domingo, 22 de mayo de 2016

153. Amante Japonés (el), de Isabel Allende

–UN VISTAZO SOBRE LA ENFERMEDAD, LA VEJEZ, Y LA MUERTE–

EL AMANTE JAPONÉS
Isabel Allende
Editorial Plaza y Janés 
1ª edición Colombia, junio 2015

Alguna vez empecé a leer una novela y sólo llegué hasta la página 50 porque no pude continuar. Se trata de “Atlas de geografía humana”, de Almudena Grandes, que me dispuse a leer con lápiz y papel como acostumbro, pero que al llegar a esa página con una lectura entretenida, por demás, descubrí que hasta ese momento… Yo no había encontrado ni una frase memorable para copiar ¡Ninguna! Como quien come papel molido adobado con salsa boloñesa. Puede que sepa bueno, pero no alimenta.


Hago notar que subrayé para señalar específicamente el pronombre YO, puesto que es posible que algún otro lector encuentre sustancia y sabor en ese bocado. Yo no lo encontré, pero respeto lo de los gustos porque en cuestión de gustos no hay disgustos.

Tal vez sí hay algo que atrajo mi atención en un comienzo, y fueron la dedicatoria y los epígrafes, que dan a entender la historia de un amor de toda la vida que se está rememorando cuando los protagonistas han llegado a la vejez, eso creo intuir puesto que, como dije, no la terminé de leer. Dedica Almudena Grandes su novela “A Luis, que entró en mi vida y cambió el argumento de esta novela… y el argumento de mi vida”. Dice la autora a su amiga Mercedes Abad, después de cumplir los treinta, que “Tenemos una edad que nos sitúa, exactamente, en el epicentro de la catástrofe”, anticipándose a la vejez que se avecina; y luego agrega la frase de Jaime Gil de Biedma: “Ahora que de casi todo hace ya veinte años”. El tema de esta novela es el del amor y la vejez, y ese es también el tema abordado por Isabel Allende en “El amante japonés”.

Una novela tiene que tener, naturalmente, una historia que contar. En el caso de la novela de Isabel Allende yo diría que se trata de la historia de dos amantes de toda una vida, y de las circunstancias que los hacen vivir sus vidas separados, y disfrutar de los momentos que pasan juntos. Esa es la columna vertebral del argumento que muestra, en primer lugar, la filosofía de la autora hacia la experiencia de ser “la otra” o “el otro” en una relación triangular de ménage à trois que va más allá de lo físico y se centra en lo afectivo de los amores imposibles y clandestinos. Pero, por otra parte, la autora expone su filosofía o pensamiento en torno de la vejez, de la enfermedad, y de la muerte; y es en estos aspectos en los que expresa sus frases más memorables que invitan a reflexionar sobre tales asuntos aunque, debo confesarlo, no es fácil mirar las cosas desde el ángulo en que las mira la autora donde el Dios de los Cristianos, y las creencias y principios de la Fe Católica, están ausentes.

Coincide mi lectura de esta novela con una noticia que acabo de leer (revista Avianca, diciembre de 2015, página 198) en el sentido de que a mediados del siglo XX había en el Japón 153 personas cuya edad superaba los cien años, y para comienzos del siglo XXI la cifra ha subido a 61.568; debido al aumento en las expectativas de vida como producto de los avances en la medicina, en la alimentación, en los cuidados de las personas, y en la conciencia de la necesidad de tener hábitos de vida saludables. 

Aparte los mencionados temas de la enfermedad, la vejez, y la muerte; están los de la diferencia de clases, la discriminación, la xenofobia, la pobreza extrema, la miseria, la pedofilia y la pornografía infantiles, la trata de blancas, la eutanasia, y el aborto. Insertos en el argumento, la autora expone su pensamiento con respecto a cada uno de ellos.

No era Isabel Allende una escritora del afecto de algunos amigos en el taller de escritura literaria al que yo asistía a comienzos del siglo. “Esa señora no sabe escribir”, decían, “es una simple copiona en el estilo y en los temas”. Respeté su opinión, pero no la compartí, y así se los hice saber. “Para mí ella tiene una escritura entretenida y agradable de leer, aparte de que me gustan sus contenidos. Ya quisiera yo escribir con tanta fluidez y haber llegado a su edad habiendo publicado tantos libros convertidos en exitosos best sellers”. Mis argumentos no los desanimaban, y atribuían su éxito a “eficientes agentes de mercadeo publicitario”. Muy tercos ellos, pero su terquedad solamente equiparable con la mía. “No importa”, dije, “ya quisiera yo tener agentes literarios tan eficientes, y de todos modos a mi modo de ver si una obra no se sostiene por sí misma no hay agentes literarios posibles que puedan levantar un monumento pegado con tiras de esparadrapo. Si su obra no fuera meritoria y no mereciera la aprobación del público comprador de sus libros, la fama de ella no se sostendría en el favor de las gentes. Es claro que a nadie obligan a que lea nada, y uno está en libertad de no leerla. Sólo que yo, al igual que miles de sus simpatizantes, seguimos siendo sus fanáticos después de cada libro leído”. Llegados a este punto, mis contradictores desistieron de seguirla descalificando, y yo me sostuve en la libertad de seguirla leyendo.

Un párrafo copiaré, a manera de ejemplo, en el que la autora describe el regreso de Alma, su personaje principal, de un viaje a Europa donde encontró motivos para pintar, ya que la pintura era su hobby apreciado por muchos al punto de vender cuadros expuestos en galerías. Tal párrafo es como una acuarela vivamente descrita en sus trazos precisos:

ALGUNAS FRASES QUE LLAMARON MI ATENCIÓN

1. Pag. 296

Tenía la cabeza llena de colores, dibujos, y diseños de lo que había visto; alfombras turcas, jarrones griegos, tapices belgas, cuadros de todas las épocas, íconos recamados de pedrería, madonas lánguidas, y santos famélicos; pero también mercados de frutas y verduras, botes de pesca, ropa colgada en balcones de callejuelas angostas, hombres jugando al dominó en tabernas, niños en las playas, manadas de perros sin dueño, burros tristes, y tejados antiguos, en pueblos adormilados de rutina y tradición. Todo habría de terminar plasmado en sus sedas con grandes brochazos en colores radiantes.

2. Pag. 17

A las abuelitas hay que mimarlas, pero sin faltarles al respeto. Lo mismo a los abuelitos, pero a ellos no hay que darles mucha confianza, porque se portan malucos.

3. Pag. 18

La gente mayor es la más divertida del mundo. Ha vivido mucho, dice lo que le da la gana, y le importa un bledo la opinión ajena.

4. Pag. 24

La edad, por sí sola, no hace a nadie mejor ni más sabio; sólo acentúa lo que cada uno ha sido siempre. El que es un miserable, no se vuelve generoso con los años, se vuelve más miserable. El enamorado calavera, se convierte en un viejo verde.

5. Pag. 44

Uno quiere seguridad para los seres queridos, pero lo que uno quiere para sí mismo es autonomía.

6. Pag. 57

La infancia es una etapa desgraciada de la existencia. El cuento de que los niños merecen felicidad se lo inventó Walt Disney para ganar plata.

7. Pag. 75

Pero nunca he estado más contenta que ahora (dijo su amiga Cathy, otra residente de la casa gerontológica) ¿Por qué, Cathy? –le preguntó Alma–. Porque me sobra tiempo y por primera vez en mi vida nadie espera nada de mí. No tengo que demostrar nada, no ando corriendo, cada día es un regalo y lo aprovecho a fondo.

8. Pag. 77

(Irina, desde que llegó al país)… Se sentía segura por primera vez en catorce años. Nunca había permanecido tanto tiempo en un lugar; sabía que la tranquilidad no iba a durar, y saboreaba esa tregua en su vida. No todo era idílico, pero comparados con los problemas del pasado, los del presente resultaban ínfimos.

9. Pag. 77

(Irina pensó en Seth, el nieto de su amiga) Sabía que Seth Belasco estaba enamorado de ella, y sería cada vez más difícil mantenerlo a raya sin perder su valiosa amistad.

10. Pag. 78

(A Irina, la empleada de la casa gerontológica) Algunas de sus obligaciones en Lark House le fastidiaban, como la burocracia de las compañías de seguros; lidiar con parientes de los huéspedes, que reclamaban por tonterías para aliviar la culpa de haberlos abandonado; y las clases obligatorias de computación porque, apenas había aprendido algo, la tecnología daba otro salto adelante y volvía a quedar rezagada.

11. Pag. 79

Hay diferencia entre vejez y ancianidad. No es cosa de edad, sino de estado de salud física y mental. Los viejos pueden mantener su  independencia, pero los ancianos necesitan asistencia y vigilancia hasta que llega un momento en que son como niños.

12. Pag. 120

Hay mucha gente buena, pero es discreta. Los malos, en cambio, hacen mucho ruido y por eso se notan más.

13. Pag. 125

Al morir sus sexagenarios abuelos, estaban mucho más deteriorados que cualquiera de los nonagenarios huéspedes del hogar geriátrico donde Irina trabajaba, que envejecían de a poco, con dignidad, y con sus dentaduras completas fueran propias o postizas, pero ella había comprobado que el proceso era el mismo: se avanza paso a paso hacia el final, unos más rápidamente que otros, y por el camino se va perdiendo todo. No se puede llevar nada al otro lado de la muerte.

14. Pag. 194 y 195

Ser amantes tiene sus ventajas. Nunca hemos tenido que lidiar con problemas domésticos de hijos, de dinero, y tantos otros que enfrentan las parejas. Sólo nos juntamos para amarnos. Además una relación clandestina debe ser defendida, es frágil, es preciosa.

15. Pag. 195

“Fui retrasando la decisión de visitarte porque no quería desenterrar historias muertas”, dijo él. –“No están muertas, están más vivas ahora que nunca. Eso pasa con la edad: las historias del pasado cobran vida y se nos pegan en la piel. Me alegra que vayamos a pasar juntos los próximos años”, dijo ella. 

16. Pag. 196

(Ante la expectativa de la muerte Lenny dijo que): 

No serán años sino meses, Alma. Tengo un tumor cerebral inoperable y me queda poco tiempo antes de que aparezcan los síntomas más notorios. Ya he vivido lo suficiente y aunque con un tratamiento agresivo podría durar un poco más, no vale la pena someterse a eso. Soy cobarde y temo al dolor. No ocuparé un lugar aquí por mucho tiempo… pero no esperaré tanto… Voy a despacharme cuando se agrave mi condición… Tengo que actuar mientras tenga bien la mente.

17. Pag. 196 y 197

Había demasiados ancianos en el planeta que vivían mucho más de lo necesario para la biología, y de lo posible para la economía. No tenía sentido obligarlos a permanecer presos en un cuerpo dolorido o una mente desesperada. Pocos viejos están contentos porque la mayoría pasa pobreza, no tiene buena salud ni familia. Esta es la etapa más frágil y difícil de la vida, aún más que la infancia porque empeora con el paso de los días y no tiene más futuro que la muerte.

18. Pag. 197

Cathy sostenía que dentro de poco se podría optar por la eutanasia, y que este sería un derecho en vez de un crimen.

19. Pag. 197

A Cathy le constaba que varias personas en Lark House estaban provistas de lo necesario para una salida digna y, aunque entendía las razones para tomar esa decisión, ella no tenía intención de irse de ese modo (y agregó que): Vivo con dolor permanente, Irina, pero si me distraigo es soportable. 

20. Pag. 197

Irina supuso que Lenny, por su profesión, contaba con drogas más expeditivas que las que venían de Tailandia envueltas en papel café y sin identificación.

21. Pag. 197

No tengo miedo. Supongo que después de la muerte es lo mismo que antes de nacer, ¿Tú lo tienes?

22. Pag. 197 y 198

Un poco… Me imagino que después de la muerte no hay contacto con este mundo, nada de sufrimiento, personalidad, memoria, es como si esta Alma Belasco nunca hubiera existido. Tal vez algo trasciende: el espíritu, la esencia del ser. Pero te confieso que temo desprenderme del cuerpo, y espero que entonces mi amante Ichimei esté conmigo, o venga mi esposo Nathaniel a buscarme.

23. Pag. 198

Si el espíritu no tiene contacto con este mundo, como dijiste, no veo cómo puede venir Nathaniel a buscarte, comentó él. Alma se rio, Cierto. Es una contradicción. Estamos tan aferrados a la vida. Dices que eres cobarde, pero se requiere entereza para despedirse de todo y cruzar un umbral que no sabemos adónde conduce.

24. Pag. 198

Por eso vine a tu lado, amiga. No creo que pueda hacerlo solo. Pensé que tú eras la única persona que me puede ayudar, la única a quien puedo pedir que esté conmigo cuando llegue el momento de morir.

25. Pag. 199

Carta de Ichimei a Alma:

Ayer, Alma, cuando por fin pudimos encontrarnos para celebrar nuestro cumpleaños, te noté de mal humor. Dijiste que de pronto, sin saber cómo, hemos alcanzado los setenta. Temes que nos falle el cuerpo, y a eso que llamas la fealdad de la vejez, aunque eres más bella ahora que a los veintitrés. No estamos viejos por haber cumplido setenta. Empezamos a envejecer en el momento de nacer, cambiamos día a día porque la vida es un continuo fluir. Evolucionamos. Lo único diferente es que ahora estamos un poco más cerca de la muerte. ¿Y qué tiene eso de malo? El amor y la amistad no envejecen. Ichi.

26. Pag. 202

Alma Belasco había sido una mujer enérgica, activa, tan intolerante con sus debilidades como lo era con las ajenas, pero los años la estaban suavizando y tenía más paciencia con el prójimo y consigo misma.

27. Pag. 202

Si nada me duele es que amanecí muerta, decía al despertar.

28. Pag. 202

Siempre que no cayera en la tentación del desorden, no le faltaban la atención ni el razonamiento.

29. Pag. 202

Mo mencionaba sus limitaciones, se enfrentaba a ellas sin aspavientos… le repugnaba la fascinación de los viejos con sus enfermedades y achaques, un tema que a nadie le interesaba, ni siquiera a los médicos.

30. Pag. 202

La creencia muy difundida, que nadie se atreve a expresar en público, es que los viejos estamos de más, y que ocupamos espacio y recursos que les corresponden a la gente productiva.

31. Pag. 202 y 203

No reconocía a muchas de las personas de las fotos, gente intrascendente de su pasado que se podía eliminar. En las otras, las que pegaba en los álbumes, podía apreciar las etapas de su vida, el paso de los años, cumpleaños, fiestas, vacaciones, graduaciones, y bodas. Eran momentos felices. Nadie fotografía las penas.

32. Pag. 205

Comprendió la reticencia de no querer mostrarse en público a través del lente clínico de su marido, a quien parecía haberla unido un sentimiento mucho más complejo y perverso que el amor de esposos.

33. Pag. 206

Desde hacía un tiempo Alma le prestaba a Irina la llave de su ridículo automóvil para que condujera, porque Irina simplemente se negaba a arriesgar su vida como pasajera: la audacia de Alma con el tráfico había aumentado a medida que le fallaba la vista y le temblaban las manos.

34. Pag. 206

No quiero terminar  viviendo en pijama y pantuflas. Los viejos que se meten en la cama no se levantan más.

35. Pag. 208

Un año antes, Alma calculaba que iba a vivir sin cambios hasta los noventa, pero ya no estaba tan segura; sospechaba que la muerte se le estaba acercando. Antes la sentía paseando por el barrio, después la escuchaba murmurando por los rincones, y ahora mismo estaba asomándose en su apartamento… A los sesenta pensaba en la muerte como algo abstracto, que no le concernía; a los setenta la consideraba un pariente lejano, fácil de olvidar porque no se mencionaba, pero que inexorablemente llegaría de visita. Después de los ochenta, sin embargo, empezó a familiarizarse con ella… La veía por aquí, y por allá, bajo la forma de un árbol derribado en el parque, de una persona pelada por el cáncer, de su padre y su madre cruzando la calle. Podía reconocerlos porque estaban igual que en la fotografía de Danzig. A veces era su hermano reaparecido y muerto por segunda vez apaciblemente en su cama. Su tío se le aparecía vigoroso, como era antes de que le fallara el corazón; pero la tía llegaba a saludarla de vez en cuando en la duermevela del amanecer, tal como era hacia el final de su vida: una viejecita vestida de color lila, ciega, sorda, y feliz porque creía que su marido la llevaba de la mano… mira esa sombra en la pared, ¿No parece la silueta de un hombre? Debe de ser mi difunto Nathaniel. No te preocupes, niña, no estoy demente, sé que sólo es mi imaginación.

36. Pag. 209

¿Los ángeles de la guarda personales? ¡Claro que existen! Si yo no tuviera un par de ángeles de la guarda ya estaría muerta, o tal vez habría cometido algún crimen o estaría presa.

37. Pag. 216

Todos tenemos demonios en los rincones oscuros del alma, pero si los sacamos a la luz, los demonios se achican, se debilitan, se callan, y al fin nos dejan en paz.

38. Pag. 216 y 217

Le dijo que la tarea más importante en la vida era limpiar los propios actos, comprometerse totalmente con la realidad, dejar atrás el pasado, poner toda la energía en el presente, y hacerlo ahora, inmediatamente… lo que intento decirte es que no debes seguir anclada en el pasado y asustada por el futuro. Tienes una sola vida, pero si la vives bien, es suficiente.

39. Pag. 217

La felicidad no es para todo el mundo, Cathy… Claro que sí. Todos nacemos felices. Por el camino se nos ensucia la vida, pero podemos limpiarla. La felicidad no es exuberante ni bulliciosa, como el placer o la alegría. Es silenciosa, tranquila, suave, es un estado interno de satisfacción que empieza por amarse a sí mismo.

40. Pag. 218

La sicóloga le había repetido que los traumas no desaparecen por desdeñarlos, son una medusa persistente que espera en la sombra y en la primera ocasión ataca con su cabellera de serpientes… En vez de dar la batalla, Irina había escapado y desde entonces su existencia había sido una continua huida hasta que llegó a Lark House. Se refugiaba en su trabajo y en los mundos virtuales de los videojuegos y las novelas de fantasía en que no era ella sino una valiente heroína con poderes mágicos… Sus pesadillas del pasado eran como polvo asentado en el camino, bastaba el menor soplo para levantarlo en torbellinos.

41. Pag. 223

Aceptó encabezar el Grupo de Desapego, que se le ocurrió al darse cuenta de lo angustiados que estaban los huéspedes de Lark House que se aferraban a sus posesiones, mientras aquellos que tenían menos vivían más contentos.

42. Pag. 226

Mi papá me dijo algo muy curioso, Irina, me aseguró que Ichimei tiene aura… un halo invisible que es un círculo de luz tras la cabeza, como los que tienen los santos en las pinturas religiosas, pero el de Ichimei es visible. Mi papá me dijo que no siempre se le podía ver, sólo a veces dependiendo de la luz… Él debe ser una especie de faquir, porque controla el pulso y su temperatura, puede calentar una mano como si ardiera de fiebre, y congelar la otra. Me lo dijo mi padre que es escéptico y no cree en nada que no pueda comprobar por sí mismo.

43. Pag. 230

Las sábanas estaban limpias, como todo en esa habitación, porque sus abuelos le habían enseñado a Irina que la pobreza no es excusa para la mugre.

44. Pag. 249

Ella lo adoraba, pero sabía que las desventajas de la pobreza acabarían con su amor… “Ahora veo que no puedo casarme con Ichimei, pero tampoco puedo renunciar a amarlo, y sin él me secaría como una planta en el desierto, me moriría”.

45. Pag. 259

Le soltó el discurso preparado con esmero de leguleya sobre cómo lo amaba y lo amaría por el resto de sus días, pero que esa relación carecía de futuro, que era imposible, que la familia y los amigos empezaban a sospechar y a hacer preguntas, que ellos provenían de mundos muy diferentes y cada uno debía aceptar su destino, que había decidido proseguir sus estudios de arte en Londres y tendrían que separarse… Ya no puedo más con este secreto, me está destrozando los nervios. Debemos separarnos para siempre, dijo ella. “Para siempre es mucho tiempo, Alma. Creo que volveremos a encontrarnos en mejores circunstancias o en otras vidas”, dijo Ichimei.

46. Pag. 273

Estuve esperándote, te has retrasado. “La vida es muy corta para ser puntual”, replicó ella con un suspiro. 

47. Pag. 280

Seguía fiel a su creencia de que, dándoles tiempo, casi todos los achaques se curan solos. 

48. Pag. 280 y 281

“Buenas noches, muerte”, decía antes de dormirse, con la vaga esperanza de no despertar. Sería la manera más elegante de irse. 

49. Pag. 281

La muchacha no podía imaginar el coraje que se requiere para envejecer sin asustarse demasiado. 

50. Pag. 289

Quien diga que tarde o temprano todo fuego se apaga solo, se equivoca: hay pasiones que son incendios hasta que las ahoga el destino de un zarpazo y, aun así, quedan brasas calientes listas para arder apenas se les da oxígeno. 

51. Pag. 291 y 292

Había media docena de mujeres persiguiéndolo, y suponía que verlo casado no sería un impedimento sino tal vez un incentivo para más de una… “Eres libre para ir con otras mujeres, Nathaniel, y sólo te pido que seas discreto para evitarme la humillación”.

52. Pag. 299

En cada regreso, ya fuera al cabo de una ausencia prolongada o una breve, su hijo la recibía con el mismo cortés apretón de mano en vez del abrazo eufórico tan esperado. Concluyó, picada, que Larry quería más al gato que a ella.

53. Pag. 302

La familia temió que, sin él, Lillian se secaría de pena en poco tiempo; pero ella les demostró que la muerte no es un impedimento insalvable para la comunicación entre quienes se aman de veras.

54. Pag. 303

Según el psicólogo que lo salvó del divorcio, no podía esperar de su esposa ese amor recibido de la abuela, porque en el matrimonio no hay nada incondicional.

55. Pag. 303

Nunca cedió a la curiosidad de llamar a Ichimei. Le había costado mucho recuperarse del amor frustrado y temía que, si oyera su voz por un instante, volvería a naufragar en la misma pasión obstinada de antes.

56. Pag. 305

Esperó durante dos semanas que Ichimei se pusiera en contacto con ella; examinaba el correo con ansiedad y se sobresaltaba cada vez que repicaba el teléfono, imaginando mil excusas para ese silencio, menos la única razonable: estaba casado.

57. Pag. 307

Nunca demostró el menor resentimiento por las ausencias de su mujer. Se sentían tan visceralmente cómodos el uno con el otro como gemelos que nunca se hubieran separado. Podían adivinarse el pensamiento, adelantarse a los estados de ánimo o los deseos del otro, terminar la frase que el otro comenzaba.

58. Pag. 308 y 309

Celebraban los éxitos mutuos y ninguno de los dos hacía más preguntas de las estrictamente necesarias, como si adivinaran que el delicado equilibrio de su relación podría desbaratarse en un instante con una confidencia inadecuada. Aceptaban de buena gana que cada uno tuviera su mundo secreto y sus horas privadas, de las que no había obligación de dar cuenta. Las omisiones no eran mentiras.

59. Pag. 317

Los alemanes no son una raza de psicópatas, Alma; son gente normal como tú y como yo, pero cualquiera con fanatismo, poder, e impunidad, puede transformarse en una bestia como los miembros de las SS en Auschwitz.

60. Pag. 323

De poco me han servido los años de práctica espiritual si no he logrado despojarme del deseo. Espero tus cartas y voz en el teléfono, te imagino llegar corriendo… A veces el amor duele. Ichi.

61. Pag. 324

“Pero no llores por mí, Alma”… No lloro sólo por ti, sino por mí. Y por nosotros, por todo lo que no te he dicho, por las omisiones y mentiras, por las traiciones y el tiempo que te robé… ¡Qué dices, por Dios! No me has traicionado por amar a Ichimei, Alma. Hay omisiones y mentiras necesarias, como hay verdades que más vale callar.

62. Pag. 324

El corazón es grande, se puede amar a más de una persona.

63. Pag. 324 y 325

Nos hemos querido tanto, Alma. Uno siempre debiera casarse con la mejor amiga. Te conozco como nadie. Lo que no me has dicho lo puedo adivinar.

64. Pag. 336

No es fácil vivir, ni es fácil morir, pensó Irina junto a la moribunda.


65. Pag. 337

Deseaba que Alma se fuera de una vez, para acabar con el sufrimiento; y también deseaba que no se fuera nunca… Que resucitara y pudieran regresar juntas a continuar con sus vidas como antes.

66. Pag. 325-329

(Acabo de encontrar un final inesperado, que no alcancé a sospechar, pero el tratamiento que le da la autora choca con la experiencia que tengo de las relaciones de pareja. Esa comprensión y aceptación de Alma con las circunstancias de Nathaniel, y de él con las de ella, solamente las encuentro en esta novela. En la vida práctica latina y machista del entorno que conozco, tal comprensión es inconcebible. No voy a decírselos aquí, porque sería traicionar a la autora. Sería como revelar quién es el asesino a un lector que apenas va en las primeras páginas de una novela de Agatha Christie).

Notas finales:

A propósito de la vejez un amigo me recomendó leer el libro “De senectute” del filósofo italiano Norberto Bobbio, fallecido a los 94 años (1909-2004), que fue escrito cuando tenía 87. Lamentablemente no lo he leído… aún. 

Dicho libro fue reseñado, entre otros, por Ángel Zapata Ceballos en el 2009 para el blog NTC:


Y por Héctor Abad Faciolince para la sección Opinión de la revista Semana.com en enero 19 de 2004. 


Dice Bobbio que antes los viejos eran los sabios de la tribu, los que tenían experiencia y sabiduría, pero que ahora con los avances tecnológicos “el viejo, cada vez más, es aquel que no sabe”, y agrega en sus análisis que “no es que el viejo esté encariñado con sus ideas, es que no tiene otras”.

Sobre los temas de la enfermedad, la vejez, y la muerte, muchos se han ocupado. Alguna vez leí “Una muerte muy dulce”, de Simone de Beauvoir, sobre la enfermedad y muerte de su madre (también escribió ella “La vejez”, ocupada en el mismo tema) y alguna vez leí también “Diario de una buena vecina” sobre una mujer que trabaja como ejecutiva en una revista pero también se ocupa de un voluntariado para acompañar a su anciana vecina que vive sola. Los análisis o visiones de ambas escritoras sobre estos procesos de la decadencia del ser humano le abren al lector el horizonte de su propia visión respecto a esos temas tan… ineludibles, sobre los que a la gente no le gusta hablar porque piensa que mencionarlos es “atraer a la mala suerte”, avestruzados en el dicho de que “lo que no se menciona no existe”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


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