martes, 12 de agosto de 2014

75. Poker, mata Tute; y Tute, mata Tresillo

Ahora que en todos los gobiernos de Colombia, hasta donde alcanza la vista, han resultado funcionarios corruptos en los estamentos del Estado, debemos dejar claro que la corrupción no es invento suyo, ni la inventaron Judas con sus treinta monedas de plata, ni Pilatos con su lavada de manos, y que tal cosa viene desde los tiempos de Demóstenes en el siglo IV antes de Cristo, y más atrás:


Y ya que hablamos de sobornos, hablemos también de empréstitos, así el tema de esta entrada se vaya por otro lado. Doscientos años llevan los generales Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander de haberse conocido. Fueron amigos y compañeros de lucha. Después se distanciaron como amigos, y gracias a Dios no montaron una lucha fratricida para ver cuál de los dos era más verraco que el otro. Ellos no la montaron, pero sus amigos sí; y ya llevamos un bicentenario de guerras civiles y guerrillas en las que los espíritus bolivarianos y los espíritus santandereanos siguen reencarnados. Los unos, le prenden velas al uno y maldicen al otro; los otros, le prenden velas al otro y maldicen al uno. Hasta el sol de hoy. Lo del deterioro de su amistad seguramente no fue cosa de un día para otro, y no fue que a los amigos de Santander les hubiera dado de la noche a la mañana septembrina por atentar contra Bolívar porque sí, sino que con seguridad hubo una serie de roces, encuentros, encontronazos, desencuentros, destroces y destrozos, que terminaron por llenar la taza de la paciencia. Así es como estas cosas suelen suceder. Algo tendría que ver en eso el asunto del empréstito de Londres.

Lo del empréstito de Londres se refiere a que para financiar la Guerra de Independencia los representantes del ejército patriota tuvieron que solicitar un préstamo que hipotecó al país con los ingleses, en un hecho que no es raro sino normal porque las guerras se ganan con armas, y las armas requieren de financiación para poder comprarlas. Y los soldados comen. Y a los soldados hay que vestirlos. Y a los soldados hay que pagarles para que sus familias puedan vivir la vida y ellos puedan pelear la guerra. Así funcionan las cosas. Sólo que, dicen que dicen, del empréstito de Londres fue tanto el serrucho y tanto el aserrín que se perdió por el camino que, a la hora de la verdad, de armas pocón-pocón. Eso se dice. Se culpa a Francisco Antonio Zea, que era el hombre que derrochaba inglés haciendo lobby en Londres para echar el cuento; y se culpa a su jefe Francisco de Paula Santander que recibía en Colombia lo que alcanzaba a llegar de Londres. Toneladas de tinta han gastado los santanderistas para defender su buen nombre, y toneladas de tinta han gastado los bolivarianos para atacarlo; pero lo cierto es que el dinero (o parte del dinero) se envolató, y a estas alturas de la vida ya no se recupera. El país, naturalmente, ya lo pagó; Londres, naturalmente, ya lo recuperó; y el pueblo, naturalmente, ya lo perdió.

De manera simpática el columnista don Ernesto Ochoa Moreno se refirió a ese tema en su artículo “La herencia maldita”, publicado el 12 de febrero de 2011 en el periódico El Colombiano.com donde el padre Nicanor le cuenta a su sobrino que: 

Lo cierto fue que hubo que dar por terminada la desastrosa misión de Zea, quien moriría en París en noviembre de 1822. Su reemplazo fue José Manuel Hurtado, a quien Santander asignó por cuenta propia dos asesores, Arrubla y Montoya, un par de comerciantes paisas pícaros, que acabaron de enredar el episodio del empréstito inglés que escandalizó a Santafé de Bogotá, en esos años del gobierno de un Santander que fungía prácticamente como presidente, pues Bolívar andaba por el sur del continente coronando la gesta libertadora. Para entender la Colombia actual es indispensable conocer a fondo la confrontación entre Bolívar y Santander”.


Ese es el asunto del empréstito, del que tanto se habló en vida de los generales Santander y Bolívar; y el periodista Héctor Muñoz Bustamante, en la página 20 de su libro “Bolívar en anécdotas” (Biblioteca El Espectador, 1983, 102 páginas), lo trae a cuento en su crónica titulada “Entre el juego y la misa”, que hizo parte de una serie de artículos sobre Bolívar publicados en ese periódico. En esa crónica se habla del juego de Ropilla, y se cuenta que:

…En 1826 Bolívar marchó a Venezuela a sofocar la revuelta suscitada por el general Páez, acompañado por el general Santander y los señores Arrubla y Montoya, quienes con él anduvieron dos jornadas desde Bogotá. Invitado por ellos, Bolívar tomó parte en una partida de ropilla y consintió en ser tallador. A poco, habiendo ganado una cantidad considerable, exclamó: `Si así continúo, pronto seré dueño del empréstito´, frase imprudente que hizo mucho mal a Colombia porque entonces se consideró sarcástica y alusiva a ciertos rumores que circulaban en el país en relación con el préstamo contratado en Londres…”.

A punto estuvo Bolívar de perder la vida por esta imprudencia, pero no en la mesa de juego sino en la noche del 25 de septiembre cuando para salvar el pellejo tuvo que escurrirse por entre las sábanas.

Los juegos de suerte y azar, los de mesa, son antiguos y se ponen de moda por temporadas. Un tiempo hubo en que las señoras se reunían a tomar el té y a jugar Canasta o Bridge. Ahora es usual que jueguen Bingo. El juego de Póker lleva tiempo gozando del favor del público, y a algunos les gusta jugar ahora al Scruble, al Rummis, o al Black Jack. El Monopolio tuvo su momento, y lo tuvo el de Lotería consistente en cubrir con láminas la casilla correspondiente de la tabla. Escalera, Estrella China, Damas, y Parqués, han tenido acogida. Un tiempo hubo, por los días en que Bolívar y Santander jugaban a la Ropilla, en que otros jugaban al Tresillo. Los Dados, la Ruleta, y el Monte, han tenido también sus cofradías de devotos. El ajedrez, como se sabe, más que un juego es una ciencia y hay quienes lo califican como deporte porque para mantener la mente despejada hay que trotar una hora en el parque y nadar media hora en la piscina, sólo que en este deporte no se apuesta ¿O sí?

Naipe francés (corazones, diamantes, picas y tréboles)

Entre los juegos de suerte y azar están los de baraja, que son como una alegoría de la pirámide social en que se parte de la carta más baja y de menor valor que es el 2 en la base de la pirámide, y se va ascendiendo en importancia hasta llegar al 10, en la cúspide. En la cúpula, o sea la corte que acompaña al rey, hay una escala de valores que, curiosamente, es rematada por la que debería ser la carta más baja, o sea el 1, pero que se convierte en la más valiosa por ser el as o paladín, el guerrero que con su espada conquista las alturas por más baja que sea su procedencia. El bufón, la reina, el rey, y el guerrero, son lo máximo en esa sociedad que por lo demás también se divide en clases de los que tienen el poder y el "oro", los artistas y deportistas que ganan "copas", los guerreros que blanden la "espada",  y los "bastos" sujetos de la plebe. El caballo, naturalmente, representa a los guerreros de a caballo. También en el ajedrez se muestran esas representaciones que parten desde el humilde peón, el alfil que representa a los obispos o sea a la Iglesia, el caballo que representa a los guerreros con agilidad de desplazamiento por el campo de batalla, la torre que representa al destacamento de los guardaespaldas que protegen al rey, la dama o reina que lo acompaña, y el rey mismo; con la posibilidad de que un peón ocupe posiciones valiosas y llegue a coronarse dentro de la escala de valores del rey, poniéndose a la altura de su dama.

Dos juegos de baraja han reinado indiscutiblemente en el ambiente del jugador dostoievskiano: De una parte, la baraja francesa cuya versión en inglés consta de palos de corazones, diamantes, picas, y tréboles, en que se destacan las cartas de la J-Q-K-As, donde la J representa al bufón (Joker), la Q representa a la reina (Queen), la K representa al rey (King), y el As representa al general o guerrero sin cuya espada se les acabaría el negocio a los otros tres.

De la otra, la baraja española con palos de oro, copa, espada, y bastos, en que se destacan las cartas de sota, caballo, y rey; y en la que la sota mata al 10, el caballo mata a la sota, y el rey mata al caballo; determinándose así su orden de importancia. 
Naipe español (oro, copa, espada, basto)

Entre los vagos, desocupados, o trabajadores en uso de buen retiro, que frecuentan los parques con bolsas de maíz para dar de comer a las palomas, las invitaciones entre amigos suelen ser categorizadas así: tinto mata agua, gaseosa mata tinto, cerveza mata gaseosa, aguardiente mata cerveza, y whiskey mata aguardiente. Un amigo que invite a tomar whiskey, adquiere categoría de príncipe.

La baraja marcada”, vals con letra y música de Juan Santiago Garrido Vargas (Juan S. Garrido), interpretado por Juan Arvizu:

Y ya que hablamos de amigos y de tragos, pongámosle música. Aparte del tema de Juan Arvizu, hay más. Hay una ranchera de Cuco Sánchez,  “Cartas marcadas” (para de hoy en adelante yo soy malo /y sólo cartas marcadas he de tener. /Tú vas a saber que siempre gano. /No vuelvas, que hasta a ti te haré perder). José Alfredo Jiménez en “Sota de copas” dice que “Las cartas de la baraja tienen mucho parecido con algunas de las gentes, y tú eres la sota de copas: muy bonita cantinera, pero se te van los clientes”. Juan Gabriel habla de “Ases y tercia de reyes”. El bolero “Fichas negras” habla de que “Tú me jugaste fichas sin valor”. El bolero “Amor perdido” dice que “todo fue un juego y no más en la apuesta yo jugué y perdí”. En el tango “Adiós muchachos” canta Carlos Gardel que “contra el destino nadie la talla”, haciendo alusión a la función del tallador en el juego de cartas; a lo cual también se refiere el tango “Madrugada”, de Fernando Rolón, que dice que “talla la madrugada”. En el tango “Las cuarenta” el letrista Francisco Gorrindo hace alusión al acuse de puntos en el juego de tute y dice que “vuelvo a vos, gastado el mazo, en inútil barajar”, a lo que Roberto Grela le puso música. Daniel Santos canta que “En el juego de la vida nada te vale la suerte, porque al fin de la partida gana el albur de la muerte… juega con tus cartas limpias…”. Hay un tango cuya letra de Agustín Magaldi interpretada por él mismo con música de Antonio Esteban Tello compara los amores con un juego de naipes: “Oro, copa, espada, y basto, /como pintas del amor… /frente a frente, cara a cara, /muchas veces me encontré /con un mazo que tallara /y mi fe para vencer. /Si yo, que fui punto bravo en el juego, /una sota me ha vencido".

Todo este cuento viene a cuento por cuenta de don Ricardo Soca que en la palabra del día se ocupa del origen de la palabra “sota”, usada para denominar la escala más baja en la corte de la baraja española, y aquí la reproducimos sotto voce (aquí, entre nos).

Rey, caballo y sota

Recuerdo haber leído alguna vez un poema dedicado al juego de Tresillo, pero el Sr. Google me dijo que "poemas de Tresillo no hay". Sin embargo, fue en uno de los cajones del Sr. Google donde encontré ese poema escrito por Gregorio Gutiérrez González, que copio más abajo del texto de don Ricardo Soca. No sé si comparado con el magistral canto al cultivo del maíz este poema se considere de factura menor, pero a mi modo de ver es este un alarde de habilidad poética para escribir versos sobre un juego del que el poeta dice no entender ni jota ¡Mamola! Hay que dominar la poesía, y el juego, y la jerga de ese juego, para hacer lo que él hizo donde el manejo de la métrica y la rima con semejante entretejido de diálogos es de quitarse uno el sombrero ante él.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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PALABRA DEL DÍA
(Ricardo Soca):
distribución@elcastellano.org

SOTA

El sota era 'el de abajo, el inferior', en la milicia, el soldado raso. Proviene del latín vulgar subta, emparentado con el latín clásico subtus ´por debajo'. En varios romances hispánicos –así como en la lengua de Oc en el sur de Francia y en algunas lenguas itálicas– dio lugar diversos términos náuticos, como sotavento 'lugar donde se está protegido del viento', o sea 'la parte de un navío opuesta a la dirección de donde viene el viento'. En el siglo XVII empiezan a aparecer vocablos prefijados con sota-, que introducía el matiz de 'por debajo de', como sotabarba 'la barba que crece debajo de la barbilla'. Como prefijo, sota- pasó a significar luego 'el segundo en alguna actividad', equivalente hoy a el 'vice-' o 'sub-'. Así, el sotocaballerizo era 'el que ayudaba al caballerizo' y el sotocura era un 'ayudante del cura, sacristán'. Este ayudante, de ocupación cuyo nombre se prefijaba con sota-, pasó a ser designado abreviadamente "el sota". Con ese sentido, sota sería también 'el soldado raso', el que está por debajo de todos los demás. Corominas dice que en catalán sota aparece ya en 1460 como 'la carta diez de cada palo de la baraja' española: el sota es 'el que está por debajo del rey y del caballo. Un siglo y medio más tarde este naipe aparece mencionado en una comedia de Cervantes publicada en 1615 en la recopilación Entremés de la guardia cuidadosa: Sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. En el Diccionario de Autoridades de la Academia Española (1726-1739), sota es definido como: La tercera figura, que tienen los náipes, la qual representa el infante, ò soldado. Díxose de la voz Italiana Soto, que vale debaxo, porque vá después de las figuras de Rey, y caballo, que le son superiores.

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Tresillo

Ha pocos días quejábame 
de que no hallaba qué hacer 
en Medellín por las noches 
desde las siete a las diez. 
Ni un baile, ni una tertulia, 
ni nada en qué entretener, 
cuando me dijo Javier 
que “En estos días Sañudo 
ha establecido un hotel 
en donde puedes pasar 
horas enteras muy bien”. 

“Allí juegan dominó, 
juegan tresillo, ajedrez, 
hay buena conversación, 
periódicos que leer; 
allí dan brandy, cerveza, 
hay vinos, dulces, café... 
Es buen establecimiento, 
¿Por qué no asistes a él?”. 

Pues, señor, con tal noticia 
al fin me determiné. 
Tomé mi capa, al momento, 
y entré en el club a las seis. 
Tres personas que salían 
en el zaguán me encontré: 
-“¡Qué tal si no meto el basto!”, 
decía uno de los tres. 
-“¡Y si no das el arrastre!”. 
-“¡Qué solo el que me llevé...!”. 
Me dirigí al comedor 
y allí comiendo beef-steak 
estaban varias personas, 
hablando a más no poder. 
-“Yo perdí ese solo de oros, 
el más grande que se ve; 
seis, de cuatro matadores; 
rey de copas, cuatro y tres; 
por consiguiente, dos fallas...”. 
-“¡Pero, hombre, no puede ser! 
¿Lo perdiste...?”. –“Lo perdí”. 
-“¿Por mal jugado?”.- “¡Tal vez! 
Me recomieron los triunfos 
que en las dos fallas jugué, 
me asentaron los chiquitos 
y me fallaron el rey”. 
-“¡Amigo! ¿Qué te parece 
la polla que me saqué? 
Eché vuelta con la espalda, 
me salió de espadas seis; 
con tres de espada fui al robo, 
y ni un solo triunfo robé. 
Sin un rey, sin una falla; 
y sin embargo, has de ver, 
me la he llevado por cuatro... 
¡Tan mala y no la chillé...!”. 

De allí pasé a los salones. 
Había en un canapé 
sentadas varias personas 
que hablaban casi a la vez: 
-“¡Perdí esta polla de espadas: 
Espada, malilla y rey, 
caballo, sota, otro triunfo, 
un rey y una falla!”. –“¡A ver! 
¿Pero cómo?”. –“De codillo”. 
-“¡Era muy grande...! ¡Ya ves!”. 
-“Nooo; pero nadie ha perdido 
la polla que perdí ayer: 
Tres matadoras con copas 
y la tercia... robé tres...”. 
-“¡Fuiste a robar siendo solo!”. 
-“¡Sí, hombre! ¡Y lo que robé! 
Un orito, una copita, 
y a pateperro”. –“Pero es 
que tan sólo renunciando 
esa se puede perder...”. 
-“Pues, así me sucedió; 
robé mal, y renuncié”. 

Cansado ya de escuchar, 
sin una jota entender, 
fui a ver a los jugadores 
sentados de tres en tres. 
-“Habla la mano”.- “Paso”.-“Juego”. 
-“Bien pueda; diga de qué”. 
-“De las bravas. ¿Quiere espadas?”. 
-“Dan espadas, robe usted”. 
-“La mano juega. Rey de oros”. 
-“Tengo oros”.-“Yo también”. 
-“Bastos, tengo. No metí. 
¡Siempre está fallo ese rey!”. 
-“Un arrastre nunca es malo. 
¿Sirvieron todos? A ver... 
¿Cuántos triunfos han salido?”. 
-“Salieron... tres y tres... seis... 
A ver su baza. Aquí hay uno”. 
-“Seis y uno... siete... y tres, diez”. 
-“Uno de éstos para el basto”. 
-“¡No se podía perder!”. 
-“¿De qué entró? ¿Cuánto se debe?”. 
-“Cinco reales.- Tome usted”. 
-“Un fuerte por cinco reales”. 
-“Cinco reales”.-“Muy bien”. 
Me separé de esta mesa 
Y a otra mesa me acerqué. 
Allí exclamaban: “-¡Pero, hombre! 
¿Por qué no quiso volver 
esas espadas sabiendo 
que estoy fallo?”. –“Lo mismo es. 
Si el señor juega su basto, 
mejor se lo dejo hacer; 
los embazo, y en seguida 
con sota y rey me hago pie”. 
-“No hay remedio. Tijereta 
para el caballo de usted”. 
En otra mesa decían: 
-“Cinco, entrada; vuelta, seis; 
tres matadores, son nueve; 
primeras diez, dan de a diez”. 
Y en otra: -“¡Si yo he podido 
agachármele a su tres!”. 
-¡No, señor, con un triunfito 
de los míos que eche usted...!”. 
-“¡O que usted vuelva a sus bastos!”. 
-“O que no vuelva oros él...”. 
-“Es puesta...”.-“Le doy codillo...”. 
-“¡Si eras más grande! Da, Andrés”. 
Y mareado, aturdido, 
no pudiendo comprender 
ni el juego ni las palabras, 
y maldiciendo a Javier, 
salí a la calle al momento. 
Llegué a casa, y me acosté; 
Pero, apenas me dormí, 
soñé que estaba en Babel. 

Gregorio Gutiérrez González

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