberto y Emiliano Sierra, tuvieron propiedades heredadas por lo Velásquez de doña Celia Velásquez Orta, la esposa de don Eduardo Sierra Echeverri, que era tataranieta de don José Antonio Velásquez Toro y de doña Micaela Tamayo Peláez; y también nieta de don Rafael Velásquez Restrepo y de doña María Fernanda Maya Posada; de quienes dice Wikipedia que:

“El Sr. Rafael Velásquez Restrepo, del corregimiento de La América, solicitó permiso para edificar una capilla a la Virgen de los Dolores en terreno donado por él, porque las parroquias de Belén y de Robledo distaban de ese lugar. El permiso fue concedido el 14 de abril de 1869 por el obispo Valerio Antonio Jiménez”.

Esa capilla inicial dio lugar a que luego se construyera enfrente suyo, patrocinada por el mismo don Rafael y su esposa, la actual iglesia de Nuestra Señora de los Dolores en el barrio La América, sobre la calle San Juan.

“Los Velásquez dieron nombre a calles que llevaban a sus fincas. La carrera 84 se conoció como “Calle Velásquez Restrepo”, la 85 como “Calle Emiliano Sierra Velásquez”, y la 90 como “Calle Ulpiano Echeverri Velásquez”.

Pero los Sierra Gavilanes no fueron los únicos dueños del Cerro de los Adventistas –también llamado Morro “El Noral”  o Morro “El Berriadero”–, porque antes de ellos lo fue don Alonso López de Restrepo Méndez, el tronco ancestral de todos los Restrepo paisadescendientes; y antes de Restrepo lo fue don Gaspar de Rodas; y antes de don Gaspar de Rodas lo fueron los indígenas que habitaban el Valle de Aburrá; según noticia publicada por el periódico El Tiempo el día miércoles 10 de marzo de 2010, con declaraciones del arqueólogo Pablo Aristizábal acerca del hallazgo de un cementerio indígena descubierto cuando los Adventistas hacían obras de remoción de tierras en el cerro:

http://www.eltiempo.com/colombia/antioquia/encontraron-un-cementerio-indigena-en-el-occidente-de-medellin_7316987-1

“Se han encontrado 23 tumbas con una profundidad de cuatro a cinco metros. Este sería el último cementerio indígena de la época prehispánica en el valle de Aburrá… El terreno donde se produjo la excavación es propiedad de la Universidad Adventista, que pensaba desarrollar allí un Parque Agroecológico y Cultural. De hecho, a principios del 2009 estaban explanando con buldózeres, hasta el día en que un caballo que caminaba por ahí cayó y quedó atrapado en un hueco. En realidad se trataba de una de las bóvedas y sacarlo demoró un día completo… De las 27 fosas siete han sido abiertas para verificar el contenido. En una yacía el esqueleto casi desintegrado de un hombre que existió hacia 1540 y que fue enterrado en posición fetal, con un volante de huso (instrumento que se usaba para transformar el algodón en hilo), un pecarí o cerdo de monte y varias piedras que usaban los antepasados para moler y triturar los alimentos…”.

Las tierras de los Sierra tienen historia.

DE SIERRAS A SIERRAS

Concluye uno que las diferentes familias Sierra del barrio La América no eran parientes, o por lo menos no lo eran cercanos; que no se sabe de ninguna persona de nombre Ana Díaz que haya sido propietaria de tierras en el recorrido de la quebrada que nace en el alto de Belencito Corazón y desemboca en la quebrada La Hueso a la altura del velódromo municipal, “pero ese nombre es muy antiguo y puede encontrarse en escrituras y registros notariales de principios del siglo XIX”, según le oí decir al historiador Roberto Luis Jaramillo Velásquez; y que antes de todos los nombres, apellidos, y apodos hispanos, el Cerro de los Adventistas ya era habitado por espíritus indígenas que habían pasado a mejor vida.


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 18 de febrero de 2018

244. Ingredientes de salsa en la salsa

Solemos decir que “la música es muy sabrosa”, aplicando un término de papilas gustativas a algo que entra por el oído. 

En la música española se escucha aquello de “tener gracia y salero”, para aludir a aquellas cantaoras y bailaoras que ponen alegría en lo que hacen. No es gratuito que la sal, que da sabor a los alimentos, se utilice como símil o metáfora para aplicar a las personas que ponen el alma en lo que hacen, y del que se siente a gusto con lo que hace se dice que “está en su salsa”. De una morena salerosa se suele decir que “tiene picante”, usando otro símil gastronómico por comparación con otras que son desabridas o insípidas… para aplicar más símiles culinarios a la alegría en la música o en el baile. 

De allí que se oye cantar a Celia Cruz la rumba flamenca “Sabor gitano” con aquello de que “Los gitanos sí tienen sabor, / los gitanos sí tienen sabor / cuando cantan sus canciones / y tocan palmitas / a la madre patria…”:


Los gitanos, y eso lo reconoce hasta la cubanísima Celia Cruz, le dan sabor y le ponen salero a sus tablaos flamencos; que en cuanto se pone un tablao ellos se encuentran en su salsa.

La palabra salsa tiene una primera connotación en el diccionario de la lengua española:

“Mezcla de sustancias comestibles trituradas y desleídas que se emplea para condimentar la comida, mezclada con ella o servida aparte”.

La salsa agrega o da sabor a las comidas, y alegra platos que sin ella serían desabridos. La boloñesa en los espaguetis, la vinagreta o la tártara en el pescado, la mostaza en las hamburguesas, o la ketchup de tomate en los perros calientes, son un toque integral de la receta habitual.

No sé desde cuando se asocie la palabra salsa con la música cubana, pero al respecto dice Wikipedia que:

En la década de 1960 la salsa fue consolidada como éxito comercial en la ciudad de Nueva York por músicos de origen caribeño (cubanos, puertorriqueños y dominicanos), si bien sus raíces se remontan a décadas anteriores en los países del Gran Caribe… El director cubano Machito afirmó que la salsa era lo que él había tocado durante cuarenta años entre 1930 y 1970 aproximadamente, antes de que el género musical se denominara así. Por otro lado, el músico neoyorquino Tito Puente, de ascendencia puertorriqueña, negaba la existencia de la salsa como género en sí, afirmando que «lo que llaman salsa es lo que he tocado desde hace muchísimos años y se llama mambo, guaracha, chachachá, guaguancó. Todo eso es música cubana”.

La lista de ritmos se queda corta, porque en relación con la salsa se asocian ritmos como:

Bolero
Bolero son
Bomba
Chachachá
Charanga
Danzón
Guaguancó
Guajira
Guaracha
Jazz (Jam session o descargas)
Mambo
Plena
Son
Son montuno


La metáfora culinaria, por extensión, es obvia: La salsa musical es una mezcla de componentes que toma los ingredientes básicos, los mezcla, y los transforma, para dar otro sabor y alegría al plato principal. La salsa, como tal, no es un ritmo ni es un género, sino una fusión de varios de distintas procedencias principalmente de Cuba, Puerto Rico, y República Dominicana; pero también de España, Argentina, Colombia, Venezuela, Panamá. Ingredientes de estos países se reconocen en algunas piezas de una música que es ya internacional. Hasta las Rimas de Gustavo Adolfo Becquer se introducen en el tema “Gitana” de Willy Colón (Los suspiros son aire, y van al aire…pero, como dice Wikipedia en el párrafo citado, la salsa se tocaba en Cuba desde mucho antes de que se la denominara con ese nombre en Nueva York.

El Gran Combo de Puerto Rico aplicó la metáfora haciendo simbiosis entre la connotación culinaria y la connotación musical del término:

QUE LE PONGAN SALSA (EL MENÚ)
(Gran Combo de Puerto Rico, 2013)


A mí me gusta el chivo con vino,
y el pescao con jugo de limón;
con pimienta y orégano, el lechón;
y el arroz con jamón y tocino,
para ponerle sabor al buen fiestón.

Y una habichuelita bien guisá,
y un aguacatón como un melón, 
y unos guineítos, y unos cuchifritos pa' picar.
Y, después… 

¡Que le pongan salsa!, ¡Que le pongan salsa!,
¡Que le pongan salsa!, pa mojar, pa mojar,
¡Que le pongan salsa!

Esta unión del término culinario con el de la música ya tenía antecedentes, y uno de ellos es el del cubano Ignacio Piñeiro Martínez que George Gershwin incorporó en su obra “Obertura Cubana”, compuesta en 1932, lo que significa que ya había escuchado el estribillo desde por lo menos un par de años antes. La obra precursora de Piñeiro es “Échale salsita”, cuya historia es esta:

Artículo “Salsa con Javier blogspot.com”, de Javier Martínez Pérez sobre el tema “Échale Salsita”, con letra y música de Ignacio Piñeiro Martínez:


… Uno de esos pueblos fue Catalina de Guiñes, en la actual provincial de La Habana y muy cerca de la capital. En Catalina, vivía y trabajaba El Congo, un negro llamado Guillermo Armenteros, que se ganaba la vida en un modesto puesto donde servía los más variados fiambres. Chicharrones, frituras de todas clases y otros platos típicos de la cocina criolla, sobre todo basados en la carne de puerco. El Congo le decían por su piel oscura, porque vestía siempre de blanco y mantenía su negocio con extrema pulcritud. La especialidad que lo hizo famoso fue la butifarra, que preparaba con cerdo y una sazón muy propia, que hizo que su receta resultara inigualable. A El Congo se refirió Ignacio Piñeiro cuando dice en su son: “En Catalina me encontré lo no pensado, la voz de aquel que pregonaba así: "Échale salsita!”. Esta última frase fue la que se convirtió en el sabroso estribillo”.


Salí de casa una noche aventurera 
buscando ambiente de placer y de alegría. 
¡Ay, mi Dios, cuánto gocé! 
En un sopor la noche pasé, 
paseaba alegre por esos lares luminosos, 
y llegué al bacanal. 
En Catalina me encontré lo no pensado, 
la voz de aquel que pregonaba así: 

¡Salsa, 
échale salsita, 
échale salsita, 
échale salsita, 
échale salsita! 

Ah, ah, ah, ah, ah…

En este cantar profundo, 
lo que dice mi Segundo: 
No hay butifarra en el mundo 
como la que hace El Congo. 

¡Échale salsita, 
échale salsita, 
échale salsita, 
échale salsita! 

Ah, ah, ah, ah, ah…

Congo miró embullecido 
su butifarra olorosa. 
Son las más ricas, sabrosas, 
que yo en mi Cuba he comido.

¡Échale salsita, 
échale salsita, 
échale salsita, 
échale salsita! 

Ah, ah, ah, ah, ah…

Según le escuché decir a Celia Cruz en una entrevista radial por el programa “Nocturna de RCN”, que en las madrugadas conducía Alberto Duque López, “el que le puso el nombre de salsa fue Phidias Danilo Escalona en Venezuela”. 

El venezolano Phidias Danilo Escalona fue un locutor alegre y guapachoso que se aficionó a la música de salsa desde antes de que el término se popularizara como tal. En uno de sus viajes conoció, y se hizo amigo y compadre suyo, al cantante y director de orquesta Tito Rodríguez; quien le compuso a su amigo un tema en el que hace alusión al bigote característico del locutor.

“El bigotón de Danilo”
Letra, música, e interpretación de Tito Rodríguez


En 1962 Escalona conducía en Radiodifusora Venezuela su programa “La hora de la salsa, el sabor, y el bembé”, bautizado así porque su patrocinador era el fabricante de la salsa de tomate “Pampero”, muy a propósito en esa hora de almuerzo del mediodía para anunciar el producto. De allí salió el término para bautizar la conjunción de ritmos. 

Escalona pasó después con su programa a La Voz de la Patria, pero bautizándolo “La verdadera hora de la salsa”, para diferenciarlo del otro espacio del que se habían apropiado los dueños de la anterior emisora. El patrocinio seguía siendo de la marca Salsa de Tomate Pampero, pero el término salsa ya tenía popularizadas las dos implicaciones gastronómico musicales. 

El padrinazgo de Phidias Danilo para el término salsa está corroborado y explicado por Bobby Cruz en entrevista que concedió a Edwin Osorio y Juan Carlos Ángel del programa “El Sonero del Barrio” de la ciudad de Medellín, donde dijo que:

<Hay que distinguir entre la palabra salsa, como ingrediente de comida, y la música que se llama salsa. Siempre existió música afrocubana. Básicamente ésta tenía unos ritmos muy definidos como la guaracha, guaguancó, cha cha cha, mambo, y otros. Sin embargo la palabra que define el término musical que se conocería como Salsa nace básicamente alrededor de Richie Ray y yo, y no porque nosotros lo hayamos pensado así. Estábamos siendo entrevistados por el señor Phidias Danilo Escalona, que le decían el Loco Phidias en Caracas Venezuela. Phidias en la radio dijo: Mira a mí me dicen el Loco, pero la música que ustedes tocan está más loca que yo, ya que eso no es Mambo, no es Chachachá, no es Guaracha, ni Guaguancó, ni tampoco Pachanga, ¿Qué es esa jerga que ustedes tocan? Y Richie, en broma, le dijo “Eso es como una Keetchup. A lo que Phidias le dice: Yo no estornudé ¡Achú! ¿Qué quieres decir con Keetchup? Y Richie le contestó: Keetchup es la salsa que se le echa a las hamburguesas para que cojan sabor. Entonces Phidias le dijo: Ahhh... pues ya lo oyeron amigos radio escuchas. La música de Richie Ray y Bobby Cruz es… ¡Salsaaaaa!, pegando un grito de júbilo y sorpresa. La razón de su grito es la emoción que le causó tener un programa radial que era promovido por la empresa Pampero, productores de distintos tipos de Salsa en Venezuela, y la coincidencia de que su programa se llamara "La hora de la Salsa". La emoción que creó esa sinergia en Phidias fue más que evidente. Richie Ray se la puso fácil a Phidias en el medio del plato y él dio su cuadrangular con las bases llenas. Hoy día es conocido como "El padre de la Salsa", sin embargo dicho término es incorrecto. Phidias sería más bien "El partero de la Salsa", o "El Cura o Padrino de la Salsa", ya que fue quien la bautizó, pues la criatura tenía a sus padres en los músicos de Nueva York y Puerto Rico, que venían haciendo las cosas a su nuevo  estilo>

Así lo dice el artículo “La hora de la salsa, y origen de la palabra salsa como género musical”, publicado en el blog Proyecto Salón Hogar.com –Enciclopedia ilustrada-:

http://www.proyectosalonhogar.com/enciclopedia_ilustrada/La_Hora_de_lasalsa.htm

Para el año de 1966 Federico Betancourt y su Combo Latino sacaron un long play con esta música y titularon este trabajo como: 

“Llegó la salsa”

Lado A 
01- Cocolía (Mon Rivera)
02- Conmigo (D. en D.)
03- El Pachanguero (E. Rivera)
04- Sancocho Caliente (D. R.)
05- Guaguancó Manía (Mongo Santamaría)
06- Celosa (D. en D.)

Lado B 
01- Despierta Rumbero (Luis Café)
02- No Critiquen (Pedrito Hernández)
03- Saoco (Pellín Rodríguez)
04- Baila Ye-Ma-Ya (Lino Frías)
05- Café y Pan (Luis Ramírez)
06- Que Me Quieras (Carmelo Álvarez)

De allí lo tomaron Johnny Pacheco y Jerry Masucci, al empezar la década de 1970, para bautizar la música caribeña que se oía en Nueva York y que ellos grababan en su sello Fania Records, y de allí lo aplicaron cuando reunieron a todas sus estrellas en un long play titulado “Todas las estrellas de la Fania” (The Fania all stars).

En una entrevista que Rafael Lam hizo a su autor, averigüé que el nombre de Fania fue tomado de una composición del cubano Reinaldo Ignacio Bolaño Flaquet (Reinaldo Bolaño, o Reinaldo Flaquet), cuyo título era “Fanía Funché”. Fanía, como un apócope de Estefanía; y Funché, que significa harina, como un apodo puesto a la mujer que le tiró una cucharada de harina en la cara a la mujer que así la apodó: Fanía Funché. Este disco fue grabado en 1959 por el conjunto Estrellas de Chocolate de Félix “Chocolate” Alfonso, con la voz de Filiberto Hernández, y de allí lo tomaron y adaptaron en su grafía los fundadores de la casa grabadora Fania. La letra, según su autor, dice entre otras cosas que:

“Arúalocacacuá Fanía.
¿Quiere que le sirva un biembo?
Esta es mi camicrocro Fanía.

El estribillo dice: 
Fanía funche.
Fanía funche”. 

Escribo esa canción afro-son, liga de afro con décima española, una liga rara, difícil de explicar. La gente pensó que se trataba de un cuento de santería, una jerigonza”. 

Fanía Funché”, interpretado por Chamaco Ramírez:


https://www.youtube.com/watch?v=TEEZ-Hcb2bo

En Colombia la salsa se arraigó principalmente en la ciudad de Cali adonde empezó a llegar, dicen, por el puerto de Buenaventura; pero simultáneamente también iba llegando a Barranquilla, Medellín, y otras ciudades, con los long plays metidos en los equipajes de los viajeros que llegaban imbuidos de esa música contagiosa. A todos se nos metió esa música por los oídos, pero a los caleños se les metió en la sangre y se convirtió en un ícono de la identidad valluna.

A mediados de la década de 1960 esa música ya se oía en los bares “Carruseles”, “Diferente”, y “Brisas de Costa Rica”, del sector de la carrera Palacé entre calles de Maturín y Amador en Medellín. No se le conocía todavía como salsa, pero ya lo bailaban frenéticamente “tirando paso” los migrantes de la colonia chocoana que se desplazaban desde el “Bar Atlántico” en la calle San Juan con la carrera Bolívar, porque ya no cabían en esa esquina que los convocaba los domingos para enterarse de las últimas novedades de su terruño y de sus paisanos. 

Son paisanos que ahora se reúnen en el Parque de San Antonio al cobijo de las dos esculturas de la paloma de la guerra y la paloma de la paz, de Fernando Botero; y que hasta allí llevan metida su alegría en el cuerpo, y su gusto por la salsa pa mojá, pa mojá en el paladar. Puede que ellos no lo sepan, pero le están poniendo salero, salsa, y sabor, a la música que oyen y bailan. Le están poniendo ¡Azúcaaaaar!

Varios autores se han ocupado de escribir libros, ensayos, y artículos profundos relacionados con el fenómeno musical de la salsa de la que este texto es apenas un esbozo destinado a los que todavía no saben nada de nada sobre el tema. 

Uno de esos estudiosos es el sanandresano residente en Medellín Sergio Santana Archbold, que publicó los libros “Mi salsa tiene sandunga y otros ingredientes”, y “Medellín tiene su salsa”. En ellos encontrarán los interesados una mayor información.

Cuando se trate de música de salsa, ¡Póngale sabor!

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)