domingo, 17 de septiembre de 2017

222. Secreto de los ojos verdes

Remontémonos a mi bisabuelo Benito Ramírez, por los días en que nació mi abuelo. Es evidente que a mi bisabuelo debía parecerle bonito el nombre de Cupertino, porque lo escogió para bautizar a mi abuelo. Un nombre es como un título que uno carga por el resto de la vida para escribir la novela de sus vivencias. A mi abuelo tal vez no le gustó su nombre, puesto que no se lo puso a ninguno de sus catorce hijos. Mi padre, el menor, fue llamado Delio. A mi padre tampoco le gustó el suyo, porque ninguno de sus catorce hijos lo lleva. Tampoco le gustó el nombre de mi padrino que al papá de mi padrino le parecía tan bonito, porque no dejó que me bautizaran Marino. Yo fui llamado Orlando, pero preferí el de Carlos Fernando Ramírez Gallego para mi hijo. Él se firma Carlos Ramírez, dando a entender que el Fernando lo considera un estorbo. En el ejército, cuando pagó el servicio militar, lo llamaban “Gallego”, y sus condiscípulos de educación primaria lo apodaron “Gallito” por una telenovela que pasaron hace unos años. A diferencia de sus padres y de sus abuelos, mis nietos se llaman Jacobo y Martín; y eso confirma que tal vez sean pocos los que, a la hora de la verdad, se sienten satisfechos con su nombre.

Claro que se da el caso de los presidentes estadounidenses George Bush Sr. y George Bush Jr; el de los músicos españoles Augusto Algueró Algueró, Augusto Algueró Dasca, y Augusto Algueró García, que hacen parte de una dinastía familiar; o el de los músicos mexicanos Ernesto Cortázar Hernández, Ernesto Cortázar Ducker, y Ernesto Cortázar Carpizo, que hacen parte de otra. Y en la película “Love Story” el protagonista es Oliver Barrett IV, lo que indica que ha sido precedido por otros tres que llevan su nombre.

Un libro es como un hijo, y uno baraja posibilidades hasta que escoge aquel título que a uno le parece más apropiado. Pero no falta quien diga que “si hubiera sido yo, lo hubiera titulado de otra manera”. No lo dudo. Cada quien hace su propia lectura.

Se me ocurren estas reflexiones porque vi una película argentina (2009, dir. por Juan José Campanella, premio Oscar a la mejor película extranjera 2010) con un título que a mí me parece bello: “El secreto de sus ojos”, basado en la novela de Eduardo Sacheri “La pregunta de sus ojos”. Es una muy buena película de suspenso, bien realizada. Lo que no acaba de gustarme es el título que es bello, ya lo dije, pero mal escogido a mi parecer (aunque en cuestión de gustos no hay disgustos). No sé en la novela escrita si el título que hace referencia a una pregunta esté justificado, pero en el guion de la película y en el título que hace referencia a secreto me parece que no. No basta con que algunos de los protagonistas, y entre ellos el investigador y la jefe, tengan ojos claros. El argumento tiene una historia principal: la búsqueda del violador y asesino de una joven y bella mujer. Tiene una historia secundaria: el amor intuido e inconfesado por años de años entre el investigador y la jefe. Y hasta una historia terciaria: el comportamiento de los jueces y funcionarios de los juzgados; y el de la Justicia, en general, que no siempre hace justicia. Con excepción del nivel secundario, en el que el investigador deja traslucir en su mirada que está enamorado de la jefe, y en algunas ocasiones la jefe deja traslucir en la suya que el investigador le simpatiza, el título no está justificado por el asunto central: la búsqueda del asesino. Un título como “La justicia cojea”, o como “El que la hace la paga”, o como “Te vengaré, amor mío”; podrán ser menos bellos que “El secreto de sus ojos”, pero son por lo menos más ajustados a la historia que se cuenta.


No se dejen descontrolar por el título, porque la película vale la pena de ver.

Viene a mi mente un verso que no recuerdo bien, e ignoro si era de Tartarín Moreira, o algo así; que hacía referencia a una negra chocoana afroesclavodescendientezulú de aquellas oscuras de un negro tan brillante que llaman “negro azul”. La mujer, mueca y fea, iba cargando por la vida con el nombre de Aurora, y el verso termina diciendo “Porque el cura que te puso Aurora, /no ha visto amanecer, /negra hijueputa”. Hay nombres y títulos que son de una contradicción evidente.

Ya que hablamos de cine, pasemos a una película en la que al final se oye una canción que tiene que ver con unos ojos claros, pero hablaré antes de otras cosas para ponernos en contexto de lo que quiero transmitir.

Alguna vez toqué el tema, y defendí la tesis, de que independiente de la letra la música de una canción puede sonar triste y melancólica; o alegre y vigorosa.

Una canción de música alegre como es el bullerengue, puede tener letra triste (Coroncoro, se murió tu madre. “¡Déjala morir!”):

https://www.youtube.com/watch?v=TvdGMJoQYGI

Otras veces una canción de música triste como es el tango, puede tener una letra alegre (Victoria, cantemos victoria, yo estoy en la gloria… ¡Se fue mi mujer!):

https://www.youtube.com/watch?v=0DE99lrrh_E

A veces una canción de música alegre tiene letra alegre, como es el caso del torbellino “¡Viva la fiesta!”:

https://www.youtube.com/watch?v=Q61Dy4bpupU

Y a veces una canción de música triste tiene letra triste, como la balada de Joaquín Sabina que habla de que “era un pueblo con mar, una noche después del concierto, y tú reinabas detrás de la barra del único bar que encontramos abierto… y nos dieron las diez, y las once, las doce, la una, las dos, y las tres… y desnudos al anochecer nos encontró la luna”. Al siguiente verano el chico volvió con su guitarra a la espalda, pero no había ni rastros de la que fue su amor en el verano pasado. Nadie le supo dar razón. Eso es triste, muy triste. Eso es un tango, o sea “un sentimiento triste que se baila”, al decir de Enrique Santos Discépolo.

También está el caso de “Once Upon a Time” (Érase una vez una chica de ojos claros…), un blues interpretado por Jay Mc Shann en que la voz es triste y los instrumentos que lo acompañan tienen su propia tristeza.

Esa canción suena al final de la película “No nos dejes colgadas” (Walter Mathau, Meg Ryan, Diane Keaton, Lisa Kudrow) y, sin saber el significado de la letra, me sedujo. La música es un blues, pero la letra es… ¡Un tango! ¿Cómo no va a ser un tango una letra que, como en el argumento de la novela “Rayuela” (La Maga, de Horacio Oliveira), o como en el argumento del tango “Mi noche triste” (Percanta, que me amuraste en lo mejor de mi vida), o como en el argumento del tango “La Cumparsita” (Decí, Percanta, ¿Qué has hecho de mi pobre corazón?); se habla de una chica que amaba al protagonista y eran felices, hasta que la chica se fue y no regresó? Eso es un tango.



ONCE UPON A TIME (ÉRASE UNA VEZ)
(Letra de Lee Adams, música de Charles Strouse, interpretación de Jay Mc Shann).

https://www.youtube.com/watch?v=rjNo8y5PwtE

(Versión en inglés)

Once upon a time 
a girl wity moonlight in he eyes 
put her hand in mine. 
She said she loved me so…,
but that was once upon a time,
very long ago. 
Once upon a hill 
we sat beneath the willow tree
counting all the stars,
and waiting for the dawn. 
So once upon a time.
Now, the tree is gone.
¡How the breeze ruffled through her hair!
¡How we always laughed
as though tomorrow wasn't there!
We were young,
and didn't have a care.
So where ¡Oh! ¿Where did it go?
Once upon a time
the world was sweeter than we knew.
So everything was ours,
¡How happy we were then!
So, once upon a time…
Never comes again.

(Traducción libre al español)

Hubo una vez una chica
con ojos de claro de luna
que puso su mano en la mía
y me dijo que me amaba…
Pero eso fue hace mucho tiempo.

Una vez subimos a una colina
y estuvimos sentados
debajo de un sauce
contando las estrellas
mientras amanecía…

Pero eso fue hace mucho tiempo,
y el árbol ya no está.

¡Cómo agitaba la brisa su cabello
y nos rozaba!

¡Cómo reíamos como si el mañana
no fuera a llegar!

Éramos jóvenes,
y en la juventud no se tiene cuidado.
¿Adónde fueron esos jóvenes de ayer?

Érase una vez en que el mundo era más dulce.
Todo era nuestro. ¡Qué felices éramos!
Pero, de alguna manera, eso fue una vez…
y ya nunca volverá a ser igual.

Los ojos no sólo en el cine, y en la literatura, sino en la música; han sido objeto de atención profusa. Más de ciento cincuenta títulos lo confirman: 

"A la luz de tus ojos; A unos ojos; A tus ojos; Adoro niña tus ojos; Amo mucho tus ojos; Arráncame los ojos; Asómate a mis ojos; Bellos ojos; Borinqueña de ojos negros; Cerraré mis ojos; Cerró sus ojos Cleto; Cierra los ojos y sueña; Cierra morena los ojos; Con el ojo abierto; Con los ojos cerrados; Cuando miran tus ojos; Cuando tus ojos me miran; De dónde sacaste esos ojos; Detrás de tus ojos; Dile a tus ojos; Dios en tus ojos; Dos ojos negros; El color de tus ojos; El espejo de tus ojos; El fuegazo de tus ojos; El fuego de tus ojos; El mar está en tus ojos; El porqué de tus ojos; El triunfo de tus ojos; En el fondo de tus ojos; En el reino de tus ojos; En mis ojos hallarás la respuesta; En tus ojos; El porqué de tus ojos; Esos ojitos negros; Esos ojos negros; Esos tus ojos negros; Fueron tus ojos; Golondrina de ojos negros; Hay peligro en tus ojos querida; Hay unos ojos; He visto en tus ojos; Humo en los ojos; La chica de los ojos cafés; La gitana de los ojos negros; La luz de tus ojos; La niña de tus ojos; Levanté los ojos para mirar al cielo; Lindos ojos; Lo que vieron mis ojos; Los luceros de tus ojos; Los ojazos de mi negra; Los ojos de Carmen; Los ojos de Concha; Los ojos de mi morena; Los ojos de mi moza; Los ojos del corazón; Los ojos más lindos; Luz de mis ojos; Me enamoré de tus ojos; Me miro en tus ojos; Mírame a los ojos; Mírate en mis ojos; Mírenme esos ojos; Mis ojos me denuncian; Muchacha de ojazos negros; Muchacha de los ojos tristes; Muchachita de ojos negros; Muchachita de ojos tristes; Ninfa de los ojos brujos; Niña de ojos tristes; Niña de ojos verdes; No fueron tus ojos; No me mires a los ojos; No mires a los ojos de la gente; Ojitos; Ojitos lindos; Ojitos negros; Ojitos panameños; Ojitos verdes; Ojo de agua; Ojo de vidrio; Ojos así; Ojos azules; Ojos azules como es el cielo; Ojos cafés; Ojos claros; Ojos color de miel; Ojos color de sol; Ojos de almendra; Ojos de cielo; Ojos de gata; Ojos de juventud; Ojos de luna; Ojos de María, Ojos de papel; Ojos de perro azul; Ojos de yo no sé qué; Ojos divinos; Ojos españoles; Ojos esquivos; Ojos gitanos; Ojos glaucos; Ojos hechiceros; Ojos huraños; Ojos indios; Ojos, labios, y cabellos; Ojos malignos; Ojos malos; Ojos malvados; Ojos maternales; Ojos miradme; Ojos morenos; Ojos moros; Ojos negros; Ojos perversos; Ojos pintados; Ojos que matan; Ojos que no ven; Ojos rojos; Ojos tapatíos; Ojos tentadores; Ojos tristes; Ojos verdes; Por qué cierras los ojos cuando besas; Por tus ojos negros; Por unos ojos; Por unos ojos negros; Qué chulos ojos; Qué tienen tus ojos; Quémame los ojos; Regálame los ojos; Rosarinas de ojos bellos; Son tus ojos; Sultana de ojos bellos; Sus ojos se cerraron; Tus ojos; Tus ojos azules; Tus ojos castaños; Tus ojos de grela; Tus ojos de miel; Tus ojos me lo decían; Tus ojos me persiguen; Tus ojos color marrón; Tus ojos de gata; Tus ojos divinos; Tus ojos grises; Tus ojos ingrata; Tus ojos me miraron; Tus ojos mexicanos lindos; Tus ojos moros; Tus ojos pardos; Tus ojos seductores; Tus ojos son dos luceros; Tus ojos tienen la culpa; Yo no sé qué me han hecho tus ojos; Yo vendo unos ojos negros; y varios otros”.

Recientemente hablé en un correo sobre una joven y bella campesina que atendía en la fonda de un alto que sirve de mirador sobre el río Cauca, en cercanías de la población de Jericó en Antioquia. Copio el párrafo que escribí:

Cuando subíamos desde el río Cauca hasta el Morro del Salvador que preside el municipio de Jericó, hicimos la obligada parada en “El mirador”, desde donde se divisan el conjunto cerrado de Cauca Viejo, las vegas del río, las fincas con sus potreros y ganado, el paisaje todo de ese lugar montañoso tan bello. Extrañé la falta de la bella muchacha campesina que siempre nos atendía con su piel blanca, marmolina; con sus ojos verdes, fulgurantes; su cabello rubio, sencillamente peinado en moña a la nuca; su amabilidad y su sonrisa, encantadoras; y su cuerpo y su mirada de pecado que sonreían como una promesa. La extrañé. “Se ha ido a vivir a Medellín”, nos dijo su hermano; y hubiera sido imprudencia hacer al “cuñado” más preguntas delante de mi mujer, que se habría puesto muy en alerta de mis veleidades. El hombre se fue a buscar el libro que publicaron el Idea y la Gobernación de Antioquia: “Por los caminos de Antioquia”; y empezó a mostrarnos las bellas fotografías de puertas, ventanas, balcones, portones, calles, gentes de pueblo, en fin; de muchos de los 125 municipios del Departamento de Antioquia en Colombia. No todos, porque es difícil abarcarlos. Pero en sus primeras páginas, ocupando el espacio de una de ellas a todo color, representando a las mujeres campesinas del departamento, la fotografía de la bella ventera de ojos verdes que solía atendernos en “El mirador” de otros tiempos”.

Muchos poemas y canciones se han escrito a los ojos de todo tipo y color porque, como dice la décima “Los mejores ojos”, del poeta colombiano César Conto:

Ojos azules hay bellos, 
hay ojos pardos que hechizan, 
y ojos negros que electrizan 
con sus vívidos destellos; 
pero, fijándose en ellos 
se encuentra que, en conclusión, 
los mejores ojos son, 
por más que todos se alaben, 
los que expresar mejor saben 
lo que siente el corazón”.

Por el estilo es la inspiración de la cueca de Víctor Jara, pero él resulta prefiriendo los ojos verdes por sobre todos los demás:

https://www.youtube.com/watch?v=zkbhcQHufC4

La vida, niña de los 
ojos negros, 
los ojos negros;
la vida, niña de los 
ojos colorados, 
los colorados;
la vida, tus mayores 
son mis suegros;
la vida, tus hermanos 
son mis cuñados. 
Son mis cuñados.

Ojos negros y pardos
son muy bonitos, 
son muy bonitos;
pero, los de mi gusto,
los verdecitos. 
Los verdecitos.

Los verdecitos sí;
cierto, y me muero,
por una que se llama…
ya ni me acuerdo.
Ya ni me acuerdo.

Cierto, y así se muere; 
el que te quiere, 

el que te quiere.

Nos ocuparemos sólo de los ojos verdes, como aquellos que inspiraron el madrigal de Gutierre de Cetina:

Ojos claros, serenos:
Si de un dulce mirar sois alabados,
¿Por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira;
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos…
ya que así me miráis, miradme al menos”.

Al hablar de ojos verdes, vienen a mi memoria aquellos ojos verdes, serenos como un lago, de la antioqueña Ana Edilma Cano Puerta. A Ana Edilma no le gustó su nombre y tan pronto tuvo uso de razón lo cambió por Eddy Cano, más de su gusto, y con este nombre representó a Colombia en el Reinado Universal de la Belleza del año 1980. En 1986 se casó con el cantante español Manolo Otero, del que se separó pocos años después. Sus verdes ojos son de antología.

Eddy Cano 1980

En el año de 1976 no sabía Manolo Otero Aparicio que se iba a encontrar en la vida con la belleza de Eddy Cano, aunque de haberla conocido antes bien pudiera ser ella la que le inspirara su balada "Bella mujer":


Eran verdes, del color del mar, los ojos que con su abandono dejaron desconsolado al letrista tanguero José María Contursi:

“Verdemar” (Verdemar, Verdemar…/ faltas tú, ya no estás, /se apagaron tus pupilas /verde mar…), tango con letra de José María Contursi y música de Carlos di Sarli, interpretado por Mercedes Simone:


“Aquellos ojitos verdes” (… ¿Con quién se andarán paseando? / Ojalá que me recuerden, / aunque sea de vez en cuando…), canción popular mexicana DRA, interpretada por Antonio Aguilar:

https://www.youtube.com/watch?v=dyS05N1GRb4

“Ojos verdes” (Ojos verdes que me hechizan, / que me embelesan toda mi vida, / ojos verdes como el mar…), interpretada por Víctor Piñero con Los Melódicos de Venezuela:

https://www.youtube.com/watch?v=JIsAFuhJ6wc

Verdes como el color de los trigales, y como mares, fueron los ojos que inspiraron a Jorge Villamil Cordovez; y a Rafael de León-Manuel Quiroga-Salvador Valverde; y a Sonia Dimitrowna; y a José Francisco Elizondo y Eduardo Vigil Robles.

“Llamarada” (Siempre recordaré aquellos ojos verdes, /que guardan el color que los trigales tienen… /también yo soñaré con esos ojos verdes, como mares…), letra y música de Jorge Villamil, interpretado por Silva y Villalba:


“Ojos verdes” (Ojos verdes, verdes como la albahaca; verdes como el trigo verde, y el verde, verde limón…), con letra y música de León, Quiroga, y Valverde, interpretado por Conchita Piquer:


“Verdes eran tus ojos” (Verdes, como los llanos, eran tus ojos; /verdes, como dicen que es la esperanza…), con letra y música de Sonia Dimitrowna (María Betancur Román de Cáceres), interpretado por Carlos Julio Ramírez:


“Son tus ojos verde mar” (… dos gotitas de agua clara… /verde mirar es mi vivir, /verde mirar es mi esperanza…), letra y música de Gonzalo Curiel, interpretado por Libertad Lamarque:


“Niña de los ojos verdes” (… No me pidas que te olvide, /niña de los ojos verdes; /no me pidas imposibles /niña, niña, que me pierdes…), letra y música de Juan Gabriel García Escobar, interpretado por Manuel “Manolo Escobar” García Escobar:


https://www.youtube.com/watch?v=4JycW1xYlYY

“La norteña de mis amores” (Tiene los ojos tan zarcos /la norteña de mis amores… /Cuando me miran contentos /me parece un jardín de flores; /y si lloran me parece /que se van a deshacer; /Linda, no llores. /Verdes son, /cual del monte la falda, /verdes son /del color de esmeralda… /Sus ojitos me miraron, /y esa noche me mató /con su mirada…), de José Francisco Elizondo Sagredo y Eduardo Vigil Robles, interpretada por la Rondalla Tapatía:


“Como el verde mar” (Qué tendrán tus ojos verdes, /verdes como el verde mar, /verdes como la esperanza /que alentó mi sed de amar), bolero con letra y música del argentino Guillermo Pelayo Patterson, del que no pude encontrar una grabación para compartirla con ustedes.

Sin contar las que no llevan la palabra ojos en su título pero hablan de ojos y de miradas como “Así” (Por qué al mirarme en tus ojos / sueños tan bellos / me forjaría…); como “Un viejo amor” (Por unos ojazos negros, / igual que penas de amores…); "Amor en tinieblas" (El fuego de tus ojos / quemó mis sentimientos...); como “Melina” (La huella de tu canto echó raíces, Melina; / y vuelven a reír tus ojos grises, Melina…); como "Señora Tentación", de Agustín Lara (Debo a la luna /el encanto de sus fantasías; /y, a tu mirada, /mi dolor y mi melancolía... /Señora Tentación, /de frívolo mirar... /quisiera el sortilegio /de tus verdes ojazos...); o como “Muchachita” (Sé que estás cansada de caminar, / muchachita de ojos tristes…). 


Los verdes y perturbadores
ojos de la actriz Angelina Jolie

Y en ese desfilar de ojos verdes vuelven a la memoria “Aquellos ojos verdes”, con letra de Nilo Menéndez Barnet y música de Adolfo Utrera (Adolfo Pérez-Utrera Fernández), hermano de Conchita y primo de Antonio Utrera (Antonio Pérez-Utrera Díaz), cuya versión oficial dice que fue inspirada por los ojos verdes de Conchita Utrera, de la que Menéndez “se había enamorado”… pero resulta que no. La versión no oficial es otra.


“Aquellos ojos verdes” (serenos como un lago… aquellos ojos verdes que nunca olvidaré…), bolero con letra de Nilo Menéndez y música de Adolfo Utrera; versión interpretativa de Adolfo Utrera, acompañado al piano por Ernesto Lecuona:

https://www.youtube.com/watch?v=_bFw0jhVqH8

“Aquellos ojos verdes, 
de mirada serena,
dejaron en mi alma
eterna sed de amar.

Anhelos de caricias,
de besos y ternuras,
de todas las dulzuras
que sabían brindar.

Aquellos ojos verdes, 
serenos como un lago,
en cuyas quietas aguas
un día me miré;

no saben la tristeza
que en mi alma han dejado,
aquellos ojos verdes
que nunca olvidaré”.

Veamos la versión oficial, según el blog de María Argelia Vizcaíno en el inserto titulado “Origen de algunas canciones”:


"En el enciclopédico libro Vida y Milagros de la Farándula en Cuba, Tomo III, del amigo Rosendo Rosell, se relata que el autor Nilo Menéndez le contó al periodista Enrique C. Betancourt que dicha canción se la dedicó a:

«Una linda cubanita rubia, llamada Conchita Utrera, que conocí en New York (...) me enamoré de ella ese mismo día y, por la noche, compuse la música de la canción. Le rogué después al hermano de ella -que era el malogrado poeta y gran tenor Adolfo Utrera- que me hiciera los versos. Le sugerí la letra, y... fueron sus ojos los que me dieron el tema dulce de mi canción». 

Rosell publica la foto de la dama de ojos tan bellos”. 

Continúa el blog de Vizcaíno diciendo que:

“Otra versión tiene, muy distinta, el Dr. Héctor R. Wiltz; quien la escribió para el semanario 20 de Mayo de Los Ángeles, California, el 19 de noviembre de 1988: 

«Aquellos ojos verdes... cantada magistralmente por Nat King Cole, la oí hace cuatro años en Nueva Zelandia, en mi viaje de vacaciones, en la radio de un restaurante... me estremeció, y recordé su historia… historia que relato porque ya los protagonistas murieron. Su autor, Nilo Menéndez, murió recientemente en California ya octogenario... era homosexual y años atrás se enamoró de un cubano muy conocido, que también falleció en los Estados Unidos... separado del pianista compositor por la inmensidad de Norteamérica de Este a Oeste... cubano que tenía los ojos verdes».

El melómano Jaime Jaramillo Suárez, en el nro. 1 de la revista “Tertuliando” publicado en el mes de julio de 2017 por la Tertulia de Amigos del Salón Málaga, escribe la “Historia de la canción Aquellos Ojos Verdes” y dice allí que:

“Nilo Menéndez había llegado de Matanzas (Cuba) a Nueva York en mayo de 1928, a sus 22 años. Entre él y Conchita se fue creando una relación muy estrecha de amistad. Nilo se encargó de pasearla frecuentemente y enseñarle la ciudad a la vez. Adolfo, hermano de Conchita, notó la atracción que ella sentía por Nilo y le preguntó: `Oye, Feíta (apodo cariñoso que él le tenía), ¿Tú estás enamorada de Nilo?´ A lo cual ella le respondió que `No lo sé, pero me siento muy atraída por él. Es muy guapo, atractivo, buen conversador, y me lleva a pasear por todas partes…´. Al respecto su hermano manifestó: `Olvídate de eso, que él no es hombre para estar con mujeres”.

Parece ser que Adolfo tenía por qué saberlo. Luego, agrega don Jaime Jaramillo Suárez, citando declaraciones que Conchita le dio a don Cristóbal Díaz Ayala, que:

“En junio de 1930 Carlos Arturo Toledo, un joven de 21 años que era estudiante de Medicina e hijo del acaudalado hombre de negocios de Barranquilla Antonio Toledo, empezó a enamorar a Conchita y, dado que ella era una joven de escasos 17 años sin mucha experiencia en las lides amorosas, con su corazón adolorido por el desengaño de la relación fallida con Nilo Menéndez, aceptó la propuesta matrimonial del estudiante, quien la había colmado de atenciones y regalos. Su hermano Adolfo no estuvo de acuerdo con esta decisión pero no obstante ella se casó el 11 de agosto de 1930 en Manhattan con el joven barranquillero. Viajaron casi de inmediato a Barranquilla… Al poco tiempo de un viaje a Nueva York… quedó embarazada y tuvieron una niña nacida en Barranquilla en 1931, el mismo año en que Adolfo se suicidó en Nueva York. La joven quedó desolada por la muerte de su hermano… en un país que no conocía, lejos de su familia, sufriendo maltratos de tipo sicológico por su esposo que resultó ser esquizofrénico y celoso que no le permitía viajar ni llevar una vida normal sino quedarse en casa criando a la niña y sin poder cantar ni siquiera en casa porque su esposo la mandaba a callar diciéndole que parecía una `verdulera de la plaza de mercado´… Con su hija, que ya contaba con 12 años… volvió a Cuba para no regresar nunca jamás a Colombia, en el año de 1944… Unos años después Conchita se enteró de que su esposo se había suicidado en Barranquilla aproximadamente en el año de 1949, aunque el hecho no se reportó en los periódicos de la época, dado que el padre del fallecido era una acaudalada persona de la alta sociedad barranquillera”.

Muy diferente de la historia oficial es, pues, la historia no oficial de “Aquellos ojos verdes”; pero no sería la primera vez que un autor se inventara una versión para ocultar las verdaderas motivaciones extraoficiales y los motivos ocultos tras de bambalinas. Casos se han dado.


De todos modos, si Nilo Meléndez y Adolfo Utrera no hubieran nacido en la primera mitad del siglo XX sino a principios del siglo XXI, cuando las preferencias sexuales han salido del clóset, no habrían tenido necesidad de inventarse excusas de amor para los ojos que verdaderamente inspiraron la canción, puesto que Adolfo era un confidente que también conocía al joven compatriota que atraía los intereses de Menéndez.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)




domingo, 10 de septiembre de 2017

221. Tejedora de coronas (la), de Germán Espinosa

TEJEDORA DE CORONAS (LA)
Germán Espinosa -Novela- 
Edit. Montesinos, Barcelona –España–, 1982. 1ª. Edición, 419 pp.

Este ejemplar, que adquirí en una librería de textos usados, debió tener una suerte más amable y permanecer en poder del hombre al que le fue regalado. Tiene una dedicatoria manuscrita. La letra es legible, pero no femenina. Es la de una mujer profesional, segura, práctica, de inclinaciones intelectuales. Su letra podría pasar por masculina, sin arabescos, ni florituras. Su firma es de mujer. Los hombres solemos poner un garabato que solamente nosotros entendemos, y a veces ni eso. Un garabato. Y además, como dice el bolero, quién sabe “cuantas cosas pasaron… cuantas cosas que el alma no podrá nunca olvidar…”. Esto lo deduzco por los dibujos, pues tiene el detalle tan femenino e infantil de dibujar una clave de sol y una muñequita de trenzas, como si la donante fuera una niña que apenas alcanza la pubertad, o como si fueran dos que se conocieron cuando él era su profesor de música y ella una chiquilla que apenas llegaba a la adolescencia. Quién sabe, porque así dice la dedicatoria que el hombre no quiso dejar en su biblioteca al alcance de muchos ojos, así la mujer no lo tutee y se dirija a él en términos de usted:

Desde hace unos días tenía la idea de dejarle este libro porque creo que va a disfrutarlo mucho, especialmente la última parte; además es una manera de decirle gracias, muchas, usted sabe cuántas. ¡Ah! Y no he olvidado que tenemos un tinto pendiente. Nos vemos”. 

Los amores más dolorosos son aquellos amores no resueltos de lo que pudo ser y no fue, como el de Federico Goltar, el personaje de la novela “La tejedora de coronas”, que quizás murió virgen después de haber sido el primer amor de Genoveva Alcocer, y de haber tenido varias veces el caballo en la puerta; pero sin poder entrar, porque así es la vida.

Después de varios intentos fallidos pude por fin abordar la lectura de esta novela, que me parecía densa. Aunque a veces recuerde un poco la manera de contar las cosas de Gabriel García Márquez, la verdad es que la obra está ambientada en la época del barroco, del Rey Sol de Francia (Luis XVI) con Voltaire de por medio, y tras el pretexto de los muchos amores carnales de Genoveva con hombres y mujeres, incluido el amor frustrado ad portas de Federico, y el apenas imaginado incesto con su hermano Cipriano. Nada se le escapó en sus casi cien años de vida, violaciones incluidas y episodios con personas de paso. Tras el pretexto de contar esos amores, digo, se esconde un inventario interminable de personajes franceses del siglo de las Luces al Renacimiento. Es una novela escrita en estilo barroco, extravagante, adornada, artificiosa, petulante, pedante… y agradable, cuando uno logra tomarle el gusto. No es fácil porque, además, requiere de diccionario de español para buscar el significado de palabras rebuscadas que aparecen cada dos renglones; y de diccionarios de francés, inglés y latín para las muchas frases y hasta párrafos que el autor cita, sin traducción. Hace un despliegue de erudición impresionante no sólo de los personajes del barroco francés sino de conocimientos sobre el sitio pirata a Cartagena en el que Blas de Lezo es reemplazado por el gobernador Diego de los Ríos por tratarse de historia novelada o de novela historiada. Muestra el autor erudición en sus conocimientos sobre la masonería, sobre marinería y navegación, sobre guerra y armamentos. Sobre la Colonia. Sobre mitología, astronomía, astrología. Y sobre política, claro. Y sobre amores reverentes e irreverentes. La narradora es una mujer, Genoveva, pero no es una voz femenina la que narra. No, por lo menos, la voz frívola e ingenua que solemos atribuir a las mujeres de ése y de todos los tiempos. No es el caso de esta mujer que habla de esos temas por cuenta de su autor, sin permitirse mostrar debilidad o falta de conocimiento. Apenas ahora, empezando el siglo XXI, sabemos de mujeres que exhiben en muchos casos conocimientos superiores a los de los hombres que las rodean. Cuando logré salir de la maraña que suponían esos detalles, disfruté mucho de la lectura de la novela y se me abrieron interrogantes que con el tiempo tendré que responder sobre personajes y sobre el significado o connotación de muchas palabras. Es una novela a la que tendré que volver en otro momento, y seguramente la voy a disfrutar más que en la primera lectura. Un laberinto, después de que uno logra salir de él, deja de ser un laberinto.

Tiempo después de haberla leído, descubro que muchos estudiosos se han ocupado de ella y han hecho ensayos científicos y rigurosos de aquellos que se clasifican como “epistemológicos”. No fue así la lectura que yo hice, intuitiva, emocional, de lector común y silvestre sin los eruditos bagajes de muchos de sus críticos. Soy un lector término medio; sin conocimientos encumbrados, pero más allá de los parámetros popularizados por Corín Tellado. Porque eso sí es claro: esta novela no fue escrita para los amantes de la novela fácil.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

domingo, 3 de septiembre de 2017

220. Candelabro enterrado (el) -Menorah-, de Stefan Zweig

CANDELABRO ENTERRADO (EL) –MENORAH–
Stefan Zweig, 1937 
Acantilado-Quadernos Crema S.A., 2ª. edición mayo 2008
Traducido por Joan Fontcuberta

Aunque data de 1937 la primera edición en alemán, y hay traducciones al español más antiguas que ésta de 2007, la de Joan Fontcuberta es una excelente traducción al castellano neutro universal, sin los localismos que suelen enturbiar otras ediciones. Haré unas observaciones, que me clasifican dentro del concepto emitido por Gabriel García Márquez a Héctor Abad Faciolince diciendo que “En Colombia no hay críticos literarios, sino correctores de texto”.

Stefan Zweig afirmó que era judío de padre y madre por accidente, puesto que la cultura judía no hizo parte de su formación primaria, hecho indispensable para que una persona se sienta arraigada a sus ancestros. Testigo de las dos guerras mundiales del siglo, fue adinerado de nacimiento y en su juventud, pero parece ser que tres hechos lo condujeron a un pacto suicida con Charlotte Elisabeth Altman, su segunda esposa, hecho que sucedió en Persépolis, Brasil, en el año de 1942: la pobreza de él, la enfermedad de ella, y la desesperanza de ambos ante los avances de un nazismo hitleriano que parecía imparable cuando la caída de Singapur en manos alemanas, lo que para él significaba que el mundo entero iba a quedar dominado por Hitler y su antisemitismo. A pesar de no sentir la religión y cultura judías como propias, fue consciente de la maldición sin esperanza que parecía recaer sobre el pueblo judío. Al momento de publicar su relato de ficción (1937) sobre la diáspora judía y la misión de rescatar la menorah como símbolo de la Alianza Divina y la libertad para su pueblo, parecía imposible y lejano un futuro promisorio para la raza judía. Tres años después de su muerte finalizó la segunda guerra mundial con la derrota del nazismo, y seis años después fue creado el Estado de Israel como la ansiada y por fin alcanzada tierra prometida; pero Stefan Zweig y su esposa ya no estaban en este mundo para verlo. Lo mejor de la obra de Zweig está representado en las biografías sobre María Estuardo, Fouché, María Antonieta, y los Momentos Estelares de la Humanidad; puesto que fue un escritor prolífico en biografías, en ensayo, en poesía, en novela. 

El candelabro enterrado es una exquisita obra narrativa que atrapa al lector desde la primera hasta la última página en una ansiedad por leerla de un tirón, por la riqueza descriptiva y las poéticas metáforas empleadas por el autor. La primera página describe una escena memorable, basada en un hecho histórico; más memorable por la forma que él tiene de describir y de insertar los hechos y personajes que imagina. Es un texto a la manera garcíamarquiana y juangossainiana de hacer crónica periodística de algún suceso del día, como aquellas tomas guerrilleras de algún pueblo a las que nos acostumbramos en otra época, y a las descripciones de ellas que estos reporteros solían hacer.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ALGUNAS FRASES

1 Para efectos comparativos de estilo de traducción, copio la primera página del texto traducido para El Aleph.com, que puede descargarse de Internet. De “elaleph.com”:


En un luminoso día de junio del año 455 acababa de definirse sangrientamente en el Circo Máximo de Roma, la lucha de dos gigantes hérulos contra una jauría de jabalíes hircanos, cuando a la tercera hora de la tarde empezó a cundir entre los miles de espectadores una creciente inquietud. Primero sólo observaban los vecinos próximos que habían entrado a la tribuna -ricamente adornada con tapices y estatuas- en que estaba sentado el emperador Máximo rodeado por sus cortesanos, un mensajero cubierto de polvo, el cual, evidentemente, acababa de apearse al cabo de una cabalgata arrebatada, y que, apenas transmitida la nueva al emperador, éste se levantó, contra todo uso, en mitad de la agitada lucha; le siguió con la misma sugestiva prisa, toda la corte, y pronto desocupáronse también los asientos destinados a los senadores y dignatarios. Tan precipitada partida debía tener un motivo importante. En vano anunciaron nuevos toques estridentes de fanfarrias otra lucha con animales, y en vano azuzóse contra las cortas navajas de los gladiadores a un león numídico de negra melena, que atravesó con bramidos roncos la reja levantada; la oscura nube del desasosiego, cubierta por la espuma pálida de rostros indagadores y tímidamente agitados, se había levantado ya irresistiblemente y se expandió de fila en fila. La gente saltó de sus asientos, señaló las tribunas vacías de los nobles, preguntó y metió ruido, voceó y silbó; y de pronto se divulgó, sin que se supiera quién lo había pronunciado primero, el rumor confuso de que los vándalos, los temidos piratas del Mediterráneo, habían anclado su poderosa flota en Portus y ya se hallaban en camino a la despreocupada ciudad. ¡Los vándalos! Primero, la palabra corrió de boca en boca, como cuchicheo macilento, luego de repente fue el grito agudamente levantado: "¡Los bárbaros, los bárbaros!", retumbando en centenares, en miles de voces por el redondel escalonado en piedra del circo, y ya se abalanzaba, como empujada por una ráfaga de tempestad, la enorme multitud de hombres en pánico furioso hacia la salida. Derrumbábase todo orden. Los guardias, los soldados en servicio abandonaban sus puestos y huían con los demás; la gente saltó las gradas, se abrió camino con los puños y espadas, pisoteó mujeres y niños que chillaban, y en las salidas formáronse vociferantes y arremolinados embudos de masas apretujadas. A los pocos minutos quedaba completamente barrido el amplio circo que acababa de apretar a ochenta mil personas en un oscuro bloque sonoro. Marmóreo, mudo y vacío, como una cantera abandonada, permanecía el óvalo escalonado en el sol veraniego. Sólo quedaba en la arena -los gladiadores habían huido ya detrás de los demás- el olvidado león, agitando la melena y bramando provocativo al repentino vacío.

2 Pag. 7:  La primera página del relato en la traducción de Joan Fontcuberta para Editorial Acantilado es una acuarela:

Un espléndido día de junio del año 455, justo cuando en la hora tercia, en el circo Máximo de Roma había terminado el sangriento combate de dos gigantescos hérulos contra una piara de jabalíes hircanos, una creciente agitación se apoderó gradualmente de los miles de espectadores. Al principio había llamado la atención sólo de los más cercanos que, en la tribuna separada, ricamente adornada con tapices y estatuas, donde tenía su asiento el emperador Máximo rodeado de sus funcionarios, hubiera entrado un mensajero cubierto de polvo, que, obviamente, acababa de descabalgar del caballo tras una acalorada carrera; y también que, apenas hubo comunicado la noticia al emperador, éste, en contra de los usos y costumbres, se levantara interrumpiendo el enardecido espectáculo; toda la corte lo siguió con prisa igualmente llamativa y pronto se vaciaron también los asientos asignados a los senadores y demás dignatarios. 

Una salida tan precipitada debía de tener un motivo importante. En vano las estridentes fanfarrias anunciaron otra lucha con fieras y de la reja levantada salió un león de Numidia, de negra melena, que se lanzó, con sordos rugidos, contra las cortas espadas de los gladiadores; la oscura ola de la alarma, rebosante de la pálida espuma de rostros inquisitivos, temerosos y asustados, ya se había encrespado y avanzaba fila tras fila. La gente se levantaba, señalaba con la mano los asientos vacíos de los prohombres, preguntaba, alborotaba, gritaba y silbaba; entonces, de repente, sin que nadie supiera quién había sido el primero, se propagó el confuso rumor de que los vándalos, esos temidos piratas del Mediterráneo, habían desembarcado en Portus con una poderosa flota y estaban avanzando hacia la despreocupada ciudad. ¡Los vándalos! La palabra circuló primero de boca en boca como un tímido cuchicheo; después, bruscamente, se convirtió en un grito atronador: “¡Los bárbaros! ¡Los bárbaros!”. Cien, mil voces retumbaron por los graderíos de piedra del circo, y la multitud, presa del pánico, como arrancada de sus asientos por un tempestuoso vendaval, ya se precipitaba hacia la salida, sin orden ni concierto. Los guardias y los centinelas abandonaron sus puestos y huyeron con los demás; la gente saltaba por encima de los asientos, se abría camino con puños y espadas, pisaba a mujeres y niños que proferían alaridos, y en las salidas se formaban embudos de masas humanas que gritaban, se arremolinaban y giraban como peonzas. 

Al cabo de unos minutos, el espacioso circo, donde pocos minutos antes se estrujaban ochenta mil personas en un oscuro bloque retumbante, quedó completamente barrido. El óvalo escalonado permanecía marmóreo, mudo y vacío bajo el sol de verano. Tan sólo, en la arena, quedaba el olvidado león –los gladiadores habían huido hacía rato junto con los demás–, que, agitando la melena, desafiaba al repentino vacío con sus rugidos.

3 Pag. 17. Me parece memorable este pensamiento de Zweig sobre la oración: 

Porque la oración es prodigiosa: aturde el miedo con grandes promesas, adormece el horror de las almas con salmodias, con el murmullo de sus alas levanta hacia Dios los corazones apesadumbrados; por ello, es bueno rezar en la necesidad, y aún mejor rezar en común, pues todo lo pesado se vuelve ligero cuando se lleva entre muchos, y todo lo bueno se vuelve mejor si se hace en compañía.

4 Pag. 28. Aquí entra una escena parecida a aquella bíblica en la que Dios pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac (Génesis, 22). No es casual que Zweig haya escogido el nombre de Abtalión para el abuelo, y el de Benjamín para el nieto que había de sacrificarse sin hacer preguntas (“Silencio”, contestó Abtalión con brusquedad, “las mujeres no debéis hacer preguntas”) para el bien de su pueblo; puesto que este Benjamín es también el más pequeño de la familia de Abtalión. Benjamín, como todos los judíos, había aprendido a convivir con el miedo:

El niño no había aprendido todavía las Escrituras, pero una cosa sabía ya: tener miedo a todo el mundo en la tierra.

5 Pag. 33: Pregunta, hijo. Pregunta con valentía todo cuanto desees. Yo te responderé. Peor es para los hombres no saber qué preguntar. Sólo aquel que ha preguntado mucho, puede comprender mucho. Y sólo aquel que mucho comprende hace justicia.

6 Pag. 36. Para que nuestro corazón no se aleje de su deber de servir a lo invisible, que es la justicia, la permanencia, y la gracia, nos procuramos objetos de culto que requieren una vigilancia constante: un candelabro llamado menorah en el que ardían eternamente las velas… Pero estos objetos, que llamamos sagrados, tenlo muy presente, no eran imágenes del Ser Divino, como las que se fabricaban sacrílegamente otros pueblos, sino sólo testigos de nuestra fe siempre vigilante y dondequiera que fuéramos del mundo, ellos nos acompañaban… Mientras conservemos el sentido de lo sagrado, seguiremos siendo un pueblo en cualquier país extraño.

7 Pag. 47: En este mundo prevalece la ley del más fuerte, y no la de los justos. La fuerza impone siempre su voluntad en la Tierra, y los dóciles no tienen poder terrenal. De Dios hemos aprendido sólo a soportar la injusticia, y a no imponer nuestra ley con los puños.

8 Pag. 53: Pero el niño no miraba en la misma dirección. Como hechizado, tenía los ojos fijos en el mar, que veía por primera vez. Ahí estaba un infinito espejo azul, resplandeciente, abombado, hasta la nítida línea donde las aguas tocan el cielo, y este espacio inmenso le pareció aún más vasto que la cúpula de la noche cuando por primera vez había contemplado las estrellas de la bóveda celeste en toda su redondez. Miraba embelesado cómo las olas jugaban unas con otras, cómo se perseguían y empujaban, cómo una saltaba sobre la cresta de otra y después huía encrespada con una suave y traviesa risa parecida a un cloqueo, para formarse una y otra vez de nuevo, y el muchacho presintió en este juego feliz una alegría como nunca se había atrevido a soñar en las mohosas sombras de su estrecha y apartada calle de gentes pobres.

9 Pag. 54: Cual blancos proyectiles descendían y volvían a ascender las gaviotas, y los gráciles barcos hinchaban sus blandas y sedosas velas al viento.

10 Pag. 94: Vieron que en el fondo se alzaba, sobre tres peldaños de pórfido, el trono cubierto de joyas en el que se sentaba el Basileo, sombreado por una cúpula de oro. Estaba rígidamente sentado, pareciéndose más bien a su propia imagen que a él mismo, un hombre grueso y robusto, y su frente desaparecía bajo el aura radiante de una corona que brillaba como un nimbo por encima y alrededor de su cabeza.

domingo, 27 de agosto de 2017

219. Multitud errante (la), de Laura Restrepo

(RESEÑA DE LECTURA DE UNA NOVELA QUE FUE ESCRITA DESDE LOS ENTREVEROS DE LA MONTAÑA. 
Posteriormente a la introducción de este texto me fueron señaladas algunas inexactitudes o errores de percepción, y procedí a corregirlas a la luz de la nueva información)


MULTITUD ERRANTE (LA)
Laura Restrepo Casabianca
Edit. Planeta, Bogotá, 2007

Al iniciar la lectura no puedo prescindir del conocimiento que tengo de que su autora, viniendo de clase alta, fue una guerrillera revolucionaria que primero hizo trotskismo urbano y después se metió al monte a guerrear, y allí se encontró con Antonio Navarro Wolf, jefe guerrillero del M-19. En la guerrilla se enamoraron y, mientras él perdió la pierna en un atentado, ella casi pierde la vida. Se deja venir la pregunta de lector: ¿Qué tanto de lo que la autora pone en este libro es autobiográfico? Porque uno tiene que poner sus experiencias en lo que escribe, y eso bien lo sabemos.

El título está correcto, de acuerdo con los cánones, puesto que el tema se refiere a los desplazados por la violencia que encuentran albergues de paso, atendidos por almas caritativas y ONGs, mientras consiguen adaptarse a otra vida en otro lugar de donde, con frecuencia, vuelven a ser desplazados. De ahí que ese mítico judío errante en nuestro país sea multitud. Sin embargo para mí no es un título afortunado, puesto que el tema me cautivó pero el título no logró grabarse en mi memoria, como sí lograron grabarse en ella el de “Cien años de soledad”, e inclusive “La cándida Eréndira y su abuela desalmada”, que en mi caso encontré largo pero recordable. Claro que criticar es fácil, lo difícil es hacer. El obvio título de “El guerrillero y la samaritana” tampoco hubiera sido afortunado, ni “El amor de Edipo en la guerrilla”. Recomendaba don Mario Escobar Velásquez escribir 20 o 30 posibles títulos y rumiarlos hasta encontrar el apropiado que, decía él, “a veces decide uno en el último momento, y a veces se decide por uno que no estaba en la lista primitiva”. Debo decir, entonces, que me hubiera gustado para esta novela un título que fuera algo así como: “Amor entre dos balas”, pero no sé si suene a episodio de pistoleros de los de Marcial Lafuente Estefanía o Keith Luger. 

Esta novela trata de una seglar que trabaja con monjas en un albergue para desplazados de la violencia, especie de ONG que auxilia campesinos en la peligrosa y delgada línea que separa a los guerrilleros de las víctimas de la guerrilla, y a los soldados y policías de las víctimas de los soldados y policías. Es un limbo en el que la muerte acecha de lado y lado, y la mujer ejerce: “Este oficio mío, que en esencia no es otro que el de enfermera de sombras” (pag. 23). La mujer conoce a un exguerrillero perseguido que se acerca en busca de ayuda pasajera, y se enamoran. Enamorar es un decir, puesto que él carga con un amor enfermizo hacia su desaparecida madre de crianza, un amor edípico que no se puede quitar de encima “porque son otros los vericuetos de su culpa. Siete por Tres no miraba a Matilde Lina como a una madre. Yo, que parí siete y perdí tres, conozco la forma de mirar de un hijo” (pag. 57). Él lleva ese apodo porque al sumar los diez dedos de las manos más los diez dedos de los pies tenía un dedo de más en un pie, un apéndice que le valió el apodo porque, sacando cuentas, veintiuno equivale a “Siete por Tres”. Ella se enamora de él, y él sigue enamorado de la otra, y su tema de conversación gira alrededor de la otra, de su búsqueda, y de lo que pudo ser de ella en los vericuetos de la vida. “Desde que me preguntó por su Matilde Lina, no bien hubo traspasado por primera vez la puerta, no paró ya de hablarme de ella, como si dejar de nombrarla significara acabar de perderla o como si evocarla frente a mí fuera su mejor manera de recuperarla” (pag. 20). Al final parece que resuelven hacer juntos el camino en lo que les resta de vida, aún sabiendo que tienen que cargar con ese fantasma a las espaldas. A menos de que con el tiempo, “Este hombre a quien amo sin esperanzas de retribución” (pag. 55), logre exorcizar ese recuerdo del pasado y acogerse a los brazos que se abren para el futuro. Pero eso no lo cuenta la novela, que termina en una señal de posibilidad, un trasunto de esperanza. Eso se sabe porque las últimas frases de la narradora nos cuentan que: “Adivino su silueta a través del telón del centro y sé que Siete por Tres se sienta en su catre y que se demora, botón por botón, al quitarse la camisa. Intuyo su mata de pelo y lo siento respirar en la sombra, como un animal en reposo. Hasta mí llega, muy vivo, el olor de su cuerpo y lo veo descolgar la tela de trama difusa y figuras borrosas que nos separaba” (pag. 137-138). En ese “nos separaba” está dicho todo. En la vida real las cosas fueron distintas. Laura Restrepo va por la vida con su destino de exitosa escritora de novelas y él, Antonio Navarro Wolf –porque supongo que el personaje tiene mucho de él– va por la vida con su pata de palo.

Malo es comparar, pero alguna vez tomé el “Atlas del cuerpo humano” de la española Almudena Grandes, de quien no había leído nada hasta ese momento ni volví a leer después, y cuando llegué a la página 54 descubrí que en mi libreta de apuntes no tenía ni una sola frase que yo quisiera rememorar, ninguna metáfora que me hubiera atraído, ningún giro bello, ningún pensamiento que despertara mi interés. Abandoné el libro decidido a dedicar el tiempo a lecturas más productivas para mí. A diferencia de ése, este libro de Laura Restrepo contiene bastantes citas que he copiado en mis apuntes.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ALGUNAS FRASES

1 El mundo me sabe a ella –me ha confesado–, mi cabeza no conoce otro rumbo, se va derecho donde ella (pag. 13).

2 No se diferenciaba gran cosa de tantos otros que vienen a parar a estos confines de exilio, envueltos en un aura enferma, arrastrando un cansancio de siglos y tratando de mirar hacia delante con ojos atados a lo que han dejado atrás (pag. 17).

3 El envés del tapiz, donde los nudos de la realidad quedan al descubierto. Todo aquello, en fin, de lo que no podría dar fe mi corazón si me hubiera quedado a vivir de mi lado (pag. 18).

(Aquí sale a relucir una frase autobiográfica porque “mi lado” significa esa derecha formal, citadina y aburguesada que fue cuna de la autora antes de que decidiera pasar “al otro lado”)

4 A veces, al atardecer, cuando se aquietan los trajines del albergue y los refugiados parecen hundirse cada cual en sus propias honduras, Siete por Tres y yo sacamos al callejón un par de mecedoras de mimbre y nos sentamos a estar, enhebrando silencios con jirones de conversación, y así, cobijados por la tibieza del crepúsculo y por el dulce titileo de los primeros luceros, él me abre su corazón y me habla de amor. Pero no de amor por mí: me habla meticulosamente, con deleite demorado, de lo que ha sido su gran amor por ella. Haciendo un enorme esfuerzo yo lo consuelo, le pregunto, infinitamente lo escucho, a veces dejándome llevar por la sensación de que ante sus ojos, poco a poco, me voy transformando en ella, o de que ella va recuperando presencia a través de mí. Pero otras veces lo que me bulle por dentro es una desazón que logro disimular a duras penas (pag. 21).

5 Mientras más profundo llego, más me convenzo de que son uno el hombre y su recuerdo (pag. 24).

6 Sabía bien que toda rareza es prodigio y que todo prodigio trae su significado (pag. 27).

(Este es un pensamiento de autor insertado en el libro)

7 No te hagas mala sangre, niño –le decía cuando lo descubría asomado a la amargura–, que no te abandonaron tus padres por malos, sino por tristes (pag. 30).

8 El espectáculo nocturno de las casas en llamas; los animales sin dueño bramando en la distancia; la oscuridad que palpita como una asechanza; los cadáveres blandos e inflados que trae la corriente y que se aferran a los matorrales de la orilla, negándose a partir; el río temeroso de sus propias aguas que se aleja de prisa, queriendo desprenderse del cauce (pag. 31).

9 Viendo el caso irremediable, los rojos de Santamaría le dijeron adiós a su tierra, mirándola de lejos por última vez. Improvisaron caravana y avanzaron hacia oriente, desarrapados, fugitivos y enguerrillados, con la muerte pisándoles los talones y la incertidumbre esperándolos adelante, y siempre presente el acoso del hambre (pag. 34).

(La novela está ambientada en la violencia partidista de los años cincuenta posteriores al asesinato de Gaitán, entre rojos liberales y azules conservadores, y aquí recoge la autora las razones de muchos para desplazarse y meterse a la guerrilla)

10 Los niños no sufríamos –me confiesa Siete por Tres–. Íbamos creciendo en los vientos de la marcha y no teníamos antojo de permanencias (pag. 34).

11 Huíamos de la violencia, sí, pero a nuestro paso la esparcíamos también. Asaltábamos haciendas; asolábamos sementeras y establos; robábamos para comer; metíamos miedo con nuestro estrépito; nos mostrábamos inclementes cada vez que nos cruzábamos con el otro bando. La guerra a todos envuelve, es un aire sucio que se cuela en toda nariz, y aunque no lo quiera, el que huye de ella se convierte a su vez en su difusor. Los que no podían seguir, se iban quedando a la vera del camino bajo una cruz de palo y un montón de piedras (pag. 35). 

(He aquí un testimonio escalofriante de alguien que vivió la guerrilla en carne propia como víctima y como victimaria)

12 Recuerdo la esperanza que abrigábamos entonces porque es la misma que abrigamos todavía: “Cuando la guerra amaine…”. ¿Cuándo será ese cuándo? Ya pasó medio siglo desde aquel entonces y todavía nada; la guerra que no cesa, cambia de cara no más (pag. 36).

13 Los otros lo habían perdido todo y ellos nada, porque no se pierde lo que nunca se tuvo ni se quiere tener (pag. 37).

14 Cada cual tenía bastante, y aún demasiado, con cuidar de sí mismo (pag. 44).

15 Charro Lindo, el jefe nuestro, era reconocido por hermoso y por coqueto… Se había vuelto proverbial su problema de pecueca, único defecto que como enamorado le encontraban las muchachas que en las noches compartían con él la cobija (pag. 46).

16 No supieron nada hasta que tuvieron encima los insultos y los culatazos de la emboscada. Se entregaron a la muerte sin oponer resistencia, pero la muerte, que le saca el quite a quien se le ofrenda, no quiso pasarles la cuenta de cobro de un solo envión. –La muerte tiene una hermana, más taimada y perseverante, que se llama Agonía– (pag. 50).

17 Un hijo del monte, volando al capricho de los cuatro vientos, en medio de un país que se niega a dar cuenta de nada ni de nadie (pag. 53).

18 Vienen acompañados de escandalosa reputación, sea de ladrón, de puta, de guerrero o de asesino. A quien murmura suciedades sobre el pasado ajeno, se le dice de frente: “Mejor cállese, don Fulano, que aquí adentro no hay ni buenos ni malos” (pag. 56).

(Para los que estamos por fuera de la guerrilla, los guerrilleros son todos unos asesinos, pero ¿qué pensarán los que están adentro? Aquí lo dice)

19 No habrá sido el primer adolescente que le vea los pechos a la madre –le objeto a Perpetua, y ella se ríe y contesta  –No, no habrá sido, ni será el primero que de ahí en más ande buscándolos en todos los otros pares que se le crucen por delante (pag. 58).

20 Toda esquina era ansiedad que tras el cruce se volvía desengaño (pag. 64).

21 ¡Ay, mi Ojos de Agua! Mi guerra es más cruel, porque la llevo por dentro (pag. 64)…  Detrás de ese aire de derrota está vivísimo el rencor. Huyen de la guerra, pero la llevan adentro, porque no han podido perdonar (pag. 101).

22 Eres tú quien la mantiene atada al tormento de su falsa vigilia. Deja que se desprenda en paz; no la acucies con la insistencia de tu memoria (pag. 71). ¿Y si está viva? Si aún está viva no la puedo enterrar, y si está muerta tengo que enterrarla. No puedo dejarla por ahí, vagando solitaria como un alma en pena. Viva o muerta, tengo que encontrarla (pag. 71).

(Ni para qué le pregunto a Laura Restrepo qué opina ella de la muerte. Aquí lo dice, y muestra de paso el por qué las víctimas de la guerrilla y de esa otra guerrilla que se llama paramilitarismo, andan buscando en fosas comunes los cadáveres de sus seres queridos)

23 Ni siquiera el próximo advenimiento del Rey de los Cielos (pag. 72).

(Yo hubiera supuesto a una mujer con antecedentes trotskistas y de guerrilla del M19 bastante atea y alejada de asuntos clericales. Oí decir que cuando estuvo casada con un diplomático colombiano ante el Vaticano ella se sentía fuera de lugar y vestía de ropa informal y rehuía las formales reuniones diplomáticas con obispos y cardenales de por medio, eso oí decir; pero aquí pone Rey de los Cielos con mayúsculas. Eso es una señal de respeto que equivale a santiguarse al pasar por una iglesia. No me la imaginaba así, pero en la pag. 82 lo confirma cuando escribe Espíritu Santo también con mayúsculas, y eso deben ser rezagos de alguna de sus abuelas. En la novela la narradora parece ser una de las monjas francesas del albergue para desplazados pero si así fuera la Madre Francoise le habría recriminado duramente el enamoramiento que se adivina y ella no habría podido ir a bailar con el enamorado, como en efecto hizo. En cambio reconoce sin ambages que en algún momento clamó: Apiádate, Dios mío –rogándole a una divinidad en la que nunca he creído ni creo– pag. 112)

24 No hay en el mundo un país más hermoso que éste… –No, no lo hay, ni más asesino tampoco (pag. 72).

25 Escudados en lo irresistible del mece-mece y de una letra hiperbólica que hablaba de copas rotas y de frustradas libaciones de amor (pag. 74).

(No parece la autora ser muy aficionada a la música popular que se diga. Sus alusiones musicales son nulas, casi. Al hablar de copas rotas en esta única alusión, tal vez se refiera al bolero “La copa rota” que dice “mozo, sírveme en la copa rota, sírveme que me destroza esta fiebre de obsesión”, pero puede estar refiriéndose también al tango “La última copa” que habla de que “Eche mozo, no más écheme y llene hasta el borde la copa de champán… yo la quise muchachos y la quiero y jamás yo la podré olvidar”. Estas letras parecen escritas para Siete por Tres o Veintiuno, y su afanosa e infructuosa búsqueda de la mujer perdida)

26 Desmayada y volátil como un echarpé de seda gris (pag. 74).

27 No percibió el momento sutil en que el descontento, que en Tora se cocina a fuego lento, subió como leche hervida, rebasó todo canal de contención, y estalló (pag. 75).

(Tora en esta novela es Barrancabermeja en la vida real con su refinería y clima ardiente en permanente ebullición por dentro y por fuera de los espíritus)

28 Soldados disfrazados de matorral… un niño atravesaba la calle con un portacomidas en la mano… a uno de los falsos matorrales le debió parecer que se trataba de una bomba o de un coctel molotov… se sabe que en tiempos de guerra sucia no se puede confiar en la tropa, pero tampoco en los niños (pag. 76-77).

(Es una tragedia. La guerra es una tragedia. Este episodio tantas veces repetido de un soldado sometido a permanente tensión teme de todo, hasta de su sombra. El miedo a la muerte está latente y la conciencia de que hay que madrugarle al otro o se es hombre muerto. Entonces los niños dejan de ser niños para parecer infiltrados. A cualquiera le pasa)

29 Urgencia de salvar su propio pellejo que además traía sollamado por el gas (pag. 81).

(El español tiene sus trampas. Llamar es pedir a alguien que se acerque y llamear significa sopletear con fuego. Yo esperaría que sollamar significara llamar con voz muy queda y sollamear significara chamuscar levemente, pero no. Resulta que sollamar es chamuscar. Por mi parte, para el caso, prefiero sollamear, aunque cada autor es dueño de su texto)

30 Lo detuvo una patrulla de la policía, en pleno uso de su prepotencia y su ulular (pag. 83)… Lograron escapar de la prepotencia armada de la guerrilla; tirándose con niños, ancianos y heridos a las aguas del Opón y atravesando la selva, en extenuantes jornadas nocturnas, por el silencioso cauce del río (pag. 129).

(La guerra es cruel con los campesinos y desplazados y la autora considera, cosa que no me sorprende, que la policía hace gala de prepotencia con el ulular de sus sirenas. Lo que sí me sorprende es que páginas adelante también considera que la guerrilla armada también hace gala de prepotencia, eso sí me sorprende)

31 Supo que había atravesado el espejo para penetrar en el envés de la realidad, donde se extiende en silencio, a la sombra de la raquítica patria oficial, el inconmensurable continente clandestino de los parias (pag. 88).

(Si uno se pregunta qué hizo que esta mujer pequeño-burguesa traspusiera la línea y se pasara para la guerrilla, aquí está su pensamiento para responder)

32 Tienes que aprender a distinguir entre mentiras dañinas y verdades no dichas (pag. 91).

33 Inmensa barriada sedentaria de esta ciudad de Tora, cuyos habitantes habrán olvidado el origen trashumante de sus progenitores y estarán tan habituados a la paz que la darán por descontada (pag. 97).

(La autora se permite soñar con que algún día la paz sea algo habitual. Ojalá sus sueños no se queden en eso)

34 Yo lo que quiero, me dije, es un hombre como Dios manda: bondadoso como un perro y presente como una montaña (pag. 115).

(Yo pensaba que para una mujer de la trayectoria de la autora “un hombre como Dios manda” era un hombre osado, un aventurero sin problemas para lanzarse al monte a luchar por un ideal, pero parece que me equivoqué. Su ideal de príncipe azul es otro)

35 Sabíamos que no era fácil llamar la atención o pedir una mano en medio de un país ensordecido por el ruido de la guerra. Y si era casi imposible lograrlo desde una de las ciudades grandes, más aún desde estos despeñaderos ariscos hasta donde no arrima la ley de Dios ni la de los hombres, ni sube la fuerza pública, como no sea de civil y para aniquilar, ni asoma el interés de los diarios, ni se estiran los bordes de los mapas (pag. 118).

36 Las palabras no dichas siempre me han infundido temor, como si permanecieran latentes y esperaran la ocasión de saltarnos a la cara, y en el fondo las resentía como si fueran una pérdida, como si se hubiera debilitado el lazo más íntimo que nos ataba, el puente hasta ahora indispensable para pasar desde su aislamiento al mío (pag. 132-133).

37 Escribo “Fuera de sí” y me pregunto por qué será que Occidente carga negativamente esa expresión, como si implicara la desintegración o la locura, cuando estar fuera de sí es lo que permite estar en el otro, entrar en los demás, ser los demás (pag. 133).

38 Parecía que buscara liberarse de la obsesión que lo enclaustraba, parecía. Parecía, pero no se sabía a ciencia cierta; nunca se debe subestimar la fidelidad que cada quien le guarda a sus viejos dolores (pag. 134).

39 Le conté largamente sobre mi arribo al albergue tres años atrás. Le hablé de la entrañable amistad con mi madre, quien no ve la hora de que regrese a su lado; del amadísimo recuerdo de mi padre, muerto hace demasiado tiempo; de mis estudios universitarios; de los hijos que nunca he tenido; de mi afición por escribir todo lo que me acontece (pag. 134).

(Vuelve a rondar la pregunta: ¿Qué tanto de autobiográfico puso la autora en esta novela?)

40 Una mujer como usted debe haber roto muchos corazones… –En el pasado, tal vez. A mi edad, el único corazón que uno rompe es el propio (pag. 134).



domingo, 20 de agosto de 2017

218. La Unión, La Unión, La Unión

Un domingo reciente estuvimos visitando a una familia campesina paupérrima, muy humilde, que vive en la vereda San Miguel del municipio de La Unión Antioquia, región que fue muy azotada por la violencia en años recientes, a golpes compartidos entre guerrilleros de izquierda y paramilitares de derecha, que saliendo los unos entraban los otros a rapar beneficios y, como dijo Álvaro Salom Becerra, “al pueblo nunca le toca”. 

Antes de ir a nuestro destino, almorzamos en el parque del municipio, un parque bonito y de jardines bien cuidados, en un restaurante sencillo cuyo nombre es algo así como Sabor y Sazón, cuya comida no nos defraudó, y la atención de los dueños nos pareció magnífica. Al voltear la esquina hay otro restaurante de gran apariencia y capacidad, pero ya habíamos almorzado en el primero, que afortunadamente pudimos conocer antes de que con su mejor apariencia se nos atravesara el otro en el camino. 

Es un frío pueblo agrícola, productor de papa principalmente, aunque hay una gran mina de caolín perteneciente a Suministros de Colombia (Sumicol) del grupo de Cerámicas Corona. La mina está a la izquierda por la vía que conduce de La Unión hacia Sonsón, a menos de quince minutos de la salida. La carretera de acceso desde Medellín es excelente.

Antes de llegar a la mina, está la instalación de Lácteos Buenavista, una lechería y productora de quesos y yogures tipo gourmet, cuyas dueñas han puesto también un restaurante que llamó nuestra atención porque las afueras estaban atestadas de vehículos de alta gama, y las mesas copadas de comensales. El lugar, como se dice, “no tenía arrimadero”, y el parqueo invadía las propiedades vecinas cuyos dueños no se molestaban porque el lugar ha dado mucha vida económica a la región. “El atractivo allí”, nos dijo nuestro acompañante, “son las tablas de quesos y jamones, acompañadas de vinos de calidad. Su menú es de estrato seis, y sus precios no están al alcance de todos los bolsillos. Se ha vuelto paseo obligado para los veraneantes y residentes de los condominios de Llanogrande, La Ceja, Rionegro, y El Retiro”. Algún día habrá que ir por allá con la esperanza de encontrar mesa y parqueo disponibles, y probar cuál es el encanto que atrae a tanta clientela.


Antes de llamarse La Unión, y de ser municipio, el lugar del oriente antioqueño fue un caserío que llevó el nombre de Vallejuelo y colindaba con propiedades del rionegrero José María Londoño Marulanda y el sonsoneño Vicente Toro. Cuando el caserío tomó fuerza, los señores Londoño y Toro unieron esfuerzos, donaron terrenos para iglesia, parque, y otros menesteres, y justificaron el cambio de nombre que da lugar al gentilicio de los unitenses. 


“En 1778 se registró la aparición del primer caserío de nombre “Vallejuelo”, en terrenos de Don José María Londoño Marulanda y Vicente Toro, del cual existen dos versiones: una versión es la de que como la población estaba situada en un valle muy pequeño se le dio el nombre de vallejuelo y la otra es de que en ese lugar vivía un señor de apellido Vallejo oriundo de Guarzo (El Retiro) y persona muy humilde, razón por la cual las familias más encopetadas lo apodaban Vallejuelo. Según relatan las crónicas los señores José María Londoño Marulanda, oriundo de Rionegro; y Don Vicente Toro, oriundo de Sonsón; eran dueños de los terrenos más apropiados para la fundación del pueblo. Cada uno de estos señores ofrecía sus tierras y lotes para las edificaciones pero como no pudieron ponerse de acuerdo los reunidos para los efectos de la parcelación, resolvieron someter la decisión a votación popular, saliendo derrotado el señor Londoño, quien en forma jocosa comentó: “Bueno, hagamos La Unión”. 

De ahí, según lo narrado, surgió el nombre del actual municipio.

Hay un segundo municipio que lleva el nombre de La Unión, y el gentilicio de sus habitantes es unionenses. Se trata de La Unión en el departamento del Valle del Cauca, que antes llevaba el nombre de Hato de Lemos por haberse fundado en terrenos de don Pedro y don Fernando de Lemos. La cabecera municipal separa la región montañosa que está al occidente y hace parte de la vertiente oriental de la Cordillera Occidental de los Andes; y la plana al oriente, que corresponde al valle del río Cauca. La cabecera las separa o las une, según se mire. En la cabecera se produce la unión de las dos regiones que desde hace muchos años se reconoce por los viñedos y la producción de vinos de la Casa Grajales.

Finalmente, hay un tercer municipio con el nombre de La Unión que está situado en el departamento de Nariño, y sus habitantes tienen el gentilicio de venteños. Aquí está la explicación:


“En 1847 el tambo de la la antigua Venta tomó definitivamente el nombre de La Unión, teniendo en cuenta el siguiente hecho: vivían dos grandes terratenientes: don Agustín Guerrero, oriundo de Pasto y dueño de la hacienda La Alpujarra, y don Juan Vivanco de origen ecuatoriano y propietario de El Cusillo, a lado y lado del antiguo camino que iba de la Jacoba al Mayo, quienes en un gesto de reconciliación cedieron una franja de terreno y sobre él se empezó a construir el nuevo asentamiento de La Unión, para aquella época se fundó jurisdicción del Estado Soberano del Cauca, y cuando la parte sur se dividió en el actual departamento de Nariño, La Unión fue anexado a esta nueva división político-administrativa”.

A ese municipio me referí en este fragmento del libro “Buenos Aires, portón de Medellín”, publicado en septiembre del año 2009.

“El locutor deportivo Guillermo Hinestroza Isaza, que vivió por Cuatro Esquinas, disiente de los que celebraron recientemente los sesenta años del Atlético Nacional pues para él, que fue su fundador, la fecha no es la registrada en notaría sino una anterior, en el año de 1935, cuando se reunieron él y otros muchachos del barrio Buenos Aires para conformar un equipo al que no se ponían de acuerdo en ponerle nombre hasta que, ¡por fin!, aceptaron el que él propuso: Unión. Así lo registra la historia oficial del club: En los albores del 35 un grupo de jóvenes se reunía a jugar “picados” en la manga de don Pepe (Sierra), un potrero ubicado en el Barrio Buenos Aires, cerca de la iglesia, y allí nació el Atlético Nacional con el nombre de Unión Fútbol Club...(1) Luego se fusionó con Indulana para formar el equipo Unión Indulana. Don Guillermo fue su fundador por el liderazgo que ejerció en ese grupo de muchachos que conformaron la primera escuadra, y porque era el que los representaba en los congresillos técnicos cuando se organizaba el campeonato. Además era el que mandaba, el que quitaba y el que ponía. Se reunieron en una casa por la Plaza de Flórez, cerca de Las Salas Cunas. No sólo no se ponían de acuerdo con el nombre para el equipo, sino que la discusión alrededor de las distintas propuestas estaba a punto de degenerar en golpes. Él intervino: Si seguimos así de desunidos, les dijo, aquí no habrá ningún equipo. Necesitamos unión. Les gustó la propuesta y lo bautizaron Unión. 

Cuenta don Ricardo Olano, en la memoria de sus visitas a poblaciones del sur del país, que llegó al entonces caserío enclavado en la falda de una montaña de Nariño. Esta población está edificada en una cuchilla angosta que consta de una sola calle hasta la plaza, adonde salen otras muy cortas… es una población liberal, rodeada de otras muy conservadoras… Hay en La Unión dos bandos: los de arriba y los de abajo. Los primeros se oponen a toda mejora que se haga en la parte baja, y los últimos se oponen a las mejoras que se proyectan en la parte alta.(2) De “Unión” no tenían sino el nombre".

(1) Historia del Atlético Nacional. Wikipedia de Internet.
(2)  Memorias de don Ricardo Olano 1935-1947.

Así es que, como si se tratara de algún acuerdo político, cuando se menciona La Unión primero hay que preguntar: “¿Unión? ¿Cuál Unión?”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 13 de agosto de 2017

217. Laureles, Dios te salve de las furias de la quebrada Ana Díaz

(Hablando con un amigo hace poco me dijo que cuando empecé a mandar mis correos por vía Email, antes de que se me ocurriera abrir el blog, había llamado su atención un correo que escribí acerca de un fuerte aguacero en el barrio Laureles de Medellín. No supe recordar, entonces, de qué correo se trataba; pero acabo de encontrar ese pequeño texto y lo rescato para compartirlo con ustedes. A propósito, no he podido averiguar por qué esta quebrada lleva ese nombre, ni quién era esa señora. Supongo que debía ser de apariencia calmada, pero que cuando se enfurecía había que tenerle miedo. El caso es que el barrio Laureles vuelve a estar en el tapete por cuenta de que acabo de descubrir que el artículo sobre la Casa del Millón del barrio Laureles de Medellín es el artículo más leído de todos los publicados hasta este momento en el blog. No imaginé que fuera a tener tal acogida).

Tengo al barrio Laureles a mis pies tendido. Mis amigos, los que padecen de acrofobia, no pueden entender por qué me gusta asomarme a la ventana de mi palomera de octavo piso (pent house será el día en que pueda colgar algunos cuadros de los caros en sus paredes, y mullidos tapetes en sus baldosas) y ver los aguaceros con sus tormentas eléctricas que rasgan el firmamento y aturden con sus truenos retumbantes que se prolongan en el eco, y se prolongan, hasta que un nuevo trueno les da alcance. No entienden que, de pronto, perciba un movimiento que da alerta de que la tierra está temblando, y me ponga atento a disfrutar del vértigo de oscilar junto con mi edificio de estructura antisísmica. “Yo me reviento –dicen–, capaz soy de tirarme al vacío en una de esas, si me toca, al sentir el coletazo de un terremoto”. “Olvídate –les digo– que los terremotos no dan coletazos, golpean como un látigo”. No me pueden aceptar así, como impasible, frente a los fenómenos de la naturaleza. 

Pero impasible no soy: me conmueven y me abruman. La quebrada Ana Díaz ha vivido días tortuosos que no llegué a conocer. Dicen que se salió de madre hace unos años y rodó despiadada por la Avenida 33 abajo, inundando con lodo los garajes subterráneos y las calles laterales. “El agua subió hasta mediar el primer piso”, me dicen. “Dañó vehículos, muebles, instalaciones… causó estragos”. Su historia es negra, sus aguas amarillas. Resolvieron canalizarla. La tienen controlada. Ya no se sale de cauce.

El Domingo de Ramos quise salir hacia el mediodía, pero empezó a llover venteado. Las gotas se veían caer horizontales, casi, empujadas por el viento. Me pareció que era algo que debía ver desde la seguridad de mi ventanal y, entonces, el viento empezó a aullar y a zarandear los árboles que bordean la quebrada de uno a otro lado, acostándolos como si una gallina sacudiera una cucaracha con su pico. Era algo que no había visto antes. Esperé noticias de daños en algún sitio, y sólo oí hablar del techo de la Alcaldía de Itagüí que tumbó el vendaval a varios kilómetros de distancia, y del techo de una iglesia que se cayó en cercanías de Bogotá. 

Hoy Martes Santo, al caer la tarde,  he sido sacado de la lectura por unos sonidos distintos a los que estoy acostumbrado: un retumbar de truenos sin que medie el estallido inicial ni el tronar del primer momento, sólo el eco que se prolonga y se prolonga, y el rugir de la quebrada. La lluvia golpea la ventana. Me asomo y veo las aguas agitadas del enfurecido riachuelo casi al borde de las losas que las contienen. Arrastra escombros de toda clase: basuras, utensilios, bolsas plásticas, retazos de tela, leños, arbustos. Allá arriba debió causar sabe Dios qué daños. Arrastra piedras gigantescas que no se ven pero retumban contra el piso formando ese tronar que asusta y que previene que es posible que en algún punto, más abajo, alguien caiga a las aguas y sea triturado por sus movimientos de molino. Que es posible que esas moles, convertidas en arietes, golpeen una y otra vez contra alguna columna, contra algún puente, contra algún muro de contención y entonces su embestida sea incontenible. Un rayo destella y ruge. Sólo un segundo separa al relámpago del tueno. Las furias de la naturaleza –que se sacuden a muchos kilómetros de distancia, que pasan por otros continentes, que se ven en los programas de televisión sin que se altere mayor cosa mi estado de ánimo–, me asustan y traen a mi mente una voz perdida en los vericuetos del pasado: La voz y las manos temblorosas de mi abuela prendiendo un trozo del ramito de palma de cera que sacudimos durante la procesión en otro Domingo de Ramos e hicimos bendecir, y su voz suplicante exclamando: “¡Aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor!”... Pero ya no me atrevo a decir, como en ese entonces, con el aire de autosuficiencia que solía tener y la sonrisita sardónica: “Deje de decir bobadas, abuelita, que las cosas pasan cuando tienen que pasar”. Si la azuzo, es posible que ella encuentre la manera de reír de última, y es algo que no me gustaría ver. “…Por tu corona de espinas, ¡misericordia, Señor! ¡Santa Bárbara, bendita, líbranos de rayos y centellas!”. Con un aguacero de estos, hasta el más ateo rescata del fondo de su memoria las oraciones de la niñez.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


domingo, 6 de agosto de 2017

216. Trío los Panchos, historia y crónica (Pablo Marcial -Tito- Ortiz Ramos)

Conocer personalmente a Tito Ortiz el sábado 29 de julio de 2017 ha sido, sin lugar a dudas, una grata experiencia que me hace rememorar los días de mediados de la década de los años cincuenta mencionados en este fragmento del libro “Buenos Aires, portón de Medellín”: 

12. SON DE GUITARRAS

De Santa Elena baja el grupo de amigos que ha convenido en reunirse para recordar los viejos tiempos que vivieron en el barrio. Pasan por un lado del Barrio Alejandro Echavarría, rumbo a la casa de don Daniel Posada y rememoran sus intentos frustrados de ser músicos o coristas.

¿A vos te dio Educación Física en el Liceo Anexo de la U. de A., el de La Manga; don Ricardo Lagoueyte García?

¿El de las cinco vocales? No. Me tocaron don Filemón Aristizábal y don Darío Estrada. Con el profesor Lagoueyte me tocó en la Escuela Preparatoria Julio César García ¿vivió él en Buenos Aires?

Vivió un tiempo con su tío, Don Germán García Penagos, en Alemania con Bomboná. Don Germán tenía taller en Bolivia con la calle del Chumbimbo, en Prado Centro. Allí fabricaba instrumentos musicales, como decir guitarras, tiples, bandolas, que eran de los mejores de esta región. Era un luthier, que llaman. A él le compró el Niño Jesús una guitarra, Primo, que le regaló a mi abuelo y yo heredé, hasta que en un baile me la pusieron de corbata.

Periódicamente los del Trío Los Panchos le encargaban a don Germán la fabricación de instrumentos que enviaban a buscar cada dos o tres años y le pagaban bien. Le fabricó a un vecino una guitarra hawaiana como la que tocaba don Toño Fuentes para hacer sonar sus “Cuerdas que lloran”, hombre Darío.

Que le oímos en el radioteatro de la Voz de Antioquia (o en el de la Voz de Medellín, ya no recuerdo), donde también oímos a Jimmy Borel con su serrucho que él llamaba “La soprano de acero” y oímos en otra oportunidad a Ernesto Hill Olvera, un organista ciego mexicano que hacía hablar a su órgano con mucha habilidad, logrando que pronunciara frases completas e inteligibles.

Como la que le escuché al ciego paisa Hernán Betancur en el Jardín Clarita cuando estaba mamado de un borrachito que le pedía una y otra vez un título para su complacencia. Al final lo atendió pero en la mitad de la canción se oían unos tu-tu-tu-tus fuera de lugar que no sabíamos qué eran hasta que nos explicó que le estaba mentando la madre al fulano que lo tenía atosigado. Nos engomamos por esos días con los instrumentos exóticos. Ustedes me hicieron desistir del embeleco de contratar a un músico callejero que tocaba melodías con una hoja de naranjo o de guayabo. Quería que acompañara nuestras voces de borrachos y seguramente hubiéramos hecho el oso con esa serenata, ¿No crees, Darío?

Los almacenes Sears Roebuck tuvieron una vida efímera en Medellín, ciudad que no fue propicia para su esquema de negocios, y estaban ubicados en la calle 50 (Colombia) del sector de Laureles, donde está actualmente el Almacén Éxito, cumpliéndose la predicción y dando lugar al chiste fácil de queen Medellín el Almacén Sears será un éxito”. Allí compraron mis primas, con el primer salario que obtuvieron al ingresar a la vida laboral, un lujoso juego de muebles de sala que fue motivo de peregrinación de las vecinas para conocerlo. Sus sillones, de brazos mullidos y amplios, ocultaban en el interior unos cajones que servían el uno como bar y licorera, al convertir la mullida tapa descansabrazos en bandeja de fondo nacarado; y el otro servía para guardar una buena cantidad de discos long play de larga duración al alcance del equipo de sonido, una vistosa radiola de marca Motorola con tocadiscos o tornamesa, que fue adquirida con una dotación de unos diez discos. María Luisa Landín y sus Orquídeas Vocales, la selección de boleros de Cuando Muere la Noche, Cuerdas que Lloran, Los Diplomáticos, Daniel Santos, Rufino Duque Naranjo, Alfonso Morquecho, Alfonso Ortiz Tirado, Pedro Vargas, Juan Arvizu; y “Época de Oro” del Trío los Panchos, que estaban en su apogeo y escuchábamos incansablemente, cuya portada era una fotografía del apoteósico recibimiento en el aeropuerto de la ciudad de Cali: “Nuestro amor, Sin ti, Contigo, No me quieras tanto, Los dos, Caminemos, Rayito de luna, No trates de mentir, Amorcito corazón, Un siglo de ausencia, Una copa más, y Sin un amor”; fueron los doce discos que se grabaron indeleblemente en nuestro corazón… y en el de la infortunada chica que tuvo como misión enseñar a bailar bolero al rígido y envarado esqueleto mío, que por esa época se enfundaba en unos tortuosos zapatos maltratapiés.

El escritor, investigador, e historiador musical, Pablo Marcial “Tito” Ortiz Ramos nació en Barranquitas (Puerto Rico) el 12 de octubre del año 1949, y este es el quinto libro que publica sobre temas de la música popular caribeña (Primera edición, San Juan –Puerto Rico–, 2004).

Este libro tiene un antecedente en el libro “A tres voces y guitarras, los tríos en Puerto Rico”, publicado por el mismo autor en el año de 1991, y es una ampliación de los capítulos correspondientes al Trío los Panchos, un trío iniciado por los mexicanos Alfredo “Güero” Gil y Chucho Navarro, con el puertorriqueño Hernando Avilés. Navarro y Gil continuaron por largo tiempo y Avilés se retiró, pero los dos mexicanos buscaron incorporar en su reemplazo voces y guitarras puertorriqueñas, que le dieron un color y calor característicos. “Durante su época de esplendor, el Trío los Panchos tuvo siempre a un puertorriqueño cantando la primera voz”, dice el autor en la contraportada del libro.

Un trío musical es cualquier conformación de tres instrumentos o voces para cualquier clase de música, pero se denomina “tríos románticos” a la modalidad hispanoamericana especializada en interpretar música para serenatas. Dentro de esta modalidad, dice el autor del libro que “La Historia se divide en un antes y un después del Trío los Panchos… que fue un trío de primera magnitud y fue el más importante de la historia de la canción romántica… Cuando surgieron, se remodelaron los tríos y se remodeló el bolero”, porque ellos innovaron en el estilo de interpretación y acompañamiento, y porque influyeron en ellos y fueron imitados prácticamente por todos los tríos que surgieron después de ellos. Ortiz Ramos cuenta en el libro que Alfredo “El Güero” Bojalil Gil (Alfredo Gil), fundador del Trío los Panchos, que era un virtuoso intérprete de guitarra, fue el inventor del requinto y su primer gran intérprete con este instrumento que revolucionó las introducciones de punteo de cuerdas características como preámbulo de las letras en los boleros románticos de serenata. Dice Tito que “Alfredo Gil fue un auténtico adelantado y un genuino vanguardista… Su genio creador concibió y propagó una técnica y un estilo musicales que dieron comienzo a toda una nueva era en el quehacer guitarrístico en la América Hispana… Su más grande aporte a la trova popular fue el haber creado un instrumento de la familia de la guitarra… que conocemos popularmente con el nombre de requinto, y es reconocido como el requinto Gil por ser de su invención”. A ese instrumento el propio Gil lo llamaba “La Tata” por haber sido fabricado en Estados Unidos por el famoso luthier español Vicente Tatay. Es un instrumento que “se afina una cuarta justa, o sea dos tonos y medio, por encima de la guitarra normal”. Dijo el Güero Gil que “Llevaba la idea y se la pasé al maestro Tatay… Me acompañaba Santiago “Chago” Alvarado… Quiero que me haga una guitarra, pero más pequeña…”; y dice Tito Ortiz que “Lo que el Güero había llevado a Tatay para que modificara no fue un diseño en un papel sino un instrumento colombiano: un tiple que había comprado junto con Chucho Navarro y Hernando Avilés, aportando cada uno veinte dólares para adquirirlo, en el almacén “Spanish Music Center”, de Gabriel Oller en San Juan”. 

Así, pues, que el requinto Gil es un tiple colombiano adquirido en Puerto Rico por el mexicano Alfredo Gil y modificado en el renombrado taller del español Vicente Tatay en Nueva York.

Aplicando la fórmula de que “Los amigos de mis amigos son mis amigos”, debo decir que soy amigo de Tito Ortiz desde mucho antes de conocernos personalmente y de que pudiéramos compartir con él y con su esposa doña Irma Nydia un desayuno de bienvenida en el tradicional Salón Versalles de la ciudad de Medellín, apenas acabando de llegar ellos de Puerto Rico para asistir al Primer Encuentro Internacional de Melómanos y Coleccionistas de Música Popular en el Salón Málaga del centro de Medellín, y al Vigesimoprimer Encuentro Internacional Matancero de Medellín en la sede del Centro Artístico Musical Cooperativo (CAMC) del barrio San Joaquín en la misma ciudad. Lo llamo amigo de vieja data basándome en el hecho de que en la sección de agradecimientos de su libro menciona a colaboradores que son queridos amigos comunes a ambos: Jaime Rico Salazar, Aicardo González, Jaime Jaramillo Suárez, Cristóbal Díaz Ayala, Arturo Álvarez, Ofelia Peláez, Agustiné Vélez Jiménez (QEPD). No son pocos en el momento de sustentar la tesis de que los amigos de mis amigos son mis amigos. 

No son pocos, pero son sólo algunos en una larga lista que incluye a varios integrantes del Trío los Panchos, a sus descendientes y herederos, a sus sucesores, entre una importante lista de músicos, intérpretes, y compositores a los que él da su agradecimiento. Es de notar que muchos nombres de colaboradores e informantes suyos ostentan las letras QEPD (Que en paz descanse) para indicar su fallecimiento previo a la publicación del libro. Y es de anotar que allí se menciona a un hombre considerado “el mejor requintista de Puerto Rico”, que es como decir uno del podio de los tres mejores requintistas de América. Se trata de Rafael Scharrón, su amigo entrañable. En el momento en que nos encontrábamos en el evento del Salón Málaga, Tito Ortiz recibió la noticia del fallecimiento de este amigo, noticia que lo sacudió íntimamente y puso en su alma una sombra de tristeza. Lamentó haberse encontrado lejos de su patria en el momento de acompañar al amigo a su lugar de descanso final.

La venida de Tito a Medellín fue gestionada por los amigos Jaime Jaramillo Suárez y su esposa Luz Marina Gaviria (considerados los más importantes coleccionistas de videos musicales en Latinoamérica), por Aicardo González Osorio (considerado el más importante coleccionista de música y conocedor del Trío los Panchos en nuestro medio, así el norteamericano Carl Anderson sea el que posee la más completa e impresionante colección del mundo especializada en este trío), y por Arturo Álvarez (considerado el más importante coleccionista de música del Trío Vegabajeño de Puerto Rico). Estos coleccionistas que uno encasilla en sus respectivas especialidades, resultan ser expertos en la música de tríos en general, que han compartido por muchísimos años los encuentros de la Asociación de Coleccionistas de Música Popular en las ciudades de San Juan y Ponce de la isla puertorriqueña, conformando una hermandad o cofradía de permanente intercambio de información y de rarezas. “Porque no tiene sentido ser uno poseedor de alguna cosa, si no la comparte con los demás que tienen y disfrutan del mismo gusto, y saben apreciar”. 



Algo así como una treintena de entrevistas personales grabadas, ingente cantidad de discos, libros, artículos de periódicos y revistas, fotografías, y documentos varios, soportan el bagaje de información que Tito ha venido acopiando por décadas sobre este tema que lo apasiona. Gracias a él, esa información puede ser conocida también por nosotros; y gracias a su paciencia y tenacidad de investigador, y a su sentido del orden y la sistematización del trabajo, que le permitieron disponer las anotaciones y darle un desarrollo cronológico a la reconstrucción de las siete conformaciones que tuvo el trío, o que ha tenido a través de su historia; hasta llegar al enmarañado desenlace, fallecidos los fundadores, de los distintos tríos que dicen ser y se consideran herederos de Los Panchos. 

Resulta ser que Alfredo Gil, Chucho Navarro, y Hernando Avilés se reservaron para sí mismos la propiedad intelectual del nombre comercial “Trío los Panchos”, pero lo hicieron de labios y no lo registraron notarialmente. Al faltar ellos, todo el que en algún momento hubiera estado en su nómina o la hubiera integrado ocasionalmente se considera heredero de Los Panchos, algunos con mayor o menor fortuna y calidad que otros (Hasta tres agrupaciones distintas se han presentado pública y simultáneamente cantando con el nombre de Trío los Panchos); y todo el que haya sido esposa, hijo, o relacionado reclama para sí participación en el ponqué. En esa maraña de reclamaciones, las autoridades judiciales tendrán la palabra pero… Una cosa es el derecho jurídico, y otra cosa es el derecho moral. Hay casos en que la falta de legalización pone las cosas en el umbral de la ilegalidad. Tito se adentró en esos asuntos, y tuvo acceso a documentos y testimonios de innumerables personas relacionadas con el asunto, “menos con la argentina Francisca Feregotto, tercera esposa de Chucho Navarro, con la que a pesar de ingentes gestiones me ha rehuido y ha sido imposible comunicarme con ella”. Largo es el registro de encuentros y desencuentros en un trío que tuvo una larga trayectoria de grabaciones y presentaciones personales, pero lo importante es el legado que perdura cuya completa discografía está reseñada entre las páginas 374 y 404, seccionada en:

Grabaciones del Trío los Panchos con:

Hernando Avilés, 153; 
Raúl Shaw Moreno, 31; 
Julito Rodríguez Reyes, 122; 
Johnny Albino, 350; 
Eydie Gorme, 34; 
Ovidio Hernández, 86; 
Ovidio Hernández y Estela Raval, 12; 
Rafael Basurto Lara, 67; 
Rafael Basurto y María Marta Serra Lima, 10; 
Enrique Cáceres, 171; 
Enrique Cáceres y Javier Solís, 11; 
Enrique Cáceres y Estela Raval, 12; 
Enrique Cáceres y Gigliola Cinquetti, 12.

Luego viene la relación de las 33 películas en las que intervino el Trío los Panchos, incluyendo “Pueblo, canto, y esperanza”, de 1954, que es una secuencia de tres cuentos consecutivos (uno cubano, otro colombiano, y otro mexicano). El cuento colombiano es “El machete”, del cuentista antioqueño Julio Posada, y en él Los Panchos con la voz de Julito Rodríguez cantan el famoso bambuco colombiano “Antioqueñita”, con letra de la autoría de Miguel Agudelo Zuluaga y música de Pelón Santamarta.

En la bibliografía registra 33 entrevistas personales con los integrantes del trío y otros conocedores, documentación obtenida de 9 fuentes, 53 libros usados como fuente de información, 7 periódicos, 9 revistas puertorriqueñas, 6 revistas extranjeras, y 2 ensayos o trabajos de tesis inéditos. 

Trae un índice de nombres y temas que va desde la página 455 hasta la página 472.

Es este un detallado y meticuloso trabajo que constituye un texto de referencia obligada para quien se interese no sólo sobre la historia de Los Panchos y otros tríos relacionados con ellos, sino sobre el mundo musical en el que a ellos les tocó desenvolverse. Su autor tiene que darse por satisfecho de haber entregado al mundo, y a las generaciones actuales y venideras, un completo inventario sobre la obra de este trío que fue culpable de que se iniciaran muchos noviazgos, se contrajeran muchos matrimonios, y nacieran muchos descendientes que ahora y en un futuro se interesarán por saber sobre ellos.

Creería uno que a una persona tan enjundiosa en la preparación de esta obra no tiene nada que aportarle, pero en mi lectura encontré que sí, que tenía algo para decirle. Resulta ser que en una nota al pie de la página 345 se hace mención de “Romance de mi destino, bambuco”. En nuestra conversación le aclaré que este tema no es un bambuco, sino un pasillo ecuatoriano. Aclaración que él me agradeció. Luego le mencioné la canción de Edith Piaf que habían grabado Los Panchos, y me manifestó su sorpresa porque él no sabía tal cosa. Tuve el agrado, entonces, de hablarle acerca de “Si me quieres” (Himno al amor); y de remitirlo al enlace de mi blog “Postigo de Orcasas”, en el que hago mención de tal hecho:


ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)