viernes, 14 de marzo de 2014

33 Tsunami del fin del mundo

Kiruna, en Suecia, es un poblado minero cuyo subsuelo está cruzado por socavones y ¡Se está hundiendo! 


Pero para ellos no será el fin del mundo, puesto que los habitantes están advertidos y el poblado se está trasladando a una zona fuera de peligro. Para cuando en unos años sobrevenga el hundimiento previsto, los pobladores estarán a salvo.


Mi anciana pariente estaba hospitalizada por múltiples dolencias que se agrupan bajo una sola denominación: “vejez”. Sufría dolores atroces de orden físico por fractura de pelvis, inadvertida por la familia, producto de su osteoporosis y quizás de algún movimiento brusco en algún episodio de convulsiones que eran frecuentes en una mujer que se encontraba encamada desde hacía varios años. Sus quejidos ya se habían vuelto parte del paisaje, y éstos no parecieron ser nada extraordinario. Sufría dolores atroces del alma, porque aunque desde muchos meses atrás se decía que había perdido el amor por la vida no se explica que siendo así no haya sucumbido a las infecciones que sufrió en varios de sus órganos estando en condiciones de lucidez razonables para su condición. Algunas fuerzas sacaría para producir anticuerpos y oponerse a esas invasiones. Pero, a la final, le sobrevino un infarto y murió. Ya murió. Para ella llegó el fin del mundo.


Como llegó el fin del mundo para la docena de desaparecidos en el derrumbe de dos edificios en Nueva York, por culpa de una explosión de gas en este 2014. Llegó para las tres mil víctimas del atentado a las torres gemelas en el 2001, y para las otras tres mil que produjo el terremoto de San Francisco en 1906. 

El fin del mundo le llega a cada quien el día que muere.

Quién sabe qué pasó un lejano día en la historia de la humanidad en que las aguas se desbordaron y arrasaron con todo el mundo conocido, menos con un hombre y su familia que a bordo de un barco denominado arca lograron encumbrarse sobre las aguas y ser depositados como semilla en la cima del monte Ararat. Quedó registrado ese hecho en la biblia como el Diluvio Universal, y el Arca de Noé como recuerdo imperecedero de los pocos sobrevivientes que no encontraron palabras ni razones científicas para explicar en ese momento lo sucedido, y por eso la historia nos lo cuenta con metáforas.


Los tiempos cambian, y el siglo XXI hace su arribo con una tecnología fotográfica y de filmación que tiene más de cien años y ha venido en progreso permanente. En la actualidad cualquiera puede tomar fotografías de buena resolución pixélica con su teléfono celular, y puede filmar videos con cámaras portátiles incorporadas a sus PC personales. Debido a eso la abundancia de testimonios relacionados con los terremotos y el tsunami que sobrevinieron sobre Japón en el 2011, perdida ya nuestra capacidad de asombro, nos lleva a exclamar, quizás con exasperación, “¿Otra vez el cuento del tsunami? ¡Párenla ya! ¡Ese cuento está cansón!”. 


Se necesitaría que uno estuviera parado en la ventana del apartamento de último piso donde yo vivo y viera una gran ola de algo inexplicable que va arrastrando a su paso todos los automóviles, camiones, casas, edificios, manzanas enteras que uno tiene a la vista con un rumor atronador que infunde miedo. No encontraría uno una cumbre de suficiente altura para escapar de ese fenómeno natural que es para uno y todo lo que lo rodea, verdaderamente, el fin del mundo. Afortunadamente en Medellín no corremos ese riesgo porque estamos muy lejos del mar, pero los habitantes de la costa este de Japón no pudieron decir lo mismo ese día en que durante seis minutos –¡seis minutos!– un terremoto de 9.0 grados en la escala de Richter, que siguió a otro de 7.8 grados, los sacudió y produjo un tsunami con olas de 40 metros de altura. No alcanza uno a imaginarse lo que es una ola marina de 40 metros de altura que se deja venir sobre la playa. ¿Qué muelle, qué puerto, qué instalación costera puede resistir a ese embate?

Filmación del tsunami desde una montaña:


Así es que ya hemos visto infinidad de fotografías y videos sobre lo que fue ese fenómeno, y hemos visto ya infinidad de veces a las olas arrasando con todo lo que encuentran a su paso, pero me ha llegado este video aficionado tomado desde la supuestamente segura altura de un monte cercano, en que a los pies se ve la ciudad cuando las aguas apenas empiezan a llegar. Se ven vehículos que corren tratando de huir de una corriente que es más rápida que ellos y los alcanza, se ven personas quizás ancianas que cansadas de correr apenas pueden caminar tratando de llegar a lo alto del monte antes de que las aguas los alcancen, se ven unas personas tratando de subir con un pariente empotrado en una silla de ruedas, y cómo dos o tres acuden a tratar de ayudarlos a empujar la silla cuya ocupante aparentemente logra ponerse a salvo, pero los samaritanos que acudieron en su ayuda son arrastrados por la fuerza de las aguas. Se ve, de pronto, la cámara que se bambolea sin enfoque porque el camarógrafo está siendo sacudido por la prisa de su huida hacia lugares más altos. Es una dantesca escena de terror que me ha producido escalofríos.

Me produjo escalofríos pero, al mismo tiempo, me dio alegría… Sí, mucha alegría. Alegría porque he descubierto que aún me queda algo de la capacidad de asombro que creí había perdido. Mi sensibilidad no se ha muerto, gracias a Dios.



La crisis por la central nuclear de Fukushima, afectada por el terremoto y posterior tsunami en 2011, está bajo control; según dijo el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, al presentar este sábado en Buenos Aires la candidatura de Tokio para sede de los Juegos Olímpicos 2020”.



Coincide la llegada del video con un reportaje que vi hace un par de días en el tv canal de la Deutsche Welle (DW) acerca de la planta nuclear de Fukushima. Como si fueran pocos los destrozos del tsunami, esta planta colapsó y la radiación esparcida ha seguido causando destrozos como secuela. Muchos técnicos padecen de cáncer por haberse expuesto en demasía a esa radiación, y las quebradas, riachuelos, ríos, y extensiones considerables del mar donde desembocan muestra niveles inaceptables de contaminación que han sido detectados por los instrumentos de medición científicos pero Shinzo Abe, el primer ministro del Japón, lo niega. ¿Puede creerse? Dice que todo está bajo control. Ahí está pintada la soberbia y miopía de los políticos que sucumben ante intereses mezquinos de conveniencia y niegan realidades que deberían reconocer con sus propios ojos. El documental muestra, por ejemplo, a un campesino que se niega a dejar abandonadas a sus 300 vacas que pastan hierba de la que brota en la tierra contaminada por la radiación, y los animales muestran en su piel manchas y pústulas de los males orgánicos que sufren en sus células cancerosas. El hombre recibió órdenes de matarlas, pero se niega a ello porque el gobierno no quiere asumir los costos de la destrucción. Él bebe agua y come alimentos que le envían desde otros lugares fuera de la zona de riesgo, y supone él que esa medida lo mantendrá más a salvo que sus reses, pero yo me pregunto ¿No absorberá su piel radiación indirecta, no estará el aire que respira y todo a su alrededor contaminado quién sabe por cuántos años, o por cuántos años de años? Me gustaría saber si el primer ministro de Japón sería capaz de irse a vivir en esa granja. Mucho lo dudo. Puede que me equivoque, pero a las vacas de Fukushima está a punto de llegarles el fin del mundo. Ojalá su futuro se encuentre en un horno crematorio y no dentro de algún frigorífico, si el primer ministro del Japón no dispone otra cosa.

Termina el documental reportando que hay grupos en Alemania y en Japón que propugnan por el establecimiento de más centrales nucleares, mientras tanto hay países que por querer igualarse con los Estados Unidos y con Rusia están buscando desarrollar sus propias estaciones de energía nuclear. Irán, por ejemplo, es uno de ellos. Y China, y la India, y Pakistán, y… 

Este mundo es un mundo de locos y se encamina hacia su autodestrucción. No importa que Dios, o el destino, o la naturaleza, o como lo quieran llamar, les mande señales. Los hombres no aprenden porque, en su soberbia, quieren ser como dioses, quieren ser iguales a Dios. Y conste que mi sermón no es apocalíptico sino que sólo recoge lo que traen los noticieros del día a día. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


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